1797
Carta 2 del doctor fray Servando Teresa de Mier al doctor Muñoz, sobre la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe.
San Pablo de Burgos, junio de 1797.


TOMO III
NÚMERO 4

CARTA II

Muy señor mío: Debiendo comenzar a exponer las razones de dudar que se me ofrecen sobre la pretendida tradición de Guadalupe, sería desde luego una importunidad hablar mucho sobre tradiciones ante un sabio como vuestra señoría.

Sabe muy bien que siendo la memoria de los hombres a que están encomendadas, tan frágil; ellos tan amigos de añadir lo maravilloso si no lo han inventado, y el tiempo tan capaz de confundirlo todo, no ha habido género de error ni de fábula que no haya usurpado en todo tiempo el nombre de tradición, y es necesario por consiguiente un criterio para discernir la verdadera de las falsas.

Este parece el más equitativo; no se debe admitir tradición alguna sin documento antiguo que la apoye y pueda resistir a los argumentos.

Aun las tradiciones apostólicas pertenecientes al depósito de nuestra fe, en cuyo obsequio únicamente estamos obligados a cautivar nuestro entendimiento, se llaman tradiciones, dicen los teólogos, porque no están escritas en los libros canónicos; pero deben estarlo en los padres y concilios de otra manera no podríamos probar que eran universales, primitivas y constantes, únicas que admita la Iglesia, según la regla de san Vicente de Lerins; quod ab omnibus, quod ubique, quod semper.

Las tradiciones eclesiásticas generales acreedoras a un respeto religioso deben constar igualmente de la práctica o creencia general de las Iglesias; atestiguada por los respectivos monumentos antiguos.

Con mucha más razón se deben pedir los correspondientes en las tradiciones generales, sin que les pueda valer el sobrescrito de piadosas, porque como la piedad es una virtud, y la falsedad un vicio, nada falso puede ser piadoso, y sólo puede serlo lo verdadero, por la conexión que tienen entro sí las virtudes.

Santo Tomás sobre aquellas palabras del Libro de Job: numquid Deus indiget vestro mendatio, ut pro illo loquamini dolos, dice: “Que no sólo no ha menester Dios nuestras mentiras, sino "que las ha prohibido; y así atribuirle el haber hecho una cosa que no ha hecho, por más ostensiva que parezca de su gloria y su poder, es un pecado, y como enseña San Pablo, es decir contra Dios un falso testimonio.”

Debemos pues examinar todo hecho antes de intentar atribuirlo a su poder, según nos prescribe el mismo apóstol: omnia probati; quod bonum est tente.

¿Y cuál deberá ser la antigüedad del documento susodicho para servir de legítimo apoyo a una tradición popular? Todo autor que cuente un hecho anterior a su tiempo 60 o 70 años, que es la vida regular de un hombre, especialmente desde que pudo formar idea cabal de las cosas para trasmitir su noticia con discernimiento a la posteridad, o nos ha de decir a quién lo debió, para pesar su testimonio, o nos ha de dispensar de darle crédito, pues no pudo ser testigo.

Ahora; si el hecho es un hecho público, de que al presente una nación hace su gloria; si ha habido muchos escritores en ella, cuyas obras nos han llegado; si se hallaron en circunstancias no sólo propias para contarlo, sino las más críticas y urgentes, y todos lo callaron; entonces ya el argumento no es sólo negativo, sino mixto, aunque también el negativo prueba en la historia, y si es universal, demuestra.

Son palabras del célebre Papebrochio autor de las actas de los santos: silentirum in historia probat, et cuando que demostrat, ut cuando historici omnes silent.

Si hay a más de estos autores coetáneos que tocando el asunto callan la tradición, o no sólo la callan, sino que le dan otro origen a la devoción y cosas relativas a la tradición, es prueba evidente de que no la juzgaron digna de crédito, o que todavía no existía en su tiempo.

Después de esto si como vuestra señoría dice con respecto a los documentos que tiene, el padre Sahagún que fue a México desde 1528 y ha sido el más instruido de los misioneros en las cosas de América, trata como a sospechosa de idolatría la devoción de los indios con la imagen de Guadalupe; y hay informe de virrey coetáneo enviado al rey que se lo pidió sobre el origen del santuario y devoción de Guadalupe, y es contrario a la tradición, está concluido; murió por sentencia pública.

Todo lo que he dicho concurre contra la tradición de Guadalupe, y yo haré ver que efectivamente no existió en 117 años, hasta que en 1648 comenzó a nacer de los autores impresos; que estos no tuvieron otro fundamento que un manuscrito mexicano del indio don Antonio Valeriano, natural de Azcapotzalco, escrito unos 80 años después de la época asignada a la aparición, y lleno de anacronismos, falsedades, contradicciones, errores mitológicos e idolátricos; En una palabra que es una comedia, novela o auto sacramental, a estilo de aquel tiempo, cuyo objeto fue persuadir lo mismo que yo he predicado, y en la cual comedia es fácil señalar de dónde fue tomando el indio los argumentos para cada parte del drama, que ha venido a parar en un oficio de la Iglesia, y causado la ruina de un hombre de bien; ¡Cuánto puede una comedia! En mis cartas posteriores responderé a cuanto se alega en favor de la tradición, examinaré la verdad que pueda haber en el objeto que el autor de la comedia se propuso persuadir, y con este motivo trataré de la predicación del evangelio, que supone anterior a la conquista.

Para comenzar a extender mis pruebas de le inexistencia de la tradición antes de los autores impresos, permítame vuestra señoría retroceder hasta el año de 1517, época desgraciada de la herejía de nuestros encomenderos, más verdadera que verosímil.

Acosados de los misioneros que les reprochaban vivamente el no enseñar la doctrina cristiana a sus indios ni dejarles tiempo pare que se les enseñase, siendo así que para este fin principalmente les estaban encomendados, recurrieron por último refugio a decir que eran incapaces de la doctrina del evangelio; por con siguiente ni hombres, ni capaces de dominio etcétera, y lo peor fue que a fuerza de decirlo, vinieron a persuadirse firmemente del principie y de las consecuencias.

“Nació esta herejía, dice el exacto Remesal en la isla de Santo Domingo; y siendo ésta entonces como la metrópoli y el paso de los españoles para el nuevo mundo, cundió por todo él como un contagio rápido, causando solemnísimas carnicerías de carne humana.”

Nuestros conquistadores se hacían por eso un juego y una diversión no sólo de despojar a los indios, de herrarlos por esclavos, y consumirlos bajo la más bárbara servidumbre; sino de aporrearlos, degollarlos, ahorcarlos y quemarlos sin escrúpulo ninguno.

Hasta las mujeres habían perdido hacia ellos su compasión natural, y nada más sabido en nuestras historias que aquel recado de nuestras conquistadoras: “a mi vecina que me preste un cuarto de bellaco para mi perro; que el sábado mataré yo, y se lo volveré.”

Herrera se ocupa en referir las proezas del mastín Becerrillo que gozaba sueldo de granadero, y tenía su parte de presa en esclavos.

En efecto, se llevaban los indios por los caminos en colleras para mantener con esta carnicería volante a los perros bravos que componían la primera línea de infantería de nuestros ejércitos católicos.

No hay más que ver los prospectos de los campos de batalla en las fachadas de las décadas del cronista real.

En México habiéndose partido Hernán Cortés para las Hibueras año 1524, se desencadenaron también las pasiones de manera que a sus criados les cortaron las muñecas, le confiscaron sus bienes y suponiéndole muerto, su primer elogio fúnebre fue una sátira violentísima en el púlpito de San Francisco.

Cada día era México el campo de una batalla civil, y el desorden tal que el obispo Zumárraga salió con todo su clero para Tlaxcala cantando el salmo in éxitu Israel de Egipto.

El obispo de Tlaxcala Garcés, único que hubiese entonces consagrado, voló a México por si podía con la autoridad de su carácter sosegar aquellas fieras.

Ya se supone que los miserables indios eran en este trastorno la víctima común, y ambos obispos escribieron al rey en 1529 que iban muertos en aquellos cinco años cuatrocientos mil, y si no se ponía luego remedio eran acabados.

Entregaron la carta a un marinero, que según Torquemada la llevó metida dentro del agua en una boya bien breada, porque la primera audiencia estaba levantada, y dada la orden en Veracruz para que nada saliese ni se obedeciese de lo que viniese de España.

Por eso la segunda audiencia fue a desembarcar a Pánuco en 1530, y luego fue por su presidente el arzobispo de Santo Domingo don Sebastián Ramírez Fuenleal.

Esta audiencia fue la que envió a España al obispo Zumárraga, seis meses después de la aparición, a justificarse ante el rey de las acusaciones que le intentaron por su favor a los indios.

Llegó en el mismo año de 1532 su real protector el celebérrimo Casas, y de México fue a fundar una provincia de dominicos en Guatemala donde escribió su famoso libro “De único vocationis modo,” probando al mismo tiempo prácticamente con la reducción pacífica de la tierra de guerra llamada por eso Verapaz, que bastaba la predicación acompañada de las virtudes.

Pero viendo y sabiendo los estragos que hacia en todas partes la herejía insensata de los conquistadores, hizo que partiera para Roma en toda diligencia el prior de Santo Domingo de México fray Bernardino de Minaya a sacar de la silla apostólica una decisión dogmática con que obligar a los conquistadores a creer lo que se obstinaban en negar al testimonio de sus ojos.

Paulo III expidió dos breves en 5 de abril de 1536, en que después de referir el invento inaudito de Satanás para impedir con él la salvación de los indios, y de quejarse de que los acababan con trabajos tan rudos “quantum vix bruta animalia ungeat”, define “indios utpote veros homines, fidei et evangeli capaces existere; esse veros rerum suarum domines, et nullatenus expoliandos, neo servitute delendos”.

En el otro breve dirigido al arzobispo de Sevilla como metropolitano entonces de las Indias para que hiciese cumplir el antecedente, fulmina excomunión reservada al sumo pontífice contra los impíos sectarios de las opiniones mencionadas.

Varios autores como Solórzano de Inte indiarun traen estos breves, y Remesal hasta traducidos al castellano.

¿Y qué documentos llevó a Roma el prior de Santo Domingo para tan importante decisión?

El más clásico y que fue admirado en Roma, fue una bella carta latina del primer obispo de Tlaxcala Garcés, de quien decía el Ministro Lebrija, según Herrera, que necesitaba estudiar mucho para saber más que aquel fraile.

Nos la conservó en latín y en castellano Dávila Padilla; la imprimió ubi supra Solórzano, y Lorenzana la reimprimió al frente de los concilios mexicanos.

Comienza en ella el obispo elogiando la habilidad de los indios y asegura que sus niños tienen tanto talento y más virtudes que los niños españoles.

Pide luego permiso para probar la capacidad de los indios en orden a la fe, con los milagros que ha obrado el cielo a su favor o con ellos, porque aunque ninguno hasta ahora ha sido, dice, autenticado en las Indias, no se debe negar el crédito sobre esto a varones religiosos y prudentes, siendo muy regular que Dios repitiese en la iglesia nueva lo que practicó en la antigua.

Se ve aquí desde luego que no había habido informaciones sobre la aparición de Guadalupe, como se informó a Benedicto XIV para la consecución del rezo, y éste refiere en el breve de concesión: extilisse consperlun est.

Porque ¿qué vale contra testimonio tan auténtico escrito cuatro o cinco años después de la aparición, el haber declarado Becerra en 1666 que oyó decir a un tal Muñoz que este había oído a otro que habiendo otro entrado a visitar al arzobispo Montúfar le oyó decir que estaba leyendo las informaciones de Nuestra Señora de Guadalupe? Sin embargo estos díceres después de 156 años son todo el fundamento de una aserción tan confiada.

Lo cierto es que el obispo de Tlaxcala, entonces único consagrado, como centro de las comunicaciones religiosas, e íntimo amigo de Zumárraga (como consta de su vida en Remesal) no podía ignorar un hecho tan público, tan reciente y tan vecino.

¿Cómo podía omitirlo contando otros semejantes, como haber aparecido Nuestra Señora del Rosario con dos santas a una india, y haberle puesto una corona de rosas?

Menos podía callarlo, si como dice el padre Florencia apareció la Virgen de propósito para confundir la herejía brutal de los conquistadores.

En efecto, no podía darse un argumento más ad honminem, como dicen en la escuela.

No creían a los indios capaces de la doctrina de Jesucristo; y su misma madre baja de los cielos a pedir templo donde mostrarles sus maternales entrañas.

Toma por embajador a un indio pobre, rudo y ordinario; y aunque su humildad resiste la comisión, le dice que conviene que él y no otro vaya.

Le acredita ante el obispo con las credenciales propias de un enviado del cielo; elige por altar su despreciable tilma, y toma en su imagen la actitud y figura de una cihualpitzin o indita cacique; y aunque el indio no podía pronunciar Guadalupe, porque su lengua no tiene las articulaciones correspondientes a G y D, y por decir Gertrudis dicen Tules, prefiere la Señora este nombre arábigo (que significa río de los lobos), por ser de su imagen más célebre en Extremadura, de donde era la mayor parte de los conquistadores, o los más principales, Cortés, Sandoval, y etcétera, como para mostrarles que en su afecto eran iguales con los indios.

¿Sería posible que un obispo venerable, escribiendo de propósito a la cabeza de la Iglesia para hacerle dar una decisión dogmática con que salvar la vida espiritual y temporal de sus ovejas, y de tantos otros millones de hombres en toda la América, frustrase la lógica perentoria de la misma madre de Dios?

¿Y Zumárraga podría dejar de haber hecho informaciones para confundir la herejía de los conquistadores, defender a sus ovejas, y defender su propia causa, que era la misma, ante la Audiencia de México y ante el rey en España; convertir a los indios casi todos entonces gentiles, pues hasta 1534 no comenzó la fuerza de pedir el bautismo según Torquemada confirmar en la fe a los neófitos, cubrir con este milagro el escándalo del mal ejemplo de los cristianos españoles, y suplir con él la lengua de los misioneros que apenas comenzaban a balbucir algunas palabras mexicanas? Bartolache dice que no se hicieron informaciones por que no pudieron hacerse, pues todo había pasado entre la Virgen y el indio solos, y este era indigno de crédito por rudo, neófito interesado.

Pero éste es un dislate.

Si la Virgen autorizó a su enviado a petición del obispo con las credenciales de un milagro, debía ser creído sobre su palabra como todo embajador legítimo.

A lo menos no tenía disculpa para dejar de hacerle el templo que pedía para ser desde él la madre y protectora de sus ovejas.

Esto es tan natural, que todos los autores guadalupanos y todos los testigos de las informaciones de 1666 aseguran que levantó luego en Tepeyacac, una ermita provisional de adobes adonde la trasladó a los quince días, yendo en la procesión; y añade Alba lxtlixochtl que descalzo y llorando.

Pero el muy reverendo arzobispo actual dice en su edicto que no se trasladó hasta el año de 33, y consta así de una inscripción mexicana muy antigua que se conserva en el santuario de Guadalupe y reprodujo Cabrera en su Escudo de armas de México.

De que se sigue que ni el obispo trasladó la imagen, ni asistió a la procesión, pues todo el año de 533 lo pasó en España, y no volvió hasta 34, como consta de Torquemada en su vida, tomo III de su monarquía, y también del mismo en el I, y consta de cédula real que alega Becerra Tanco en la advertencia al fin de su obra.

Tampoco hay otro documento para probar que el obispo edificó la ermita, sino el dicho de los autores guadalupanos y testigos del año de 666, a todos los cuales desmiente el arzobispo actual sobre el hecho del resto, fundado en la inscripción antigua del santuario.

Yo poseo un manuscrito precioso de don Carlos de Sigüenza sobre el hospital de Jesús que hizo o mandó hacer Cortés, escrito siendo aquel su administrador; y dice en él que poseía el libro manual de recibo y gasto de Zumárraga en que apuntaba hasta las cosas más menudas en que gastaba los diezmos etcétera, hasta que se fue a España unos seis meses después de la aparición.

Y aunque en él hay mandas para todas las iglesias, ninguna refiere tocante a Guadalupe ni a su fábrica, aunque consta había edificado el hospital de las bubas, llamado hoy del Amor de Dios, y su palacio de que le hizo donación yéndose a España que no admitió el rey.

No refiere que hiciese otra cosa tampoco a favor de la imagen que la madre de Dios había puesto a su cuidado como una prenda de protección para sus ovejas, aunque luego que volvió de España en 534 edificó a su costa el Colegio de San Buenaventura en el barrio de Santiago, como dice Torquemada, o como éste se debe explicar, mandó edificarlo, pues no constaba otra cosa (dice él) los edificios en aquel tiempo; los indios los hacían todos de balde, y ni entonces ni en muchos años después se les pagó nada; cuando más les daban de comer en los conventos a los que trabajaban en ellos.

Así reedificaron a México y otras muchas ciudades; y sólo porque les dieran frailes para sus pueblos, dice el mismo, venían por los modelos, y cuando estos llegaban, ya se hallaban con el convento hecho.

Casas fue el que en 1542 obtuvo las primeras Leyes de Indias en que se mandó pagar a los indios sus trabajos; y se leen en Solórzano (Política Indiana) cédulas en que su majestad se queja de que no sólo les hacían poner aquel sino los materiales; ¿sería dable, si fuese verdadera la aparición, que ni el obispo ni los indios se acordaron de la imagen para un mediano templo, haciendo tantos de balde, verdaderamente magníficos dentro y fuera de México? A fe que no sería falta de credulidad en Zumárraga, pues creía hasta en brujas, como a su tiempo diré, y había escrito la historia de la Virgen de Aranzazu, así como después de obispo escribió de procesiones.

En España se unió a él en favor de los indios, dice Remesal, su célebre protector Casas que corrió allá llevándolos siempre en sus entrañas.

¿Y este apóstol verdadero y abogado infatigable de los indios que había enviado el prior de Santo Domingo de México a Roma contra la herejía de los conquistadores, hubiera callado la prueba celestial de la aparición contra ellos?

¿La hubiera omitido en su Apología de los indios, en que como vuestra señoría dice, echó en su favor el resto de su saber, y nada omitió de cuanto pudiera exaltarlos, llenando un tomo in folio de cuatrocientos pliegos sin márgenes, que vuestra señoría posee original, y de que según Torquemada hizo guardar copia en la librería de Santo Domingo de México?

En 1542 comenzó su disputa con Sepúlveda, abogado de la guerra y de la esclavitud de los indios, escribió su Breve relación de la destrucción de las Indias, disputó ante el emperador desembarcado en Barcelona, obtuvo las primeras leyes de indias y sus ejecutores, fue de obispo a Chiapas en 1544, hizo su famoso catecismo, marchó al Concilio de México en 1545, aterró al virrey con su sermón, y consiguió que dejase tratar la causa de los esclavos en el concilio, donde cada sesión fue un día de juicio para los conquistadores, se reprobó el manifiesto real que se les daba, y todo se resolvió conforme a los principios de Casas en su libro de “Unico vocationis modo.”

Volvió a España a fines de 546, tuvo en 1550 la famosa disputa con Sepúlveda ante la junta gravísima reunida ante el emperador en Valladolid, donde se abolió el titulo de conquista, se declararon injustas y prohibieron las guerras contra los indios, a quienes por fin se dio la libertad.

¿Cabe en juicio humano que este santo obispo que durante su larga vida llenó el orbe de gritos, historias, tratados, escritos, memoriales y representaciones hasta morir en la demanda de proteger a sus indios, nunca hiciese valer en su favor un milagro tal como el de Guadalupe, si hubiese sido verdadero? Primero creyera yo que había faltado tinta y papel en el mundo.

Los conquistadores aunque malos lo eran principalmente por conciencia errónea, así por otra parte no dejaban de ser piadosos a su manera, y tan devotos de la Virgen pintada en banderas, que en el siglo XVI los pregones según Remesal se daban en los sábados, porque en honor de la Virgen se celebraban estos con mayor concurso y solemnidad que los domingos.

Especialmente de la imagen de Guadalupe en Extremadura lo eran tanto, que Cortés a pesar de los negocios urgentísimos que lo llevaron en 1530 a la Corte de España, se fue luego que desembarcó, a hacer primero novenas en aquel santuario, y refiere Remesal que tenían nombrados en cada ciudad de América comisionados para recoger los legados que dejaban para dicha imagen.

Ninguno dejaron para la de Guadalupe de México, ni hicieron memoria de su aparición en ninguna de tantas relaciones como escribieron.

Gómara fue capellán de Cortés en España, y el eco de los conquistadores, pues por sus informes escribió, llenándolo todo de milagros y apariciones de la Virgen en las batallas, y tanto que Bernal Díaz del Castillo que escribía por los años de 1560, monta en cólera porque parece que nada dejaba que hacer a la espada de los conquistadores; y nada dijo de Guadalupe.

El mismo Bernal Díaz que desmiente a Gómara, tampoco deja de contar apariciones de la Virgen, como en Nantla, porque las contaban aunque no las viese.

En fin, aprende hacer la apología de su conquista por los bienes que resultaron.

“Y vean, dice, las iglesias que hay, y los monasterios de dominicos y franciscanos... y vean los milagros que hace Nuestra Señora de Guadalupe en lo de Tepeaquilla, donde solía estar sentado el real de Gonzalo de Sandoval.”

Llamaban con diminutivo a Tepeyac en comparación a la ciudad de Tepeyac hoy Tepeaca, a cuyo mercado concurrían según Torquemada quinientas mil almas.

Pero nada dice Bernal Díaz de la aparición, que por el nombre que la Virgen quiso tomar, aprovechaba quizás a su propósito; pues en cuanto a lo demás, non sunt facienda mala unde veniant bona.

Los reyes también en aquel siglo querían saber cuánto pasaba en América, y hacían que se les informasen todos los pormenores con prolijidad y sin omitir circunstancia alguna.

Hasta los prelados de las órdenes mendicantes tenían que juntarse de tiempos en tiempos para informarles del cumplimiento de sus órdenes y de todas las novedades y ocurrencias, como consta de Torquemada.

Mandaron que en las religiones se nombrasen allá cronistas, y nombraron acá también cronistas de Indias.

Por su mandato escribió Herrera, y no omite milagros.

El ministro Gil González Dávila escribió también la historia eclesiástica de indias, y en ella la vida de Zumárraga.

No excusa ni las apariciones de los semis o Dioses de las Antillas, y amontona cuanto maravilloso llegó a su noticia, sin discernimiento ni crítica.

¿Cómo habría omitido lo de Guadalupe?

En América no sólo por las órdenes de los reyes, sino también por las de sus generales y capitules generales, que refieren Torquemada y Remesal, se nombraron cronistas en las religiones.

Tampoco era menester.

El siglo era sabio; la novedad de las cosas, el interés de la religión, la gloria de su ministerio y de su hábito, y la defensa que todos emprendieron de los indios, les ponía la pluma en la mano.

De sola mi provincia escribieron diez.

Uno de ellos fue Dávila Padilla, criollo mexicano, después cronista real y arzobispo de Santo Domingo, el cual también cuenta milagros, aunque dice que fueron pocos.

El exacto Remesal escribió más prolijamente que todos la vida de Casas, en ella nada omite favorable a los indios, ni deja de contar milagros; y ni uno ni otro cita para nada el milagro en cuestión.

Tampoco Acosta, a quien cito entre los dominicos, porque cuanto escribió del reino de México (por donde no hizo más que pasar, y cuya lengua ignoraba) lo copió a la letra, como lo echa en cara Torquemada, de la historia del dominicano fray Diego Durán, quien la vendió al padre Tovar, jesuita de la Profesa de México y este la dio al padre Acosta.

Véase la última hoja de la Historia de Santo Domingo por Dávila Padilla.

De los religiosos de San Francisco escribieron Olmos, Motolinía o Benavente, Mendieta y Sahagún.

Cuentan muchos milagros y entran en los más menudos detalles hasta del indio que comulgó primero, del que recibió la extremaunción, y de los indios que florecieron en virtudes, Sahagún que fue desde el año 1528, fue el más laborioso y el más instruido en las antigüedades y cosas del Anáhuac, pues hasta reunía en cada lugar los indios más sabios para informarse.

Lo escribió todo, primero un diccionario trilingüe, o latino, español y mexicano, que enviado a un cronista real por mano del virrey don Martín Enríquez se ha perdido.

Pero su “Historia universal de la Nueva España,” tres tomos folio, existen según Clavijero en la librería de San Francisco de Tolosa en Guipuzcoa.

No han visto la luz pública todos estos libros; pero hay copias, y Torquemada con algunos borradores de Sahagún tenía los manuscritos de los demás, y nada dice de Guadalupe.

No podían ignorarlo ni omitirlo, por la gloria de su orden pues no sólo era de ella Zumárraga que casi vivía con ellos, sino, que por su mano se trasladó y puso la imagen en Guadalupe, según la misma historia.

Juan Diego era su feligrés también, e iba a un convento de su orden cuando la Virgen se le apareció.

No faltaron escritores de otras ordenes, clérigos y seculares; y parece que en los diálogos latinos de Cervantes, donde calle por calle y casa por casa se va relacionando todo lo particular, naturalmente debía mencionarse en llegando al palacio arzobispal.

¿Y qué diremos del silencio de los indios, principales interesados en tamaño prodigio?

Luego que aprendieron nuestra manera de escritura en el mismo colegio a donde iba Juan Diego, de donde era feligrés, y donde los enseñaban los misioneros que trasladaron la imagen, y el mismo don Valeriano autor original de la historia de Guadalupe, escribieron historias y obras interesantes en su lengua y la nuestra.

Cítanlas los nuestros en las suyas y las prefieren a las de los mismos españoles, por más verídicas y exactas.

Eguiara en su biblioteca mexicana, Boturini y Clavijero etcétera, dan noticias de ellas, y por real orden expedida a petición de la Real Audiencia de la Historia, se enviaron al rey por duplicado, treinta tomos folio de las que nos restan, en tiempo del virrey conde de Revillagigedo, quedando copia de veinticuatro en la secretaría del virreinato.

En tantas historias no hicieron mención alguna de la historia Guadalupana.

Sólo se han podido alegar a su favor tres apuntitos mexicanos de época y autores inciertos.

Boturini exhibe uno en estos términos; “Sábado se apareció Nuestra Señora y se le avisó al amado sacerdote de Guadalupe.”

Boturini tradujo párroco de Guadalupe; pero no sabía mexicano, como testifica Veytia que vivió con él en Madrid.

Tcopixquin a la letra es ministro de Dios, y ciertamente la introducción de parroquias no sólo en Guadalupe sino en todo el reino fue muy posterior y apelar de los religiosos, según Torquemada.

Ya se ve que tampoco podía haber sacerdote en Tepeyac el año 1531, pues los doce franciscanos que vinieron en 1528, estaban repartidos a los principios en cuatro conventos, administrando cada uno, dice Torquemada, tanta tierra como España y Francia.

¿Cómo había de haber uno tan cerca de México, en un pueblo que aun antes del sitio de México en que los sitiadores arruinaron todos los contornos, siempre fue pequeño, y donde ciertamente nunca ha habido convento? La historia Guadalupana tampoco cuenta tal aviso; antes pondera el padre Florencia que habiendo azotado al indio en Santiago el día de la aparición porque ocupado en la embajada de la Virgen llegó tarde a la doctrina, no se disculpó, ni se descubrió el secreto divino; sobre lo que aplica el texto: sacramentum reg is abscondere bonum est.

Los otros dos apuntitos los produjo Bartolache, ambos escritos en Tlaxcala, y ambos no dicen sino que se apareció Nuestra Señora de Guadalupe.

Yo tengo motivo para creerlos del siglo XVII; pero aunque no fueren anónimos de autor y de tiempo, no probarían la aparición sino para los que los leen ya preocupados con ella.

Si yo dijera que la Virgen del Rosario o de Atocha se apareció a fulano, ninguno entendería por eso que las tales imágenes eran aparecidas, sino que la Virgen en figura de tal imagen se apareció a fulano; y el no decir más los indios en sus apuntes, sino que se apareció a Juan Diego la Virgen de Guadalupe, es prueba de que no habría más que el haber encontrado aquel indio que la Virgen se le apareció en la figura de aquella imagen.

El mismo verbo Nextia de que usan los tres apuntes en pretérito omenetilxino, ontenexiti, onimonexti, no significa rigorosa aparición, sino descubrimiento o manifestación.

Véase el diccionario de Molina.

Por eso el licenciado Lazo Capellán de la ermita de Guadalupe, queriendo en la relación que imprimió en 1849, expresar rigorosa aparición, añadió a la palabra omonexiti iuilihuicae “del cielo”, pues dice así: ueitlantahuitzolilca, con gran maravilla, omenexili, se manifestó, inilhuicac, del cielo, totluzonantzin, nuestra muy amada madre y Señora (Guadalupe), inican kiwi, aquí en esto lugar, allepanahue México, de la gran ciudad de México, itocayocan Tepeyacac, cuyo nombre es donde llaman Tepeyacac.

Los indios, como consta de Torquemada, contaban continuas apariciones de sus Dioses, y dice que de la Tonantzin, a la cual se substituyó la Guadalupana, referían que se aparecía muchas veces, especialmente antes de la conquista, en figura de jovencita, con su túnica blanca ceñida, aunque siempre a uno sólo, y le revelaba cosas secretas.

Y después de la conquista (dice Cabrera, Escudo de armas de México) contaban los indios que se le veía en figura de indita, vestida de azul, andar lamentando por el montecillo de Guadalupe la ruina de su templo hecha por los españoles cuando el cerco de México; lo que es verdad según Torquemada.

A esta manera contaban también apariciones de la Virgen y de nuestros Santos, como vimos referir al obispo Garcés, y Torquemada refiere algunas que los misioneros escribieron por llevar algún viso de verosimilitud, atendida la virtud de los indios que la referían.

Y él mismo cuenta una de Nuestra Señora a orillas de la laguna el año 1575 en figura de india vestida de azul, que le envió recados al guardián de Xochimilco (creo que era el padre Mendieta), y estoy en que estos fueron el tipo, como después diré, de los de la Virgen de Guadalupe a Zumárraga.

Por tanto de la aparición hecha a Juan Diego, como de tantas otras, no hicieron caso los misioneros, ni tampoco los indios sabios y juiciosos que escribieron en aquel tiempo; pero correría entre el vulgo credulísimo de los indios, y de ahí provinieron esos apuntitos y otras menciones semejantes.

Hemos concluido el siglo XVI sin hallar nada de provecho a favor de un hecho tan ruidoso como el de Guadalupe.

Al principio del siglo XVII luego se nos presenta el célebre padre Torquemada, que aunque acabó de escribir su Monarquía indiana el año 12 de este siglo, dice en su prólogo que ya trabajaba en ella más de 20 años antes.

Hace allí mismo juramento explícito de no haber dicho en ella sino la verdad pura, averiguada con toda la diligencia posible; y cierto, lo cumplió con un candor admirable.

Se crió desde niño en México, al cual dice por tanto que miraba como a su patria, y ya en aquellos principios la compara con las primeras ciudades del mundo.

Fue provincial y cura de indios, en cuya defensa dice, escribió su obra; y en efecto siempre la hace, castigando a los españoles.

Se pudiera añadir que también la escribió en favor de su orden, a quien siempre exalta, escribiendo con notable afecto las vidas de Zumárraga y primeros misioneros de su orden; donde venía de molde la narración de Guadalupe, que no podía ignorar, como tengo dicho, poseyendo los escritos de todos ellos.

Fue arquitecto de la calzada de Guadalupe, guardián de Santiago feligresía de Juan Diego.

Escribió allí parte de su Monarquía, como se ve por las citas, y vivió en el mismo colegio con don Valeriano, catedrático de él, autor de la historia de Guadalupe.

Nos da noticia de él, lo elogia, asistió a su muerte y entierro, y recibió en legado de su propia mano algunos manuscritos suyos.

Este autor, tan apto para informarnos plenamente de las antigüedades mexicanas, se propone dar razón del origen de los santuarios más célebres y sus fiestas que había en Nueva España, y es menester oírle por entero.

Dice que había en ella tres lugares célebres por la devoción y concurrencia de gentes desde muy lejanas tierras a adorar los ídolos que se veneraban en ellos.

Y que los religiosos de San Francisco que entraron los primeros a podar esta viña para el Señor, determinaron substituirles imágenes análogas a su nombre o historia, para que conviniesen mejor con las fiestas, aunque no en el abuso o intención idolátrica.

Y así en Tiangismanalco donde era adorado el Dios Telpúchtli que quiere decir mancebo, pusieron la imagen de San Juan Bautista; en Chautempan, cerca de Tlaxcala, donde estaba la Diosa Toci, o abuela, la imagen de Santa Ana; y en “Tonantzin junto a México” a la Virgen Santísima que es “Nuestra Señora y Madre.”

Eso significa Tonantzin.

“Y estas son las fiestas, dice, y esto es su origen aunque no todos lo saben.”

Dice igualmente que la mayor concurrencia había cesado en su tiempo, aunque menos en “Tiangismanalco”, o por haberse disminuido los indios, o por haber cerca de sus pueblos otras imágenes.

Desde luego aquellos primeros religiosos que apenas comenzaban a saber algo de mexicano, pues como dice Torquemada, no recibieron el don de lenguas, y apenas podían entender algo de mitología azteca, se engañaron en la analogía, porque Telpúchtli no era otro que Dios omnipotente, bajo el atributo de eterno; y por eso siempre joven.

Así figuraban al Dios supremo, puro espíritu.

La Tocintzin era la misma Tonantzin, no diosa sino madre de Dios, y por eso llamada a veces abuela, o era la madre de la tonantzin.

Pero esto nada quita a la verdad de la relación de Torquemada.

La autoridad de éste es un hueso que no pueden digerir los tradicionarios.

Algunos han querido eludirlo diciendo que el “tonantzin junto a México” no es Guadalupe, aunque no ha habido otra tonantzin sino un cerro a 9 leguas, a donde iban los indios por juncia en cierto tiempo del año, según el mismo Torquemada, y para contra distinguirlo creo que expresó “junto a México”.

El mismo excluyó toda duda pues repitiendo la relación algunas fojas después, especifica “dónde es ahora Nuestra Señora de Guadalupe”.

Así el padre Florencia confiesa que de ella habló este célebre historiador; pero que haber dicho que la pusieron allí los primeros religiosos de San Francisco, no se opone a que fuese aparecida.

¡Bah! si hay algún caso en que pueda valer que affirmatio unius est negatio allerius, es este en que un historiador se pone de propósito a cortar el origen de un santuario, imagen y fiesta; y afirma que es el que cuenta, aunque no todos lo saben, y que de la misma manera habla de esta imagen como de las otras dos, de quienes nadie soñó que fuesen aparecidas.

El motivo segundo que da de haber cesado la devoción y concurrencia en su tiempo, acaba de confirmar lo mismo, pues si hubiese habido en Guadalupe la razón de la aparición, no debía de caer la devoción aunque hubiese otras imágenes cercanas a los pueblos de los indios.

Vemos puntualmente que se sostenía en “Tiangismanalco”, donde no había aparición.

La misma fiesta del santuario de Guadalupe que todavía celebran hoy los indios en el día 8 de septiembre, prueba que no tuvo su origen en la aparición, así como el celebrarla los españoles el día 12 de diciembre prueba que ésta nació después que aquella se acreditó.

El doctor Bartolache se ha presentado últimamente en la arena para derribar a este Aquiles, como le llama, con más aparato que todos; y lo ha dejado más invulnerable que todos.

Su empeño consiste en desacreditar a Torquemada para que de aquí adelante nadie haga caso de lo que diga o deje decir este célebre escritor.

Cuac tanto digna feret hic promissur hiato.

Todo se reduce a acusar su credulidad o poca crítica sobre la aparición de un muerto, que le contaron, y a unas tres o cuatro contradicciones aparentes.

Pero el primer argumento es contraproducente, pues entonces mejor hubiera referido la aparición de Guadalupe.

Las contradicciones o son alegadas de mala fe, o manifiestas alucinaciones de un hombre que no había leído sino muy poco y a saltos el autor que pretendió impugnar.

Las he examinado muy de propósito, una por una, y responderé a todas al fin de esta carta.

También Bartolache da fin a su promesa diciendo que el padre Torquemada no podía ignorar la aparición, y la calló, quien sabe cómo ni porqué.

Esto es dejar el argumento sin solución, si no es que quiso insinuar la calló por ser gloriosa a la América, y haber tanta rivalidad entre americanos y europeos; pero esta no existía entonces, y menos en el pecho candoroso de Torquemada, no menos amante de la gloria de su orden, que de las de México.

Es una injuria atroz atribuir esa ruin pasión a los benditos religiosos del siglo XVI, que fueron los padres más tiernos y los más acérrimos defensores de los indios.

El mismo Torquemada dice en otra parte que todas las imágenes que se veneran en los retablos de Nueva España, fueron hechas en la escuela de pintura que puso para los indios a espaldas de San Francisco el leguito flamenco fray Pedro de Gante; aunque entre ellos, añade, hay pintores muy primos, y después que han visto nuestras imágenes de España e Italia, nada hay que no imiten con perfección.

Efectivamente la de Guadalupe es una copia idéntica en tamaño, color, adornos y nombre, a la imagen de Guadalupe puesta en el coro del santuario de Guadalupe en España, 32 años antes de la aparición, por orden dada en el capítulo, dice el padre Mendana historiador de aquel santuario, para que se colocase allí una imagen de la cual se pudiera decir que erat sicut mulier amicta sole, et luna sub pedibus ejus; palabras formales de la acta capitular.

No hay más diferencia que la del lienzo usado entre los indios para pinturas finas, la de su manera de pintar, la especie de sus colores, los defectos característicos de su pincel, y la mezcla de algunos rasgos mitológicos que acostumbraban introducir en nuestras imágenes y dieron lugar a un decreto del segundo Concilio Mexicano prohibiéndolas.

Añade Torquemada que los indios se dieron a pintar tantas, que cada día remanecían en las iglesias, a donde las traían y dejaban.

Estas son las apariciones de tantas imágenes como se cuentan en Nueva España de aquellos tiempos.

Por ejemplo, en la capilla del Noviciado de Santo Domingo de México hay un gran crucifijo, muy cubierto de cortinas, con su historia impresa, en que se dice que cinco indios lo trajeron a la portería, reciente la conquista, y como no volvieron por la paga, se cree que fueron ángeles.

Pero esa devota liberalidad era muy propia de los indios, que aun no han perdido, pues poco ha se puso en Santo Domingo de México frente al púlpito de la capilla del Rosario una bella estatua de Santiago, que regaló don Santiago Tecatzin gobernador de los indios de Santiago y escultor de la calle de los Medinas.

Los indios son tan amigos de imágenes, especialmente de talla, que la principal pieza de su casa es siempre el santocalli o casa de santos, de ridículas e imperfectas figuras; pieza que con el nombre de teo-cal-li tenían antes de ser cristianos, con Dioses también de tallas, y una parte de la exhortación que de oficio hacia la madre (Torquemada la trae) a la hija que se casaba, era que cada día sin falta ofreciese incienso a los Dioses domésticos o penates.

Volveré a tratar de todo esto más de propósito cuando trate de la pintura de la imagen de Guadalupe.

Sigo a buscar la tradición de Guadalupe en los autores por el orden de los tiempos; y al padre Torquemada debe seguirse el padre Betancourt; de su misma orden, no menos, caracterizado e instruido que él, y su contemporáneo, amantísimo de su país, como se ve en sus escritos.

Escribía en 1620 de la Virgen de los Remedios, habla de la de Guadalupe, y la compara con ella sin que se le escape jamás la palabra aparecida.

El año de 1629 fue la primera inundación que ha padecido México después de la conquista, tanto que hasta se llevó de París al ingeniero Boot para hallarle remedio; y no encontrándosele, hubo orden real para mudar la ciudad a las alturas de Santa Fe, la que no se efectuó, porque valía ya lo obrado en ella más de seiscientos millones de pesos, y porque a los cinco años se enzolvaron las aguas.

Fue para precaver semejante peligro, que se comenzó la portentosa obra del desagüe.

Desde el principio de dicha calamidad se imploró la protección de Nuestra Señora de Guadalupe, y se trajo a la catedral de México, donde estuvo cinco años.

¡Qué ocasión esta de la devoción exaltada con la adversidad para haber clamoreado en los púlpitos y por escrito la aparición de la imagen, si hubiese ya existido la tradición! Nadie la mencionó, y dice el padre Florencia que le costó trabajo averiguar por qué se atribula el fin de la inundación a Nuestra Señora de Guadalupe, cuando estuvo cinco años en la catedral sin que cesase; y al cabo hubo un terremoto, y se enzolvaron las aguas.

Y sale con que le contaron que la Virgen se había aparecido a una monja de Jesús María, y le dijo que ella había salvado a México.

Pero se imprimió allí mismo en aquel siglo con documentos judiciales la historia del desagüe de Huehuetoca, y sólo se dice en ella que no llovió en los cinco años consecutivos al de la inundación, y secaron las aguas, sin ninguna mención de Guadalupe.

Yo pienso, sin embargo, que por ese tiempo fue cuando el indio don Fernando de Alba lxtlixochitl, notario que era en México del Juzgado Eclesiástico de los Indios, tradujo al castellano parafrásticamente la relación o comedia mexicana del indio don Antonio Valeriano, fuente de la tradición Guadalupana.

Esta traducción cayó en manos del clérigo Sánchez, y la dio en folio del año 1648, interrumpiéndola con una multitud de discursos gerundialmente predicables, para aplicar a la imagen el capítulo 12 del Apocalipsis.

Un jesuita la limpió después de esta paja, e imprimió la relación en pequeño.

Por ella he visto ser la impresa por Sánchez la traducción parafrástica de Alba, pues Becerra Tanco nos dio después una traducción literal del original mexicano, y difiere bastante.

Ya tenemos de molde la historia Guadalupana, y de aquí nació la tradición, como lo demuestra el silencio universal anterior, y yo lo probaré adelante con documentos positivos.

Pero aquí comienza una época nueva, y debe dejarse para otra carta.

No obstante, para que vuestra señoría se forme desde ahora alguna idea del juicio critico de nuestro primer historiador en prensa, quiero terminar esta carta dándole también una idea de la aparición de Nuestra Señora de los Remedios, que también le debemos, ya que el arzobispo de México me acriminó de haberla negado en mi sermón, aunque ciertamente no la menté.

Me acusó igualmente en su edicto de haber negado la aparición del Santo Cristo de Chalma y otras imágenes del reino, de las cuales por la conexión diré alguna palabra.

La historia de los Remedios es que en un lugarito al poniente de México, distante creo tres leguas, llamado antes Otancapulco, y hoy de los Remedios, un indio llamado don Juan de la Águila, o Cuantzin, solía divisar por la noche, reciente la conquista, algunas luces hacia aquel campo.

En pasando de día por él, veía también en un maguey (término haitiano, en mexicano metl, en botánica agave o alve) un niño y una niña.

Se conjetura que el niño sería San José que hacia compañía a su esposa; pero quizá por la inclinación que nos lleva a favor del bello sexo, se determinó a coger la niña, la llevó a su casa, y creyéndola una españolita, le daba su atol-li (poleadas de maíz) y tortillas de lo mismo.

¿Es creíble que un indio noble y de razón, acostumbrado a ver sus imágenes de talla y las nuestras, creyese que era niña española una imagencita como una muñeca, de media vara, que no tiene ni figura humana sino hasta la cintura? Estos son cuentos para arrullar niños.

La niña se les escapaba e iba al maguey; el indio la volvía a traer, y aun la encerró a su pesar en una caja; de suerte que en la porfía perdió las narices, que en vano se ha tentado reponerle.

El indio en fin se cansó y la abandonó a su maguey.

Pero yendo al santuario de Guadalupe, ésta le reprochó que fuese a su casa habiéndola echado de la suya.

Entonces conoció que era la misma, agachó las orejas, y le hizo como pudo el templito que tiene.

La Virgen en recompensa le echó de lo alto un cinto de cuero, que se guarda como reliquia en el santuario.

¿Y de dónde vendría la imagen al campo de Otancapulco? Se cree que es la misma que traían los españoles consigo, y con licencia de Monteuhzoma pusieron entre los ídolos en el templo mayor de México y ante la cual orando Cortés con los españoles, obtuvo la lluvia que cuenta Herrera, habiéndosele quejado los indios de la seca que les destruía las mieses por haberse prohibido 103 sacrificios.

Y así se pinta en sus estampas un indio con una caña de maíz seca en la mano.

Pero Torquemada dice que la imagen que llevaban consigo los conquistadores, y llamaban la conquistadora, es Nuestra Señora de la Macana que se venera en San Francisco.

Y caso de ser la de los Remedios la que consigo llevaban, ¿cómo o cuándo se les escapó?

No; ellos con la prisa de la fuga en la noche triste en que huyeron de México hacia Otancapulco, la debieron de dejar tirada por aquellos campos.

¿Y de dónde vendría antes a manos de los españoles? Se dice que de España la trajo un soldado en la manga de su capote.

¿Y de dónde la cogería el soldado? Cabrera, Escudo de armas de México, se pone a probar que sería la misma que ahora once siglos llevaba don Pelayo en sus guerras contra los Moros.

¿Hay paciencia para escuchar tanto desatino como el arzobispo de México pretende que creamos?

Acosta y Torquemada dicen que la noche triste de la fuga, los españoles derrotados en la calzada de Tacuba se refugiaron en un templo de la Diosa de las Aguas, que había en Otancapulco; y atribuyéndolo después a favor de María Santísima, reedificaron el templo de la Diosa de las Aguas que habían destruido cuando el cerco de México, como todos los templos de los alrededores; y pusieron en él una imagen de Nuestra Señora, que al principio llamaron de las Victorias, según Torquemada, del Socorro, según Acosta, hasta que se fijaron en el título de los Remedios; otro santuario célebre de Extremadura, de que eran tan devotos, que a su primer establecimiento, acercándose al Anáhuac, en Cozumel, llamaron Nuestra Señora de los Remedios, y con ese título fue su obispo Garcés el primer obispo consagrado de Nueva España, que fue trasladado a Tlaxcala.

Al mismo tiempo que el cabildo de los conquistadores de México hizo el templo de los Remedios, Cermeño hizo otro, titulado de los Mártires, en el lugar donde se ahogaron los españoles que no habían querido aligerarse del oro robado a Moteuhzoma.

Como el nombre de mártires, dice Torquemada, no correspondía a aquellos ladrones, no duró el templo; pero sí el de la Virgen, que cuidaban los padres franciscanos.

Puesta allí la imagen, los indios siguieron con su antigua devoción, pidiéndole agua, como a la que le había precedido, porque, como los romanos, no son exclusivos en su culto.

Lo único que han solido hacer es asociar sus ídolos a objetos del culto cristiano para que participen de sus obsequios.

Así dice Dávila Padilla que enterraban algunos idolillos al pié de las cruces, y pocos años ha se hallaron otros colgados tras del retablo mayor de la iglesia de Xochimilco.

Por los años de 1560 hubo gran devoción en la imagen de Guadalupe, y se le comenzó a hacer una iglesia.

Se acaloró entonces la devoción con la de los Remedios.

El Ayuntamiento de México reclamó el templo, puso pleito a los padres de San Francisco, según el padre Florencia, y habiéndoselo ganado, estableció un capellán, que es el de la ciudad; y conforme a la devoción de los indios se miró a la imagen por patrona de las aguas.

Por esto siempre que faltan en México, se le trae a la catedral con tanta o más pompa que el día de Corpus al Santísimo Sacramento, y se alternan durante la novena las comunidades religiosas a ir a cantarle salves y letanías.

Como los primeros misioneros procuraban la analogía de las imágenes que ponían, con la de los ídolos a que las sustituían, los indios no sólo les atribuían las mismas virtudes, y celebraban las fiestas relativas, como hasta hoy los labradores hacen fiesta a Nuestra Señora de Guadalupe como antes se hacía a la tonantzin diosa de las mieses; sino que escribieron también relaciones, en que les acomodaban las antiguas historias mitológicas.

Estas han caído en manos de los criollos ignorantes de aquellas antiguallas, y las han creído y publicado como de las nuevas imágenes.

Y no me canso de admirar el contraste de opinión entre el primer obispo de México y el último.

El primero hizo quemar como idolátricos, mágicos, o impíos todos los manuscritos históricos de los indios; y el último quiere que los creamos religiosamente, como pertenecientes al depósito de la fe.

Todas las diosas de las aguas y las mieses, que estaban en los montes o lugares altos, y pertenecían a la clase de los dioses Tlaloques o del paraíso, creyeron al principio los misioneros, dice Torquemada, que eran diferentes; pero luego se conoció que eran una sola en imágenes de diferentes advocaciones.

Y eso quiso probar el indio autor de la historia de los Remedios, haciendo decir a la de Guadalupe que don Juan Cuautzin la había echado de su casa.

Cuenta que se apareció en un maguey, porque la de Guadalupe está pintada dentro de una penca u hoja de aquella planta, como se ve en la orla que rodea a la imagen.

Y llama al indio Cuantzin, como el autor de la historia de Guadalupe llama a Juan Diego Cuautlatoatzin, no porque fuese aquel don Juan de la Águila, sino porque Juan a mi juicio en mexicano es Cuantzin.

Los indios para escribir un nombre a su manera, ponen su significado; y cuando no es figurable, como el de Juan o gracia, se valen de un correlativo, sinónimo, abusivo, o término asonante.

Así no pudiendo figurar Tomás o mellizo, pusieron una culebra, que es su sinónimo, porque la culebra pare siempre mellizos, y Tomás en rigoroso mexicano es Cohuatl.

Para escribir el nombre Cortés, tomaron el asonante Cohuatli, y lo figuraban con una j icarita de palo, que es coacti, y unos pececillos dentro que llamaban ahuatli.

Ahora, como a San Juan se le pinta a los pies o lado una águila, y se le llama el águila de los evangelistas, ellos le llamaron cuautli, que es águila; y por respeto a su virtud en los dos indios del caso, añadieron el reverencial tzin.

A Juan Diego, que fue embajador, se le llama cuatlatoatzin, o Juan que habla; y al Juan de los Remedios, que no habla, simplemente cuautzin.

Se cree que éste fue cacique, por el reverencial tzin, propio de señores; pero también se le pone a Juan Diego que era macehual, y esto sólo prueba que ambos son inventados, como las historias a que se aplican.

En orden al origen de ambas imágenes, creo que salieron, conforme a la aserción de Torquemada, del taller de fray Pedro de Gante a espaldas de San Francisco, pues así como la de Guadalupe tiene los defectos anexos al pincel de los indios, la de los Remedios es tan parecida a las de mala talla que ellos tienen en sus santo-callis, que se conoce ser del mismo cincel.

Del Santo Cristo de Chalma, Santuario donde los agustinos tienen su noviciado, que casi sólo es célebre para los indios, y está lejos de México, no ha llegado ninguna historia a mis manos.

Pero no la necesito; ya se supone que se apareció a un indio, reciente la conquista, en una cueva que hay en Chalma.

Para averiguar su verdadero origen e historia, bástame saber lo que practican hoy todavía los indios cuando hacen esta romería.

El licenciado Borunda muy práctico con indios los ha observado.

Antes de llegar reúnen una porción de basura, en mexicano tlalsol-li, se revuelcan en ella, y la queman luego, creyendo quedan así destruidos sus pecados, con esto ya yo sé que el ídolo que adoraban allí antes de la conquista, era el Dios tlasoteotl, o Dios de la basura, de quien Torquemada, llamándole equivocadamente Diosa, dice que eran muy devotos para que les perdonase los pecados de impureza.

Los religiosos buscando según su costumbre imagen análoga que substituirle en la cueva, vieron que a un Dios que perdonaba los pecados, correspondía la imagen de Jesucristo crucificado, y la pusieron.

Que me corten las orejas si no es éste el verdadero origen o historia del Santo Cristo de Chalma.

Si prosiguiera a examinar las demás imágenes aparecidas del reino, quizá tendría desenvuelta toda la mitología azteca.

¡Qué asunto tan digno de canonizar en un edicto episcopal!

El jesuita Oviedo recogiólos en un librete en cuarto, e imprimió toda esta hojarasca tan verdadera como la “Leyenda aurea” del otro arzobispo fray Jacobo de Vorágine, de lo cual podría sin trabajo dar ejemplos tronantes sin alejarme de México.

A sus extramuros hacia el sur está el santuario de Nuestra Señora de la Piedad, uno de los cuatro célebres conventos de dominicos de nombre “striatioris observantiae.”

Escribe Oviedo que un procurador dominico habiéndola mandado pintar en Roma, le fue preciso volverse cuando aún estaba en dibujo, y así la tomó.

Medio desenrollado el lienzo apaciguó una tempestad en la mar; y al desenvolverlo en México se halló la imagen completamente pintada.

¿De dónde tomaría el Jesuita este cuento? El padre lector de teología Barcarcel que era muy devoto de la imagen, hizo la mayor diligencia en los papeles de aquel convento para hallarle apoyo, pero inútilmente, como me dijo muchas veces.

Con todo, siendo allí prior por los años de 1788 el padre fray Francisco Iturriaga, que estaba empeñado en hermosear la iglesia y el convento, para atraer gentes y limosnas, hizo pintar sin más ni más toda la historieta al lado de la tribuna que cae sobre la puerta que entra a la sacristía, y yo que era allí lector de teología moral, tuve orden de explicar la pintura en verso, como lo ejecuté en dos octavas que vinieron a quedar escritas al lado del púlpito.

Así se van acreditando las fábulas.

Pero los primeros misioneros tienen la culpa de casi todas las que hay acreditadas de imágenes aparecidas en Nueva España, por la sustitución de imágenes análogas a los ídolos; ¿Cómo no veían estos hombres que su practica era enteramente contraria a la de la Iglesia primitiva, y que para evitar el peligro de idolatría en gente tan dada a ella, estaban en el caso de guardar como suena el primer mandamiento del decálogo? Tan no se permitieron al principio de la Iglesia imágenes, que cuando a principios del tercer siglo se comenzó a grabar en el cáliz la imagen simbólica del buen pastor, Tertulianos se la echó en cara a los católicos como una prueba de su idolatría.

Aun en el siglo cuarto las prohibió nuestro Concilio Iberitano, aunque ya por haber caído baste la memoria de los ídolos, se habían introducido muchas, que sin embargo, sufrieron rudos ataques de conciliábulos numerosos de obispos en el Oriente.

Es verdad que el concilio 2° o 7° general aprobó su veneración; aunque por quererla hacer más antigua de lo que era, se apoyó en algunos monumentos que hoy convienen los sabios en reconocer apócrifos, produjo otros legítimos con que estableció muy bien el dogma.

No obstante, casi todos los obispos de Europa en número de unos cuatrocientos, reunidos bajo Carlo Magno en el Concilio de Francfort no sólo rehusaron aprobar el Séptimo Concilio General, a pesar de las instancias del papa; si no que lo impugnaron con los cuatro libros llamados carolinos, y mantuvieron más de un siglo su resistencia.

Y aun no se trataba ni trató el Concilio 7° de imágenes de talla, que aun hoy no admite la Iglesia griega, ni se introdujeron en la latina hasta el siglo de ignorancia décimo, ya por haber sido de talla la mayor parte de los ídolos, ya por la expresión del de cálogo non facies sculptile, ya porque no son tan propias para servir de libro a los rudos, razón positiva porque se introdujeron y aprobaron.

Tanta ha sido la precaución con que la Iglesia ha procedido, por temor de que la devoción con ellas degenerase en idolatría.

En América por el contrario no sólo se sustituían imágenes del pincel y talla a los indios en medio de la masa grosera y multiplicada idolatría, humeando todavía la sangre de las víctimas humanas, y los incensarios de los demonios; sino que se buscaba hasta la analogía en el nombre, la figura y la historia.

Así resultó también lo contrario que en el antiguo mundo.

Los antiguos gentiles llamaban ateístas a los primitivos cristianos, porque no tenían imágenes, y acá cuando se les reprochaba su resistencia a deshacerse de sus ídolos respondían, según Torquemada, ídolos por ídolos, los cristianos también tienen los suyos, y nosotros tenemos experimentado que los nuestros son buenos.

Tenían razón, porque no se les mudaba sino el objeto de la idolatría.

No consiste ésta precisamente en él, sino en la intención y manera del culto; y ni los conquistadores, ni los misioneros sabían entonces bastante la lengua para explicarles la diferencia; ni ellos estaban en estado de comprenderla bien; ni la prudencia dictaba arrojarse en tamaño peligro de abuso, en una materia tan adiáfora o indiferente, como son las imágenes para la religión.

Sólo en una cosa en que los apóstoles no hicieron escrúpulo, formaron uno grande nuestros misioneros, y fue el nombre de Dios, en mexicano teotl (que sin duda viene del griego, como teocalli, templo, palabra enteramente griega); y se obstinaron en substituirle la palabra Dios, para que, decían, los indios no formasen del verdadero Dios la idea errónea que tenían del suyo.

Se engañaban en todo.

Los mexicanos la tenían muy exacta del verdadero Dios, que eso quiere decir el nombre que le daban de Tzenteotl, y enseñaban que era puro espíritu, omnipotente, omniscio, providente, eterno y remunerador.

Sólo delante de su imagen se arrodillaban, dice Torquemada, y a él sólo dirigían esta oración:

“Señor Dios omnipotente que te llamas Titlacáhua, cuyos esclavos somos, abrid las manos de vuestra bondad y habed misericordia de nosotros.”

He aquí el supremo dominio reconocido, y a sólo Dios omnipotente la adoración de latría.

Para no confundirlo con otro Señor, que sólo literalmente significa teotl, añadían, aun hablando comúnmente, al teotl ipalnmenohuani, es decir, el Señor por quien vivimos.

Aun supuesta la idea errónea de Dios, replicaban los dominicos a los franciscanos que no la tenían mejor los antiguos gentiles, griegos, latinos, y etcétera, y etcétera, y los apóstoles no le mudaron por eso el nombre en cada lengua; y que los indios se desesperaban no pudiendo formar idea alguna con la palabra desconocida Dios.

Con todo, habiéndose unido en la disputa, dice Remesal, algunos dominicos a la multitud franciscana, prevaleció su opinión, y quedó suprimido el teotl; lo que dio lugar al tropezón de Acosta, que oyendo a los mexicanos usar siempre la palabra Dios, pondera en su historia haber tenido tan poca idea de la divinidad, que ni términos tenían para expresarla.

Disparatón enorme para quien tenga la más leve tintura de su lengua.

Esto confirma lo que antes dije, que no lo sabía, ni hizo sobre México sino copiar la historia de fray Diego Durán, callando ingratamente su autor.

Ni fue esta sola su infidelidad, sino que todas las antiguallas que Durán produjo para probar con ellas la antigua predicación del evangelio en América (como se deduce de Maluenda de Anti-chiristo y de fray Gregorio García en su predicación en el nuevo mundo viviendo los apóstoles), Acosta las atribuyó al diablo, que desde que dejó de ser ángel tiene una vehemente inclinación a ser mono; la cual, dice, desplegó en México con una energía inaudita.

No parece sino que mi pobre patria esta destinada a ser el disparador de los españoles más hábiles.

Dios nos de paciencia, y especialmente a vuestra señoría para leer cartas tan largas.

No es posible sean tan cortas, siendo casi de primera mano.

Quizá se compensara la prolijidad con la abundancia de noticias a que suele dar lugar.

Adiós, señor, hasta el correo siguiente.

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html

Nota de J. E. Hernández y Dávalos:

Como en el discurso de estas cartas deben ocurrir muchos términos mexicanos, me parece conveniente poner aquí una nota sobre el modo de leerlos.

La lengua que nosotros llamamos mexicana, y los indios aztecas náhuatl o sonora, por lo cual ellos también se llaman nahuatlacas o que hablan sonoro, compone como la griega un término de muchos, mediante la elisión, y encierra en los nombres definiciones de las cosas, que le dan una grande propiedad y energía; así como la variedad de sus inflexiones y terminaciones la armonía que le da nombre.

Como la lengua latina, nunca carga la pronunciación sobre la final, ni los términos que tienen muchas sílabas se pronuncian bajo un acento, sino descansando en cada dos o tres sílabas con leves pausas entre las partes componentes.

Ejemplo: Reina es tlatocozihuapille, que por sus partes componentes se traduce ciuhatl mujer, pille del principal, toca que da nombre, toalli a la tierra.

Se pronuncia tlatoca-zihua- pille.

Carece de relativos y del verbo sustantivo, y embebe las partículas, como en Coatepec, Sultepeo, Tepeac, que los nuestros pronuncian Coatepeque, Sultepeque, Tepeaca, en lugar de suprimir la e que es la partícula en embebida.

Sus vocales son las mismas nuestras, sino que la o y la u son indiferentes, y así se escribe Tezcuco o Tezcoco, o más bien es una especie de medio entre ellas, que en la Corte de México parecía o y en las provincias por donde entraron los españoles como en Tlaxcala parecía más bien ú, por lo cual se adoptó con más frecuencia entre los criollos.

Esta u suele ser de saltillo así la llaman nuestros filósofos porque suena como en, y a veces Torquemada escribe Motecuzuma; hoy le posponen una h para levantar la u, Moteuhtzoma.

También tiene una e muda como los franceses, que los nuestros suprimieron en la escritura escribiendo tómatl, petatl, xocolatl, y el vulgo criollo quitó la l y convirtió la e muda en aguda, petate, tomate, chocolate, etcétera.

La muda se entiende en toda terminación de las consonantes tl, th, y también en medio de dicción habiendo tres o cuatro consonantes, como en Tenochtitlan, Huitzilopochtli; pero no es la ch española o italiana, sino francesa o portuguesa.

En cuanto las consonantes tienen dos letras hebreas sade y scin.

En lugar de la última los nuestros escribieron x por ser la más aproximante, siendo suave; pero como aún no estaba señalado el acento circunflejo para señalarla suave, y los conquistadores eran andaluces y extremeños, todo lo llenaron de jotas, aunque no tiene la lengua ni esta ni g ni x fuerte, así dijeron “México” en lugar de “Mexíco.”

Por la sade escribieron los nuestros tz y aun excluyeron la s sin razón a mi ver, porque no es la z española que substituyeron la que pronuncian los indios, sino la s con un silbidillo que heredamos los criollos de nuestras madres o nodrizas, y que nos hace pasar en Castilla por andaluces, y en Andalucía por portugueses o castellanos.

No hay tampoco ll española sino una doble l con una ligera suspensión en medio como pronuncian los italianos las letras dobles.

Tampoco tienen r ni d, y a ésta le substituyen los indios en nuestros términos t o l; así por Gertrudes dicen tules, a don Martín Enríquez le llamaban Tomatiliquez.

La v consonante sólo la usan las mujeres.

También sincopan los indios algunos términos, como Tepeyac o Tepeac en vez de Tepeyacae, en la nariz aguda del cerro; coatl en vez de cohuatl, mellizo o culebra.

Los criollos usamos en la conversación muchos términos mexicanos; pero todos estropeados para acomodarlos al genio de la lengua española.

Así decimos cachopines o más comúnmente gachupines a los españoles, que los indios por verlos siempre con acicates llamaron catzopini, esto es, “hombres con espuelas” o a la letra: “que punzan con el calzado”, porque cachtl es calzado, y tzopini cosa que punza.

Los conquistadores nos trajeron por su parte la palabra criollos que los negros daban a sus hijos nacidos en América, y todas aquellas palabras que aprendieron en Haití de cosas que no había en España, como uracan, tuna en mexicano nochtl, tabaco aca picietl, maíz aca tlaolli, y cacique acá tlatoani, llevando a otras partes de aquí los términos de gachupín, cacao, chocolate, petate, tomate, chirimoya, tocayo, etcétera.

Pero no recibimos los términos de yuca y casave, porque este pan no se conocía ni se conoce acá; y cuando vuestra señoría dice en su historia que era el más usado en el continente, quiso decir de la tierra firme; en el Anáhuac sólo era el de maíz.