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Siglo XIX > 1810-1819 > 1811

Situación de la ciudad de México a fines de 1811. La junta de policía y tranquilidad pública de la ciudad de México al virrey Venegas.
México, diciembre 31 de 1811.

NOTA

En la última sesión que asistiendo yo tuvo la Junta de policía y tranquilidad pública, acordé que a expensas de sus individuos se imprimiera esta representación escrita a fines del año pasado.

Bien sabe que algunas de las especies que contiene están ya decididas por las cortes generales y extraordinarias del reino, y que otras parecerán intempestivas, siendo así que cesaron mucho hace las voces que dieron ocasión a que se escribiesen, tanto que se ha guardado por la junta la más perfecta armonía con algunos que las produjeron, y ha sido correspondida.

No obstante eso hay necesidad de publicarlo: ya porque el pueblo vea por primera vez el ejemplo de franqueza que le quiso dar una policía que pretendió instruirle de todos sus procedimientos y aún de sus ideas; ya porque aquellas voces olvidadas por tanto tiempo, reciben ahora al cabo de un año, cierto valor en boca de quien no debió esperarse; ya, en fin, porque es muy posible que el escrito no a todos parezca inoportuno.

Corrigiéndole ahora, u omitiendo alguna parte de él, pudiera pensarse que se trataba de acomodarlo al presente orden de cosas, y por lo mismo sale íntegro.

Sean cuales fueren les errores de la junta, verán todos que ella intentó comparecer desde el principio ante el respetable tribunal de la opinión pública sin esperar a que se estableciese la libertad de imprenta.

Todas las policías del mundo podrán haber logrado mayores aciertos, pero hasta aquí ninguna otra presentó un modelo semejante del justo respeto que se merecen los pueblos; digo más, que si alguna corporación tuvo iguales deseos, ignoro que haya tenido la satisfacción de insinuarlos.

Y al separarme de tan ilustre junta, protesto que me complaceré siempre en haber pertenecido a ella por componerse de unos hombres muy fieles al rey, y tan celosos del bien común como desprendidos de sus intereses personales.

Por todo eso me honraré eternamente con su amistad, y pediré al cielo recompense sus penosas tareas, que en estos difíciles tiempos no pueden ser justamente apreciadas, ni tampoco conocidas.

Con esta ocasión parece justo añadir a la noticia, que de los gastos ordinarios y extraordinarios de la policía, se dio entonces al público, otra igualmente exacta del importe de los secretos hechos de orden del superintendente conforme al reglamento, cuyos gastos en los trece meses y medio que han corrido suben doscientos nueve pesos un real, como consta por el documento que se inserta a continuación.

México a 15 de octubre de 1811.

Pedro de la Puente

El ilustrísimo señor don Manuel de la Bodega me dice con fecha de 11 del corriente lo que copio.

Excelentísimo señor:

Por el oficio de vuestra excelencia de ayer quedo instruido de que habiendo relevado de la superintendencia de policía al señor don Pedro de la Puente, conforme a su solicitud, por ser vocal de la Junta de censura de imprenta libre, se ha servido nombrar para dicho encargo al señor don José Isidro Yánez.

Y habiendo reconocido el libro de gastos secretos que me acompaña vuestra excelencia para que proceda a la revisión prevenida en el reglamento del ramo, encuentro en él una cuenta arreglada, clara, prolija, comprobada en la forma posible, y cuyo importe se reduce a la moderadísima cantidad de doscientos nueve pesos un real.

Devuelvo pues, a vuestra excelencia el expresado libro para que aprobando la cuenta, se sirva despachar a favor del señor Puente el correspondiente libramiento.

Y lo traslado a vuestra excelencia para su inteligencia, en el concepto de que ha merecido mi aprobación el moderado gasto que comprendo la cuenta.

Dios guarde a vuestra señoría muchos años.

México 13 de octubre de 1811.

Venegas

Señor don Pedro de la Puente.

Excelentísimo Señor:

La Junta de policía y tranquilidad pública al cabo de tres meses de haber sido instituida, pensó que era de su obligación dar cuenta a vuestra excelencia y también al público, de sus progresos e ideas ulteriores, porque todos los individuos que la componen son muy francos para usar de disfraces, o de los misterios que ocultaron siempre la conducta de otras policías, a las cuales ésta no se parece en nada de cuanto las hizo odiosas.

Ya que se anunció al público que se le enteraría del producto de la suscripción abierta para costear este establecimiento, es justo cumplirlo.

Mas como sean muy escasas, y acaso muy erradas las ideas que puede haber con respecto a la policía en un país donde no fue conocida hasta aquí, tiene la Junta por no menos necesario expresar las suyas, y sobre todo sus operaciones siempre consiguientes a sus inalterables principios.

Y porque busca la verdad con la misma ansia con que desea y procura la justicia, se ha dedicado cuidadosamente a examinar las quejas dirigidas contra el mismo establecimiento, no desdeñándose de satisfacer a ellas; si bien son pocas, y muy destituidas de fundamento.

Deseando por una opinión diametralmente contraria a la de otras policías que todo llegue a noticia de este gran pueblo, tal como ha sido, lo refiera prolijamente sin ocultar ninguno de sus pasos ni de sus pensamientos.

No se cree infalible, pero respeta y aprecia demasiado al pueblo mismo para no pretender que éste lo sepa todo, y juzgue como le perezca, aun de sus errores.

La junta guiada por estas justas consideraciones pide a vuestra excelencia que su adjunta representación se imprima; y asiéndose cargo del actual estado de los fondos de policía, ofrece costearlo a expensas de sus individuos, pues añadirá gustosa ese pequeño sacrificio a los muchos y muy fuertes que ha ejecutado por el bien de los habitantes de esta capital, en cuyo obsequio principalmente cede esta súplica.

Lo hago presente a vuestra excelencia para que pueda determinar lo que fuere de su superior agrado.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.

México 31 de diciembre de 1811.

Excelentísimo señor Pedro de la Puente.

Excelentísimo señor virrey, don Francisco Javier Venegas.

Excelentísimo Señor:

La junta de policía y tranquilidad pública creada por el reglamento de 17 de agosto último, después de haberle puesto en ejecución, tiene hoy el honor de elevar a la superior consideración de vuestra excelencia todas sus operaciones.

El voto unánime de todos los buenos, es decir, de casi todos los habitantes de la fielísima Ciudad de México formó este nuevo establecimiento: la generosidad de muchos de ellos lo mantiene, y si es justo dar cuenta al público de la inversión de sus donativos, como se le ofreció, también lo será instruirle del fruto que han producido, y de cuanto se ha ejecutado.

No se parece esta policía a otra alguna en su institución, en la calidad de las personas encargadas de su desempeño, en el modo de verificarlo, ni en nada de cuanto odioso tuvieron las demás.

En consecuencia de esto, los pasos arbitrarios y tortuosos de todas estas, la han sido tan desconocidos, como lo demuestra su conducta.

Y por lo mismo al tiempo de enterar a vuestra excelencia de los términos en que ha correspondido a su honrosa confianza, se expresará francamente y con la claridad necesaria, para que si vuestra excelencia tuviese a bien pasar su exposición al tribunal de la opinión pública, no haya hecho alguno que pueda ponerse en duda.

La junta, pues, dirá como entendió el reglamento por si acaso contra sus intenciones ha incurrido en algún error, que sería de muy general y perniciosa influencia; referirá después sus tales cuales progresos, algunas disposiciones suyas que los han preparado, y aún sus proyectos ulteriores; y, por último, manifestando de qué modo ha sido recibida la nueva policía, se hará cargo de todo cuanto se haya dicho contra ella.

Mas si para todo esto tiene que extenderse demasiado, lo ha de hacer con la confianza de que en negocio de tanta importancia será más aceptable a los ojos de vuestra excelencia la exactitud que la concisión.

No se crea que trata de defender el reglamento ni de hacer su apología, él no la necesita, ni eco sería de su inspección.

Pero el pueblo fácilmente confunde las leyes y providencias con sus ejecutores, y por tanto es necesario decir algo de un establecimiento nunca visto en este reino, ni aun por el nombre siquiera; a más de que si la policía debe procurar no se extravíe la opinión pública, es oficio suyo ilustrarla y precaverlo en tiempo.

Hay unos pocos malvados, cuyas intrigas no merecen otra cosa que un alto desprecio, y éstos por no querer escuchar la verdad, acaso de un principio bueno, sacan consecuencias muy malas, y si poseen alguna ciencia es la de engañar, no la de instruir; habrá algunos otros que de buena fe tengan una idea errónea de la policía, y que de esta idea deduzcan consecuencias aún más erradas; y la mayor parte ni oyó nombrar la policía en su vida.

La junta para hacerse entender de todos, adoptará un lenguaje claro y sencillo, como las mismas verdades que se propone decir, y como es propio de unos hombres de bien que sin zaherir a nadie, ni tener pretensiones, sólo aspiran a la felicidad pública.

Un principio de justicia natural, anterior a todas las leyes de los hombres, los autorizó para todo cuanto sea necesario a su conservación.

Reunidos ya en sociedad, ninguna ha habido bien civilizada, que no reconozca la necesidad de la policía.

La junta no mirará estos establecimientos por el aspecto que tienen hacia las cosas relativas al ornato, limpieza y aseo de los pueblos.

Esto ciertamente sería fuera de su propósito; los mirará sí, por el lado que concierne a la tranquilidad y seguridad pública, en cuyo punto se ocuparon todos los gobiernos sabios.

Por eso el Areópago de Atenas escudriñaba el modo de vivir de todo ciudadano; pues los vagamundos siempre han sido temibles para la sociedad, y sospechosos para las leyes; y por lo mismo las de Roma establecieron un censor, que velando sobre las costumbres sostuvo por largo tiempo la gran mole de aquella inmensa república, fundada sobre bases tan débiles, como lo es la rapiña y la inmoralidad.

Pero la miseria humana hace que se abuse aún de las cosas más santas; y así la policía corrió la misma suerte que todos los establecimientos.

Desde entonces lo que fue instituido para conservar la pureza y energía de las costumbres, para inquirir los verdaderos delitos, y para evitarlos se vio convertido en un vil instrumento de la tiranía dispuesto a obedecer ciegamente sus designios; en una palabra, este trastorno hizo que los crímenes contra la policía consistiesen exclusivamente en la más leve demostración y aún en el más ligero pensamiento contra el tirano.

Así es que hubo hombre condenado a muerte por un sueño.

Todo esto se debió a los Césares romanos, quienes creyeron que de otro modo vacilaba su trono erigido recientemente sobre las ruinas de la república que acababan de esclavizar.

Como los hombres en unas mismas circunstancias piensan y obran de una misma manera, los que imitaron en la tiranía a los Césares, tampoco se han descuidado de dar la misma dirección que ellos a su policía.

El tirano de la Europa, que lo sería de todo el mundo, y del mismo empíreo, si pudiera, aquel tirano que tan ferozmente persigue a la nación más firme y gloriosa que se conoce; aquél en fin, que con su infernal astucia ha traído la guerra más cruel a este país desventurado, porque él existe, después de haber revestido a sus satélites y a sus tropas, de los mismos títulos y nombres que los Césares, abrazó el sistema de ellos para el apoyo de sus empresas.

Tal es la policía de París: allí la irreligión es donaire; la incontinencia está consentida públicamente; la frivolidad aplaudida; y no hay más delito que hablar mal de Napoleón o de sus disposiciones, dirigidas todas a la esclavitud del género humano.

La policía obedece servilmente sus caprichos, tomando para llenarlos las precauciones más exquisitas...

Lo mismo sucede en el desgraciado pueblo de Madrid oprimido ya de mil maneras.

Extinguida la santa inquisición, las órdenes religiosas y cuanto pueda recordar a un cristiano que lo es, no conoce aquella policía otro crimen, que el de amar a Dios y a su legítimo rey.

Tres días vive cuando más, el hombre acusado de cualquiera de estas dos cosas.

Para acusarlo hay una policía vigilantísima.

Nadie, aún cuando vaya a proveer de víveres la población, entra sin recibir a la puerta una carta de seguridad.

Si ha de permanecer veinte y cuatro horas, es indispensable que se presente segunda vez a la policía, y que para salir tome un pasaporte, el que nunca se da a los pobres, porque a lo menos ha de costar un peso.

Esta es allí la policía de los franceses, que atribuirá malamente a Murat cualquiera que suponga que éste tuvo, o pudo tener un sistema en poco más de un mes que hizo de presidente de la junta de gobierno.

Es bien claro, que si hubiese querido introducir de repente la práctica de llevar pasaportes, nadie hubiera ido a Madrid, y sus soldados habrían carecido de todo en un pueblo que se abastece diariamente.

En España se prescribieron estos documentos para todo transeúnte por los años de 1803 y 1804 con motivo de la epidemia.

Cesaron cuando ella cesó y no es cosa que pueda ponerse en ejecución en un día, ni los franceses entonces se ocuparon de esto; lo que hicieron fue tomar algunas providencias tales como suyas; y entre los individuos de esta junta hay alguno, que por su desgracia lo vio todo.

Otra especie de policía hubo en Madrid en tiempos pacíficos.

Esta junta no caracterizará de tiranos a los reyes que la establecieron; pero ciertamente que tampoco era buena.

El superintendente asistido de una porción de esbirros y hombres de la más ínfima clase atestaba las cárceles de presos; les formaba causas por un orden misterioso y arbitrario; por sí mismo las fallaba, y nunca eran vistas en tribunal alguno; las penas que imponía ya pecuniarias, ya personales, solían ser las más duras, exceptuada, si acaso se exceptuó, la de muerte; pues la de presidio ultramarino y la de azotes no hay duda que la impuso y que la ejecutó; tampoco la hay en que el principal objeto de la tal policía fue descubrir chismes por la mayor parte relativos a personas que proferían una u otra palabra contra la conducta de varios individuos constituidos en ciertas dignidades.

El consejo de Castilla, los señores gobernadores de este superior tribunal, y el de alcaldes de casa y corte, cuyas respectivas facultades fijadas unas por las leyes y otras introducidas por una práctica inmemorial, se interrumpieron más que por la autoridad concedida al superintendente por el modo de ejecutarla, clamaron contra un establecimiento que ciertamente era ilegal, pernicioso y no necesario.

Al cabo de diez años fueron atendidas sus quejas; y suprimida la policía en 13 de julio de 1792 apareció otra vez bajo igual forma, sobre corta diferencia, a 13 de julio de 804, en cuyos términos existía al tiempo de la forzosa abolición de 1808.

En Madrid durante el corto tiempo que se vio libre de franceses, se instaló una vigilancia muy atenta; y trasladada luego con la corte a Sevilla, la hubo tal, que los que procedían de país ocupado por ellos no eran admitidos sin purificar antes su conducta en un expediente que se les formaba, y además debían obtener permiso del supremo gobierno; todavía se nombró últimamente un juez de policía.

Y en Cádiz, pueblo regido hoy por el gobierno más liberal, hay desde muy antiguo diez y siete comisarios o tenientes de policía para una población que no llega a la tercera parte de la de México; nadie, vaya a lo que fuere, puede entrar sin un pasaporte; y ninguno sale de las murallas sin su carta de seguridad.

Con todo, las cortes tratan de aumentar estas precauciones, puesto que han determinado que se establezca un tribunal de policía, y que para fijar los objetos en que debe entender acordaron últimamente que se tome exacto conocimiento del sistema hasta aquí seguido en aquella ciudad.

Vuestra excelencia, a quien no se oculta nada de todo esto, tuvo a principios de agosto que fijar su atención en el medio de asegurar la tranquilidad de la capital de Nueva España.

No subirá esta junta a la indagación de las razones políticas que le movieron a crearla; pero bien podrá decir lo que sabe todo el mundo.

Colocados los enemigos y fortificados cuatro meses había en puntos muy inmediatos, de donde aún no se les ha podido arrojar; adelantadas sus gavillas a saquear, como han saqueado, haciendas distantes sólo tres o cuatro leguas de la ciudad, maquinadas en ella con inteligencia y de acuerdo con los mismos enemigos, muchas conspiraciones, descubiertas varias y justificadas dos; como virrey debió vuestra excelencia cumplir las leyes fundamentales de este reino que le confían y le encargan su seguridad y su defensa; y como un padre diligentísimo, todo consagrado a la prosperidad y conservación de sus hijos, tampoco pudo prescindir de libertarlos de las amarguras y angustias que continuamente los consternaban.

El movimiento de las tropas y los cañones puestos delante del palacio, y en las bocas de las calles más principales les anunciaron en el triste y memorable día 3 de agosto el peligro que habían corrido: vieron entonces que estuvo en poco quedasen huérfanos para ser luego asesinados; era menester sustituir a estas escenas terribles cualesquiera medidas que tranquilizasen y asegurasen al pueblo sin afligir su sensibilidad; no hubo, pues, en aquel día quien no conociera la necesidad de una suma vigilancia; la política y la humanidad clamaban a una por el establecimiento de ella; y vuestra excelencia fundándola se dignó de oír los votos de todos los buenos.

Para esto en su profunda meditación concibió un proyecto enteramente nuevo; pero mucho más fácil y menos molesto al vecindario; luego, desconfiando de sí mismo, como es propio de todos los hombres grandes, quiso oír al real acuerdo; y este superior tribunal le dio todo el peso de su sabiduría y de su autoridad.

Era ajeno de la ilustración de vuestra excelencia preferir una pueril nomenclatura y la realidad de las cosas, y por eso le dejó su nombre propio de policía; sin embargo, como la vista intelectual es tan corta en los más, de ordinario se limita a lo último que vieron; por lo que no será extraño que los que tienen unas ideas erradas y superficiales de esto y de todo, miren cuanto suene a policía con la odiosidad que las antiguas justamente merecieron.

Si vuestra excelencia al establecerla se hubiera guiada por ejemplos, los hubiera hallado para formarla de un modo muy diferente.

En Cádiz mismo, que a dicha suya es una isla y cuyos enemigos como extranjeros son distinguidos por su idioma, por su figura, y por su traje; en Cádiz, donde sólo hay que ejercer la vigilancia con uno u otro espía o traidor; se presentaba un modelo que parece debía seguirse mientras que el supremo gobierno de la nación que reside allí no dé otro.

Y en México, que es un pueblo sin muros ni puertas y abierto por todas partes, donde los enemigos que pueden invadir se confunden con los defensores, y donde no sólo se trata de descubrir a los espías, sino de guardarse de los enemigos que se habían conjurado dentro de la capital para trastornarla, se adoptan unas reglas mucho más suaves; se exime de presentarse al trajinante y a todo el que traiga un pasaporte perpetuo; no es conocida la carta de seguridad; y sobre todo la policía ceñida a velar sobre el buen orden, y a auxiliar a los tribunales, jueces, y demás autoridades constituidas, nada resuelve ni juzga por sí;

¡Ojalá que ella baste a reprimir a los facciosos, y que no sea menester introducir una policía militar, como la que hay en otras provincias de Nueva España, muy terrible, pero saludable puesto que las ha tranquilizado, por manera que en algunas ni se habla ya de la rebelión!

Podrá conseguirse si la junta acierta a desempeñar bien la establecida, y entonces no será necesario tocar en los extremos, que así en política como en moral son poco gratos.

Tales han sido sus constantes deseos.

Al efecto, desde su instalación tomó varias medidas que exigían las circunstancias, ocupándose noche y día en superar los diferentes obstáculos, que se la opusieron.

Observó desde luego la imposibilidad de ejecutar el reglamento en cuanto a pasaportes, mientras que no hubiese pasado un tiempo suficiente para publicar esta providencia en varias partes, y para dirigir a todas las justicias los mismos pasaportes que habían de expedir, de los cuales a pesar de lo mandado en la instrucción de 13 de febrero de este año, no había ni un ejemplar.

Por lo mismo, atendiéndose a la letra del reglamento hubieran sido despedidos desde las puertas de esta capital todos los que llegaron a proveerla de víveres; y con razón se hubiera censurado a la junta por la carestía y escasez consiguiente.

Pero lo evitó suspendiendo en este punto la ejecución hasta el 16 de septiembre, para cuyo día todos los pueblos de esta provincia estaban bien instruidos de la formalidad del pasaporte, y sus justicias tenían recibidos ya de antemano cuantos pudieron necesitar; pues los había enviado el superintendente comisionado por vuestra excelencia también para éste.

Algunos pocos hombres interesados tal vez en que esta saludable precaución jamás se observase; otros pusilánimes que no contaban con la docilidad de un pueblo a quien agravian; y otros en fin que adictos siempre a la rutina de sus antiguas preocupaciones, pensaron entonces que era imposible hacer lo que nunca se había hecho, tuvieron que desengañarse.

Es verdad que para conseguirlo fue menester recurrir a la prudencia, y no confundir las cosas, castigando en la persona del transeúnte el descuido, o mala inteligencia de su justicia; pero también lo es que se consiguió perfectamente que cada uno traiga como trae su pasaporte en regla, porque al cabo todo lo vencen el trabajo y la constancia.

Otra dificultad ocurrió al principio, con respecto a si deben o no presentarse todas las personas que vienen a México.

El reglamento lo da a entender así; pero la junta combinando su espíritu manifestado, al parecer en los artículos que tratan de pasaportes perpetuos, opinó que esta clase de gentes no debía presentarse.

Por este medio hizo que las seis mil o más personas, que todos los días vienen a surtir los mercados de México, no tengan porque retraerse, y excusó proponer a vuestra excelencia, como hubiera sido preciso en otro caso la creación de una multitud de empleados destinados únicamente a recibirlas.

Las que traen pasaportes temporales son únicamente las que se presentan al superintendente, si vienen aquí por más de quince días; o si por menos, a los caballeros, diputados y tenientes nombrados para ello; y en medio de la interceptación de comunicaciones que hay no bajan de doscientas personas cada día.

Arregladas así las cosas por un orden que ahora parecerá muy fácil a los mismos que antes lo tuvieron por imposible, reparó también la junta en la oscuridad del reglamento por lo respectivo a la jurisdicción, autoridad o facultades que deben tener sus individuos, incluso el superintendente.

Deseando todos que éstas sean únicamente las que se necesiten para hacer el bien, y queriendo carecer de las que puedan interrumpir la jurisdicción, y las funciones de cualesquiera jueces y tribunales, y de cuanto se dirija a la arbitrariedad, se elevaron a vuestra excelencia las consultas señaladas con los números 1 y 2 que fueron resueltas como manifiestan los números 3 y 4.

El resultado es, que los tenientes sólo tienen facultad para perseguir y aprehender a los delincuentes que contravengan a las leyes, o bandos de buen gobierno, poniéndolos luego a disposición del superintendente, y que éste ha de pasar el conocimiento de sus causas a los respectivos tribunales, o a vuestra excelencia si la materia lo exigiese, sin hacer otra cosa por sí, que instruir alguna vez la sumaria si lo estimare conveniente, o imponer a los contraventores de los bandos de buen gobierno la pena señalada por ellos, u otra más leve; sujetando su providencia en caso de apelación, a la real sala del crimen.

Así, los tenientes, y el mismo superintendente no vienen a ser otra cosa que unos celadores de la tranquilidad pública, y del buen orden, y unos ministros auxiliares de todas las autoridades, jueces y tribunales; y lo son con todo su gusto, y conforme a sus mismas ideas.

Tampoco se expresó en el reglamento el modo de ejecutarlo con los indios que viven dentro y fuera de México.

Parecía que hablando de todas las personas, los indios, o no lo eran, o estaban comprendidos en sus disposiciones; sin embargo esta clase apreciable ocupó la atención del superintendente: por un lado suponía a las parcialidades de San Juan y Santiago que forman parte de la ciudad, sin fondos para costear los gastos precisos, y consideraba en cuanto a éstos y a todos los indios, que unas personas colmadas de privilegios por las leyes no debían estar sujetas a penas tan severas como las demás, y especialmente a las pecuniarias; y por otro lado, no alcanzaba como pueda haber policía mientras que un sólo individuo esté exceptuado de observar todas sus reglas.

Para combinar unos y otros miramientos, inclinándose siempre a favorecer a estas gentes pobres y sencillas, odiadas y vilipendiadas por aquéllos mismos que para sus siniestros fines suelen adularles, y seducirlas, dispuso con aprobación de vuestra excelencia que a los gobernadores de las dos parcialidades se les satisficiesen de los fondos de policías los gastos que hiciesen en formar sus padrones, y en expedir pasaportes, cuyas documentos expedirían ellos por sí a sus súbditos; que al efecto se les entregasen cuantos pidiesen, sin pagar su costo; que contraviniendo a la policía no se les exijan costas, multas, ni otras penas pecuniarias; que imponiéndoseles alguna pena personal, sea bien proporcionada a su candor, y a las circunstancias del caso, quedando al arbitrio de ellos mismos preferir la pecuniaria por una elección que se les concede, y a ninguno más; que tampoco paguen el peso de multa que se exige a los que extravían sus pasaportes, sino que se les reprenda para que tengan cuidado con ellos; que incurriendo en alguna contravención, y siendo abonados por sus justicias o gobernadores se les trate benignamente, y que éstos últimos expresen al superintendente cualquiera vejación por leve que sea, que sufran por causa de la policía, y si pueden mejorarse en beneficio suyo las providencias tomarlas.

Todo esto, y el reconocimiento y consideración de los mismos indios, cuando se ven tratados de un modo singular, consta así por los papeles números 5, 6 y 7.

En su consecuencia se remedió el abuso de obligarlos a barrer los cuarteles de policía (bien semejante a lo que se practica en muchas partes de la ciudad) desde el momento mismo en que llegó a noticia del superintendente, como se acredita por la copia número 8.

Por último toca a la inteligencia del reglamento la idea de esta junta, en razón de que se nombren otros diez y seis tenientes más, para que en cada cuartel haya uno: ella pende todavía del superior juicio de vuestra excelencia, pero cualquiera que fuere su resolución, cree deber acompañar el papel número 9, porque manifiesta los graves fundamentos, que tuvo para proponerlo así, desprendiéndose de los deseos que muestran otros hombres, no sólo de ejercer su autoridad en mayor número de cosas, y de personas, sino aun de entrometerse en las que no les corresponden por título ni razón alguna.

No es tan fácil expresar todo cuanto esta junta ha ejecutado, porque después de referir, aunque por mayor, su historia, todavía ha de quedar oculto lo que ella misma ignora, y que acaso es la mejor parte.

Quiere significar que en lo político, como en lo físico, los remedios precautorios, que evitan males que no se han experimentado, y que por consiguiente no se han sentido; quedan siempre en la oscuridad, sin que su oportuna influencia pueda ser percibida sino por una vista muy perspicaz.

A la de vuestra excelencia que lo es, a su fino y delicado juicio, y al exacto y singular conocimiento que tiene de todas las circunstancias anteriores y posteriores, se reserva el decidir este punto; entre tanto insinuará que las continuas rondas de la policía desde las garitas, y desde los cuarteles o casillas; la prontitud con que se acude desde ellas a sosegar cualquier riña, y a aprehender in fraganti a los delincuentes; el número de más de mil hombres calificados ya por reos por vuestra excelencia, por la real sala del crimen, y por la junta de seguridad y buen orden, y el de treinta y seis desertores aprehendidos, puede haber hecho a la patria en estos tiempos un servicio que deberá graduar quien conozca de que eran capaces todas estas gentes.

Sea de esto lo que fuere, pasa la junta a decir lo que ciertamente ha hecho, y está a la vista de todo el mundo.

Su primer cuidado ha sido formar los padrones.

Debe confesar que no sólo no los hizo dentro de los tres días que prefijó el reglamento, sino que tampoco los ha concluido enteramente al cabo de tres meses, y esto con ser que al escribiente de dotación añadió vuestra excelencia otro supernumerario a cada teniente, y que estos además han costeado por sí otros.

La junta entendió que lo que se quería eran unos padrones exactos y cuales no los hubo jamás en esta población: se persuadió que no habiéndose contentado el gobierno con los formados últimamente por varios de los alcaldes de los cuarteles menores, tampoco cumplía su deber con suscribir a los que estos habían hecho, y cree haber acertado cuando entre unos y otros padrones se advierte la notabilísima diferencia que manifiesta el estado número 10; es decir, que la población según los formados por los individuos de la misma junta, asciende a ciento cincuenta y dos mil seiscientos sesenta y siete habitantes, sin incluir los que hay en las dos parcialidades; y por los que formaron dichos alcaldes es mucho menos.

No puede hacerse una comparación exactísima, porque éstos últimos no todos ejecutaron sus padrones, por decirlo así; aquéllos producen setenta y cinco mil doscientos ochenta y cinco habitantes, y estos ochenta y dos mil seiscientos sesenta y siete; por consiguiente los últimos contienen una décima parte de población más que los otros, como se demuestra en el referido estado.

Al cabo los tales padrones ya estén hechos sin que falte otra cosa que ponerlos en limpio; ellos se acercan mucho a la exactitud, y llegarán muy en breve a tener cuanta se puede desear, con sólo añadir algunas personas que antes se ocultaron, y que convencidas ahora del justo objeto del empadronamiento, y obligadas a descubrirse para mudar de habitación con la frecuencia que acostumbran, servirán para perfeccionarlos.

Y el que pensare que la cosa pudo hacerse con más prontitud o de mejor modo, que haga por si la prueba y hable después, no sea que halle los inconvenientes que ciertamente habrán hallado varios alcaldes de los cuarteles menores para no poder formar los de un solo cuartel, mientras que cada teniente los ha formado en dos, y con la exactitud que se ha visto.

otra de las cosas en que esta junta se ha ocupado con suma eficacia ha sido las rondas de todos sus individuos, y la continua vigilancia sobre la conducta de sus respectivos cabos han sido al momento separados de este destino por causas no muy graves, todos cuantos faltaren a su deber; y a esta misma vigilancia conspiran los oficios del superintendente números 11 y 12, en que se les prohíbe severamente poner por si en libertad a ningún preso, exigir multas aunque estén prevenidas por el reglamento, y recibir interés o cosa por pequeña que sea de los transeúntes, o de cualquiera persona que tenga o haya tenido asunto de policía con estos subalternos.

Por consecuencia de estas disposiciones han sido presos con justas causas desde 26 de agosto hasta hoy mil seiscientos treinta y un individuos.

De este número absolvió el superintendente por equidad y porque en los primeros días observó que muchos contravenían al reglamento sin malicia ciento treinta y ocho, y multó veinte y ocho.

Pasó a la real sala del crimen mil veinte y cuatro; a la junta de seguridad trescientos cuarenta y cinco, y a sus cuerpos respectivos treinta y seis desertores.

Vuestra excelencia aplicó a diferentes destinos quince de los expresados individuos; la real sala del crimen destinó al servicio de las armas trescientos veinte y uno; al de la marina ciento y cinco; al de la cartel diez y ocho; a obras públicas ciento veinte ocho; a la casa de recogidas cuatro; igual número al hospicio; setenta y ocho al servicio de las cocinas, y a servir en casas particulares; a ser depositados y pasados a otros tribunales y al hospital incluyendo los que puso en libertad, trescientos sesenta y cinco; y la junta de seguridad destinó al real servicio treinta y seis y seis a la marina; ciento sesenta y dos a los trabajos de la zanja, y uno al hospital, y puso en libertad apercibidos ciento treinta y cuatro.

Así consta por las certificaciones números 13, 14 y 15, como también que de la expresada multitud de presos sólo hay siete pendientes, uno en la real sala del crimen, y los otros seis en la junta de seguridad, sin que ninguno lo esté por policía; bien que esto ya lo vio ayer todo el pueblo en la visita general de cárceles, y vuestra excelencia además sabe por los estados semanarios que la policía sale de sus presos al día siguiente de su arresto.

Dedicóse también la junta por orden de vuestra excelencia formar listas de los individuos de esta capital que siendo útiles y reuniendo las circunstancias convenientes para servir en los batallones patrióticos de ella no lo hacían.

Por ese medio recibieron estos cuerpos un aumento de fuerza considerable:

Le recibirán todavía mayor, luego que se rectifiquen los padrones, y que cada teniente pueda tener un conocimiento exacto de los habitantes de su distrito; y recibirían el que es posible si no hubiese tantos hombres exceptuados y varios otros que instan por serlo y por no servir a su patria.

No pudiendo esta junta ejercitar la vigilancia que se le encarga sin la facultad de enterarse de la correspondencia cerrada que traen y llevan continuamente personas particulares, se dispuso con aprobación de vuestra excelencia que la que fuese o viniese para personas sospechosas, sea abierta por éstas, a presencia del superintendente, o de los tenientes, quienes examinen después su contenido en lo que importe a la seguridad pública.

Era justo que la real renta de correos no se menoscabase con permitir que la correspondencia debe de ir sellada por sus oficinas.

Y para conciliarlo todo se tomaron, conforme a la real ordenanza de correos, las providencias que contienen los papeles números 16, 17, y 18.

La junta además de velar sobre el puntual cumplimiento de las leyes y bandos de buen gobierno, ha considerado que es de su obligación manifestar a vuestra excelencia el espíritu y opinión pública, en cuanto concierne a la tranquilidad común.

Para lo primero se dedicó a velar sobre la observancia de los mismos bandos, y especialmente del publicado por vuestra excelencia en 10 de octubre del año último que renueva los más de ellos.

El que prohíbe en ciertos términos la pueril diversión de volar papalotes, se miró pocos meses hace con tal desprecio que parecía haber una expresa providencia para que se volasen desde todas las azoteas.

A las desgracias que se experimentaron se agregaba el perjuicio de echarlos de noche encendidos, por manera que podían servir de guía o de contraseña a los enemigos que estaban a la vista de la ciudad.

Para ocurrir al remedio de todo esto se tomó la providencia algo más clara y expresiva que aquel bando, según se ve por los papeles números 19, y 20 y es lo cierto, que desde entonces ya no se han visto papalotes.

El otro bando, que trata de juegos prohibidos también se ha ejecutado aprehendiendo algunos, y parece que el furor de muchas gentes de este país, es disipar de un modo tan pernicioso sus caudales y el tiempo, se ha reformado muy perceptiblemente.

Y lo mismo se ha procurado con el bando de 22 de mayo de 1799 que manda proceder contra las personas desnudas.

El sólo hecho de presentarse así es, como en él se dice, un indicio vehementísimo de ociosidad, o de malas costumbres.

La junta lo ha conocido prácticamente por la suerte que han tenido los más de los sujetos que ha preso por ese motivo.

Y las consecuencias experimentadas han sido dar al rey muchos individuos útiles para su real servicio, y hacer que otros muchos más, se presenten con la decencia correspondiente con gran beneficio de las costumbres públicas, y del decoro de esta hermosa capital.

Para proponer lo más conveniente a conservar el buen orden y la tranquilidad general es preciso conducirse con suma prudencia, porque muchas veces más estragos causa una providencia inoportuna que la impunidad misma.

Así pudo suceder con el bando publicado en 27 de septiembre estableciendo un arreglo municipal, y opresivo para las vinaterías y pulquerías.

Todavía cree la junta que no se había tomado ninguna disposición de las que debían preceder, y a que se intentase extinguir la embriaguez.

No sabe, que se haya pensado jamás en el verdadero medio de extinguirla, que es el cuidado que no hay de la educación pública.

No puede combinar con sus principios las restricciones y trabas, que por aquel bando se ponían a esta policía alimentaría.

Y no vio que se tratase de sustituir al único deshago y diversión del pueblo otra más regular.

El superintendente se apresuró a poner en la consideración de vuestra excelencia todas estas reflexiones por su oficio número 21; y la suspensión del bando por la que clamaban aun los hombres más bien morigerados y más imparciales, calmó la incomodidad pública con aplauso universal.

Sea cual fuere el motivo de la última resolución de vuestra excelencia, la junta se complace de que haya sido también recibida, como fue conforme a su unánime sentir.

observóse en los espectáculos públicos de ajusticiados inminente peligro a que se vio expuesto el pueblo de México por el desorden que causaron los coches y caballos.

Pero vuestra excelencia conformándose con lo que la junta le propuso en el oficio número 22, prohibió para siempre su concurrencia a tales funciones, y de este modo en la primera que hubo se guardó el mejor orden y toda aquella majestad con que deben presentarse al pueblo los triunfos de la justicia.

En medio de una guerra tan cruel, furiosa y desatinada como la presente se vieron rodar por las plazas públicas las armas del rey en manos mercenarias de hombres que las vendían por traficar con todo.

En virtud de este peligroso comercio se convidaba al soldado a la deserción: se privaba a los defensores de la patria de sus armas peculiares, y no era imposible que algún día vinieran estas a manos que las convirtiesen contra ella misma.

Por insinuación del superintendente lo prohibió vuestra excelencia en dos bandos; con arreglo a ellos se han recogido cuarenta y tres fusiles, y diez pistolas; y prescindiendo de esto se atajaron todos los insinuados males, porque no habiendo quien pueda comprar estas armas es claro que nadie piensa en venderlas.

De aquí es, que como a vuestra excelencia le consta no sean tan frecuentes las deserciones como antes.

El abuso intolerable de exigir en las garitas a los que vienen a proveer este mercado una parte de todo lo que traen, excitó también la atención del superintendente.

Averiguó que los cabos de policía no eran los que cometían estas exacciones; y con todo precaviendo lo que pudiera suceder los intimó que a lo menos serían destinados a servir al rey en sus regimientos si recibían de los transeúntes cualquiera cosa por pequeña que fuese, aunque se contribuyera voluntariamente.

En seguida pasó a vuestra excelencia el oficio número 23, y su justificación desde aquel momento prohibió a los dependientes del resguardo continuar en aquellas exacciones, que estaban ejecutando desde tiempo inmemorial, so pena de ser castigados severamente y separados de sus destinos.

Así es como los traficantes por la mayor parte indios y personas pobres, cuya sangre es siempre la que se chupa mejor, se ven ahora libres de aquel injusto gravamen, bendiciendo a vuestra excelencia que se le quitó.

Contra todo lo que dicta la humanidad se advertía en México continuamente la pérdida de niños.

Acercándose la junta a indagar la causa, se convenció de que no tanto es el descuido de los padres, tutores o personas a cuyo cargo están, como la perversa astucia de algunas que los roban para exigir después un premio por el hallazgo, por la manutención, y por los cuidados que fingen haber tenido con estas criaturas.

Un comercio o más bien un desorden tan indecente, e inicuo y bárbaro, ha causado varias veces la aflicción de muchos vecinos que consideran perdidos o muertos a sus hijos.

Para conocer en toda su extensión este justo dolor y calcular sus funestas consecuencias, es necesario haber sido padre y saber lo que despedaza en estos casos a un corazón sensible el amor natural exaltado por una viva imaginación vuestra excelencia que lo es de todo el pueblo y a quien no son desconocidos los sentimientos del hombre, proveyó en esto del remedio oportuno.

El más directo en opinión de la junta fue el que ella insinuó por su oficio número 24, de obligar a todo el que hallare algún niño a manifestarlo dentro de veinte y cuatro horas precisas ante la diputación; ha sido adoptado por vuestra excelencia, y con esto consigue la persona que le hubiere perdido saber a punto fijo donde prontamente lo ha de encontrar, y cesa ya desde ahora una negociación vergonzosa y tan execrable.

Por último, esta junta sabe muy bien que la obra maestra de la policía más consiste en precaver los delitos que en castigarlos, o proporcionar que se castiguen; y que lo primero hace mucho más honor a un gobierno ilustrado y benéfico, cuanto honra más al sabio evitar la desgracia, que repararla después de sucedida.

Meditando seriamente en este punto halla que la principal causa de todos los males políticos y morales consiste en la educación.

Sin ésta, no hay costumbres: las leyes pondrán imponer severos castigos a los que no las tengan; los jueces, ejecutores suyos, las aplicarán con toda la exactitud, tino, y juicio que se requiere; pero después de conseguido todo esto, que no es poco pedir, habrá cuando más una sociedad de ciudadanos tímidos, que por cobardía se abstengan del crimen, pero que corran a él, y le sigan íntimamente tan pronto como puedan esperar quedar impunes.

Por esto mientras que el mayor número no esté bien instruido y convencido de sus obligaciones para con dios, el rey, y sus conciudadanos, no se puede contar con la obediencia, sino cuando mucho con su esclavitud.

La junta luego que se haya enterado de cuanto se ha hecho hasta aquí en la materia desenvolverá sus tales cuales ideas, contrayéndolas a las actuales circunstancias en que nos hallamos, y las expresará a vuestra excelencia por lo que puedan conducir al bien general.

Llega por fin la junta al tercero y último punto que se ha propuesto tratar; y nada más fácil que manifiestan la buena acogida, que ha merecido generalmente.

A vuestra excelencia consta mejor que a nadie, puesto que no se ha ocupado en queja alguna que ella sepa.

Pero si se quieren pruebas más perceptibles a todos, se hallará una que vale por muchas en el generoso sacrificio que para mantener este establecimiento han hecho los habitantes de México, a pesar de la decadencia, e interrupción de su comercio: la suscripción abierta para este fin, ha producido hasta el día 30 de noviembre último cincuenta y dos mil setecientos tres pesos, cuatro reales seis granos como manifiesta el estado adjunto número 25 que se acompaña para satisfacción de vuestra excelencia y del público, y todavía continúan suscribiéndose muchas personas.

Ninguna otra suscripción de varias hechas en estos tiempos ha producido tanto: todas fueron ejecutadas por causas muy recomendables; todas también han sido puestas en movimiento por patriotas de primer orden encargados de excitar casa por casa, a los contribuyentes.

Ésta sola, la fío vuestra excelencia a sí misma; luego sus admirables y extraordinarios efectos se deben evidentemente al íntimo convencimiento de su utilidad de que todos están poseídos, pues nadie hoy deja de mirar como emplea su dinero, y propiamente lo emplea bien, el que a costa de desprenderse de alguna parte, negocia la conservación de lo restante, y su seguridad personal.

Bastaba este testimonio consignado en los papeles públicos, pero todavía hay otro no menos concluyente, y es la perfectísima armonía que se guarda con las otras autoridades, con quienes por su instituto tiene cierta analogía, y la buena correspondencia que todas ellas por su parte observan constantemente.

Claro está que se resentirían de la policía, al menos por la novedad, si viesen interrumpidas de algún modo sus funciones, o menoscabadas sus facultades y su consideración, pero como ven todo lo contrario y conspiran al mismo fin, obran con consecuencia.

Mas por si hay quien quiera dudarlo, van adjuntos para su desengaño los oficios número 26 del señor gobernador de la sala presidente de la junta de seguridad y buen orden, del señor juez de la Acordada, del señor asesor de naturales, del señor sargento mayor de plaza, y de los señores comandantes de los batallones y escuadren de patriotas.

Y si por desgracia hubiere todavía, a pesar de esto, alguno que esté mal en tan críticas circunstancias con la tranquilidad pública, que los lea; entonces habrá de convencerse que si no es fácil impedir se complazca en sus vanos, e impotentes deseos por turbarla, lo es menos que consiga otro fruto que el de su mortificación si sabe contenerse, y el de su castigo si osa manifestarlos.

Aquí debería concluir la junta esta su exposición si se contentase con demostrar la opinión general.

Pero aspira a confundir a los malvados, por pocos que sean, y sobre todo a desengañar a los preocupados, y a ilustrar a los incautos; y está segura de que ha de convencer el entendimiento de todos, aunque no puede estarlo de que moverá la voluntad de los primeros, porque esta no cede a razones.

Ante todas cosas se congratula con vuestra excelencia de que habiendo merecido la aprobación del público, de los magistrados y otras autoridades, no la miren bien algunos pocos por sus fines particulares.

Ni los que hacen lo justo pueden dejar de tener mal querientes, porque nadie quiere justicia por su casa.

Han de contentarse, pues, con ser honrados y estimados por los buenos, y no sentir, antes bien desear, que los malos los teman, odien y zahieran, que tal es la dirección ordinaria de las pasiones; supuesta esta verdad pasa la junta a examinar cuantas quejas han llegado a su noticia, y a fijar su verdadero valor, satisfaciendo a todo con hechos claros e incontestables.

Ellas, según ha entendido son las siguientes:

1. "Que el cuidar de la comodidad de los vecinos, de su salud y recreo, de la limpieza de las calles, cañerías, alumbrados, víveres, etcétera, ha tocado siempre a los ayuntamientos.

Que las funciones respectivas a esto no se ven numeradas en el reglamente de agosto último; con que para estos fines no es necesario el establecimiento".

En efecto, el reglamento no trata de la policía material, ni esta junta se ha entrometido en sus negocios.

Por lo mismo no se comprende, qué se quiera significar con esto: acaso se querrá dar a entender que las facultades de una y otra policía, se hallan perfectísimamente demarcadas, como lo están los diferentes objetos de su encargo.

Esto es así, y conviene tenerlo presente; por lo demás, la junta sin decir ahora sí para aquellos fines es necesario o no otro establecimiento, confiesa que éste no se hizo para ellos.

2. "Que el pueblo cree tal vez con error, que el reglamento de policía contiene los mismos artículos que contenía el adoptado por Murat cuando tomó a Madrid; y que los franceses habiendo sido los más inventores en materia de policía, establecieron una autoridad equívoca aterradora, que en manos de un hombre emprendedor, fácilmente se convirtió en una dictadura tan sanguinaria como la de Sila, más que con todo, jamás en ella y sus precauciones se comprendieron los arrieros y los vivanderos, y por el contrario quedaron excluidos de la necesidad del pasaporte".

Queda asentado que Murat no trató de policía, ni formó sobre ella reglamento alguno; y a buen seguro que le manifieste quien dijere lo contrario.

Sila tiranizó la república romana por todo el tiempo que quiso: su poder fue absoluto, y puede compararse exactamente con el de Napoleón, sin más diferencia que la de los nombres con que aquél le ejerció, y éste le ejercita.

El ministro de policía en Madrid, no pasa de un miserable subalterno de los satélites del mismo Napoleón; y así no se entiende en que pueda compararse con éste y con Sila, que viene a ser lo propio.

Y a cerca de los trajineros ya queda dicho que no pueden entrar en aquella capital sin un pasaporte, sin recibir una carta de seguridad, y que si permanecen más de veinte y cuatro horas, para volver tienen que sacar otro pasaporte pagando por él más de un peso.

Comparar esto con los pasaportes perpetuos expedidos gratis con que entran y salen en México, es comparación igual a la de Sila con el ministro Arribas.

Pero la junta no puede negar que advierte la mayor consecuencia, y la misma propiedad en el modo de discurrir sobre ambas cosas.

3. "Que el establecimiento de policía siempre ha excitado la execración general, desde los ediles y censores de los romanos hasta la época presente".

También la junta sabe que en Roma hubo ediles y censores. Aquéllos cuidaban de los espectáculos y fiestas, y así no hay para que compararlos con quien no está encargado de eso; y éstos velaban sobre las costumbres del modo, y con la prudencia con que debe hacerse en un Estado democrático: no hay hombre de entendimiento, por liberales que sean sus ideas, que no elogie a los tales censores, y la junta celebraría merecer ser comparada con ellos.

Ya que se quiere hablar de historia, si se dijera que en aquella república tan libre había un dictador que era un jefe absoluto, superior a todas las leyes, para los casos en que ella peligraba; que otras veces, el senado con aquel decreto que era el último recurso en tales peligros, autorizaba a los cónsules para que salvasen la república, y éstos en su consecuencia ejecutaban cuanto les parecía; que siéndolo Cicerón, varón tan sabio como amante de la libertad, fueron condenados a pena capital algunos senadores por voto suyo, y del mismo senado, sin embargo de que ni el último ciudadano romano, según las leyes, podía sufrirla; que aquellos actos ejemplares de justicia contribuyeron más que todo a dar al pueblo la energía que necesitaba para destruir la conjuración de Catilina, y sus partidarios; que éstos conjurados fueron todos los hombrea viciosos, perdidos, y adeudados de la república; y en fin que desde entonces para siempre quedó marcada por la justicia, y por la experiencia la marcha política que debe seguirse en semejantes casos, tendría la junta que discurrir y entrar en discusiones que ahora excusa, celebrando que vuestra excelencia en su previsión, en su valor, y en su piedad, halla hallado remedios más suaves, y dado el primer ejemplo de una clemencia singular.

4. "Que los establecimientos de policía degeneren en arbitrariedad, y que los superintendentes han de prescindir de las leyes divinas y humanas cuando lo califiquen conveniente".

Los establecimientos de policía y los superintendentes pueden ser arbitrarios, y también no serlo.

En el sistema actual se han concedido al superintendente unas facultades muy cortas, reducidas luego a propuesta suya, a no determinar nada por sí, y a sujetar sus providencias en las cosas más leves a la calificación de real sala del crimen, no obstante que estaba autorizado para algo más.

De hecho se infería si ha degenerado, y si se prescinde de las leyes divinas y humanas.

5. "Que la arbitrariedad se ve sancionada por el reglamento en el artículo 18 del capítulo 6 donde reserva al superintendente tomar la providencia correspondiente contra aquél que por la tercera vez no traiga su pasaporte".

Está dicho que el superintendente nada puede, ni quiere determinar por sí.

6. "Que el señor intendente corregidor mandó publicar una providencia para evitar los daños que puede causar la frívola diversión de los papalotes, y que la misma tomó el superintendente, complicándose de este modo las dos autoridades, y dando motivo para competencias, recursos, y otras funestas consecuencias; siendo lo más notable que por haber mandado éste último arbitrariamente que las multas que se exijan por esta otra razón deben aumentar los fondos de la nueva policía, quedará defraudada de ellas la de la noble ciudad, y descubiertas sus atenciones".

Antes que esta queja se la lleve el viento, se acompañan las citadas providencias con dicho número 19 y el 27.

De ellas consta, que el superintendente tomó la suya primero que el señor intendente, y que vuestra excelencia la aprobó.

Por lo respectivo a la aplicación de las multas en el artículo 2 del capítulo 10 del reglamento se ordena que se destinen al fondo de policía las que se impongan.

Pero lo más gracioso es, que no ha llegado el caso de que se imponga alguna en asunto de papalotes, ni ha habido otras contestaciones que las que manifiestan las referidas providencias, por donde se viene en conocimiento de las competencias y recursos que ellas han motivado.

7. "Que fue una arbitrariedad del superintendente obligar a que se alisten en el servicio de los batallones de patriotas de esta capital los individuos útiles para hacerle, y con facultades para mantenerse, conminándolos con ser destinados a servir en un regimiento por tiempo de ordenanza si no lo ejecutaban dentro de dos días: que si procedía por comisión especial de vuestra excelencia debía hacer mención de esta circunstancia, y por lo demás no se alcanza como puede estar comprendido en las facultades de la superintendencia; que las listas que formó fueron equivocadas, falsas, y diminutas, porque comprenden sujetos de alta jerarquía, otros sexagenarios, y otros exceptuados antes por la junta de alistamiento y después por vuestra excelencia; y que sea o no arbitrariedad, esta providencia es contra todo lo que dicta la prudencia, la política, la razón, y la justicia".

El superintendente expresó por dos veces en su oficio que es adjunto número 28, que procedía de orden de vuestra excelencia; tampoco puede desconocerse cuando los señores jefes de aquellos cuerpos reconociéndole por muy legítimo se prestaron inmediatamente a obedecer, sin que les quede otro, sentimiento que el que hasta ahora el aumento de fuerza no haya sido todo el que esperaban y convenía, con que así no hay para que hablar de arbitrariedad.

También poco la hubo en el modo de formar las listas puesto que se incluyeron las personas útiles al parecer para aquel servicio, y si algunas estaban exceptuadas o lo fueron después, no debía examinarlo quien sólo era comisionado para hacerlas alistar con la premura que el tiempo pedía, no para oír ni calificar sus excepciones; por lo demás la junta no se propondrá defender una disposición toda de vuestra excelencia y de sus privativas facultades; diría en tal caso, que el ciudadano que se resiste a servir a la patria cuando le llama para que la socorra por hallarse expuesta su libertad, y comprometida la existencia de la soberanía, y aun de la religión, no está muy distante de volver contra ella su pecho impenetrable a todos estos sentimientos: que el hombre vil o infame, que por traición, por cobardía, o por egoísmo rehúsa el honor de morir por su patria, es un desertor que la abandona y un parricida de ella misma, tal vez en cuanto puede; que su conducta resalta más comparada con la de los buenos ciudadanos que la sostienen; que cuando se ve un señor camarista de Indias quincuagenario servir en clase de soldado, bien claro está que no cabe otra excepción en el presente conflicto que la de la imposibilidad, porque esta es la única disculpa que el hombre puede tener para excusarse a cumplir el primero de sus deberes; y finalmente que cuando los pobres cumplen con esta sagrada y primitiva obligación corriendo presurosos a alistarse voluntariamente en las banderas del rey, por salvar la patria y defender su causa, es muy justo que todos los demás contribuyan a sostenerla por su parte.

Que el interés de la defensa pública justificaría cualquiera rigor; y que si en Cádiz, donde hay ocho mil voluntarios o patriotas que alguna vez han salido a hacer frente a los enemigos pudiera suceder que otros más temibles por la máscara que les cubre se negaran a hacer igual servicio, que es negarse, se excusaran, el soberano congreso de la nación no se contentaría con el suavísimo decreto dictado por el piadoso corazón de vuestra excelencia; exclamarían entonces los señores diputados; esto es querer entregar la ciudad, la patria, y todo a los franceses.

8. "Que cuando en Madrid se estableció el tribunal de policía contra el dictamen del supremo consejo de Castilla a pocos días hubo necesidad de extinguirle, porque se conoció que estas instituciones traen consigo una infinidad de perjuicios, hasta convertir el mismo tribunal en tribunal de arbitrariedades".

La junta entenderá poco de legislación: según sus principios todas las leyes se establecieron para los casos y circunstancias ordinarias y comunes, y no pueden aplicarse sin error a otras muy diferentes accidentales o imprevistas, y por esto le parece que las providencias dadas para tiempos pacíficos y tranquilos, serían precisamente defectuosas e insuficientes acomodándolas al actual.

Sino, en la paz y en la guerra deberían estar a un mismo pie los ejércitos, y ser idénticas todas las medidas, y precauciones que se tomen en casos tan contrarios, por manera que sólo debería haber hoy en este reino el número de tropa que antes de la rebelión, y no un soldado, un cañón, ni una arma más.

El mismo consejo de Castilla la confirma en este modo de pensar, sin que se contase con su dictamen se estableció el tribunal de policía en el año de 1782; no tan a pocos días, sino pasados diez años fue extinguido conforme a una consulta suya; y últimamente este superior tribunal, considerando las diversas circunstancias, con experiencia y meditación de ellas ha opinado en Cádiz que se restablezca formando un reglamento con este objeto.

Cual sea la situación de aquella plaza, y la de esta ciudad, cuan diferente la clase de enemigos, y si es, o no tribunal un establecimiento absolutamente distinto de todos los anteriores, y cuyos individuos nada pueden juzgar por sí, no hay para que decirlo.

9. "Que para prevenir los delitos, y conservar la tranquilidad del pueblo sobran sin duda los muchos jueces de que abunda esta capital; que por otra parte estos objetos pertenecen a la administración de justicia, y no están sujetos a la policía, ni al superintendente se le dieron facultades por el reglamento para conocer en esa clase de asuntos; y que agregada a la incumbencia de los jueces ordinarios la comisión de los padrones que fácilmente concluyen los alcaldes menores en muy corto tiempo, ellos con más facilidad y menos incomodidades de los vecinos, pueden llenar el encargo".

Para decir si son pocos o muchos los jueces de México era necesario saber a punto fijo el número de sus habitantes, cuya noticia nadie tuvo hasta ahora.

El barón de Humboldt, que se empeñó en saberlo, dice que su población subirá a ciento veinte y nueve mil habitantes; y aun para este cálculo supone que en el censo de 1793, por el cual resultaron ciento doce mil novecientos veinte y seis, se omitió un séptimo que pudo haberse ocultado.

La verdadera población se acerca a ciento sesenta mil almas, sin incluir a los militares, como se verá luego que al número de ciento cincuenta y dos mil seiscientos sesenta y siete que producen los padrones hechos se añade el de las personas que se hayan ocultado, las cuales no serán tantas como otras veces.

Si este cálculo, el más exacto que hasta ahora se ha podido hacer, hubiese de fundarse en los padrones ejecutados en este año por algunos de los alcaldes menores, y si acaso los que hablan así se refieren a ellos, proceden con error, según el dato que queda sentado de que en los tales padrones resulta una décima parte de población menos que en los formados por los individuos de esta junta.

De todos modos consta ya que México tiene tanta población como Madrid; en aquella corte además de un corregidor y dos tenientes con jurisdicción independiente de la suya, que equivalen aquí al corregidor y a los dos alcaldes ordinarios, había doce alcaldes de corte, ocho de ellos con cuarteles, y todos con jurisdicción para conocer de cualquiera delito; había además un juez de vagos en el tiempo que no hubo superintendente de policía, una buena porción de soldados de capa, y un gran número de tropas.

Esto, en tiempos pacíficos; con que contrayéndonos a México, donde hay cinco alcaldes de corte en lugar de doce, aunque haya una acordada cuyo instituto es sólo perseguir a cierta clase de delincuentes, se deja conocer, que siempre y ahora más que nunca, se necesita mayor número de jueces.

Hay cosas tan claras que la experiencia viene de acuerdo con las teorías para confirmar su evidencia, y esto es lo que sucede con la presente cuando se reflexiona que si pudiesen ser suficientes los jueces actuales habría excusado la policía prender mil seiscientos treinta y un reos calificados por tales por los tribunales correspondientes, porque aquéllos lo hubieran ejecutado con el celo que realmente tienen.

En cuanto a los asuntos en que deba entender la policía, si éstos no son relativos a la tranquilidad pública por el orden y en los términos que lo hace, como se dice en todo el reglamento, confiesa que no lo ha entendido, ni sabe para qué fue instituida.

Y en razón de la facilidad con que los alcaldes menores concluyen los padrones, lo cierto es, que varios de ellos no los concluyeron aunque vuestra excelencia se los mandó, y que sin agraviar a estos hombres apreciables, puede decirse que los ejecutados salieron tan diminutos como se ha visto.

10. "Que la creación del tribunal de policía persuade insuficiencia en parte de la legislación: injuria que no debe hacerse a la nuestra porque no puede ser más próvida en este punto".

Se reserva el responder a esta reflexión, para cuando se haya establecido ese tribunal, que no hay todavía en México, como se dijo poco ha.

Entre tanto, será oportuno insinuar que nuestros legisladores porque no tenían espíritu profético no pudieron precaver lo que está sucediendo, y así es que no pensaron en remediarlo.

11. "Que las leyes de partida y las municipales confían la policía a los gobiernos de cada pueblo, y que los intendentes o corregidores son jueces natos, a quienes está encargada la paz y seguridad interior".

La junta no conoce otro gobierno en México y en nueva España que el del virrey, ni otra autoridad que la suya, para mandar lo que convenga a la defensa de estos dominios.

Así lo ve escrito en las Leyes de Indias, y no sabe que en casos de esta naturaleza haya cuerpo ni persona alguna sino el alto gobierno, que pueda prescribir reglas a su prudencia, y poner límites a sus facultades, que consisten según las mismas leyes en hacer lo que haría su majestad si es tuviera presente.

Todas las justicias tienen esa facultad nata en cuanto a perseguir a los delincuentes: vuestra excelencia lejos de impedírselo desea que lo ejecuten, y para que puedan hacerlo más fácilmente ha fundado este establecimiento auxiliar.

Pero si por gobiernos de los pueblos se entiende a los ayuntamientos, éstos y todas sus facultades consisten en cuidar de los mantenimientos, caudales públicos y de la policía material.

El de la imperial Ciudad de México, que no será el más desautorizado, tiene un juzgado de policía, contraído, según se lee clarísimamente en sus ordenanzas, a cuidar de la decencia, limpieza y adorno de la población ; y en verdad que no puede extenderse a otros objetos extraños, sin trastornar todos los tribunales, y jueces establecidos por las leyes.

12. "Que si a estas autoridades se añaden otras legítimamente constituidas, se logrará el fin, al propio tiempo que se evite la odiosidad que lleva embebida la policía".

Ignora la junta que haya aquí otra potestad que la de vuestra excelencia para constituir esas autoridades.

Usando de ella ha tenido por conveniente instituir la policía como estableció antes la junta de seguridad y buen orden.

No se percibe, pues, qué circunstancia le falta por ahora, y en tanto que su majestad no determine cosa en contrario.

13. "Que la creación de un nuevo tribunal con atribuciones ya dadas en otros, cuando menos indica que no han cumplido éstos con sus deberes, o que es insuficiente lo prevenido por nuestras leyes y ordenamientos".

Es cosa bien molesta tener que ocuparse en continuas repeticiones: se ha visto que no hay tal tribunal, que hay pocos jueces en México para su inmensa población en todo tiempo y especialmente ahora, y que por lo mismo la policía ha aprehendido una multitud de reos, que los mismos jueces usando de su jurisdicción (que nadie les interrumpe) hubieran arrestado si les fuese posible; sólo resta añadir, que el establecimiento de la policía ha sido causado por esta imposibilidad y no por falta de celo o vigilancia de los jueces.

La junta está persuadida de que éstos desempeñan su ministerio con la exactitud que les ha sido posible, y volverá a decir que las leyes y todas las disposiciones humanas se modifican, según la vicisitud de las circunstancias; por lo que ni aquéllos han dejado de cumplir con sus deberes, ni éstas son insuficientes para los casos para que se establecieron.

14. "Que para sostener la policía, se han colectado más de cincuenta mil pesos por contribución, o por donativo, lo cual es un verdadero sacrificio de este vecindario en las angustiadas circunstancias del día; y que consumida esta suma se volverán a pedir otras y no será posible colectar las necesarias".

Esta junta (quita por su ignorancia) entiende que la contribución y el donativo son cosas muy diferentes.

Ese pretendido sacrificio hecho por los que voluntariamente han querido hacerlo, parecía dirigido a no sacrificar todas sus propiedades, y la vida en favor de los enemigos de la patria a quienes no será aceptable.

Para hablar de otra colectación debe olvidarse que el establecimiento es provisional, como se expresa en el reglamento, o el que tema que se perpetúe cuenta con su misma protervia y obstinación para su poner que sea necesaria.

La junta, mira por distinto aspecto: si fuese precisa la continuación de la policía espera del voto universal que la ha erigido, y de la experimentada generosidad y patriotismo de este pueblo todos los auxilios indispensables para ello; y si no lo fuere, no habrá necesidad de nada.

15. "Que el establecimiento de los pasaportes es traba para el buen ciudadano, y salvoconducto para el perverso, quien auxiliado con este documento queda excluido en cierto modo de la vigilancia de los jueces con la presunción legal que presenta en su favor; que el impedir por este medio la comunicación y entrada de algún malvado en la ciudad es casi imposible, así por los diferentes puntos y medios con que, puede verificarlo, burlándose de las garitas, como por los arbitrios de que también puede valerse el insurgente, o emisario para entrar en esta capital clandestinamente, o con algún pretexto racional; que regularmente cuenta dentro de la ciudad con algunas relaciones que sostengan su viaje, y que como jamás publica las intenciones de su corazón hace ilusorias las precauciones del pasaporte, de las garitas y del gobierno; resultando que es poco útil en esta parte el plan, una vez que o por puntos diversos de los caminos reales, o por medio de alguna persona con quien se de conocimiento, llegan a vencerse los cortos obstáculos que la entrada ofrece".

Si este razonamiento vale algo desde ahora deben cesar las medidas de precaución adoptadas por todas las plazas y pueblos amenazados por el enemigo.

Lo cierto es que todo ciudadano obtiene su pasaporte perpetuo o temporal, según lo necesite, con tal que sea conocida su buena conducta, para lo cual y para otras muchas atenciones conviene el aumento de los tenientes y el de los jueces: al malvado no es fácil obtenerlo sin contar con que lo sean también éstos, y no hay un justicia a quien la junta pueda hacer tal agravio.

De aquí se infiere que el pasaporte ni es traba para el buen ciudadano, pues le consigue con facilidad, ni salvoconducto para el perverso porque está impedido de lograrlo.

De la presunción legal, si consiste en que el hombre no sea reputado por malo mientras que no se justifica que lo es, gozarán todos para la junta, sin dejar por esto de observar la conducta de cada uno; si eludiendo las garitas entran ahora varias personas, serán algunas en lugar de las muchas que antes entraban; y si es casi imposible impedirlo considerada la situación de la ciudad, parece muy loable el celo de los cabos de policía que han sorprendido a varias personas atravesando las zanjas con ese objeto.

Así lo han hecho frecuentando sus rondas, especialmente de noche hasta juntarse con los de las garitas inmediatas, por lo cual si alguno con siniestro fin pusiere a prueba su vigilancia, acaso tendrá porque arrepentirse.

La junta no cree que sean tantos los emisarios, ni tantas sus relaciones dentro de esta fidelísima ciudad: hubo algunos malvados que podían serlo casi impunemente, con la facilidad de introducirse sin pasaportes, y de no ser conocidos.

De propósito se dejó salir en los primeros días de este establecimiento, a varios que no hacían falta aquí para cosa buena; y aunque está bien convencida de la lealtad de los mexicanos, no dejará de perseguir a los miserables restos de una facción infame y desatinada hasta exterminarlos.

En fin, el efecto de los pasaportes en los malvados nadie lo conoce como ellos mismos; y las ventajas que les proporcionan, las expresaba uno en la carta número 29 que desde Guadalupe escribía a cierto cabecilla de los más principales diciéndole la dificultad que sus partidarios experimentaban en México en este ramo.

Mas, si después de todo, son tan cortos los obstáculos que la entrada ofrece, o lo que es lo mismo, los que se oponen a la seducción, que se aumenten cuanto es necesario, pues medios hay muy obvios para ello, y la junta no resistirá que se pongan en acción.

16. "Que son infinitos los quejosos contra el actual sistema de policía por la opresión, angustia, y traba que resulta a los vecinos acostumbrados a otra clase de libertad en sus operaciones".

Este razonamiento es muy general: las quejas ciertamente no lo son ni mucho menos.

México es hoy una ciudad rodeada de enemigos; su pueblo leal se presta a todo lo justo; esta docilidad suya obligó a los tenientes de policía a procurar que sufran la menor incomodidad posible; y como únicamente consistía en no poderle despachar con la prontitud que merece, han solicitado el remedio, pidiendo el aumento de otros tantos.

Se acaba de decir para quien es la opresión, angustia, y traba, y que el ciudadano pacifico está libre de ella, obteniendo un pasaporte perpetuo si lo quiere.

17. "Que la disposición de dar pasaportes perpetuos a los arrieros, y trajineros viene a quedar ilusoria con la responsabilidad impuesta a los subdelegados de que califiquen su conducta".

Bueno sería quitar esta responsabilidad, para que si alguna justicia quisiere ponerse de acuerdo con los rebeldes pudiera hacerlo impunemente.

Esta gracia no sería ilusoria para ellos; lo que se desea ya está entendido; pero el pretexto que se toma para cohonestarlo, es tan despreciable como se ha visto.

Este punto de dar pasaportes perpetuos se ha recomendado nuevamente a los justicias aunque sin necesidad, y los individuos por la mayor parte indios, que con ellos, y en virtud de la gracia que se supone quedaría eludida, entran diariamente en México, pasan de cinco mil según consta por la certificación número 30.

Entrarían muchos más, sino estuvieran interceptadas las comunicaciones, porque así lo demuestra el gran número de pasaportes expedidos hasta fines de noviembre: no bajan de ciento cincuenta mil sólo en esta provincia, y más de las dos partes fueron perpetuos.

18. "Que estando mandado por el reglamento que los tenientes eviten escrupulosamente toda vejación, gravamen o perjuicio, y que aun los menores subalternos hayan de ser sujetos de toda confianza, prudencia y probidad, se infiere en que faltando a sus deberes, o no reuniendo las circunstancias que se piden, pueden resultar graves vejaciones al pueblo; y resultarán, por no ser de esperar que todos se conduzcan bien, y sean de las cualidades expresadas".

Al oír esto, podrá pensarse que se pretende buscar en los empleados circunstancias contrarias a las que se requieren.

Lo que no tiene duda es que si ha de abolirse la policía porque los suyos puedan abusar alguna vez, deben abolirse por la misma razón todos los establecimientos del mundo, incluyendo los que Dios instituyó, porque ninguno hay que no sea manejado por hombres, y de que alguno de éstos no haya abusado, pues viene de muy antiguo torcer las mejores cosas a los fines más detestables.

19. "Que con motivo de las dificultades que los indios experimentan para conseguir los pasaportes, y el tiempo que en ello invierten, evitan venir a México muchos que venían diariamente a proveer de comestibles; que se pudieran citar repetidos ejemplares de indios que sufrieron prisión, y la pérdida de sus frutos y bestias por haber perdido el pasaporte; que ya se experimentan en los mercados públicos faltas de artículos de que siempre han estado abastecidos con abundancia; que esto irá en aumento, y ha sucedido que los indios se pongan a vender fuera de las garitas por menos precio del ordinario; que es notoria a toda la población, y consta por los partes de los administradores de plazas la falta de mantenimientos y su carestía, que causando un perjuicio general viene a tener su principal influencia en la gente pobre; y que es de temer se aumente el descontento, las vejaciones, y los más funestos resultados".

La junta considerando que una especie semejante debe interesar por su naturaleza la paternal atención de vuestra excelencia; después de asegurar que en todo este cúmulo de quejas no hay una sola que se funde en la verdad, no quiere ser creída sobre su palabra, y pasa a mostrarlo con documentos y reflexiones incontestables.

Los indios y los pobres por un artificio ya muy conocido sirven de plausible pretexto para deslumbrar en varios casos.

Si la junta aprecia o no como es justo, y en cuanto puede a esta clase desvalida, no se ha de juzgar por vanas expresiones, sino por lo que ha hecho en su beneficio, y por lo que se propone hacer.

Ya los gobernadores de las parcialidades de San Juan y Santiago fueron elevados, igual clase que los tenientes, autorizándolos para que expidan a sus súbditos los pasaportes, del mismo modo que ellos lo conceden a los demás, y se han tomado en favor de todos los indios varias providencias como queda dicho.

Es de desear que los que aparentan interesarse en su suerte digan si pudo hacerse más, y lo que ellos mismos hayan ejecutado por el bien de los tales indios.

Verdaderamente quisiera la junta tener arbitrio para una sola cosa, y es para libertarlos de otras vejaciones; más ya que no lo tiene, le queda el que asiste a todo ciudadano para proponer cuanto sea útil, y vuestra excelencia verá cómo lo ejecuta antes de salir de éste.

La dificultad de obtener pasaportes, el tiempo que se supone invertido en ello, las prisiones y pérdidas que se dice han sufrido, todo, todo es una invención de la calumnia o consecuencia del error.

Así consta por lo que se ha manifestado acerca de los muchos pasaportes perpetuos expedidos; tampoco se citará un ejemplar de esos decantados perjuicios: si por moderación, o porque no le ha habido, cualquiera lo podrá decir.

Entretanto se vocifera que podrían citarse por si se consigue alucinar, y cuando no se consiga porque el designio es muy torpe, resta el consuelo de que se hizo cuanto sea posible para lograrlo.

Que los indios vendan o no fuera de las garitas a mayor o menor precio, es una cosa bien indiferente para la junta, porque en su opinión el indio no es menos dueño de su persona y de su hacienda que el que intenta servirse de aquélla o comprar ésta; y jamás se pondrá en contradicción con sus principios para perseguirles porque usen de su libertad natural.

La falta de mantenimiento en los mercados públicos, su carestía y su escasez con la indigencia que (según se dice) tiene en la gente pobre, y los partes de los administradores de las plazas relativos a todo esto, basta insinuarlo con igual generalidad, porque no vendría al caso evidenciar por estos mismos partes la realidad de las cosas.

La junta por ahorrar este trabajo a otros, y dar a sus exposiciones el grado de certeza posible, acompaña a vuestra excelencia original el informe número 31 del gobernador de la parcialidad de San Juan, dado con referencia a los que ha tomado de los muchos indios de su jurisdicción que se emplean continuamente en el tráfico y surtimiento de víveres de esta capital.

En él se ve (y ello es notorio) que el precio del trigo era a fines de noviembre el mismo que en agosto cuando se estableció la policía; y que los del maíz, frijol, alverjón, haba, y frijol gordo (que es el alimento ordinario de los indios y los pobres) ha bajado en todas estas especies considerablemente; en la primera casi una cuarta parte; en la segunda más de una tercera; en la que sigue más de otro tanto; en la cuarta más de una octava, y cerca de la mitad en la quinta y última.

Así mismo se ve que las hortalizas no han recibido variación en sus precios acostumbrados: que las carestías provienen de estar interceptados los caminos y de lo mucho que los rebeldes han destruido e incomodado en las inmediaciones de esta capital; y en fin se ve que si los conductores de varios comestibles y del carbón rehúsan venir a México, es por el citado gravamen que sufrían en las garitas, y por el que los celadores de la plaza les causan multándoles en más del valor de sus efectos si por un instante les descargan en la banqueta.

Lo primero ya fue remediado por vuestra excelencia al momento que lo supo, y debe esperarse de su superior justificación que también lo demás lo sea prontamente.

Agregue vuestra excelencia al resultado de este informe la baja considerable del precio de la cebada, y que el de las carnes es hoy el mismo que se fijó por bando de 13 de abril de este año, y verá clarísimamente que a pesar de haberse aumentado de día en día la dificultad de las comunicaciones, lejos da subir el precio de los víveres ha bajado notablemente; decir pues, que la policía con sus pasaportes causa la carestía que ya había antes, y por fortuna en su tiempo ha ido a menos, es una notoria impostura.

Es verdad que las cosas necesarias para la subsistencia pública, no se encuentran hoy a precios tan bajos como el que tenían hace dos años; lo es también que en otras ocasiones algunos artículos estuvieron más caros que lo que han estado en este mismo tiempo, por ejemplo, sin desdeñarse de descender a menudencias cuando se habla de negocios de interés público, puede asegurarse que por el año de 1790 se pagaron los huevos a medio real cada uno y es así que no han subido tanto todavía.

Lo es finalmente, que el que los víveres suban o bajen, no es obra de la policía, puesto que ella con dejar bien expedita y fácil la concurrencia de los que vengan a traerlos, como consta que lo hace, consigue que nadie por causa u ocasión de sus providencias se retraiga.

Esta junta, a quien nunca será indiferente la felicidad de los habitantes de México, dirá ahora francamente todo lo que alcanza en una materia que tanto les interesa.

Todos los víveres por una consecuencia necesaria del actual estado de las cosas estarían muy caros y acaso habrían llegado a faltar si la previsión de vuestra excelencia no hubiese dispuesto oportunísimamente las escoltas necesarias para que las conductas de tierra adentro viniesen con frecuencia.

Y todos los víveres, sin embargo están a un precio más subido del que debían tener, por unas causas tan sabidas, que da rubor la necesidad de decirlas.

El gobernador de San Juan habla en este punto como pudiera explicarse el hombre más sabio.

Si están interceptadas las comunicaciones por todas partes; si apenas pasa un correo; si los rebeldes después de haber saqueado casi todas las provincias han introducido la desolación en las pocas que faltaban; si a la vista de la capital han talado pueblos y haciendas muy inmediatas; ¿qué hombre habrá tan insensato, o tan estúpido, que pueda dudar la causa del alto precio de los comestibles?

¡Pluguiera a Dios que se olvidara!

Pero si hay todavía quien se complazca en escucharla, la junta lo expresa con la propiedad que corresponde.

Sepan, pues todos, que lo que ha encarecido los víveres, y que lo que acaso, hará que falten es, no lo que se llama espíritu de partido, o convulsiones políticas, sino para decirlo breve, y claro, la rebelión: la rebelión más injusta, menos fundada, más infame, y de peor carácter, que nunca hubo ni habrá, pues que sus autores, y los que la siguen, no se han propuesto otro fin que perpetrar todo crimen, y toda iniquidad, exterminando para ello a los buenos.

Prescindiendo de ésta, hay otra causa que mientras exista, ha de hacer eternamente, que el precio alto, o bajo de los víveres no sea el que debe ser.

"La junta que tampoco quiere ser indolente, culpable, y aun cómplice, a la manera que en concepto de las leyes lo es el que sabiendo un daño general de esta clase, no lo hace presente al gobierno" pasa a decirla; pero para escucharla será necesario desentenderse de la supersticiosa veneración con que son respetados los errores antiguos.

Todas las naciones adoptaron las leyes de cierto pueblo fundado por un puñado de ladrones, y las sancionaron para someterse a ellas servilmente, sin reparar que una parto tenía sus vicios, y que otra mayor se apoyaba en las peculiares circunstancias del mismo pueblo para quien se establecieron; de suerte que faltando éstas faltó necesariamente la oportunidad relativa que debe tener toda la ley.

Aquel pueblo por el origen, y por su constitución democrática exigía ser adulado, puesto que se componía de hombres que cada cual se atribuya exclusivamente una parte de la soberanía, mayor o menor según sus ideas, aunque no por eso dejaba de ser el juguete de la intriga, o de la ambición de sus conciudadanos, y un esclavo voluntario de su propia ociosidad, contentándose con llamarse republicano, y con tener pan y espectáculos.

Cuando este pueblo belicoso por política, sedicioso y tumultuario si estaba en paz, llegó a mirarse como señor de todos los demás del mundo, fue preciso que los granos de la Sicilia, y después los del Egipto y de la África, viniesen a surtirle a ínfimo precio, y muchas veces en públicos banquetes, y otras distribuciones gratuitas; y así todo esto que parecía ser el fruto de la solicitud de los cuestores, o de la munificencia de los ediles, no era realmente otra cosa que el producto de la rapiña, y de la devastación de las más fértiles provincias.

Fue consiguiente a este sistema el establecimiento de almacenes de provisiones, de diferentes comunidades, o cuerpos gremiales para manejarlas, y de empleados que velasen sobre todo, según las reglas que se les dieron en las leyes cibarias.

Tal es el modelo que dejaron los romanos.

Las otras naciones que les sucedieron, aunque tenían distinto gobierno, y se hallaban en situación muy diversa lo han seguido, como toda su legislación: era un monumento del pueblo más famoso, y se pensó que ningún otro podría llegará serlo, ni aun conservarse, si no se acomodaba ciegamente a todas sus instituciones.

He aquí otra vez la manía de la imitación, y en ella el verdadero origen de los pósitos, alhóndigas, tasas, posturas, y en fin de todos los demás errores políticos en que se fundó la policía alimentaría, con las que se han atestado muchos títulos en todos los códigos legales, se han establecido tantas y tan ridículas ordenanzas municipales, y se han engrosado tantos libros, por muchos escritores para ocupar de un modo molesto y dispendioso a las justicias y ayuntamientos o consejos.

Los economistas clamaron por la abolición de un sistema tan absurdo, pero en vano por mucho tiempo.

Las antiguas preocupaciones armadas con las terribles voces de monopolio, carestía, hambre, y conservación del pueblo, les salían al frente por todas partes, y ellos venían a quedar por unos visioneros, o novatores. Inútilmente gritaban, que el comercio no necesita de otro cuidado, ni providencias del gobierno que aquella protección tutelar que debe dispensar a todas las propiedades: que todos los códigos mercantiles deben limitarse a dejar obrar a los negociantes, y traficantes, pues ellos buscando su interés individual forman el público; que la libertad, la seguridad, y la facilidad de comunicaciones, es lo único a que debe contraerse esta protección vigilante, sin entrometerse a administrar, reglamentar, mandar, ni prohibir; que esto es esencial a la vivificación, y a la extensión de todo comercio, y mayormente al de los víveres; que si los pueblos grandes no pueden subsistir sin las producciones de la agricultura que no está en las ciudades, conviene establecer relaciones muy estrechas entre ellos, y entre los labradores, y habitantes de las aldeas; que si han de ser recíprocas, como el interés que reportan, deben ser justas, no inclinándose como sucede a favor de los que viven en las grandes poblaciones, porque son los que arrancan con sus artificios, y su poderío una protección, que si pudiera dispensarse, debería ser a los labradores; que la necesidad de vender, es igual a la de comprar, pero la justicia se debe a todos, y el pobre labrador no es menos dueño del fruto de sus sudores para disponer de él libremente, que el comerciante o el mercader de cualquiera otro género y que todos los compradores; que el verdadero precio de las cosas es aquel en que convienen los contrayentes, y no está al arbitrio de ninguno de ellos; que es determinado por la escasez, o abundancia de lo que se vende, por la mayor o menor extensión, o facilidad de los medios de comprarlo, por los gastos indispensables de la producción, por los de la conducción y agentes intermedios, por las circunstancias del momento; y en fin, que el precio varía todos los días, porque están expuestos a variar los elementos que deciden de él.

Que el efecto de las tasas es destruir el verdadero precio para sustituir otro facticio; que no se pueden poner sin violentar la voluntad de los contratantes, y sin decidir lo que de ningún modo está sometido a la autoridad; que si alguna rara vez el precio que fija es el justo, esto es el que corresponde al verdadero nivel de las cosas que únicamente pueden graduar ellos, nada se hace, porque ese precio es el que resultaría del libre ejercicio de sus voluntades; que si es más alto, se perjudica gravemente a los consumidores; sí más bajo, a los vendedores; y en ambos casos decayendo la agricultura, y la industria rural, que es la que pone a precios cómodos los abastos, lo viene a pagar el público a quien se quiso beneficiar.

Y en fin, que la policía municipal con sus reglamentos y ordenanzas tampoco fijas como las razones en que se fundan, con sus providencias restrictivas, siempre injustas, siempre antieconómicas y antipolíticos, y con todas las demás trabas con que encadena el tráfico, causa el monopolio, carestía, y hambre que se propone evitar, porque el monopolio es incompatible con la libre concurrencia, y únicamente puede haberle cuando impedida ésta por la administración del gobierno, por la tasa o por los privilegios gremiales se obstruye el sistema natural de la circulación, resultando por consecuencia precisa le carestía y la escasez.

Que el perjuicio es mayor cuando el gobierno se encarga de administrar, porque nunca puede hacerlo con la economía que los particulares, siendo muy antiguo el proverbio de que las cosas malas van como las de la villa, y que nadie pone en los negocios de otro el cuidado, y diligencias que en los suyos.

Que si además las personas encargadas de esto, con cualquiera título que sea, no son elegidas expresamente por el pueblo, cuyos intereses se administran, será fortuna que acierten a administrar y merecer su confianza como si los hubiese nombrado.

Que si semejantes encargos vienen por herencia, y el manejar el patrimonio, y los negocios públicos, ha de ser obra de ella, desgraciado el pueblo que ha perdido sus preciosos derechos hasta el punto de no tener ya el que tiene el último ciudadano, al paso que las leyes lo favorecieron con el privilegio de la minoridad; que esto es tan monstruoso como lo sería suceder de ese modo en las dignidades eclesiásticas o en los empleos civiles y militares, y tan absurdo, como pensar que puedan heredarse la probidad, el talento, y las demás cualidades esenciales para desempeñar los mismos encargos; y que si por la última desgracia en estas materias, llegan a ponerse en precio unas funciones tan interesantes para adjudicarles a quien dé cierta cantidad de dinero; por un cortísimo, y mezquino precio, cual es el miserable producto, se vende el derecho más sagrado de los pueblos a quienes se causan unos perjuicios gravísimos, y muy obvios.

La junta pudiera hacer algunas observaciones en confirmación de la certeza y exactitud de estos irrefragables principios; pero hablando en un pueblo regido por un gobierno despreocupado, dirigido por un sabio tribunal, ilustrado por una universidad, un colegio de abogados. y otros cuerpos tan científicos como patrióticos; y en fin, advertido ya en estas materias por los periodistas y papeles públicos que manifiestan el grado de elevación a que ha llegado entre estos literatos la economía civil, no debe ella forjar un monstruo para combatirle, o lo que es lo mismo poner en duda lo que todos confiesan.

Dirá, únicamente que todas las providencias y reglamentos alimentarios obran en sentido contrario al fin y sana intención de sus autores, y que sus medidas miradas por este favorable aspecto no son, cuando más otra cosa que ilusiones del celo.

Es muy satisfactorio que en asunto tan interesante al bien público esté de acuerdo la experiencia con las teorías, para que todos vean y conozcan la evidencia de este clarísimo axioma generalmente recibido:

"La ilimitada libertad de abastos y su inmunidad de toda administración pública y particular, tasa, tributo, gremios, privilegios, y de cualquiera otra traba o intervención del gobierno, es absolutamente indispensable para que los víveres se equilibren, circulen y corran a su justo precio, y verdadero valor; y lejos de producir jamás monopolio ni carestía, procura siempre la concurrencia que indefectiblemente destruye aquél, y la abundancia que viene en pos de ésta".

Así lo saben prácticamente todas las naciones cultas: así se experimentó en España cuando se dejaron en libertad los abastos de Madrid; y sin salir de este reino hay un ejemplo innegable en Veracruz donde las carnes son muchas, buenas, y más baratas desde que este ramo quedó libre.

Ni puede suceder de otro modo porque las mismas causas producen los mismos efectos, y ninguno hay más cierto que el que los comerciantes y traficantes tienen siempre abiertos los ejes sobre las necesidades públicas, y jamás se olvidan de traer aunque sea del extremo del mundo, todo aquello en cuya expedición puedan ganar.

De aquí resulta otra consecuencia invariable, y es que cuando por la concurrencia de muchos abastecedores este el precio de los víveres tan bajo como sea posible, y ganen ya poco, tengan que dedicarse a mejorar la manufactura de algunos ramos que puedan recibir mucha perfección, como la del pan que es el primero.

Contrayendo estas reflexiones al sistema que se observa en México, la junta ante todas cosas asegura que muchos de sus individuos se honran con haberle sido de su ilustre ayuntamiento por diferentes conceptos, y que está muy lejos de negar el justo aprecio que se deba a los actuales; antes bien si en materia tan importante pudiera temporizar lo haría de buena gana en favor de ellos.

Pero sin agraviar a nadie le es lícito desear, prescindiendo por ahora de otras cosas, que se rompan ya las cadenas que impiden al tráfico todos sus libres movimientos.

Mientras haya calicatas o tasas del pan, fijando su precio por cuatro meses, como si fuera dado a los hombres fijar ni por un día el curso de los elementos y de los acontecimientos, especialmente el de los de la presente rebelión; mientras sobre unos datos inciertos se tasen las carnes; mientras que para vender estos géneros sea menester incorporarse en un gremio a obtener una licencia; mientras que se veje a los pobres indios, como dice el gobernador de San Juan; mientras que en las garitas y en las plazas se exijan a los proveedores por la real hacienda, o por los alicuiges, derechos y otras cantidades que fácilmente podrían compensarse de mil modos; mientras que esos y otros esbirros los molesten a cada paso por si las carnes entran vivas o muertas, y por varios otros pretextos; mientras se persiga a los regatones porque mediando entre los proveedores y consumidores hacen que aquéllos no pierdan el tiempo y que éstos logren más baratura, pues perdiéndolo todo ha de salir del que compra; mientras que dure el furor de reglamentar, y se crea que el modo de comerciar y traficar en víveres puede ser otro que el que hay para surtirse de las demás cosas del mundo; y finalmente mientras que esto no quede en absoluta libertad de comprarse y venderse por todos, y en todas partes a precios convencionales, desapareciendo para siempre de las esquinas esos rótulos marcados con el sello del error o del monopolio, tan mal concebidos como fundados, que publican la esclavitud del tráfico; y mientras que el gobierno municipal intervenga más que en impedir se venda cosa nociva a la salud, o que se engañe al público en la cantidad o especie de lo que se vende, no hay que esperar abundancia, baratura, buena calidad, ni precio justo.

Y esto no es decir que en unas circunstancias como las actuales no se tomen ciertas medidas de precaución para asegurar el buen éxito de la libertad, especialmente para proteger las conducciones por el principio que obliga a hacer los necesarios acopios en una plaza sitiada.

Deban los pobres a esta junta que un negocio de tanto interés para ellos se explique con toda la claridad posible.

Si por ejemplo, viene de Iztacalco un indio, trae su pasaporte perpetuo que no le estorba más que el pase que antes traía; entra sin necesidad de presentarle, siendo conocido por los cabos de las garitas, como lo son ya casi todos los que frecuentan la ciudad, y si no lo fuere, tampoco se detiene más que lo necesario para desarrollar su papelito.

Este pobre indio abrumado con el peso de sus frutos o vendimia, como se dice, llega a la plaza, y si lo descarga por un momento en la banqueta, sufre la multa que expresa el gobernador de San Juan; otro día cuando ya se le haya advertido con esta suavidad una prohibición que nadie imaginara, le harán saber que en México no puede ocuparse con esas cosas un pie en tierra ni por un instante, sin pagar cierto derecho que llaman del viento.

¿Y qué derecho?

El que se antoje al alicuige porque es arbitrario.

Después de todo esto, quiere comprar un poco de maíz para su sustento y el de sus pequeños hijos.

Pues algunos días de la semana lo pagará a seis y medio pesos carga, y a siete en los más.

¿Por qué?

Porque en aquéllos se permite a particulares vender, y en éstos vende sólo el pósito.

Señor, este indio allá a su modo hará un razonamiento como el siguiente: antes para entrar en México necesitaba llevar un papel, y ahora llevo otro que no me pesa más ni me cuesta nada.

Le muestro, o dejo de mostrarle; entro y salgo sin detenerme, y no me piden ni admiten cosa alguna.

Pero la banqueta mucho debe valer cuando se aprecia en más que toda mi hacienda; tendrá que huir de tocarla.

El alicuige, a quien acaso antes que lo fuera conocí en una pulquería, es ya un señor autorizado para tasar la tierra que momentáneamente piso, o el aire que respiro, y quien sabe cuánto querrá exigirme.

El principal alimento mío, si fuese lícito a los particulares venderle, me costaría hoy menos, pero vende el pósito, que si él nunca vendiera bajaría mucho más el precio.

No iré, pues, a la ciudad, y si fuere forzoso ir, lo será también desquitarme de suerte que no acaben de destruirme.

Esto es en puridad lo que está sucediendo en México, y por lo respectivo al manejo del pósito, se acredita con el papel número 32.

Parece imposible que haya llegado a noticia de vuestra excelencia, porque lo es, en dictamen de la junta, que hubiese dejado de poner desde luego el necesario remedio a un mal que se dirige principalmente contra los indios y los pobres, pero que refluye sobre todos.

La junta ha cumplido lo que ofreció, insinuando sus opiniones en materia de tanta importancia y trascendencia en la prosperidad o infelicidad de los pueblos, y pasa ya a otro punto.

20. "Que entre los inconvenientes de los pasaportes se numerará el de que se expresen en ellos las señales personales del sujeto que los pida; de manera que el cojo, el manco, el tuerto, el anciano, fea, etcétera, todos deben manifestar sus defectos, de que proviene, que con particularidad el bello sexo se abstiene de frecuentar los santuarios, los baños termales, y las casas de campo de las inmediaciones de esta capital, con detrimento del culto, de la devoción, salud, y de otros objetos que no deben desatenderse en toda buena sociedad".

¡Parece que el ingenio humano entregado por tantos siglos a un profundo letargo, despierta de repente, y a los importantes descubrimientos que hizo antes añade ahora uno que va a ocupar un lugar muy distinguido en la historia de los progresos del entendimiento!

La junta que respeta la verdad en cualquiera parte que la encuentre, confiesa que este pensamiento es tan fino y delicado que al oírlo se ha sorprendido, y pierde el tino en su discurso.

Es preciso ya que si los hombres escuchan la razón, florezca su imperio, y vengan a tierra todos los establecimientos de la policía, porque los ministros del santuario y los filósofos pondrán sus clamores en el cielo hasta conseguir la tranquilidad de las conciencias perturbadas, y la salud perdida por la expresión de las señas en los pasaportes.

Todavía los hombres (no habiendo de ser filiados por mujeres, y teniendo en más estima la fortaleza y las otras virtudes propias del sexo varonil que la hermosura, que no es patrimonio suyo) no conocerán todo el peso de la reflexión, pero será porque no se hagan cargo de su oportunidad, pues un pueblo juicioso, especialmente en tiempo de guerra, debe componerse de narcisos.

Acaso las mujeres pobres, cuya delicadeza no es excesiva tampoco lo entiendan; más las de otra clase aunque por su modestia hayan ocultado sus quejas, correspondiendo finamente al respeto, y a las atenciones con que se las trata, ya se sabe desde hoy que si dejan de salir de México, no es por miedo de ser asaltadas por los bandidos que rodean la ciudad (aunque son muy pocos varones los que no los temen, y estos pocos sabrán por qué) sino por no dar la cara, sin embargo de que por la mayor parte son hermosas, y todas amables.

Esta materia es muy ardua y delicada para una junta de caballeros, y vuestra excelencia no admirará que estos desmayen y se rindan a la clase de enemigos, que les ponen delante.

21. "Que tan importante materia presenta mucha fecundidad habiéndose apurado lo posible por el supremo congreso de la nación, según aparece de sus actas y discusiones, publicadas en los diarios de cortes de 20 de junio de este año en adelante".

Esto parece dirigido a probar que la policía debe perfeccionarse estrechando más las precauciones, pues ya se ha visto, que aunque la de Cádiz es más severa, y aunque aquella plaza se halla en otras circunstancias se proponen las cortes hacerlo así.

La junta no dirá cosa en contrario, y no duda que el junio que se cita sea el de este año, recordando que en igual mes del pasado no se había erigido el congreso.

22. "Que la junta de policía de la nobilísima ciudad queda en cierta manera destituida del ejercicio de sus funciones, pues cometidas éstas por el reglamento en mucha parte al superintendente, a sus tenientes y demás empleados, poco o nada queda que hacer al señor intendente corregidor, presidente del cabildo, y a los demás individuos del ayuntamiento; que nadie sino su majestad puede despojarla de sus ordenanzas, privilegios y prerrogativas; que se podía combatir artículo por artículo, todo el reglamento, pero se ha hecho de lo que más llama la atención; que la penuria, y la miseria que deben ser las consecuencias precisas del orden de cosas expuesto, serían suficientes para hacer entrar en revolución al país más sosegado del universo, cuanto más a éste que por desgracia experimenta ya los tristes efectos de las convulsiones políticas, y que por todo lo referido vuestra excelencia, así como por su justificación revocó el bando sobre vinaterías y pulperías, extinga la nueva policía, declarando que para precaver los delitos que es el objeto que se propuso, bastan los jueces ordinarios de esta capital, y que extinguida en todas sus partes se restituya a la de la nobilísima ciudad el ejercicio de sus funciones y el encargo de todos los objetos que recomienda el reglamento, exceptuando solamente los pasaportes".

Una sola verdad ha podido la junta sacar de esto alegato, y esa envuelta en muchas contradicciones, que el objeto de la policía es precaver los delitos.

Esto mismo, y la simple lectura del reglamento y de las ordenanzas de la ciudad demuestran el diferente objeto de las dos policías, y que en la nueva no se comprende ninguno de los artículos que corresponden a la municipal; por lo mismo sería de desear, que se dijera de qué funciones se la ha destituido.

Si ésta última tiene o no todavía poco o nada que hacer, el público lo dirá, puesto que ve sus operaciones, y que están al alcance de todos sus sentidos.

Ya se demostró que la supuesta penuria, y miseria no existe desde el establecimiento de la nueva policía; pero será fácil que se aumente la que antes había si no se mudan las circunstancias; por consiguiente tampoco ha habido la revolución que tanto se teme, como quiera que anteriormente en pocos meses se fraguaron varias, y se justificaron dos.

Si vuestra excelencia revocó el bando nuevo sobre vinaterías y pulquerías, tendría sus razones para ello; lo cierto es que el superintendente expresó algunas que le ocurrían contra aquella novedad, que no fue propuesta por él ni por la junta.

Que los jueces ordinarios de México no bastan para precaver los delitos, ya se ha manifestado.

Pero si se quiere que basten, que se extinga la nueva policía, y que en su reglamento no haya un sólo artículo que no pueda ser combatido; ¿cómo es que se solicita encargarla a la policía de la ciudad en todos sus objetos, exceptuando sólo los pasaporte?

Verdaderamente que no está en las facultades de vuestra excelencia el restituirla semejante encargo, porque jamás lo tuvo, pero bien puede confiársele a ella o a quien guste; y suprimidos los pasaportes, sus funciones serán menos útiles, pero muy fáciles y acaso gratas, según el carácter y modo de pensar de quien haya de ejercerlas.

No dice esto la junta para persuadir a vuestra excelencia que no lo ejecute; al contrario reconoce que si los pocos individuos de la policía municipal, pueden desempeñar una comisión que hasta ahora ocupó a diez y ocho hombres con muchos subalternos; y luego ocupará a otros diez y seis más, corresponde preferir un sistema tan económico en todos sus sentidos.

Acaso las mayores luces y prudencia de aquellos individuos podrá suplir el número de los actuales, no el celo; que en éste nadie ha de excederlos.

Cuando así suceda, y produzca el deseado efecto confesará igualmente que vuestra excelencia erró y mucho en sus primeras elecciones, que el juicio del real acuerdo fue errado también, y por último que ninguno aún tocando la materia por experiencia, la había entendido hasta aquí.

Ya señor, dijo la junta cuanto le ocurría por ahora decir.

Está muy convencida de lo mucho que falta a la policía para llegar al grado de perfección que la seguridad pública necesita, pero ha tenido el honor de hacer el primer ensayo en tan difícil empresa, plantificando el proyecto; en su ejecución no ha habido un perjuicio perceptible; pero dado que le hubiera ¿no exigía el bien general que se le hiciese algún pequeño sacrificio?

Valga la prudencia, que dicta preferir un mal menor a otro más grande, y aconseja que una providencia en tanto es justa en cuanto es útil al mayor número, aun cuando cause algunos daños particulares, ya que su interés esté en oposición con el del público, o que todos los establecimientos humanos empiecen con defectos que el tiempo da a conocer para enmendarlos oportunamente.

Como quiera que sea, la junta habrá desempeñado el fin que se propuso si ha sabido manifestar de qué modo entendió el reglamento expresando las ideas que la han gobernado, porque siempre obra conforme a sus principios; y para no hacerlo así, o para una policía como las que fueron odiosas, muy otro debería ser el virrey, otro el superintendente y otros los tenientes; si ha acertado a referir todas sus operaciones, dentro de qué términos se ha contenido, y sus ulteriores proyectos; y en fin si ha demostrado cual es la opinión pública en orden a este nuevo establecimiento, desvaneciendo las groseras imposturas con que se pretendía calumniarle; y si ha satisfecho a todas las quejas, que aunque infundadas se dirigían a extraviar esta misma opinión.

Aunque para todo esto ha tenido que combatir algunos errores canonizados por su antigüedad, y por las preocupaciones, no ha dado un paso en que no sea guiada de verdades luminosas, y de la brillante luz de la experiencia que es más clara todavía.

Que vuestra excelencia, el real acuerdo, y cualquiera otro tribunal, o el pueblo todo, cuando vean sus observaciones, reconozcan a lo menos el buen celo con que las hizo, y sobre todo tengan presente que no deben despreciarse a título de digresión ajena del objeto, porque ciertamente no lo son, ni aun cuando lo fueran sería justo desatender cosas que tanto importan a la felicidad pública.

Así lo espera de la sabiduría de vuestra excelencia.

Entre tanto reciba benignamente los vivos deseos que animan a esta junta de sacrificarse en todos casos por el bien de la patria a cuyo servicio se ha consagrado absolutamente, y de llenar a cualquiera costa las miras paternales, y las justas y benéficas intenciones de vuestra excelencia.

Dígnese pues, vuestra excelencia de insinuárselas comunicando a la junta las órdenes que fueren de superior agrado.

Dios guarde y prospere la importante vida de vuestra excelencia como los buenos le piden, y la patria necesita.

México, 25 de diciembre de 1811.

Excelentísimo señor.

Pedro de la Puente.

José Juan Fagoaga.

El mariscal de Castilla marqués de Ciria.

Joaquín Cortina.

El conde de Santa María Guadalupe del Peñasco.

Manuel del Cerro.

Luis Madrid.

José Ruiz de la Bárcena.

Francisco Sáenz de Escobosa.

Fernando Hermosa.

Pedro Jove.

Ignacio García Sáenz.

Agustín Pomposo Fernández.

El marqués de Santa Cruz de Inguanzo.

El conde de la Presa de Xalpa.

Francisco Iglesias.

Miguel María Abad.

José Vicente Olloqui.

Diego de Ayo, secretario de la junta.

Excelentísimo señor virrey don Francisco Xavier Venegas.

Notas:

1. Hernández y Dávalos, Colección, IV–192.

Fuente:

José María Morelos y Pavón, documentos de su vida y lucha revolucionaria 1750 - 1816. Suma documental en formato electrónico. X volúmenes. Quinto volumen. Segunda campaña militar, 1811-1812. Investigación, selección, arreglo, revisión y notas del presente volumen: Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva y María del Carmen Berdejo Bravo. Coordinación, elaboración y diseño de su consulta electrónica: Aurelio López López, Dulce María Millán Zárate, Álvaro O. López García, Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. México, 2013.

http://mhiel.mx/Morelos/idx3.html