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Siglo XVII > 1640-1649 > 1645

Relación de García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra.
26 de febrero de 1645

S. M. se sirvió de mandarme le diese cuenta con toda particularidad del estado en que hallé la Nueva España cuando pasé a gobernarla. Y aunque con modestia pudiera dejarlo a los muchos que cuidadosamente acostumbran representar lo malo de los que gobiernan, obedeciendo a S. M. me sujetaré a la corrección de lo que de mí se dijere refiriendo sólo lo que he obrado en la mejora que hoy tiene este reino y la hacienda de S. M. en él.

Las continuas invasiones que de algunos años antecedentes había padecido este reino, con la pérdida de dos flotas, la inundación general, continuas presas por los enemigos hechas en navíos sueltos, impedimentos para el libre comercio, quiebras particulares con grandes sumas, descaminos de Acapulco y composiciones de aquel comercio, la prohibición del Perú, mortandad grande de indios y esclavos, secuestros hechos por el santo oficio en las más cuantiosas y acreditadas haciendas, esterilidad general de los tiempos, donativos continuados y nuevos servicios hechos, visitas generales causas de accidentes comunes y otras causas bastantes a hacer una general y considerable pérdida, tenían puesto el reino el año 1642, a punto de su total ruina sin que en los antecedentes gobiernos se les hubiese dado remedio, o por ser la ocupación de los oficios tan transitoriamente breve, o por no alterar los efectos de los habitadores al odio que comúnmente causan las reformaciones, teniéndose en él por sensible reducir las materias a su primer estado; acción no sólo dificultosa de intentar pero imposible de poder vencerse en estos reinos.

El conocimiento de lo propuesto me puso en muy particular cuidado por haber de inquirir en el principio de gobierno el remedio que se había de dar a tan conocidos daños. La modestia redujo en primer lugar tratar del despacho de mis antecesores, fácil parte para escrita, difícil mucho para obrada, y sumamente peligrosa en las oposiciones, pretendiendo todos particularizarse para gozar con mayor unión de lo relevante del puesto de virrey, el cuidado y el celo. Distribuí en ellos lo preciso para la continuación de la paz que no sólo gozaron el tiempo de sus existencias, sino después de ellas, sus criados y afectos, divididos con particularidades y movidos con ellas de sus inclinaciones a novedades de que suelen producirse las más veces, extraños efectos. Se continuó mi desvelo aumentándose con la cercanía de los despachos y provisiones de Filipinas, situaciones de presidios, gastos del reino, despachos de la armada de Barlovento, envíos de España, satisfacción de sueldos, para cuyos suplementos me hallaba totalmente destituido por estar las cajas reales sin hacienda, los asientos en quiebras, adeudada la real de México en más de 800.000 pesos, los tributos en débitos retardados de 190.000, los azogues en 517.000, las alcabalas de la ciudad del último cabezón 1.444.000, las del reino en 196.309 pesos, los derechos ocultados que habían procedido de la comisión de Don Pedro de Quiroga en 96.000, los de la plata y oro de San Luis en más de 80.000, la quiebra de los naipes en 340.806, el consumo de la vara de corregidor en 100.000, el servicio para el sustento de la armada de los 200.000 de renta y crecidos desde su institución sin estado ni de réditos ni de principal. Las cajas de Zacatecas, Guadalajara, Nueva Vizcaya y las demás del reino y reales de minas de él, con crecidas sumas de resultas que por culpas o por el interés o la manera que se habían retardado y puesto en imposibilidad de restauración, hallábanse comprendidos en estas satisfacciones muchas personas del reino y hacía esto notable dificultad para el suceso. Dando más que vencer en la resolución que considerar en el expediente y ajustándome a lo uno y otro, pude restaurar lo que en tan dilatados tiempos se había dejado olvidar y expuesto al odio, con desestimación de todo lo que impidiese mi obligación. Comencé a poner remedio disponiéndole en la forma que se servirá S. M. de mandar ver.

Estaba la renta de las alcabalas del cargo de la ciudad de México en los postreros años del último cabezón a que venían a reducirse las satisfacciones de las quiebras, faltas de flotas y naos de China, que importaban la suma referida, la retardación de los enteros en la caja real, aún de lo corriente de esta renta. Puse en cuidado inquirir la causa de ello, y teniéndole muy particular de las quejas que de la mala administración había, procuré mañosamente que las noticias no motivasen medios para la ocultación de los papeles ni el tiempo dilatase el conocimiento de ellos. Los recogí todos y reconocí en ellos la verdad de mis recelos. Se supieron los alcances y se dio con ello principio al odio y quejas comunes, mas con poca atención de ellas y gran celo del servicio de S. M. reduje la causa a estado de determinación y remedio. Y aunque con repugnancia de todos la puse corriente y la mayor renta del reino, con reparo de ellas, más cuantiosa resulta de que se tiene noticia.

Vencida esta dificultad con el conocimiento del daño, puse cuidado en el remedio, y llamando al consulado y toda la universidad de los mercaderes, les propuse el estado en que la administración de las alcabalas estaba y el sentimiento justo de que la ciudad se las hubiese quitado sin haber conocido quiebra ni defecto en su beneficio. Les pedí con particulares agasajos se encargasen de lo que tan justamente era de su obligación, pues sólo de ella se debía esperar la reducción sin que pudiese la queja oscurecer el reconocimiento de que esto se tenía. Lo repugnaron diversas veces y conociendo que los encaminaba mi instancia al empeño, pidieron les concediese término para conferencia, en que vine gustosamente por vencer en este tiempo la obstinación. Ya los del consulado, separados de su cuerpo la que habían mostrado mi solicitud y disposición, los reduje a que volviesen a tratarlo. Me dieron un papel en que se justaban sus conveniencias y no las de S. M., común estilo de los asientos. Me mostré sentido, y aún afectadamente severo, dejándolos obligados a que solicitasen el oirlos con que rendidos a la conveniencia de S. M. y la suma en cuanto a la dirección de su mayor beneficio. Me ofrecieron entrar en la administración excusándolos del entero que importase la falta de flotas y naos de China, en que estaba gravada la renta.

Los últimos años del cabezón, que importaba 700.000 pesos que habían de quedar sin recuperación, animó mucho a mi cuidado, el haber vencido al consulado en que se encargase de la administración. Y sin hacer ninguna demostración continué la queja por no haberse reducido a toda la satisfacción en cuya resulta no había de venir de ninguna manera. Los dejé algunos días y me representaron en ellos la imposibilidad de cumplir lo que se les pedía. La necesidad del reino causada de tantos y tan varios accidentes, el peligro en que se había de poner los que tratasen de la cobranza por la variedad de introducciones y poco reconocimiento que tenían a la obligación de satisfacer este derecho, hacían consecuencia de la resulta grande de la ciudad. La duda de las navegaciones por los muchos enemigos y quejábanse de haberles cerrado la contratación con el Perú tan en su perjuicio, quitándoles Don Pedro de Quiroga sus haciendas y créditos. Les respondí satisfaciéndolos y ofreciendo representarlo todo a S. M. de cuya poderosa mano debían esperar que en atención del servicio que se les había propuesto les haría merced. Y que en ésta se hiciesen las obligaciones, encargándose de los últimos años del cabezón que no se había de separar ni disminuir, pues por esta razón se les habían puesto en su voluntad las conveniencias de que necesitase la administración. Y que no diesen lugar a que la justicia obrase como podía en este caso queriendo ser innovacion, pues constantemente era el cuerpo de la universidad de los mercaderes el que había de dar saneamiento a esta renta. Sintieron esta determinación y reconvenidos con ella y la eficacia con que mi celo les instaba, se redujeron a obligarse a todo lo que la ciudad lo estaba, quedando no solo reparado con el remedio el daño pasado, sino acreditada la renta para lo venidero. S. M. se servirá de honrarlos mucho por este y otros servicios que le han hecho muy dignos de gozar por ellos, no sólo de libre comercio con el Perú, sino también de aliviarlos en cuanto fuere posible en lo que se les pide de la satisfacción de lo que han cobrado de las mercaderías navegadas por ambos mares.

Me faltaba poner remedio en los alcances que la ciudad tenía de esta administración, de que parecía por el ajustamiento deber mucha cantidad. Venía esta suma a parar en número grande de regidores, cobradores, ministros, fiadores, gremios y otras personas. Era necesario oirlos para convencerlos y obligarlos a la satisfacción con los más suaves medios que se hallasen, hasta que se disminuyese tan copiosa complicidad para resolver sobre esto. Teniéndolo por lo principal y de mayor cuidado, mandé sacar resultas particulares separadas a cada uno y juntas para su ejecución. Di comisión al Lic. Don Alonso de Tapia, persona de inteligencia y satisfacción, para que con miras particulares las diligenciase, dividiéndolas de tal suerte que no se diese a entender su calidad y número, reduciendo el conocimiento al de cuatro o seis personas a un tiempo y usando con gran prudencia el dominio que mostrase más el ánimo de reducir con él al reparo que al escarmiento del causado daño. Se trató así, resultando la paga sin más uso del apremio de la justicia, que el nombre de ella en la inteligencia de la causa en los papeles, ajustamientos de ellos, liquidación, determinación y ejecución. Se obraron número grande de escritos, dejando omitido lo criminal de ellas a las dependencias y corrección de la visita donde por estar pendientes excusé por la veneración de aquella judicatura, el continuar con la que esto necesitaba.

Se hallaban los tributos reales por la retardación de su administración y cobro en peligroso estado. Era esto del cargo del ministro particular que S. M. tiene. Se habían excusado con pleitos los deudores y fiadores de satisfacer, eran los débitos 190.000 pesos y estaba hecho de los más de ellos ajustamientos, pero no podido cobrar en lo judicial. Me dio cuidado el remediarlo y pareciéndome se haría deponiendo lo obrado, escribí a todos los deudores pidiéndoles satisfaciesen lo que tan justamente sabían deber a S. M. Les representé la necesidad en que las guerras y continuos gastos le habían puesto y que de voluntad y gracia, cuando no de justicia y razón debían servir a S. M. cada uno con lo que le decía. Traté la materia, no como superior sino como menesteroso y los obligué con ella de tal suerte que por supuestas sus excepciones y sin hacer mención de ellas, en breves días ajustaron sus débitos y satisfacieron sus alcances.

La quiebra de la renta de los naipes crecía cada día con daño grande de la hacienda de S. M., haciéndola mayor el olvido que en su administración se había puesto. Consideré su estado y los inconvenientes grandes que mis antecesores vencieron para dejar sin cobro tan gran suma, y facilitando los que había de orden para que se ajustasen las cuentas que de este resultaban. Y por ser muchas me obligaron a dividirlas. Envié al tribunal de ellas algunas y las que tocaban a Alvaro de Paz y Mateo Barroso por su mucha entidad y, haberse reducido a ordinario lo excesivo de ellas, con representación de varios derechos de justicia, me pareció que para que se hiciese con mayor acierto convenía remitirlas desde luego a la audiencia para que se viesen y determinasen en ella. Se trataba de esto cuando S. M. fue servido de mandarme procurase ajustar esta quiebra al equivalente concierto y tratado de ello y lo hace casi imposible la suma grande de la retardación de pagas hasta el remito del nuevo asiento por importar más de 340.000 pesos. Continuaré el procurar por todos los medios posibles lo que S. M. me manda. Habiendo impedido con particular diligencia las órdenes sacras en todos estos reinos a Mateo Barroso, por tener asentado el recibirlas, en su retraimiento, quedándose con mudanza de hábito en él. Y yo con harto recelo de que ha de poder más en esto el interés que la razón. Estaban los azogues repartidos por la paga del consumido sin ningún remedio por la dilación de los términos y la que daban las voluntades de los alcaldes mayores y oficiales reales, año que se reconoció haber procedido a no haber reducido a término asignado la obligación de ellos. Excusábanse de hacerla con no reconocer las señales de quintos y diezmos. Estaba la minería en suma aflicción y Zacatecas tan caída por dos visitas, que antes se le habían enviado, dejando en peor estado que el que a la sazón tenían las materias. Crecían las deudas por írseles supliendo sobre ellas con nuevos repartimientos de azogues inexcusables para continuación de la minería. Dieron lugar a poner remedio a este daño mis particulares discursos. Y para fundarlos con mayor acierto pedí al contador de los azogues mapa de los repartidos, su valor y lo que se debía y había cobrado. Me lo remitió y se me ocasionó nueva confusión. Pasó algún tiempo en la consideración de lo que se debía hacer y con inteligencia de todos los papeles obrados en las visitas y tribunales resolví que para dar principio al reparo era esencial el cometer a la sala del crimen las causas de los oficiales reales de Zacatecas que estaban presos por la mala administración de aquella hacienda y para que fuese ejemplo su castigo a los demás. Se ejecutó así por decreto particular que dí, dando principio en lo severo de esta determinación a que los ministros actuales de aquella caja acudiesen con veras a la cobranza de lo que a ella pertenecía. Se comenzó a mejorar el estado de lo retardado, pero no podía dársele con perfección el remedio de que necesitaba por el corto poder de los oficiales reales. Ocasionábanse cada día por estar con nuevos inconvenientes y daños que reconocidos para impedirlos me resolví o a asentar con resolución el cobro de la hacienda o excusarla de los nuevos gastos que cada día se hacían, consumiéndola sin fruto y destruyendo las minas y mineros. Para la ejecución de esto, teniendo entera noticia y de la experiencia de Don Francisco de Rojas y Oñate, oidor más antiguo de México y visitador que había sido de las cancillerías de Manila y Guadalajara, a quien se había encargado y suspendido la de aquella caja, le mandé salir luego a poner remedio en todo y asentar la satisfacción de lo adeudado y repartimiento y azogue, que reconociendo por el oidor y avisándome de ello, conferidas las materias, resolví que ejecutase lo consultado por él en la forma que se le avisaba. Se ajustó por este medio aquella hacienda. Quedaron aliviados los mineros y reducidos a la continuación de las labores que habían desamparado por las vejaciones de sus alcances. Dio vuelta el oidor a su audiencia y la cuenta de su ocasión y ejecución de las órdenes que le di con satisfacción de su buena disposición y desempeño de mi resolución y celo.

El cuidado con que solícitamente me hacía atender a todo lo que tocaba al cobro y restauración de la real hacienda y al corriente de que necesitaba para que no se imposibilitase con su ruina, me hizo curiosamente inquirir cómo se administraba la de S. M. que pertenecía a la caja de San Luis, pareciéndome que toda retardación que en ella hubiese nacería de defraudarse por no necesitar de azogues el beneficio. Mandé que el tribunal de cuentas ajustase las que tenía atrasadas a aquellos mineros y que reconociéndose daños considerables se me diese noticia de ellos y también de otros pleitos que allí estaban pendientes, de que constaba el estado que aquella caja tenía y el remedio que se debía poner en ella. Me respondió el tribunal a todo y sin embargo hice que se reconociesen los autos. Se halló en ellos entera noticia de cómo la caja real estaba en casa particular y las llaves de ella en persona que hacía dietas y cobraba daños y cambios de la plata y oro que en ella entraba. Eran tan particulares las paliaciones y la simulación de los encajes, y tanta la unión y favor de esta complicidad, que me obligó a pensar mucho en la elección de la persona a quien debía encargarse esta reformación. Tenía experimentadas y conocidas las que ocupaban puestos y deseaba aplicarles las ocupaciones a los genios. Y siendo a propósito para esto la de Don Juan de Cervantes Casaus de la orden de Santiago y contador del tribunal de cuentas de la Nueva España, se la encargué, mandándole salir luego, de que resultó el enviar de aquel real cobrados más de 80.000 pesos y dejado aseguradas las deudas que no lo estaban y hechas algunas esperas para que pudiesen volver a reducirse los mineros a su ocupación, dejando en la administración de la caja personas abonadas y de inteligencia y enviando presos a los que había en ella en seguimiento de sus cargos en que quedan.

Iba adquiriendo las noticias con mucha continuación y trabajo, sin permitir ningún descanso a las personas de confianza que me ayudaban en la vista y examen de papeles. Hacia que por instantes me diesen cuenta de todos los que se entendía estuviesen retardados en la hacienda de S. M., de que necesitase darles expediente y remedio. Tuve noticia de que de debido cobrar, estaban los oficiales reales de Guadalajara en obligación de pagar mucha entidad que se debía tiempo había. Escribí sobre su restauración al presidente, audiencia y fiscal de ella; se habían excusado de la ejecución de las provisiones del tribunal por cuya causa no había tenido efecto la satisfacción, fiados en la distancia y corta mano que allí tienen los virreyes. Me pareció que Don Juan de Cervantes podía dejar con brevedad en perfección la visita de San Luis. En que estaba entendiendo con particulares contradicciones, y por sosegarlos le mandé que pues allí se había hecho lo posible, pasase luego con los mineros con que se hallaba a Guadalajara y visitase aquella caja y los reales de minas de su distrito, cobrase lo debido y repartiese los azogues que hallase en ser. Para que todo procediese considerable suma de plata, se puso esta determinación en ejecución. Y aunque declaradamente opuestos a ella algunas personas, continuó Don Juan su visita. Halló en ella la hacienda de S. M. destituida y casi sin remedio lo adeudado sin razón ni libros donde debía estar; por la plata que había de parar en la caja, puestos en ella vales; los sellos de las marcas de quintos y diezmos borrados; las administraciones de las minas llenas de fraudes y recuentos de azogue. La mucha plata que se había sacado sin satisfacción de derechos había entendido haberse cobrado de lo que se debía por quinto el diezmo y ser culpados en la plata de rescate extraviada de aquel distrito. La caja real se abría sin hallarse escribano a ello, y a todas horas, y por personas particulares a quienes se daban las llaves. Por estos procedimientos y llevados del temor justo de ellos, han alzado bienes y puéstolos en el sagrado de la Compañía de Jesús, quedando tratando aquella audiencia de obligar a que las apelaciones fuesen a ella medio eficaz de oscurecerse y lo estuviera todo lo demás de la hacienda de S. M. si no hubiera puesto mi cuidado en la limitación, rigor grande que pueda más la negociación de un súbdito que la justicia y necesidad de un rey.

He puesto muy particular cuidado en remediar el daño grande que la hacienda de S. M. recibe en el extravío ordinario que se hace de la plata de rescate, disipando los quintos y diezmos a que están reducidos los derechos de ella. Y aunque esto es tan perjudicial lo hace más el sacar cantidad de esta plata para fuera del reino adonde por su valor intrínseco se beneficia sin reparo de estar o no marcada con gran utilidad del que se arriesga a ello. Y hay en los reinos de minas tan asentadas correspondencias con los mercaderes de caudal que parece imposible el darle remedio por otra mano que la poderosa de S. M. Porque como la demasía del valor crece sobre lo principal, y la correspondencia se hace por entero de la plata como si estuviera quintada, no hay quien no se incline a su mejora reduciéndola, aunque con recato, causa de haberla hecho común. Tuve determinación de enviar ministros y despachadas las comisiones a los que habían de ser con instrucciones para que abriesen en los puertos y caminos al tiempo de los despachos, los cajones y envoltorios encerados en que se lleva la plata y que tomasen la que de este género se hallase por perdida. Se receló la ejecución por ser tan interesados y tantos los dueños de ella, de que podían recrecerse y reparar los daños. Y para corregirlos sin este detrimento en lo de adelante despaché órdenes a los reales de mineros para que se tomase por pérdida de plata y oro que dentro de veinte y cuatro horas de cómo se sacase, no se manifestase ante los oficiales reales y diputados de ellas, con que puse algún reparo al daño pasado hasta que S. M. con el acuerdo de su consejo mande dar con la eficacia y rigor que la entidad de la materia pide el remedio de ella.

Deseé saber, por el daño común que todas las materias recibieron con la ida a la Nueva Vizcaya del Lic. Don Alonso de Villalba, oidor de dicha real audiencia, el estado de la hacienda de S. M. que en la caja de Durango se recogía. Mandé que se me trajesen todas las cuentas y papeles que en el tribunal de ellas parasen. Y que se juntasen con ellos los que en los oficios de la gobernación hubiere. Los examiné y resultaron de ellos alcances que me movieron a atención. Había hecho remitir a aquella caja cantidad de azogues por haberme significado el gobernador y oficiales reales resultaría de ellos suma grande de plata por tener los mineros un número crecido de quintales de metal para beneficiar. Llegó el despacho que S. M. mandó se le hiciese de su hacienda y me faltaron a lo propuesto reteniendo no sólo lo procedido de ellos, sino también lo de quintos y diezmos. Me pareció que si en las cajas que están más a la vista se habían experimentado tan particulares daños, en las distantes y tanto como aquélla, de razón habían de ser mayores. En esta consideración mandé al Capitán y Sargento Mayor Cristóbal Valero, de la orden de Santiago y contador del tribunal de cuentas de esta Nueva España, partiese luego a esta visita y a cobrar lo retardado y corriente de los azogues, y a que reconociese todos los gastos que S. M. hace en los presidios de las fronteras de Chichimecas, y los demás en que se consume mucho de lo que se conduce en aquella caja, para reformar todo lo que fuere excusable, reduciendo aquella administración a ajustamiento y estilo para la prevalencia y aumento de lo que tanto importa al servicio de S. M.

Reconociendo el celo con que procuró aumentar la hacienda de S. M. y socorrerle con ella en las necesidades en que se halla, obligó a que dos mineros que tenían su asistencia en el real de minas de Pachuca, deseosos de ayudar a mi afecto, se determinasen a darme cuenta de un nuevo arbitrio que había experimentado de sacar la plata con poca o ninguna pérdida del azogue que en ello solía consumirse, haciendo rendir a los metales la ley de ella en término de veinte y cuatro horas. Excusando el dilatado tiempo que se pasaba enseñando los magistrales para todo tan abundantes y fáciles que no pudiese la falta de ellos impedir su uso. Admití con benignidad y agradecimiento su celo y el que los había movido a ayudarme; y considerando la importancia de la materia y de cuanto alivio podía ser verificado sin aprender más de ella que lo que fuese resultando, y teniendo particular experiencia y conocimiento del vivo ingenio e inclinación a las letras humanas y especulación de todas las materias de su comprensión. Y vístole en algunas ocasiones del servicio de S. M. discurrir en todo con gran erudición de su inteligencia, determiné cometer el examen y experiencias necesarias para el crédito y uso de lo propuesto al Lic. Don Luis de Berrio y Montalvo, alcalde del crimen de esta real audiencia, que aunque con repugnancia de su modestia por sus muchas ocupaciones, aceptó comenzando desde luego a verificarlo y a inquirir por el conocimiento de las personas que habían manifestado la prevención grande para dar principio con buena o mala fe a la materia y crédito de los profesores de ella. Y aunque entró receloso y desconfiado, las experiencias del buen suceso que reconoció le obligaron a darme cuenta de ello. Junté a la audiencia y a muchas personas pláticas; se comenzó lo ejecutivo de la experiencia en presencia de todos. Habiéndose hallado a los medios para llegar a ella excusando engaños de día y noche el alcance, se continuaron las que parecieron necesarias, se verificó por menor el beneficio y correspondiendo, aunque no en todo, se tuvo por conveniente que fuese Don Luis en persona a los reales de minas donde por mayor hiciese experiencia, se halló a todas. Se vio en juntas particulares y generales con aplauso de los de ella; revelose el arbitrio y adherentes necesarios para su ejecución y efecto a los mineros, y dejándoles la libertad del uso de ello en prevención de que la mutación no causa retardación en el beneficio ordinario conocido para los metales, quedando para la necesidad lo experimentado y con gran celo asistido por Don Luis de Berrio, que con más particularidad dio razón de todo a S. M.

Había adquirido algunas cosas que necesitaban de remedio en la caja del puerto de Acapulco, y de cuán sin orden cuenta y razón estaban a cargo del factor en los almacenes reales los géneros que en los despachos para Filipinas se habían quedado retardados, de que tuve papeles auténticos y particulares. Se hallaban en México por ser invernada los oficiales reales, les mandé me diesen copias de sus títulos y de los que tenía Don Martín de Sepúlveda Troche, caballero de la orden de Santiago, castellano y alcalde mayor de aquel puerto. Consideré en ellos la expresión de la voluntad de S. M. y que la necesidad, seguridad y beneficio de su real hacienda pedían mayor ampliación en el dominio de la justicia ordinaria y alguna sujección y reconocimiento de aquellos mineros a ella. Y concediendo al castellano con generalidad la intervención particular que en lo más esencial tenía de S. M., sin la libertad y daños reconocido, hasta extinguirlo con más eficaz remedio que pudiera la visita, sintieron la opresión los oficiales e intentaron por interposición de apelaciones quedarse en su antiguo estilo, a que no di lugar, mandado al castellano acudiese a lo determinado y a inventariar con toda diligencia secreta lo que paraba en los almacenes reales. Se acudió luego a esto y resultó el no proveerse de muchos géneros que se necesitaban para el despacho por los que sin noticia estaban ellos procediendo de lo uno y otro harta utilidad a la hacienda de S. M. Y aunque la mala fe en que me ha puesto este suceso pudiera obligarme a la verificación de otros, todavía tolero en lo exterior darlo a entender dejando al cuidado y celo del castellano lo que en esto le he encargado, y al del tribunal de cuentas el ajustar las de aquellos mineros para determinar sobre todo lo que conviniere hacerse.

Quedaban por reconocerse las administraciones de las cajas de Veracruz y Yucatán, que pertenecen a este gobierno, de cuya cuenta me hallaba receloso. Y deseando no comenzar por visita, la reformación de ellas por no perderlo todo con algún accidente y convenir ir disminuyendo con las cuentas particulares los alcances que hubiese en los géneros de la administración. Mandé se comenzasen a tener las demás de un millón de gasto hecho con la armada de Barlovento, y que la contaduría de los efectos de ella juntase todos los papeles tocantes al derecho de los veinte y cinco pesos en cada pipa de vino, de cuya suma grande no constaba haber paradero en más de quince años corridos de su fundación. La disposición de los papeles de ambos efectos no tenía el corriente que convenía, y sin embargo, para sacar de ellos luz de los demás que se habían formado, mandé dar principio a esto para continuarlo, de que espero útiles de mucha entidad, Las diligencias hechas para esto han sido muy particulares y lo cauteloso de ellas atendiendo tanto al fin de la visita que S. M. manda les envíe que se pueda sacar de ella el de su dirección, habiendo hecho el recibo y despacho de la flota y armada surta en aquel puerto.

El año 1642 llegué a Veracruz donde reconocí con particular cuidado los daños que se causaban a los derechos reales en la descarga de la flota. Consideré su remedio y por haberse de reducir a nuevas determinaciones, me pareció usar del menos perjudicial para que no se perdiese todo. Amonesté a los mineros la fidelidad con que debían servir a S. M. sus necesidades y la paz en que los conserva en tiempo que la guerra le traía por las campañas; los obligué y a los comerciantes a que me pidiesen permiso de manifestaciones de lo que venía sin registro y reduciendo los crecimientos considerablemente se la concedí consiguiendo con esta disposición y silencio lo que no pudiera con la justicia y fuerza. Acudieron a la noticia de esto otras embarcaciones, y lográndose en ellas la mayor parte de los derechos, pude aliviar con ellos al comercio de pérdidas y ayudar a los habitadores del reino con beneficios, comenzando a gozar de ellos y de las comodidades de que tanto habían carecido por la falta que de los géneros menesterosos tenían. Que mejorándose el estado se alivió el gasto de la real hacienda por este medio, y pudo mediante él y la satisfacción de contado que ordené se hiciesen de los derechos acudir a los despachos de aquel año.

Para poder saber y remediar la hacienda de Yucatán, de cuyo mal estado he tenido noticia, y reformar el corriente que se ha introducido en las continuas escalas del puerto de Campeche, adonde las mercaderías que de todas partes acuden se ocultan dándoles cubiertas a los géneros con lo que siempre han acostumbrado remitir sus frutos a este reino. Habiendo vacado por muerte de Francisco Núñez Melián, aquel gobierno, puse en el General Don Enrique de Avila Pacheco, de la orden de Santiago, persona de mucha atención y gran celo del servicio de S. M., a quien encargué la observación del estado de aquella hacienda, y que me informase con mucha particularidad del remedio que debía poner en aquel puerto, mudando, si conviniese, el gobierno de la administración de la hacienda. De tal suerte que poniendo en Mérida a los ojos del gobernador el que allí hay, y en el de Mérida se ajustase a que el daño tenido de todos por grande. Comenzó el gobernador la diligencia y por haberle ordenado cuidase en primer lugar remitir lo que hallase deberse a S. M., dio principio a ello avisándome tenía asegurados en aquella caja 50.000 pesos. Deseo ver la razón que de lo demás me remitiere para excusar los daños que he referido, si bien me parece quedará esto sin perfección, no dándosela el Consejo, o con nuevo expediente y despacho de ministros particulares puestos por S. M., o con ordenanzas y rigor para la extensión continuada y permitida de tantos.

Había algunos años que de la provincia de Tabasco no se acudía con lo que procedía de derechos de ella. Estaba puesta esta administración de algunos a esta parte en personas particulares, habiendo quitado a los alcaldes mayores contra el estilo común y corriente del reino. Escribí diversas veces solicitando no se retardasen más que lo que lo había estado aquella hacienda las utilidades que debía rendir; ensordecían la buena correspondencia y el interés la razón; la mía me obligó a despachar persona por ella, con que se le dio cobro y corriente, volviendo a encargar al alcalde mayor este cuidado.

Llegaron el año 1643 al puerto de Acapulco dos naos de las islas Filipinas. Tenía prevenido para que fuese a recibirlas y despacharlas al Lic. Don Francisco de la Maza. El comercio, sentido de ello, acudió con el rendimiento y blandura que acostumbran a pedirme les concediese manifestación y que no saliese Don Francisco sin llevarla. Les respondí que era anticipada la prevención, pues faltaba la noticia de haber llegado las naos siendo engañosas las demás hasta estar en el puerto. Templé con esto la eficacia con que me pedían una determinación que tanto se debía meditar. Mandé apresurar el viaje al juez para que pudiese hallarse en el puerto cuando entrasen en él las naos; puso en ello y en lo que fue de su obligación todo cuidado. Se le dio tan grande la elección que en él había hecho y su solicitud a los interesados, que les obligó a instar por la determinación antes que se diese principio al suceso de la descarga. Corría el tiempo dando la dilación medios más eficaces que la solicitud. Vinieron en pagar los derechos de lo por registrar, desazón para mis intentos siempre determinados a que me diesen sin pedirles lo justo, porque excusen representar por servicio lo que era necesidad. Vencí la delgadez con que de ordinario discurren y tratan estas materias los hombres de negocios; me ofrecieron cuatro por ciento más de los derechos del registro salida y entrada y que creciesen doblándose y duplicándose según los términos que se insinuasen en la manifestación para la compulsión de que se hiciese luego. Me pareció que se habían ajustado las voluntades a mis deseos, que ni eran de destruirlos ni de que S. M. perdiese lo que pudieran extraviarle con la fuerza y arte en aquel puerto. Asenté con ellos que todo lo por registrar pagasen a S. M. a 21 por ciento, di cuenta de ello en la junta general de hacienda, donde fue de admiración el que en la esterilidad de los tiempos hubiese hallado tan aventajada satisfacción. Les di despacho de que procedieron sin violencia alguna más de 200.000 pesos de derechos de almojarifazgo, alcabala y otros.

Llegó a Acapulco este año de 1644 una nao de las dos que salieron de Manila para venir a él, correspondientes a las que había. Llegado a aquel puerto el año antecedente a salvamento, fue la que faltó la capitana de cuya grandeza y empaques hubo muchas noticias. Recibió la carga en Cavite, dos leguas de aquella ciudad y por esta razón y haberse despachado la que llegó distante mucho de aquel puerto, vino con tan poco que sólo se pudieron sanear derechos por la diligencia que el castellano puso; no la cantidad que yo quisiera; le había cometido el recibirlas y despacharlas excusando las costas y salarios en que solía consumirse lo más que procedían. Llegó tarde a este reino y tuvo necesidad por esto el despacho de mi cuidado; comencé a disponerlo en toda aceleración. Se hallaba ya en esta ciudad Don Diego Fajardo, que había de pasar a gobernar aquellas islas con las cédulas de S. M., para que le acudiese con grandes socorros. El reino, con haber la flota el año pasado, se hallaba sin los géneros de que aquellas plazas se proveen y sin ningunas armas de las de fuego que se pedían de ella. Hice de la persona de Don Diego gran estimación, venerando sus muchas partes, tuvo aposento en palacio y el agasajo en el que se debía. Le di cuenta de lo que Don Sebastián de Corcuera, su antecesor, avisaba y le pedí me advirtiese de lo que convenía para su despacho. Se había metido en los montes la gente de que se suelen formar estos socorros, porque de la voluntaria se carece siempre, recogíase alguna en las banderas de esta ciudad la de Puebla y Veracruz, y en las demás partes poca o ninguna. Me hallaba acongojado y lo estaba mucho el gobernador de ésto. Despaché órdenes para que todas las justicias del reino prendiesen ociosos y delincuentes, y puse en esta ciudad para que se ejecutase tales medios que se recogió número de ellos, se condujo la de todas partes y embarqué efectivos hasta 500 hombres, toda gente tripulada y de mucho servicio para mar y guerra. Tuvo igual dificultad la provisión de las armas de fuego que se pedían, porque si no era desarmado las fronteras de ambos mares no se podía hacer. Se sacaron de personas a quienes se habían prestado de la armería para los alardes, años había, otras compradas una a una de quien se tenía noticia las tenía y algunas que por aliviar mi cuidado me dieron; otras que con la misma diligencia se juntaron en las otras ciudades, con que se ajustó hasta número de 260. Le proveí de mucha cantidad de pólvora y salitre para hacerla, y de maestros para que beneficiasen el que allá se había descubierto, en que no poco se ocupó mi desvelo. Previne para la aguada la tinajería que se hallaba de la que traen de las islas, que hasta este tiempo no se había practicado. Y cantidad de pipas para que no faltase. Hice se le remitiesen todos los géneros que se pedían y con ellos ajustada 300.000 pesos. En esta conformidad había hecho el despacho antecedente, y en ambos enviado a aquellas islas 900 hombres, más de 1.100.000 pesos en géneros, gastos y reales, y echándolo todo fuera del puerto sin tomar día de abril, cosa que no se ha podido conseguir en muchos años antecedentes. Se embarcó el gobernador, si no con todo lo que quería, con lo más que pudieron las fuerzas, y sin nada menos de lo que su antecesor expresó en sus memorias que necesitaba en aquellas islas.

Está tan vivamente representada en mi memoria la necesidad en que S. M. se halla que sólo tengo alivio cuando más trabajo en remediarla, procurando acudirle con los socorros posibles. Hallé con los sucesos de Portugal, los naturales de aquel reino que vivían en éste con mucho desconsuelo y algunos de ellos con necesidad o afectada para librarse de las cargas que pudieran sobrevenirle; o verdadera por lo notorio de haber enviado fuera de él sus caudales, impidiendo lo uno y otro el logro del donativo voluntario que les pedí para S. M. Encomendé a los alcaldes mayores en sus distritos este cuidado porque ninguno se librase del que le podía dar la razón de lo que se le pedía, acudiendo a hacerla o por el respeto o el aplauso del que lo solicitaba, medio de mayor eficacia para los de aquel reino que los de la proposición por más justa y precisa que fuese. Este conocimiento me obligó en esta ciudad a no poner esto en otro cuidado, encargándome de él para obrarlo por mi persona. Lo comencé con hablar sobre ello a cada uno en particular en que no tuve pocas réplicas y repugnancias, ocasionándome algunas a no hacer de justicia lo que pedía de voluntad y gracia. Se pasaron en ello muchos días sin que de sus horas dejase de lograr alguna parte en el conocimiento del donativo; acudieron los demás con lo que recogieron por orden mía, y ajustado el cuerpo de él, importó 52.793 pesos y medio, que remití a S. M. separados de la demás hacienda que de este reino se llevó.

Vinieron el año 1637 de las islas Filipinas dos naos de cuya grandeza y riqueza no se ha conocido ejemplar. Seguros los dueños del buen pasaje introducido en aquel puerto traían sin registro lo más de la carga. Había venido a estos reinos el Lic. Don Pedro de Quiroga con esta y otras comisiones, y aunque traía facultad de subdelegarlas le pareció que la materia era tan grande que necesitaba de toda su fidelidad y cuidado. Recibió las naos, las fondeó y reconoció los grandes daños que a los derechos se habían causado. El tiempo para volverlas a despachar era limitado y lo necesario para el sustentamiento de las manifestaciones que concedió forzoso determinó que se cobrase de los que habían de volverse, y que los demás asegurasen para satisfacer en México lo que importase lo que les pertenecía. Sucedió su muerte antes que se llevase el efecto de la manifestación. Recogiéronse sus papeles y se quedaron los deudores con los derechos por el dilatado tiempo sin haberse tratado de la materia oculta siempre por los que debían revelarla. Tuve noticia de ésto y de que los papeles paraban en los contadores de la visita del obispo de Puebla. Mandé que un contador de los del tribunal con los de la visita reconociesen los papeles, y resultó de ellos el deber a S. M. 96.106 pesos, seis tomines diferentes personas. Se ha asignado la mayor parte, y aunque por la retardación y descuido se ha puesto de mala calidad, diligencia su cobranza por remisión mía el tribunal de cuentas.

Me permitió S. M. la honra de hacer la entrada en esta ciudad y las demás por donde pasé debajo de palio. Y siéndolo tan grande y de tanta estimación, lo fue mayor para mí convertirlo en conveniencia de la ayuda de que necesitan tantos gastos como tiene S. M., para cuyo socorro fue más a propósito lo que se había de gastar en la ostentación y aplauso, aplicarlo a la necesidad cuya cantidad importó más de 24.000 pesos; fue poca pero la que me dieron con que serví a S. M.

Me ordenó el Conde de Castrillo pidiese a la religión de San Francisco ayudase con alguna cantidad a los gastos grandes con que S. M. se halla, y habiéndolo insinuado así a los superiores de ella sirvieron a S. M. con 10.000 pesos que entraron en la real caja.

Había muchos años que se había tratado pleito entre los vecinos de la provincia Izucar en esta real audiencia. Algunos de los interesados intentaron ajustar por donativo o compra unas aguas con que se regaban las tierras que poseían. Embarazáronse los unos a los otros con esto y para salir de ello pidieron al Marqués de Cerralbo enviase persona que con inteligencia examinase los derechos. Nombró el marqués para ello al Lic. Don Juan González Peñafiel, fiscal que a la sazón era de lo civil de esta audiencia; fue a aquel valle y habiéndose reconocido y ser los riesgos de que procedían los pleitos pertenecientes a S. M. hizo causa general contra todos y particular a cada uno de los interesados como defraudores del derecho real. Se siguió hasta definitiva y medidos los surcos del cuerpo del río de donde se sacaba el agua graduó las haciendas y les repartió dándoles según lo menesteroso de ellos las cantidades de que necesitaban, condenándoles a que pagasen por los repartimientos según las utilidades que de ellos gozasen. Importaron por la tasación 99.710 pesos, consintieron algunos y apelaron otros, quedando para todos la cantidad sin satisfacer y pendiente el pleito por la presentación en la audiencia. Se quedó así sin darle estado alguno de mis antecesores teniendo echadas tan fuertes raíces sus diligencias cuando traté de esto que pudo mi desvelo, difícilmente arrancarlas. Mandé que se juntasen los papeles y a persona de mi satisfacción que lo reconociese y ajustase. Me dio cuenta de estarlo y por tocar a la audiencia el verlo se llevó al relator a quien tocaba la relación. Me hallé en ella hasta que se votase, mi asistencia hizo abreviar con lo ejecutivo lo dilatado. Me remitieron el nombramiento de juez para ello; envié a un contador del tribunal de cuentas, comenzó a hacer embargos en los ingenios de azúcar de que aquello se compone, acudieron los interesados a representar su destrucción y los grandes daños que habían padecido, bastantes a obligarlos al desamparo de sus haciendas. Mandé informase el ejecutor, verificóse todo, vio los papeles el fiscal, y convencido de la razón vino en que en el ínterin que el Consejo resolvía esta materia en el todo de ella, se tratase de medios. Los comuniqué con la junta general de hacienda, se ajustó a que dando luego 16.000 pesos que se llevasen a S. M. y sobre ellos hasta 50.000 a plazos, se aguardase a lo que sirviese de determinar. En la quiebra, pérdida del resto, hasta los 99.710 pesos han enterado lo que ofrecieron. Y obligádose a la paga de lo demás con que se aguardará a lo que el Consejo resolviere en el término de los dos años que para ello se les concedió, medio que vino a vencer lo imposibilitado de la tierra y de los deudores que la habitan.

La armada de Barlovento con el tiempo que arribaron los navíos de ella a tan diversas partes, la consumieron de todas las cosas de que iba ya proveída en la dilación de la invernada. Y con los aderezos y gastos de la gente de mar y guerra que llevaba no sólo los consumieron sino la adeudaron en mucha suma. Ayudáronle a volver a Veracruz los gobernadores de los puertos donde fue a socorrerse. Fue grande su destrozo y pedía remediarse luego, así por el tiempo de que necesitaba para hacer, como por ser el riesgo que tenían de irse a pique. Mandé que luego se reconociesen los daños y que me avisen de lo que necesitaban hacerse para salir a navegar. Encargué esto al General Don Fernando de Sousa, de cuya experiencia y celo fiaba; juntó maestres y personas prácticas y descubrió los vasos dentro y fuera. Tomó razón particular de la obra de que cada uno necesitaba, me dio cuenta de ello y le cometí su ejecución. Se comenzó con harto ahorro por su mucho cuidado y asistencia, hice también reconocer la genérica que había traído su calidad, y la necesidad de lo que se habían de acomodar y suplir. Había la tormenta rendido los árboles y no los había si no venían de Flandes. Era el total desavío de todo y no tenía reparo por no haber en aquel pueblo bajeles a quienes tomarlos. Hallé por esta razón imposible la salida de la armada y estaba Sousa y los demás sin ninguna esperanza de ella. Obligó la necesidad al discurso y haciéndole de que la venida para esta ciudad de Veracruz, había visto en tierra fría y alta cantidad de pinos que me parecieron a propósito para el efecto. Lo comuniqué. Hacía imposible la conducción de ellos la grandeza que tenían, lo montuoso y áspero de la tierra en distancia de cuarenta leguas que se habían de arrastrar, para lo cual se necesitaba abrir caminos a la boyadas y carretería que había de sacarlos. Se practicó sobre todo y habiéndolo reconocido Fernando de Valda y Lorenzo del Villar, naturales de la provincia de Guipúzcoa y la bondad de la madera y parte por donde se debía hacer la saca, se ofrecieron a darle efecto, ayudándole a ello, ofrecídoselo así y en nombre de S. M. premiarles. Se trató luego de la ejecución y en breves días con la fuerza de gente y cantidad de carretas con que les mandé ayudar pusieron en Veracruz los árboles necesarios con admiración de su bondad y grandeza. Quedó asentado esto y premiados los que trabajaron, con concederles que por un tiempo no saque ni venda otro alguno los árboles, con que no necesita este reino de Flandes, excusando muchos gastos que en conducirlos se hacían a S. M. Proveí la armada de cuanto necesitaba hasta que se puso a la vela, y porque fuese con ella y convoyando la flota del cargo de Don Pedro de Ursúa, hice que la capitana que había años se había comenzado a fabricar en el río de Alvarado, por asiento de Mateo Suárez, portugués, que por no haber cumplido la capitulación que otorgó del entrego de ella, mandé fuese a aquel puerto Fernando de Sousa, y que asistiendo en él con los oficiales menesterosos, la acabase conforme lo contratado, supliendo de la hacienda de la armada lo necesario para ello. Se acudió luego a esto y por la incomodidad del sitio en que estaba ajustando lo que faltaba para poder navegar, la mandé traer a Veracruz, distante doce leguas de la parte donde se fabrica. Y allí se acabó con perfección al tiempo de salir con la flota y demás cuerpo de navíos de la armada, a quien abastecí de artillería, armas, municiones, pertrechos y bastimentos para mucho tiempo, y de la gente de mar y guerra más escogida que pudo hallarse. Y fue necesario, en que se gastaron más de 550.000 pesos con logro de haber llegado a esos reinos al tiempo de haberse servido en ellos a S. M.

La renta que S. M. tenía en el Solimán tuvo corriente cantidad muchos años en su remate, hasta que el de 1636 por no haber habido ponedor se puso en administración en Don Francisco López de Guzmán, contador que fue de la caja de México, que por este u otro respeto, sin haber hecho a la hacienda de S. M. satisfacción de lo que fue a su cargo, mandé que el tribunal de cuentas ajustase las que tocaban a este efecto. Se sacó de ello resulta que importó cantidad de pesos que se mandaron cobrar de sus bienes. Se habían ocultado los que dejó, con que pareció que ajustando el alcance se podía dar espera a la paga. Se hizo así, quedando corriente para el plazo. Quedó esta renta en beneficio de los oficiales reales. Se sacó a la almoneda y por no haber habido ponedor se dejó sin beneficio. No tuve noticia de ello en mucho tiempo, y cuando vine a adquirirla pedí razón del estado en que se hallaba esta administración; no tenía ninguno. Pregunté a cuyo cargo era la solicitud y cuidado de ponerla en cobro o pedir se pusiese, me respondió que al de oficiales reales. Determiné que el tribunal de cuentas en las que diesen les cargasen por debido cobrar lo que importase la retardación, y que no poniendo en corriente esta renta en conformidad del que tuvo el tiempo de último asiento se cobrase de ellos lo que importase. No me permite la visita más diligencia que esta por la administración de la hacienda de S. M., con ella se ajustará ésta y las demás materias que tocaren a ella.

La fábrica de la artillería era precisa y necesaria en la Nueva España; se habían comenzado a experimentar los metales que para ella eran muchos pero tan secos que necesitaban de cantidad de estaño para adulzarlos y hacerlos a propósito del vaciado. Se trataba de hacerla en Puebla, de donde con crecidos gastos se habían sacado tres o cuatro piezas. Reventó al probarlas la mayor y reconociose por lo roto y las demás lo imperfecto de ellos y no ser a propósito del terruño para poderse continuar en él la fundicion. Mandé que el General Fernando de Sousa viese la disposicion que en el río de Medellín, distante una legua de Veracruz, había para que allí se asentase esta fábrica. Y pareciendo a propósito para ello se tratase de ella, se juntaran algunos quintales de metal y estaño y las piezas que de Manila habían reventado en la fuerza de aquel puerto de que se hizo número de libras. Llamé a los fundidores y traté en ellos que tomasen por asiento la fundición, pues tenía con qué comenzarla sin costa suya y en tan aventajado y abundante puesto. Se trabajó harto en encaminarlos a éste, lográndolo con las comodidades posibles en favor de la hacienda de S. M. Es la materia esencial y así la puse luego en ejecución; teniendo para su prevalencia en Medellín abundancia de todo lo menesteroso han salido, hasta hoy, algunos cañones de que se han satisfecho los generales y demás personas de puesto militar; y los del arte y manejo de la artillería se continuará la fundición hasta que S. M. mande otra cosa.

Llegó al puerto de Veracruz la flota del cargo de Don Martín Carlos de Mencos, del consejo de guerra de S. M. y en su escolta la armada de Barlovento gobernada por su General Don Pedro Vélez Medrano. La dilación que en el viaje tuvieron les retardó la vuelta a La Habana, para que tenía hecha prevención de bastimentos, lastre, aguada y el tesoro de S. M. en el puerto. Y avisado a los particulares para el suyo días había. Concurrió con las aguas y nortes la descarga, causando esto y el traer la gente enferma el no poderse trabajar en ella, como se deseaba. Hizo la ocasión de venir con la flota continuar la costubre de ampararse con lo registrado lo que no estaba. En el puerto abierto, y la playa para la desembarcación dilatada y fácil, estaba la gente de ambos comercios, confusa por el aprieto que de mis órdenes se hacía; no podía impedir los sucesos mas hacia rescatar la libertad de ellos. Me pidió el consulado por gozar libremente de la descarga que les concediese manifestaciones. Lo comuniqué con la junta general de hacienda, se confirió la materia y resolviose que se le diese; se aceleró con esto el logro de lo que se había de perder de derechos. Traté luego de la ejecución de las órdenes que tenía de S. M. para que la flota volviese. Le di cuenta de ellas al general; me avisó su imposibilidad, le hice notorias las que tenía para en caso de no poderse poner en ejecución. La primera representó el estado en que estaban la capitana y almiranta de la flota y que no podían estar zafas, ni recorridas en muchos días, y que para poder llevar el tesoro de S. M. a La Habana se prevendrían cuatro de los bajeles de la armada de Barlovento que, escoltados con otros, harían el viaje con seguridad. Comuniqué en junta general que de todos los ministros hice las órdenes que tenía, las cartas que había escrito y lo que se me había respondido a ellas. Le di razón de cómo estaba prevenido todo el bastimento de que necesitase, el lastre que pidiese y la pipería para la aguada que hubiese menester, y que tenía en Veracruz desde el 10 de agosto un millón para S. M., 105.000 pesos para La Habana y cantidad de pólvora, y en aquella caja lo remitido a ella de la de Gutemala. Y otras partidas de que se pudiesen valer, para los gastos que allí se ofreciesen. Se determinó por conformidad de todos que saliese capitana y almiranta de flota con el tesoro de S. M. y particulares, y que las escoltasen todas las naos de armada que pudiesen prevenirse. Y para que desde luego acudiesen a ello se les diese en la caja de Veracruz lo necesario con que hubiesen de salir a navegar en todo agosto. Porque no siendo así no se consumiese a S. M. la hacienda no habiendo de aprovechar. Comunique esta determinación con los maestres de campo, generales y almirantes que hay en esta ciudad y ajustándose con aprobación de todos a lo determinado, despaché jurídica la resolución al general, que juntó al de la armada y a los dos almirantes y ministros que en aquel puerto asistían.

Se confirió lo determinado, se discurrió sobre lo posible, se consideró lo peligroso del tiempo y la necesidad que había de descargar, recorrer, acudir a las carenas, embonos, enjarciados, lastres, aguadas y tantas cosas como las que necesitaban. Estaba la gente de mar y guerra caída y por las enfermedades que había, ausentes y todos destruidos y sumamente necesitados. Se computaba el tiempo y hallaban que en el que podía ir era peligrosísimo en las costas de La Habana, y que en ellas y la ensenada habían de cogerlos las confusiones más peligrosas del año. Hacían memoria de la pérdida de la flota de Chacarreta, por no haber hecho esta observancia, la de Pie de Palo en la costa de La Habana, los muchos bajeles, perdidos cada año por aquel tiempo y otros accidentes arriesgados contingentes sino forzosos, con haber de sacar a la gente de mar y guerra forzados del puerto, ser poco práctica en la marinería la que había y totalmente bisoña.

Y del conocimiento de estas cosas y tiempos de ellas, y no era posible ceñirse al que le señalaban para la salida por lo mucho que tenían que disponer los bajeles para ella, y lo poco que ayudaban las aguas y nortes tan anticipados, se resolvieron a la invernada y la junta general de todos los ministros de S. M. a venir en ella, se malogró mi cuidado en las prevenciones que tenía hechas días había para que sin dilación volviese la flota; el tiempo lo desazonó todo. Procuraré se anticipe el de la salida, de suerte que se logre la entrada en esos reinos con felicidad.

El desagüe de la ciudad de México, cuyos gastos reformó el obispo de Puebla, he continuado se continúe en la forma que lo dispuse. La corta situación y los quiebros en que está la que podía tener saneamiento, me han obligado a suplir de otros efectos lo necesario para esto, porque se conserve en las labores y no se alce la mano de ellas sino con todo el gasto de que necesitan. Con el que según la esterilidad de los tiempos se puede. He enviado a reconocerlo y aunque me aseguran lo útil, también me dicen lo largo y continuo de su fábrica y gastos de ella. Asiste siempre esta obra Fray Luis Flores, de la orden de San Francisco, tan celoso de ver el efecto de ella por el bien público que se pudiera sin atenderla ayudar su fineza, y continuando trabajo. Le he dado las gracias de él, como S. M. me lo manda, y no alzaré la mano de acudirle con los socorros de que necesitare, ajustándolos a la dispuesta reformación.

La fuerza de San Juan de Ulúa, aislada y por estar combatida por todas partes del mar y vientos, estaba con tan grandes huecos de los sillares que habían desunido los tiempos en los principales lienzos de ella, que obligaban a tener ruina. Tiene en el centro de su longitud un gran aljibe, y está sobre él y la muralla del surgidero la mayor parte y más gruesa de la artillería que allí hay, donde se reconoció el mayor daño. Me había significado lo mucho que tenía la fuerza y de suma la fábrica pudiera persuadirme a ello. Deseaba darle remedio temeroso de alguna ruina que al común sentir era forzosa si se dilataba. Solicitaban por instantes el remedio los oficiales reales, alcalde mayor y castellano. Les di orden para pregonar la obra y despaché las generales que se acostumbran para que tuviese en todo el reino entendido el destajo que se había de hacer. Había ordenado que los maestros del arte viesen el reparo y le tasase. Se reconoció y se evaluaron en mas de 100.000 pesos. Se pregonó la obra en Veracruz e hízose postura en las cajas en que se había de formar la fábrica de 60.000 pesos. Ofrecieron hacerla de cantería y macizado de los cóncavos de los lienzos en 35.000 pesos. Lo comuniqué con la junta general de hacienda, y era tanto el recelo que todos tenían que pudo ajustar algunas determinaciones a tener por de menor inconveniente consumirlos en el reparo que comenzar con ellos a remediar el daño que se esperaba. No se satisfacía la atención con que trataba de la materia, porque deseando ajustarla me la imposibilitaba la suma grande del costo que me decían había de tener. Me resolví a enviar a reconocer el daño para ajustarle el remedio y socorriendo a los ingenieros que S. M. tiene en este reino, los hice salir luego para Veracruz. Les di la instrucción que me pareció guardasen tan inviolable y fundada que era forzoso sacar de su ejecución la infalibilidad de la necesidad y gasto de su reparo. Y porque no se pusiese alguno que oscureciese la verdad, previne que medida, numerada y tasada se me trajese firmada y autenticada, de todos los ministros a quienes mandé que asistiesen siempre a los ingenieros, y que se hallasen con ellos para dar fe de todo, el escribano del cabildo de aquella ciudad. Se hizo así y resultó de las medidas, reconocimientos y declaraciones que para lo que pocos días antes se daban 55.000 pesos, eran menester de 4.000 a 5.000. Mandé a los ingenieros diesen los medios y traza para la labor de las piedras en las canterías de Jalapa. Veinte leguas distante de Veracruz adonde se conducirán para hacer esta obra el verano que viene, en que pondré el cuidado que pide esta materia, quedando quitados los recelos de la ruina con lo visto y declarado por los ingenieros.

En la fábrica de la iglesia mayor metropolitana de estos reinos he puesto el cuidado que pide tan dilatada obra. Los gastos de ella son grandes y con los que se han hecho ha crecido tan poco que la juzgara inacabable si no hubiera experimentado los de mi tiempo que he hecho cerrar seis bóvedas colaterales. Y ha días trato de que se ajuste una buena parte de fábrica para destajarla y vencer con ella lo que no puede hacerse con otro medio. Sería posible que dividiéndola se gastase menos y fabricase más, a que ayudará mucho los nuevos socorros que le ha hecho S. M.

La ciudad de Valladolid, provincia de Michoacán y donde está la catedral de su obispado, padecía mucha necesidad de agua. Distaba de ella más de media legua la parte de donde se traía para el gasto ordinario de las comunidades religiosas, y los vecinos y sus familias. Eran muchos los daños que se causaban con traer los pobres a sus hombros el remedio de su sed y los ricos y comunidades a lo descuidado y gasto, la que necesitaban. Había años que se permitió una contribución para conducir a la ciudad el agua de que se habían hecho dueños y dispensadores los regidores, pagando de su procedido lo gastado en sus residencias y otras cosas, todas extrañas del fin del común para que se había hecho la satisfacción por todos. Eran muchos los comprendidos y pocos los abonados, y estaba totalmente impedido el remedio por la falta que había del dinero recogido. Crecían cada día nuevos daños y no se minoraba con la costumbre la ocasión de los pecados, trajinándose en aquella dilatada distancia de día y de noche por hombres y mujeres. No debí la noticia de esto, sino a mis deseos que siempre han sido de acudir a las necesidades, y por el cuidado que éstas me daban determiné enviar persona que averiguase lo cobrado y gastado, y en qué, y por quién. Se puso en ello toda repugnancia y para vencerla con determinación mía vino a darme cuenta de lo obrado, pidiéndome el obispo la continuación hasta el efecto. Envié a ello persona de satisfacción y cuidado, ajustó los alcances y para excusar la satisfacción y de ellos, han sido tantas las apelaciones y relaciones hechas en la audiencia que no se ha puesto en efecto la conducción, aunque la tengo hecha pregonar y tener para rematarse, habiendo reconocido señalados y pesado el terruño por donde ha de venir. Espero en nuestro señor que ha de quedar logrado mi deseo, sin que basten para excusarlo tantos impedimentos.

Cuando se hizo la arquería para traer por ella a esta ciudad el agua de Santa Fe, no se reparó en la imperfección que muchos de los arcos por donde había de venir tenían. Ha ido el tiempo y la continua humedad y descuido en limpiarlos, abriéndolos por tantas partes que el agua que llegaba a la primera caja era tan poca que no podían sustentarse con su corriente las fuentes públicas, sentíase la necesidad y yo sumamente que la hubiese. No fié el reconocimiento de este daño a otra persona, recelando el engaño que se había de intentar la mía si muy por menor, no lo especulaba todo. Continué la diligencia y determiné darle remedio. Hice junta para tratar de esto, y hallábase la ciudad sin poder gastar ni tener de que procediese por los muchos empeños. Crecía con la dilación el daño y padecían las comunidades. Se acordó que se le supliesen a la ciudad 10.000 pesos la hacienda de S. M., y su necesidad no permitía se le hiciese ninguna disminución, y por excusarla determiné que los 9.500 pesos que pagaba de réditos la ciudad por los 200.000 con que sirvió por una vez para la armada de Barlovento del consumo de la vara de corregidor, que se había de satisfacer por entero el año 1645, anticipase y diese prestados para este reparo 10.000 pesos. Y que si creciese el gasto que se había de hacer a mayor cantidad se acudiese primero a él que a otra satisfacción de personas peritas, y en término de seis meses sin que faltase el agua ningún día de ellos. He puesto dos regidores que asistan a esta obra y procuraré que se acuda a ella como yo lo haré. Quedan juntos los materiales y reparada la tarea para que se excusen las faltas y porque no se sientan en lo público hasta que pueda llegar toda el agua a la ciudad determiné se moderasen las datas particulares de que han de nacer algunas quejas, daño común que padecen los que quieren preferir a todos.

Se hallaban en el tribunal de cruzada pleitos retardados de mucha consideración y estaban algunos tan olvidados que necesitaron de mi vigilancia. Y ayudando con ella a la de los ministros de aquel tribunal se comenzó a tratar de esto haciendo por ruegos lo que no podía reducir al dominio por la excepción y conocimiento privativo de lo que al tribunal se han satisfecho considerables sumas a que han acudido el comisario y ministros de S. M. con la atención y cuidado que acostumbran, de que a todos se nos ha de seguir alguna emulación, fruto que produce el mirar por la justicia y hacienda de S. M.

Había en el distrito de Salaya, obispado de Michoacán, cantidad de tierras de extremada naturaleza que fructifican todo género de semillas, cuyo beneficio podía fertilizar un río caudaloso que por allí pasa, de que resultaría gran beneficio al bien común, crecimiento de las rentas reales y remedio de las necesidades que la esterilidad de los tiempos podía causar. Hice reconocer el sitio, el río y los riegos que de él podían salir. Y medido y dispuesto todo traté de su población y labranza. Acudieron a ello diversas personas, reduje a conferencia de junta, donde se juzgó el efecto por útil ajuste con los pobladores más principales de los muchos que a la noticia de las comodidades de la tierra acudieron a mí. Quedándoles título de ciudad en conformidad de las cédulas de S. M., me habían de beneficiar los oficios públicos de ella esta primera vez, y obligándose desde luego los más abonados a servir con 24.000 pesos pagados a plazos. Vinieron en ella y otrogaron los instrumentos necesarios con que les despaché el título de ciudad a quienes intitularon, en reconocimiento de mi cuidado, la de Salvatierra. Se va poblando con policía y labrando las tierras con harto beneficio por los frutos que de ellas proceden. Fomento sus buenos principios con el ejemplo que la religión de los carmelitas descalzos dan a sus habitadores, de que espero no sólo la prevalencia, sino el aumento y utilidad. Corto servicio es para el ánimo que de servir a S. M. tengo, solicitarle ciudades cuando quisiera poner muchas a sus reales pies.

La fábrica de la pólvora se continúa y he ordenado al tribunal de cuentas, ajuste las de los asientos pasados. El Marqués de Cadereyta hizo cesar en este beneficio algún tiempo contra el asiento, detúvose con esto la corriente de él, está litigando la parte sobre si la demora que hubo en cuyo tiempo se obligó a satisfacer a S. M. la cantidad de pólvora y dinero. La ha de pagar el marqués o él. Está detenida esta determinación y por esta razón en la cobranza de lo que en aquel tiempo se obligó a pagar, he distribuido a poca o ninguna costa y excusando mucha a S. M. en los presidios de La Habana, Veracruz y Manila, las fuerzas de San Juan de Ulúa y Acapulco, los baluartes de Veracruz y su infantería, las armadas de Barlovento y Filipinas, y todos los presidios de las fronteras de Nuevo México, Sinaloa y Chichimecas, y en prevención para cualquier socorro y suceso que se ofrezca he hecho poner en Veracruz cantidad de quintales, y tengo en esta ciudad algunos sin que pare la fábrica, como S. M. lo tiene mandado.

Antes que viniera a gobernar este reino había sucedido en Nuevo México, lo que pareció se castigase por la muerte del gobernador que había allí; pusiéronse en ejecución algunas determinaciones de que se habían causado inquietudes que le tenían en peligro y se debía tomar más el de la tierra. Y anticipando el remedio al daño, por excusarme sin aguardar para ello el suceso que sería arriesgarle o perderle por la mucha distancia. Que en los indios no se permite esperar en estos accidentes, y sin dar lugar a ella proveí aquel oficio en Don Fernando de Argüello Carvajal, caballero de buenas partes, soldado práctico y de algunas experiencias de la nación Chichimeca. Le avié de todo lo que necesitaba para la seguridad, defensa de aquella plaza, y a los religiosos franciscanos que asisten en ella para la predicación del santo evangelio acudí con la situación entera de 42.564 pesos con que S. M. los socorre. Tendré muy particular cuidado en la comodidad del gobernador antecesor, que es muy justo hacer estimación del que sabe obedecer y ejecutar lo que se le manda con valor.

La provincia de la Sierra Gorda, distante de esta ciudad treinta y dos leguas, está poblada de indios caribes de guerra que en tropas suelen salir a los caminos y lugares circunvecinos a robar, matando la gente que por ellos habita, haciendo notables daños. Es el castigo de éstos difícil y de mucha costa de gente y dinero. Me pareció no ensangrentar esta guerra y reducir a esta gente a la paz y quietud, y que viviese en obediencia de la iglesia y de S. M. Y asegurando a los indios por medio de los religiosos franciscanos, los reduje y saqué a esa ciudad donde los agasajé y despaché sin hacerles daño. Han prevalecido hasta hoy y la tierra en paz y sin gastos de la hacienda de S. M., en cuyo real nombre entró la persona que puse en aquellas provincias y reconoció el centro de ellas. Y los religiosos que llevó consigo bautizaron y casaron gran cantidad de indios y están en tanta seguridad y quietud que sin ningún recato entran y salen los religiosos a adoctrinarlos.

Por el mes de diciembre del año pasado, de 1643, vino a esta ciudad por la de Guatemala nueva de que el enemigo holandés, en once urcas, infestaban las costas del Mar del Sur, y que se avencinba a la dicha Nueva España. Dio esto en ella mucho cuidado por estarse a la sazón esperando las de Filipinas, y para que tuviesen este aviso, despaché a toda diligencia un navío sin costa de S. M. a los parajes de islas de Cedros y Cenizas y cabo de San Lucas. Y di orden al castellano de Acapulco que se previniese y convocase la gente de la costa para tener en defensa y seguridad aquel puerto. Se hizo y se juntaron en él 500 hombres de a pie y de a caballo, con que se dispuso y previno a tiempo el suceso que pudiera haber, y porque en el de la necesidad no faltase pólvora remití la necesaria y los demás pertrechos para aquella fuerza.

Los oficios vendibles de este reino por latitud de ellos y venir a pararlos testimonios de sus vacantes en los de gobierno, supe que no se beneficiaban como convenía para que procediese de ellos el valor de la venta y de sus renunciaciones, los tercios, cuartos y mitades; procuré en esta ciudad las noticias que juzgué había de haber en ella y los vacos, o por no rematados o por perdidos. No la hallé y me obligó esto a mandar que todos los alcaldes mayores, me enviasen razón jurídica de los que en sus distritos hubiese. Acudieron de todas partes y de cada una las vacantes que había simuladas por los que debían advertirlas y remitirlas al fiscal que pidió su venta y yo para que se hiciese a los oficiales reales. Se van vendiendo, teniendo por de menor inconveniente el acomodarlos por los que se hallare, que procurar con dilación aventajarlos, pues en ella se mejoran y crece el valor que corre con las vidas, lográndose el entero de tercios, cuartos y mitades y el riesgo de las renunciaciones. Y en las que se hacen de oficios reconocí particular inconveniente, porque ni las avaluaciones se ajustan al valor para la satisfacción que de ellos se debe hacer a S. M., ni se tiene poco que remediar en ellas. Y siendo esto tan en perjuicio de la hacienda, lo es más lo que he hallado retardado de las esperas, cuyos plazos llegan cuando ha procedido de los oficios, lo que se dio por ellos, o se retardan tanto que se olvidan y consume el tiempo. La razón de ello es materia en que he puesto mi cuidado y ni él ni el haberme valido para ello de muchos medios, me han dejado darlos para descubrir los daños. La mano de la visita y la prudencia grande con que se trata de ella, perfeccionará el cuidado que he puesto y le tendrá en examinar las confirmaciones que los oficios deben tener, ciñéndome yo a la administración de la hacienda, no a la punición de la retardación de ella y su castigo.

Había mandado S. M. años había que se pusiesen en venta treinta oficios menores de la Casa de la Moneda de México. Trató de ello el Marqués de Cerralbo; el tesorero Don Juan de Vera pretendió inclusive en la venta de su oficio esta provisión. Le vieron en justicia, presentó sus títulos, los vio el fiscal y dio parecer el Dr. Canseco, oidor que a la sazón era de esta audiencia, de que se debía remitir con los autos al Consejo. Se hizo y cesó con esto la ejecución de la cédula, le pedí mostrase razón de la presentación hecha o resolución de la materia, no pareció no se debe tomar resolución. Di cuenta al Consejo y sin embargo, deseando obligar a la parte a la solicitud de su despacho, y que se excusase otra dilación, ajusté con el que entrase en la real caja 4.000 pesos y que si el Consejo declarase pertenecerle a él la provisión de los oficios, por inclusión de ellos en el tesorero que posee, se sirviese S. M. de ellos y que declarándolos por regalía y que se vendiesen, se lo habían de volver, en cuya conformidad se enteró el reino y le remití los autos de que constaran mis diligencias.

Quedó por muerte del Lic. Don Agustín de Villavicencio, oidor de esta real audiencia, comenzada la comisión de los abintestatos y otros derechos que por ejecutoria del Consejo se determinó pertenecer a S. M. En el estado del Marquesado del Valle defendíase la continuación en ella, y pudiera excusarse si no entendiera había de proceder más fruto que el que se había logrado, estaba esta causa tan destrozada y llena de papeles y carga de ministros que hacía confusión el tratarla. Consistía lo más esencial de ella en ajustamientos de cuentas en que poco o nada se necesitaba para ella de derecho. Era forzoso encargarla a personas que no sólo trabajasen en la continuación sino en la inteligencia de lo obrado de ella, principios donde habían de fundarse los fines; se hallaba el tribunal de cuentas con suficientes ministros y en él Don Martín de Rivera, de cuyo talento, celo y limpieza estaba satisfecho el obispo de Puebla, visitador de esta audiencia, y en quien yo había reconocido las partes de que necesitaba la comisión, le encargué de ella. Salió a reconocerla y ajustarla, examinó lo hecho y poniendo en perfección lo que no la tenía fue obrando en ello sin que yo permitiese se pusiese ningún embarazo. Fue cobrando cantidades corridas de censos retardados, reconoció las tierras baldías, las ocupadas, sin legitimación de derecho, las despobladas por muerte de los habitadores, las intrusas por paliaciones hechas con los indios de que tenían los aprovechamientos otras personas, reconoció los ingenios de azúcar y las aguas de ellos, los títulos con que las poseían, se hizo capaz de todo y me dio cuenta de ello. Le despaché orden en conformidad de la que tenía de S. M. para que admitiese las composiciones en lo que hubiese lugar de derecho, acudiendo también a lo realengo que hallase interpolado en las tierras antiguas, de los vasallos del marqués. Acudió a todo con suavidad de medios, sacando de los partidos de Toluca y Cuernavaca 50.000 pesos de que se ha enterado en la caja 30.000, y por lo restante quedan otorgadas obligaciones y plazos de segunda flota. Y porque dos de los contadores de cuentas estaban en las visitas de Guadalajara y Nueva Vizcaya y no haber en el tribunal más de uno con quien no se puede despachar, sólo le traje a esta ciudad desde donde le he ordenado ejerza su comisión en los contornos de ella, de que espero ha de sacarse considerable fruto dejándola acabada y reconocido en lo declarado por el Consejo lo que pertenece a S. M., a pesar de lo mucho que se me ha representado para obligarme o a dilatarlo o suspenderlo.

Hallé la composición de las tierras que S. M. había mandado hacer duplicadas veces sin haberse determinado a hacerla mis antecesores. Era la materia sensible pero muy legítima, para poder tratar de ella con desahogo. Se había exhortado hacerla diversas veces a los habitadores de este reino que las poseían; siendo de S. M. lo repugnaban, y me hallé cuidadoso con la disposición que había de poner para darle expediente. Despaché comisión para que midiese los valles de Atusco, Guexocingo y Cholula a Don Francisco de Arévalo Suazo, caballero ajustado y de que consideradamente fue este principio de mi intento, pidieron le suspendiese el uso de su comisión. Le envié advertido que no repugnase medio que se le pidiese y que me avisase de los que fuesen para que le ordenase lo que conviniese. Estúvose detenido sin obrar en ninguna cosa; despacharon los de Atisco comisarios a quienes hice mucho agasajo, me ajusté con ellos por 20.000 pesos con que sirvieron a S. M. Le dí luego los despachos de su composición, con que procuré se ampliase la legitimación a su satisfacción. Acudieron luego los valles de Guexoncigo y Choluca a quienes despaché con mucha blandura. Escribí a las ciudades y partidos con estos ejemplares, les amonesté excusasen las costas como lo habían hecho los que habían dado principio a sus composiciones, de que se hallaban gustosos, pues gozaban con buen título y ajustada conciencia por tan poco interés. Tanta comodidad vinieron por este medio muchos lugares y personas particulares a tratar de ello a quien iba despachando por mi persona y sin fiarlo de otra, las cantidades sus composiciones y servicios; la diversidad de muchedumbre introduce de ordinario variedad de sentidos. Estos hicieron intentar la repetición de derechos contra el de las cédulas y disposiciones corrientes, y reconociendo lo perjudicial de ello y cuánto convenía no permitir novedad en lo comenzado y para que se continuasen algunas comisiones para que sirviese de escarmiento a la contumacia y ejemplo a los que dilataban el rendimiento que debían a las mercedes que les hacía. Y de tal suerte obró mi resolución que en breves días estaba compuesta toda la tierra y asegurados en ella a plazos de dos flotas, 509.103 pesos.

Acudieron las religiones y por tener con seguridad las tierras y aguas en que se habían introducido sin ningún derecho ni justo título, hicieron particulares y voluntarios donativos; la limitación en ellos y lo mucho que importaba lo que se les deja sin pertenecerles, muestran la benignidad con que la grandeza de S. M. los ha tratado. He despachado a los presidentes de Guatemala y Guadalajara para que en sus distritos hagan esta diligencia; avisan se queda tratando de ella. Entiendo se lucirá mucho su ciudad hoy que el mío dará cobro a todo lo adeudado, así por la seguridad con que está como por la voluntad que todos muestran de pagarlo. Quejas es fuerza que haya, se logró la voluntad y el servicio y crezca esto con detrimento de eso otro.

He tenido y tengo la religión en paz, siempre tratando de su veneración. Tiénenla unas con otras reconociendo en ello obra de Dios por S. M. esta maravilla; procuro aun en la mayor necesidad de hacienda que no carezcan de la que S. M. les da para socorrerse. Conservan y los demás eclesiásticos el Real Patronato y la modestia de su autoridad los comunico muy de ordinario y reconocen ésto obrando con amor lo que no pudiera con severidad.

No parezca omitir las muchas particularidades que ha observado mi obligación y cuidado en las materias de hacienda que en esta ciudad están a cargo de los ministros de ella, la comprensión de la visita los calificará. Y espero del mucho cuidado con que siempre están que han de ajustarlo todo su razón, prudencia y proceder. Les mandé que no se hiciesen los remates de las almonedas sin que se me consultase, que no pagasen libranzas sin particular decreto mío, que asistiesen a todas horas al despacho de sus oficios, que no se admitiesen reencuentros sin mi determinación, que me diesen cuenta continuadamente de lo que entraba y salía en la caja, que acudiesen a la cobranza de expolios y novenos y a las deudas atrasadas y corrientes de su cargo y las que procediesen oficios vendibles y renunciaciones, plazos y esperas cumplidas de ellos. Me he hallado en su compañía en pagamentos de infantería y forzados y vístolos obrar en ellos, y aunque el estilo no es conforme al de los ejércitos y armadas por reducirse a títulos los sueldos de capitanes y oficiales la introducción en que estaba, no sé si por los ministros del gobierno o por los de la hacienda, son sus ocupaciones muchas y viven arriesgados por no poder cumplir con ellos por su cantidad y variedad.

La contaduría de cuentas he hecho sacar suma grande de resultas y tienen hartas en que trabajar los ministros de aquel tribunal. Y aunque los aliento y honro confiriendo con ellos muy de ordinario sobre todo no puedo darles nada, es el tribunal grande y muy corta su autoridad y se le ha dado con mi mucha asistencia en sus papeles, y con tratar sus personas con la decencia que piden sus puestos, tienen falta de ministros y yo de que podérselos pagar, le comprende la visita tocándome a mí solo el solicitarlos y trabajarlos en que busquen procedidos con qué socorrer a S. M.

Puso la esterilidad que generalmente causó el hielo del año pasado, 1643, esta ciudad en aprieto y a mí en cuidado de su abundancia. Había poco que asistir en ella y me faltaba el conocimiento del estado en que todo estaba. Me aseguraban las dos cosechas que de ordinario se logran en este reino, no me había dado cuenta el que hacía oficio de corregidor ni fieles, de la falta que en la alhóndiga había; fue la primera noticia la queja de un pobre que levantó el grito que le permitió su necesidad, no se quejaba de falta sino del beneficio y peso. Traté luego del remedio, y descubriendo por esta queja la necesidad de todos, entendí la esterilidad. Hice luego que saliesen por las cuatro partes de la gobernación dos oidores y dos regidores, y que con comisión particular asistiesen en esta ciudad Don Pedro Melián, fiscal de esta real audiencia, ministro en quien sólo confiaba el breve remedio de tan impensado daño. Obró de suerte que sin que faltase la abundancia, la hizo continuar su desveleo sin que ni fuera ni dentro de la ciudad dejase por mover medio de los que pedían sus deseos que no los ajustase a ellos; fueron los demás encaminando cuanto trigo y harina sobraba para el sustento de las partes donde la hallaban. Dejaron asentados los envíos a la alhóndiga y no asegurando mi cuidado el olvido pasado de los comisarios regidores de ella, puse de nuevo en Don Pedro la disposición. Y de manera obró en todo, que al tiempo que se había de sentir la esterilidad creció la cantidad del pan que se solía dar. Me aseguré con esto y Don Pedro con dejarlo todo tan asentado, que no pudiese volver a suceder el daño por haber puesto limitación al provecho.

Tuvo la ciudad el mismo descuido en abasto de las carnicerías y me obligó a hacer a los obligados antecedentes, continuasen el que tenían obligación por otro año más. Mandé a los regidores tratasen luego para este tiempo de prevenirlo, bien juzgara que todo nacía de descuido, si los continuados que en todas las cosas he hallado no hubieran hecho dudosa mi fe. Ha sido fuerza embargarles las rentas de propios, para satisfacer las de S. M. si el no consentir dispensarlas hiciere quejosos, será sin duda de mayor esencia para mi crédito adquirirlas que contentarlos, mas la razón los encaminará a ella, y que conozcan cuán bien les han estado mis aprietos y si los que he hecho para saber las situaciones de cañería, empedrados y acequias, policía y pósitos, tocaren como los principales de las alcabalas a la visita con que se han defendido, con mayor justificarán todo en ella, que yo de muy buena gana cuidaré de la república como corregidor, y la ampararé como virrey.

Había S. M. mandado que en todos sus reinos corriese el papel sellado conforme a las instrucciones que para su uso estaban dadas. No se había puesto en ejecución en la Nueva España sin haberse tratado de ello compasivamente por tan continuadas esterilidades y pérdidas, como se habían padecido, se ajustó a la miseración la suspensión hasta mejor estado. No se reconoció éste en algunos años por la continuación que tuvieron los antecedentes. Los hallé cuando vine sin ninguna mejoría y como la ejecución no se redujo a lo condicional sino al efecto de ella, estimando la prudencia de mis antecesores, me pareció que habiendo cumplido ellos con la representación de todo, no acudía a lo que debía, si daba a las nuevas órdenes más dilatada suspensión y sin aguardar otra disposición mandé se usase del papel sellado en toda la gobernación de mi cargo. Se ejecutó en ella a un tiempo con general aplauso. Trató Don Francisco Manrique de su administración, en que se dio expediente en el ínterin que allá se resuelve; de que dará cuenta el comisario por lo privativo de su ejercicio. Quedo señor, gozoso de que S. M. se halle servido en esto esperando será de mucha consideración su procedido, entendiendo que este reino no puede haber repugnancia en cosa alguna que toque al servicio de S. M., de cuyos habitadores se puede esperar mucho sin recelar nada. Y porque la separación de la provincia de Yucatán hace cuerpo particular, encargué al gobernador cuando le di el nombramiento para serlo, acudiese a esto con mucha prudencia y paz. Lo hizo así y para que no se impusiese el uso, otorgó las apelaciones que interpusieron para el Consejo los de ella sin perjuicio de la ejecución y efecto que S. M. manda tenga el uso de este papel. Se hizo lo mismo en el distrito de la Audiencia de Guadalajara de que los de ella darán cuenta con que con estos reinos queda corriente, sin que haya sido necesario más de lo referido.

Con haber desembarcado Don Carlos de Ibarra, general de los galcones de la carrera de las Indias el año 1638 sin haber dejado en La Habana los situados que en la caja de México tienen consignación y tomado el enemigo otros, se atrasaron las pagas por lo que se han retardado y doblado las satisfacciones de ellas, de suerte que no se pueden vencer habiéndose de acudir a todos los que se satisfacen de la hacienda de S. M. en este reino, donde acuden por cada paga uno o dos personeros, que arrastran ocho diez mercaderes de los que dicen han hecho las provisiones y suplementos de los presidios. Se les satisfacen las cantidades que permite la necesidad distribuyendo en todos próvidamente no lo que necesitan sino lo que se puede ajustar a lo minorado que está todo. Y como la conservación de las plazas no consiste en socorrer lo pasado sino en conservar lo presente, he ordenado que por cuenta de lo que fuere corriendo se satisfaga lo que se había de llevar a ellos. Y que lo que a los mercaderes se les debiere se dilate para que se pague con mayor comodidad y menos aprieto. Con esta disposición les he hecho satisfacer después que vine a gobernar este reino 473.000 pesos, y entendiendo que había de partir la flota al tiempo dispuesto por S. M. les había mandado pagar a todos 200.000 pesos y al de La Habana como más preciso 105.000. Siendo de sumo alivio para la real hacienda el que estas insinuaciones se vayan pasando a las de la armada de Barlovento, que contribuye Tierra Firme, Nuevo Reino de Granada y Cartagena, como se ha comenzado a disponer.

Había tomado asiento en las salinas del peñol blanco en que tantas controversias e informes hubo antes de mi llegada a estos reinos, de que se le había dado cuenta a S. M. Y deseando saber la razón que los había causado, despaché orden secreta a Don Francisco de Rojas, oidor más antiguo de esta audiencia, a quien había enviado a asentar las materias de la hacienda de S. M. a Zacatecas, en cuyo distrito están, para que fundándose en los accidentes causados por la muerte del Capitán Francisco Muñoz, asentista que a la sazón era de aquellas salinas, reconocióse el fruto de ellas y estado en que se hallaba aquella minería, para poder gastar la cantidad de sal de que necesitaban para su beneficio, excusando a la hacienda de S. M. de los grandes gastos que anticipadamente se hacían de ella en las provisiones de este género, y que pareciendo de mayor utilidad a su real servicio, se tratase de rescindir el contrato sin arriesgar el asiento. Por haber pedido los herederos la continuación de él, reconociose en virtud de esta orden el gasto de sal y de las minas; se vio y se examinaron las utilidades y daños que de la alteración del asiento podían causarse al beneficio de las cosechas por ser temporales y reducidas el año que solía haber de ellas a término de mucha limitación. Traté la materia con algunos ministros de S. M. para quienes se reconocieron los papeles y estado de la causa para la continuación pedida por los herederos del asentista. Me pareció dudosa la determinación en justicia y que no había de conseguir el fruto que deseaba. Llamé al Capitán Mateo Díaz de Lamadrid, persona que como heredero se presentaba la del asentista difunto. Propuse algunas dificultades sobre la continuación en el beneficio del asiento que pretendía tener asegurado con nuevas fianzas y abonos que había dado, lo repugnó y sin sentir a ello se continuaron mis diligencias llegándoles a dar tanta fuerza el celo del servicio de S. M. que le reduje a que diese toda la sal de que necesitaban los mineros y que dejase en la real caja de Zacatecas 12.000 pesos que le pagaban de ella cada año, dejando los que tenía caídos del pasado, de 1644. Di cuenta de ello en junta general que hice de todos los ministros de S. M., que con admiración de la mejora aprobaron mi determinación. Ha sido este servicio muy conforme a los que deseo hacer a S. M., pues lo he excusado con él 12.000 pesos de costa, y crecidoselos de renta con que queda aumentada cada año su real hacienda en aquella caja de Zacatecas, aviada la minería, acreditado el asiento y asegurada su continuación.

Habían sido siempre los vecinos de México molestados de ladrones, escaladores de sus casas, sin poderles dar seguridad en ellas mis antecesores, con ninguna prevención ni recato; crecían cada día los daños y llegaba lo licencioso de estos a hacer los facinerosos, matando los dueños de las casas que entraban a robar, forzando a las mujeres en presencia de sus maridos y padres, tan sin resistencia por haberles enseñado el demonio un compuesto que encendido producía tal naturaleza de humo que aunque fuesen sentidos por los vecinos, los enmudecían, y a los animales que para su guarda tenían de tal manera que viendo su daño con el silencio que violentamente les hacían guardar noticiosos a los de la vecindad, causando imposible el remedio. Esto y la del dilatado sitio de esta ciudad, sólo recatado de pocos ministros de justicia y los más achacosos y con impedimentos suficientes para excusarles de las rondas, y aunque mandábase hiciese justicia con mucho rigor de los delincuentes, era la seguridad con que hacían los hurtos, de manera que crecían sin ninguna reservación de los templos y de lo sagrado de ellos y clausura de las religiones. Me hallaba sin medio de remediar tan grave daño y pareciéndome que para vencerle se necesitaba del que se pudiese continuar, a que no podían acudir unas personas solas, determiné ordenar a la sala del crimen donde más noticia se podía tener de las que se necesitaba para esto, de cada barrio me hiciese traer dos que fuesen de satisfacción y trabajo, a quienes di comisión para que repartiendo entre los vecinos el de acompañarlos pudiesen rondar toda la noche. Los fomenté con honrarlos, excusando siempre de este cuidado a la gente de punto y a los imposibilitados por enfermedad. Se comenzó a poner en ejecución esta orden, que me pareció conveniente con tanta paz y tan feliz suceso que desde que tuvo principio tuvieron los daños fin y la ciudad tanta seguridad que ni aun por las calles de ella parece persona. Y si hallan alguna es tan examinada que no se puede dudar de ella, su casa, estado, ni ejercicio, y si se duda en algo se me da cuenta de ello, con que ha producido este cuidado tan gran fruto como yo pudiera desearlo para mejor servir a S. M. y bien de esta república.

Se sirvió S. M. de mandarme que tratase de la composición de la quiebra de los naipes de Mateo Barrios y otras personas a quienes se entendió toca parte de este asiento, en que mediante muchos días inquiriendo el estado y crédito que tenían los comprendidos en él los hallé, si no a todos a los en empeños grandes y con muy limitados créditos. Comuniqué con mucha especialidad la materia y lo que sobre ella había discurrido con el fiscal. Y reconocidas todas las órdenes de S. M. dadas sobre este caso y las razones propuestas en él por el obispo visitador al Consejo, teniendo por conveniencia y forzosa diligencia el dar noticia a los principales en quienes se reconocía incursión en el daño para introducirlos en la equidad que S. M. deseaba hacerles, excusándolos de su destrucción, haciendo mayor eliminación de su crédito que de la suma grande de que se le debía, acudió por mi persona a persuadirles no diesen lugar a la determinación de la justicia porque se hallarían sin la equidad que de parte de S. M. se les proponía. Por los medios de la composición, obraba a un mismo tiempo el fiscal instando en la continuación de la causa, excluyendo con viva representación que la equidad no podía tener utilidad estimable hasta haberse reconocido la justicia de S. M. Duró la controversia un largo tiempo, venciendo a todas horas el fiscal la delgadez con que pretendían eximirse en todo de la satisfacción. Se reconoció la poca entidad de lo escrito y que para darle ser se necesitaba de volverse a reponerlo todo. Se consideraba haber sido causa de la quiebra la alteración del contrato hecho en el asiento y administración, estaban principales y deudores con los gastos y satisfacciones que les debían sin créditos ni hacienda y los más sin culpa del suceso. Era la cantidad corrida de la quiebra mucha; las personas cuantiosas destruidas por ella, los fiadores poco abonados, y algunos retirados y presos y todos imposibilitados. Habían las razones suavizado los ánimos y tratábase de la composición sin la desesperación en que se hallaban antes los que habían de hacer la satisfacción. Di cuenta del estado de esto diversas veces a los oidores y demás ministros de S. M. Y siendo de parecer que se admitiesen a la composición en que S. M. venía haciéndoles merced sea justo que satisfaciesen 121.500 y 81.300 y que fuesen los 43.490 de contado, y lo restante en los efectos señalados con que S. M. lo hubiese de probar así. Y no siendo servido de ella se les había de volver a los interesados la cantidad enterada en la real caja. Llamé a la junta general en que se halló el obispo de Puebla, visitador los de la audiencia y todos los ministros de hacienda a quienes di cuenta de lo asentado, y el fiscal de sus motivos. Y ajustándose a lo contratado se procede a la ejecución de ello hasta que S. M. se sirva de mandar otra cosa.

Ha sido de sumo cuidado el acudir este año a los despachos de flota armada, presidios y naos de China, ayudando poco para hacerlos los derechos procedidos de sus entradas y salidas, y mucho mi cuidado en excusar los gastos que en los tiempos de las prosperidades de este reino se hacían. Y porque el sentimiento de algunos de cuyo cargo había de ser o se rescatase o suprimiese, me pareció hacer por mi persona y la del fiscal los asientos de los bastimentos que en las armadas de S. M. de ambos mares consumiesen, con logro del tercio menos de lo que se me pedía en los recibos mismos, consumos y partes, prevención tan considerable que si no llega a la otra tercia parte del interés, se puede reputar por el cuarto de él.

En todos los presidios de las islas de Barlovento, he satisfecho sumas grandes de sus situaciones, dándoles cuanta pólvora han pedido y orden para las conducciones de la gente de que necesitaren para rehacer su defensa, distribuyéndose en esto sumas grandes.

Los gastos de la armada de Barlovento han sido grandes y fueran difíciles de poderse hacer si no los ciñera a lo necesario y excusara lo superfluo. Se ha guarnecido de gente de mar y guerra de que vino falta, aunque no lo parecían en las listas y muestras. Di orden por esto que acudiesen a ellas los oficiales reales de Veracruz con la asistencia de los de pluma de la armada. Son materias estas que se sienten mucho más como importan tanto, es muy particular servicio el estimarlas en tan peligrosa tierra. Se van continuando los gastos hasta que salga a navegar, y por no poder individualizarlos, no doy cuenta de ellos a S. M.

Para llevar la flota Don Martín Carlos de Mencos, general de ella, escoltada con los navíos mercantes, pidió infantería. Concedí hacer la conducción de ella por cuenta de avería. Y poniendo el cuidado posible en ello se le remitieron 300 infantes, gente escogida y con pocos bisoños, y servir si se ofreciere ocasión donde S. M. fuere servido.

He remitido, señor, a Veracruz 1.200.000 pesos, y enviado orden para que en aquella caja no quede ni un real de cualquier género de hacienda que en ella hubiere y fuere entrando hasta que la flota se haga a la vela. Y si, como se espera, llega a tiempo la plata de Guatemala importará la demasía suma considerable. Se disminuye mucho la que deseaba remitir a S. M. con lo que pide Don Diego Fajardo, gobernador de Filipinas, y los oficiales reales de aquellas islas. La providencia de S. M. lo tiene prevenido todo y tomándome sólo la ejecución en que fuere posible lo he dispuesto como me ha parecido para mayor servicio de S. M., a que sólo he atendido.

Esto es señor, lo que la memoria ha podido recapacitar para cumplir con lo que S. M. me manda, poniendo a sus pies el servicio de esta obediencia de que sólo le hago representación, dejando en su grandeza, no lo que merezco, sino lo que amo su servicio. Si he referido por mayor lo que este papel contiene violentando por la obediencia mi modestia, no sirva para premio mi trabajo, sino para memoria mis deseos de acertar en todo lo que fuere de su real servicio. Y porque la introducción se redujo a la inteligencia de lo imposibilitada que estaba la hacienda de S. M. y estado de ella cuando vine a gobernar este reino y la estrechez que todas las cosas tenían, le ha parecido expresar en este lugar, como he hecho hasta hoy, tres despachos a S. M. en que le he remitido más de tres millones y medio, tres a Filipinas en que se ha gastado más de millón y medio, dos a la armada de Barlovento en que se consumió un millón. He repartido en los situados de fuera del reino, más de 778.000 en satisfacciones de ministros de la audiencia y otros tribunales, más de 350.000 en los presidios del reino, más de 80.000 en conducciones de guerra, gastos de visita y otras satisfacciones, cantidades que juntas hacen considerable suma. Y aunque todas las cosas por los sucesos tienen tan notable estrechez y este reino se halla tan sin alivio por haberse consumido los indios y faltado los negros para las labores de minas, reduciéndose a la de las tierras a donde menos trabajo logran el sustento, no hallándole muchos de los habitadores por no tener en qué poder ganarlo, que la prohibición del comercio del Perú ha acabado de aniquilarlo todo. Y la piedad y grandeza de S. M. es quien sólo puede remediarlo, a quien remito los testimonios y autos de la comprobación de lo referido que se servirá S. M. de mandar ver para que enmendando mis descuidos viva mi celo con tal atención que merezca el que S. M. se halle muy servido de mí. Cuya católica y real persona guarde Nuestro Señor como la cristiandad ha menester.

México, 26 de febrero de 1645.

Conde de Salvatierra

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 4, 1977, pp. 74-106.