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1797
TOMO III CARTA I Muy señor mío: Recibí la muy apreciable de vuestra señoría, en la cual me dice que efectivamente escribió una disertación contra la tradición de Guadalupe de México en septiembre de 94, que después de un maduro examen aprobó la Real Academia Matritense de la Historia, decretó la impresión entre sus actas, y en su consecuencia dirigió a vuestra señoría la patente de su académico de número. No dudo que sea digna de su notorio talento, y desde luego si no hubiese otro inconveniente que el del porte del correo, le suplicaría me hiciese el honor de que la viese. Añade vuestra señoría que no se hubiera atrevido a propalarla en México; y si yo hubiese predicado contra la tradición, como se me ha acusado, le responderla con las palabras de San Gregorio magno sobre el 9° de Ezequiel: Cuando de veritate nascitur scandalum, utilius permittitur nasci scandalum, cuam ut veritas relinquatur. Pero fue todo lo contrario, señor. Intenté defenderla en mi sermón de 12 de diciembre de 1794, a estilo de los sermones de Guadalupe en México que se han convertido en disertaciones apologéticas contra los españoles indianos, que como no nacieron en esa creencia, y tienen mucho de rivalidad nacional, no cesan de objetarnos las muchas dificultades que están saltando a la vista. Para evadirlas, tomé un nuevo rumbo en que sacrifiqué alguna circunstancia, no admitida tampoco por la congregación de ritos; y lo más que de aquí podía deducirse en último resultado, es que yo no creía la tradición artículo de fe, a la cual no puede añadirse ni quitarse; ni menos creía tales cada uno de sus episodios. Pero de eso tomó pretexto el arzobispo Haro para perseguirme hasta perderme, como a otros muchos americanos sobresalientes, porque tiene la misma tema contra nosotros, que su paisano don Quijote de la Mancha contra los encantadores follonos y malandrines. Mi sermón se reduce a decir que la imagen de Guadalupe había tenido culto en el cerrillo de Tepeyacac, llamado por eso tonantzin, o de Nuestra Madre y Señora, desde que Quetzalcohuatl (que quiere decir Santo Tomás, y los indios le llaman también Santo Tomé, como los del oriente) les había anunciado el evangelio. Quizá los cristianos la escondieron del furor de los apostatas, cuando la persiguió cruelmente Huemac rey de Tula, y la Virgen apareciendo a Juan Diego en 1531, envió su antigua imagen al obispo, mandando reedificarle su templo etcétera conforme a la tradición. Esto era, me parece, añadir a ella, pero no negarla, pues dice Becerra Tanco el más clásico de los autores guadalupanos y cuya relación por tanto se insertó en las informaciones enviadas a Roma, que según el manuscrito mexicano fuente de la historia guadalupana ya estaba la imagen pintada cuando la Virgen la mandó al obispo; y añade que decir que ante él se pintó con flores, es añadidura posterior con que algunos han querido hacer el milagro, Es verdad que retrazando la época de la pintura hasta los tiempos del célebre Quetzalcohuatl, no puede estar pintada en la capa ó tilmatli de Juan Diego; pero sin negar que la llevó al obispo colgada al cuello, como los indios acostumbran llevar su capa, que es lo único que podía constar, sufre lo demás grandes objeciones, pues el lienzo de la imagen no es capa de indio mexicano y mucho menos de macehual u ordinario como Juan Diego, y esta bruñido por el haz, que es la preparación que ellos daban al lienzo de la palma de iczotl para pintar en él pinturas finas a que lo destinaban, según Boturini, última hoja de su obra. Así tampoco admitió ni por alusión esta circunstancia la congregación de ritos, aunque en ella se le hacia consistir principalmente el milagro de la pintura en la relación latina que se le envió de México con las actas, y que habiendo sido entonces traducida por Nicoselli al italiano, suplió por ellas después, porque se habían perdido para la consecución del rezo. Tuvo en esto la congregación mucha razón, porque certifica Bartolache que no hay media palabra de verdad en cuanto se le informó sobre el particular. Aunque tampoco admitió el milagro de la pintura, yo lo intenté probar no por las razones antiguas de la desproporción del lienzo y calidad de la pintura, pues éstas ya las había arruinado el doctor Bartolache con sus experimentos e inspecciones libres y repetidas de los pintores más hábiles de México; sino tomando también un nuevo rumbo. Decía que la imagen es un jeroglífico mexicano de los que llaman compuestos, y contiene el símbolo de la fe; pero unidos los jeroglíficos a los frasismos de el idioma con tanta sublimidad y delicadeza, que parece no cabía en la rudeza de los indios, neófitos en tiempo de Santo Tomé, como reciente la conquista, cifrar así los artículos de la fe. Todo lo dicho estaba desenvuelto en una obra del licenciado Borunda abogado y anticuario mexicano intitulada: Clave general de jeroglíficos americanos escrita con ocasión de tres monumentos excavados en la plaza mayor de México, y en obsequio a la invitación hecha a los americanos por reciente real orden expedida a instancia de la real Academia de la historia para escribir sobre sus antigüedades. Se deseaba tener medios para imprimirla, y para conseguirlos excitando la curiosidad pública, se solicitó predicase yo el antecedente análisis. No tuve tiempo de leer la obra de que sólo recibí algunos apuntes; pero se me aseguró tanto que las pruebas eran incontrastables, aunque para exhibir toda su fuerza se necesitaba toda la extensión de la obra, que fue sorprendida mi sencillez y buena fe. Huic uni forsitan potui succumbere culpac. No piense vuestra señoría que esto lo anuncié como cierto. A más de advertir que no negaba las apariciones de la Virgen, ni me oponía a la tradición primitiva y genuina, hice desde el principio esta protesta: “Sujeto mis proposiciones a la corrección de los sabios. A algunos parecerán extrañas; pero a mi me parecen probables, y a lo menos si me engaño, habré excitado la decidía de mis paisanos para que probándomelo, aclaren mejor la verdad de esta historia, que no cesan de criticar los desafectos, y entonces más gustoso yo veré destruidas todas mis pruebas, de que ahora sólo puedo exhibir algunas, consultando a la brevedad e inteligencia de la mayor parte del auditorio.” Tampoco partí tan de ligero que no consultase mi sermón antes de predicarlo con algunos doctores hábiles; pero tuve la desgracia de que me animasen prometiéndome sus plumas y aun sus bolsas para entrar en la lid a mi favor. Debo decir en disculpa nuestra, que creyendo la tradición como la creíamos, no podíamos menos de adoptar el sistema propuesto, pues a no ser verdadero, la tradición Guadalupana es evidentemente una fábula mitológica, porque es la misma historia de la antigua Tonantzin que los indios veneraban en Tepeyacac desde los tiempos de Quetzalcohuatl, como es fácil colegirlo reuniendo lo que cuentan de ella Torquemada y Becerra; Ni dudo que el indio don Antonio Valeriano inventor de la historia de Guadalupe se propuso por objeto persuadir que la imagen era la misma, como lo probaré adelante. Y prescindiendo hoy de la verdad de la tradición de Guadalupe, y de lo que prediqué, creo todavía que la madre del verdadero Dios en mexicano Tzenteotenantzin tuvo antiguamente culto en Tepeyacac en una imagen muy semejante a lo menos. Así lo han sentido autores mexicanos respetables, cuyos manuscritos se guardan y leen en México con aprecio. Exhibiré las razones a su tiempo. Por ahora ¿cree vuestra señoría que por tal sermón merecía yo perder enteramente honor, patria, bienes y libertad? Ah señor, una es la causa que suena, y otra la verdadera. Suena la negativa de la tradición, pero nada es más corriente en México que el que el arzobispo es uno de los incrédulos. La causa verdadera es que mi sermón supone necesariamente la predicación del evangelio antes de la conquista. Aunque apoyada en gravísimos documentos y sostenida por gravísimos autores aun arzobispos y obispos de América, siempre ha incomodado al común de los españoles, porque creen que perjudica a su gloria apostólica, y porque se han hecho del evangelio un titulo de dominio, contra la intención de su autor: gratis accepistis gratis date; ecce enim merces vestra multa est in coelo. Por tanto, pues, apenas me oyó el arzobispo aseverar una especie que allá sólo se permite a sombra de tejado, cuando juró mi pérdida con su acostumbrada caridad episcopal, sino que como guerrero ejercitado en perder americanos, lejos de manifestar un verdadero punto de ataque que hubiera hecho mi causa general, pues los americanos no dudamos de dicha predicación, para acometerme aislado sorprendió a mis paisanos por el flaco débil de su tradición favorita. Yo había predicado el viernes 12 de diciembre en el santuario, y en ese día por considerarse al pueblo en romería, muy raro es el sermón en México; pero el domingo infraoctavo son casi tantos como los púlpitos, y el arzobispo envió orden a las iglesias para que todos sus oradores predicasen contra mí por haber negado la tradición de Guadalupe Mil tamborileros de bonete y chirimiteros de capilla ejecutaron a un tiempo las órdenes de su tambor mayor, y resultó el tolle correspondiente. Gracias a la dulzura natural de aquel pueblo, a la estimación en que yo estaba, y a la reclusión voluntaria que guardé en mi convento, si todo paró en una inmensa habladuría. La medida para excitarla y motivar un proceso, era tan infalible, que a las ocho y media de la mañana del mismo domingo, es decir, antes que resultase el escándalo, pues a esa hora aún no se había predicado ningún sermón, ya se me pidió el mío, y me intimó la suspensión de predicar, a tiempo que iba a hacerlo en la iglesia de las capuchinas. Después de este pregón temerario no debo vuestra señoría esperar ningún paso legal. Se comenzó por encerrarme, y aunque objetó luego los privilegios de la orden, mi provincial era un turris eburnea, bebedor, enemigo mío particular y general de los americanos, como el arzobispo, con quien estaba de acuerdo. Recurrí a éste pidiendo se me oyese, y la respuesta fue privarme de libros, tintero, papel y comunicación, conminándome con severo castigo si volvía a escribir más en mi defensa. Se saquearon todos los papeles de mi celda y hasta de mis escritorios para privarme de todos mis documentos y defensas; y a fuerza de violencias y de engaños, prometiéndome cortar el asunto si subscribía a una sumisión, firmé una en que mi provincial puso que había errado y pedía humildemente perdón; y aunque yo entendía esto de prudencia o de historia inconexa con el dogma, tuve la precaución de añadir que daba el paso por no poder sufrir más la prisión. Se me mandó firmar otra retractación para el cabildo de Guadalupe; pero al canónigo que vino a avisarme lo complacidos que quedaban (porque secretamente estaban a mi favor) advertí era sólo condicional caso de cumplírseme lo prometido. Todo era nulo en sí, pero no se buscaba sino un pretexto con que paliar ante el público la falta de audiencia. Cuando conocí la fraude, intenté interponer recurso de fuerza ante la Real Audiencia; pero no logré más que duplicar el rigor de mi prisión. En fin el arzobispo dispensó que se trabajase el domingo in pasione del año 1795 por el piadoso objeto de imprimir contra mi un libelo infamatorio con el nombre de edicto. Así llaman allá a las cartas pastorales, para que hasta los nombres sean usurpados; y el día de la Encarnación se publicó en todas las iglesias de México inter missarum solemnia. Le he de copiar a vuestra señoría algunos párrafos para que vea como desde Zumárraga, que quemó como figuras mágicas todas las bibliotecas antiguas del Anáhuac, los obispos de México están en posesión de rebuznar. Hace saber, dice, que el doctor fray Serrando Teresa de Mier de la provincia de dominicos de México negó en el día 12 de diciembre de 1794 la tradición de Guadalupe y las apariciones de Nuestra Señora de los Remedios, del Señor de Chalma y otras imágenes del reino, con otros errores (como si estos lo fuesen, teológicos, se supone); que la tradición de Guadalupe consta de informaciones hechas el año de 1666, en que declararon más de veinte testigos que trataron y conocieron a las personas que intervinieron en el milagro; y que por tanto la imagen es conocida y venerada en España, Italia, Francia, Holanda, Alemania, Austria, Baviera, Prusia Sajonia, etcétera; que habiendo mandado examinar el sermón por dos canónigos (de quienes exhibe los perifollos, como si siempre valiesen lo que significan), contenía según ellos errores, blasfemias, impiedades, delirios y fábulas sin sombra de verosimilitud alguna; esta descarga alude sin duda a la predicación del evangelio, que para los españoles es blasfemia e impiedad; pero lo más gracioso es que los dichos censores aunque hicieron algunas escaramuzas escolásticas con que contentar a su comitente, resumieron su dictamen afirmando que nada habría reprensible en el sermón, si no se hubiese negado en él la tradición de Guadalupe. A esta negativa, que se dispensaron de probar, porque la suponen clara, dijeron que se podía aplicar la censura que en una real orden publicada por el ministro Risco se había dado contra el célebre doctor Ferreras por haber negado la tradición del Pilar, pues sin duda ambas tradiciones sor iguales. Y sin más ni más el edicto desencaja toda la ensarta de desatinos que algún covachuelo ignorante vomitó contra aquel sabio historiador, diciendo que la negativa de Guadalupe era subversiva de la piedad, contraria a la devoción de toda la Europa (v. g. Constantinopla), injuriosa a la silla apostólica, a gravísimos autores españoles y extranjeros etcétera. Que se había sacado la historia de los papeles de un indio (grande autoridad); y que habiendo sido las actas examinadas dos veces (ni una tampoco) por la silla apostólica, resonó desde el alto solio del vaticano que non fecdt taliter omni nationi. Manda que no hablen de los principios de la Iglesia americana como el padre Mier y el licenciado Borunda (hos opus), y que todos crean y sostengan con todas sus fuerzas la tradición piadosa, etcétera. Ecce nunc adisti blasfemias. Este círculo de necedades supersticiosas se mandó publicar en todas las iglesias del arzobispado en un día festivo ínter misarum solemnia, se envió a los obispos sufraganeos para que así lo hiciesen publicar en su diócesis, como lo ejecutaron, excepto, el del Nuevo Reino de León mi patria, por ser allí mi familia la primera del reino, y estar enlazada con toda la nobleza. Se reimprimió aparte en cuadernos para venderlos, y al cabo se insertó en la gaceta. Se recurrió a la Universidad para que me borrase de la lista de sus doctores teólogos, lo que se negó a hacer hasta que le mostrase la herejía en que hubiese incurrido, Se pidió también a la Inquisición tomase conocimiento del asunto, lo que era regular hubiese admitido, porque ya en uno de aquellos panegíricos que leen desde el púlpito a los de la media naranja, se había acriminado a un pintor el haber dicho que la imagen está llena de defectos de pintura, como en efecto es verdad. Pero el inquisidor mayor era mi pariente, y suplió el parentesco sensuum defectui por responder que el asunto no pertenecía a la fe. Preguntará vuestra señoría ¿de donde provino tanto furor? De qué pasiones encontradas se hallaron en un mismo punto. Los criollos sabiendo que el arzobispo no se para en barras contra el americano, que coge entre manos hasta confundirlo con el polvo, se daban prisa a sacarlo todas las medidas de ruido y terror que podía dar de si su poder espiritual, para afianzar su tradición y cerrar la boca a los europeos; y estos sin creer aquella, gritaban más alto para que no se oyese la especie incómoda de la predicación del evangelio anterior a la conquista. Añadióse que yo sobresalía un poco dentro y fuera del claustro, especialmente en el púlpito, y acababa de predicar con sumo aplauso estampando en la gaceta la oración fúnebre de Hernán Cortés en la traslación de sus huesos de San Francisco a un mausoleo de mármol en su iglesia de Jesús, o por mejor decir, en su primer entierro. Con esto mezcló en la escena el monstruo de la envidia, y acabó de dar fuego a la mina, cuya explosión me ha arrojado hasta la Península. A otro día de la publicación del edicto, es decir, el día 27 de marzo, viernes de Dolores, después de las once, en que la Real Audiencia había entrado en vacaciones de Semana Santa, para tomarse tiempo de frustrar la apelación si la interponía, se me intimó la sentencia de diez años de destierro a España, reclusión todo ese tiempo en el convento de las Caldas, que está en un desierto cerca de Santander, y perpetua inhabilidad para toda enseñanza pública en cátedra, púlpito y confesionario. A tal huracán tal ruido. Desde luego vuestra señoría ve que no sólo es tan ilegal como injusta la sentencia, sino nula por contraria a los privilegios de regulares y a las Leyes de Indias, que mandan guardárselos conforme al Concilio de Trento. Este (Sess. 25 de Reformatione) sólo concede a los obispos proceder en derecho contra un predicador exento, caso de predicar herejías, y a mí ni en la censura, ni en el edicto, ni en el pedimento fiscal se me acusaba de ellas, ni era posible porque todo el sermón versaba sobre puntos de hecho inconexos con el dogma. La herejía estaría en la censura, porque conforme al axioma teológico de Ricardo de san Víctor, "Tan herejía es negar que es de fe lo que no lo es." La atrocidad de la sentencia resalta más cuando se considera que el arzobispo acababa de publicar en su edicto que yo me había retractado voluntariamente, pedido humildemente perdón, y ofrecido toda satisfacción, y aun la de escribir e imprimir a mi costa una obra contraria a mi sermón. Ex ore tuo te judico, server nequam. Si hice todo eso, que es más de lo que pudiera y debiera pedirse en un punto de hecho indiferente a la religión, ¿cómo me vienen aplicando una pena que apenas el tribunal exorbitante de la Inquisición aplicaría a un hereje convencido de tal? ¿Y esto después de haber arruinado mi honor nominativamente con un edicto tan escandaloso, o por mejor decir, con un libelo tan infamatorio? ¿Y todavía dice el fiscal que esto se hacía por piedad en atención a todo lo dicho y a tres meses de prisión? Con que yo lo que merecía era la horca, porque sólo eso faltaba. ¿No es este el odio y el fanatismo en delirio? Señor; la conquista de América no esta concluida todavía, y nuestros adelantados temporales y espirituales de gorro puntiagudo tienen en la boca este bello apotegma: “Dios esta muy alto, el rey en Madrid, y yo aquí, y palo que te crió.” Si contra este despotismo algún recurso llegare a España, informes reservados y oros son triunfos. Confiscada mi biblioteca, cuanto yo tenía, y hasta mis ínfulas doctorales, para costear mi deportación, el Domingo de Ramos 28 de marzo se me sacó con tropa a las tres y media de la mañana da mi convento para Veracruz, y aunque llegamos de noche y sonaba un norte terrible, allá peligrosísimo, se me embarcó para el Castillo de San Juan de Ulúa, donde se me depositó en un calabozo, con las mismas prohibiciones de tintero, papel y comunicación. Allí estuve muy enfermo dos meses, mientras que se armaba la maroma en España, a donde llegué en 28 de julio bajo partida de registro, seco, enjuto y bien acondicionado, aunque se me había embarcado convaleciente de fiebre. El prior de Santo Domingo a donde se me llevó, tuvo la caridad de responder que no podía hacerse cargo de mí, si no se le daba orden de tenerme preso; esto era pedirla; vino al mes y se cumplió. Yo había tenido la benditez de creer que bastaba representar por la vía reservada la ilegalidad, injusticia y nulidad visible de la sentencia, para que se me mandase ir ante el Consejo de Indias, como pedía, y quedó muy sorprendido cuando se me respondió que obedeciese al arzobispo en ir a las Caldas, y a los dos años recordase mi pretensión por mano del prelado local. Esto no era más que guarda tiempo a estilo de corte, como lo he visto después, porque los agentes del arzobispo habían maniobrado con el oficial del negociado de México. El arzobispo había enviado informes reservados al rey, al general de mi orden y al prior de las Caldas (que por ficción de derecho es el provincial de los dominicos de Castilla), como practican los poderosos siempre que han cometido una injusticia chocante. Pero por si no estaba bien recomendado, el covachuelo de mi asunto desprendió de los autos el famoso edicto, y lo envió al prior de las Caldas, para que aquellos frailes mentecatos me tuviesen por un monstruo, especialmente no habiendo estado en América para convencer hasta donde suele llegar el despotismo y ferocidad de sus mitrados. Así fue que habiendo llegado a las Caldas en 25 de diciembre del mismo año (preso siempre y con orden de no tocar en Madrid) aunque la sentencia no era más que de reclusión en el convento, y odiosa sin restringenda yo fui el restringido y archivado en un depósito de ratas que me comieron el sombrero, y yo les escapé a fuer de, un palo con que estaba armado día y noche. Mi causa es tan disparatada que yo esperaba salir presto, por medio de mis cartas a Madrid, de Ur Caldeorun, donde todo se reducía a cuatro o cinco frailes simples solicitantes, tres pájaros dignos de jaulas, y otra familia semejante en castigo. Pero advirtiendo que andaban entre ellos las especies de mis cartas, averigüé que abrían, leían y enviaban a su provincial, segundo tomo del de México. Entonces vi que no había otro consejo a tomar que el del evangelio: cum persecuti fuerint vos etcétera, dejando una carta en verso ad fratres in eremo me di a la estampa. Pero a pocos pasos, como los daba apostólicamente incertus quo fata ferent, sin viático, y bajo una cubierta conocida el códice extraviado fue restituido al archivo. No obstante, había escrito ya a un agente de Madrid, y representando igualmente el provincial al rey que no había en aquella casa recado suficiente contra un criminal tan tremendo se me trasportó a san Pablo de Burgos. Aquí hallé un prior racional; cuanto puede serlo un dominico de Castilla, según les he tentado la ropa; el cual no sólo conoció el exceso de los caldeos, y me dejó libre en el convento, sino que viéndome siempre enfermo por el rigor del invierno, empeñó a la hermana del ministro Llaguno su penitente, para que se me trasladase a clima más análogo, acompañando yo al empeño una representación. Obligado mi amigo el covachuelo a dar cuenta, respondió que yo comía demasiado pimienta; como si hallarse sin honor, sin patria, sin bienes, sin libertad y sin salud, fuese algún sorbete refrigerante. Fue necesario aguardar que se cumpliesen los dos años de la Orden Real, y recordé mi pretensión por mano del prelado local. Se contestó pidiéndole un informe reservado. Este caballero oficial no calcula mal. Un animalito de las Indias vestido de fino entre borregos; con algunas ideas liberales entre vivientes del siglo XIV, que se desgañitan ergotizando sobre algunos párrafos metafísicos de Aristóteles; con alguna educación y finura propias de un sujeto de la primera nobleza entre pobres campesinos que tienen por irreligiosidad comer con cubierto, y sólo han aprendido a ponerse y quitarse la capilla y dar gritos en solfa; no puede menos que chocar y atraerse un informe correspondiente. Por fortuna el prior es de una familia regular y hombre de bien; el informe fue muy bueno, y tal la sorpresa de mi covachuelo de ver frustrado su ardid, que hace ocho meses se ha encerrado en la cartuja. Yo pienso que por la prepotencia de los agentes arzobispales hay aquí gato encerrado; y el gato es de dinero. Mallum signum, como decía don Quijote, porque contra este género de animales, no hay flechas en mi carcax. Dios lo remedie, pues puedo decir como el profeta: “Circundederunt me undique, et non erat qui adjuraret. Respiciens eram ad adjutorium hominurn, et non erat. Memoratus sum misericordia tuae, Domine.” En fin, señor, pues la emulación y fanatismo, gracias a hallarme en la flor de mi juventud, me han dejado el pellejo, y no quepo de gusto en mi pelele, por ver a un hombre tan sobrio como vuestra señoría de acuerdo conmigo en el punto visible del ataque, me ha de permitir que en cartas sucesivas, para evitarle en lo posible la molestia, le vaya exponiendo las razones que he tenido para dudar sobre la tradición de Guadalupe, o por mejor decir, las que he descubierto después que la persecución me ha hecho meditar y estudiar el asunto de la cuestión: Veratio dat intellectum. La bondad de vuestra señoría me concederá este desahogo, porque lo es grande hablar de su pleito con quien lo entiende; y puede ser que vuestra señoría se divierta también, porque mi genio es festivo, el asunto trágico-cómico, y yo por no morir de pena si pienso se seriamente en el exceso de mis males, los tomo y presento siempre por el lado que prestan al ridículo. Así esta carta sólo servirá de prólogo, y ya ve vuestra señoría que para tal, es demasiado larga. La concluyo pues, rogándole mire mis cosas con aquella indulgencia propia de la bella alma que manifiesta en sus escritos, porque la que yo tengo, es una alma de cántaro tan sencilla naive, como dicen los franceses, que yo mismo me compadezco por reflexión, y conforme a la frase del suizo de la Fontaine, disculpando a su amo: “le bon Dieu n'auroit pas le courage de damner ce pauvre béte.” Dios guarde a vuestra señoría muchos años. Estudio general de metafísica de San Pablo de Burgos, y junio de 1797. Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México. Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html |