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Breve pontificio de Pio VI concediéndose de por vida la mesada de todas las rentas, derechos, obvenciones, prebendas, etc., a los Reyes de España y sus sucesores, de la misma manera cómo se había procedido en anteriores oportunidades.
16 de junio de 1778

A nuestro muy amado en Cristo hijo Carlos, Rey católico de España

Pio VI, Papa

Muy amado en Cristo hijo nuestro, salud y la bendición apostólica

El celo de la conservación de la fe católica, la singular devoción a Nos y a la Sede Apostólica y los demás insignes méritos que por la misericordia de Dios resplandecen en Vuestra Majestad, como rey que con tan justa razón goza el renombre de católico, exigen de Nos que estemos propensos a hacerle gracias.

2. Antes de ahora el Papa Urbano VIII, de feliz memoria, predecesor nuestro, en atención a que Felipe IV, de esclarecida memoria, rey católico que fue, mientras vivió, de España, deseoso de servir a la cristiandad y ocuparse con todo esfuerzo no sólo en la defensa sino también en la propagación de la fe católica, a ejemplo de su abuelo y padre Felipe II y Felipe III, también de esclarecida memoria, reyes católicos que igualmente fueron de España y de los demás progenitores suyos, había hecho tan excesivos gastos, que no sólo llegó a consumir las rentas ordinarias de sus reinos, sino que también había agotado casi todos sus erarios, y contemplando el dicho predecesor nuestro con paternal afecto los singulares méritos de los mencionados reyes, queriendo coadyuvar a los conatos loables, y muy aceptos a los ojos de Dios, de dicho rey Felipe, le concedió y asignó por los quince años inmediatos siguientes al día de la concesión una mesada íntegra de todos y cada uno de los frutos, rentas y productos, derechos, obvenciones y emolumentos de las iglesias, prebendas y demás piezas eclesiásticas que aquí en adelante se dirán, quedando también obligadas a la paga de la misma mesada las pensiones anuales, por más libres, indemnes y exentas que fuesen, que aconteciese reservarse en lo sucesivo con la autoridad apostólica sobre ellas, la cual mesada se había de empezar a contar desde el día en que los provistos e instituidos en las enunciadas iglesias, prebendas y demás piezas eclesiásticas, hubiesen tomado la posesión de ellas, o desde el día en que habiendo podido, no la hubiesen tomado, debiéndose regular a prorrata del valor de un año, o sea, de la verdadera renta anual, deducidas las cargas, la cual mesada habían de pagar los dichos pensionistas y los provistos en las iglesias patriarcales, primadas, metropolitanas, catedrales, colegiatas, parroquiales y otras cualesquiera y también en los monasterios, mesas abaciales, prioratos, preposituras, preceptorías y dignidades, aunque fuesen las mayores y principales, canonicatos y prebendas, personados, administraciones, oficios y demás beneficios eclesiásticos seculares con cura animarum, o sin ella (a excepción de las patriarcales, metropolitanas y demás iglesias catedrales, cuyos frutos, rentas y productos no excediesen del valor anual de tres mil escudos, y de los beneficios curados que no ascendiesen a más del valor anual de cien ducados de oro de Cámara, y de los simples que no pasasen del valor anual de veinticuatro ducados de la misma moneda), como asimismo en los de las órdenes de San Benito, San Agustín, Cluniacense, Cisterciense, Premonstratense, y otras cualesquiera órdenes regulares, y también en los de las militares (exceptuada la de San Juan de Jerusalén), y en los demás lugares píos aunque fuesen exentos todas y todos sitos en los reinos de España y sus islas adyacentes, o en las Indias Occidentales y sus islas adyacentes, y que eran de patronato del mismo rey Felipe IV, o se acostumbraban dar por la nominación que le competía legítimamente a dicho rey, siempre que de cualquier modo que vacaban, aun por traslación, se conferían o proveían en cualesquiera persónas, aunque estuviesen condecoradas con cualquier dignidad sin exceptuar la cardenalicia, a presentación o nominación del dicho rey Felipe IV y se instituía como quiera en ellos a cualesquiera personas o se reservaban a favor de ellas las enunciadas pensiones, como va dicho; la cual mesada concedida de todos y cada uno de los dichos frutos, rentas, productos, derechos, obvenciones y emolumentos, se había de percibir, exigir y cobrar por las personas constituidas en dignidad eclesiástica que se diputasen especialmente para ello por el que entonces era nuncio suyo y de la Sede Apostólica en los reinos de España, de cualesquiera patriarcas, primados, arzobispos, obispos, abades, priores, prepósitos, preceptores, canónigos, prebendados, curas párrocos y de cualesquiera personas eclesiásticas seculares y regulares, inclusas las de las enunciadas órdenes militares, e igualmente de los dichos pensionistas de cualquiera condición o dignidad que fuesen, inclusa la cardenalicia y pagar íntegramente al dicho rey Felipe IV.

3. Además de esto fue su voluntad y ordenó y mandó en virtud de santa obediencia, que las personas que en cualquier tiempo fuesen presentadas o nombradas por el sobredicho rey Felipe IV para las enunciadas iglesias, prebendas y demás piezas eclesiásticas aquí antecedentemente expresadas, al tiempo de despacharles su presentación o nominación estuviesen obligadas a asegurar y con efecto asegurasen por medio de cédula bancaria, u otro competente, hacer la paga de una mesada íntegra de todos y cada uno de los frutos, rentas y productos, derechos, obvenciones y emolumentos de las dichas iglesias, prebendas y demás piezas eclesiásticas a prorrata del valor a que aquéllos hubiesen ascendido anualmente en el quinquenio próximo anterior, dentro de cuatro meses contados desde el día en que tomasen la posesión de las enunciadas iglesias y demás prebendas y piezas eclesiásticas, a la primera orden que tuviesen para ello del mismo rey Felipe IV o de sus ministros.

4. Y habiéndose expuesto después el papa Inocencio X, de feliz memoria, también predecesor nuestro, por parte de dicho Felipe IV que, sin embargo de haber expirado poco antes los quince años por los cuales se había hecho la enunciada concesión y asignación por el sobredicho Urbano, predecesor nuestro, mediante que aún duraban las causas por las cuales le fue hecha la dicha concesión y asignación, había continuado exigiendo, o haciendo exigir de las personas presentadas, o nombradas después por él a las sobredichas iglesias, prebendas y demás piezas eclesiásticas, que afianzasen por medio de cédulas bancarias u otro competente, la paga de la mesada íntegra de todos y cada uno de los frutos, rentas, productos, derechos, obvenciones y emolumentos, regulada según va dicho, habiéndose por lo demás observado el tenor de las letras del mencionado Urbano, predecesor nuestro, expedidas sobre lo que va expresado; por cuya razón deseaba en gran manera que por el dicho Inocencio X, predecesor nuestro, se le diese facultad para cobrar las cantidades cuya paga estaba asegurada por medio de cédulas bancarias u otras seguridades competentes; y asimismo que por las sobredichas causas, y otras mucho más urgentes que desde el tiempo en que se hizo la enunciada gracia en adelante habían sobrevenido, se le extendiese y prorrogase por el tiempo que fuese de la voluntad del dicho Inocencio X, predecesor nuestro, la sobredicha concesión y asignación, y todas las demás cosas concedidas, en las enunciadas letras al referido rey Felipe IV, y el enunciado Inocencio, predecesor nuestro, con la sobredicha autoridad dio facultad al mencionado rey Felipe IV para que pudiese libre y lícitamente exigir o hacer exigir en virtud de la dicha concesión y asignación todas y cada una de las cantidades cuya paga estaba asegurada por medio de cédulas bancarias, u otro competente, de las personas nombradas o presentadas por el mismo rey Felipe IV para las iglesias, prebendas o piezas eclesiásticas sobredichas desde que habían expirado los enunciados quince años hasta aquel día, y le condonó desde entonces todas las cantidades aseguradas para cuando las cobrase.

5. Y además de esto prorrogó, extendió y concedió de nuevo al dicho rey Felipe IV, sólo por el decenio próximo siguiente, la sobredicha asignación y concesión del mismo modo y forma que el enunciado Urbano, predecesor nuestro, se la había hecho y concedido al mismo rey Felipe IV, y según la serie, contenido y tenor de las sobredichas letras del mismo Urbano, predecesor nuestro.

6. Y sucesivamente algún tiempo después que ya había expirado el sobredicho decenio, mediante que aún duraban las causas por las cuales se había hecho la enunciada concesión, asignación y prorrogación, y, por tanto, se había igualmente continuado exigiendo las dichas cédulas bancarias, u otras seguridades competentes; el papa Alejandro VII, también predecesor nuestro, le concedió facultad al dicho rey Felipe IV para que pudiese exigir o hacer exigir todas y cada una de las cantidades aseguradas hasta entonces con las dichas cédulas o seguridades. Y asimismo prorrogó o concedió de nuevo al mismo rey Felipe IV la sobredicha asignación y concesión sólo por el quinquenio próximo siguiente en el modo y forma que entonces se expresaron.

7. Y posteriormente el papa Clemente IX, de feliz memoria, también predecesor nuestro, después que ya había concluido el quinquenio concedido, según va dicho, por el enunciado Alejandro, predecesor nuestro, precediendo igual facultad para exigir las cantidades cuya paga se había asegurado por medio de cédulas bancarias u otros competentes, después que el dicho quinquenio había expirado, prorrogó o concedió de nuevo igualmente a Carlos II, también de esclarecida memoria, rey católico que fue, mientras vivió, de España, la enunciada concesión y asignación por el decenio próximo siguiente, que se había de contar desde el día de la dicha prorrogación, o nueva concesión, del modo y forma expresados en las letras que se expidieron entonces sobre ello.

8. Y después el papa Clemente X, también de feliz memoria y predecesor nuestro, hizo igual prorrogación o nueva concesión sólo por un quinquenio.

9. Y sucesivamente el papa Inocencio XI, de feliz memoria, asimismo predecesor nuestro, hizo igual prorrogación o nueva concesión, primero sólo por otro quinquenio y después por un decenio.

10. Y posteriormente el papa Alejandro VIII, de feliz memoria, también predecesor nuestro, hizo igualmente otra prorrogación o nueva concesión sólo por un quinquenio.

11. Y después el papa Clemente XI, de pía memoria, también predecesor nuestro, hizo otra igual prorrogación o nueva concesión a Felipe V, de esclarecida memoria, rey católico que fue de España dos veces, por un quinquenio cada una solamente.

12. Y el papa Inocencio XIII, de feliz memoria, también predecesor nuestro, hizo otra igual prorrogación o nueva concesión por otro quinquenio.

13. Y el papa Benedicto XIII, también de feliz memoria y predecesor nuestro, hizo otra prorrogación o nueva concesión por otros cinco años.

14. Y después el papa Clemente XII, también de feliz memoria y predecesor nuestro, hizo otra prorrogación o nueva concesión dos veces, cada una por un quinquenio.

15. Como igualmente el papa Benedicto XIV, también predecesor nuestro, hizo dos veces otra igual prorrogación o nueva concesión, cada vez por un quinquenio, según más extensamente se contiene en las respectivas letras de los mismos Urbano, Inocencio X, Alejandro VII, Clemente IX, Clemente X, Inocencio XI, Alejandro VIII, Clemente XI, Inocencio XIII, Benedicto XIII, Clemente XII, predecesores nuestros y últimamente en las de Benedicto XIV, también predecesor nuestro, del día diez de julio de mil setecientos cincuenta y uno, todas expedidas en igual forma de breve, cuyos tenores queremos que se tengan por expresados en las presentes.

16. Y mediante que, según se nos ha expuesto por parte de vuestra majestad, hace mucho tiempo que ha expirado el quinquenio prorrogado, como va dicho, por el papa Benedicto XIV, de feliz memoria, predecesor nuestro, y que aún duran las causas por las cuales se concedieron las enunciadas letras a los sobredichos reyes Felipe IV, Carlos II y Felipe V, y que, por tanto, desea vuestra majestad que por las sobredichas y otras más urgentes causas que desde entonces hasta ahora han sobrevenido, las cuales es de recelar que subsistan todavía por mucho más tiempo, y que precediendo la subsanación de todo lo obrado después que expiró el sobredicho quinquenio, se prorrogue por Nos, por el tiempo que fuere de nuestro agrado, la sobredicha concesión y asignación; Nos, queriendo hacer especial favor y gracia a vuestra majestad, motu proprio, de nuestra cierta ciencia, con madura deliberación, con la autoridad y con la plenitud de la potestad apostólica, por el tenor de las presentes prorrogamos y extendemos, o concedemos de nuevo a vuestra majestad por todo el tiempo de su vida la sobredicha asignación y concesión del mismo modo y forma que respectivamente la hicieron, concedieron y prorrogaron a los mencionados reyes Felipe IV, Carlos II y Felipe V, los sobredichos Urbano, Inocencio X, Alejandro VII, Clemente IX, Clemente X, Inocencio XI, Alejandro VIII, Clemente XI, Inocencio XIII, Benedicto XIII, Clemente XII y Benedicto XIV, predecesores nuestros, según la serie, contenido y tenor de las enunciadas letras de los sobredichos predecesores nuestros, subsanando y condonando en primer lugar todo lo que nulamente se ha obrado después del quinquenio prorrogado o concedido de nuevo por el sobredicho Benedicto XIV, predecesor nuestro.

17. Declarando que durante la vida de vuestra majestad, que es el espacio de tiempo por el cual va hecha la prorrogación de esta gracia por las presentes, los patriarcas, primados, arzobispos, obispos, abades y, generalmente, todo el sobredicho clero secular y regular, como también cualesquiera a quienes aconteciere que con la autoridad apostólica se les reserven pensiones anuales sobre los enunciados frutos, rentas, productos, derechos, obvenciones y emolumentos, sean y estén obligados a pagar los unos la mesada sobredicha, y los otros la prorrata de su pensión; y que no puedan diferir ni eximirse en todo ni en parte de pagar y satisfacer la dicha mesada o prorrata de pensión, ni aunque sea por causa de haber sufrido contribuciones, impuestos, gravámenes o perjuicios en lo pasado, ni tampoco por la de lesión enorme o enormísima, ni con cualquier otro pretexto; y que los enunciados patriarcas, primados, arzobispos, obispos, abades y todo el sobredicho clero secular y regular puedan descontar y retener la porción y parte que les tocare pagar a sus pensionistas respectivos, a efecto de hacer la sobredicha paga.

18. Y que de esta, y no de otra suerte, se deba sentenciar y determinar en lo que va expresado por cualesquier jueces ordinarios y delegados, aunque sean auditores de las causas del palacio apostólico y cardenales de la Santa Iglesia Romana, y aunque sean legados ad latere y nuncios, y tengan cualquiera autoridad, quitándoles a todos y a cada uno de ellos cualquiera facultad de sentenciar e interpretar de otro modo; y que sea nulo y de ningún valor lo que de otra suerte aconteciere hacerse por atentado sobre esto por alguno, con cualquiera autoridad, sabiéndolo o ignorándolo.

19. Por tanto, por las presentes damos comisión al amado hijo, el que al presente es y en cualquier tiempo fuere ejecutor de la cruzada en los sobredichos reinos, y le mandamos que por sí, o por otras personas constituidas en dignidad eclesiástica que diputare para ello en donde y cuando fuere necesario, y siempre que por parte de vuestra majestad fuere requerido, publicando solemnemente estas letras, y todo lo contenido en ellas, por nuestra autoridad haga que se os paguen íntegramente, o se entreguen a los sujetos que fuere de vuestro agrado, por los patriarcas, primados, arzobispos, obispos, abades y, generalmente, por todo el clero secular y regular, y cada uno de ellos, la sobredicha mesada y prorrata de las pensiones de los enunciados frutos, rentas, productos, derechos, obvenciones y emolumentos, aunque sea procediendo por embargo y secuestro de los dichos, o de otros bienes, exceptuados los sagrados, apremiando a cualesquiera desobedientes y contumaces por sentencias, censuras y penas eclesiásticas y los demás remedios conducentes de hecho y derecho, sin admitir apelación, invocando también para ello, si fuere necesario, el auxilio del brazo seglar.

20. Sin que obste en cuanto sea necesario la constitución del papa Bonifacio VIII, de feliz memoria, también predecesor nuestro, que dispone que a ninguno se le obligue a comparecer en juicio a más de una jornada, ni la disposición del Concilio General que prescribe dos, con tal que a ninguno, en virtud de las presentes, se le saque a ser juzgado a más de tres, ni las reglas de la cancelaría apostólica, especialmente la de jure quaesito non tollendo, ni las demás constituciones y disposiciones apostólicas, ni los estatutos y costumbres de las iglesias, monasterios, órdenes militares y demás lugares píos, aunque estén corroborados con juramento, confirmación apostólica, o con otra cualquiera firmeza, ni los privilegios, indultos y letras apostólicas de cualesquier tenores y formas que sean, aunque estén concebidas con cualesquiera cláusulas, aunque sean derogatorias de las derogatorias, y éstas sean de las más eficaces y no acostumbradas e irritantes, ni otros decretos generales o especiales, concedidos, confirmados e innovados, o cualesquiera otras cosas que sean en contrario de lo que va expresado. Todas y cada una de las cuales dichas cosas, aunque para su suficiente derogación se debiese hacer especial, individual y expresa mención de ellos y de ellas, y de todos sus tenores palabra por palabra, y no por cláusulas generales equivalentes, o de ellos se hubiese de hacer otra cualquiera expresión, teniendo los tenores de todos por plena y suficientemente expresados e insertos, como si lo estuviesen palabra por palabra, y sin omitir cosa alguna en las presentes, y se hubiese observado la forma expresada en ellas, habiendo de quedar por lo demás en su vigor; por esta sola vez, para el efecto de lo que va expresado, las derogamos especial y expresamente, y otras cualesquiera cosas que sean en contrario.

21. Y es nuestra voluntad que el dinero que percibiere Vuestra Majestad por razón de la presente concesión no se invierta en otros usos que en los de la defensa y propagación de la religión católica, y de la conservación de la obediencia a la Iglesia Romana, para cuyos fines solamente se hace esta concesión, sobre lo cual gravamos la conciencia de vuestra majestad y de vuestros ministros.

22. Y que a los trasuntos o ejemplares de estas letras, aunque sean impresos, firmados de mano de notario público, y sellados con el sello de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica, se les dé plenamente la misma fe, en juicio y fuera de él, que se daría a las mismas presentes si fueren exhibidas o mostradas.

23. Y que hayan de valer las presentes sólo durante la vida de vuestra majestad, como va dicho; siendo nuestra intención que por las presentes no queden perjudicados de ningún modo los derechos de la cámara apostólica por lo respectivo a los frutos de las vacantes, sino que hayan de quedar ilesos y preservados.

Dado en Roma, en San Pedro, sellado con el sello del Pescador, el día dieciséis de junio de mil setecientos setenta y ocho. Año cuarto de nuestro Pontificado. Inocencio Cardenal Conti. Lugar del Sello del Pescador.

Fuente: Gisela Morazzani de Pérez Enciso. La Intendencia en España y en América. Universidad Central de Venezuela, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, Caracas, 1966, pp. 429-435