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Siglo XVIII > 1770-1779 > 1771

Acrimensores y tasadores de fincas. Formas y modos de medición y nueva normativa. Decretos del virrey Marqués de Croix a propósito de la tasación de las fincas rústicas de los jesuitas expulsos.
México, 19 de febrero, 1771.

[I. Instancia de los agrimensores Zúñiga y Ontiveros para que se paguen sus honorarios en la medición y avalúo de las haciendas jesuitas, a 5 pesos por caballería, por la dificultad en realizar con precisión las subdivisiones de la tierra (pan sembrar, riego, temporal, pastos, etc.)]

Excmo. señor:

Los agrimensores don Felipe y el bachiller don Francisco de Zúñiga y Ontiveros, puestos a los pies de V. E., con el debido rendimiento [exponen]: Hallándose en el día nombrados por el Comisionado del colegio de Tepotzotlán -uno de los confiscados a los religiosos expatriados de la compañía de Jesús- a efecto de medir las haciendas que respectivamente le tocan para sus avalúos, como Su Majestad previene.

Y teniendo aceptado el nombramiento como corresponde en unos fieles vasallos, hásenos dificultado llegar a poner en ejecución las operaciones peculiares del asunto: tanto por ver en nuestra ausencia el estado en que hemos de dejar nuestras honradas familias, cuanto por instruirnos de la compensación que se nos asigne para arreglarnos de lo que tratado con el comisionado de dicho colegio se halla irresoluto y nos expresó que hiciésemos representación ante la grandeza de V. E. para que su notoria justificación, en atención a los méritos que ya expenderemos, se sirva de mandar lo que fuere de su superior agrado.

Por lo que toca al honorario de agrimensores que como ejercicio tan irregular no tiene arancel, y aunque la práctica ha sido según lo laborioso, extenso y situado de la hacienda que se ha de mensurar, atentas las circunstancias se hace una prudente regulación.

Pero como en el sistema presente no se sepa el cuánto de las tierras de las haciendas confiscadas que a cada una tocan, ni de qué naturaleza o circunstancia sean se hace imposible la regularización a destajo: cuya razón, en extremos tan diversos, el medio más oportuno y legal que se discurre, sin perjuicio del real haber, es el siguiente:

1. En primer lugar notablemente distinto el trabajo que se emprende en las medidas regulares por cualquier agrimensor que el que se ha de expender en las presentes. Y es la razón, porque en las regulares, de ordinario, se solicita solamente saber la porción de tierra -sean de la condición que fuesen-. Y así la mensura sólo gira por los linderos.

Pero las dimensiones que en la actualidad se ofrecen no sólo se dirigen a saber la porción de tierra común, sino en particular subdividiéndolas: esto es, cuántas caballerías sean útiles de pan sembrar, con riego, cuántas dichas de temporal, de magueyales, pastos, montes y demás.

Porque como son diversas naturalezas gozan de distintos precios y así para que pueda recaer en justicia el avalúo se necesitan las mensuras subdivisorias en que, como la alta comprensión de V. E. se hará cargo, se impende el excesivo trabajo de ir registrando y midiendo los centros y linderos, y tal vez desfalcando con arreglo verbi gratia entre las tierras laborías algunos pedazos areniscos, barriales, salitrosos, tepexarosos, etc.

Y después de todo esto se resuelven todas estas figuras con diversidad de operaciones molestas y cuentas prolijas para de todo ello extraer en limpio las porciones y valores de éstas.

2. Esto supuesto, y atendiendo a tratar de la mayor equidad en el presente asunto, como negocio tan recomendable al servicio de Su Majestad, en que se digna su piedad al parágrafo XI del cuaderno de instrucciones, reimpreso en esta corte, mandar que con proporción al tiempo, distancia de las fincas, etc., se les compense a los peritos su trabajo.

En cuya inteligencia el medio más ínfimo parece sea a razón de cinco pesos cada caballería útil de las de riego temporal, o magueyales que se midiesen; y a razón de tres pesos las pastales y de monte.

Entendiéndose esta regulación en tierras frías o templadas, pero en las calientes, por el evidente riesgo de la salud, animales ponzoñosos y otros incómodos, será un peso más en cada caballería, sean de cualesquier condición: lo que no es sin mérito, pues los señores que formaron los reales aranceles del gobierno de esta Real Audiencia asignaron más sueldo a los ministros que se comisionan en tierras calientes.

3. En razón de los reconocimientos o medidas de aguas que se puedan ofrecer, se hará la consignación, siendo del agrado de V. E., a razón de tres pesos cada surco -que se compone de tres naranjas-.

Y siendo su cantidad de hasta seis de dichos surcos, pero si el arroyo trajere en sí más de seis, se aumentará: esto es, por cada surco de los que sobreabundaren a los seis primeros sólo pagará un peso por cada uno.

4. Y por cuanto es indispensable el que se ocupen algunos días en registrar e imponerse en los títulos de las haciendas y deducir de ellos los apuntes que convengan hacer algunas vistas de ojos, ubicaciones y mercedes.

Y juntamente caminar algunas distancias de unos a otros parajes con lo demás incidente que no es medida, pero sí medio para ella. En tal caso el arancel de los receptores de la real hacienda, (Ver Nota 1) por ser igual trabajo, da regla para este género de compensación.

5. Pero es de advertir que pueden ofrecerse en el acto o medida de las con-sabidas haciendas y sus avalúos algunas contradicciones por los colindantes: que unas podrán ser impertinentes o maliciosas, y otras con aparatada justicia.

Y de aquí seguirse hacer inquisición de los títulos del contradicente, ubicación y medida aun de los terrenos adyacentes. Y sobre esto para que no se grave el real erario parece arreglado a justicia que el contradicente reporte todas las diligencias que causare con su pretensión: y esto sería regulado por lo que el perito estimare y no por el plan o sistema que va formado.

6. Aunque el estado o plan que en el parágrafo XII citado manda Su Majestad se saque de cada hacienda, no lo entendemos por plan o mapa pintado de la vista o situación de ellas, pero no obstante si se necesitase que se forme alguna de ellas, dándole previo aviso al agrimensor para que éste vaya echando sus visuales, tanteos y líneas sobre el mismo terreno para levantar el plano de ella.

Y respecto a que para formarlo y sacarlo en limpio, por lo menos, ha de divertir la tercia parte del tiempo que ocupó en medir la hacienda, cuyos días impedidos en lo referido se graduará conforme al predicho arancel de los receptores. O por otro modo, a razón de un peso cada caballería de las que concurriese el mapa, sean de cualesquier condición. Aunque este costo lo juzgamos superfluo el negocio principal.

7. Este plan va formado en la inteligencia de que la hacienda que se haya de medir ha de dar de comer a los peritos y a aprontar peones y cabalgaduras necesarias. Y por cuanto las familias de los agrimensores se mantienen a expensas de su trabajo y han de hacer éstos abandono total de todos sus negocios y diligencias en que pudieran utilizarse en tanto se ocuparen en las que se han de medir y valuar, se ven precisados a dejar habilitación para la manutención de sus familias: por lo que se les adelantarán en cuentas reales para este fin. Y concluida que sea la medida de cada hacienda, por las razones expuestas y no poder esperar los gastos diarios, se les satisfará lo que hubieren devengado.

Todo esto, Excmo. señor, se ha expendido no con motivo de granjear utilidades en perjuicio de las temporalidades, sólo sí con miramiento a poder mantener nuestras familias sin que padezcan en nuestras ausencias necesidades ni escasez, sino es que tenga el proporcionado sufragio a que están acostumbradas pues Su Majestad, como nuestro padre y señor, lo previene en las citadas instrucciones y V. E. usando de sus prorregias facultades determinará como acreditada justificación bajo los mejores expuestos como estimare por de justicia.

[II. Pedimento del fiscal de la Audiencia de México sobre trabajo, características y salario de los agrimensores. Nominativa sobre tasaciones de fincas, para que desaparezca la costumbre de evaluar las haciendas por el número de sus caballerías y no por la calidad de tierras y producción]

México, 8 de marzo, 1771.

Excmo. Señor.

El fiscal va a hablar en una materia en que le ha sido preciso instruirse con la más detenida atención, por ser de las que no caen inmediatamente en su facultad.

Y así es fuerza que V. E. se disponga a ponerle con particular cuidado, pues se conduce a exponer en ella lo que alcanza, guiado de los informes y estudio que ha hecho para saberla, en cumplimiento de sus deseos y escrúpulo con que trata todos los asuntos de su oficio.

Redúcense los puntos de este expediente a examinar si merecen, real y verdaderamente, el título de equitativos y aún ínfimos honorarios los que se asignan los agrimensores don Felipe y don Francisco de Zúñiga y Ontiveros por las medidas de cada caballería de tierra de pan o laboría, y de tierras pastales o de monte.

Y así mismo el que piden por la mensura de cada sulco, o llámese sulco de agua, regulando como regulan por precio de la operación de la medida de las primeras a razón de cinco pesos cada una y tres pesos por valor de la medida de cada una de las segundas; y así mismo de tres pesos por medir cada sulco de agua, en siendo cantidad que no pase de seis y por todos los que pasaron de este número en un mismo río, arroyo, canal, acequia o tarjea se contentan con un solo peso respectivo a cada sulco.

[1. Análisis de los trabajos de los agrimensores. Dificultades en las tierras montuosas]

El fiscal confiesa que desde que tiene el expediente en su poder apenas se ha empleado su meditación en otra cosa que en buscar mentalmente el fundamento o regla para establecer los precios, honorarios o salarios que estos peritos agrimensores se señalan.

Y por más que ha discurrido no le ha sido fácil encontrar regla, ni fundamento seguro que le deje quieto y satisfecho el ánimo, por lo que habiendo de formar juicio resolutorio afirma que los tales honorarios o precios son absoluta y plenamente arbitrarios, exorbitantes y excesivos.

Poco será necesario trabajar para convencer este aserto, pero antes conviene reflexionar un poco sobre los fundamentos que alegan estos titulados agrimensores dejándolos en su posesión y buena fama de peritos, pues no intenta el fiscal incomodarla sino gobernarse por la meditación y estudio que ha puesto para cubrir su oficio en cada uno de los puntos que comprende la representación que suscriben ambos.

Y siguiendo sus cláusulas con sencillez se le hace reparable que por medir cada caballería de tierras, laborías, de riego. de temporal o magueyales pidan cinco pesos y se contenten con sólo tres por la medida de cada una de las pastales y de monte, pues el fiscal piensa tan distintamente que si graduase cinco pesos por la medida de las primeras no se contentará con graduar quince por medir cada una de las segundas.

Y es la razón porque las tierras laborías tienen en su entender, por lo regular, la circunstancia de ser las más inmediatas o cercanas a las casas principales de las haciendas, de hallarse situadas en llanuras, de estar desembarazadas, de malezas, árboles, peñas y otras cosas o estorbos que impidan el giro de la visual o el libre manejo de la cuerdas.

Y además de lo dicho los labradores, por lo común, las tienen -según le han informado- cortadas en figura regular y aún medidas a palmos por todos y cada uno de sus lados. Lo cual facilita mucho la medida al agrimensor y le causa poquísima incomodidad.

Pero en las tierras pastales y de monte sucede muy diversamente: porque éstas están regularmente situadas en los parajes más distantes de las casas principales de las haciendas y es muchas veces necesario para llegar a su reconocimiento, atravesar barrancas, transitar por desbarrancaderos, subir y bajar cuestas -las más veces, a pie y con una penosa fatiga o peligro-.

También se hallan frecuentemente con embarazos de peñascos inaccesibles y de malezas y breña-les impenetrables.

De modo que ni puede girar la vista ni menos correr la cuerda y se ve precisado el medidor a mudar con frecuencia los rumbos, a  costa de prolijas o expuestas operaciones y a romper con mucha pérdida de tiempo y a expensas de un ímprobo trabajo y veredas, callejones o caminos por dónde poder dirigir las visuales y cordeles.

En estos parajes se encuentra la aspereza y la fragosidad del piso, los espinos y las peñas que destrozan o rompen la ropa de los que se arriman a ellas. Y son muchos los tramos por donde se hace imposible el que transiten las bestias.

Y así se ve precisado el agrimensor a caminar a pie y con mucha detención, por lo que se viene en conocimiento que es tan grave y tan molesto el trabajo en la medida de estas tierras que comparado con el de las laborías es fácil decir que éste se puede conocer por diversión y paseo, y que el de medir aquéllas no se pueda hacer sin mucho afán, congoja o fatiga y a veces insufrible, tanto que cuanto más se reflexiona este punto se hallará que el fiscal anduvo corto en decir que por las medidas de tierras de monte graduaría el triple honorario que señalaría por las de pan llevar o de labor.

Y así no alcanza la razón o fundamento por qué los citados agrimensores pidan más salario por estas últimas que por la mensura de las antecedentes.

Pero no es fácil desentenderse de la diferencia que señalan los mismos agrimensores entre las tierras laborías y pastales o de monte para significar el trabajo que demandan las primeras comparado con el necesario para medir las segundas: pues en aquéllas dicen que no se hacen unas medidas regulares, según las que suelen hacerse por los linderos de las posesiones, como que debiéndose ejecutar con prospecto a los avalúos y siendo tanta la variedad de las tierras que unas suelen ser delgadas, otras pingües; unas, areniscas y otras, barriales, son necesarias muchas y muy prolijas subdivisiones para reconocer y determinar cuántas son de una calidad y cuántas de otra, a fin de darles el valor que a cada una convenga. Lo cual no puede practicarse con exactitud sin una continuada, prolija, molesta y perezosa operación.

Esto es, en sustancia, lo que se deduce de lo que los mismos agrimensores exponen en su expediente. Si el fiscal no se engaña y para satisfacer a este argumento necesitaría extenderse más de lo regular. Y así, permítale V. E. ceñirse a lo preciso, aunque no dejará de tocar lo que juzga digno de que se atienda en la providencia que pida por conclusión de este papel.

Y así continúa, por ahora, exponiendo en primer lugar que es innegable verdad el que para hacer los avalúos de las tierras laborías es necesario el reconocimiento y justo examen de cada una de las muchas partes de todas ellas, pero ¿quién podrá negar que para el justo avalúo de las pastales o de monte, es también precisa una inspección igual, y aún más prolija?

Siendo evidentemente cierto que así como en las laborías se hallan diversas porciones de distintísimas calidades, que por su mayor o menor bondad, merecen más o menos estimación, así también las de monte y las de pastales piden distintas consideraciones, pues una estimación exigirá el pedazo de tierra para pastos que se ve con buenas gramas y otra el que se halla con hierbas inútiles; una, el pedazo que está bien poblado y otra el lunar, que es un tepetate desnudo.

Una estimación también distinta pedirán aquellas tierras que están cerca de los aguajes, con buenos pastos y otra aquellos que aunque con pastos iguales se hallan lejos de los abrevaderos.

Una estimación merecerán las que tienen buenos sombríos y ramones en mezquites, palos dulces o tepames y otra las que no se encuentran con sombríos o no tienen otros que los que dañan, como son los palos bobos o casahuates.

Si se consideran las tierras de monte como algunas deben considerarse con respecto a las leñas, carbón o maderas que pueden ofrecer utilidades es preciso también examinarlas bajo de diversa consideración, porque no valdrá lo mismo el pedazo de monte que se vea poblado de maderas o de leñas útiles que el que se halle con palos poco o nada apreciables, ni merecería igual estimación aquél que esté bien tupido Y con mejores palos, que aquél que esté despoblado o con árboles muy ruines.

De todo lo cual se infiere que si el agrimensor ha de medir estas tierras pastales o de monte con el objeto de avalúos que se pretenden hoy en cuanto es perteneciente -a las temporalidades que poseyeron aquí los expulsos, necesita aún más repetidas y prolijas operaciones que las que se requieren para medir las tierras de labor, subsistiendo siempre según piensa el fiscal la gran diferencia que queda ya apuntada entre el trabajo de las operaciones para las laborías y la fatiga que demandan las otras, que no son de esta clase: con que nunca se podrá descubrir razón para que pidiéndose tres pesos por cada caballería de las de monte se pidan cinco por igual medidas de las tierras de labor.

2. [Sobre honorarios y la inutilidad de las medidas subdivisorias]

Pasemos ya a examinar en el modo que se pueda la exorbitancia del expresado precio de la agrimensión, que es el punto que se interrumpió para hacer este argumento.

Y a este fin es fuerza suponer como cosa de hecho sucedida a presencia de quien se informó el fiscal, que un agrimensor es capaz de medir en un sólo día sin que le cueste la menor congoja un sitio de tierra para ganado mayor, con la circunstancia de que el tal en que se verificó esta medida tenía o era de una figura muy irregular.

Y tanto que con mucha frecuencia, o casi a cada paso, había necesidad de mudar el rumbo especialmente por el uno de sus lados que lo formaba el río llamado El Turbio, que según cuantos lo conocen corre con continuadísimas vueltas o tortuosidades, sin que por esto dejase también de tener otros lados parajes intransitables y asperísimos.

Y así supuesto este caso como cierto, según se le afirma el fiscal, cuya verdad no causará repugnancia a los que hayan visto hacer medidas de tierras, va a discutir esta forma.

Un sitio de tierra para ganado mayor comprende 41 caballerías, con más  14,272 varas cuadradas, que pagándole al agrimensor a razón de cinco pesos por caballería, sacaría por el trabajo de un día a lo menos 205 pesos. Lo que sin otra prueba se deja ver como honorario exorbitante y excesivo.

Así sucede tomando por fundamento la medida de este mencionado sitio podrá darse el caso de que siendo una hacienda grande y poco irregular en sus lados, salgan los agrimensores incomparablemente más enriquecidos, porque en este supuesto podrá cualquiera de ellos medir en un día, con toda comodidad, un lado hasta de seis leguas, en otro día otro lado de otras tantas y así sucesivamente por el espacio de cuatro.

Al cabo de los cuales se hallará haber medido un área de treinta y seis sitios para ganado mayor, que hacen 1,476 caballerías de tierra y tres cuartas partes de otra, poco más o menos: que a razón de cinco pesos montan 7,383 pesos y 6 reales, que producirán el día al agrimensor 1,845 pesos siete y medio reales a lo menos.

Y para que todavía sea más de bulto esta enorme exorbitancia y se pueda formar un cotejo entre la pretensión del presente caso y otra del mismo don Felipe de Zúñiga y Ontiveros, supongamos que este agrimensor se dedicó a trabajar a toda ley y por el espacio de doce días, continuando en la operación de medir tierras.

Y que en cada tres días de los dichos doce mide un lado de 18 leguas, siguiendo el cálculo de seis leguas cada día. Y hallaremos que al fin de los doce resultó medida una área de 424 sitios y 9 caballerías para ganado mayor, que componen 17,393 caballerías poco más o menos, las cuales se pagan a razón de cinco pesos que repartidos entre el expresado número de días corresponden a cada uno la cantidad de 7,247 pesos.

Esto asentado tráigase ahora a la memoria la instancia que tiene introducida al presente el mismo don Felipe de Zúñiga y Ontiveros, que despacha el fiscal con igual fecha.

Este perito acompañado del señor marqués de Rivas Cacho salió a reconocer, inspeccionar y medir donde fuera necesario las acequias y lagunas que circunvalan esta ciudad de- México:

Y habiendo empleando doce días y muchas partes de sus noches en tan molesto, como prolijo, trabajo, que pinta muy al vivo el propio Ontiveros, pide que se le den 200 pesos por su honorario.

Refléjese, pues, aquí la distancia que hay de 200 pesos a 86,965 para que por ello se colija lo que ahora se pide por un precio equitativo, y aún ínfimo, como en negocio tan recomendable al servicio de Su Majestad, según se explican los mencionados agrimensores.

Acaso podrían responder lo mismo que queda expendido ya, y es que n6 es lo propio hacer la medida de una hacienda por dos linderos, como se hacen las medidas regulares por cualquiera agrimensor, que hacerla para avalúos, porque para esto son necesarias muchas y muy prolijas subdivisiones.

Pero así como el fiscal contradice esta respuesta para el punto sobre que queda asentada, va ahora a rebatirla, para que no sirva a este argumento y también le sirva de ocasión para exponer lo que juzga que debe manifestar, y dice así: Es innegable, como antes aseguró, lo que se asienta en la anterior proposición.

Esto es, que para que los avalúos de las tierras se necesitan todas aquellas subdivisiones que se expresan y muchísimas más circunstancias que no se especifican.

Pero esta verdad evidencia otra que hasta la presente no se ha entendido, o no se ha pretendido entender como conviene que se entienda: y es que las medidas subdivisorias, en opinión del fiscal, son totalmente inútiles y tocan algo en lo imposible para el debido avalúo de las haciendas.

Y, por consiguiente, que ni los citados agrimensores por sólo serios son capaces de hacer semejantes avalúos, ni fácil que haya hombre que lo sea por el medio de medidas y reconocimientos, sobre cuyo particular sírvase V. E. oír un rato.

3. [Diferencias entre agrimensores y tasadores: dos especialidades diferentes]

El valor intrínseco de las tierras laborías, pastales o de montes pende inmediatamente de lo que más o menos, pueden producir, bien cultivadas y atendidas.

Y éste, más o menos, de sus frutos tiene su raíz en la combinación de casi infinitos con principios que contribuyen a la perfecta vegetación de las plantas, como son el clima, el temperamento, los vientos que soplan con más frecuencia, la mayor o menor cantidad del nitro aéreo que es, según la más acreditada opinión, el espíritu prolífico de los vegetales; la más o menos porción de partes salitrosas de varias especies de sales, como es la común, vitriolo, alumbre, tequesquite y otros álcalis; las porciones varias de la tierra que no están paralelas al horizonte; otras, en planos inclinados al oriente, al poniente, al sur, al norte u otras de las plagas intermedias.

Los, más o menos, azufres; la mayor o menor humedad nativa; la mayor o menor distancia en las superficies de los calores subterráneos o interiores; la proporción o improporción para recibir las impresiones del sol, del aire y algunos alivos efluvios y exhalaciones de las entrañas minerales; los diversos colores de las tierras mismas, como índices manifestadores de sus varias naturalezas.

Lo pedregoso, lo arenisco, lo barrial, lo delgado, lo corpulento, lo compacto, lo suelto, lo limpio, lo puerco, lo cansado o descansado.

De ellas, y otras inmunerables concausas, que no han podido comprehender, ni comprehenderá jamás, la limitada capacidad humana.

Pero aún solas las referidas admiten infinitas combinaciones y cada una de ellas es bastante para variar los productos de la tierras.

Pues ahora, a vista de esta innegable verdad, discurramos así: o si es posible o no lo es, que los agrimensores en fuerza de repetidas operaciones hechas con las varas, con los triángulos filares, con las cuerdas, pancometras y compases lleguen al conocimiento de todo lo dicho. Si es posible señalen el cómo, que el Fiscal no le alcanza, ni sabe que algún hombre lo haya alcanzado.

Y si no es posible inferirá legítimamente -y cualquier sensato hará lo mismo- que la geometría, o agrimensura, con muchas subdivisiones, o sin ellas, no sirve en modo alguno para la avaluación justa de las haciendas, fuera de que sin meternos en más especulaciones cualquiera podrá juzgar en una materia que se deja conocer, y penetrar por sí mismo.

Pues quien no ve la ninguna conexión que tienen entre sí la geometría y la agricultura, como que aquella no enseña otra cosa que el modo de medir la tierra y nada dice del de cultivar mejor las plantas, que es lo que se aprende con ésta.

Pregunto no fuera despropósito para saber por químicas, análisis, las virtudes medicinales de las aguas del peñón o de cualesquiera otras termales o minerales cometer esta inspección a los hidrómetras o acuimensores y ¿no sería igual error encargar el avalúo de telas, brocados o cambreyes a quien no supiera otra cosa por su oficio que manejar la vara, para averiguar y saber las dimensiones?

Pues la misma y aún mayor distancia se debe considerar que se versa entre los que por su oficio son agrimensores y entre los que deben ser avaluadores o tasadores de las tierras laborías o pastales.

4. [Errores que se derivan de no ser expertos en agricultura los tasadores y evaluadores de fincas. Ejemplos]

¿De qué sirven, pues, preguntarán acaso, estos agrimensores titulados por las Reales Audiencias de estos reinos?

La respuesta está en la mano, lo mismo que suena el nombre de sus títulos: que es de medir campos o tierras, cuya utilidad se cifra en señalar los límites o los linderos de las haciendas, para que sepan sus dueños la extensión de sus fincas, conforme a las mercedes y recados del dominio de ellas, con que se deciden muchos pleitos seguidos por aquellos que maliciosa o inadvertidamente se introducen a los legítimos dueños, defraudados o desposeídos de las litigiosas.

También sirven para dar razón individual de la cantidad de sitios, caballerías, suertes, olares o cuadras que se comprende entre los linderos o mojoneras. Pero esto hace poco -si es que hace alguna cosa para dar el justo valor a las haciendas o a las fincas, por las razones que quedan asentadas.

Este es punto muy digno de la mayor atención, según comprende el fiscal: como que de él y de su indebido uso resultan en esta América gravísimos, irreparables daños y puede ser acaso, y no la menor de las causas, que forman la ruina de muchos hacenderos o labradores y de la pérdida de un muy crecido número de capitales para cuya inteligencia vaya este ejemplo:

Uno de los primeros conquistadores impetró, y obtuvo, la merced de diez sitios de tierra, verbi gratia para ganado mayor.

Y porque le tocaron de mala calidad, por más que se esmeró en poblarlas y en cultivarlas nunca correspondieron los frutos a los costos. Y así se fue empobreciendo y empeñando, hasta que se vio precisado a buscar dinero a censo.

Y solicitando avaluadores que diesen precio a su finca para recibir dinero sobre ella, los tales por inteligentes y sin atender a otra cosa que a lo que la cuerda les señalaba, hallaron que tenía diez sitios la finca: y dando el valor de 10,000 pesos a cada una asentaron, que la hacienda valía 100,000 pesos.

Con estos avalúos, acreditados con la firma o firmas de un sujeto o sujetos reputados por peritos, se presenta el dueño necesitado pidiendo dinero a censo. Y viendo que la finca vale 100,000 pesos aspira a tomar y encuentra quién, sin dificultad, le da sobre ella 40,000 pesos a réditos.

Con este nuevo fomento o auxilio empieza a habilitarla con vigor, pero como las tierras no mudaron de naturaleza, siguen con su propia y natural ingratitud al beneficio que les aplica la mano de su dueño: y como nunca pueden dar tantos frutos que correspondan al costo de la habilitación, no utilizándose el dueño mucho menos podrá satisfacer la nueva carga en que ha entrado de pagar 2,000 pesos anuales.

Sucede, pues que gasta aquel principal sin poder pagar sus réditos y vuelve a padecer las congojas de verse acosado de la necesidad y del censualista, a quien no paga los réditos. Y toma éste el partido de embargar la finca, para que por los jueces se mande sacar al pregón y que para ello vuelvan a preceder otros avalúos.

Estos se hacen a las veces con arreglo a los primeros que se formaron y en este caso subsiste el concepto de que vale la hacienda 100,000 pesos.

Bajo de este concepto sale el pregón y un licitante, creyendo en fuerza del avalúo que hace una postura ventajosa ofrece 60,000 pesos, reconociendo el censo y dando los 20,000 que exceden de contado. Y celebrado el remate en éste, se le aprueba al tiempo que corresponde.

Entra éste en posesión, empieza a trabajar con esmero y muchos costos: pero como es casi infructuoso este fundo o hacienda experimenta este segundo poseedor la misma fortuna que el primero y después de haber consumido cuanto tenía se halla sin caudal y cargado de muchas deudas, que las más son a beneficio de acreedores refaccionarios.

Hace nuevas diligencias el censualista por la paga de sus réditos y viendo que son sin fruto, procede pidiendo nuevo embargo del que resulta que bajo de los propios avalúos se vuelve a rematar la hacienda en 60,000 pesos, pero que por 30,000 eran ya a beneficio de acreedores refaccionarios, sólo quedan 30,000 del censo reconocido.

Y sin haber cobrado ni un real de réditos perdió ya mucha parte de su principal el censualista, o imponedor del mencionado censo.

[Corolario]

A este modo se van encadenando, sucesivamente y por necesidad, las ruinas de muchos labradores y la pérdida de varios principales. Y todo nació como de raíz infecta de los malos avalúos, que se hicieron por los tenidos y reputados por peritos.

Este es, según comprende el fiscal, y vuelve a repetir conducido por las noticias que le han dado personas del más ajustado conocimiento, el origen de la pérdida de muchos caudales y de la ruina y decadencia 213 de muchos honrados labradores.

Y la causa de todo es la que sean nombrados para avaluadores de haciendas los que admiten este cargo, sin principios, reglas, ni fundamentos para avaluarlas, como que consisten aquéllas y éstos en el arte de conocer bien los elementos de la agricultura.

5. [Irregularidades que se hacen al evaluar las haciendas sobre un precio fijo por cada caballería, debiendo atender primero a la calidad de la tierra. Necesidad de reforma de esta práctica]

Buena prueba nos está ofreciendo la práctica, introducida en este Valle de México, donde según se le ha hecho entender al fiscal se señala en lo común como precio fijo el de 3,000 pesos a cada caballería de tierras de riego, con tanta indiscreción como que hay haciendas en que vale mucho más y hay otras en que vale aún menos que nada. Parecerá paradoja pero desengañemos la prueba:

En una caballería de tierra se siembran, regularmente, hasta veinte cargas de trigo, cuyos barbechos, riegos, siembra y cosecha se regulan por 500 pesos de costo. Y hay haciendas en que el acudir regular es a seis cargas por una, éstas valen menos que nada:

Porque según este cálculo de las veinte cargas de trigo cosecha el labrador 120, que rebajadas 20 de semillas 12 de que corresponden al diezmo, le quedan 88 de producto líquido. Vendidas éstas a cinco pesos, que han sido el precio corriente en los buenos últimos años, monta su valor 440 pesos.

Pues con que habiendo tenido de costo 500 pesos, como va queda asentado, no sólo no vale cosa alguna la tierra, sino que le fue una carga que le costó al labrador 60 pesos, además de su industria, aplicación y trabajo.

Véase, pues, con qué reglas o principios se avalúa semejante caballería en 3,000 pesos.

Por el contrario, hay en este mismo Valle de México caballerías de tierra que producen a razón de 20 cargas por una. Y así a las 20 cargas de sembradura corresponden 400 de cosecha: de las que rebajadas 40 del diezmo y 20 de las semillas le quedan al labrador 340; que, vendidas, al precio dicho importan 1,700 pesos.

De los que deducidos los 500 de costo, le quedan 1,200 libres o de utilidades: con que aún dando a la caballería de tierra un diez por ciento respectivo a su valor, ésta se debería avaluar en la cantidad de 12,000 pesos.

Queda, pues, demostrado con evidencia que los avalúos, conforme se hacen hoy, pueden ser el ejemplo, o verbi gratia, del desorden y que, por lo mismo, es éste un punto que debe mirar el feliz y acertado gobierno de V. E., como el de los más necesitados de reforma o arreglo, o de remedio.

No se pretende inferir de aquí que el fiscal tenga por imposible, o por impracticable el avalúo de las haciendas de las temporalidades, ya sean sus tierras laborías, ya pastales o de monte, pues antes está en opinión muy contraria desde que se ha dedicado a saber en los informes vivos de inteligentes del primer orden este punto.

Y solamente pretende se entienda que el estilo hasta aquí muy practicado para tales avalúos es el menos conforme a su debida regla equitativa y justa: y con especialidad cuando se fían éstos a los solos agrimensores o geómetras titulados por éstos si no tienen el conocimiento de la agricultura para ellos deben tenerse por lo menos idóneos.

6. [Proyecto de normativas sobre tasaciones de fincas]

[6.1. Tipología de los tasadores: expertos agricultores y no agrimensores]

Bueno será apuntar en este papel alguna cosa sobre el modo más arreglado, o menos expuesto, para los avalúos, tanto de las haciendas ocupadas, como de las otras del reino.

Todo avalúo debe hacerse a juicio de peritos que sepan, por reglas ciertas y nada equívocas, señalar el valor o precio justo de las cosas, y en nuestro caso de las haciendas. Y toda la felicidad de los jueces compradores y vendedores de buena fe estriba en la acertada elección de los peritos que deben avaluar:

La primera circunstancia de los peritos ha de ser la cristiana, recta y sana intención, y probidad de costumbres. Entre las cuales debe resplandecer la incorruptibilidad por parte de los intereses con que suelen atacar y cometer los compradores.

La segunda circunstancia ha de ser el conocimiento o ciencia agraria. Y ésta no debe calificarse porque haya cursado en las universidades, ni porque tenga los grados que se reparten en ellas, sino porque se hayan criado en la misma finca o en las cercanías o inmediaciones de ella, o porque por muchos años hayan tenido el manejo, administración o gobierno de la misma, o de alguna otra inmediata.

- Para las haciendas de labor, deberán ser escogidos labradores muy experimentados, aplicados y curiosos.

- Para los criaderos y tierras de pasto de ganado menor, los pastores más prácticos.

- Para las tierras de pasto, de ganado mayor y caballada los vaqueros más hábiles y más antiguos, y así, respectivamente, para las haciendas que tengan otros ramos. Y siempre se deberá proceder con la cautela de que no todo buen labrador buen pastor o buen vaquero, en una hacienda, es a propósito para los avalúos de otra muy distante y muy distinta por las diversísimas circunstancias que se hallan en una respecto de otra.

[6.2. Medición de las fincas, a cargo de agrimensores]

Pasemos, pues, a demostrar en la práctica cuánto queda dicho.

Nombrados estos respectivos avaluadores, se enviará el agrimensor a la finca, para que midiéndola por sus linderos de razón individual de los sitios, caballerías o suertes que se contengan dentro de ellos. Y por vía de mayor conveniencia mapeará la figura de la hacienda toda.

[6.3 Tasación en razón de la producción, precio de los frutos y alcance de utilidades]

Y luego, los nombrados avaluadores recapacitando todas las circunstancias de la finca y teniendo presente, con especialidad, la cantidad de frutos que haya producido y pueda producir, según la práctica experiencia que tenga de sus terrenos y paninos y con atención, también, a los valores de los propios frutos, considerando los parajes en que se producen y de los precios que comúnmente tienen en los lugares donde deben expenderse, hará un cómputo prudencial de las utilidades o pesos que la tal finca pueda producir en líquido: deducidos todos los gastos y costos.

Y averiguado este punto, procederán a dar el valor respectivo del ciento por diez, de modo que si hallan que una hacienda pueda dar, bien asistida, 10,000 pesos de utilidad o de producto líquido, y libre de costos, deberán ponerle el precio o valor de 100,000 pesos. Pues de otro modo quedará el comprador perjudicado, porque además del fondo o principal que embebe en la compra de la finca, tiene que emplear otra porción en el cultivo y fomento de ésta y todo su trabajo y aplicación para atenderla, gobernarla y dirigirla.

[6.4. En las propiedades expropiadas de los jesuitas (temporalidades), los tasadores atenderán las cuentas de los administradores para determinar el alcance de las utilidades]

Y para que, con la posible exactitud se guarde la buena fe que desea Su Majestad asista en todas las ventas de temporalidades, bien conforme a la ley con que igualmente mira su soberana piedad al público y a su particular individuo, se tiene propuesto V. E., muy justamente, por lo respectivo a ellas que después de formados y presentados los avalúos por los respectivos peritos nombrados en la forma que se percibe en el artículo IX de la Real Cédula de 27 de marzo de 1769, sin dejar de tener presentes todas las otras advertencias que se hacen en ella acerca de los precios, tasas o avaluaciones, se reconozcan las cuentas y estados hechos y remitidos por los administradores o comisionados hasta conocer las utilidades que, por la regulación de un quinquenio puedan dejar los dichos fundos. Y con respecto a la buena, mediana administración que la dirección o contaduría general haya experimentado se hará el cotejo de estos productos con aquellos avalúos.

Tales antecedentes podrán sólo gobernar la prudencia para dar los precios más arreglados a la justicia y a la soberana intención del Rey, con lo que ni Su Majestad, ni sus queridos vasallos sentirán grave perjuicio.

Y así el fiscal es de su opinión que el principal y más equitativo avalúo sólo debe de estribar en este paralelo y en este cálculo: tanto para conocerle por legítimo, como para inferir cuál ha sido la administración: si buena, mala o mediana.

[6.5. Se sugiere que los agrimensores cobren lo que los jueces receptores.

Y que éstos vigilen todas sus operaciones a fin de no dilatarlas]

Ya parece que es el tiempo de volver a seguir el hilo del punto principal de este papel, dispensando a V. E. esta pequeña digresión, para consuelo del que va a concluir exponiendo lo que sólo falta tratar en él, que es el estipendio señalado por la medida de cada sulco de agua.

Para lo cual se debe suponer que si a un hidrómetra o agrimensor se le mandase medir la porción de agua que fluye, verbi gratia por la acequia- real debajo del puente de Santo Tomás, no dificultaría hacer la tal medida en el espacio de una mañana.

Supongamos, pues, al poco más o menos, que fluyen por el dicho sitio doce bueyes de agua, como es conjeturable. Los cuales componen 566 sulcos y si se accediese a lo que piden los agrimensores Ontiveros esto es a tres pesos por cada uno de los seis primeros sulcos y a un peso por los que excedan, se le deberán pagar al que hizo dicha medida, en el espacio de una mañana, 588 pesos.

Siendo, pues, esto una cosa repugnante, aun a la primera vista se halla et despropósito de la pretensión de los Ontiveros. Y a la verdad se debería tratar con algún enojo digno de este exceso, pero merézcanle a V. E. el norabuena, la piedad y moderación de desentenderse de él y en este concepto vaya por conclusión el último parecer del fiscal sobre este punto: y es el de que si se juzga necesario en los términos referidos que pasen los agrimensores a medir en las haciendas de sus tierras y sus aguas se les pague no como piden, sino en los mismos términos que a los jueces receptores, haciendo encargo particular a los comisionados respectivos que como celadores asistan mañana y tarde a las operaciones de esta clase, para que no se gaste el tiempo inútilmente y no pague el rey salarios a quien no los tuviere merecidos, pues así lo previene el artículo XI de la real cédula citada, como que ninguna otra regla es más segura o, a lo menos, de todas las demás, sospechará el fiscal, como justo, si V. E. con el tino y acierto que nos es bien conocido a todos no toma otra más oportuna y completa, con lo que se aquietará el fiscal, bien que no sospecha, ni es su ánimo aseverar que falten estos agrimensores y los demás peritos que se nombran a lo que es propio de su honor y de sus conciencias, conforme lo deben jurar en manos de cada junta: elegidos que sean, a pluralidad de votos según se previene en el artículo IX de la misma real cédula.

El fiscal desea acertar y que V. E. se ponga en el verdadero estado de hacer lo mismo, pues tanto lo apetece. Y como el Juzgado General de Tierras pueda dar el voto más seguro, pide también que V. E. se sirva oír al señor asesor general, a quien se le ofrecerán sin duda muchas, buenas y cabales reflexiones propias del instinto de aquel tribunal, y la resolución que de todo esto formare V. E. se podrá participar a todas las juntas municipales para que procedan con arreglo a ella.

México, marzo 8, de 1771. Miguel de Areche.

[III. Dictamen del asesor general del Juzgado de tierras por el que en vista de no existir tipos de honorarios para agrimensores y tasadores de fincas cobren como receptores, trabajando las mismas horas que éstos]

México, 9 de marzo, 1771.

Excmo. señor.

Sin embargo de que V. E. me encargó la brevedad en este expediente para formar juicio lo he tomado de los oficios de gobierno, cámara y de tierras. Y aunque hay arancel para los avaluadores de fincas urbanas de esta corte, no le hay para los agrimensores y avaluadores de tierras y predios rústicos.

Y la práctica es que cuando se hace de pedimento de parte se ajustan con los peritos y si son del oficio, o hay discordia, se regulan arbitrariamente los salarios. Y esta misma práctica he visto observa; en España, donde tampoco hay arancel de peritos.

Tengo por muy irregular la pretensión que hacían los dos maestros Ontiveros, por las razones que expone el señor fiscal. Y respecto lo que previene el capítulo XI de la real cédula de 1769 que a los peritos y tasadores se les pagará su salario con proporción al tiempo que gastaron y distancias de las fincas, tengo por arreglado el arbitrio que propone el señor fiscal, de que a dichos agrimensores y avaluadores se les pague el salario tasado a un receptor, trabajando las horas que están arregladas por éstos y acreditando el tiempo que gastare con las fes de asistencia del justicia o administrador que les asista. Así lo comprehendo. México, 9 de marzo, 1771. M. Cornide.

[IV. Pedimento del fiscal proponiendo se omitan las medidas de las haciendas jesuitas -que pueden conocerse revisando títulos- e insistiendo que las tasaciones se verifiquen sobre la producción de cada finca y no sobre su tamaño]

México, 15 de marzo, 1771.

Excmo. señor.

El fiscal ve lo expresado por el señor asesor general del juzgado de tierras en este expediente, reducido a convenir en todo con su anterior pedimento. Y ve también el decreto con que V. E. le devuelve, al que responde. Y contemplando el objeto que en esto halla, dice:

Que para el preciso punto de venta de las haciendas pertenecientes a las temporalidades de los expulsos se considera inútil o nada necesaria la medida de las mismas:

1. Lo primero porque como está dicho el conocimiento del número de sitios, caballerías, suertes y cuadras tiene remotísimamente o ninguna conducencia para establecer o calcular el valor justo de las fincas.

2. Lo segundo, porque el tal número de sitios o caballerías se puede saber a menos costo o diligencia con sola la inspección y reconocimiento de los títulos y mercedes de las respectivas fincas en su actual estado y se consumiría un largo tiempo y caudal habiéndolas de medir en toda su extensión: pues habrá alguna que tenga diez, doce, veinte y más leguas, como hay muchas en el reino, aún de longitud y latitud mayor, cuya circunstancia también es digna de atención.

3. Lo tercero, porque estas ventas, según entiende el fiscal, deben hacerse ad corpus el non ad mensuram pues de lo contrario resultaría un preciso gravamen al rey, que es el que vende o enajena en quedar a la ericción y saneamiento de aquella cantidad de tierras que se especificasen por las medidas de lo que nacería también el verse en la precisión de seguir tantos litigios como regularmente se fomentan por la incertidumbre de ubicación de centros y realidad de linderos: acaloradas aquellas por las injustas o necias pretensiones de muchos colindantes; o porque los expulsos, antecedentes poseedores, se hubiesen introducido en territorios de otros dueños y

4. Lo último, porque como también está manifestado en este expediente el norte principal para estos avalúos se hace fijar en las deposiciones de los facultativos prácticos en cada uno de los terrenos, y por el cotejo de los productos líquidos de cada fundo.

En consideración de todo esto pide el fiscal que siendo del agrado de V. E. se omitan las medidas de las haciendas, si no es en caso en que por algunas ocurrencias, muy extraordinarias, se tengan por indispensablemente precisas.

Pues así se evitará este superfluo gasto al cuerpo de bienes ocupado y la demora que tales operaciones demandan, encaminándose sólo a cumplir los artículos XI y XII de la real cédula de 27 de marzo que habla de los peritos y tasadores.

Y la división que han de tener sus avalúos para formar de estas diligencias el estado o plan de que habla el artículo XIII, sobre cuyo particular resolverá V. E. lo que sea más justo y conforme al asiento y logro de las deseadas y soberanas intenciones del rey: a quien de todo se servirá dar cuenta, mandando sacar un testimonio de este expediente, para poder dar su resolución en la real noticia de Su Majestad.

México, 15 de marzo de 1771. Areche.

V. Decreto del virrey ordenando se cumplan, y publiquen, las normativas ajustadas por el fiscal de la Audiencia de México sobre medición y tasación de fincas, principalmente de las de los jesuitas]

México, 25 de marzo, 1771

Don Francisco de Croix, virrey.

Como lo dice todo el señor fiscal y para que las juntas municipales tengan entendidas las cautelas y casos en que se deben hacer las medidas y avalúos de las fincas ocupadas a los jesuitas expulsos y por qué personas sin embargo de que podrán hallarse adelantadas las operaciones de esta clase mando se impriman sus pedimentos de 8 y 15 de marzo de los corrientes, y el dictamen de 9 del mismo que sobre los propios puntos me dio el señor asesor general del Juzgado de Tierras para que en lo que fuere posible se adapten a las reglas que propone y remítase un ejemplar a este fin a cada junta, dándose cuenta de todo a Su Majestad.

Y hágase el costo de la impresión del caudal perteneciente a las temporalidades.

AHN. Sección clero, jesuitas, leg. 89.

Nota:

1. Según la obra de José Manuel de Paz, Arancel de los receptores de esta Real Audiencia, México, viuda de Miguel de Ribera, 1723.

Fuente:

Francisco de Solano. Cedulario de tierras. Compilación. Legislación agraria colonial (1497-1820). Instituto de Investigaciones Jurídicas. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición: 1984. Segunda edición: 1991. México.

http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/libro.htm?l=387