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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Angustioso informe de Vélez al virrey Calleja, sobre su crítica situación en el Fuerte de San Diego, amagado por las tropas de José María Morelos.
Real Fortaleza de San Diego de Acapulco, 21 de mayo de 1813.

Excmo. Sr. Virrey, Gobernador y Capitán General de esta Nueva España.

El día 19 de abril próximo pasado, se advirtió desde los puntos avanzados de esta plaza, que los enemigos rebeldes del Reino se reunían en parciales cuadrillas por las barrancas y quebradas que forma el terreno medio entre las serranías, población y fortaleza de este puerto; el día 2 amanecieron situados en una loma nombrada del Herrador, distante de este castillo media legua, en donde fijaron una bandera mixta de encarnado y negro, y por la noche apostaron centinelas avanzadas tan inmediatas, que clara y distintamente se les oía pasar la palabra.

En este estado permanecieron hasta el 5 que atacaron al destacamento que con la insuficiente fuerza de 40 hombres, proporcionados a la guarnición en general, conservaba en el cerro de La Mira (punto ventajoso y de indispensable tránsito para ellos), y después de una honrosa resistencia por su oficial Comandante, que lo era D. José Bobadilla, ayudante segundo de la Plaza de Manila, y agregado a este servicio, tuvo con bastante trabajo y riesgo de ser cortado que retirarse por los parajes más escabrosos y por el grueso de enemigos de que se hallaba rodeado, sin más pérdida que la de un extraviado que al cabo de horas resultó herido y con una carta del principal caudillo de esta rebelión, el apóstata Morelos, intimándome la rendición y concediéndome tres horas de término para romper sus fuegos naturales y artificiales (así se explica), de la cual se hizo el desprecio debido remitiéndolo al silencio.

Sucesivamente intentaron su entrada en la población y fueron rechazados varias veces.

El 6 amanecieron apostadas varias piezas de artillería de ellos en las lomas y quebradas de la serranía fronteriza, cubierta de gruesos peñascos y bajo cuyos respaldos se burlaban de todos nuestros fuegos.

Principiaron a hostilizar a las lanchas cañoneras y al bergantín de guerra San Carlos, que estaban en bahía, al fortín que había situado en el Hospital Real y a otro que posteriormente fundé provisional en el Campo de Marte.

En el intermedio de este cañoneo, que duró siete días, se fue extendiendo todo el grueso de ellos, que no bajaba de tres mil hombres, por las playas del sur y sus serranías, habiendo hecho tomar al San Carlos otra posición por los daños que le inferían.

El 12 a la madrugada, cayó la principal fuerza de tan obstinados rebeldes sobre la población, sin que lo pudiesen remediar las avanzadas que tenía apostadas en sus vertientes por su mucha debilidad, en razón del cortísimo número de guarnición que me acompañaba.

Se situaron en las casas y desde ellas con fusilería, y las montañas y lomas con su artillería, atacaron a la viva fuerza al fortín del Hospital, en donde conservaba un destacamento como de 100 hombres.

Se sostuvo un fuego vivo de ambas partes desde las cuatro de la mañana hasta las seis de la tarde, que viendo yo la constancia y firmeza de tan extraña clase de insurgentes, a pesar del mucho daño que visiblemente experimentaron; que las tapias del Hospital por la parte del fortín las habían derribado; que entrada la noche no podía menos de ser cortada aquella tropa sin que yo pudiese auxiliarla ni protegerla, y lo que es más, que perdida arriesgaba hasta la fortaleza, por la falta que me hacía aquel número de hombres y los ningunos recursos que tenía para reponerla, ni menos su armamento de que tan escaso estoy, di orden al comandante de aquel puesto que lo era el Teniente de Milicias D. Pablo Francisco Rubido para que, inutilizando las municiones y artillería, se retirase con su gente a este castillo; y la misma hice comunicar a los demás puestos que verificaron felizmente a las ocho de la noche, replegándose también en el corto recinto de esta fortaleza y su foso todo el vecindario (sin faltar una sola persona), que hasta este momento no habían desamparado sus jacales y enramadas miserables y humildes que provisionalmente habían hecho a las inmediaciones de ella y habitado más de dos años, las que fueron al segundo día devoradas por las llamas, abrasándose en ella intereses y muebles de mucho y poco valor.

Amaneció el 13 y ya se pudo desde este fuerte hacer un fuego más activo, sin los temores que antes, de ofender a las familias de los nuestros, por lo que bombé y cañoné [sic] la población, arruinándola en la mayor parte, con el objeto de dañar al enemigo que se había entregado al saqueo de los muchos artículos de comercio que en ella quedaron, sin poderlo remediar; y sucesivamente se fue atrincherando y fortificando a beneficio de la localidad del terreno en términos de situar artillería a tre[s]cientos o menos pasos de este castillo en unos puntos y en otros a mucha mayor distancia, pero en parajes dominantes que unidos al grande objeto apenas desperdician bala, que cuando no entran en la batería, plaza o pabellones, unas directas y otras de rebote, deje de dar en las cortinas o contraescarpa, puente levadizo y puerta principal, que he tenido que atrincherar interiormente para no exponer a la guarnición a más daños de los que con sus astillas le causaron al principio; a más del continuo tiroteo de fusilería con que día y noche incomodan a esta plaza, cazando a los que incautamente se asoman por las troneras y a los que tienen precisión de servir la artillería y estar de vigilancia, sin poderlo remediar porque toda esta ventaja y oportunidad les proporciona, como dije antes, la local situación para desvergonzarse y causar bastantes desgracias al frente de una fortaleza cuyo solo nombre impone respeto; pero ¿quién había de pensar esto cuando se construyó, en precaución sólo de algún golpe de mano u hostilidad por el mar?

Como las miras de este monstruo de la especie humana, son la de estrechar el sitio hasta lo infinito, fue buscando terrenos para desalojar a los buques de la bahía, y efectivamente lo logró situando artillería en los cerros que forman su entrada y desde cuyos puntos los molestaba tanto, que dispuso el comandante del San Carlos, Teniente de Navío D. Jacobo Murphy, fondear el bergantín de su mando fuera de la boca y que hiciese lo mismo el mercante Lucero, que en estas circunstancias llegó con cargamento de víveres del apostadero de San Blas.

Y en tales términos conservan hasta ahora los enemigos aquellas posesiones para hostilizar a los buques menores e impedir la comunicación del castillo con los mayores, por lo que hay la necesaria pensión de que trafiquen de noche y que de día estén también fuera de la boca, porque en la bahía no tienen punto ninguno de seguridad.

En este estado me ha intimado otras dos veces la rendición solicitando capitular, más por la compasión que nos tiene (según se explica), viéndose en la dura necesidad de volar el castillo, que por el interés que a él le resulta; pero como a estos fieles habitantes no los intimidan tales fanfarronadas, se le dio en ambas la contestación que merece su atrevido arrojo.

Cada día nos estrecha más y más y hasta esta hora tienen situados en las cercanías indicadas doce cañones, el que menos del calibre de a cuatro, sin contar los que tendrán en la garita del Camino Real y entradas de la costa de Coyuca y Veladero, deduciéndose de lo dicho que no nos han dejado más terreno que el corto que ocupa la fortaleza y la isla desierta de la Roqueta que está situada en la bocana del puerto, la que sirve para proveernos de leña y para que las familias vayan a lavar con la poca agua que producen dos pozos que mandé abrir.

Dejo a la alta consideración de V.E en qué situación tan lastimosa nos hallaremos con mil quinientas almas de ambos sexos que tienen que habitar en el corto recinto del castillo y su foso, hallándose la mayor parte a la intemperie, sin tener ni aun siquiera con que libertarse del sol, unas familias que por su fidelidad inimitable son dignas de mejor suerte.

Quisiera extenderme mucho para significar a V.E. todo lo que debía en obsequio de su constancia, en las calamidades y toda clase de privaciones en más de treinta meses que llevan de sufrir asedio y sitio y que cuando creían desahogarse con la venida de tropas, tantas veces anunciadas, se ven en el día más estrechadas y con la fatalidad de haber perdido cuanto tenían, pues las más apenas escaparon lo encapillado.

Y ¿qué diremos de la fidelísima guarnición que se compone de padres, maridos, hermanos y parientes de las mismas familias al verlas padecer tanto?

Yo no me atrevo a decir que desesperarán y faltarán a la fidelidad que tienen tan acreditada, especialmente en estos días que me han dado todos en general las más laudables pruebas de patriotismo y adhesión a la justa causa, asegurándome que perecerán gustosos cuando no haya otro arbitrio antes que rendir la cerviz a estos enemigos de la especie humana.

Mas, Sr. Excmo. ¿cómo se podrán negar los lamentables trastornos que han causado las vicisitudes? No quiera Dios que aquí se experimenten, porque...

Hasta el día de hoy continuamos del mismo modo que expreso arriba y creeré que si no me llegan auxilios de boca y guerra por alguna parte, no podré sostenerme arriba de tres meses, pues aunque con anticipación los tengo pedidos al Excmo. Sr. Virrey de Lima y al M.I. Sr. Presidente de Guadalaxara, como tienen que venir por mar y esto sea tan eventual por los accidentes a que están expuestos, me tienen con el mayor cuidado; pero aun cuando lleguen oportunamente, diremos por esto, Sr. Excmo. ¿qué ya cesaron nuestros conflictos?

De ninguna manera, pues la estrechez en que vivimos no se remedia solamente con víveres y municiones, sino que es indispensable una división competente de tropas por tierra, pues que sólo las bayonetas podrán derrotar y arrojar a los enemigos y hacer levantar el rigoroso asedio que sufrimos y que a mí me es imposible poder practicar con la cortísima guarnición con que me hallo, que es apenas suficiente en la actualidad para cubrir los puntos de defensa de la fortaleza, y dentro de poco no bastará ni aún para ésto, si la misericordia divina no lo remedia, pues entradas las aguas, que ya están amenazando, es consiguiente empiecen a experimentarse las enfermedades endémicas con más fuerza que los años anteriores, pudiendo resultar una peste general por la reunión de todas las familias del pueblo en un recinto tan corto y en circunstancias de no haber ningunas medicinas, porque no pudieron salvarse ni alimentos de dietas, porque éstas, perdido el punto de la Palizada, como tengo participado a V.E. en anteriores oficios, no se esperan por ningún rumbo.

La mayor parte de los fieles milicianos de aquel terreno, que comprende la Quinta División (cuyo comandante, D. Francisco Paris, falleció en esta plaza el 15 del próximo pasado), se han reunido en diversos puntos de sus territorios, con el loable objeto de sacudir el pesado yugo que han querido imponerle los bandidos insurgentes que infestan sus hogares; y yo, con noticia de esto y a todo trance me he estado comunicando con ellos, a pesar de que lo bravo de la costa no permite atracar embarcación ninguna, siendo por consiguiente necesario que salten a nado y que a la correspondencia se le dé todo resguardo para libertarla de ser mojada.

Por este conducto y por medio de cedulitas muy pequeñas, he dado parte a V.E. de las aflicciones de este punto de mi cargo.

Lo mismo he hecho con los jefes de las Divisiones Reales más inmediatas, siempre para que girasen al superior conocimiento de V.E., e implorando de todos los prontos socorros de que me hallo tan necesitado, sin dispensar premios sobresalientes a sus conductores para que con más empeño cumplieran su arresgado e importante encargo; y, en efecto, se me avisó que con fecha de 24 anterior les habían dado giro, y es una de mis próximas esperanzas.

Posteriormente y asegurado de lo bien dispuesto de sus ánimos, les mandé por mar y a pedimento de ellos mismos, dos oficiales de los de su División, que lo fueron el teniente D. José Antonio Reguera y el subteniente D. Luis Polanco para que reuniendo aquella fuerza dispersa y dirigiéndolos militarmente, operasen con más ventajas y acierto; suministrándoles también las municiones de que carecían y no obstante de lo exhausto que yo también estoy de ellas.

Todo con el importante objeto de que emprendan posesionarse de la Palizada y jurisdicción de Ometepec para facilitar aquel punto de comunicación, habilitarnos por él de prontos y frescos socorros y llamar la atención a estos obstinados sitiadores que nos afligen; y es la otra parte aunque remota de nuestras esperanzas enmedio de la falta de numerario para socorrerlos, pues de este ramo tan interesante como necesario, no lo hay aquí ni aún para los precisos pagos de esta guarnición y otros indispensables gastos, por lo que me veo cada mes lleno de congojas para juntarlo entre los poquísimos vecinos pudientes de este puerto, porque tanto ellos como yo hemos apurado ya todos nuestros arbitrios y recursos para ello.
Por último, diré a V.E. para su mayor complacencia, que en las diversas acciones de guerra que ha tenido esta valerosa y constante guarnición que tengo el honor de mandar, tanto los señores oficiales como los demás individuos que la componen y los vecinos en general, nada me han dejado que desear, pues todos han cumplido con su deber a mi satisfacción.

La pérdida del enemigo, puedo asegurar a V.E. que ha sido de mucha consideración y que por nuestra parte hemos tenido hasta ahora un cabo, once soldados, un paisano y tres mujeres muertos; un oficial, dos cabos, doce soldados y ocho mujeres heridos; que tanto estos últimos como los parientes y amigos de los primeros, han sufrido con resignación sin dar muestras de sentimiento, pero a pesar de este rasgo de heroísmo y acreditada prueba de valor, fidelidad y constancia, sería preciso señor que esta Real Fortaleza volase o sucumbiese, si V.E. (lo que Dios no permita) no pudiese socorrerla con la brevedad que claramente llevo indicada y como lo exige su mérito, circunstancia e importancia, que no pueden ocultarse a la alta penetración de V.E.

Dios guarde a V.E. muchos años.

Real Fortaleza de San Diego de Acapulco, 21 de mayo de 1813.

Excmo. Sr. Pedro Antonio Vélez [rúbrica].

[Al margen]

El Gobernador Interino de Acapulco suplica se lea todo por interesar su contenido.

Se dio cuenta por el Ministerio de la Guerra, en carta reservada No. 13 de 5 de septiembre de 1813. No. 88.

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 293-299.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Virreyes (Calleja), t. 268-A, ff. 50-7.