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Siglo XIX > 1810-1819 > 1811

Representación de los Diputados americanos a las Cortes de España.
1 de agosto de 1811

Señor:

Tratándose de la pacificación de las Américas, creemos de nuestro deber sus diputados que suscribimos, exponer a V. M. cuanto en orden a este importantísimo punto nos dictan nuestro celo y conocimientos de aquellos países; lo que igualmente contribuirá a la exacta idea de unos sucesos, que tan desfigurados llegan a noticia de la península.

El conocimiento del mal debe preceder a la inquisición de su remedio. Para apagar el fuego que abrasa a las Américas, es necesario examinar antes los principios de que procede. El orden con que se presentan a la vista debe ser el de su indagación; porque el más conocido facilita conocer al inmediato, y de uno en otro progresivamente se llegará al último; así como encontrada la punta del hilo, comenzando a tirar por ella y siguiendo adelante, se deshace el ovillo.

Parece que convienen todos en que el deseo de independencia excitó en los americanos el fuego de su conmoción, cuando vieron imposibilitada a la península para valerse contra ellos de la fuerza. La remoción de este obstáculo es lo primero que se presenta. Pero a más de ella, era necesario otro incidente que ocasionase la explosión, pues de lo contrario se hubiera verificado luego que se quitó el obstáculo; y no ha sido así, efectuándose en algunos puntos con mucha anterioridad a los otros, y en ninguno inmediatamente al arribo de las primeras noticias funestas de España, como la ocupación de Madrid.

Era también muy natural se agregase a la explosión algún pretexto que escogitasen los conmovidos, como una égida que cubriese su proceder, para no aparecer a la faz del mundo con la nota de insurgentes o rebeldes.

Aún más necesario es suponer algún influjo, o a lo menos auxilio para emprender la independencia. Porque ¿cómo podían esperar su logro, faltos de armas y disciplina, y bajo el mando de jefes puestos por el gobierno, si no les hubieran proporcionado medios para ello, aun cuando supongamos que para salir de la apatía en que han vivido tantos años, bastase el deseo de independencia sin que nadie los instigase?

Este mismo deseo que se supone ser la causa de la conmoción, es indispensable haya nacido de otra, que será primordial; porque semejante deseo es nuevo en los americanos, o a lo menos no lo han manifestado hasta ahora, sobre ser contrario a sus íntimas relaciones y vínculos con la península.

Se nos presenta, pues, en la conmoción ultramarina la serie de principios que hemos insinuado: remoción del obstáculo, ocasión de la explosión, pretextos, influjo, auxilio, causa inmediata y la primordial que engendró a aquélla; de las cuales hablaremos por este mismo orden, pues importa conocerlas todas.

Que considerasen los americanos como indefectible la pérdida de la península, era un resultado forzoso de las noticias que de aquí llegaban. Porque aún prescindiendo de lo que las abultaron las gacetas extranjeras, y del cuerpo que las de su clase adquieren a tan larga distancia, ellas en sí mismas y sin añadidura alguna bastaban a inspirar aquel concepto: así como se lo formaron, aun teniendo las cosas a la vista, muchos españoles europeos que han seguido el partido francés.

En Caracas, la noticia de la invasión de las Andalucías por los franceses y disolución de la Junta Central causó la revolución, en que sin efusión de sangre, depusieron a las autoridades en 19 de abril de 1810, y crearon una Junta con el nombre de Suprema para el gobierno de la provincia, por conservar su existencia y ver por su propia seguridad, según se explican en la proclama que publicaron a este fin.

La misma noticia comunicada a Buenos Aires por su virrey D. Baltasar Cisneros, permitiendo al pueblo reunirse en un congreso para tomar las providencias oportunas de precaución, y no ser envuelto en semejante desgracia, produjo en 25 de mayo de 1810 una Junta Provisional Gubernativa de aquellas provincias, que tomó el mando hasta que se formase el Congreso con diputados de todas ellas.

El tratamiento imprudente del corregidor del Socorro en el nuevo reino de Granada, hostilizando con tropas al pueblo desarmado (que por medio de oficios a él y representaciones a la audiencia territorial procuró calmarle y evitar un rompimiento, sin conseguir otro fruto que la muerte de ocho hombres), le irritó, resultando la revolución de aquella provincia en 3 de julio del mismo año de 1810, siendo el primer efecto de ella la prisión del mismo corregidor y sus satélites.

En Santa Fe de Bogotá fue aún menor la ocasión del rompimiento. Pasaba por una tienda un particular, a quien el tendero europeo insultó con palabras injuriosas a los americanos; de lo que ofendidos éstos se amotinaron contra él y los que acudieron a su defensa: chispa que encendió el fuego de la disensión, hasta instalarse en 26 de julio de 1810 una Junta que gobernase el virreinato, excluyendo a muchos de los que antes mandaban.

En Cartagena, se instaló también otra junta provincial, cuyo reglamento se formó en 18 de agosto del mismo; a lo que dieron ocasión los procedimientos de su gobernador, y las odiosas diferencias que sembraba entre unos y otros españoles, europeos y americanos.

En Chile, los atentados y extraordinarias violencias de su Capitán General D. Francisco Carrasco, procesado en el consejo, causaron tal sensación y hostigaron de manera a aquel pueblo, que el mismo General conoció la necesidad de renunciar, sucediéndole el militar más graduado, el conde de la conquista. Después de lo cual se creó una Junta Gubernativa del reino en 18 de setiembre de 1810, movida del ejemplo de la junta de Cádiz; en cuya proclama, dirigida a los americanos, apoyó su resolución. Esta Junta ha sido reconocida por el Congreso, y se le han dado las reglas convenientes.

En México, la prisión del virrey D. José Iturrigaray, ejecutada la noche del 15 de setiembre de 1808 por una facción de europeos, excitó la rivalidad entre ellos y los americanos; la que (difundiéndose sordamente por el reino, y creciendo de día en día por las muertes de algunos de los últimos, por las prisiones de muchos de ellos, especialmente la del corregidor de Querétaro, y por las gracias que llevó el Virrey D. Francisco Venegas para los autores y cómplices de la facción), causó una alarma en tierra adentro, que comenzó en el pueblo de Dolores en 14 de setiembre de 1810, y que se extendió asombrosamente.

Estos han sido los diversos sucesos que han ocasionado la explosión en los puntos de América en que se ha verificado; pero el pretexto que unánimemente han alegado en todos ellos es su propia seguridad, para no ser entregados a los franceses u otra potencia y conservarlos a Fernando VII, a quien todos han reconocido por su Rey, y cuyo nombre han proclamado siempre.

El influjo lo atribuyen muchos a los agentes de Napoleón, que ha procurado sembrar la discordia en aquellas regiones para poder sojuzgarlas a la sombra de la división de sus habitantes, o a lo menos segregarlas de la península, para que debilitada ésta con la falta de sus socorros, pudiese él consumar fácilmente la conquista que ha emprendido. Aquí en Cádiz imputan muchos el influjo a los ingleses, quienes por sus miras mercantiles y sin intención de dominar aquellos países, suponen han encendido o atizado el fuego de la rebelión, o cuando menos que la han auxiliado, ya en un sentido negativo no arrostrándose a ella para impedirla, ya positivamente suministrando armas y comunicando ministerialmente con los conmovidos, aunque de un modo paliado que no chocase a las claras con la alianza de España. Finalmente, no faltan quienes atribuyen algún influjo o auxilio a los Estados Unidos de América.

Pero ningún influjo ni cuantos auxilios se supongan, eran bastantes a conmover aquellos pueblos sin su voluntad y hacerles aspirar a la independencia. Si hubiesen tenido adhesión suma a la metrópoli, no hubieran escuchado a los seductores; se hubieran irritado contra ellos, y hubieran despreciado los auxilios que les ofreciesen para un fin que detestaban. Es pues preciso suponer, o que eran muy flacos en la fidelidad a la madre patria, dejándose rendir a las sugestiones contrarias, o que de antemano estaban ya decididos o cuando menos inclinados a la independencia.

Lo primero se hará increíble a quien conozca su carácter, a quien reflexione en las pruebas que han dado de lealtad por el largo espacio de trescientos años, y a quien no olvide lo que no puede olvidarse por reciente, esto es, la extraordinaria defensa que hicieron contra los ingleses en Buenos Aires, para mantenerse en la dominación española, esos mismos que ahora se han conmovido; y como sostuvieron al Virrey D. Santiago Liniers contra la facción de europeos de la capital y de Montevideo, que trató de deponerlo, so color de traición, con el ánimo de separar aquel reino de la metrópoli, según informó en 6 de diciembre de 1810 D. José Salazar, actual Gobernador de la plaza. No resta más que apelar sino al deseo de independencia en los americanos, y un deseo no inveterado, sino nacido de poco tiempo a esta parte.

¿Y cuál puede ser la causa que lo haya producido? Aquí, aquí está el punto de la dificultad, esto es lo que debe indagarse; ésta es la raíz que debe descubrirse para arrancarla, si se quiere cortar enteramente el mal. No se necesita mucho discurso para encontrarla: la hallará luego una reflexión mediana, con tal que se entre a examinar la materia sin preocupación, que es la que únicamente puede dificultar el hallazgo.

Las relaciones y vínculos de los americanos con los europeos; su conformidad en idioma, inclinaciones y costumbres; la educación y crianza de los primeros por los segundos, apoyadas por el amor que desde la cuna se les inspira a la península; su respeto habitual al gobierno de España, y la obediencia y sumisión antigua que se les ha convertido en naturaleza, enlazaron a unos y a otros con nudos más estrechos que el gordiano, y que siendo imposible desatar, era forzoso cortar para la desunión. Aun la espada de Alejandro era insuficiente para ese efecto, y sólo el mal gobierno pudo producirlo.

No lo dudemos. Los americanos son hombres. Aun cuando se les negase la racionalidad para conocer, no podría negárseles la sensibilidad que se concede a los brutos. Las causas morales es fuerza que obren. Al dolor de verse oprimidos era consiguiente se desazonasen del gobierno opresor a pesar de adorarlo; la desazón debía producir el descontento; este es el desafecto, que no era mucho llegase hasta el grado de aversión, pues aun la gota cava la piedra sobre que cae continuamente; y unido esto a la desesperación del remedio que inspira la duración prolongada del mal, no fue extraño degenerar en furor para romper los vínculos sociales, como fuerza el can rabioso su cadena. El mal gobierno, la opresión del mal gobierno es la primordial y radical de la revolución de América; ni puede excogitarse otra por más que se cavile.

¿Serán los americanos más feroces que las fieras, para que supongamos en ellos lo que no caben en éstas, que es aborrecer sin causa a los españoles europeos, a quienes deben el ser? Por el contrario está acreditado de dulce su carácter. ¿Serán de una cerviz indómita, que no puede sufrir el yugo de un gobierno legítimo? Es constante su docilidad, y tres siglos de sufrimiento desmienten aquella idea. ¿Serán tan sanguinarios que se habrán conmovido para cebar su saña en la carnicería y mortandad de sus hermanos? Su mansedumbre es indudable, y en los más de los puntos ha sido sin efusión de sangre su revolución. ¿Serán tan orgullosos, que por no depender de la península habrán querido gobernarse por sí mismos? Su humildad es notoria hasta tocar casi en abatimiento; y jamás han visto a la nación española como una nación distinta de ellos, gloriándose siempre con el nombre de españoles, y amando a la península con aquella ternura que expresa el dulce epíteto de madre patria, que jamás se ha caído de sus labios. ¿Serán por último tan ambiciosos, que por obtener sólo ellos los empleos de su país intentan la separación? Pero a más de ser ésta contraria a los designios de ambición, pues los excluía de los puestos de la península, es bien sabida su moderación, y acaban de manifestarla por medio de sus representantes, pidiendo solamente la mitad de sus empleos, para que la otra mitad quedase a los europeos, a quienes siempre han preferido colocándolos ellos mismos en los destinos que penden de su mano, partiendo con ellos sus caudales, dándoles a sus hijas y hermanas para enlazarse con ellos, auxiliándolos en todo y profesándoles tan sobresaliente estimación, que la cualidad de europeo ha sido hasta ahora la que más ha recomendado a un hombre para con el público de América.

Siendo esto así, como lo es en efecto, ¿a qué otro principio podrá atribuirse la disensión sino al mal gobierno? Su opresión creciendo de día en día, ha alejado del corazón de los americanos la esperanza de reforma y engendrado el deseo de independencia como único remedio. Ha ido acopiando un material combustible, que por fin se ha inflamado con la más pequeña chispa, y ha reventado la mina. La opresión, sin duda, es el primer eslabón de la cadena de principios que han producido este efecto; pero después de haberlos explicado es preciso hacer otro registro de ellos para avaluarlos y pesarlos, lo que es también muy importante.

Bajo su aspecto se presenta a la vista los americanos como delincuentes, que deseando separarse de la obediencia de la madre patria, se han valido de la coyuntura de sus achaques, para rebelarse contra ella con cualquiera ocasión ligera, y sirviéndose de especiosos pretextos que no pasan de tales. Examinemos, pues, fondeemos la materia, registremos escrupulosamente cada uno de los principios; porque el error más pequeño nos va a decir la pérdida de unos o muchos reinos, cuando no sean todos los de ultramar.

El concepto de que sucumbía la península, ya se dijo antes era inculpable, pues lo inducían necesariamente las noticias de sus pérdidas y situación. Sentada esta base, era prudencia impedir el cáncer que podía cundir a la América, formándose un gobierno que velase sobre su seguridad, así como se ejecutó en las provincias europeas, en la que igualmente fueron depuestas las autoridades que lo contradecían.

A la eficacia con que persuade el ejemplo, se agregaron los escritos que salían en la península, y que volando al otro lado de los mares, estimulaban a abrazar aquel partido, induciendo también algunos de ellos desconfianza del gobierno. ¿Qué apoyo, qué material no ministraban una de las representaciones de la Junta de Valencia, la proclama de la de Cádiz, el papel del marqués de la Romana y otros que se omiten? Pero es preciso citar a la letra las palabras del sólido dictamen de D. Gaspar Jovellanos presentado a la Junta Central en 7 de octubre de 1808, en el que en la segunda proposición de las que establece como principios, dice: "Que cuando un pueblo siente el inminente peligro de la sociedad de que es miembro, y conoce sobornados o esclavizados los administradores de la autoridad que debía regirle y defenderle, entra naturalmente en la necesidad de defenderse, y por consiguiente adquiere un derecho extraordinario y legítimo de insurrección".

En los pueblos de América, el temor de ser entregados a los franceses era gravísimo y fundado. Los gobernantes eran europeos, de quienes no debía creerse renunciasen del amor a su patria, y del trato y comunicación con sus padres, hermanos, parientes y amigos existentes en España, rompiendo todos sus enlaces, como era forzoso, si sujetándose ésta al yugo francés, no se sujetasen también aquellos pueblos. Muchos de los mismos jefes y otros europeos proferían a las claras, que la América debía seguir la suerte de la península y obedecer a Bonaparte, si ella le obedecía.

A esta ocasión común a todas las provincias, y que obró en Caracas la revolución, se añadió en Buenos Aires la circunstancia de comunicar su virrey la invasión de Andalucía como un golpe decisivo, permitiendo al pueblo formase su Congreso, como en efecto lo ejecutó, instalando una Junta que le gobernase. Se agregaron a las funestas noticias los malos tratamientos e insultos, ya de los jefes, como en Quito, Socorro, y Chile; ya de los particulares, como en Santa Fe, y ya de unos y otros, y del gobierno mismo como en México.

Es digno de notarse que estos tratamientos comenzaron por parte de los europeos contra los americanos. En ningún punto empezó la conmoción porque algún americano insultase a los europeos, sino más bien al contrario. En todas partes se prendía y procesaba a los americanos que se explicaban desafectos a los europeos; y en ninguna se prendió a un solo europeo de los muchos que insultaban a los americanos hasta en las plazas públicas. En aquellos sólo era delito mostrarse afectos a los criollos o condolidos a su opresión; y por esto únicamente se les prendía, aunque fuesen los más condecorados, como un virrey. Se hacían continuas remesas de reos americanos a la península, en donde se absolvían; lo que prueba el atropellamiento con que se les había procesado. En una palabra, la sangre de los americanos se derramaba impunemente y con profusión, y no ha corrido una gota de la europea que no haya sido en defensa, o cuando más represalia de los ríos de la primera, y a la que ésta no haya acompañado virtiéndose en su auxilio.

Las calles del Socorro en el nuevo reino de Granada, los campos de Córdoba en el de Buenos Aires, el monte de las Cruces, campo de Aculco, puente de Calderón, ciudad de Guanajuato, con otros mil sitios en el de México, han sido el teatro de estas escenas; sin recordar la de Quito, sobre la cual es preciso echar prontamente un velo para no horrorizar a la humanidad. Basta haberlas indicado para el conocimiento que se pretende, y sólo añadiremos que en México fueron premiados por el Gobierno supremo los autores de la fracción que insultó a los naturales del reino, origen de la insurrección.

Se infiere de todo, que aun culpando a los americanos por el deseo de independencia, no se les puede culpar por la ocasión del rompimiento, cuando ella de suyo lo provocaba aun sin aquel deseo. O digamos a lo menos, si hemos de hablar con imparcialidad, que semejantes incidentes, si no los disculpan del todo, disminuyen mucha parte del exceso con que se les acrimina. Porque querer que un hombre oiga y vea a sangre fría sus injurias, y no repela con la fuerza la de quien lo invade, es pedir una virtud superior aun al heroísmo.

En cuanto a los pretextos, para conocer si son puramente tales, o hay en ellos alguna sinceridad, deben hacerse las siguientes reflexiones. 1) Que son uniformes, esto es, que son unos mismos en todas partes. 2) Que son unísonos u originales, esto es, que no hay en una provincia ecos o plagios de otra, sino que cada una los ha producido por sí misma, sin comunicarse con las demás, ni aprenderlos de ellas. 3) Que son verosímiles, o de tal aspecto que no es fácil convencerlos de malignos, aunque tal vez lo sean. 4) Que son conformes a las máximas, cuya observancia podría exigírseles, o por cuya infracción únicamente podía condenárseles.

La uniformidad de los pretextos es constante, y se persuadé también fácilmente que son originales, pues casi a un mismo tiempo se vaciaron en diversas provincias, como Caracas y Buenos Aires; y los insurgentes de México ni noticia podían tener de lo que se alegaba en aquéllas, porque se las impidió el gobierno. Una y otra circunstancia son indicios de sinceridad, porque era mucha contingencia que obrando de malicia, la cual es muy varia en sus cavilaciones, se explicasen como de concierto las provincias que no se habían acordado ni comunicado.

La verosimilitud está a la vista, porque los pretextos son temor de caer bajo la dominación de Bonaparte, tratar de su propia seguridad, conservar aquellas posesiones a Fernando VII, y preparar un asilo a sus hermanos que huyan de la tiranía de Napoleón, y todo esto, si no fuere verdad, tiene toda la apariencia de ella. Era muy natural temer en las Américas el yugo francés, caso de sucumbir la península con la que están enlazadas; lo era igualmente y dictaba la prudencia el procurar evitarlo, tratando de su propia seguridad; y no pueden convencerse de malignos estos designios cuando reconocían y juraban a Fernando VII, y ofrecían un asilo a los españoles europeos que pudieran emigrar.

No carecen tampoco de fundamento, ni se contrarian a los principios por que debían gobernarse. Ya se dijo antes lo que apoyaba el temor de ser entregados a los franceses por sus gobernantes y demás europeos residentes allí; y lo apoyaban de parte del Gobierno de la península los escritos que en ella salían inductivos a su descrédito, y que recaían sobre aquellas órdenes primitivas para reconocer la Regencia del duque de Berg. El tratar de su propia seguridad gobernándose por sí, sobre fundarse en razón, estriba también en el ejemplo de Andalucía, Asturias y otros puntos de la península, que ejecutaron lo mismo cuando vieron ocupadas las Castillas, instaladas Juntas en Sevilla, Oviedo, etc. Sobre todo, ¿qué más se les podría exigir, sojuzgada España como ellos creían, que reconocer al rey a quien juraron, y la fraternidad de los europeos a los que prometen acogida?

El influjo de los franceses es falso, no porque ellos hayan dejado de intentarlo, sino porque no ha surtido efecto. Bonaparte se ha valido de varios españoles en calidad de sus agentes para atraer a sí a las Américas; pero éstas unánimemente sordas a su voz, a pesar de las promesas halagüeñas que la acompañan, han quemado por mano de verdugo sus proclamas; han ajusticiado a los agentes que han habido a las manos, y han detestado al Gobierno de que proceden. Si los periódicos y otros papeles, especialmente de Cádiz, atribuyen a este principio su convulsión política, es para hacerla más odiosa, y contrariándose a la máxima que dan por sentada de que aspiran a la independencia. ¿Dejarán de conocer que ésta es incompatible con el trato y adhesión al tirano de Europa? ¿O podrán fiarse de él después de manifiesta su perfidia? Holanda, Polonia, España misma les han manifestado el principio a que los conduciría un paso tan arriesgado, y les ponen a la vista un despotismo mayor que el del anterior gobierno de que se quejan.

Es preciso hacer la justicia de confesar que en América no ha habido francesismo, ni lo puede haber por la razón insinuada; que en ninguna de sus conmociones se ha descubierto el impulso del brazo de Napoleón; y que éste está tan distante del corazón de los americanos, como la situación de Francia de la de aquél continente. ¿Qué más puede decirse, sino que se han revolucionado por no ser entregados a los franceses? Por cada cabeza de éstos han ofrecido mil pesos fuertes los de Caracas en sus gacetas.

Los ingleses en los puntos de América que no comunican, como México y Santa Fe, claro está no han podido influir, pero nosotros creemos no lo han hecho ni en los que frecuentan, pues no lo han ejecutado en la Habana que es uno de ellos; si no es que se diga que han encontrado allí las disposiciones que en otras partes, que es decir, habrán fomentado, pero no excitado la conmoción. El Ministro de Inglaterra en la nota que ha pasado a nuestro Gobierno ofreciendo la mediación de aquella potencia para reconciliar a las provincias disidentes de América, trata de indemnizar a su gabinete de la sospecha expresada, asegurando que su comunicación con Caracas y Buenos Aires ha tenido la mira de poder mediar, como ahora ofrece.

Y aun cuando dudase alguno de la verdad de este aserto, es innegable la utilidad mercantil anexa a la comunicación; y que ésta la han procurado los americanos abriéndole sus puertos, y enviando emisarios a Londres. De lo primero (esto es, del trato mercantil) era consiguiente la provisión de armas como de un renglón de comercio lucroso, y sin el cual no hubieran abierto sus puertos; y de lo segundo, (esto es, de solicitar los americanos la comunicación y auxilios de Inglaterra) se infiere lo decididos que están contra Bonaparte; pues no acuden a él, aun franqueándoles y ofreciéndoles la independencia y libertad absoluta, y se acogen a una potencia enemiga de él y aliada de España.

Con los Estados Unidos no han tenido sino comercio, como lo exige la utilidad de unos y otros países. En una palabra, la culpa que resulte en este punto se debe atribuir originalmente a nuestros americanos que los han solicitado; y todo se debe refundir en el deseo de independencia que es el móvil.

Puede ésta distinguirse en dos clases, conviene a saber, independencia de los españoles europeos e independencia del gobierno de la península. Los americanos no han deseado la primera, pues ofrecen acogida a cuantos europeos emigren; y en sus Juntas y conmociones hay muchos de ellos que han seguido su partido. El no abrazarlo ha sido el motivo de perseguir a otros; pero no la cualidad de europeos, así como han perseguido también a los americanos opuestos a sus designios. La diferencia que hay únicamente es, que los más de los europeos avecindados entre ellos les han sido contrarios y adictos los más americanos: lo que nace del amor respectivo al suelo patrio, queriendo cada uno resida en el suyo el gobierno que lo mande durante la presente lucha. Y de aquí proviene que haya habido más europeos que americanos perseguidos.

Dijimos "durante la presente lucha", porque ninguna de las provincias disidentes ha aspirado a que siempre resida allí el Gobierno, o que el Rey se vaya para siempre a vivir entre ellos, despojando a España libre de la cualidad de metrópoli. Lo que quieren y explican en sus proclamas, reglamentos y gacetas, es gobernarse durante el cautiverio del Rey, por las Juntas que ellos formen, porque no tienen confianza de las que se han instalado en la península. En efecto, las que han formado ha sido en calidad de provisionales e interinas, como se expresa en el bando de Buenos Aires de 21 de mayo de 1810; y la Junta de Caracas contestando a la orden de 5 de mayo del mismo año, no sólo entra exponiendo que tenía la autoridad en depósito, sino que concluye significando está pronta a auxiliar a sus hermanos, y "a indemnizarlos (son sus palabras) de las pérdidas y vejaciones a que los ha expuesto el desorden de una administración que hemos desconocido, porque no la creemos conforme a los derechos propios que vindicamos y a la Constitución que ha de regimos, mientras se sostenga en España la lucha del heroísmo contra la opresión". De manera que se han constituido un gobierno mientras España no puede gobernarlos por la lucha en que está empeñada: lo que convence no desear una independencia perpetua.

Tampoco puede decirse que la desean respecto de la península, pues han formado sus juntas con sujeción y dependencia a la que legítimamente gobierne a nombre de Fernando VII. ("Bando citado de Buenos Aires") y han expresado abiertamente que quieren cumplir "el juramento de reconocer el Gobierno soberano de España legítimamente establecido", (Oficio de Buenos Aires a Montevideo, de 7 de junio de 1810).

De aquí mismo se deduce claramente que no desean independencia de la nación; pero lo confirma aun más, probando al mismo tiempo lo anterior; ya la gaceta de Caracas de 27 de julio de 1810 donde se lee: "sin perjuicio de la concurrencia a las cortes generales de la nación entera (y ya la cláusula literal de Buenos Aires en su oficio citado, hablando de su revolución y Juntas) estrechemos nuestra unión, redoblemos nuestros esfuerzos para socorrer la metrópoli, defendamos su causa, observemos sus leyes, celebremos sus triunfos, lloremos sus desgracias y hagamos lo que hicieron las Juntas provinciales del reino antes de la instalación legítima de la central".

Finalmente, no desean independencia de la monarquía, cuando reconocen y han jurado rey a Fernando VII, que es el punto de reunión de toda ella. "Los intereses (dicen los de Caracas en su respuesta al Marqués de las Hormazas de 20 de mayo de 1810) de la monarquía española, cuya íntegra conservación a su digno y legítimo soberano es el primero de nuestros votos, etc.". Generalmente, los americanos conmovidos dicen que están prontos a obedecer al gobierno que él constituya. Dicen más, que dependerán de la Junta que gobierne legítimamente a nombre de Fernando VII, aunque no esté puesta por él. Con lo que rehúsan reconocer el Gobierno que reside en la península; no porque reside en ella, sino porque no lo ha puesto Fernando VII, ni gobierna legítimamente en su concepto. De suerte que si ellas se convenciesen de que gobierna legítimamente, lo reconocerían.

Lo más que podía decirse por los que acriminan su conducta, es que los rige un error político, pero no un espíritu de división. No es una rebelión contra la cabeza de la monarquía, pues la reconocen. No es por lo mismo sedición, pues no puede llamarse tal la división entre sí de dos partes de la monarquía, cuando ambas quedan unidas con su príncipe; así como la división de dos hermanos que siguen bajo la patria potestad, no se dice que es emancipación de alguno de ellos; ni se llama cisma la separación de dos iglesias que conocen a un pontífice, como estuvieron en los primeros siglos la griega y la latina.

Las provincias de América reconocieron a la Junta de Sevilla, reconocieron a la Central; pero poco satisfechas de una y otra, las que ahora se llaman disidentes rehusaron el mismo reconocimiento a la Regencia, que creó la última al disolverse; porque dicen que no tuvo facultad para transmitir el poder soberano que se le había confiado, y que recayendo la soberanía por el cautiverio del rey en el pueblo, o reasumiéndola la nación, de la cual son ellas partes integrantes, no podían los pueblos de España sin ellas constituir un gobierno que se extendiese a ellas; o que así como no se las incluyó para constituirle, tampoco se las debe incluir para obedecerle, si no quieren voluntariamente hacerlo como lo hicieron con la Central. Es decir que un pueblo no domina a otro, o una parte de la soberanía a la otra parte, requiriéndose la concurrencia de todas para formar un gobierno que goce el lleno de la soberanía; razón por que D. Gaspar Jovellanos, en la proposición séptima de su dictamen citado, hablando de la Central, dice: "no se puede dar a su representación el título de nación, pues aunque la tiene y proceda de origen legítimo, ni la tiene completa, ni la tiene constitucionalmente".

Nosotros no referimos estas razones para avaluarlas, lo que es ajeno de nuestro propósito; sino para mostrar que el espíritu de los americanos no es de división, que no se separan del gobierno por antojo de separarse, sino porque en su concepto hay fundamento para ello. Y si afirmamos, que aun la separación en estos términos, no es general en la América; ni hay en ella el deseo general que se supone de independencia, no sólo en el sentido riguroso de esta voz, pero ni en el lato e impropio en que se usurpa.

Una gran porción de América ni siquiera ha instalado Juntas. De los distritos que lo han hecho, han reconocido muchos al Gobierno, como el reino de Chile y provincia de Santa Marta. Y aun de las que no lo reconocen hay territorios que disienten de ellas, como en Caracas, Maracaibo y Coro; en Buenos Aires, Montevideo; y en Santa Fe, Cartagena y Panamá: de suerte que no hay una provincia íntegra que no reconozca al gobierno.

En resumen, el deseo de independencia no es general en América, sino que es de la menor parte de ella. Aun ésta no la desea perpetua; y la que desea no es de los europeos, ni de la península, ni de la nación, ni del rey, ni de la monarquía, sino únicamente del gobierno que ve como ilegítimo. Por tanto, su revolución no es rebelión, ni sedición, ni cisma, ni tampoco independencia en la acepción política de la voz; sino un concepto u opinión de que los obliga obedecer a este Gobierno, y les conviene en las actuales circunstancias formarse uno peculiar que los rija. ¡Cuánto disminuye todo esto la absoluta idea que se ha concebido de su revolución!

Pero sea su intención la que fuere, supóngasela la más criminal, y permítase que deseen una rigorosa independencia, cual se pinta en muchos de los impresos que salen cada día, y cual se cree por muchos; la causa primordial es la opresión en que han vivido tanto tiempo.

Ella los ha impedido y violentado a aprovecharse de la primera coyuntura de sacudir su yugo, y sin ella hubieran reconocido al gobierno, aun reputándolo ilegítimo, para uniformarse con el resto de la nación. Del mal gobierno ha resuelto la opresión, y ella ha causado el descontento de los americanos.

Contemplemos a éstos para graduar aquélla, como hombres, como vivientes, como sociales. Como "hombres", se creen degradados por el gobierno que los ha visto con desprecio, como a colonos; esto es, como a una clase ínfima de la humanidad, o una segunda especie de hombres, que jamás han entrado en el goce de los derechos trascendentales a todos. A esto han sido consiguientes los dicterios, apodos y sarcasmos, con que han sido siempre zaheridos por los que habiendo nacido en otro suelo, se creen superiores por sólo este accidente. Como "vivientes", necesitados para su alimento y comodidad de los frutos de la tierra y producciones de la industria, se quejan de las restricciones que les prohíben disfrutar enteramente su suelo y manufacturar lo que quieran. Como "sociales", se lamentan encorvados bajo el duro yugo de los gobernantes déspotas que les envían muchas veces; pues a consecuencia de que "no miran éstos (son palabras a la letra del célebre Say, tomo 1.º de su Economía Política, lib. 1.º cap. 23 párr. último) el país que gobiernan como aquel en que han de vivir toda su vida, y gozar del descanso y consideración pública; ningún interés tienen en hacerle feliz y rico, sino en enriquecerse a sí propios, porque saben que serán atendidos a su vuelta a proporción del caudal que traigan, y no de la conducta que hayan observado en su gobierno. Si a esto se añade el poder casi arbitrario que es preciso conceder al que va a gobernar a países remotos, tendremos todos los elementos de que se componen en general los gobiernos más malos". Se quejan igualmente de que los desatienden en la provisión de los empleos, y de que no se les permite comerciar con los extranjeros como se permite en la península.

La certidumbre o falsedad de estos particulares, y si son o no abultadas semejantes quejas, no es punto de que debe tratarse; como tampoco sobre si es justicia quejarse ahora, cuando no ha sido la nación, sino los gobiernos anteriores los que han dado motivo a la querella. No debe tratarse, porque además de no ser fácil indemnizar a los gobiernos pasados, de nada importaría un discurso que demostrase ponderar los americanos su opresión, mientras existía alguna. Por lo mismo, aunque no la haya causado la nación, si ella no la quita y destruye enteramente; ahora que ha recobrado sus derechos y tiene en sus manos el poder, no podrá hablar con sinceridad, ni serán eficaces sus palabras mientras no se acompañen con las obras. Háblese con éstas, pásese ya de las simples promesas a la realidad efectiva, y está todo remediado.

Si el primer eslabón de que pende esa cadena o serie de principios que han producido la revolución ultramarina es la opresión, quitada ésta vendrá al suelo aquélla. Derríbese el pedestal sobre que se ha levantado ese cúmulo de males, y caerá por tierra el coloso. Nosotros, según los respetos de "hombres, vivientes y sociales", con que hemos considerado a los americanos para coordinar las ideas sobre sus quejas, hablaremos de su remedio.

Como "hombres", se quejan de ser vistos con desprecio cual colonos. La Junta Central declaró a las Américas partes integrantes y esenciales de la monarquía, y a consecuencia de esta igualdad con las de la península, les declaró también la representación nacional; pero como la coartó la Regencia, separándose de la igualdad establecida, en el reglamento que formó para las elecciones de representantes americanos, lejos de calmarse las quejas de éstos, se suscitaron de nuevo. V. M. a más de sancionar la igualdad de los habitantes de uno y otro hemisferios, les ha declarado también su representación igual "para las cortes futuras", pero no para las presentes. Esta restriccion deja a la querella un portillo que debe cerrarse. Es preciso desvanecer la sospecha de que se ha dictado semejante restricción por falta de aprecio a los americanos, o por debilitar su voz, minorando su número en un congreso que ha de formar la Constitución, y cual nunca ha habido ni volverá probablemente a tener jamás la nación.

La decisión de este mismo punto es un testimonio irrefragable de lo que daña a la América su representación coartada. Cuando se resolvió la restricción no hubo un americano que no votase en contra de ella, y votaron también muchos vocales europeos, de manera que por muy corto número se dirimió la cuestión. Si hubiera pues la representación americana tenido la extensión que le corresponde, habría salido a su favor la providencia. Esta doctrina se aplica a las demás concernientes a las Américas, y ésta es la razón por que tanto claman sobre el complemento de su representación.

Como "vivientes", se han lamentado los americanos de las restricciones en orden a la excavación y cultivo de la tierra, y en puntos de fábricas. Pero ya V. M. les ha permitido la explotación de las minas de azogue que estaba casi prohibida, la siembra de cuantos frutos es capaz de producir su suelo, la manufactura de cuanto alcance su industria, y la pesca de cuanto críen sus mares: franqueza que hará siempre honor a la justificación y generosidad de V. M. y a la que no resta para su complemento, sino el punto pendiente de estancos, en los términos en que se ha propuesto sin gravamen del erario.

Como "sociales", se resiente del despotismo de sus gobernantes, y suspiran porque se atienda su mérito en la distribución de los empleos, y se les conceda un comercio franco con las naciones con quienes estemos en paz. V. M. los libertará de lo primero permitiéndoles "Juntas provinciales", a imitación de las de la península, y que tengan el gobierno de su distrito. Ellas mismas, si se les concede informar y representar sobre los sujetos beneméritos para los destinos, serán el remedio de la arbitrariedad. Este punto necesita de un remedio radical, porque es antiquísimo el descontento en esta materia, sobre lo cual nos parece a propósito transcribir las palabras de D. Melchor Macanaz en su memorial a Felipe V, que corre en el tomo 7.º del Seminario erudito. En el párrafo último titulado "remedios" al número 12 y siguientes dice: "Siendo los naturales de aquellos vastísimos dominios de V. M. vasallos tan acreedores a servir los principales empleos de su patria, parece poco conforme a la razón que carezcan aun de tener en su propia casa manejo. Me consta que en aquellos países hay muchos descontentos, no por reconocer a España por cabeza suya (que eso lo hacen gustosos, mayormente teniendo un rey tan justificado y clemente como V. M.) sino porque se ven abatidos y esclavizados de los mismos que de España se remiten a ejercer los oficios de la judicatura. Ponga V. M. estos empleos en aquellos vasallos... y de este modo se evitarán los disturbios que sabe V. M. se han suscitado al principio de su glorioso reinado".

Sobre el comercio libre, supuesto que V. M. se ocupa actualmente en él, nada debemos decir, pues no dudamos que lo establecerá de modo que haciéndose justicia a la América, se promueva juntamente el bien general del Estado.

Señor, mientras V. M. no quite los motivos del descontento, no cesarán las inquietudes y conmociones. Es forzar a la naturaleza querer impedir los efectos, existiendo las causas que necesariamente los producen. ¿Cómo no ha de quemarse la estopa, si no se extingue el fuego que la inflama? Podrá en algunas provincias apagarse el incendio, pero levantará la llama en otra, y mientras se acude a ella, volverá a brotar en la primera. Se destruirá un ejército en un punto, y entre tanto se estará formando otro en otra parte. No bastará ni aun el destruir a todos los habitantes de la América, y llevar nuevos pobladores, porque los hijos de éstos (que necesariamente han de nacer allí, siendo imposible enviar a las mujeres a parir a Europa) han de amar aquel suelo, y se han de resentir también de la opresión.

¿Por qué no se ha de remediar ésta, pudiendo hacerlo V. M. tan a poca costa, según hemos explicado? ¿Es posible que la preocupación de ver todavía como "colonias" a las Américas, aun después de borrado este nombre, ha de prevalecer contra las luces, filantropía y liberalidad del congreso nacional? ¿Ha de obrar éste de manera que haga recaer sobre la nación las faltas que hasta ahora se han imputado solamente al Gobierno? Y ha de cegarse por último a sus propios, y más urgentes y decisivos intereses?

No escuche V. M. a aquellos genios feroces, que respirando fuego y vomitando sangre, sólo le aconsejarán armas y carnicería, tan ajenas de la humanidad como ineficaces para la pacificación. Tampoco preste sus oídos a aquellos lisonjeros, que derramando miel por los labios, de los que dista mucho su corazón, le retraerán para halagarle, de dictar el remedio, sin dárseles nada de la ruina a que lo precipitan, con tal que logren complacerle, cuando lo exigen sus particulares intereses. Nosotros no creemos le sea ingrata nuestra voz; pero aun cuando así lo juzgásemos, no podríamos preferir la simple complacencia de adularle, al verdadero bien de la nación, cuyo amor nos impele a clamar incesantemente, y pedirle desvanezca el descontento que ha causado en los americanos la opresión del Gobierno.

Únicamente esto extinguirá el deseo de independencia, que es violento en ellos, y lucha allá en sus pechos con su amor y adhesión a la península. Se sustraerá el pábulo que le ministra aquel funesto atizador de la disención. Se les caerán las armas de las manos. No habrá influjo capaz de seducirlos para empuñarlas contra sus hermanos, alucinándose en creer que las tornan para su defensa. Despreciarán cuantos auxilios les franqueen a este fin la Europa entera y el mundo todo. No habrá ya pretextos ni ocasiones que los conmuevan; y lejos de ver como coyuntura favorable para sustraerse la actual lucha de España, volverán a coadyuvar a ella con mayor fervor que el primitivo, porque imperará V. M. en sus corazones.

Fuente: Romero, José Luis y Romero, Luis Alberto (ed.) Pensamiento político de la emancipación, Tomo II (1810-1815) Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1985, pp. 63-77.