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Siglo XVII > 1690-1699 > 1697

Estado en que se halla México, por el Conde de Moctezuma, José Sarmiento Valladares.
31 de octubre de 1697

El virrey de la Nueva España da cuenta a S. M. del estado en que se halla el reino, providencias de que necesita para su restablecimiento y las que tiene aplicadas desde el 18 de diciembre del año pasado 1696, que tomó posesión de su gobierno.

De haber llegado a este reino y tomado posesión de su gobierno el 18 de diciembre del año pasado de 1696, he dado cuenta a S. M. por diferentes vías, considerando haberse logrado por La Habana, así en flota, como en ocasión de la embarcación de bizcocho para galeones, y en otras que salieron de aquel puerto para esos reinos de que tuve noticia. Y debajo de esta inteligencia, y de no haber traído el general de flota primero ni segundo patache para aprestarle de aviso, ni encontrarse acá medio para apremiarle a que cumpliese con esta regular obligación de todos los generales, y exonerar la real hacienda del innecesario gasto, teniéndole por superfluo, con la certeza de que la flota había conducido a S. M. los principales y duplicados de mis cartas que escribí desde Veracruz el día 7 de octubre, cuatro después de nuestro arribo a aquel puerto, gracias a Dios sin accidente que dejase de ser favorable; pero habiendo sobrevenido el del sitio de Cartagena, he determinado despachar este navío, que hizo oficio de patache en la flota, para que S. M. se halle enterado de todo el estado y acaecido en este reino, y de haber hallado en su gobierno al obispo de Valladolid, que en el tiempo que obtuvo estos cargos procedió en ellos con los aciertos y crédito de sus grandes experiencias, celo, y amor al real servicio de S. M., como lo ha manifestado su desempeño, dejándome instrucciones y regla para la dirección muy conforme a mi deseo, y con emulación para procurar imitarle.

Estas noticias, con las que después he adquirido, y lo que prácticamente he reconocido en este corto intermedio, de las causas que pueden haber sido motivo para la necesidad que padece el reino, falta de todo lo que para recuperarse ha menester, no pueden considerarse del acaso, sino de especial divina providencia que las permite; porque, siendo el maíz el único sustento en lo común y general de esta tierra, se ha repetido y continuado tanto su escasez desde el año 1692, por los malos temporales y falta de cosechas, que ni aún para lo más necesario ha podido alcanzar ni conseguirse; ocasionando al mismo tiempo con poca diferencia la que también se ha experimentado en las del trigo, porque aunque éstas han sido algunas, como todos han solicitado en estos granos del recurso, han tenido breve y mayor consumo, resultando con su falta y carestía subidos precios. Y que al respecto se hiciesen mayores los del maíz por haber menos, llegando a valor diez pesos una carga (que en lo antecedente era su corriente uno y medio) y la de la harina treinta, siguiéndose de esta causa perjudiciales consecuencias: porque careciendo los indios de sustento, obligado de la necesidad, se retiraban a los montes y lugares más poblados, dejando los suyos y haciendas de labor desiertas y sin algunos para cultivar las tierras, haciéndose extravagantes y sin recurso a las justicias para reducirles ni recaudar los reales tributos y otros efectos a que están gravados. Y o fuese por este motivo de buscar, faltándoles el maíz, otras hierbas y raíces con que mantenerse, o por el influjo de los astros que ha predominado, sobrevino una epidemia general, que han sido sin número los que han muerto. Con que por todos estos motivos, se ha hecho considerable el atraso de la real hacienda en el ramo principal de tributos, de que se compone. Por estos mismos efectos, y el de la falta de agua el año pasado de 1696, que ocasionó general ruina en todo género de animales, se experimentó no menos considerable atraso en las reales minas, porque se suspendió la corriente de lo molinos de metales, paró el curso de sus haciendas en todo el reino, y se hicieron imposibles las conducciones de las platas para su tráfico y comercio.

No siendo sólo éste el principal motivo que a un mismo tiempo persuadía mi cuidado para atenderle por único, hallándome también con las noticias y clamores de todo el reino por lo infestado de ladrones, experimentándose continuados insultos, y en esta ciudad repetivos sucesivos robos, así en las iglesias, profanando lo sagrado de sus templos, pasos sagrados, e imágenes, como en las cosas con extraordinarias industrias y modo de que se valían de instrumentos de fuego por las puertas y techos de las azoteas para la mayor facilidad en la ejecución de sus intentos, y reconociendo que semejantes excesos y delitos resultaban de que la mayor parte de la plebe en lo común y general se compone de gente ociosa, vagamunda por su propia naturaleza, inclinada a la propensión de sus malas costumbres y vicios; o porque, faltándoles el sustento por la suma carestía de mantenimientos (a que no podía abastecer la caridad, que solían con facilidad encontrar, cuando las necesidades no eran tan comunes como las que hoy se experimentan, y de que sólo se exceptuan pocos) solicitaban por medios ilícitos el recurso; me fue preciso para su extirpación dar comisiones para los lugares de fuera a personas de toda satisfacción y de acreditado proceder, encargándoles la puntualidad en las diligencias y requiriendo a todos los alcaldes mayores para que cumpliesen con su obligación, y me diesen cuenta de los efectos que estas órdenes produjesen. Y considerando que los alcaldes de la sala del crimen de esta ciudad, por hallarse sólo tres, no podían asistir como era necesario a las rondas, las encargué también a los oidores de la audiencia de Manila, dándoles especial comisión para ello, sustanciando las causas de los reos, y determinar, con consulta de la sala, repartiendo a todos por barrios y calles las que hubiesen de ser del cuidado de cada uno, y lo mismo a los demás ministros de justicia de esta ciudad; de que resultaron tan conocidos favorables efectos, que habiendo sido aprehendidos innumerables reos, y ajustadas sus causas, se ha ejecutado en esta ciudad, desde que llegué, en diez y ocho de ellos sentencia de muerte, y en otros muchos, en la Puebla, San Luis Potosí, y algunos lugares de este reino, y en los demás de azotes y destierro a presidios e islas Filipinas. Y a estos, para que en lo de adelante se conozcan, se les ha sellado en conformidad de lo... y por las leyes, de manera que aún les ha puesto mayor horror el de la ejecución de esta ley en las Indias. Y de todo lo referido y ejemplar castigo continuado (en que ha sido notorio el celo, vigilancia, y cuidado de los alcaldes del crimen, tan conforme a sus obligaciones como represento a S. M. en otra consulta), se ha conseguido, no sólo conocido evidente reparo, sino tranquilidad, quietud y sosiego en esta ciudad, y en los lugares de fuera de ella.

Pasando también mi cuidado al estrecho de tener presente la causa pública, desvelándome en solicitar medios y diligencias que fuesen posibles, con la economía de que les quedase lo necesario para semillas y el sustento de sus sirvientes, y remitiesen lo demás para el abasto de esta república, valiéndome debajo de una misma regla de las órdenes judiciales que no preponderasen mucho la necesidad, porque la malicia no se valiese de este presupuesto, como en otras ocasiones para ocultarlo, y de la suavidad con instancias por cartas a los labradores, persuadiéndoles con la atención para que condescendiesen la remisión. Y unos y otros medios se lograron en el modo que permitió la estrechez y falta de estos granos, de manera que, aunque ni de un género ni del otro pudo estar nunca abastecida en el todo esta ciudad, se subsanaba el abasto con algunas porciones de maíz y otras de trigo. Y luego que se reconocía la falta del pan, se ponía en práctica la orden de que los panaderos amasasen por mañana y tarde, porque los pobres que no podían conseguir en el día con qué comprar, pudiesen lograrlo de noche, y continuamente al mismo tiempo la entrada en la alhóndiga de las porciones de maíz que podía permitir la conducción de los lugares distantes de esta república y de los inmediatos, pareciendo una y otra provincia el más eficaz medio para el reparo que ofrecía la necesidad y falta de estos granos. Siendo cortas las porciones de maíz y muchos los acreedores, era preciso se proporcionase la distribución y, o fuese por mal contentos o porque a un mismo tiempo querían todos concurrir en la alhóndiga para comprarle, sin embargo de la providencia dada para repartirle y venderle en los barrios, entregando a los doctrineros de todos los de esta ciudad las porciones que sirviesen sólo la necesidad y no a la abundancia, que siempre solicita el apetito de los indios, mandé conducir diariamente así para ellos corno para la alhóndiga, sólo trescientas y cincuenta fanegas para que antes de la cosecha no se experimentase día de falta, como ha sucedido, pues llegó el maíz añejo en medio de esta tasa, hasta que empezaron a cogerse elotes que son las mazorcas en leche bastantes para sustituirle.

El concurso y tropelía desde el día de mi posesión ocasionaba tal confusión que hizo precisas mis repetidas visitas a la alhóndiga, ya para moderar la detemplanza de las voces, ya para refrenar el impetuoso atropellamiento en las entradas con la providencia de mis guardas y con la atención que siempre han tenido a mi persona, lográndose por este medio obviar otros temidos embarazos de la plebe, a que nunca se persuadió la satisfacción de mi cuidado, pero siendo preciso aplicarle tan pronto y efectivo como si le tuviera presente.

Ha querido Dios se lograse el fin de que sin el menor disturbio ni alteración de precios se haya conservado, hasta hoy, el de ocho pesos a que corría antes de mi entrada; pero ya su alta providencia ha querido apiadarse de este afligido reino, y de mi cuidado, porque es tanta la abundancia de de maíz nuevo que concurre, para lograr el precio de cinco pesos a que hoy ha bajado, que antes de remitir los pliegos espero vuelva a su antiguo estado, por la felicidad de la cosecha inmediata, que creo será de las más abundantes que se hayan visto en este reino (si nuestros pecados no lo embarazan), para el consuelo de los habitadores de esta tierra y que convalezcan de la penuria que han padecido en los años antecedentes. Pues con este remedio, y el del socorro de diez ó 12.000 quintales de azogue de que ahora necesita, puede prometerse muy breve su restablecimiento y con abundantes copiosos frutos y riquezas para corresponder al desempeño de la real hacienda y corriente de su comercio, porque este reino no es como los demás que necesitan de prolongado tiempo para recuperarse, pues con cualquier socorro corresponde luego agradecido con los efectos prontos. Y estos se experimentarán si fuera asistido anualmente en lo de adelante con seis mil quintales de azogue, sin confiar esta remisión de otro reino, porque el del Perú, después que se faltó a contribuir puntualmente de estas cajas el valor del que se envió antecedente, se ha negado en el todo a esta correspondencia, incierta también de otras partes, porque aunque de las islas Filipinas he procurado la compra de este género y aplicado 105.000 pesos, al efecto de esta remesa no puede lograrse en mucho tiempo y cuando llegue a conseguirse, será en muy corta porción, porque así anuncia de la proposición hecha por el gobernador de Filipinas, de que doy cuenta a S. M. en consulta aparte.

Que sea necesaria considerable porción en cada año, lo manifiesta la experiencia con el repartimiento de los 852 quintales conducidos en esta última flota, pues respecto a la gran cantidad de metales con que se hallaban las haciendas de minas, no sólo alcanzó correspondiendo a la décima en los reales de minas principales, sino que los más de los mineros particulares se quedaron sin conseguir algunos, siguiéndoseles el grave perjuicio de estar perdiendo de ley cada día los metales sacados, y molidos, y paradas sin corriente sus haciendas, que es la causa principal, porque ni puede el comercio cumplir sus obligaciones ni las cajas tener caudal para dar satisfacción, no sólo a los empeños contraídos (pues el de la de México llega a dos millones) sino cumplir con lo preciso y necesario de las asistencias y libramientos a que están afectas demás del gravamen de las libranzas que vienen de esos reinos para verificarse en el caudal de las cajas de México y Veracruz, estando en términos todas de perder totalmente el crédito, pues instando la necesidad para acudir prontamente a lo que pide puntual asistencia y socorro, no se han hallado en ellas medios algunos con que poderlo hacer. Continuándose esta falta desde que tomé la posesión del gobierno, y que reconocí luego que entré en él, como consta de las mismas certificaciones de oficiales reales y otras que van adjuntas, y sin recurso para buscarlos al crédito por haber faltado algunos de los mercaderes de plata, en quienes se confiaban semejantes empréstitos, sin haber otra persona que pueda hacerlos, porque otros del comercio de esta ciudad se hallan sin caudal por tenerlo empleado y con evidentes atrasos, haciéndose imposible por todos lados hallar medios para urgencias y despachos tan indispensables como lo fue el del apresto de la nao de Filipinas (que habiendo llegado al puerto de Acapulco el 19 de enero con felicidad, ejecutó a 30 de marzo su tornaviaje, siendo necesarias para remisión de la parte de su situado el de las Islas Marianas, pagas de la infantería y salarios de las misiones de aquella islas, y otros gastos, las cantidades que expresa la certificación de oficiales reales).

Y siendo preciso, al mismo tiempo, socorrer la infantería y caballería del presidio de Veracruz y la de la guarnición del castillo de San Juan de Ulúa, por debersele más de catorce meses de sus sueldos, al tiempo que tomé la posesión pareció a mi atención esta asistencia tan principal que me precisó a que se ejecutase luego, valiéndome para esta y las demás prevenciones de carena a los bajeles, que han vuelto de la armada de barlovento, y pagas a toda la gente de ella, no sólo del poco caudal que se pudo juntar de las cajas, sino que, reconociendo no podía alcanzar, fue necesario valerme de la mitad de los salarios míos y de todos los ministros del reino; pareciéndome que en casos tan urgentes no se debía reservar cosa alguna que condujese al desempeño en materia tan del servicio de S. M., a que todos concurrieron gustosos, atendiendo a que no sólo éste podía ser él motivo que pedía tan pronta satisfacción sino también el de atender al socorro que precisamente se había de enviar a los presidios de Santo Domingo, La Habana, Florida, Puerto Rico, Cuba, y Cumaná, por estar en el estrecho y conflicto en que los ponía la ocasión y tiempo de hallarse amenazados de la escuadra de Francia, que en estos mares ba continuado, para ejecutar en ellos sus designios y apresar galeones y flota, siendo esta causa muy precisa para haberse suspendido su tornaviaje a esos reinos, además de otras circunstancias que han concurrido de falta de caudal de real hacienda y en el comercio para su apresto, pues el de España no ha podido conseguir la venta de los géneros que trajo, por no haber personas que los compren y estar todas exhaustas de reales, ni los diputados cumplir con el entero del indulto que hasta hoy no han satisfecho sin embargo de las instancias que les mandé hacer para el desempeño de su obligación, con otros motivos que represento en otra consulta que hago a S. M. sobre esta materia. No obstante el supuesto de todas las asistencias y gastos que van referidos, se añaden otras no menos considerables, y que como principales acreedores piden también la misma atención, que no admite dilación su socorro, como son los presidios internos de este reino, salarios de los curas ministros de doctrinas y misioneros, limosnas de vino y aceite, pagas y salarios de los tribunales y ministros, que le tienen asignado en esta y las demás cajas del reino, que continuamente y sin intermisión se están sucediendo unas a otras, sin poderlas diferir respecto de su privilegio en conformidad de reales órdenes.

Considerando que todos los atrasos de este reino, falta de comercio y de caudal de la real hacienda, provienen de no estar asistido anualmente con la cantidad de azogues de que necesita; y que respecto de los ahogos en que se halla la monarquía por la grande y precisa asistencia de los ejércitos, no podrá esperarse con brevedad el socorro de este impediente; y recelando por tan justas causas que en el todo se suspenda el comercio de este reino sean menores sus atrasos y los de la real hacienda, me pareció conveniente proponer estos tan irreparables daños al consulado y comercio de esta ciudad y a los diputados del de España, a quienes convoqué y propuse que a su crédito, y por cuenta y riesgo de S. M., conduzcan del Perú y de esos reinos la mayor porción de azogues con la brevedad que se necesita, aunque sean de los de Alemania, si para ello fuere servido S. M. concederles permiso, asegurándoles su real protección para el fomento de esta materia. A que condescendieron gustosos, conformándose con mi dictamen y enviando en esta ocasión créditos de 300.000 pesos el de este reino al de Sevilla, con las calidades y condiciones que previenen en pliego, que se presentará por su parte. Y para que se conduzca la que estuviere pronta de este género con este navío, por ser capaz su buque, que es también el motivo que tuvo para despacharle de aviso.

Los favorables grandes efectos que de este beneficio se siguen, la misma causa los persuade, y las experiencias lo han manifestado, como al contrario de continuarse la falta de este socorro la total ruina de este reino, y consiguientemente la de la real hacienda, que con más expresos fundamentos y razones de congruencia refiero en consulta que haga aparte a S. M. sobre esta materia. Deduciéndose de estos antecedentes que siendo los más principales ramos de que se compone el todo de la real hacienda para dar satisfacción a las obligaciones y libramientos a que están afectas las reales cajas y empeños contraídos, los quintos de las platas, los tributos y alcabalas. Todos estos efectos se hallan hoy en evidente conocida falta por la que han hecho los azogues, por la mortalidad de indios, substracción de los que han quedado, y suspensión de tráfico y comercio en los mercaderes de este reino. A estos ahogos se añaden otros que por su gravedad han puesto mi cuidado en justa razón de sentimiento con la pérdida del castillo de Bocachica en Cartagena, que consiguió el francés en veinte y cuatro horas. Cuya noticia, con la de quedar su armada sobre aquella ciudad, invadiéndola con toda fuerza o armas y gente por tierra para sitiarla, me participaron por cartas los gobernadores de Maracaibo y Caracas, con copias de las del obispo de Santa Marta, y de otras personas de Cartagena fidedignas, que también concuerdan con las que me enviaron de la Veracruz, y otras que estos mismos repitieron después (cuyas copias remito a S. M. en esta ocasión) sin poder discurrir medios para asistirla de este reino. Pues habiendo conferido en junta general si podrían ofrecerse algunos que con tiempo pudiesen socorrer la necesidad, no se encontraron sino muy difíciles, así por la gran distancia desde Veracruz, como para aprestar los bajeles que hubiesen de llevar el socorro desembocar, reconocer a Puerto Rico, y de allí a Cartagena, eran necesarios cinco meses, sin que de los navíos de la armada pudiesen servir más que la capitana y el nombrado la Tecoluta, haciéndoles las obras y reparos de que necesitan, por haber venido todos muy maltratados del viaje; considerando también que solos los dos navíos, en ocasión de hallarse tan infestados los mares de enemigos con superiores fuerzas, era exponerlos al riesgo y contigencia de que apresándolos, el socorro y municiones que llevasen les sirviesen de mayores armas para la facción que estaban ejecutando. Y que aunque yo pudiese arriesgar a tan inminente peligro estos dos bajeles, tampoco pudieran salir hasta hoy, que es cuando se han fenecido sus carenas. Sólo me pareció conveniente despachar orden al gobernador de La Habana, como lo ejecuté, para que en caso que pudiesen introducirse los 2.192 quintales de bizcocho que le remití para el socorro de galeones, los enviase a Cartagena y Portobelo, si no hallase inconveniente grave que lo impidiesen, siendo ésta la providencia única en términos posibles de su ejecución, aunque no conforme a mi deseo, que estará siempre pendiente y vigilante para obrar lo más conveniente al mayor servicio de S. M. Y por la relación adjunta de este suceso se conoce que quedaba bien guarnecida la ciudad, y para su defensa diez mil hombres, con bastimentos necesarios, y el gobernador con los alientos que corresponden a sus obligaciones, con que no sólo debe confiarse el desempeño, sino que se logre destruir mucha parte de la gente enemiga para que se vean frustrados sus designios, que así lo espero en Dios. Y que si hubiesen ciertas las noticias que he tenido por el gobernador de Caracas, de haberse avisado en la altura de Jamaica el mes de mayo, veinte navíos ingleses, cuatro holandeses, dos de fuego, dos pontones, y dos barcos luengos (que, por no haber recibido despacho de S. M. que lo acredite, tengo por inverosímiles) fuera la total restauración de aquella plaza impidiendo al enemigo la continuación de tan repetidas hostilidades, como hasta aquí habrá ejecutado, creciendo mis recelos de que con el engaño, que acostumbran franceses y han ejecutado para aprestar el patache de la Margarita con banderas de las naciones amigas, hayan pasado a socorrer la suya para afianzar más la invasión de Cartagena, de donde no se ha adquirido posterior noticia.

La armada de barlovento llegó el 5 de abril al puerto de Veracruz con capitana, dos navíos, y el patache. Después participome su general la noticia de no haber podido introducir en Santo Domingo el situado que llevaba, porque la escuadra de Francia se puso en la barra para apresarla, y sólo pudo conseguir socorrerle en dos fragatas con diez y ocho mil pesos en reales y treinta y un quintal de pólvora, expresando la pérdida de la almiranta de su cargo, que apresaron franceses, cuyos sucesos me participó el almirante que llegó a Veracruz el 28 de junio con licencia y embarcación que para ello le dio el gobernador del Pityguao, y 140 prisioneros. Y para venir en conocimiento de los cargos que pueden resultar contra el general y almirante, despaché con comisión a Veracruz al Dr. Don José de Mestres y Borras, oidor fiscal de la Real Audiencia de Manila, que se hallaba en esta ciudad, de que con testimonio de autos doy cuenta a V. M. en consulta aparte. Y de la necesidad de todo género de pertrechos con que se halla la armada, de manera que por no haber los principales de jarcia y lona en este reino, se hace imposible su apresto, como lo ha representado a S. M. el Conde de Galve. Y propuesto su general los inconvenientes tan graves que por esta falta se siguen y pueden considerarse para la providencia de la remisión con brevedad de estos géneros, que sobre la gran falta que hacen, imposibilitando la armada o parte de ella de salir a tiempo a navegar, como sucederá hoy, cuesta a S. M. más de quinientos por ciento en este reino, cuando se hallan, que cuando vienen de los de España, así porque su conducción es franca y de la obligación de las flotas o navíos de azogues, como porque la lona que allá vale a dos reales se compra aquí a dos pesos, y a este respecto la jarcia y todos los demás pertrechos de que necesitan inexcusablemente estos navíos.

Pareciéndome todo lo referido digno de la real noticia de S. M., y de mi obligación proponer el estado en que se halla este reino, para que, favorecido de su real beneficencia y asistido con la puntual remesa de azogues de que necesita pueda convalecer, mantenerse para lo adelante, fructificar las abundantes riquezas que prometen sus minerales y nuevos descubrimientos, emplearlos en el desempeño y alivio de los repetidos presentes ahogos con que está la monarquía, cumplir enteramente con la satisfacción en las pagas de los que tan legítimamente son acreedores a la real hacienda y de utilísimas conveniencias a este comercio y el de España. Nuestro Señor guarde la católica real persona de S. M. como la cristiandad ha menester.

México, 31 de octubre de 1697.

Don José Sarmiento [rubricada].

[Al dorso]. México a Su Magestad a 31 de octubre de 1697. Recibida en 13 de octubre de 1698 en flota en el..., sin índice ni folios núm. 5.º del índice de la secretaría.

El Virrey Don José Sarmiento. Da cuenta del estado en que se halla aquel reino, providencias de que necesita para su restablecimiento y las que tiene aplicadas, desde el 18 de diciembre de 1696 que tomó posesión de su gobierno.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 5, 1978, pp. 206-213.