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El Anti-Hidalgo. Cartas de un doctor mexicano al señor Hidalgo
Apróx. Diciembre de 1810.

NÚMERO 256 - Tomo II

CARTA PRIMERA

De un doctor mexicano al bachiller don Miguel Hidalgo Costilla, ex-cura de Dolores, ex-sacerdote de Cristo, ex-cristiano, ex-americano, ex-hombre, y generalísimo capataz de salteadores y asesinos

Conversión de tu infeliz alma: Degradación y horca.

Bajo estos títulos y dictados que tanto mereces, te dirige sus justos votos un individuo de ese claustro que honras llamándolo: cuadrilla de ignorantes.

Para hablar contigo, debiera saber en qué eres sabio, y cuál es el lenguaje que entiendes mejor, y el estilo que más te pica y hiere.

Mas confiésote que yo no sé lo que tú sabes; si alguna o ninguna de las ciencias que por tu antiguo título de bachiller aprenderías para lograrlo; o alguna o ninguna más humilde y llana de las que podrían servirte de adorno.

Ignoro si ahora serás teólogo, canonista, o nada; si habrás leído la sagrada Escritura, que sacrílegamente desprecias y niegas; o si los cánones sagrados, que escandalosamente violas y atropellas.

Se me oculta también, si has dado en veinte años alguna ojeada a los santos padres y doctores de la Iglesia, a los expositores de la Biblia, y a los autores de la moral cristiana, pues blasfemas de aquellos, e insultas a éstos con tu conducta y máximas abominables.

Sé, que no has saludado nuestra sabia legislación; que nada entiendes de política; que eres peregrino en la historia, y que no has leído jamás un buen filósofo.

El poco uso del breviario, habrá hecho que olvidases en este largo periodo de años las lecciones y máximas del espíritu divino, la doctrina de la Iglesia y los ejemplos de los santos allí contenidos.

El manejo sacrílego e irrisorio del misal, no habrá dejado en tu mente profana vestigio alguno de las sentencias de nuestro adorado redentor y maestro, de las de sus apóstoles, ni del espíritu contenido en las tiernas oraciones y augustas ceremonias con que se celebra el incruento sacrificio.

La burla interior con que habrás administrado los sacramentos, borradas tendrá de tu endurecida alma las sublimes ideas de la gracia que confieren, y la noción de estos mismos vicios que te dominan.

El abuso del ministerio de la divina palabra ha puesto el sello a tu espantosa ignorancia, y por grados te ha ido reduciendo al estado de estupidez y barbarie, en que puede hallarse el cafre o caribe más idólatra y sanguinario, que sólo ve dentro de sí la imagen del robo y asesinato, que sólo siente impulso para cometerlos, y que con sangre humana se saborea y deleita solamente como tigre avezado a beberla.

Te conocí antes como a un escolástico sombrío, taimado y sofista; orgulloso siempre cuando pisabas la arena literaria; y siempre mordaz y de mala fe cuando manejabas las armas de la escuela.

Algunos desde entonces auguraron de ti que serías perverso, si hallabas circunstancias que ofrecieran impunidad al desfogue de tu soberbia luciferina.

Yo pensé con equivocación, que en el cieno de la lascivia se apagasen los fuegos que se traslucían estar devorando tu corazón fementido, rencoroso y propenso a odiar y dañar.

Creí que la pasión de los brutos embotase todos los aguijones de tu ambición y orgullo, y que en los brazos de Venus expirarías temprano, sin poder pasar al bando opuesto de Marte, arrebatando sus rayos y furores, para derramar sangre de los que aborrecías ya entonces.

Mas vemos por fin reunidos en tu persona y conducta los extremos de todos los vicios, y las contradicciones más espantosas de las pasiones humanas, y para que nada falte al diseño de un monstruo de nueva ralea, vemos la hipocresía más astuta, eludiendo las pesquisas vigilantes de los celosos atalayas de Sion y de Jerusalén, del santuario y del trono, como tortuosa serpiente que se oculta para esparcir su veneno.

Mirándote ya (con asombro y escándalo de la religión, con vergüenza y pena inexplicable de nuestra patria, y con daño incalculable de nuestros hermanos, tanto de los que persigues como de los que seduces, y con mayor perjuicio, aun de estos miserables que no penetran tus miras ulteriores) mirándote digo, sin máscara de disimulo al frente de los rebeldes forajidos, enarbolar el estandarte de la impiedad, del crimen y de la muerte, nos obligas a todos a empuñar la pluma contra tus delirios y errores, y la espada contra tus atentados y atrocidades inauditas.

Una y otra arma quiero manejar contra ti, para confundirte, y borrar tu nombre de sobre la tierra que profanas y contaminas.

Si en tu edad medio decrépita eres hombre para medir tus fuerzas, y para manifestar si hay denuedo en un traidor, que se cerca noche y día de una turba de carniceros y toreadores para asegurar su existencia proscrita; sal al campo orgulloso gigante, Goliat blasfemo, que yo iré a ti con el cayado y con la honda, te derribaré en tierra al primer golpe, cortaré con tu mismo alfanje morisco tu cabeza altiva y petulante, daré tu cuerpo por pasto a los tigres y aves de rapiña tus semejantes, y haré verte a ti y a los tuyos, que hay Dios en Israel, este Dios fuerte y justiciero de quien te quieres reír y burlar impunemente.

Iré ¿y sólo yo? ¿No irán volando todos los americanos de todas clases y castas, a lavar en tu sangre la mancha que quieres echar sobre nuestra fidelidad, religión y nombre?

¿No lo desean todos, desde el mayor hasta el más pequeño de cuantos componen en el pueblo de Abraham la herencia de Jacob, la tribu predilecta de Benjamín, del hijo último, y del más tiernamente amado de Dios y de su Iglesia, de nuestro rey y de nuestra madre valiente, leal y generosa la España?

El espíritu heroico y sagrado de ésta circula en nuestra sangre; y lo que ella ha hecho y hace para contener y escarmentar al mayor de los monstruos del mundo antiguo, lo haremos también para sofocar, confundir, exterminar a su émulo y secuaz, al primero y último de esta raza, que ha abortado en este nuevo mundo.

Tú, como otro Ismael fiero, y padre de gentes feroces, vagabundas, rencillosas, entregadas a robos y violencias, quieres ser fundador de iguales hordas de salvajes rapacísimos.

Tú has levantado del mismo modo las manos contra todos, has puesto las tiendas de campaña frente a frente de tus hermanos; pues las manos de todos se alcen contra ti.

Todos juren no dejar las armas hasta desagraviar al cielo y a la tierra, insultados por este ismaelita, que intenta turbar, desunir y perder la familia del padre de los creyentes, y acabar con la escogida descendencia de su hermano Isaac, en quien el Señor acumula sus bendiciones.

Sí; uno es el clamor y juramento de estos habitantes, que ha resonado de mar a mar y hasta los últimos linderos de este imperio; cada cual exclama: no descansaré un momento hasta que sea arrancada y hecha trozos la lengua de este Nicanor, que ha blasfemado de Dios y de su madre; y hasta que esa su mano sea clavada enfrente del templo mismo a quien amenazó; del templo augusto de la reina de GUADALUPE, cuyo nombre excelso y consolador ha escarnecido y blasfemado, para autorizar sus rapiñas y sacrilegios, sus herejías y matanzas.

Sea pública, sea general, sea terrible la satisfacción que dé al orbe nuestra justicia irritada y nuestra lealtad y religión tan indignamente ofendidas.

Mientras expías tu atrocidad ¡oh monstruo! quisiera que hallasen en ti cabida las armas de la razón para tu desengaño, y las de la revelación para remedio de tu desventurada alma.

Esto me obliga a escribirte aunque estés excomulgado, porque busco tu salvación; y cuando en tu pecho obcecado y empedernido no hagan mella mis reflexiones, tal vez serán útiles y saludables a tus seducidos secuaces, o servirán al menos para vindicar el honor americano, y consolar la piedad estremecida y escandalizada de todos los fieles habitantes de nuestro suelo afortunado.

Sondearé tu malvado corazón y tus intenciones perversas, los motivos viles que te impelen, y los fines diabólicos que te propones.

Haré ver cuán contrario es este infernal proyecto tuyo a la razón, a la justicia, a la humanidad, a la religión, a la política, a la civilidad, a la moral, a la filosofía, a las bellas letras y a las nobles artes, al comercio y minas, a la agricultura, a las manufacturas, a la población y al crédito nacional en todo sentido.

¡Ojalá veas al natural tu retrato, y el abismo en que has caído, para que salgas con fruto de tu alma, a expiar en un patíbulo el cúmulo de todos los absurdos y atentados imaginables!

CARTA SEGUNDA

Muy enemigo nuestro: Si el sistema del doctor Gall tuviera fundamentos, y dentro de poco quisiese Dios que algún discípulo suyo reconociera tu cráneo, ¡qué protuberancias tan irregulares, tan monstruosas, tan fatídicas encontraría en él! ¡Qué órganos de rabia y furor sin ejemplo, de brutalidad en todo y para todo! ¡Qué dominante el en que resida el instinto maléfico, el impulso a dañar para dominar, a dominar para aumentar desventuras y calamidades, y a hacer males infinitos, a fin de que nada bueno quede en el país que el cielo destinaba para mansión pacífica del bien y asilo de todas las virtudes y virtuosos!

¿Con quién te hallara semejante en esta organización del cerebro?

Yo no dudo que será mucha la analogía con el de Mahoma y Napoleón, si por fortuna pudieran hoy mismo cotejarse.

En el rostro tienes mucha semejanza con el retrato de Sila, que hay en la Historia de la vida de Cicerón.

Como te conozco personalmente, he comparado los lineamentos que forman lo principal de tu fisonomía, y hallo que tienes cara de Sila, como los hechos también de Sila.

Cicerón lo calificó de bachiller y maestro consumado, en las tres facultades y vicios pestíferos de lujuria, crueldad y avaricia.

Él fue el que primero se mezcló en las guerras intestinas de Roma, y el primero que intentó las proscripciones inhumanas de los mejores ciudadanos; él, quien ejerció tan abominable método a sangre fría, con una crueldad nunca vista en Roma ni en parte alguna del mundo.

Declararse contra él fue delito que a nadie perdonó.

Tanta era su rapacidad e insolencia, que bastaba ser rico en tierras, dinero o alhajas, para ser reo en su concepto; y creía que era virtud la venganza y el asesinar a los ricos por hartar la codicia de sus feroces compañeros.

Para animarlos en las matanzas, llevaba una imagen de Apolo, y al acometerlas, besábala, haciéndola muecas en presencia de los bandidos, como si de ella esperara el favor y el triunfo.

En fin, él en su epitafio mandó poner: que nadie le había igualado en hacer mal a sus enemigos.

Señor cura Sila, ya te ahorrp el trabajo de buscar en Plutarco tu modelo, en Cicerón tu vivo dibujo, y en Veleyo Patérculo la historia de tus hazañas, cuando hablan de tu maestro.

No estarás entre el tumulto de tus atrocidades para leer libros, ni encontrar pintores.

Tu imagen corpórea, es Silana; las empresas ejecutadas por tu valiente frenesí, Silanas son: tu conducta y costumbres, tus miras y proyectos son Silanos; como Sila llevas una imagen, no de Apolo sino de la reina de los Ángeles, nuestra Madre Santísima de Guadalupe, y haciendo visajes y contorsiones de cuáquero para animar a los tuyos a cometer maldades en nombre ¡qué horror, y que escándalo tan impío! en nombre y con autoridad de esa princesa celestial, has llevado la demencia anticristiana a un punto, a que no hubiera llegado Sila pagano.

Sólo resta que luego pueda ponerse en un epitafio: aquí yace Sila, el párroco de Dolores, a quien nadie en la América igualará en hacer mal a sus enemigos, que eran todos los habitantes, ni en el escarnio de la religión cristiana.

Mas ya paso a sondear tu corazón perverso, a hacer disección y anatomía de esa entraña sin entrañas, de ese volcán de donde se ha levantado este fuego infernal, precedido y acompañado de pensamientos pésimos, de adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, avaricias, maldades, engaño, deshonestidades, ojo maligno y envidia, de blasfemia también, soberbia y locura tuya: ¡Oh cura vano y arrogante! Y así vemos en ti cumplido literalmente lo que Jesucristo, a quien niegas, renegado, ha dicho del corazón inicuo, del cual salen todas las maldades, inficionando la tierra, y provocando las iras del cielo.

¡Ah! villano (y no Hidalgo) sin rastro de pudor, hipócrita refinado, ya desenmascarado; di, anuncia, publica en este hemisferio los motivos secretos que te impelieron a esta escandalosa sublevación; ¿cuáles eran las quejas que abrigabas contra nuestro supremo gobierno, y cuáles las miras y esperanzas, si esto se trastornaba?

El odio innato en ti la nación católica y leal, que tiene la desgracia y sufre la pena de haber transmitido algunas pocas gotas de su sangre a ese corazón ferino, fue creciendo con la lectura de los insolentes e incrédulos declamadores contra el establecimiento de europeos, y especialmente españoles en el nuevo mundo.

No dudo que si hablases de buena fe, dijeras que aquel sacerdote apóstata de la religión cristiana, que escribió tal historia denigrando a todos los gobiernos, y atacando los incontrastables fundamentos de la Iglesia, cuando trataba de objetos bien diversos, traspasó a tu alma la audacia filosófica, la impiedad y espíritu de independencia, y sobre todo la aversión al nombre español.

Él quisiera verlo exterminado hasta en la casta criolla, hasta en los mulatos y mestizos que han nacido en las Américas, para que el nuevo mundo volviese entonces al estado de su antigua barbarie con solos sus antiguos idólatras, y así fuese feliz sin cristianismo ni gobierno, siguiendo como las bestias el impulso de sus pasiones brutas.

Tu plan es idéntico, como consta de las máximas de impía ferocidad con que intentas arrastrar los pueblos, para que ellos se labren la independencia y libertad de los brutos, quitando de en medio a cuantos amen el orden, y adoren al Dios verdadero.

Quieres que entonces queden solos en este dilatado campo, como animales que lozanean, pastan y destrozan a su antojo, sin freno ni estorbo, en los lugares incultos y frondosos, donde no pisó humana huella.

Entonces tú, como corifeo de la empresa, serías el sólo exento, y quedabas rey de asnos salvajes para mandarlos, y ser padre de otra descendencia proterva.—

Si este odio encarnizado no llegaba a hacer todo el mal que pretendías, entraba en tu ambicioso corazón otro plan, con otras esperanzas.

El reino debilitado, lleno de confusión y tumultos, vertiendo sangre en guerras intestinas, reducido a la anarquía más espantosa, se entregaría sin resistencia, o llamaría con ansia al tigre, que espía tales momentos para abalanzarse, y clavar sus uñas en la presa que le falta, y más que todas codicia.

En esta hipótesis se realizaban para ti las promesas hechas a los emisarios y a los que los ayuden, de premiar más a los que más sobresalgan en la carrera de los crímenes, y de hacer reyes en las provincias a los que con más sangre hayan amasado los cimientos de los tronos feudatarios, que pretende erigir aquí como en la Europa.

Tú has soñado sentarte en el de esa provincia que vas asolando; porque para esto te impelen también ciegamente otros motivos, personales.

Como nacido en ese suelo, has hallado en esto el derecho primordial de la soberanía para ti solo, porque sólo tú aborreces a tus semejantes, y puedes reinar como reinan los Napoleones, bien que en patrias ajenas y usurpadas.

Añádete más estímulo, para ser el tirano de tu tierra, el resentimiento de que antes no te hubieran hecho canónigo, y ahora obispo y diputado; de que el gobierno no te haya distinguido con estas honras y cargos para profanar más el santuario, y destrozar a tu salvo la grey del Señor; de que la provincia de Michoacán no te haya recomendado y pedido para su pastor, y no te eligiese para su representante; y de que creyéndote tú el más sabio y benemérito de cuantos habitan la Nueva España, no hayan ido a sacarte de la pocilga epicúrea, en que te estabas revolcando, para colocarte en el candelero, y confiarte los intereses más sagrados de la religión y de la patria.

Tú rabiaste y te enfureciste, cuando llegó a tus oídos la preferencia dada a otros, que despreciabas y aborrecías.

¡Cuál fue tu frenesí, cuando leíste la postulación de algunos cuerpos, para que su majestad les concediese el obispo benemérito que ha nombrado! ¡Cada palabra en su elogio, alteraba tu semblante, y taladraba tu envidiosa alma! Publicada la noticia, y postergado luego en el nombramiento de diputado, viste que era pasado el tiempo de esperar tales distinciones, y que debías apelar a las armas, a las furias infernales, y llevar a sangre y fuego el fuego de tu venganza, hasta que te bebieras la sangre de tus rivales y de tus protectores.

Poniéndola segur al tronco del árbol europeo, caían las ramas americanas, y todos eran leña para el incendio que acabaría con un gobierno, en tu concepto injusto, y que no encumbrándote al primer honor en la carrera eclesiástica, cometía un crimen imperdonable para tu soberbia.

Entonces apelaste a las promesas de Dalmivar, con quien por simpatía de maldad te entendiste desde luego.

La banda de general, y el cordón de la legión de honor, que o te dio, o te aseguró, en nombre de Napo-Demon, te trastornó el seso, y resolviste probar fortuna, y aventurarlo todo en la carrera del saqueo y asesinatos, antes que tus ideas te trasluciesen, y que tus añejos crímenes contra la religión, se pusieran en la balanza de un tribunal recto e inflexible, que ya sabías estaba observando tu conducta.

Quiero con la luz de la historia...

Mas las voces del pueblo cristiano conmovido, que corre al templo me interrumpen hoy.

Dicen que van a oír tus blasfemias y herejías en un edicto del Santo Oficio, que te llama a juicio, ya que del todo lo has perdido.

Dejo la pluma: corro también...

Ya he vuelto lleno de horror, de espanto, de indignación contra ti.

¡Oh justo Dios! Paréceme veros vibrando ya y arrojando rayos contra esa lengua impía, contra ese espíritu de error y blasfemia, y contra ese corazón el más depravado que aquí se ha visto.

Este público documento es la mayor prueba de cuanto llevo escrito.

Tú sin duda responderás al tribunal de la fe, lo que Lutero tu maestro a León X, cuando le mandó comparecer en Roma: que iría cuando tuviese veinte mil hombres armados.

Tú tienes por ahora algunos, con que insultas y provocas a la justicia divina y humana.

Nos amenazas a todos; te irritas; arrojas nuevas blasfemias contra el cielo y contra la tierra, contra la divinidad de Jesucristo y pureza de su divina madre.

Y yo quedo llorando tus extravíos y herejías, tus hechos atroces, y tus dichos execrables, y me postro en tierra para desagraviar a mi adorado redentor Jesús, y a mi dulcísima Madre Virgen María, de tus impiedades y herejías de todos modos manifiestas y practicadas, y pido para tu alma perdida, la intercesión de esta reina a quien ultrajas, y la gracia omnipotente del Hombre-Dios, a quien así maldices y persigues tan loca y desesperadamente, estando marcado con el augusto carácter de su sacerdocio eterno.

Es la mayor prueba de que te amo, siendo tú hereje y excomulgado, pedir en secreto tu salvación, ¡oh implacable enemigo nuestro! Porque Jesucristo mi bien, a quien persigues en sus miembros e hijos amados, y cuya doctrina y ejemplos vilipendias infamemente, de uno y otro modo nos manifiesta, cómo nos habemos de manejar con el traidor Judas hasta que él se ahorque, o lo ahorquen.

Sea esto segundo, para evitarte el delito de la impenitencia final y de un desesperado suicidio.

CARTA TERCERA

Monsieur Septembrizador: pues que en el mes de septiembre has decretado y emprendido la ejecución del sistema jacobino, que en dicho mes hace dieciséis años llenó de terror y sangre la Francia, y preparó el camino juntamente al imperio del crimen y de la muerte, bajo el cual hoy gime desesperada; tente tú también para tu gloria el mismo nombre de Septembrizador, que se dio entonces a los bárbaros asesinos, que se propusieron segar y vendimiar en aquel mes las vidas y los bienes de todos los buenos ciudadanos.

Bastante has septembrizado ya con el auxilio de una multitud de hombres extraviados, y con el consejo y combinaciones de Allende y Aldama; malvados profundos que quieren por este medio establecer la más monstruosa tiranía, dándonos en ti un Murat, que pida como aquel trescientas mil cabezas, para que Robespierre domine después, y otro Napoleón venga a tragarse los residuos y despojos de ambos.

Esta es la trinca que vosotros jugáis, y este el objeto de vuestro septembrizamiento americano.

Mas, como eres tú por ahora el primer móvil de esta máquina infernal, y has de ser la primera víctima, aún a manos de tus asociados, si pudieses escapar la venganza en las leyes, interesabanos saber, ¿qué furias agitan tu alma, qué motivos determinaron tu corrompido corazón, a correr un riesgo tan evidente de tu perdición temporal y eterna? Pues aunque tal vez no creas hoy que hay otra vida, temes mucho que se finalice la presente antes de sacar el fruto de tus designios osados.

En el correo anterior iba con la antorcha que esclarece los siglos, a acabar de escudriñar los oblicuos senos de tu corazón maligno y tenebroso.

El grito de la justicia santa que te citaba como a hereje, el clamor del pueblo cristiano que te maldecía como a impío, la amargura de mi alma que lloraba tus furores y abominaciones, me hicieron suspender el examen que ahora voy a proseguir.

La envidia y el odio fraternal hizo cometer el primer homicidio en la tierra.

El primer Caín público del nuevo mundo, marcado con la señal del primero de los réprobos, para que todos puedan asestar tiros contra su vida maléfica, ha sido arrastrado de igual envidia y furor para teñirse y empaparse en la sangre de sus hermanos.

Ésta, como la de Abel, clama venganza extraordinaria y pronta al cielo, si posible fuera que la tierra tardase en vindicarlos.

Como Esaú desechado por Dios, persigues, afliges y quieres matar a tus hermanos, porque ves, que a ellos, como a Jacob, ha querido el Altísimo trasladar la primogenitura, que gratuitamente dispensa a quien y como le place, y tú además, por un plato de lentejas, por tus glotonerías y embriagueces, sensualidades y disoluciones, por tus juegos, festines, danzas y orgías nocturnas habías perdido tu haber y el que la religión te daba para sustento de los miserables feligreses.

Disipación antigua y muy arraigada en ti.

Hable México, a donde dos veces fuiste para graduarte de doctor en la Universidad, que apellidas cuadrilla de ignorantes; y dos veces perdiste en el juego de albures el dinero que llevabas para los costos del grado; y como siempre has puesto la mesa a la fortuna, según la frase de Isaías profeta, ha sido fortuna de nuestro cuerpo no haberse afrentado con miembro tan pestilente y podrido, porque el caballo gachupín, como decías, desbarataba tus sotas y tus reyes; preferidos siempre en el azar del juego por dos instintos de torpeza y ambición, creyendo tu dicha cifrada en las sotas, y tu fortuna y esperanza en el manto real y en la corona, que a pesar de ser tan basto, soñabas conseguir con espadas y copas, muertes y embriagueces, para arrebatar en tal juego todo el oro.

Tu primera campaña, que a no ser sangrienta, fuera quijotesca en todo, también en todo se parece a la del reprobado Esaú, cuando con cuatrocientos hombres le salió al encuentro a su hermano Jacob, para sorprenderlo, matarlo y robarle sus bienes y esposas.

Tal era el número de tus comilitones, y tal el fin del asalto primero en tu feligresía, para edificar sin duda a tus ovejas, viéndote de repente lobo carnicero que destrozaba su propio aprisco.

¿Olvidaste ya, porqué a José no lo podían ver sus hermanos, y cuan favorecidos fueron de él, a pesar de tantos agravios? Pues yo sé que tu colocación y estima, el pan que has comido, y los bienes que has disipado viviendo lascivamente, todo lo has debido a la generosidad, protección y excesiva indulgencia de esos mismos contra quienes no respiras sino odio, envidia y venganza.

Era preciso que la más negra ingratitud fuese el negro sello de todos tus demás vicios y atrocidades.

¿Abrirás al fin los ojos para estremecerte, mirando dentro de ti las furias infernales, las pasiones exaltadas en sumo grado, que te arrastran a tu condenación, por entre ruinas y sangre de tus hermanos inocentes?

Oyeras ¡quiéralo el santo cielo! la voz del mismo cielo, que en sus libros divinos ha pintado tus extravíos y las maldades de tu corazón.

Ojalá leyeras el daño que a la religión y al Estado causaron antes tus prototipos, para volverte atrás horrorizado, al verlos cubiertos de la maldición de Dios, y de la execración de todos los siglos.

Voy a ponerte un espejo delante para que veas en ellos tu horrorosa imagen, y la figura que haces en la Iglesia y en tu patria, en la casa de Dios, y en la morada de los hombres buenos.

La secta impía, que parece sigues negando a Jesucristo, se forma en el seno de la Iglesia después de los tres primeros siglos de su fundación, se derrama como torrente por las más remotas provincias, casi inunda al universo atónito y espantado de verse arrastrar por unos errores inauditos, que van dejando por todas partes sangrientos vestigios de su impiedad y rabia.

Fue una ligera chispa, que no se apagó luego en Alejandría, y al punto se convirtió en voraz incendio.

Mas ¿cuál fue el origen de este incendio?

La historia eclesiástica nos dice haberse encendido al soplo de una envidia personal de Arrio contra su obispo.

La más brillante porción del cristianismo en Asia queda oprimida y subyugada; los templos se cierran, los sacerdotes lloran, las almas se pierden, la unidad de la Iglesia católica desaparece.

¿Cuál es la causa señor Phocio de Dolores? La historia dice, que todo fue terrible efecto de la envidia del partido y facción de Phocio contra su patriarca y fieles compañeros.

Vuelve la vista hacia esos mares cubiertos de despojos, y famosos por tantos naufragios de los soberbios y envidiosos como tú.

Allí verás al hereje Bardesan, elocuente, pero arrogante; más acá, a Taciano hereje sagaz, pero presumido; hacia otra parte a Teodoto hereje agudo y político, pero loco con su saber.

Delante tienes a Montano con sus profetisas, con sus impuras Jezabeles, todos de una imaginación fogosa, pero desatinada; fecundos todos, pero comidos de envidia y reventando de doctos.

Allí se divisa el somosaténo medianamente erudito, pero altanero y despreciador de todos, que desvanecido con las alabanzas de cuatro idiotas, se creyó maestro de todas las gentes, y vino a parar en ser cabeza de bandidos y doctor de obscenidades.

Ya descubro a Tebutes; míralo bien señor bachiller Costilla, míralo atentamente que se ha hecho heresiarca, y empezó a publicar su doctrina perversa; ¿y por qué? por no haberlo hecho obispo de Jerusalén.

Ahí te viene al encuentro y te abraza Valentino, que por no haber conseguido un obispado se precipitó en la herejía.

Teodoto el curtidor, queriendo subir más lo pierde todo.

Simón Mago y tantos más en todos los tiempos, parece que te han ido dando la mano para que por los mismos motivos que ellos, rabies, destroces, blasfemes, apostates, aborrezcas y persigas a Dios, a su Cristo, a sus ungidos, a sus redimidos y a su herencia predilecta.

Oye, oye los desesperados alaridos de Sapticio, presbítero como tú, que por aborrecer como tú, a un antiguo amigo y no querer perdonarlo; cuando va al martirio pierde la corona, y blasfema al redentor cuando iba ya a expirar; y la corona inmortal pasa a su enemigo.

Fija hoy por último la vista en aquel Natal, que en el segundo siglo de la Iglesia, habiendo confesado a Cristo en los tormentos, cayó miserablemente y apostató, vencido de la avaricia y de la ambición de ser obispo de los teodosianos.

No permita el señor que ya hayas cauterizado tu conciencia, y que tu llaga sea insanable; que siguiendo en tu carrera a tan malvados apóstatas, sufras igual naufragio sin remedio, y que hagas naufragar a las fieles y felices ovejas de este reino que nunca oyeron tales escándalos, ni vieron semejantes monstruos.

Para que así sea, además del castigo de los hombres, no falten ángeles que te azoten bien, como los que azotaron al referido Natal, obligándolo a pasar al templo en forma de penitente, y postrarse a los pies del santo obispo Zeferino, quien lo recibió con el rigor correspondiente a su apostasía y maldades.

Y si no te acomodan azotes de arriba, escucha otra historia, que para tu confusión y castigo ha dictado el Espíritu Santo, siendo tú otro Heliodoro en la guerra que sostienen contra ti los ilustres y valientes macabeos de la Nueva España, conducidos por el caudillo religioso y prudente, que merece ser comparado con el jefe que guiaba a aquellos defensores de la religión, de la patria y pueblo escogido, para evitar su ruina.

En ella verás, cómo dos santos ángeles hieren con repetidos azotes, y descargan muchos golpes sobre el procaz y sacrílego Heliodoro, cuando iba a robar el templo y sus alhajas, el depósito de caudales que allí había, llenando de duelo la ciudad, y de pena y llanto al sumo pontífice Onias, cuyas razones no quiso escuchar, y por cuya compasión y ruegos fervorosos volvió después a la vida, estando reducido a los últimos alientos por el visible castigo de Dios omnipotente.

Imitador de aquel sacrílego y avaro perseguidor del templo y de sus ministros, del pueblo y de sus posesiones y tesoros, sufras igual pena saludable, y quede así vindicada la justicia de Dios, la santidad de su culto, y la gloria y lealtad de nuestro pueblo americano.

¿Qué mayor bien te puedo desear en estas circunstancias, obligado de la caridad que tú no conoces, y que a todos nos obliga a pedir y buscar tu salvación por todos los medios posibles, para que ceses en tus dañadas intenciones, y el orden y tranquilidad general se restablezcan, sea reparado el escándalo, y satisfecha la vindicta pública?

Entretanto, señor septembrizador, continuaré yo enviándote mis azotes de corrección fraterna, para que te confundas, mirando tu interior aquí diseñado; y la maldad de tus proyectos en lo que diré más adelante.

CARTA CUARTA

Señor bachiller Catilina: cuando algún Salustio americano escriba la historia de tu conjuración, podrá intitularla así: Persecución del cura de Dolores contra las fes de bautismo.

Esto desde luego dará una clara idea del plan y objeto de tus célebres campañas, y te constituirá en la clase no clasificada por nadie, de un nuevo conquistador en sus líneas de ataque, y en sus punterías asombrosas.

Deseando yo trasmitir a las naciones guerreras y a la posteridad belicosa alguna noticia de tu primera salida, he formado el bosquejo del primer capítulo de tu historia, recogido de memorias fidedignas; pero como nadie mejor que tú puede saber si faltan y sobran circunstancias, te lo remito y copio aquí apresuradamente, para que lo leas y releas despacio, lo compares con las órdenes dadas a tu plana mayor, y con los sucesos de aquel día.

Da pues tu corrección o aprobación militar y parroquial, pronto, antes que tus jornadas acaben en el aire, y se acabe también la historia en el embrión primeramente abortado de tu cabeza fulminante, y cese el ruido de tu caja guerrera, que es la caja de Pandora, abierta por ti con estruendo, para derramar un diluvio de calamidades en un país, donde no se experimentaban sino por compasión de las ajenas.

Dice pues así al pie de la letra:

“En 16 de septiembre de 1810, día memorable en los fastos revolucionarios, se enarboló por la primera vez el estandarte de la rebelión en el pueblo de Dolores, en la provincia de Michoacán.

Antes mientras en la corte de México, el pueblo todo con éxtasis de alegría, se esmeraba en los cultos nunca vistos iguales de la reina de los Ángeles, en la imagen y advocación de los Remedios, el cura de dicho pueblo, que los tenía por supersticiosos, y que miró siempre con tedio la dicha imagen por venida en la conquista de los españoles, y haberlos favorecido en ella, según el concepto de otros, pero no el suyo; quiso despertar a sus parroquianos para que no siguiesen tales ejemplos, ni creyesen patrañas, ni estuvieran dormidos en el que llamaba fanatismo de religión y de lealtad.

Ya había muchas veces predicado, que la doctrina de Jesucristo sobre pagar tributos y alcabalas, y dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, eran máximas rancias de otros tiempos y pueblos ignorantes, que no correspondían a la época en que un nuevo César iba a hacerlos libres e independientes de toda ley divina y humana.

Citábales en apoyo de esta moral reengendradora de poblaciones muchos textos de Rousseau, Voltaire, Raynal, Diderot, y promesas de la familia Bonaparatuna, que aseguraban felicidad, libertad e independencia a los que quisieran dejar de ser españoles y cristianos, y ponerse bajo su protección omnipotente, cuando con las alas de sus águilas cubriera presto el océano, y las dos mil leguas de las costas de América, y todo lo interior del inmenso país, penetrando con su pico y garras en las entrañas de la tierra, para luego tomar vuelo más rápido, y cargar en las espaldas con estos hijos predilectos.

Que este tiempo se acercaba según sus cálculos, y debía ser en el año diez de este siglo.

Con estas doctrinas y magníficas promesas disponía y ganaba los corazones, haciéndose como de Catilina dice Cicerón, grave con los viejos, ameno y chistoso con los jóvenes, atrevido con los valientes y libertino con los viciosos.

De éstos veía varios por todas partes, que llenos de deudas y miserias por el juego y mala vida, anhelaban una guerra civil para enderezar sus fortunas.

No faltaban gentes engañadas con la apariencia de su saber y virtudes, pero más lo amaban porque sabía fomentar sus vicios y serles tercero en los soeces.

Si Diógenes con su linterna buscaba en el medio día un hombre, que lo fuese para apagarla; Costilla con faroles en las sombras de la noche buscaba costillas que sedujesen a los hombres, para que dejasen de serlo.

Brindaba por medio de ellas la bebida de Circe, que sabía hacer brutos y estúpidos para los sentimientos buenos, y con las libaciones de Baco irritaba sus fibras para inspirarles los malos, sin miedos de castigo ni remordimientos de conciencia.

De esta voz se burlaba como insignificante, y de castigos sólo temía los presentes.

Cuando contó con algún partido, y estuvo asegurado de la inviolable fidelidad de dos o tres capitanes infieles y perjuros, empezó a dirigir cartas y proclamas a los puntos en que creyó hallar más acogida, por haber algún fermento de disensión, de rivalidad y murmuraciones contra el gobierno.

A pesar de esto, miraba con saña y dolor, que era muy corto el número de tropas auxiliares para tamaña empresa, que muchos se hacían sordos a sus reclamos, y que algunos iban a descubrir su medio encubierta conspiración.

La improvisa llegada del excelentísimo señor virrey don Francisco Xavier Venegas a Veracruz, lo llenó de rabia y desesperación.

Dijo entonces a sus compañeros más confidentes, que era preciso precipitar ya la ejecución, si no querían que para siempre se malograse el proyecto, que la fama y nombre del virrey como militar y como político, podría reunir las voluntades de los descontentos con quienes contaban; apagar las discordias que empezaron a pulular entre gachupines y criollos; tomar medidas fuertes de defensa interior y exterior del reino; enviar tropas fieles a aquella provincia, por los rumores que ya se habían esparcido de que algo se tramaba por allí, y así sofocar de un soplo la llama de la libertad, que a ellos tanto les costaba encender y conservar en algunos pocos rancheros, indios y criollos.

Que era preciso de una vez, que la mina reventase, mientras México con el alboroto de celebrar a su nuevo virrey, y de fascinarse más y más en el reconocimiento del Consejo de Regencia, estaría bien distante de temer una explosión revolucionaria en el centro del reino; que las tropas estaban a grandes distancias; que el estallido del trueno asustaría, sorprendería, y tal vez amilanaría a los habitantes de la capital y pueblos principales, y que sabiendo que el rayo se lanzaba contra todos los europeos, y sólo contra ellos por ahora, también quizá ahora a un mismo tiempo todos los americanos, por medrosos que fuesen, harían un esfuerzo por ser independientes en toda línea, excitados con el cebo de apropiarse con la autoridad que él les daba y predicaba, los caudales, haciendas, casas, muebles y vestidos de los europeos, sin eximir ni a uno de esta ley de proscripción necesaria.

Añadió, que si a la asonada no hacían eco y consonancia en otras provincias, al menos ellos tenían con poca gente sobradas fuerzas para un pillaje y saqueo rápido por aquellos pueblos inmediatos, y que puestos en la línea de una revolución tan imprevista, y en la necesidad de seguirla y sostenerla con saqueos por todas partes, y con terror de los gachupines antes que pudieran prevenirse y armarse, los mismos sucesos les irían instruyendo de lo restante, y de la dirección que podrían tomar en sus movimientos; que importaba que a sus secuaces las primeras atroces ejecuciones los empeñasen más y más en seguirlas, sin esperanza de ser perdonados, ni por ellos si volvían atrás, ni por el gobierno español si los cogía; y que para quitarles todo escrúpulo y el miedo de la otra vida, él pensaba llevar en el estandarte de la independencia la imagen de Guadalupe, pues aunque él no creía en esas vulgaridades del culto, ni en más apariciones que las de los diablos y genios malos, tenía por indispensable ganar por este medio al populacho, calmar sus remordimientos, decirles que la Virgen le pidió la tilma a Juan Diego para darles a los indios en pago toda la tierra que pisen y quisieran arrebatar; y que la imagen de Guadalupe es hoy más poderosa y valiente para la reconquista que él emprendía, que lo fue la imagen de los Remedios para la conquista hecha por los europeos; que a ésta se le había de quitar el cetro que tiene, poniéndolo a la de Guadalupe, y ofreciéndolo para mejor tiempo a los representados en Juan Diego.

Concluyó al fin que el nombre de FERNANDO VII debía resonar con el de GUADALUPE, porque las gentes aún lo pronunciaban con respeto y era preciso contemporizar un poco con las preocupaciones del vulgo; pero que lo que más convenía era gritar contra el gobierno que lo representa, y contra los gachupines que en España pelean por defenderlo y recobrarlo, y aquí tienen caudales que envían para sostener tal guerra contra el gran Napoleón, excitando a los americanos a que sigan el mal ejemplo de su generosidad, con extracción de la plata para otros países que él detestaba, y abominaba hasta el último aliento de su vida.

Entonces más enfurecido dio un vaso de bebida a los del congreso, diciendo: “quisiera, como se refiere lo hizo Catilina, daros con este tepache la sangre de nuestros enemigos, para que me seáis más fieles en el odio y exterminio de ellos.”

Bebieron, y los absolvió del juramento antiguo de fidelidad, y les recibió el execratorio de pedir para sí y sus hijos todas las maldiciones y males, que no pudieran causar a los europeos y después a los criollos.

Reconocido ya por caudillo de la empresa, arrojó los hábitos clericales, y se puso media bota, pantalón morado, banda azul, chaleco encarnado, casaca verde, vuelta y collarín negro, pañuelo pajizo al cuello, turbante con plumaje de todos colores menos el blanco, la insignia al pecho del águila rapante que quiere destrozar al león; un alfanje moruno al cinto, y en la derecha una garrocha de cuatro varas.

Al punto sacó las listas de los primeros 400 proscritos, que tenían en aquellos territorios hasta Guanajuato y Valladolid, y leídas por sus locos y ebrios compañeros, mandó que se copiasen para leerlas al ejército robador todos los días, con la orden al fin, de que si se dudaba del origen de alguno, se le exigiese la partida de bautismo, y que no se tuviese misericordia con el que no hubiera pagado derechos, o hecho ofrenda al bautizarse a él como cura de locuras, o curas americanos; que toda fe de bautismo firmada en parroquias de España, era la mejor señal de proscripción y pérdida de bienes, y aún de la vida a su tiempo; que tales bautizados no pertenecían a sociedad alguna, ni a la cristiana, ni podían adquirir derechos civiles ni religiosos, y debían ser despojados de todos los que obtuviesen hasta en sus propias mujeres, si eran éstas americanas, y que todas pertenecían a ellos por derecho retroactivo de conquista santa, santísima, quedando anulados para siempre tales matrimonios, como de mujeres libres con esclavos impotentes.

Que después vería si se moderaba el rigor de proscripción con los europeos menores de 22 años, que quisiesen sujetarse a nuevo bautismo, especialmente al de fuego y sangre, que él sabría administrarles con oportunidad.

Que quería establecer la circuncisión entre los americanos, por estar persuadido de que los judíos, hacen bien en no reconocer por Mesías a Jesucristo, y esperar que lo ha de ser Bonaparte conquistador y azote de cristianos.

Se tituló luego genenalísimo y pacha máximo de la renovación americana, y castración europea española, y los creó a ellos generales y vélites (tal vez diría belitres); y mandó que al siguiente día a las cinco de la mañana estuviesen con sus garrocheros y coleadores de toros en la iglesia para renegar de Jesucristo, y dar principio a la guerra contra los ocho europeos de aquel pueblo, cuando estuviesen aún dormidos; y así se disolvió la junta a las once de la noche; de aquel día 15 de septiembre.

Nuestro Catilina no durmió; todo era chupar cigarros, entrar y salir por las piezas, patio y caballeriza, fatigado, el rostro encendido, los ojos desencajados, las piernas arqueadas vacilantes, el cuerpo giboso y encorvado, embrazando con trabajo su garrocha y apoyándose en ella.

Leía y volvía a leer, y repetía en voz alta las arengas de Catilina a los conjurados de Roma, ensayando el sermón del siguiente día, accionando con la garrocha, y atravesando con ella los retratos sumados de sus abuelos gachupines tenderos de Valladolid.

A la hora citada se reunieron los conspiradores en el templo, y el gran Costilla en el mismo traje les arengó así desde el púlpito con voz gangosa y cascada.

“Llegó mi día y el vuestro: hasta hoy había sido por lo-cura espión puro de almas, ahora lo seré de cuerpos, mujeres y haciendas.

Antes fui pastor de ovejas y cabras, ahora soy conductor de tigres y leopardos.

Antes vestía de negro porque tenía mi alma de luto, ahora visto de colores risueños que me indican remozado.

¡Oh! sabed que España, la maldita España está abatida y destrozada por mi amo y vuestro Napoleón, cuyas águilas quieren castear con las del imperio mexicano, si pueden volar tan lejos; y si no las nuestras solas van a destruir los leoncillos españoles que quedan por aquí aturdidos y apesarados.

Esta es la hora de acabarlos, antes que vuelvan sobre sí del espanto y puedan vengarse.

A eso vamos... Mis generales están ya prevenidos de todo, porque todo lo he calculado y previsto bien.

Nada nos faltará, porque hay mucho que pillar en casas y templos, y todo es nuestro por derecho de suelo, y ahora de conquista.

Buen ánimo: el que más mal les haga a esos mis enemigos natos y desde su nacimiento, éste es para mí el mejor y será más recompensado en las honras y oficios futuros de nuestra confraternidad o república que voy a formar.

Hoy almorzaremos en las casas de los gachupines de este mi pueblo, y a la noche cenaremos en las de los de San Miguel el Grande, y mañana marcharemos para Celaya, después para Guanajuato y Valladolid, Toluca y México, y veremos qué tal nos favorece la fortuna, que no se hizo para los cobardes.

Yo tengo muchos anuncios de prosperidad y gloria en nuestras campañas.

En sueños he visto al genio que dirige al gran Napoleón, y me ha dicho: “emprende, sigue la carrera brillante de este héroe extraordinario de ladrones, a quien yo guío para robar y matar en Europa.

Para ti he deputado mi segundo; déjate conducir por él y serás émulo de las ventajas de mi favorito.

La virtud es un nombre vano para él; la religión un velo para ocultar sus designios; el terror y la sangre los medios de lograrlos.

Esto le he enseñado, y esto te aconsejo porque veo en ti la mejor disposición para cumplirlo.

No pierdas la ocasión presente, que no volverá, y la fortuna rueda y lleva a todos rodando.”

“Dijo así anteanoche, y desperté resolviendo lo que con vuestros brazos voy a ejecutar hoy.

Vamos al punto, que si encienden contra mí alguna llama, no la apagaré con agua, sino con las ruinas del Estado, como respondió mi Catilina a Catón.

A aquél imito y sigo, y abomino las máximas y conducta del segundo y de Julio, que se opusieron a su conspiración contra Roma.

Catilina soy y seré,” repitió tres veces, dando un grito desaforado que hizo estremecer el templo; y todos le respondieron: Viva el Catilina Valisoletano, y mueran los Julios y Catones.

Salieron a las 6 en dos filas, en forma de procesión parroquial desde la Iglesia, con escopetas y machetes en lugar de cirios y velas; y al fin cerraba la comparsa el cura Costilla montado ya en una mulato y rodeado de ocho mulatos sus guardias de Corps, y transformados en verdugos de la parroquia.

Saquearon los cuatrocientos bandidos las casas de ocho europeos, y los aprisionaron entre los lamentos de sus infelices esposas e hijos tiernos, dejándolos en la última miseria, tras el dolor de tan inaudito arrojo.

Acreditaron su gran valor los salvajes, y el inhumano Costilla su entereza patriótica en no hacer caso de los gemidos ni volver la vista siquiera hacia las segundas víctimas de su saña.

Sólo atendían a atropellar y maltratar a los maridos y padres atónitos, e iban celebrando tan señalada victoria con grandes carcajadas y alharacas, llenándolos de baldones e improperios, y para aumentar el insulto remedaban su pronunciación fuerte de las cc, y de las zz.

Parecía que esta era otra señal de proscripción y matanza; como cuando la pronunciación de Scibboleth o Siboleth fue el medio de conocer a los de la tribu de Ephrain, y de que fuesen degollados en el paso del Jordán cuarenta y dos mil de ellos por los de Galaad.

Concluida la primera acción, siguieron los conjurados en el mismo orden de batalla el camino para San Miguel, y los iban siguiendo muchos zopilotes, como que olían y rastreaban el oficio de aquellos carniceros.

Señor bachiller Costilla de Catilina, aquí da fin el primer capítulo de vuestra historia o conjuración contra las fes de bautismo, y contra la religión y la patria bajo este pretexto.

En otros siglos se persiguió a los adultos, que no querían recibir el rebautismo de los donatistas; pero jamás se oyó persecución contra los católicos por el sólo hecho de haber sido bautizados en la niñez, en esta o aquella parroquia.

Era inaudito este motivo de proscripción y martirio.

El siglo de las monstruosidades no vistas, había de producir la más ridícula y extravagante persecución de todas, las de un cura contra las partidas de bautismos celebrados fuera de su parroquia.

Nuevo Nerón, que forma por divisa de muerte la fecha del lugar en que alguno fue bautizado.

Refinado Napoladrón, que de esta partida de bautismo se vale para robar los bienes de los ciudadanos, y encender el fuego de la discordia entre hijos y padres, para que aquellos que no pueden tener más derechos que los transmitidos por éstos, se priven de todos, y luego se destruyan mutuamente, con sólo traer a la memoria la parroquia en que fueron bautizados, y el nombre del cura que los reengendró en Jesucristo.

Esto quiere decir el edicto de la conspiración que has formado; pierdan sus bienes y perezcan los bautizados en España.

Así lo decretó el cura de Dolores mandando llevar a sangre y fuego la ejecución.

Para proseguir esta nueva historia, como es ley inviolable de ella no decir nada falso, y no omitir nada cierto, necesito que tú reconozcas este ensayo por si acaso hay que añadir a los hechos, y llevar más adelante las conjeturas que ministra tu carácter por razón de locura, y tu corazón por el grado de perversidad, apostasía y furor a que has llegado.

Entre tanto que en el campo, no de Marte, de Belona ni Palas, sino de Baco, Asmodeo y Caco, examinas lo que te escribo, te anuncio lo que te deseo, para tu salvación y nuestra tranquilidad pública y privada, y para gloria de Dios y de su madre santísima.

Flebis, et infamis toto cantaberis orbe.

Has de llorar y rabiar, teniéndote todo el orbe por loco, infame, rebelde cura hereje de Dolores.

CARTA QUINTA

Imprudentísimo bachiller Costilla: pues que te has apropiado con la autoridad suprema de tu demencia el tratamiento de excelentísimo, como he visto en algunos de tus desatinados títulos y despachos originales; te llamaré con razón: excelentísimo bribón, excelentísimo rapiñador, excelentísimo forajido, excelentísimo asesino y emponzoñador, hipócrita excelentísimo, y hereje y blasfemo eminentísimo.

La soberbia de los que aborrecen a Dios sube siempre de punto, dice el mismo Dios.

La tuya ha llegado al más alto; y así todos los superlativos que se aplican a la maldad más refinada, te vienen como el anillo que llevas tan ajustado al dedo, con que echas maldiciones antiepiscopales.

Eres pues excelentísimamente malo, malísimo, perverso, perversísimo, pésimo como los hijos pésimos, que dice un profeta, para significar la suma corrupción y perversidad de los que por su dignidad y carácter debieran ser óptimos, y precipitados de abismo en abismo, son los peores de todos, como lo eres tú entre cuantos malvados te siguen, y puedan seguirte después, que todos quedarán atrás.

Si antes la caridad nos hubiera inspirado cubrir con un tupido velo tus maldades, para que el pueblo cristiano no se escandalizase de verlas en un ministro de la reconciliación entre él y Dios; ahora la misma caridad nos obliga y urge a publicarlas, para contener el público mal ejemplo y el escándalo jamás oído ni visto, con que lo seduces o lo afliges, lo haces instrumento o víctima de tus furores.

¿Qué dijera de ti el gran doctor de la Iglesia San Ambrosio, que protestaba a un ministro de Valentiniano (que lo atropellaba y acusaba de que resistía al despojo de una iglesia) que jamás, jamás se había visto que un sacerdote se levantase contra la autoridad de su príncipe, aun cuando no le obedeciese en cosas injustas corno era aquella? ¿Qué dijera, ignorantísimo bachiller Costilla, este doctor santo, y los demás doctores y padres de la religión divina que profesamos, al verte levantar el estandarte infame de esta impía y sacrílega rebelión contra nuestro legítimo monarca, y un monarca el más amable y amado, por lo mismo que sus virtudes están aún en el crisol de la tribulación y del cautiverio, para comparecer con más gloria y ventajas en el trono augusto que nuestra lealtad, nuestra religión, y la sangre de nuestras venas le aseguran y conservan? ¿Qué diría de ti, bachiller sapientísimo en lo malo, en lo peor y en lo pésimo, qué diría de ti Tertuliano, quien delante de los emperadores gentiles, perseguidores de la Iglesia, exclamaba seguro de no ser desmentido, que entre tantas sediciones populares y muertes de los emperadores pasados, nunca, nunca se halló que en ellas hubiera tenido parte algún cristiano, y nunca hubo soldado cristiano, que faltase al duplicado juramento de fidelidad prestado a su príncipe; sino que al contrario, ninguno en la milicia peleaba con más valor, ni sacrificaba con más gusto su vida, que los cristianos, vasallos aun de príncipes paganos y enemigos del cristianismo? ¡Cuántos otros testimonios pudiera alegarte en prueba de una verdad que es el dogma de la lealtad y tranquilidad pública de los estados, el conservador de la paz y sumisión debida, el nudo sagrado que une las conciencias de los súbditos con la del monarca, inspirando a este amor, beneficencia y confianza de padre, y a aquellos respeto profundo, ternura de hijos y adhesión inviolable, y sacrificio de interés y vida por defenderlo!

¿Con qué el nuevo mundo católico, leal, instruido, hubiera esperado que tú lo descatolizases, y que te aparecieses, saliendo como oso de entre las cuevas hediondas de tu feligresía para aullar: rebelión, deslealtad, perjurio y perfidia, robos y muertes de europeos; oponiéndote a la doctrina de la Iglesia, y haciendo frente a la nube sagrada de testigos que forman la cadena de la tradición que llega a los apóstoles, que enseñaron la misma obediencia y lealtad, y a nuestro divino redentor que la sancionó con sus palabras y ejemplos? ¿Con que tú bachiller Costilla, excelentísimo pícaro, y sólo tú has encontrado la verdad, y la has sacado del pozo en que según un Diógenes está unida? ¿Con que tú solo, excelentísimo trompeta y pífano de caballos desbocados, sabías el secreto de ilustrar a los pueblos rudos e ignorantes, revelarles los arcanos de la razón obscurecida, romperá su vista las tablas de la ley, no por celo santo como Moisés para confundir a los violadores de la ley y volver luego a publicarla, sino para promulgar una ley directamente contraria a la natural, a la inspirada por la razón, a la enseñada en el decálogo?

¿Con que tú, execrable majadero, badulaque excelentísimo, te has creído más sabio, más atinado que cuantos han profesado el cristianismo en todos los siglos, y que cuantos racionales ha habido en todos tiempos, para imaginarte hombre capaz de abolir el quinto, sexto y séptimo mandamiento de la ley santa de Dios, y establecer una república en que las mujeres fuesen comunes costillas, los bienes de todos quedasen al arbitrio de Costilla, y la vida de los ciudadanos pendiese de la cuchilla y capricho de Costilla? ¿Tan estúpidos y jumentos nos hacías, bachiller borriquísimo, tú que no has entendido el honor de tu naturaleza y sacerdocio, y has sido comparado a las bestias insensatas, asemejándote a ellas en tus costumbres y empresas ferinas, degradándote de la racionalidad, para que te degraden hoy del sacerdocio?

Creías que los americanos españoles abrazarían un proyecto tan insensato e irracional, que doblarían el cuello bajo tu yugo brutal y ateístico, que se sujetarían al generalísimo, como te firmas, de la América septentrional; que respetarían y obedecerían a los ministros de Estado, a los generales, mariscales, brigadieres, coroneles, y etcétera, que creas en un medio pliego de papel, con sólo poner tu execrable apellido, para condecorar con tales títulos a cuatro vaqueros, a ocho carniceros, a veinte jugadores, a cuarenta quebrados y perdidos; ¿ y que tal canalla de salteadores, esta turba de tunantes, esta estirpe real de locos, había de dominar a la Nueva España? ¡Oh, oh, oh! dementísimo Costilla, ¿donde pudo caberte (no en el juicio que jamás has tenido, pero ni aun en la depravación de tu alma, en que siempre fuiste consumado) que tal conjuración determinadamente dirigida a trastornar el gobierno, a establecer la anarquía, a mudar la religión católica por el epicureísmo y materialismo, a perseguir de muerte a nuestros hermanos y padres, podría tener séquito en una nación tan fiel, tan religiosa, tan racional y agradecida como la americana?

¿Tan desmoralizados e irracionales nos hacías, ¡oh cura de todos los diablos, y autor de cien mil pecados y herejías, hijo primogénito de Satanás, de aquél que fue homicida desde el principio; tan semejantes nos creías a ti en lo bestial, que pudiésemos abrazar tu desatinadísima tentativa, aborreciendo a quien nos dio el ser, nos ama y favorece, y volviéndonos contra Dios, contra el rey, contra la patria, con aquella demencia con que ciertos pueblos bárbaros salen a recibir con flechas y maldiciones al sol cuando amanece para alumbrarlos y fomentarlos? ¿No veías, malditísimo ladrón, que aún cuando fuesen nuestros enemigos (como tú pregonas diabólicamente) estos nuestros conciudadanos, no sólo Jesucristo, sino la misma razón natural nos intima el amarlos y beneficiarlos? ¿Rabiamos de ser menos, que muchos de los filósofos paganos, que enseñan a vengarse del enemigo, haciéndose más virtuoso que él, a ganarlo con el amor y generosidad, y trocar de este modo su odio en amistad recíproca? Sócrates, aunque pagano, estará repitiendo aún en las obras de Platón:

¡oh mortales, jamás os es permitido hacer mal por mal!

¿Y nosotros, elevados por la religión a motivos más sublimes para no hacerlo jamás, iríamos a ejecutarlo a sangre fría, porque al sanguinario, fratricida, parricida, liberticida, regicida Costilla, insecto venenoso y ranisimo de la Nueva España, y peste de la humana sociedad se le antojó nada menos que acabar con todos los europeos, y erigirse en Tamorlan de Persia, y en Tamerlan de América? Pues botaratísimo hombre de todos los pecados, ¿no considerabas que irritados con esto los españoles europeos, provocados con tan feroz insulto, se convertirían en enemigos nuestros en una guerra justa, para repelernos, castigarnos y vengarse; que los buenos criollos, que son innumerables, se unirían con ellos por la justicia de la causa, y ley de sangre y gratitud; que las castas y los indios a quienes su misma sencillez les hace abrazar como por instinto el partido sano, si antes con mucho estudio no son pervertidos sus espíritus, como los pervirtieron en Michoacán; no veías que todos unidos, en dos por tres, en un tris tras acababan con tu excelentísima persona y excelentísima canalla; y que la América sería reconquistada en cuatro días por los enemigos declarados tales por ti, y justamente declarados contra ti?

¡Cuál es la táctica y pericia militar que has aprendido en el manual de párrocos!

¿Pensaste que con llamar a los diablos en vez de conjurarlos, que con renegar y echar por la boca venablos, sapos y culebras, a modo de arriero desesperado, (como lo hacías en las batallas de Guanajuato, del monte de las Cruces, y de Aculco o Arroyo Zarco) la victoria sería tuya, los malos triunfarían, el valor de nuestras tropas quedaría por los suelos, y la locura prevalecería contra la razón, talento y prudencia de jefes expertos y de soldados bien disciplinados?...

¡Oh cura energúmeno! ya viste que en Guanajuato te santiguaron, que en el monte de las Cruces te empezaron a crucificar, y que en Arroyo Zarco tuviste que correr por arroyos y barrancos, dejando tus rapiñas a merced de los ilustres vencedores, por no quedar sepultado entre peñas y bajo mil balas, o insepulto para pasto de las fieras; y que pronto se acabarán tus campañas, como acaban las convulsiones de un frenético, o de un rabioso en los últimos accesos de su desesperación.

Pero aun en la imposible hipótesis de que avanzases algo en tu loca empresa ¡oh rematadísimo cura!

¿No te pasaba por las mientes, que España nuestra madre, hoy día más animosa y aguerrida que nunca, más frugal y laboriosa que antes, y más celosa de su honra y gloria y de conservar la religión cristiana, el trono católico, y éste su pueblo amado, éste su patrimonio legítimo, esta herencia de Dios y de Fernando, vendría volando a esta su casa en escuadras suyas, y de su generoso aliado en número competente de fuerzas para reducir todo el país a la debida sumisión, y para convertir en polvo, en humo, en nada a todos los Hidalgos habidos y por haber, y a todas las Costillas que puedan parir tales Hidalgos? ¿Aún en la lucha que sostiene y sostendrá cada día con más ánimo y gloria, hasta aburrir o postrar al tirano tu amor, y a sus satélites tus amigos, le podían hacer falta doce mil o más héroes, porque hoy lo son todos los honrados españoles para ganar la Nueva España, con más prontitud que el mismo Hernán Cortés, teniendo ya aquí el émulo de su valor, proezas y glorias, al inmortal virrey Venegas, que con justa razón es proclamado padre de la patria, salvador de la América, y el Hernán Cortés del siglo XIX?

Y en tal caso, ¡cuán dura merecería ser nuestra suerte!

¡Cuán pesado el yugo que se impusiese sobre la cerviz de unos rebeldes y pérfidos, que a la ingratitud más execrable habían juntado la alevosía más infame, y los motivos más indignos de un pueblo que se precia de racional!

La esclavitud, los grillos, las cadenas, la degradación en toda línea, eran corta pena para unos habitantes que habían seguido al mayor de los locos en el atentado más vil que se haya cometido por traidor alguno.

Y en el último trance y apuro de que España, por no sucumbir, se salvase en las naves como Atenas conducida por Temístocles, para librarse de los persas; y viviera con el supremo gobierno a poner su solio en México, como ha prometido a esta leal corte, que se lo ha rogado, ¿qué haría la turba Costillaria?

¡Bella perspectiva por cierto de felicidades nos presentarían tus mismos triunfos!

Bien podían desde ahora repetirse sin fin contra ti las imprecaciones con que todos acompañan tu nombre al pronunciarlo: maldito cura, condenado Hidalgo, hereje Costilla, excelentísimo demonio, que quiere perdernos.

Estos son los elogios que continuamente se oyen en boca de toda clase de gentes, sin diferencia de origen.

Y sabe por fin, que días pasados en la calle gritó uno así, llamando la atención de un innumerable concurso; oíd, oíd pueblos de América, el elogio que hace muchos siglos se publicó en Grecia, como un vaticinio de ese cura loco.

Aquí está en este libro, y leyó así en voz alta:

“Un Hidalgo de Paros, hijo de una tal Costilla, llamado Archiloco, fue la afrenta de su patria.

El más detestable de los hombres, que se burlaba de los mortales, de los grandes y de los reyes, imaginándose que el universo no había sido criado sino para él, de una impudencia propia de su Sycofanta, de una disolución y desenvoltura de ramera, mixto asqueroso de avaricia, prodigalidad, bajeza, vanidad; el vicio, el mismo crimen con la librea de todas las ridiculeces y extravagancias; en una palabra, una furia devorada por sus propias serpientes, horror para todos los buenos; tal fue Archiloco, que despedazó a sus enemigos, a sus amigos, a sus parientes, a sí mismo...

Las máximas perniciosas y la execrable moral de sus papeles lo acabaron de perder.

Esparta prohibió tal lectura.

Como él no tenía rastro de pudor ni vergüenza, hacía del bravo contra todos, contra la tierra, y contra el mismo cielo.

Se preciaba de que el rayo vengador no le alcanzaba.

Este monstruo fue al fin asesinado por Callondas.

Otros dicen que murió frenético, después de haber leído una crítica de sus escritos...

Desventurado el país donde se produzcan tales archilocos; y mucho más, si a la maldad de su genio y corazón llegan a juntar alguna fuerza armada para...”

Al llegar a este lugar, todos gritan: como se ha visto en este Archiloco americano...

Hablar pues contigo de razones, sería acreditarme de necio.

Cien elocuentes escritos llenos de unción, piedad y convencimiento, no te han hecho desistir de tu frenesí.

Los pastores de la religión, los cuerpos literarios, los hombres más doctos con variedad de escritos, las voces y los truenos de la justicia, que vibra el rayo exterminador después de los anatemas de la Iglesia, no te contiene, no te hacen ver lo irracional y lo loco de tu proyecto, o si lo conoces con la experiencia de lo que en todas partes te va sucediendo, confías aún en conmover a los idiotas que faltan por agregarse a tus infernales banderas, para proseguir dañando, asolando, blasfemando como hacen los demonios, que en esta sola venganza se ocupan y hallan en ella la satisfacción de su odio a Dios y a los hombres.

Con que supuesto que es inútil el arma blanca de la reflexión propia de racionales que buscan la verdad, y no se apartan de la senda de la caridad para encontrarla; he usado de la acrimonia con que San Agustín, San Bernardo y otros padres usaron contra los rebeldes obstinados y frenéticos herejes de su tiempo, que llenaban la sociedad de tumultos y asesinatos, y la Iglesia de escándalos y errores pestilentes.

Sigues provocando a Dios para que haga en ti ostentación de su justicia, y a todo el reino para que se complazca en tu castigo y exterminio, y no haya quien se duela de ti, sino de que hayas existido ni un momento.

Esta será la pena y dolor de todos los americanos.

Dios te abra los ojos, mientras en vez de las razones, retumban tras ti, y silbando te hablan nuestros cañones; Archiloco excelentísimo.

CARTA SEXTA

Señor bachiller Sycofanta: en castellano, porque de griego nada entiendes, y de latín harto poco; pues bachiller calumniador, trapacista y embustero, que esto significa Sycofanta, si aún te acuerdas de algunos textos fáciles de los psalmos, de cuando recién ordenado y después en el tiempo en que para disimular más tus malvados designios, hacías del escrupuloso y tartamudeabas y masticabas el oficio divino; ¡ojalá sea de los versos de David que más te conturben, desconcierten y confundan! ¡Ojalá que en tus correrías, saqueos y hurtos, en las horas en que ostentas bajo palio, o sentado bajo dosel, la autoridad de hacer mal que te ha dado el diablo, o que tú le has robado a él; ojalá que en el silencio de la noche, en todos los momentos en que te entregas, o al desenfreno de tu libertinaje, o al letargo de un asesino fatigado en la carrera de sus atrocidades; que despierto y dormido, te se presente y te persiga la imagen de Dios vivo y terrible, en cuyas manos has caído para la justa venganza y castigo espantoso de tus indecibles injusticias, ni aún disfrazados con la apariencia de algunas palabras justas.

Salgan visiblemente para ti y contra ti de la boca del Altísimo aquellas saetas pasadoras, que puso en los labios del santo rey David contra Doég, Achitofel, y Seba, vasallos indignos, rebeldes y traidores, que intentaron destronarlo, y promovieron y auxiliaron la rebeldía del ingrato y ambicioso Absalon.

Para mayor humillación tuya, acuérdate, aunque sea a pesar tuyo, de aquel psalmo en que el santo rey pinta las virtudes de un buen gobierno (como el nuestro) y las felicidades que de él se siguen, cuando por todas partes florecerá la justicia, y con ella se asegurará la paz; cuando el príncipe equitativo atenderá y hará justicia a los pobres, como a los oprimidos y engañados por ti; cuando hará salvos a los hijos de los pobres, como a los injuriados y hechos huérfanos por ti; y cuando humillará al calumniador, como tú, mordaz, insolente y Sycofanta descarado.

Plegue al justo cielo que resuenen en tus orejas aquellas otras palabras que en otro psalmo dirige el espíritu divino a los que son como tú...”

Si veías un ladrón echabas a correr en su compañía, y con los adúlteros contribuías como a escote a su maldad.

Tu boca abundó en malicia, y tu lengua urdía engaños.

Muy de asiento, como hallando en esto tu consuelo y recreo maligno, hablabas contra tus hermanos, y ponías tropiezo contra los hijos de tu misma madre.

Estas iniquidades cometiste antes y callé, las he disimulado para dar tiempo tu a corrección y enmienda.

Pero has abusado de mi larga paciencia, e injustamente creíste que seré tal como tú, y que te sufriré más tiempo.

Te has engañado, pues que voy a argüirte y juzgarte, y a poner delante de tu cara tus crímenes e injusticias, y la suma alevosía que es causa de que se derrame tanta sangre.”

“Por eso Dios te destruirá para siempre, te arrancará y no dejará memoria de tu linaje sino para que lo maldiga la más remota posteridad.”

Amaste las palabras precipitadas y de destrucción y ruina, o lengua falsa y engañosa, que como la de Doég ocasionó la muerte de todos los sacerdotes y habitantes de Nobe; así la tuya, con escándalo de todos los justos, ha causado la perdición de algunos ministros del Señor fatuos, presumidos y ambiciosos, y de otros locos tan altivos como ignorantes, que han seguido tus sacrílegas banderas.

Pues entiende tú y entiendan todos ellos que contra la gavilla que formáis dictó y pronunció el Espíritu Santo aquellas terribles imprecaciones proféticas, que David aplicó, a los dos referidos traidores Doég y Achitofel, que el príncipe de los apóstoles contrajo al pérfido y alevoso Judas, y que la Iglesia aplica a los que como vosotros son solemnemente excomulgados, y mucho más cuando la sedición, el tumulto, los robos y asesinatos, los errores y herejías especulativas y prácticas, son el motivo de inflingirseos por los antiguos cánones y por las declaraciones positivas de vuestro pastor y del Santo Oficio a que se conforman todos los demás obispos de este reino, la pena más grave espiritual, la mayor con que la Iglesia separa de su gremio a los miembros más pestilentes, y a imitación de San Pablo los entrega a Satanás, a todo el furor de los demonios para mortificación de la carne, y que vuestras almas reconociendo en el castigo la enormidad de vuestros crímenes, vuelvan sobre sí, se humillen y se salven en el día tremendo de nuestro señor Jesucristo.

De no, se cumplirán para siempre las maldiciones que pronuncia David, “El diablo estará siempre a vuestra derecha.

En juicio seréis condenados; vuestra misma oración se tendrá por un nuevo delito.

Pocos y miserables serán los días de vuestra vida, y otros ocuparán vuestros oficios, ministerios y puestos.

Vuestra descendencia ruin mendigará y será arrojada de vuestros mismos hogares arruinados y abrasados, la muerte la seguirá de cerca y se acabará en una generación, y nunca tendrá quien la ayude, ni quien se duela de su horfandad.

Vestidos quedaréis de maldición, que penetrará en vuestras entrañas y huesos; y la indignación divina os seguirá y perseguirá por todas partes, cubriendo de ignominia vuestros rostros, poniendo quebranto e infelicidad en vuestros caminos, porque no conocisteis las sendas de la paz, y no temisteis las venganzas del cielo, y así la muerte más violenta, las calamidades más espantosas humillarán vuestra soberbia”, castigarán vuestros crímenes, dejarán a la tierra libre de vuestra existencia y memoria execrable, y dejarán vengada visiblemente la justicia del Eterno, la soberanía de nuestro rey, la tranquilidad de este su vasto imperio, y la inocencia, virtud y honradez de la parte sana de sus habitantes; de la que no se ha mancomunado con vosotros, sino que resiste a vuestra conspiración y la detesta.

Te he recordado algunas de las sentencias divinas que en otro tiempo, cuando eras menos perverso, proferías tú mismo con el breviario en la mano, anticipándote desde entonces las maldiciones y penas que encierran como a incurso ahora en los mismos crímenes de los que se rebelaron contra el trono y majestad de David.

Si otros argumentos hubieran de desarmar tu frenesí y el delirio de los que te siguen, te diría lo que Salomón al sacerdote Abiathar, que había entrado o más bien aconsejado la conspiración de Adonías: Vete a Anathot a tu campo, que en verdad eres hombre de muerte; eres digno del último suplicio y de ser tratado como Adonías, y de que te hiciese quitar la vida como a Joab, también rebelde, sin que le haya valido el estar asido del mismo altar a donde se refugió.

¿No te estremeces al considerar estos hechos que no podrás negar, aun cuando por último exceso de tu impiedad no admitas hoy día la divinidad de la historia que lo refiere? ¿No oyes como fulminada contra ti la sentencia que el santo David al morir le encarga a Salomón que exente contra el dicho hijo de Sarvia, por haber asesinado a Abner y Amasa en tiempo de paz, derramando la sangre que sólo se puede derramar justamente en una guerra justa, y siendo sangre de enemigos y no de conciudadanos? Pues escucha la sentencia, que es la misma que mereces, ioh asesino sexagenario! no llevarás sus canas en paz al sepulcro; esto es, para conservar el buen orden, para impedir el crimen horroroso del asesinato, y para dar la satisfacción que se debe a Dios, al público y a los inocentes tratados como enemigos, por un hombre sin autoridad, no permitas que muera en su lecho, ni que se cubra de más canas ese viejo.

Y para atajar el horrendo delito de la rebelión y poner a cubierto la majestad real contra los insultos de los sediciosos, dando un ejemplar escarmiento al estado; no permitas que Semei, hombre maldiciente y revoltoso quede impune, y así en la primera ocasión en que delinca, castígalo de muerte.

Si conservases algún respeto a los libros canónicos, sin duda que estos ejemplares hubieran puesto algún freno a tu sedición y rebeldía, y que antes de emprenderla, hubieras visto abrirse la tierra y dilatar el infierno su boca para tragarse a Abiron y sus secuaces por haberse conjurado contra Moisés, pretendiendo con mil ultrajes despojarlo de la soberanía que obtenía, y a Aarón de la dignidad y honor del sumo pontificado.

Tu congregación de Dolores me parece semejante a la que David llama congregación de Abiron, merecedora de que como en ésta la tierra hubiese vomitado llamas en los principios de tu infame conspiración, y de que en pocos momentos hubiesen abrasado toda vuestra impía reunión y abismadoos con cuanto os pertenecía, para que así vuestro fuego no se hubiese propagado, y tu frenesí no hubiera arrastrado a una eterna perdición a tantas almas redimidas con la sangre de Jesucristo, de esa divina sangre mil veces profanada por ti, que has tenido la osadía inexplicable de ofrecerla en Valladolid y en otras partes, teniendo ya tus manos teñidas en la sangre de tus hermanos, y después de estar ligado con las terribles penas y censuras de la Iglesia de Dios.

Así has acumulado impiedades sobre delitos; abominaciones y escarnios sobre hurtos y homicidios; blasfemias sobre rebeldías; y el último crimen que se puede cometer contra un reino y estado sobre los atentados más grandes que la humana malicia y el diablo su atizador pueda sugerir al monstruo más desesperado contra la fe.

En vez de poner a los hombres un freno con la enseñanza de las verdades fundamentales de la moral natural y cristiana, a lo que te obligaba tu ministerio, tú has abusado indignamente de la autoridad que te daba tu carácter, para soltar la rienda a las pasiones más feroces, convertir a tus feligreses y a otra multitud de gentes campesinas en fieras sanguinarias; la humana sociedad en una cueva de ladrones y asesinos, de áspides y basiliscos que mutuamente se maten y destruyan con su ponzoña propia.

Esta es la imagen de la felicidad grande que les prometías.

Para esto inventaste como otro Mahoma, que tenías tus avisos o impulsos del cielo, que la Santísima Virgen de Guadalupe te había bullido, despertado, sacudido y remeneado, diciéndote: ¿Qué haces, porqué no vas a acabar con esos de la otra banda? Y a este tenor otras horribles blasfemas invenciones para alucinar a los simples o de supina ignorancia, como consta de declaraciones jurídicas de algunos de estos mentecatos.

Para más embaucarlos ¿no te has puesto tú sobre el ombligo una grande estrella de plata brillante, para significar quizá, como los ilusos antropomorfitas del monte Athos, que en el ombligo recogías y contemplabas las luces celestiales y los rayos de la divinidad, que te dirigen en esta tu empresa sanguinaria? Los ardides y artimañas de que te vales para tu Napoleonisio, excede toda ponderación, y no salen de tu boca, que es sepulcro de fetidez, desdentada y renegrida, sino palabras y sentencias de muerte y de rapiña, deseos de que no haya Dios que pueda castigarte, ni hombres que se atrevan a resistirte, hasta que concluyas la obra de eterna desolación que te has propuesto a atraer sobre nuestra patria amada, que eternamente llorará el que tú hayas nacido en este suelo.

Para continuar demostrando la injusticia suma de tus proyectos y atentados que en esta carta he delineado, quiero que no tengas el escrúpulo que manifiestas a tus partidarios, de que no les es lícito matarte en virtud del bando con que el excelentísimo señor virrey, ha proscrito justa y santamente tu existencia intolerable.

Tú eres pésimo teólogo, interesado en hacer en sólo este punto del escrupuloso y concienzudo; pero todos los buenos teólogos enseñan que es lícito y muy loable el que cualquiera, aunque sea sacerdote, mate al que en público bando está pregonado por autoridad legítima como enemigo de la religión y de la patria, como puedes ver para calmar tu pobre conciencia y la de tus pobres colaterales y paniaguados en el IX capítulo del tratado que sobre esta o iguales materias publicó el célebre teólogo Juan Molano; para no aturdirte con otras citas y autores que no has saludado.

Ponte, pues, como acostumbras, la estola sobre el uniforme de generalísimo, y sube al púlpito como en Valladolid, y di una verdad que por conveniencia propia a todos quieres ocultarles; Que cualquiera puede lícita y laudablemente matarte, estando denunciado y proscrito como enemigo manifiesto del rey, de la religión y de la patria.

CARTA SÉPTIMA

Íntimo amigo, aliado y capellán de arrieros locos, de herradores desaforados, de cebadores furiosos, de toreros arrojados, de jugadores perdidos, de sibaritas obscenos, y de todas las heces y escorias de la sociedad más inmunda y corrompida, que son las fuerzas de tu centro.

En todos éstos, elevados por ti a la clase de ladrones y asesinos, tendrás siempre unos dignos panegiristas de tu conspiración jacobina.

A ellos se agregará una porción de cobardes y perjuros; otra de rencorosos y vengativos; gran número de perdularios, y no pequeño de ambiciosos, sin más mérito que su presunción o ignorancia, a pesar de la tintura superficial de algunos conocimientos, que por ser los primeros y únicos que confinan con la total carencia de ideas, no les descubren su tan mezquino saber, ni la inmensa carrera que tenían que andar para llegar a ser sabios verdaderos y ameritados, tu retaguardia y reserva se compone de los segundos, que son traidores a medias.

En esta tan desatinada rebelión eran temibles en tu vanguardia los brazos y furores de los idiotas bárbaros que todo lo llevan a sangre y fuego, incitados de la rabia que a ti te aguija y atormenta, y de la ansia de las rapiñas, con que los cebabas y se las concedías, como justa readquisición de sus propios bienes y compensación de sus escasas fortunas, dándolas a entender con hereticales blasfemias y fingidas visiones, que venías a ser como otro Moisés, destinado a conducirlos y librarlos, y que para tal empresa les intimabas como éste a los israelitas, que despojasen de sus preciosidades a los egipcios que los habían oprimido.

Tú armabas así unas verdaderas furias del infierno, que roto el dique sagrado de la conciencia, se derramasen como un torrente por este vasto imperio, y todo lo destruyesen en pocos momentos.

Mas tú, que preveías que la mitad de estos perecería en campaña y la otra mitad en un patíbulo, como sucedió a los furiosos jacobinos y regicidas de Francia; esperabas en tal caso para ti, y para esa segunda clase de sabihondos famélicos, de orgullosos pretendientes y de harpías encubiertas, todo el fruto de la devastación, y el dominio despótico de este reino.

Claramente decías a los carniceros de tu plana mayor, que los indios estúpidos iban por delante de carnaza, para que como murallas movibles recibiesen las descargas y os defendiesen; y que poco se perdería en que no quedase ni uno sólo, como con su sangre se ahogase a todos los europeos.

Estas eran las bases de tu sistema continental para el nuevo mundo; y este el plan de tus operaciones marciales con la estola, bonete y espada, para establecer el código Napoleónico en un sólo paseo militar por las provincias.

Aborrecías de muerte a los pobres que te pedían, y más aún a los ricos que no te daban.

Tu primer pensamiento fue destruir a unos y otros, y que los unos acabasen con los otros.

Como Calígula, deseabas que todas las cabezas de los ultramarinos españoles pendieran de un sólo cuello para cortarlas de un golpe.

A imitación de Galerio, te proponías que los pobres no necesitasen de cosa alguna, ni quedase uno en tu gobierno, mandándolos juntar después en una costa, cargarlos en lanchas y barcos, y sumergir en alta mar a cuantos miserables no hubiesen perecido de hambre, o al filo de la espada en esta tu regeneración caligulana, valeriana y napoladrónica.

A esos tres insignes emperadores te proponías por modelo para todas las actas de humanidad, compasión y felicidad, cuyas minutas en lo guerrero, escribía Allende, y en lo de gracia y justicia Chico, tus dos íntimos consejeros y las personas de más valía y confianza para establecer la usurpación, conquista y administración de toda la América septentrional.

El método de gabelas, tributos e imposiciones debidas a tu corona real y sacerdotal se reducía a estos dos artículos:

“Los vivos pagarán siempre la tercera parte de todos sus bienes a su libertador Hidalgo; y los muertos triplicados derechos parroquiales a su cura Costilla.

Tendráse entendido, para que sepan como han de vivir y morir en mi patria reconquistada, y que de otro modo ni pueden vivir, ni morir en la dilatada extensión de estos dominios de su generalísimo Hidalgo y Costilla.”

Con este bosquejo de futura adjudicación de todos los bienes, honores, y dignidades para los semi-sabios arrogantes e irreligiosos que han seguido tus banderas profanas; o que en el secreto de sus fementidos corazones han apetecido y esperado tus progresos (que se figuraban infalibles e incontrastables); con estos anticipados anuncios de que la fortuna sería para ellos, has seducido y embaucado a muchos, que son ahora los más temibles, o porque procurarán sostener la ilusión entre las gentes a quienes debieran desengañar y atizarán el fuego, que en conciencia estaban más obligados a sofocar desde el principio; o porque en sus semblantes se lee su criminosa indiferencia y el chasco que corroe su ambicioso corazón.

Respecto de estos repito lo que Cicerón decía contra Catilina, que ojalá se hubieran salido con él todos; que hubiesen abandonado a Roma juntamente con él, y que a su ejército revolucionario se hubiesen agregado, para dejar de una vez libre a la ciudad del miedo de sus asechanzas, y a los buenos ciudadanos del tormento cruel de la desconfianza.

¿Quién pudiera imaginarse, que tú y ellos llegaseis a cohonestar la más atroz de cuantas injusticias han maquinado los traidores más malignos y alevosos, y que sobreañadiendo el delito de un odio nacional, que era sólo propio de vosotros, llegaseis a interponerlo como un denso velo a los ojos de la multitud, para que no pudiese penetrar la malicia y perfidia de vuestro proyecto? Por tanto es preciso confundirte, arrollarte y cubrirte de ignominia sempiterna, y en tu cabeza, a todos tus sectarios y panegiristas crueles e insensatos, demostrando unas verdades sencillas, en que estriba el reposo y felicidad de nuestra dulce patria, que tan inicuamente intentabais despedazar socolor de apariencias engañosas.

Es preciso tener tan trastornado el juicio, tan pervertida el alma como vosotros, para no horrorizarse con sola la perspectiva de atentados tan enormes.

La sangre derramada en la que debía ser tierra de perpetua paz, unión y concordia; y más de diez mil almas que (si Dios extraordinariamente no las ha salvado) están ya por vuestra culpa ardiendo en los infiernos; esa sangre y esas almas eternamente pedirán venganza al justo cielo contra vosotros.

Maestros de error y ejecutores de iniquidad, que las extraviasteis y precipitasteis; y las maldiciones de su interminable desesperación, contra ti romperán principalmente, de en medio de aquellos calabozos eternos, y de entre las llamas devoradoras, para perseguirte y execrarte en los siglos de los siglos sin fin.

Porque tú llevaste a esos malos ladrones a morir violentamente en Querétaro, en el monte de las Cruces, en Cuernavaca y en los llanos de Aculco.

Culpa tuya ha sido el que con la vida pagasen una traición, a que por sí mismos jamás se hubieran movido ni determinado.

Sin tu apostasía y sedición, y sin los groseros errores contra la ley santa de Dios, que como veneno les diste a beber para adormecerlos, y matarlos primero en sus almas, no habrían esos miserables expuesto su vida corporal en una empresa tan injusta como desatinada.

¡Ah, que habrían ellos (sin tu loca conspiración) fallecido pacífica y cristianamente en sus casas o jacales, en el seno de sus familias, purificados y fortalecidos con los sacramentos de la religión; asistidos y consolados por sus esposas e hijas; elevadas sus almas hacia el trono del Cordero inmaculado con los fervorosos deseos que les habrían inspirado los ministros de la Iglesia santa en los últimos instantes de su vida!

¡Ah, que diez mil almas redimidas con la sangre de Jesucristo, selladas con el carácter divino del bautismo, partícipes de tan alta dignidad y de gracias innumerables, que tal vez hubieran muerto en el ósculo del Señor, recibiendo la final que es la corona de las demás gracias, estarían eternamente alabando las misericordias de nuestro Criador y Salvador, de su divina madre, nuestro amparo y delicias; y ahora esas diez mil almas, por tu causa, por tu seducción, por tu escandalosa doctrina, por tu infame sedición, por tu abominable atentado y rebeldía, están condenadas para siempre, sin remedio; y eternamente blasfemarán a Dios, a Jesucristo, a María, a todos los ángeles y bienaventurados; y eternamente maldecirán con razón al cura Hidalgo, que les enseñó tales blasfemias y herejías, y que por saciar en odio, su envidia y su frenética ambición de dominar, a ellas las ha precipitado en el infierno.

Pues sus bocas arrojando contra ti llamas que las devoran y devorarán sin consumirlas, piden desesperadas que bajes a participar de todos sus tormentos, para vengar en ti, en tu corazón ya formado de piedra infernal, el odio que les inspiraste, y por el que las has sacrificado en el tiempo y en la eternidad.

Por ti han muerto separados del gremio de la santa Iglesia, tanto por las herejías morales que abrazaron, creyendo ser lícitos los hurtos, los homicidios, las impurezas, la rebelión contra el rey y sus ministros, contra la Iglesia y sus pastores; como por desobedientes y refractarios a la potestad espiritual y a sus sentencias justas legítimas, fundadas en el derecho canónico y práctico de todos los siglos del cristianismo.

Sólo tú podías inspirarles desprecio de toda ley, preciándote de teólogo y canonista entre la turba salvaje, compuesta de todas condiciones de gentes agavilladas por el odio, que te oyen como oráculo, y que te siguen como en tiempo de Teodosio los judíos a un tunante que se fingió otro Moisés para libertarlos, y los condujo a una playa en Creta, haciendo que se arrojasen al mar para llegar a la tierra prometida.

De este modo los guías tú y los conduces al precipicio, a que paguen la pena de su estupidez unos, y otros la de su ambición y soberbia, y así el seductor atrevido sea para con ellos su verdugo sanguinario, y nadie escape del castigo con que la ira de Dios os amenaza y persigue en todas partes.

¿Será justo pues, señor Costilla, en otro tiempo catedrático de teología, que por tu antojo frenético se hayan condenado ya tantas almas, y que otras muchas siguen sus pisadas? ¿Será justo que innumerables se hayan implicado en el crimen de sedición, que según el sólido maestro de la teología cristiana el doctor Angélico, es un crimen gravísimo en sí, y en las consecuencias tan funestas que acarrea y en los delitos a que arrastra? ¿No eres tú, señor bachiller, el que enseñabas la suma teológica de Santo Tomás en el Colegio de San Nicolás con algún aplauso, aunque no tan merecido como los menos hábiles de tu provincia ponderaban, dando con sus elogios desmedido pábulo a esa soberbia, que enteramente te ha precipitado en el abismo de las maldades más atroces, y que por tales encomios hayas arrastrado con tu cola como Luzbel, una gran porción de larraguistas y bachilleres de todas clases y condiciones, y una masa inmensa de tiznados que en las dos batallas parecían formar alguna legión de los demonios, que cayeron convertidos en carbones del infierno?

¿Es esta de ahora la teología que entonces aprendiste, y enseñas hoy la que en aquel tiempo enseñaste? ¿O se podrá decir de ti lo que de Volter, que aprendía en Santo Tomás los argumentos, hasta las soluciones exclusive para impugnar el dogma y la moral, sin fatigarse en buscar nuevos sofismas, sacando de la misma triaca el veneno de su irreligión e inmoralidad? ¿Imitas este método, para seducir mejor?

¿Será justo, que por tu culpa perezcan tantas familias, o queden reducidas a la orfandad y miseria extremada; que tantas esposas y sus tiernos hijos no vuelvan a ver ni a saber de sus maridos y padres y que si escuchan tal vez su nombre, sea con la nota de infames y traidores al rey que los protegía como padre, a la patria que los sustentaba como madre, y a la religión divina que los encaminaba al seno del rey de reyes, y a la patria de la paz inadmisible?

¿Será justo que estas familias lloren siempre sin consuelo, y quieran borrar hasta el apellido de quien les dio el ser? ¿Será justo, que por el desatino del nuevo Hidalgo don Quijote, el revolucionario de tierra adentro, o más bien de los infiernos, toda esta América haya sido conmovida y consternada, escandalizada y empobrecida; oprimidos y vejados mil inocentes; talados sus campos; saqueadas sus casas; huyendo unos a los montes, por vivir más seguros entre las fieras que con sus conciudadanos; y no hallando otros seguridad ni asilo en los templos ni en los sepulcros? ¿Tales atrasos al comercio, a la agricultura, al erario, causados por tu conspiración, son obras de tu justicia?

¿Lo es, la sangre de los mismos que han muerto gloriosamente peleando contra ti y tus huestes bestiales; defendiendo cuanto de más sagrado y venerable puede haber en una patria de ciudadanos honrados y católicos? Pues justamente esta sangre como la de Abel pide contra tu injusticia venganza al cielo.

Las almas de estos mártires de la lealtad y de sus deberes sagrados, sin duda han recibido la palma de la inmortalidad, y moran donde a todos los une la caridad.

Pero advierte, te diré con San Ambrosio, que no es Abel quien clama y se queja, sino su sangre; la voz que él hace oír sale de la tierra manchada con el horrible fratricidio; el justo Abel sin duda ha perdonado su muerte; pero el lugar donde se cometió te acusará y condenará perpetuamente: Si frater parcit, terra condemnat.

Cuantos sitios hay en la Nueva España donde por tu causa se haya vertido la sangre de nuestros hermanos y defensores, siempre gritarán y pedirán venganza contra ti, que has destruido la obra de Dios; que has quitado unos miembros útiles a la sociedad; que has usurpado temerariamente la autoridad divina, y uno de sus principales atributos, que es el derecho de vida y de muerte.

Porque ¿qué cosa hay más manifiesta, si no quieres apagar enteramente los principios más claros de la religión, de la razón y del sentido común, que el que nadie puede perturbar jamás el orden y la tranquilidad pública, que nadie debe atentar a los bienes y vida de sus conciudadanos, y que como dice el gran padre San Agustín, sólo Dios ha puesto alguna excepción a esta prohibición general de matar, concediendo el que solamente por las mismas leyes que él ha establecido para hacer morir a los criminales y reos de altos delitos, mueran por medio de la espada que ha concedido, como enseña el apóstol a sus legítimos ministros, para exentar sus venganzas contra los culpables?

¿Qué verdad más inconcusa, prosigue el mismo santo, que el que esta ley general e inviolable sólo se exceptúen algunos casos particulares, en que el Señor por sí mismo ha intimado la orden de hacer morir a una u otra persona particular, y que en ambos casos no es el hombre quien mata sino el mismo Dios, cuyo instrumento es el hombre, como la espada entre las manos de quien la maneja? ¿Con que sólo el cura Costilla es el que se ha querido erigir contra todo orden, ley y precepto, en arbitro de la vida y de la muerte, matando o haciendo morir contra la autoridad de Dios, y contra el orden de la justicia que él tiene establecido, trastornando los principios del reposo y de la seguridad pública, que han sido adoptados en todos los tiempos y países, y sobre los que los legisladores todos del universo, tanto sagrados como profanos, han establecido sus leyes? ¿Será posible, que un bachiller teólogo haya venido a intentar deshacer los primeros cimientos de la sociedad humana, autorizando unos delitos que los mismos paganos miraban con horror, y sus leyes castigaban con rigor extremo?

¡Un ministro del Dios de paz, ha de haber tenido osadía para dictar en sus cartas y en sus títulos literalmente esta orden, que he visto escrita de letra de Allende y firmada de tu propio puño: que se ha de perseguir, hacer la guerra, secuestrar los bienes de los europeos, y con ellos levantar tropas para conquistar todas las provincias! ¿Dónde estamos, entre qué gentes vivimos? ¿Es sacerdote y cura párroco quien habla en estos términos? ¿Es cristiano o es turco? ¿Es hombre o es demonio? ¿Por ventura eres el profeta falso que ha de aparecer para instigar la gran bestia o anticristo, exterminador y asesino del linaje humano, y persuadir a las mismas infelices víctimas a que lo adoren? ¿Qué dijeras si alguno de los que hoy persigues, valiéndose de tus mismas armas y doctrinas sanguinarias, hubiese en otro tiempo robado y destruido el tendajón y rancho de tu padre; hubiera declarado guerra a tu familia semiespañola; hubiese asesinado a tu padre, roto las costillas a tu madre, y perniquebrándote a ti, perdonándote solamente la vida para que entendieses que según tus argumentos, era justa su aversión, santa o importante su empresa, meritoria la hazaña de exterminar, o al menos inutilizar a todos los Hidalgos; y a las Costillas todas, que quisiera decir eran enemigos natos de los demás vivientes?

¿Te hubiera acomodado este modo de discurrir y ejecutar?

¿No habrías clamado al cielo y a la tierra, pidiendo venganza contra semejante insulto o injusticia?

Así me responderás aún hoy, aunque la tal injusticia nos habría preservado a todos de uno de los mayores asesinos y tiranos, sólo digno de entrar en la sociedad de los Nerones, Domicianos, Cronoveles, Cartuchos, Lemoynes, Rovaillaques homicidas emponzoñadores, despojadores, parricidas, y sólo digno de figurar en este tiempo entre los más afamados ladrones y forajidos que de debajo de los pies de Napoladrón salen a talar y despoblar el mundo.

Lo dicho hasta aquí es un verdadero retrato de las injusticias bárbaras, que bárbaramente has emprendido y ejecutado; prometiéndonos para lo sucesivo, si prevalecías, barbaries e injusticias más descomunales todavía que éstas.

Porque ¿qué caos y confusión, propia sólo de los abismos, habría sido ver y sufrir el nuevo orden, dije mal, el desorden monstruoso que meditabas establecer en nuestro suelo?

¡Qué fuera verte a ti al frente de la administración pública, arrogándote la autoridad suprema, destituyendo todas las autoridades legítimas, apropiándote todos los bienes y posesiones, formando un inmenso serrallo de las indias y criollas que más te gustasen, y que por patricias dijeras eran muebles conquistados para repartir entre los vencedores tus sobrantes! ¡Y que tú fueses como el gran Lama de los tártaros, que reside en Putola, quien se oculta misteriosamente, y se hace tener por inmortal; que decide como pontífice los puntos de religión, y como déspota no tiene más ley que sus caprichos, ni los vasallos esclavos más arbitrio ni libertad que para adorarlo postrándose, convertidos en el Lama cuadrúpedo, que se arrodilla para recibir la carga.

¡Bajo tal Lama, cuál fuera nuestra suerte! ¡Bajo tal Costilla, cómo quedarían las nuestras!

¡Bajo tal cetro de yerro, pobres de nosotros, sujetos a herradores sacados de la fragua de Vulcano, como el que nombraste de gobernador y virrey para Toluca, que en su yunque martillaba a todos los propietarios, y por leyes irrevocables para el repartimiento de las haciendas entre los traidores, alegaba las chispas de su fragua, indicios de su poder!

Buen ensayo nos diste de tu sistema, en este y otros salvajes escogidos para gobernadores.

Pronto hubiéramos visto en los cuerpos y cabildos eclesiásticos esos minimistas de treinta años nacidos para vaqueros, y acostumbrados como tú, a la bárbara diversión de colear toros.

¿Qué fuera ver un cabildo de tales clérigos muy seculares y muy irregulares, que ahora te acompañan con la esperanza de que los harás inquisidores, canónigos y obispos; que después de no haber sabido leer ni el introito de la misa, se juntasen vestidos de manga o de cuera, en los alrededores de México, Puebla, Valladolid y demás ciudades, a divertir las gentes, corriendo desaforados tras un toro, a ver quien le cogía primero la cola, la afianzaba contra la cabeza de la silla vaquera, y lo hacía dar cuatro tumbos y volteretas crueles a la cornuda bestia? Pues yo he visto a más de cuatro de tus sectarios desordenados, a pesar de sus órdenes, pasar así la vida, y divertir tu ferocidad corriendo de este modo, cuando por tu mortal quebradura no podías disputarles el triunfo en estas tus carreras y juegos olímpicos.

Pues en los tribunales y oficinas ¿qué sucedería cuando en ellos hubieras ya puesto tus legados latericios, o de cal y canto que no saben ni leer, o esa media docena de rábulas tus paniaguados, que por ley deberían tener freno y cabestro en las quijadas, para que no se nos acerquen, dañen ni muerdan, escupiendo y destrozando nuestra legislación, para promover pleitos interminables?

Estos han esperado con ansia y hambre canina la publicación de un código indigesto, que parece borroneaste en el llamado por ti cuartel general de Acámbaro en 23 de octubre.

Allí asegurabas como infalible y como revelado por San Miguel, (así les decías a tus brigadieres, coroneles y a otros arrieros tus magnates, como jurídicamente han declarado ya algunos) que a fin de que no matasen los gachupines a los criollos en el día 29 de septiembre; te había el santo arcángel armado de su espada y autoridad; que para el día de todos santos entrarías triunfante en México, te se rendirían luego las provincias y empezarías a ejercer la soberanía, haciendo crecer el catálogo de los muertos, y celebrar con gozo de unos y llanto de otros la conmemoración de los difuntos.

El éxito ha hecho ver aun a los mismos alucinados, que la revelación te la dirigió el que está a los pies de San Miguel, y que el diablo, que en otro tiempo habló, disputó y convenció a Lutero para proscribir el santo sacrificio de la misa, (de lo cual hacía él alarde) ese mismo diablo te destinaba a igual empresa, y te hablaría, animaría y prometería el triunfo en la capital, sin pensar que habías de pasar por el monte de las Cruces, de cuyo nombre huyen todos los diablos, y se estremecerán eternamente todos los discípulos y admiradores del que hace y ejerce sus visibles funciones, acusando a nuestros hermanos, andando alrededor nuestro como león, rugiendo y buscando a quien tragarse.

Se ha visto que eres un pobre diablo, a pesar de tu extrema malicia; que tu desconcertado plan, parto de tus delirios y sueños, sólo podía alagar a la más vil canalla y a los que hubieran apostatado enteramente de Dios, a aquellos que podrían repetir entre nosotros la grave escena de la isla de Granada, cuando un herrador, convertido en mariscal, hizo proceso al gobernador, y en lugar del sello puso una herradura de caballo alrededor, de la cual Archangeli, que era el que hacía de escribano, y el único que sabía escribir entre todos los jueces y magistrados, escribió con mucha formalidad: Marque de Monsieur de la Brié, conseiller rapporteur.

Tus consejeros y nuestros jueces, serían otros tales, y para que vosotros no nos herraseis, sería necesario ponerte a ti y a los tuyos vuestras armas propias que son las herraduras, como justo pago y distintivo de la gran justicia de tus procedimientos.

Dirás, que he estado hoy descortés, atrevido, molesto, y pesado hasta no más; que te he revuelto la cabeza con tal multitud de especies inconexas; que te he dado ciento en tu clavo y una en tu herradura; y que me harás injusticia reseca, si me puedes haber entre tus uñas.

A todo contestaré, que mi objeto es molestarte, y que quisiera ser pesado con la clava de Hércules en la mano.

Mientras llega tan feliz momento, proseguiremos la lucha del pugilato con diferencia de estilos agudos y penetrantes, propios de la justicia que defiendo contra tus injusticias atrocísimas.

P. D.

En la carta quinta por equivocación decía: pozo de Diógenes por pozo de Demócrito.

Para ti y tus discípulos filósofos del nuevo cuño, y teólogos de la herradura de Mr. de la Brié, lo mismo es tina de Diógenes, que pozo de Demócrito, aunque no os sea lo propio agua que vino.

Para esta América hubiera sido mejor que en uno o en otro os hubieseis ahogado antes de causar tales escándalos y estragos; y en este punto, aplícate señor cura, la sentencia de Jesucristo contra los que escandalizan y pierden a las almas, y que más valiera que en la cuna te hubiese sofocado tu misma madre.

Otra P. D.

Me informan, señor bachiller, que con mucha bachillería e ignorancia afectada, reprobaste en la cámara baja los títulos de mi primera carta, que deben repetirse en todas las demás.

Eres ex-cura de Dolores, porque has sido un frenético maliciosísimo, que nos has querido volver locos con locura a todos, y causarnos mil angustias y dolores, siendo lobo de la grey de Jesucristo, y el jabalí que ha destrozado esa viña del señor de Sabaoth.

Eres ex-sacerdote de Cristo, porque aunque tengas el carácter indeleble de su sacerdocio eterno, tus obras son de sacerdote de Belial, y tus deseos, de no tener tal marca ni participación del ministerio católico, sino la marca dicha de Mr. de la Brié, y de aquellos sacerdotes apóstatas, como Sieyes, que en la revolución de los jacobinos gritaban y escribían que detestaban su sacerdocio y rabiaban por haberlo recibido.

Eres ex-cristiano, por la misma razón; pues te burlas de tal nombre y lo abominas, lo infamas y lo contradices, habiendo vuelto por tu espontánea prevaricación a todas las obras de Satanás a que renunciaste en el bautismo.

Con que por tu voluntad no eres cristiano, aunque pare tu mayor confusión y pena lo será siempre, pesar tuyo y mal de tu grado.

Eres ex-americano, por degenerar de nuestros nobles, leales y generosos sentimientos, y por ser el enemigo, el azote, la peste y la afrenta de nuestra patria, la que te arroja de su seno, y te borra de la lista de los americanos para siempre, hasta el último día de los siglos.

Eres ex-hombre, aunque tengas alma racional, pues sólo para prevaricar con más torpeza y con malicia más refinada, has hecho mal uso de tu razón en ese tiempo, y te has empeñado en que los naturalistas te pongan en una clase incógnita, diciendo: “Hidalgo en la malicia y dañada intención pertenece a la especie diabólica; en la cobardía y flaquezas de la corrompida naturaleza de los hijos de Adán, pertenece a la masa de los hombres más miserables y culpados; pero en su empresa revolucionaria toca a la especie de las bestias feroces, particularmente de los tigres, con mucha aproximación a las raposas y zorros, y por eso desde el colegio era denominado: el Zorro Costilla.

Quedan señor zorro desvanecidos tus escrúpulos y sofisterías, y quedas hecho y derecho un agregado de todos los ex referidos, en lugar de la excelencia que te apropias entre los hotentotes, que te llaman excelentísimo, sin el apósito de bachiller, frenético, feroz, apóstata y bribón excelentísimo.

CARTA OCTAVA

¡Oh inhumano Costilla! Bien conozco que la lira de Orfeo y la trompa del cantor de Aquiles, que amansaban a los tigres y leones rabiosos, que inspiraron sentimientos de humanidad a los hombres agrestes y feroces, que los separaron de la vida vaga, errante y selvática, en que seguían devorándose unos a otros como fieras, y los unieron en sociedad para que fuesen hombres y amigos; bien conozco, que para ti serían estos armoniosos acentos, cantos lúgubres y horrísonos.

Al asno en vano se le toca la lira, aplicó ya San Jerónimo al hereje Vigilancio, enemigo de la virginidad, del cual añade que en la vejez dio en la manía de tener miedo de dormir solo; sin duda porque esta sola sociedad era la que le acomodaba a su corazón helado y yerto para todas las demás afecciones humanas.

Tú has dado en igual locura Vigilanciaca, que te tiene vigilante y despabilado, cuando tu sangre cansada de rodar por esas venas desvencisadas, ha hecho un retroceso a tu corazón de tigre, para no dejarte ya más afecto social, que el que experimentan en tiempos de celo los mismos tigres, volviéndose más rabiosos entonces contra las demás especies.

La armonía, pues, del mismo Homero había de enfurecerte más, lejos de amansarte.

Hace ya algunos años, que parece preferías al variado canto de los zenzoncles el graznido triste y monótono del tecolote, que posaba en el árbol que hay enfrente de la casa parroquial de Dolores, y que solías decir a tus topiles: me gusta erte canto misterioso de moerte; hace un eco agradable en mi pecho; vosotros no lo entenderéis hasta que no tecoloteen todos los búhos de Nueva España, para acompañar a mis feligreses al sepulcro, en vez de los gangosos responsos con que yo los entierro ahora de mala gana, por ser tan de espacio y con pompa.

Días vendrán, hijos míos, en que yo os despene pronto, y sólo me da pena el que tarden tanto.

Con efecto tus anuncios humanísimos se han cumplido, y tu alma, rodeada de cadáveres, nada en delicias, y respira en su propio elemento entre miserias y muertes ajenas.

No conservas hoy humanidad sino para con la caballada de tierra adentro, que compone tu estado mayor y consejo de esbirros y verdugos; y sólo tienes compasión hacia las bestias que montas, cuando, como buen Albeytar que eres, ves que van a descerrumarse o dislocarse los murecillos, con riesgo de que se manquen cuando más necesites correr por barrancas, como en Aculco, huyendo empolvado y sudándote el rabo.

Mas yo que entonces también te iba a los alcances, picándote la retaguardia, y tecoloteándote con mi escopeta, para que te recreases con el son monótono de la muerte; irritado con tu cobardía, que es a la verdad inhumana, he tratado de incomodarte como a enemigo de todos, hablándote hoy el lenguaje que más ha de exasperarte, porque no hay cosa que más haga rabiar a un loco, que el que contradigan sus delirios; ni que más enfurezca a un inhumano, que el que le persuadan humanidad.

Sabido es que a aquel de quien se deriva la facultad bárbara de perseguir, que ejerces, nada o exacerba y encona tanto, como que le digan que mire con conmiseración a sus semejantes.

El misántropo Napo-ladrón, tu protector, (porque lo es de la confederación del rin, ran, por rapin, rapan,) entre las causas más graves para expeler de su lado a Josefina, alegó que se empeñaba a veces en persuadirle que usase con moderación de las victorias pasadas, que tuviese compasión de la Francia exhausta y oprimida, que no agravase las desgracias de los príncipes que había cautivado, que ahorrase la sangre de sus ejércitos y también la de los enemigos, que proporcionase la paz a la Europa, y dejase respirar a la humanidad después de tantas calamidades.

Desde que Josefina se explicó así, y empezó en Rayona a mirar con alguna lástima la prisión de nuestro rey y real familia, y a tomar interés por la suerte de España, porque no le habían dado pretexto para unos actos de tan inhumana fiereza; dijo Napodemon, que su corazón y el de Josefina nunca estaban acordes, y que con sus ojos y semblante, cuando no con palabras, fiscalizaba su gran política peculiar, y servía de tropiezo para sus planes ulteriores.

Tan cierto es, que un hombre feroz sacrifica lo más amable y amado, y rompe los vínculos más estrechos, si sirven de estorbo a su instinto maligno y ominoso de encruelecerse contra los hombres, porque a todos los mira como a contrarios de su felicidad y existencia.

Señor bachiller Napoleoncillo, ten presente el lance en que una dama de honor y de virtud, cuya hacienda saqueaste desde el principio de tu rebelión y rapiñas, te arguyó, rebatió y confundió con grandeza de alma, haciéndote ver la monstruosidad, locura e inhumanidad de tu tentativa, y la imposibilidad de lograrla en un país amante de su Dios y de su rey, y en el que se respetaban los derechos de la humanidad; que no era esto lo mismo que Francia degradada, para proteger una usurpación tan sacrílega, como cruel e inhumana; y que tú serías víctima abominable de tan inaudito atentado...

¿Pudiste responder a pesar de tus bachillerías rancias, a tan justas reflexiones?

¿Pero acaso te mitigaste? ¿Abriste tu corazón a este lenguaje persuasivo y eficaz?

¿Se apiadó tu alma de las desventuras que habías causado a aquella noble heroína y a toda su familia, ni de las lágrimas que tantas otras vertían en silencio por iguales infortunios, causados por tu horrorosa barbarie? ¿Qué dijiste, así reconvenido? ¿Qué satisfacción dabas a aquellas víctimas inocentes de tu furor, que dejabas arruinadas para siempre?

¿Qué?... Óigalo la humanidad, para estremecerse y para detestarte.

Yo no vuelvo atrás, (dijiste con una insensibilidad peor que la misma rabia); yo no desisto de mi plan; lo he de llevar a sangre y fuego por todas partes; y si no salgo con él y me veo perdido, no me faltará un puñal.

¿Con que no hay esperanza de que mientras puedas dañar, dejes de hacerlo?

¿Invocaremos en vano las leyes santas de la caridad, que es el distintivo de los verdaderos y perfectos cristianos, hablando con un monstruo que renuncia y abjura solemnemente hasta los sentimientos de humanidad de que no se despojan ni los turcos, ni los rústicos paganos? ¿Serás, cual el bicho tacaño de Córcega, un tirano embrutecido, indómito e indomable; pues no sabes lo que es este sentimiento de beneficencia general, que nos excita a todos a procurar la dicha de nuestros semejantes, o bien con nuestros consejos, o bien con nuestros ejemplos; ora enjugando las lágrimas del afligido, ora beneficiando al necesitado; ya sintiendo sus penas, miserias y enfermedades; y ya complaciéndonos en su bienestar, en el gozo y gusto suyo o de su familia?

¿Pues para qué nos dio el autor soberano estas afecciones íntimas de compasión, de beneficencia y de piedad, de amor, en una palabra, a la patria, a los padres, a los enemigos y a los demás hombres, sino para que todos, siguiendo el impulso suave de estos afectos, participemos de alguna manera de la dicha misma de la divinidad, que se complace en amar, en conservar, en socorrer a la humana naturaleza? ¿Con que tú, bárbaro, si pudieras, harías que no amaneciese el sol sobre los que llamas enemigos, fuesen buenos o fuesen malos?

Tú te opondrías al poder y designios del autor de la naturaleza; tú abrasarías todas sus casas y campos; tú arruinaras sus sementeras; tú ahogarías su descendencia; tú matarías a tus mismos ascendientes; y tú borrarías el nombre de esta nación, que es el último grado de fiereza a que según el santo David, llegaron los asirios, moabitas y ammonitas, cuando orgullosos decían: vamos a destruir este pueblo de Israel; no sea en adelante nación, no subsista esta gente, y no se hable más de ella.

Pues alguna vez leerías, si acaso has rezado los salmos, que los caudillos de tan bárbara pretensión perecieron, quedaron sus cadáveres sin sepultura, y se pudrieron como estiércol en el campo de batalla; del modo que sucedió a los cuatro corifeos impíos Oreb, Zeb, Zebeo y Sálmana, figuras de otros cuatro peores, Hidalgo, Allende, Aldama y Abasolo, que inhumanos y sacrílegos vais gritando: no quede ni en nuestros hijos el nombre español; borrémoslo y con él juntamente el santuario y culto del Dios que adora ese pueblo.

¡Execrables abortos! Hase cumplido con vuestra caterva el castigo visible que descargó sobre aquellos.

El monte de las Cruces ha sido otro Endor glorioso, junto el Tabor, a Tepeyac bendito, donde sucedió la derrota de los madianitas; y Arroyo Zarco y Aculco, nuevo torrente impetuoso de Cisson, donde los esforzados tanto como Débora y Barac han destruido, han aniquilado a la vil canalla de Sísara y Chanaan.

Tras ti y tus infames coligados va volando la ira de Dios, y el brío de sus tropas para caer al modo de tempestad y de llama, que abrasa los montes sobre vosotros, do quiera que escondáis vuestros desconcertados proyectos, vuestras conciencias agitadas o muertas, y vuestras cabezas prontas a desaparecer como paja al ímpetu del viento.

No faltará la justicia del eterno, que tantas veces ha reducido al polvo, con ejemplar castigo, a los inhumanos, perseguidores de su nación escogida.

Tú te reirás de sus amenazas, porque hereticalmente has dogmatizado, que no son castigos del cielo los que se padecen en esta vida por los protervos como tú, que tanto lo provocan con desafueros inauditos.

A despecho tuyo lo experimentas ya.

Hoy eres el objeto de execración universal, y todos te buscamos como a una fiera que es preciso encadenar y hacer morir de un modo espantoso, por enemigo de su patria y de todos los vivientes.

Si el apóstol San Pablo, que entre los crímenes mayores de algunos paganos contaba, el que no tuviesen compasión y humanidad; que decid, que quien de los suyos, de su propia sangre y parentela no cuidara, era peor que los mismos infieles; y que se estremecerían al contemplar que por envidia de su glorioso apostolado algunos ministros evangélicos se alegraban de verlo entre cadenas en Roma; si el doctor de las gentes te escribiera en esta ocasión, ¿qué diría de un ministro de Dios, que se complace en aprisionar por envidia y odio a los cooperadores del ministerio; que no tiene amor a su propia sangre, y se desnuda escandalosamente de todo sentimiento compasivo y humano?—

Después de los males indecibles que siembras por donde pasas, tú te proponías con intención más rencorosa y feroz, que fueran ellos un medio de que nadie pudiera socorrer a España en su tribulación amarga y en su admirable resistencia; y de que perecieran aquellas nobles y heroicas familias en la indigencia, como resultado de la que aquí ocasionabas.

Y dime, Judas avaro, que por apego al dinero que no es tuyo, niegas, afliges y entregas a Jesucristo y sus ministros, a su esposa la santa Iglesia, y a sus ovejas; dime, ¿por ventura has dado tú algo para socorrer tales necesidades? ¿Ha habido hombre más duro para con toda clase de pobres, hasta que llegó el tiempo de hacerlos instrumentos criminales de la devastación? ¿Les has dado, ni aún ahora, un ardite que no fuese robado? ¿Has atendido al bien de algún menesteroso?

¿No has querido tragarte todos las riquezas de este reino, deseando tener una atracción más poderosa y universal que la de todo el sistema planetario; a fin de que la hambre y el terror doblegasen nuestros cuellos bajo tu yugo de boyero; y no hubiera más rico en la Nueva España, que el inhumano egoísta usurpador Costilla, criado en un petate, entre andrajos asquerosos, en la mayor miseria, comiendo tortillas y comido de pio?...

¡Gran fortuna por cierto para la América, que te nos entronizases, pobre pillo, volviéndote otro rey Midas, quien todo quería que fuese plata para él, y en justa pena se moría de hambre, porque no le daban de comer sino pura plata! Yo para ti, y todos conmigo, te hemos destinado puro plomo; y puesto que cual fiera andas por los bosques, con plomo te cazaremos, para que no salgas a realizar otra vez el plan de opresión universal que empezaste.

Este artículo de la inhumanidad de tu proyecto, pide una contestación más seria por mi parte, y que añada nuevas reflexiones en este mismo correo, aunque sin saber a donde dirigírtelas, porque unos dicen que ya, según el sistema de Rusó, has emprendido el estado que él llama natural, viviendo en las cuevas de los montes como las bestias, y al modo de las bestias; y que empezabas a andar en cuatro pies, parte por elección rusoyana, y parte por necesidad aculqueña.

Cuentan otros, que te han visto trocado como Nabucodonosor feroz, en bestia furibunda, y que andabas paciendo en compañía de unos osos.

No falta quien jure, que le pareció verte arrebatado por unos gavilanes, y que seguido de muchos cuervos que te hacían música con su cras, cras horrible, pasabas por sobre el monte de las Cruces, tomando luego el vuelo tu comitiva de avestruces hacia un abismo o despeñadero profundo, y que de allí salían bramidos y quejidos horrorosos.

Espero saber de cierto tu suerte y paradero, para ver si podré enviarte otra Paulina, en que con tono diferente confunda tu inhumanidad, y haga ver que no eres hombre.

CARTA NONA

Bachiller Allóphilo o extranjero, y bárbaro Sarmata.

A un ente que no es de nuestro linaje en sus procederes; que parece ser injerto monstruoso de los animales más dañinos, (tigres, osos, leones, leopardos y águilas) que en boca de los profetas sirvieron para simbolizar la ferocidad y barbarie de los Caldeos; a tal bestia cruelísima, no sé qué nombre propio darla.

Cicerón, cuando improperaba a los Verres sus rapiñas, a los Catilinas sus conjuraciones, a los Clodios sus lascivias, rabias e incendios, a los Antonios sus furores y usurpaciones; después de haber gastado todos los pinceles de la elocuencia, no hallaba por último recurso de su ingenio y desahogo de su dolor, exclamación más propia que ¡oh bellua immanissima! Yo tampoco encuentro voz más expresiva para diseñar tu fuerza, dejando a un lado la dignidad del sacerdocio, de que has hecho el abuso más sacrílego para arrastrar en pos de tus pisadas a otras bestias menos maliciosas.

Mis invectivas son contra tus obras infernales, que por los tres caracteres sagrados e indelebles con que estás ligado a la religión cristiana y a su ministerio augusto, aparecen aun más horribles a los ojos de la humanidad, que si fueran obras del mismo demonio.

Mas si te acomoda el tratamiento belluino, por el derivado de bellum, y porque en tu sistema de vida has circunscrito tu felicidad al círculo epicúreo de las bestias, pensando hoy, y desde diez años atrás, que tienes alma de gato como las uñas; yo que en nada quiero complacerte, ya no te daré tal nombre, sino el que con que te saludo desde el principio.

Eres Allophylo universal (y a parte rey, que era tu cuestión favorita en el colegio para sutilizar según tu genio y mal ingenio) has de ser este universalísimo Allophilo, respecto de todo el género humano, indigno de toda sociedad, vitando en toda población, execrable en las cuatro partes del mundo, sin poder hallar asilo más que en Córcega, donde desde el tiempo de nuestro famoso Séneca, se reducía el código a estas cuatro leyes, que son las bases de la legislación Napoleónica que tú querías dictarnos: primera, vengarse; segunda, vivir del robo y rapiña; tercera, mentir a más no poder; cuarta, negar y renegar a Dios.

Extra Curcicum, Allophillus: será la inscripción de tus armas, y el labarum de tus banderas.

Estaba mojando la pluma en la hiel amarguísima de dragones, por ver si de este modo podría despertarte de tu voluntario letargo, pues que tu furor es como el de la serpiente, y como el del áspid sordo, que tapa sus orejas.

Disponía mis conjuros contra un enemigo tan general, endurecido y obstinado, cual tú eres, que nada escuchas que pueda suavizar tu barbarie y malicia, ni acabar de quitarte el negro talismán, con que aún seduces y precipitas a varios Sarmatas lupinos y hambrientos.

Mas llegan en esto unos amigos y compatricios americanos, hombres de talento y probidad cristiana, que impuestos de mi trabajo y empeño, me aconsejan cambie de idea, porque eso de desencantarte y volverte el juicio con caras y no con palos y balas, era escribir en la arena y en el agua, y pretender blanquear al etiope más atezado.

Entonces se extendieron con la elocuencia propia de su corazón, sobre la necesidad de defender a nuestra índole benéfica y perorar a favor de la humanidad, tan ultrajadas por ese monstruo, añadían que no es de nuestro suelo ni de linaje humano.

El más anciano de ellos, venerable por sus canas y más por su instrucción, y por la virtud y celo con que en otro tiempo desempeñó el ministerio de párroco en la provincia de Michoacán, tomó entonces la palabra, y dijo en el asunto muchas cosas buenas y bellas, de las cuales sólo te copiaré unas cuantas, porque veo te han de punzar y atravesar el alma casquivana y sanguinolenta, y partirte medio a medio el casco y el casquete con que te has presentado a la faz del universo.

Escúchalo para que acabes de rabiar o te corrijas.—

Señores: no nos cansemos en discurrir ni en llorar.

El suceso escandaloso y bárbaro, que es motivo y objeto de uno y otro, hace hoy 16 de noviembre dos meses, dará y ha dado ya materia de gloria a nuestras armas, plumas y virtudes patrióticas, leales y religiosas.

En este sentido decía el apóstol, que habiendo poca unión y estando divididos los ánimos de los corintios con diversidad de pareceres y sentimientos, murmurando los ricos de los pobres, y los pobres de los ricos, convirtiendo en cismas las públicas demostraciones de la caridad y amor recíproco que antes tenían, particularmente en las iglesias, y en los convites dignos de la moderación cristiana y de la concordia fraternal; infiere así San Pablo: Pues es necesario que haya también herejías, para los que son que aprobados sean manifiestos entre vosotros.

Es necesario que haya estas divisiones y errores y cismas, no porque sean en sí buenas, sino al contrario son muy malas y abominables a los ojos de Dios y de los hombres; sino porque así Dios lo permite, exponen San Juan Crisóstomo y otros santos padres, para acrisolar a los suyos, y para que se descubran todos, sin tergiversación, sin riesgo de que la piel de oveja encubra a algún lobo carnívoro, y la astucia de la serpiente, sin la simplicidad de la paloma, se ponga la máscara de la hipocresía y ande sembrando veneno, errores y obras de muerte entre los incautos.

Ahora se ha conocido la calidad del metal de que se compone cada uno como ciudadano y como cristiano, y si es de ley o de buena liga nuestra piedad y religión, nuestra lealtad y patriotismo.

Este campo precioso del Señor que yo en otro tiempo regué con mi sudor, y puedo añadir, con fruto, en ese mismo terreno ahora sublevado, se iba cubriendo de malezas y espinas.

El hombre enemigo de todos los hombres, había logrado introducirse a sembrar la cizaña, a pesar de no estar dormidos los padres de esta familia sacrosanta.

Iba creciendo la mala semilla; diez años ha que lo estaba advirtiendo y temiendo; que lo signifiqué según los rumores que ya corría respecto de ese malvado heresiarca, autor de todo el daño presente, quien no acababa de quitarse la mascarilla hasta que no se ha puesto ¡qué bárbaro e insolente! el morrión con el penacho de Lucifer.

Ahora publicaré, si es necesario, las obras de tinieblas, en que entonces ya se ejercitaba con abandono de su ministerio y escándalo de las almas encomendadas a su cuidado.

Dos años hace que de nada más cuidaba que de acabar de pervertirlas.

Muchos me ponderaron hará seis meses cuando pasé por ese malhadado pueblo de Dolores, su aplicación al cultivo de morales y cría de ganados de seda; más yo que advertí que al mismo tiempo con pretexto de salvas en las fiestas de iglesia (siendo éstas la cosa más olvidada de él) se ensayaba en hacer cañoncitos y después cañones; respondía a tales elogios necios e imprudentes: Habacha y repetí mil veces Habacha; sin atreverme a explicar esta palabra hebrea, con que disimulaba mis penas y mis presentimientos.

El corazón me decía Habacha; esto es valle de los morales, que también significa, valle del llanto o lágrimas.

Así lo vemos hoy verificado, y puestas de manifiesto las insidias de ese mal hombre, que con lo uno deslumbraba, y con lo otro amenazaba descubiertamente.

En medio de estos terribles desastres, terribles por improvisos, y más terribles por los daños espirituales y temporales que ya han ocasionado, y por manos consagradas, que es mi mayor tormento; hallo no obstante muchos motivos de gozo; mi vejez al modo de la del águila, se renueva, cobra vigor, y quisiera ir a tomar las armas y participar de la gloria de esos ilustres guerreros, que tanto honor han dado a la Nueva España, y tan singular gloria a la religión.

¡Feliz patria mía, y patria de todos los buenos, porque los malos no tienen ninguna; mil veces afortunado suelo! Si antes eras la mansión de la paz y de la concordia más envidiable; si ahora en la borrasca universal eres el punto más apetecible; si tú ofrecías asilo seguro y tranquilidad a nuestros padres y hermanos para que se viniesen en el caso del último apuro, pues partiríamos con ellos nuestro pan y nuestro lecho, y después se mezclarían en el sepulcro sus huesos con los nuestros y con los de nuestros antepasados hermanos suyos; si tan deliciosa perspectiva se ha obscurecido y ofuscado por unos momentos, a causa de esa tempestad suscitada por el abismo, envidioso de nuestra dicha sólida, que ha interpuesto la negra nube levantada desde el valle de Habacha; puedo no obstante entonar aquel misterioso cántico de David: Bendijiste, Señor, a tu tierra, te aplacaste; y tú y tu divina Madre, os habéis mostrado propicios con esta tierra, que es sólo vuestra, y por vuestra gracia, concedida para nuestra habitación pasajera.

Mitigaste toda tu ira, Dios mío, te apartaste de la ira de tu indignación.

Nos han sido visibles los prodigios con que te has mostrado favorable a nuestros ruegos y lágrimas.

Tú volviste a darnos vida, y tu pueblo, este pueblo que es tuyo, y no será de ningún enemigo tuyo, se alegrará en ti.

Tú has hablado la paz para este tu pueblo.

La misericordia y la verdad se encontraron en él: la justicia y la paz se besaron...

Ciertamente la salud del Señor está cerca de los que le temen; para que habite la gloria en nuestra tierra.

Sí, ¡Dios bueno! la gloria de tu divino nombre, la gloria de las virtudes que mandas y que inspiras por tu gracia, la gloria que sin vanidad se puede buscar entre las naciones para que tú seas glorificado, esta gloria sublime habita ya, está de asiento en nuestra tierra.

Antes algunas de nuestras virtudes no salían en práctica de la esfera de comunes.

Ahora se han ejecutado con heroísmo.

Se ha visto en el mayor número de nuestros conciudadanos el fondo de magnanimidad, que estaba oculto en sus nobles pechos.

Faltaba la ocasión para que la lealtad, y porqué no añadiré también la religión del juramento, tuviesen mártires que dejasen a la posteridad modelos de imitación, y a los presentes motivos asombrosos de regocijo sagrado.

¡Ah! Amigos míos, no se sabía aún el tesoro que se encerraba en nuestras minas; no en esas que hay en las entrañas de la tierra, que son los bienes únicos que buscan esos Espartacos avaros, sino el tesoro digno del hombre, que está en el corazón del hombre bueno, el que forma a todo el hombre, el que lo engrandece y hace digno de la admiración de los demás mortales, y de la veneración de los mismos espíritus soberanos.

No se había visto en tres siglos a la virtud en aquella situación en la que, según el concepto aún de Sócrates y de Séneca, luchando contra la tiranía y furor armado, descubre nuevos y quilates y ofrece un espectáculo agradable al mismo Dios, Podemos decir para honra de Dios lo que el apóstol, hemos sido hechos espectáculo al mundo, y a los ángeles, y a los hombres.

El mundo deseaba ver si nosotros en un evento de convulsión y de guerra interior o exterior, acreditaríamos el valor y lealtad que altamente habíamos protestado mil veces, jurando derramar nuestra sangre otras mil, para comprobárselo al rey más querido y suspirado, y a la nación heroica que nos daba un ejemplo mayor de tales virtudes, estrechándonos más y más consigo, como una madre al hijo en el riesgo que amenaza de cerca a ambos.

Los santos ángeles esperaban ver en esta tierra que protegen, que brotase con fuerza la semilla de la divina gracia, y que el fuego divino de la caridad apagase el de la discordia anticristiana que iba cundiendo lentamente y con ruina espiritual de muchas almas.

Los ángeles tutelares de este imperio querían ver si cultivábamos los dones de la gracia sin envanecernos con los de la naturaleza; siendo unos y otros emanados de la misericordia y bondad de Dios, sin que antes hubiésemos podido merecerlos.

Querían ver si era sólida e ilustrada nuestra piedad; si nuestra justicia abundaba más que la de los fariseos, contentos con solas obras exteriores, teniendo podrido el corazón; y si la heroicidad del cristianismo hallaba resistencia o difícil entrada en nuestros pechos.

Los hombres sensatos se prometían todo bien de nuestro carácter e índole bondadosa, y no dudaban de que los americanos haríamos siempre en cualquier lance crítico y arduo el partido justo, el partido de la religión, el del honor, el de la fidelidad jurada.

Lo han visto así cumplido.

Los hombres de bien lo celebran; los angelitos lo aplauden en el cielo; el mundo pronunciará con respeto nuestro nombre; la América cobrará mayor timbre; la Nueva España será el dechado augusto de la lealtad y religión contra toda suerte de invasores y enemigos; se verá que nuestros pechos son impenetrables a la falsía y traición, al cisma y a la impiedad, y que perseguimos de muerto a los monstruos, aunque hayan abortado en nuestro suelo propio y en nuestros mismos hogares.

Ellos perecen a nuestras manos, y son víctimas que ofrecemos para desagraviar a Dios y purificar nuestra patria adolorida, porque la han manchado esos espurios.

Y tantos motivos de regocijo ¿cómo no han de rejuvenecerme, animarme, llenar de consolación mi ánimo abatido y afligido antes? Mis lágrimas deliciosas, expresión de mi ternura y júbilo santo, que ahora me corren por las mejillas, quisiera mostrarlas a ese ruin y miserable apóstata, para confundirlo y avergonzarle con ellas, y hacer que su alma encruelecida contra su misma patria y padres, sufriese algo del tormento que merece y que ya lo conturba, al ver que no somos lo que su maldad queda, lo que su impiedad esperaba, y lo que su locura se prometía.”

Más dijera, si la efusión de su alma no lo hubiese obligado a suspender su discurso, continuándolo solamente con el idioma propio del corazón humano, que es el llanto en los grandes afectos de congoja y compasión, y también de regocijo.

Te lo he copiado, según he podido acordarme.

Sé que no te sacará ni una lágrima, porque las fieras no lloran, pero te corroerá el corazón, por ser tan encontrados estos afectos con los tuyos tan inhumanos.

Quedemos, pues, por hoy en que si no eres immanissima bellua, por ser inmortal ésa tu mala alma, eres y serás verdadero Allophilo en el mismo sentido con que la santa escritura en el griego usa de esta voz para significar a los extranjeros bárbaros y a los philisteos, enemigos de Dios y de los hombres.

CARTA DECIMA

Quisiera que mi Real y Pontificia Universidad, si eres bachiller en ella; te hubiese quitado ya este mínimo de sus grados, porque no mereces estar ni debajo de las gradas por donde corren los albañales y se expelen las inmundicias; siendo, según tu presente estado (que en el futuro no me meto) vaso de ira y de ignominia con toda esa congregación de Coré que te acompaña, de hombres agrestes y bárbaros, graduados antes en el oficio de herradores, y ahora por ti mariscales de locisinmundis.

A lo sumo, pues, te llamaré en adelante: bachillerejo...

Tratemos de cumplir con el mismo ruego que David dirigía al Altísimo:

“Reprehende a las fieras del cañaveral, congregación de toros entre vacas, es la de los pueblos, para echar fuera a los que están probados, como la plata.

Disipa a las gentes que quieren guerras.”

En esto nos manifiesta el espíritu divino, que roguemos, y no sólo roguemos, sino que tratemos de reprimir y exterminar a los cruelísimos enemigos suyos y nuestros, armados de las lanzas del cañaveral, y semejantes en su ímpetu ciego a una cuadrilla de toros cuando corren precipitados tras las vacas en el campo de su celo.

Tú y tu torada de malsines mal intencionados y de salvajes indómitos y estúpidos que veníais a pedir cotufas al golfo, debeís ser domados y destruidos con toda arma, como conspiradores contra todo el linaje humano; pues que los principios y doctrinas en que se apoya tu diabólica rebeldía, declaran igualmente la guerra hasta a los bienaventurados, como hayan nacido en la tierra que te proponías para teatro de tu mando.

Este punto queda pendiente para después, porque ahora mismo me dirige un amigo de los que asistieron ayer a las reflexiones del anciano, las siguientes que él extendió en las noches del 30 y 31 de octubre, acompañándolas con este billete: Amigo, lo adjunto lo escribía cuando ese enemigo nos amenazaba de cerca; si usted tiene a bien dirigirlas, para que más rabie leyéndolas, o para que otras las vean con fruto, lo apreciaré.

Fueron entonces el desahogo de mi corazón, y podrán ser ahora un testimonio de mis honrados afectos, y presentimientos atinados.

Concluyo con aquella palabra de Dios, cuando alienta a aquellos hombres rectos que lo temen, sin temer cosas adversas; porque en la tribulación y angustia en él confían, para no ser conmovidos, hasta que les precien y destruyan a sus sacrílegos adversarios.”

Lo verá el pecador (esto es Costilla) y se indignará, rechinará sus dientes, y se repudiará: el deseo de los pecadores (esto es, de sus huestes costillas) perecerá.

Reflexiones escritas en las noches del 3 0 y 31 de octubre de 1810

Amada patria mía: los más bárbaros y feroces enemigos, aunque escarmentados con la gloria tuya en el monte de las Cruces, que será para siempre el primer templo y altar consagrado a la inmortalidad de tu nombre en esta época, esos monstruos han osado acercarse a la capital, creídos en que mañana han de ocuparla.

¿Lo conseguirán?...

Es imposible.

El celo de la religión y el valor más heroico, han formado una valla impenetrable.

Hernán Cortés ha revivido; anda en medio de nosotros: lo he visto por todas partes; su piedad, celo, actividad, valor, prudencia, serenidad y grandeza de alma han hecho desaparecer el peligro inminente.

Lo ha previsto y combinado todo.

México es inconquistable.

En medio del mayor riesgo, reposamos estas noches en el centro de la mayor seguridad.

Vemos, sí, en los montes vecinos las hogueras de los apostatas.

Allí se calienta su odio y su impiedad echando miradas codiciosas hacia esta corte opulenta.

Creen que la multitud de los insectos hallará en estos dos días el camino abierto para entrar a emponzoñarnos.

Ojalá bajen a estas llanuras todas esas legiones infernales, que cercan aquel punto más alto donde tremola Lucifer su bandera, y desde donde esta tarde el caudillo de los impíos y perversos miraba con un anteojo los palacios que sucesivamente quería ocupar, y los templos que iría profanando con su entrada sacrílega, mofándose de Dios, a quien adoramos, y de la reina de Guadalupe, de los Remedios y de los Ángeles, en quien confiamos asidos de la prenda augusta de estas y otras imágenes divinas de su advocación! ¡Ojalá, que el terror pánico que esta tarde se empezó a apoderar de sus pechos viles y cobardes, al ver que mil hombres leales y religiosos han contenido y escarmentado a más de cuarenta mil de ellos, ojalá que les deje libertad para venir a provocarnos de más cerca; que, todos hallarán aquí su sepulcro, y todos vivos descenderán por su culpa y osadía a los infiernos! Mas, no ¡oh eterno Dios de las misericordias! ¡no querréis que muchos, por el delito que es enteramente ajeno, y tal vez poco conocida su malicia suma, viniesen a perecer al filo de nuestras espadas, pudiendo ser después útiles a la sociedad, y ciudadanos de los santos!

Ellos retrocederán por un golpe improviso de clemencia soberana.

Nos bastará la gloria y ventaja de estar siempre ciertos de que bajo la dirección y mando de un jefe semejante, México está segura; sus habitantes son todos héroes y la plebe mexicana es digna, por su fidelidad, resolución, entusiasmo, jovialidad y bravura, de hacer papel entre los pueblos más famosos del universo y de los más celebrados en las historias de Grecia y Roma, donde el pueblo fiel y valiente era el ante mural más grande de la verdadera libertad y de la patria en los mayores peligros, como lo es hoy todo el pueblo español, excediendo los hechos más memorables de los siglos heroicos.

La plebe, la preciosa multitud del pueblo mexicano, a quien esos caribes querían devorar como si fuera un pedazo de pan, será el modelo más noble para todos los otros pueblos de la Nueva España; y así este reino descansará siempre sobre las basas sólidas de un amor acendrado a la religión, de una fidelidad incontrastable a nuestro rey legítimo FERNANDO VII, y de una inviolable adhesión a España nuestra madre, aunque el infierno vomite otra chusma mayor de Hidalgos y Allendes menos cobardes que estos infames, que soñaban arrastrarnos a su partido con sólo dejarse ver.

Tengan esos menguados la confusión y rabia eterna de que los despreciamos y detestamos, y de que no ha de quedar uno con vida, si se obstina en ser rebelde y malvado.

Las pequeñas disensiones y rivalidades en que ellos apoyaban el éxito de esta tentativa, estaban disipadas por la previsión y talento del jefe, quien excitó oportunamente los talentos y virtudes, para declarar la guerra a tan viles preocupaciones y pasiones.

Plegue al cielo, que embozadas bajo nombres de criollos y gachupines, jamás vuelvan a verse atizando disensiones y bandos de que volvería a resultar otro huracán de bandidos.

Imitemos la prudencia del rey Francisco Efebo de Navarra, que así que fue coronado, ordenó que ninguno se llamase Biamontes ni Agramontes, nombres y linajes encontrados en aquel reino.

El suprimir el uso de unas voces, aunque inocentes, puede producir un efecto saludable, mientras la malicia las mira como signos de división y de intereses encontrados, que tan contrarios son a los más dulces, que deben unirnos a todos, como a una sola familia española y cristiana.

“Consultemos la ley natural, (usaré de la reflexión de un gran político extranjero).

Críense y edúquense juntos cien niños de diferentes naciones de las cuatro partes del mundo, sin decirles que los unos son extranjeros respecto de los otros.

Se verá que entre ellos nacen y se forman los mismos vínculos de intimidad y unión designados como los primeros principios de la sociedad.

Ellos se reunirán para divertirse, se separarán para estudiar, se ayudarán mutuamente en el trabajo.

Los hombres en fin todos son hermanos por naturaleza, y jamás la naturaleza fue mala política.”

¡Cuánto mayor debe ser la concordia, cuando a este motivo se juntan los poderosos de tener un mismo rey y gobierno, y profesar la única religión verdadera, que nada intima con más fuerza y repetición, que la ley suave de amar a Dios, y por Dios a los hombres!

Ese bárbaro quiere romper los lazos más naturales, los de la sociedad más íntima, y los de esta divina religión que profesamos.

Desde ese monte amenaza con las cuchillas de los carniceros que lo rodean y defienden, venir a cumplir su voto exterminador.

¡Insensato y frenético! ¿Pues qué ha soñado, que puede haber uno tan depravado como él y su gavilla sacrílega? Su impía locura no le deja ver las fuerzas invisibles, que además de las visibles nos amparan.

El no oye los lloros tiernos y humildes de los ángeles de paz, que en los claustros y en las casas claman al Dios que da la victoria.

No escucha el gemido de la tórtola y paloma sencilla, que en el asilo del pudor, medrosa redobla sus tristes arrullos.

No vea los justos de todas clases y estados, que todo el día y toda la noche han extendido sus manos al cielo, diciendo con David: Deus iniqui insurrexerunt:

Dios mío, se levantaron los inicuos contra nosotros, contra tu templo y pueblo tuyo; y una multitud de hombres desenfrenados y crueles amenazan arruinarlo todo, sin considerar que cuanto maquinan está descubierto a tus ojos, para darles ahora mismo el condigno castigo.

“Fac mecum signum in bonum.

Has, Señor, con nosotros una señal para bien, a fin de que la vean los que nos aborrecen, y queden avergonzados: pues tú nos has ayudado y consolado hoy.”

Sí; el cielo oyó los clamores de los justos; levantó en el aire esa sedal o divisa de terror para los enemigos, y de fortaleza y consolación para nosotros.

Mientras Moisés y la tribu de Lebí oraba con él, Josué derrotaba a los soberbios.

Las tropas del Señor de los ejércitos multiplicaban los prodigios, y nos anunciaban otros muchos incesantes, hasta que la irreligión y rebeldía desaparezcan de este suelo hermoso, sin volver a asomar la cabeza.

¿Y tú hidra infernal, que mientras reina el silencio y el reposo en la capital del nuevo mundo, devorado en tu interior por las Eumenides furias del abismo, estás inquieto y conturbado; revolviendo en tu maligno pecho ardides y ponzoña, amasando el mayor de los crímenes; tú; cruel Coriolano, sin ninguna de las prendas y talentos del antiguo, te atreves a maquinar la ruina de la patria? ¡Ah! Si vieses el comercio de fuerzas y auxilios establecido entre el cielo y la tierra; que hay centinelas sobre los muros de esta Jerusalén, ciudad de paz; que esos santuarios son fortalezas inexpugnables; que los ángeles presentan el oloroso incienso de las oraciones de los santos, que descienden sin cesar con el buen despacho del Altísimo; que María Virgen ha extendido su cetro para proteger esta ciudad, que la cubre con su real manto; que guía, inspira, anima al Gedeón magnánimo; que la ha invocado con fervor y confianza...

Si esto vieras, y mucho más de lo que la religión hace ver a quien tiene fe, y que tú no eres capaz de entender ni sospechar, porque has apostatado públicamente de sus banderas: tú, tú huirías precipitado ahora mismo a esconder en los infiernos tu criminosa tentativa, tu impiedad manifiesta, tu atentado inaudito, con la vergüenza y confusión eterna, que deberá redoblar tus furores y remordimientos.

Mas ¿aún tienes avilantez de enviar unos fatuos, a modo de parlamentarios?...

¿Qué pretenderás, loco? ¿Crees, que como cacareabas en Acámbaro el 23 de octubre, y después en Ixtlahuaca y Toluca, ochenta mil mexicanos saldríamos a recibirte? Sí; saldríamos a saludarte con el estruendo del cañón, con el incienso de la pólvora, y con plomo y hierro en lugar de plata y oro que esperas de nosotros, y has ofrecido repartir a la hambrienta manada de osos que te sigue...

Cuando Aníbal se acercaba a Roma, lleno de terror el pueblo romano repetía: Aníbal está a las puertas...

Pero nosotros saltando de gozo, al ver que llegaba la ocasión deseada de aniquilarte, repetíamos: El animal está a las puertas...

¡Qué Aníbal tan animal es éste, que sin más apoyo, ni fuerzas que la de su odio, ambición, y codicia, intenta rendirnos y espera hacernos infames! Vamos, volemos a coger al animal que está a las puertas.

Así gritaba entusiasmado este pueblo pundonoroso, riéndose del ridículo Aníbal, que nos amenazaba...

Al fin él mismo nos libró de su pestilente presencia, huyendo despavorido a recibir en otros puntos el exterminio de su gavilla malhadada...

La victoria despliega entonces sus doradas alas, y remonta su vuelo desde el seno de la paz y seguridad.

La he visto en esta hermosa noche salir de esta capital, cargada de laureles, en busca de nuestros ejércitos; y que el pavor se difundía entre las bestias de tierra adentro y les apretaba los hijares.

Quede por fin consignado en los fastos gloriosos de nuestros días, que esta escandalosa tempestad movida por el más ruin de los traidores a la patria, quedó desvanecida a la vista de la corte mexicana, con la entereza de nuestro excelentísimo jefe, que no quiso dar oídos a ninguna propuesta del menguado apóstata.

Así también se libertó Roma cuando el rebelde Coriolano se atrevió a amenazarla; pues que su augusto senado respondió que jamás entraría en contestación con un ciudadano armado contra su patria, y que ésta primero quedaría sepultada bajo sus ruinas, que ceder en lo más mínimo a tal enemigo armado.

Esta resolución desconcertó a aquel ingrato hijo; y salvó a Roma.

El hecho se ha reproducido con igual lauro contra ese facineroso, digno solamente de nuestra execración y vilipendio.

De este modo la gloria, el honor y la virtud borran la mancha que intentaba echar a nuestro nombre y mal de su grado contribuye a inmortalizarlo.”

Aquí finalizaban las reflexiones escritas en aquellas dos noches.

Sirvan ellas para dártelas muy malas, sin que puedas tener momento de reposo; y cuanto has hecho y maquinado contra nuestra religión y patria, y cuanto nosotros hacemos por sostener sin mancilla ambos objetos sagrados y preciosos, sea un continuo torcedor para la ruin alma del bachillerejo, de quien Dios nos libre por siempre jamás. Amén.

CARTA UNDÉCIMA

Bachillerejo Costilla.

Al fin sé de positivo tus planes, máximas, razones y miras para lo porvenir.

Una feliz casualidad me ha proporcionado ver varios papeles tuyos originales, y saber de boca de algunos presos, tus más íntimos confidentes, tu modo de pensar y de discurrir, cuando los animabas a esta conspiración.

Resulta de todo, que los argumentos para apoyarla y promoverla, en último análisis se reducen a los siguientes sacados de las sumulas, que aprendiste y enseñaste en el colegio.

Siendo desde entonces sutil lo(gi)co, ahora has hecho la más sutil aplicación de aquella arte lo(gi)ca, que para ti vale por todas las ciencias y artes sabidas y por saber, especialmente por el arte de la guerra.

Dices pues así en tus papeles, y dijiste en tus peroraciones a los patanes que te oían con la boca abierta, cuando en Valladolid les hablabas con los ojos desencajados, y pateando furibundo: sic argumentor in barbara, figura de mi dialéctica.

“Todos los bienes (nullo dempto), de todos mis enemigos (nemine dempto) son míos, sine ulla exceptione: Sed sic est, que es así que todos los que no sigan mis banderas, son enemigos míos (nemine dempto).

Ergo, al instante, luego, todos sus bienes (cuiuscunque generis) son (nullo dempto) míos y muy míos (sine exceptione) por la figura bárbara.

Pruebo la mayor, en que podíais hallar el primer tropiezo, y aun querer negar el supuesto de enemigos, pero para esta suposición basta y sobra, que yo los suponga tales: y así nos detendríamos en vano en probar los supuestos, cuando sólo se trata de destruirlos, y lo demuestro con la mayor, por la figura lo(gi)ca llamada Ferio.

Los supuestos enemigos míos, no son en mi estimación hombres.

Sed sic est, que así es, que así será, que Allende me sigue y es mi amigo; luego el que no es Allende no es hombre.

Luego todos los demás se han de tratar como no hombres.

Subsumo; vuelvo a tomar; luego, luego todos los bienes, a excepción de los de Allende, me los debo yo tomar, por la figura Ferio, que no debe ser en el caso, singular negativa en la ilación figurada; y yo os digo, Feries.

Y así magistraliter como catedrático, y resolutivé, como generalísimo lo(gi)co digo y sustento en la palestra, que mi plan bien combinado por mi dialéctica, es apoderarme de todos los bienes de cualquiera clase, y acabar con toda clase de hombres, a excepción de Allende, y uno que otro eiusdem furfuris et farinae, por sus servicios importantes en recogerme toda la harina de otros costales, para lo cual Abasolo se pinta solo, y Aldama no perdona ni a su ama...”

Estornudabas, moqueabas, y gargajeabas, chupabas y te cantoneabas, ¡o gran bachillerejo! en Valladolid (bien sabes el papel que hacías, que es el mismo) hablando así y aquella turba de rancheros y mecos, que boca pasmantur aperta, al oír tan profundos razonamientos, decisiones tan claras y terminantes, y latines tan claros y oportunos, que no hay más que pedir para continuar la grande obra.

Al verlos ¡o Costilla! tan estupefactos, te volviste hacia ellos, girando tres veces al rededor tus ojos de color de tótala o cucaracha, y chillando y silbando les dijiste: “Urgeo, a vosotros os urjo con otro argumento en la figura dabitis: diréis a los que tengan algo: todos los bienes con las personas pertenecen a Costilla: (punto decidido): tú tienes bienes: luego al punto vas a las cárceles de Costilla: y con esto, dabitis, daréis tras todos y todas.”

“La ejecución la deberéis hacer por las reglas de la división de las proposiciones y etcétera que enseñé en la lo(gi)ca de palanca, apta para mover a todo el reino con este formulario divisor aplicado a las cosas reales, por la bella figura de la retórica, llamada metáfora o traslación a mí.

De las reglas estas cuatro son las cardinales:

primera: Lo dividido debe excluir las partes.

Segunda: la división debe ser íntegra.

Tercera: los miembros dividentes deben ser opuestos entre sí, y excluirse.

Cuarta: la división debe ser breve.”

“Y así, ¡o mis satélites y ministros ejecutores! bárbaramente hiriendo daréis al traste con todo, y daréis tras todos los habitantes de esta América, excluyendo en la división y destrozo a todos los miembros íntegramente, pues son opuestos entre sí por mi declaración; y que la división íntegra sea breve, al instante.

Así lo prescriben todas las reglas de mi dialéctica, que son los cimientos de mi empresa, de mi política, de mi moral, de mi religión, y que desde hoy serán la pauta de mis operaciones.

A argumentos en forma, por las tres figuras más concluyentes y temibles no hay réplica; y para cortar usque ad ultimam replicam, apelemos a las reglas de la división empezando por los caudales que hay en esta iglesia de Valladolid.

Tenedlas presentes, reducidas a dos: división total y breve. Satis, satis, hijos míos.

Mi plan os es manifiesto, y se asombrará la posteridad de mi sutileza dialéctica, en la cual llevo muchas ventajas al mismo Napoleón.

¡Así tuviera algunas de sus fuerzas militares!”

Se me ha asegurado, que con este voto concluyes tus sermones, o al menos que este es tu más ardiente deseo, desde que viste y vas viendo, que a tu lógica se contesta con cañonazos, y que las sutilezas de tus argumentos tienen fatales ilaciones para tus comitres de galera; pues les entran las bayonetas ya que no pueden entrarles las razones más convincentes.

Habiendo manifestado a un joven bachiller agudo y penetrativo tus principios y argumentos de revolución, y el plan de ella según va dicho, empezó al instante a sacar tales y tantas consecuencias, que si no lo detengo, jamás diera fin en desenvolver tus delirios e impiedades de todo género.

Algunas de estas consecuencias conservo en la memoria y voy a repetirlas.

Díjome: Conozco ese lenguaje bárbaro y esos latines macarrónicos.

Aun cuando no me nombrase vuestra merced a Costilla; por las senatorias, mal gusto en la expresión y modo de torcer siniestramente los conceptos, cebando su entendimiento en absurdos y falsedades, conocería que semejante lógico o loco, no podía menos de ser el mismo que en las demás materias era siempre pedante.

Mas ahora, sobre bárbaro en discurrir y hablar, lo es más en maquinar y ejecutar.

Es inconcebible el caos de atrocidades y errores que se encierra en esas diabólicas proposiciones o argumentos de su infernal sistema.

Y si no, deslindemos un poco el veneno de áspides y basiliscos que contienen como en semilla, y que necesariamente había de brotar para inficionar y perder la Nueva España, si pudiera entablar el tal bárbaro el plan más inhumano e irreligioso que hasta hoy haya podido imaginar el tirano más perverso y delirante.

Mis ilaciones serán claras y necesarias, con todo el rigor de una buena dialéctica; y juzgo que sólo no advirtiéndolas, pudo haber quien fuese capaz de seguir empresa tan atroz, y seducción tan infame y trascendental.

Veámoslo en estas legítimas consecuencias de una sana dialéctica.

Luego según tal plan revolucionario, este bachillerejo barbarote y herejote, quisiera apropiarse los bienes de ochenta mil españoles europeos que hay en la Nueva España, y tratarlos después como los argelinos en otro tiempo de barbarie a los buenos cristianos que ponían en mazmorras, prolongando sus martirios y sufrimientos.

Pero ochenta mil españoles europeos, fieles a Dios y al rey, y dueños legítimos de lo que poseen y ganan, acabarían con ochocientos mil sofistas armados de silogismos, lanzas, escopetas y cañones, bajo las órdenes de esos cuatro botarates impíos y ladrones, aun cuando no tuviesen más armas que sus puños.

Luego el pícaro Costilla se proponía por segunda operación hacer lo mismo en los mismísimos términos con el millón de españoles americanos, que hay en este virreinato, inclusas las señoras, contra las que asestaba principalmente los tiros, para aumentar el catálogo de las mártires de la castidad, si no se rendían a discreción a las miras y planes de la turba asmodea...

Pero los españoles americanos, tan leales y religiosos como sus padres y hermanos de Europa, tan interesados como estos en conservar sus propiedades, el sosiego público, la honra de su sangre y la gloria de su nombre, el pudor santo de sus tiernas y hermosas hijas, y el honor incontaminado de sus esposas y madres, arrollarían en un momento y disiparían como humo, cuadrillas de tunantes mucho más numerosas que las que a modo de langostas devoradoras han salido con el excomulgado apóstol de Satanás, a amenazarles con la pérdida de todos sus bienes más preciosos y sagrados, si no lo siguen y aunque lo sigan.

Luego el condenado lobo de la congregación propiamente dicha de Dolores, quería enredar y enfurecer dos millones de indios contra igual número de las otras castas que hay en el distrito de este virreinato, a fin de que introducida la levadura de la insurrección más cruel y sacrílega en estas dos grandes masas del pueblo, todo él fermentase, se alterase y corrompiese en la moral y costumbres.

Intentaba que convertidos en cuatro millones de tigres rabiosos se comiesen alternativamente a bocados, unos pueblos chocasen con otros, ardiesen hasta las chozas y los jacales, se destruyesen sus sementaras, y entretanto él, según que se divertía Nerón, bailaba y tocaba la flauta con el incendio de Roma, y con ver que los cristianos ardiesen después en las luminarias públicas, víctimas inocentes del atentado que él ideó; así éste más feroz que aquel tirano, viese con gusto abrasarse todo el reino por su causa, que la guerra civil que él atizaba con tales sofismas, no dejase hombro a vida, que si él podía escapar la suya, fuese dueño sin competidores de lo que quedara, y si no tuviera al morir el placer propio de los demonios, de no querer arrepentirse de hacer mal al linaje humano...

Pero más de cuatro millones de almas no se pervierten tan fácilmente.

A las más las preserva de tal seducción y sofisterías locas, su misma sencillez y la ignorancia de tales proyectos; el horror natural al crimen; el amor constante a la religión, la lealtad arraigada a FERNANDO VII, a quien con tanto gusto, como el que más de los españoles, han jurado y reconocido por su rey legítimo; su respeto profundo a las autoridades que en tan precioso nombre nos rigen, su docilidad y obediencia a los pastores y ministros de la religión, que con tanto celo los educan, y con igual empeño los defienden contra las asechanzas de esos diablos visibles.

La masa general no se fermentará, a pesar del conato de eso monstruo.

A muchos arrastra en pos de sí: es verdad; pero tales malvados o idiotas, son pocos en comparación de la inmensa muchedumbre, y esos pocos van pagando su necia locura e infidencia en los combates.

Los demás que se obstinen acabarán en una horca para escarmiento general, y mayor ignominia y vituperio de ese maldito y maligno cura sofista, que nada menos pretende, que el hacernos a los unos asesinos de los otros, hasta que nadie quede que pueda contarlo a las generaciones venideras.

Luego en razón de la población de Nueva España, que asciende (según las tablas Geográfico políticas del barón de Humboldt presentadas al virrey en 1804) a cinco millones setecientos sesenta mil almas: el tal bachillerejo es cerca de seis millones de veces más bárbaro y feroz que el principal predicador de revoluciones, filósofo ginebrino.

Lo demuestro. Juan Santiago Rusó en la colección de sus cartas (tomo 24) protesta más de una vez, que está creído de que no debería empezar ni acabar la revolución más favorable para los pueblos, si había de costar la sangre de un sólo hombre.

Sed sic est, que Costilla pretende promover una (y la más absurda, irreligiosa, e inhumana de cuantas se han visto en los anales revolucionarios) con la sangre y no sólo de uno o dos, o ciento o mil hombres, sino de ochenta mil primeramente, y después de los demás hasta cerca de seis millones de personas.

Luego Costilla con toda exactitud dialéctica, es como seis millones de veces más sanguinario y brutal que aquel revolucionario especulativo; y aún más que todos los prácticos en esta carrera de sangre.

Se prueba; porque en ninguna parte había de correr más que en este suelo, si tal insurrección se llevase adelante, pues que en ninguna serían más enconados y rabiosos los partidos, por las mismas diferencias de castas y de lugares nativos, roto una vez el freno sagrado de la religión y conciencia, y los vínculos de naturaleza, gobierno y sociedad.

Los padres se armarían de puñales contra los hijos parricidas, las castas contra unos y otros puros españoles y contra los indios; o indios y españoles contra las castas; o formadas cuatro razas de combatientes en una guerra civil interminable, cada una disputaría el triunfo y la posesión del terreno hasta no dejar con vida o con libertad a uno siquiera de los contrarios.

En cada casa y familia estarían las cuatro clases de enemigos.

Arriba se matarían hijos y padres, y abajo españoles, mulatos e indios.

Irritada la venganza hasta el extremo intentado por ese tigre insaciable de sangre y de dinero, los primeros que caerían a tierra serían los indios, a quienes principalmente tira a engañar y perder, arrastrándolos con apariencias de lástima, al modo de las sirenas y cocodrilos, para atraer a los incautos y devorarlos a su salvo.

Luego el mayor enemigo que han tenido y puedan tener los sencillos indios, es el cura hereje feroz, que no sólo quiere perder sus almas enseñándoles errores, injusticias, traiciones y barbarie, sino sacarles luego de este mundo para los infiernos, porque en esta lucha los indios son y serían los primeros sacrificados, si seguían las banderas del apóstata.

Ya lo han experimentado hasta el 25 de noviembre más de veinte mil de estas infelices víctimas, que han mordido rabiosas el suelo, y han expirado en las principales acciones, en que la victoria más completa y gloriosa ha coronado la justicia de nuestra causa, y el valor impertérrito, piedad y lealtad inalterable de nuestros generales y soldados.

En toda guerra, el débil, el ignorante en la táctica, el que no tiene armas, el que no reposa en la seguridad que inspira la religión y santidad de la empresa, ha de perecer el primero.

Tal sería la suerte de los indios dirigidos por ese loco desesperado.

Luego el frenético cura Hidalgo, que promete robos a los indios, quiere en realidad robarlos hasta no dejarles ni cerilla en los oídos, e intenta sacrificarlos en este mundo y en el otro, ofreciéndoles tierras, que ni puede, ni quiere darles, aunque pudiera y fuese dueño de todas las del mundo.

Lo que él desea es echar a los indios de toda la tierra habitada, sin dejarles más elemento para su total descanso que las entrañas de tierra adentro, o los abismos profundos de la mar.

Luego se sigue de su sistema y doctrina, que él es más enemigo de los indios, que lo era el mismo demonio en tiempo de su barbarie e idolatría; pues a pesar de los sacrificios humanos que exigía de ellos, a muchos dejaba vivir y gozar de los bienes de esta vida, contentándose con la condenación eterna de sus almas; pero Costilla, además de querer que siendo cristianos apostaten ahora de Dios y de la virgen María su protectora en la imagen de Guadalupe, que sean vilísimos traidores al rey y enemigos de su patria, y que así vayan a los infiernos cargados de mayores iniquidades e ingratitudes que cuando eran paganos; procura de todos modos el que salgan pronto de esta vida temporal, nada tengan en este mundo, vivan y mueran sin Dios como perros, carezcan en sus trabajos del consuelo y esperanza de la religión, unos a otros se maten como fieras, y que el poquito de tiempo que ellos y nosotros podíamos vivir en esta región tranquila y deliciosa, sea un verdadero infierno anticipado.

Luego Costilla según su manifiesta intención, quiere, solicita y procura con la seducción y con la violencia dos infiernos para los indios, esto es, que aquí rabien de hambre y perezcan acuchillados, y que allá ardan en aquel fuego, privados de ver a Dios, a Jesucristo, a su Madre divina, a los ángeles y santos, y que maldigan eternamente sin consuelo ni esperanza al bachillerejote sofista, capataz de bandoleros impíos, que los arrastró a dos abismos de calamidad y desesperación interminable con semejantes sofisterías y traiciones.

¿Dirá alguno, que esto no ha sucedido, y que las consecuencias que saco son entes de razón? Para más de veinte mil almas ha sucedido ya todo esto hasta este día, y por mucho tiempo pagarán otros las consecuencias funestas y reales de tal proyecto revolucionario.

Y ¿quién es el principal culpable, el reo de tantos crímenes atroces y de resultas tan lastimosas? El cura arquitecto de toda esta maldad y tramoya desatinada.

Yo lo juzgo, como se debe juzgar la malicia de hombre perverso y del demonio obstinado, no tanto por lo que en realidad ejecuta, como por lo que desea ejecutar; por la esfera inmensa a que se quiere extender su voluntad de dañar y pecar, y no por la menor en que encierra a su acción mortífera la providencia del Altísimo, o por sí misma reprimiéndola, o no permitiendo tanto vuelo a la maldad; o por medio de la justicia humana, a quien dirige para que en tiempo la contenga, enfrene y castigue.

La endiablada y obcecada malicia de Costilla, además del incalculable daño espiritual y temporal que con todo conocimiento y voluntad ha causado, se extendía en sus miras y deseos a todos los inconcebibles males y delitos que he sombreado en estas necesarias deducciones.

Si él hubiera podido trastornar el seso y pervertir el corazón de medio millón de habitantes (como se prometía y cacareaba) habrían visto los demás realizados dentro de poco todas o las más de las indicadas consecuencias.

Dios por su misericordia las ha atajado.

Dios ha inspirado sentimientos de honor y de virtud cristiana a la muchedumbre de todas clases y castas.

El Dios de los ejércitos ha guiado los nuestros que son suyos y pelean por lo más sagrado y augusto que pueda interesar a los hombres, los he conducido al campo del honor, a coger en todas partes laureles inmerecibles, y a castigar a los malvados rebeldes.

El señor envió en el tiempo de la tribulación, y en el más oportuno para el remedio, un jefe supremo que desconcertase y confundiese proyectos tan inicuos; y el mismo señor por su piedad lo ha proporcionado para tan gloriosa ejecución los Callejas, los Flones, los Cruces, los Trujillos, los Jalones, los Emparan, los Rebollos, los Ortegas, los Andrades, los Espinosas, los Iberris, los...

¡Oh estos, y otros nombres con los de todos los leales y valientes subalternos escritos en láminas de oro, y en las columnas de bronce que sostienen el templo de la fama y de la inmortalidad, pasarán a nuestros más remotos descendientes, y serán pronunciados con tanto éxtasis, ternura y enajenamiento, como con el que hoy resuenan en nuestras casas, calles y templos, y con el que los repiten las bóvedas del mismo cielo, y los repetirán prontamente los mares, las islas y la patria madre de los héroes! También se oirán tan preciosos nombres en la misma obscura prisión en que el rey más justo y amado, el desgraciado y cautivo FERNANDO VII, no tiene otro consuelo, que saber alguna vez, que sus hijos y vasallos en todos sus dominios van rompiendo las cadenas que arrastra, y las que a todos quiere echarnos el tirano; que sostienen y le conservan el trono y corona sagrada todos con igual lealtad, amor y entusiasmo.

¡Loor eterno a la lealtad y al valor!

Se sigue también, que el dicho bachillerejón es el enemigo más emperrado y furioso de nuestro adorado monarca FERNANDO; porque cuando su misma desgracia empeña e inflama más y más nuestra ternura y fidelidad, cuando el verlo entre las garras de un tigre insaciable de sangre y rapiñas, nos obliga a más amarlo, y a procurar por todos medios su libertad y restitución al trono de sus padres, al que le guardan nuestros corazones; este barbarote cura, trata de despojarlo de una de las porciones más preciosas de su herencia; intenta arrancarle estos dominios para apropiárselos a sí propio, propiamente hablando; o traspasarlos al mismo inhumano carcelero y verdugo de nuestro rey amado.

Y no sólo pretende esta escandalosa usurpación, sino que para conseguirla con menos resistencia de los incautos y sencillos vasallos añade el último ultraje e insulto al nombre y memoria del mismo soberano.

Toma el nombre de Fernando para quitar el cetro a FERNANDO; y con la misma astucia de otro sofista como él, de aquel infame canónigo Calvo, que en un cadalso pagó en Valencia igual traición y pérfidas mañas, profana con sus labios hediondos y sacrílegos el nombre hechicero de FERNANDO, para con más vileza destronar, perseguir y encarcelar su sagrada persona para siempre, se vale del nombre del rey para quitarle el reino; del pretexto ridículo de conservarle la América, para robársela; porque según el catecismo que este párroco del infierno enseña a la caterva bárbara que lo sigue, si FERNANDO VII pusiera sus reales plantas en este reino, buscando un asilo en el que lo era y será de la fidelidad, y de la dicha, por sentencia del diablo costilludo debía morir atravesado a lanzazos, por sólo el hecho de no haber nacido en la congregación de Dolores de alguna Costilla injerta de todas castas.

Porque tal pecado original no lo perdona él, ni en los reyes legítimos y justos; y si pudiera tanto, habría ahogado en su cuna a cuantos reyes católicos ha habido desde que se descubrió la América.

Si estuvieran reunidos todos los monarcas españoles desde Fernando e Isabel, en cuyo tiempo Dios abrió este vasto imperio para teatro de las glorias de España y del triunfo de la religión, hasta el actual idolatrado FERNANDO, en cuyos días, a pesar de la amargura y tribulación universal, se coronan aquellas antiguas glorias y se acrisolan todas las virtudes; si Costillón, vuelvo a decir, los tuviera a todos estos soberanos augustos, a tiro de sus lanzas y machetes, en fuerza de sus silogismos y proyectos los mandaría asesinar a todos juntos en media hora.

Después limpiándose las manos teñidas en sangre real, diría muy ufano, que todos habían muerto según las reglas de su dialéctica, y que no tenía que lavárselas como Pilato para protestar inocencia o violencia en el juicio de la causa; sino hacer alarde de que él había pasado a la tercera operación del entendimiento que es el discurso, silogizando sobre el modo dialéctico de obrar con la fuerza de los silogismos en bárbara y ferio, y con las matanzas, que son la precisa secuela de los razonamientos que ha formado contra todos los bienes ajenos, contra cuantos no han nacido en las rancherías de tierra adentro, y contra cuantos no sean tan perversos y traidores como desea su soberbia y obcecación luciferina.

Amigo, me añadió al concluir, otras muchas consecuencias podrán sacar otros bachilleres contra el bachillerejonote Costilla.

Varias anteveo, como la ruina y trastorno de todo derecho y ley divina y humana, sin que en la América quedase más ley ni derecho, que el del más fuerte, bárbaro, atrevido y sanguinario; que es el derecho predicado antes por el ateísta Hobbes, seguido ahora en Europa por Napo-demonio, y empezado a plantear en esos desventurados pueblos de Michoacán por el nuevo demonio de Napo...

Sólo soy bachiller en la universidad del sentido común, y como veo que lo han perdido cuantos siguieron y siguen los infernales delirios de ese archi-loco cura, me contento con presentar los absurdos y maldades que se siguen necesariamente de su sistema y de los sofismas atroces en que quiere apoyarlo.

Basta poner a la vista el precipicio horrible en que va a caer, aún una bestia desbocada, para que se detenga al menos en el borde.

¿Cuánto más deberemos esperar de gentes sencillas y rudas, que por verlo cubierto de flores, no advirtieron la profundidad del abismo en que iban a despeñarse? Si al verlo ahora no retroceden espantados, no sé como puedan desengañarse; ni tal tenacidad puede comprenderse, sino con creer que el diablo ha tomado posesión total de sus almas y cuerpos, y que son como aquellos puercos, en que entró una legión de demonios y los hizo arrojarse a la mar.

Dios terrible en sus juicios y castigos, abandona a tales monstruos a su propio sentido réprobo, y los deja andar y perderse según los deseos de su corazón y las invenciones de su malicia.

Pena formidable, con que Dios ha cegado a ese cura y principales secuaces de su frenesí, abandonándolos visiblemente a su furor y a las furias del infierno, que los instigan, llevan y traen a lo loco, sobre el borde del abismo, para precipitarlos en lo más hondo con mayor ruido y escándalo.

Por última de mis consecuencias, saco que el tal bachillerejonísimo Costilla, debe llamarse por su oficio y obstinada maldad: el singular Caco-Demon del tiempo en que andan sueltos los diablos y los ladrones a la par.

Así discurrió, y muy bien el anti-bachillerejo.

Sus ilaciones son muy justas.

Sólo nos falta que la justicia con otra clase de argumentos pueda argüir y concluir tu protervia, que llamado a estas conclusiones públicas todo el nuevo mundo, para retorcerte los silogismos bárbaros con las razones de ferio, te den a ti, malvado sofista y catedrático de locos y truhanes, el pago que Espartaco, capataz también como tú de una canalla despreciable de rebeldes, recibió en una batalla, o si no el que tuvo el avaro hidrópico insaciable Crasso, que destruido en una acción, cuando más confiaba en lograr tesoros inmensos, en su boca destilaban oro derretido, repitiéndole esta razón convincente para hacerlo: tu corazón era insaciable de oro; pues hártate para siempre...

Si así has de convencerte y hartarte, o crasísimo botarate, empieza a abrir la boca, porque de todos metales te echaremos, empezando por plomo derretido.

CARTA DUODECIMA

Bachillerejo Hiperaspistes Costilla. Horrorosa guerra has movido también contra los cielos.

Has querido renovar la de los orgullosos gigantes, escalar el firmamento, e ir a arrojar de su trono al Altísimo.

Luzbel al menos se contentaba con ensalzar su solio hasta hacerse semejante a la divinidad o a la humanidad de Jesucristo.

El impío Baltasar, figurado en la arrogancia y caída de Luzbel, y figura o parábola de los que persigan y tiranizan con errores o con armas al pueblo cristiano, exclamaba igualmente, según Isaías: “subiré al cielo, me sentaré en el monte del testamento a los lados del Aquilón.

Subiré cobre la altura de las nubes, semejante seré al Altísimo.”

El ángel malo, caudillo de los espíritus insurgentes, cernía su gran soberbia a la aproximación o semejanza mayor a la divinidad, o por envidia a la unión hipostática que Dios tendría con la humana naturaleza en Jesucristo, queriendo otra igual gloria; o porque a sus fuerzas naturales quería se le debiese dar de justicia el mayor ensalzamiento, sin corresponder a las gracias que de pura gracia se le habían dado, y a las que debía corresponder humilde y agradecido, convirtiéndose todo al autor soberano de la naturaleza y de la gracia, de quien liberalmente y sin poder merecerlas había recibido una y otra.

Aunque tú has sido catedrático de teología juzgo que estas cuestiones están ya muy fuera de tus alcances, y que son demasiado profundas para que las entiendas.

Porque como el vicio de la impureza embota extraordinariamente el entendimiento, y la soberbia lo cierra a toda buena luz, tú que por tantos años has estado sentado en la cátedra de la pestilencia y sensualidad, cubierto con el manto hipócrita de los soberbios fariseos, has venido a parar en ser como el caballo y el mulo que no tienen entendimiento.

Bajemos, pues, de la consideración del orgullo que agitó a los ángeles insurgentes en el cielo, volviéndolos demonios, a la contemplación de los insurgentes malignos contra Dios y su Cristo, que ellos han procurado buscarse por compañeros en la tierra, como para consuelo y medio de venganza por su ruina y desesperación irremediable.

Los Nabucos, Baltasares y demás caterva de tiranos altivos e insurgentes contra la divinidad, han aspirado y aspirarán a usurpar los atributos y el culto supremo que a solo ella es debido.

Unos han pretendido ser adorados en los tronos y palacios, como lo es Dios en sus templos. Otros en los mismos templos.

Unos se han querido llamar divos o dioses, como varios césares paganos; otros omnipotentes, como el fingido César y emperador, pero real usurpador de diademas, que para mayor oprobio del linaje humano ha fingido también ser cristiano, a fin de que en él todo sea ficción, farsa y patraña, sin que de realidad tenga otra cosa que el lleno y colmo de todas las maldades con la más profunda arte de rapiña sin rastro de vergüenza.

Perdóname bachillerejo Costilla, esta digresión en elogio de tu amo; y vengo al tuyo, en todo semejante, porque de iguales perfiles se forma tu catadura.

Te has imaginado que para ser famoso en los anales de la maldad, era preciso sobrepujar de algún modo a cuantos monstruos se han distinguido en esta línea.

Veías que en dieciocho siglos los heresiarcas habían vomitado ya la ponzoña del error contra todos los dogmas católicos, sin dejar ni uno intacto; que tras esa chusma vino en nuestra edad otra mayor de deístas, materialistas y ateos, que habían acometido de recio a los fundamentos de la revelación y de la razón, trastornando las verdades más claras, y despreciando los preceptos más sencillos de la ley natural.

Mirabas con gusto de tu perverso y sacrílego corazón, que estas blasfemias y maldades no se habían quedado en los libros, sino que se habían derramado por el orbe, y que Napo-demonio ofrecía impunidad a todos los crímenes, al mismo tiempo que ejecutaba los mayores contra la iglesia de Jesucristo, contra la suprema cabeza de ella, contra los pastores y demás ministros de la religión, y contra todos los fieles a Dios y a sus reyes legítimos, particularmente contra los españoles, que reunían en grado supremo las dos prendas de piedad y lealtad que más le incomodan y repugnan.

Al ver tú que hasta ahora este último tirano y perseguidor era el más feliz y poderoso de cuantos ha habido, pensaste que a pasos largos caminaba a la dominación de todo el globo, y que iba a cumplirse lo que ahora poco escribía en París su orador y adulador asalariado Mr. Bonnald: “que para el sosiego del mundo, las cuatro partes de él debían estar y estarían sujetas a Francia y Francia a Bonaparte, y que en esta unidad de poder estribaba la paz de todas partes.”

Te has complacido con esta perspectiva tan grata a tu ambición, odio y envidia, repitiendo: “Si hay, como dicen los cristianos, un sólo Dios que gobierna al mundo, haya, como vaticina Bonnald, un sólo Napoleón que lo destroce, y no quede con vida quien no lo sigue y adora.

Cúmplase la opinión moral, religiosa y política de Manes, de que si uno sólo es el principio del bien, haya en contraposición otro principio positivo omnipotente de todo mal, que de continuo le haga guerra y le dispute a palmos la victoria, hasta ver quién acaba con quién.”

Añadías: “a mi me repugna diametralmente el bien de cualquier orden.

Me haría violencia suma en abrazarlo.

Sigo pues, el impulso de mi mecanismo y de mi voluntad (pues sólo por tener placer en ser más malvado, quiero por ahora creerme libre en hacerlo) sigo con gusto sumo el partido del sumo desorden y las banderas del mal genio universal, que ha dado licencia para que sin freno de ley, ni temor de Dios o de infierno, haga cada uno todo el mal que pueda y se ponga en armas contra el mismo cielo.

Y cuando no pueda introducir allí el tumulto e insurrección, como yo quisiera, y como cuentan y yo creí de niño, que lo intentó Luzbel, dirigiré al menos contra él mis tiros, y escupiré blasfemias.

Voy a promover cierta guerra sorda que hasta ahora nadie le había hecho.

De este modo me señalaré entre cuantos han maquinado otras, y adquiriré el renombre de ser después de Napoleón el enemigo más terrible y temible para el mismo empíreo.

Refieren que Miguel sostuvo la causa del emperador celestial contra la insurrección del demonio; pues yo quiero trocar los frenos, y hacer ver que hay un Miguel peor que el mismo demonio, que renueva la guerra más atroz contra aquel emperador invisible a favor del muy visible y muy grande (aunque pequeño) emperador de los franceses y rey futuro del globo terráqueo, incluso su centro.

Verán los bobos americanos, que de tierra adentro, o de lo más adentro de la tierra, ha salido otro Miguel valiente, que no ha dejado hueso sano a ningún bueno, no ha de perdonar a los que se pregonan santos del cielo, y no ha de dejar en su lugar al mismo Cristo, acelerando en cuanto de mí penda la venida de su capital enemigo el anticristo, que anuncian y temen tanto los cristianos, columbrando algunos que a poco más andar podrá serlo completamente Bonaparte, pues ha sobrepujado a los que hasta ahora se apellidaron anticristos.

Y si así va siendo, ¿cuánta será mi gloria, el ser yo su escudero y predicador? Gloria única que no la cederé a nadie, y se cumplirá enteramente mi mayor deseo, de que sólo haya uno que me gane en la carrera famosa de la maldad.

Miguel contra Miguel.

Yo contra el de arriba; veremos quién gana.

Napoleón contra Cristo: veremos quien vence.

De cualquier modo tendremos ambos la satisfacción de hacer mal, que es la única gloria a que aspiramos.”

Pues ¡oh Hiperaspistes! que así llamó San Irineo a la segunda bestia que serviría de escudero a la primera que es el anticristo; ¡oh escudero famoso de la gran bestia! que elogia la carrera de bestial de renegar de Cristo, de vomitar nuevas blasfemias contra él, contra su padre Dios y su madre María, y contra sus coherederos los santos, y contra su tabernáculo del cielo y de la tierra; ¡oh seudo profeta, que quieres que rindamos todos el cuello al dragón que dio poder a la bestia, y que adoremos a ésta, pues dices: ¿quién hay semejante a la bestia? ¿Y quién podrá lidiar con ella? ¡Tú quieres acelerar la ruina del universo; que el perseguidor más infame de la Iglesia lleve su furor a todas partes, aún a las más remotas y tranquilas del mundo, a las que resguardadas por la inmensidad del océano, parecían estar más seguras de la voracidad de las llamas con que abraza a la Europa! ¡Oh impísimo Hiperaspistes, quieres que también aquí en la que llamas! ¡oh monstruo! patria tuya, el demonio sea adorado y Bonaparte obedecido, que el dragón pintado en el Apocalipsis domine, y sus dos bestias destrocen y maten a cuantos no los siguen.

No diré, que tú en todo rigor teológico seas esta misma segunda bestia y el sacerdote falso, hipócrita y seductor, que al fin de los siglos ha de comparecer predicando la doctrina del anticristo, para que sigan todos sus banderas y se sometan a su poder, pues nadie sabe cuando empezará esa última persecución con que ha de acabar el mundo y con la que se ha de completar el número glorioso de los mártires y demás predestinados que seguirán a Cristo con fortaleza invencible y con paciencia inexpugnable; pero lo que sé y afirmo y sostengo a la faz de todo el orbe, y te digo en tu cara descarada, es que en tus principios y planes de rebelión hallo un no se qué, que sobrepuja la malicia de los antiguos seductores, que deja atrás a los Apolonios Tyaneos, a los Porfirios y Celsos, y a los antiguos y modernos sacerdotes apostatas de la religión, que abusando de su dignidad, influjo y carácter, han corrompido las costumbres y han hecho prevaricar en la fe a muchos pueblos y naciones.

Porque en los principales artículos de tu persecución, sellados con tus blasfemias; de la persecución manchada con tanta sangre; de la persecución sostenida con increíbles horrores y errores, se envuelve el sistema nuevo de que no ha de haber ley alguna divina y humana, si prevaleciesen tus delirios; que los mandamientos de Dios, grabados en el corazón de todo racional, habían de borrarse y arrancarse de todos los corazones; que los preceptos de la santa Iglesia son una quimera; la virtud un vano nombre que nada significa; el vicio un estímulo halagüeño e irresistible; el robar y matar, proezas de la nueva república de Costilla; los sacramentos cosas sujetas a su capricho para variarlas o quitarlas; y que los mismos sacerdotes (como lo hacen algunos que te siguen) prediquen estas impiedades, y para mejor seducir los pueblos, les den el primer ejemplo de prevaricación y apostasía, tomando también las armas para promulgar tu nuevo Alcorán, más bárbaro que el de Mahoma.

Se sigue que no hay más derecho que el de haber nacido en el suelo para apoderarse de todo el territorio que se quiera, excluyendo a cualquiera otro poseedor, aunque lo fuese desde el diluvio, si no nació en la tierra que pisa.

Se sigue que el hijo del portero o criado de un palacio o casa grande, por haber nacido en la covacha debajo de la escalera, tiene tanto derecho al dominio de la casa y palacio como el amo que habita en los altos y les paga el salario; y así podrá arrojar de la habitación al dueño, y mucho más si éste no nació allí mismo; que el ranchero y peón podrá ejecutar lo mismo con la hacienda del señor que lo mantiene, con tal que sea planta indigna de aquellos campos.

Pero se sigue, según este tu derecho nuevo natural y de gentes, que no hay dominio alguno verdadero sino sobre los cuatro palmos de terreno que ocupa un hombre al nacer, y sobre los siete que se le darán al morir; y que todo lo demás es una usurpación hecha a los otros vivientes que ha brotado la tierra y que pueblan los aires; que el que quiera posesiones anchas las busque en la mar, si lo consienten los peces, o en la región dicha del fuego, y en los planetas si no hay allí otros habitantes más antiguos.

Según tu sistema, es una locura e injusticia haber edificado ciudades y reinos, cuya posesión, sociedad y dominio no puede pertenecer a los mismos fundadores; y siempre deberá ser del último que nazca (al revés del derecho de primogenitura) expeliendo el hijo postrero a todos los antepasados.

No puede haber rey, sino en su choza cada uno; no puede extenderse un palmo fuera de ella; debe haber una guerra eterna de unas gentes con otras, como la de las fieras, a fin de que nadie se acerque a su taberna, y como la de los perros hambrientos de un barrio que no toleran a los de otro.

Así los hombres salidos de este Costilla, han de vivir aislados, desunidos, acechándose y guerreando sin fin para sostener el único verdadero fuero de propiedad, ceñido al que tienen los hongos y los pólipos, los ostráceos y los inmobles animales, que nacen pegados a las peñas en la mar.

A lo sumo se les permitirá en el fuero juzgo de Costilla tener el honor y derecho de los caracoles, cargando con su existencia la casa y lo que asoman por ella.

No se ha de salir de la línea divisoria que él trace como necesaria a la vegetación.

Quien la traspase será reo de usurpada majestad y propiedad ajena, y conspirador contra los imprescriptibles derechos de los tres reinos de la naturaleza.

Y tú, insigne Costilla, eres este reo; porque saliste de la covacha de tu origen; has sido cura donde no naciste, y has vegetado fuera de tus ostráceas conchas con exceso escandaloso, y con grave perjuicio de otros vivientes, excluidos por tu usurpación de la propiedad primigenia que ahora predicas y pregonas en los pueblos, pero para quitarles lo que les queda.

He aquí el plan de una insurrección general de todos contra todos, para que cada ente vuelva a los linderos que le prescribes con tu gran legislación.

Los animales, las plantas, los metales, los seres todos inanimados van a recobrar sus derechos, reclamarán al hombre haberlos trasplantado, sacándolos de las entrañas de la tierra, llevado a otros sitios, y lo acusarán de lo mucho que les ha robado; y si pudieran obedecer tu voz, contra ti mismo, que a todos has robado más que todos, se levantarían los árboles, los brutos y las piedras, y dóciles a tus mandatos, si eres consiguiente en ellos, a ti como al más descarado caco, los árboles te apalearían, los metales te cocerían, las bestias te comerían y las piedras te sepultarían.

Día vendrá en que la justicia eterna lo haga ejecutar así, y que la redondez de la tierra con cuanto abarca pelee contra ti, como uno de los hombres más insensatos, pérfidos e injustos que la han querido trastornar hasta en sus fundamentos y desquiciar los más inmobles, augustos y sagrados de la sociedad humana.

A esto se encaminan tus órdenes infernales, tus proclamas desatinadas, tus promesas inicuas, tus bestiales insultos hechos a toda la América, como si ésta fuese una gavilla de hotentotes, que hubiera de seguirte en masa, como te sigue esa masa corrompida y apestada de idiotas y perversos que afeaba y escandalizaba los pueblos donde han habitado.

¿Tan brutos nos consideraba tu brutalidad que a tu voz, creyeses, que querríamos trastornarlo todo; que la ilegalidad, la injusticia, la inmoralidad se sentaría en el trono de la equidad, de la ley, de la virtud, muy a nuestro placer, por complacerte? ¿Habíamos de consentir jamás, que todo fuese iniquidad en nuestro estado nuevo; todos los actos proditorios; todas las actas violencias sumas; todas las leyes nulas, sobre bárbaras y cuanto tú hicieses dando o quitando empleos, promulgando mandatos etcétera, una cadena interminable de delitos que nunca podían somearse, ni revestirse siquiera de alguna apariencia de equidad y autoridad aun soñada?

Es tan escandalosa, atroz, violenta, inicua, bárbara e impía la usurpación que has proyectado, que en ningún tiempo podría aparecer legal para aquietar de algún modo las conciencias, obligarlas a ceder y obedecer, ni conseguir de las autoridades legítimas transacción alguna aún en el mayor extremo y apuro.

Era preciso que pereciéramos todos, antes que obedecer a semejante ladrón y homicida.

¿Y qué diremos de tus miras revolucionarias en puntos eclesiásticos?

No habría jurisdicción alguna espiritual; deberían cesar los obispos de otro lugar cualquiera; cada uno sería rey, y papa en su choza; cada casita y jacal sería una pequeña cismática Samaria con su montecito de Garicin, independiente de Jerusalén, El pontífice romano no podría ser cabeza de iglesia alguna americana; siendo extranjero quedaba segregado de toda propiedad, honor, autoridad y comunicación en los tabernáculos de Costilla.

La sucesión apostólica de los obispos que ha habido en la América, no debió haberla, según tus leyes, decretos, cañones y machetes; y debe ahora acabarse según ellos.

Si los americanos quieren seguir en ser como tú opinas, supersticiosos y tener sacerdotes y obispos, deberían recibirlos de tu mano y por medio de tu consagración, con la jurisdicción que tú les darías para que los lleven derechos a los infiernos.

Cuantos pastores europeos y americanos ha habido en tres siglos, han sido, según tu catecismo, intrusos, nulos, injustos, irregulares, reos de alta traición contra la verdadera autoridad, y reos de lesa nación americana, sin exceptuar ni al venerable señor Palafox de tal crimen; porque o nacieron en otro suelo, y eran incapaces de obtener en este de Costilla, jurisdicción, honor y dignidad; o si nacieron aquí, recibieron la tal autoridad y honra de unos reyes que no eran indios, y de unos papas que ni eran (los más) españoles, y ninguno americano.

La institución, como el nombramiento lo debieron hacer, según tu fallo, los nacidos en la congregación de Dolores; y las bulas expedirlas el sacristán de la tal parroquia si era indio, como los despachos darlos y firmarlos la recamarera de tu cámara, partícipe de tu tálamo, y de tu alta dignidad soberana.

Todo lo demás fue y es, y será mal hecho y contra derecho según la decisión de tus machetes: ergo nulo; y no hay sacerdocio, ni ministerio que valga un pito en Nueva España hasta la época presente, cuando tu revalides y arregles las mitras en las cabezas o cabezones de tus arrieros.

Síguese el cielo después de la tierra; y después de la insurrección de este Miguel contra la tierra, contra todos sus derechos, contra los del estado y los de la iglesia de Jesucristo, síguese la insurrección del tal Miguelillo contra los mismos cielos y sus habitantes.

Según el mismo plan, los santos que no nacieron en tu parroquia y que tú no hayas bautizado y canonizado, no son santos en ella ni pueden recibir veneración.

Han sido pues unos usurpadores del culto que se les daba, y deben arrojarse sus imágenes al fuego, y lo mismo hacerse en cada feligresía, sin más santos que los nacidos en ella.

Todos los otros, y más si eran santos españoles, eran y son enemigos de Costilla (y esto sí que es verdad); y así lejos, fuera de aquí, hasta su memoria.

Los clérigos y frailes americanos no deberán rezar de ellos, ni hacer conmemoración, so pena de injusticia notoria y desobediencia pública, al concilio general de los arrieros y coleadores habido en el pueblo de Dolores en septiembre de 1810, bajo la presidencia del serenísimo príncipe, y arrebatadísimo padre Costilla, invocada la asistencia del demonio meridiano, después de haber celebrado el sacrificio a Baco, su sacerdote Allende, con asistencia de Aldama y Abasolo de la misma bachica y vacuna jerarquía, habilitados todos para el efecto con un largo (y no breve) vaso de licor sacado de la tuna cardona, con que Costilla solía embriagar y enfurecer ya antes a sus feligreses.

De este espirituoso licor bebieron todos los vocales del tal concilio, y se resolvió lo dicho, para aliviar la carga de los eclesiásticos que ayudan a la conquista.”

Si no hay santos bastantes en cada pueblo nativos de él, y quieren los indios culto y fiestas, tendrás ideadas las que deseaba Volter, y puso en práctica Robespierre en París.

Aquél lloraba la muerte de una cómica impura diciendo en su epitafio: que era digna de los altares.

El segundo dio pública veneración a una prostituta en el principal templo de París, la que hacía el papel del Dios de la naturaleza o de la naturaleza Diosa.

El nicho de San Pedro y San Pablo lo ocuparon las estatuas de Marat y otros regicidas.

Con que pariter, et codem modo según tu estilo y doctrina harán papel de santas tus concubinas y las de tus compinches; y en vez de las efigies de las santos, entrarás tú con Allende, Aldama y Abasolo, pues tan dignos sois como Marat y demás Jacobinos sanguinarios; y si no las estatuas de Napoleón y de Chepe su hermano en lugar de Santiago y San Jorge, para que los adoren, como pretendes, por su mejor escudero.

Si todos los santos de la corte celestial viviesen entre nosotros, o bajasen ahora a esta mansión que habitamos, ¿qué harías con ellos, con esta inmensidad de ciudadanos del cielo, que se aparecían a serlo del suelo mexicano, sin haber nacido en él, sino uno u otro? En fuerza de tu decreto debieran ser arrojados noramala, o degollados luego, como enemigos natos y por nacimiento; aunque fueran los mismos apóstoles y el bautista, o el santísimo patriarca José; y aunque fuesen los ángeles, porque no empezaron a ser y existir en el terreno, que niegas a todo el que no haya nacido en él.

A fin de limpiar tus estados de tanta multitud de alienígenas, tú sabrías hacer con todos, cuanto hicieron con cuarenta millones de mártires los Nerones, Dioclesianos y demás perseguidores, y cuanto va haciendo tu prototipo y señor, la primera bestia, a quien adoras.

Y con la reina de los ángeles y madre de los hombres María Santísima, ¿qué hicieras en virtud de tu sistema ?...

Lo propio, porque es extranjera. Nació en Judea, y así no tenía derecho de vivir en América...

¿Y con Jesucristo nuestro redentor ?...

Lo mismo, porque nació en Belén, y Belén no pertenece a la congregación de Dolores, ni es vicaria de la Nueva España.

Por mucho favor y gracia enviarías a pasear a Jesucristo y a su madre si arribasen por acá; y si no querían irse, descargarías sobre ambos tus machetes y no perdonarías a la reina a quien respetaron los judíos; y acusarías a Jesucristo de un crimen que no le imputaron sus mayores enemigos, habiéndolo calumniado con tantos y tan extravagantes.

Si a Cristo se le hubiera de sentenciar ahora en Habacha, en el valle de los morales, y dolores, y tú hicieses el oficio de Cayphas, Allende el de Herodes, Abasolo el de tu suegro Anas, y Aldama el de Pilato, no andadas en más averiguaciones que esta: “es de otra tierra y ha venido a predicar y vivir en la nuestra; luego es reo de muerte, y debe morir por venir a redimirnos, no habiendo nacido en nuestra congregación.

Es hombre, y ningún hombre, aunque sea el hombre-Dios, debe violar el primer derecho de nuestra sociedad inviolable.”

Tus planos encierran todas estas consecuencias, por necesidad.

Sin duda te indignarás de que Jesucristo escogiera entre sus ascendientes a una extranjera, a la moabita Ruth; y que esta lo dijese a su suegra Neemi en el camino, cuando la persuadía a que regresase a su país: No volveré, madre mía, sino que tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será también mi Dios.

No hubiera respondido así, si te hubiese consultado; ni Jesucristo hecho tal elección, si respetase las leyes de equidad y justicia nueva que tú has venido a promulgar contra su divinidad y humanidad en el nuevo mundo, y contra la propiedad, dominio y vida de los hijos de Dios que aquí lo adoran.

Tú obligarías a las cenizas de nuestros padres mismos a salir de los sepulcros, e ir a buscar reposo en otras regiones, como las de Jacob fuera de Egipto.

Les diremos: “marchaos, id de aquí cenizas de nuestros padres, malditos y proscritos por ese cura, que dice no debisteis aportar a este hemisferio, y que no teníais cabida en él...

¿Y para qué vinisteis a dar el ser a monstruo semejante que se precia de descender de vuestro linaje, cuando decreta el exterminio de sus progenitores, como Nerón el de su madre? “No dejarás de tachar de injusta al mismo Dios, porque dio la tierra de Canaan a los israelitas, que nacieron en el desierto.

Tú te pondrías de parte de los cananeos para develarlos, y dirías en su abono: “en mi sistema social cada uno debe vivir y morir donde nace; y así en el desierto deberán vivir y morir esos israelitas, que allí han nacido y que Dios trae a esta región a expensas de mil prodigios.

Yo impugno otras leyes suyas para fundar la mía, y así no me embarazan los portentos, cuando desprecio los mandatos del Decálogo.”

Me horrorizo y me avergüenzo de tener que desentrañar estas escandalosas consecuencias y blasfemias inauditas, que se contienen en el plan de guerra que has suscitado, fundándolo en tan perniciosas herejías morales cuales jamás habían salido del pozo del abismo.

Callaría cubriéndome la cara de vergüenza, y lloraría en silencio tan execrables delirios, si no hubieras tomado las armas para realizarlos, y si tal multitud de bárbaros idiotas, y otra de malvados inexcusables no te coadyuvara para tal atentado con la más insolente impiedad, introduciendo algunos sacerdotes con avilantez suma la abominación de la desolación en el lugar santo, pisando, escupiendo y profanando la sangre de Jesucristo, y perdiendo las almas redimidas con tal precio divino, y encomendadas a su dirección espiritual.

Todo, todo es obra tuya; ¡oh escudero del demonio, y del Napo- demonio!

Claman pues, y clamarán contra ti eternamente las mismas piedras del santuario poluido, y las de las ciudades teñidas en sangre humana por vuestra causa y culpa.

Claman y clamarán eternamente el monte de las Cruces, Aculco, Guanajuato, y otros pueblos donde vuestra fiereza e impiedad ha sido la causa de que perezcan por vuestra mano, a sangre fría, tantos hombres buenos y honrados; y tal multitud de perversos y estúpidos sectarios de vuestra revolución, que han hallado en una justa muerte un desengaño tardío y una condenación interminable.

Alza, sacrílego Hiperaspistes, tus ojos y tu boca sacrílega hacia el cielo; arroja contra él la ponzoña de tu pecho; di que quisieras tener a tus alcances a aquellos moradores, y a la reina de misericordia y de la gracia; y di ¡oh infame! que si pudieras no harías gracia, ni tendrías misericordia con esa nuestra dulce Madre, ni con los santos y ángeles que la alaban y bendicen, pues tus leyes y decretos son de proscripción y exterminio total para cuantos no hayan visto la luz en las covachas que tú has obscurecido con tu asqueroso nacimiento.

Cual otro Luzbel, y como lo hará el anticristo, ponte a desafiar de frente al mismo Jesucristo.

Publica que le quieres quitar sus ovejas; destruir su aprisco; abolir el incruento sacrificio de la misa; acabar con el sacerdocio y obispado, quitar los sacramentos; interrumpir la jurisdicción espiritual; la fuente de la santificación; conducir las iglesias americanas a la condición de la sinagoga reprobada; y esto sería en castigo de tus mismos atentados, errores, herejías y seducción.

Concluyo con que no habías de perdonar ni a la real presencia del Redentor si lo vieras en tu suelo.

¿Y no es esto lo que ya has dogmatizado en muchas partes con palabras solapadas?

¿No dicen altamente esto mismo los bandos, los decretos y los nombramientos que expides escritos de tu puño, con tinta del abismo, con las frases de los réprobos, con el horrible colorido de los demonios, con la maledicencia de los impíos, y con la rabia y soberbia de Lucifer? Has abolido las leyes de Dios y de la iglesia entre tus gentes soeces y feroces, y has promulgado otras que condenan al mismo hombre-Dios, y escarnecen a su divina madre, profanando su culto.

¡Oh! ¡Pásmense los cielos, y sus puertas eternales caigan sobre ti de espanto!

El orbe todo vengue a nuestro Criador y Redentor, y el honor de nuestra reina y madre; asómese desde el cielo el Altísimo para oír, ver y castigar tus blasfemias, tus delirios y herejías morales, tus decretos sanguinarios, tus atrevidos e infernales proyectos; y si tu obcecación ya es consumada, aún en esta vida, expires luego al modo del apóstata Juliano, arrojando tu sangre contra el justo y santo cielo, gritando desesperado como él: me has vencido ¡oh Galileo!

Pero Dios tenga piedad de ti, aunque tú no la tienes de nadie, ni de ti mismo.

CARTA DECIMATERCIA

Bachillerejo Jason: según el plan que me propuse, debía detenerme un poco más en manifestar que el tuyo aniquilaría enteramente la religión verdadera, y vendría a resultar por tus disposiciones generalicias un monstruo de religión, en que habría tantos delirios y mezclas como en la de Mahoma, y más extravagancias e impiedades que en el catolicismo de Bonaparte.

Tú has empezado la promulgación de tu nuevo Evangelio, aboliendo los preceptos del de Jesucristo, y dejando del culto exterior sólo los Te deum y misas de gracias para celebrar tus impías conspiraciones, correrías y matanzas, haciendo alarde en el templo de Dios vivo y delante de Jesucristo sacramentado de que un ministro del altar lo insultaba aún más que aquél cómico de París, que en los días de la revolución y carnicerías de los jacobinos, subió al púlpito en el templo de Santa Genoveva y dijo, que si había Dios lo desafiaba para que se vengase de su desprecio.

No has hablado todavía con esta claridad de un ateo, porque aún no eran del todo ateístas tus mariscales y coroneles, y porque las demás bestias de tu comitiva tenían algo más que andar para llegar a considerarse destinados a hacerlo en cuatro pies, por la profunda sabiduría de tal conductor que las preparaba a tan feliz estado de cuadrúpedos hidalguños.

Pero siendo tú en la práctica un pirrónico y materialista procaz, y más ateo que el tal mimico; que no admites moral alguna, que te burlas de toda ley, que quieres santificar cuantas maldades hay, y que nutrido primero en todas las absurdas opiniones de dos casuistas más relajados, te habías acostumbrado a mirar como lícitos hasta las mismos homicidios con la sutileza de dirigir bien la intención en los odios, calumnias y venganzas, ¿quién al verte en el templo en tales actos, no veía en tu rostro de Polifemo, en tus miradas lascivas y pesquisadoras, y en tu sonrisa sardónica y truhanesca, que en tu interior, muladar o infierno reconcentrado, resonaban blasfemias e infames cánticos al compás de los raspados violines y desaforados berridos de los indios de tu capilla realenga?

¿Qué hombre cuerdo y religioso no se estremeció de horror, y no temió que se desplomasen las bóvedas de los templos donde entrabas con traza y gestos de príncipe tenebroso, a insultar a Dios cara a cara, y a disputarle la gloria del culto, aparentando farisaicamente querer tributarle homenaje, pero con el fin de que la turba de malsines y la tropa de asesinos y traidores pensasen que el cielo autorizaba delirios y atentados tan abominables? ¿Qué alma buena y piadosa no lloró en Guanajuato, Valladolid, Guadalajara y otras partes tal escándalo y abominación, y no se escandalizó de tu osadía e impiedad, y de la estupidez o debilidad de los que hicieron demostraciones de júbilo al recibirte y acatarte cuando en ti sólo debían ver un usurpador infame, un verdadero demonio vestido de general, que iba a profanar el templo, y a declarar otra vez la guerra al Altísimo y a sentarse sobre su trono, si no había ángeles fieles a Dios que lo arrojasen del santuario?...

En esta cobardía lastimosa de algunos que no nacieron para Phinees, has cobrado al principio bríos y has soñado que en ninguna parte hallarías el acero vengador; aquel puñal con que el santo sacerdote Phinees atravesó en las partes genitales a Zambri y Cozbi, al atrevido israelita y a la ramera de Madian, que a presencia del pueblo hacían alarde de igual vileza y prostitución a la con que tú y tus renovadas costillas insultáis al pudor santo, y vais a los templos a ostentar los triunfos del libertinaje brutal por donde han empezado tus campanas, con el que las continúas, y que es el último término que te propones en ellas.

Si hubieses hallado con un Phinees en estos actos de tu disolución e impiedad, Dios (como entonces) se hubiera aplacado ahora y cesaría la plaga de los hijos de Israel: veinticuatro mil víctimas sacrificadas a la divina justicia (por su mandato) habrían (como entonces) desarmado su justa venganza, y no se habrían aumentado en la batalla del puente de Calderón otras tantas o más, para que se duplique ya el número de los que te están maldiciendo en el infierno como a autor principal de su eterna condenación.

Cuentas en esa fecha unos cincuenta mil de tus prosélitos en los infiernos: fruto y cosecha de tus campañas.

¿En ti habíamos de ir viendo progresivamente las impiedades y usurpaciones de Lisímaco y Menelao, sacerdotes intrusos y profanadores del templo, y las barbaridades de Jason?...

Al oír horrorizados y estremecidos que en esas tres ciudades particularmente hiciste el oficio de mayoral de degolladores, mandando a sangre fría asesinar hasta este día dos mil europeos y criollos, encarcelados antes por ti, y por consiguiente indefensos e inculpables, desahogo mi dolor y mi indignación con las palabras del Espíritu Santo.

Hablando de aquellos malvados sacerdotes, como si dijéramos de ti y de tus Vallesas, Macías, Mercados, Morelos etcétera.

“A aquellos infelices, que se declararían inocentes aún cuando tratasen su causa entre los seythas, los condenó a muerte.

Y luego fueron castigados injustamente aquellos que habían procurado la defensa de la ciudad y pueblo, y de los vasos sagrados...

Y entretanto Menelao (Hidalgo) por la avaricia conservaba la autoridad creciendo en malicia para hacer traiciones a sus ciudadanos.” (2 Machab. c. 4.)

Tu retrato está muy al natural como formado por la mano del mismo Dios.

Aún añade el mismo libro divino otras pinceladas, para que nada falte al diseño más completo; porque siendo tú en lo guerrero el Trason fanfarrón de Terencio, y en los sacrilegios y asesinatos el Jasón de los judíos, no pueden menos de conocerte los que te comparen con aquél en la vanidad, y en la ferocidad con éste, que es personaje real y verdadero.

Jasón, pues, habiendo sido el corruptor y seductor del pueblo escogido; habiendo aspirado a la usurpación del pontificado (por ejemplo a la mitra de Valladolid); habiendo mezclado con la religión ritos gentílicos; habiendo tenido la osadía de establecer bajo el alcázar mismo (junto al templo, a la iglesia parroquial de Dolores) un gimnasio, y exponer en lugares infames lo mejor de la juventud (lo dirá según el edicto de la Inquisición el convenio recíproco con tu manceba) aún pasó adelante en su maldad detestable e inaudita el impío y no sacerdote Jasón, (o Hidalgo Costilla.)

Prosigue el Espíritu Santo refiriendo como para más pervertir al pueblo procuró Jasón seducir y corromper a los demás sacerdotes, ocupándolos en juegos y carreras propias de atletas, y apartándolos de las funciones del ministerio y culto divino.

Siendo la corrupción más violenta y sin remedio la que se apodera de las partes más notables del cuerpo; cuando tú ya has contado con media docena de con-curas baladrones, profanos, infieles, ridículos antes en gesticulaciones y gazmoñerías, tan hipócritas de conveniencia, como ignorantones, bárbaros y taimados, sin honor, sin padres conocidos, (y no al modo de Melchisedec que no tenía genealogía terrena) sin instrucción en los fundamentos del dogma y de la moral cristiana, y sin pizca de sindéresis, ni de lealtad, has creído fácil la empresa de tu refinadísima malicia y soberbia y que fanatizando a esos mentecatos, el populacho agreste caería de hocicos en la red, que con la ayuda de ellos le tendías.

Unos tras otros han ido prevaricando, y has llegado a numerar más de cien mil brutos bipedes, entresacando de esas rancherías y pueblos, que oyendo el alarido guerrero de viva nuestra Señora de Guadalupe y mueran los gachupines; sin más examen que el dicho de tales fanáticos curas, han creído prestaban obsequio a la reina de la paz y misericordia, haciendo tan inicua e injusta guerra, y cometiendo abominaciones, impiedades y matanzas, cuales no se han visto, sino cuando los ateos de París se encarnizaban contra las imágenes de María Santísima en el templo de la victoria, al mismo tiempo que degollaban a sus conciudadanos en una guerra civil y anticristiana.

Aquí tus con-jasones han pretendido juntar el cielo con el infierno, la imagen de María con el estandarte de Satanás, la invocación del nombre de la Madre de la gracia, con la blasfemia del mismo nombre, y con la invocación cordial del padre de la iniquidad, de la mentira y de los homicidios.

No sabré decir cuál es mayor delito, si un ateísmo declarado, o este tuyo mixturado de palabras que indican culto, para hacer más befa y escarnio del Dios a quien se invoca.

Los incrédulos Bayle, Bolter y Diderot se empeñaron en sostener que el ateísmo era menos sanguinaria que el fanatismo de religión.

Bergier y otros apologistas los confutaron.

Mas hoy en la América católica te apareces tú, ateísta fanático, que antes te llamabas cura católico, y reuniendo ambos extremos, resuelves el problema, y demuestras que el fanatismo de irreligión y ateismo produce en cinco meses en el país más tranquilo y piadoso mayores males, desastres y horrores que haya causado el fanatismo más vertiginoso en cinco siglos, y el ateísmo más absoluto y osado en los diez y ocho que han precedido al nuestro.

Se han engañado los que creyeron que el ateísmo no hacía derramar sangre, y que atendiendo sólo a sus placeres y conveniencias, buscaba la paz para no ser inquietado en su goce egoístico, mirando con indiferencia todo bien, y el resto del universo incluso su hacedor.—

20 años ha, que la sangre humana vertida por manos ateas, ha desmentido la apatía o indiferencia pacífica con que pretendía engalanarse la incredulidad a fin de parecer menos odiosa que el fanatismo y superstición de varios herejes y apostatas, que con el manto de la religión han querido cubrir lo horrible de sus guerras y matanzas.

Y han corrido ya cinco meses en que ambas furias han hecho en ti alianza, y se ha visto un párroco americano ateísta y fanático haciendo alzar la cabeza a seis curas y vicarios subalternos en la carrera de la maldad e impiedad, que deslumbrados con el título de mariscales y generales, con las bandas y estrellas umbiculares que gratis les diste, han corrido a encender las teas del fanatismo más brutal y supersticioso en las lámparas guadalupanas.

Con llevar a tu imitación una medalla de la virgen santísima de Guadalupe colgada al pecho, como si fuese el pectoral de los obispos, el toyson de los grandes, y la cota y malla de los antiguos guerreros, se han imaginado árbitros de la suerte de los imperios, y capaces de conquistar en cuatro días el mundo nuevo y el viejo; se han creído invulnerables, y se han reputado iguales o superiores a sus mismos obispos.

Poniendo en los cabezones de sus columnas cuadrúpedas grandes cuadros o lienzos de imágenes guadalupanas, han persuadido a la bárbara canalla que el cañón no podía herirles, ni la bayoneta alcanzarlos, porque el cielo y su reina estaban por ellos y tenían en cada parapeto de la virgen una muralla más fuerte e impenetrable que el muro de cincuenta codos de ancho que cercaba a Babilonia.

Tal era la demencia fanática de estos tus nuevos babilonios y demonios desenfrenados.

Hablan los hechos públicos, con que se horrorizarán los siglos venideros, y por los que nuestros rostros quedarían cubiertos de vergüenza a comparecer en el tribunal de las naciones cultas y humanas, y en la posteridad imparcial y respetable, si tales sombras y borrones feísimos, no fuesen pintados y afeados, y vituperados altamente por nosotros, para que su ignominia y vileza no callada y disimulada, haga resaltar más la piedad, ingenuidad y lealtad de los demás americanos.

Son tan monstruosas y descomunales las pruebas repetidas de vuestro fanatismo antirreligioso y anti-español, que a no ser testigos oculares muchos miles de habitantes, pudieran dudar los ausentes de mi veracidad, y tenerme los pósteros por tan exagerador, hiperbólico, acalorado y entusiasta, como con razón calificamos hoy al ilustrísimo Casas, si son sólo suyas las relaciones que nos dejó de las cosas y sucesos de Indias, y no están recargadas de hiel por los émulos de las glorias de España.

Otros se aturdirán al leer el excesivo número de traidores y fanáticos, que fuesen más de cien mil los que en 17 de enero se juntaron en la batalla del puente de Calderón y con noventa cañones; que tú cuervo negrísimo, barbiraso, ojienjuto y rasguñado carnívoro, y asqueroso por dentro y fuera, en lo físico despreciable, y en lo moral y religioso aún más abominable que los viles cínicos y epicuristas; que tú con el hocico corvino manando ya por él la sangre de las inocentes víctimas, que a traición y en las sombras de la noche llevabas sacrificadas; que tú digo consiguieras dementar y enfurecer en aquel día tal turba de antropófagos.

También yo me asombro y me avergüenzo, y las lágrimas me faltan, y tan desmesuradas prevaricaciones oprimen mi corazón y cierran todo desahogo al sentimiento.

Mas el fenómeno me parece menos estupendo, al considerar que una inmensa multitud de idiotas fácilmente se congrega para la ejecución de cualquiera maldad, si se pone a su frente el pastor de la manada, y exalta el fanatismo de la ridícula independencia y quimérica libertad, frotándolo y electrizándolo con el fanatismo de la superstición farisaica.

“El evangelio de la mayor parte de las gentes del mundo, dice bien Macillon, es la vida de los eclesiásticos, de la cual son testigos etcétera”.

Mucho más la de los párrocos, en quienes justamente tienen depositada su confianza, y cuya voz oyen con gusto y respeto los pueblos, y reciben por su órgano las dulzuras y esperanzas de la religión hasta los últimos instantes de la vida.

No pueden imaginarse fácilmente, que los pastores destinados para guiarlos al cielo, quieran empeñarse de propósito en precipitarlos en el abismo.

Aún cuando todas sus acciones no le parezcan buenas y dignas de imitarse, con dificultad se persuadirá un rústico, mucho menos un indio por serlo mucho más; que aunque en la cátedra de Moisés esté sentado un fariseo como tú eras, pueda llegar éste a ser tan malo, que abuse del ministerio, predique doctrinas falsas, y quiera seducirlos y pervertirlos con la enseñanza, y autorizar con la misma religión los delirios más opuestos a sus dogmas y moral.

No haberse oído aquí jamás semejante apostasía pública en ningún ministro de Dios, hacía que esas infelices rancherías y jacales aislados, no reputasen desde luego por malo lo que les persuadían seis clérigos.

Tú el protoJasón y proto-Alcimo de estos prevaricadores, te acordarías, que también los macabeos decían: Sacerdote es, el que nos persuade que nos le entreguemos; no nos engañará; y que el malvado Alcimo con una falsedad sólo inferior a la tuya, les habló palabras de paz; y les juró diciendo; no os haremos mal a vosotros, ni a vuestros amigos...

Siguióse después, que a aquel sanguinario sacerdote se le agregasen todos los pícaros que perturbaban el pueblo, se apoderasen de la tierra de Judá, e hiciesen grande estrago en Israel, y que sesenta virtuosos Esenos fuesen degollados por el inhumano Alcimo, llenándose de horror y espanto toda la nación.

Se siguió también, que acrecentado el partido de tres malos sacerdotes judíos con las gavillas de los rebeldes e ignorantes, Lisímaco (por ejemplo Morelos (1) sitiador de Acapulco) llenase la religión de sacrilegios, armase cerca de tres mil hombres, y se pusiese al frente con un malvado viejo llamado Tirano.

Siguióse que Menelao (por ejemplo Mercado, invasor del puerto de San Blas) después de sus atrocidades e hipocresías, hubiese de huir y refugiarse en el alcázar, y que su fin, y castigo fuese tan semejante al que se buscó el dicho Mercado, tu teniente general, antes director de ejercicios espirituales, y después por tu industria, de marciales, y el primero de tus volteadores.

Antioco mandó arrojar a Menelao desde una torre de cincuenta codos de altura; y Mercado por servir fielmente al pérfido Antioco americano, se precipitó desde mayor altura en San Blas, huyendo vergonzosamente de la justicia, que le ofrecía, si se entregaba, clemencia, e indulto que no merecía.

Él se precipitó a su centro, y quizá el fanatismo de la independencia le había desconcertado el cerebro antes de su vuelo, en términos de haberlo dementado.

Quizá se le clavó la promesa que tú hacías a los indios en el monte de las Cruces, de que los militantes bajo tus estandartes guadalupanos, si morían peleando, resucitarían triunfantes a los tres días, e irían a encontrarte (en 12 de diciembre día de nuestra señora de Guadalupe) sentado bajo solio, repartiendo tierras y trojes, magueyales, muladas y boyadas etcétera, proclamado: Emperador de México, rey de Guadalajara, protector de la confederación de los arrieros del Cacalote (2) y Archipámpano y Arquiticlino del nuevo mundo.

Tal vez Mercado pensó volar por tu mágica negra sobre las alas de los vientos, como el mago Simón guiado por la estrella de tu ombligo, reverberante en la suya, ir al alto destino de dar a tu alteza y majestad una tanda (o tunda) de ejercicios espirituados y endemoniados (3).

Siguióse que Jasón (por ejemplo tú propio) degollase a sus ciudadanos sin reparo, y no advirtiese que el buen suceso contra los de su sangre era la mayor desgracia, creyendo que alcanzaba trofeos de enemigos y no de ciudadanos.

Esto no obstante, no alcanzó el principado, sino que por remate de su traición estuvo la confusión y se fue fugitivo a tierra de los ammonitas.

Al fin encerrado, huyendo de una ciudad en otra, aborrecido de todos, como un apóstata de las leyes, y un execrable y enemigo de la patria y de sus ciudadanos, fue echado a Egipto; y el que había arrojado a muchos de su patria, pereció lejos de la suya; y el que había hecho arrojar los cuerpos de muchos sin sepultura, él mismo fue arrojado, sin ser llorado ni sepultado, no hallando sepulcro ni en su tierra propia, ni en la extraña. (2 Mac. Cap. 5, v. 6 sq.)

El dedo de Dios ha escrito esta historia, y en ella la tuya, y la de tus miserables fanáticos y sanguinolentos co-ministros apóstatas del santuario, rebeldes a Dios y revelados contra la patria.

Mudados los nombres de ti y ellos se cuenta esta verdad histórica, y se os anuncia el mismo fin y castigo.

Seréis la fábula, ignominia y execración en la edad presente y en las venideras.

Se dirá que nuestros pecados eran muy grandes, pues que Dios envió el mayor de los castigos, permitiendo, como lo hizo para castigar con el extremo rigor a Jerusalén, que hubiese unos pocos curas tan locos, tan malos, tan fanáticos, que despreciando los buenos ejemplos y doctrinas de seiscientos pastores ejemplares, se atreviesen a salir seduciendo, y llamando lo malo bueno, y lo bueno malo: poniendo tinieblas donde brillaba la luz pura de la verdad, y apagando en tantas almas el resplandor hermoso de la fe divina...

¡Qué oprobio! ¡Qué ignominia! ¡Qué escándalo tan horrible!

Reflexiones amargas traspasan el corazón al ver cumplidas por tu apostasía y fanatismo de irreligión cuantas amenazas han salido de boca de los profetas y de la pluma de los santos padres, cuando algunos malignos conductores extravían con su mala doctrina y ejemplos a las ovejas de Israel.

Tantas son que es imposible numerarlas: tú has recopilado realmente sobre nuestras cabezas cuantas calamidades anunciaban, y habrías realizado la última de todas, si las balas y la lealtad de nuestros soldados, y el valor impertérrito, prudente y provisor de nuestro jefe inmortal, y de los inmortales Calleja, Flon, glorioso en su muerte heroica, Cruz, y demás intrépidos guerreros no hubieran desbaratado los planes de tu fanatismo infame, y desengañado a esas gentes bestiales de tu comparsa, de la locura que les infundiste, haciéndoles ver visiones propias de frenéticos o energúmenos.

Imaginabanse tus coleadores y toreros destinados a apóstoles de la religión nueva costillada; y entre ellos se decía públicamente así: tal vez algún día llevaremos la religión a la misma Europa.

Es hecho y dicho positivo; y lo es que tú gran belitre forjador de este fanatismo, que tanto importaba a tu consumada malicia, a un gran cañón lo bautizaste con una gran blasfemia, llamándolo: el Poder de Dios.

Sin duda tú no has conocido otro Dios que este terrorismo, ni más poder que el de la muerte, ni otra divinidad que esta, que podía darte el trono infernal a que aspirabas, esperando que los cañones en Calderón con el estruendo de la imaginada y vaticinada victoria gritarían: ya es emperador el mayor bribonazo y bellacón; Miguel primero, el primero de los zorros y el mayor amigo de zorras. Rabie el emperador.

Rumor y no vulgar es, que el mismo desesperado Allende más de cuatro veces te ha proclamado así; y que en esta forma habían de levantar muchos el grito de tu aclamación, cuando en aquel acto te habías de poner la corona de nuestro suspirado FERNANDO VII, cuyo nombre, imágenes y divisas consoladoras, perseguiste muy a tu placer en Guadalajara, disponiendo así las cosas para apellidarte: ¿qué? Rey de trapizonda.

¡Oh viejo chocho, impío, demente y más perverso que loco!...

¡Oh infame Sardapilon, trapiento y tramposo desde la cuna, fanático y entusiasta malicioso, cabeza incurable con todo el eléboro de las boticas, cuervo graznador, víbora que despedazas las entrañas de tu madre! Si no me engaño, en el congreso caballuno habido para tratar de coronarte de (qq) alegabas esta razón para recobrar tus derechos.

“Hidalgo es la primera persona de la sociedad, y Adán fue el primero Hidalgo.

A Adán le saca Dios una costilla, y forma la mujer primera.

De aquel Hidalgo y de esta Costilla salió Caín, su primer hijo y el primer fratricida.

Yo por mi padre soy Hidalgo, por mi madre Costilla; por mis hazañas Caín: luego yo Caín, Hidalgo, Costilla, yo soy el heredero universal de cuantos tronos pudo dejar Adán, al menos en el nuevo mundo; pues aquí en ningún otro se han reunido tales circunstancias.”

Los vaqueros te aplaudieron: se fanatizaron y se armaron para el coronamiento de su primer Caín.

¡Cuánto hubieran llorado los Abeles, si la maldad y usurpación más extravagante, ridícula, impía, irreligiosa y feroz, se hubiese apoyado en fuerzas más arregladas que tus silogismos; y si Dios indignado contra tantas infamias y sacrilegios de tu monstruoso ateísmo, no hubiese descargado sobre ti, y sobre vuestro fanatismo de impiedad e independencia, tan repetidos golpes, capaces de despertar y desengañar a cuantos no estén ya marcados con la negra señal que Caín llevaba en su frente.

Tal vez otros abrirán a tanta luz sus ojos soporados.

Mas de ti pronostico la suerte de Jasón, y el cumplimiento de la maldición fulminada contra Caín...

No sea así; pero entretanto, pásalo muy mal, que esto te conviene para que así no sea, y no lo pases después peor.

NOTAS

1. Sábete Costillón, que Morelos, vicario que fue de Teypam, sacado por ti de la cárcel, donde lo habían puesto sus habilidades antiguas, y hecho por ti general para ejecutar otras mayores, sábete que te gana en ciertos puntos de loco y sacrílego.

Él dice misa con el sombrero puesto, como general; con dos trabucos sobre el alba como quien va a prender a Jesucristo, y espada debajo del brazo como que quisiera degollarlo materialmente.

Así celebra el santo sacrificio, cargado de excomuniones e irregularidades visibles, y no vistas jamás igual.

2. El rancho del Cacalote ha sido el almácigo de tus generales.

Ya son cuatro los arrieros de él elevados a mariscales y coroneles, que han subido a la horca y han acabado en el aire la brillante carrera militar que les trazabas.

Querías ser rey, emperador y Preste Juan de las Indias: pues mejor te viene protector y preste Miguel del cacolotismo.

Hubieras excedido en títulos a tu prototipo, o protoplasto, el Napoladrón, emperador, rey, protector rapiñador del catolicismo.

3. Quien expira fuera del gremio de la iglesia, incurre en excomunión, como este miserable Mercado, no es digno de otro tratamiento.

Si a su cadáver se le daría sepultura profana, no debemos dar mejor lugar a su alma, ni honor a su infame memoria.

El mayor que le haré siempre, será comparar su vuelo con la muerte del pájaro gobernador de indios, traidor, muerto a manos de bocanegra, en la acción del 7 junto a Querétaro.

Y así estos dos pajarracos voladores y negros se los tragó bocanegra en la otra vida, aguardándote a ti sepulturero de almas y cuerpos, poblador de Nigricia y emperador y etcétera.

CARTA DECIMAQUARTA

Al emperrador de Calderón, Caldera o Caldereta

¿Sabes, emperrador rabioso, bajo qué forma se me presentan tus altas y altivas pretensiones de ensalzamiento, hasta quedar pendiente de una de las puntas de la luna menguante?...

He buscado un símil, he recorrido la naturaleza bruta, y lo he hallado en las consideraciones de Humboldt sobre los desiertos, y hacia las orillas del Orinoco.

“Allí (dice este sabio viajero) si se da crédito a los naturales del país, se ve en los bordes de los pantanos, levantarse poco a poco un vapor espeso; oyese luego un ruido violento como el de una explosión eléctrica; la tierra removida alzase a modo de nube; y el que observa y conoce este fenómeno, echa a correr al punto que lo advierte, porque a las primeras lluvias, sale de su tumba y se despierta de su muerte aparente un serpentón monstruoso, o un feroz cocodrilo cubierto de duras escamas”; tan fieros animales dormían en el fango, y parecían sepultados para siempre; la benéfica influencia de la estación los despierta, salen con estruendo de su sepulcro remedando la erupción de los volcanes y arrojando exhalaciones pestíferas.

Tiembla el caminante, huye ligero y despavorido, porque no le alcance el serpentón que va a erguir su cabeza ponzoñosa, o el caimanote o cocodrilazo hambriento, que tras aquel ruido y el vapor espeso que se remonta, enseña su bocaza formidable y los órdenes de dientes desmenuzadores.

Así tu ita, pariter & eodem modo (en tu estilo familiar vetusto) aparentabas reposo o muerte civil y eclesiástica en tu tumba de Dolores, y que estabas muy tumbado en el seno de la corrupción, alimentándote como dichos animales de la grasa de antaño; (1) pero al sentir que en medio de los truenos de la revolución causada por el dragón máximo, el cielo empezaba a derramar sobre ambas Españas benéficos influjos, que prometían una estación más florida y fructífera que las pasadas; tú, que lo oliste y barruntaste, quisiste no tardar en el auxilio que demandaba el proto-cocodrilo, emperrador primero de los ruines hambrientos perros gabachos, que quieren roernos hasta los huesos, y pegarnos su rabia gálica y anticristiana.

Dijiste entonces a tu primera costilla con tu frase familiar: negrita, si no despertamos, mal estamos.

Te removiste; echaste un vaporazo o vaho pestilencial; despediste pequeñas explosiones preparatorias: el humo fétido subía y dio a algunos en las narices; procuraron huir, temiendo que iban a brotar culebrones (y no acuáticos) y caimanes muy cuadrúpedos, en pos de vuestra alteza serpentaria, elevada sobre aquellos humos remolinados que aún encubrían tu cabeza de soberbia serpiente, y tu boca de cocodrilo rabioso y devorador.

Al fin apareciste en ambas figuras; y aunque la hacías tan mala e infernal (mixto de clérigo apóstata y de vasallo traidor) atrajiste con el vaho de coyote a muchos coyotes de tu pelo, y despertaste a varias serpientes orgullosas medio adormecidas (2) y a muchos caimanes hambrientos que esperaban tu resurrección o insurrección para matar y comerse a los incautos y desarmados.

Después de tantas correrías y torerías sangrientas y escandalosas, (cuales no se ven entre esos mismos fieros animales que se combaten, acometen y encarnizan en las llanuras del Orinoco, pues ellos sólo buscan saciar su hambre, y no el placer reservado al tigre de destrozar inútilmente) después de haber ensayado bien tu rabia tigrina y tu malicia lupina, creíste poder enviar hacia arriba vapores densos, y hacer que tus supimos generales y tus gerundios co-apóstoles fanáticos los reputasen de figura circular, al modo de corona que te bajaba de las nubes, que te enviaba diva Venus y que te clavaría Vulcano a martillazos.

Para tan mágico espectáculo destinaste la eminencia Calderoniana, donde cien mil estúpidos mirones admirados mirasen con el microscopio craso de su ignorancia a su primer serpenteo coronado entre remolinos de humo sulfúreo, que levantarían cien bocas de bronce, inspirando terror a los que estuvieran apartados o que intentasen conjurar la nube y deshacer con balas tal encantamiento de bestias de todas clases, condiciones y estados, y de color verdinegro.

Precedieron las torcidas líneas que te dictó tu obscura y vil política, y corno ya has quedado medio tuerto en las campañas anteriores, no viste derechamente en Guadalajara cosa con cosa; todo lo atropellaste; creció tu furor; la soberbia y la blasfemia no conocieron límites; el fanatismo de tu irreligión y rebeldía resonó en los templos y calles, en las casas y en los burdeles.

Con un papelote impreso convocaste a todos los malvados a que te diesen ayudas; enviaste; un iluso (el desbarrancado clerizonte Mercado) a ocupar a San Blas; pues el verrugoso y salvaje ex-clérigo Morelos ya sitiaba a Acapulco.

Con estos dos puertos decías (haciendo del chistoso y agudo) que tendrías las dos puertas principales para pedir auxilios, enviar escuadras, entablar correspondencias directas con el emperador del Japón y con el de la gran China, recibir cien mil jopes y otros tantos desnarigados, que formasen tu guardia, al modo de los suizos en Europa.

Que para desunir a los Estados Unidos habías puesto el ojo que te quedaba en un latón, (3) a modo de lapón, quien con la plenitud de tu tempestad fuese a alborotar a aquellos pueblos agricultores, ofreciéndoles todo el vino y viñas de Parras y las minas de Zacatecas, si en número de ocho mil bien armados de hambre y de rabia venían a concluir la para ti importante obra de acabar con los setenta y ocho mil europeos, que aún quedaban, y con el ejército de veinte mil americanos, que te incomodaba en todas partes y a todas horas, sin dejarte dormir muchas noches seguidas en un mismo tálamo imperial, real y verdadero; posar en un mismo palacio largas horas, y robar con sosiego y con el necesario conocimiento cuanto hay en los pueblos, sin que se escape nada a las pesquisas de tu tropa hidalguña, amiga de arañar hasta los cálices y patenas, pues había entrado en el mundo arañando el petate.

(Y esto también fue lo primero que tú hiciste al nacer).

En repetidas juntas que celebrabas en las noches de diciembre oías los planes que te propusieron desde el de octubre tus arrieros sobre instalación (según llamaban), para que de una vez te se instalase, quedase asegurada la corvona y declarada la dependencia que todos habían de tener del consejo supremo arrieril y de su presidente el cura Costilla proclamado la primera cabeza del senado.

Siete fueron los proyectos.

No te gustó el del conde de Laguna, porque parecía haberlo hecho borracho, por proponer y pretender indulto de algunos europeos (como ya lo había expedido a favor de uno que otro); pues esto decías: “es incompatible con mi seguridad y con el primer objeto de mi alzamiento.

Pronto mis futuros quedarían pretéritos y yo un participio en rus o en rum neutro; cosas me enseña la gramática que vosotros no aprendisteis.

Es indispensable que declinemos a todos los europeos con sus nombres y apellidos; y que sepáis sólo conjugar y jugar bien los verbos: rapio, subripio, abripio, diripio; y en lengua vulgar: yo robo; tú robas; nosotros robamos; vosotros robáis; y lo mismo: yo mato; tú matas; matamos, matáis, fornico, fornicáis, etcétera, como tenéis bien entendido, y que no os desentendáis jamás de esta regla primera de mi arte.”

Desechó también tu alteza (que ya te se asomaba por el humo de tus narices, y por el regüeldo y resoplido de tu boca) la memoria de Iñigo Pánfilo, natural de Patamba (en el mismo obispado de Valladolid, donde naciste y fuiste (4) papá a tus catorce); porque pedía no se le tocase a Fernando VII, en sus vivas y retratos; que las gentes con eso se consolaban tu sinrazón fue terminante: “si con eso se consuelan, es porque esperan; y yo me desesperaría y todo lo perderíamos si siguiera ese entusiasmo por el rey vivo o pintado.

Mi sucesión a su corona y a toda la casa de Borbón, se frustraba; y así no seamos vaqueros y bobones.”

El tal Iñigo, aunque general, era uno y otro, y no había olvidado del todo el catecismo, como tú exiges de tu recua.

En fin, enviados a la parte posterior tres legajos más de tres topiles, que llamabas legos y beatos diste en la noche del 10 la preferencia al gran proyecto de Chico, nombrado desde antes tu ministro de gracia y justicia, para cooperar a todas tus injusticias y procurar nuestras mayores desgracias.

Este comprendía la minuta de tu usurpación restante y de los medios por donde debía conseguirse: “que la batalla de Calderón sería tu coronamiento; que desplegadas dos alas de a cincuenta mil gavilanes, y tú en el centro enseñando las uñas, haríais retirar de miedo a las tropas hasta entonces vencedoras y afortunadas del rey bajo el mando de Calleja y Cruz; que apoderado el terror pánico de los invencibles, los destrozabais en un vuelo a uñazos, y no habría oposición a las rapiñas por todo el reino, ni al exterminio de los que no te rindiesen el pórrigo o quisieran resistir a tu porrudo.

Que la victoria era infalible, y borraría la nota de cobardía y flaqueza que había caído en tus costillas, por las necias disposiciones del botarate Allende, falto de luces y falso en sus obscuras miras, porque ya se le brujuleaba algo de pedir cotufas al golfo, y arrinconarte, por razón de clérigo irregular pasado, caprichudo, bribón, ridículo, abotargado, vejancón, zanquituerto y retuerto, incapaz de consejo ni de gobernar un atajo de mulas, ni de hacer frente a una mulata.

Que en ti sobraba valor, cuando sobreabundaba malicia; que no sólo eras bueno para zorro entre zorras desolladas, sino para desollar por tus propias manos consagradas a cuantas reses blancas o prietas pastaban en el vasto continente (tu futura adquisición) y a sus mayorales y pastores, tus primeros adversarios.—

Que si los secuaces te veían flaquear, titubear, retroceder en lo más brillante de la carrera estando en posesión de la segunda ciudad de Nueva España, disponiendo de todo a tu arbitrio, haciendo comparecer ante tu persona real y verdadera (aunque fantástica) a los vecinos ilustres, encarcelando a cuantos te daba la gana, concediendo la vida de día al que habías de asesinar de noche; que si después de todos estos actos de capricho absoluto y despótico, no dabas un vuelo como Napoleón (siendo otro tal como él) a la coronilla que faltaba, te tendrían por inepto, impotente y poco zorro, cuando podías zurrar la badana aún a tus amigos y a tu propio maestro. (5)

Concluyó su informe tu ministril Chico pidiendo que para emperrar a los indios te declarases emperrador mulato e indio en el puente de Calderón, y protector, fautor (sive factor) de mestizos, y amo del continente.”

Un ósculo le diste en las uñas largas a tu Chico, alias Don José Chico, y le ratificaste el tratamiento de excelencia, mandando que en todos los negocios que no fuesen de guerra se entendiesen los arrieros, y demás alcurnia hidalguña con este tu ministro de gracia y justicia.

(No puedes desconocer las palabras materiales de los títulos que has expedido a tus bravos comilitones).

¡Qué grandullón es tu Chico!

Llega en esto abrazándote tu ex licenciado Aldama y dícete: “mi generalísimo: es tiempo de avanzar; los pasos rápidos son los que más presto acaban la carrera; hay traidores y cobardes en nuestra cofradía, que nos la han atrasado en las acciones y proyectos primeros.

Mas en esta capital de Nueva Galicia se ha madurado y recalentado la cosicosa.

El teatro está dispuesto para ver que tal sienta una representación de majestad y grandeza.

Salga ya vuestra alteza con aparato de mayor persona que hasta aquí.

Haya guardias de corps que cerquen su cuerpo, feos que espanten; crueles que escarmienten; resentidos del anterior gobierno monárquico, que se venguen.

Las cárceles son semilleros de tales héroes.

Los hallará vuestra real persona a manojos.

Ningunos más propios que ellos, para que sea vuestra alteza el engendrador y reengendrador de los estados, tanto de los llanos como de los empinados.

Distingue tempora y con concordatis jura.

Los derechos penden de las circunstancias de tiempos, y los presentes piden con urgencia la abolición de todos los derechos (y pudo añadir: mucho más estando vuestra alteza tuerto.)

Si con un absoluto imperio no se funde y refunde en una sola testa la autoridad, serán infructuosas nuestras fatigas revolucionarias.

No seamos planetas estacionarios, y mucho menos retrógrados.

Habiendo brillado ya tanto el refulgente astro que cubre el pecho, ombligo y vientre grande de vuestra alteza debe subirá su cenit, sino quiero que bajemos todos al nadir.

No olvide ahora V. A. I. y R. lo que me explicó en mi mocedad sobre el curso de los astros.

Haya un solo sol, y de él recibamos los demás planetas y satélites los fulgores, y por decirlo con un equívoco expresivo en la política que nos conviene, también los fulgures.

Si no nuestras huestes, que son la luna de este planisferio, se mudarán como ella.

Ya se dice en papeles que esa tropa hidalguña está loca y lunática.

Sea así o no; mi dictamen es, que sin cura, no seguirá esta locura.

Al remate hiciste un gesto y frunciste el hocico; te se hinchó la vena gorda de la frente y echaste al leguleyo Aldama una andanada de venablos, que si él no se echa a tus reales plantas, besa tus reales pies, implora tu real clemencia (aliter demencia) y jura por lo más profanado, que te reputa y ha reputado y reputará por el monarca más cuerdo, y ha de reputar a tu costilla por la cuerda más impía y estirada de la dinastía; le hubiera costado caro al licenciadillo el no distinguir de tiempos para concordar los locos y sus fueros.

Acabó de amansarse tu ira fulgurante con la improvisa entrada de tu querida Quiteria, y de las dos sobrinas del licenciadote, que te dijeron eran las once de la noche, que se enfriaba la cena, y que al siguiente día querían oír tu misa, pues era el día de la Virgen de Guadalupe, a quien consagrabas tus empresas, y de quien habías de recibir el premio y la corona.

Esta última voz te puso como una seda, y abrazándolas fuertemente, saliste a cenar (aunque ayunabas) tu acostumbrado plato de rabo de mestiza. (6).—

Así pasaste la noche después de haber citado para junta de generales a las diez de la mañana del doce.

Quiteria te aseguró mil veces en la noche, que ella no te quitaría la corona que ya te había puesto, antes la procuraría agrandar y extender; que el partido de las mujeres de tus generales estaba empeñado en coronarte; y que era la decisión de toda la contienda, después que ella (como se había ya publicado en las iglesias de América en edictos de la Inquisición) por tus disposiciones antecedentes, siempre había tratado de la recíproca coronación.

Las alusiones y expresivos extremos de tu tan amartelada reina, te hicieron consentir gustoso en coronarte y coronarla en Calderón.

Quisiera saber de ti mismo lo dicho ventilado, controvertido, rebatido y resuelto en la junta del 12.

Por ahora no tengo más noticias que el diario, que se le cayó al padre Balleza (tu mariscal y vicario) en la batalla del 17 de enero al tiempo de huir desbocadamente gritando como loco: (7) omnia pedivimus, & omnis perdivimus: maledictus pons de Calderon.

Dice así, por si no lo leíste entonces; pues quiero también, que sepas que todo lo sabemos o lo sabremos, para que quede consignado en los anales del mayor frenético...

Día 12 de diciembre de 1810.

Cité a junta de generales; cuatro por los del kirie alto; cuatro por los arrieros; cuatro por los vaqueros, y cuatro por los demás cuerpos.

Entramos: saludamos al generalísimo, (bajo solio, estaba, quitado un retrato de su antecesor); le besé la mano, y el primero le saludé; emperador; y di un grito de gozo, dando veinte cabriolas y zapatetas en el aire.

Repetí: viva el imperativo Hidalgo Costilla, el primer primor de nuestra América; viva nuestra señora Quiteria; viva nuestra señora de Guadalupe; y mueran en Calderón, y vayan a las calderas de Pero Botero, todos los perros gachupines.

Viva Miguel: viva y beba nuestro Hidalgo.

Entonces su majestad (in pectore) tocó la campanilla; callé; me senté; me limpié el sudor; y pedí un vaso de aguardiente, y dejé el santo óleo, que siempre cargo por si forte, (8) en la mesa en que el mariscal Gordillo hacía de secretario.—

Su majestad tomó un trago, y luego otro trago, y al tercer trago tomó la palabra, así poco más o menos, que toda la lana es pelos, y no me detengo en pelillos.

A la sustancia.

“Cada uno de vosotros en las privadas y secretas conferencias ha opinado que debe nombrárseme emperador después de generalísimo en una batalla decisiva, como los soldados lo hacían antiguamente; y así salían de una refriega emperadores romanos.

Sólo yo, y yo solamente puedo, como el autor conservar el entusiasmo y acabar de conmover los pueblos.

Si vencemos en la acción grande que se prepara, como sé, (juro y rejuro que lo sé) que venceremos; allí mismo se hará mi reconocimiento público de emperador y rey.

Están acuñadas monedas desde Guanajuato; con bosques, selvas, montes; mis armas en unas astas de toro bravo, y mi nombre en la orla;0000000mi derecho imperial está grabado en oro, plata y bronce.

¿Qué mayor firmeza para mi imperio?...

Audite magnates: vosotros sois los magnates de él.—

Quiero reintegrar a los indios bestias en los derechos de animales.

¿La razón? Porque una sola vez, dicen los teólogos, que la Escritura nombra indio así: et indus magister bestiae: (9) indio maestro de bestia; ergo ha de ser como el discípulo para que pueda enseñarlo y gobernarlo.—

Quiero y requiero ensalzar a los arrieros, que no sean indios.

¿El motivo? porque el maldito gachupín, el hidalgo don Quijote de la Mancha en la noche que velaba sus armas, rompió la cabeza a una máquina de arrieros.

Siendo yo el Hidalgo don Quijote antigachupín, debo empezar vengando este agravio hecho a esta clase, de la cual procedo yo, y a la que me inclino en mi imperio, porque las recuas y atajos serán mi mayor sostén y pujavante.

Vos non sapitis de rebus bellicis.

No sabéis de cosas bélicas, os digo; y por eso no otro puede ser emperador.

He leído a Vegecio, que trata de las guerras romanas muy bien.

Tengo a todo Vegecio en la cabeza y en la uña, y por la edad bien digerido.

He formado grandes boterías para el puente.

Todo y todos caerán a mis plantas.

En México y en otras partes están aguardando el éxito mis antiguos cabalistas y ballesteros.

Quede esto por ahora in secretis... Importa.. in secretis...

He mandado ofrecer esta noche a Júpiter capitolino (10) y a nuestra señora de Guadalupe un hecatombe, no de reses, sino de cien gachupines, que ya están en el matadero, y los he engañado ofreciendo indulto por empeños de monjas, frailes y muchachas bonitas.

Que la paguen bajo el machete... y todos gritamos: viva el emperador y nuestra señora de Guadalupe, vivamos, veamos y bebamos nosotros cantando a Baco, Venus y Marte.

Su majestad apuró el vaso, y titubeando y medio cerrando el ojito de lucero, repitió: cras, cras, cras.”

Lo demás del diario no podía leerse.

Tan asqueroso y embadurnado estaba: como también el manifiesto impreso.

Se conoce que al huir Balleza, el miedo descargó su furia pestilente sobre los tales papeles, y apenas se distinguía tu nombre y títulos de puro chorreados en la fugitiva descarga ballesiana.

Avísame tú lo restante, si no has hallado ya un mata costillas, ya que no hubo en Valladolid ni en Guadalajara un Matathias que nos librase del serpentón, cocodrilazo, lagartote, o caimanazo emperradísimo emperrador: con lo que me obligan a disgustarme ya en la correspondencia por disgustarte con ella. Rabia tú; y yo daré fin a la obra; y que tus animales respondan al fin: amen, amén.

NOTAS

1. Antes empezabas el año arrendando en diez mil pesos el curato, gastándolos en diez días, y endrogándote después para diez siglos.

Los arrendatarios quedaban con el bravo empeño de sacar aún más jugo a los recién nacidos y a los muertos; y mientras otros pobres curas y vicarios sudaban en el ministerio sin tener los bastante para su decencia; tú engrosado, impinguado, dilatado con tu vampírica, crasicie, establecidas otras vampiros legos, que chupasen la sangre que les dejabas; acostumbrándote por muchos años al arte chupadora, que hoy has desplegado, siendo la sanguijuela más insaciable, que se ha criado en los charcos de tu general, el conde de Laguna enemigo del agua.

2. Pudiera nombrar a varios venenosísimos serpentones, salidos de tu vientre y costilla, que con toda malicia te han ayudado a ser ladrón y homicida bárbaro o infame.

Un Anzorena vil, ocupará el primer lugar; y las víctimas que procuró asesinar contigo en Valladolid, Guanajuato y etcétera clamarán siempre contra la infamia de éste y otros ponzoñosos malvados, llenos de presunción, ignorancia y ambición brutal; que para medrar en la revolución quitaron de en medio mérito, la virtud y el talento de los asesores de Valladolid y Guanajuato y etcétera, y de mil otros, que con sus prendas les hacían sombra, y excitaban su feroz envidia...

¡O víctimas del honor y lealtad española y cristiana; os ha pagado el tributo de mis lágrimas reconocidas; y juro vengaros persiguiendo el nombre y la sombra de vuestros asesinos crueles! Así pudiera derramar su negra sangre en los sitios lóbregos en que vertieron cobardemente la vuestra con la de un sacerdote del Altísimo, que increpaba su furor impío ¡O monstruos! ¡O canalla miserable y rabiosa!

3. Don Pascasio Letona, infame sabiondo, que iba de enviado; y arrestado en el camino, murió según unos de hambre; según otros de veneno que él se tomó; no habiendo querido comer en tres días.

Él mismo castigó su delito agravándolo.

Se le hallaron en la silla del caballo los papeles y títulos de tu mano traidora, en que firmaste su ruina, cuando tratabas de la nuestra.

Así sucede con los tunantes que te siguen: tú mismo los sacrificas, y según el resultado de tu desatinada rebelión, podríamos pensar que te habrías propuesto limpiar el reino de la borra y morralla que lo afea y contamina; porque tú quieres ser el único perverso y sobrado para apestarlo.

4. Otros por tus declinados, piensan que dos años antes.

Como suple la malicia la edad, yo opino que antes con antes.

Así lo susurran.

A carne y uña fuiste inclinadísimo desde tu primera edad; preludio de lo que un Zorro había de ser en la última; cuando preciándote de Sansón, y al lado de tu Dalila habías de esparcir muchas zorras con los rabos encendidos para abrasar las mieses de Nueva España, como si fuéramos algunos filisteazos, que después de tusarte te hubiésemos sacado los ojos...

¡Ojalá que así lo hubiera ejecutado, algún buen ciudadano grande dormías en los placeres de tu zahurda, después de ya rebelado! ¿Dónde estáis celosos Mathathias?

5. Asegurase que el señor chantre Morena (respetable por todo) que tuvo la desgracia de ser tu maestro, le arrancaste veinticinco mil pesos; so pena de azotes, o de hacer lo que Nerón con su maestro Séneca.

¡Qué dolor sobrevivir un maestro sabio y virtuoso a la infamia y apostasía de tal discípulo, y haber de comprar la piel y la vida con dinero!...

Vaya que en rapiñas has discurrido como tu Napo-ladrón y con ventajas; pues el Corso distinguió a un religioso su antiguo maestro, que lo acompañaba en las campañas de Italia, y le pagaba; mas tú le haces pagar bien caro al tuyo, no seguiste en la devastación, con que pretendes reducir el reino (frase tuya) tuyo a un vasto incontinente.

Era el final de tu impreso, llamado Manifiesto.

6. Por estimulante, y por la alusión indecente que hallasen este guiso, dicen tus cocineras, que lo prefieres al cremole, pipiano y chiles rellenos; aunque son también platos favoritos.

Sobre tu gusto no te armaré disputas.

No es del caso sino para tu historia.

7. Perdivimies perdivimus.

Nótese por ti la elegancia ciceroniana de tu vicario latino.

¿Qué será cuando hable en hebreo? Animales profundos en gramática y moral tienes en tu escuela eclesiástico-político-militar para tu gloria y corona...

Tu segundo tomo de a folio, que las toma muy buenas; aunque dice misa en el modo hidalgueño, que ya te dije, no quiero bautizar ni confesar aún a moribundos, porque añade que no tiene licencias; y este mismísimo animal tan propio de ti como tú propio, dispensa impedimentos matrimoniales, y casa a cuantos se presentan.

Pero la misa y el casar tienen sus derechos o limosnas; y tú con tu trompa tratas sólo de cobrar, recobrar y recargar derechos.

Lo dice tu impreso, y para tal canalla vale más que un concilio.

8. La trípode de Delfos nada era en cotejo de tus decisiones tripudiales.

Diez años ha que tres testigos oculares me aseguraron que en un baile que les diste, uno de tus vicarios bailó el pan de jarabe, llevando colgado el santo óleo.

No extraño que Balleza lo profanase de nuevo, y más cuando tratáis de olear y enterrar a todos; no curas sino sepultureros.

9. Mal entiendes y aplicas este texto del I libro de los macabeos (c. 6 v. 37) confundiendo indias con indias; e indios con brutos.

Acomodándolo yo a ti, diré, que tú mestizo, y así indio por lo costilla, quieres hacerte maestro y jefe de cuadrúpedos: indus magister bestiae; aspirando a declararte en Calderón el rey de los zopilotes.

Calleja te labró corona; Flon te la fue a poner; y Cruz te hubiera levantado en alto.

Pero huiste vil, taimado y cobarde del teatro, en que se hubieran coronado tus empresas, como merece un loco que sueña reinos.

10. Parece que tu coronel Zea, gran verdugo, al ser ahorcado declaraba, que a un tal Huiztilipuztli querías sacrificar todos los europeos y sus hijos, reservándote las hembras; y que lo llamabas el Júpiter de tu cabeza o capitolino, para significar tu verdadero numen y al que ofrecerías víctimas a millares, así que almorzases, pavo real en Calderón; comieses papa en Querétaro; cenases zorra en México, y durmieses todo junto en Veracruz; zorra, papa y guajolote.

CARTA DECIMAQUINTA

Bachillerejillo Baubacz, zorro Costilla; ad modum de los raposos y de las raposas de Ukraina etcétera.

La congregación pacífica de los castores no es tu modelo, cuando con título de independencia quieres reducir al estado de pura animalidad la manada que te sigue para vivir de aquel modo que llama feliz el orador de los hombres brutos; cuando no pasen de brutos a hombres. (1)

Tampoco son tu dechado las abejas, porque éstas, para ordenar su república jamás tratan de coronar a un zángano que se les comiera toda la miel y ensuciase la cera que ha de servir en el altar para el culto del Señor; de la cual, ¿cuántas arrobas le habrás robado cuando sacristán y cura para que ardiese en el altar de Venus y en las iluminaciones teatrales de tu casa, fonda y mesón de truhanes, zorras y rufianes?...

Pero los Baubaczs de Ukraina (en castellano zorros o raposas especiales de dicha provincia, al modo de la que componen los pueblos devotos de tu animalidad) los tales zorros, como refiere Bergier confutando a los filósofos promovedores del salvajismo independiente e igual; “marchan en cuerpo de ejército, dan batallas, hacen prisioneros y esclavos, y los obligan a servir de arrieros o trajineros para conducir sus bastimentos; y con esta sociedad bruta y de instinto pleitista para ser u opresores u oprimidos, se contentan buscando sólo dominar a otras bestias, para que estas bestias trabajen por fuerza, a fin de que el zorro vencedor tenga sobrado qué comer con las zorras de su triunfal comitiva.

No hay necesidad de comentario para la aplicación.

Zorro fuiste desde niño: zorro has sido en tu vida privada, y zorro te llamaron siempre.

Ahora ya añadimos: el zorro generalísimo de las zorras de Ukraina, que lleva a campaña raposos y raposas, que da ataques y quiere hacer esclavos para tener trajineros; dispensando de esta carga a bestias zorrales y zerriles, que antes lo desempeñaban (satisfacción: el grandísimo zorro ukrainano y alcahuano (o michoacanense) se imaginó que iba a pelear con otros bestias talos como él y su zorrísimo ejército, y pensó llegar a la alteza de un cacuach. (2)

El tratamiento ya empezaste a aplicártelo en Guadalajara, haciendo que aquellos vilísimos animales que formaban tu campamento rapista, y que los medrosos cuitados, pusilánimes y semi-hombres en corazón y discursos, llegasen reverentes arrastrándose ante tu trina dimensión; viesen atónitos tu baja profundidad, pasmados tu superficie grande, y asombrados tu alteza de coloso, la admirasen, la aplaudiesen y te preconizasen altísimo, muy alto, sobre manera altibajo, extremadamente alti-ancho, y prodigiosamente dimenso en las tres maneras que decías serlo, según una cuestión de física que les recordabas.—

Hay conjeturas de que en las misas de gracias (que profanabas insultando al Altísimo) hacías que los músicos comprados repitiesen mucho en el Gloria tu solus altísimus, y que entonces te mirasen, remirasen y admirasen los generales, mariscales, y demás cuadrúpeda comitiva, bajando la cabeza y escarbando con las patas el pavimento.

Tu vileza y bajeza pudo empacharse con tanta alteza que te prodigaron, y tal vez también por eso disponías la emperradura y ser el rey que rabió, pariformiter...

Oigamos a tus Sanchos pronosticarlo: ya preparaban festines de tamboriles para celebrarlo; ya había acopio y leña para iluminarte cuando volvieses triunfante con Quiteria del puente de Calderón; los campaneros estaban prevenidos y pagados; la turba cacuacha apática dispuesta a besarte de limojos la larga mallo, y a llamarte el emperador longimano.

Muchas maritornes preguntaban a tus panzas, ¿cómo se llama este caballero?

El hidalgo don Quijote, respondían, y es caballero aventurero [caballo desbocado según la glosa interlineal] y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos se han visto en el mundo.—

¿Qué es caballo o caballero ventero o aventurero? replicaban.—

Sabed que caballero aventurero es una cosa que en dos paletas se ve apaleado y emperador; hoy está la más desdichada criatura del mundo y la más menesterosa (como este altísimo Hidalgo Costilla) y mañana tendrá dos o tres coronas de reinos que dar a su escudero.” (3)

Realmente que con esta prometida realidad tenían tus sanchos tanto ojo abierto para arrebatar reales y aún las coronas de los santos que columbraban por los templos.

Mas, ¡qué ruin, inconstante y menguada fortuna la de tu escuderil canalla!

¡Cómo se disiparon a modo de humo las promesas y las esperanzas de ser reyes los que no eran ni personas! ¡Cómo te atufó el humo de la pólvora con que te zahumaron y chamuscaron los invictos Calleja, Flon, Emparan, JaIón, conde de San Mateo Valparaíso, García Conde, Ortega, y demás héroes americanos y europeos, en aquel día 17 de enero, tan aciago para toda tu vil y tu fanática turba, como glorioso e inmortal para nuestras tropas siempre triunfantes! ¡Cómo aquel humo te deslumbró y tiznó! ¡Cómo obscureció tu fosca vista! ¡Cómo llenó de hollín tus soñadas diademas, y disipó los sueños de la tía Quiteria y de toda la hidalguía y caballería andante!...

A Dios, o por mejor decir a Barrabás, ojos lagañosos.

El Altísimo, tan descaradamente provocado, insultado y blasfemado cuatro meses continuos por ti y tus prosélitos y fanáticos, hizo en aquel día pública manifestación de su justicia, para llenar de confusión e ignominia vuestros lupinos semblantes y unos nombres que se equivocarán con los de los tigres y basiliscos.

¿Querías ser Régulo? Ya lo fuiste en el sentido en que los santos profetas Isaías y Jeremías llaman régulos a los basiliscos, para significar aquellos enemigos de su pueblo, tan bárbaros y crueles que no se moverían a lástima ni compasión ni por humillaciones, ni por dádivas, ni por ruegos, ni por beneficios.

En esta forma eres un gran régulo y terrible basiliscón, que si pudieras todo lo que quieres, con tu vista de sierpe habrías matado en Calderón a todo el ejército del rey porque no te dejó coronar, sino que te descoronó y desmochó perfectamente.

Afligido y asendereado pusiste pies en polvorosa; (4) y se cumplió en ti y en tus primeros ministros inciviles, co-ministros ex-eclesiásticos, y ministriles generales y criminosos, la maldición que por boca de Ezequiel (c. 7 v. 16 y sig.) pronunció Dios contra los vencidos, que huirían a los montes, acosados de los estímulos de sus conciencias, que los llenarían de terror y espanto: que todas las manos se les descoyuntarían y todas las rodillas destilarían orines; declarándoles al efecto que el gran pavor les causaría, para que aún materialmente quedasen sucios, asquerosos y manchados con su propia inmundicia: (v. 25 y 26) que por sus violencias y opresiones de la sangre inocente que habían derramado y por la apostasía de algunos sacerdotes ignorantes y viciosos y de otros hombres desatinados, les sobrevendría aflicción, buscarían la paz y no la encontrarían en parte alguna; que les caería turbación sobre turbación y unas malas noticias sobre otras; que buscarían visión del profeta y la ley perecería del sacerdote...

¡Castigo espantoso!

Lee aquí y en el capítulo siguiente la eterna maldición que te comprende seudo- profeta visionario, decrépito seductor, raposo vil, que con los veinticuatro compañeros infames habéis hecho idolatrar a una gran parte del pueblo, y por la corrupción de la doctrina y de la ley del Señor habéis contribuido más que nadie a su ceguedad, obstinación y ruina.

Declárate ya el serpens regulus que te conviene por asesino de los mismos de tu especie.

Ya se ha realizado por tu culpa y prevaricación luciferina en esta América, la visión del santo profeta Ezequiel: “veinticinco apóstatas del santuario lo profanan, seducen a muchas almas, engañan a hembras que allí lloran y buscan sus Adonis [entre arrieros hechos grandes personajes,] vuelven la espalda al Señor y ofrecen incienso vano, y adoran al sol naciente, al bárbaro y tenebroso maestro que les enseña estas abominaciones pésimas, el concordar la impiedad con las demostraciones del culto, ir al templo para buscar apoyo y seguridad en los designios y ejecución de sus rapiñas, rebeliones, asesinatos y demás maldades, y tomar el turíbulo para solemnizar las prostituciones, provocando más y más la ira del Altísimo.”

Ya lo han visto nuestros ojos: a un anciano vil, ridículo, despreciable, supersticioso en la apariencia, ateo en la realidad, como a otro Jezonias en medio de setenta estúpidos idólatras y de veinticuatro malos ex-sacerdotes y ex-religiosos, ejecutando mayores abominaciones que las que vio, y porque se estremeció Ezequiel, oyendo luego al Señor que descargaría por ellas todo el peso de su ira o indignación sobre templo, ciudad y tribus seducidas. (5)

Mas por ventura tú Jezonias desventurado e impío, porque hallaste apoyo en la ignorancia crasa y en la desarreglada conducta, y en la ruin y miserable educación de veinticuatro pésimos larragos, introducidos a fuerza y por hambre en el santuario y en los claustros; porque en estos has encontrado estupidez, ambición, orgullo, persuasión, desconcierto físico y moral de cabeza y de alma, aquella especie de flaqueza y de demencia que caracteriza toda suerte de fanatismo, sea de superstición, sea de religión, o bien de independencia y venganza; porque entre esos vaqueros pudiste propagar tu vacuna fanática y tu frenesí atrabiliario, feroz, e impío, ¿ya te lisonjeaste que los demás tendríamos tan desorganizado el cerebro que nos llegase el contagio? ¿Tan mal templada el alma, que al punto recibiese el pus virulento? ¿Tan caldeada la imaginación y tan estragada la vida que abrazásemos esta locura anti-social y anti-religiosa, como un esfuerzo heroico que nos diera aquí paz y pan y después gloria, aquí carne y después cielo?

¡Oh majadero y bestial Costilla! ¿tan mala opinión tiene tu mala conciencia, de doscientos noventa y tres clérigos y de ciento ochenta religiosos de la provincia de Michoacán, y de las nueve mil quinientas personas del clero secular y regular (inclusas las monjas) de toda la Nueva España, que por haber tú llevado hábitos talares, el que ahora era talador y traidor, lo habían de ayudar a talar el reino y sus propias casas e iglesias, perdiendo todos de repente el peso, y persuadiéndose que era cosa loable seguir al diablo cojuelo, favorecer su pretensión a diablo coronado, y después reconocer el cetro y la corona en el más bribón de todos los diablos que se han metido a usurpadores de tronos?...

Sobrado tienes con ser zorro de Ukraina, y con haber llevado zorras a campaña a que llevasen muy buenas zurras, deseando más de ocho de estas quitarte el pellejo para vengarse.

Si no oíste la tonadilla que te cantaban los soldados del rey, después de tu confusión y descalabro calderoniano, te copiaré su principio, tanto porque sepas que te entienden, como porque veas la jovialidad que caracteriza siempre al soldado español (6), y la serenidad y valentía que le inspira la justicia de la causa que defiende.

Pasemos a la revista de tus huestes.

Has ponderado su número, porque te convenía hacer creer que en masa se había levantado toda la cantería de tierra dentro para aplastar a quien osase resistirte y conjurarte.

Así muchos débiles o se metieron en un zapato, o se agregaron a la avenida e inundación de camellos, caballos y dromedarios que acudían a ver lo que haría tu altísima altanería, resueltos en su interior a gritar: viva Costilla si no lo matan...

Almas de alcornoque que hacían depender del exilo de la tal batalla la suerte del reino, la de la religión y la de las familias más honradas, dispuestos a ser de Roma y de Cartago, de Fernando y de Hidalgo, de Cristo y del diablo, según lo resolvieran los cien mil caldereteros, y los cien cañones de Calderón, que contaron y cantaron en papeles soeces de la fragua del vulcano Costilla el triunfo general muchos días antes de darse la batalla que te descalabró.

No, no podré jamás disculpar a otros pocos eclesiásticos de este mismo débil temple, que sin tomar parte activa en tu vil revolución, eran unos indiferentes (7) y pasivos espectadores, esperando a ver ¿qué hará este cura generalísimo, y porqué lo hará? como quien dice de botones adentro: Cuando el padre Costilla lo dice y lo hace, estudiado lo tiene.

No da razón, pero es muy astuto, y etcétera.

Así han pensado y procedido, imitando a Pedro cobarde cuando iba a negar a Cristo que de lejos lo seguía, ut videret finem, para ver en qué paraba aquella escena de su pasión, que se puso a calentar con los ministriles y peones, y no pudo resistir a la reconvención de una mujerzuela...

Si todos estos eclesiásticos cuitados hubieran como otros alzado la voz para intimar lo que el mismo príncipe de los apóstoles enseñó después en su primera carta, habrían hecho que de luego a luego las gentes temiesen a Dios y honrasen al rey, que se sometiesen a sus jefes y gobernadores establecidos, y evitasen el lazo que les tendías tú, rapacísimo hipocritón y usurpador, tomando por velo y pretexto el nombre de libertad...

En semejantes circunstancias, y aunque fuesen más críticas y apuradas y más dudosa la justicia que en la presente, en que tan patente era la iniquidad, villanía y arrojo de tus medidas y proyectos, ningún eclesiástico puede alegar por excusa la duda o la ignorancia; a lo sumo podrá decir que era inútil predicar por entonces en lo pronto si había tomado ya incremento el delirio de la multitud.

Pero dar paso que indique connivencia, aprobación y aun indiferencia cuando así atropellabas lo más sagrado que hay entre vasallos cristianos, es un crimen semejante al de los medrosos libeláticos en tiempos de las antiguas persecuciones, que no negaban a Cristo, más en lo exterior no se atrevían a confesarlo por no perder sus bienes, libertad y vida, y aparentaban condescender a las ideas y obedecer las órdenes de los tiranos, aunque en su corazón los detestaban.

Hagan éstos, pues, penitencia condigna y lloren su debilidad de espíritu y ármense de celo por si acaso vuelve la tentación.

Se apagó ya en gran parte el fanatismo de irreligión y de odio que excitaste o desenvolviste de entre las malas entrañas de donde estaba concentrado, pero todavía muchos malos cerebros están en fermentación; la fiebre pasajera, cuyos accesos, como los de la fiebre amarilla, no pueden durar muchos días, se debilita por sus mismas contorsiones y esfuerzos violentos; pero muchos malos corazones no han acabado de arrojar toda su saña por los ojos, ni toda su negra sangre por la boca.

Sea su furor semejante al del trueno y de la tempestad (comparación de Hume) que pasa muy presto y deja después más tranquila y serena la atmósfera; pero aún retumban a lo lejos por los montes los estallidos de la nube que se retira, aún se perciben relámpagos que culebrean por sus obscuras sinuosidades.

Así que, mientras los cañones están listos para rasgar y romper la culebra de agua, si vuelve [al culebrón régulo Costilla] es preciso que los eclesiásticos todos, todos, nos revistamos de mayor fortaleza para conjurarte, ya que no tuvo efecto el único rasgo en que quisiste imitar al valeroso don Antonio de Leiva (8) cuando en Calderón decías lo mismo a tus mulatos.

A fin de que te conozcan mejor todos, voy a formar tu diseño con las pinceladas de un santo padre que parece te veía cuando pintaba muy al natural a un malvado que junto a ti fuera niño de teta y no valdría para cargarte el morrión ni la banda.

Trata San Bernardo [que era en extremo dulce y cariñoso] contra Arnaldo de Brescia, que había alzado bandera contra los obispos y clérigos, y procuraba arrebatarles sus bienes y rentas, y lo llama: “inflexiblemente obstinado, vago, desordenado, seductor de doctrina venenosa, vaso de contumelia, escorpión vomitado en Brescia, mirado con horror en Roma, abominado en Alemania, desterrado y anatematizado, que el favorecerlo fuera desobedecer al Papa y a Dios...

Añadió que era hambriento con el diablo y como él, sediento de la sangre humana, obrador de iniquidad, devorador de la plebe, con la boca llena de maldición y amargura, con pies veloces para ir a derramar sangre, enemigo de la cruz de Cristo, sembrador de discordias, forjador de crismas y sediciones, turbador de la paz, destructor de la unidad, cuyos dientes son armas y saetas, y la lengua espada aguda y grande, lobo fiero que se levanta y encruelece contra el clero y contra los obispos, y contra toda la jerarquía eclesiástica.”

¡Cuanto más dijera contra ti San Bernardo, [omito por hoy otros paralelos]! videbitis hominem aperte insurgere in clerum... exurgere in ipsos episcopes et in omnen passin ecclessiasti cum ordinem desaevire.

Poco es llamarte insurgente y exurgente contra clérigos y obispos; es preciso juntar los demás epítetos anteriores y añadir nuevos, porque eres más viejo en la malicia que en la edad, y más taimado que un millón de Arnaldos metidos en tus entrañas viperinas.

Concluyo con el santo, “que si la escritura avisa oportunamente que se cojan las zorras pequeñas que aportillan la viña, con más razón se ha de amarrar [el zorro grande] y el descomunal lobo fiero y devastador, para que no acometa al redil de Cristo.”

Hágase así con este lobo zorro.

Si todavía el carcomido, cascado y apestado bajel de tu vida no se ha ido a pique, sino que se atreve a salir a corso, tampoco yo tomaré puerto; y convido a todos los compañeros de armas en esta lucha, y barredura de zaragates, que para entendernos se armen todos del silbato con los Atelofilos, aunque pequeños, en dos silbidos hacían desaparecer la alteza fantástica de sesenta pies de los muy altaneros cacuaches.

Con chiflarles un poco más en sus cuevas y escondrijos, veremos volver a su estado natural a los insignes botargas que se imaginaron subirá grandes personajes con tenerte a su cabeza a ti, su dominguillo de toros, su zorro máximo de ukraina, su cacuacho primero, su lobo sin segundo, y su botargón de sesenta codos.

NOTAS

1. Serían mis cartas casi tan largas como tus uñas y rapiñas si hubiese de contar todos los hechos públicos y privados, y los dichos groseros y feroces como tus obras en que hay mil rasgos de analogía, para persuadirnos de que encaprichado con los errores extravagantes de los incrédulos más obcecados, y seducidos con el brillo de la fortuna que ha hecho el tacaño de Córcega, llegando a emperador, tirano y perseguidor de la religión por medio de una progresiva y muy rápida usurpación, has delirado hasta el mismo punto que Napoladrón, esperando ser otro tal, y realizar en esto que llamas vasto continente todas las hipótesis de Diderot, Helvecio, Rusó, y otros aún peores, estableciendo el estado de pura animalidad y ser su régulo.

Quien tenga paciencia para el cotejo, puede tomar en una mano el tomo 4 del tratado de la verdadera religión por Bergier; y en la otra la relación histórica de tu vida, campañas y libelos que componen un tratado completo de la verdadera irreligión.

Se verá entonces tu verdadero espíritu en la firme revolución, que es reducirlo todo a pura materia, y a ser tan brutos como los Morelos, Valiosas, Macías, y demás clérigos sobre mulas como mulos que andan predicando y sosteniendo tu nuevo catecismo, semejante al que se extractó de las obras materialista autor del l’espirit, cuyo espíritu era negar toda espiritualidad y ultrajar toda autoridad divina y humana.

2. Los cacuaches [en cuya sociedad anti-social y anti-cristiana has profesado desde que eres incrédulo y generalísimo en el cacuachismo] son los entes más ridículos, vanos, viciosos, ignorantes y soberbios que había visto en el mundo hasta la edad presente, ni el nuevo mundo hasta tu aparición momentánea...

Los cacuaches son semi-salvajes, tienen caras de medio hombres, andan en dos pies, pero se acercan a los monos trogloditas, y quisieran andar a gatas, son grandes parlanchines, aparentan misteriosa sublimidad en lo que callan, aunque en realidad sólo rebuznan cuando hablan, no tienen costumbres, no conocen la virtud, antes se burlan de ella y se emplean en satirizar los gobiernos para dominar ellos.

De religión no forman idea, aunque la toman mucho en boca para engañar y enganchar prosélitos.

Se creen tan altos que se miran encumbrados a la alteza gigantesca de sesenta pies, y que vuelan y meten su cabeza entre las nubes.

No hay cacuach que no se imagine digno de un imperio universal, mirando desde su imaginada altura como viles insectos a los demás mortales si no se les postran abatidos reconociendo su sin par alteza de los sesenta codos.

Los cacuaches no conocen la virtud del reconocimiento ni aun filial.

Entre ellos los padres no tienen sobre sus hijos más derecho que el de nutrirlos y engordarlos de todas maneras, ni los hijos más obligación que la de olvidar a sus padres y rabiar por heredarlos.

Los cacuaches no conocen gobierno.

La anarquía con el velo de igualdad e independencia es una de sus máximas fundamentales.

El egoísmo, el interés personal es el centro de toda su sociedad; y buscarlo por todos los medios posibles, es el único impulso que mueve las rodajas del tal estado cacuachico.

Luego tú, Costilla, eres un muy alto cacuach y un vilísimo cachibache.

3. Menos en la cristiandad, nobleza o hidalguía de sentimientos hay tanta semejanza entre tus locas empresas y esperanzas, y los imaginados hechos del Hidalgo don Quijote de la Mancha, que a veces pienso que tú has pensado ser escrita aquella historia para que tú la pusieras en ejecución quitándole todo lo bueno, atinado y piadoso del héroe, y cumpliéndola en la parte de aspirar a triunfos memorables y lograr por ellos ser rey y emperador, coronar a tu Quiteria [la inmunda Dulcinea], hacer gentes a tus sanchos panzudos y formar un nuevo mundo quijotesco.

Si estuviera más despacio formaría un largo paralelo con las mismas palabras del inimitable Cervantes, pintando tus locos proyectos.

Baste para el asunto de hoy el lance en que Sancho llamó tologo a su amo, y a poco rato Panza rebuznador llevó un varapalo tremendo, y el Hidalgo volvió las riendas a rocinante y a todo lo que su golpe pudo se salió de entre los enemigos... temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le saliese al pecho, y a cada punto recogía el aliento por ver si le faltaba.

“Así corriste desde Calderón a Guadalajara deshecho tu imperio y más jabonado que los antiguos hidalgos viajantes que el Quijote en casa del duque.”

Por fastidiarte te recuerdo los nombres de los que mejor te jabonaron; los dichos arriba con Espinosa, Iberri, Pastor, Villamil, Castillo, Gallardo, Tobar, Villar, Campo, Viña, y etcétera.

No los olvides jamás.

4. Aunque regañes, rabies, patees, bufes y digas que mezclo lo profano y lo sagrado (sin considerar que así debe ser, hablando contra un mixto de sacro-profano, profanador y profanado); ahora que me cuentan que andas por el Real de Catorce buscando reales pero vestido ya de cura para hacer de enterrador de tantos miles que has asesinado, y que disimulas lo miz y lo zorro con visos de penitente, escucha estos parrafitos.

“Cuando el Hidalgo don Quijote quiso hacer del sandio, del desesperado y furioso por imitar a don Roldán, cuando se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las aguas, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas e hizo otras mil insolencias "... mas no las hizo don Quijote, y sí las ha practicado el impertinente Hidalgo, Orlando furiosisímo.

Ahora me falta (decía aquél) rasgar las vestiduras y darme de calabazadas por estas peñas... y que mis calabazadas sean firmes y valederas sin que lleven nada del sofistico ni del fantástico.”

Señor Hidalgo real y verdadero ex-rey de tu fantasía, y verdadera y realmente enamorado de la Nátera de Guanajuato, a pesar de la tía Quiteria oigas lo que respondemos.

Dijo Sancho, no solamente, señor caballero de la triste figura, puede y debe vuestra merced hacer locuras por ella, sino que con justo título puede desesperarse y ahorcarse, que nadie habrá que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que le lleve el diablo.”

No quisiera para el Quijote real males tan reales y verdaderos que él se quiere y busca.

5. Porque fuiste bachiller tologo acuerdeste que hay un sentido acomodaticio de la sagrada Escritura, y que de esta manera te acomodó la visión de Ezequiel que te ha de incomodar, que es el fruto secundario que yo solicito con mis cartas.

En los veinticinco sacerdotes ignorantes, viciosos, homicidas y profanadores que vio Ezequiel, miro los veinticinco que contigo (en esta fecha) hacen lo mismo, contando los dos legos juaninos, asesinos infames de San Luis Potosí, y uno que otro apóstata sin corona de otros sagrados institutos que los arrojan y detestan.

En los setenta perros viejos que hacían de príncipes en la visión profética, entran los setenta tunantes, que con título de oficiales generales componían en Guadalajara tu consejo de guerra cuando se trataba de incensarte y de volver de una vez las espaldas a Dios, hasta hacerlo retirar del templo.

En las malas hembras plañideras, están las tuyas lloronas, envidiosas de lo ajeno, y la que en el monte de las Cruces gritaba, que en entrando en México cegarían sus acequias con sólo las mujeres de los gachupines y las heredarían; pero heredaron lo que se cria en las acequias y se conserva en las de México.

Queda acomodada la visión [a mi gusto] para delinear la caterva principal; y ahora aplicaos a las narices el ramo aromático, que según el mismo profeta, olían aquellos malvados apóstatas en el templo.

6. ¡Pícaro zorro que traes zorras, ¡qué buenas zurras lleváis ahora! Y etcétera.

7. La indiferencia (dice un buen filósofo) es efecto de estupidez y signo cierto de tontería.

La insensibilidad a los males ajenos y a los que amenazan al común, es el grado último a que puede llegar un apatha; es el veneno lento del ateismo que destruye el principio del espíritu social, y cuyos malos efectos son incurables.

Si el tal insensible insensato no derrama la sangre de los hombres, la deja derramar; como a él no le toquen en un hilo de la ropa, mas que perezcan sus semejantes.

Mira con la misma indiferencia el bien que el mal, y no tiene otra mira que la de guardar su pellejo e intereses cuando ve despojar y desollar a sus próximos.

Pero el corazón sensible y tierno jamás será malvado, pues que no pudiera dañar a otro sin despedazarse a sí mismo.

Él es compasivo y es benéfico, y si en él reina la caridad divina, hace todos los prodigios con que la caracteriza San Pablo.

¡Almas caritativas que en esta infame revolución inflamadas de celo y compasión, procurabais evitar el daño de nuestros hermanos o al menos consolarlos, y que hicisteis frente al monstruo devorador; yo os abrazo y bendigo en nombre de la humanidad! En el libro eterno de la caridad heroica quedan escritas vuestras obras misericordiosas.

Un vaso de agua que hayáis dado a los infelices en su angustia y escasez, el padre celestial os lo remunerará con las cristalinas aguas de la fuente que resurte hasta la vida eterna...

Costilla rabió al veros compasivos, y Costilla rabiará más con todas las otras almas de cántaro al veros recompensados.

8. Este señor Leyva metido en una silla de manos que llevaban dos negros en medio del calor de una batalla, les gritaba con gran cólera: “Llevadme, diablos, a tal parte; demonios, acabad de llevarme allá pronto, al instante.”

CARTA DECIMASEXTA

Zorrillo Bachillerejón Costilla.

Como todo tú de pies a cabeza no eres más que embuste, engaño, enredos, farsas, trácalas, drogas, robos, perfidias, asesinatos, y lo que se calla, por ser lo que en ti más apesta; y como estabas rebutido de malignidad y calumnias, hinchado cual sapo de soberbia, hueco de sabiduría y vacío de piedad, y atestado de sofisterías, relleno ya de insolencia y arrojo frenético, dispusiste para no reventar (en mediados del último diciembre 811) que algo se dispusiese para celebrar el completo triunfo que asegurabas lograrían presto tus trompas hidalguñas.

En virtud de esta iniciativa de tu soberbio pensamiento, parece (según el capítulo segundo y último de la historia de tu persecución contra las fes de bautismos y los bautizados por otros curas, que los que han admitido tu alcorán, parece que hubo un gran conventículo en que según estados y clases se fueron proponiendo ideas y proyectos análogos por cada uno de los oradores (o aradores) que llevaban el graznido y rebuzno de sus compañeros.

Ni yo quiero privarte a ti del placer de ver una relación tan brillante, ni del disgusto que después podrán producirte mis impertinentes añadiduras, ni debo ocultar cuanto me ocurra contra ti (como no sea falso (1) o inverosímil) mientras estemos en guerra, que será hasta que no seas sepultado más abajo de la tierra adentro, o yo llevado (como espero) a la patria feliz, donde no han de entrar bestias hidalguñas, ni costillas sucias y apestosas, ni fornicarios, ni ladrones, ni homicidas, ni herejes que enseñen lo que tú, maestro pestilentísimo de esas castas.

Oye, para bien la oreja, no pierdas sílaba, ni puntos, ni comas de tu capítulo postrero que dice así: (arrige aures costillarias.)

“Viendo el ex-ex-ex-Costilla que en todas partes se las quebraban, que las tropas del rey no andaban con chanzas, ni creían sus paparruchas ni papeladas, que el monte de las Cruces, Aculco y Guanajuato habían sido ya para él y sus trompas teatros de afrenta y escarmiento terrible; que en Toluca, Huichapan, Cuernavaca, Querétaro y otros puntos llevaban sus recuas sendos varapalos; que nuestros generales, oficiales y soldados no se asustaban con los alaridos de los indios, ni con los bramidos de los vaqueros, ni con los rebuznos horrendos de su plana mayor, que en dos por tres arrollaban, deshacían, descalabraban, o hacían humillarse y pedir perdón a las extraviadas y seducidas gavillas; viendo de mal ojo todo esto, y mucho más el mentecato y furibundo corifeo Costilla, resolvió llevar consigo hacia otro rumbo el torbellino de la revolución...

Zacatecas, San Luis Potosí, y sobre todo Guadalajara ofrecían campo ancho a sus rapaces uñas.

En estas tres provincias, porque había interceptado los correos, no sabían lo que pasaba en las restantes, ni lo mal que lo había pasado el calabazo generalísimo.

Podía, pues, mentir a todo su talante sin que nadie lo desmintiese auténticamente.

Sus asesores Anzorena, Aldama, y Jiménez y sus con-generales conjurados, in capite Allende, el más atrevido, ambicioso y descabezado de todos los del tal cuerpo inmoral, sin pies ni cabeza, pero todo uñas y saña;) éstos le sugirieron, que él marchase a la capital de la Nueva Galicia, donde había imprenta para publicar y hacer correr por todas partes papeles sediciosos, que amoldándolos a su genio falso y sofístico, y a su depravado corazón (que valía por toda arma) podría acabar de poner en movimiento hasta los puebles más distantes. 

Que en viendo en letras de molde que se llamaba con nombres y títulos altisonantes como le diera la gana llamarse, y que prometía felicidad, buenos días y mejores noches a la gente viciosa, toda cuanta hubiera acudiría con algazara, engrosaría su partido, impondría terror con el número inmenso y con su horrorosa y asquerosa perspectiva.

Que volaría medio pliego de papel impreso lleno de declamaciones contra los españoles ultramarinos, como en él se repitiesen mucho las palabras contrapuestas: opresión y libertad, miseria y abundancia, esclavitud e independencia, etcétera, sin hablar palabra de los bienes que hayan producido en tres siglos las leyes, la civilización, la sangre española, la religión, las artes, las ciencias, las nuevas semillas, y las especies de animales desconocidos antes, etcétera, que esto convenía disimularlo y callarlo eternamente...

Que como todo hombre (y el menos hombre aún más) propende a la ingratitud, a la villanía y desprecio para con sus bienhechores, no olvida jamás los agravios, aunque sean soñados, y sabe bien el arte de memoria de no acordarse más de los beneficios aunque sean reales y continuos; se lograría por medio de estas declamaciones, conmover los ánimos, inflamar el odio, arrastrar nuevas víctimas a la revolución, proseguir el saqueo, tener el gusto de hacer más estragos, tentar fortuna de nuevo, y cuando al fin la cosa saliese siempre mal y la gente se desengañase, y las tropas del rey les fuesen a los alcances por aquellas dilatadísimas regiones, aún por las provincias internas, podrían consolarse (añadió Anzorena) como Enrique VIII, cuando al morir se emborrachó diciendo: Todo lo perdimos; reino, religión y vida, pues honra nosotros no la conocemos; que sacrificar sus vidas, como trastornasen la religión y destruyesen la monarquía española, debía serles sabroso sacrificio, porque era su deseo innato y voto antiguo...

Que si ellos mismos supieran dónde estaba en sus venas la sangre española, deberían sacársela haciéndose sangrar por el torero Luna, o por el albeytar Canseco, y que sólo la dificultad de hallarla entre tanta tinta podía dispensarlos de la obligación de dar a los indios y negros, mestizos y mulatos este importante ejemplo...

Que el torna-atrás y tente en el aire serían las razas preferidas.

Así razonaban los irracionales conspiradores en Valladolid después de la gran derrota que sufrieron en Guanajuato, donde pudieran desengañarse de que la barbarie (2) más atroz que sacrificó doscientos europeos y criollos en la alhóndiga, del modo más brutal que hayan visto y hecho los caribes, y de que la insolencia de aquel pueblo amotinado y cruel, sólo sirvieron para inspirar más valor a nuestros jefes y soldados, asegurar en sus sienes la corona de laurel, y hacerlos volar a nuevos triunfos.

Si no estuviesen obcecados en su malicia, ciegos; e inflexibles en su fanatismo de independencia total, y de un odio y envidia caínica, fueran de verdad unos torna-atrás que volvían en su acuerdo, que retrocedían de la temeraria empresa, e imploraban la tan acreditada clemencia del jefe supremo del reino; o se hicieran unos tente en el aire, echándose mutuamente el dogal al cuello en castigo de tanta fiereza, mortandad, e impiedad cometidas.

Pero el Altísimo, en pena justa de tan inauditos crímenes y sacrilegios, los había entregado a los deseos de su perversísimo corazón y permitiendo que fuesen y corriesen según sus brutales apetitos, y consumasen de una voz cuantas maldades y profanaciones tenían meditadas y dispuestas, menos la última, que habría sido la ruina general del estado y de la religión, a que ellos conspiraban.

En el capataz Costilla se verificó entonces a la letra la maldición que por boca de Moisés fulminó el Señor contra los judíos apóstatas y prevaricadores; y como el tal Costilla está acusado en el Santo Oficio de judaizante, y de no reconocer la venida del Mesías, ni la pureza virginal, ni la maternidad divina de María (y estos son en él errores añejos) conviene que escuche aquellas penas que con más razón aún le comprenden, sin que el historiador pretenda excluir de ellas a sus compañeros principales, ni a las turbas de indios que lo han seguido; y en este caso se me han representado como descendientes por línea recta de alguna de aquellas tribus perdidas de Israel y cismática rebelada Samaria, cuyo viaje y paradero se ignora.

Sean o no por sangre y naturaleza de aquella mala raza, ya que en las costumbres y ceguedad, en la infidencia y superstición son judaizantes hidalguños, les tocan de cerca con su conductor Barchochebas (3) su nuevo impostor y tirano.

“Serás maldito en la ciudad y maldito en el campo.

Maldito el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra, las manadas de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas serán malditos.

Maldito serás cuando entres y maldito cuando salgas.

El Señor enviará sobre ti hambre canina y ansia devoradora por comer, y maldición sobre todas tus obras, hasta que te desmenuce y pierda prontamente a causa de tus malísimas invenciones...”

Añade después el legislador por otra pena el miedo, pavor, cobardía delante de sus enemigos; las enfermedades más asquerosas e incurables; y por fin, lo que más de manifiesto vemos verificado en el Barchochebas de Michoacán.

“Hiérate el Señor con locura y ceguedad y frenesí, y en el mediodía andes a tientas, como suele andar un ciego en tinieblas, y no aciertes en tus caminos, etcétera.” (Deuteron. c. 28.)

Así se cumplió en el rabino Costilla, cuando lleno de furor salió de Valladolid para Guadalajara, huyendo de su propia sombra, como bestia espantadiza.

Pero quiso antes (con traición la más vil y cobarde que después de Nerón se haya oído hasta la época escandalosa de Nerones más pérfidos, ruines y bárbaros) quiso con dictamen del brutal Anzorena, señalar su medrosa fuga con un acto sanguinario, y dejar cubierta de luto gran parte de la malhadada ciudad, en pena del mismo regocijo con que muchos ciudadanos pusilánimes y no pocos fatuos y traidores acababan de recibirlo.

Mientras Costilla (después de haberse saboreado con la sangre inocente de muchos de quienes antes se fingió amigo (4) pero a lo Judas) caminaba arrebatadamente a Guadalajara a verterla aún en más abundancia; un religioso (fray V. G.) que con sus lágrimas iba regando los caminos de la profanada Sion, y observando la maldad o insensibilidad de unas gentes, la compasión y caridad de otras, y la mayor prevaricación de ciertos pueblos por causas bien conocidas, salió también de Valladolid deseoso de impedir la ejecución de nuevos asesinatos.

Es digna de tener lugar en la historia la siguiente carta que dirigió a otro religioso su amigo y su compañero en iguales empresas de caridad cristiana... (sólo omitiré algunas reflexiones por no repetir, pues un refrán dice, que col repetida quita la vida, menos a zorros y costillas). (5)

“¡Ay amigo mío! ¡Qué sucesos tan atroces!

¡Qué escenas tan horribles! No tengo palabras para pintarlas, y lágrimas de sangre no bastarían para llorarlas...

Vi en Guanajuato regadas las calles con la sangre de nuestros conciudadanos y hermanos antiguos: (no hablo ahora de la sangre de los malvados rebeldes, inflexibles en sus crímenes y apostasía, que han pagado la justa pena, cuando han intentado hacer frente a los ejércitos victoriosos que defienden la patria y la religión, y vindican el nombre y honor del rey y de la monarquía.)

Hablo de aquella sangre noble y generosa de los hombres buenos con quienes vivíamos, que ayer eran nuestros amigos y compañeros y formaban con nosotros una misma sociedad, una sola familia, una única alma y corazón; porque así lo intima la caridad y así lo exigen nuestros intereses comunes y particulares...

Mas como de repente han cambiado de aspecto estas poblaciones, se han desmandado tantos habitantes, han prevaricado aún varios ministros del Señor, se han enloquecido algunos que se tenían por ilustres y se preciaban de muy limpios españoles, y han llegado al increíble extremo de derramar sin motivo, sin riñas personales, sin particular agravio, y sin conocimiento de los sujetos, la sangre misma que circula en las venas de muchos de los asesinos...

¡Cómo ha sobrevenido este trastorno repentino, este furor desusado, esta degeneración de afectos tan contradictorios, este delirio contagioso, que a unos que parecían hombres y muy humanos y pacíficos, los ha trocado en tigres y osos sanguinarios! Los mayores tiranos, aun el mismo Nerón, el mismo Calígula, tardaron muchos días en llegar a tal grado de demencia matadora.

Tan execrable delito repugnaba a su corazón, aunque cruel desde la infancia.

Para matar a sangre fría fue necesario que se ensayasen despacio en la maldad y tuviesen un noviciado prolijo para ser carniceros y verdugos de profesión.

Y aun entonces no lo eran sino con los que les fuesen sospechosos para la seguridad de sus tronos y vidas, o con los que no querían adorar sus falsos númenes...

Pero aquí, donde es una misma la religión y el interés recíproco, no sólo igual, sino idéntico; donde todos perecemos si nos desunimos, y donde la religión se pierde infaliblemente si nos perseguimos, ¿cómo ha podido progresar el más absurdo de los delirios morales y políticos?...

No atino con las causas particulares, y sólo hallo una general en el capítulo 25 del profeta Ezequiel.

El Señor había afligido y castigado a su escogida nación, y quería acrisolarla con trabajos por un tiempo determinado, como anunciaron los profetas.

Al ver que el cielo descargaba el azote sobre la tribu de Judá, los idumeos se alegran y los amonitas con otros pueblos incircuncisos y malvados insultan con befas y escarnios, y repiten ultrajes contra los afligidos israelitas...

Vuelve tu rostro, le grita el Altísimo al profeta, mira con horror e indignación a esas gentes indignas, y anúnciales su total exterminio, pues quiero castigarlos a ellos con mayor rigor, como demanda mi justicia.

El delito enormísimo de los idumeos consiste en que el odio de Esaú contra su hermano Jacob se conserva en esos descendientes sin quererse reconciliar, y ahora han hecho cuanto mal han podido a mis hijos, sus hermanos por sangre, y se unen a todos sus enemigos para agravarles las aflicciones.

Desfogan su odio inveterado y desean vengarse con ruindades y desafueros, sin término ni miramiento, sin humanidad ni compasión.

“Pues esto dice el Señor Dios: Por cuanto la Idumea hizo venganza para vengarse de los hijos de Judá y pecó delinquiendo y deseó vengarse de ellos; por tanto esto dice el Señor Dios: extenderé mi mano sobre la Idumea, y no dejaré allí hombre ni bestia, y la haré un desierto por la parte del mediodía; y los que hay en Dedan morirán a cuchillo.

Y haré mi venganza sobre la Idumea por mano de mi pueblo de Israel, y harán en Edon según mi ira y furor, y sabrán mi venganza, dice el Señor Dios.”

Prosigue el Señor su amenaza contra los restantes enemigos.

“Esto dice el Señor Dios:

Porque los palestinos han hecho venganza y se han vengado de todo corazón matando y saciando sus enemistades antiguas, interficientes et implentes inimicitias veteres; Por tanto, esto dice el Señor Dios: He aquí yo extenderé mi mano sobre los palestinos y mataré a los matadoras, y destruiré las reliquias de los de las costas del mar, etcétera.”

Al tender yo mi vista por muchos pueblos de este obispado de Valladolid, al oír los insultos, que tanto muchos de los que parecían españoles o mestizos, como de los indios y mulatos que parecen las bestias que nombra el Señor, arrojan contra los europeos y sus hijos honrados; al considerar el encono con que los persiguen por las injurias viejas que se imaginan recibieron los primeros indígenas de Anáhuac y la turba hostil, que hace tantos siglos pasó a ocupar a México; al escuchar tales desatinos y pretextos para dar hoy satisfacción a sus antiguas enemistades porque los españoles vinieren a este país; me parece ver con mis ojos a los idumeos y palestinos de que habla el Señor por Ezequiel, y cuyo nombre y procederes impíos y protervos execra y va a castigar con el último rigor, destruyendo hasta su memoria desde Theman hasta Dedar, el mediodía y al septentrión, desde el uno al otro extremo de la diócesis de Michoacán.

Parecerán estas invenciones místicas de un misionero medio visionario.

Mas no, que el castigo ya lo veo en parte verificado...

Quiera el cielo suspenderlo, aunque las nuevas atrocidades, peores aún que las de Guanajuato, me hacen temer que ha de descargar más recios golpes sobre estas cabezas indómitas, gentes de dura cerviz, que dan coces contra el aguijón y no se hartan de sangre...

¡Ah! barranca espantosa de Quinceo, cerro abominable, monumento de oprobio indeleble, donde en 13 de noviembre de 1810 fueron degollados, alanceados, apedreados más de cien ciudadanos ilustres y honrados, sin delito personal, por sólo el bárbaro placer y execrable despótica usurpación de ese monstruo, y de los desleales y traidores que lo favorecen para todas sus maldades: Quinceo, infernal Quinceo, yo llegué a tu cumbre pocos días después, vi aún fresca y casi humeando la sangre, vi aquellos cadáveres desnudos, mutilados, esparcidos por las breñas; temblé, me horroricé, se me erizaron los cabellos, caí yerto de espanto, mis ojos derramaron ríos de lágrimas, y por eso no fallecí de pena y de horror...

Terán, Arana, Lazcurain, Soriano, Abascales, Oriarte... ¡ ah!

¡Conocí, conocí los despojos de vuestra mortalidad, y aún pude leer en vuestros semblantes la actitud y la fisonomía de unas víctimas humildes, resignadas y cristianas, que después de haber apurado hasta los heces el cáliz del más acervo pesar, entregan su espíritu al Redentor, que los corona en la mansión de la inmortalidad, porque tan semejantes le han sido en sufrir oprobios y tormentos por mano de la más vil canalla de la tierra...

Cerro de Quinceo, altar por una parte en que la lealtad y piedad toman el vuelo para el Empíreo; y por otra, trono del abismo, donde las furias infernales saciaron su rabia! Maldíjete, al mismo tiempo que entre sollozos y lamentos que resonaban en tus concavidades, pronunciaba los nombres preciosos de esos héroes, y pedía amparo para sus tristes familias al cielo justo que ha de vengarlas.

Sí, santo cielo, eterno juez, misericordioso padre, esa tierra manchada clama noche y día, pidiendo la confusión y exterminio de los asesinos inhumanos, y esas preciosas víctimas piden piedad para sus esposas e hijos amados y para los honrados y compasivos conciudadanos; sus ruegos serán nidos y el Señor los amparará...

Sí, porque hay Dios en Israel que cuida de la viuda y del huérfano, y que castiga...

¡Más hay! que buscando algún consuelo abro entonces casualmente los siguientes lugares del profeta Ezequiel (c. 21), y pareciome que allí se presentaba en espíritu para vibrar los mismos rayos contra el capataz infiel e infame y contra sus allegados ministriles gritándoles: “Mas tú, profano, impío caudillo de Israel, a quien llegó el día señalado en el tiempo de su iniquidad; esto dice el Señor Dios: depón la diadema (imaginada), quítate la corona (soñada)...

Haré ver la iniquidad, la iniquidad, la iniquidad de ella; ¡oh! profano, hediondo, digno de muerte... tuerta, tuerta, tuerta y del revés te pondré esa corona del sacerdocio que ultrajas e infamas, y la del reino que quieres arrebatar...

Esto dice el Señor a los hijos de Amón y al oprobio de ellos; y dirás: Espada, espada, desenváinate para degollar, acicálate para matar y relumbrar y ser empleada en los cuellos de los impíos, a quienes llegó el día señalado en el tiempo de su maldad... (c. 24).

Ay de la ciudad regada de sangre, olla que está llena de sarro que no se puede limpiar... porque su sangre en medio ella está, la sangre inocente que con tanta crueldad ha derramado, fresca está aún sobre las piedras para que yo la vea y me vengue de tal exceso de fiereza...

Por tanto esto dice el Señor Dios: ¡Ay de la ciudad regada con sangre, de la cual haré yo una grande hoguera! Amontona huesos, que yo quemaré a fuego; se consumirán las carnes, y se cocerá toda la mezcla y se desharán los huesos...”

(Mi indignación va a descargar sobre estos obstinados homicidas.

Su barbaridad me ha provocado, y esos pueblos ciegos, insensibles y crueles van a desaparecer...)

Así me parecía oír tronar al profeta cuando lo leía, mi miedo y espanto creció, mi imaginación se cubrió de imágenes lúgubres, y mi corazón de luto...

Volví a mi albergue solitario, y allí mi espíritu abatido sigue abismado en lo más profundo de su dolor, temiendo las iras del Altísimo por las repetidas prevaricaciones de estos tiranos apostatas que no cesan de afligirnos.

Dios los ilumine y humille, y Dios nos libre de tal diluvio de calamidades y peligros que nos amenazan si no aplacamos la justicia divina, y si no hacemos que desaparezca para siempre de este suelo, antes venturoso, toda esa raza de monstruos efímeros que lo manchan, destrozan y profanan... Fiat, fiat... A Dios: F. V. G.

Estamos en semana santa, y así por hoy vaya la epístola del misionero, aunque no logrará nada contigo, porque estás dado a los diablos, y sin duda tratando del modo de crucificar a Jesucristo; y sientes (pues que has negado su divinidad, y aplaudido a los judíos, y dicho que su madre no fue pura) sientes no haberte hallado en aquel tiempo de su crucifixión.

Pienso, sin ser temerario, que hubieras igualado en la traición, ingratitud o infidelidad a Judas Iscariote, en la jactancia y soberbia a Herodes, en la vil política a Pilatos, en la saña a Anás, en la hipocresía a Caifás, en la envidia a los fariseos, en el odio y furor al populacho que pidió su sangre, y en la rabia insaciable a los mismos sayones y verdugos; que (en compendio) habrías sido el emperrador de les deicidas.

Mientras yo voy a entonar las lamentaciones de Jeremías (que es regular no rezas ni de chanza en estos días de dobles tinieblas) el Señor que oró por los que le crucificaban, te toque vivamente en el corazón para que llores más lágrimas que aquel profeta al ver los males que has causado en Jerusalén, mayores que la desolación y ruinas que él lamentaba.

Mas si aun resuellas en la pascua, y yo respiro, te remitiré entonces lo que falta de tu diabólica historia, interrumpida con la misión del buen religioso, que no es como los padrecitos que te predican, etcétera.

NOTAS

1. Por cuantos medios me ha sido posible he procurado averiguar los sucesos y pormenores de esta tu sanguinaria o infame revolución, y la calidad, genio y carácter, educación, rudeza y barbarie anterior de los principales salvajes que han figurado en ella queriendo hacer de grandes personajes.

En los hechos y dichos públicos ni añado ni invento.

En lo que pasaba entre las tinieblas secretas que afectadamente buscabas para alucinar a bobos, aparentando misterios profundos de ciencia política, y en realidad para encubrir tu estolidez y vaciedad completa y las infamias, maldades y asesinatos que en medio de tales orgías practicabas cínica y bachicamente o prescribías a lo Herodes entre los brincos y saltos lúbricos de tus feas y puercas rancheras herodiadas, mandando cortar cabezas a cuantos buenos Juanes tenías en tus mazmorras; en estos puntos no he adquirido siempre las noticias individuales que quisiera, y he solicitado aún de ti mismo, dispuesto a creerte en cuanto me digas que has hecho de malo, y que deba añadirse a la historia, a fin de que fuese tan exacta como las de Tácito y Suetonio, cuando hablan de las ocultas picardías y atrocidades de los Nerones y Calígulas, y otros tiranos tan obcecados como crueles, y tan uno y otro como tú propio.

Me ha sido, pues, indispensable para llenar estas lacimas consultar al convertido conde de la Laguna, quien no siempre estaba en sus cabales para retener lo que medio oía y entreveía solamente.

He preguntado a otros, pero tan zafios y beodos que era preciso adivinar sus palabras.

Por fin los públicos resultados de tales juntas han sido mis mejores guías para conjeturar lo que en ellas hacíais y tratabais secretamente.

Con esta luz he entrado en tus sombras.

Soy tan amigo de la verdad, que si tú su enemigo declarado me convences de alguna falsedad, declaro desde ahora que no siempre acerté, ni que tú erraste siempre a pesar de tus yerros infinitos y de las mentiras y calumnias de que has surtido tus fraguas y armado tus cíclopes.

Aun de esta última expresión doy por fiador al herrador de Toluca, tu virrey o gobernador ferrugineo, y se llama Canseco, que en romance dice perro seco, hambriento, mordedor y rabioso; tan emperrado como tú su furioso emperrador y mastín apaleado.

2. Entre tantos hechos brutales que caracterizan esta revolución de muy propia de unos caribes poco menos que antropófagos reales, recuerdo lo que refiere la Gaceta de 12 de este marzo de 1811, en el parte dado por el valeroso don Mariano García y Ríos; que don Pedro Pacheco, don Juan Manuel de Eleizaga, europeos, y don Nicolás Vences, criollo, fueron degollados por los insurgentes y hallados desnudos y despojados de las partes genitales.

Esta atrocidad se ejecutó junto al real y minas de Taxco poco distante de la capital del reino; para que mejor se vea como el poder participar más de la cultura y civilización de las cortes, no ha sido freno para suavizar al menos a semejantes tigres fanáticos y sedientos de la sangre de sus mismos bienhechores y compatricios; porque el proto-tigre imperial Costilla les inspiró el modo de ser más insolentes y bárbaros en toda clase de impiedad y crueldad.

Hablando de un caso semejante el venerable Granada (sumario de la introducción del símbolo, c. 23, §. 2), dice lo que yo a Costilla: “usaron de una tan rabiosa y desvergonzada crueldad, de la cual nunca Diocleciano ni otros cruelísimos tiranos usaron con los mártires; pero esta fue obra de hombres cuyas ánimas regía Satanás.”

Y así Costilla y sus imitadores, más sucios y feroces que Diocleciano, sólo con Satanás pueden compararse en su descoco, malicia y ferocidad, o son otros tantos satanases, regidos y gobernados por el máximo Satanás.

3. Te traslado un retacito de Bosuet; cincuenta años después de la ruina de Jerusalén, en el siglo de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, el infame Barchochebas, un ladrón, un malvado, porque su nombre significaba el hijo de la estrella, se llamaba la estrella de Jacob predicha en el libro de los Números, y se tuvo por Cristo.

Akibas, el rabino más autorizado, y a su ejemplo todos los que eran tenidos por sabihondos entre los judíos, entraron en su partido, sin que el impostor les diese señal alguna de su misión, sino que Akibas decía que no podía tardar mucho el Mesías.

Bajo la conducta de Barchochebas se rebelaron los judíos por todo el imperio romano, pues le prometía el imperio de todo el mundo.

Adriano mató seiscientos mil de ellos, el yugo de los infelices alucinados se agravó y para siempre fueron desterrados de la Judea.

Compara ahora tus imposturas, ficciones, truhanerías, intentonas y resultados con los de aquel bribonazo, y coteja la estrella de tu ombligo con el nombre de Barchochebas, hijo de la estrella o estrella de Jacob, que yo te llamaré estrella de ombligo, o Barchochebas de tierra adentro y de botones adentro.

4. Hay raros pardos leopardos, como de los que se quejaba San Ignacio, Mr. quibus cum benefeceris pejores fiunt.

Lo diré en romance para que más lo entiendas tú y tus com- prietos leo-pardos. Se vuelven peores, haciéndoles favores.

Sea dicho para los nuevos soldados latinos (a lo Grosin) los clérigos Navarrete y Gracila, y para los padrecitos ex-regulares Saavedra y Oricellez, insignes bribones de muchos años atrás.

Se acabará de formar el catálogo de la escoria eclesiástica para confusión de solos los que la componen.

5. Este religioso ponía algunas reflexiones de las ya dichas en esta correspondencia epistolar, que parece no había visto en aquella fecha de noviembre.

Procuraré remitírsela y por triplicado, ya que tú, zorro Costilla, tanto empeño tomas en robar hasta las cartas y comerte el papel con propiedad de rata gorda y roedora.

Mal provecho te haga el solimán, ya que no quieres dejar tales mañas.

También le aconsejaré que lea para ilustrarse y consolarse las varias pastorales de los ilustrísimos señores diocesanos de México, Puebla, Oaxaca y Valladolid, y edictos del Santo Oficio; que vuelva a leer los diversos manifiestos de nuestro excelentísimo jefe, libertador y padre de la patria: que solicite tener los Diálogos de Filopatro, el manifiesto de la universidad, los escritos del señor Campo y Rivas, de los Fernández, de Montaño, del provincial de Santo Domingo maestro Barrera, del intendente interino de México, la proclama del de Oaxaca, los discursos de Díaz Calvillo, de Jiménez, de Primo, de Comoto, de Quirós, de Martínez, Zenón, padre Bringas, y aprobación del doctor Carrasco, las censuras y cartilla del párroco americano, las proclamas del cura indio, de la americana, del militar, el poema de anti-Costilla, y otros varios papeles en verso y prosa, muchos sin nombre; donde se ve el modo de pensar, noble, juicioso, sólido, leal y generoso, y sobre todo cristiano y equitativo del público americano, que de todos modos, y sin distinción de criollos o gachupines, rebate y aniquila con la pluma, según que lo hacen igualmente nuestras tropas con la espada, a esa execrable, vil, baja y mal nacida gavilla hidalguña, o de largas uñas, cuyas armas son ellas acompañadas de furor y estupidez, increíble a no ser tan palpable.

Por esta amenaza y abundante colección de escritos y por los heroicos procedimientos del mayor número de habitantes, y por las sabias y atinadas providencias del gobierno, se debe formar aquí y en España, en Europa y en el resto del globo la pública opinión; y no por viejas preocupaciones y dichos necios que se repiten inconsideradamente, comprometiendo el honor nacional de los que formamos hoy día más que antes, una sola patria y sociedad en ambas Españas.

Es muy ajeno de nuestro juicio, conducta y costumbres el lenguaje de los rebeldes de tierra adentro y de los usurpadores ambiciosos de Caracas y de otros puntos, que con una vaga, sofística, insignificante, contradictoria o insolente declamación quieren justificar la osada o inicua violación de los derechos más sagrados, invocando el nombre del Altísimo, cuando rompen los vínculos del juramento y de la unión social.

Así hablan sólo los atrevidos que no tienen conciencia y quieren alucinar a los incautos, adormeciéndolos en el borde del precipicio anárquico donde van a sumergirlos.

Los diputados de esta América, y especialmente el de Valladolid, no olvidarán en el congreso nacional la cristiana y noble imparcialidad con que en sus dos manifiestos o exhortaciones descubrieron los senos de su corazón sobre la atrocidad e injusticia de la rebeldía y apostasía de Hidalgo, el mayor infame del nuevo mundo, cuyas atrocidades y locuras han ido en aumento después de su ida para España.

No dirán, pues, que pudo tener pretexto este monstruo en agravios imaginarios de la legislación del gobierno, ni de la conducta y porte de los españoles europeos; y que aun cuando hubiera algunas ofensas personales, por parte de algunos, ni a él le tocaba vengarlas, ni hay jamás razón para hacerlo en semejante forma inaudita, cruel, desatinada y sacrílega.

Todo usurpador lo quiere todo, y quien todo lo quiere todo lo pierde: sí, lo pierde todo para sí y para los demás.

Esta ambición y el querer serlo todo saliendo de su esfera, es el origen de todas las sublevaciones y de las guerras civiles que destrozan un Estado más presto que las extrañas.

El idioma ingenuo fuera decir: se me ha puesto en mi mala cabeza destruirlo todo para derribar a los que son algo, y ver si yo me quedo con lo de todos sin exceptuar nada, ni la mujer del prójimo, ni la mitra del obispo, ni la corona del monarca, ni la soberanía de toda la nación.

Así has pensado y dicho tú (de quien ya me olvidaba en esta prolija nota) Costilla taimado, dragoman de Valaquia y muy apto para firmar la ruina de todos los mortales, si pendiesen de tu arbitrio, y sonreírte al abrazar a tu Quiteria, como lo hacía Cayo Calígula, abrazando a sus amasias o concubinas; porque (añadía) tenía gusto en contemplar que aquel cuello estaba también sujeto a su cuchilla, y que con una palabra podía hacer que cayese a tierra, a pesar de su belleza y blancura (cosas que no tiene la susodicha) satis, que ya estarás de mi ingenuidad y no de tu crueldad, hasta que el pescuezo de la tal y de otras tales no vaya rodando por alguna barranca por tu mandato y paga caligulana.

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html