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1797
TOMO III CARTA IV Muy señor mío: En esta debo probar que el manuscrito mexicano, fuente de la tradición guadalupana, no sólo es indigno de fe por ser posterior 80 a 82 años al suceso, como dejo demostrado en mi anterior; sino también por estar lleno de anacronismos, falsedades, contradicciones y errores mitológicos e idolátrico; para manifestar todo esto, seguiré el orden de la misma relación. Pero para evitar repeticiones, y hacer ver cómo de un golpe que el indio don Valeriano, aunque instruido en muchas antiguallas de su nación, ignoraba la historia eclesiástica del tiempo que asignó a la aparición de Guadalupe, comenzaré por contar el estado de las cosas tocante a la religión en aquella época. Fuera del mercedario Olmedo, que acompañó como capellán a nuestros conquistadores, y tres religiosos de San Francisco que llegaron por los años 1525 a Tezcuco y allí estaban aprendiendo, dice Torquemada, algunas palabras de la lengua, no había otros ministros que doce franciscanos conventuales de la provincia de San Gabriel sita en Extremadura, que había admitido algunos capítulos de la reforma de San Pedro de Alcántara, los cuales trajeron por vicario o superior a fray Martín de Valencia, y llegaron en 1528, como también llegó en ese año el obispo electo de México, fray Juan de Zumárraga, también franciscano. Lo eligió el emperador, dice en su vida el maestro Gil González Dávila, habiéndole conocido en el convento del Abrojo cerca de Valladolid, por haber tenido buena mano en echar las brujas de Cantabria. Aunque los dominicos habían salido de España antes que los franciscanos, como tenían convento en la isla Española, hoy Santo Domingo, se detuvieron allí hasta el año 1259 en que llegaron a México, y se les dio el sitio que después dejaron a la Inquisición. Eran pocos, enfermaron, y el padre Ortiz que los conducía, se volvió a España. Así entonces poco o nada hicieron. En aquellos años México ardía en guerras civiles. No estaban mejor los indios, que por una parte eran llevados a millares a sujetar con las armas otros reinos, como los que llevó Nuño de Guzmán a pelear y perecer por Michoacán, Jalisco etcétera, pues toda la conquista de la Nueva España casi se hizo con los mismos mexicanos; y por otra parte estos estaban tan atormentados en su misma capital, que no podían menos que insurgir contra la opresión. Por esto, invocado de los españoles el brazo de Cortés, que desairado de la corte se mantenía retirado en Tezcuco después de su vuelta de las Hibueras, fue a México me parece en 1530, y los aperreó según costumbre de los conquistadores. Los pobres religiosos de San Francisco, que primero estuvieron donde es hoy la catedral, y luego vendiendo el sitio para ella, cuya escritura de venta dice Torquemada que vio, se pasaron al palacio de las aves de Moteuhzoma donde permanecen, no hacían sino estar encerrados en su convento, haciendo ante los inditos pequeños la instrucción pantomima de ponerse de rodillas, extender los brazos en cruz etcétera. Puestas cruces en las encrucijadas de las calles, que llamaban humilladeros, de las cuales algunas permanecen ante las parroquias (y los indios que nunca olvidan lo que una vez se les enseñó, acostumbraban poner todavía en los viernes de cuaresma en las esquinas de las, calles), se reunían allí los indios y los religiosos como, también el obispo; les enseñaban el Padre noster el credo en latín, porque no tuvieron el don de lenguas, y no sabían la mexicana. No había entonces intérpretes ni maestros de ella, y mucho menos de la otomi y otras, ni gramáticas, ni diccionarios. No se podía, pues catequizar ni bautizar sino a los niños, y sólo algún grande personaje, como el gran amigo de Cortés y de los españoles Matxiscátzin, senador y capitán general de Tlaxcala, fue bautizado en 1529, yendo un sacerdote de México a propósito, por hallarse en el artículo de la muerte. Aun cuando ya los religiosos comenzaron a balbucir la lengua, no se atrevían a predicar; y niños españolitos criados entre los indios iban por las casas vestidos de sobrepelliz catequizándolos. En fin, los indios comenzaron a hacerse cargo de nuestra religión y por los años 34 y 35 empezó la fuerza de pedir el bautismo, en tanto número, que los religiosos los bautizaban sin ceremonia alguna, en los ríos o fuentes, dando en un papelito el nombre de un santo a todos los hombres que se bautizaban en un día, y de una santa a las mujeres. Fue años después, dice Torquemada, que sintiéndose el inconveniente, se comenzaron a poner a cada uno dos nombres de santos distintos, uno como de nombre, y otro como de apellido, aunque los indios de la primera nobleza adoptaron los nombres y apellidos de sus padrinos españoles, sobreañadiendo su nombre mexicano o el del último de sus ilustres antepasados, como don Fernando de Alba Ixtlilchoxtl, etcétera. Tanto se gritó sobre ese modo de bautizar, como sobre el de aspergear que usaron algunos clérigos militares, que por los años 1537 y 38 se suspendió el bautismo a los indios, aunque lo pedían con ansia, mientras se consultaba al papa. Este dispensó en todo el ceremonial menos el crisma y la saliva, que con la multitud también se acababa a los religiosos. Todavía en 1540 bautizaron tres religiosos solos en tres días más de doce mil indios en los contornos de Xochimilco; y hasta ese año contaban ya los franciscanos solos en sus registros más de seis millones de bautizados y no muy lejos de México. Y no por eso habían concurrido todos al bautismo; por lo que Montúfar sucesor de Zumárraga mandó, según cuenta Dávila Padilla, se diese después en secreto a muchos que no lo recibían en público por vergüenza de haber tardado tanto. Había otras mil dificultades para el bautismo, por la pluralidad de mujeres que tenían especialmente los ricos, y no se sabía cual debían retener; sobre lo cual Zumaraga tuvo una junta eclesiástica en San Francisco año 1535, y llovían consultas a Roma y al Consejo de Indias. La primera resolución que les vino del cardenal Cayetano fue quedasen con la que más quisiesen; pero el informe había sido mal dado, pues entre todas las mujeres una sola era la legítima. Mil otros casos intrincadísimos se les ofrecieron a aquellos religiosos, y por su ignorancia en la lengua y costumbres de los indios no acabaron de salir en muchos años. No hay que hablar de la administración de otros sacramentos. Sobre la extremaunción basta decir, dice Torquemada, que en muchos años no se dio a los indios, por la escasez de ministros. Después se les dio a entender lo que era, y se les comenzó a administrar. Él refiere, tomándolo del padre Motolinia o del padre Mendieta, quién fue el primer indio que la recibió como también quién fue el primero que comulgó, y fue después en 1540. En este sacramento aunque no fueron tan difíciles en Nueva España, lo fueron misioneros y obispos generalmente en América; pues el primer Concilio del Perú, por los años 1560, prohibió absolutamente que se diese a los indios; dureza de que, por ser tan absoluta y general, se queja Acosta de procuranda indoruns salute. En una palabra, dice Torquemada, de quien he sacado casi a la letra todo lo dicho, en aquellos principios los religiosos en cuatro conventos estaban ellos solos administrando tanta tierra como España y Francia. A lo menos la población era superior a la de ambos reinos, por más que pese a Raynal y Robertsen, que escribieron bajo la fe rula de Paw, quien a la segunda impugnación que le hizo un académico de Berlín sobre esto, no pudo dar otra respuesta sino que le había engañado su corresponsal español. Los cuatro conventos que dice Torquemada, estaban en México, Tlaxcala, Tezcuco y Xochimilco; y así en Cuautitlán, muy grande población entonces, no estuvo el quinto, fue de los primeros, pues en 1536 en que por la suma escasez que los franciscanos tuvieron de religiosos, trataron de suprimir algunos conventos, hubo (según Torquemada) un tumulto en Cuautitlán, para impedir que los quitasen los religiosos del suyo. Apliquemos lo dicho a la historia de Guadalupe, y comenzaran a saltar a los ojos desde su principio los anacronismos. Comienza la historia por el viaje que hacía Juan Diego, llamando en su gentilidad Cuautlatoatzin, desde Cuautitlán al convento de Santiago Tlaltelolco, barrio de México, a oír la misa de Nuestra Señora en un sábado doce de diciembre de 1531. Supongamos que aunque entonces fuesen muy raros los indios bautizados, lo estuviese este; no podía tener dos nombres, porque, como ya dije con Torquemada, esa costumbre sólo se introdujo años después. Tampoco existía convento de franciscanos en Santiago, porque consta de Torquemada que lo fundó Zumárraga el año de 1534 para que los religiosos de su orden enseñasen a los niños indios. No se puede decir que lo que fundó Zumárraga fue el colegio, y que había ya allí algún conventillo de su orden a que se agregase, porque tal no se infiere de Torquemada, ni era posible que en México, donde había convento de franciscanos y dominicos, se multiplicasen conventos en tanta escasez de ministros. Y en fin no había al principio sino sólo cuatro conventos de franciscanos, muy distantes entre sí. Si hubiese habido antes del colegio convento a que perteneciese la parroquia, se les hubiera quitado con ella, como se quitaron en este siglo a todos los religiosos que no probaron haber sido la fábrica de su iglesia y convento independiente de la parroquia que administraban. Y nada se quitó a los franciscanos de Santiago, sino la administración; y el curato de Santiago, administrado hoy por clérigos, esta reducido a la capilla de Santa Ana. Hay que notar también que el manuscrito original de la aparición pone ésta en viernes; y aunque don Fernando de Alba su parafraste dice (según Florencia) que esto debió de provenir de alguna variación en las letras dominicales, por la supresión de los diez días desde el día de San Francisco a media noche hasta la otra media del día de Santa Teresa del año de 1586, habiendo yo ya demostrado que el manuscrito es posterior a dicha corrección, no tiene lugar la solución. Adelante diré por qué el indio Valeriano le puso viernes. Hay que notar también que desde que Juan Diego llegó a Tepeyac, y durante todo el curso de su embajada, se supone todo aquello como yermo y despoblado, y siempre hubo al lado y contorno del montecillo de Tonan el pueblo de Tepeyac, que por eso se llamó así, esto es, en la nariz o punta del cerro. No era tan infeliz al tiempo de la conquista, pues hablando Torquemada del cerro de México, cuenta que el caballo de Botello que hacía de agorero en la tropa de Cortés, metió en el puente de este pueblo un pié, lo que él tuvo a mal agüero, y hallaron, dice, mucha comida, y la gente huída; lo que probaba que no era tan pequeño. Del nombre de Juan Diego en su gentilismo, cuautlatoatzin, ya dije en mi segunda carta que no es más que el nombre de Juan en Mexicano, y tan falso que lo tuviese antes de ser cristiano, como desatinado el añadirle tzin, siendo un indio macehual. Pero en fin, dejemos a Juan Diego llegar al lado del cerrillo que mira al poniente. Al acabarlo de pasar, sucedió la aparición sobre el crestón que el cerrillo tiene hacia México. Detengámonos aquí, y para entender el artificio de la relación de Valeriano, examinemos primero quién era la Tonantzin que se veneraba en aquel montecillo a quien dio su nombre. Para lo cual bastara reunir lo que de ella nos han enseñado Torquemada y Cabrera en su Escudo de armas de México. Pido la atención de vuestra señoría, porque aquí está el nudo de la comedia. La Tonantzin era de los Dioses que estaba en los cerros y montes, esto es, de los Tlaloques o del paraíso (porque tláloc, o tlalócan es paraíso) dados a conocer por Quetzalcohuatl desde el tiempo de los tultecas, y por consiguiente de los Dioses teteus o teotlis, antiguos y primitivos del Anáhuac. Eran tres, con diferentes nombres cada uno según sus atributos advocaciones en diferentes lugares, etcétera, Dios Omnipotente, llamado Tezcatlipuca, o espejo resplandeciente; Huitzlopochtli, o Señor de la herida en el costado izquierdo de quien le mira por otro nombre Teohuitznahuac, o Señor de la corona de espinas, que tenía naturaleza humana y divina; y su madre, que lo concibió por obra del cielo, y parió sin lesión de su virginidad, llamada por eso Tzenteotenatzin, madre del verdadero Dios, o Teotinantzin, madreDios, Teotenantzin, madre de Dios que está en el cerro. Ésta, dice Torquemada, era la madre común, (se supone espiritual, pues era Virgen; de todas las gentes de Anáhuac, y por eso la llamaban “tonantzin”, nuestra madre o nuestra señora y madre. Eran devotísimos de ella como que era abogada de las aguas, en que morían muchos navegando sobre el lago, y gustaban mucho levantarle templos. Todo el que pasaba cerca del cerrillo, tenía obligación de subir y esparcir en su ara las flores que por allí hallaba. Esto se hacía, dice Torquemada, con todos los Dioses de los montes, como abogados de las aguas y las mieses. La Tonantzin tenía varias fiestas en el año, con muy diferentes ceremonias, de que a su tiempo diré; pero era muy célebre la que se le celebraba el día de solsticio de invierno, o día 22 de diciembre y cinco días antes del de la fiesta se ocupaban los indios en hacer imágenes suyas pequeñas, que, llamaban Tepictoton. Todo es de Torquemada, aunque esparcido en diferentes lugares. Añade el mismo que decían los indios aparecía muchas veces, especialmente poco antes de la conquista; pero siempre a uno sólo, y le revelaba cosas secretas. La figura en que aparecía era de niña o jovencita con una túnica blanca ceñida. Cabrera dice que contaban los indios que se le veía después de la conquista con traje azul, y en figura de indita andar llevando por el cerrillo la ruina de su templo que derribaron los españoles cuando el cerco de México. Por los nombres que le daban, según el mismo Cabrera, se conoce mejor el traje de la tonantzin. Vimos que su figura era de jovencita india, y su túnica blanca ceñida. Principalmente debía de resplandecer, pues llamaban “chalchihuitlicno”, o vestida de piedras preciosas. El manto debía de ser azul verdemar, pues la llamaban también matlalcueye, vestida de matlal-lin una flor que da ese color, y es puntualmente el del manto de Nuestra Señora de Guadalupe, a diferencia, como notó el pintor Cabrera, del ángel que tiene a sus pies, cuyo vestido es de azul perfecto. Debía tener el manto también sembrado de estrellas, pues también la llamaban “citaclue”, vestida de estrellas. Cualquiera ve que ésta es la misma figura y traje de Nuestra Señora de Guadalupe. Como diosa del paraíso también habitaba la “Tonatzin” en él, y Torquemada pinta el de los indios al fin de su segundo tomo, todo resplandeciente como con esmeraldas y piedras preciosas, hecho un vergel de flores bellas y fragantísimas. Allí estaba perpetuamente el arco iris que todo lo matizaba y esmaltaba con sus colores y su luz. En medio de él estaba la Tonantzin. A este paraíso iban los buenos que morían de enfermedad o accidente, así como al infierno los malos. Al cielo sólo iban los que morían en la guerra, porque siendo las suyas de religión para extender la del Señor de la corona de espinas, eran reputados como mártires. Pero los del paraíso tenían el privilegio de volver algunas veces al mundo en figura de pajaritos de bello canto y vistosísimo plumaje. Todo esto es de Torquemada también. Vemos ahora que lo que sucedió a Juan Diego en la madrugada del 12 de diciembre 1531 al acabar el cerrillo de Tonan en Tepeyacac. Dice el informe enviado a Roma y extractado de las actas que oyó una música armoniosa como de canto de pájaros sobre el cerrillo, volvió la cara, y quedó suspenso no tanto del gorjeo de los pajaritos, cuanto de la vistosa variedad de colores de las avecitas nunca vistas en estas regiones. No es de admirar que una visión de indios comience por canto de pájaros. Su salida misma de Aztlán país de su origen, para venir a México, se originó según su historia de haber oído a un pajarito que cantaba ti-hui tihui, vamos vamos. Pero esta variedad de pajaritos nunca vistos en estas regiones que aquí miró Juan Diego, alude claramente a las almas que venían del paraíso acompañando a la Tonantzin. En efecto, prosigue la relación diciendo, que el monte pareció a Juan Diego como un jardín resplandeciente con esmeraldas, y matizado de colores brillantes. Alzó la cara, y vio en un arcoiris a Nuestra Señora de Guadalupe, es decir, a Tonantzin, porque tal era su figura y ropaje. El mismo indio dice la relación que exclamó “¿estoy yo en el paraíso de mis mayores?” La duda era fundadísima, y pues habiéndola formado subió sin embargo, luego que fue llamado desde el iris, y adoró; pecó mortalmente. Tal es la resolución en el caso de San Buenaventura, como puede verse en Amort de revelationibus; y la Virgen no aparece para causar pecados. Ésta es una de las señales que dan los teólogos místicos, para discernir una aparición o revelación celestial de una del demonio que se transfigura en ángel de luz. Las expresiones con que lo saludó, tampoco son dignas de la Madre de Dios.— Hijo mío Juan Diego, a quien yo amo como pequeñito y delicado, ¿cómo estas?— como si la Virgen pudiese ignorarlo. A lo menos un neófito rudo, como él, así lo entendería. ¿Y era pequeñito y delicado un indio macehual, casado después de cinco años? cuando se trató de poner en el Breviario Romano, en las lecciones de San Ildefonso, aquellas palabras, que según el Breviario Español dijo Santa Leocadia, levantándose del sepulcro a San Ildefonso, defensor de la virginidad de Nuestra Señora.— Alfonso por ti vive mi Señora que tiene las cumbres de los cielos.— Alfonse per te vivit Domina mea cuae coeli culmina tenet.— opuso Benedicto XIV como promotor de la fe (según lo refiere de canonizatione sanctorum) que estas palabras eran hiperbólicas, exageradas, verdaderamente no sanas, y ajenas del lenguaje sencillo que usaban en sus apariciones los bienaventurados, como las de Jesucristo a Santo Tomás:: “Bien has escrito de mí, Tomás.” Que se podían permitir a la tradición de los españoles en su breviario; pero en el de la Iglesia romana se debía usar de mayor peso y más maduro examen, y admitirse tanto menos, cuanto había autor español que las pusiese en boca del pueblo. ¿Qué diría Benedicto XIV de las palabras almibaradas y exageradísimas de la Virgen a un indio casado? No dejan los autores guadalupanos de conocer este exceso, y ya dicen que no se debían traducir tan a la letra estas expresiones, que en mexicano suenan muy bien; ya las varían, diciendo que como es traducción, no es mucho que en diferentes autores varíen las palabras según las han recogido de ella. Ya hemos visto que no hay tal tradición, ni otra fuente que el manuscrito mexicano de don Valeriano cuya traducción sigo, hecha por Becerra Tanco, que es decir, por mano de mtro. Pero oigamos el recado con que, según el mismo manuscrito envió la Virgen a Juan Diego ante el obispo: “Le dirás que te envía la madre del verdadero Dios, para que se me edifique aquí un templo, donde mostrar las antiguas entrañas de madre que yo conservo a la gente de tu linaje.” ¿Y con qué término le había de decir la imagen al indio en mexicano, que sólo entendía, ni el indio al obispo, que lo enviaba la madre del verdadero Dios, sino diciendo Tzenteotenantzin? ¿Ni cómo diría el obispo que pedía el templo para continuar a mostrar allí las antiguas entrañas de madre que conservaba para los indios, sino diciendo para continuar a ser allí tonantzin? ¿Y qué entrañas de madre conservaba a los indios que apenas tenían noticia de Nuestra Señora sino después de dos o tres años a lo más, y que en 1500 años no les había echado una ojeada de misericordia? ¿Y si fuese cierto lo que se cuenta y está impreso, de que en el sitio de México se dejó ver cegándoles con puñados de tierra para que los españoles los matasen a su salvo porque defendían a su rey y a su patria (como refirió algún indio, o para adular a los españoles, o para excusar su vencimiento)?, ¿eran estas entrañas de madre? Es evidente que a quien se hace hablar aquí es a la antigua Tonantzin, y que el indio no podía entender otra cosa. ¿Y a qué obispo se llevaba recado de la tonantzin? A Zumárraga, que enviado por haber tenido buena mano en echar las brujas de Cantabria, siguió a verlas allá por todas partes; y todo lo de los indios lo creía superstición, impiedad, magia y hechicería. No sólo tenía, según Torquemada, presos en San Francisco a varios indios por hechiceros, sino que después de haber hecho quemar por medio de sus frailes en un mismo día del año de 1528 todos los magníficos templos del Anáhuac, hizo quemar al mismo tiempo sus voluminosas bibliotecas que se guardaban en ellos; de suerte que según don Fernando de Alba, cuando se sacó a quemar la de Tezcuco, que era la Atenas de los indios, se levantaba tan alto como una montaña. Y por medio de los frailes de todas las ordenes no cesó hasta morir, de buscar, pesquisar y quemar cuantos manuscritos tenían en el Anáhuac, como figuras mágicas y de hechicería daño inmenso o irreparable para la república literaria. ¿Y llevándole un indio recado de la tonantzi, para continuar a ser su madre donde antes tenía su templo, cuya ruina se le veía andar llorando, con el mismo traje, y apareciendo entre pájaros, y con todo el aparato de su falso paraíso, lo acopió, oyó, se informó, y no lo mandó a la cárcel. Volvió el indio a la Virgen, contándole que su ilustrísima aunque le había oído, le había hecho poco caso, se excusó pidiéndole eligiese otro embajador de más valía. La Virgen le respondió que convenía que fuese él y no otro, lo animó, y prometió que le sublimaría, honraría por ello, y haría célebre su nombre. Considérese si estas promesas son dignas de la nueva ley, y era propio de la Virgen excitar en el ánimo de un infeliz indio, pensamientos de ambición y celebridad. Es una regla de los místicos (véase en Amort), que toda aparición que excite movimientos de soberbia en el ánimo de alguno, es del demonio y no de Dios. El primer premio que aquel día había recibido Juan, fue que por ir a llevar el recado de la Virgen al obispo; llegó tarde a la doctrina en la iglesia de Santiago, y los frailes lo azotaron. Demos que existiese tal iglesia, demos que fue la misma a que tenían obligación de concurrir los indios de Cuautitlán; los azotes siempre son un anacronismo. Los indios aún eran todos gentiles en 1531, y muy poderosos. No se hubieran atrevido a azotarlos los misioneros. Verdad es que después se introdujo esta extraña manera de catequizar, con infinito escándalo de Casas, que no se hacía cargo que a apóstoles de lanza, correspondían misiones de látigo. Él por tanto consiguió leyes que se guardan en el código de Indias, pero en la práctica se cumplen como lo demás favorable a los indios, cuyas posaderas son hoy tan doctrinadas de los curas como eran de los antiguos catequistas siempre que faltaban a la misa de su pueblo en los días festivos. Tampoco lo era el día en que Juan Diego llegó tarde, y por eso dicen que fue azotado por haber faltado a la doctrina. Pero si ya estaba instruido en ella como cristiano que era, no podía castigársele porque faltase a ella, principalmente en el día festivo. ¿Ni qué doctrina les podían enseñar entonces, sino el pater noster y el credo en latín? Estas son adiciones del parafraste Alba. Según la orden de la Virgen volvió el indio a ver al obispo al día siguiente, quien observando su constancia, comenzó a entrar en cuidado, y le respondió que si era la madre de Dios quien lo enviaba, le diese una señal correspondiente. En efecto todo embajador debe presentar sus credenciales, y un enviado del cielo, dice el Concilio 4- Lateranense, debe probar que lo es con un milagro, y milagro seguramente de primera clase, que no admita tergiversación, ni dé lugar a la superchería. Florencia pondera que el indio, según la paráfrasis de Alba, respondió animoso al obispo (dijese la señal que quería, que iría y se la pediría. Esto acabó de poner en cuidado al obispo), el cual habiéndole replicado que la señora mandase la que gustase, mandó seguir al indio de dos familiares suyos hasta ver en qué paraba. Así lo ejecutaron; pero cuando ya se acercaban al cerrillo, se les desapareció, sin que lo pudiesen hallar, por más diligencia que hicieron, en aquellos contornos. ¿Pero, qué diligencias podían haber hecho en aquellos contornos, si todo aquel campo, fuera del campo cerrado de la laguna, era entonces agua todo? Volvieron al obispo, asegurándole que el indio era un hechicero; acusación muy creíble para un obispo que creía en brujas. Juan Diego inocente de todo llegó ante el hechizo de su corazón, que le aguardaba en la cumbre del cerrillo; expuso la razón del obispo; y mandó al indio volviese al día siguiente, y le daría tal señal, que el obispo no pudiese dudar. Juan Diego no obedeció porque halló a su tío Juan Bernardino muy malo de fiebre; y conociendo aunque rudo, dice Florencia, que a todo se debe anteponer la caridad, se ocupó en buscar medicamentos para el tío; y cuando vio que no aprovechaban, determinó ir a Santiago a buscarle los del alma. Pero al acercarse al cerrillo, se acordó de su emplazamiento con la Virgen; y para que no le impidiese el paso, y le diese nuevas órdenes, en vez de seguir su camino por el lado occidental del cerrillo, cómo siempre, lo tomó por el lado oriental, donde sin embargo la Virgen le salió al paso. Todo esto está de lo más miserablemente forjado. ¿De dónde saca Florencia que era primero la caridad corporal con el tío, que la caridad con Dios, o la obediencia a sus órdenes expresas? Abraham para obedecer a Dios, iba a inmolar a su propio hijo; y nosotros tenemos obligación de entregarnos a la muerte; antes que desobedecer a Dios. Lo que debía hacer es el caso un cristiano que tenía idea digna de la Madre de Dios, era presentársele con confianza, y ponerse en sus manos, exponiéndole la enfermedad del tío para que lo sanase, o le permitiese asistirlo de cuerpo y alma. ¿Cómo la Madre de Dios se había de oponer a que le procurase los sacramentos ordenados por su hijo? ¿Pero en qué tiempo ha sido Santiago parroquia de Cuautitlán? Este pueblo tuvo la suya desde que sus habitantes comenzaron a ser cristianos, y creo que primero que Santiago, cuya parroquia en 1531 aún no existía. No parece sino que todos eran cristianos en aquel tiempo, según el modo con que se explica la relación. ¿Y por qué sacramentos iba Juan Diego para su tío? Nada dice el manuscrito mexicano; pero Alba expone que serían la eucaristía y extremaunción. ¿Quién lo había confesado? ¿O cómo se confesaría cuando los misioneros que aún no sabían la lengua, ni enseñaban sino el Pater noster y el credo en latín? La extremaunción ya sabemos que no se dio a los indios en muchos años; la eucaristía muy difícilmente. Y no dándose la primera por falta de ministros, ¿se iría a llevar la segunda a, seis leguas a un indio macehual cuando todos los indios eran aun gentiles? Hoy no se llevaría tan lejos; menos entonces que no había caballos, o eran una alhaja muy preciosa. El primer indio que comulgó, fue después de 1540. Ésta es una de las pruebas de la ignorancia de Alba en la historia eclesiástica antigua; y ahora me acuerdo que dice de Juan que le dio licencia de comulgar todos los días. ¡Qué despropósito en aquellos tiempos! Añado otro, diciendo que era casado desde su gentilidad, y sin embargo había vivido en virginidad con su mujer. No ofrece otro ejemplar la historia del gentilismo en el resto del mundo, y menos podía darse en México. La falta de virginidad en la novia disolvía el matrimonio; y así aunque el sacerdote los casaba atando una punta de la capa del novio con otra del manto de aquella, no era considerado auténtico ni indisoluble, hasta que el día siguiente al de las bodas iban los sacerdotes, y traían a guardar en el templo la sabana donde había quedado marcado el sello de la virginidad. Éste era la escritura auténtica del contrato indisoluble. Y así advierten los misioneros en sus escritos que se tenga gran cuenta, porque ya que no pueden los indios después de cristianos disolver el matrimonio cuando hallan a la novia violada, van los parientes del esposo, y ultrajan todos los tiestos de la casa. Si Alba tuvo por pesquisas esos informes sobre Juan Diego, eso sólo sirve de probar que fue el pastorcito de 1556, en cuya época eran verificables. Volvamos a la historia de la aparición. Choca desde luego que un indio pobre, sin cuidados ni negocios, olvidase un negocio de tanta gravedad, como la embajada de la Madre de Dios, y no se acordase hasta llegar al cerrillo, donde quiso hurtarle la vuelta. A haberse acabado antes, otra calzadilla había (según Torquemada) para ir a Santiago, más derecho, desde su pueblo; y sobre todo, el lago estaba en aquel tiempo lleno de barranquillos que podían trasportarlo brevemente por cualquiera otra parte. ¡Y qué pequeña idea tenía del poder y saber de la Madre de Dios, cuando creía escaparle con sólo una pequeña variación de camino! Como la Señora además siempre se le había aparecido en lo alto del cerrillo, cuya vista domina los alrededores de un lado y otro todos llanos, lo había de ver ir de uno como de otro; y tanto mas, cuanto para tomar la calzada había de salir siempre al frente, pues frente del cerrillo se halla. Todo esto esta visiblemente fingido para hacer aparecer a la Virgen abajo, donde está el pocito de agua termal; dar razón por qué los misioneros le hicieron la antigua capilla, habiendo ella pedido siempre el templo arriba donde lo tenía la tonantzin; y quizá dar lugar a que el indio subiese al cerro por las flores, que abajo eran naturalísimas, porque no hay pueblo de indios sin flores, y estarían llenas de ellas las chinampas, o jardincitos flotantes, que los indios siempre tenían a las orillas de los pueblos en la laguna. Estas eran sus hortalizas. Aún pienso yo que la enfermedad del tío está ideada para dilatar entre la aparición y la pintura de la imagen los cinco días que los indios ocupaban en hacer imágenes de la tonantzin antes del 22 de diciembre. Pienso también que sobre la enfermedad verdadera del sobrino, que refiere el virrey Enríquez, se fingió la del tío, cuya sanidad reveló la Virgen a Juan Diego cuando la dio por excusa de su falta; para que se verificase, como decían de la tonantzin, que siempre a uno sólo, y le revelaba cosas secretas. La Virgen mandó a Juan Diego subir al cerrillo y cortar las flores que por allí hallase, y se las trajese. Se repara mucho en la obediencia del indio poco antes desobediente, que no objetó lo eriazo del monte para producir flores; y con esto se quiere probar que fueron milagrosas. ¿Más cómo es creíble que los indios, amiguísimos de cultivar en los montes, y diciendo Torquemada que los de México fueron entre los indios las primeras labranzas de pan, estando el de Tonan rodeado entonces de la laguna, teniendo obligación todos los que por allí pasaban, de subir a echar las flores que hallasen, en la ara de la Tonantzin, siendo ellos los más exactos y próvidos en su culto, y no viviendo jamás sin flores, tuvieron desprovisto de ellas el cerrillo de su más amada madre? Es necesario hacerse cargo, con Torquemada, que antes de la conquista todo México era un vergel, porque no hay, dice, nación en el mundo que más ame ni cuide de las flores. Ellos no saben habitar sino entre ellas; a ninguno le falta su jardín, y en medio está su casa; todos sus puestos de vendimias están cercados de flores; sus iglesias, sus altares en los templos y en sus casas están siempre cargados; todo el año las venden en la plaza; las novias las llevan en la cabeza; si vamos a visitarlos, si a sus entierros, bautismos, casamientos, siempre nos dan mazos de flores. En toda fiesta devota de indios lo primero que va con caja y pito, es el xuchil, esto es, un inmenso florón tejido de variedad de flores, formando varias labores, y la imagen del Santo de la fiesta. Sobre todo, para ir a un palacio, era entre ellos una etiqueta indispensable llevar mazos de flores, con mucho arte tejidos. Torquemada cuenta que poco antes de la conquista, habiendo avisado los señores de Tlaltelolco que otro día debían ir a presentarse al palacio de Moteuhzoma, no sabían qué hacer cuando reflexionaron que no tenían para llevar mazos de flores, tan magníficos se supone, como se requerían. Ofrecieron por tanto premios a uno de los más corredores para que fuese por ellos a Cuaunahuac, hoy Cuernavaca, donde los xochimanques o jardineros los tenían de propósito, dice, preparados para estas ocasiones. Madrugaron con el cuidado, y fue mayor cuando hallaron al corredor calentándose al fuego en el patio del Tecpan o casa municipal; pero cuando vieron que ya estaba de vuelta habiendo corrido aquella noche doce leguas, le dieron el grado de capitán. Refiere Torquemada también el nombre que tuvo después de cristiano. Para que a Juan Diego yendo al palacio del obispo no le faltase esa etiqueta, creo que se inventaron en la relación guadalupana las flores, y precisamente dice que fueron mazos, aunque yo no sé cuándo tuvo tiempo de hacerlos Juan Diego, porque los indios no tardan poco en componerlos. Sigue la historia diciendo que bajó Juan Diego con las flores que había cortado, las presentó a la Virgen en un canto de su capa, y ella las tocó y ordenó, aunque si eran mazos, poco tenía que ordenar. Ésta es añadidura que hacen los que quieren que se pintase con ellas, como que su tacto les comunicase esta virtud. Pero según Alba, cayeron los mazos en tierra ante el obispo; y según Tanco, decir que se pintó con las flores, es imaginación con que algunos han querido hacer mayor el milagro. En lo que convienen es en que la Virgen le dijo al indio que las llevase al obispo por señal pedida de ser quien lo enviaba la madre del verdadero Dios. Al mismo tiempo le mandó que no mostrase a nadie lo que llevaba, antes que al obispo, porque ya iba, dice Becerra Tanco, pintada la imagen según el original mexicano. Y al mismo tiempo dice que iba el indio abriendo su capa de ratos en ratos, para regalarse con las flores. Llegó al palacio del obispo, donde tuvo que aguardar, por los muchos que entraban y salían, aunque rogaba a todos los criados que avisasen a su ilustrísima. Los familiares viendo el bulto que llevaba el indio, le abrieron por fuerza la capa, y quisieron tomar de las flores, que les parecieron luego pintadas o tejidas en la capa. Esto, y la novedad de traer flores en diciembre, los movió a avisar luego al obispo quien mandó entrar a Juan Diego; y al soltar la capa, después de dar el recado de ser aquella la señal que la Virgen enviaba, las flores cayeron, y con asombro del indio y del obispo la Virgen se halló pintada en su capa. Son tantos en este sólo pedazo de relación los anacronismos, contradicciones y despropósitos, que no sé ni por dónde comenzar a manifestarlos. ¿Cómo si la Virgen ya iba pintada del cerro, no la vería el indio cuando iba abriendo su capa para regalarse con las flores? ¿Cómo no la verían los familiares, abriéndole la capa por fuerza? ¿Cómo podría ocultarla ni aun a los de la calle, pues necesariamente la cabeza de la imagen le había de caer a lo menos sobre el pecho, donde no cierra la capa de los indios, que es una capa judía o cuadrada, cuyas puntas superiores atan sobre el pecho, echando a la espalda o sobre el hombro el nudo cuando cogen algo en ella. Por estas contradicciones han avanzado los parafrastes a decir que se pintó delante del obispo, pero sobre afirmar el original mexicano que ya estaba pintada, se debe concluir más bien, con el cardenal Baronio, que nunca permite Dios a los impostores urdan tan bien su tela, que no dejen suelto algún cabo por donde con el tiempo se descubra la impostura. ¿Y no es también la de suponer dificultades para ver al obispo, y suponerlo rodeado de familiares? Zumárraga era un obispo que cada día, según Torquemada en su vida, se iba a pié a decir misa a San Francisco con su breviario debajo del brazo, así como por su edad visitaba su diócesis en un burro. Todo el día se estaba junto a un altar que había puesto en la calle tras de un paredón en su catedral, que entonces empezaba a fabricarse, enseñando a los indios el Pater noster y el credo en latín; y diciéndole un conquistador que no se rozase tanto con los indios que olían mal, le respondió: vosotros sois los que me oléis mal, y estos pobrecitos muy bien. ¡Qué traza para hallar dificultades un indio de hablar con tal obispo! En cuanto a familiares, si Garcés que era obispo consagrado, no tuvo jamás, según Dávila Padilla en su vida, otra familia en todo que una negra vieja, ¿qué familiares podía tener en 1531 un obispo elector perseguido? Un español era entonces un personaje, que a medio siglo todavía no se podía conseguir que fuesen artesanos, aunque se traían de España apropósito. Luego se hacían caballeros, y cuenta Remesal hablando de esto, que un negro escribía de Guatemala: buena tierra es esta donde hasta los negros tenemos esclavos. Se conoce que el historiador de Guadalupe escribía muy posteriormente. Nunca se me olvida que la hija del emperador Manco casó con un sastre de Sevilla, aun cuando estaban todavía reconocidos como tales los incas del Perú. Aun permitidos familiares al obispo, es un desatino suponerlos admirados de ver flores en diciembre, cuando México está lleno de ellas en todas las estaciones; y el mismo Florencia que pondera esto, se olvidó de la misma descripción que él trae sobre México de otro jesuita, el cual dice que en su plaza todo el año se venden flores. Torquemada dice lo mismo, expresando los meses de noviembre y diciembre. ¿Y un obispo brujero que tenía presos indios por hechiceros, y a quien dos familiares habían asegurado que Juan Diego lo era y se les había desaparecido, se contentó con unos ariazos de flores de que está México lleno en todo tiempo, y no lo mandó a la cárcel? Cuando no las hubiese, hubiera creído que el indio las había producido por hechicería. Hablando con toda la seriedad digna de un asunto semejante, ¿eran las flores un milagro con que debía acreditarse un enviado de la madre del Omnipotente? Se responde que sería milagro, porque no había flores en el cerrillo. Permitido que no las hubiese, ¿de dónde le constaba al obispo que el indio las había tomado de allí? Necesitaba el milagro de prueba otro de comprobación. Estas son fruslerías indecentes. Bartolache conoció que lo eran, y desentendiéndose absolutamente de las flores sale con que la Virgen envió al obispo su misma imagen por las credenciales pedidas. Ya dije antes que éstas padecen las mismas dificultades, pues ni había pintores cristianos entonces para probar que la pintura era sobrenatural, ni lo es en sí, según los de Bartolache. Había sí pintores muy primos entre los indios, que podían pintarla copiándola de alguna copia de la Guadalupe del coro de Extremadura, o de la tonantzin que era idéntica. Podía ser una de las imágenes que los indios tenían antes de la conquista, como después probaré. Y en una palabra probara también que es pintura de indios mezclada con rasgos mitológicos que necesariamente excluyen un pincel divino. Poco antes he probado que la Virgen no podía estar pintada en la capa del indio sin contradicción con la misma historia. Ahora voy a probar que tampoco puede decirse que está sin contradicción con la verdad. Lo primero, la capa entre los indios no era una cosa indiferente como entre nosotros actualmente. Era un distintivo constituyente de la clase de cada uno, y era tan rigorosa la etiqueta sobre esto, que el hijo del mismo emperador de México no podía, según Torquemada, antes de haber ganado una batalla, llevar la capa de otro lienzo que de ixtle o hilo de maguey. ¿Y un indio pobre y de la clase ínfima o macehual, como Juan Diego, había de llevar una de iczotl, tan fina y bien tejida, que no la pudo igualar Bartolache en un año de trabajo, sin perdonar gasto ni diligencia alguna? Tan contrario es esto a la idea común de capa de indio macehual, que el primer historiador guadalupano impreso, así como todos los testigos de 1666 creyendo que la imagen está en la capa del macehual Juan Diego, aseguraron que era de ixtle, burda, rala, llena de agujeros y así se informó a la silla apostólica, fijando en eso lo principal del milagro de la aparición de la imagen, por la incapacidad de tal lienzo por haberse pintado en él sin imprimación, como ya dejé probado en mi carta antecedente. Por la misma razón todos llaman en México al lienzo de Nuestra Señora, ayate, que es el nombre del lienzo del maguey. Mas; el lienzo de la imagen es en dos pinturas; la capa de un indio mexicano es precisamente de tres; luego aquel no era capa de indio, Bartolache se propuso este argumento; a que respondió que se infiere del bachiller Becerra Tanco se cortó el tercer lienzo a la imagen; y en efecto, dice, de un lado de la imagen hacia el pié restan hilachas. Es falso que se infiera tal de Becerra Tanco. Supone para su pintura poética de la imagen en el cerrillo, según las reflexiones ópticas de la sombra de la Virgen ante Juan Diego, que se estampó en el lienzo y medio de la capa, que éste tenía por delante. Nada más dice, y la suposición es falsa, porque el lienzo de la imagen no es de pierna y media, sino de dos piernas iguales, con sola la diferencia de dos dedos, según el mismo Bartolache. Las hilachas hacia el pié sólo probaran lo que dice positivamente Becerra Tanco: “es de lienzo de palma iczotl, como se conoce por las hilachas, que han quedado de un lado hacia el pié, de los pedacitos que se le han ido cortando para reliquias.” Probarían algo las hilachas, si estuviesen hasta arriba; pero tampoco probarían que se había cortado un lienzo entero, porque, según el pintor Cabrera y el mismo Bartolache, los dos lienzos de Nuestra Señora están cocidos con un hilo más gordo que el de lienzo, y claro está que bastaba cortarlo para separar el lienzo, sin partir un lienzo tan precioso. Todavía hay otra razón, y es que el lienzo de la imagen esta preparado para pintar a estilo de los indios. En el dictamen que dio el Protomedicato, compuesto de tres médicos, sobre la conservación milagrosa de la pintura, y cuyo entusiasmo nada puede igualar sino el atraso de su física, dice uno de ellos, según lo resume Florencia: ¿cómo puede ser que diciendo Aristóteles, príncipe de los filósofos que idem in cuantum idem semper es natum facere idem el lienzo de la imagen esté por el envés áspero, duro y consistente, y por el haz suave, mite y blando? Dios sólo que lo hizo puede descubrir este misterio, etcétera. Bartolache con su modo cortés de desmentir, después de probar que toda el lienzo es tan suave como el algodón, añade que no negara hoy al tacto alguna diferenció del haz al envés. Pero Boturini sin ser Dios nos descubre el misterio en la última hoja de su obra, donde después de contar que tenía varios manuscritos o pinturas aztecas en palma de iczotl, que es tan suave como la seda, y que de ésta era el lienzo que destinaban para pinturas finas, añade que bruñían primero la parte en que pintaban. He aquí la causa de que esté un poco más suave el lienzo de Nuestra Señora por el haz. Está bruñido y preparado para pintar. No es, pues, capa de indio. Y la congregación de ritos hizo muy bien de no admitir este punto. (Ver nota 1) Concluye la historia de Guadalupe diciendo que Juan Diego cuando volvió a su casa, halló a su tío Juan Bernardino bueno, como le había dicho la Virgen, la cual le había aparecido al tío a la misma hora, y le mandó que dijese al obispo que el nombre que quería que se le diese, era el de Santa María de Guadalupe. Con esto el sobrino lo llevó a otro día a presentar al obispo que los detuvo y cortejó, y colocó a la imagen en su catedral, mientras se le hacia a su costa una capilla de adobes provisional en Tepeyac, adonde a los quince la trasladó asistiendo él mismo, y según Alba, descalzo y llorando, acompañado de los religiosos de San Francisco y dos o tres de otro orden, y haciéndose fiestas y naumaquias con grande concurso de pueblo. Como los indios de la historia no sabían más que mexicano, y por consiguiente no podían pronunciar Guadalupe, porque su lengua no admite g ni d, sudan los autores guadalupanos para ver qué término diría el indio Bernardino, que sonase a los españoles Guadalupe. Unos quieren que fuese Tlaxopen, y otros Tlanopen, y hasta yo por dictamen de Borunda eché mi truco a rodar, diciendo que sería Teicataluccan, en dos partes de la tierra está la cumbre de la tierra. El significado de los otros dos nombres es tan impertinente como éste. ¿No era mejor, ya que ponen tanto milagro de flores que ya van frescas, ya parecen pintadas, etcétera, decir que los indios pronunciaron Guadalupe por milagro? En esto irían conformes al inventor de la historia, que inventó la aparición a Juan Bernardino para dar razón del nombre de Guadalupe que los españoles le dieron, según el virrey Enríquez, por decir que se parecía a la de Guadalupe en España; y en efecto es idéntica a la del coro. Ciertamente el nombre de río de lobos no es devoto, y mientras no se pruebe con evidencia que la Virgen lo escogió, yo no le atribuiría tan mal gusto. Yo no puedo creer que la Virgen diese a su imagen ninguna advocación, porque el Concilio de Auch las prohibió con rigor, porque no se dirigen, dice, sino a la ganancia y logro, atrayendo limosnas a los templos particulares. Son igualmente una ocasión continua de idolatría en todo el pueblo, el cual en lugar de invocar a la Madre de Dios, invoca a sus imágenes de tal y tal advocación, lo cual dice el padre Feijoo, es idolatría, porque la imagen no les puede valer, ni tiene virtud alguna, ni la madre de Dios reside en ella ni su imagen puede interceder con ella, ni la Virgen es capaz de prendarse más de un retrato suyo que de otro. Dicese del diablo que puedo ser ligado a imágenes; pero sería una blasfemia decirlo de Dios o de su madre. De esta aparición a Juan Bernardino, de la cual depende el célebre nombre de la imagen, no se hizo mención en el oficio; lo que es para reparar. Ni sé cómo los indios de Cuautitlán, que iban por barrios, según un testigo de mil seiscientos setenta y seis, a trabajar en el templo de Tepeyac (donde a cada paso se figuraban haber dado la Virgen, han erigido un templo), no hicieron alguno en su propio pueblo, que honró con su presencia, visitando a Juan Bernardino. Yo no sé tampoco si los autores guadalupanos se embarazan tanto con el nombre que no podía pronunciar el indio, y no se embarazan de tanta conversación entre los indios y el obispo, que como consta de Torquemada, no sabia mexicano, ni su edad de 70 años era para eso y no se ve ningún intérprete entre ellos, que por cierto eran en aquel tiempo rarísimos. En una historia esto no podía, callarse; en una comedia no es necesario decirlo, porque ya se sabe que todo es fingido. Lo es sin disputa que colocase el obispo la imagen en la catedral, de que apenas se habían abierto los cimientos, y comenzaban a levantarse las paredes. No puede decirse que había alguna capilla; porque Zumárraga no habría ido cada día a San Francisco, que está lejos, a decir misa. ¿Y por qué el obispo hizo la capillita abajo del cerro, y no donde pidió el templo la imagen? ¿Y por qué de adobes cuando sobraba piedra y trabajadores a millares? ¿Y cómo en quince días estuvo seca para meter allí alhaja tan preciosa? Ya antes dejé probado que todo esto es falso, y que la imagen no se trasladó hasta 1533, en que estaba en España Zumárraga, el cual ni antes, ni después hizo caso de la imagen. Ciertamente en 1533 no asistirían a la procesión, fuera de los franciscanos, sólo dos o tres religiosos de otra orden, porque consta de Remesal y Dávila Padilla que en ese año había ya en Nueva España más dominicos que Franciscanos, y en ese mismo año llegaron los agustinos. Ni es creíble que para un motivo tan solemne, y más en aquel tiempo, no concurriesen todos a la procesión para hacerla más expectable a los indios, y más conocido y útil el milagro para su conversión o confirmación de la fe. Todo es incongruencias, falsedades, anacronismos, contradicciones en el manuscrito del indio Valeriano, sin que falten errores mitológicos e idolátricos, como tengo demostrado en esta carta; y es indigno enteramente de que se le preste crédito alguno. Adiós, señor, hasta otro correo. Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México. Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html Nota 1 de J. E. Hernández y Dávalos: Por esto yo me creí libre en mi sermón. Y no pudiendo decir que la imagen estaba en la capa nonal de Juan Diego [aunque este hubiese llevado la imagen colgada al cuello, como los indios llevan su capa] ya por los argumentos susodichos que tenía muy presentes, ya porque Juan Diego no existía en tiempo de Quetzacohuatl o Santo Tomé, a cuyo tiempo ponía yo síncrona la imagen, añadí por un resultado consultivo, que más bien “podía decirse, aunque con muy ínfima probabilidad, que la imagen estaba en la capa del mismo Santo Tomé”. Esto no era afirmar, como el arzobispo ha afirmado en su edicto, sino aventurar una conjetura, advirtiendo que era debilísima. Yo había intentado con ella evitar el escándalo del populacho; pero de ella se valió el arzobispo Haro para excitarlo. Se callaron las expresiones con que yo había modificado la proposición; se calló el plan del sermón gloriosísimo a la imagen, al santuario y la patria, se callaron mis protestas en favor de la tradición; y sólo hizo pendolear en los púlpitos la capa de Santo Tomás, porque sonando contraria a la de Juan Diego, sería para alborotar al pueblo, haciéndole creer que yo había negado la tradición. Así cuando entregué el sermón, los dos canónigos censores representaron al arzobispo que no podía ser el que había predicado, porque absolutamente no había en él motivo para tanto escándalo. Y sin embargo, tenía ya comprobado el arzobispo no sólo que era el mismo, sino que el cura Alcalá a quien se lo había leído antes de predicar, no sólo le aseguró que era el mismo, sino que le hizo ver por las señales de los dedos en el papel que allí mismo lo había estudiado. En efecto, si no se hubiese obrado con siniestra intención, ¿cual era el motivo para tanto escándalo? ¿Por ventura es más digna la capa de un indio de la imagen de la Madre de Dios, que la capa de un apóstol de Jesucristo? Si según fray Gregorio García quedó en América del tiempo del apóstol toda la Sagrada Escritura en figuras, de lo que le dieron testimonio por escrito los misioneros en Veracruz; si según los censores mismos quedaron cruces y el conocimiento de nuestros misterios; si según Torquemada quedaron imágenes de Cristo y de la Virgen, figuradas como las pintan los cristianos de Santo Tomé en el Oriente; si según Torquemada, Calancha, el padre Manuel de Nobrega, etcétera, quedaron imágenes del mismo apóstol, vestigios de sus manos y sus pies, e inscripciones grabadas en piedras que por eso Santo Toribio arzobispo de Lima hizo cubrir con capillas en el Perú; si allá creen tener uno de sus zapatos, si acá, según Torquemada, se guardó su palio episcopal, su anillo pastoral y todas sus vestiduras en Cempoallan, hasta el tiempo de Cortés, a quien se las vistieron los indios, creyendo que era el mismo Santo Tomé, ¿por qué había de ser motivo para tanto escándalo que tuviésemos su capa que llevaban los apóstoles igual a la de los indios, que en América llevaba Santo Tomé, según el padre Calancha, de dos lienzos como la de la imagen a la cual los indios llamaban también coatlicue esto es, su vestido es el de Tomé? Esto era bastante para una conjetura, muy débil, como dije. |