Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

      1890-1899

      1880-1889

      1870-1879

      1860-1869

      1850-1859

      1840-1849

      1830-1839

      1820-1829

      1810-1819

      1800-1809

          1809

          1808

          1807

          1806

          1805

          1804

          1803

          1802

          1801

          1800

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XIX > 1800-1809 > 1809

Proclama del arzobispo virrey, avisando que se encargó del mando.
México, 22 de julio de 1809.

NÚMERO 266 - Tomo I

HABITANTES DE LA NUEVA ESPAÑA

Promovido sin merecerlo, ni haberlo jamás deseado, al gobierno superior de éstos vastos y preciosos dominios, por la altísima providencia de Dios, y por gracia de FERNANDO VII, nuestro rey, representado en la Suprema Junta Central Gubernativa de España y de las Indias, me hallo unido a vosotros con vínculos, si no más sagrados y estrechos que los que me unían como arzobispo metropolitano, pero sí más públicos y universales.

Ovejas mías, y ovejas de mis venerables sufragáneos, había sido hasta aquí vuestra salud eterna el principal objeto de mi amor, de mis lágrimas, de mis oraciones y de mis sacrificios; ya desde hoy será también vuestra felicidad temporal el blanco de mis desvelos y de mis providencias.

Erais en cierto modo todos hijos míos en Jesucristo; ya desde hoy seré propiamente, en nombre del rey, vuestro padre.

Sí; éste nombre entre los muchos que corresponden a la dignidad y oficio de virrey, es el que adopto para con vosotros todos, mientras maneje las riendas que he tomado en mis trémulas manos.

Manos trémulas; porque acostumbradas apenas a sostener el cayado pastoral, sería intolerable presunción empuñar con arrogante confianza el bastón y la espada de virrey y general.

Los he aceptado sin embargo por obedecer como buen obispo, y como buen español a la autoridad suprema, que me los confiere.

Y he obedecido, no tanto para daros un ejemplo de docilidad y obediencia cuanto por no degenerar de vosotros mismos con una resistencia escandalosa a vuestro carácter dócil y obediente.

Habitantes de esta América; un sucesor de los apóstoles y vicegerente del monarca español, no sabe, ni debe, ni puede adular.

Yo soy testigo de vuestra heroica fidelidad; y seré el apreciador más justo de vuestras virtudes patrióticas y verdaderamente españolas.

Y si a vista del enorme peso con que he sobrecargado en mis débiles hombros, no desmaya mi espíritu; es porque confío en los socorros del cielo, que tan copiosamente los ha llovido sobre nuestra nación española, y que espero obtener por vuestra religiosidad.

Cuento también con las luces de los respetables ministros del rey, de cuya sabiduría, integridad y celo tengo los más irrefragables testimonios; con los prudentes consejos de mis muy caros y venerables hermanos, los sufragáneos de esta metrópoli; y con los sacrificios de todo el ejemplar clero secular y regular de este reino.

Cuento con la pericia y honor de los jefes militares, y con el valor y lealtad del numeroso y lúcido ejército de esta Nueva España; con el celo, probidad y experiencia de los directores, ministros y oficiales de la Real Hacienda en todos sus vastos e importantes ramos.

Y cuento con la docilidad, obediencia y paz de todos vosotros, vasallos fidelísimos, y amadísimos hijos de FERNANDO VII.

Porque de otro modo ¿qué podíais esperar de mí, débil, enfermo y agobiado del peso de la mitra, hasta verme en términos de renunciarla? Mas no lo haré ya, mientras el rey y la patria pidan mis cortos servicios, y el sacrificio de mi reposo y aún de mi vida.

Españoles americanos: la justicia y la paz, la verdad y la misericordia serán las que asistan a mi lado, para que de ellas proceda hacia vosotros todos la felicidad, procurándoosla en lo interior de vuestras casas y provincias con el fomento de las ciencias y de la policía, de la agricultura y de las artes, del comercio y de las minas.

Y si por un temerario arrojo se atreviesen a insultar vuestro suelo los pérfidos, impíos y bárbaros franceses, o cualesquiera otros, sabré empuñar la espada, ponerme a la frente de vuestros soldados, defender vuestras posesiones y personas, y escarmentar a los enemigos de vuestro reposo; así como lo supieron hacer los Rodrigos, Mendozas y Cisneros arzobispos de Toledo, y como lo ha hecho modernamente el venerable obispo de Santander, y se prepararon a hacerlo los Moyas, Guerras, Palafoxes, Osorios, Riveras, Santa Cruces, Ortegas, Vizarrones y Haros, que fueron arzobispos de México y virreyes y capitanes generales de la Nueva España.

Habitantes de este reino: la mayor gloria de Dios y de su religión sacrosanta, el mejor servicio de FERNANDO VII y de la nación, y vuestro bien y tranquilidad serán los únicos objetos de mi atención, y los fines únicos que llevarán mis providencias; No temáis que o la intriga, o el empeño o el interés influyan de modo alguno en mi gobierno.

He cedido gustosamente para las urgencias de la corona el sobrante de mi renta episcopal; y cedo gustosísimo para el mismo efecto los sueldos del virreinato.

Sí, generosos patricios; la madre común necesita de nuestros socorros para concluir gloriosamente la grande obra, que gracias al cielo, tiene hoy tan adelantada, y les espera de nuestro amor y gratitud.

Continuad en dárselos con abundancia, y en permanecer unidos con el dulce vínculo de la paz, para complacencia de vuestra madre España; y para desmentir a la faz del mundo por todos los siglos la negra y horrible calumnia, que en el próximo mes de marzo publicó en Madrid el intruso y falaz rey José, estampando para alucinar a las provincias de la península y a toda Europa, que este reino estaba ardiendo en divisiones intestinas.

¡Malvados! La sangre española no degenera por haber atravesado el océano; ella no pierde en América su espíritu y energía; aquí hay dignos hijos y nietos de los vencedores de Bailén, de los héroes de Zaragoza, de Valencia, de Cataluña, de Asturias, de Galicia, de Extremadura; de todas las provincias de España hay en América hermanos y descendientes legítimos de los que allá os han confundido o con sus armas, o con su lealtad, o con su misma muerte...

Temblad también de las manos de los novohispanos que si no os hacen hoy la guerra con la espada, os la hacen con su fidelidad y con su dinero que corre abundantemente a sus hermanos para destruiros.

Habitantes de este reino, os he insinuado mis sentimientos y las ideas con que entra a gobernaros como virrey el arzobispo de México; y no pudiendo prescindir del carácter de sucesor de los discípulos de Jesucristo pontífice supremo y rey de reyes, os saluda con las últimas palabras que oyeron a su maestro divino:

La paz sea con vosotros;

Yo soy, no temáis.

Real palacio de México 22 de julio de 1809.—

El arzobispo virrey—

Manuel Merino.

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html