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Siglo XVII > 1660-1669 > 1660

Papel en que se refieren los servicios que hizo a Su Majestad el Conde de Baños, Juan de Leyva y de la Cerda.
Ca. 1660

Por el mes de enero del año pasado de 1660 hizo S. M. merced al Marqués de Leyva y de La Cerda, Conde de Baños, de los puestos de virrey, gobernador, capitán general de la Nueva España. Aceptolos con presupuesto fijo de que no se había de embarcar hasta haber parido la marquesa, su mujer, que se hallaba preñada de seis meses y se le admitió la condición. Después llamó al marqués el Excmo. Sr. Don Luis Méndez de Haro, y de orden de S. M. le representó convenía a su real servicio se embarcase en la flota que estaba de próximo para aquel reino, a cargo del General Adrián Pulido, de que se daría por servido. Dio cumplimiento el marqués a esta orden, y la ejecutó con tanta puntualidad que salió de Madrid el día 22 de marzo de aquel año, posponiendo a ella el riesgo a que evidentemente se exponía la vida de la marquesa, según el dictamen y parecer de los médicos, por haber de ejecutar la partida en los meses mayores de su preñado y embarcarse para parir en el mar desconocido, como sucedió. Y sin atender al poco tiempo que podía tener para dar algún cobro a sus rentas y hacienda, que le obligó a dejarla en administración a la persona que pudo hallar en tiempo tan corto para que en empeño de ella le socorriese con la cantidad necesaria que se buscó a daño con tan excesivos intereses. Que por ellos y por ser tan crecida la que gastó en su viaje hasta hoy y no le ha desempeñado, y tiene cedido algunas rentas al administrador que fue para que le haga pago, como es notorio. Y todas estas cosas las reconoció el Real Consejo de las Indias y las tuvo por de tanta consecuencia que que le persuadía a que el marqués no había de poder ejecutar la orden de S. M. y así fomentó su partida con particulares órdenes y esfuerzos, sin dar un día ni hora de tiempo, pues le fue preciso embarcarse once días antes de que la flota se pudiese hacer a la vela, para dar a entender a S. M. y al Consejo, su puntualidad.

Y habiendo llegado a la Nueva España halló la mayor parte de los indios de aquel reino alborotados de tal forma que sucediendo tomar posesión de los puestos el día 16 de septiembre del año 1660, a los 27 de él los oidores y fiscal de aquella real audiencia, le hicieron una consulta dándole noticia de los insufribles castigos, molestias y vejaciones que los indios padecían y habían recibido de sus alcaldes mayores por lograr sus conveniencias. Y que por esta causa en muchas provincias se habían retirado a los montes, adonde vivían bárbaramente, cometiendo pecados enormes y atroces, y sin la doctrina y enseñanza que la cristiandad de S. M. les tenía prevenido, tan a costa de su real hacienda. Y que todos los más de las jurisdicciones de Tehuantepec, Nexapa, Yestepex, Teutila, y otros del obispado de Oaxaca, que son de la mayor consecuencia de aquel reino, se hallaban alborotados sin dar obediencia a la real justicia y a sus ministros y doctrineros y los de Tehuantepec habían muerto a Don Juan de Avellán, su alcalde mayor, y a otros criados suyos, y puesto fuego a las casas reales, y quemado un retrato del Duque de Alburquerque, su antecesor, con tanto descoco y desvergüenza, que llegaban a llamar y tener por su rey y caudillo a Don Marcos de Figueroa, indio cacique. Estando todos los demás indios del reino huidos de sus jurisdicciones, convocados y a la vista de lo que se obraba para seguir el ejemplar de Tehuantepec. Y en negocio de la gravedad y riesgo del reino, que se reconoce obró el marqués con sumo desvelo y cuidado, buscando alcaldes mayores para aquellas provincias de toda la satisfacción y partes que requerían, para que redujesen los indios con los agasajos y demostraciones necesarias. Y eligiendo el ministro de la real audiencia que tuvo por más conveniente para que luego partiese a ellas, a la averiguación y castigo de los culpados, quietud de los indios, y que se diese pública y entera satisfacción a la real justicia y a todos los agraviados, y tomase la residencia a los alcaldes mayores que habían sido. Todo lo cual se ejecutó en breve tiempo mediante las órdenes y disposiciones del marqués y se aquietaron y redujeron los indios a sus casas y viviendas, sin haber gastado un real de la real hacienda, antes bien, se acrecentó de veinte y dos mil y tantos pesos de renta al año por los tributos que se adelantaron en cada doctrina de los indios, que antes no pagaban por estar fugitivos y en despoblados y mal contados. Todo lo cual consta de los autos y testimonios que se remitieron al Consejo. Y habiendo experimentado el marqués el riesgo a que estuvo expuesto todo aquel reino por semejante desorden y lo mucho que le encargaba S. M. el buen tratamiento de los indios, por las noticias que tenía del Consejo de los excesos de los alcaldes mayores, puso sumo cuidado en proveer persona de toda satisfacción en los oficios de justicia, y no satisfecho con ésto obró con tanto desvelo que solicitó con particulares diligencias el noticiarse de sus procedimientos, valiéndose para ello de todos los medios posibles y más secretos, como fue pedir y encargar a los señores obispos de aquel reino cuando salían a visitar sus diócesis, y confirmar en ella que con todo secreto y buena providencia se informasen e inquiriesen cómo procedían, y si los indios y naturales tenían quejas, y se hallaban con el desconsuelo que en otros tiempos, que luego se lo avisasen. Y lo mismo pidió y ordenó a todos los prelados de las religiones y a los ministros togados de la real audiencia, y otros que salían por el reino con diferentes negocios y comisiones, hasta pasar a informarse del tribunal y juzgado de los indios, si llegaban a él quejas de los alcaldes mayores y siempre logró las noticias que deseaba. Reconociendo al contrario de lo que antes sucedía, pues muchas provincias ofrecían donativo a S. M. porque se les prorrogase a sus alcaldes mayores más tiempo de los dos años ordinarios, por lo gustoso que con sus procedimientos estaban. Todo lo cual consta de papeles y testimonios que remitió a S. M. con carta del 30 de diciembre de 1663.

Notorio es al Consejo y a los comercios de aquellas provincias y de este reino la mucha falta que había en la Nueva España de azogue, cuando se le encargó el gobierno al marqués. Y que para remedio de necesidad tan urgente había pedido el Duque de Alburquerque que se le remitiesen en la primera flota 8.000 quintales, y que sólo llevó 2.000 quintales, y junta esta partida con las demás que se remitieron en todo el tiempo que gobernó el marqués, que fueron tres años y nueve meses y medio, se enviaron 4.702 quintales. Siendo así que cuando no hubiera la falta que va ponderada para sustentarse las minas y comercio de él, ha menester en cada año 4.500 quintales.

Y también es notorio y cierto que faltando los azogues falta la plata y se destruye el reino, y las minas, pues la regulación ordinaria es que con 1.500 quintales de azogue se percibe y saca 100.000 marcos de plata, y esta pérdida tiene el reino y S. M. el uno por ciento y diezmo que le toca por los reales quintos. Renta tan considerable, que los 4.500 quintales que son menester cada año, percibe la real hacienda 437.937 pesos. Luego se debe ponderar por parte del marqués que faltando en todo el tiempo que gobernó la cantidad que con evidencia se reconoce de la que debió producir esta renta, y que por la pérdida tan grande que todo el reino padeció por la falta de azogue, también pudieran venir a mucha disminución las demás rentas reales; pues cesó totalmente el comercio, fue mucha providencia y servicio particular suyo cumplir tan exactamente con estas obligaciones, pues adelantó en grandes cantidades los asientos que se hicieron en las rentas reales y los envíos a España, sin embargo de crecidos socorros que hizo a otras partes y de haber cumplido con las cargas ordinarias de aquel reino. Todo con más ventajas que en otros tiempos, como se justificará en su lugar.

Sea lo primero referir los envíos que hizo a S. M., pues lo es la obligación de todos los virreyes.

En la flota que fue a cargo del General Adrián Pulido y volvió al del almirante Don Juan Vicentelo, se remitió por el marqués y vino a España de aquel reino 1.537.325 pesos de cuenta de S. M., como consta de los registros y carta de aviso escrita el 10 de abril de 1661. Cantidad tan crecida que no se hallará de muchos años a esta parte otra que la iguale.

En la que fue el año de 1662, a cargo del General Don Nicolás Fernández de Córdoba, aunque es cierto y constante que la real hacienda se hallaba tan exhausta de medios por la falta de azogues que va ponderada, y que esta flota no llevó más de 1.326 quintales, y en tiempo y ocasión que el marqués estaba con sumos aprietos, por tener órdenes muy apretadas de S. M. para que socorriese con cantidad de gente, armas y municiones diferentes, islas y presidios de barlovento, además de los situados ordinarios y más con lo que pidiesen los gobernadores de aquellas islas, y necesidad urgente que por ser en tiempo que padecían aquellos puertos y costas grandes hostilidades de los enemigos, ocurrían todos al marqués por socorro. Y en particular los de La Habana, Campeche, Veracruz, y otros, con el castellano de San Juan de Ulúa y a todo esto, y al refuerzo de cinco navíos de la flota, y despacho de la nao y gobernador de Filipinas, que fue considerable como se dirá, acudió el sumo desvelo y mucha providencia del marqués, no minorándose por ello el envío de esta flota, pues remitió con ella de cuenta de S. M. 782.144 pesos, sin los 275.000 que importó el indulto de las averías, que ambas partidas hacen 1.057.140 pesos. Y todo lo que se refiere a este capítulo consta al Consejo por los registros y cartas que escribió el marqués, justificándolas con los autos y testimonios que las acompañaban.

Débese ponderar asimismo, por su parte, que importando 327.613 pesos las citaciones que es obligación de los virreyes pagar en cada año a los castillos, fuerzas y presidios que están por su cuenta, además de los socorros de Filipinas, que hasta hoy no tienen cantidad señalada, sin embargo, de padecer la real hacienda los daños que van referidos y haber hecho a España los envíos tan crecidos, también acudió el marqués a esta obligación, pagando en su tiempo todos estos situados con mucha puntualidad, siendo así que cuando tomó la posesión del gobierno halló deberse cantidad considerable y atrasada, aunque se habían gozado diferentes tiempos, como consta al Consejo de la carta que escribió el 10 de junio de 1664, y testimonios que la acompañaban, donde se hallará asimismo razón y justificación de los socorros extraordinarios que se hicieron en virtud de órdenes expresas de S. M. por el gran recelo que se tenía de enemigos y de las invasiones que se hicieron en Cuba, Campeche y otras costas, que por haberlo ejecutado con la estrecheza de medios que ha ponderado y en el discurso de tres meses, tengo por preciso el referirlo con individualidad.

Por ser el castillo y fuerza de San Juan de Ulúa la principal de aquel reino, y que ella y la ciudad de Veracruz se hallaba amenazada de los enemigos, noticias que dieron los prisioneros que se cogían y manifiesto que dejaban en Cuba, además de haberse reclutado por el marqués la gente de su dotación, con 100 infantes que hizo remitir y que se socorriese con 100 quintales de pólvora, por haber reconocido no estar de provecho la que había. Y asimismo con el bizcocho y demás bastimentos necesarios para tiempo de seis meses, y que se echasen cureñas a la artillería y se aderezase y encabalgase toda.

Paso al reparo y fortificación que se debía hacer al mismo tiempo, en la ciudad de Veracruz, por estar indefensa, y por los aprietos que hacía el gobernador y vecinos de ella, padeciendo tan grandes temores que se empezaban a retirar los más la tierra adentro, y sacaban sus caudales por haber adquirido noticias de hallarse treinta y tres velas de enemigos en las costas de Campeche, con resolución de conseguir lo manifestado. Y por acuerdo de junta general de guerra y hacienda, se mandó fortificar con 400 infantes pagados, con todo lo demás necesario para su defensa, que respecto de que a este mismo tiempo se estaba conduciendo gente para las islas Filipinas, refuerzo de la flota y socorro de las demás islas de barlovento. Se tuvo por caso dificultoso por los pocos españoles que se hallaban y por la precisión que pedía la materia. Y sería alargarme mucho el referir las extraordinarias disposiciones que el marqués aplicó para remedio de los previstos daños; y por último le fue preciso el ordenar a Don Pedro de Leiva, su hijo mayor, que con la gente que pudiese juntar, bajase luego a dicha ciudad de Veracruz, sin atender a lo riguroso de aquel país por su mal temple, y las enfermedades que por entonces padecían en él. Y lo ejecutó con tanta puntualidad, que después de haber hecho salir 288 hombres pagados, se puso en Veracruz en tres días y medio, caminando en ellos ochenta leguas, y bajando consigo algunas personas aventureras y muchas de su familia a su costa. Con lo cual, y con la gente que también ordenó acudiese a los lugares de aquel país, se juntó un trozo de ejército considerable y para él le condujeron los bastimentos necesarios, con las armas, pólvora, plomo, y cuerda que se requería, haciendo reparar los baluartes, estacar toda la ciudad y guarnecer los puestos con algunas piezas de artillería que se compraron y buscaron y echar cureñas a todo el tren de ellas. Como todo consta de las certificaciones remitidas al Consejo, con carta del 21 de junio de 1663, añadiendo ahora que fue una prevención tan acertada y tan a tiempo, que bastó para que el enemigo no lograse los intentos que había publicado, pues se tuvo noticia dentro de pocos días, haberse retirado a la isla de Jamaica.

Y en ejecución de las órdenes de S. M., despachó por el mes de octubre del año 1662, un navío a la Florida, remitiendo en él 100 infantes socorridos y pagados y con todos los bastimentos necesarios hasta llegar a dicha isla. Y el 9 de febrero de 1663 despachó otro a cargo del maestre de campo de Jamaica, Don Francisco de Leiva Isasi, para la isla de Puerto Rico en el cual remitió de socorro al presidio de dicha isla 400 quintales de pólvora, 46 de cuerda, 450 armas de fuego, 221 infantes, con sus oficiales mayores y menores de primera plana, y con todos sus bastimentos necesarios hasta llegar a dicha isla. Y asimismo remitió en dicho navío para el puerto de San Cristóbal de La Habana, 200 quintales de pólvora, 26 de cuerda, 100 de plomo, y 50.000 pesos en reales, para el socorro de aquel presidio y fortificaciones de él, dando órdenes e instrucción a dicho maestre de campo, para que visitase y reconociese todas aquellas islas y puertos de barlovento, reconociendo con vista de ojos en la forma que se hallaban, y si tenían la gente de su dotación aderezada y prevenida la artillería con los demás pertrechos y municiones necesarias para su defensa. Y que inquiriese y supiese si infestaban aquellas costas algunos navíos de enemigos, de qué porte y qué naciones, y con qué intento se hallaban, y que sobre todo, previniese a los gobernadores estuviesen con particular cuidado en la defensa de sus plazas para que no lograsen los enemigos algún contratiempo. Y en este mismo hizo remitir y socorrió al puerto de San Francisco de Campeche con 69 1/2 quintales de pólvora, 20 de cuerda, 40 de plomo en balas, ordenando que el gobernador de La Habana enviase alguna gente de la que se hallaba en aquella isla para Puerto Rico. Y para el despacho de la flota que estaba surta en Veracruz, a cargo del General Don Nicolás Fernández de Córdoba, por resolución de junta general de guerra y hacienda se reforzaron cinco navíos con 336 infantes pagados y socorridos, 82 quintales de pólvora, 12 de cuerda, y 13 de batería de plomo, con todas las armas necesarias. Y con ella, además de los 105.000 pesos de su situación, envió a La Habana para socorro de los galeones 2.000 quintales de bizcocho, y para aquel presidio 1.035, con otros 600 de pólvora, para que su gobernador y oficiales reales de ella socorriesen y proveyesen desde allí las demás plazas de barlovento, conforme la necesidad lo pidiese. Y de todos los dichos socorros consta de certificación dada por los oficiales reales de Veracruz el 12 de julio de 1663, y de carta remitida a S. M. el 10 de junio de 1664.

Muy notorio es al Real Consejo de las Indias el estado miserable en que se hallaban las islas Filipinas, cuando el marqués pasó a aquellos reinos, y cuán en duda estaba su conservación por la falta de asistencias y las órdenes tan apretadas que llevó y se le remitieron para que las socorriese con reales, gente, y todo lo necesario. Ponderando S. M. cuán grande sentimiento sería para su real persona la pérdida de aquellas islas y que en ellas se acabara por falta de asistencias la cristiandad, que se conservaba tantos años había; ordenando que para darlas se hiciesen todos los esfuerzos posibles, fiando de las muchas obligaciones del marqués desempeñaría su real ánimo. Y en ejecución de tan precisas órdenes, luego que llegó a México y reconoció había más tiempo de dos años que no se tenía noticias de aquellas islas por solicitarlas y remitir algún socorro, hizo particulares diligencias en buscar un navío a propósito para poder adquirirlas y socorrerlas. Pues se juzgaba estar en miserable estado, y consiguió su mucha providencia y cuidado el hallar uno en el realejo, que dista 400 leguas de México, desde donde remitió marineros y pilotos para que le condujesen al de Acapulco.

Y habiendo llegado a él (a 13 de marzo de 1662, a 5 de abril del mismo año), salió a navegar para las islas, donde remitió 156.000 pesos en reales, sin los géneros que se conducen, y 150 infantes sin los marineros y artilleros necesarios, y cantidad de religiosos, que lo que se gastó en este socorro por cuenta de su situado importó 395.995 pesos y cuatro tomines. Y el 15 de marzo de 1663, salió de dicho puerto la nao San Joseph, y remitió y se gastó en su despacho 648.047 pesos y dos tomines, y fueron en ella más de 700 personas. Y el 29 de marzo de 1664 salió de dicho puerto la nao Concepción y se gastó y se remitió en dicho despacho, 370.000 pesos, y fueron en ella 374 personas, soldados de mar y guerra, y de dichos tres despachos, socorros, envíos y gastos referidos, consta de las cartas que se escribieron a S. M. el 4 de noviembre del año 1662, el 20 de mayo de 1663, y el 10 de junio de 1664, y de las certificaciones y testimonios que las acompañan.

Y se debe ponderar cuán exactamente cumplió el marqués con las órdenes del rey nuestro señor, que santa gloria haya, pues en tiempo de dos años socorrió a aquellas islas con 1.404.046 pesos, y con 1.214 infantes, considerando este servicio por uno de los mayores que se han hecho en aquel gobierno, pues llegaron estos socorros a las islas en tiempo que se hallaban oprimidas y amenazadas de diferentes naciones enemigas de nuestra santa fe; y en particular del bárbaro y poderoso rey de la gran China, que por las noticias que tenía de su poca gente y defensa, envió su embajador a la ciudad de Manila con la amonestación y protesta tan arrogante como consta al Consejo, pidiendo tributos y parias, y que de no concedérselas, entraría apoderándose de aquella tierra, destruyendo y quemando las cortas fuerzas que se le opusiesen. Y al tiempo que se hallaba el embajador en Manila, solicitando la respuesta y la gente, y gobernador de aquellas islas tan afligidos como se puede considerar, viéndose faltos de toda defensa, pues en tres años no habían tenido socorro alguno de la Nueva España, permitió la majestad divina que llegó el que el marqués remitió con la nao que hizo conducir desde el realejo. Con tanta providencia que dio esfuerzo y valor a los vasallos de S. M., horror y espanto a los enemigos y embajador, que se volvió admirado de todo y de la respuesta que llevó y con resolución de disuadir al Consejo y capitán general de su determinación.

Y con motivo tan justo todo aquel reino aclamó con voces públicas al marqués por restaurador y defensor de aquellas provincias. Y así lo manifestaron con sus cartas a todas las audiencias y tribunales de la Nueva España, y en la que escribió el gobernador Don Saviano Manrique al marqués el 12 de julio de 1662, refiere el capítulo siguiente.

Esta tenía escrita el excelentísimo señor Duque de Alburquerque: "Cuando el 13 llegó el Sargento Mayor Don Sebastián de Estrada con aviso de que quedaba surta en el Ampón la nao que V. E. con tanta providencia y acierto fue servido de remitir, como si tuviera presente la aflicción y ahogos en que se hallaba, alentando los ánimos de calidad que con justa razón pueda asegurar a V. E. se le da por todos título de redentor de estas islas, con esperanzas muy fijas de que V. E. con su grandeza y esmero, que aplica en el servicio de S. M. con fervor tan ardiente y anticipado, ha de ser el salvador que las ha de restaurar y librar de todos los aprietos, y que el rey nuestro señor, que Dios guarde, se las deberá a V. E. a quien doy cuenta para que le comunique las gracias que tiene tan merecidas". Y añade que en nueve años que en nombre de S. M. gobernaba aquellas islas, no llegaban a 500 infantes los que sólo habían remitido por los antecesores, digna ponderación cuando en menos de dos se le enviaron por el marqués más de 1.200.

No fue menos el desvelo que el marqués aplicó para dar principio a la contribución de los 200.000 ducados que los comercios dan a S. M. por todas las flotas que se despachan a la Nueva España para el coste de su aprestación y avío cuyo servicio tuvo principio en su gobierno, mediante las muchas disposiciones, aunque fueron grandes las que hubo para que no se consiguiese, que le obligó a usar de algunos rigores. De que resultó el granjear muchos enemigos y testigos para su residencia, como se dirá adelante.

Y lo mismo le sucedió por el servicio tan particular que hizo a S. M. en el asiento de los naipes de todo el reino, que por los autos que le remitieron al Consejo con carta del 30 de enero de 1663, y están en los de su residencia, consta cuán particulares diligencias hizo el marqués para que renta tan principal no descaeciese, y aunque hubo resolución de la junta general de hacienda para que se le diese al Maestre de Campo Don Antonio Urrutia de Vergara, en 70.000 pesos al año, nombrando para su ajustamiento a Don Antonio de Lara, oidor de aquella real audiencia, que hoy se halla en estos reinos. El marqués lo resistió con todo esfuerzo contra el dictamen de muchos ministros y puso administrador en ella por cuenta de S. M., en tanto que con suma providencia solicitó con repetidas cartas y ofrecimientos el que viniese a México Antonio Rondón, vecino de Oaxaca, haciéndole caminar ochenta leguas y con su agasajo y otras muchas disposiciones bien necesarias, para quitarle el temor con que se hallaba de Don Antonio de Vergara. Le hizo hacer postura de 80.000 pesos, obligando con ella a que se hiciesen otras por Don Antonio, que por último se remató en 96.000 pesos en cada año, que en los nueve del asiento importa 234.000 los que adelantó el marqués a la real hacienda. En esta renta y de este singular servicio le resultó granjear por enemigos al Maestre de Campo Don Antonio de Vergara, sus parientes y allegados, con algunos ministros.

No parece tengo que referir el sumo cuidado que costó al marqués el asiento de alcabalas de la ciudad de México y su partido, por ser tan considerable que importa en cada año 270.000 pesos, ni con cuantas ventajas le ajustó en favor de la real hacienda cuando la mucha justificación del Consejo lo tiene aprobado (sin embargo de las grandes oposiciones que le hicieron). Si debo ponderar que por haber reconocido el marqués el descuido y protervidad con que el prior y comercio de mercaderes de aquella ciudad trataban de él, habiendo dado pliego con bajas e inicuas condiciones, como asegurándose que no habría quien se les opusiese, y que por este camino les sería fácil conseguir su dictamen con conocido fraude del real haber. Le fue preciso llamar y atraer con exhortaciones y cariños a la muy noble ciudad de México, para que entrase en este asiento, como lo hizo. De que resultó mejorarse y aumentarse la real hacienda todo el tiempo de él, en 291.734 pesos, y cuatro tomines, como consta de los autos que se remitieron al Consejo, y están presentados en los de la residencia y granjear el marqués por este servicio y los demás que van referidos los muchos enemigos que tuvo en la Nueva España, uniéndose y confederándose todos con el obispo de Puebla, que como protector les amparaba y admitía en su casa, con todos los descontentos que granjea el que gobierna, de donde resultó obrar muchos de ellos con particulares desatenciones al marqués y a los puestos que ocupaba; que le obligó a desterrar de México a algunos de los más poderosos. Aunque con el obispo siempre solicitó con demostraciones de cariño y agasajo, tener toda conformidad y paz sin faltar a la defensa de sus puestos y patronato real en todas las ocasiones que se ofrecieron y pudieron darlo los dictámenes del obispo, como consta de los pleitos que sobre estos casos llegaron al Consejo. No siendo como no es, de menor crédito en los gobernadores el atender al cobro de la real hacienda, va dicho bastantemente el cuidado que en esto puso el marqués y no excuso el ponderar el que tuvo en la conservación de las minas .y repartimiento de los pocos azogues que se le enviaron, distribuyéndolos a las cajas y reales de minas con acuerdo de junta de hacienda, y los que dio a los mineros particulares consiguió pagasen su valor de contado y asegurasen con suficientes fianzas a satisfacción del contador general de azogues, los quintos reales, cosa de gran utilidad para la real hacienda. Y que hasta que el marqués lo dispuso así no se ha podido introducir ni conseguir de los mineros.

Y no fue menor el cuidado que puso su atención en la obra del desagüe de aquella ciudad, que no contento con haber ido a reconocerle con vista ojos de todo, dispuso el que fuesen en diferentes ocasiones ministros que impidiesen el estado en que se hallaba para ejecutar lo conveniente con cuyas diligencias es constante fue mucho lo que se adelantó en el tiempo de su gobierno.

La continua asistencia a los reales acuerdos y a la real audiencia en ambas salas, civil y criminal, fue tan puntual como atenta la vigilancia a los procedimientos de los jueces, y a que no le detuviese la vista de los pleitos, principalmente los que tocaban a pobres y real hacienda, obrando en lo último con tanto cuidado que no se contentó con que lo entendiesen así los contadores mayores del tribunal de cuentas de aquel reino, sino que con decretos y órdenes se la pedía continuamente de lo que se obraba en cada ramo de real hacienda, cobranza y alcances, y ajustamiento de cuentas de las cajas y oficiales reales, como consta de los autos que remitió al Consejo con carta del 15 de noviembre de 1662.

No faltó ni perdió punto a la atención sobre el castigo de los malhechores, salteadores y ladrones, limpió la república de escándalos y pecados públicos, desterrando a mujeres y hombres de mal vivir.

Fue singular y nunca oída con tanto extremo en los gobernadores de aquel reino, la devoción y piedad con que ejercitó la primera y más esencial obra pública de él, que es la hermosa y suntuosa fábrica de la santa iglesia catedral, que ha tantos años se empezó a fabricar en la ciudad de México, pues con su asistencia, avío y afabilidad, no sólo alentó lo material de dicha obra sino que exhortó a los maestros y sobrestantes de ella, medios con que consiguió que en el tiempo de su gobierno le cerrasen y acabasen en toda perfección, diez bóvedas de las tres naves, con el cimborio y cúpula, con aplauso general de aquella ciudad y reino, y particulares júbilos y agradecimientos públicos a S. M. y a su virrey, pasando su favor a poner en perfección lo más ilustre de todo el templo. Pues dispuso se levantase el sagrario, haciendo buscar para él las piedras de más hermosura y proporción, como consta de la certificación que está presentada en los autos de su residencia.

Conservó aquel reino y república con universal aumento, y abundancia de bastimentos tan grande que en muchos años no se vio, igual efecto que produjo su celo, pues vigilaba con sumo cuidado sobre el remate de las carnes y demás mantenimiento, y si por algún caso se pretendía alterar sus precios, atajaba el daño ordenando a los ministros hiciesen vivas diligencias para que por particulares granjerías no padeciesen ninguno los pobres y república; de que se vieron felices sucesos.

Defendió con halagos de padre y entereza de juez a los indios y naturales de aquel reino.

Procedió a los reparos de obras públicas con todo desvelo, y por ser el principal medio para conservarse la ciudad de México, por estar cercada de una laguna, levantó y fabricó desde sus cimientos, que estaban vencidos e intrajinables, la salida que llaman de Guadalupe, en distancia de una legua, que es la principal, y por donde entran los mantenimientos a aquella ciudad y la fortaleció con una zanja con que perpetuó la duración que terminó con un suntuoso puente que da paso al río de Cuatitlan, donde hizo fabricar en su remate dos pequeñas fábricas en que asisten las guardas y centinelas de las reales alcabalas.

Puso en aseo y corriente las acequias que están en la ciudad, que no solamente la desagüan, pero consiste en estar limpia la sanidad de sus vecinos.

Singularizóse en la estimación al cabildo, justicia y regimiento de aquella ciudad, y a su nobleza y en fomento de las letras; respeto a los prelados eclesiásticos, seculares y regulares, sin que desvanezca esta verdad tan conocida la oposición y ojadiza que sólo y sin ejemplar le tuvo el obispo de Puebla, motivando las demostraciones exteriores, porque el marqués defendió siempre la jurisdicción y patronato real, tan favorecido de breves apostólicos como recomendado de S. M.

Igualó al más religioso afecto de su devoción y piedad, ocupando el tiempo que se desembarazaba del gobierno en la asistencia de las congregaciones y ejercicios religiosos que acreditó siempre con limosnas muy considerables.

Y por los capítulos que van expresados, se manifiesta con evidencia obró el marqués en aquel gobierno en todas materias, así en lo político como en lo militar, defensa del real patronato, aumento de la real hacienda, y demás funciones de su cargo, satisfaciendo a la ilustre sangre y grandeza de su casa, llenando todas las partes que constituyen a un gran virrey; conservando la autoridad y seriedad del puesto con la grandeza y decencia conveniente, sin faltar a la natural mansedumbre con que escuchó a todos, teniendo a todas horas del día y de noche abiertas las puertas, y despachó corriente para todos los que querían entrar a negociar o informarle sin que jamás se viese en el palacio portero que impidiese ni avisase, y lo que más es que sucedió muchas veces llevado de su piedad y deseo, reconociendo la cortedad de los desvalidos y encogimiento de los pobres, que presumía querían hablarle, llamarlos solicitando con toda brevedad el despacho a las partes, sin retardación ni gasto alguno.

No es imaginable ni se puede dudar que si lo obrado por el marqués en este gobierno y sus operaciones, hubiera sido a vista de S. M. y de su Real Consejo de las Indias, hubiera merecido equivalente premio, pero pudo su desgracia ahogar estos méritos y los grandes y realzados servicios de su casa en la distancia de 2.000 leguas de mar, las relaciones, cartas y voces siniestras que mañosamente derramaron, escribieron y divulgaron la confederación y malignidad de sus enemigos, pues lograron que antes de tiempo y fuera del curso ordinario se le quitase al marqués los puestos y se proveyesen en el obispo de Puebla, el protector, amparador y capitán de todos sus enemigos. ¡Caso sin ejemplar! Pues se le puso la espada en la mano para que ejecutase su indignación. ¡Oh venganza con la facilidad! que le dio el sumo poder de tener a su obediencia todo un reino con la jurisdicción absoluta y soberana de virrey. ¿Qué no pretendería probar contra el marqués y su familia? ¿Y qué no podría probar? ¿Qué mortificaciones procuraría darle? ¿Y cuáles fueron las que le dio? Díganlo tantos como las vieron para que no lo ignore ninguno.

El día 28 de junio de 1664 recibió los despachos de su gobierno y el 29 de él, sin haberlos abierto ni hecho notorio, entró en la ciudad de México, impensadamente, con todos los de su séquito, con ostentoso aparato y pompa de virrey, a que se juntó tanto concurso en las calles y en palacio, que el recelo que debía tener el marqués de alguna inquietud, pudo olvidarle la mortificación y desaire, si no le aquietara el saber lo bienquisto y amado que estaba de toda la ciudad y plebe, como lo manifestó la provocación y el suceso. Y este día en la primera y última visita que hizo al marqués, le previno necesitaba de mudarse luego a palacio, sin atender a que estaba mala en la cama la marquesa, su mujer, y que no lo ignoraba, con que al siguiente le fue preciso mudarse con la incomodidad y desavío que se deja considerar. Y luego continuó a manifestar su odio y pasión, pues aun en las juntas que formaba de los ministros para negocios del gobierno, interrumpía con palabras y acciones indignas contra las personas de los marqueses, con nota y admiración de los independientes, como lo justifica uno de los cargos de su residencia.

No se pasaron muchos cuando sin conocimiento de causa y usando de poder absoluto, hizo venir a México a las personas que el marqués tenía desterrados por motivos tan justos, como consta al Consejo, y para mas mortificarle tuvo por bien y consintió que antes de ir a sus casas se paseasen con acompañamiento de coches por la calle y puerta de la que el marqués vivía. Caso tan irregular que en tolerarlo y aquietar su familia, tuvo bien que ofrecer al mayor servicio del rey. Y a este mismo tiempo permitió la intención y venganza del obispo que en la Puebla de los Angeles le formase una máscara de sus criados y allegados, sacando en ellas las estatuas de los marqueses con pregones públicos y voces tan horrible y mal sonantes que causó espanto y horror a todo el reino y gran admiración al Consejo cuando se halló con sus noticias, obligando a su mucha providencia y rectitud el despachar órdenes para averiguarlo. De que le fue prometer el marqués la ejecución del castigo que pide inicuo desacato, pues no sólo le ofendió en él a su persona e ilustre casa, sino también a la autoridad real por los puestos que acababa de ejercer. Y no parece será justo que en tierras tan remotas se cuente ejemplar tan pernicioso sin que se diga el castigo.

Fueron tantas las disposiciones y diligencias que el obispo aplicó para provocar los ánimos de aquel reino contra el marqués y su familia, y para mortificarle y destruirle, que ni son imaginables ni se pueden repetir hasta dar orden al correo mayor que ningún correo de los que se despachaban por el reino llevase cartas del marqués, imponiéndole grandes penas sobre ello. Con que le cerró la puerta para la comunicación de aquel reino y para las noticias que podía dar a éste de lo que padecía. No hubo caso ni causa que juzgase podía redundar en daño notable del marqués, que no suscitase haciendo informaciones y otras extraordinarias diligencias, sin atender que esta jurisdicción sólo la tenía el juez de su residencia, pasando a la prisión de algunos criados, que se ejecutó en notable descrédito de sus personas.

Muchas fueron las que llamó con extraños medios, y solicitó para que pusiesen demandas y formasen quejas del marqués, sus hijos y familia, como lo prueban los autos de su residencia y la deposición que está en ellos del reverendísimo padre Fray Antonio Montes, vicario general de aquel reino, de la orden de La Merced, que por no haber condescendido con su voluntad, arrojó su indignación repitiéndola con palabras había de hacer destruir al marqués, hasta venderle las mulas de su coche. Y porque parecerá increible a todos los que oyeren semejantes operaciones para comprobarlas y justificarlas, no sólo por lo que toca al obispo sino es por los demás, sus amigos y confederados, tengo por de precisa obligación el poner en este papel la declaración que judicialmente hizo Hernán Cortés de Tolosa, una de las personas que solicitaron para los efectos referidos, que es como sigue:

Declaración judicial de Hernando Cortés de Tolosa

Dijo este declarante que lo que pasa es que ha tres años, poco más o menos, que estando su hijo de este declarante, llamado Sebastián Cortés de Tolosa en una tienda de mercaderías enfrente de Provincia, serían las cinco de la tarde poco más o menos, víspera de la víspera de San Sebastián, de dicho año, se formaron unas cuchilladas donde se halló en ellas Don Joseph Rubio y otros muchos de las cuales cuchilladas salió herido dicho Sebastián Cortés de Tolosa, su hijo, en los gaznates, sin saber quién le hirió. Y después de estarlo llegó en esta ocasión el Sr. Don Pedro de Leiva, hijo mayor del Excmo. Sr. Conde de Baños, virrey que a la sazón era en este reino, y después de estar herido, su hijo estuvo bueno y sano más de año y medio, y al cabo de este tiempo murió de otra pendencia y cuchilladas que tuvo con otras personas que no sabe quiénes fueron, habiendo salido herido de muerte sin que en esta riña ni la antecedente interviniese dicho Sr. Don Pedro de Leiva. Por cuya atención nunca ha tenido ni tiene que pedir ni demandar por dicha muerte a dicho Sr. Don Pedro. Y siendo esto así cierto, sin embargo, en diferentes ocasiones han llegado a este declarante diferentes personas a instarle se querellase de dicho Sr. Don Pedro de Leiva, y de las que se acuerda es el Lic. Alonso de Arguijo, Beneficiado, el cual al tiempo que se publicó la residencia de dicho señor virrey por el Sr. Lic. Don Cristóbal de Calancha, su juez, dijo a este declarante que por qué no le querellaba de dicho señor Don Pedro por la muerte de dicho su hijo. Que dicho Lic. Alonso de Arguijo le tenía escrito a S. M. con otras causas contra dicho Sr. Don Pedro. A que le respondió este declarante, que era mucho adelantamiento escribir en causa que no le tocaba y que este declarante no trataba de pedir nada ni de tener pleitos y dicho Lic. Alonso Arguijo le instó y persuadió pusiese dicha querella, y que le ayudaría con favor y dinero. Y en esta misma ocasión envió a llamar a este declarante Don Juan de Salinas, factor de la real caja, y le instó a este declarante pusiese demanda y querella, porque él tenía noticia que el Sr. Don Pedro había herido al hijo de este declarante en la primera pendencia de que no murió; y que para ello le daría letrado y pagaría todo lo que le costase dicha demanda, y que ayudaría en todo lo que se le ofreciese a este declarante, instándole en esto mismo otra vez en dicha ocasión, llamándole para dicho efecto y en ambas veces respondió este declarante que no tenía que pedir en esta razón. Todo lo cual pasó entre los susodichos a solas. Y asimismo declara que pocos días después de lo que lleva declarado, envió a llamar a este declarante el Sr. Lic. Don Ginés Morote, oidor de esta real audiencia, con un mulato criado suyo, cuyo nombre no sabe. Y habiendo venido a su llamada le instó a este declarante a que pusiese dicha demanda y querella y antes de ésto, y luego que sucedió dicha pendencia, le llamó asimismo a este declarante dicho oidor, y le dijo que hiciese una protesta para pedir dicha muerte en caso que llegase la residencia de dicho señor virrey. Y en ambas ocasiones ofreció a este declarante dicho señor oidor que le ayudaría en todo lo que se le ofreciese y daría letrado que le ayudase para dicha querella. Y en ambas ocasiones le respondió este declarante que no tenía que pedir en esta razón.

Y asimismo declara que antes que se publicase dicha residencia, con ocasión de que habiéndole dicho el Sr. Don Ginés Morote que viese al Sr. Inquisidor Don Juan de Ortega, el susodicho, como ministro que es este declarante del Santo Oficio, le dijo el señor inquisidor que si no trataba de querellarle por la muerte de su hijo, y que lo hiciese sin temor ninguno de los criados de dicho Sr. Conde de Baños, que bien podía libremente, pues como ministro de aquel Santo Oficio le ampararía y defendería siempre y que demandase que dicho señor inquisidor le ayudaría en todo lo que se ofreciese. A que respondió este declarante no tenía cosa que demandar, y aunque le instó dicho señor inquisidor, que no era hombre noble, que por qué no defendía su reputación, respondió este declarante que por lo mismo de ser hombre noble y de obligaciones, no había de intentar semejantes pretensiones contra personas de la suposición de un señor virrey y sus hijos, y más no habiendo fundamento para ello.

Y asimismo declara este testigo que habiendo ido al Colegio de Santa Ana de Carmelitas Descalzas, en ocasión que estaba en dicho colegio el ilustrísimo señor obispo de la Puebla, a efecto de ver a unos religiosos amigos de este declarante, habiendo esto dicho a dicho señor obispo, que este declarante era padre de dicho Sebastián Cortés, su ilustrísima le hizo quedarse allí a comer aquel día y le agasajó e hizo toda cortesía. Y le dijo que estaba para ayudarle como se lo ofrecía con todo cuanto pudiese; y que si no trataba de pedir contra dicho señor virrey y los suyos. A que respondió este declarante que aunque en otras ocasiones le habían hablado en esta misma razón dichos señores Don Ginés Morote, Don Juan de Salinas, y otras personas, les había respondido que no trataba de semejante pretensión, y que lo mismo respondía a su señoría, que no tenía que pedir ni demandar cosa alguna, como al presente no tiene cosa que demandar ni pedir en esta razón, ni civil ni criminalmente, por las razones arriba dichas.

Y esto que ha dicho y declarado es la verdad para el juramento que hecho tiene, en que le afirmó y ratificó y lo firmó y declaró ser de edad de más de cuarenta años y que esta declaración la hace para descargo de su conciencia. Y lo firmó el dicho teniente de corregidor presente, habiéndole leído a la letra. Y otrosí, dijo este declarante, que habiéndole declarado la residencia, a pocos días después de su publicación envió a llamar a este declarante el Sr. Lic. Don Cristóbal de Calancha y Valenzuela, con un criado suyo español, que no sabe su nombre. Y habiendo venido a su llamada dijo a este declarante dicho señor Lic. Don Cristóbal Calancha, que tenía muchas noticias que este declarante tenía que pedir a dicho Sr. Don Pedro de Leiva, y que lo hiciese, que dicho Don Cristóbal Calancha le sería padre y no juez. Y así que lo hiciese este declarante y no excusase el irlo a ver cada día, que le aseguraba le haría pagar todo lo que se perdió en la tienda, en que estaba el dicho su hijo y de que ha hecho mención este declarante arriba, asegurándole dicho señor juez que no tuviese recelo ninguno, ni temor a los criados de dicho Sr. Conde de Baños. Que dicho señor juez le favorecería y defendería como padre, y que debajo de esta seguridad se la hacía también de que no llevarían derechos ni le costaría el seguimiento de dicha causa cosa ninguna. A que respondió este declarante que no tenía para que tener recelos porque no tenía pretensión ninguna ni trataba de tenerla contra dichos señores, por no tener como no tenía, cosa que pedir ni demandar. Y todo lo que tiene dicho es la verdad, para el juramento que hecho tiene en que se afirmó y ratificó y lo firmó con dicho teniente; Juan de Torres Fornicedo, Hernando Cortés de Tolosa, ante mí, Marco Antonio de Salcedo, escribano de S. M.

Plena probanza parece es esta deposición y los demás casos que quedan referidos para justificar las muchas mortificaciones que el marqués padeció en aquel reino, y la unión y confederación que el obispo, sus amigos y aliados, tenían y trataban, y los medios tan ilícitos como indignos de que se valían para justificar en el juicio de la residencia lo que siniestramente tenían escrito a S. M. y al Consejo contra el marqués y sus hijos, no parando en esto su temeridad, pues apenas llegó el juez a México que le había de tomar su residencia al marqués, cuando el obispo le granjeó con dádivas, como está probado en los autos de ella y aun reconocido en la declaración de Tolosa, con que no es imaginable las violencias y rigores que este juez usó con el marqués y su familia.

Sea la primera el hacerle salir desterrado de México con la marquesa y todos sus hijos y criados a un lugar donde ni bastimentos se hallaban para sustentarse, usando de tan extraño rigor que no dejaba ir a México a ninguna persona de su familia que pudiese comprarlos; poniendo espías y guardas en las puertas para prenderlas, y registrar lo que llevaban. Con que todos andaban huídos y atemorizados, medios con que imposibilitó también la defensa en su residencia, tan permitida por todo derecho. Y aún no paró en esto sus inicuos rigores, pues después de estar preso el secretario del marqués en la forma que es notorio, prendió al asesor y abogado que únicamente quedaba libre para defenderle. Y a este lo puso en la cárcel pública sin dejar hablar ni comunicar con nadie hasta que acabó con su vida, y habiendo pedido a los últimos de ella se le llevase el confesor que tenía elegido para consolarse y confesarse, no se le permitió. Acción bien indigna y falta de caridad y cristiandad, pues se le dejó morir con este desconsuelo.

Y lo mismo parece que se intentó y deseó con la Marquesa de Leiva, pues hallándose muy mala y con pocas esperanzas de vida en el lugar donde desterrados y habiendo declarado los médicos que acabaría con ella su mal temple y mucha humedad, no permitió dar licencia se mudase a otro alguno, obligando al marqués a hacerlo sin ella y a exponerse a cualquier temeridad que se intentase por la contravención de su injusta orden. Bien se deja conocer que todos estos rigores nacían y se originaban del poder y valimiento del obispo y demás confederados, pues después de haber atraído así la voluntad del juez con los medios tan inicuos como se han dicho, se juntaban amigablemente y a todas horas en su casa y otras partes. Y quién duda que tales empeños serían para poder comprobar lo que tenía escrito, derramado y divulgado, y que hallándose con recelo de no poderlo conseguir, examinando el juez en la pesquisa secreta sólo a las personas independientes, y que sin pasión ni interés depusiesen la verdad, como tenía obligación.

Dispuso su ceguedad y malignidad la última y más insanable resolución, que fue arrojarse el obispo a decir como testigo en la residencia, que parece fue el primero que se examinó en la pesquisa secreta, y se hallará haber dicho en ella más de sesenta hojas de papel, deponiendo de oídas en cuarenta y ocho cargos y en ocho de público notorio, y en seis generalmente, y en cuatro sin dar razón de su dicho, usando de dos personalidades. Una, de parte que manifestó cómo presentar gran máquina de papeles y testimonios e informaciones que actuó y fulminó como juez eclesiástico, y como virrey y sin especial orden de S. M. y del Consejo.

Otra de testigo universal o de calumniador, usando de este medio para citar en su deposición a sus confederados, criados, familiares y allegados, todos enemigos y demandantes del marqués, como está plenamente probado en los autos de la residencia y lo habrá reconocido el Consejo además, que en sus deposiciones todos dicen vagamente y de oídas, formando citas y pública voz y fama entro sí, con que se lo prueban su confederación y ánimo, que siempre fue de difamar al marqués y divulgar rumores y descréditos suyos y de su familia contra su verdad, cristiandad y mucha justificación tan conocida como experimentada en este reino. Pero habiéndole traído Dios a él y logrado que el Consejo se halle en conocimiento de la verdad, puede esperar el marqués de su mucha justicia ha de merecer la satisfacción pública que pide tan insufribles agravios con el premio que merece, así por sus servicios como por su calidad y sangre, y por los tan grandes y realzados como han hecho en la corona real sus antepasados, de más de quinientos años a esta parte.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 4, 1977, pp. 182-198.