Siglo XVIII
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1790-1799
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1797
Carta 6 del doctor fray Servando Teresa de Mier al doctor Muñoz, sobre la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe.
San Pablo de Burgos, junio de 1797.
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TOMO III
NÚMERO 4
CARTA VI
Muy señor mío:
Prometí a vuestra señoría en último lugar examinar lo que hubiese de verdad en lo que el indio don Valeriano se propuso por objeto de su comedia; esto es, que era la madre del verdadero Dios la que ellos adoraban en Tepeyacac antes de la conquista.
Y con este motivo prometí también hablar de la predicación del evangelio, que supone anterior a la conquista.
Sobre esto se podrían escribir volúmenes, sin otro trabajo que el de copiar, porque los hay impresos y manuscritos.
Sólo copiaré a vuestra señoría la representación con que poco después de mi sermón pensé hacer recurso a la Real Audiencia, que no efectué considerando mi pequeñez y la prepotencia del arzobispo.
Después de mi nombre y demás palabras de fórmula proseguía:
“Ante vuestra alteza parezco y digo: Que habiendo predicado el viernes 12 del presente diciembre en la Villa de Guadalupe, no sentí escándalo alguno en ese día ni el siguiente, aunque anduve en los lugares más públicos, y estuve en tertulias numerosas.
Pero el excelentismo e ilustrísimo señor obispo envió orden en todas las iglesias para que los oradores del domingo infraoctavo predicasen contra mí, por haber negado en el santuario la tradición de Guadalupe; y como este día son muchos, de su declamación simultánea resultó el escándalo que es notorio.
La medida para excitarlo y motivarme sobre él un proceso, era tan infalible, que antes de que resultase el escándalo, pues a las ocho y media de la mañana del mismo domingo aún no se había predicado ningún sermón en México, ya se me pidió el mío, y se me suspendió de predicar, a tiempo que iba a hacerlo en la iglesia de las Capuchinas.
Este pregón tan solemne ha echado sobre mí el odio público; y a no haberme mantenido recluso en mi convento, podría haber sido víctima de la indignación popular.
Mi comunidad ha estado expuesta, y mi provincial por eso le advirtió, cuando iba a la procesión de los Remedios, marchase con un recogimiento extraordinario, para evitar los insultos del populacho.
Por lo mismo me veo en la dura precisión de interponer ante vuestra alteza este recurso público, para contener el escándalo, y solicitar la reparación de mi honor.
Tengo desde luego el de poder atestiguar con vuestra alteza mismo que desde los principios del sermón hice esta protesta, que juro in verbo sacerdotis: Advierto que no niego las apariciones de María Santísima a Juan Diego y Juan Bernardino; antes negarlas me parece reprensible.
Tampoco niego la pintura milagrosa de nuestra imagen; antes he de probarla de una manera plausible.
“Advertí, en fin, que no negaba la tradición genuina y legítima.
Tal debe reputarse aquella que la sagrada Congregación de ritos después del acostumbrado examen se sirvió expresar en las lecciones del rezo.
Al fin de la tercera del segundo nocturno, después de haber hablado de la mujer del Apocalipsis vestida del sol y la luna debajo de sus pies, prosigue— Casi en esta figura cuentan que apareció en México año 1531 una imagen maravillosamente pintada de la Virgen María, la cual dicen designó allí cerca de la ciudad a un piadoso neófito con un prodigio el lugar donde quería se le consagrase un templo.”
No dice más. ¿He negado yo algo de esto?
Antes he admitido más, como se ve en la protesta. Luego no he negado la tradición de Guadalupe.
Es verdad que añadí una u otra especie para exaltarla imagen, y sostener mejor la tradición, a mi juicio; pero vuestra alteza se acordará que hice desde la introducción esta otra protesta, que también juro in verbo sacerdotis.
Sujeto mil proposiciones a la corrección de los sabios.
A mí parecen probables; y a lo menos si me engaño, habré excitado la desidia de mis paisanos para que aclaren mejor la verdad de esta historia, que no cesan de criticar los desafectos En cuyo caso retractaré gustoso cuanto se pruebe ser falso en mi sistema, destinado a sostener la misma tradición.
Si el muy reverendo arzobispo, no obstante mis protestas, ha inferido de lo que añadí, que se perjudicaba a la tradición, no por eso le era lícito hacerme acusar ante el pueblo de la negativa, como de una doctrina expresa mía, siendo sólo una consecuencia suya, que yo niego con respeto, y había negado de antemano en el sermón.
Nuestro Santísimo Padre Inocencio IX en su célebre Breve dogmático dirigido a las iglesias de Francia para darles la paz sobre la querellas de Jansemó y de Quesnel, definió que aunque uno asiente principios de que se sigan consecuencias heréticas, no se le deben atribuir al que las niega, aunque haya establecido los principios de que se infieren.
Si esto es un punto doctrinal y dogmático, mucho menos se me debe imputar a mí contra mis protestas la consecuencia de haber negado la tradición de Guadalupe, siendo un punto histórico, compuesto de muchas circunstancias, de que algunas pueden negarle, como sucede a cada paso en muchos puntos de historia, sin que por eso se daga negada la historia misma.
Aunque la cosa es evidente, pondré un par de ejemplos en tradiciones aprobadas.
Los españoles tienen por tradición que la Virgen Santísima, apareciendo en vida mortal a Santiago, le mandó erigirle un templo en Zaragoza, para ser desde allí la protectora de las Españas.
Pero cuando se pidió rezo sobre esto a la Congregación de ritos, Benedicto XIV como promotor entonces de la fe objetó que parecía indecente a la humildad de la madre de Dios en vida mortal mandar se le erigiese templo.
Y así, que se omitiese esa circunstancia, poniendo sólo que la Virgen mandó a Santiago levantar un templo, y dejando a la devoción del apóstol consagrárselo a ella misma.
Así se hizo. ¿Y se ha de decir por esto que la Congregación de ritos negara la tradición del Pilar?
Otro ejemplo: Es tradición de los españoles, consignada en sus breviarios, que Santa Leocadia levantándose del sepulcro delante del pueblo toledano, dijo a San Ildefonso defensor de la virginidad de María Santísima.
“Alfonso por ti vive mi Señora que tiene la cumbre de los cielos.”
Pero cuando se trató de insertar esto con las lecciones de San Ildefonso en el Breviario Romano, opuso el mismo Benedicto XIV que estas palabras eran hiperbólicas y exageradas, ajenas del lenguaje sencillo de los bienaventurados en sus apariciones, y verdaderamente no sanas.
Y así, que aunque se permitiesen a los españoles en sus breviarios, se debían omitir en el romano que debe estar compuesto con más peso y maduro examen; y tanto más, cuanto que había autor español que hubiese puesto aquellas palabras en la boca del pueblo.
Así se hizo. ¿Y se ha de decir por esto tampoco que la Congregación de ritos negó la aparición de Santa Leocadia a San Ildefonso? Mucho menos se debe pues decir que yo he negado la tradición de Guadalupe, sobre la cual los mismos autores guadalupanos se contradicen, negando muchas y muy graves circunstancias, como se verá en la serie del discurso, sin que nadie tampoco diga por eso que han negado la tradición de Guadalupe.
¿Y qué diría el muy revendo arzobispo, si yo me pusiese a publicar que su ilustrísima ha impugnado la tradición de Guadalupe hasta arruinarla por los cimientos, pues con su aprobación se imprimió el manifiesto del doctor Bartolache, del cual estoy persuadido, y aun creo poderlo demostrar, que es una refutación completa y fundamental de la tradición de Guadalupe, aunque disfrazada con tal arte para evitar el odio público, que el cabildo de la colegiata tragó la dedicatoria? Diría su ilustrísima que no lo había creído así; que mi juicio privado era un título suficiente para entregarle a la furia del resentimiento popular; y pediría altamente justicia por haberle desacreditado temerariamente, sin haberle oído ni convencido.
Esa misma es mi respuesta en el caso de mi sermón.
Para comprender su objeto y artificio, es menester hacerse antes cargo del estado de la cuestión.
En 1648, es decir. 117 años después de la aparición, se dio a luz por Sánchez su primera historia, sin fundarla en documento alguno, y nació con ella la dificultad y la oposición.
El capellán mismo del santuario licenciado Lazo escribió al autor que le cogía enteramente de nuevo tal especie, y que él ni los capellanes sus antecesores habían sabido una palabra.
Pocos años después escribió sobre lo mismo el cura Becerra Tanco, y ya se queja de que los desafectos le habían interceptado su primera relación escrita poco después de Sánchez.
Siguióse a escribir el padre Florencio, lamentándose de los incrédulos sobre el particular.
Ellos han crecido tanto desde entonces, que años ha los sermones de Guadalupe se han convertido en disertaciones apologéticas, y nadie diserta así donde no hay opositores.
El doctor Bartolache dice que tituló su manifiesto satisfactorio, porque era para satisfacer a los argumentos de muchos que es notorio dudan en México, o niegan la tradición.
El mismo los ha multiplicado, pues con una mano destruyó sordamente los fundamentos de aquella, y con la otra no sólo repuso en pié las antiguas dificultades, sino que excitó nueva, sin dar solución a ninguna, sino aparente a lo más.
Pocos Americanos habrá en México que no hayan tenido sobre esto debates con los europeos, que como no nacieron en esta creencia, y media algo de rivalidad, no cesan de oponernos las dificultades que están saltando a la vista; y aún se suele decir en México que su ilustrísima es uno de los que las objetan.
Ellas me parecen tanto más graves, cuanto que me consta por testimonio jurado de don Carlos de Sigüenza, uno de nuestros mayores sabios, que el manuscrito mexicano que se creía muy antiguo, que es el único documento de la tradición como se cuenta, y del cual todos los autores guadalupanos no son más que paráfrasis, traducciones y copias, es obra del indio don Valeriano, natural de Azcapotzalco, escrita 80 a 82 años después de la aparición.
Para evadir estos argumentos contra ella, si es posible, estaba calculado mi sermón, lejos de haber pensado en negar la tradición.
Y si no es posible sostenerla, para que nos quedase una cosa tanto más gloriosa, cuanto va de no haber merecido la parte mayor del mundo una ojeada de misericordia a Jesucristo ni a su madre hasta mil seiscientos años después de la muerte del Redentor, a haberla logrado al mismo tiempo que las demás partes del mundo, no menos pecadora que la América.
Para eso expuse como probables dos proposiciones, a que en sustancia se redujo todo el sermón.
La primera fue que el evangelio había sido predicado en América muchos siglos antes de la conquista por Santo Tomás, a quien los indios llamaron ya Santo Tomé en lengua siríaca, como los cristianos de Santo Tomé en el Oriente, ya chilancámbal en lengua chinesa, ya Quetzalcohuatl (sincopado Quetzalcóatl) en lengua mexicana.
Porque el quetzatl por la preciosidad de la pluma del Quetzalli correspondía en las imágenes de los aztecas a la aureola de nuestros Santos; y coatl corruptamente coate, significa lo mismo que Tomé, el cual significa mellizo por la raíz taam, pues en hebreo es Thama o Taama, y con inflexiones griegas Thomas, a quien por lo mismo los griegos llamaban también Didymo: Thomas qui dicitur Dydimus.
Esta predicación ha sido defendida por muchos y muy graves autores, españoles, extranjeros y americanos, aun en obras apropósito, no sólo manuscritas, sino impresas en España, como Diego Durán, Gregorio García, Alonso Ramos, Antonio Calancha, Nóbrega, Mendieta, Remesal, Torquemada, Betancourt, Rivadeneira, Abraham, Custo Lipsio, el autor de las Excelencias de la cruz, Sigüenza en su Fénix del Occidente el apóstol Santo
Tomé, el jesuita autor de la Historia del verdadero Quetzalcouatl el apóstol Santo Tomé, Boturini, Veytia, y otros muchos; sin que hayan faltado en su favor santos y sabios arzobispos y obispos de América, como Dávila Padilla, Casas y Zárate, ni cardenales de la santa romana Iglesia, como Gotti.
Esta opinión es la más conforme a la Sagrada Escritura y a los santos padres, la más digna de la misericordia de Dios con una inmensa porción del linaje humano, la más propia para confundir las blasfemias de los incrédulos contra la divinidad de la religión cristiana, y al mismo tiempo que está apoyada sobre monumentos irrecusables, la más gloriosa no sólo a los americanos sino a los españoles.
Como he oído que ésta ha sido la verdadera piedra del escándalo para algunas personas del palacio eclesiástico, se me ha de permitir insinuar algo en su apoyo, de lo mucho que podría decir sin más trabajo que copiar de los volúmenes impresos y manuscritos que existen sobre el particular.
He dicho que esta opinión es la más conforme a la Sagrada Escritura, porque Jesucristo enviando a predicar a sus apóstoles les dijo: “Yendo al mundo entero, predicad el evangelio a toda criatura que está debajo del cielo, siéndome testigos desde Jerusalén hasta lo último de la tierra.”
¿Sería posible que bajo una orden tan fuerte, general y absoluta no se hubiese comprendido la mitad del globo? ¿Y qué disculpa podrían tener los apóstoles para no cumplirla, habiéndoles su maestro comunicado los poderes de su omnipotencia para levantar los obstáculos?
El evangelio no se plantó sino a fuerza de milagros; y si según San Lucas el apóstol San Felipe fue arrebatado por los aires para ir a anunciar el evangelio a una sola ciudad de filisteos llamada Azoto, ¿habría mayor dificultad, o menor interés para traerlo a casi la mitad del mundo? San Marcos concluye su evangelio afirmando que habiéndose partido los apóstoles, predicaron en todas partes, y la mayor parte del mundo es la América.
San Pablo escribía a los colosenses que el evangelio estaba en ellos como en el mundo entero está, les dice, y fructifica y crece.
Y escribiendo a los romanos veintinueve años después de la muerte de Cristo, les dice que en verdad ya se había cumplido el vaticinio de David sobre los apóstoles, “a toda la tierra se extendió su fama y hasta los fines del orbe de la tierra llegaron sus palabras”.
Habiendo dicho Jesucristo a sus apóstoles que del templo de Jerusalén, cuya fábrica estaban admirando, no quedaría piedra sobre piedra, y habiéndole ellos preguntado la época de su destrucción, la última, próxima y decisiva señal de todas las que les dio, fue “se predicará este evangelio en el mundo entero, y entonces será la consumación”.
Hablaba de la del templo. Este es el sentido literal que sigue Calmet, y que Jesucristo mismo pareció confirmar, pues concluyó su discurso: “de verdad os digo que no pasará la presente generación, sin que todas estas cosas se hayan cumplido”.
Y efectivamente el insigne obispo Tostado prueba con mucha erudición que cuantas cosas predijo entonces Jesucristo, se habían verificado antes de la ruina de Jerusalén, sucedida 40 o 42 años después de su muerte.
Así lo entendieron también multitud de padres que sostuvieron haberse predicado el evangelio en todo el mundo desde el tiempo de los apóstoles.
Pueden leerse reunidos sus textos en Maluenda de Ante-christo.
San Crisóstomo hasta compuso para probarlo una homilía entera que es la 21.
San Agustín pareció dudar; pero sin recurrir al docto Titelman que se puso a probar de propósito que las razones del Santo no concluyen su intento, Santo Tomás lo explicó y reconcilió con los demás padres, porque sólo negó, dice, que el evangelio fue anunciado por todo el mundo de manera que fructificase en todos los reinos provincias hasta fundarse iglesias (y en efecto eso es lo que prueban las razones de San Agustín); pero no que se dejase de dar en todo el mundo a lo menos un pregón general, conforme a las órdenes de Jesucristo.
Ciertamente si San Agustín y otros padres hubiesen tenido noticia de América, era imposible que hubiesen negado a lo menos semejante pregón en ella, porque siendo la mitad del globo, difícil parecía salvar la verdad de los textos de la escritura, que arriba dejo citados.
¿Cómo puede tampoco dudarse que fuese más digno de la misericordia de Dios, a nuestro modo de entender, haberla luego extendido a todo el mundo, igualmente redimido con su sangre, dándoseles, a conocer, que no haber dejado perecer entre las tinieblas de la infelicidad durante dieciséis siglos la parte mayor del mundo, en la cual (según informaba al rey en 1542 como testigo de vista el venerable obispo Casas) parecía haber puesto Dios el mayor golpe del género humano? Los que pretenden que Dios hiciese distinción de naciones, trasladan a él nuestras miserables pasiones; pera Dios no es aceptador de personas, ni en Cristo Jesús, dice el apóstol, hay distinción de griego ni judío, bárbaro ni seyta: quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Es tradición general de la Iglesia, atestigua (la por los santos padres, que los apóstoles se distribuyeron entre si las partes del mundo para ir a evangelizar a todas, sin agolparse en el mismo punto.
Y no leemos que se hiciese exclusión de parte alguna, y menos de la mayor.
Al contrario, predicado primero, según las órdenes de Jesucristo, el evangelio en Judea, recibieron orden de llevarlo a los gentiles, mediante una visión hecha a San Pedro de un lienzo cuadrado lleno de animales inmundos.
Estos eran los gentiles de las cuatro partes del mundo, según la interpretación de los padres: ut per universas quadrati orbis partes, dice San León: lux evangelii omnibus inferretur.
Decir que no se conocía entonces la América, es una necedad, porque los apóstoles tenían ciencia infusa de todo lo que importaba al desempeño de su misión.
Fuera de que es falso que no se conociese la América en los primeros siglos del cristianismo.
Masden (histor. critic. tom. 1 Ilustrac. 1ª p. 324) prueba con evidencia que no obstante la sumersión de la Atlántida que interrumpió la comunicación entre el antiguo y nuevo mundo, desde Sólon hasta Orígenes, es decir, nueve siglos se tuvo en Europa claro conocimiento de la América, el cual sólo comenzó a obscurecerse por la oposición teológica de San Agustín, las befas de Lactancio, y los anatemas después del Papa Zacarías contra el presbítero Virgilio, conservándose siempre la noticia de América entre los árabes, o antiguos orientales, que la llamaban Jeni Dunia o Nuevo Mundo.
San Clemente discípulo de San Pedro, y su sucesor a los veinte años de su martirio, en su célebre carta a los Corintios, que se leyó más de 60 años en las iglesias de oriente como una eEscritura, les dice así: “en el inmenso océano hay otros mundos gobernados por el criador con las mismas leyes con que se gobierna el nuestro”.
De la misma manera hablaron Orígenes, San Jerónimo y otros padres.
¿Y quién no sabe las blasfemias de los incrédulos contra la religión cristiana, cuya divinidad, dicen, se les estuvo probando dieciséis siglos hasta majarles los huesos con su dilatación en todo el mundo por sólo doce hombres, y con la universalidad de la Iglesia; y al cabo se descubrió un nuevo mundo donde no se sabia de ella? Es falso; en toda la América se hallaron monumentos y vestigios evidentes del cristianismo, según testimonio unánime de los misioneros.
No hubo entre ellos más diferencia, sino que algunos, temerosos por las opiniones del tiempo, simularon atribuirlos a monerías del diablo que tuvo en América, dicen, la extraña humorada de meterse a catequista de doctrina cristiana, cuyos misterios conocían nuestros indios, aunque más o menos trastornados con fábulas, y a fabricante de cruces que también adoraban, y que viendo los españoles dentro y fuera de los templos desde que descubrieron las costas de Yucatán, dieron a nuestra América el nombre de Nueva España.
Y no alcanzando a los misioneros la manta del diablo para explicar las profecías antiquísimas y circunstanciadísimas sobre la venida, religión y dominio de los españoles, porque el catequista aquel no puede adivinar lo futuro, abrieron un cuño nuevo de profetas verdaderos entre gentiles idólatras.
Recursos tan desesperados sólo sirven para demostrar que los hechos en favor de la antigua predicación, a que pretendían responder, eran incontestables.
Por los mismos motivos políticos se había opuesto el señor Solórzano a la predicación de Santo Tomás.
Pero habiendo salido a luz la “Predicación del evangelio en el Nuevo Mundo viviendo los apóstoles” por el dominicano fray Gregorio García, y la “Predicación de Santo Tomás en América” por el agustiniano fray Antonio Calancha, retractó su oposición en la “Política indiana”, asegurando además que esto nada perjudica a los derechos de su majestad en América, y que el mismo emperador Carlos V escribiendo a los indios les habló disyuntivamente, “el evangelio que nunca habías oído, o que habíais olvidado, etcétera".
Los vasallos pues no deben parecer más delicados que su soberano.
Digo esto porque algunos me acusan de que he intentado quitar a los españoles la gloria de haber traído el evangelio.
¿Cómo puedo haber pensado en despojarlos de una gloria que es muy nuestra, pues fue de nuestros padres?
Gloria filiorum patres eorum. La gloria de los apóstoles no perjudica a la de sus sucesores; y tan glorioso es haber introducido el evangelio al principio, como haberlo restablecido después de haberse olvidado o trastornado.
Yo pienso aun que es más gloriosa a los españoles la predicación antigua de Santo Tomé, que el no haber precedido, porque constando de sus propias historias que debieron la posesión de la América menos que a su espada, que a las profecías antiguas sobre su venida y dominio, creídas generalmente en toda la América como de Santo Tomé, es más gloriosa sin duda haber debido este favor a un apóstol de Jesucristo, que no al diablo, o cosa suya, como profetas idólatras.
Apenas pusieron los españoles la proa para Nueva España, hallaron en Cozumel a los indios haciendo una procesión, para pedir lluvia, alrededor de una gran cruz que llamaban árbol verdadero del mundo, levantada por Chiláncambal, en lengua chinesa Santo Tomé; cosa muy para notar.
Habíales predicho en Campeche que vendrían gentes de hacia donde nace el sol, armados de aquella señal, a señorear estas tierras; y luego que vieron que los españoles la veneraban tanto, se les sometieron como a los contenidos en la profecía.
Los aztecas hasta tenían marcado en sus pinturas el año y carácter ce acatl, en que debían venir y corresponde puntualmente al de 1519, en que arribó Juan de Grijalva a Veracruz, dejando su nombre al castillo de San Juan de Ulúa.
Apenas llegó a México la noticia, cuando el sabio rey de Tezcuco Netzahualpitzintli pasó a México a dar a Moteuhzoma el pésame del fin de su imperio, le jugó su reino, y desapareció hasta el día, sin haber dejado nombrado entre sus hijos el heredero, según la ley de los acolhuas, porque ya no era menester.
De la creencia de dicha profecía dimanaron los magníficos regalos que Moteuhzoma envió a Cortés luego quo desembarcó; y si damos crédito a Torquemada, los enviados creyendo que era el mismo Santo Tomé, lo revistieron de las vestiduras episcopales que se hablan conservado en Chololan.
Con dicha profecía y el cumplimiento de cuanto le debla preceder, convenció Maxiscantzin al Senado de Tlaxcala, para someterse al mismo.
Moteuhzoma le salió a recibir en persona, creyendo que era embajador de Quetzalcohuatl, porque por tal se vendía Cortés.
Mi empeño, escribe a Carlos V, era hacerle creer que vuestra majestad era el mismo Quetzalcohuatl, o Santo Tomé, cuyas gentes esperaban.
Si es así, señor capitán, le dijo Moteuhzoma, que ese gran señor que os envía, es nuestro señor Quetzalcohuatl, suyo es este imperio, y yo haré cuanto mande; porque los emperadores de México sólo se titulaban tenientes de Quetzalcohuatl, a quien por lo mismo llamaban toteotl, nuestro Señor.
Juntó en Cortes los reyes del imperio y los señores de vasallos, y arengándoles con la profecía que tenían en sus monumentos, hizo homenaje del reino a Carlos V; y a su ejemplo todos los príncipes y señores fueron presentando sus tributos.
En cuanto a la religión, prosiguió diciendo: que me habéis propuesto, estamos de acuerdo, veo que es la misma que nos enseñó Quetzalcohuatl.
Nosotros con el tiempo la habremos olvidado o trastornando; tú que vienes ahora de su corte, la tendrás más presente, irás diciendo lo que debemos tener, y nosotros lo iremos practicando.
Por lo cual dice Acosta que se había abierto un camino de plantar el evangelio sin ninguna efusión de sangre.
Lo mismo es fácil hacer ver que sucedió en las islas, en el Perú, en el Brasil y en Cundinamarca o Nueva Granada.
Si hubo guerra, fue porque los nuestros no se contentaban con nada, y porque sus costumbres tan poco dignas de los discípulos de Santo Tomé, hicieron después dudar de ser ellos los designados en la profecía.
Así la antigua predicación del evangelio en América es tan cierta, como gloriosa a americanos y españoles, pero no es igualmente indisputable quién fue el predicador.
De los manuscritos simbólicos de los aztecas, que logró juntar Boturini, consta, dice Veytia, que hubo en Nueva Espada dos predicadores.
Uno hacia el siglo 6°, y otro más antiguo, que vino doce años después de un grande eclipse que el mismo Veytia y Boturini calculan ser el de la muerte de Cristo.
Si así es, el más antiguo no pudo ser otro que el apóstol Santo Tomás, y ésta es la opinión general de los autores, no sólo porque en todas las Américas se conservó el nombre de Tomé, que no pudieron aprender de los españoles, los cuales les hubieran enseñado a decir Tomás, ni sólo porque significan lo mismo otros nombres que le daban en sus diferentes lenguas como Quetzalcohuatl, Cozas, Chilancambal etcétera, esto es mellizo o coate; sino porque es el único apóstol de quien dijeron los padres que se remontó a naciones bárbaras y desconocidas, y consta por los monumentos de la Iglesia siríaca que de la India Oriental ulterior, donde le llamaron y llaman Tomé, conforme al dialecto siríaco, pasó a predicar en la China.
Ora; de ésta no sólo es fácil pasar a la América atravesando el corto estrecho que separa la América de la Asia, o pasando de isla en isla, de que hay a las costas entre ambas una cordillera; sino que la China estaba en comunicación con ambas Américas en los siglos primitivos del cristianismo.
Consta de mister Wache, que estudió en Pekín mismo los mapas geográficos de los chinos; y en su memoria presentada al Instituto nacional de Francia o impresa entre sus memorias, refiere los nombres que los chinos daban a ambas Américas; describe el derrotero con que venían, y aun cuenta que en el año de Jesucristo 450, pasaron religiosos a nuestra América donde extendieron la religión de Joe, que como es parecida a la cristiana, puede ser la equivocasen con ella.
En cuanto al segundo predicador que hubo en el Anáhuac, si fue en el siglo séptimo, diría que había sido San Bartolomé, apóstol en ese siglo de la China, y cuyo nombre encontramos acá en el obispo de Tala que martirizó el rey Huémac, y echó su cabeza en la laguna, donde hoy es Copilco o donde está el copil, que significa hijo de Tomé, y eso quiere decir Bartolache.
Su sepulcro se conservó con mucha veneración en el templo mayor de México hasta la conquista; según Acosta y Torquemada.
Si fue en el siglo 6' en que colonias de monjes irlandeses se aparecieron por diferentes rumbos a predicar el evangelio, y cuyos abades todos eran obispos, sería San Brendano, vulgarmente San Borondon, que según sus actas vino de Irlanda a América en el siglo 6' con siete compañeros, y con ellos ordenados de obispos fundó siete iglesias, y se volvió a Europa a donde nace el sol para nosotros.
Es verdad que sus actas por esto son reputadas apócrifas; pero pueden serlo sólo en las circunstancias, que en lo antiguo y extraordinario siempre se añaden extraordinariamente maravillosas, sin que deje de ser por eso verdadera la cosa en su fondo.
A lo menos cuadra admirablemente con la historia del célebre Quetzalcohuatl, que conforme a Torquemada desembarcó hacia este tiempo en Pánuco con siete discípulos que después fueron muy venerados bajo el nombre Chicomecohuatl, o los siete Tomés, fue gran sacerdote en Tula, de donde huyó a Cholula por la persecución de Huémac, levantó las cruces halladas por los españoles, como la de Tlaxcala, Tehuantepec y Cuatulco, quien su célebre cruz dio el nombre, pues significa “donde es adorado el palo”, enseñó una ley santa y el ayuno de cuarenta días, destruyó los ídolos, prohibió las guerras y sacrificios humanos, no admitiendo otras ofrendas que de pan, perfumes y flores, envió sus discípulos a predicar por varias partes, y dejando predicha la venida de los españoles, o gentes de su religión, que dominarían el país, se embarcó para Europa después de haber estado acá veinte años cabales.
Era alto, blanco, rubio, ojos azules, con barba larga, y la cara rayada de azul, como la tenían por ese tiempo los irlandeses, usaba mitra y báculo, y sobre su túnica negra una capa blanca sembrada de cruces coloradas, que es puntualmente el palio antiguo de los obispos; y embarcándose en Coatzacoalco, que desde entonces se llamó donde se esconde Tomé; se fue a Huehuetlapatlan, que significa gran tierra colorada, y eso puede significar Irlanda; land, a lo menos sé que es tierra.
Las mismas señas daban de Santo Tomé en la otra América.
Sólo hay dificultad sobre el nombre de Tomé; pero o San Brendano tenía este nombre también, o puede ser que en lengua irlandesa signifique lo mismo.
Aquí la decisión depende de averiguar nuestros astrónomos la verdadera época del eclipse que antecedió doce años al primer predicador.
Para la predicación en tiempos posteriores no debe haber dificultad, porque desde el siglo décimo ya hubo en América colonias de dinamarqueses o normandos, de escocés e irlandeses.
Pueden verse las pruebas en la geografía de Maltebrum.
Ciertamente nuestros autores aun prescindiendo de Santo Tomé, convienen en que a lo menos cuatro edades (que otros llaman cuatro generaciones, otros equivocadamente cuatro años) antes de la conquista, ya se tuvo en América claro y distinto conocimiento de la religión cristiana y de la venida de los españoles.
Cada uno haga sus cuentas sobre esto.
Yo lo que me atrevo a asegurar, es que si ambos predicadores susodichos no tuvieron un mismo nombre, el más célebre de ellos se llamó Tomé, y su predicación y su nombre son la clave de la historia antigua mexicana, de la teología azteca, de la fundación de México y su imperio, y de la conquista de los españoles.
Estoy pronto a probarlo cuando se quiera.
La segunda proposición del sermón fue que la madre del verdadero Dios, dada a conocer a los indios por Santo Tomé, tuvo templo en el cerrillo tonantzin de Tepeyac, y culto en la imagen de Guadalupe, o a lo menos una idéntica.
A Canseco dije que la Virgen Santísima daría a Juan Diego su antigua imagen para que la llevara al obispo etcétera, conforme a la tradición.
Esta proposición no es nueva, ni debe parecer extraña.
No lo primero, porque se halla en manuscritos de autores respetables que se guardan y leen con aprecio en México, donde tienen muchos secuaces.
No lo segundo, porque los primeros misioneros hallaron en poder de los indios toda la sagrada escritura en imágenes y figuras, lo que temiendo el sabio padre Gregorio García no se creyesen en España, pidió a los misioneros en Veracruz su testimonio por escrito, y se lo dieron.
Torquemada también refiere de un libro que tenían los otomies con la doctrina e imágenes de Jesucristo, y lo escondieron a la llegada de los españoles.
Dice que los misioneros dominicos hallaron también descritos en las pinturas de los indios varios artículos de nuestra fe, como la encarnación y resurrección y que estos tenían imágenes pintadas de María Santísima con una crucecita en el pelo de Cristo crucificado con la circunstancia de estar en la Cruz no clavado, sino atado, y así creían que lo fue; circunstancia muy de notar, porque así lo pintan los cristianos de Santo Tomé en el Oriente, a causa de que en todo el no se da el suplicio de la cruz con clavos, sino con cordeles, como se puede ver en la historia de los mártires del Japón.
Esto supuesto, es menester todavía no confundir la religión antiquísima del Anáhuac, con las fábulas adicionales, introducidas con el lapso del tiempo, y por la naturaleza de los jeroglíficos, propios a causarlas desde que con la antigüedad se olvida la clave.
Los mismos misioneros, tan preocupados al principio contra los indios, cuyas imágenes les chocaban por estar cargadas de jeroglíficos extravagantes para su inteligencia, supieron distinguir entre los dioses primitivos del tiempo de los tultecas; traídos por Quetzalcohuatl, que ellos llaman Tlaloques o del paraíso, a saber “Tleotlipalmenohuani, Teohuitenahuac, y la Tzenteotenantzin,” y entre la teogonía forjada después, sobre la cual los mismos misioneros inventaron también no poco, por la ignorancia de la lengua y de la teología azteca y por la ineptitud de los “nahuatlatos” o intérpretes de las pinturas.
Bajo este presupuesto, la proposición del sermón me parece que puede probarse claramente, así con la historia guadalupana.
¿Quién era según aquella la “Tzenteotenantzin, o Tonantzin,” dada a conocer por Quetzalcohuatl, que desde aquellos tiempos fue venerada en el cerrillo de Tepeyetcac, al cual comunicó el nombre de Tonantzin? Basta para saberlo leer a Torquemada y Cabrera.
Era una Virgen consagrada a Dios, en el templo, que por obra del cielo concibió y parió sin lesión de su virginidad al Señor de la Corona de espinas, o Tehuiznahuac, que constaba de naturaleza humana y divina, nació hecho varón perfecto, Femina circundabit virum, y destruyó, en napiciendo, una serente que perseguía a su madre tu insidiaberis calarme ejes et ipsa conteret caput tuum.
Este Señor de la corona de espinas, que pintaban con una cruz en la mano, de cinco globos de plumas, se llamaba también Mexi, que pronunciado en mexicano como en hebreo, con la misma letra scin, significa lo mismo en ambas lenguas, esto es, ungido o Cristo.
Por eso celebraban su fiesta todos los ungidos, y aun decían que tuvieron el nombre de mexicanos desde que su Dios les mandó ungirse las caras con cierto ungüento, Es decir, que mexicanos significa lo mismo que cristianos, y a consecuencia, México significa donde es adorado Cristo.
Aún se encuentra esta palabra entera, como la pronuncian los indios en el verso 2° del salmo 2° hebreo, que dice Mescicho, donde la Vulgata lee Chistum eieus.
Y pudieron darle este nombre los cristianos que fugitivos de Tula por la persecución de Huemac se salvaron en esta laguna, sobre una isla de arena o Xaltelolco, que después llamaron Tlatelolco, y de allí fundaron a Tenochitlán, llamado México al conjunto de los dos barrios.
Véase a Maluenda, de Anti¬christo.
Ni es ésta la única palabra hebrea que usaban los indios, pues así como usan del hebreo en su liturgia los cristianos de Santo Tomé en la India oriental, en la occidental los sacerdotes “cocomes o Tomés” bautizaban con el nombre de la Trinidad en hebreo (ved a Maluenda ubi supra), según testimonio del venerable obispo Casas, quien añade que en Yucatán tenían los indios pleno conocimiento de la religión cristiana enseñada por Cozas o Tomé, y llamaban a la Virgen Santísima, madre del hijo del gran Padre.
En México llamaban también a la Tonatzin Tonacoyohua, o Señora del que ha encarnado en nosotros, como a las cruces que adoraban, llamaban tonocayuitl árbol del que ha encarnado entre nosotros.
Llamabanla en fin Tzenteotinantzin, esto es, madre del verdadero Dios, que eso significa Tzenteotl, por otro nombre Teotlipalmenohuani, el señor por quien vivimos; puro espíritu, omnipotente, omnicio, eterno, inmenso, incomprensible, justo, misericordioso; a quien sólo rendían adoración de latria, de obra y de palabra, pues ante sin imágenes se arrodillaban, y a él sólo le dirigían esta oración; O Dios omnipotente, que te llamas titlacahua, cuyos esclavos somos, abrid las manos de vuestra piedad, y habed misericordia de nosotros.
La Virgen madre de ese verdadero Dios era la madre querida de todas las gentes del Anáhuac, y por eso la llamaban tonantzin o Nuestra Señora y madre; gustaban mucho levantarle templos, y eran tan devotos de su imagen sobre el cerrillo de Tepeyac, que nadie pasaba cerca de él sin subir a derramar sobre su ara las flores que hallaba por allí, ofrenda de que se placía, porque detestaba y prohibía las víctimas humanas, lo mismo que Santo Tomé, que la dio a conocer, y por eso la llamaban Cihuacohuatl, o mujer Tomé.
Pero la llamaban también Coatlantona, porque decían que era madre especialmente de Quetzalcohuatl, y de los sacerdotes Coatlan o Tomés, los cuales hacían voto de pobreza, obediencia y castidad, vivían de limosna que salían a pedir de dos en dos con sus túnicas blancas ceñidas, los ojos bajos, y los brazos cruzados bañaban en la fuente coapan o de Tomé, que se descubrió cuando se abrieron los cimientos de la catedral, y aunque de buena agua, fue tapada supersticiosamente; se levantaban a orar a media noche, hacían grande penitencia, llevaban la corona de espinas figurada con el pelo de cada uno, Senchonhuitznahuac, y servían en el templo del Señor de la corona de espinas, Huitznahuac-teocalli; palabra esta última enteramente griega.
La figura en que veneraban a esta Virgen, era el de una niña o jovencita azteca, vestida de una túnica blanca resplandiente y ceñida, y con un manto azul verdemar, tachonado de estrellas.
Ésta es la figura de Nuestra Señora de Guadalupe, y decían que en tal figura aparecía muchas veces, aunque siempre a uno sólo, y revelándole cosas ocultas, principalmente poco antes de la conquista, y que poco después de ésta se le veía en el mismo traje andar lamentando por el cerrillo la ruina de su templo, acaecida durante el sitio de México, para que se lo reedificase.
Le celebraban varias fiestas, siendo las principales la del día 2 de febrero, o de la Purificación de Nuestra Señora y Presentación del Niño Jesús en el templo, con la circunstancia de que le presentaban niños, y había de ser precisamente comprados con dinero, omne primogenitum praetio redimes, y procuraban que fuesen rubios y blancos, en memoria de haber sido Quetzalcohuatl quien instituyó la fiesta.
La otra sede hacia el día del solsticio hiverno esto es, el 22 de diciembre que según el cura Becerra Tanco fue el día de la Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, “lo que (añade el autor) no carece de misterio, por haber sido a otro día del apóstol Santo Tomás que trajo el evangelio a este reino, de lo que he la visto pintura y tradición que no puede aplicarse a otro del apostolado, por haberse conservado el nombre Dydimus”.
Quiere decir fue Quetzalcohuatli.
Si apelamos a la historia guadalupana, la misma Virgen Santísima se dio a conocer por la antigua Tzentetinantzin desde el primer recado que envió con Juan Diego.
Dirás al obispo que te envía la madre del verdadero Dios, con orden de que se me edifique templo en este lugar, para mostrar desde aquí las antiguas entrañas de madre que yo conservo a la gente de tu linaje.
¿Y cómo le diría la Virgen a Juan Diego, ni este al obispo en buen mexicano, que lo enviaba la madre del verdadero Dios, sino diciendo Tzenteotenantzin? porque Diosinantzin es un amalgama de español y nahuatl, introducido posteriormente por los misioneros franciscanos, a pesar de los dominicos.
¿Ni cómo podía decir la Virgen, sino era la antigua Tonantzin que pedía templo allí para mostrar en aquel las antiguas entrañas de madre que conservaba al linaje de los indios, si en 1600 años no había echado sobre ellos una ojeada de misericordia, ni habían tenido noticia de ella, sino después de tres o cuatro años, entro la esclavitud, la desolación y la muerte?
Juan Diego a lo menos no podía entender por todo este recado, que era la antigua Tonantzin, que en el mismo traje decía andar entonces por el cerrillo, lamentando la ruina de su templo, para que se le reedificase.
La misma aparición dentro del arcoiris, al mismo tiempo que todo el montecillo representaba un vergel de flores hasta con lúcidos y armoniosos pajarillos, como los indios se figuraban el paraíso, daba a entender que era la antigua Tlaloque, o del paraíso, que ellos veneraban de antiguo en Tepeyácac.
Esto era tan natural, que el mismo Juan Diego según la historia guadalupana, exclamó admirado: ¿estoy en el paraíso de mis mayores que llamaron origen de toda carne? Tal es el paraíso cristiano; y es claro que el indio supone haber sido el cristianismo la religión de sus mayores, y por consiguiente la verdadera madre del verdadero Dios la que veneraron en Tepeyácac.
Nadie ha podido jamás sacar a los indios de la cabeza que su antigua religión fue la nuestra, y en este sentido se hace hablar a Juan Diego.
Dije en el sermón que tal vez la haría al caso de la proposición que estoy probando, el famoso número 8 que la imagen tiene al pié.
Ello puede ser una casualidad; pero también puede ser alguna cifra o resto de un letrero cirocaldeo porque sin duda no es un número 8, como lo llaman, sino un carácter de dicha lengua, que se ve en la orla de la célebre cruz de Santo Tomé en Meliapor, explicada de orden del Cardenal don Enrique, infante de Portugal.
El mismísimo se halla en la famosa piedra excavada en China, relativa a la predicación de San Bartolomé en el siglo 7º, explicada en Roma por el padre Kirker.
De esta misma lengua parecen ser las inscripciones grabadas sobre piedras, que se hallaron en ambas Américas, con tradición de ser relativas a la predicación de Santo Torné.
Y por eso Santo Toribio arzobispo de Lima mandó cubrir con capillas las que había en el Perú.
El padre Calancha grabó una.
Vio otras de largos letreros sobre edificios de Mitlán en Yucatán el venerable obispo Casas, y también se indujo a creer que Santo Tomé había allí predicado.
Estas cosas debían haber merecido y merecer más atención, que las de alborotar al populacho ignorante.
En una palabra, Señor; si no temiera alargarme demasiado, y molestar la atención de vuestra alteza haría ver, como lo ejecutaré en caso necesario, que la historia de Guadalupe incluye y contiene la historia de la antigua Tonantzin con su pelo y con su lana; lo que no ha advertido, por estar su historia dispersa en los autores.
Y así una de dos; o lo que yo he predicado, es verdad; o la historia de Guadalupe es una comedia del indio Valeriano, forjada sobre la mitología azteca, tocante a la Tonantzin, para que la representasen en Santiago, donde era catedrático, los inditos colegiales que en su tiempo acostumbraban representar en su lengua las farsas que llamaban autos sacramentales, muy de boga en el siglo dieciséis.
Y por eso hizo a Santiago, como lugar de la escena, objeto de los viajes de Juan Diego, aunque era natural y feligrés de Cuautitlán, y Santiago no existía en 1531.
Es necesario optar entre los cuernos de este dilema, porque no hay medio.
Más diré; isi lo que he predicado, no es verdad, nos veríamos precisados a decir que la imagen de Guadalupe es una de las prohibidas por decreto del 2º Concilio Mexicano, por haberse mezclado en su pintura rasgos mitológicos de los aztecas.
Tal es el color de la luna que está bajo sus pies, y que ellos pintaban negra porque decían se trasformó en luna un buboso, habiéndose echado en una hoguera, cuando ya estaba en carbones, envidioso de haber visto salir de ella convertido en sol el penitente Yoapan.
¿Sería posible que la madre de Dios, apareciéndose cuando los indios casi todos eran gentiles o idólatras, pareciese así confirmarlos en su génesis mitológico del sol y la luna, contrario al de nuestras sagradas escrituras? Fue para evitar estos y otros muchos argumentos (que produciré por extenso, si vuestra excelencia lo manda y militan con la tradición) que yo torcí un poco el rumbo acostumbrado.
Y no por esto, señor, contradije con él a la tradición genuina y legítima, porque según ella ya estaba pintada la imagen cuando la Virgen la mandó al obispo.
Así lo enseña el manuscrito mexicano, fuente original de la historia en cuestión.
Lo prueba el cura Becerra Tanco, maestro insigne de la lengua nahuatl.
Y este autor, que fue uno de los testigos de las informaciones de 1666, y según Florencia él sólo vale por muchos, cuyo voto es de tanto peso que su relación se insertó en las actas enviadas a Roma, y que según Bartolache es el más clásico sabio y juicioso de los autores guadalupanos, habla así expresamente: “es de advertir que no dice la tradición que la imagen se pintó al desplegar la manta el indio en presencia del obispo, sino que se vio entonces y no antes; y por estar ya pintada la imagen le mandó la Virgen a Juan Diego que no mostrase a persona alguna lo que llevaba, antes que al señor obispo.
Decir que se pintó ante éste con flores, es imaginación con que algunas han querido hacer mayor el milagro.”
También el licenciado Lazo capellán del santuario en la relación mexicana que dio a luz en 1648, dice claramente, según Bartolache, que ya estaba pintada la imagen cuando se llevó al obispo.
¿Cuando pues, cómo o dónde se apareció? no se sabe, responde el padre Anaya, cuyas octavas sobre Guadalupe son muy estimadas.
Luego yo he podido retrasar la época de la pintura, sin perjudicar a la tradición, para hacer aquella más gloriosa, y sostener ésta contra el ímpetu de los argumentos.
Una sola objeción se me puede hacer por consecuencia natural, y es que retrasando la pintura hasta el tiempo de la predicación de Santo Tomé, no puede estar pintada en la capa de Juan Diego, que entonces no existía.
Pero una cosa es que el indio llevase la imagen colocada en el cuello, como ellos acostumbraban llevar su capa, que es lo único que podía contar para erigirse en una tradición fundada, y otra cosa es que el lienzo de la imagen sea la capa usual de Juan Diego.
Esto segundo dije que lo negaba, solamente en la inteligencia de que tal no era la tradición genuina, porque tal no puede ser lo que no parece verdad, lo que contradeciría a la misma relación del manuscrito mexicano, y lo que la Sagrada Congregación de ritos no quiso admitir o expresar en el rezo, a pesar del empeño con que le informaron sobre esto.
Digo no parece verdad ser el lienzo de la imagen la capa usual de Juan Diego, lo primero, porque la capa de un indio mexicano consta precisamente de tres piernas, como todos saben y afirma Tanco, y el lienzo de Nuestra Señora consta de solas dos.
Responder que se le cortaría la tercera es adivinanza.
Las hilachas que tiene hacia el pié, o deberían estar hasta arriba para probar algo, y sólo prueban lo que dice el mismo Tanco, que han quedado de los pedacitos que se han ido cortando para reliquias.
Y aun es claro que estando, como están, las piernas unidas con un hilo más grueso que el de la tela, según el pintor Cabrera y Bartolache, se hubiera cortado el hilo y no un lienzo tan precioso.
Responder que de Tanco se infiere habérsele cortado una pierna, como responde Bartolache, es una falsedad manifiesta.
Tanco discurre que la imagen se pintaría al pié del cerrillo de Tepeyacac, cuando el indio estaba mostrando a la Virgen las flores en su capa, que tendría terciada al hombro, como ellos acostumbran cuando llevan algo en ella.
Imagina luego que a la Virgen le daba entonces el sol al nacer, por la espalda, hacia el hombro, y entonces algún ángel con los colores preparados por algún pintor pintaría su imagen, siguiendo las inflexiones ópticas de la sombra de la Virgen en el lienzo y medio de la capa, que le quedaban al indio por delante hacia su hombro derecho.
Si esta poesía valiese para inferir algo, lo que se podría inferir es que se le había quitado al lienzo de la imagen pierna y media; ilación falsa, porque son las que tiene, dos piernas, iguales, con sola diferencia de dos dedos, según las dimensiones dadas por el mismo Bartolache.
Lo segundo, no parece ser el lienzo de la imagen capa de Juan Diego, porque siendo indio macehual u ordinario, como todos convienen, su capa necesariamente debía de ser de ixtle o hilo de maguey.
Ésta era una etiqueta tan rigorosa, entre los aztecas, que un hijo mismo del emperador de México no podía llevarla de otro género antes de haber ganado una batalla.
Por esto todos los testigos de las informaciones de 1666 suponiendo con Sánchez, primer historiador guadalupano impreso, que el lienzo de la imagen es la capa de Juan Diego, asentaron con él que es de ichtli, y ponderaron mucho su aspereza.
La plebe mexicana suponiendo hasta hoy lo mismo, todavía llama al lienzo de Nuestra Señora ayate, que es un tejido de maguey.
Es así que está averiguado que no es tal, desde el tiempo de Tanco y Bartolache ha demostrado jurídicamente, con fe de pintores y escribanos, que es la palma iczotl, suave como el algodón, tan fino y bien tejido, que habiendo traído sin perdonar a costa ni fatiga los indios mejores tejedores e hilanderos de géneros del país, y presidiendo él mismo todo un año su trabajo, no pudo igualar la finura del lienzo de Nuestra Señora.
Luego no es la capa o tilmatli de Juan Diego.
Lo tercero, el lienzo de Nuestra Señora, conforme a la declaración entusiasmada de los protomédicos que lo inspeccionaron en 1666, y conforme también a las inspecciones de Bartolache, está más suave por el haz, que el envés; es decir, que está bruñido por el haz.
Es así que está es la preparación que daban los indios, por el lado en que pintaban, al lienzo de la palma iczotl que acostumbraban destinar a pinturas finas, como consta de Boturini que poseía varias en ese género, tan suave como la seda.
Luego el lienzo de Nuestra Señora es lienzo preparado de propósito para pintar en él, y no es la capa del indio Juan Diego.
La imagen de Nuestra Señora del pueblo de Tecaxique es idéntica en género de pintura y lienzo a Nuestra Señora de Guadalupe, y nadie dice por eso que está en la capa de un indio, aunque allá también se cuenta una aparición, como tantas otras en el reino, reciente la conquista, porque entonces, dice Torquemada, se dieron los indios a pintar muchas imágenes que llevaban y dejaban en las iglesias, donde cada día remanecían, sin saberse quién las había traído.
Dije también que a ser el lienzo de Nuestra Señora usual de Juan Diego, la relación misma del manuscrito Mexicano se contradeciría, porque según nos le ha dado traducido el cura Tanco, cuenta que Juan Diego viniendo desde Tepeyac con las flores en su capa, la venia abriendo de cuando en cuando para regalarse con ellas.
Tambien los familiares del obispo se la abrieron por fuerza, y echaron mano a las flores, que de repente se les volvieron pintadas o tejidas en la, capa; pero no vieron la pintura.
Tampoco la había visto Juan Diego, pues al soltar las flores ante el obispo, quedó pasmado de ver la imagen.
Es así que todo no podía ser, si la imagen ya estaba pintada en su capa, ni aun hubiera podido esconderla a las gentes de la calle, según el mandato de la Virgen, trayéndola colgada al cuello, como los indios llevan su capa.
Luego no está en la de Juan Diego; o se contradice el manuscrito, o más bien se le hace contradecir, pues él no expresa que la imagen esté en la capa de Juan Diego.
En vano se me dirá que eso prueba que la imagen no se pintó sino delante del obispo, porque sobre afirmar el manuscrito mexicano, fuente original de la historia guadalupana, que ya estaba pintada, o se ha de decir que no está en la capa de Juan Diego, para levantar la contradicción; o si subsiste, se dirá con el cardenal Baronio, que nunca permite Dios a los impostores urdan también su tela, que no se les escape algún hilo por donde al cabo se deshaga su trama.
Dije en último lugar que no puede ser la tradición que la imagen esté en la capa de Juan Diego, porque la Sagrada Congregación de ritos no quiso admitir o expresar tal circunstancia, a pesar del empeño con que le informaron sobre esto.
En efecto, no se expresa tal en todo el rezo, ni se indica siquiera por alguna alusión, como se indican las flores.
Y no sólo se le informó que estaba en la capa del indio, en las preces del postulante López, que incluye el Breve Pontificio, in eoden linteolo; sino que en las actas enviadas a Roma se hizo consistir lo principal del milagro en la capa del indio, por ser ixtle, y a consecuencia áspera, llena de agujeros incapaz en fin naturalmente de haberse pintado en ella la imagen sin imprimación.
Consta este informe de Nicoselli que tradujo al italiano la relación latina enviada de México con las actas, en la cual están resumidas, y suplió por ellas, que se habían perdido, ante la Congregación de ritos para la concesión del rezo.
Sin embargo, dicha congregación suprimió en él circunstancia tan relevante; prueba sin réplica de que no la creyó esencial a la tradición, o no creyó verdadera.
En cualquier caso de los dos, yo he podido negarla sin perjuicio de la tradición genuina, y tanto máas, cuanto asegura el doctor Bartolache, en virtud de sus experiencias e inspecciones solemnísimas, que no hay media palabra de verdad en la media página que contiene sobre el informe enviado a Roma, pues ni el lienzo de la imagen es de ixtle, sino de iczotl, suave como el algodón, muy fino y bien tejido, y que sólo puede pintarse en él naturalmente, sin otra imprimación que el mismo cuerpo de sus colores, sino que en un lienzo que logró hacer Zamorátegui, más fino que el suyo, se pintó pelo a pelo y sin imprimación alguna, como está la imagen de Guadalupe, una copia suya para poner en la iglesia del Posito.
Sobre todo, si no es verdad esta circunstancia, y con sacrificarla se puede salvar lo substancial de la tradición, y resulta mayor gloria para la imagen y la patria, se debe sacrificar sin disputa.
Concluyo con San Gregorio Magno sobre el capítulo 9º de Ezequiel: quando de veritate naseitur scandalum, utilus permittitur nasci scandalum, quam ut veritas relinquatur.
No pudiendo en mi sistema, ni en el de la verdad, decir que la imagen está en la capa de Juan Diego, añadí por un resultado consolatorio, y precisamente para precaver el sentimiento o escándalo de los ignorantes, que tal vez podría decirse, aunque con muy ínfima probabilidad, que estaba en la capa del mismo Santo Tomé.
Esto no es haber afirmado, como se pregonó en los púlpitos de México, sin haber aventurado una conjetura, advirtiendo que era debilísima.
Pero se suprimieron estas expresiones tan modificativas; se callaron mis protestas en favor de la tradición; se omitió el plan de mi sermón, gloriosísimo a la patria, a la imagen y al santuario; y sólo se pendoleó el retazo de la capa de Santo Tomás, impertinente a la sustancia de mi sermón, para que sonándole al pueblo en contradicción con la capa de Juan Diego, se persuadiese que yo había negado rotundamente la tradición, se alborotase y resultase el escándalo que se quería de pretexto para procesarme y perderme.
Hoc opus, hic labor erat.
Sin tan siniestra intención ¿qué motivo había para excitar un escándalo tan exorbitante?
¿Es más digna la capa de un indio de la imagen de la madre de Dios, que la de un apóstol de Jesucristo?
Si quedaron en América, según los autores españoles impresos en España, imágenes de Santo Tomé, vestigios de sus pies y manos, e inscripciones grabadas en piedras; si en el Perú creen tener uno de sus zapatos; si acá en Cholula quedaron su palio episcopal y todas sus vestiduras, que los indios vistieron a Cortés, creyendo que era el mismo Santo Tomé, ¿por qué había de ser un escándalo que tuviésemos su capa en el lienzo de la imagen de Nuestra Señora? La capa de los apóstoles era una capa judía como la de los indios; la que lleva en América Santo Tomé, según el padre Calancha era de dos lienzos como la de Nuestra Señora de Guadalupe; y a ésta, si es la misma madre del verdadero Dios que advocan los indios en Tepeyac llamaban también Coatlicue, esto es, su vestido es el de Tomé.
He aquí suficiente para una conjetura muy débil, como advertí que era la que prediqué.
Si estas cosas parecen delirios, no lo parecen tanto a los que han estudiado nuestras antiguallas.
Ya era tiempo que los señores obispos hubiesen escarmentado de su juicio precipitado sobre ellas.
Al primer obispo de México, Zumárraga se le antojó que todos los manuscritos simbólicos de los indios eran figuras mágicas, hechicerías y demonios, y se hizo un deber de exterminarlos por sí y por medio de los misioneros, entregando a las llamas todas las librerías de los aztecas, de las cuales sólo la de Tezcuco, que era su Atenas, se levantaba tan alto como una montaña, cuando de orden de Zumárraga la sacaron a quemar.
Así causó a la nación y a la república literaria una pérdida tan irreparable como inmensa.
Todavía a principios del presente siglo el obispo de Nicaragua consumió en otra hoguera una porción aún restante de los manuscritos histórico simbólicos de los indios, con un edicto al canto, en que declaraba contener errores, impiedades, demonios y delirios; y no había otros, según Boturini, que los que contenía la pastoral.
¿Se han de continuar siempre estas operaciones verdaderamente escandalosas, que nos impiden el conocimiento de las antigüedades de América, a título de religión? Por mano de vuestra alteza se comunicó poco ha una real orden, expedida a instancia de la Real Academia de la historia, no sólo para que se conserven con el mayor esmero todos los monumentos de las antigüedades mexicanas, sino invitándonos a que las estudiemos y escribamos sobre ellas.
Si podemos escribir, podemos predicar, con tal que no demos nuestras opiniones por ciertas.
No está prohibido predicar cosas probables. Casi todo lo que predicamos fuera del dogma, no lo es más, y pluguiese a Dios que lo fuese las más veces la materia de las oraciones fúnebres, sobre cuyas adulaciones nunca se nos dice una palabra.
Sobre todo, cuando el orador, como yo, advierte al pueblo que no anuncia como maestro en Israel las verdades eternas de la ley; sino un discurso probable que sujeta a la corrección de los sabios, no hay inconveniente, porque no puede haber seducción; no hay bajo esa protesta prohibición alguna pontificia, y el escándalo que resulte, es puramente pasivo, recibido y no dado.
Ni aun ese hubo, señor; lo levantaron los predicadores del domingo infraoctavo de Guadalupe, asegurando al pueblo, de orden de su ilustrísima, que yo había negado la tradición en el santuario; y debo pedir la reparación de mi honor.
Todos los ciudadanos tenemos derecho a que no se nos despoje.
Dios mismo nos manda conservar el buen nombre, más que mil tesoros preciosos y grandes.
Yo debo mirar el mío con especial delicadeza, porque soy noble y caballero, no sólo por mi grado de doctor mexicano, ni sólo por mi origen de la nobleza más realzada de España, pues los Duqus de Granada y Altamira son de mi casa, sino también soy descendiente de los primeros conquistadores del Nuevo Reino de León (como consta de las informaciones jurídicas presentadas y aprobadas en mi orden) y por consiguiente soy caballero hijo-dalgo, de casa y solar conocido, con todos los privilegios y fueros anexos a este titulo en los reinos de España.
Son a la letra los términos de la Ley de Indias.
El hábito de Santo Domingo no me ha quitado la sangre, y San Pablo me ha enseñado a objetar los privilegios de mi nobleza nativa contra las prisiones y atropellamientos.
Soy miembro de dos cuerpos tan ilustres como la Real y Pontificia Universidad, y el Orden de Predicadores, a cuyo crédito se perjudica en mi persona.
Soy canónigo reglar de San Agustín, en un orden destinado por la Iglesia al ministerio de la palabra, que sería enteramente inútil sin la buena opinión de la doctrina del predicador.
Soy en fin sacerdote, que como dice San Pablo, debe tener testimonio dentro y fuera de la Iglesia, y cuyo honor por tanto es tan delicado, que nuestro Concilio nacional liliberitano, tan antiguo y tan célebre en la Iglesia, prohíbe dar la comunión aun en la hora de la muerte a los que levantaren crímenes a sacerdotes, así como a los que publicaren libelos en las iglesias.
En cuanto a la suspensión de predicar, casi me alegraría de tenerla, para escapar de la rabia de mis émulos, y libertarme de los sermones de tabla, que me roban el tiempo más precioso.
Pero habiéndoseme impuesto como una pena pública, a tiempo que iba a predicar en las Capuchinas de México, debo hacer presente a vuestra alteza la Ley de Indias, que manda se guarden a los regulares sus privilegios, conforme al Concilio de Trento, velando sobre esto las audiencias y los virreyes.
Ora, según el concilio tridentino sesión 25 de reformatione, así como no puede el obispo proceder en derecho contra un predicador exento con general o especial privilegio, sino en caso de haber predicado herejías, así tampoco puede vedarle la predicación, sino en caso de haber predicado errores, o escándalos.
Pero habla el concilio de errores o escándalos teológicos, no de errores en punto de historia particular; inconexos enteramente con el dogma, porque en éstos ni la Iglesia universal es infalible.
Tampoco habla de escándalos, llamados así impropiamente, o alborotos del populacho ignorante o seducido de propósito; escándalos farisaicos, pasivos, recibidos y no dados, porque éstos también los ha causado la doctrina de Jesucristo, y la predicación de sus apóstoles.
El sapientísimo obispo Melchor Cano hablando expresamente de los escándalos teológicos, dice que no deben reputarse tales los alborotos de la plebe, que en tocándole a sus imagencitas y devociones supersticiosas, levanta los gritos al cielo.
Y para servirme del ejemplo que él mismo pone, sin negar la concepción de María en gracia no es error, ni escándalo teológico, y el que lo dijere está excomulgado por bula de Sixto IV, innovada por el Concilio de Trento y otros varios sumos pontífices posteriores, y esto aun después de la concesión del oficio de la concepción, pues en el mismo Breve advierte el papa que no se entienda por él habérsele añadido ningún peso ni probabilidad mayor a la opinión piadosa, contra su contraria, y los dominicos para defender ésta, tienen Breve de Gregorio XIII, ¿cómo ha de ser error ni escándalo teológico negar una tradicioncilla popular, que no tiene de la Congregación de ritos sino una aprobación hipotética, del más ínfimo rango, fertur y dicitur, dicen y cuentan? Tales aprobaciones, o por mejor decir, permisiones que los sumos pontífices hacen a iglesias particulares, y que en nada los comprometen, porque aun cuando fuesen falsas las tradiciones, siempre es verdad que se dicen y que se cuentan, no deben embarazar a ningún teólogo, dice Benedicto XIV, como no lo embarazan a él para negar la del Pilar, aunque según el tenor de su rezo esté más autorizada que la de Guadalupe.
Tales aprobaciones hipotéticas valen tan poco, que cuando el cardenal Baronio con los demás correctores del Breviario Romano bajo Clemente VIII creyó falsa e improbable la predicación de Santiago en España, la redujo en el rezo de positiva a hipotética con aquel dicitur, que tanto alborotó a los españoles, hasta llevar a Roma pleito en juicio contradictorio.
No hay para qué oponerme, dice en caso semejante don Nicolás Antonio, alabado por los Bolandos (Acta sanctor apologetic. libris vindicala p. 956 de la edición de Amberes) las lecciones del rezo, pues semejantes aprobaciones, con que piadosamente condesciende la sagrada Congregación de ritos a los ruegos e instancias de los fieles, en lugar de servirnos de descargo, son prueba y argumento de la incauta y excesiva piedad de los suplicantes, que sin rigurosísimo examen, alegando como antiguas algunas tradiciones modernas, consiguen el rescripto de dicho tribunal, en virtud de la misma piedad y moderación con que suele éste respetar las tradiciones de las iglesias particulares.
El objeto, dice Manden (Suplemento 1', art. 8', tít, 15 de la Hist. crítica), del culto es siempre Dios, y en esto nunca hay error; pero el motivo o razón del culto no es necesario que sea verdadero; basta que sea piadoso.
Así se ven en diferentes iglesias oficios encontrados sobre el cuerpo de algún santo, que todos creen, y no pueden tener a un mismo tiempo; como por ejemplo, en Bolonia rezan de nuestro San Isidro, creyendo tener su cuerpo, y nosotros creemos tenerlo en San Isidro de León.
No digo en rezos de iglesias particulares, y con aprobaciones hipotéticas; en el Breviario romano, y en lo mismo histórico que refiere de positivo, convienen todos los sabios en que hay muchas cosas falsas, y dignas de corrección, aun después de las hechas por San Pío V, Clemente VIII y Urbano VIII; y convienen también en que pueden y deben contradecirse, o refutarse impunemente, y sin merecer censura alguna, siempre que haya razones suficientes, se descubran mejores documentos, o la critica descubra defecto grave en las actas, porque estas son las que dan fe al breviario, y no el breviario a ellas.
La cláusula condicional si preces veritati nitantur, se supone en todo rescripto pontificio.
Son tantos los autores, aun papas, cardenales y obispos, que han escrito disertaciones para probar esto mismo, que serían inútiles las citas.
Basta leer a Masdeu en la ilustración arriba citada, contra la aparición de Santiago en Clavijo, la cual trata de libelo, apesar de los breviarios españoles, donde se hallarán todas las citas dichas, y otras muy bastantes.
Este mismo dice que la Santa Sede, cuando permite o decreta un oficio, declara la piedad y bondad moral del culto que se da a Dios o a su siervo, pero no la verdad o falsedad histórica de lo que se refiere en él, porque ni el examen de semejantes cosas humanas es objeto propio de la autoridad pontificia, ni Dios ha concedido infabilidades a su vicario para asuntos tan indiferentes, que no dependen la seguridad de nuestra fe, ni la bondad de nuestras costumbres.
Un docto anónimo español, alabado por los mismos Bolandos (ubi supra Pág. 940), después de probar que la sede apostólica en lugar de condenar a los que han impugnado en sus escritos muchos puntos históricos contenidos en el Breviario Romano, los oye, los tiene en gran concepto, los alaba, los premia, los estimula y anima; ¿podrá decirse, prosigue, que es error o temeridad lo que ella no sólo permite, pero aún alaba y premia en los escritores? ¿No será más bien temeridad y escándalo para los ignorantes y pusilos, representar como heretical o pecaminosa una práctica tan recibida entre los católicos, y tan aplaudida por la misma Iglesia de Roma? Yo añado que si según el célebre axioma teológico de Ricardo de San Víctor, tan herejía es negar que es de fe lo que lo es, como afirmar que es de fe lo que no lo es, pues la fe no puede añadirse ni quitarse, el verdadero error y escándalo teológico, es decir que lo es el negar un punto de historia particular, inconexo con el dogma, e indiferente a la religión; a lo menos es evidentemente superstición y fanatismo.
Non sit religio, dice San Agustín lib. 2º de doctrina cristiana, in phantasmatibus nostris; melius est enim qualecunque verum, quam omne quidquid pro urbitrio finge potest.
Todo eso he traído para impedir la paja, el cacareo y las declamaciones, de que pueden servirse mis enemigos para acalorar y fascinar al vulgo necio y atolondrado, pues ya tengo arriba hecho ver que nada he negado de cuanto expresa el rezo de Nuestra Señora de Guadalupe.
El Concilio de Trento, en la sesión arriba citada, concluye mandando a los obispos se guarden de perseguir a los predicadores exentos, bajo pretextos de errores o herejías; y yo concluyo con una prueba respetable de autoridad, que abraza los dos puntos directos de la presente representación.
Tal es el dictamen del venerable cabildo de Nuestra Señora de Guadalupe, que debe creerse el más interesado sobre el particular.
Habiendo visto sus canónigos el escándalo suscitado en México el día 14 por los predicadores, se juntaron el 16 en pelicano, y después de haber convenido en que lo que yo había predicado o añadido a la tradición, era más glorioso a la patria, a la imagen y al santuario, dijeron que su dictamen hubiera sido el de destinar cuatro o cinco capitulares a conferenciar conmigo.
Y si resultaba fundado lo que yo había predicado solamente como probable, se me convidaría con un sermón para que lo predicase como cierto, y si no para que lo desdijese; pero que su ilustrísima había avocado así la causa.
Esto, así como prueba que el señor arzobispo procedió a su pregón contra mí, sin pedimento de parte, así demuestra que los canónigos no han creído que hubiese negado la tradición de Guadalupe en mi sermón, ni que este contuviese cosa digna de escándalo, o que mereciere alguna nota o censura Teológica.—
Por tanto:
A vuestra alteza.—
Pido y suplico se sirva proveer, lo 1o., que se repare mi honor y crédito, con la misma publicidad con que se me ha quitado; o se me permita imprimir la presente representación; y lo 2º, que se me levante la suspensión de predicar.
Juro en lo necesario etcétera.
Fuente:
J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.
Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html
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