Siglo XIX
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1810-1819
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1810
El oidor don Juan José Recacho, desde Acapulco, da parte al virrey de la acción de la Barca y de la retirada con el santísimo sacramento, hasta Guadalajara.
Acapulco, 31 de diciembre de 1810.
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NÚMERO 177 - Tomo II
Excelentísimo señor.—
Inteligenciado de que no ha llegado a noticia de vuestra excelencia las acciones de la Barca del 3 y 4 de noviembre próximo, ni mi retirada a Guadalajara por orden del señor comandante general; paso a dar parte a vuestra excelencia de que el día 30 de octubre reunido con el capitán don Antonio Corbaton salí de Atequizar con dirección a la Barca, y llegué con toda la gente a Poncitlán, a donde pasé la noche habiendo tomado los pasos del río para que no tuviera noticia alguna el enemigo de mi movimiento;
El 31 salí de Poncitlán y llegue a Sula, y habiéndome acampado al otro lado del río para no detenerme el día siguiente, salí después de haber comunicado a los capitanes el plan de ataque de la Barca con la noticia de que allí se hallaban los rebeldes en número de cuatro mil, mandados por un Godinez; pero a tres leguas del pueblo dijeron varios hombres que hallé en el camino que los enemigos habían huido el día antes embarcándose con precipitación para pasarse al otro lado del río con dirección a la villa de Zamora;
Pero a pesar de la conformidad de todos los que examiné en el camino hice alto en la inmediación, y después de haber dividido la gente en tres columnas envié la compañía de caballería de voluntarios europeos al cargo del capitán de dragones don Juan José de Echarte para que explorase todo cuanto me podía conducir; y no advirtiendo novedad, formada en ala hiciese alto fuera del tiro de fusil del pueblo, y a mi ayudante don Joaquín Castañeda para intimarle su rendición, y a los principales y gente que hubiese con armas que saliesen sin ellas fuera; así lo ejecutaron todos los que allí se hallaban, y a su cabeza el clero repicando al mismo tiempo las campanas;
Me dirigí por la calle principal a la plaza, habiendo dejado la población rodeada por cuatro compañías de lanceros, y habiendo formado en aquélla la demás gente, hice entrar la del pueblo, y después de haberles leído un capellán el edicto de la Santa Inquisición contra el cura Hidalgo y sus secuaces, y fijándolo en la puerta de la iglesia, publiqué a nombre del rey indulto para todos los que se presentaran y avisaran de las gavillas que habían convocado y reunido los cabecillas Godinez, Alatorre y Huidrobo, el último con el título de inspector del cura Hidalgo, y los otros con el de capitanes; después de haber tomado las providencias de precaución que me parecieron precisas, se cantó el Te Deum, y di inmediatamente cuenta de todo a vuestra excelencia y al gobierno de Guadalajara por medio de extraordinarios.
El día siguiente lo di de descanso a la tropa sin novedad; pero el 3 en la mañana avisó el vigía que tenía en la torre, que por el camino de Zamora al otro lado del río se divisaba a bastante distancia una gran polvareda, y habiéndola examinado por mí mismo con el anteojo, conocí que era levantada por un crecido número de gente, y habiendo puesto a la mía sobre las armas, se comenzaron a distinguir los enemigos en pelotón a pie y a caballo con dirección a las barcas, extendiéndose otro al mismo tiempo a la derecha por la orilla del río con el intento de pasarlo a nado, pero habiendo conocido su intención situé el cañón del lado de acá del río en el paso de las barcas, que de antemano tenía recogidas;
Y tendidas por los puntos amenazados la compañía de granaderos provinciales de Guadalajara al cargo de su capitán don Manuel del Río, y las dos de voluntarios europeos al de sus capitanes don Antonio Corbaton, y don Juan José de Echarte con dos compañías de lanceros formando las otras cuatro a espaldas del pueblo para cubrir la de los que defendían los pasos; los enemigos luego que estuvieron a tiro rompieron el fuego con un cañonazo de metralla que hirió a un lancero quebrándole un brazo;
Pero se les respondió tan vivamente con nuestro cañón que antes de tirar cinco tiros el enemigo tenía el suyo desmontado y algunos muertos, entre ellos uno de sus cabecillas, que luego me dijeron los prisioneros era teniente coronel nombrado por Hidalgo, haciendo al mismo tiempo bastante daño el fuego graneado de las compañías, dirigido a los que se acercaban a la orilla opuesta, hasta que después de una hora de fuego volvieron la espalda los enemigos en precipitada fuga, pero habiendo yo notado que algunos se habían quedado ocultos en unas cercas inmediatas, mandé al capitán de dragones don Juan José de Echarte que pasase al otro lado del río con diez granaderos y diez voluntarios europeos para quemar las cercas, como lo ejecutaron, trayéndose siete prisioneros, tres mujeres y varios caballos con algunos despojos, habiendo todos, tanto oficiales como soldados, mostrado el mayor valor, sin otra novedad en aquel día.
El siguiente a la una y cuarto de la tarde me dio parte el vigía que comenzaba a salir con precipitación mucha gente de un monte inmediato al arrabal de San Pedro, y que se dirigían al pueblo a toda carrera; tocada generala, se puso la gente sobre las armas; pero por haber avisado el vigía que rodeaban la población, y que no había lugar para salir a encontrar los rebeldes fuera de ella, determiné esperarlos en la plaza, tomando la principal avenida con el cañón y treinta fusiles, repartiendo los restantes en las demás, dejando en el centro la caballería formada en columnas a retaguardia de la infantería para salir cuando conviniera.
Sin haberme dejado más tiempo que el preciso para recibirlos en orden, se presentaron los enemigos por la avenida principal de la iglesia, en un pelotón como de mil hombres a pie y pocos de a caballo, tirando piedras con las hondas y avanzando osadamente a la boca del cañón; pero habiéndolos dejado acercar a tiro de fusil, mandé hacer fuego a metralla que hizo un estrago horrible; lejos de amedrentarse como creí, se cerró el pelotón otra vez siempre avanzando con una temeridad increíble, hasta que los repetidos tiros de metralla y de la fusilería que sostenía el cañón los escarmentó; pero no de manera que se separasen mucho.
Al mismo tiempo en las otras cinco avenidas cargaban en excesivo número, pero por todas partes fueron rechazados por los fusiles valerosamente.
Viendo yo que los enemigos habían retrocedido, y guarnecídose a las bocacalles de las que desembocaban en las principales, mandé a los capitanes de la caballería que saliesen con espada en mano a dispersar los rebeldes que a pie y a caballo se mantenían en todas las calles, asomándose por sus bocas, y haciendo fuego con las escopetas que traían y siempre a los oficiales.
Salieron efectivamente los capitanes don Agustín Chafino, don Felipe Inchausti, don Dionisio Cabañas y don Francisco Pacheco, y después de haber hecho perder terreno a los enemigos por todas partes, matándoles o hiriéndoles mucha gente, advirtieron que era en demasiado número la que les cargaba por todas partes, por lo que se retiraron, trayéndome la sensible noticia de que el capitán Chafino, que por su fogosidad y valor salió antes de acabar de dar la orden, después de haber cogido una bandera y muerto al que la traía, había caído de un pistoletazo y recibido una multitud de lanzadas por haberse cortado con cuatro o cinco de los de su compañía.
También volvió herido mortalmente el capitán don Felipe Inchausti de un pistoletazo y una lanzada, y don Dionisio Cabañas, con una pedrada en el brazo derecho.
Cuando estábamos en lo más reñido de la acción, me avisó el vigía que de la otra parte del río, por la misma que nos había atacado el día antes, se veían como mil hombres a pie y a caballo; pero habiéndose felizmente encontrado con un destacamento de caballería mandada por el capitán Echarte, que volvía de evacuar la comisión que le había dado aquella mañana, trayendo doscientos caballos que fue a recoger en las inmediaciones, fueron los enemigos atacados valerosamente por dicho capitán, de cuya acción me dio el parte siguiente:
“Concluida felizmente la comisión que vuestra señoría me encargó en esta mañana de recoger los caballos que encontrase de los enemigos o de la hacienda de Buenavista, al acercarme con más de doscientos al paso del río por la banda opuesta de este pueblo, advertí mucho número de hombres a pie y a caballo, que puestos en el punto del embarcadero impedían con osadía el trasladarme a la otra banda, con este motivo dispuse mi corto número de tropa compuesta de los voluntarios europeos cabo don Manuel Cobo Pardo, don José González, don Fernando Ruvalcaba, don Eugenio Pardo, don Miguel de Irribarren y don Francisco Rodríguez, con veinticuatro lanceros de cuera, y su comandante don Francisco Ordoñez, formándolos en círculo para hacerles ver nuestra situación arriesgada, y la mala suerte que corrían nuestros compañeros atacados en el pueblo, sino contribuíamos a desbaratar con todo nuestro esfuerzo a aquel número de enemigos que teníamos al frente;
Fácil me fue persuadirlos, pues todos de conformidad se prestaron con el mayor gusto, y formados en dos columnas, llevando la primera fila cuatro escopetas a vanguardia, acometimos a los enemigos, y después de dos horas de combate, tengo la satisfacción de remitir a vuestra señoría ciento cincuenta y siete prisioneros, entre ellos cuatro capitanes, y dejar muertos setenta y tres en el campo, y muchos heridos que han huido por no poder perseguirlos a causa de la poca fuerza con que me hallo para atender a todas partes; por mi parte he tenido un ahogado que precipitadamente se echó al río a caballo.
Este es el resultado que tuvo mi comisión, y de los caballos que conducía sólo pude asegurar veintidós que están en mi poder; lo que pongo en noticia de vuestra señoría para su debida inteligencia, y que me veo en la precisión de hacer fuego con los seis europeos de mi compañía a una columna de más de doscientos caballos que tratan vigorosamente de atacar el pueblo por el ala derecha a orilla del río.
Por el resultado de la acción se hará vuestra señoría cargo del valor y serenidad con que se han portado los de mi división, en particular los 7 europeos, incluso Ordoñez.—
Al otro lado del río de la Barca 4 de noviembre de 1810.—
Juan José de Echarte.—
Señor coronel don Juan José Recacho”.—
Dicho capitán se restituyó a la plaza por la barca única que se había dejado en el río conduciendo 157 prisioneros inclusos 4 capitanes, y siguió inmediatamente trabajando en varias salidas siempre con buen suceso; los enemigos siguieron atacando con la mayor porfía hasta el anochecer en que después de seis horas de fuego se retiraron, quedándose siempre a la vista; luego mandé desmontar dos compañías de lanceros, y tomé todas las avenidas de la plaza con gruesas vigas, para dar descanso a la tropa;
Hice junta de capitanes aquella noche, y después de haberlos oído resolví la retirada por medio de los enemigos, la mañana siguiente, en virtud de tener muy pocas municiones y ningún arbitrio para facilitar víveres a la tropa, y forraje a los caballos; efectivamente a las 8 de la mañana después de haber observado la posición de los enemigos, que a una legua del pueblo se percibía comenzaba a formarse en el camino de Sula que debíamos tomar, salí con toda la gente formada en una columna de diez hombres de frente precedida del cañón, llevando en el centro los prisioneros.
A media legua encontré al señor cura con sus clérigos y el santísimo sacramento, que había sacado de su iglesia cerrándola en virtud del entredicho que debía declarar vista la obstinación de su pueblo, cuya mayor parte de habitantes se había unido a los rebeldes para atacarnos el día anterior y estaba incorporada con ellos; hice al cura que subiese con su majestad a un coche en que llevaba los heridos, y seguí mi marcha con dirección a Sula, en donde pensaba fortificarme al otro lado del río para esperar socorro de municiones de Guadalajara.
La conducta y valor de los soldados y oficiales en la acción del día anterior fue tan singular, que se hace increíble que 500 hombres, 400 de ellos sin disciplina y casi sin organización, con sólo un cañón de 4 y 140 fusiles, resistiesen y ahuyentasen 6,000 según las declaraciones de los prisioneros, que se presentaron desesperados con bandera negra, atacando con tanta brutalidad que en los primeros tiros del cañón no se desperdició un grano de metralla, habiendo alguno tan bárbaro que se agarró de la misma boca.
El valor de la compañía de granaderos provinciales de Guadalajara fue extraordinario, como también el de los voluntarios europeos, a cuyos fusiles y escopetas se debió la salvación de toda la gente, conduciendo sus oficiales don Juan José de Echarte que quitó una bandera, don Antonio Corbaton, don Andrés Pelayo, don Martín Cariaga, don Ramón Rionda y don Joaquín Fraile con un valor y serenidad admirables sosteniendo el cañón constantemente hasta que se retiraron los enemigos;
También contribuyó al buen éxito la presencia del capitán de granaderos don Manuel del Río, y el espíritu del teniente don Juan Peña, como también la prontitud con que mis ayudantes don Joaquín Castañeda, don Narciso Salinas y don Tomás Bermudo llevaban mis órdenes a los puntos necesarios.
No debo pasar en silencio el servicio del cabo de voluntarios don Juan Valdés, quien se mantuvo en la torre desde antes que comenzase la acción hasta que se concluyó, avisándome con oportunidad de los puntos a donde más cargaban los enemigos, disminuyendo siempre su número con discreción para que no cediera la constancia de los nuestros, que todo lo oían, y dándome los avisos con la mayor serenidad a pesar de las pedradas y fusilazos que le tiraban desde las bocacalles inmediatas.
También se distinguió don Francisco Pacheco, quitando a los enemigos en una salida una bandera negra de las que traían; puedo asegurar finalmente a vuestra excelencia que no hubo uno que no cumpliese con su deber.
La pérdida de los enemigos fue mucha según la proximidad y visible estrago de los fuegos nuestros, y según el cálculo del vigía que estaba viendo la multitud de gente que los arrastraba y quitaba de en medio, encerrándolos en las casas.
Se hicieron también 300 prisioneros, sin poderse contar los heridos, cuyos rastros de sangre se percibían por el camino; de nuestra parte murieron los capitanes Chafino e Inchausti, un granadero, cabo de voluntarios europeos don Facundo Antonio de Otero, y 12 lanceros, habiendo salido heridos el capitán don Juan José
Echarte ligeramente de una muñeca de una cuchillada y en un muslo de una lanzada, don Juan Pedraja de la compañía de Echarte con una cuchillada en un brazo, y don Francisco Terricabra y don Ignacio Urquité de la compañía de Corbaton, el padre fray Anselmo Ocotor del orden de San Francisco de un balazo en un muslo, 2 granaderos de lo mismo, otro quemado por habérsele prendido fuego a los cartuchos en lo vivo de la acción.
Los lanceros a pesar de casi haberse quedado sin oficiales cumplieron completamente con su deber, habiendo 20 heridos además de los muertos sin muchas ligeras contusiones que casi todos recibieron de las pedradas.
A las dos leguas de mi marcha recibí orden del comandante general para que me replegase a Guadalajara, y luego me dirigí a marchas dobles a aquella ciudad, que ya en confusión por el suceso de Zacualco, destruyó la buena disposición de las compañías de lanceros y de la de granaderos como ya di parte a vuestra excelencia.
En la retirada sólo a la mitad del camino de Sula a la Barca se me presentaron dos pelotones, uno de a pie en la falda de una loma y otra de a caballo en la punta de la misma; pero luego que vieron desplegar a mi gente al primer cañonazo huyeron, ocultándose en el monte con tanta celeridad que una compañía de caballería que destaqué no pudo alcanzarlos; sin que volviese a ocurrir otra novedad.
Todo lo pongo en noticia de vuestra excelencia para su inteligencia, y porque no queden sepultadas en el olvido unas acciones que deben ser atendidas.—
Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.
Fortaleza de San Diego de Acapulco 31 de diciembre de 1810.—
Excelentísimo señor.—
Juan José Recacho.—
Señor virrey, gobernador y capitán general de Nueva España don Francisco Javier Venegas.
Fuente:
J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.
Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html
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