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Siglo XVIII > 1790-1799 > 1796

Memoria de Vicente Basadre, Secretario del Real Consulado de Veracruz, sobre los beneficios que resultan al Estado de la honrosa profesión del comercio.
11 de enero de 1796.

Leída en Junta de Gobierno que celebró el Real Consulado de Veracruz en 11 de enero de 1796. Por su secretario (Vicente Basadre)

El artículo 30 de la real cédula de erección de este consulado manda expresamente al secretario que todos los años escriba una memoria sobre alguno de los objetos propios del instituto de tan importante establecimiento con cuya lectura se abrirán anualmente las sesiones.

La agricultura, población, pesca, navegación, artes, industria, acueductos, puentes, caminos y otros ramos serán dignos objetos que ocuparán en lo sucesivo la obligación que me impone el expresado artículo de la real cédula, ¿pero qué asunto más acreedor a llenar la memoria de hoy que los beneficios que resultan al Estado de la honrosa profesión del comercio? Yo faltaría a los sentimientos de mi propio efecto si postergase una materia que en mi concepto debe merecer predilección hablando a un distinguido cuerpo de comerciantes honrados y autorizados por el Rey que con tanto acierto llenan y desempeñan sus cargos respectivos.

Procuraré ceñirme a la concisez que exige esta respetable junta y a la instrucción que cada uno de V. S. S. posee en su particular, advirtiendo que cuanto digo, carece del mérito de original. Las sabias plumas que en estos últimos tiempos se han dedicado a escribir de economía pública, dicen justamente cuanto comprende el cálculo y la combinación mercantil.

Desde el instante en que con la fatal ruina de nuestros primeros padres levantaron su orgulloso espíritu las multiplicadas miserias que nos habían de quedar en patrimonio, se vieron nuestros sentidos atados de infinitas sensaciones que informaban al alma de las necesidades a que se hallaba nuestro cuerpo.

Desde este momento tuvieron origen las ideas del auxilio mutuo entre los hombres, y cuando se vio perdido ya el derecho general y común que Dios les había concedido sobre todas las cosas de la tierra fue indispensable sucediese el derecho de propiedad con que quedó cada cual ceñido al uso limitado de lo que llamaba propio, de donde nacieron las distinciones con que hoy diferenciamos lo tuyo de lo mío.

De aquí resultó que no teniendo ningún hombre absolutamente cuanto exigían sus propias necesidades arbitrase medios de adquirir lo que le faltaba de sus semejantes. Esta indispensable necesidad dio origen a lo que llamamos, comercio.

Si la profesión de los ejercicios se debe medir por sus utilidades ¿quién será tan obstinado que se oponga a rendir los primeros elogios al comercio que según el canciller Bacon es la basa fundamental de la felicidad pública?, ¿quién tan negado que no tribute recomendables encomios a este resorte que comunica el más vigoroso impulso a la prosperidad de la patria?. ¿Y quién tan preocupado que lo califique de indecoroso de los primeros honores?

A los ojos de la imparcialidad y justicia parece que ninguno, pero por desgracia de nuestra nación se cuentan muchos hombres que fundando el valor de la nobleza en el nacimiento, desprecian todos los ejercicios por útiles y benéficos que sean y creen incompatible con su orgullo y vanidad todo lo que no sea ceñirse una espada, o vestirse una toga y se olvidan que estas clases son gloriosas, no por otro título que porque aquélla sirve intrépidamente cuando conspiran nuestros enemigos a oprimir nuestra libertad, y ésta porque cuida de hacernos justicia en nuestras quejas, al mismo tiempo que conserva el rigor de las leyes, alma de la tranquilidad, con que si éstas son tan bien recibidas por las ventajas que producen al Estado, no debe ser menos honrosa, atendida y estimada la del comercio influyendo tanto sobre el aumento y prosperidad de los reinos.

En el día no hay sujeto dotado de luces, juicio, y conocimiento de lo que interesa a las naciones que no convenga en esta verdad y es natural que a proporción de lo que va adelantado nuestra patria en todos los ramos, se vayan disipando las ridículas impresiones que la preocupación y costumbre ha gravado por una educación mal entendida, en algunos corazones por lo relativo al comercio cuyos beneficios recordaré.

El poder, lustre, y felicidades de un reino son los primeros requisitos que deben concurrir en cualquiera profesión para captarse la benevolencia, el respeto y la atención del público que es en lo que se cifra la verdadera nobleza y justamente en el comercio es donde se verifican prodigiosamente todas estas cualidades pues aumenta la población, destierra la ociosidad, suaviza las costumbres, mitiga los trabajos insuperables de la humanidad, y derrama la opulencia, o por mejor decir el manantial de las prosperidades.

Así como las buenas leyes constituyen la fuerza moral de la sociedad, así la población y riqueza del Estado hacen el poder físico y real de los soberanos. Cuando un príncipe gobierna hombres hambrientos y desnudos o posee dominios desiertos y asolados, más serán los insultos que tema de sus vasallos que los auxilios que pueda esperar de ellos. Una nación no es poderosa por el espacio que ocupa en el Globo, sino por su población, por su trabajo y por su industria. ¿De qué le servirá a un monarca una dilatada extensión de provincia si no tiene hombres que la habiten? ¿Cómo existirán y se multiplicarán sí el comercio no les presta ocupaciones para ganar su subsistencia mediante el establecimiento de manufacturas, y de un gran número de artes mecánicas? A la verdad que sin este auxilio no se verificará una población numerosa.

Sin población ¿cómo se ha de poner en contribución a la tierra y precisarla a que nos rinda cosechas pingües, que socorran nuestras necesidades, y nos preste con su sobrante los medios de hacer un comercio activo?; ¿cómo se ha de defender un reino en caso de una invasión del vecino, o cómo se ha de vengar de las injurias con que le provoque?; ¿cómo ha de poner ejércitos y armadas que difundan el terror entre las naciones belicosas, y nos concilien el respeto para que en ningún tiempo se atrevan a inquietar nuestro sosiego? Nada de esto se podrá conseguir sin una población numerosa.

Supongamos que según nuestra constitución y la actual de Europa necesitamos doscientos mil hombres de tropas regladas y cien mil marineros. ¿De dónde han de salir?, del comercio. Este vasto e importante ramo de la sociedad hace milagros; donde hay gran tráfico hay mucha opulencia y donde hay muchas riquezas hay una gran población, pues el deseo que todos tenemos de adquirirlas atrae a los hombres de los países más remotos para fijarlos en los que más circula; y es innegable que cuanto más tráfico hay en un reino tanto mayores son los tesoros que en él fluyen.

La Holanda ofrece un ejemplo bien extraño que comprueba la certeza de lo antecedente. En el año de 1620 se dedicó el veraz calculador Juan Wit a observar con la más escrupulosa exactitud los progresos que hacía la población en aquella república y le manifestó la experiencia con harto asombro suyo un aumento de dos millones trescientas treinta mil almas en el corto espacio de cincuenta años, pues no existiendo más que ciento veinte mil, cuando empezó su examen ascendían al número expresado en 1670 que descansó de tan penosa tarea.

El gran Federico segundo de Prusia, en 46 años de reinado, aumentó la población de sus estados propios y conquistados en más de dos millones de almas sin otro auxilio que gracias y franquicias concedidas al comercio.

La isla de Trinidad de Barlovento fue una colonia onerosa a la metrópoli hasta que el ministerio concedió los privilegios que son públicos, y en pocos años se ha hecho una de las más ricas y comerciantes.

Pero qué más prueba que el comercio atrae a la población que el ver correr a los hombres, con el objeto de avecindarse en los climas más mortíferos, sólo por disfrutar las ventajas del comercio, díganlo esta ciudad de Veracruz, Acapulco, San Blas de California, Surate y Ormuz en el Golfo Pérsico, Batabia en el mar de la India Oriental, y las arriesgadas carabanas de Arabia a Suez dejándose conocer por estos hechos que las utilidades que ofrece el tráfico que se ejerce en los países indicados supera a la existencia de nuestra propia vida.

Ya hemos visto que el comercio es un campo en que se multiplican los hombres inmensamente, veamos ahora qué beneficios resultan a un Estado del mayor número de moradores. Este necesita mantener tropas, armadas, tribunales, costear el gasto del monarca, etc. El pacto social que reúne a los hombres les obliga a que partan entre todos el peso de los gastos públicos; con que la felicidad está en que sea grande el número de los vasallos; pues siendo muchos los contribuyentes, aunque sean cuantiosos los impuestos los pagarán gustosos, viendo que estas imposiciones no los aniquilan, y que se reparte la carga que uno solo no podría soportar, sin caer en la indigencia, pero si son pocos los contribuyentes es preciso que recaiga sobre ellos todo el peso de tributos, gabelas y exacciones que se requieren para subvenir a los grandes e inevitables gastos de un Estado.

El fondo de un república es el comercio dice Bocalini, con él floreció Sidón, Nínive, Babilonia, Tiro, Cartago, Génova, Venecia, Francia, Holanda, Inglaterra y los Estados Unidos de América; con especialidad estos tres últimos reinos. ¡Qué opulencia no han adquirido en un corto número de años!, ¡qué superioridad no han logrado desde que acariciaron el comercio!

La Holanda se enriquece con el comercio de la India. La especiería aumentada por un trabajo el menos interrumpido por una paciencia sin límites, por una economía la más exquisita, hace opulentos a muchos particulares de la república, cuyos dineros refluyendo en el tesoro público erigen en su patria una de las primeras potencias del mundo. Estas provincias que no podían mantener diez mil soldados contra Felipe Segundo, oponen un ejército de cincuenta mil a su hijo Felipe Tercero, conceden subsidios a muchos soberanos de Europa, se ven en Asia con reyes tributarios, fuerzan la naturaleza, levantan diques que sujetan el océano, abren innumerables y magníficos canales, mudan sus lagunas en campiñas fértiles, sus aldeas en ciudades y sus cabañas en palacios.

En Inglaterra emplea la Reina Isabel todos los instantes de su reinado en aumentar el comercio, como resorte principal del Estado, anima a sus vasallos que vayan a buscar las ballenas a los mares de Laponia, las peleterías a Arcángel, el marfil a las costas de Africa y los metales preciosos al Nuevo Mundo.

Los Estados Unidos de América al empuñar el cetro de su independencia estaban sin navíos, y sin dinero, y en el corto espacio de ocho años se forma una potencia tan respetable a impulso de un comercio activo capaz de disputar a las más poderosas de Europa.

Londres, y Amsterdam llegan a ser el centro del comercio, así como lo fue España en tiempo de los Reyes Católicos, Fernando Quinto, Carlos Primero y Felipe Segundo. En el de éste, que todavía florecía el comercio con vigor, eran sus tesoros como sus tierras inmensas, sus tropas y banderas invencibles, sus armadas formidables; pero no bien empezó a decaer el comercio en el de Felipe Tercero, y Cuarto se disiparon en un momento tesoros, industria, población, fábricas 'y fuerzas terrestres y marítimas; y si se consulta o examina la causa de este desastre no se encuentra otra que la expatriación de ochocientos mil hombres.

Las consecuencias benéficas del comercio son de tanto bulto, y merecen tal recomendación que no hay potencia a quien se oculten. Todas se ocupan en los medios de aplicarse a la balanza mercantil, como la única, y verdadera balanza del poder. Todas conocen que el comercio es una madre que reparte su leche sin agotarla. Todas están íntimamente persuadidas que el comercio es una mina que da siempre grandes utilidades a los que en ella trabajan. Estas verdades las saben hasta los príncipes conquistadores, quienes, a pesar de tener embargados todos los sentidos, conocen las ventajas del comercio.

El gran Gustavo fue uno de aquellos príncipes propensos por una genial inclinación a la guerra; pero al mismo tiempo tan vigilante en que prosperase en su reino de Suecia el comercio, que confesó que no pocas veces, que para poner en práctica el valor de sus soldados necesitaba del socorro y favor de los comerciantes. Del mismo parecer fueron los dos monarcas célebres Luis Catorce y el Zar Pedro, tan extremadamente ambiciosos que violaron varias veces los tratados por adelantar un palmo de terreno, sin que por esto dejasen ambos de promover el tráfico y comercio que fomentaba el príncipe francés con las juiciosas instrucciones que le sugería el gran Colbert, mientras el moscovita se lo enseñaba a sus vasallos.

La confederación de las tres provincias marítimas del norte con el título de neutralidad armada fue un fenómeno de política desconocido en los antiguos anales de la historia, pues aunque se encuentran ejemplos de muchos potentados coligados entre sí, para hacer alguna conquista o poner límites a la grandeza de otro imperio, estaba únicamente reservada para el siglo dieciocho la gloria de esta invención. ¿En efecto, cuándo se ha visto en tiempo alguno tres potencias armadas de concierto para proteger su comercio, y castigar como pirata a todo buque de las naciones beligerantes que intentasen apresar o detener a los que navegaban bajo de su bandera?

Tomad al inglés, dijo juiciosamente un escritor, una colonia, y veréis cómo os amenaza, arruinad su comercio y veréis cómo se rebela; su marina sólo existe por su erario y su erario no tiene otro fondo más que su comercio, luego a sólo su comercio conviene hacer la guerra, y es regla general entre los hombres grandes de estado y de máximas politicas, que para abatir el orgullo de una potencia poderosa, se debe atacar su comercio; pues sin éste no hay poder ni resistencia.

Los hombres necesitan prestarse mutuamente los auxilios si quieren labrar su felicidad, y esta necesidad es muy útil, pues en caso que pudiéramos ser independientes unos de otros, faltaría aquella armonía que debe reinar en el mundo político.

El comercio nos obliga tanto a una recíproca comunicación, como a formar aquellos estrechos vínculos de amistad que refrenan la violencia de nuestras pasiones, las que nos inducirían al odio y destrucción de nuestra especie, como se ve en los linajes que ocupan varias provincias del Globo, sumergidos en la barbarie, por no conocer el comercio, destruyéndose y despedazándose continuamente, siendo todas sus virtudes la fuerza, la rusticidad, la dureza de corazón y el bárbaro placer de exterminar a sus semejantes.

¡Qué efectos tan contrarios no influye el comercio donde sólidamente se fija! ¡De qué transformaciones no es origen! Los espíritus feroces se cambian en índoles dulces. Los corazones crueles en genios suaves. Los hombres silvestres que no obedecen freno ni ley, en ciudadanos tranquilos y dóciles; quien no conceda este poderío al comercio retroceda al cuarto siglo de la Era Cristiana, para examinar la historia y verá que en aquella época apenas se conocía el comercio en Europa, que los hombres sólo se ocupaban en derramar arroyos de sangre, y que entonces fue cuando se extendieron por todas partes a modo de un torrente impetuoso aquellas naciones septentrionales que pasaban a cuchillo cuanto se les ponía por idelante, de modo que no hay guarismo para numerar las víctimas que sacrificaron a su barbarie.

Estas naciones feroces tal vez no habrían abandonado sus patrias si hubieran tenido en ellas un comercio floreciente, lo cierto es que desde que han conocido los príncipes las consecuencias benéficas del comercio procuran alejar de sus países el cruel azote de la guerra, y en su lugar promueven el tráfico y negociación.

Si recorremos la historia de los tiempos vemos por ella que los pueblos que han civilizado a las naciones rústicas, y groseras, han sido comerciantes. Los fenicios, los cartagineses, los griegos, las ciudades anseáticas, los venecianos, los genoveses y los barceloneses, si han merecido un lugar tan sobresaliente en la posteridad lo deben a su comercio, si obraron con tanta gloria en sus conquistas, fue sólo por el hecho de ser naciones comerciantes.

Del floreciente estado que tuvo en Barcelona el comercio marítimo nació la fama de aquella ciudad, derramada generalmente por todas las demás naciones, que la miraron no solamente como rico emporio de la España oriental, sino como autora del primer código de jurisprudencia marítima que conoció Europa, Africa y Asia, desde el siglo trece y que se observó por más de cuatrocientos años como base o derecho común de la judicatura consular desde el Báltico hasta Constantinopla.

El Rey don Pedro Cuarto de Aragón en una cédula del año 1380 hablando de Barcelona dice "Ciudad que se ha hecho rica, más por el Mar y el Comercio que por otra causa".

Don Alonso Quinto en real privilegio dado en 1432 dice: "No olvidamos el cuidado y vigilancia que merecen la defensa, conservación y aumento del arte mercantil sobre el cual descansa casi toda la cosa pública, no sólo de esta ciudad sino de nuestros reinos y tierras".

El mismo soberano en otro privilegio dado en Nápoles en 1444 para la misma ciudad de Barcelona dice: "atendemos a que la principal utilidad así pública, como privada gira sobre la negociación mercantil".

El Rey don Juan Segundo de Aragón en otro diploma dado en 1460 dice: "Juzgamos como peculiar de nuestra real alteza favorecer la contratación en que estriba casi el procomún, no sólo de las ciudades, sino también de nuestros reinos y tierras".

El mismo soberano en otro diploma de 1473 se explica sobre el comercio en estos términos: "La dirección del arte mercantil de nuestros súbditos y vasallos sin duda ninguna no forma la parte menor de nuestra república".

Don Fernando Segundo de Aragón llamado el Católico en real cédula de 1510 dice: "Barcelona insigne capital de nuestro principado de Cataluña desde su principio recibió su auge y acrecentamiento del arte mercantil, por medio de éste creció tanto que por todas las partes del mundo fue nombrada como eminente y muy principal".

En un privilegio de Carlos Segundo dado en 1683 en confirmación de varias prerrogativas concedidas al magistrado de la lonja de Barcelona por Carlos Primero y Felipe Segundo se lee lo siguiente: "Por causa del comercio ejercitado por los barceloneses adquirió su ciudad tanto poder de riquezas, que por éstas consiguió el nombre de rica y así en las conquistas poderosamente alcanzadas por nuestros serenísimos antecesores en todos los países, con el apresto de sus naves, caudales y mercaderías, dieron medios con que se extendiesen, el nombre, las armas y la dominación de nuesttos predecesores".

Del gran comercio de las plazas ricas se sigue el establecimiento de hospitales, casas de misericordia, y todos los demás alivios que pueden apetecer los vasallos indigentes, como acredita la experiencia en Valencia, Barcelona, Burgos, Sevilla, Cádiz, México, Manila y otras.

No se desdeñaron de ejercer el comercio los monarcas legisladores, y varones sabios como lo hicieron el sapientísimo Salomón, Agusto, Zonoras y Zedrano, Falez, Platón, Solón, Hipócrates, Catón y Cosme de Médicis sin otros innumerables que refieren las historias. Entre los romanos se miró el ramo del comercio con particular cuidado y atención, erigiéndose en aquella capital un colegio con el título de los mercaderes, según refiere Tito Livio, y Florencia, Venecia y Ancona como en otras muchas de Europa es ejercido por los primeros hombres de la república.

No son éstos los únicos beneficios que resultan del comercio. La religión misma se confiesa deudora de este principio de la felicidad pública, por lo que ha contribuido con sus descubrimientos a extender la ley santa de Dios en todos aquellos países donde no hubieran llegado las verdaderas luces, sin la intrepidez de Colón y bravura de Basco de Gama, no hubieran descubierto el primero por el Océano Atlántico ese vasto continente que habitamos, y el segundo superando la parte más meridional del Africa los reinos y provincias del Oriente.

¡Qué servicios!, ¡qué méritos!, qué títulos los expuestos en favor del comercio y qué poco estimados son de los hombres. Es cosa asombrosa que el arte de destruir, dice un autor, ensalce y que se quiera suponer degrade el que les conserva les facilita y les procura todo lo que necesitan para el regalo y comodidad de la vida.

Lo que nos importa es abrir los ojos a las altas ventajas con que nos brinda el país que habitamos, vivificar por todas partes la adormecida industria, agitar los espíritus para que busquen sendas desconocidas a nuestros comerciantes, no obstinamos en cerrar los oídos a las voces de la verdad, despertar del letargo mercantil que nos cogió ha cerca de dos siglos, y sobre todo, establecer nuestra tranquilidad y dicha adoptando, apreciando y distinguiendo la honrosa profesión del comercio.

Entre las gracias que el Rey, usando del supremo poder de hacer felices a sus vasallos ha dispensado a esta ciudad de Veracruz se debe colocar en primer lugar el establecimiento del consulado, extendiéndose los reales sentimientos a mandar expresamente se invierta el derecho de avería, en objetos de pública utilidad, cuyo hecho hará época en la posteridad y el nombre de Carlos Cuarto, y su sabio ministerio se eternizará por todas las edades; lisonjeándonos que este puerto será lo que debe ser con respecto a su comercio de importación y exportación. La justicia pues, y la gratitud exigen que consagremos todos los instantes de nuestra existencia, en obsequio, y beneficio de su augusto fundador, Veracruz, 11 de enero de 1796 -Vicente Basadre-.

Es copia de que certifico

[Firmado y rubricado]

Vicente Basadre.

Fuente: Ortiz de la Tabla Ducasse, Javier (ed.) Memorias políticas y económicas del Consulado de Veracruz, 1796-1822, Escuela de Estudios Hispano-Americanos. Consejo Superior, Sevilla, 1985, pp. 3-12