Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

      1890-1899

      1880-1889

      1870-1879

      1860-1869

      1850-1859

      1840-1849

      1830-1839

      1820-1829

      1810-1819

          1819

          1818

          1817

          1816

          1815

          1814

          1813

          1812

          1811

          1810

      1800-1809

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XIX > 1810-1819 > 1811

Mensaje de los insurgentes a los americanos que militan bajo la bandera de los gachupines.
Jueves 3 de enero de 1811.

El Despertador Americano. Correo Político-Económico de Guadalajara.

Ergo fungar vice cotis,
Acutum reddere quae ferrum valet,
exsors ipsa secandi Horat.

Hermanos y compatriotas.

Nuestros Ejércitos del Norte, y Poniente acaban de conseguir dos señaladas victorias, destrozando completamente a los Gachupines, nuestros opresores cuyos esfuerzos contra nuestra justísima causa no han sido más que llamaradas de un maligno fuego próximo a extinguirse.

Estas derrotas, en que la mano poderosa del Altísimo se ha manifestado de un modo nada equívoco protectora de nuestros derechos, han proporcionado a las vastas Provincias de aquellos rumbos respirar por la primera vez de la más cruel y absoluta opresión en que han gemido por tres siglos.

Todas han abierto los ojos, todas han despertado del letargo, todas han conocido que ha llegado el momento señalado por la Providencia para que recobremos nuestra natural libertad, e independencia, aquella que Dios, padre común de todos los humanos, ha concedido a todas las Naciones de la tierra para su común felicidad.

Ninguna de ellas se ha dejado alucinar de los artificios de los enemigos, ninguna los ha protegido ni auxiliado contra los Criollos, todas los han perseguido a fuego y sangre; y por lo mismo no ha durado en la inmensidad de aquellos países el incendio devorador de la Guerra.

Vosotros Amados Hermanos, vosotros sois los únicos que perseverais en el torpe y ciego error de amparar a nuestros tiranos contra vuestros paisanos, contra vuestra Patria, contra vuestro propio bien, y el de toda la posteridad Americana.

Vosotros, lo decimos con lágrimas y penetrados del más justo sentimiento, vosotros solos os oponéis con las armas a la felicidad de seis millones de vuestros Compatriotas, y retardáis el momento feliz de nuestra suspirada libertad.

Acostumbrados, como buenos soldados, a dar a vuestros Oficiales la obediencia más ciega, los habéis ahora seguido maquinalmente, y sin reflexionar sobre la injusticia atroz de sus órdenes iniquas.

¿Cuál es el objeto, cuál el fin, cuál el motivo de tan extraña conducta? ¿Por qué peleais al lado de los Europeos? ¿Os mueve acaso la defensa de la Religión, la defensa de nuestra Fe Sacro santa?

Pero esta misma es puntualmente nuestra causa, en este punto nuestro sentir es el mismo que el vuestro, sin más diferencia, que vosotros prolongando esta guerra insensata e injusta os exponéis a que todos seamos atacados por los Vasallos de José Napoleón, que destruirían el Cristianismo entre nosotros, como lo han destruido en España, a confesión de los mismos Gachupines que sin cesar nos lo han estado vociferando en estos tres últimos años.

Servenequam de ore tuo te judico: todo cuanto los Ultramarinos han dicho contra los Franceses, obra contra ellos ahora que han reconocido por Rey al abominado José.

¿Peleáis movidos de la Excomunión que los Inquisidores Europeos han fulminado contra nuestro Jefe, y los Compañeros todos de su valor y de su gloria? Pero Sencillos ¿Inocentes! ¿cómo podéis haber sido víctimas de vuestra credulidad, de vuestro candor y de vuestra buena fe?

Toda la Nación, sin exceptuar a ningún Americano de la plebe ruda e ignorante, conoció desde el principio que ese Edicto expedido en un momento de desgracia, contra todo el orden del derecho, contra todas las reglas de la sana Política, no era más que un ardid, una superchería, una astucia de los Gachupines.

Desde el instante en que supieron el principio de nuestra revolución, quedaron yertos de pavor.

Ellos vieron que eran un puñado contra millones, vieron que les era imposible recibir nungún socorro de la afrancesada España, vieron que las Potencias Marítimas de todo el Mundo sostendrían nuestra independencia, como interesadas en comerciar directamente con nosotros, sin tener que pagar crecidos derechos a los revendedores Gachupines.

En tal conflicto, en tal angustia, que fue para ellos una verdadera agonía, les sugirió su debilidad el arbitrio de tratar de Herejes a los Autores de la empresa más gloriosa que pudo caber en pecho Indiano.

Este artificio les pareció tanto más seguro, cuanto estaban más satisfechos de la fé, piedad, religión, y devoción acendrada que caracterizan, y distinguen al Americano de los demás habitantes de la tierra.

Ellos dijeron: El común de los Americanos no es capaz de conocer a fondo todas las ventajas que les acarrea la independencia, los Criollos instruidos en la Teología son muy pocos, y por consiguiente los que sepan lo que es herejia; hechemos pues mano de ese arbitrio, que mientras que los Criollos dellos se ocupan en desengañar al pueblo ignorante, la mayor parte, asustada con el solo nombre de herejia, los abandonará luego al punto, se unirá con nosotros, y tomará la espada en nuestro favor contra sus mismos padres, contra sus madres, contra sus hermanos, contra sus parientes, contra sus amigos, y contra todos sus paisanos.

Llenos de esta idea, ocurren a los Inquisidores, que por nuestra desgracia son todos Gachupines, estos como interesados en la suerte de sus paisanos Europeos, no temiendo hacerse jueces en causa propia, expiden con una precipitación indigna de negocio de tanta importancia, el fulminante Edicto con que creen arruinar a Hidalgo y sus secuaces, esto es a todos los Criollos:

Vierten en él las expresiones más sucias e indecentes, expresiones más propias para escandalizar, que para edificar; lo forjan con tal ceguedad, que no advierten las enormes contradicciones de que lo llenan, contradicciones tan patentes, que las han percibido hasta los niños, y tan monstruosas que no las conciliará jamás el Gachupín más enredador y caviloso.

Lo circulan, no por conducto de los jueces eclesiásticos, sino por medio de Comerciantes y Subdelegados.

Lo circulan sin el Sello del Santo Oficio, como es de estilo, y sin las rúbricas de los Inquisidores.

Nulidades tan palpables, desaciertos tan garrafales hicieron creer a los Criollos piadosos e ilustrados que papelón tan monstruoso no podía ser parto legítimo de la Inquisición, sino producción de algún patán montañez; y así lo creeríamos aún hasta ahora, si no supiésemos hasta qué punto se ciegan los hombres, cuando una vez ha llegao a apoderarse de ellos el espíritu de partido, y la rabia de dominar a los demás.

Para que veaís cuan de buena fé os hablamos, A. H. supongamos por un instante, aunque en la realidad no es así, que nuestro Héroe Libertador hubiese caído en algún error contra la fé, ¿perjudicaría esto de algún modo a la justicia que nos asiste para aspirar a la independencia, y separarnos de la España dominada por un Rey de Copas, e inundada de los horrores de la impiedad?

¿Por ventura perjudica a la justicia de la alianza que los Gachupines ajustaron con los Ingleses, el que casi toda aquella Nación esté separada de la Religión Católica, y llena no solo de herejes, sino hasta de Deístas, y aún Atheístas?

Desengañaos, toda la supuesta herejía, todo el crimen del nuevo Washingthon, consiste en haber levantado la voz de la Libertad de nuestra Patria, en haber descubierto las intrigas de los Gachupines para entregarnos a José, y en oponerse a la ejecución de tan criminal y execrable designio.

Esto lo han patentizado ya hasta la última evidencia nuestros Teólogos nacionales, y nosotros os lo demostraremos con todo el rigor geométrico.

El Santo Oficio de la Inquisición establecido en México, éste Tribunal respetable, que con arreglo al objeto de su erección solo debía velar sobre la conservación de la Fé Católica, ha degenerado abiertamente en estos últimos tiempos, convirtiéndose en una Junta de Policía, en un Club sanguinario que se ha mezclado en negocios puramente políticos, y civiles, ajenos de su primitivo instituto.

Los mismos Gachupines Inquisidores lo han confesado así francamente en todos los Edictos que han expedido desde el principio de la irrupción francesa en la Monarquía.

Leed singularmente el primero que promulgaron después de aquella época desgraciada: en él veréis que llevan el descaro y la tiranía hasta privaros de la confianza que debemos tener en los Sacramentos, mandando a los Penitentes delaten a sus Confesores que les hablen de la confesión de intereses contrarios a la España, es decir contrarios a los Gachupines.

iOh! dolor, Oh! despotismo inaudito y sin ejemplar! ¿Peleais acaso, Hermanos nuestros muy amados, por el legítimo Rey de la Monarquía española, por el desgraciado y cautivo Fernando?

¿Pero no advertís que los Gachupines ya ni se acuerdan de este Monarca infelice? ¿No véis que la España ha reconocido por su Rey a un intruso, y que todos los juramentos, y fanfarronadas de los Gachupines han venido a parar en que se postren ante el ídolo detestado, ante aquel Jusepe, aquel Pepe Botellas, aquel Rey de Copas, que es ahora para ellos el Rey Sabio, el Rey Filósofo, el Regenerador de las Españas?

¿Cómo puede decirse que peleáis por Fernando, cuando habéis hecho causa común con los Europeos que se han vuelto sus más crueles y decididos adversarios? ¿Peleáis por vuestra Patria?

Pero iAy! Que vuestra Patria, la América, la Madre legítima que os coincibió en su seno, y os alimenta con su substancia, no tiene hasta ahora mas que motivos de queja contra vosotros, a quienes mira como hijos desnaturalizados y rebeldes que han tornado las armas contra ella.

¿No estáis asociados con los tiranos que por espacio de trescientos años han saqueado, devastado y aniquilado a la América, con los déspotas que han tenido a vuestra Nación siempre exahusta, siempre exangüe, en la más deplorable escasez, en la más absoluta miseria?

¿Qué otra cosa es la historia de la dominación española entre nosotros, sino la historia de las más inauditas crueldades?

¿Qué otra cosa nos manifiesta esta historia, que una lucha tenaz y constante entre Dios, que se ha esmerado en enriquecer nuestro suelo, derramando en el con profusión en las fuentes todas de la prosperidad; y entre los Gachupines siempre encarnizados contra nosotros, siempre obstinados en no dejarnos gozar los dones de nuestro Criador?

Tended la vista por toda la extensión de este vasto Continente, dad una ojeada a la opulenta región en que habéis nacido.

¿Gozáis vosotros de su abundancia, gustan de sus dulzuras los hijos de la Patria? iAy! Que al paso que el tirano advenedizo nada entre delicias, al hambriento y andrajoso Indiano falta todo.

¿Quiénes son dueños de las minas más ricas, de las vetas más abundantes y de mejor ley? Los Gachupines.

¿Quiénes poseen las haciendas de campo más estensas, más feraces, más abastecidas de toda clase de ganados? Los Gachupines.

¿Quiénes se casan con las americanas más hermosas, y mejor dotadas? ¿Quiénes ocupan los primeros puestos de la Magistratura, los Virreinatos, las Intendencias, las plazas de Regentes, y Oidores, las dignidades más eminentes, las rentas más pingues de nuestras Iglesias? Los Gachupines.

Si una u otra vez guiados de su maquiavelismo confían alguno de los altos puestos al patricio, son solamente aquellos empleos que exigen un trabajo recio, escogen Criollos viejos que apenas pueden con la carga de la edad, o bien prefieren a los más ineptos e ignorantes, para insultar después con el oprobio de incapacidad a la Nación entera.

¿Qué manos son dueñas del Comercio, quiénes lo han aprisionado en un solo y detestable Puerto, quiénes lo han recargado de impuestos onerosos, manteniendo el feroz monopolio, y ganando en el valor de un centenar, quinientos pesos?

¿Quiénes han impedido, y estorbado toda clase de manufacturas Americanas con el falso pretexto de no perjudicar a las Fábricas de España, como si no se supiese que casi todo cuanto se nos revende, sale de talleres extranjeros?

¿Quiénes han estancado la Sal, el Tabaco, el Azogue, la Nieve, el Tequesquite, los Colores, el vino Mescal, la Pólvora, en una palabra los ramos todos de la industria, sin dejar en que trabajar al Criollo honrado, ni con qué proporcionarse una mediana subsistencia? iY que estos bárbaros, añadiendo el insulto a la injusticia, nos echen en cara nuestra ociosidad, y nos traten de holgazanes!

¿Quiénes recogen anualmente en esta sola América veinte millones de pesos de todas las gavelas, y exacciones que han cargado sobre el Pueblo miserable?

¿Quiénes han llevado la barbarie hasta doblar el tributo de infamia al casado Americano? Lo menos doloroso es, que el infeliz se prive de lo necesario a su precisa subsistencia, para satisfacer tanta carga.

A sus mismos hijos, tiernos servidores del estado, les quita el pan de la boca, para pagar a un Subdelegado a un Teniente, que con la autoridad de su oficio va anunciando la desolación de los Pueblos.

No hay año estéril, ni escasez de maíces, ni calamidad, por grande que sea, que le exima de pagar.

Entre tanto, redobla el pobre criollo su trabajo, riega la tierra con su sudor, y no pocas con su sangre, acorta más y más el alimento a su familia, y no siendo esto bastante, se ve precisado a invocar la muerte como único fin de su miseria.

¿Qué pueblo, que Nación del universo gime bajo el yugo de condición más dura y horrorosa? Lo que asombra más, lo que más irrita es el espíritu de rapacidad de que se ha manifestado poseído el Gobierno Español en estos últimos tiempos.

¿No se nos ha aumentado en una quinta parte el valor de las Bulas de la Santa Cruzada? ¿No se ha relajado la observancia cuadragesimal entre nosotros con una nueva Bula arrancada al Sumo Pontífice con los más frívolos pretextos, como lo han manifestado algunos de los mismos Obispos de España?

¿No se han puesto en pública almoneda hasta los bienes de las Cofradías; los fondos de Legados, Capellanías y Obras Pías de todo género, para remitir su importe a la Metrópoli?

¿No se han despojado de sus alhajas nuestras Iglesias para no volver a verlas jamás? ¿No se ha dejado el Reino enteramente exhausto y extenuado con todas esas verdaderas extorsiones llamadas Donativos? ¿No se nos acaba de amenazar con un impuesto de veinte millones, cantidad imposible de rejuntarse ni en veinte años?

En fin, a tan espantoso cúmulo de males, ¿no han añadido últimamente los Gachupines la más excesiva carestía, la más absoluta escasez de los géneros de primera e indispensable necesidad?

Estando libres los Mares desde el ajuste de la Alianza con Gran Bretaña, estando atestados de efectos los almacenes de los comerciantes ingleses, ¿qué causa ha habido para que el comercio de América se haya paralízado aún más que en el tiempo de guerra con el Inglés?

No ha habido otra, que la crueldad de los Gachupines, que han seguido con rigor su antigua máxima de destruir para dominar, de mantenernos en la miseria, para quitarnos las fuerzas de levantarnos contra la tiranía, de hacernos luchar contra las necesidades más imperiosas, para que ocupada nuestra atención en ellas, no tengamos la bastante para reflexionar sobre el peso de nuestras cadenas.

Estando pues, unidos como estáis, Amados Hermanos, con Tiranos tan odiosos, con los Autores de opresión tan absoluta, como injusta, ¿con qué descaro, con que avilantez podéis decir que peleáis por la Patria, a menos que no os ciegue una grosera y estúpida ignorancia de que apenas parece capaz humano entendimiento?

Por último. ¿Peleáis llevados de terror al poder español? ¿Pero no advertís que este poder en otro tiempo formidable, y aniquilado ahora en su raíz por los Franceses, no es ya por justa disposición de la Providencia, más que un espantajo, una fantasma vana?

¿No véis que vuestros brazos son el último recurso a que han apelado para prolongar por algunos instantes las convulsiones de su despotismo moribundo?

¿Es posible que os acobarde la presencia de esa gavilla despreciable de Europeos, que os custodia en vuestra retaguardia, sin exponerse jamás a nuestro fuego? Americanos, tanto temor no debe caer en pechos varoniles, es propio de esclavos bajos y muy viles.

Acordaos que sois Americanos, volved luego a las bayonetas contra esos pérfidos, y volad a nuestros campamentos.

Si vuestras almas se abren fácilmente a las impresiones del miedo, sabed que corre menos peligro vuestra vida en tomar esta resolución tan fácil, como honrosa, supuesto que sois diez mil contra ochocientos, que exponeros a ser víctimas de nuestro justo resentimiento.

Es irracional, es insensato, el proyecto de oponerse al ímpetu de toda una Nación levantada por su independencia, no es posible desconcertar los planes de nuestro Padre y Libertador, concebidos con la más profunda sabiduría, que han puesto ya en combustión a todas las Provincias por su libertad.

Todos nuestros enemigos van a ser reducidos a polvo por el intrépido Allende, e hijo favorito de Marte, nuestro Capitán invicto, en cuyo elevado y generoso espíritu brillan todas las prendas militares que la Europa admira en el Corso, sin la ambición asoladora que obscurece las virtudes de aquel Monstruo.

Fuente:

Independencia Nacional. Tomo I. Antecedentes – Hidalgo. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México. México. (Primera edición 1986-1987) Segunda edición 2005. Páginas 291-297. Tomado de El Despertador Americano. Jueves 3 de enero de 1811. Facsímile. Hemeroteca Nacional. Fondo Reservado.