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Siglo XIX > 1810-1819 > 1810

Parte de Torquato Trujillo al Virrey, de la acción que sostuvo contra Miguel Hidalgo en el Monte de las Cruces.
Chapultepec, 6 de noviembre de 1810.

Exmo. Sr.

El día 27 adquirí en Toluca por una partida de dragones que tenía destacada en el puente de Don Bernabé y por mis espías noticias que me determinaron a atacar a los insurgentes que se hallaban en Ixtlahuaca o en las alturas inmediatas.

Ya me hallaba en marcha cuando a las siete de la noche me encontré a la partida del mismo puente que se retiraba precipitada y fugitiva por los enemigos, cuyo extraordinario número me exageró.

Perdido ya el puente y las posiciones inmediatas fue preciso invertir mi marcha y retirarme a Lerma, distante cinco leguas, que me ofrecía una buena posición en su puente.

Llegado allí a las doce de la noche dispuse una cortadura y formé un parapeto en términos que un corto número de tropas pudiese sostener aquella principal avenida, y tomé después de reconocidas mi derecha e izquierda las ordinarias disposiciones de cubrir ambos costados.

En todo aquel día no se avistaron los enemigos, pero sospeché y lo confirmé el siguiente 29, que habían marchado hacia el puente de Atengo para pasar por él y envolver mi posición que distaba cinco leguas.

Con esta prevision destaqué una partida y oficié al subdelegado de Santiago Tianguistengo la auxiliase con los trabajadores necesarios para cortar aquel puente, único paso para los enemigos; pero esta operación se ejecutó mal y quedó frustrada mí precaución.

Hecha la descubierta del 29 se presentaron los enemigos en bastante fuerza aparentando atacarme por el camino de Toluca.

Conocí ser fingido este ataque, y que el verdadero lo dirigirían por el referido puente de Atengo, que yo suponía cortado.

Contra los del camino de Toluca salió el capitán del regimiento provincial de las Tres Villas D. Pedro Pino con su compañía, que los ahuyentó, matándoles algunos y haciéndoles prisioneros.

Volvieron a cargar, pero fueron de nuevo perseguidos por el capitán de dragones de España D. Francisco Bringas, y un corto número de los patriotas que mandaba, ahuyentándolos más de una legua, matando y haciendo prisioneros, todo con un valor y bizarría digna del mayor elogio.

En este estado recibí parte del comandante de la izquierda situado en el puente de que los enemigos se dirigían a él y pidiendo le enviase refuerzos.

Así lo verifiqué, destacando al capitán de las Tres Villas Don Antonio Argüelles con cincuenta hombres de su cuerpo, y al de dragones de España Don José Pérez con veinte caballos.

Los rebeldes forzaron el paso antes que llegasen estas tropas, las cuales hicieron frente a las enemigas, y me participaron que se dirigían por el camino o de Santiago a tomarme la espalda y ocupar el camino único para mi retirada.

Sin perder instante mandé orden a las dos compañías del principal de México que marchaban a reunírseme, de que, retrocediesen y se situasen en el Monte de Las Cruces, paso indispensable para esa capital.

Hice marchar también a el uno de los batallones de Tres Villas, dejando al otro para sostener el puente de Lerma a las órdenes de su sargento mayor D. José Mendívil, y dando a todos mis puestos por reunión general el de las Cruces, me dirigí allá activando la marcha de las tropas para prevenir a las enemigas que trataban de ocuparlo con una marcha rápida, logrando yo ganar media hora a los Insurgentes que se nos acercaron a las cinco de la tarde; pero fueron reprimidos por el fuego de la gran guardia y avanzadas.

En este punto se me reunieron Mendívil y el capitán Bringas, que sostuvo con la caballería su retirada del Puente de Lerma a las cinco de la tarde, dejándolo aún defendido por el capitán de Tres Villas D. Pedro Pino que se ofreció voluntariamente con veinte y dos hombres, teniendo a su frente una columna como de dos mil enemigos, a pesar de lo cual no abandonó su puesto hasta bien entrada la noche.

Reunidos todos en las Cruces, fuimos atacados a las ocho de la mañana del 30, empezando la acción por la gran guardia de caballería del camino real, la cual obró con mucha bizarría hasta el extremo de que un cabo y cuatro dragones se mezclaron peleando con más de cincuenta enemigos, en los que hicieron grande estrago a costa de quedar muerto el cabo y heridos dos de los dragones.

El bizarro Bringas salió de la posición, mató algunos enemigos y rechazó los restantes hasta perderlos de vista, y proporcionó que supiese por uno de los prisioneros que trajo, que todas las fuerzas enemigas debían atacarme dentro de breve rato.

Distribuí la mía aprovechando las ventajas del terreno, y prometiendo buena recompensa a mis soldados si se portaban bien, gritaron todos que preferían a cualquier otro interés la gloria de pelear como soldados fieles a su rey y a su patria.

A esta hora llegaron a mi puesto los dos cañones que V. E. me remitió con la escolta de cincuenta patriotas, dirigidos por D. Antonio Bringas, y ciento cincuenta lanceros de caballería de las haciendas del benemérito patriota D. Gabriel de Yermo, todo al mando del teniente de navío de la real armada D. Juan Bautista de Uztariz, a quien ordené dispusiese la colocación de los dos cañones en los puestos que me parecieron más ventajosos, cubriéndolos de ramas para ocultar su vista a los enemigos y aumentarles la confianza para que avanzasen.

Dispuse así mismo que las partidas de guerrilla se fuesen replegando con orden a mí línea, sin empeñarse en acción alguna hasta estar a mi inmediación y hacer mayor destrozo en los enemigos.

Serían las once de la mañana cuando los rebeldes se dejaron ver en columna de ataque, y a su cabeza cuatro piezas de artillería, siguiendo a estas las compañías de infantería de Celaya, el regimiento de la misma clase de provinciales de Valladolid, batallón de Guanajuato, siendo estos los que manejaban la artillería, y teniendo por costados y retaguardia el regimiento de dragones provinciales de Pátzcuaro, Reina y Príncipe con toda su caballería, compuesta de lanceros y demás paisanaje armado; precediendo a estos por frente y costados gran multitud de indios, cuya confusa gritería, creo no tenía otro objeto, sino el de intimidar a mis valientes soldados.

Vista la posición de los rebeldes y su inmediación a mi línea mandé romper el fuego a metralla a la artillería, que lo ejecutó con el tino y firmeza que este real cuerpo acostumbra, y se consiguió deshacer la cabeza de su columna, la que retrocedió y rompió los fuegos de su artillería con las cuatro piezas ya dichas, todo para imponer aunque su infantería no se disponía a atacarme como lo esperaba.

Advertido este movimiento dispuse que el valiente capitán Bringas saliese de la emboscada a donde lo tenía situado con los patriotas y lanceros, precedido de dos compañías de mí regimiento, la una de los cazadores que había nombrado al mando del subteniente D. Ramón Reyes, para que por el flanco derecho de los enemigos los atacase, valiéndose de la buena situación para la infantería y proximidad, para que la caballería les cargase luego que advirtiesen el movimiento de mi derecha, que era un monte inaccesible por su espesura de pinos y gran pendiente, a donde mandé dos compañías de dicho mi regimiento y otra del provincial de México: todas las conducía con mis órdenes el teniente D. Agustín de Iturbide, para que las colocase y dejase situadas, rompiendo el fuego sobre los rebeldes y sobre su flanco izquierdo.

Esto no llegó a tener efecto, pues a la medianía del monte se encontraron con los enemigos que subían y rompieron el fuego contra ellos, rechazándolos y causándoles una enorme pérdida, y de consiguiente los rebeldes notaron por el fuego mis movimientos y designio.

Bringas que tenía menos que andar y camino más despejado, no se detuvo en atacar a los enemigos, y lo mismo hizo el valiente subteniente D. Ramón Reyes con su compañía de cazadores, los que, parapetados con la otra de fusileros, rompieron un fuego graneado sobre las tropas de los rebeldes, que cargaron conociendo su riesgo, con toda su fuerza de infantería y caballería; pero nada bastó a hacer abandonasen su puesto en desorden, y si después de haber hecho un gran estrago en estas tropas que confiadas en la superioridad de su número creían arrollar las mías.

Tuvimos alguna pérdida en este punto; pero fue con extremo excesiva la de los rebeldes, y más de ofíciales de graduación que las conducían al ataque; y a este tiempo ocurrió la desgracia de que Bringas fuese herido gravemente en este punto, y aunque las tropas desmayaron algo por este accidente, no por eso Bringas perdió su serenidad y constancia, pues luego que sus patriotas lo pusieron a caballo, no dejó de hacer los esfuerzos que su honor y singular deseo por la buena causa le inspiraban, retirándose en el mejor orden a la posición de donde habían salido.

Las demás compañías de mi derecha se volvieron a replegar a la línea, pues el gran número de enemigos y lo dilatado del cerro, hacia entrasen hasta mi centro, por lo que me vi en la precisión de reconcentrar mí línea en el pequeño plano que hay sobre el camino real, a donde tenía colocado un cañón giratorio, y esperarlos saliesen fuera de los bosques a donde la metralla se aprovechase.

En el ínterin el sargento mayor D. José Mendívil sostenía con serenidad y bizarría la avenida principal de los rebeldes, y al mismo tiempo sostenía el otro cañón que constantemente les hacía un horrible fuego:

Mendívil se adelantó con dos compañías por su flanco izquierdo para aprovechar con más ventaja los fuegos, pues los enemigos hicieron otro movimiento sobre su derecha, y les hizo un fuego terrible, no siendo menos el que los rebeldes hacían con su artillería y fusilería; pero a pesar de su superioridad en número y facilidad que les ofrecía el terreno, no se atrevieron a adelantar un paso, y Mendívil, siempre firme, tuvo la delicadeza de no retirarse ni abandonar su puesto a pesar de estar herido, concluyendo en este punto con todas las municiones de artillería, y manteniendo con la infantería los puntos que le había destinado.

No puedo menos de recomendar a V. E. el subteniente D. Pedro Gutiérrez de Porta, quien con un valor ejemplar animaba la tropa y él mismo, viendo que eran muertos dos artilleros y otros dos heridos, se honró con el ejercicio de tal, ayudando a los demás restantes pará que no cesasen los fuegos: tuve el gusto de presenciar esta acción, como otras de los soldados de mí cuerpo, agregados al servicio de artillería, y al mismo tiempo el grande sentimiento de que un oficial tan bizarro pereciese en aquel punto, dando hasta la última hora las señales más ciertas de su honor, y deseos por el mejor éxito V. E. espero dará la debida recompensa a la familia de un oficial tan benemérito

Viendo los rebeldes que por el camino real nada podían adelantar, y que toda su indiada estaba arredrada y mucha parte muerta, no pudiendo conseguir entrasen más a donde encontraban la muerte, subieron a el abrigo de la espesura de los montes para atacarme por mis flancos y retaguardia; así lo hicieron por espacio de tres horas, y en grande número principalmente de sus tropas y lanceros de caballería, estos cobardes en esta situación y la salida del monte sobre el plano que yo me había situado, me propusieron varias veces fuese tan rebelde e infame como ellos, y hasta oficiales de mi mando creídos en que sus proposiciones eran tan justas como la causa que defendíamos, me hicieron salir tres veces al frente de mi línea para tratar con dichos rebeldes, acompañado del ayudante mayor del regimiento de las Tres Villas D. José Maldonado, y oyendo sus disparates y seducción grosera, los acerqué hasta bien inmediato de mis bayonetas, y recogiendo el teniente coronel D. Juan Antonio López un estandarte de N. S. de Guadalupe que venía en las sacrílegas manos de estos infames, mandé la voz de fuego a la Infantería que tenía, con lo que concluí con la canalla que tenía delante y las seducciones, quedando libre de que me volviesen a molestar para tales cosas.

En esta situación el capitán Bringas, que a pesar de estar moribundo exhortaba a sus patriotas con las voces de: vamos adelante hijos míos y no nos dejemos vencer: haciéndome notable falta este oficial, a pesar de que el capitán de dragones de España D. Joaquín Pérez y el teniente del mismo regimiento D. José Villamil con sus dragones y la demás caballería, auxiliados con mi infantería atendíamos a todas las salidas del bosque, atacándolos donde se presentaban, y siempre rechazándolos y haciéndoles volver la espalda.

En esta situación peleamos hasta, las 5 1/2 de la tarde, hora en que las municiones estaban concluyendo, y que los enemigos habían salido por mi frente del camino real, y establecido sobre su derecha una batería a donde enfilaban mi situación: me dirigí, al cañón giratorio y haciéndoles fuego sobre dicha batería al tercer tiro les acallé sus fuegos incendiándoles un cañón de madera y otro de bronce con los cortos tiros que me quedaban, y reflexionando la mucha fatiga de mi tropa, la falta de víveres que tenía hacía dos días, en los cuales se comió con la mayor escasez, la falta total de municiones de artillería, los enemigos que cada vez se reforzaban sobre el camino real de mi espalda, y que era forzoso conservar 4 o 5 cartuchos de fusilería para emprender mi retirada por trozos que era el destino de mis tropas, fui el primero que después de dar las competentes órdenes por el teniente Iturbide y el comandante de la artillería Uztariz, de que la artillería fuese clavada, desfondada y luego despeñada, lo que supe fué ejecutado conforme lo previne; me puse a la cabeza de dos compañías de mi regimiento para desalojar a los enemigos del puente y camino real de mi espalda que se habían apoderado y cargaban en gran número:

Me dirigí en columna cerrada, y marchando les hice fuego de frente y derecha, con lo que los hice auyentar, siguiendo mi marcha en la misma forniacion y continuando la demás tropa y oficialidad a mí ejemplo, y no sin trabajo, pues los rebeldes estaban emboscados en toda la orilla del camino, y a todos los molestaban sin tener valor para presentarse a cuerpo descubierto a pelear, y tenía el sentimiento de que así no lo hiciesen para haber acabado con cuantos me incomodaban, pues mi tropa siempre firme y en unión a donde se presentaban, eran desechos por la fusilería:

En esta formación y causándoles varios muertos llegué hasta la venta de Cuajimalpa, a donde tomé posición para rechazar un trozo de su caballería, que envuelta con alguna de la mía, venía molestándome y seduciendo mi tropa, hice fuego sobre todos, los dispersé y maté a varios de estos ladrones.

Seguí mi marcha con mi tropa hasta Santa Fe, donde pasé la noche.

Recomiendo a V. E. todos los soldados en general y de todas armas que se hallaron en esta gloriosa acción, y muy particularmente a todos los sargentos de mi regimiento, pues no hubo quien se separase de sus compañías, dando un ejemplo singular.

El teniente D. Agustín de Iturbide, que estuvo a mis órdenes, cumplió con tino y honor cuanto le previne, no separándose de mi inmediación en toda la retirada: y asimismo mandé al teniente D. José Obregón, como ayudante, cuanto creí conducente durante la acción.

El ayudante del regimiento de las Tres Villas D. José Maldonado, a pesar de su escasa salud dió un buen ejemplo de firmeza y pericia militar, y el capitán D. Felipe de Robledo y Torre salió de los últimos con mucho riesgo, pero con valor y escarmentando a los rebeldes.

Todos los demás oficiales cada uno de por sí hizo cuanto las circunstancias le ofrecieron, y el capitán D. Antonio Argüelles maniobró con su compañía en varias ocasiones con mucho valor y decisión.

No puedo detallar la pérdida de oficiales y tropa hasta que el tiempo aclare la verdad, pero graduó entre muertos, heridos y prisioneros una tercera parte de mi fuerza; y participaré a V. E. por noticias verídicas los nombres de los que han muerto tan gloriosamente, para que sus mujeres y familia tengan la debida recompensa; calculando la pérdida de los rebeldes entre muertos y heridos en 2000 hombres, acorde a lo que observé y a las noticias exactas que posteriormente he tenido.

Chapultepec 6 de noviembre de 1810.

Dios guarde a V. E. muchos años.

— Exmo. Sr. Torcuato Trujillo.

— Exmo. Sr. Virrey D. Francisco Xavier Venégas.

Fuente:

Independencia Nacional. Tomo I. Antecedentes – Hidalgo. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México. México. (Primera edición 1986-1987) Segunda edición 2005. Páginas 379-385. Tomado de Hernández y Dávalos. Colección...., vol. 1, doc. 120, pp. 208-211.