Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

      1690-1699

      1680-1689

      1670-1679

      1660-1669

      1650-1659

      1640-1649

      1630-1639

          1636

          1635

          1632

          1631

      1620-1629

      1610-1619

      1600-1609

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XVII > 1630-1639 > 1636

Relación del estado en que dejó el gobierno el Virrey de Nueva España, Rodrigo Pacheco y Osorio, Marqués de Cerralbo.
17 de marzo de 1636

Por cédula del 13 de diciembre de 1628 me mandó S. M. hacer una relación de las cosas de importancia que se hubiesen ofrecido en el tiempo de mi gobierno con muchas particularidades que en ella se especifican. Y deseando satisfacer a todas y que el papel sea de algún fruto en el servicio de S. M. para lo de adelante, por haber yo venido a gobernar este reino en tiempo de tantos accidentes de que se fueron encadenando otros. Y por haberme detenido tantos años tomando noticia de las cosas de la Nueva España, he ido trabajando en esto lo poco que el oficio ha permitido, pensando siempre que después de acabado podría, mientras se despachaba la flota en que había de hacer mi viaje, disponer lo que imposibilitaban las ocupaciones del cargo, como lo escribí a S. M. algunas veces, no creyendo jamás que mi residencia pudiera embarazarme. Pero el modo en que la está tomando Don Pedro de Quiroga es tal, que no ha dado lugar a salirme de México, como lo pensé, hasta que ya está la flota para partir. En este tiempo tan embarazoso que me aprietan los oficiales reales para que les entregue la relación, deteniéndome el sueldo de un año en conformidad de la cédula de S. M. cuando aseguró con toda verdad que no tengo otra cosa que irme, de que se sigue precisamente haber de hacer esta relación más sumaria de lo que pensé; no despidiéndome de proseguir la que tengo comenzada en el tiempo de la navegación y después de haber llegado a España.

Cuando S. M. se sirvió de mandarme venir a servir en el gobierno de este reino con ocasión del tumulto sucedido en México el 15 de enero de 1624, hallé muy vivas las reliquias de él. Cuanto a las divisiones entre el Virrey Marqués de Gelves y la audiencia, trabajé lo que pude en arrancarlas de lo exterior ya que no pudiese de los ánimos. Quité del convento de San Francisco, donde estaba retirado mi antecesor, la guarda de soldados que le tenía puesta la audiencia, dispuse que le quitasen de la tablilla donde todavía estaba por excomulgado, y que la audiencia se ofreciese a admitir su restitución al cargo, que se hizo con toda solemnidad y aplauso del pueblo y con el mismo acompañamiento de comunidades y particulares que si entrara por virrey nuevo, si bien fue con las limitaciones que S. M. se sirvió de mandar de no hacer actos de jurisdicción, que se disimuló con estar en las casas reales dos días de fiesta. Salió de ellas para el pueblo de Tacuba, donde se quedó, y al tercer día entré en México con demostraciones alegres de todos que procuré conservar, mostrándome indiferente a unas y otras partes. Y puedo asegurar a S. M. que en ninguna dejé de hallar mucha obediencia, amor y respeto a S. M. De que saco por consecuencia que haber faltado el virrey en la ocasión antecedente, no procedió de quiebra que en esto hubiese, sino de una ignorancia dudosa, viendo apellidarse el nombre de S. M en las casas reales por el virrey y en las del cabildo por la audiencia sin saber adonde les llamaba con más fuerza su obligación. Y juzgo seguramente de toda la gente honrada del reino que si entonces les llegara declaración firme de la voluntad de S. M., ninguno faltara a la ejecución de ella. Lo muy plebeyo como indios y mestizos negros y mulatos, obraron como los muchachos, sin saber lo que hacían, dejándose llevar del ruido, la multitud ayudada de aquella sombra piadosa de las censuras que debieran excusarse, y así no las apruebo ni tampoco lo que las ocasionó.

Lo hecho por el Marqués de Gelves desde el tumulto hasta mi venida, sin el uso del cargo, ni ministros, ni sellos, y lo que en el mismo tiempo hizo la audiencia, que siempre tuve por sin jurisdiccion, no me pareció revalidar. Escogí de lo uno y otro lo que tuve por justificado y esto hice como acción propia, y lo demás dejé y no bastó la balanza con que procuré igualarlo para que dejasen de quejarse unos y otros. Hice lo que debí en que hallé descanso para todo.

Vino el año siguiente Don Martín Carrillo, de la General Inquisición por visitador general, juez de la residencia del Marqués de Gelves y de todas las dependencias del tumulto, persona de ejemplar virtud, purísimo celo y muy buena cabeza. La materia que trajo a su cargo fue en extremo odiosa, la necesidad de apoyarle para que no se le perdiese el respeto tuve por grande, y así mi obligación de hacerlo en que puse cuidado y aprovecho y ponerle también como lo hice, en que no tocase en la nobleza del reino fundado en lo que tengo dicho a S. M. de sus intenciones. Y en que siendo forzoso que el negocio viniera a parar en la grandeza y piedad de S. M., no era bien que ésta hallase heridas insanables como son las de un reino y su nobleza en sombras de infidelidad, que a mi entender no cayeran bien sobre culpas que nunca tuvieron parte en el ánimo.

Francisco Manso, con comisión de fenecer estas materias y con deseo de hacerse amable al pueblo, se puso de parte de todos los procesados por Don Martín Carrillo, el cual habrá juzgado siempre áspero lo pasado como en su día lo fue el hecho, aunque con las calidades referidas. De aquí nacieron grandes diferencias entre los dos, con encuentro notorio en los dictámenes. Procuré componerlos con toda atención y salí con ello en la parte de que no llegase a escándalo público, que es la que principalmente tocaba al servicio de S. M. Se pregonó públicamente su mal benignidad con regocijo común y toda la solemnidad que yo pude disponer, a que asistí como sombra de S. M., aunque indigno de serlo, y también el visitador Don Martín Carrillo, audiencia y tribunales, ciudad y comunidades, y concurso general de nobleza y pueblo.

Fuese a embarcar Don Martín Carrillo y el arzobispo procedió en algunos residuos del pregón y a los excesos que en esto hubo acudió la audiencia en lo que pudo. De ésto y de no haber yo corrido en todo con los dictámenes del arzobispo como él quisiera, nacieron diferencias entre nosotros, de que he dado cuenta a S. M. por menor en diferentes despachos. Mandó S. M. para su reparo que el arzobispo se fuese a España, que Don Francisco del Castillo, oidor que vino con él, hiciese lo mismo cumplido el tiempo que se le señaló, que los oidores Juan de Villabona y Don Francisco de Herrero Campuzano pasasen a servir a S. M. en la Audiencia de Lima, y que el arzobispo me entregase las cédulas y comisiones que había traído. Lo que tocó al arzobispo no se ha cumplido hasta ahora, esperando orden apretada de S. M., y que sin ella no podía yo apretar en que se cumpliese. Lo demás se hizo en la parte que se pudo, que fue pequeña, porque los oidores Villabona y Campuzano se murieron antes de pasar al Perú, y Villabona ordenado de misa.

En todas estas materias se han ofrecido accidentes particulares en que presumo servido a S. M., remito el referirlos a relación más larga.

Los papeles que resultaron de las comisiones de Don Martín Carrillo se llevaron a S. M., que remitidos a una junta grande no sé que hasta ahora se haya tomado sobre ellos última resolución.

Teniéndolo por la cosa de mayor importancia en el servicio de S. M. y aumento del comercio de este reino, he representado a S. M. en muchos despachos cuánto importaría asentar los viajes de las flotas de venida y vuelta en el mismo año y en conserva de galeones y flotas de Tierra Firme, y S. M. sea servido de mostrar particular deseo de su ejecución y mandarme tres años continuos que la tenga dispuesta como lo he hecho, y sin duda hubiera tenido efecto si las flotas hubieran venido a tiempo. Tengo por cierto que si viniere se ejecutara porque la disposición de acá es posible, y veo al Marqués de Cadereyta, mi sucesor, muy deseoso de disponerlo y ejecutarlo. Y sería de mucha importancia para facilitarlo que la llegada a este reino de las naos de Filipinas fueran por Santa Catalina, como dicen que solía ser en otros tiempos, y saliendo de Acapulco en todo enero, quedase desembarazado todo para recibir y despachar las flotas.

Cuando vine hallé el desagüe de Gueguetoxa, que comenzó el Virrey Marqués de Salinas, totalmente desamparado y con mucha variedad de opiniones sobre si es de importancia o no su conservación. Y habiendo yo oído las de todos y mirándolo con la atención que pide cosa de tanta importancia, tengo por cosa infalible y que a mi entender importara que S. M. lo asiente así, sin dar lugar a nuevas opiniones. Que este remedio a solas no es total para asegurar a México, pero es el más importante de cuantos se le pueden poner. Y así es preciso conservarlo. En conformidad de ésto, trabajé cuanto pude en ponerle corriente y asegurar flaquezas que se le fueron descubriendo en que se ha ido continuando hasta ahora y todavía le falta algo. Y el Virrey Marqués de Cadereyta ha enviado personas que lo vean y va tratando de esta materia.

La inundación que sobrevino el año 1629 fue tan grande como he dicho a S. M. en muchas cartas, pues toda la ciudad se andaba en canoas, los reparos fueron los poseibles y la voluntad de Dios que cesase y que esté México tan enjuto como antes. Se hicieron las obras siguientes, además de lo fabricado en el desagüe.

Por la parte del oriente divide la ciudad de México de su laguna una albarrada antigua de 4.000 varas de largo, que estaba baja, rota y mal tratada. Se levantó y se fortaleció el año 1629, si bien no tuvo fuerza para resistir la inundación del año 1630; Y se volvió a arruinar. Se tuvo en tiempos pasados por muy importante este reparo y no le tengo por tal porque con albarrada y sin ella ha de estar el agua de la ciudad al peso de la laguna.

Alzáronse y fortaleciéronse las calzadas de San Antón Tacuba, el Calvario, Azcapuzalco y Guadalupe. El agua fue tanta que las cubrió todas, pero no las deshizo. Y así sirven hoy como antes con poco reparo.

Se hizo una gran obra en la calzada de Mexicalzingo porque en 6.000 varas que tiene de largo se levantó vara y media. Se conservó siempre y bastó para detener la laguna de Chalco, que estuvo en la inundación en estado más alto que la de México, y sin este reparo vertiera en ella con gravísimo daño.

Se hizo y consiguiosé lo mismo en la calzada de San Cristóbal en 5.000 varas de largo y más de doce de ancho. Se levantó vara y cuarta y se represó con ella la laguna de su mismo nombre, que estuvo dos varas más alta que la de México.

En la calzada y laguna de Zumpango se hizo y consiguió otro tanto.

En dicha laguna entran las vertientes que llaman de Pachuca, y el río de Guatitlán, que son los mayores enemigos que tiene México y casi iguales el uno al otro, y el reparo de ellos consiste en el desagüe de Gueguetoxa cuyo socavón no es capaz de recibirlos juntos cuando vienen de avenida. Y para templar este inconveniente se hizo una presa fuerte de cal y canto en una cañada por donde desembocan hacía la laguna las vertientes de Pachuca, de que se represó gran parte, y para excusar del todo estas vertientes se comenzó a abrir otro desagüe de tajo abierto de que arriba se hace mención, pues no ha podido acabarse. Y hacerlo es de gran importancia, porque el desagüe podrá con el río de Guatitlán a solas, y así quedará México enteramente libre de las aguas de la parte del norte y no podrán las demás ponerle en aprieto, conservando los reparos que se les han hecho.

Cerca del pueblo de Oculma había otro desembarcadero donde venían a parar las más de las aguas que por aquella parte entraban a la laguna de México. Y para represarlas se cerró aquella cañada con una paredón de argamasa de 1.500 varas de largo, y por parte de cinco de alto muy fuerte con que se formó allí la laguna de dos leguas de circuito y se quitó a la de México toda el agua que ella recoge.

El río de Amecameca era enemigo grande causando mucha creciente en la laguna de Chalco, y de allí en la de México con quién se comunica, divirtióse a la parte del sur con un desagüe nuevo, a tajo abierto de 8.000 varas de largo, que totalmente le desvió sin que entre gota de él en la laguna.

A los ríos de Cuyoacán, Mixcoacyalde y Tlalmanalco se hicieron otras represas que impidieron su llegada a la laguna sin que se haya podido hallar medio para otros reparos, y juntos si no equivalen a desagüe general al menos juzgo que son bastantes para que México no se vea en iguales aprietos a los pasados.

Todas quedan acabadas y sin necesidad de otras cosas que conservarlas. Sólo queda pendiente la diversión de las vertientes de Pachuca, que la falta de indios ha causado en ella más espacio del que yo quisiera. La tengo por importantísima y tanto la conservación de ella y de las demás y del desagüe de Gueguetoxa, que a mi entender, con ésto y proseguir lo que yo he ido levantando las calles de México para que hagan lo mismo los vecinos sus casas, no padecerá esta ciudad inundación de riesgo, si bien no aseguro que deje de tener alguna de poco embarazo.

Para que esto no de pasos atrás es forzoso que haya con qué hacer los gastos de la conservación y la renta, que llaman de la cuartilla instituida para este efecto, ha bajado mucho al paso que ha menguado el gasto del vino y será bien menester toda ella para lo que he dicho.

El Marqués de Gelves, mi antecesor, con parecer de Adián Boot, un ingeniero holandés, juzgó que estos gastos podrían excusarse y aplicar esta renta a la real hacienda de S. M. Este arbitrio le suplico me lo admita porque el provecho será siempre corto y el daño aventurar a perder a México.

Algunos instaron mucho con el aprieto de la inundación a los ojos en que esta ciudad se mudase, no sé si ayudó al celo de este dictámen el deseo de que se hubiese perdido en mis manos cosa tan grande de que ha desengañado Dios la experiencia; si alguna vez se volviere a esta plática, juzgo que debe S. M. condenarla por imposible. Pocas poblaciones tiene la monarquía de S. M. de más lustre que la ciudad de México, los caudales no están como cuando se fabricaban sus grandes edificios, hacerlos ahora en otra parte es para hablado, no para ejecutado; conservarse puede, mudarse no.

La conservación de los indios encarga S. M. a sus virreyes justísimamente por su gran importancia y todos ponemos en ella el mayor cuidado, y no basta para que deban de menguar mucho. Le buscamos el origen y aunque se procura atajar en todas las fuentes de que pueden nacer, viendo que el daño no cesa, temo que Dios lo dispone así por su particular providencia. Muchas cédulas de S. M. ha habido antes de ahora para que cesen los repartimientos que se han venido a ejecutar en mi tiempo, dejando solos los de las minas que no me he atrevido a quitar porque no cese el beneficio de la plata.

A las vejaciones que recibían los indios en los obrajes he ocurrido con ordenanzas nuevas, las más fuertes y convenientes que he alcanzado sobre haberlo consultado con las personas que para esto he juzgado más a propósito. Tuve por gran inconveniente llevar los indios enfermos a la iglesia a recibir el viático, como se echa de ver que precisamente ha de serlo, mayormente estando en muchas partes las iglesias muy desviadas de las casas de los indios, y que muchos morían en el camino con el aire, el sol y el movimiento. Y he asentado que se les lleve a sus casas, pues quizás Dios entrará con más gusto en la pobreza de ellas que en las muy alhajadas. He hecho cuanto he podido para que los alcaldes mayores, doctrineros y encomenderos no les hagan vejaciones, y en sus pleitos y negocios he sido siempre su procurador sin que me haya quedado medio de cuantos he tenido por convenientes de que no usé, y sin embargo van a menos; claro está que han de continuarse pero no los hay con las fuerzas humanas que puedan embarazar las disposiciones de Dios.

Porque se agregasen las comisiones a las justicias ordinarias tuve orden de S. M. que ejecuté luego, y aunque he entendido que ha habido relaciones de lo contrario, no tendrán razón los que la hubiesen hecho y esto constará siempre.

El comercio de México es la pieza fundamental de todo este reino y fuente que riega todas las heredades que le sustentan. De aquí nace al minero el avío de sus minas, al labrador las cosechas de sus labores, al ganadero el aumento y esquilmos de sus ganados, al obrajero la fábrica y salida de sus paños, al dueño de ingenios sus azúcares, y así a todo el resto de lo demás. Porque las haciendas de las Indias son tan costosas en sus beneficios que ninguno está rico con ellas, y acuden todos a la plaza de México a buscar con qué aviar las. Si la hallan próspera llevan el dinero que buscan con interés moderado que puede satisfacer los frutos de las haciendas y sustentar al dueño con moderación. Si la plaza está corta como sube el precio del dinero se destruye el que lo toma. Y no pudiendo pagar con lo que le da su hacienda ha menester ir multiplicando daños, que a pocos lances le consumen del todo y a la misma plaza le van faltando los empleos en este año que le conservan el caudal para los despachos de flotas, experimentándose en esto la armonía con que las repúblicas se conservan, dañando al todo la quiebra de cualquiera de sus miembros. Con esta consideración he procurado cuanto es posible por el medio más comprensivo para el mayor servicio de S. M, y aumento de sus alcabalas y rentas reales. Me hallo obligado, precisamente en ley de cristiano y fiel ministro de S. M., a representarle lo mucho que conviene no apretar esta plaza que con las pérdidas de las flotas pasadas y con los aprietos que le han recrecido está sumamente delgada, gran cosa es esta señor, consérvelo S. M.

Las competencias de jurisdicciones siempre embarazan mucho al servicio de S. M., buen gobierno y administración de justicia, y estos inconvenientes crecen con la distancia de las leguas. Muchas veces lo he representado a S. M. y todavía se está en pie el daño, y es preciso, para evitarle, que S. M. se sirva de enviar asentada la forma en que se ha de hacer la junta con la ínquisición. Porque los de ella no quieren acudir a las casas reales diciendo que por su tribunal tienen orden para excusarlo y la última que hay, del Real Consejo de Indias para la audiencia, es que se haga en ella la junta, y con esta diferencia ninguna se ajusta de este género.

En la cruzada, aunque vino cédula de S. M. despachada por el Real Consejo de las Indias, dando la forma, también se excusa el comisario de acudir con el mismo pretexto que la Inquisición de lo que le ordena su consejo de cruzada.

Los generales de las flotas también han menester órdenes más claras para la subordinación a los virreyes, aunque lo son harto las que S. M. les tiene dadas. Lo mismo sucede con los gobernadores de la provincia de Yucatán.

También se ofrecen algunas diferencias con la Audiencia de Guadalajara, pero confieso que se han ajustado mejor y con más facilidad que con los demás las que ha habido en mi tiempo y no puedo dejar de decir a S. M. que tengo aquella audiencia por costosa, embarazosa y excusable, y que bastaría en la Nueva Galicia otro gobernador como en la Nueva Vizcaya, sujetos unos y otros al virrey de la Nueva España, y las apelaciones de esta audiencia, ya no me toca, y así lo puedo proponer con más desembarazo.

S. M. se sirvió de cometerme la resolución de las diferencias que había entre oidores y alcaldes sobre las visitas de cárcel de los sábados. Lo hice y S. M. se sirvió de aprobarlo y todavía se quejan los alcaldes juzgar por conveniente que los virreyes pongan cuidado en que los oidores no excedan de lo dispuesto.

La vacante de la vara de aguacil mayor de corte por muerte de Martín Ruiz de Zabala, por cuya renundación entró en ella Don Nicolás de Bonilla, no era materia para ocupar esta relación si las que han hecho a S. M. sobre este caso no fueran tan torcidas que es bien tocar el punto. Sino por lo que a mí toca ni por lo que padece Don Juan González de Peñafiel, por representar a S. M. lo mucho que importa presumir siempre en favor de los virreyes para no resolver nada sin oirlos por lo que otros refieren.

Murió el poseedor, presentó el sucesor la renunciación en el tiempo y recaudos bastantes, remitiéndose al fiscal. Procediose a la valuación del oficio, se hizo en el más alto precio que dijeron los testigos, no era ocasión de venta porque pasado en la forma ordinaria no hubo hombre que hiciese postura, ni cuando la hiciera podía vendérsele. Y sólo pudiera obrar el crecimiento de la tercia parte en siete u ocho mil pesos y cuando fueran cuatro reales procurara yo acrecentarlos. Con toda atención hice cuantas diligencias pude, de las que pasaron ante el arzobispo no me dio noticia ni pude tenerla, si me la diera fuera S. M. servido en lo poco o en lo mucho que pudiera encaminarse. No habérmela dado no parece celo sino calumnia, no sé que faltase en un átomo a mi obligación y sé que vino una cédula que mostraba haberse faltado en mucho de que no ha resultado beneficio alguno a la hacienda de S. M. sino deslustre a los que le servimos y certificación a S. M. que no llegó jamás a mi pensamiento, que en esto había hecho gracia a Don Nicolás de Bonilla. Sólo ahora pienso que se la debí de hacer por la mala correspondencia que he hallado en él al dejar el cargo, de donde infiero que le debí de obligar porque me sucede así con muchos que recibieron beneficios.

Los oidores Villabona y Campuzano dieron queja a S. M. de que en la audiencia no había salas fijas, yo dije entonces que no convenía que las hubiese, ahora vuelvo a decir lo mismo, y que antes conviene mucho que los virreyes tengan particular cuidado de repartirlas con atención a que el oidor más antiguo, si acaso padece pasiones o aficiones, no pueda animar cuadrilla para el despacho de los pleitos, que tal vez me ha costado cuidados y experimentado que son buenos efectos en la justicia.

Dispuesto tiene S. M. que en las vacantes de virreyes gobiernen las audiencias, y alguna vez ha dado S. M. cédulas a los arzobispos para que lo hagan. Y entre ambas cosas hallo inconvenientes, en la primera porque el gobierno de muchos es siempre embarazoso y así hallé infinitos despachos atrasados cuando vine a gobernar. Se añade a esto que muy de ordinario, sobre las materias de gracia se levantan disensiones y parcialidades muy perjudiciales con otras muchas cosas que ayudan a éstas.

Los arzobispos entrando a gobernar lo seglar dejan entablados malos ejemplares en favor de lo eclesiástico y el patronazgo de S. M. no gana nada en su poder. Tendría por conveniente, como me acuerdo de haberlo escrito a S. M., que en caso de muerte del virrey, él deje nombrada persona que gobierne, que ministro de tan gran puesto y obligaciones y en tal sazón es de creer que escogerá lo mejor. Y si la vacante fuese por promoción juzgo que conviene no dar lugar a que salga el promovido hasta que llegue el sucesor.

Los negros cimarrones fueron aquí de mucho embarazo en los tiempos pasados, traté de reducirlos a población, poniéndoles miedo con alguna gente de guerra que encaminé hacia sus rancherías. Se consiguió, formose pueblo, se les dieron ordenanzas que S. M. se sirvió de aprobar, y así se conservan y juzgo que conviene.

El respeto a la justicia es tan importante como se deja entender y de perniciosa consecuencia todo lo contrario. El corregidor de México hizo sacar a ahorcar un mulato que había pretendido gozar de la iglesia sin justicia para ello. Clérigos y dependientes del arzobispo le quitaron de la misma escalera de la horca y le pusieron en la catedral, sobre que hubo aquella mañana harto ruido en la plaza. Junté el acuerdo con cuya orden fue a la tarde el oidor Don Francisco de Herrera Campuzano que le halló escondido en la iglesia y lo sacó y le puso en la cárcel, y el día siguiente le ahorcaron. Los que le quitaron de las manos de la justicia no fueron castigados por ser de otro fuero. Di cuenta de ello a S. M. y nunca tuve respuesta. Son casos de mala consecuencia.

Casi lo mismo sucedió en una relación impresa o libelo infamatorio que por algunos testigos pareció haber hecho el Dr. Andrés Fernández, provisor de los indios, muy favorecido del arzobispo y por eclesiástico, se quedó sin castigo. Mucho importa que S. M. ponga y a cargo de los obispos de las Indias el ajustamiento de sus súbditos y que se enoje si en esto se descuidaren, que va a decir en ello más de lo que se piensa, mirando desde lejos.

Los gobernadores de Filipinas suelen dar licencia para volver a este reino a los desterrados de aquellas islas por tiempo señalado antes de cumplirle; di cuenta a S. M. de este inconveniente y se sirvió de mandar que no se hiciere, con que éste quedó fenecido.

Por muerte del Lic. Morquecho, vacó la presidencia de Guadalajara a que se siguieron los inconvenientes que traen siempre las vacantes, y entre otros, que se proveyesen oficios en parientes de los oidores a que repugnan las cédulas que sobre esto haya. Tuvo S. M. noticia de ello y me mandó que lo averiguase y castigase. Y aunque S. M. daba facultad en la orden para poder hacerlo extrajudicialmente, no me pareció que esto podría derogar al derecho natural de oirlos. Y así, estando constante el hecho de las provisiones, les escribí que me avisasen en qué se habían fundado y dieron razones de servicios particulares hechos por los proveídos, que conforme a la última cédula los reservan de la prohibición. Y aunque no tuve la excusa por muy concluyente me pareció bastante por admitirla, mayormente importando tanto al servicio de S. M. no enflaquecer la autoridad de los ministros mientras están sirviendo. Y así me contenté con dejarlos advertidos para adelante, tengo por cierto que mientras aquella audiencia se conservare convendrá mucho que S. M. de facultad a los virreyes de Nueva España para que en casos de vacantes de presidente puedan enviar a presidir en ella uno de los ministros de ropa de los que sirven en esta, el que pareciere más a propósito, en el ínterin que S. M. lo provee en propiedad, pues el remedio es fácil. Y también conocer que es necesario, siendo tan notorios los inconvenientes de las vacantes, en que lo más ordinario es haber disensiones en los ministros y mal gobierno y despacho en el reino.

No puedo dejar de tocar en un punto que hace gran ruido como común en las Indias y prohibido por derecho, que es los tratos y contratos de los alcaldes mayores, los cuales cuando se averiguan se castigan en las residencias más o menos según la gravedad de las circunstancias con que se hace, pero es constante que lo hacen todos ya que no haciéndolo es imposible que se sustente el alcalde mayor. Porque los salarios son casi todos desde 100 pesos hasta 300 ó 400, y si no es Puebla y Oaxaca, ningún otro oficio tiene un maravedí de apoyo. Forzoso parece, o crecer los salarios o cerrar los ojos; pero es de advertir que también en esto hay una diferencia muy considerable, como lo es la que hacen unos sujetos a otros, que unos compran los géneros sin vejación al mismo precio que los paga el particular, y otros no sólo faltan a la ley de no tratar y contratar pero lo hacen también atropellando la justicia que se debe guardar en los precios de las cosas y tratamientos de los súbditos, y como a los primeros hallo digno de disimulación piadosa, a los segundos de muy riguroso castigo. Y así le han tenido en mi tiempo en todas las ocasiones que se han ofrecido, y me ha parecido conveniente decirlo a S. M. para que tenga entendido cómo corre esta materia diferente en las Indias de lo que se practica en España, por serlo también las circunstancias que se le juntan.

La quietud de este reino ha sido siempre grande. Que haya unos pocos libres que hablen y obren mal ajustados en ninguna parte faltan, ni es excusable; pero no se debe menospreciar cuando toca en materia delicada. Así lo juzgué en un embuste de Don Fernando Carrillo, escribano del cabildo de esta ciudad, que dijo al General Fernando de Sousa, corregidor de ella, que uno de los oidores de la audiencia había dicho al arzobispo que estando en su huerta una legua de aquí, y que hacía en ella cuando yo estaba juntando gente para cogerle descuidado y enviarlo a embarcar, tomando ocasión de que se estaba levantando una compañía para suplir los soldados que faltaban en las de Veracruz, supe que el oidor no había visto al arzobispo. Examiné a Don Fernando en razón de quién se lo había dicho a que no dio buena salida, juntóse a esto haber tratado de que la ciudad me enviase a preguntar con qué fin se levantaba aquella gente, cosa que bien advertidos los regidores no quisieron hacer. Pareciome obligación de mi oficio, en orden al mayor servicio de S. M., atajar temprano semejantes pláticas y eché de aquí a Don Fernando mejorándole de puestos como me lo iba pidiendo con ánimo de no volverle hasta que el arzobispo se fuese. Y sin duda lo hiciera así, juzgando lo conveniente. Vino en este tiempo mi sucesor, que le dio licencia para volver y este destierro, y la persona hacen gran ruído en mi presencia, pero ahora volviera a hacer lo mismo si llegara el caso y tengo por conveniente al servicio de S. M. que en estas materias de buen gobierno no se pida tan menuda cuenta a los virreyes.

A los ministros de S. M. que han servido en mi compañía he deseado siempre honrar mucho y juntamente que lo mereciesen uno y otro procuré con particular afecto con Don Francisco de Barreda, que vino por fiscal del crimen de esta audiencia. Comenzó a hablarse en defectos suyos y traté de curar guardando las reglas del evangelio con advertencias personales mías. Y también por medio de algunos amigos suyos levantose voz de que procedía en su oficio con poca limpieza y certifico a S. M. que pareciéndome imposible no di crédito a ello. Se fueron continuando las noticias y yo con esto procurando, extrajudicialmente, examinarles el fundamento harto deseo de no hallársele hasta que llegaron a asegurarme que había pasado el desorden a que constase por escritura pública, aunque simulada de cantidad tan considerable como 9.000 pesos por un negocio. Me obligó la conciencia a escribir para averiguarlo y atajar un daño tan grande y de perjuicio tan excesivo a la real hacienda de S. M. y bien del reino, y con harto pesar mío y a más no poder, hice la causa en que escogí por asesor a Don Diego de Avendaño, oidor de Valladolid, y que lo fue en esta audiencia a mis ojos con toda piedad y buena conciencia. Resultó la privación de la plaza y lo demás que constará por los autos, cuando lleguen al Consejo, adonde quizás no irán otras sumarias que remediado el daño por esta otra no pareció necesario fenecer. Y yo holgaría harto de que se hallase mi intención y se desmandó en algunas respuestas que podrá mal justificar, quien se ve en tales aprietos, aunque sepa que tiene poca fuerza y siempre ha de tener mucha la piedad de S. M.

Materias de hacienda

La importancia de que la real hacienda de S. M. se conserve y crezca bien lo dicen los efectos en que se emplea. He procurado conseguirlo por cuantos caminos he juzgado lícitos sin perdonar ninguno ni pasar a los escrupulosos teniendo lo que se saca con violencias y extorsiones, no sólo por inútil pero por apestado, y que en vez de suplir necesidades las aumenta y consume lo demás con que se había de acudir al remedio de ellas. Crecer rentas reales y moderar gastos excusables he tenido por el mejor arbitrio, en lo segundo he hecho cuanto he podido y en lo primero ningún asiento sé que haya tenido baja en mi poder. El de los naipes hallé en 80.000 pesos y le dejo en ciento cincuenta. El de la cruzada se ha mejorado algo, no en cantidad tan considerable. Los derechos de Filipinas han subido más de 50.000 pesos cada año y el de 1631 con un ademán que hice de enviar un oidor al puerto y juntamente admitir manifestaciones, valieron las que se hicieron 77.000 y tantos pesos. Las salinas del peñón blanco y Santa María, que dispuse se arrendasen, subieron 181.450 pesos en el asiento de nueve años, y siendo esto así han ido al Consejo tantas calumnias contra este crecimiento como si hubiera sido quiebra. Habiendo resultado además de él, por el buen avío de la sal 70.000 pesos de renta al año en lo que subieron los puntos de la plata de aquel partido. Mucho holgaré de que otro lo acreciente más, pero no lo hará ninguno con mejor celo y limpieza y no puedo dejar de decir a S. M. que he hallado uno y otro en todo lo que se ha ofrecido de su servicio en el maestre de campo Don Antonio de Vergara, porque intenciones torcidas han pretendido calumniarle de lo contrario en la materia de estas salinas, y es bien que S. M. tengan entendida la verdad.

El donativo que S. M. mandó que se pidiese se dispuso con toda blandura y gusto de los que le hicieron, y así se logró y fueron a España en salvamento 450.000 pesos. Los medios fueron llamar yo a cada particular de México y halagarle y persuadirle, encargar lo mismo a los alcaldes mayores en sus distritos y a los prelados con sus dependientes, y no hallo otro modo justificado para semejantes casos.

Me mandó S. M. tratar de asentar por quince años la renta de la unión de las armas, enviándome una memoria de arbitrios a que se juntaron otros que de acá se movieron. Unos me parecieron gravosos, otros muy temporales, y otros dificultosos o costosos en su ejecución. Y nada tuve por tan conveniente como subir las reales alcabalas de S. M. que estaban a dos por ciento y quedan a cuatro, y pasa el crecimiento de 200.000 pesos de renta al año que con el que se hizo en los naipes queda casi en la cantidad que S. M. mandó, pero muy mejorada en el género. Pues son rentas de S. M. que puede por derecho propio y sin nuevas concesiones conservar para siempre, sin que tenga un maravedí de costa en la administración ni rastro de vejación a sus vasallos, requisitos que siempre deseo en los servicios de esta calidad. En la introducción de éste hubo, como en todos, sus dificultades, que se vencieron con medios fáciles separando los puntos de gracia de los de justicia y aplicando a los primeros ruegos, halagos y beneficios; y a los segundos demostraciones rigurosas no ejecutadas e imperio entero. Este camino tengo por conveniente en las Indias; las mejoras que sufriere aplicarán otros que alcancen más que yo.

También vino en mi tiempo la orden para asentar el nuevo derecho de las medias anatas, que al principio se tuvo por muy sensible. Y pretendió la ciudad de México, en nombre de todo el reino suplicar de él a S. M. y que yo suspendiese su ejecución, de que la disuadí con razones jurídicas y consejos amorosos. Y sin más dificultades cesó el estorbo, y se puso en ejecución corriente el mandato de S. M., cuyo valor presumo que subirá de cincuenta a sesenta mil pesos un año con otro. Nombré por comisario de este derecho a Don Iñigo de Argüello, teniéndole por el más vivo ejecutor para estas materias. Y aunque en ellas pienso que algunas veces excede las rayas jurídicas, me pareció que yo podría moderar las demasías y que así correría todo ajustado. Después le vino comisión con inhibición de virrey y audiencia en que hallo gravísimo inconveniente, porque no hay mayor desconsuelo para el vasallo que verse sin remedio de su agravio. Y nunca deseo para S. M. hacienda con maldiciones. Ya señor no he de ser más virrey en las Indias, sé que están muy lejos y que un juez de comisión es uno sólo, y juez de comisión que basta para inclinarle a lo más áspero. Suplico a S. M. por Dios que se sirva de no despachar ninguna para las Indias con inhibición de virrey y audiencia por muy conveniente que parezca hacer la ejecutiva, que la que por las leyes lo fuere no se impedirá por los ministros superiores que S. M. tiene escogidos para la observancia de ellas. Y lo que fuere contra sus disposiciones ni lo querrá tan católico rey ni se compadece con el consuelo de sus vasallos que ciertos los tiene S. M. en esta Nueva España tan obedientes, amorosos y fieles como en la vieja y que los he experimentado en cuanto se ha ofrecido de su real servicio.

Muchas veces he representado a S. M. cuanto conviene dar por asiento los derechos de los puertos. Y cierto yo lo tuve en muy buen estado porque me había valido de la liberalidad de Don Antonio de Vergara y su deseo de servir a S. M., y hacerme gusto para que en esto hiciese alguna buena postura, como la tenía hecha en el de Veracruz, ofreciendo un buen pedazo más al año sobre lo que pareciese haber valido en cinco antecedentes. Y quitando otro de todos los géneros que S. M. compra en este reino para provisión de Filipinas y las fronteras, di cuenta de ello a S. M. y algunos debieron de darla de que yo mostraba particular afecto a Don Antonio como si esto hubiera de ser contra el servicio de S. M. y no en orden a él, todavía desde lejos los más conocidos parecemos desfigurados. Y así me mandó S. M. que no introdujese a Don Antonio en estas materias con que cesó su postura; y aunque por haber S. M. aprobado el arbitrio y sólo excluido la persona, se han continuado los pregones para el asiento de los puestos y yo he hecho otras diligencias, no han bastado para hallar quien salga de ello. Ahora con la flota en que vino mi sucesor envía S. M. nueva orden para que se trate de esto y la tengo por muy conveniente y siempre fiar mucho de los virreyes y poco de relaciones que se hacen contra ellos. Que en once años de Indias no he hallado otro modo de gobernarlas bien, escogiendo las personas con particular atención como S. M. lo hace y sólo puede haber corrido riesgo en la suficiencia de la mía, no en el celo, limpieza y cuidado.

Las minas, ya ve S. M. que son las fuentes de donde salen los aumentos que dan las Indias a la real hacienda de S. M., y su buena administración tan importante medio para que no descaezca, antes sea con ventajas su conservación. Esta consiste en los puntos siguientes: que la provisión de azogues venga puntual y no se vaya minorando como se va viendo en esos últimos años; que los alcaldes mayores de los puestos de minas sean inteligentes de la materia de ellas de buena cuenta y razón y ricos, y que no sólo no se les impida el avío de los mineros en reales y sal, pero que se les agradezca y que sean castigados con vigor si les dieren otros géneros, y si les consintieren jugar y si no cobraren en primer lugar los derechos reales. Que a los mineros se les haga todo el buen pasaje posible en cuanto se pueda que son dehesas, y conviene conservarlas, y al cabo están trabajando para S. M., y ninguno está rico y no extrañe S. M. mucho que se le deban grandes cantidades en las minas, que en el tiempo que se han causado estos rezagos han dado los azogues de que proceden muchos más gruesos frutos en los quintos y los van dando siempre los deudores aunque la deuda no se acabe de cobrar.

Deseando aliviar parte de cuidado a España en la provisión de azogues para estos reinos, he procurado introducirla por Filipinas y sobre ello he escrito a los gobernadores de aquellas islas, cuyas respuestas hasta ahora no me dan tanta esperanza como yo quisiera de buen suceso, pero aún no ha venido la resolución y así dejaré advertido de ello a mi sucesor para que pueda proseguir en ellos.

En el Perú ha sido aún más apretada la falta de azogues que que en este reino, y así era de enviar al Virrey Conde de Chinchón algún socorro de este género, pero vino la flota tan falta de él que no podrá llevarlo adelante mi sucesor.

Para los reparos de la inundación y fortificaciones de Veracruz se cargaron veinte y cinco pesos sobre cada pipa de vino por cuatro años, y ahora he entendido que S. M. manda que se prosiga para la administración de Barlovento en que estará muy bien empleado, sirviéndose S. M. de mandar que primero se paguen los empréstitos que se hicieron a su primera consignación, así de la parte que tocó a S. M. en el oficio del tesorero de la casa de la moneda, como de particulares.

Vino y aceite

En este reino da S. M. limosna de vino y aceite y antes presumo que esto aventaja que consume su real hacienda, pues toda la reparte Dios, pero que esto se haga con la menor costa que se pueda siempre será conveniente. Propuse a S. M. que sería ahorrar la mitad del gasto que viniese de España por su cuenta en compañía de almiranta el vino y aceite, que para esto fuese menester, de que nunca tuve respuesta y lo tengo por conveniente.

Lo mismo digo en muchos géneros que constantemente se piden cada año de Filipinas, que rematados en la almoneda de México cuestan mucho, y costarían la mitad menos comprados en España.

Muchos despachos he enviado a S. M. y recibido sobre los ajustamientos de cuentas de cada año en el tribunal de ellas, donde ordené que se me hiciese un informe para ejecutar el último. Medio que S. M. se sirvió de aprobar en orden a despachar lo rezagado y poner en corriente lo venidero y teniéndolo ya en estado con la llegada de mi sucesor alcé la mano de todo. Es punto de importancia y así le dejaré avisado de lo que tengo por conveniente para él y cierto señor que pienso que estos tribunales de cuenta pudiera excusarse y que corriera mejor su ajustamiento en la forma antigua con algunas advertencias, de que llegado a España podré informar si S. M. fuese servido.

Encomiendas

Las encomiendas de indios de que S. M. hace merced, suelen ocasionar el acabamiento de ellos. No digo que S. M. no la haga que sería limitar lo más propio de su grandeza, pero sería de parecer que la administración corriese toda por la contaduría de tributos y ministros de S. M. y de allí se diese al encomendero lo que le tocase, bajadas las costas, que a ellos les estaría muy bien y particularmente para sus conciencias, y a los indios se les excusarían vejaciones.

Muchas les he excusado cobrando el maíz a nueve reales sin rematarle a los ponedores de la almoneda, donde siempre se hacía a menor precio que los nueve reales que ahora se dan a S. M, en que su real hacienda ha sufrido beneficio conocido. Y a los pobres indios, poco cuidadosos de pagar, se le pedían siempre cuando había a los más subidos precios, con extorsiones muy lastimosas, y aunque contra esto han querido decir algunos que habiendo de pagar el tributo a dinero no sembraran los indios; crea S. M. que ya el tiempo está diferente, que el indio que puede sembrar lo hace para el sustento de su casa y su aprovechamiento, aunque no haya de pagar el tributo en especie.

Gran ruido hizo una voz que corrió de que en las minas de San Luis se había hallado una gran bolsa de oro, y que se había descaminado con noticia e intervención del alcalde mayor, que entonces era Martín del Pozo a quien S. M. envió de España con orden para que yo le diese aquel oficio, como se hizo luego. Y no faltó quien se arrojase a introducirme interlocutor en aquella comedia (osada imaginación). Todavía S. M. cometió esta causa por falta de Don Francisco del Castillo, a Don Iñigo de Argüello que fue a ella e hizo condenaciones gruesas, no sé si con toda la justificación que S. M. desea, pero nunca quise parte en la materia como no la tuve en el oro. Que Martín del pozo murió pobrísimo y lo están con extremo su mujer e hijo. Ajusto este caso según mi entender a lo que dejo dicho en esta relación de las comisiones en las Indias con inhibición de virrey y audiencia.

Contra Don Juan Blázquez Mayoralgo y Diego de Valle Alvarado oficiales reales de Veracruz, procedí y despaché comisiones por algunos desordenes, así en materias de haciendas como en otras de obediencia y respeto. Y se han formado sobre esto tantos procesos y enviado tantos informes del Consejo, que me parece no embarazar esa relación con estos casos pendientes en justicia.

En mi tiempo se acabó el encabezamiento de las alcabalas de México, y en tan mala sazón para hacer el nuevo como doblarlas en dos a cuatro por ciento y hallarse la ciudad inundada con que era forzoso enflaquecer algo sus comercios, con que se pudiera temer mucha quiebra. Todavía se renovó sin él el encabezamiento, quedando la ciudad con él y doblada la cantidad. Salió haciendo posturas un extranjero que llamaban Pedro Francisco con poca mejora en la renta y mucha exorbitancia en las condiciones, que junto con las conveniencias que hay en tener encabezadas las ciudades, no pareció comparable; litigóse en la audiencia y salió en favor de dicha ciudad.

El estanco de los naipes de Filipinas corre con el de Nueva España, y se ha dudado si convendría separarle. Tengo por cierto que no, porque las condiciones que por aquel pedazo se conceden, animan mucho a los ponedores de la renta. Y siendo tan gruesa la de este reino cualquier cosa que bajase por falta de ellas montaría más que podría subir la pequeña parte de Filipinas, y así he corrido siempre con este dictámen.

En ocasión de castigar las vejaciones que en lo pasado habían hecho los obrajeros a los indios, la hallé también de encaminar algún beneficio a la real hacienda de S. M. Y lo dispuso muy bien Don Alonso de Arias, a quien di la comisión, que huyendo de su rectitud acudieron a mí los culpados a componerse y valió 100.000 pesos, de que ahora me ponen demanda en la residencia, como si yo los hubiese embolsado. Esta y las demás me dan poco cuidado.

Lo mismo se dispuso con los labradores del partido de Yzucar que tenían usurpadas algunas datas de agua, cometí la causa a Don Juan González Peñafiel, que por orden de S. M. estaba fuera de la audiencia, y montan las composiciones 90.000 pesos, habiendo dado a cada uno lo que le tocaba, y de allí pensaba pasarlo a Tlaxcala de que se sacará otro pedazo considerable.

De los tributos de S. M. se solían dar al virrey y otros ministros algunas fanegas de maíz para el servicio de sus casas, al precio que se suelen rematar en las almonedas en que a la verdad recibían comodidad sin daño de la real hacienda. Mandó S. M. se quitase y al punto se hizo.

S. M. se sirvió de remitirme unos papeles tocantes a un arbitrio que movió un Don Pedro Barca, de hacer estanco de la grana en que hallé poco provecho y muchos daños como entonces lo escribí a S. M. Y habiéndome informado después acá más particularmente, estoy de la misma opinión.

Por noticias que tuve de que en el puerto de Acapulco hacían los oficiales reales sobrado buen pasaje a los comerciantes, di comisión a Don Iñigo de Argüello para que lo averiguase en esta ciudad. Y la misma al Capitán Diego Núñez para Acapulco, con achaque de haberme pedido licencia el castellano para venir aquí y enviarle a servir su ausencia por ser persona inteligente de negocios, además de lo militar. Y estándolo ejecutando entre ambos llegó la flota y en ella Don Pedro de Quiroga con comisión de S. M. para estas materias. Y así le mandé entregar todo lo escrito; no sé si el modo en que las trata es acertado, yo por diferente camino las dispusiera.

El asiento pasado de los naipes tuvo Don Francisco de la Torre en 100.000 pesos y con achaque de la inundación puso pleito a la real hacienda de S. M. en 60.000 pesos cada año, que dijo haber perdido porque cesaban los juegos, siendo cierto que en aquel tiempo se jugó mucho más porque se paseaba menos, pretendió hacer información en orden a su intento en que hubo muchos testigos clérigos. Traté de que el fiscal de S. M. le hiciese lo contrario, como se hizo, probando la verdad, y esto quisieron hacer culpable al arzobispo y los suyos en defensa de la hacienda de S. M. Y que no le fuese contra ella lo contrario procuré para rematar del todo este pleito en que no me prometí buen suceso si llegaba a sentencia por algunas causas particulares que hubiese persona que se ofreciese a tomarla por el tanto y estar a cuentas con Don Francisco de la Torre, pagando quiebra y cobrando ganancias. Hallé quien lo hiciese e hice notificar a Don Francisco que lo aceptase o se apartase del pleito; escogió lo segundo con que S. M. queda libre de la demanda y descubierta la poca justificación de ella.

Muchas veces escribí a S. M. cuánto enflaquecía los envíos de este reino a España y desanimaba la plaza la poca seguridad con que cargaban de que en la casa de la contratación no les embarazarían su plata y mercaderías, no les cargarían nuevos derechos y S. M. se serviría de tomar asiento fijo con la avería y plaza de Sevilla. Y que a la de México se le asegurase que esto correría sin novedad ni embarazo. Siempre me hallaré obligado a decir a S. M. cuánto condene a su real servicio que esto no se turbe por ningún aprieto, aunque guarde porque es cierto que los más medidos intereses no pueden dañar tanto como una barra que se embarace en Sevilla, por lo que enflaquece el trato y detiene la riqueza que va a España de las Indias, y atrasa los derechos de S. M. y por todo juzgo importantísimo el cuidado inviolable en esta parte.

Materias eclesiásticas

La cosa más batallada que tienen en este reino las materias eclesiásticas es si las doctrinas están mejor en clérigos o en religiosos. Y en el tiempo de mi gobierno se ha apretado más esta materia y es de las que por una y otra parte tienen inconvenientes y caen sobre punto de tanto peso como el bien de las almas. Muchos informes he hecho a S. M. sobre esto y tengo por cierto que lo que tiene resuelto de que se conserven los religiosos las doctrinas que están a su cargo, es lo más conveniente.

Que los religiosos que hubieren de ser ocupados en doctrinas sean primero examinados y aprobados por el ordinario. Es justo y necesario que siéndolo ya no hayan menester reiterarlo cuando son proveídos a la doctrina. Es excusar un gran embarazo que el provincial, cuando van o se mudan, avise de ello al prelado para que sepa a cuyo cargo están sus ovejas. Parece preciso que las costumbres personales no salgan de puertas afuera de la religión y que en esta parte se contengan los prelados estrictamente en lo dispuesto por el concilio. Tengo por justo y conveniente y que los virreyes tengan particular atención a conservar paz entre unos y otros, con que he dicho lo que siento en la materia. S. M. escogerá lo mejor.

Al patronazgo de S. M. se arman siempre todos los progresos posibles para enflaquecerlo, ya dilatando por largo tiempo las proposiciones de personas para los curatos conservándolos en vicarios nombrados por los obispos sin intervención del patronazgo, ya introduciendo únicos opositores y procurando que no haya otros. Al principio de mi gobierno procuré poner remedio en esto; vino el Arzobispo Don Francisco Manso, púsolo de mucho peor condición en la primera parte de no proponer, quise remediado y sólo sirvió de que creciesen las diferencias comenzadas a apretar en ello si había de llegar a los últimos remedios; sin esperanza de que el arzobispo se venciese en otra forma ponerlos tenía los inconvenientes que tanto tiempo han detenido a S. M. Y llegar a ellos sin su orden pudiera ser escrupuloso y mal recibido, con que ha sido preciso disimular. Y conviene si S. M. quiere tener patronazgo entero como es justo, que se aprieten mucho las órdenes del tiempo que han de durar las vacantes y que pasado pueda el virrey pedir la nominación al obispo más cercano y despachar la presentación. Y que en las sacristías no se tomen los prelados más mano de la que por derecho les toca, que verdaderamente son puntos que pide remedio, y yo esperaba a ponérsele en saliendo de aquí el arzobispo, y como viene a ser al mismo tiempo que yo me voy se queda así.

Al menos esperaba para la erección de parroquias en esta ciudad de México, que estuviera hecha ocho años a si tardara un poco la venida del arzobispo con que se dificultó y está por hacer si no grande la necesidad S. M. lo tiene mandado y así lo dejaré avisado a mi sucesor.

También se atrasó por la misma causa la obra de la iglesia catedral de México a que también desayudó la inundación. Y por acudir primero a la metropolitana, como a cabeza, se detuvo también la de la ciudad de los Angeles. Para entre ambas se han procurado con todo cuidado personas que tomasen destajos, no ha sido posible hallarlas que afiancen y sin este requisito sería aventurarlo todo de conocido. Porque aunque las Indias tienen opinión de ricas padecen algunas pobrezas notables. Y entre otras, que no hay oficial que tenga caudal. Se habrá de hacer estas obras por jornales y esto tiene gastos y dilaciones, pero el tiempo lo vencerá, supuesto que no hay otro camino y en Puebla hay de donde sacar buen golpe de dinero, como lo avisé a S. M. y se sirvió de aprobarlo. Y así podrá caminar, más que sobre ello tengo dadas órdenes y despachos.

En las religiones por ningún caso trataba de proponer sujetos por las doctrinas al Patronazgo Real. Puse cuidado en introducirlo y queda asentado sin que las dificultades que se han ofrecido que no han sido pocas, hayan llegado a causar escándalo, si ya no lo es lo que ahora está haciendo en mi residencia el comisario general de San Francisco que ha sentido agriamente esta moderación de su potestad, si bien convenientísima, no sólo al servicio de S. M. y bien de las almas de los indios, pero aún para la misma religión y que cesen los oficios de ella en los que mejor lo merecen. Parece que han reconocido esta buena fe las religiones de Santo Domingo y San Agustín, que cumplen sin dificultad y con buenos efectos lo que S. M. ha mandado.

La de San Agustín se gobernaba libre de alternativas siendo dueños de ella los nacidos acá. S. M. alentó que el papa mandase que se partiese con los de España corno en San Francisco y Santo Domingo, y esto queda sentado aunque si de allá no vienen religiosos de cuando en cuando podrá durar poco. Porque acá se dan pocos hábitos a nacidos en España y así se irán acabando los sujetos. En la religión de San Francisco hay siempre comisario general y de la misma vienen vicarios generales, algunas veces uno y otro. Juzgo que podría excusarse y muéstralo el ejemplo de las religiones de Santo Domingo y San Agustín, que veo mejor gobernadas con sus provinciales en cada provincia, que al fin como personas que están de asiento en ellas les tienen más amor y mayor conocimiento de los sujetos y las tratan con más hermandad y menos imperio. Y al contrario, los que están esperando que se acabe el tiempo del oficio para volverse a España llévanse otras consideraciones. Y por éstas y otras muchas soy de parecer que convendría que no viniesen estos comisarios y vicarios generales.

Al Dr. Luis de Herrera hizo S. M. merced de la maestrecolía de esta iglesia metropolitana. Hallé su presentación detenida entre otros papeles del acuerdo, despaché mandamientos de ruego y encargo para que fuese admitido, dificultose y fui apretando su ejecución. Se juntó el cabildo una mañana para darle la posesión y fue a recibirla concurriendo a la iglesia gran cantidad de gente de que vinieron a darme cuenta, y juntamente de que se recelaba alguna inquietud, y que querían disolver el cabildo sin dar la posesión en que hallé inconveniente muy conocido para el servicio de S. M., observancia de su Patronazgo Real y respeto a sus reales órdenes. Con sosiego común envié a rogar y encargar con aprieto al presidente del cabildo que por ningún caso se disolviese sin admitir el presentado, como al fin se hizo. Y de aquí han levantado mal intencionados varias quimeras, de que yo aprendí al cabildo de la iglesia como si a lo dicho se pudiera dar este nombre o merecerle yo de buen ministro de S. M., dando lugar a que no fuese obedecido.

Hallé asentado en este reino que las virreinas como participantes de lo que pertenece a sus mandos por la representación que hacen de la persona de S. M., habían entrado siempre en los conventos de monjas, no juzgándolas comprendidas en la prohibición de personas particulares por grandes que fuesen. Tuvo sobre esto alguna duda el gobernador del orzobispado y para salir de ella juntó cuatro hombres muy doctos y grandes de la Compañía que se la quitaron, y en esta conformidad usó la marquesa del mismo privilegio hasta que vino el Arzobispo Don Francisco Manso, que no admitiendo la excepción de virreina contra la prohibición general, trató de que se le había de pedir licencia, cosa que yo hiciera fácilmente si no hallara en ello contradicciones notorias. Si la virreina no está prohibida, no ha menester licencia, y si lo está, no la puede dar el arzobispo en quien falta facultad para dispensar lo dispuesto por los concilios y pontífices, ni se ha visto jamás en España que ningún prelado sin breve de Roma permita semejantes entradas en los conventos.

Di cuenta de ello a S. M. y se sirvió de mandar que continuase la posesión y costumbre del tiempo de mis antecesores, todavía esto se dificultó. Y como cerrando las monjas sus puertas por orden de su prelado no habíamos de echárselas en el suelo, sólo se conservó en Santa Teresa, que admitieron a la marquesa, a cuyas monjas no lo debió de prohibir el arzobispo. Y en Santa Catalina de Sena, que sus frailes dominicos nunca dificultaren el derecho de las virreinas, y corno para conservar el que S. M. mandaba bastaba esto, y se excusaban inconvenientes en dejar lo demás, se hizo así.

Ahora entra en todos los conventos la Marquesa de Cadereyta a título de breve particular. Tendría por mejor que fuese usando del oficio en que siempre importa no permitir quiebra aunque esta parezca cosa de poca importancia.

Los canonicatos de oposición solían proveer acá los virreyes y yo ahora que no lo soy, lo tuviera por conveniente respecto de la falta que hacen estas prebendas en las iglesias por el ejercicio que tienen. Y así las vacantes largas son de mucho daño. Sería otro muy grande que se prosiguiese lo que comenzó el Arzobispo Don Francisco Manso, en las vacantes pasadas de escritura doctoral y penitenciaria, que se me envió la nómina cerrada y sobrescrita para S. M. sin traslado de ella. Y en esta forma mal podría el virrey decir a S. M. su parecer, que siempre será el más seguro supliendo lo que nos falta en las letras con informes y relaciones desapasionadas.

Escribí a S. M. la descompostura de algunos sermones del racionero Peña. Ordenó S. M. al Arzobispo Don Francisco Manso que lo castigase y remediase, no lo hizo. Hoy dura este desorden en el mismo estado y en las Indias pide más remedio que en otra parte.

Guerra y Filipinas

La materia de la guerra en este reino ha estado tan olvidada como si nunca pudiera llegar a él, y como crece el aliento de los enemigos, parece conveniente que no se le doble el descuido de quien se les ha de oponer, de que nunca estarán mal informados. Propuse a S. M. que importaría formar batallón en los lugares de españoles de la Nueva España, y se sirvió S. M. de resolver que no se hiciese y que se conservasen las compañías que yo hallé levantadas por la audiencia. Ahora trajo orden el Virrey Marqués de Cadereyta para reformarlas, y todo el reino queda desarmado, vuelvo a representar a S. M. conveniencias del batallón, vasallos son suyos y fieles ciertos, mejor estarán armados y disciplinados que expuesto a cualquier intento del enemigo.

El pasaje de extranjeros a este reino tiene menos estorbos que conviniera; de mi parecer ninguno que no sea nacido en España y de padres españoles había de pasar acá por ningún pretexto sin que en esto hubiese dispensación. Y tendría por bueno que al que pasase le hiciesen los virreyes volver a embarcar al punto y que en España se les pusiesen grandes miedos y penas.

Para las fuerzas de San Juan de Ulúa y Acapulco hice traer de Filipinas muy buena artillería gruesa con intento de retirar a Jalapa algunas piecezuelas de campaña que están en San Juan de Ulúa, y tenerlas allí dispuestas para pasar al socorro de Veracruz si fuera necesario, pero de qué servirá si no hay armas para la gente. Escribí a S. M. la necesidad que había de ellas, y remití dinero aparte para comprarlas a la Casa de la Contratación de Sevilla, y nunca se hizo, y la armería de México está en salvo en esta parte, pues he entregado el gobierno a mi sucesor, pero la de S. M. y de sus armas, defensor de sus vasallos y conservación de su monarquía siempre me dará cuidado. Sírvase S. M. de considerarlo y remediarlo, que dilatándose podría pasar la sazón y perderse todo.

Las fuerzas de San Juan de Ulúa y Acapulco dejo muy mejorada su fortificación y en la ciudad de Veracruz se ha hecho lo que ha permitido el sitio y terreno con parecer de las personas a quienes se podido cometerlo. Lo veré ahora y allá podrá decir lo que S. M. fuere servido de mandarme en razón de ello, y en Acapulco se arrasó un padrastro que tenía la fuerza sobre sí. Todo se ha hecho sin costa de la real hacienda de S. M. que he procurado reservar siempre en cuanto he podido.

Para los castillos de San Juan de Ulúa y Acapulco se sirvió S. M. enviar proveídos castellanos y se les entregaron. Entonces dije a S. M. que parecía cosa fuerte, habiendo de dar el virrey cuenta de la casa quitarle la ejecución de los porteros, lo mismo digo ahora que no soy virrey, y que quitar a los que fueren la provisión de oficios siempre tendrá inconveniente, supuesto que la esperanza de obtenerlos ayuda mucho a la obediencia y respeto del virrey, tan importante al servicio de S M.

Las islas de Filipinas claro está que a S. M. le son de más costa que provecho, pero ocupadas por el enemigo a pocos lances no tendría S. M. India Oriental y resultarían otros daños que obligan a su conservación. Síguese de ella la necesidad de enviarle socorro, que sin el de este reino se acabarían, y así he puesto gran cuidado en hacerlo con puntualidad. Los gobernadores siempre se quejan pero enviándoles la gente de mar y guerra que se puede juntar y los géneros que de allá se piden en especie y de doscientos cincuenta a trescientos mil pesos en dinero, las juzgo socorridas, y si esto faltase, no. Esta regla he guardado en el tiempo de mi gobierno y la tengo por ajustada.

Habrá tres o cuatro años que envió S. M. a Juan Bautista de Molina con título y sueldo de general de la artillería de las islas Filipinas; cuando él falte que ya es muy viejo, habrá quien pida esta plaza y aún antes quizás su futura sucesión se ha parecido avisar a S. M. que no sirve de más que comprar embarazos en su servicio a costa de su real hacienda y así tengo por conveniente consumirla, muerto el que la tiene.

Gente mal pagada siempre es provecho del enemigo y daño de quien la sustenta, y así he puesto gran cuidado en que los situados de las islas de Barlovento se les lleven con toda puntualidad y también los socorros que han pedido en las ocasiones de enemigos que se han ofrecido. Tengo por muy conveniente que se haga así, y lo mismo siento y he guardado en la provisión de bastimentos que piden las armadas.

Al descubrimiento de las Californias he enviado dos veces sin costa de S. M. y han traído perlas que he enviado a S. M., aunque no he tenido respuesta sobre este punto. Algunos granos habrá visto S. M. muy gruesos, no de buen color, de que ponen culpa los descubridores, a que los indios los ahuman asándolo con fuego de las conchas. No lo entiendo así porque este daño se quedará en la superficie de la perla, y supuesto que entre más adentro lo atribuyo a que los comederos son cenagales. Como quiera es cierto que hay perlas, y a mi entender que no serán tantas ni tan buenas que hagan la costa a la conservación del puesto. Bien es verdad que por mayor tengo el dictámen poco inclinado a nuevas conquistas para la monarquía de S. M. en que hallo más corta la capa que el cuerpo que se ha de cubrir con ella, y si éste crece será más la parte desnuda supuesto que los españoles le han de cubrir todo.

En tiempos pasados se han hecho grandes gastos en entradas contra indios alzados, particularmente en la Nueva Vizcaya a que son ordinariamente inclinados sus gobernadores. En mi gobierno se ha gastado poco en esto teniendo en ello la mano corta y procurando que se castiguen con rigor los españoles que dan ocasión a que se exasperen los indios, que es lo que más los sosiega, y acudir presto a frenarlos cuando viene a ser forzoso; pero ésto a más no poder y téngolo por lo mejor para el gobierno de esta materia.

Esto es todo lo que en la brevedad del tiempo que ahora he tenido he podido referir a S. M. en complimiento de su mandato, y que el día que salí a recibir a mi sucesor no quedó en las audiencias civil o criminal pleito por despachar, ni en el gobierno ni acuerdo de hacienda negocio y memorial; la real hacienda de S. M. acrecentada en las partidas que van referidas en esta relación y otras, que todas juntas pasan de medio millón de renta como consta de los libros y certificaciones. El reino en toda paz y quietud, que espero conservará y mejorará el Virrey Marqués de Cadereyta, que me sucede. Los agravios que estoy recibiendo de Don Pedro de Quiroga que me está tomando la residencia, y las vejaciones que hace a todos los que me tocan no corresponden a estos servicios; tendré que añadir a ellos lo que se padece y sufre. Quedo muy de partida y descansaré de todo en llegado a los pies de S. M., cuya católica real persona Nuestro Señor guarde como sus vasallos deseamos y la cristiandad ha menester. En México, a 17 de marzo de 1936.

Marqués de Cerralbo

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 3, 1977, pp. 269-290.