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Siglo XVII > 1640-1649 > 1641

Relación del estado que dejó el gobierno de Lope Diez de Armendariz, Marqués de Cadereyta.
6 de diciembre de 1641

Aunque luego que dejé este cargo el 6 de agosto de 1640, di cuenta a S. M. por carta del 16 de septiembre del estado en que quedó mi gobierno y demás cosas del reino a él pertenecientes, de que envié duplicado en la flota del cargo del general Roque Centeno y por su muerte del de Juan de Campos, que salió del puerto de San Juan de Ulúa el 23 de julio de este año. Ahora cumpliendo con las órdenes y cédulas de S. M. de que el virrey deje en poder de los oficiales reales de esta caja real de México relación del estado en que quedan las cosas del reino y gobierno, dándola de todo lo que al mío tocó, es en la forma siguiente:

Paz y sosiego público

Tomé la posesión de él el 17 de septiembre de 1635, entendí en sosegar algunos ánimos discordes por encuentros de voluntades de las cabezas de que S. M. tuvo y tiene larga noticia y las causas de que se originaron en que hubo harto que hacer por las raices de las parcialidades. Y si bien me costó desvelo y mucho trabajo y exponerme a variedad de opiniones y relaciones siniestras de los que llevaban mal que yo siguiese ni ayudase sus dictámenes o porfías, fundadas en sus particulares fines, con la ayuda de Dios conseguí sosiego; templadas y corregidas las rencillas, por lo menos para que no dañasen y cundiesen a los buenos y pacíficos súbditos y vasallos leales de S. M., que son los de esta ciudad y reino. Me fue preciso en orden a este fin ir usando de algunas prevenciones y reparos por medios judiciales y extrajudiciales como las ocasiones y accidentes me representaban al pie del hecho. Y de todo fui dando cuenta a S. M., que aprobando el recato y atención de este proceder, por repetidas órdenes fue servido de mandarme que continuase y entretuviese hasta tanto que venía persona a asentar los humores que así hallé removidos y lo quedaron más con los principios que dio a sus comisiones y residencia el Dr. Don Pedro de Quiroga y Moya, que murió sin acabarlas, de que se ocasionó materia de mayores estorbos al vencimiento de esta dificultad, que obligó a usar de los medios referidos con el temperamento y secreto que de ellos mismos se colige y fueron suficientes para que no saliese en público ni apuntase escándalo ni disturbio alguno que se pudiera notar más que de mi cuidado interior, para no despreciar el que todo gobernador celoso del servicio de S. M. debe tener en repúblicas nuevas y compuestas de tanta variedad de vulgo en la mayor parte, debiendo siempre cuidar con gran prudencia el opinar aún menores principios y menos fundados. Y esto mismo me dejó advertido por papeles suyos que guardo en mi poder mi antecesor. Sin negar las causas de esta discordia, estaban pues extinguidas mucho antes que llegase mi sucesor y el obispo visitador y sólo entonces se hizo mención de ella para calumniar al gobernador que sale, como en todas repúblicas se acostumbra, y más en particular en la de las Indias. Y sin embargo la misma verdad ha vuelto por sí y esta ciudad y reino siempre leal no ha topado escrúpulo de qué poder dar queja, aunque no han faltado estimuladores. Y así lo que toca a esta parte quedó en toda quietud y tranquilidad.

Bastimentos y abundancias

De ninguna manera me embarazó el cuidado referido para atender, luego que tomé la posesión del cargo, al desembargo del público comercio en todos géneros y especial de bastimentos y mercancías, prohibiendo con la entereza y severidad necesaria, que de ordinario no es menester poca, las demasías de los que con mano y poder, que nunca falta, lo atravesaban todo para sus reventas y regatería, de que aquí suele padecerse más que en otras partes. Siguióse a esta diligencia la abundancia y barato de todos géneros y mantenimientos que duró todo el tiempo de mi gobierno sin intermisión, y ayudó Nuestro Señor este intento con buenos temporales. Y quedó en este estado y abundancia con sentimiento de los interesados que tienen por propia pérdida lo que no se les deja malganar, con clamor de los pobres a quienes siempre me he inclinado con toda propensión y aquí con mayor causa.

Desagüe

Al mismo tiempo acudí al daño lastimoso que esta grande y hermosa ciudad había recibido en la inundación de las lagunas que la rodean. Arruinados la mayor parte de los edificios, y lastimados los que quedaron, y en opinión común necesitados los habitadores a desampararlos como muchos lo habían comenzado a hacer. Y edificado ya en diversos sitios con presunción de que era fuerza mejorar el de esta ciudad, como S. M. por diversas cédulas lo tenía insinuado, según las relaciones que de acá se habían hecho, teniendo por irremediable este trabajo y realmente el aprieto llegó a igual extremo.

Reconocí luego con el daño y acabamiento de los muchos indios habitadores, que la causa de que se había originado era el descuido de la limpieza de las acequias reales y demás que atraviesan la ciudad, haciendo comunicables seis lagunas, desaguando la abundancia de unas en los senos y vacíos de otras con que templada la redundancia se preserva el suelo y planicie de México tan dispuesto para recibir las crecientes y añadidas de la copiosa congregación de las aguas, que aquí descienden años de largas lluvias, sirven no menos estas acequias al trajín y comercio de las canoas de indios y españoles para todos bastimentos y géneros de la comarca en gran beneficio de los vecinos y naturales de dentro y fuera de la ciudad. A que se faltaba por estar ciegas y ensolvadas de mucho tiempo y arruinadas en tan prolija inundación. Se hizo luego la limpia y reparo de todas ellas con toda perfección. Y se reconoció el beneficio que ya se ha ido continuando hasta hoy, y no olvidando esta diligencia es de suma utilidad. Y esto fue a tan poca costa como es notorio. Lo mismo ejecuté en el reparo de las calles y edificios terraplenando lo que pareció conveniente y empedrando las más principales con que animaron los vecinos a reedificar muchas ruinas y fabricar de nuevo, especialmente en las calles del comercio y principales y mejores. Con que hecho esto traté con todo fundamento de remediar la raíz del daño en el desagüe universal de las lagunas que costó mayor trabajo y contradicciones por los fines de cada uno, como es costumbre en todas partes, en que obré lo que consta de los memoriales y relaciones impresas que de este desagüe se llevaron a S. M. los años 1637 y 1639, a que me remito en lo hasta allí ejecutado. Y después se ha ido prosiguiendo el tajo abierto de la Guiñada, de que toca mayor dificultad del intento y vecindad por obra prodigiosa en su mayor parte, con que por lo menos se da paso y salida a la gran abundancia del río de Cuastitlan y avenidas de Pachuca, laguna de San Cristóbal y demás de la banda del norte, la más temida de esta ciudad y sus lagunas. Y hecho posible su desagüe si pareciere necesario, pues todo consistía en lo difícil del cerro de la Guiñada y las casas reales y audiencia reparadas suficientemente y no se hace poco en sustentarlas así por sus grandes espacios y dimensiones de fábrica suntuosa.

Indios

Entendí a la par en la conservación y aumento de los naturales, miserables indios, que tanto necesitan del amparo de los virreyes en nombre de S. M. Hice observar indispensablemente las órdenes y cédulas tan quebrantadas y sin más repartimientos que los permitidos y esos, moderados y con buen tratamiento y mucha atención, sin consentir demasías de poderosos que usaban mal del sudor y sangre de estas gentes. Han sido, en mi tiempo, aliviados y servido Nuestro Señor de favorecer el celo con librarlos de enfermedades contagiosas que los afligían.

Provisión de oficios de paz y justicia

La misma atención puse en la provisión de los oficios especiales, alcaldías mayores y gobiernos de que tiene su mayor dependencia el bien y conservación de estos naturales. Elegí personas, las que me parecieron siempre más idóneas para tales oficios, ocupando los beneméritos. Y así ni entre los que lo son ha habido ningún quejoso en la forma de la distribución, ni contra los ocupados, querellas de sustancia. Y así constará a que ayudando la estrechez con que vivieron mis ministros, que me asistían para no gravar a los electos, que cualquier cosa que les costase, o por vía de derechos o agradecimiento, habrían con las setenas de sacarlo de los naturales y españoles. Y con el ejemplo de las cabezas es fácil corregir este defecto que suele padecerse. Y en esto, en cuanto me ha tocado, he procurado esmerarlo.

Cosas de la guerra

Del gobierno de la guerra lo principal que traje a mi cargo fue la dotación y fundición de la armada de Barlovento, sueño mexicano en que trabajé lo posible, desde que llegué a este reino. Y por él y esta ciudad conseguí el servicio de 200.000 pesos de renta en cada año, parte considerable para el intento si se acompañara al respecto por las demás interesadas: Guatemala, nuevo reino, Tierra Firme y las islas donde envié persona de satisfacción con las órdenes de S. M. y mis despachos en su conformidad y razón de lo que aquí obrado y concedido y de algunos efectos comenzados por este comisario. Tengo dado cuenta a S. M. hasta donde alcanzó mi gobierno, esto en cuanto a la dotación, que la formación de armada suficiente con la larga experiencia que de estas cosas he cobrado, reconocí mayores inconvenientes de lo que por discurso se pudieron alcanzar. Y sin embargo, cumpliendo con las órdenes y mandatos que me fueron hechos, envié a Castilla 200.000 pesos para compra de algunos navíos pertrechados por la gran incomodidad que para semejantes fábricas hay en este reino, así de astilleros fundables y guardados de corsarios y enemigos que las puedan quemar, como de los géneros necesarios y carestía de ellos. Y las urgentes necesidades de S. M. obligaron a aprovecharse de este dinero para las que entonces instaban más, ordenándome después que acá se supliese y cuidase con independencia de la disposición de la fábrica y fundación. Y como quiera, señor, que cuanto más mano se diese a un gobernador atento al real servicio de S. M. y bien de la causa pública y los muchos ojos y calumnias que para cada peso había de haber, aunque se perdiese sin culpa del virrey, entré con gran tiento en la materia despachando a La Habana a Don Cibrián de Lizarazu con 30.000 pesos para que diese principio a alguna fábrica de navíos, socorriéndose de aquí con las cantidades necesarias como fuese necesario, y asistiéndole el gobernador de aquella isla. Murió Don Cibrián en Veracruz y Don Carlos de Ibarra, que salió de ella aquel año por no tocar en La Habana llevó más este dinero con el de los situados de presidios. Después el año 1640 remití al gobernador de Filipinas 50.000 pesos para que con 21.000 que allá tenía, procedidos del derecho de la media anata, hiciese en la correspondencia de China algún asiento de artillería y enviase en la primera ocasión esta cantidad empleada en ella, como S. M. por su real cédula lo había insinuado. Y luego llegó mi sucesor con que no he sabido más de este caso; y de lo demás que en el ínterin se me ofrece daré cuenta a S. M. a boca, queriendo nuestro señor que llegue a besar sus reales pies.

La Nueva Vizcaya

Las disensiones que se comenzaron en la Nueva Vizcaya y la Audiencia de Nueva Galicia por fines particulares de ministros y otras personas, con pretexto de defensa de jurisdicción, queriendo la audiencia pasar a entrarse en la del virrey, sacados de allí algunos inquietos y el gobernador, a quien contrariaban, se apaciguó de todo punto. Y así quedó y persevera. Y de ello y de lo demás he dado cuenta a S. M. En el Nuevo México hubo también algunas diferencias, y en el tiempo que me tocó di las órdenes convenientes y necesarias en juntas de oidores y ministros, como en lo de la Vizcaya, y todo lo dejé apaciguado.

Los socorros a Filipinas

Los socorros a Filipinas de gente, dineros y demás cosas necesarias, se hicieron con toda abundancía y prontitud, menos el año 1638 por no enviar el gobernador más que un patache de hasta sesenta toneladas arriesgado a perderse, siendo tanto más fácil la venida que la vuelta, y que vino de vacío y así no pareció aventurar en el socorro tan importante y costoso. De los demás tengo dado cuenta por extenso a S. M.

La flota en que vino mi sucesor y llegó a San Juan de Ulúa el 25 de junio de 1940, y luego según las órdenes que yo tenía de S. M., traté de su despacho. Y a 10 de julio con el tiempo que antes que llegase había ganado, estuvieron en Veracruz 750.000 pesos sin 150.000 prontos en poder del tesorero de la cruzada; todos de cuenta de S. M., bastimentos, municiones y pertrechos de toda bondad y abundancia. Las nuevas de enemigos fueron tan frecuentes y ciertas de que la esperaba una armada sobre La Habana, que sobre las juntas del general y ministros en Veracruz, yo resolví aquí la detención e invernada de aquel año, a que se siguió poco después, aviso y órdenes de S. M. al mismo fin con las nuevas de la armada enemiga de dicho paraje. Y el mismo aviso tuvo del gobernador de la isla y quedó la flota en invernada.

Las fronteras de los indios de guerra en mi tiempo se han mantenido en paz y sosiego. En el Mar del Sur no se han descubierto ningunos, aunque llegaron algunas noticias que salieron inciertas. En las costas del seno mejicano no ha habido cosa de importancia más que lo de Tabasco, que fue un acometimiento al fin de mi gobierno con poco daño de pirata vil que no se hizo pie. La nueva Veracruz y fuerza de San Juan de Ulúa, de que he cuidado con particular desvelo, por ser la llave de este reino, han estado siempre con seguridad y la fuerza bien abastecida y municionada. Y la halló mi sucesor con 350 quintales de excelente pólvora sobrados, de que tengo remitidos certificaciones y otros recaudos.

Real hacienda

En todo lo perteneciente a la hacienda de S. M. es así verdad que puse siempre el hombre a su conservación y aumento, y que los ministros que la tienen a cargo hiciesen lo mismo. Los envíos de mi tiempo habrán testificado mejor el efecto de esta atención y hubieran sido mayores si los azogues no me faltaran. Porque si bien las sacas de Filipinas y los presidios y demás inevitables a la astucia de portugueses, de que hay excesivo número y delicadezas de que se valen con apoyo de poderosos que granjean.

Y que faltó en mi tiempo el comercio del Perú que enriquecía de plata a este reino, en cambio de ropa de China y otros géneros se hubieran aumentado los envíos, y la gente los sintiera menos porque las minas dan muchos metales pero faltan dinero y azogues con qué beneficiarlos, y son el alma de la monarquía indiana. Hice cobrar en mi tiempo grandes sumas de rezagos y deudas atrasadas, que constan por autos y diligencias que quedaron en el oficio de Luis Tobar Godínez, escribano de gobernación, y dejé otras sumas no menores, así en el mismo estado diligenciadas y cobrables.

Estanco de naipes

Del estanco de los naipes tengo también dado cuenta a S. M. y de haber mudado los dos reales de crecimiento para la armada de Barlovento, en uno por ciento de lo que entrare y saliere por los puertos del mar. Y lo demás para sanear la situación de los 200.000 pesos concedidos en el dos más por ciento de alcabalas con que esta finca quedó más asegurada, y los pobres vasallos menos gravados.

Patronazgo Real

A todo lo tocante al Patronazgo Real he asistido con toda vigilancia por lo mucho que importa el cuidado en él para la conservación de esta parte, eminencia y descargo de la conciencia de S. M. en la buena administración de la doctrina evangélica para con los indios, de que deben ser alimentados con mayor atención y desvelo por su barbaridad e inclinación a la idolatría. Y así tuve por conveniente sobreseer en la ejecución de algunas órdenes de S. M. hasta darle cuenta acerca de doctrinas y ministros de ellas como lo hice en lo que tocó con celo del acierto y mejor dirección.

Lo mismo procuré en la distribución de las obras pías del Real Patronazgo como fábricas y hospitales, ayudado de las células y órdenes de S. M. y especialmente a las de la santa iglesia de Tlaxcala, donde tanto se trabajó, con tan buenos principios y medios en descubrir la raíz del daño sobre que fácilmente cae cualquier remedio. Y aunque por S. M. esto se mira en su Real Consejo, acá hemos sido molestados bastantemente el Lic. Don Fernando de Cepeda, juez privativo de esas comisiones, y yo, por haberle asistido con las órdenes expresas de S. M., con pretexto de demandas o querellas por vía de residencia reducidas a daños por decir que nos entremetimos a jurisdicción espiritual y eclesiástica. Y en este estado se hallan estos negocios.

Con el mismo cuidado ayuda las obras pías del Real Patronazgo, y en especial como más grave y necesaria la del templo de esta santa iglesia metropolitana de México, que hallando cuando llegué derribado hasta los cimientos, el antiguo de la gentilidad que suplía la falta del nuevo sólo comenzado, le dí tal calor y asistencia que le dejé en estado de poderse celebrar en la capilla mayor los oficios divinos en poco más tiempo, y ya comenzada a cubrir de bóveda con la suntuosidad de grandioso edificio. Lo mismo se hubiera hecho en el de Puebla de los Angeles si los prebendados no lo hubieran impedido como consta a S. M. En el hospital de los indios, que siendo suntuoso amenazaba ruina, se hicieron todos los reparos necesarios y un teatro en el patio de comedias que renta considerable para ayuda a la cuota y regalo de los pobres indios enfermos. El mismo riesgo corría la fábrica del convento real de las monjas de Jesús María, que aunque nuevo y costoso, por flacos fundamentos, y queda en toda firmeza y perpetuidad y con agua de pie, de que carecían las religiosas. Y las socorrí con algunas mercedes de matanzas por las necesidades que padecían.

El colegio de las niñas tan útil y menesteroso para su educación y crianza, quedó suficientemente socorrido con la ayuda de los 1.000 pesos de renta en encomiendas vacas de indios, de que S. M. a mi súplica fue servido de hacerles merced y limosna, y luego ejecuté la situación de que tengo dada cuenta.

El Colegio de Cristo

El Colegio de la Sangre de Cristo que había tantos años que estaba olvidado, se formó en toda perfección, con ocho colegiales y rector, un racionero de esta iglesia, reglas y estatutos para la enseñanza de virtud y letras de los colegiales huérfanos y bien nacidos. Al hospital real de los leprosos de San Lázaro le queda un templo y enfermería que había mucho menester, y no menos agua corriente que costó trabajo por ser la mayor distancia de esta ciudad y conductos del agua que de ella se trae, y por esta causa más necesaria a aquellos enfermos y por la calidad de su enfermedad.

En lo tocante a administración de justicia y ministros de ella, procuré con particular diligencia y celo su mayor ajustamiento y rectitud. Y aunque esto cuesta mucho trabajo, fue Dios servido que en mi tiempo no hubo delitos considerables, y si alguno acaeció fue castigado con demostración y ejemplo. Y así los caminos y pueblos han estado en toda seguridad y el reino todo en suma obediencia a las órdenes y mandatos de S. M. y sus ministros. Y a la contribución de derechos y tributos reales, como no haya descuido en la cobranza y recaudo a sus plazos y tiempos, porque rezagados se hacen de muy mala calidad, aquí más que en otra parte por la falibilidad de los caudales. Y no advierto este punto, tanto por los contribuyentes que rara vez en ellos se detiene la hacienda de S. M., cuanto por los oficiales y ministros que la deben recaudar donde corre el riesgo, y el de principales y fiadores por la incertidumbre de los caudales, como está dicho. Y este es uno de los mayores reparos que deben hacerse a S. M. y de más pronto y eficaz remedio, y que el haberle yo procurado me ha acarreado más odios y enemigos. Guarde Dios la real católica persona de S. M. como la cristiandad ha menester.

México, 6 de diciembre de 1641

El Marqués de Cadereyta

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 4, 1977, pp. 10-17.