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Siglo XVIII > 1790-1799 > 1793

Carta pastoral de Fray Antonio de San Miguel sobre los males de la Revolución Francesa.
Valladolid, a 1 de julio de 1793.

Nos el maestro don fray Antonio de San Miguel por la Divina Gracia y de la Santa Sede Apostólica obispo de Valladolid de Michoacán, del Consejo de Su Majestad, etcétera.

A todos nuestros párrocos, jueces eclesiásticos y demás clero de esta nuestra Diócesis, salud y gracia en nuestro Señor Jesucristo.

1. La perniciosa máxima de Descartes de que el filósofo no sólo debe creer sino pensar autorizó las herejías y abrió la puerta al ateísmo, deismo, materialismo y otras sectas erróneas, en que se han abismado sus secuaces.

La Francia, patria del autor y de sus principales discípulos, es hoy la Metrópoli de las numerosas turbas de estos filósofos libres, los cuales aunque varían en muchos puntos de sus respectivos sistemas convienen todos en el propósito de destruir la Religión Católica, el Sacerdocio y el Imperio, a cuyo fin todo les es lícito y todo lo sacrifican.

2. Esta congregación de inicuos, esta parte infecta de la nación francesa, aprovechándose de un desgraciado concurso de circunstancias políticas, usurpó el Cetro, la voz y el nombre de toda la Nación, y, así autorizada y unida, comenzó a operar contra el Señor y contra su Cristo.

Bajo el velo seductivo de una tolerancia religiosa (que sin embargo escandalizó y debió escandalizar a los buenos de un Reino cristianísimo) declaró la guerra más inhumana y cruel a la Religión Católica, sus ministros y profesores. La seducción, manejos criminales, el desprecio, la violencia: todo se puso en acción y movimiento al efecto.

Se ocuparon los bienes de la iglesia; se suprimió su legítima autoridad; y se persiguió a sus pastores y ministros en número de más de setenta mil, entre cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes, que por no doblar la rodilla ante el ídolo de la falsa filosofía fueron, como dice uno de aquellos santos prelados, afrentados todos, algunos despedazados, otros encarcelados y los más arrojados de su Patria con la mayor ignominia.

3. Fascinó el resto de la nación francesa con el establecimiento de un nuevo sistema de sociedad civil, en que se le prometía una felicidad lisonjera.

Para ello ha procurado destruir y trastornar todas las nociones e ideas recibidas de subordinación, de buenas costumbres y de religión, conque hasta entonces se habían hecho felices y respetables los franceses.

Se han verificado con exceso sus proyectos de destrucción; pero los efectos del nuevo sistema sólo sirven para manifestar la inepcia y maldad de sus autores.

Los acontecimientos, que se han sucedido unos a otros tan repetidamente en menos de cuatro años, superan en atrocidad a cuantos en todo tiempo han manchado las páginas de la Historia.

Las propiedades, la libertad y la vida han sido el juguete de la desenfrenada rabia de las pasiones, del espíritu de rapiña, del odio y de la ambición más cruel y desnaturalizada.

Así lo testifican los ingleses sus vecinos a la faz de toda la Europa, que con ellos llora tantas escenas de sangre con que se halla regado aquel desgraciado país.

4. Finalmente esta convención de asesinos y malvados llegó al colmo de sus horrores cometiendo en la decapitación del más benigno y clemente de sus reyes el delito más atroz y execrable.

Delito en que se ha sacrificado la Verdad, la Justicia y la Religión.

Delito que ha manchado para siempre toda la gloria de una Nación augusta.

Delito que debería, si fuera posible, ocultarse a la posteridad en obsequio de la naturaleza humana.

Delito en fin que ha cubierto de luto y de espanto a todas las naciones y a todas las gentes, entre quienes no se haya sofocado la voz de la conciencia por un hábito de atrocidades semejantes al de estos sanguinarios novatores, y que ha excitado y excitará contra ellos el odio y detestación universal de todos los hombres sensibles a la verdad y a la justicia.

5. Sin embargo crece y se nutre su audacia con la sangre y con el estrago.

Embriagados con el humo de unas victorias efímeras, se han creído capaces de dar todo el lleno a su vasto designio; y se han persuadido haber llegado el momento oportuno de extinguir la Religión y trastornar el Universo, ahogando el último de los reyes en la sangre del último de los sacerdotes, como enseñaba que debía hacerse uno de sus jefes modernos, el famoso Diderot.

6. En efecto, han emprendido ya su ejecución. Los agentes de ella se han derramado en todas las naciones.

Deben atentar la fidelidad de los pueblos, insidiar las vidas de los Príncipes y quitar del medio a cuantos les sean contrarios.

El veneno de su doctrina subversiva, comunicada al corazón de algunos pueblos y gentes incautas, ha detenido los movimientos de obediencia y respeto a sus legítimos soberanos, y ha suscitado opiniones y efervescencias de revolución en algunos Estados.

La misma Francia confiesa que aquellas sus victorias que han dado tanto cuerpo a su orgullo, se debieron más bien a la seducción que a la fuerza.

El pueblo de Nápoles en la vigorosa representación que hizo a su Rey, en dieciséis de enero próximo pasado, a fin de que rompiese todo vínculo con esta infame convención, confiesa abiertamente haber sido acometida su fidelidad por los franceses.

Afirma que la tolerancia de ellos le ha costado a Roma una insurrección, que la conjuración de Viena, recién descubierta, contra aquel soberano ha tenido por autores a los franceses; que un golpe fatal ha estado muchas veces para caer sobre la cabeza del valeroso rey de Prusia, por mano de aquellos asesinos, y que el intrépido Gustavo III, rey de Suecia, no pudo escapar de la muerte que una trama infernal urdida en Francia le preparó.

Las últimas noticias comprueban otros diversos ejemplares.

7. Este sistema de asesinatos, sublevaciones y atentados ocultos debía constituir el medio principal de llevar a cabo su grande plan de destrucción; por cuya razón ha sido también el objeto de sus profundas maquinaciones y de sus mayores dispendios.

Se calcula que a este efecto y en la adquisición de sufragios venales de otros miembros de la Convención llevaban consumidos, a fin del año próximo pasado, más de cuatrocientos millones de libras, arrancados con tiranía de las manos del pueblo infeliz.

8. Tan arrogantes en lo público como infieles y sagaces en lo oculto, han declarado la guerra a la Alemania, Prusia, Rusia, Inglaterra, Holanda y últimamente a nuestra Nación, despreciando las mediaciones más equitativas, transgrediendo los Tratados más solemnes y atropellando con ignominia las augustas personas de los Soberanos.

9. La indicada prosperidad de sus armas, en los principios, ha conducido en extremo para que estos seductores hiciesen formar, un concepto excesivo de su poder a una Nación tan susceptible de estas impresiones por la ligereza y presunción que le son características.

Positivamente su número y entusiasmo, sus fuerzas y sus astucias han puesto en cuidado a las demás naciones, y en estrecha necesidad de sostener una guerra sangrienta y dispendiosa; para la cual se han tomado y toman las más exactas medidas, cuyos buenos efectos se acreditan por las últimas noticias.

Por otra parte, parece que algunos pueblos de la Francia van reconociendo su engaño y tratan de libertarse de la tiranía que los oprime, según se anuncia en la Gazeta de dos de abril, capítulo de París de diecinueve de marzo próximo pasado.

El Señor de los Ejércitos se digne proteger a los Aliados contra este común, enemigo de la Religión y de la humanidad.

10. Nuestro Católico Monarca, que Dios guarde, insultado de muchos modos por este común enemigo en su persona y dignidad real, y en los bienes de sus amados vasallos, aun antes de que le declarase la guerra, se ha visto en la dura necesidad de declararla igualmente a dicha Nación; defiriendo en ello a los votos de su pueblo fiel, que haciendo propias las injurias de la Religión y del Monarca se ofrece generoso a vindicarlas con la vida y con la hacienda.

Llenan de admiración y de ternura los ofrecimientos hechos a S. M. en esta razón.

Se emulan a porfía todas las clases del Estado y todos los individuos de ellas.

La clase escogida, el Estado Eclesiástico, cuyo patriotismo se ha distinguido siempre en iguales circunstancias, se excede a sí mismo en el día ofreciendo a los pies del Trono contribuciones y asistencias superiores a sus facultades, como íntimamente convencido de las urgencias de la Corona y de la necesidad de una guerra en cuyo éxito se compromete la Religión, la Iglesia, sus bienes y ministros, y la felicidad de la Patria.

Su Majestad, lleno de confianza y satisfacción por estas atenciones de lealtad de sus vasallos, se ha dignado aceptar todas aquellas que ha estimado compatible con sus proporciones, y ha mandado dar a todos las gracias en su real nombre.

11. Está igualmente satisfecho y confiado de la acrisolada lealtad y fervoroso amor de sus vasallos de América, así eclesiásticos como seculares, a quienes, si la distancia ha impedido unir sus votos y promesas anticipadamente con las de los vasallos de la Metrópoli, jamás podrá detener su generosidad para que no las igualen y superen.

En este concepto, y no permitiendo la misma distancia que se aguarde a recibir su noticia, se ha dignado Su Majestad autorizar, por real cédula de 30 de marzo próximo pasado, al excelentísimo señor virrey de esta Nueva España para calificar las ofertas que fueron admisibles y para que a su real nombre dé a los que las hicieren las correspondientes gracias, previniéndoles avise con el primer correo de las cantidades que se vayan recibiendo, sujetos que las entreguen y objetos a que las destinen; para que enterado de todo S. M. pueda demostrar, según corresponda y estime, a los autores de ella su soberana gratitud y benevolencia.

Y por otra de 27 del mismo mes y año, que nos dirigió el excelentísimo señor don Pedro de Acuña, ministro de Gracia y Justicia; después de declararse en ella la misma real confianza respecto a los que componemos el clero de esta Diócesis, se nos previene pongamos en su noticia, como lo ejecutamos por medio de esta circular, la citada resolución de S. M., por la cual declara la guerra a la nación francesa, movido de las poderosas causas que quedan referidas, recojamos las cantidades con que su patriotismo y celo religioso la determine a auxiliar las urgencias de la Corona, y las pongamos a disposición del excelentísimo señor Virrey; e informemos a S. M., por mano del expresado excelentísimo señor Ministro de Gracia y Justicia, de las contribuciones que hiciere cada uno.

12. No dudamos que sus demostraciones correspondan a los sentimientos de religión y fidelidad que lo animan, y llenarán las esperanzas del Soberano y de su Prelado en tan inminente riesgo de la salud.

13. Y con respecto a ser ésta una causa común, en cuyo éxito se compromete como es dicho, el interés de la Religión, de la Iglesia y, de la Patria, hemos venido en aplicar y, aplicamos para ella todos los sobrantes actuales, que no tengan especial destino, de las Hermandades, Congregaciones y Cofradías de esta nuestra Diócesis, y todos los que resulten en lo sucesivo durante la guerra, después de cumplidas sus atenciones ordinarias.

14. Y para que así se ejecute, ordenamos y mandamos a los jueces eclesiásticos, curas, ministros de doctrina, o sus lugartenientes de esta nuestra Diócesis, que luego que reciban ésta la manden trasladar y trasladen en el Libro de Providencias Circulares, las pasen sin demora al cura siguiente, según el derrotero del margen, poniendo a continuación atestado de su recibo, y que por el último se devuelva a nuestra Secretaría de Cámara y Gobierno.

Y que después de trasladada convoque cada uno los clérigos de su curato, les haga saber su contenido, y les exhorte a que contribuyan, según sus haberes, a tan importante objeto; que recojan las cantidades que para ello exhibieren desde luego y las obligaciones que hicieren de contribuir para lo sucesivo; y con las que hicieren cada uno de dichos nuestros párrocos y jueces eclesiásticos las remitan a dicha nuestra Secretaría de Cámara y Gobierno, o siéndoles más cómodo su entrego en las Cajas Reales del partido, remitan con la expresada noticia los correspondientes recibos de oficiales reales, y liquidando las cuentas de las Cofradías, Congregaciones y Hermandades, ejecuten lo mismo con los asignados sobrantes, y nos den cuenta.

Dada en nuestro Palacio Episcopal de la ciudad de Valladolid, a primero de julio de mil setecientos noventa y tres años.

Fray Antonio, obispo de Michoacán.

Fuente:

Independencia Nacional. Tomo I. Antecedentes – Hidalgo. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México. México. (Primera edición 1986-1987) Segunda edición 2005. Páginas 23-28. Tomado de Germán Cardozo Galué: Michoacán en el siglo de las luces. Doc. X.