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Siglo XVIII > 1770-1779 > 1773

Carta de la Abadesa del Convento de Capuchinas de Guatemala a la Abadesa de Oaxaca describiéndole pormenores de la destrucción de Guatemala por un teremoto y las tentativas de construcción de una nueva capital.
29 de agosto de 1773

Muy reveranda madre abadesa Sor María Antonia de Jesús María.

Mi muy estimada Marianita de mi corazón y hermanita de mi alma:

Más con lágrimas de mis ojos que con tinta quisiera escribir la más lamentable tragedia que no creo se habrá visto jamás en este mundo. El día 19 de julio, a las tres y cuarto de la tarde, se acabó la que fue Guatemala, con un temblor que duró desde dicha hora hasta las seis de la tarde, sin hacer más pausa que lo que hasta para tomar un resuello, y esta pausa era para proseguir con mas fuerza. Por especial providencia de Dios nos cogió a todas acá abajo, sólo cuatro religiosas se hallaban en el dormitorio y éstas viendo caer los claustros y el dormitorio salieron como pudieron a la azotea. Las de abajo les gritaban que se dejasen caer a la obra de la enfermería, donde se hallaba la mayor parte de la comunidad: les ponían palos para que se resbalaran, pero no tenían ánimo, hasta que viendo que ya no había ni un muro y que todo se acababa la madre María Ventura, que era una de las de arriba, se dejó caer y las otras la siguieron, sin que les sucediera nada.

Yo estaba en la sala del torno y como pude me fui al torno. Cuando vimos caer la portería nos fuimos a la puerta del confesionario y allí vimos a la madre Teresa en las gradas de la pila, con mucha paz. Todas gritábamos que se quitase de allí, y a ese tiempo dio como cinco pasos a coger un poco de agua, porque se ahogaba con el polvo; y al mismo tiempo salió el pilar de la pila, con taza y todo, y subió como una vara de alto y cayó donde mismo había estado la madre parada y casi a sus pies. Quedamos atónitas de ver aquel prodigio, y ¡cómo guarda la vida nuestro Señor!, ¡bendita sea su infinita misericordia, que es cierto ha resplandecido más que su justicia! Todas no esperábamos ya otra cosa que el que se abriera la tierra y nos tragara.

[Orden de desalojo del convento y transferencia de la comunidad a un rancho fuera del casco urbano]

A ese tiempo tocaron con gran violencia la campanilla. Fuimos a ver y era que su ilustrísima [el arzobispo Don Pedro Cortés Larraz] nos mandaba salir. Algo nos resistimos, porque nos parecía que si moríamos era mejor quedarnos enterradas en nuestro convento y no en la sabana, pero nos intimidaron la santa obediencia, y entonces abrí la puerta. Luego que el Hermano Francisco me vio que no me podía tener el pie, me cargó y me puso en la calle; y se metió a sacar a las demás religiosas y velos para las que salieron, como les cogió la voz de que salieran. Ya que estábamos juntas las ventiocho [monjas] no cesaba el señor Quintana de contarnos, y nosotras le preguntábamos a dónde nos llevaba y decía que a la plaza, con su ilustrísima. Le aseguro a vuestra reverencia que era el juicio, la calle y las pobres religiosas tan incomodadas hasta ir debajo de un velo: una que al salir topó a Nuestra Señora de los Dolores en el claustro caída, le quitó el manto y se tapó con él. El señor Quintana le dio a otra su sobreropa; una hermana de Sor Joaquina le dio su cabriolé para seña, y así se ordenó una procesión para la calle Ancha, hasta ver si se suspendía el terremoto.

Allí topamos innumerable concurso de gente, todos gritando a un tiempo y pidiendo misericordia, los sacerdotes haciendo actos de contrición y absolviéndonos, se pedían perdón unos a otros. La tierra se levantaba por un lado y se hundía por otro. En esta tribulación estábamos cuando vimos venir a las madres Teresas con el Santísimo por delante; todos nos hincamos y la gritería creció mas. A cada religiosa nos tenían agarradas tres o cuatro señoras, porque era imposible estar en pie con tan extraños movimientos. Las teresas pasaron para el patio de Santo Domingo, pero así que nos vieron se incorporaron con nosotras. Doña María Manuela Foronda así que nos vio, empezó a clamar que fuéramos a su alfalfal, que allí ponía su rancho; luego demandó recaudo a su ilustrísima, quien admitió la oferta. Este alfalfal, diga vuestra reverencia a las madres, que es donde mataron al Sr. Orozco, y que doña Maria Manuela Foronda es hija de doña Javiera Zavala, y mujer de Don Lorenzo García, a quienes les hemos debido mil favores.

Serían ya como las seis de la tarde cuando hizo pausa el temblor, y en su ínterin nos llevó el señor Quintana al alfalfal a la carrera por temor de los pedazos de paredes que estaban para caer. Toda la gente de la calle Ancha se fue con nosotras y muchas madres Catalinas. Llegamos y los temblores prosiguieron la noche entera tan fuertes que la tierra parecía se quería voltear lo de arriba abajo, la que estaba oscuro. Vino el señor Morga con el Santísimo, que de rodillas lo traía, porque no podía andar y temía caer con el copón; y los hombres que venían alumbrando lo venían sujetando para que no cayera. Lo colocó en el rancho, donde metió toda la gente y juntamente los presos, que pasaban de doscientos. Yo, muriéndome; y viendo el sacristán que no podíamos menearnos en el rancho, por la mucha gente, se puso a hacer otro, de cueros. Allí nos refugiamos unas cuantas y seis catalinas. Yo ya expiraba y tan magullada de la gente y adolorida de las muchas caidas que me di en el camino. Es imposible poder explicar las tribulaciones y angustias que hemos padecido, y así lo dejo a la consideración de vuestra reverencia. Todas las religiosas dicen a cada paso, "¡Ay, ay, si las madres de Caxaca vieran en lo que estamos, llorarán a gritos de compasión!". Pasamos toda la noche navegando, porque así parecían los temblores como olas, como si anduviéramos en faetón por empedrados.

[Efectos destructivos de los terremotos y diversas iniciativas de reorganización urbana: abandono de Guatemala arruinada y traslado de la población a áreas seguras]

Ya digo que es imposible explicar el cómo son estos temblores. Sólo el consuelo que tuvimos fue que estuvimos rodeadas de sacerdotes, porque desde la calle Ancha un padre felipense que estaba confesando en Santa Catalina y Su Majestad la sacó, y como vio que se unía con nosotras se quedó y junto el señor Quintana nos llevaron al rancho. Allí se agregó nuestro padre, el Padre Morga, el señor secretario, el padre Tomás Cerrera, hijo de doña Rafaela García, otro clérigo chapetón y don Antonio Carboncio, también familiar de su ilustrísima y sacristán mayor de la catedral. Toda la noche la gastaron en auxiliamos y aliviarnos, porque no esperábamos ya otra cosa que expirar. El señor Francisco Pacheco, que es uno de los cuñados de Sor Joaquina, nos ha favorecido mucho y desde la calle Ancha fue todo mi consuelo, levantándome cada vez que me caía y viéndome tan mala fue personalmente a ayudar al sacristán a hacer el rancho de cueros y me llevó a él cargada. Se quitó el cabriolé, que era muy rico y galoneado, y lo tendió en el suelo, para que nos resguardara de tanto lodo. Luego nos trajo una gaveta de pan y chocolate, y una fresquera con varios licores. Se deshace el caballero en darnos consuelo. Ya que iba amaneciendo cantaron el alabado y nuestro padre trajo el Santísimo, de Santa Catalina y sagrario y vino. Nos reconciliamos algunas y comulgamos.

Los temblores proseguían con fortaleza. Como a las seis vino su ilustrísima y como nos vio que no nos podíamos menear en el rancho de cueros mandó que nos pasáramos al otro, y que ni ayuno, ni comida de viernes, ni oficio diurno. Hablaba con nosotras que la misma tribulación lo dispensa: que nos alzáramos los velos y nos desahogáramos. ¡Qué prelado tan bello nos premió nuestro Señor para tal conflicto! Allí le mandó al padre Carbonell y al padre Santa Cruz, que es el felipense, que ni de día, ni de noche no nos desamparasen; y al padre Morga, también y lo ha ejecutado con puntualidad. Toman chocolate con nosotras y no nos faltan de noche hasta cuatro, acompañándonos; y de día, unos entran y otros salen. Nuestro padre va y viene a la Merced, que lo hizo su ilustrísima cura de todo aquel barrio. El señor Cortés también va y viene; el padre Francés, religioso dominico y confesor de su ilustrísima que nos lo ha puesto para que tengamos suficiente pasto espiritual. El señor Quintana, que es capellán de su ilustrísima, y el señor secretario que no dejan de venir a vernos.

El viernes a las once del día nos avisaron que saliéramos a recibir a Jesús de la Merced, que se venía con nosotras. Salimos en dos coros, cuando vimos aquel diluvio de gente, todos llorando a gritos y al mismo tiempo cantando todos diferentes cosas, con unas voces destempladas de puro miedo. Nosotras entonamos el miserere y caminamos para el rancho, lo colocaron los padres y quedamos muy gustosas con tal tesoro. Y la mayor fortuna es que donde quiera que vayamos ha de ir su merced, porque ya los padres nos lo endosaron hasta que esté su iglesia en la ciudad Nueva [Guatemala]. ¡Bendito sea Dios que nos ha dado tal consuelo! La gente prosiguió a estar metida en el rancho hasta el lunes, que vino el señor secretario y de parte de su ilustrísima ha mandado que todos salieran y nos dejaran solas. Hasta ese día nos vimos las caras unas a otras; sólo Doña María Manuela y las niñas Carreras quedaron con nosotras, y los. padres. Y el alfalfal al instante se llenó de ranchos y gente que es juicio; pero ya tuvimos el alivio de podernos sentar y levantarnos los velos. Duraron los terremotos siguiendo desde el jueves hasta el lunes de la noche. A las tres de la mañana nos mandaron los padres que, por obediencia, nos recostáramos un poco: obedecimos y unas encima de otras nos acomodamos, todas en el suelo, pero fue imposible poder dormir, porque lo mismo era reclinar la cabeza y venir el temblor. Hasta las cuatro de la mañana ya no eran tan consecutos y así ha proseguido hasta hoy, que no falta ni de día ni de noche los temblores: que se haga con todo la voluntad del Señor, que quiere que en vida pasemos el purgatorio.

[La imagen de] Nuestra Señora del Carmen también se vino con nosotras, muy maltratada; pero ya está compuesta y se va con nosotras. Necesidades no hemos padecido, a Dios gracias, porque ha llovido la divina providencia y todos a porfía nos han socorrido. En la ciudad no hubo pan en muchos días y nosotras no nos ha faltado ni un día, pues desde Sololá nos envió un franciscano una petaca de ricas tortas, de Quezaltenango también, luego que empezaron a hacer pan en los hornos nuevos que el señor presidente mandó hacer. Vino un alcalde, un oficial real y don Bartolomé Eguizábal con un canasto de a medio en la cabeza y los mismos señores lo guardaron con tanta humildad que nos sacaron las lágrimas a los ojos, de ver a tales personas ocupados en servirnos. Todos los curas nos han enviado gallinas y totopostle. Don Francisco Aldana, que al presente es alcalde mayor de San Salvador, luego que supo que estábamos vivas nos envió cien panes y una petaca de chocolate, cocos para tomarlos, quesos, cuchillos y veinte mulas de trigo, frijol, arroz y maíz para que nosotras compartamos con las otras comunidades, a las que también envió cien panes y setecientos para los pobres, con doce mulas de bastimento. ¡Dios les aumente sus bienes por tan grande caridad!

No quedó en la ciudad reloj, ni campana, por lo que parece que estamos faltas. A nosotras nos obsequió nuestro padre de uno de faltriquera para seguir la hora del coro, que con gran consuelo de nuestros corazones estamos rezando el oficio divino a sus horas. Y su ilustrísima viene y nos halla en el coro, y nos aguarda que acabemos de rezar.

[Tentativas para abandonar Guatemala arruinada y búsqueda de un lugar para construir una nueva capital]

El deán don Juan García luego que supo el desgraciado fin de esta ciudad y que nosotras estábamos en su casa, se vino de su hacienda y con grande instancia le pidió a su ilustrísima que le diera licencia para llevarnos a su hacienda, que nos costeaba el viaje y nos mantendría todo el tiempo que estuviéramos allí. Su ilustrísima lo agradeció, pero no lo admitió por estar distante del lugar donde se ha de fundar la ciudad. El padre don Tomás Carrera ofreció su hacienda y también no lo admitió, diciendo que hasta que su ilustrísima salga de esta ciudad no salíamos nosotras; se siguió Don Diego Beteta y su yerno Don Francisco Pacheco brindándole a su ilustrísima su labor y que nos llevara consigo. Mucho le gustó esta oferta y la aceptó, tanto que le dijo al hermano que fuera tratando de hacer las sillas para el viaje. Pero como es tan prudente se halló obligado a retroceder, viendo que no hay donde vayan las otras religiosas, y no está bien que el pastor se vaya y deje a las demás ovejas. Y así determinó juntar a todas las comunidades en la chácara y su ilustrísima ayer, víspera de San Bartolomé, llamó a nuestro sacristán y personalmente fue a señalarle el sitio para su rancho y el de la catedral y el de nosotras. Y lo designó por si mismo, con muchos encargos de que tenga todas las comodidades posibles. Es mucha la caridad con que nos ve. Las madres claras salieron ya para Canales desde el 19 y las concebidas están en la choza; las teresas y catalinas en el patio de Santo Domingo; las que se vinieron con nosotras a este alfalfal, a las cuatro de la mañana, las envió a traer su prelada y con qué dolor se fueron las pobres, y nosotras también lo sentimos.

Su ilustrísima convocó a todos los prelados, a los señores de la real audiencia y a la ciudad para consultar qué se haría en semejante tribulación de quedar todos en la calle. Y salió de la consulta que se hicieran doscientos ranchos en los Llanos de la Ermita, para todas las comunidades, mientras se registran las tierras para ver dónde se puede fundar la ciudad. Prontamente despachó el señor presidente al maestro mayor con más de trescientos indios y dos caballeros del gremio y un oficial real con el estandarte de nuestra señora de la Concepción. Salieron procesionalmente cantando la letanía para la Ermita a comenzar los ranchos.

La semana pasada salieron seis exploradores a registrar las tierras para ver dónde se ha de fundar y para esto suplico a vuestra reverencia que el himno de después de prima lo aplique por esta necesidad, y para que el divino espíritu ilustre a los prelados para que elijan aquel lugar que fuere mas de su agrado y donde mejor le sirvamos. Y también pido por amor de Dios la salve de después del oficio, por la misma necesidad. Y todo lo que, por caridad, nos quisieren aplicar. Miren que ni nosotras mismas sabemos lo que nos ha sucedido: gracias a Dios que nos ha atontado o aturdido, que si estuviéramos en nuestros sentidos no cesáramos de llorar día y noche, viéndonos arrojadas de nuestros conventos, y por fin de nuestra misma patria. Iremos, pues, ya que no nos quiere sostener y nos arroja de sí.

[Situación del convento de Capuchinas y de otras religiosas. Acción de los ladrones]

Vamos diciendo de nuestro convento: la iglesia cayó enteramente, hasta el bernegal nuevo, que ya estaba acabado y no pareció ninguno de los que estaban trabajando. El coro alto cayó todo entero, excepto donde está el Señor de la Sangre y quedó de pared como baldaquín. El dormitorio todo entero, con claustros y azotea el noviciado, donde estaba el sol guardado y otras piezas de espejo y la lámpara, y habiendo caído la pared y el techo hoy lo ha sacado todo el hermano, sin lesión alguna. La ropería se hundió sobre la portería, el confesionario está lleno o tapiado. El coro, bueno y nuestra señora del Pilar que estaba a los pies del Santo Cristo en lugar de caer delante de la mesa, la halló el hermano vuelta enteramente al Señor, y pegado el rostro a los pies. Al Señor tampoco se le sucedió nada.

Todas las demás imágenes que estaban en el antecoro y sala del torno, las halló caídas en el suelo y la reja desencajada. Los claustros de abajo mirándose la luz de los arcos y las pilastras acabadas. La sacristía, buena; la otra casa, se acabó, sólo la sala donde están los retablos se escapó; la casita de Rosales se acabó. ¡Bendito sea el poder de Dios, que en un momento puede trastornarlo todo y bendito sea porque en tan manifesto peligro nos libró la vida!

El hermano Francisco luego que acabó de sacarnos a todas, se quedó dentro del convento y cerró la portería, las puertas y ventanas y luego que aseguró el convento corrió a la iglesia, buscó sacerdote que sacara el Santísimo y como no tocó quien se animara, se metió él solo y topó el sagrario tapado; corrió por una barreta, empezó a cavar y topó la puerta quebrada y los copones caídos y las formas en los corporales. Recogió la grande y unas cuantas pequeñas y las metió en el copón, y todas las demás las consumió, y corrió a Santo Domingo a entregarles a los padres el copón con el Santísimo. D. Cerró la iglesia y corrió con su ilustrísima a decirle lo que había hecho, y le respondió que estaba tan bien hecho como si su ilustrísima lo hubiera hecho. Dice el pobre que sólo el ruido de la iglesia y el polvo le pudo quitar la vida, pero nosotras creemos que todos los ángeles del cielo bajaron a asistirlo y defenderlo en tan manifiestos peligros en que se puso por amor de Dios y sus esposas, que es cierto que no hay palabras con que expresar la fineza, amor y caridad con que nos ha asistido y consolado: cada una y todas, en general, hemos experimentado en él acciones mas que de padre. Otro día, apenas amaneció cuando ya tenía cocina y un hermoso cocinero, y nos ha regalado mucho. No hemos experimentado escasez ni necesidad ninguna. Es imposible explicar de cómo nos llueve la divina providencia, pues cuando muchos ricos no pueden conseguir el pan para tomar chocolate, a nosotras no nos falta para la comida.

No digo más del hermano Francisco, porque queremos que él escriba todo o algo de lo que ha pasado por librarnos las vidas y nuestras pobrezas, de los ladrones, que hierven. A todas las religiosas las han dejado en la calle y cuando los topan hurtando dicen que ya no tienen derecho las monjas a sus cosas, que los que arriesgan sus vidas tienen derecho. Y como no han tenido un hermano Francisco que no duerme por cuidarnos, en la Concepción toparon cinco hombres debajo de una pared, muertos. Nuestro convento no lo ha pisado nadie, porque después de estar todas las puertas bien cerradas, han puesto [guardias] dragones que cuiden los muros caídos, y así no nos ha faltado ni un alfiler.

En las concebidas han muerto dos religiosas, a una la enterraron en un claustro de su convento y la otra la llevaron al cerro de los Dolores y le hicieron un entierro estupendo. La procesión dicen que era inacabable: todas las comunidades, todos los clérigos y las religiosas, los dominicos, franciscanos y mercedarios desde la chácara hasta Dolores.

[La opción de construir una Nueva Guatemala y resistencia de las autoridades eclesiásticas]

Parece que llegaremos a quedar solas su ilustrísima y las comunidades. En esta mala tierra por los milagros y cosas notables que se han observado no digo no, porque creo que las gacetas llegarán por allá. El mayor de los milagros es el haber quedado con vida los que estábamos debajo de los edificios, pues sólo mil murieron en la ciudad y fuera tres mil. Y no dejaré de decir una cosa que hemos reparado y es que ninguno lloró, ni se afligía por sus pérdidas, antes sí con mucha alegría dicen con Job: "Dios nos lo dió, Dios nos lo quitó, que se haga su voluntad santísima", y se contenta con haber quedado con vida. Ya murió una monja de Santa Catalina y la entierran en el patio de Santo Domingo. ¡Qué dolor nos causa ver estas cosas y las pobres religiosas en tanta incomodidad! A boca de todas, nosotras somos las reinas y las que mejor lo pasamos. Gracias a Dios que nos ha visto con tanta misericordia, a quien pido por estas reverendas madres.

Está el diseño de nuestro convento primoroso. Hasta río nos meten dentro del mismo patio. De aquí en un mes irá el diseño. Están los padres gustosísimos de tenernos en su convento y están trabajando con mucho empeño. De milagro se ha escrito esto, velo, porque las visitas no nos dejan. Todos los canónigos, caballeros, bienhechores y parientes de las religiosas.

Besa las manos de vuestra reverencia hermana Marianita, que la estima. Sor María Gertrudis, abadesa.

Fuente: Francisco de Solano (ed.). Normas y leyes de la ciudad hispanoamericana, 1492-1600. Consejo Superior de Investigaciones Científicas/Centro de Estudios Históricos, Madrid, 1996, tomo II, pp. 200-208.