Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

      1690-1699

      1680-1689

      1670-1679

      1660-1669

      1650-1659

      1640-1649

      1630-1639

      1620-1629

          1629

          1628

          1624

          1622

          1621

          1620

      1610-1619

      1600-1609

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XVII > 1620-1629 > 1628

Relación de las cosas más notables que hizo el Virrey Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqués de Gelves, desde que empezó a servir el Virreinato de la Nueva España.
1628

Relación de las cosas más notables que hizo el Marqués de Gelves desde que empezó a srevir el Virreinato de la Nueva España y que fueron causa de que los más de los magistrados y gente popular concibiesen contra su persona y gobierno sumo odio y enemistad, y el alboroto y conmoción que sucedió en México el día 15 de enero del año 1624, de resultas de la prisión y destierro del Arzobispo Dr. Don Juan de la Serna, por algunas censuras que fulminó contra el virrey y algunos ministros de justicia; escándalos y desacatos cometidos en el palacio y casas reales por el populacho conjurado contra la vida del marqués, que logró salvarla, aprovechándose de la misma confusión y tinieblas de la noche, para ocultarse en un convento, en donde se mantuvo despojado de la jurisdicción y real audiencia, aclamada gobernadora por el pueblo, resistiéndose a reposición del virrey, aunque la reclamó hasta que S.M. con noticia de todo resolviese.

De las cosas y casos que el Marqués de Gelves más se ha señalado, cumpliendo con las obligaciones y autoridad de su cargo, solo evocaré aquellas de que más próximamente y al descubierto se originaron las raíces, y semilla de rompimiento, y sedición en los populares; y aunque esta pareció tener principio sólo éstos, su encendimiento y efectos le dan vislumbre de mayor nombre. Quédese por ahora la censura hasta que el tiempo y sucesos la califiquen.

El Marqués de Guadalcázar, antecesor del de Gelves, trató del remedio de algunas cosas mal introducidas por oficiales y ministros, contra el buen gobierno de Nueva España, opusiéronsele con menos causa el arzobispo de México y algunos de aquella audiencia, De aquí nacieron entre ellos sospechas y encuentros; los de la audiencia escribieron a España quejas y el arzobispo capítulos contra dicho virrey. Estos tuvieron entrada y crédito con algunos, y estando proveído el de Guadalcázar para el Perú y debiendo continuar su primer cargo hasta dar su residencia y llegar el sucesor, fue orden para que no le continuase y en el ínterin gobernase la audiencia, y aunque el virrey dio bastantes razones sobre que no debía dejar el gobierno hasta su partida, la audiencia lo abocó en si, y le tuvo cerca de un año, y al virrey previamente retirado todo este tiempo fuera de palacio en una casa particular. Creció con esto la mano y poder de su émulos atentos a su particular, ayudado y cubierto con capa de competencias. El intento de ellas se descubrió, más después que el de Guadalcázar en presencia y repugnancia de ellos salió libre de su residencia tomada por juez ganoso de acriminarla.

El rey nuestro señor entrando a gobernar su monarquía con el acierto y santo celo que admiró toda ella sabiendo los humores de que la Nueva España estaba dolidente, nombró por su virrey y capitán general de aquellos reinos a Don Diego Pimentel, Conde de Priego, Marqués de Gelves, hijo segundo de la casa del Marqués de Tavara, de su Consejo de Guerra, ejercitado en ella, y en gobiernos, últimamente en el de Aragón por muchos años, con nombre adquirido de valeroso capitán y rectísimo gobernador de singular satisfacción para dirigir a mejor estado el caído, que algunas cosas tenían en la Nueva España; por lo cual S. M. con la obligación ordinaria de este cargo juntamente le encomendó el reparo y enmienda de ellas y le hizo partir con orden y propósitos de reformador.

Luego que el Marqués de Gelves llegó a la Nueva España dio promesas de cuidado y vigilancia con que había de gobernar. Desembarcó en San Juan de Ulúa, visitó la fortaleza de aquel puerto y dispuso en ella algunas cosas necesarias para su mayor seguridad y fortificación, mandó juntar los esclavos que allí tiene S. M., informóse de sus ocupaciones, dando orden que estas fuesen en solo aprovechamiento de la real hacienda y no en el de particulares como antes solía.

En la jornada hasta México no consintió que españoles ni indios le hiciesen la costa ni regalo alguno a su persona ni criados, como de antes sin nota alguna se acostumbraba; y si alguno a fuerza de cortesía y agradecimiento no se podía excusar, lo hacía pasar luego al precio más subido y esto mismo con raro ejemplo ha guardado en todo el tiempo de su gobierno.

Cuando llegó a México halló la ciudad y su comarca muy necesitada de la provisión de maíz que es la común y general de todas aquellas provincias y el precio que antes solía ser de doce reales por fanega era entonces de a razón de cuarenta y a más, y no se hallaba. Averiguó que la causa de esta falta y carestía era haber muchos recatones de maíz y esos por sí muy poderosos y amparados y favorecidos de otros tales, que en la ciudad no había pósito, y que el caudal de él estaba repartido entre algunos regidores apremiados a que lo restituyesen, y con lo que se fue cobrando de ellos y 10.000 pesos que el virrey prestó de su dinero hizo comprar hasta 10.000 fanegas de maíz y que se abriesen las trojes de los recatones y todo se trajese a la alhóndiga de la ciudad; puso tan de veinte reales a cada fanega, y con la abundancia que después hubo, vino a valer por diez y ocho y no perdonó a criados de señores, apremiándoles a que trajesen a dicha alhóndiga las cantidades de maíz que habían rescatado y tenían recogido. Algunos de la audiencia como sentidos o de que el virrey apremiase a sus amigos y confidentes, o de que tratase del remedio de que ellos no habían cuidado, le soltaban liberalmente los que por esta causa y otras tenía presos y por varios modos le desvanecían la solicitud y diligencia que en ello iba poniendo.

Quien más sintió esto fue Don Melchor Pérez de Varáez, alcalde mayor de Iztlavaca y Metepec y que entonces juntamente era corregidor de México, que tenía recogidas y travesadas para vender 12.000 fanegas de maíz, íntimo amigo de los oidores Galdós de Valencia y Pedro de Vergara, y por medio suyo de toda la audiencia, y que en el tiempo de su gobierno le habían dado junto con dicha alcaldía mayor el corregimiento, que por ser incompatible y haberlo contradicho el fiscal se hizo sobre ello gran proceso, y traído al Consejo de Indias, los oidores que le nombraron, fueron condenados en cada cien ducados que despues ejecutó el virrey por orden del Consejo. Y mucho más sintieron dicho Don Melchor, y sus amigos que el virrey no diese lugar a que juzgasen sobre esta incompatibilidad los mismos oidores que habían dispensado en ella, y remitiese el pleito al Consejo y le obligase a volver a su alcaldía mayor y a dejar el corregimiento que le habían dado cómodo para la venta del maíz y para los demás tratos y recatonerías de que después fue denunciado.

Halló muy estragadas las cosas de justicia y que no se les hacía a los pobres ni se les despachaba sus pleitos contra poderosos, que los alcaldes y oidores eran demasiado fáciles en la soltura de los presos, de manera que reducidos algunos a la cárcel eran después condenados, unos en pena de muerte, y otros en corporal, que dispensaba sin causa y contra leyes con los condenados a penas corporales y servicio personal de la China.

Para remedio de esto hizo despachar los pleitos atrasados y con frecuencia y trabajo superior a su edad y salud acudía ordinariamente a la sala del crimen y a las demás donde se había de ver y despachar algún negocio de estos atendiendo a que se hiciese justicia con igualdad. Y fue en esto tan entero que aunque tenía particulares obligaciones al Marqués del Valle, estas no le impidieron para que dejase de hacer, como hizo justicia ejemplar contra deudos y allegados suyos haciendo que el castigo correspondiese a la gravedad de la causa, y quiso más dárselas de quejas a dicho Marqués que a las partes agraviadas, y querellantes, y aun le denegó que pudiese hallarse sentado con los demás oidores a la vista de un pleito suyo, por no haber allí ejemplares de esto, y no darlos en su tiempo en favor de los poderosos, y hacía que los autos y mandamientos despachados por cualquiera de las salas, civil o criminal, se cumpliesen y ejecutasen con puntualidad nunca vista ni guardada en el tiempo anterior.

Era muy ordinario valerse los delincuentes de la inmunidad eclesiástica aunque no la tuviesen y de testigos falsos para haberla de probar. Remedió este abuso haciendo que el fiscal reparase mucho la verdad de ellas, como en particular lo hizo contra un Juan de Rincón, que habiendo probado con once testigos la inmunidad que pretendía le averiguó lo contrario, con otros veinte y nueve contestes, y habiendo condenado el Juez Eclesiástico por testigos falsos a los once referidos en verguenza pública, y servicio personal de la China, y no otorgándoles la apelación por estar convencidos de dicha falsedad; y habiéndolos enviado el virrey por esta razón con los demás forzados, la audiencia, sin ser esto materia de fuerza eclesiástica declaró que el juez excedía en ejecutar y los mandó volver desde el camino, y aunque el virrey no quiso firmar la provisión que ya habían despachado en conformidad de su auto, se hicieron diligencias para que los testigos falsos no fuesen a la China y quedasen sin castigo.

Antes que llegase a México, habían robado de la real caja hasta 8.000 ó 10.000 pesos quebrantando con fuerza y maña las paredes y cerraduras. La sala del crimen procedió por esto contra los oficiales reales y sus ministros, sin tener indicio ni averiguación contra ellos, el virrey tomó la mano y dentro de pocos días libró los inocentes descubrió y castigó los culpados y enteró a la real caja de lo robado; con esta diligencia dejó reprendida y anotada una persona principal en cuyo poder con título de un rescate, había entrado parte de esta plata que a la Caja fue restituida.

Y en la misma razón de hacer el virrey las diligencias por su misma persona, y asistir a los tribunales se averiguaron y restituyeron otros robos, y fueron castigados los autores de estos y otros delitos, que en México y su comarca se cometieron, no sin emulación de los ministros a quienes tocaba esto, sentidos que otro les ganase la palma y que la diligencia del virrey demostrase su descuido o disimulación.

Por obligar más a lo justo y sencillo al Oidor Pedro de Vergara Gaviria, el virrey le nombró por su asesor en las cosas de guerra y el asesor inclinado a ser dueño absoluto de todo dio en hacer las sentencias sin consultarlas con el virrey, y se las enviaba firmadas con el escribano para que las pronunciase. Le hubo de advertir de la obligación que tenía de venir a comunicarlas y viniendo una vez a estos salió dicho oidor tan disgustado y soberbio con el virrey que rompió en su antecámara con ira y menosprecio las sentencias que había comunicado cogiéndoselas al escribano que las tenía, mostrando en público y con palabras inmoderadas su disgusto y resolviéndose a no continuar la asesoría si el virrey no le dejaba ser único dueño de ella.

Puso el recaudo conveniente para que de Nueva España no se llevasen al Perú las mercaderías vedadas de la China, y aunque se contravenía a esto con todo secreto y recato por el interés grande que resulta de pasarla, no se le encubrió al marqués una cargazón grande que de este género se hacía al Perú en el Puerto de Acapulco, y aunque dista mucho de México hizo la averiguación necesaria, prendió a algunos delincuentes y descaminó las mercaderías dejando resentidos y quejosos a los interesados que eran muchos en lo secreto y exterior y aun al mismo consulado que por su aprovechamiento gustaba de la disimulación.

En todas o las más religiones había bandos y encuentros sobre la elección de superiores, y a esta causa dentro de ellas muchas inquietudes y ofensas a Dios en detrimento grande de la perfección regular, y fuera de ellas mucho escándalo y murmuración contra los religiosos en desautoridad de las religiones. Informóse de la raíz y causa de estas pasiones y de los más beneméritos y favoreciendo la causa de ellos, y reprimiendo la de los sediciosos, y el favor y amparo de algunos ministros de los buenos. Procuró fuesen electos y obedecidos los mejores y castigados y desterrados los inquietos con loa y estimación de aquellos cuanto con queja y murmuración de estos segundos.

Viendo que algunos abogados no cumplían con las obligaciones de su oficio, y que se notaban y murmuraban de ellos en materia de su abogacía grandes excesos, y comúnmente poco temor de sus conciencias, inquirió contra ellos de que resultaron prisiones, suspensiones y otras condenaciones de muchos.

A este paso ha castigado con prisiones y penas pecuniarias a ministros de la audiencia, escribanos, receptores, aguaciles, procuradores y otros oficiales con lo que han andado después tan ceñidos que no se han oído las quejas que antes de sobornos, demasía de derechos y otros excesos y en semejantes ministros se suelen hallar.

Informóse muy por menor de todas las cosas tocantes a materias de cuentas y hacienda de S. M. obligando a que los ministros de ellas anduviesen ajustados y quitándoles las ocasiones y encubiertas de sus injustos aprovechamientos, averiguó y prohibió los gastos excesivos que sin necesidad hacían con color de ser ordinarios. Y es cierto que en la reformación de ellos en poco más de dos años se le han excusado a S. M. más de 200.000 pesos.

Apartó de los asientos de minas los portugueses y demás extranjeros que divirtiendo y derrotando a diferentes reinos la plata de rescate usurpaban catorce reales en cada marco de ella, y dio forma como esos fraudes cesasen en adelante.

Hizo que los delitos no quedasen sin castigo, y que los inquietos y vagabundos fuesen desterrados y los holgazanes ocupados en la milicia y otros ejercicios de divertimiento; dejó el reino limpio de esta gente, y en toda seguridad y quietud los caminos que antes estaban, y ahora después de la sedición están llenos de insultos y latrocinios.

Despachó a Filipinas los mayores envíos y socorros que jamás se habían visto, tratándolos y disponiéndolos por su misma persona, sin fiarlos de los oficiales que en estos tiempos acudían más a su particular que a la causa común y vencio los muchos embarazos que le ponían para dificultarle, y necesitarle, a que le dejase correr por ajenas manos.

Viendo que el desagüe de La Laguna se han gastado sin consideración ni acierto muchos millares de ducados que en las obras y salarios de los oficiales, y asistentes había muchos fraudes y engaños, hizo junta de grandes maestros y exquisitas diligencias para saber si se puede conseguir el efecto y reformar el exceso de los gastos y quitar la ocasión de los fraudes como en parte se ha conseguido.

Ha hecho que toda la gente suelta de negros y mulatos libres, se manifiesten y registren en sus distritos, y paguen tributo a S. M. y que no vivan de por sí, sino sirviendo a españoles para excusar los insultos que sólo suelen hacer en sus casas.

Llegó la ocasión de imponer y pedir a los naturales un donativo para S. M. y por ser cosa nueva en aquellas partes fue preciso que el marqués para disponerlo, emplease las de su genio y amor a su príncipe, usó de los medios necesarios para domesticar y hacer fructíferos los ánimos estériles de los súbditos. Allegó mayor suma de la que quisieran sus émulos que siniestramente interpretaban lo que hacía, y el arzobispo públicamente lo condenaba, diciendo estaba excomulgado por ello, y desacreditaba la proposición y los medios fueron de que el virrey se valía para conseguirlo.

Las doctrinas de los indios, las más reformadas que jamás se han visto. Los alcaldes mayores de los partidos, ajustados y medidos a su obligación con buen tratamiento de los naturales, y reformación general de todos excesos.

El tratamiento y correspondencia con todos los ministros, y estados de la ciudad, ha sido con la cortesía y estimación que se les debía, y que ningún otro les ha hecho ventaja en ésto, y cuanto le ha sido posible y han sufrido la entereza, verdad y justicia, ha procurado excusar encuentros, y competencias con los tribunales y ministros mayores, y las que ha habido no han nacido de condición rígida del marqués, a que las han atribuido sino a la costumbre que con exorbitancia los unos, y los otros han querido introducir contra la autoridad, y preeminencia de los virreyes, y ministros dependientes de ellos, y quererla cada uno tomarla para sí, o para favorecer a sus amigos y parciales o hacer mayores sus aprovechamientos, dejando el cargo de virrey con sólo el nombre y sombra de tal, y que como sea temporal y los que vienen de nuevo se hallan ajenos y no tan experimentados en estas materias, y que no han querido ponerse al riesgo y peligro en que se ha visto y ve el marqués, han disimulado y cedido en perjuicio de la justicia y gobierno, y autoridad de su cargo, lo cual antes que cobrase más fuerza, y los inconvenientes viniesen a ser mayores, el marqués ha procurado remediar con la prudencia que siempre ha mostrado su experiencia, y justos intentos, y si a algunos ha parecido ha excedido en la modestia, y suavidad de sus palabras, no ha sido la culpa de dicho marqués, si no de los que con atrevida resistencia y desacatos indignos de su persona y lugar, no han querido sufrir superior ni aún igual que los que vaya a la mano.

Fue notable la que en odio, y menosprecio del virrey dieron algunos de la audiencia al gobernador de Campeche, solicitándole a que no admitiese un juez de residencia que a dicha provincia enviaba, con que se dio causa a gran alboroto y escándalo que sobre esto en dicha provincia se levantaron y ayudado y aconsejado el gobernador por los susodichos, y particularmente por uno de ellos, cogió el pliego de S. M. que iba para el virrey en un aviso que hacia allí se había derrotado y le abrió y dispuso el pliego, como si fuera para el mismo gobernador. Y éste, de coger y abrir las cartas que de España iban para el virrey, era frecuente y hecho tan al descubierto como si estuviera puesto en costumbre.

El estar las cárceles llenas de presos no era rigor del marques, sino demostración de que hacía justicia de los delitos de su tiempo, y de los que estaban sin averiguación y castigo, donde en el ínterin que gobernó la audiencia y compitió con su antecesor, y si duraban en la prisión era diligencia de los presos que dilataban su condenación y negligencia de los ministros que no sustanciaban las causas y con industria detenían el despacho por hacer al marqués autor de la dilación. Y si el marqués ha tenido competencias con algunos ministros de la Inquisición no ha sido por falta de devoción y respeto a tan Santo Tribunal, sino por ocurrir algunas dudas en materia de jurisdicción y preeminencias y cosas temporales, que el virrey, por ser negocio de S. M. no podía por sí sólo concederlas ni declararlas en favor de dichos ministros.

Las ocasiones que le han dado otros para proceder contra ellos, y no dar lugar a los desacatos que con sus acciones y palabras han cometido contra la persona del dicho marqués y autoridad de su cargo, provocándole industriosamente a extremos de impaciencia y rompimiento, son tantas y tan llenas de procurada malicia que requerían particular relación. Y que no se puede al marqués imputar a exceso de haberlo reparado con sola prisión, sino a negligencia y blandura no haberlas con la demostración que el tiempo y las mismas ocasiones requerían. Sirva de ejemplo para esto el que ha parecido más riguroso de la prisión de los regidores de México, que por solo un día de Tabla acomodó al virrey en asiento a los oficiales reales los regidores dejaron el que tenían y se levantaron y salieron de la iglesia sin que los pudiese retener la presencia del virrey y audiencia, a quien debían acompañar y asistir. Y por solo que mandó prender a los que mas se habían demostrado en este desacato, hablaron tan licenciosamente contra el virrey que ponerlos presos en partes donde estuviesen divididos, y excusados de mayor delito y sedición, fue más misericordia que castigo.

Y si el marqués descontentó desde el principio al arzobispo fue porque luego que llegó a México como amigo suyo, y persona particular deseoso que conservase su buena reputación y que todos entendiesen cumplía con sus obligaciones, le advirtió de algunas cosas que de él murmuraban, y que por memoriales y quejas se proponían a dicho virrey, especialmente sobre el divorcio de una persona grave con su mujer, que con causa menos justificada se había hecho en su Tribunal. Y estar en él muy abierta y liberal la mano para admitir y proveer en todo género de gente semejantes a divorcios. Significóle la queja que de él tenían los cofrades de San Pedro, cuyo rectorazgo publicaba, había pretendido más para valerse de sus rentas, que llevar en aumento la cofradía. La murmuración que corría de regalos que daban los curas, y beneficiados, y otras personas que tenían pleitos, o pretensiones en su Tribunal. Y de la carnicería pública que había en su casa, en que se revendía la carne a más precio.

El arzobispo estimó por injurias estos avisos y al resentimiento de ellos, se acreció juzgar por ofensa suya que el virrey favoreciese y amparase las religiones, y procurase no se les quitase a los religiosos instruidos y prácticos en la lengua y trato de los indios las doctrinas que desde la conquista de ellos, con amor y crédito muy arraigado tenían a su cargo, y que no se diesen a clérigos seglares ignorantes de la lengua, que es la calidad más necesaria para las doctrinas, poco o nada prácticos en el trato y comunicación de los indios, y que cuando fueran probables las causas para esta novedad, sólo el hacerla contra la voluntad y opinión de ellos, criados y enseñados por solo religiosos, podía causarles desdeño y tibieza y la mudanza de ministros redundar en que la buena doctrina la padeciese.

De este favor que el marqués dio a las religiones, resultó que las modernas en aquel reino (que por esto no tenían doctrinas) y los clérigos seculares que atendían al aprovechamiento de ellas concibiesen contra él la indignación que después ejecutaron en la ocasión deseada de la revolución. También recibió mal el arzobispo, que el marqués en la residencia de su antecesor, el de Guadalcázar, no participase de la pasión que contra él tenía, ni favoreciese la de los capítulos que le hizo poner.

Y aunque el arzobispo mostró en muchas ocasiones este sentimiento, el virrey, respetando su dignidad, disimuló con todas. Y obligado de ésto el arzobispo y no pudiendo no reconocer el buen celo y justificación del virrey en cuanto hacía, escribió a España en loa y recomendación suya y de su acertado gobierno. Viendo al fin que para sus intentos no podía hacer mella en la entereza y rectitud del virrey, tomó otra vereda y comenzó abiertamente a censurar sus palabras y acciones, y a favorecer con demostración a todos sus émulos como si tuviera pacto y compañía con ellos, y fuera partícipe e interesado en sus granjerías y aprovechamientos.

De estas y de otras cosas centellearon quejas y sospechas descubiertas contra el marqués, formadas por el arzobispo y personas de la audiencia y otras cabezas y dependientes, fundándolas en la aspereza que encarecían de sus palabras, atribuyendo a ellas solas la culpa que a sus obras no podían por ser más públicas y patentes, y así más libres de falsa suposición.

Causas inmediatas de la sedición

Discurriendo a las más particulares, es de advertir que algunos ministros de la audiencia por estar muy arraigados en aquellas provincias y tener entre los mercaderes y tratantes muchos amigos, y que para valerse y valerlos habían procurado tener a mano y poder en los negocios de justicia y gobierno, aunque para ello hubiesen de reducir la superioridad del virrey a que fuese igual, y gregal con la suya, sintieron demasiado que el marqués, recto y desinteresado, no concurriese con sus designios y que les quitase la mano y poder que para encubrirlos y ejecutarlos querían, y concibieron contra él odio y enemistad mayor de la que entonces mostraban, y para ocasionarse formaron por queja principal entre otras, que no les avisaba del tiempo que había de despachar a España la flota, y avisos para que pudiesen escribir; constando lo contrario de los testimonios que el virrey envió luego que sintió esta queja, y que para haber de escribir a estos reinos, no era necesaria la puntualidad del aviso pues antes de él podían tener escrito para el tiempo cierto de la partida que era incierta aun el mismo virrey por los accidentes del despacho que para abreviarla o dilatarla suelen ocurrir. También se quejaban de que los trataba con desautoridad y esto venía a parar en que no les permitía el uso de los cojines, siendo por ellos nuevamente introducido en el ínterin que gobernó la audiencia por vacante de su sucesor.

Y si prendió al Lic. Pedro de Vergara Gaviria fue por los desacatos y causas precisas que dio para su prisión, por las cuales S. M. con consulta de su Consejo de las Indias, le condenó en 2.000 ducados, que se le sacaron luego, acompañados (según se entiende) con el freno de una apretada represión. La prisión paró en un cómodo detenimiento en su propia casa, y si se dilató, fue por convenir así a la administración de la justicia, impedida con su asistencia por los muchos interesados que pendían de ella, y hacerle buena obra, y a S. M. gran servicio, excusando a dicho oidor de la ocasión prevista en que después le ha puesto la libertad que se tomó.

También es de advertir, que entre las cosas más dignas de remedio, que el gobierno de dicho Marqués se han ofrecido fue la denunciación, que por septiembre de 1622 Manuel de Soto, vecino de México, persona que asistía a la alhóndiga de dicha ciudad, hizo ante el marqués contra Melchor Pérez de Varaiz, alcalde mayor de Iztlavaca y Metepec, en que al principio por veinte y seis capítulos y después por otros veinte le denunció de causas y gravísimas cosas en materia de recatonería, tratos y granjerías ilícitas en su jurisdicción, imposiciones y cargas con que obligaba que a tiempos ciertos por vía de situado los indios de ella le sirviesen y contribuyesen, obligándoles a que tomasen y consumiesen aun en tiempo de cuaresma las carnes mortecinas de sus ganados, y le vendiesen y trajinasen a precios muy bajos, y le tomasen por fuerza y comprasen a muy caros los géneros de sus recatonerías y le guardasen de balde las muchas cabezas de todas suertes de ganado en su jurisdicción. Que consumiendo sus mejores pastos de ella traía, y le pagasen enteramente todas las cabezas que por caso fortuito faltaban aunque los indios no tuviesen omisión o culpa de ello.

Y la que por otros ocho capítulos hicieron contra el alcalde mayor en la misma materia los naturales del pueblo de Callimaya y otros sujetos a dicho distrito. Y aunque todo estaba averiguado por papeles y testigos y diligencias hechas por un alcalde de corte, que el virrey envió para ésto, sólo procedió en los cargos de recatonerías, tratos y contratos, remitiendo los demás por ser de residencias al Consejo de Indias, para que vista la calidad y averiguación de ellos hiciese justicia.

Prosiguiose la causa contra Don Melchor Varáiz sobre los capítulos no remitidos, y habiendo estado preso en una casa particular, por no querer hacer cierto reconocimiento contra sus enemigos, el virrey, por la principal, le mandó soltar en fiado la ciudad por cárcel hasta que se determinase. Don Melchor dijo no hallaba fianzas y el virrey le soltó sin ellas, con pena de 2.000 ducados si salía de la ciudad; y remitió al oidor Alonso Vázquez de Cisneros, sustanciase la causa y que con su comunicación la determinase. El oidor, aunque recién llegado a México, había estrecha amistad con el Lic. Pedro de Vergara, por haberle hospedado y regalado en su casa entretanto que buscaba y prevenía la de su asiento por contemplación del nuevo amigo, y que la causa se dilatase y el virrey se olvidase de ella, no quiso en dos meses aceptar esta comisión hasta que el virrey le obligó a que la aceptase. Prosiguió en ella hasta concluirla y el denunciador por causas que dio para ello la recusó y pidio al virrey le quitase la causa.

El virrey remitió ésto a su asesor en cuyo parecer y por lo que él sabía en particular, revocó a dicho oidor esta comisión, y la dio al Lic. Don Juan de Alvarado Bracamonte, fiscal de Panamá, que había poco tiempo era venido de Filipinas. Don Melchor le recusó y el virrey le dio por acompañado a Don Francisco Henríquez, corregidor de México, y ambos prosiguieron en la causa, y para más justificación la recibieron de nuevo a prueba que la fue a hacer fuera de México Don Sancho de Varaona, escribano de cámara de la audiencia.

Estando la causa para determinarse, los jueces proveyeron auto para que Don Melchor asegurase el juicio, y se arraigase de finanzas; y como estaba sobre aviso, cuando se lo fueron a notificar, tomando un broquel y con espada desnuda, y con algunos criados se entró en un coche, y a todo correr se retrajo al convento de Santo Domingo.

Estando allí retraido pidió el proceso para alegar de su justicia y se le mandó dar. Y diciendo no tenía abogados que tratasen de su defensa, el virrey mandó apremiar a los que él nombrase, haciendo diligencia con todos en presencia del oidor Cisneros, su apasionado. Concluso legítimamente el pleito, los jueces dieron sentencia, por lo cual condenaron a dicho Don Melchor en una cantidad de 70.000 pesos, en destierro perpetuo de las Indias, y en privación de oficio de Justicia en ellas y en las costas y salarios que se habían causado.

Estando así retraído dicho Don Melchor, su denunciador y otros sus acreedores pidieron a los jueces que atento al susodicho disponía su partida para España, y alzaba y ocultaba sus bienes, fuese sacado de la iglesia hasta que asegurase el juicio. Los jueces, constándoles ser cierto lo referido le pusieron tres o cuatro guardas, los cuales por ser grande el convento y no poderle con tan poco número, ni estar en la calle, asistían y se recogían dentro de él con gusto y comodidad de los religiosos.

Don Melchor hizo diligencias para que el provisor del arzobispo prohibiese las guardas, con supuesto que de estar en el convento se quebrantaba la inmunidad eclesiástica, y para que sin ver los autos procediese a censuras contra dichos jueces. Andando el provisor en ésto tan diligente, que sin pedirlo la calidad de la causa iba dando los términos por horas, haciendo autos en ellas aún en los días de mayor festividad y siendo común y ordinario.

El arzobispo, íntimo amigo de Don Melchor y de sus parciales advocó en sí esta causa sin haberla legítima para la advocación, con los fines particulares que antes y después de ella se han dejado entender.

Apresuróla por instantes mandando hacer muchas notificaciones después de noche, y a las doce, y una de ellas con ocasionado acompañamiento y tumulto y notarios que por causarle las hacían con todo ruido y licenciosa ostentación. Visitaba el arzobispo en el convento al retraído y de allí salía dado el filo a los aceros, con que iba prosiguiendo la causa, y extendió las censuras contra el escribano de ella, y las guardas, que estaban puestas.

Los descomulgados acudieron a la audiencia por vía de fuerza, que los mandó absolver por veinte días, y que el notario viniese a hacer relación; y el arzobispo los absolvió hasta que se hiciese, y para ésto envió recado a Cristobal Osorio, escribano de cámara de la audiencia, ante quien pasaban los autos de los jueces que habían puesto los guardas para que los entregase a su notario para hacer la relación; Osorio respondió que no los podía dar y que les tocaba el hacerla de los que ante él pasaban.

El arzobispo a esta respuesta proveyó auto para que Osorio o su oficial mayor entregasen los autos, y de no hacerlo los declaraba por excomulgados y mandaba poner en la tablilla. Fuele a notificar un notario eclesiástico, digo clérigo (sic), en compañía y tumulto de otros muchos porque todas las diligencias del arzobispo se hacían con aparato y ruido. Notificólo al oficial mayor de Osorio a la puerta de la sala del acuerdo estando el virrey dentro con los oidores, que habiendo entendido lo que afuera pasaba, envió a decir al notario se detuviese, y le aguardase hasta salir del acuerdo. El notario no quiso aguardar, y porque un alguacil hizo muestra de quererle detener, los clérigos, que iban con el notario le hicieron contra el alguacil de las armas ocultas que llevaban y le pusieron en huída y causaron un escándalo grande. El virrey envió a llamar por muchas veces a dicho notario y nunca quiso ir hasta que compelido el arzobispo con los recados del virrey, se le envió en compañía de su secretario. Y habiendo hecho ante el virrey cierta declaración, por muchos apercibimientos que se le hicieron, no quiso firmarla. Procediose en forma contra su contumacia hasta condenarle en las temporalidades, y darle por extraño, y así fue llevado a San Juan de Ulúa para embarcarle. El arzobispo procedió con censuras contra el virrey hasta declararle por excomulgado, porque no le volvía su clérigo notario. Hizo el virrey dos juntas sobre ésto, una de los oidores y alcaldes, que con achaque de no ir prevenidos, no quisieron tomar resolución; otra de muchas personas doctas, religiosas y seculares, que habiendo entendido todo el caso fueron de parecer el virrey por las temporalidades del dicho notario no había incurrido en las censuras de la Bula in Coena Domini como el arzobispo decía y que no había podido declararlas contra el virrey. Después de estas juntas se despacharon provisiones hasta tercera carta, con penas y temporalidades, para que el arzobispo alzando las censuras repusiese y anulase lo hecho, y al fin lo vino a hacer después de causados en éstos muchos escándalos desde el principio.

El denunciador y guardas de Don Melchor recusaron al arzobispo sobre el negocio de la inmunidad, dando causas legítimas de su recusación, y pidieron se nombrasen jueces árbitros, que conociesen de ellas, y que entretanto el arzobispo no prosiguiese en la principal. El arzobispo no la quiso admitir hasta que viniese firmada de letrado; firmola un abogado de la audiencia, y el arzobispo le condenó por ello en dos años de suspensión de oficio de abogado en su audiencia, y en 200 pesos, con que si dentro de 24 horas no los pagase, le declaraba por excomulgado. Pasáronse sin pagar y el arzobispo le hizo poner en la tablilla, y prosiguió en las censuras, aunque el abogado apeló a ellas, llevó el negocio a la audiencia por vía de fuerza, y declaró que el arzobispo la hacía, y le mandó quitar la tablilla.

Vio la audiencia el negocio sobre lo principal de la inmunidad, y proveyó se hiciese relación de todos los autos, y que sin ella no se podía declarar en la causa; los agentes del arzobispo y Don Melchor quedaron muy contentos con el auto, pareciéndoles se dilataba el declarar sobre la fuerza, y que pasado el término de la absolución, los absueltos quedaban ligados con las censuras. Estos viendo que la audiencia no trataba de que se hiciese relación sobre todo, y que les iba frustrando el auxilio de la fuerza que el arzobispo, sin embargo de estar recusado y no haberse hecho la relación hasta la cual los había absuelto procedía en las censuras, apelaron de ellas para ante el juez apostólico delegado, que por bula especial de la Santidad de Gregorio XIII está nombrado para estos casos en Puebla de los Angeles. El delegado despachó compulsorio para que se le llevasen los autos, y absolución a reincidencia por veinte días. El arzobispo no lo quiso obedecer, y tomando la causa por suya, apeló y protestó el auxilio Real de a fuerza, por cuya causa un religioso de Santo Domingo a quien en segundo lugar venía cometido por el delegado el cumplimiento de sus letras, absolvió los excomulgados, y los mandó quitar de la tablilla. El arzobispo, sin embargo, los volvió a poner en ella, y mandaba tener y publicar por excomulgados a los que ya por dicho juez estaban absueltos, causando sobre esto un gran y escandaloso encuentro con los religiosos de Santo Domingo, en cuyo convento estaba él retraído. Llegaron a censurarse en el púlpito y partes públicas la potestad de las jurisdicciones y lo cierto y falso de las proposiciones que cada parte defendía. El arzobispo constante en no defender al delegado mandó notificar al notario, que le hizo la notificación de sus letras, y al procurador de las partes que se las entregó para este efecto que dentro de dos horas las exhibiesen ante él, y de no hacerlo, declaró al procurador por excomulgado, y le puso en la tablilla, aunque apeló y protestó la fuerza la parte de los excomulgados acudió al delegado con despachos y testimonio de los autos autorizados por un escribano real, por no haberlo querido hacer el notario ante quienes pasaban. Y el delegado despachó segundo mandamiento con mayores penas que el primero para que el arzobispo le cumpliese, y el mismo religioso de Santo Domingo le hiciese ejecutar.

No le obedeció el arzobispo, apeló de él, y protestó la fuerza, y siendo pasado el término en que se le mandaba absolver y quitar de la tablilla a los excomulgados, el religioso subdelegado los absolvió, y porque le cerraban las iglesias porque no los quitase de la tablilla invocó el auxilio del brazo seglar, y con él se ejecutó el mandamiento. Todo este no se hacía sin gran ruido y escándalo que los clérigos y criados del arzobispo causaban sobre abrir las iglesias cerradas, y quitar de las tablillas los que ellos volvían a poner en ellas.

El arzobispo no sosegó con ésto, antes más irritado hizo otra vez notificar a dicho procurador que luego le exhibiese los recaudos del delegado y por no hacerlo le declaró por excomulgado, y puso de nuevo la tablilla, y luego sin más admoniciones ni deliberación que haber estado toda la tarde en su huerta, en viniendo de ella hizo poner repentinamente a las ocho de la noche entredicho general en toda la ciudad, que como estaba quieta a dicha hora, y el ruido de las campanas la cogió de sobresalto, fue mayor el movimiento y escándalo en que se puso, y todos llevados de la novedad salían a las calles y en la plaza se juntaron aquella noche más de dos mil personas, y el entredicho y ruido confuso de las campanas duró por muchos días, no perdonando al sosiego y quietud de las noches.

Promulgó el arzobispo en este tiempo anatema contra los jueces y guardas, que se publicó desde el púlpito después del evangelio de la misa mayor saliendo muchos clérigos revestidos con luces en las manos, y cruz alta cubierta con velo negro y haciendo otras ceremonias nunca vistas, infundiendo en el corazón de todos un horror inquieto lleno de confusión y desconsuelo, provocándoles con esto a una general indignación contra quienes les daban a entender era la causa de ello. Y para atizar más este intento fijaron dichas censuras no sólo en las puertas de las iglesias, pero también de los mismos jueces. El tocar al entredicho se continuaba de día y de noche con tanta frecuencia, y ruido como si en ésto sólo estuviera la fuerza y substancia de él, o se hubiera puesto por la causa más grave que en la iglesia católica podía ofrecerse, y no por la común y ordinaria de esta dudosa inmunidad, y que de no guardarla pendiente la duda, no se ejecutaba ni hacía cosa que después de declarada en favor de la iglesia, no se pudiese remedar.

Los anatematizados acudieron tercera vez a dicho delegado que vistos los autos despachó con tercer mandamiento y mayores penas contra el arzobispo al Lic. Monegro para que hiciese ejecutar los dados y con efecto alzase el entredicho y nuevas censuras, el cual en llegando antes de usar de su comisión visitó al arzobispo, y le representó las obligaciones que tenía a enternecer su pecho compadecerse de sus ovejas distraídas, y escandalizadas con el rigor y novedades de las censuras, y con toda sumisión le pidió las suspendiese hasta que el delegado en apelación, o la audiencia sobre la fuerza determinasen las dudas, causadoras del escándalo tan grande.

El arzobispo duro en su opinión y el subdelegado se fue a los Inquisidores, que se pusieron a interceder con el arzobispo, y estando inexorable, el subdelegado después de dos días comenzó a usar de su comisión. Y porque las calles y plazas estaban llenas de gente y corrillos y las puertas de las iglesias cerradas, y se temían desacatos de los clérigos contra el subdelegado, fue necesario que un alcalde ordinario de la ciudad le existiese: Proveyó autos en que alzaba el entredicho, y mandaba cesar el clamor de las campanas, y absolver a los excomulgados. Y queriéndolos quitar de la tablilla le cerraron un solo postigo que estaba abierto en la iglesia mayor, no dando lugar a que entrase a notificar sus autos a los curas y beneficiados que dentro estaban. Otro día declaró el arzobispo y transgresores por incursos en las penas puestas por el delegado y tratando de ejecutarlas contra el arzobispo, acudió a la audiencia con gran tropa y junta de gente un cura de la catedral apelando y protestando la fuerza de los autos del subdelegado, y porque la petición que traía no venía firmada, ni presentada por procurador del número: Y este cura no era parte en lo que pedía, la audiencia no se la admitió, y el subdelegado fue prosiguiendo en las notificaciones de sus autos; y porque le iban obedeciendo, y cesando de tocar las campanas en las demás iglesias, la mayor, por deslumbrarlas cesó tan en extremo que no tocó a la oración de la tarde, las otras, o prevenidas o imitadoras de la catedral dejaron de tocar a la misma oración y este silencio causó no menor novedad y alboroto que había causado el ruido y clamor precedente.

Jueves por la mañana a 11 de enero el Arzobispo teniendo noticia que el subdelegado alzaba las censuras y le obedecían y trataba de ejecutarle las penas pecuniarias en que había incurrido, salió de su casa en una silla y aunque por ir en ella algunos quieren decir iba con recato y secreto, lo cierto es llevaba mucha gente consigo, y que el ir en silla y sin llevar cruz delante, y no en carroza en que de ordinario solía andar, causó mayor novedad, y escándalo, y séquito de gente de más de trescientas personas que iban pegados a la silla, y otras muchas que se allegaban pensando que el arzobispo iba violento. Subió en la silla a los corredores de palacio y salió de ella a la puerta de la sala donde estaban haciendo audiencia los oidores Vallecillo, Juan de Ibarra y Don Diego de Avendaño, que extrañados con el ruido y tropel de la gente y novedad del caso se levantaron de sus asientos y bajaron de los estrados donde estaba el arzobispo, y preguntándole la causa de su venida, respondió a grandes voces era a pedir justicia a su rey y señor, y a que viesen y proveyesen unas peticiones que traía sobre el caso de la inmunidad; y que aunque le hiciesen pedazos no se había de ir de allí hasta que le hiciesen justicia. Los oidores no se la quisieron admitir y avisando al virrey de lo que pasaba, por ser mandado se entraron con él en la sala del acuerdo, quedando el arzobispo en una silla con toda la gente en la misma sala en que los oidores le dejaron, y haciendo el arzobispo testigos a la multitud que con él estaba, llegándose al dosel de la sala puso en él las peticiones que traía.

Conferido en el acuerdo ese negocio y ponderadas las causas de tumulto y sedición popular que de la licencia y resolución del arzobispo después de tantos escándalos se podían seguir, y el concurso que con su venida tenían presente, y que aunque habían echado bandos con pena de galeras para que los que no tuviesen negocio se fuesen y apartasen, no habían hecho caso de ellos, y estaban en la sala corredores y patios llenos de gente: Resolvieron en el acuerdo un auto por vía de ruego y encargo, que se le notificó al arzobispo para que luego se volviese a su casa, y que se vería sobre sus peticiones y se proveería justicia, porque para hacerla no era necesaria su persona. Respondió el arzobispo a ese auto que de ninguna manera saldría de allí hasta que se proveyesen sus peticiones y se le hiciese justicia. El acuerdo con esta respuesta confirió lo que debía hacer, porque uno de los tres oidores no se conformaba con los demás, fueron de parecer que el virrey, en este caso, por ser de gobierno, tenía voto decisivo, y junto con él proveyó segundo auto para que el arzobispo, sin embargo de ella obedeciese lo ordenado con pena de 4.000 ducados no cumpliéndola. Y habiendo respondido a la notificación de este auto lo mismo que a la del primero, estuvo quedo en su silla con protestación de aclamaciones que no había de salir de allí aunque le hiciese pedazos, antes que se le hiciese justicia.

Viendo el acuerdo la perseverancia del arzobispo en su porfía, que la multitud y tumulto iba creciendo y las cosas estaban dispuesos a mayor desacato y rompimiento, tuvo por preciso para remedio de esto, proveer tercer auto, en que declaró al arzobispo haber incurrido en la pena de los 4.000 ducados y mandaron que se le notificase, cumpliese con lo proveído, pena de las temporalidades y de ser habido por extraño de los reinos de S. M. y que sería sacado luego de ellos, por inobediente a sus reales mandatos, conforme a las órdenes y cédulas que hay para ello; y respondiendo el arzobispo a él lo mismo que a los demás y estándose quedo y perseverante en su silla, el acuerdo por cuyo auto proveyó cumpliese el arzobispo lo mandado, con apercibimiento que se ejecutarían las temporalidades. Y cometieron la ejecución de ellas al virrey y notificándosele respondió lo que antes, y el virrey ordenó al Dr. Lorenzo de Terrones, alcalde de la audiencia y alguacil mayor de ella sacasen de la ciudad al arzobispo y le llevasen al puerto de San Juan de Ulúa para embarcarle en la primera ocasión. Perseveró el arzobispo en su propósito, y gustoso de tomar ocasión donde la estaba dando, para lo que despues sucedió, se estuvo quedo en la audiencia hasta la una de la tarde sin quererse volver a su casa, y así a dicha hora le sacaron de donde estaba en un coche, con orden particular que les dio el virrey de que cuidasen mucho del decoro y reverencia y paró aquella noche tres leguas de México.

El mismo jueves por la noche y viernes por la mañana se hicieron extraordinarias diligencias y por varios caminos con dichos tres oidores para que revocasen los autos del acuerdo sobre temporalidades del arzobispo.

Vinieron dicho viernes bien dispuestos y sazonados y en su sala ordinaria ellos solos, echada la gente fuera y cerradas las puertas de la sala, dejando dentro a pocos oficiales de la audiencia, vieron el negocio del arzobispo y ante un oficial mayor proveyeron auto en que revocaron los del acuerdo del día antes, mandando volver al arzobispo y que se despachase orden para ello. De este auto hicieron dos originales duplicados, y uno de ellos lo llevó uno de los oidores, que luego se le remitió al arzobispo para que en virtud de él se volviese, como después lo hizo cuando le pareció que ya el negocio estaba rompido.

Tuvo aviso el virrey de lo que habían proveído los oidores, hízolos llamar, y considerando el modo que habían tenido en ver y determinar dicho negocio, sin darle cuenta teniendo obligación a dársela por haber concurrido con ellos en los autos del acuerdo, y ser meramente (como era) materia de gobierno que le tocaba votar en ella, como ellos mismos habían juzgado, y superior a los más graves que suelen ofrecerse, y que por esto y las novedades que podían resultar, convenía conferirla y resolverla con todo el acuerdo pleno, no sólo de los que en él habían estado el día antes, sino también de todos los demás oidores y ministros superiores que suelen entrar en acuerdos de negocios más importantes: Mandó el virrey suspender el despacho (que ellos de secreto ya habían hecho) entre tanto que consultaba y resolvía lo que debía hacerse con dichos tres oidores, en caso que estaba tan empeñada la autoridad pública, y los hizo detener en palacio, dándoles camas, y de comer regaladamente y permisión para que criados de sus casas viniesen a servirlos. Y a dos relatores que se hallaban a dicha vista, y que prendados con la misma negociación que los oidores no dieron al virrey aviso de ella, los mandó llevar presos a la cárcel de corte.

Entretenía el arzobispo su jornada procurando no alargarse de México, con color que trajesen provisión de la audiencia, y que no bastaban los autos originales de ella, y desde el camino iba fulminando censuras de nuevo contra el Alcalde Terrones y ministros de justicia y guardas que llevaban, contra el mismo virrey. Y sin guardar orden de derecho renovó el entredicho alzado por el delegado, clamoreando las campanas en las iglesias continuamente de día y de noche, que más parecía hacerse esto para conmover y alborotar el pueblo que para publicarle, apelaron al delegado que luego despachó comisión a un padre dominico para que enviase los autos, y entre tanto absolviese y atase el entredicho y orden para que el subdelegado se volviese.

El sábado siguiente, 13 de enero, entendió el virrey que el arzobispo trataba de poner cesación a divinis en tiempo y ocasión que podía causar la novedad y alboroto que en efecto causo. Y para excusarle con consulta de doctos y a instancia y pedimento del fiscal hizo un decreto por vía de gobierno y de ruego y encargo que se notificó a los superiores de todas las iglesias para que se suspendiese y no se ejecutase cualquier orden que tuviesen del arzobispo para poner cesación a divinis hasta que el delegado apostólico determinase la causa principal que ante él pendió por vía de apelación. Fueron a notificar este decreto a la iglesia mayor el secretario de la gobernación con asistencia de un alcalde ordinario de la ciudad, hallaron las puertas cerradas y dentro congregada con los clérigos tanta gente que estaba la iglesia llena, aunque era después de mediodía, y no había misas ni oficio divino a que asistir, y no dejaron hacer la notificación.

El arzobispo teniendo avisos de la ciudad para que se fuese deteniendo, y en su poder el auto original de los oidores, que se le había enviado Don Diego de Avendaño, uno de ellos, para que se volviese como iba en custodia libre, entró el sábado por la mañana en un convento de San Francisco del pueblo de San Juan de Teotihuacán, seis leguas de México, y pidiendo las llaves del sagrario sacó de él el Santísimo Sacramento. Y puesto en la luneta y vestido de pontificial le tuvo en sus manos interpoladamente cerca de dos días, para dar a entender evadía por este medio extraordinario la ejecución y progreso de la jornada. Y verdaderamente era guardar el suceso y efectos de los humores que en México dejaba vaporados y lo que había de obrar la cesación a divinis que con esta afectada detención meditaba. Porque si luego se volvía, como después volvió con el despacho que ya tenía de los oidores, pudiera excusar la cesación in divinis, y la perturbación in humanis; desde el mismo altar hizo actos de contenciosa jurisdicción, despachando órdenes y recaudos para que en las iglesias de México se pusiese la cesación a divinis que tenía amenazada, y el virrey fuese declarado por excomulgado, llamándole tirano y diciendo contra él lo que ni el lugar en que estaba ni el mismo que lo decía, aunque en él fuera cierto, podía ser decente.

Diéronle cuenta al virrey de lo que el arzobispo hacía, y que siempre que el alcalde entraba a requerirle que pasase adelante y no diese lugar a eludir y frustrar las órdenes y mandatos que se hacían en nombre y con autoridad de S. M. El arzobispo volvía a tomar en sus manos el Santísimo Sacramento que cuando le dejaban solo ponía sobre el altar. El virrey escribió al Alcalde Terrones que por el mejor modo que pudiese pasase adelante teniendo mayor cuidado con el regalo y seguridad del arzobispo; y con Don Diego de Armenteros y escolta de doce arcabuceros que se volvieron, luego le envió para su gasto 12.000 ducados.

En este hecho son de advertir dos cosas, cuya imitación y ejemplo pueden ser muy perjudiciales a la preeminencia y soberanía real, y al bien de los súbditos, oprimido con las fuerzas de los jueces eclesiásticos y abusos de la jurisdicción: una es que el prelado contra quien se provee y ejecuta la pena y remedio de las temporalidades haya de proceder por censuras contra los jueces que le condenan, y ministros que ejecutan la condenación por solo hacerla, y ejecutarla; y otra que para evadirla y frustrarla se hayan de valer del medio extraordinario de que se valió el arzobispo y con él asegurarse y prevenirse contra la mano y potencia real, y por el primer camino privarle de proveer el remedio; y por el segundo de poderle ejecutar.

Desde la partida del arzobispo hasta el lunes 15 de enero se multiplicaron los pasquines y pinturas desacatadas contra el virrey notando en ellos tan solamente la tolerancia de las censuras y ejecución de las temporalidades, no otra alguna acción o cosa suya, y los clérigos y algunos religiosos de los quejosos, andaban haciendo contra él en favor del arzobispo diligencias escandalosas y ajenas de su profesión.

Principio de la sedición

Lunes 15 de enero a las ocho de la mañana cuando ya de un día o dos antes el arzobispo tenía despacho de los oidores para volverse se repartieron a un mismo tiempo muchos clérigos por todas las iglesás de la ciudad y entrando en ellas publicaron y pusieron de hecho la cesación a divinis antes de tiempo, y de cumplir los términos del derecho interrumpido las misas y oficios que se celebraban, consumieron en todas el Santísimo Sacramento, y echaron fuera con mucho alboroto y ruido la gente que dentro estaba, dando voces y diciendo contra verdad y sin causa que el virrey había mandado que al arzobispo se le diese garrote, con que el alboroto y confusión subieron de punto y los corrillos pequeños crecieron en tumultuación manifiesta, y por mas conmoverlos contra el virrey publicaron desde el púlpito de la catedral un edicto contra el arzobispo en que le declaraba por excomulgado, diciendo el clérigo que le leía a mucho pueblo que estaba presente que cómo consentían un hereje luterano y no le hacían pedazos. Levantaron entonces todos la voz aclamando viva la iglesia, viva la fe, viva el rey, muera el mal gobierno, muera este hereje excomulgado; pusieron el edicto en la catedral junto a la pila del agua bendita, por lugar más patente, y al virrey en la tablilla de los excomulgados. Con estas cosas la gente quedó suspensa, alterada y dispuesta a alterar y sufrir cualquier novedad.

A la misma hora, lunes por la mañana, pasando por la plaza a palacio en una carroza el secretario Cristóbal Osorio, unos muchachos instados por un clérigo comenzaron a darle gritos y a tirarle piedras, y juntándose a ellos alguna más gente la continuaron llamándole hereje, excomulgado, y obligaron al secretario a que con prisa corriese y se socorriese en palacio.

Acudió a este ruido gran chusma y todos convirtieron las piedras contra las personas que estaban a la puerta de palacio y habían amparado y favorecido a dicho secretario.

A este tiempo estaba el virrey desde su cama haciendo despacho para que el Contador Gaspar Bello de Acuña a quien tenía presente, y había llamado para esto fuese adonde estaba el arzobispo, y hallándole en propósito de no pasar adelante, diese la mejor orden que juzgase para que se volviese a la ciudad; y a la puerta de la cárcel habían puesto dos cabalgaduras para sacar a la vergüenza a un chino y a un mulato por haber contravenido a los bandos que el virrey había dado para que no se hiciesen juntas, ni corrillos de gente, y la inquieta con este ejemplo se sosegase. La de la ciudad, que tuvo noticia de esto, pensando que las cabalgaduras eran para hacer alguna afrenta a los relatores presos, se puso en mayor alboroto y fueron a la Inquisición a pedir a los inquisidores que lo estorbasen. En el entretanto juntándose más gente a la que estaba en la plaza y puertas de palacio continuaron el tirar de las piedras a ellas y a las ventanas. A cabo de rato vinieron a palacio el oidor Alonso Vázquez de Cisneros, y el Alcalde Miguel Ruiz de la Torre, y algunos caballeros y soldados de la flota; y el virrey para reparo de lo que pasaba envió algunos de los caballeros de los que con él estaban para que con algunos de la guarda despejasen la plaza de la gente que en ella había, y el Contador Gaspar Bello quedó a guardar la puerta con orden de que dejase entrar a la gente que acudiese. Luego que empezó el despejo se volvieron contra ellos, e hirieron mal a algunos, los retiraron todos hasta palacio y obligaron a cerrar las puertas porque no entrasen los que cargaban con ímpetu de mayor resolución. Los inquietos al principio eran indios, negros, mestizos y muchachos, y algunos portugueses desterrados de las minas por el virrey, incitados por clérigos y celados del arzobispo que a grandes voces les persuadían acometiesen contra Papalacio y le pusiesen fuego, volviesen al arzobispo, y sacasen los oidores detenidos; y para moverlos a esto les decían en lengua mexicana que ya no tenían Dios, y que el virrey se le había muerto.

Viendo el virrey que el rompimiento pasaba adelante, hizo que desde una azotea tocasen un clarín, señal acostumbrada para llamar la caballería a palacio en algún acto público. Todos se estuvieron quedos y a la mira, y los de la plaza animados con esto insistieron más en combatir a palacio, apellidando siempre contra el virrey ¡Muera este hereje y viva la fe de Cristo!

Un soldado sacó de la armería una de las flámulas que habían servido en el túmulo del señor rey Don Felipe III y la puso en una ventana, los sediciosos trajeron de la iglesia catedral una escala, subió por ella un clérigo u estudiante con espada y rodela y quebrantó la asta de la flámula, y la bajó consigo, y muchos la llevaron a dicha iglesia y pusieron enarbolada en el campanario de ella.

Pasado esto, que sería a las 9 de la mañana, entró por una calle de la plaza un clérigo a caballo con un Cristo de bulto en una mano y un machete en la otra, a quien venían siguiendo muchos negros, mulatos e indios, mestizos y españoles, toda gente comun y baja, con espadas desnudas, piedras, palos, armas y cosas arrojadizas; y el clérigo venía diciendo ¡Viva la fe y muera este hereje excomulgado; y la gente repetía lo mismo, y repitió siempre lo último.

A dicha hora de las nueve, la gente sediciosa comenzó a pedir la libertad de los tres oidores que estaban detenidos en palacio, que puestos en una ventana les dijeran estaban libres, y que habían enviado por el arzobispo, y ofreciendo los oidores grandes cosas al virrey salieron después de palacio por la puerta de la acequia a aquietar la gente de la plaza y con ellos el oidor Cisneros y el fiscal que al principio habían acudido. Esta gente a dicha hora se dividió en dos escuadrones, uno fue a la inquisición a pedir se les entregase el pendón de la fe. Los inquisidores mandaron se fuesen de allí con pena de excomunión y de 200 azotes a los rebeldes. Obedecieron a los inquisidores y se fueron a Santo Domingo, y quebrantando las primeras puertas sacaron de allí a Don Melchor de Veráiz y con triunfo y ruido le llevaron a la iglesia catedral. La otra parte de gente, habiendo alcanzado del virrey la soltura que le pidieron del oidor Pedro de Vergara Gaviria, y habiéndole el primero dicho que lo llevaban a perder, pronosticó cierto de su intento o fortuna, salió de su casa y fue a palacio y se vio con el virrey, y le hizo los mismos y mayores ofrecimientos que los otros oidores sus compañeros; y desde allí fue a la Plaza, donde andaban sosegando la gente, y habiendo dado todos una vuelta, se aquietó algo el alboroto, y desde las azoteas y ventanas de Palacio, con pañuelos y una sábana le quitaban de paz; juntóse Gaviria con ellos y apiñados confirieron entre sí, y el efecto de esta junta y conferencia fue irse a meter a las casas del cabildo, que están en la misma plaza, y desde allí llamar al oidor Galdós de Valencia, que ocho meses antes no iba a la audiencia por estar proveido y de partida para el Perú por Visitador de los Charcas. Cuando vieron los de la plaza esta separación y retirada de los oidores y que no volvían a palacio y hacían cabeza de por sí opuesta al virrey, el alboroto subió de punto y los de él llevaron a los oidores la flámula que habían puesto en la iglesia y tenían por estandarte real, y la admitieron y a vista de ellos y amparo de ella pusieron fuego a las puertas cerradas de palacio.

A este tiempo vino a palacio el Marqués del Valle acompañado de algunos criados de su casa todos a caballo, y procurando sosegar la gente y ofreciéndoles que haría traer al arzobispo les hizo apagar el fuego de las puertas. Y no pudiendo entrar por la principal de él fue por la segunda que llaman de la acequia y sacó decreto del virrey para que el arzobispo volviese; publicólo el Marqués del Valle entre la gente por sosegarlos y a toda prisa despachó con él a dos criados suyos en busca del arzobispo y después siguió tras ellos en una carroza, llevando consigo al Marqués de Montemayor y al inquisidor Juan Gutiérrez Flores que en aquella ocasión sobrevino.

Después acudieron a palacio los dos inquisidores que con su autoridad y buenas razones procuraron sosegar la gente que por tercera vez habían acometido con mayor ímpetu contra palacio y por segunda puesto fuego a las puertas. Y haciéndolo apagar entraron a verse con el virrey y sacaron segundo decreto para que volviese el arzobispo, y partió con él uno de ellos a buscarlo y traerlo con toda diligencia; y para esto se juntó con el Marqués del Valle como queda dicho. El otro inquisidor se fue a las casas del cabildo con los oidores a dar con ellos el medio conveniente para la quietud de la ciudad y reducirlos a palacio, y al virrey; y sin poderlo recabar estuvo con ellos hasta mediodía. Cuando salieron los inquisidores, la gente de la plaza pidió perdón de lo que había hecho y el virrey se lo concedió. Antes de esto estaba un clérigo fuera de la puerta del perdón, enfrente del empedradillo en una silla sobre un bufete, con un misal en la mano absolviendo (como él decía) a culpa y pena cuantos iban contra palacio.

Luego que los dos inquisidores se apartaron, los inquietos de la plaza capitaneados de tres criados del arzobispo que andaban con espadas y rodelas y de uno del oidor Galdós de Valencia, que andaba en un caballo, y demás portugueses desterrados de las minas que habían acudido, se alborotaron mucho más que antes y acometieron cuarta vez a palacio. Y cogiendo a los que estaban en su defensa descuidados a causa del perdón que los de fuera habían pedido y el virrey les había dado y lo demás que les había concedido, pudieron los sediciosos romper las puertas y entrar de tropel dentro de los patios, y si no se lo impidieron los que estaban en las escaleras, subieran arriba y de esta vez hubieran acabado y hecho lo que a la noche.

Cerca de las diez de la mañana entraron en la plaza algunos frailes de San Francisco y aunque perseguidos y maltratados por los clérigos que se lo impedían, persuadieron a los indios al respeto y reverencia del virrey y casas reales, y con la bandera que un fraile hizo con un manto suyo sacaron muchos indios de la plaza, y los llevaron hacia su convento, y por entonces hasta las tres de la tarde quedó la plaza con poca gente y toda la ciudad en algún sosiego, y el virrey y los que con él estaban pudieron comer un bocado.

En este medio tiempo hasta cerca de las cuatro de la tarde no hicieron los oidores diligencia alguna en favor del virrey, y de palacio, todo lo gastaron en enviar recaudos al virrey que se diese por preso, y del virrey a los oidores, para que se viniesen con él y tratasen de lo que debían hacer para quietar la sedición.

Después de las tres, los inquietos que habían comido y reposado volvieron a juntarse en la plaza de palacio, y hallándo el campo franco contra el virrey, y viendo que su encerramiento y desamparo y la divulgación de que la audiencia trataba de prenderle y que para esto y quedarse con el gobierno había retenido desde la mañana el estandarte real, los estaban brindando a la ejecución de estos intentos con ayuda de los muchachos. Para que la acción se atribuyese a ellos comenzaron a tirar a las ventanas de palacio y quebrantaron con vigas las puertas de la cárcel, que está en un cuarto de él, y sacaron los presos que estaban en los entresuelos y las mujeres presas en puesto aparte; y no pudiendo quebrantar las puertas de lo alto donde estaban los presos de más importancia les pegaron fuego, con que se incendió todo aquel cuarto y mucho más la furia del combate, que para quebrar las puertas y ventanas de palacio se hacía.

Los que estaban dentro viéndose oprimidos por todas partes, y que los de fuera no cesaban de su acometimiento, ni daban lugar a que el fuego se apagase y se librasen los presos que estaban para abrasarse, y que también habían puesto fuego a las puertas de palacio para apartar y esparcir a los de la plaza, tiraron por alto hacia ella con pólvora sola algunos arcabuces; no por ésto se fueron ni cesaron, antes continuaron con mayor furia, necesitando más su defensa a los de palacio y a un mismo tiempo comenzaron a tirarse con balas unos contra otros desde palacio a los de la plaza, y estos desde las torres de las casas del arzobispo con mosquetes a los de palacio. Hubo algunos heridos y muertos de ambas partes, y los de la plaza como si no fueran causadores de su daño llevaban los suyos adonde estaba la audiencia.

A esta hora con los indios, negros y mulatos y gente común que estaba en la plaza, comenzaron a juntarse algunos españoles de capa negra y muchos negros a caballo con escopetas, y corría la voz echadiza que bajaban los labradores de los altos de México con lanzas y adargas y que venían 4.000 ó 5.000 indios flecheros de los contornos al llamamiento de las casas reales.

Creció hasta las cuatro y media de la tarde el alboroto y vocería, y los de fuera viendo que de la audiencia y cabildo ni de otra parte no le venía socorro al virrey ni había quien los impidiese y enfrenase pudiéndolo hacer con facilidad, cobraron mucho brío y derribando algunas puertas menos principales de palacio, entraron en los patios y en el parque y entre ellos clérigos a caballo y otros ciudadanos y gente popular a arcabucear por aquel lado a los que defendían las entradas.

Crecía sin remedio el fuego de la cárcel, y los presos de lo alto que serían hasta 200, viéndose en el último trance, rompieron para escaparse por algunas partes, principalmente la puerta que desde la cárcel sale a la sala del crimen de la audiencia que cae dentro del palacio. Y habiéndose librado muchos por ella, sesenta de ellos llegaron a la presencia del virrey y pidiéndole perdón y armas le ofrecieron su ayuda; el virrey los perdonó y apretado admitió su ofrecimiento, no hubo armas que darles porque aún estaban faltos de ellas número de cincuenta personas entre caballeros, soldados, y criados del virrey, que desde mediodía habían perservado en la defensa, y diez y ocho a veinte arcabuces que tenían no eran de provecho por faltarles munición. Repartiéronse estos presos con los demás por las azoteas y partes convenientes; y aunque comenzaron a hacer alguna defensa, atraidos por la gente de afuera que les decían que la audiencia los llamaba y perdonaba desampararon los puestos y se mezclaron con los amotinados y las torres de la casa del arzobispo no cesaban de tirar contra palacio su mosquetería sin consentir hombre en ventanas y azoteas que por la parte del parque y cuarto del virrey las cogían al descubierto, de manera que no le dejaban estar en lo más retirado de su camarín.

En este tiempo fueron y vinieron nuevos recados de la audiencia al virrey para que se diese por preso y del virrey a la audiencia enviándoles a llamar, requiriéndoles se juntasen con él a tratar y resolver lo que conviniese, y que si no podían juntos, viniese cada uno de por sí.

La audiencia se estaba queda y sólo fue el Oidor Juan de Ibarra, que como no le siguieron los demás se volvió luego mostrando con esta experiencia que podían haber hecho lo mismo sus compañeros.

La audiencia, a hora de las cinco, hizo pregonar que todos los ciudadanos de cualquier condición, y calidad, pena de la vida, viniesen con sus armas a la plaza de palacio y a vueltas de esto y asimismo declaró tomaba en sí el gobierno de Nueva España, y por capitán general de toda ella al Lic. Pedro de Vergara Gaviria, que con los demás oidores concurrió a su mismo nombramiento.

Este oidor puesto en una ventana del cabildo, haciendo señal a la gente de la plaza para que callase, les hizo notoria su elección, y mandó fuesen por sus armas y acudiesen a él; los que allí no las tenían partieron de carrera por ellas, y los demás sacaron las espadas levantando entre todos una vocería y aclamación grande; al punto tocaron como a arrebato en la torre de la iglesia mayor la campana grande, con tanta fuerza y continuación como si toda la ciudad fuera asaltada, y en toda ella no se oía otra campana, ni esto cesó hasta haber entrado y saqueado a palacio, porque la torre está a vista suya.

Habiéndose juntado más de 12.000 hombres con armas, el Oidor Pedro de Vergara tomó el bastón de general, y sin dar socorro a palacio ni hacer acción alguna en su favor, y llevando consigo la flámula por estandarte, y lo más de la gente que iban publicando tenían licencia de la audiencia para prender o matar al virrey. Guió hacia el convento de San Francisco, que está muy distante de palacio, e iban delante de él los hermanos de la tercera orden de San Francisco y habían salido juntos a las cinco de la tarde, y llevaban un Cristo de bulto en alto, cubierto con un velo negro, diciendo y gritando a voz ronca, mueran los herejes, etc. No dejó el nuevo general atrás en la retaguardia orden ni personas que recogiesen a los de la plaza y los sacasen de ella, antes se quedó alguna parte de su gente a cargo del Regidor Don Andrés de Balmaseda que tenía el pendón de la ciudad, el cual a grandes voces comenzó a incitarla contra el virrey apellidando a voces guerra, guerra, guerra, cierra, cierra, cierra, viva el rey y muera el mal gobierno.

Con la ayuda y calor de esos, y con la que dieron desde las azoteas de dos casas particulares del relator Cano, y correo mayor, y desde una esquina de la universisidad los arcabuceros que había enviado el nuevo General Vergara, que tiraban de mampuesto contra palacio.

Cerca de las 6 de la tarde acabó la gente de abrasar y romper todas las puertas principales y segundas y de allanarlo todo. A un mismo tiempo penetraron los sediciosos adentro por muchas partes subiendo a lo alto, hiriendo y matando a cuantos de la parte del virrey encontraban; saquearon toda la casa excepto la cuadra donde estaba la caja real no dejando en lo demás bienes algunos así del virrey y sus criados como de los demás oficiales que adentro vivían, sin hacer distinción cuyos fuesen, y llevaron y destruyeron puertas y ventanas y cuanto pudieron arrancar hasta las tablas, ladrillos y aldabas, los caballos y mulas y lo que había en las caballerizas. Talaron la huerta, deshicieron la noria, y los que paliaban su atrevimiento con celo de religioso y sombra, en esta parte la desengañaron cogiendo y disipando todos los ornamentos y cosas de la capilla real y oratorio del virrey, hasta los cálices y aras, sujetándolo todo a la concentración irreverente de manos profanas y con recientes homicidios sangrientos, extendiéronlas temerariamente a romper las imágenes que allí había, y en todo causaron una destrucción lastimosa. Toda la cárcel de corte quedó abrasada con daño de 20.000 ducados, y el fuego se apagó cuando el rompimiento contra el virrey estaba rematado.

Duró el saco por mucho tiempo, y aunque lo hacían y pasaban ante los ojos de la audiencia y del nuevo general y su escuadrón armado, que ya habían vuelto al cabildo y plaza de San Francisco, donde por hora y media se habían detenido, perdiendo para el socorro tiempo y haciéndole para quebrantamiento y saco de palacio; y estando todos juntos con la audiencia que había hecho poner muchas luces, no hicieron diligencia alguna para impedir el saco ni detener a los que en su presencia lo estaban haciendo, ni echaron mano de ninguno de los muchos que sacaban a la plaza, y por medio de ella y junto al cabildo llevaban consigo sin poderlo encubrir todo lo que iban robando.

Antes del total rompimiento entretanto que el nuevo general marchaba con su gente a San Francisco y allí hacía alto para abatir la fortuna del virrey la audiencia hizo sacar de palacio el sello real y traerlo con luces a las casas de cabildo donde estaban, ejecutó esto con muy poca gente, en medio del rigor y encendimiento del sedicioso combate y ella y el nuevo general no quisieron ejecutar con lucha armada la seguridad que pudieran del virrey y todas sus cosas.

El virrey oyendo el alboroto y ruido de los que entraban por todas partes, y venían rompiendo las puertas y viendo que ya no había orden ni defensa ni de escapar de peligro, quitándose los antojos y haciéndose descoser de los pechos el hábito de Santiago y tomando una capa y sombrero de un criado, ayudado de la oscuridad de la noche, de la ceguedad y entretenimiento de sus contrarios, se mezcló entre la gente, apellidando dos o tres que iban con él por más disimular, ¡Viva el rey y muera el mal gobierno!, acompañado de muy pocos y por librarse de un peligro, expuesto a otro mayor, milagrosamente escapó de entre ellos y se acogió al convento de San Francisco; y a todos, o los más que con él estaban hirieron o maltrataron.

Los que más quieren excusar las órdenes de la audiencia y lo que hizo el nuevo general Vergara cuando en vez de socorrer las casas reales y librar de muerte y peligro al virrey, y cuantos con él estaban, hizo todo lo contrario, desviando y divirtiendo la gente que para esto se había juntado, dicen la llevó a San Francisco para dividir las compañías más cómodamente en los grandes patios del convento, como si en la plaza de donde los había sacado, no hubiera más anchura y autoridad en presencia de sus compañeros, y gente principal que en las casas del cabildo se habían juntado. Al fin el nuevo general entretuvo su gente en San Francisco hora y media sin repartir compañías, ni hacer más que nombrar algunos capitanes de los más opuestos al al virrey, y asistentes a la audiencia, ni dar orden que fuese en utilidad y defensa del virrey, y de palacio. Y cuando entendió le habían entrado, se volvió derecho sus pasos contados a las mismas casas del cabildo en donde había salido y se juntó con los demás; al tiempo de la vuelta ya se estaba acabando el rompimiento, y el saco ardientemente se comenzaba, y sin hallar reparo ni resistencia se acabó de rematar con la gente del nuevo general, dejando sólo reservada la real caja, que unos dicen fue virtud y respeto de los sediciosos, otros que del nuevo general Gaviria, como si las casas fueran de oro particular.

Desde palacio fue la gente a saquear las casas del Dr. Luis de Herrera, asesor del virrey, y las de Don Diego de Armenteros, persona a quien él había nombrado para inquirir, prender y castigar ladrones, y vagamundos, e hicieran lo mismo de las casas del secretario Cristóbal Osorio, si los oidores por ser su amigo, no le hubieran enviado a su tiempo una escuadra de soldados que las guardasen y sin hacer daño en otras personas, y casas, quietos y sosegados, como si tal no hubieran hecho se recogieron a las suyas.

El arzobispo que ya se volvía en virtud del aviso y recado secreto que le habían enviado los tres oidores que concurrieron a sus temporalidades, encontró en el camino al Marqués del Valle y su compañía que llevaban el del virrey y junto con todos aunque la audienda le avisó que se guardase, entró en la ciudad a las nueve o diez de la noche, acompañado de mucha gente, y antes que se alzase el entredicho y cesación a divinis, cuando las puertas de las iglesias estaban cerradas y clavadas por de fuera, para más irritación repicaron a fiesta todas las campanas y trayendo consigo el Santísimo Sacramento, antes de colocarlo en la iglesia divirtió su camino y fue con gran triunfo y fiesta, sin sentir la fúnebre de palacio a las casas del cabildo donde los oidores a las ventanas le estaban aguardando, y desde allí le avisaron se recogiese a su casa. Aquella misma noche despachó la audiencia correo a San Juan de Ulúa para que el alcalde de la fortaleza la entregase a quien ellos mandaban, replicó el antiguo de su pleito-homenaje y otras cosas; facilitáronlas todas y a segundo despacho le redujeron a entregarla, poniéndole delante el ejemplo de lo que habían hecho con el virrey por no haberse entendido con ellos; y pocos días después proveyeron por corregidor de Veracruz a Don Francisco Bravo de la Serna, sobrino del arzobispo, con intento que se ha presumido de darle la fortaleza de San Juan de Ulúa luego que partiese el general de la flota, o por tenerle próximo a ella para las ocasiones que se ofrecerían de su confidencia.

Martes por la mañana estaba toda la ciudad tan quieta, y sosegada, y después lo estuvo, como si nada de lo dicho hubiera sucedido, y los oidores se pasaron a palacio, y juntos en su audiencia proveyeron edicto general para toda la Nueva España, por el cual pregonado y publicado con gran ostentación, por dos continuos días declararon había de retener la audiencia el gobierno, sin restituirsele al virrey. En esta conformidad despacharon bandos por todas las provincias para que todos alzasen la obediencia al virrey, y estuviesen a la audiencia con pena de traidores, y perdimiento de bienes y encomiendas a los que no lo hiciesen.

La misma mañana vino el arzobispo a la iglesia, alzó las censuras y dejó puesto al virrey en la tablilla de los excomulgados, y desde allí, llevando en su carroza al Alcalde Terrones, y con mucho número y ostentación de coches que le acompañaban y tanta gente que no cabía en la plaza fue a palacio a visitar los oidores y darles gracias, por lo que en la suya contra el virrey habían hecho. A la tarde salió de su iglesia con todo el cabildo, y gran acompañamiento y concurso de gente al entierro de un hombre ordinario que de la parte de los sediciosos había muerto en el quebrantamiento de las casas reales. Cantóle el responso y lo hicieron tan solemne y suntuoso entierro, cuanto mayor no se podía, si la muerte hubiera sido por la defensa más gloriosa de su príncipe y patria. Mandó que los curas enterrasen de balde a los demás sediciosos que habían muerto en la misma empresa; y habiéndoles ofrecido o pagado la limosna ordinaria por el entierro del Capitán Gabriel de Velasco, que había muerto en la defensa de palacio, no quisieron venir por el cuerpo, diciendo que aquél era de los herejes hasta que dispersaron en el escrúpulo con veinte pesos que le dieron de más.

Los oidores dieron luego orden de alistar toda la gente de la ciudad que pudiese tomar armas y la dividieron en ocho o nueve compañías, nombrando por maestre de campo general a Don Juan de Cervantes Casaus, contador del tribunal de cuentas y por capitán de los caballos de los encomenderos, al Adelantado Don García de Legazpi, con pena que darían por vacas las encomiendas de los que no acudiesen. Y estando la ciudad en todo sosiego, han hecho diligencia para que no quede persona sin alistarse y por no condenar esta prevención para gente quieta no necesaria, dan por causa que la hacen para ejercitar en la milicia los alistados.

La audiencia se apoderó luego de todos los papeles de importancia y secreto y órdenes y avisos e instrucciones de S. M. y de los demás papeles y secretos particulares propios que el virrey tenía y eran de sus secretarías, y los mismos partes andaban en público y se sabía lo que contenía particularmente la secreta que de oficio el virrey enviaba en la flota a S. M. con relación de los méritos o deméritos de cada uno, y de muchos sacaron luego, y repartieron infinitos traslados, y otros publicaron impresos.

La divulgación de esos papeles y secretos por sí mismos y mal interpretados, va causando entre los interesados los grandes inconvenientes que se dejan entender y con ocasión de los que suponen y dicen haber hallado, imputan al Marqués lo que pretenden para hacerle odioso.

Los días siguientes y los demás haba la última partida de los avisos, se han juntado los oidores por mañana y tarde con gran ostentación y acompañamiento de gente armada, y el Lic. Pedro Vergara, como capitán general, andaba siempre con su bastón en la mano, y cincuenta hombres de guarda que continuamente le acompañan todas las veces que entra en palacio donde posa en el cuarto de los virreyes o pasa por donde están las banderas se las abaten tres o cuatro veces; y porque salió el primer día con valona, a uso y observancia de los reinos de Castilla, los demás oidores, y gente de cuenta se pusieron luego valonas, cosa que hasta entonces no se había hecho.

Hicieron luego entrar en la ciudad una compañía de caballos con lanza y adarga de lugares de su jurisdicción, y han dado orden que vengan otras; y generalmente han alzado y quitado la prohibición de arcabuces y armas de fuego, y permitido muchas cosas que el virrey y sus antecesores habían prohibido; y han mandado volver a todas las personas que el virrey tenía desterradas, y soltar a los que tenía presos fuera de la cárcel de corte por casos y delitos graves. Y porque sirven de testigos contra él los han vuelto a sus oficios o dádoles otros de nuevo; han hecho llevar a su sala el pleito contra Don Melchor de Veráiz, compeliendo para ello a la persona que guardaba el proceso y que vuelvan a sus religiones los apóstatas de ellas, y a quien sus prelados por causas justas habían quitado el hábito; y al fin en todo se han tomado tanta mano y licencia como si su poder fuera absoluto y cierto lo que se dejan decir de que en la corte de España tienen las espaldas seguras en sus correspondientes y valedores. Con lo cual la ciudad queda llena de ladrones, salteadores y facinerosos, desterrados y fugitivos por graves delitos y estos y los presos que había en las cárceles se pasean públicamente con pistolas en la cinta y armas prohibidas, sin haber quien se lo impida.

Los primeros días después del suceso se paseó Don Melchor Pérez de Varáiz en carroza muy rica, con mucho acompañamiento y galas, hasta que salió a dar su residencia en la provincia donde ha sido alcalde mayor, acompañado de cincuenta hombres a caballo con sus escopetas para hacer mejor los descargos de su residencia, y antes que partiese hizo llevar a su casa al que le había denunciado y poniéndole una daga a los pechos y amenazándole de muerte, violentamente le hizo declarar había hecho la denunciación por orden del virrey y que se apartaba de ella; aunque luego que salió de allí, y se vio libre, hizo pública protestación de la fuerza, y amenazas que le habían hecho, declarando con juramento ser falso lo que Don Melchor le había hecho declarar y cierto que la denunciación había sido sin inducimiento de otro y quería se prosiguiese.

En los mismos días se han echado muchos bandos confirmando los primeros, y declarando que la audiencia gobierna y ha de gobernar, hasta que S. M. ordene otra cosa. Y porque la ciudad ha caído en la cuenta y se hacían juntas y corrillos diciendo y sintiendo bien del gobierno pasado del virrey, y mal del presente que corre de la audiencia han echado bando con grandes penas para que ninguno diga bien del un gobierno, ni mal del otro, y a esto y a todo pretenden poner perpetuo silencio y que el atentado de su posesión pase en derecho de propiedad. Y aunque muchos españoles de la ciudad y los indios han ofrecido al virrey la libertad y restitución su modestia y no querer aventurar las cosas no lo han admitido posponiendo su particular a la quietud común.

Cuando los oidores entendieron que el virrey estaba en San Francisco pobre y desacomodado, en vez de acomodarle y restituirle en su cargo, le pusieron mucha gente de guarda que cercan el convento, y no dejan entrar a hablar con él sino los que tienen puesto en una memoria y adentro sólo le permiten tres o cuatro criados precisos para su servicio; han dado orden muy apretada a las guardas para que no le dejen salir del convento y si de hecho lo intentare le maten por ello. Lo tienen preso a su secretario Alonso López Romero por quitarle la ayuda que con él tuviera para el despacho y dirección de sus negocios, y con ocasión que haga ante ellos algunas declaraciones le llevan desde la cárcel a las horas y por las partes de más publicidad, haciendo misterio y ostentación de este género de severidad. Le han cerrado al virrey todos los caminos de dar cuenta de lo sucedido y aviso de su opresión, haciendo particular escrutinio con su capellán, y personas que tienen licencia para entrar a hablar con él y con los que han entendido traían algunas cartas y papeles suyos poniéndoles acechanzas en los caminos y dificultades en el embarcadero.

Había desviado el virrey de sí a Don Juan de Baeza, su mayordomo, y despachándole a España en el aviso que partió por diciembre, un mes antes de la revolución, con orden que se detuviese en ella, y título de acudir a sus negocios; detúvose con los galeones en La Habana y allí recibió carta del Oidor y General Gaviria, en que le avisaba cómo el virrey poco después de su partida había comenzado a inquirir contra dicho Don Juan sobre si era culpable en materia de recibos, y le amonestaba se volviese desde allí a defender su causa, y le ofrecía toda su amistad para librarle de ella, y tomarle por medio para imputar aquel cargo al mismo que se le hacía. Don Juan de Baeza, ofendido más de la malicia que obligado del aviso de la carta, sacó un tanto autorizado de ella y le remitió al virrey, y satisfecho de su inocencia siguió su viaje, y por desgracia propia o ajena industria, se fue a pique con los papeles importantes que del virrey traía.

La audiencia empeñada en todo lo que por sí sola había hecho, después de haberse tomado el Gobierno al principio con color de sosegar la sedición y escapar al virrey, luego, por decir que no parecía, y después de parecido que no convenía restituirle, conociendo que los ánimos de muchos no estaban por el virrey por haber hecho justicia contra ellos o por la amistad, parcialidad o dependencia que otros tenían con estos quejosos, hizo junta aparente que llamaron general de los estados de la ciudad para que declarasen, como declararon, que no convenía que el virrey volviese al gobierno. Vinieron los más en ello, unos por odio o pasión contra el virrey y los más por temor del nuevo capitán general y audiencia, a quien presentes y señoreados de todo habían de excluir, y todos por excusar el castigo y afrenta de lo pasado, reconociendo su culpa en hecho u omisión, los libres y desapasionados por no ofender con su verdad a la audiencia no quisieron hallarse en esta junta y los que acaso se hallaron no manifestaron su voto, y por no peligrar, como otros, que se han mostrado por el virrey, se dejaron llevar de la pasión corriente: los oidores por reducir a su parte los más principales llamaron algunos al acuerdo, y allí les proponían, que aunque la audiencia había tomado resolución en el gobierno, querían saber su parecer, y aunque les respondiesen contra su intención perseveraban en ella, como lo hicieron con el Marqués del Valle y otros señores y el mismo marqués lo ha dado por certificación; y si sea lícito o de pernicioso ejemplo hacer al pueblo y súbditos árbitros de mudar y elegirse superior no es de esta relación, ni el averiguar lo necesario para la inteligencia de ella.

No se pueden decir los muchos libelos, coplas y canciones que se sacaron aquellos días, ni encarecer los desacatos y atrevimientos que contra el virrey contenían y publicidad y aplauso con que los leían y referían los apasionados unos a otros; llegó a extremo la descompostura que pidieron licencia a la audiencia para imprimir algunas de estas obras, y ella se contentó con sólo negarla. Díjose que el arzobispo se la había concedido, y por lo menos consta la dio el Lic. Cristóbal Ruiz, su predicador y ministro, para que imprimiese en México con título de relación un libelo infamatorio contra dicho virrey, tan falto de verdad en muchas cosas como lleno en todas de palabras infamatorias, y malsonantes, descubridoras de su rabiosa pasión, maldad vertida por quien dio la licencia un día antes que el papel se aprobase. Y por las calles cantaban los muchachos con toda libertad coplillas y cosas causadoras de escándalo y revolución, y en que aprobaban la pasada y entre ellas una que las califica todas, diciendo: ahora vivamos en nuestra ley, que no hay virrey.

Los padres de San Francisco habiendo entendido la sediciosa procesión que los hermanos terceros habían hecho en obra de tumulto, teniendo por justo no dejarlos sin castigo los privaron del hábito. La audiencia vio este ejemplo, y que de él no se había perturbado, antes confirmado la general quietud, pero no le imitó. Antes los principales de la sedición andan seguros, y no se hace diligencia contra ellos, sólo contra el virrey y sus criados y defensores, queriendo la audiencia perfeccionar con la jurisdicción que no tiene, lo que a son de pueblo se intentó por medio de la violencia; y el seguro de los delincuentes es tan grande que a vista de la audiencia y del nuevo general y otros dos oidores, que posan en palacio, sacaron de él por los tres días siguientes a la sedición, la paja, maíz y demás provisión que estaba recogida para para la caballería del virrey y permitir esto, fue querer que los que habían llevado los caballos y mulas tuviesen con qué sustentarlas.

Levantáronse los primeros días tres compañías de a cien hombres que se han de pagar del dinero del desagüe y vendrán a montar 64.000 pesos en cada un año; éstas asisten en las casas reales de día y de noche entrando cada día una de de guarda, y se han metido en dichas casas muchas armas, y municiones, y en los terrados y azoteas de ellas, se han puesto algunas piezas de artillería, y se dan dos nombres, uno a la entrada en el cuerpo de guarda, y otro para pasar adelante a entrar adonde está el nuevo General Lic. Gaviria.

La audiencia y ciudad han enviado a España dos agentes, uno es el Dr. Altamirano, abogado de la audiencia, y capitán de una de las compañías que el nuevo gobierno ha levantado preso por una muerte y que por haberle castigado el virrey, y quitádole un excesivo salario de 600 pesos con que los indios, sin haberle menester le contribuían, se dejaba decir contra él, que al tiempo de la residencia, había de abogar graciosamente por todos los que quisiesen capitularle y por cuenta del desagüe le han dado para que venga 10.000 pesos. El otro es Cristóbal de Molina, uno de los Regidores que el virrey tuvo presos, y el que hacía cabeza y resistencia con ellos en la ocasión referida de su prisión; y que habiendo excusado otros regidores cuerdos esta jornada, él se convidó a ella, y la ciudad le ha dado una gran suma por ayuda de costa; reconociéndose en esto ambas partes bien necesitadas de dar satisfacción.

El arzobispo, que por haberle sacado de México la audiencia para traerle a España, hizo lo mucho que se ha referido, y expuso aquel nuevo mundo a peligro próximo de perderse, hoy sin causa después de restituirlo a su silla, voluntariamente ha hecho la misma jornada fuera de toda ocasión cuando sus ovejas descarriadas más le habían menester para su quietud, amparo y seguridad, y por entender venía a negociar la de todos, le han contribuido hasta cien mil pesos, si hacer en este donativo los escrúpulos que formó en el de S. M.

Esta suma cierta de lo mucho que da este caso podía referirse, además de ello después de la sedición han pasado otros lances entre el virrey y la Audiencia, dignos de saberse por no agraviar a la verdad, se podrán a la letra según que constan de los papeles que de una parte a otra se han enviado; y poniendo en primer lugar la certificación que de ello dieron firmada de su nombre el inquisidor Juan Gutiérrez Flores y el padre Fray Juan de Lormedi, guardián del convento de San Francisco de México y calificador del Santo Oficio, personas que por su entera satisfacción, entre las partes han tratado de componerlas hasta que la audiencia manifestó que no quería ningún modo de composición.

Relación firmada del inquisidor y guardián de San Francisco

Habiendo sucedido el alboroto popular de esta ciudad el 15 de enero de este presente año 1624 el Excmo. Sr. Marqués de Gelves, virrey de esta Nueva España, hizo saber a dicho inquisidor por el dicho padre guardián como estaba retirado y secreto en su convento para que le fuese a hablar y habiéndolo hecho, le propuso S. E. el estado de sus cosas ordenándole que si no tuviese inconveniente, se encargase de ellas, por lo tocante al servicio de S. M. y a la quietud de este reino y que juntamente con dicho padre guardián trátase con la real audiencia la forma que se hubiese de dar en estos negocios y restituirle su cargo y gobierno asegurando su persona, y que dicho inquisidor cuidase de recoger los papeles de su secretaría por cuanto muchos de ellos eran de gran servicio de S. M. y de materias secretas y se tratase de que la audiencia se juntase con el S. M. en la sala del acuerdo o en otra parte para conferir lo conveniente en todo. El inquisidor le dijo y respondió que sin reservación de la sangre, vida y honra lo pondría todo en servicio de S. M. y desempeño de sus obligaciones a él, y de la en que de nuevo le ponía S. E. con esta confianza. Y así otro día dichos inquisidor y padre guardián hablaron a toda la real audiencia, junta en casa del Sr. Lic. Pedro de Vergara Gaviria, que estaba enfermo, proponiéndole lo que V. E. les había cometido; a que se respondió que la real audiencia no había quitado a S. E. el gobierno sino el pueblo, no habiéndose podido resistir su forma con muchas diligencias que se habían procurado y que habiéndose encargado de él la audiencia tenía justas causas para retenerle hasta que S. M. informado del suceso proveyese y mandase lo que fuese servido y a S. M. mismo darían razón de las dichas causas, y que habiendo de continuar con firmeza esta resolución el Sr. virrey no había de salir de esta Nueva España hasta venir la respuesta de S M. y que S. E. eligiese el lugar y puesto que gustase para su asistencia, como no fuese en México, ni en Puebla, sino muchas leguas distante, y con la guarda, y custodia necesaria para la indemnidad de su persona puesta por la rel audiencia, que no convenía juntarse la audiencia con S. E. en el acuerdo, ni en otra parte, aunque le venía algún oidor en particular si gustase de ello que en lo tocante a los papeles, se procurarían recoger por medio de censuras que se pidiesen a instancia del fiscal de S. M. y hecho inventario de ellos, se darían a S. E. los suyos particulares, quedándose la audiencia con todos los que en cualquier manera tocasen a negocios y a los cargos que había tenido; que en cuanto a entregarle su hacienda, tanto la parte de recámara que se pudo escapar del caso, como la cantidad que se le debe en la caja real de su sueldo, se hallaban inconvenientes no dando S. E. fianzas para la residencia.

Sobre esta respuesta hubo algunas réplicas por seis u ocho días que S. E. estuvo oculto en dicho convento, hasta que se manifestó en una celda de él, y a la misma hora se puso a las puertas que caen a la calle guardas de infantería, dándose a los soldados orden para las personas y criados de S. E. que habían de dejar entrar en dicho convento, y de las que habían de prohibir; y entendida por S. E. la firme resolución de los señores oidores, el no haberle de restituir el gobierno trató de quererse ir luego a España a dar razón de sí a S. M., y porque tratando dichas cosas con los señores oidores en particular, se le dilataba mucho la resolución, pareció que dichos inquisidor y guardián los tornasen a hablar juntos, como lo hicieron en la sala del acuerdo, proponiendo los puntos siguientes:

Que no habiéndose de restituir el gobierno a S. E. no convenía ni era cosa decente, que estuviese en la Nueva España sino que haciendo primero los protestos necesarios para su resguardo, se pudiese despachar luego a Castilla, y al tiempo que pudiese alcanzar los galeones de Don Eduardo de Oquendo en La Habana previniéndose en el puerto de San Juan de Ulúa por cuenta de S. M. en un navío en que pasar la hacienda, que para disponer el viaje y componer los negocios tenía necesidad de poder tratar y comunicar libremente en el dicho y las personas que quisiesen de todos estados, pues para lo contrario no había causa ni razón y que en particular se le diese libertad a su secretario de cámara Alonso López Romero, padre Fray Bartolomé de Burguillos, su confesor, Don Sancho de Varaona, escribano de cámara del crimen de esta real audiencia y Don Juan de Alvarado Bracamonte, fiscal de la de Panamá, por ser las personas por cuya mano habían pasado todos los negocios de que había de dar cuenta a S. M.

Que en tanto que él llegase a sus reales pies le importaba enviar delante persona propia, y propuso la del contador Gaspar Vello de Acuña y dichos Don Sancho de Baraona y Don Juan de Alvarado Bracamonte y que si eran los dos oficiales asalariados por S. M. en este reino y prohibidos de salir de él sin su licencia, se podría arbitrar en este caso por ser nuevo y de la calidad que era y estar los súbditos más capaces que otros de los negocios; y el árbitro de esto tocaba a S. E. como virrey, gobernador y capitán general y se encargaba de que S. M. lo tendría por bien.

Que no habiéndole quedado otra hacienda ni substancia de que valerse para los gastos del viaje, y los demás que se ofrecian, si no es la cantidad que se le debía en la caja rural, y la parte de recámara, que estaba a cargo de los oficiales reales, que se le restituyese enteramente, sin obligarle a dar fianzas de residencia, pues no había vacado su oficio en forma, ni se le podía tomar dicha residencia sin expresa orden de S. M. en cuya presencia estaría a derecho con su persona y hacienda para lo que fuese servido de mandar en este artículo.

Que no se le habían restituido ningún papel de su secretaría ni se le daban las cartas que le venían de dentro y fuera del reino en que era justo proceder con más atención de lo que se hacía.

Entendida esta proposición por la real audiencia dio por respuesta en su nombre el Lic. Gaviria que se admitiría el protesto de S. E. y se le daría testimonio auténtico de él con lo que se respondiese y que ya se había dado licencia a su secretario de cámara para que le asistiese, pero no al confesor, ni a los otros ministros que pedía, ni conforme a las cédulas reales, podía la audiencla conceder que saliese del reino ninguno de los ministros asalariados por S. M. y que la embarcación para La Habana, se prevendría como fuese por cuenta de S. E. y no por la de S. M. reservando en sí la real audiencia el día y tiempo en que se hubiese de hacer a la vela del puerto de San Juan de Ulúa. Y en esta conformidad se escribió al general Don Juan de Benavides para que previniese el navío. Y en cuanto a los bienes y hacienda se acordó por entonces que se entregasen los vestidos, ropa blanca, plata labrada de servicio y otras alhajas necesarias para el uso de S. M. reservándose lo demás para mayor deliberación; sobre que hubo otras demandas y respuestas sin tener efecto la libertad de dicho secretario, porque dijo el Sr. Lic. Gaviria lo había ordenado así la audiencia con nuevas causas que habían sobrevenido. Y últimamente dijo que para poderse proveer con fundamento sobre la ida de S. E. la restitución de sus bienes y los demás puntos propuestos, convendría que se pidiese por escrito con poder de S. E. o por un papel firmado de dicho inquisidor en que certificase que lo pedía en su nombre y con su orden. No le parecía a S. E. que convenía dar el poder ni orden para que se pidiese nada por escrito, ni con su nombre, y que bastaba entender la real audiencia que dichos inquisidor y padre guardián no tratarían esta materia sin comisión y sabiduría, antes hizo siempre fuerza en que por ninguna vía, ni aun de palabra se propusiese nada en que pareciese conformarse en dejar el Gobierno, sino que en todo ordenaba como virrey y capitán general y que el irse a España o quedarse había de estar en su elección sin dependencia alguna de la audiencia en esto, y en lo demás que hubiese de hacer.

Y no contentándose la audiencia con esto, proveyó un auto para que ningún oidor en particular pudiese recibir recaudos en los negocios de S. E. sino todos juntos y por escrito; con que se paró en el tratado por algunos días hasta 7 de este mes de febrero que S. E. llamó al inquisidor y le dijo:

Que el mismo día por la mañana le había hecho saber la real audencia cómo partida el correo del aviso de España para el 20, y que si S. E. quería escribir se encaminarían con toda seguridad sus despachos; pero que él estaba imposibilitado de poderlo disponer ni duplicar los del aviso pasado, faltándole su secretario y las demás personas por cuya mano habían corrido; y pidió al inquisidor que tornase a instar en esto al menos por lo tocante al secretario y confesor; y también le dijo que en conformidad de lo acordado con la audiencia tenía ordenado el protesto con parecer de letrados sobre la restitución del Gobierno, y que habiendo diversas veces enviado a llamar a Luis de Tobar Godínez, escribano mayor de gobernación para que le notificase, no le había dejado la audiencia ir, ni a otro ningún oficial de los tribunales, y que así para poder dar cuenta a S. M. de estar hecha esta diligencia, y lo que resultase de ella, encargaba a dicho inquisidor que llevase el protesto, y se lo ordenaba en nombre de S. M. y no pudiendo excusar de obedecerle, le llevó, y comunicándole primero de dale a la audiencia, con los señores licenciados Pedro de Vergara Gaviria y Juan de Ybarra y habiéndose después referido y leído a todos juntos, sintieron mucho su estilo y ordenata y que el inquisidor se hubiese encargado de llevarle. Y el día siguiente le envió a decir dicho Sr. Lic. Gaviria, que le pedía no fuese al convento de San Francisco hasta que él le viese, y a la misma hora se dio orden al sargento mayor y a los soldados de guarda de dicho convento para que le prohibiesen la entrada en él. Y aunque esta acción ha sido tan ociosa y voluntaria como se deja entender, el inquisidor, por no dar ocasión a nuevos ruidos y por tener poca esperanza de la composición de dichos negocios, se ha abstenido de tratarlos y de ir al convento hasta tener ocasión de mejorarse el estado de los negocios, y de encaminar en lo que pudiere al servicio de S. M. Y este es el estado en que al presente quedan las cosas de S. E. en lo que ha pasado por mano de dichos inquisidor y padre guardián y lo firmaron de sus nombres en México, a 27 de febrero de 1624. Dr. Juan Gutiérrez Flores. Fray Juan de Lormendi.

Protesto del virrey a la audiencia

Don Diego Pimentel, Marques de Gelves, del Consejo de Guerra, comendador de Villanueva de la Fuente, virrey, lugarteniente del rey nuestro señor, gobernador y capitán general de la Nueva España, y presidente de la real audiencia que en ella reside, por el rey nuestro señor Felipe IV: Hago saber a la real audiencia que a mi noticia ha llegado que han echado bando y dado órdenes contra la autoridad de mi cargo, y seguridad de mi persona provocando los animos del pueblo a que se desacaten y me pierdan el respeto debido, en ofensa de la autoridad real, cuya persona represento en estos reinos por sus reales órdenes, separándose de ella y alzándose tiránicamente con el gobierno sin poderlo hacer, con gran riesgo de su pérdida y con el mal ejemplo ocasionado, y provocando a bandos y sediciones por términos tan violentos e inobedientes contra las órdenes reales, pues sólo ha de haber una cabeza y gobierno y ese es absoluto y propio mío, como quien inmediatamente representa la persona de S. M. y para que esto cese y se evite tan gran daño como el perder este reino S. M. tan violentamente que aún no ha querido la real audiencia juntarse con mi persona en el acuerdo para este caso, sino tenerme imposibilitado de poder por ninguna vía ni camino acudir a los medios y obligación de mi cargo necesarios, en cuya razón protesto, y requiero a dicha audiencia, me restituya la obediencia debida y a la dignidad y puesto, como lo estaba el día de la rebelión y obedezcan y admitan mis órdenes como si S. M. las diera, asegurando mi persona con la gente de guerra que está levantada, y no se excusen por ningún camino, forma, ni modo, so pena de incurrir en las penas que hacen contra los que contravienen las órdenes de S. M. y perturban la paz pública y usan mal de las armas y súbditos reales y son causantes de sediciones e infidelidades. Y en nombre de S. M. y con su real autoridad, ordeno y mando a dicha real audiencia así lo obedezca y cumpla, y lo contrario haciendo desde luego en su real nombre los declaro por rebeldes contra su real persona, y la mía que en su lugar en este reino la representa y a todos aquellos que los obedecieron y cumplieron sus órdenes, y contravinieren a este protesto y orden mía, en pena de la vida y confiscación de bienes. Y ordeno y mando al secretario ante quien pasaré este requerimiento y diligencias, me lo den por testimonio so las mismas penas y privación de su oficio en que le doy por condenado lo contrario haciendo. Hecha en México, a 7 de febrero de 1624. El Marqués de Gelves.

Habiéndose leído este protesto en el real acuerdo a la audiencia le pareció demasiado riguroso y formó sentimiento contra el inquisidor por haberle llevado, y habiéndole mostrado el descontento que de ello habían recibido le despidieron con decir que se volviese que se le enviaría la respuesta, y después el Lic. Pedro de Vergara Gaviria le envió a decir se abstuviese de ver a S. E. hasta que él le viese y dispusiese lo que se debía hacer; y como capitán general dio orden a los soldados que estaban de posta en San Francisco impidiesen la entrada al inquisidor si fuese al convento.

Con esto envió la audiencia al inquisidor la respuesta por una provisión, inserto en ella el auto para que lo llevase a S. E.; por parecerle al inquisidor este auto en la substancia, y circunstancias de riguroso estilo, no se quiso encargar de llevarle, y también por haber tenido noticia, que ya la audiencia había enviado otro traslado del mismo despacho con Francisco Morán, teniente de escribano de la gobernación y que el virrey no le había querido recibir, ni oir, si no era viniendo en forma del decoro y respeto con que había de tratar la audiencia como a su virrey, presidente, gobernador y capitán general.

El tenor de la provisión que la audiencia hizo en respuesta del protesto de S. E. con las glosas que se pusieron al margen es como sigue:

Don Felipe por la gracia de Dios, rey de Castilla, etc. Hago saber a Don Diego Pimentel, Marqués de Gelves, mi pariente, de mi Consejo de Guerra, comendador de Villanueva de la Fuente, virrey que ha sido de la Nueva España, que mi presidente y oidores de la audiencia y cancillería real que en ella reside, proveyó un auto del tenor siguiente: En la ciudad de México a 9 del mes de febrero de 1624; los señores presidente y oidores de la audiencia y cancillería real de esta Nueva España dijeron: que por cuanto el Marqués de Gelves, virrey que fue de ella, se ausesó y desamparó las casas reales el 15 de enero de este año por la conmoción y alteración popular que hubo en esta ciudad, cansada del absoluto y violento gobierno con que tenía este reino en la mayor opresión que jamás ha estado; sin obedecer cédula, ni mandato Real, quitándoles apelaciones; impidiendo la libre administración de justicia a la audiencia y la libertad de usar los oficios públicos a los que los tienen; prohibiendo que no se diese testimonio de cosa alguna, así por los escribanos de cámara como por los demás, y asímismo impidiendo el escribano a los reinos de Castilla libremente, y tomando las cartas y despachos que de allá venían, para que ni S. M. pudiera ser informado de lo que verdaderamente pasaba, ni sus súbditos y vasallos gozasen de los beneficios, mercedes y remedios que les enviaba publicando y diciendo que no había de haber más voluntad que la suya. Que como lo hacía en lo espiritual y temporal lo que llegó a términos que hizo desterrar y desterró al arzobispo de esta ciudad para los reinos de Castilla, declarándolo por extraño de los de S. M. sin embargo de que esta audiencia proveyó otro día auto en contra, por lo cual lo prendió y puso a tres oidores de ella presos en las casas reales con guardas y obligó a poner cesatio a divinis sobre dicho destierro, proveyendo el señor marqués auto para que no se pusiese con penas pecuniarias como de dicho auto consta, e hizo otras con que la plebe se irritó y enfureció de la forma y manera que se vio y para parificarla y sosegarla fue forzoso, único y total remedio tomar en sí esta audiencia el gobierno de la Nueva España por común aclamación del pueblo, en el ínterin que S. M. otra cosa proveyese y mandase, sin haberlo podido excusar, menos que poniendo este reino en condición y evidente riesgo de perderse como lo estuvo en dicho movimiento y desasosiego popular. En cuyo caso, esta audiencia, conforme a las cédulas reales que hablan en esta razón lo debió hacer.

Y aunque habiéndose manifestado después dicho señor marqués en el convento de San Francisco de esta ciudad, deseó esta audiencia que conservándose este reino en la obediencia de S. M. y paz pública, fuese vuelto al gobierno de él. Habiéndolo consultado con todos los tribunales, cabildo eclesiástico y secular, señores de título, universidad real, religiones, caballeros y demás personas principales de esta república, fueron de parecer que no convenía, y que era necesario y forzoso al servicio de S. M., quietud y paz de este reino, que dicho gobierno lo continuase esta audiencia y por algunos se le adquirió y protestó no lo dejase por el evidente peligro en que se ponía este reino, volviéndolo al gobierno dicho señor Marqués de Gelves, pues era cierto había de haber mayor alteración y con mayores e irreparables daños que la primera. Y porque dicho Sr. Marqués de Gelves desde el convento de San Francisco está inquietando de nuevo este reino, proveyendo oficios con ante data ante Alonso López Romero, su secretario de cámara, para reducir a su devoción los proveídos y haciendo otras acciones. Por las cuales quiere dar a entender que todavía es virrey y que como tal ha de proveer y mandar, de lo que se sigue tanto perjuicio y daño como es volver a alterar los ánimos de los vasallos de S. M., que comienzan a estarlo y a poner este reino en el evidente riesgo y peligro de perderse en que estuvo, como se pondría si se diese lugar a sus intentos tratando y poniéndolo en práctica devolver el gobierno a dicho señor Marqués de Gelves, como lo ha pretendido y pretende por un pretexto que de su parte trajo a esta real audiencia el Dr. Juan Gutiérrez Flores, inquisidor apostólico de esta Nueva España, de que se dará cuenta a S. M. y para que todo lo susodicho cese y el Sr. Marqués de Gelves no sea otra vez causa ni instrumento de que este reino se ponga en el evidente riesgo de perderse, antes se conserve en la obediencia real, tranquilidad, paz y sosiego en que queda y está por la gran misericordia divina, fidelidad y buena diligencia de esta real audiencia, como es notorio. Mandamos y mandaron se notifique a dicho señor Marqués de Gelves no cause nuevos disturbios y alborotos, ni trate directa ni indirectamente de ser vuelto ni restituido a dicho gobierno, ni haya acción alguna en orden a esto, con que se perturbe la paz pública. Porque en esta real audiencia ha de continuar y tener precisamente dicho gobierno, hasta tanto que S. M. ordene y mande de lo que fuere servido ante quien ocurra a pedir lo que le conviene, con apercibimiento que se le hace que todos los daños, alteraciones e inquietudes, robos y muertes que se siguieren y recrecieren de lo contrario corran por su cuenta y riesgo y serían a su cargo. Además de que esta real audiencia lo remediará por todos los medios y modos que sean necesarios y más convenga al servicio de S. M., seguridad y conservación de este reino. Y así lo proveyeron, firmaron y mandaron que se despache provisión real, inserto este auto, y se dé su traslado autorizado a dicho inquisidor Don Juan Gutiérrez Flores para que le dé y entregue al Marqués de Gelves, por respuesta del papel que trajo de su parte a esta real audiencia ayer jueves ocho, de que dé recibo ante el presente escribano mayor de la gobernación y asimismo se dé otro traslado autorizado de la provisión a dicho Sr. Marqués de Gelves, que le sirve de notificación, caso que no dé lugar a que se le haga. El Lic. Paz y Vallecillo. El Dr. Galdos de Valencia. El Lic. Pedro de Vergara Gaviria. El Lic. Vázquez de Cisneros. Dr. Don Diego de Avendaño. Lic. Juan de Ibarra. Ante mí, Luis de Tobar Godínez. Por tanto y para que lo contenido en dicho auto sea incorporado, tenga cumplido efecto visto por dicho presidente y oidores, fue acordado que debía de mandar y mandó dar esta carta en dicha razón. Y yo lo tuve por bien por lo cual mando a dicho Marqués de Gelves vea dicho auto y lo guarde Y cumpla en todo y por todo según y como en él se contiene debajo de los apercibimientos en él contenidos, sin contravenir a ello en manera alguna. Dada en la ciudad de México el 9 de febrero de 1624. Lic. Paz de Vallecillo, Dr. Galdós de Valencia, Lic. Pedro de Vergara Gaviria, Lic. Alonso Vázquez de Cisneros, Dr. Don Diego de Avendaño, Lic. Juan de Ibarra. Yo, Luis de Tobar, escribano mayor de la gobernación de esta Nueva España, por el rey nuestro señor le hice escribir por su mandado, su presidente y oidores, en su nombre.

Memorial de lo sucedido en la ciudad de México desde el día 10 de noviembre de 1623 hasta el 15 de enero de 1624

Muy puntual ha sido Dios en oponerse en todas las ocasiones a los altivos pensamientos de los que han querido fundar torres levantadas y soberbias sobre su vana presunción, y en acudir en buena razón y coyuntura a los afligidos y necesitados con el remedio. Bastante acuerdo de todo punto lo tienen desahuciado de parte de los hombres y en defender con galana bizarría la autoridad y estimación de su querida esposa la Iglesia, dando (como dan) con vaina y todo, castigando luego de contado, sin aguardar al plazo largo que los hombres dicen del eterno juicio a los que atrevidamente pretenden desautorizarla, perdiendo el respeto a ella y a sus ministros, y el miedo a sus censuras y franquezas, siendo las [?] y demás que le dio en el día de su desposorio habiéndole costado no menos que el precio de su sangre. Llenos están los libros de estas verdades, fieles testigos de ella han sido todas las edades, tiempos pasados, pero en ninguno acudió Dios con mayor demostración a todos los puntos, que en el día 15 de enero de 1624, al cual justamente podemos llamar día grande y día del Señor, pues en él se mostró sumamente sabio y poderoso, y día del triunfo de la iglesia pues con tan evidentes milagros como los de Egipto, quiso dar a entender cómo el tocarle a un ministro suyo o desestimarle sus templos es tocarle en lo vivo de las niñas de los ojos.

Desde el punto que el Marqués de Gelves pisó la tierra de Nueva España, en sus acciones y palabras descubrió el insaciable apetito con que iba a mandar con soberana, sin estrechar su voluntad con mandatos superiores, leyes, derechos y cédulas reales, y asimismo descubrió el poco caso y estimación que hacía de las personas eclesiásticas, tratándoles en presencia y ausencia bajamente con palabras mayores, haciendo informaciones contra eclesiásticos, mandándoles prender, y llamando a pregones a religiosos. Y porque de esto nadie se quejase por la singularidad del trato, a toda suerte de gente, hasta los mismos oidores trataba peor que si fueran sus esclavos. Y esta soberanía de su gobierno quiso fundar en miedo y temor, conformándose con la mala razón de estado del otro que decía aborrézcanme con tal que me teman. Y para que el temor fuese mayor y más general, resolvió a chocar con los más poderosos, desterrando sin culpa alguna a los regidores de la audiencia y prendiendo al Lic. Pedro de Vergara Gaviria, oidor, sin más causa que por haber escrito el decreto en una petición en que la sala mandaba se llevase al acuerdo, para proveerla, porque para quedarse por dueño absoluto de todo, así en el gobierno como en la administración de justicia, había mandado y hecho notificar a los secretarios, oidores y relatores que ninguna petición y negocio ni memorial se recibiesen ni despachasen sin que él diese especial licencia para ello. Y porque el Lic. Gaviria, por no atreverse a hacerlo el secretario, escribió dicho decreto, le tuvo preso en su casa 18 meses poco más o menos, y para hacerse más temido con esta prisión dio en perseguir y afligir a todos aquellos que directamente eran amigos del Lic. Gaviria. Por lo cual, y porque había experimentado que el Lic. Galdós de Valencia, oidor, era hombre de bríos y tesón, y amigo de Gaviria, so color de que estaba nombrado por visitador de la Audiencia de los Charcas, sin habérsele enviado los despachos, mandó no acudiese a los de la audiencia, con que en ellos hubo un estanco muy pernicioso.

Porque con la falta de estos dos oidores y los pocos que había, hace dos años que apenas se despacha negocio de justicia, como Don Melchor Pérez de Varáiz, caballero del hábito de Santiago y alcalde mayor del partido de Iztlavaca y Metepec era declaradamente el mayor confidente del Lic. Gaviria, asistióle con todo esfuerzo la artillería y batería de las persecuciones y agravios, sumiendo a su Manuel de Soto, mestizo, barrendero, que actualmente es de la Alhóndidiga de la ciudad, por denunciador de los tratos y contratos que con Don Melchor había tenido en sus oficios, de los cuales les hizo las informaciones que quiso, y como quiso, le fue haciendo la causa atropelladamente, sin aguardar en ella vía ni forma de derecho. Envió a prenderle a su partido estando recién convaleciente de una grave enfermedad de que estuvo desahuciado y con gran incomodidad y riesgo de la salud fue llevado a las casas del cabildo de la ciudad, de los cuales, después de muchos años, fue llevado a las de Alonso Ramirez de Vargas, en que le tuvo por mucho tiempo puestas guardas. Nombróle por juez de los capítulos a Don Juan de Alvarado Bracamonte, que habiendo recusado Don Melchor le dio el virrey por acompañado a Don Francisco Enríquez de Avila, corregidor de México, primo suyo, caballero, sin letras, y que si las apretadas órdenes de su primo no le apretaran hiciera justicia a don Melchor, al cual sin que le valiesen apelaciones y cédulas reales, leyes, derechos ni recursos de la audiencia, condenaron dichos jueces en más de 60.000 pesos sin las costas y privación de oficio de justicia.

Y porque dicha sentencia se había de ejecutar sin embargo, dicho virrey trató de apretarle la prisión, metiéndole en la cárcel pública. Fue Don Sancho de Varaona a llevarle preso; pidió Don Melchor que le mostrase los recaudos que llevaba para ello. Y como no iba más que con orden de palabra, no quiso Don Melchor ir con él, y así Don Sancho volvió a pedir al virrey decreto de su prisión por escrito. Entretanto Don Melchor, metiéndose en la primera carroza que halló en la calle se fue con todo sosiego y disimulación al convento de Santo Domingo y se introdujo en una celda a la entrada de la enfermería que el convento le señaló, donde estuvo más de dos meses gozando quieta y pacíficamente del privilegio de la inmunidad eclesiástica.

A los últimos de octubre del año 1623, Don Juan Alvarado Bracamonte, juez que debía ser de la causa, presentó ante el virrey una petición que decía: Por cuanto había llegado a su noticia que Don Melchor quería huir a España en el navío de aviso que se estaba aprestando de próximo, con que no se podía ejecutar la sentencia dada, que a S. E. le pedía le diese guardas para tenerle guardado y seguro en la celda del retraimiento. Dióle diez o doce y llevándoles se buscaron en los cofres y escritorios, faltriqueras y demás partes de su cuerpo si tenía guardados algunos papeles y el propio escrutinio se hizo en la celda del padre Mro. Fray Lázaro de Prado, amigo de Don Melchor, clavándole las ventanas de la celda y dentro de la misma le metieron los guardias, quitándole el recado de escribir y la facultad de poder hablar, ni a criados ni a persona alguna más que a los guardas, los cuales le daban la comida que de su casa le llevaban.

Viendo tan apretada clausura y encerramiento, Doña Beatriz de Eulate, su mujer, señora de conocida nobleza y valor, acudió con gran cuidado al arzobispo y defendiéndolo la inmunidad de la iglesia hiciese justicia a su marido e hizo que se presentase una petición firmada por él en esta razón. Mandó el arzobispo que Luis Núñez Moreno, notario de la audiencia, fuese al retraimiento de Don Melchor para que ante él reconozca la firma de la petición. Fue Luis Núñez a la celda y no quisieron los guardas por gran rato darle lugar para ver al retraído, pero en fin el notario los convenció a que le dejaran entrar, reconoció Don Melchor la firma y dio poder para seguir la causa. Y el virrey, habiendo entendido esta diligencia, mandó echar preso en la cárcel pública de Luis Núñez, notario, y a la guarda mayor que le dio entrada.

Con esta prisión del notario se atemorizaron todos los oficiales de la audiencia arzobispal, de manera que ninguno se atrevía a acudir a ella, ni a su oficio, porque no se le encargase alguna diligencia de este negocio y le sucediese lo que a Luis Núñez. Por esto se halló el arzobispo estrechado a nombrar por notario de la causa a un sacerdote llamado Josef de los Reyes, el cual el día de todos los santos fue a notificar a los dos jueces los mandamientos para que quitasen los guardas, notificados al corregidor y Don Juan de Alvarado estuvo todo el día y la noche encerrado en casa del virrey, y así fue fuerza que el notario anduviese todo el día y la noche con tres testigos, requiriendo las puertas de la morada de dicho Don Juan y la de palacio, a fin que le pudiesen encontrar para hacer dicha notificación. Y esta diligencia después el virrey la censuró diciendo que el notario y gran muchedumbre de clérigos, habiendo ido a cercar a palacio donde siempre estaba encerrado Don Juan y así fue fuerza hacer las diligencias extraordinarias que en semejantes casos se acostumbran en lugar de la citación personal que se hace a la parte; presentáronse dichos jueces por vía de fuerza en la real audiencia, dióseles la ordinaria en que se mandaba absolverlos por cierto tiempo y que el notario fuese a hacer relación. Obedeció in continenti el arzobispo y mandó absolver los excomulgados y para que se fuese a hacer relación pidió a Cristóbal Osorio diese traslado de dicha mejora, conforme al estilo y auto acordado de la audiencia para que se pusiese en el proceso y conforme a ella se hiciese relación. Excusóse Osorio de darle diciendo tenía orden del virrey para no darle, acudiose por parte del arzobispo a la audiencia pidiendo para los oidores mandasen que el secretario Osorio diese al notario de la causa el traslado. No quisieron los oidores admitir dicha petición respondiendo acudiese a S. E. que tenía mandado no se admitiese petición sin su licencia, fuese el virrey a pedirla, mandase lo dicho y no lo hizo. Con esto el arzobispo viendo lo que se alargaba la violación de la inmunidad dio mandamiento con censuras para que el secretario Osorio diese dicho traslado, notificósele y respondió que no podía darle por la prohibición que tenía del virrey. Proveyó el arzobispo segundo mandamiento, agravando las censuras y penas y fuésele a notificar Josef de los Reyes a palacio donde estaba el secretario Osorio, que era día de acuerdo. En los corredores le notificó dichos mandamientos a su oficial mayor, él entró al acuerdo y se quejó al virrey de la notificación, el que mandó a un portero que buscase a un alguacil y de su parte le diese orden para que llevase a su presencia aquel sacerdote, el cual, como vio la orden que el portero daba al alguacil sin atender a lo que decía, salió de palacio diciendo que iba a dar cuenta al arzobispo, como lo hizo.

Aquella noche envió el virrey un auto con el secretario Tobar al arzobispo, mandándole que le enviase el clérigo. El arzobispo respondió por escrito, que si S. E. quería al sacerdote para castigarle por alguna falta de respeto que hubiese tenido o por algún mal hecho, que él lo castigaría sin escándalo de la república y sin que S. E. se metiese en escrúpulos de conciencia, y que últimamente, si tuviese gusto de que el sacerdote se lo llevasen, que dicho arzobispo se lo enviaría sin que fuese necesario que en cosa tan menuda como aquella hubiese autos y mandamientos de S. E.

A pesar de esta comedida respuesta, segundó con otro segundo mandamiento por el cual la mañana siguiente, el arzobispo con el Lic. Ocaña, su secretario, envió el sacerdote al virrey al cual entró a dar el recado el secretario. Entre los dos pasaron muchas razones y el secretario, queriéndose despedir le dijo que allí estaba en la antecámara el clérigo, que si S. E. mandaba, entraría. Con gran enojo le respondió que ni quería ver ni oir al clérigo ni a clérigos, ni al arzobispo, y que mientras lo fuese no habría de entrar él en la catedral, y con esto el secretario y el sacerdote se volvieron. Y cuando el arzobispo pensó que este punto estaba ya olvidado, volvió con el tercer auto el secretario Tobar, en que bajo graves penas le mandaba le enviase el clérigo. Respondió el arzobispo que ya lo había enviado con su secretario y que S. E. no le había querido ver y que luego que pudiesen hallar el arzobispo le mandaría fuese a besar la mano a S. E.

Fue el sacerdote y avisando el portero como estaba allí, le hicieron retener en la antecámara un gran rato. En cuanto se juntaban los consejeros que al virrey han precipitado en su gobierno, conviene a saber, el Dr. Luis de Herrera, canónigo de la catedral, Don Juan de Bracamonte, fiscal de Panamá, y Don Sancho de Varaona, secretario de la sala del crimen, que en estas cosas existió por el más puntual ejecutor que el virrey tuvo, el padre Burguillo, fraile Descalzo de San Francisco; estando todos juntos dio lugar a que el clérigo entrase y Don Sancho de Varaona le hizo muchas preguntas acerca de la notificación que había hecho al secretario Osorio, a todos los cuales, como aparece por lo escrito, respondió con modesta libertad por las preguntas que se le hacían, escribiendo Don Sancho en forma judicial. El cual, habiéndose cansado de hacerle preguntas y repreguntas impertinentes, dijo al clérigo que firmase lo que había dicho, a lo cual respondió que él había satisfecho a las preguntas hechas extraoficialmente por el respeto y decoro que debía a S. E., pero que ni firmar ni jurar no lo podía hacer sin licencia de su prelado, y que en cuanto no se la trajesen no habría de firmar, ni jurar. Y habiéndose resuelto en esto, el virrey le mandó meter en un aposento, donde lo tuvieron hasta las diez de la noche, poco más o menos, en el hábito de manteo y sotana con que estaba, y con guardas de arcabuceros le llevaron al puerto de San Juan de Ulúa y le metieron en la fuerza con grandísimo escándalo, donde lo tuvieron entre los soldados preso mucho tiempo, sin dar lugar a que persona alguna le hablase ni comunicase. Y habiendo la sentencia que aquella noche dio el virrey, por no haber querido jurar ni firmar destierro y temporalidades, y que en la primera embarcación que hubiera fuera llevado a los reinos de Castilla. Aunque se despachó el primer navío de aviso con Don Juan de Baeza, que era mayordomo del virrey y dicho Josef de los Reyes, pidió con encarecimiento e instancia que le llevasen. No lo hicieron y así estuvo allí padeciendo grandes incomodidades entre los soldados.

Luego que el arzobispo supo como a su clérigo y a su notario le habían llevado preso en la forma dicha escribió al virrey un papel suplicándole mandase sobreseer en dicha prisión y restituirle el clérigo, a quien él castigaría si le hallase culpado, y advirtiéndole cómo por aquel destierro y prisión y por la de Luis Núñez, notario, y por otros muchos que había hecho, impidiendo la jurisdicción eclesiástica con su propio hecho, había incurrido en las censuras de la bula, y que si S. E. no trataba de dar satisfacción a la iglesia, era fuerza para cumplir con las obligaciones de su oficio declararle y tenerle por excomulgado. No respondió a este papel cosa alguna y perseverando en el destierro del clérigo, le escribió otros dos papeles con diferentes personas eclesiásticas, pero no sacó provecho de estas diligencias. Antes, dicho virrey por sí solo, sin intervención de la audiencia, despachó por Don Felipe mandando al arzobispo que repusiese y diese por ninguno todo lo hecho y absolviese a los excomulgados so pena de las temporalidades y otras penas pecuniarias. El arzobispo respondió que la real audiencia conocía por vía de fuerza de que los eclesiásticos hiciesen, y que si la audiencia declarase que él le había hecho en declarar a S. E. como había incurrido en las censuras de la bula, que luego sin dilación otorgaría, absolvería y respondía, pero cuanto era de su parte de ninguna manera daría lugar que se introdujese nuevo tribunal ni juez que conociese de las fuerzas como en aquella ocasión el virrey lo hacía por sí solo. Y que de haber despachado sin intervención de la audiencia en caso tan grave, apelaba conforme a lo dispuesto en cédulas reales para la real audiencia.

Al día siguiente se presentó en ella con petición en esta razón, pero los oidores no la admitieron, excusándose con que su presidente les tenía mandado no admitiesen petición del arzobispo ni de otro alguno en razón del pleito de la inmunidad. Y el día siguiente, con poder de dicho arzobispo, el Lic. Martínez de Recalde, cura de la catedral, a presentar la misma petición y le dieron la misma respuesta.

Aquel día de esta notificación u otro próximo, el secretario Luis de Tobar notificó otra provisión por Don Felipe, despachada por solo el virrey, mandándole al arzobispo lo que en la primera, con agravaciones de penas pecuniarias; el arzobispo respondió afirmándose que la apelación tenía interpuesta para la real audiencia. El día siguiente viendo que ya estaba próximo el último rompimiento y hallándose enfermo sin poder ir a la iglesia, envió a llamar al deán y cabildo a su casa y cama, donde hizo a los capitulares que se hallaban presentes en aquella ocasión, relación de todo el discurso del pleito y estado presente que la cosa tenía, conforme a lo cual y justificación de la causa final, pidió parecer a sus capitulares, si hallaban que dicho arzobispo debía, con el peligro evidente que se manifestaba de su vida, honra, hacienda y quietud, sobreseer de la defensa e inmunidad eclesiástica o proseguir en la forma que había comenzado, sin reparar en destierro, prescripción de bienes y demás penas que se le habían intimado, porque no se le imputase a porfía el lío que en semejante causa mostrase, quería conformarse con el parecer de tan graves personas, como tenía aquel cabildo.

Habiendo dicho todos su paracer, resolvieron que la justificación de la causa que defendía era indubitable y que dicho arzobispo estaba obligado a seguir la defensa de la inmunidad eclesiástica aunque le constase con evidencia que por tal defensa le habrían de quitar la vida. El arzobispo se conformó con el parecer de su cabildo y le pidió que para que no quedase piedra que no se moviese ni diligencia que no se hiciese para reducir a paz y quietud al virrey, que desde allí capitularmente le fuesen a hablar y procurasen meterlo por camino, de manera que amigablemente y con satisfacción de la república se acomodasen las cosas. Hiciéronlo así, y el deán Don Juan de Alcedo le propuso la comisión que llevaban, y representando la obligación que había que las dos cabezas de lo temporal y espiritual mantuviesen gran paz y conformidad sin poderse contener con notable cólera, le interrumpió diciendo qué es eso de cabezas, no se lo tengo de sufrir, no hay más cabeza en esta tierra que yo, pues represento todo lo que se puede representar aludiendo a lo que en muchísimas ocasiones había dicho en la presencia de toda suerte de gente, que en las Indias no hay más rey ni papa que él, y que en un papel que el padre Losa le había llevado del arzobispo le había escrito que era sucesor de los apóstoles, como si él no supiese que uno le había negado, otro vendido y otro dudado, y ésto lo dijo con tan gran mofa y escarnio que de verlo y oirlo se escandalizaron todos los capitulares.

Habiendo dicho muchas cosas contra el arzobispo y su dignidad de que presumiese que tuviese facultad para poderlo descomulgar, dijo por remate que robaba a Jesucristo, que si se le rebelase que importaba poco a la conservación del reino devolver al clérigo y lo habría de hacer, y que aquélla era razón de estado superior que él sólo la alcanzaba y entendía, con lo cual el cabildo se salió muy desconsolado por no haber negociado lo que pretendían y por tener antevisto lo que había de suceder adelante si dicho virrey no admitía consejos sanos de juez.

Aquella tarde, porque se caminaba ya muy a prisa, hizo junta en su casa el virrey de muchos religiosos, los cuales o los más de ellos eran confidentes suyos a todos los cuales tenía bien obligados por las injusticias y agravios que había hecho a otros religiosos en favor de éstos, como fueron el maestro Anduy y Rusuo por los cuales descompuso el capítulo provincial pasado de San Agustín, desterrando a los maestros Fray Bernardo López y Fray Vicente de Mijongos y otros, y haciendo provincial al que estos dos quisieron sólo porque pretendían hacer provincial al maestro Fray Bernardo López, pariente del Dr. Galdós de Valencia; a éstos teniéndolos prevenidos de antes, les propuso el Dr. Luis de Herrera el estado de las cosas y preguntándoles si tenía el arzobispo poder y facultad para excomulgar al virrey, todos, excepto el padre maestro Juan de Ledesma, de la Compañía de Jesús, resolvieron que el virrey no podía ser excomulgado, que era legado apostólico y que como tal tenía jurisdicción sobre las personas y cosas eclesiásticas y que el arzobispo había pecado mortalmente en haberlo declarado incurso en las censuras de la bula in causa domini, por no tener, como no tenía, jurisdicción espiritual en la persona del virrey. Con ese parecer salió él tan alentado que se resolvió a desterrar al arzobispo en la primera ocasión que se ofreciese, aunque fuese muy ligera, y, así al día siguiente despachó también por Don Felipe, sólo sin la audiencia, la tercera provisión, declarando al arzobispo por extraño de los reinos, mandando que fuese llevado preso a la fuerza a San Juan de Ulúa y condenándole en 10.000 ducados de Castilla.

Fueron a notificar esta tercera provisión a las diez de la mañana Luis de Tobar, secretario de gobierno y Martín Ruiz de Zabala, alguacil mayor de la audiencia, con muchos alguaciles, y antes de hacer esta notificación, en voz de pregoneros, se pregonó un bando en las puertas de las casas arzobispales y en las esquinas de las demás calles principales de la ciudad, en que bajo gravísimas penas, el virrey mandaba que ninguna persona de cualquier estado que fuese se llegase a las casas arzobispales ni apareciese por las calles que están inmediatas a ellas.

Pregonado el bando entraron los antedichos a hacer la notificacán al arzobispo que estaba en su cama y le notificaron la tercera carta, a la cual respondió lo que las veces anteriores, pero que a pesar de ello, y porque se evitasen los escándalos, alborotos e inquietudes que se habían de seguir del destierro de dicho arzobispo, sin apartarse de las apelaciones y protestas que tenía interpuestas, obedecía dicha provisión como en ella se contenía, con lo cual pareció a todos que se había salido de aquel peligro que tan manifiesto daño amenazaba en la república, y el arzobispo, cuidando de su salud para los apretados lances que veía se habían de ofrecer, por algunos días dejó de tratar de la causa de la inmunidad. Pero el virrey, con las ensanchas que habían dado a su conciencia los religiosos antedichos, firmando el parecer sobredicho por lisonjearle derechamente opuesto a la libertad eclesiástica, andaba con ganas de trasponer al arzobispo y alejarle de México. Buscó otra ocasión para barajarse con él sin fundamento alguno y fue que en las fiestas generales que hicieron de la Concepción de Nuestra Señora, el estado eclesiástico y secular por sí y por todo el reino votaron la fiesta de patrón con la misma solemnidad que se hace en la titular que es la de Nuestra Señora de Agosto, quitándose los sermones en todas las iglesias, habiéndolo tan solamente en la catedral, en cuya conformidad se había celebrado en esta forma la fiesta de la Concepción hasta que hace dos años atrás por quito y petición del virrey, el arzobispo había dado permiso para que por aquellas dos veces se predicase en San Francisco.

Estando pues a 7 de diciembre, bien descuidado el arzobispo, a las nueve de la noche entró el secretario Luis de Tobar con auto del virrey por su Diego Pimentel, en que lo mandaba que repusiese el auto que había dado en que en San Francisco no se predicase. El arzobispo respondió todo, porque en razón de esto había sucedido y que S. E. había dado palabra al arzobispo y cabildo que no les prohibía otra vez permiso para que predicase aquel día, que les cumpliese la palabra y promesa que les había dado, que el arzobispo no tenía que reponer porque en aquella ocasión no había dado auto alguno, ni por escrito ni de palabra había mandado cosa alguna. El 8 de diciembre, día de Nuestra Señora, por la mañana, estando el arzobispo vistiéndose para dar misa en su capilla, fue el secretario Tobar con segundo auto por Don Diego Pimentel en que mandaba bajo pena de las temporalidades y de cuatro mil ducados, que obedeciese dicho auto. El arzobispo dijo que se le diese traslado para responder en forma y que lo haría en dándoselo y en acabando de decir misa. A la hora acostumbrada se fue a la catedral en que aquel día hubo el mayor concurso de gente que había habido de diez años a esta parte, y habiéndose cantado la tercia y hecha la procesión con mucha solemnidad se fue prosiguiendo en la misma hasta que dicho el evangelio el arzobispo dio la bendición al predicador que era Fray Nicolás de San Gerónimo [?], de la provincia de los padres Carmelitas Descalzos y dada bajo de su silla a la puerta del coro, donde acostumbraban los arzobispos oir los sermones. Llegado a su asiento llegaron por la puerta del lado de la epístola, Luis de Tobar, secretario de gobierno y el alguacil mayor Martín Ruiz de Zabala con el tercer auto o provisión despachada por Don Diego Pimentel, y dijeron al arzobispo que S. E. mandaba se le fuese a notificar. El arzobispo respondía que tenía casa donde le podían hacer aquella notificación, que no era aquel lugar ni tiempo para semejante cosa. Elos replicaron que S. E. mandaba que allí se notificase; el arzobispo dijo que Dios mandaba que la casa de oración no se hiciese de negociación, además de que estaba ya el predicador aguardando en el púlpito y que así no era hora de detenerse en aquello. Allanáronse estos ministros con esta razón y salieron del coro, y el arzobispo se sentó en su silla y el predicador se quitó la capilla para comenzar a persignarse y a este tiempo con gran tropel volvieron los antedichos y dijeron al arzobispo que no se atrevían a volver a la presencia del virrey sin haberle hecho allí notificación, y sobre esto tuvieron muy grandes porfías, demandas y respuestas. Estando el predicador de pie y callado, y todo el pueblo lastimado saliéndoseles a todos los lágrimas de los ojos por ver tan gran desacato, y viendo el arzobispo que no aprovechaba lo que en particular les había dicho levantándose de pie en voz alta dijo: no se cansen vuestras mercedes que si me quitasen la vida por ello, no tengo de consentir un desacato tan grande y falta de respeto que se tiene al Santísimo Sacramento, en cuya presencia estamos, y a la palabra de Dios, que está para predicarse y replicando los ministros que repusiese su señoría, replicó: digo que no tengo que reponer en semejante materia no he dado auto ni recado por escrito, ni de palabra, dejemos en paz que no me he de haber otra cosa. A todo lo cual estuvo el predicador de pie escuchando lo que pasaba, y viendo que todavía porfiaban los ministros, les dijo: idos con Dios, señores, y dad lugar a que estas ovejas de Jesucristo gocen del pasto espiritual de la palabra de Dios, y si El me comunica respetad los templos y casas sagradas. Que de menores principios empezaron las herejías en las regiones septentrionales, y si no nos hubiera hecho Dios tan gran merced de darnos tan católicos reyes como tenemos, otro tanto como en ellas pudiéramos prometer, con lo cual se fueron los ministros y el religioso predicó doctísimamente acerca del misterio de la concepción, fundando su discurso sobre la obligación que hay en todo derecho de honrar al padre y a la madre, y en particular a la madre; y al fin del sermón de este mismo fundamento, indujo la doctrina moral de la obligación que hay de honrar a la iglesia y sus ministros. Con lo que el pueblo salió muy calificado y tan satisfecho, que todos decían que no había practicado Carmelita Descalzo, sino un ángel o San Pablo.

Acabado el oficio fue el cabildo y gran parte de la ciudad acompañando al prelado a su casa, y junto a la de la moneda estaban esperándolo el secretario y alguacil mayor. Luego entraron en su seguimiento y le notificaron la tercera provisión despachada por Don Diego Pimentel; comunicó el arzobispo la determinación con más capitulares, y de acuerdo con ellos, por evitar los escándalos e inquietudes que se habían de seguir, el arzobispo se dio por vencido y dijo que obedecía a dichas provisiones, con lo que desapareció el asomo grande que se había visto de extraordinarios alborotos y turbación.

Por algunos días se dio también por desentendido del pleito eclesiástico, hasta que la parte de Don Melchor de Varáiz hizo particular instancia para que precediese y pasase adelante, publicando por excomulgados a los dos jueces y al secretario Osorio. Hízolo así, y ellos se presentaron en la real audiencia por vía de fuerza, que para ellos no había prohibición del virrey para que no se les admitiesen sus peticiones. Obedeció el arzobispo la provisión ordinaria y absolvidos por el tiempo que en ella se le mandaba, envió cada día al notario con el proceso para hacer la relación. Después de grandes diligencias la hizo Gerónimo de Aguilar, notario propietario de la causa, y hecho dejó el proceso en la real audiencia, conforme al estilo. Y la audiencia determinó que se viese y despachase el pleito, sobre todo los artículos, sobre que se había apelado porque sólo sabe uno se había visto, fuera que de una vez saliese todo decretado con que sin duda cesarían las inquietudes que cada día se veían habían de ser mayores. En conformidad de esto se presentaron peticiones por parte del arzobispo y memoriales para que se acabase de determinar para antes de las Pascuas, y no descubriendo remedio para ello, ordenó una petición larga con todo el discurso del negocio representando los agravios que a la iglesia se la habían hecho, apelando de nuevo de todos ellos y pidiendo a la audiencia le hiciese justicia y oyese y admitiese sus peticiones.

La audiencia respondió lo que en las ocasiones pasadas excusándose de no admitirle por el mandato de su presidente, y hallando esta puerta cerrada para su natural defensa, hizo que la misma petición se presentase el virrey, a la cual nunca dio decreto ni respuesta. Acercándose las Pascuas de Navidad y deseando el arzobispo que se entrase en ellas con paz y desahogamiento de corazones, y que en tiempo tan sagrado la Iglesia estuviese en sambenitada tan públicamente con las guardas de Don Melchor, el jueves antes de la Pascua, para que el viernes siguiente que era el último día de la audiencia y despacho de negocio se viese éste, escribió al virrey un papel que a la letra es éste:

Excelentísimo señor:

La calidad del tiempo junta con la de los negocios que este tribunal tiene pendientes en la real audiencia, en cuya deterrninación consiste la quietud de las conciencias de muchos, me obliga a aprovecharme de ella suplicando a V. E. en aguinaldo de estas Pascuas, se sirva de mandar que se dé fin al motivo que ha habido de tantas pesadumbres e inquietudes, en deservicio de ambas majestades. Y es cierto que la paz turbada y desencadenada por diferentes accidentes se soldará, con que en justicia se determine desapasionadamente el derecho que he defendido y defiendo de la iglesia, porque nunca he tenido intacto de sustentar porfías, sino atenerme a lo que se determinare en el tribunal. Que para este efecto el rey nuestro señor tiene diputado, al cual hay seguro recurso, sin recelo de censuras, y que de la vista de los autos que están pendientes en la real audiencia por vía de fuerza, con facilidad se atajarán los inconvenientes que por otro camino se podían seguir, y las competencias de jurisdicciones eclesiásticas y seglar cesarán, y sólo resta el día de mañana en que se pueden ver los recaudos que en esta razón hay.

Suplico a V. E. favorezca en honra de tan gran fiesta a esta súplica, y haga favor a la iglesia mandando que en todo caso se determine esta competencia, para que en cualquier acontecimiento con lo que saliere determinado se entre con toda paz y serenidad de corazones y conciencias en las Pascuas, en que Dios vino a traerla al mundo. Que aunque indigno ministro suyo, vale la cierta confianza que me da su fe, aseguro a V. E. que por lo que en esto me recerá con S. M. se las dará muy alegres, con los sucesos que V. E. puede desear, y yo le suplico, etc. México, 12 de diciembre de 1623. El arzobispo de México.

Llevóselo el secretario del arzobispo aquella noche, y mandó al mismo que se lo leyese y la respuesta que dio con extraña sequedad y desprecio fue: decid al arzobispo que él haga su oficio que yo mandaré a mis tribunales que hagan el suyo. Con esta respuesta se acabó de confirmar todo el puebio en que este negocio no había de tener remedio sino un gran rompimiento.

Don Juan de Bracamonte, Don Francisco de Avila, corregidor y Cristóbal Osorio, secretario, a pesar de que a instancia suya se había llevado el negocio por vía de fuerza a la real audiencia, persuadidos que en ella no había de salir a su gusto se presentaron en grado de apelación ante el juez apostólico de la Puebla, al cual por parte de virrey se le enviaron siempre ordenados de México los autos que había de dar, de manera que el juez sólo firmaba lo que se le enviaba escrito y ordenado. Y en los días de Pascua, sin haber visto el proceso ni citado a las partes, dio citatoria, compulsoria, inhibitoria y mandamiento para que si no absolviese el arzobispo, cualquier sacerdote absolviese los excomulgados. A la citación respondió el arzobispo que se entregase el proceso al notario de la causa para proveer, y sin aguardar más que esto, Fray Diego de Medrano de la orden de Santo Domingo, quitó con gran escándalo de toda la república el papel de los excomulgados del puesto ordinario, llevando en su compañía a Don Francisco de Peralta, alcalde ordinario por mandado del virrey. Y como se hacía el negocio con harto poderoso, y los correos y gastos de ellos se ahijaban a negocios de S. M., con toda brevedad se volvió a Puebla y de allí se llevó segundo mandamiento del juez, con penas y comunicación de censuras, El arzobispo respondió lo que el primer mandamiento, y que aquel negocio estaba pendiente por vía de fuerza en la real audiencia y que hasta que a ella se despachara, ni él había podido absolver a los excomulgados, ni despachar tales mandamientos, porque más que lo que hacía era contra todo derecho, había nueva determinación de los cardenales ganada a instancia de dicho arzobispo, en que se dispone que el juez de apelación no pueda absolver ad reincidencia, ni dar inhibición, sino habiendo visto el proceso con citación de las partes. Que así, no tenía que obedecerle ni tenerle por juez legítimo hasta que la real audiencia hubiese declarado si hacía fuerza o no en excomulgarlos.

Con esta respuesta se le enviaron ordenados los recaudos al juez apostólico, para que despachase un juez contra el arzobispo y así lo hizo enviando un clérigo ordinario que es, o capellán o sacristán de un convento de monjes de aquella ciudad, al cual por mandado del virrey hospedó un abogado de la real audiencia para que con su intervención se ejecutase todo lo que los consejeros del virrey le ordenasen contra el arzobispo, que fue: que el jueves 11 de enero por la mañana fuese a las casas arzobispales y sacase toda la plata, carrozas y litera del arzobispo, y le ejecutase en la pena de los 4.000 ducados, o pesos, que le había puesto el juez y en sus salarios y de sus ministros, y que en publicidad para más desprecio de las censuras y del arzobispo, quitase el papel en que había puesto a los excomulgados y que públicamente en la puerta de la catedral los absolviese, como lo hizo, llevando en su compañía por mandado del virrey a Don Pedro de Medinilla, alcalde ordinario.

A nueve o diez de enero, presintiendo el arzobispo las afrentosas suertes que en él había de hacer el juez con las órdenes y favor del virrey, envió peticiones a la audiencia real presentándose por vía de fuerza de la que el juez apostólico había hecho y decretado. Pero con la respuesta de las veces pasadas, no se le admitieron las peticiones ni se dio lugar a que se leyesen, porque antes de esto los oidores enviaron con el secretario Osorio un recado al virrey del tenor siguiente: Que estos señores besan a V. E. las manos, y le hacen saber cómo hoy miércoles 15 de noviembre de 1623, ha vuelto a la sede de la audiencia el Lic. Cristóbal Martínez de Recalde, cura de la santa iglesia, y en voz alta ha pedido a la real audiencia se le reciba una petición que con poder del arzobispo de México trae, en que dice que apelaba a las provisiones que ha despachado S. E. sin la audiencia en materia de fuerzas, porque no lo puede hacer conforme a la cédula de S. M. de 1620, sin intervención del presidente y oidores, y que presentándose como se presenta el arzobispo en grado de apelaciones y ser materia de fuerzas, se halla obligada esta audiencia a oir a dicho arzobispo conforme a las cédulas y leyes de S. M. y a la costumbre antigua que las audiencias y cancillerías tienen, y por tener orden expresa de S. E. para no admitir las peticiones y relaciones de los autos de estas causas, dichos señores oidores no han recibido ni admitido dicha petición y apelación ni dado lugar a Luis Núñez, notario, que haga relación que ayer vino a hacer por no contravenir la orden expresa que tiene dada a los señores, respecto de lo cual suplica a S. E. sea servido de dar licencia para admitir dicha petición en el grado de apelación, proveyendo en esto lo que más convenga al servicio de S. M. y administración de su real justicia.

A este recaudo respondió que acabada la audiencia se fuesen todos los oidores a su camarín y así lo hicieron, y allí en su presencia les leyeron el auto y respuesta siguiente: Esta causa yo la he seguido por gobierno superior en causas y motivos mayores, de los que se han deducido a publicidad, por lo cual sólo conviene dar cuenta a S. M. que no están sujetos a órdenes particulares, ni a estilo ordinario de audiencia, porque la importancia y gravedad del de esta matería pide superior gobierno, libre de todas dependencias. Y cuando fuese sólo ordinario, yo voy procediendo en él sin vía de fuerza, porque no la tiene el caso ni grado para ponerlo en la audiencia, hasta que efectivamente esté ejecutada y cumplida mi deliberación, de que sólo a S. M. he de dar cuenta. Y cuando esto cesara, tengo a los jueces de esa sala en esa causa por muy cómplices en las resoluciones del arzobispo y partes muy formales, y afectos en sus causas por las razones y fundamentos de que daré cuenta a S. M. Por donde constará de las grandes conveniencias que tiene mi proceder, sin intervención de la real audiencia y juzgo se dará por bien servido de ello y de no dar lugar a que por estos medios se embarazase lo que tanto importa a su real servicio y en consecuencia de su real autoridad, para paz y quietud de este reino. De cuya real mano espero el castigo y demostración que causas tan del servicio de Dios y de S. M. piden y tengo muy apuradas, como S. M. lo entenderá, todo enderezado a impedir mi gobierno, que principalmente se encamina como causa más necesaria a su reformación.

Como no halló el arzobispo entrada para su defensa en la real audiencia en el grado de tanta importancia y estimación como es el de la vía de fuerza, recurrió a medios extraordinarios haciendo que las personas más graves de México hablasen al clérigo y le diesen a entender la instancia del juez de Puebla que le enviaba. Y aunque con él en esta razón se hizo gran aprieto, a más de ser él un clérigo ordinario y de estopa de aquellos ante los cuales quiere el derecho que no litiguen los prelados, él se cerró con decir que no podía dejar de hacer lo que el virrey le había ordenado en esta causa, con que quedó distanciado el arzobispo de todo remedio humano.

El jueves 11 de enero a las ocho y media de la mañana poco más o menos, sin haber dado parte a nadie de su determinación, envió el arzobispo a casa del General Don Francisco de la Serna, su sobrino, por una silla, y esclavos, y que le llevasen para que por la suya no pudiese ser reconocido, y saliendo en ella por la puerta de la recámara llevando tan solamente adelante dos pajecillos de los más pequeños de su familia, cerróles las cortinas sin ser conocido de nadie. Llegando a la puerta y con un portero envió a decir a los oidores como estaban allí, los cuales le enviaron a decir que aguardase, y así lo hizo estándose en aquel puesto entre la gente ordinaria, que acaso se halló en aquella parte de los corregidores. Allí supo cómo Gerónimo de Aguilar, notario propietario, había entrado y presentándose por vías de fuerza con petición de la que hacía el juez en mandar dar el traslado del proceso que estaba en poder de la real audiencia y que tampoco le habían querido admitir y despacharse la petición.

Enviaron los oidores un recado al virrey avisándole como el arzobispo había llegado a la puerta de la sala y pedido licencia para subir a los estrados y él les envió a mandar que fueran donde él estaba y al punto bajaron de los estrados. Viéndolo, el arzobispo entró en medio de la sala y dijo le admitiesen aquella petidión con que se presentaba por vía de fuerza, y pedía le hiciesen justicia, pues para aquello el rey nuestro señor tenía allí sus ministros con tanta costa de su real hacienda y que muchas veces había hecho aquella diligencia por medio de sus procuradores y agentes y no le habían querido oir, y que le oyesen y despachasen no como a arzobispo sino como a un vasallo de los más ordinarios de S. M. de cuya sombra y amparo se iba a valer. Que a aquella hora, como en verdad estaba el juez ejecutador haciendo suerte en su persona y dignidad, ejecutándole. Pues nunca habían sido admitidos sus procuradores y peticiones ya era fuerza que él mismo por su persona fuese a presentadas por si atendiendo a la grandeza de su dignidad recibían de su mano las peticiones que no se habían recibido de los de sus procuradores. Respondiéronle los oidores encogiendo los hombros; que el virrey los llamaba a acuerdo y que no podían dejar de ir; replicó el arzobispo que él era del Consejo de S. M., que se le diese facultad para entrar en la sala y decir en ella el estado y opresión en que la iglesia se hallaba. Que les advertía y aseguraba que no había de volver a su casa a ser testigo de vista de los lances que en él hacía injustamente, y había de hacer el juez, sino que se había de estar en la sala de día y de noche hasta que le oyeran su justicia. Con esto entraron a la sala del acuerdo y el arzobispo se quedó con sólo dos criados en la sala, cuyas puertas cerraron los porteros para que nadie pudiese entrar.

Después de un gran rato el secretario, Osorio notificó un auto en que decían que extrañaba semejante diligencia como había hecho el arzobispo, pues excusando el escándalo que de ella se había seguido pudiera desde su casa pedir su justicia, y que así, so pena de 4.000 ducados y las temporalidades y ser desterrado del reino, se le mandaba que in continenti se fuese a su casa y desde ella pidiese su justicia. El arzobispo respondió que se le diese traslado para responder en forma, y que no sabía cómo se extrañaba aquella diligencia que había hecho, pues muchas veces había presentado peticiones y puesto otros medios y no se le habían querido admitir ni oir su justicia, que ya no había podido hacer menos y que se había ido a defender de la sombra de las armas reales por ver si le valdría en tiempo en que tan grandes apremios y opresiones se le hacían.

Volvió con esta respuesta al virrey y oidores, que con brevedad despacharon un segundo auto en conformidad del primero, y a él respondió el arzobispo lo que al otro había respondido. Y a las doce y media poco más o menos, entraron el Dr. Terrones, alcalde de corte, Martín Ruiz de Zabala, alguacil mayor de corte, y en presencia de ellos el secretario le notificó la condenación de los tres o cuatro mil ducados y el destierro del reino, para lo cual fuese llevado de dichos ministros a San Juan de Ulúa, vía recta. Hecha la notificación, el Dr. Terrones dijo al arzobispo se fuese con ellos a cumplir el auto. El arzobispo que él no se habría de ir con su voluntad, que si tenían orden que lo llevasen como mandasen, que él no hacía asistencia. El Dr. Terrones dijo al alguacil mayor que bien sabía que en su presencia había dicho al virrey que él iría para servir y regalar al arzobispo, que ni prenderlo ni tocar a su persona, no lo había de hacer, aunque le obliguen a dejar la Gamacha, que el alguacil mayor era quien llevaba orden para aquello, que hiciese lo que pudiese.

El alguacil mayor dijo a su teniente, Fulano de Perea, que prendiese al arzobispo y le avise y Perea respondió que aunque le llevasen derecho a ser ahorcado por no hacerlo, no habría de poner sus manos ni tocar en persona tan sagrada. Entonces el alguacil mayor, bien contra su voluntad, con el justo medio que tenía el increible rigor del virrey, prendió al arzobispo asiéndole del brazo y de esta suerte asido lo llevó hasta meterlo en una carroza que estaba en el patio de su palacio y a la vista de mucha gente que ya se había juntado, a todos los cuales pidió el arzobispo fuesen testigos de las injurias y afrentas que a la iglesia se iba haciendo. Entraron en la carroza del arzobispo, alcalde de corte y alguacil mayor, y después de grandes ruegos dejaron que entrase en ella Don Alvaro de Abaonza, camarero del arzobispo. En esta forma lo llevaron por medio de la plaza, la que se había llenado de gente, y habiendo hecho parar la carroza el arzobispo por tres veces, en voz alta mandó que so pena de excomunión la tal sentencia, nadie, y en particular los clérigos, no le fuesen acompañando ni se inquietasen, sino que se recogiesen en sus casas o en la iglesia para pedir a Dios le diese salud y fuerzas las que fuesen menester para sufrir los trabajos que se le esperaban. Pero a pesar de esto, infinidad de gente de todos estados, hombres y mujeres, metiéndose por los lados de las calles, la mayor parte a pie y muchos a caballo, le fueron siguiendo dando voces y llorando con gran ternura hasta la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, que pocos días antes dicho arzobispo había acabado y dedicado con grandísima solemnidad.

Al salir de palacio pidió el arzobispo a los ministros le dejasen llegar a la puerta de su casa a poner un vestido de camino y tomar un bocado de comida porque se sentía desmayado y no le dieron lugar para ello. La gran plaza que hay desde la puerta hasta entrar en la hermita y toda la iglesia, con ser tan larga como es, estaba tan llena de gente que en mucho tiempo y con grandísima dificultad pudo entrar a hacer oración el arzobispo. Y si con particular cuidado no arrimara a su persona y defendiera al secretario Osorio, en medio de aquel aprieto grande, sin duda le ahogaren, porque ya él se dio al principio por muerto y con el ferrezuelo le rasgaron, lo iban ahogando y mucha de la gente, y en particular las mujeres con gran coraje le dieron muchas injurias y afrentas. Tomó el arzobispo un trago de vino que halló de las misas, y un marquesote que le dio el sacristán bien malo, y con esto salieron para proseguir su viaje con la misma dificultad que habían entrado. En el camino que hay desde la iglesia a la carroza, acudieron muchas personas de la gente ordinaria y en lienzos de varios le ofrecieron al arzobispo, cien, cincuenta y de ahí a abajo los pesos y caudal, que con nada con que en aquella ocasión se hallaba, que aunque era poco, por ser muchos los que le ofrecieron, se hiciera una pila considerable. Pero el arzobispo no quiso recibirlo, agradeciendo con particular amor a tan cristiana demostración en tiempo de tan declarada persecución de la iglesia, y lo más que le hizo enternecer, sin poderse contener, fue ver las ansias y lástimas con que los indios e indias fueron a ofrecerle un real, y dos cada uno para su jornada, diciéndole que si quería ellos lo defenderían para que no lo llevasen preso. El arzobispo los acallaba y aquietaba con decirles que presto volvería y que iba desterrado con mucho gusto porque había de procurar que S. M. les quitase los repartimientos y que diese orden para que fueran tratados como vasallos suyos.

Allí antes de caminar, pronunció los autos necesarios para que fuesen declarados por excomulgados el alcalde y demás ministros que le llevaban preso, y con ésto lo llevaron caminando hasta un lugar de cuatro o seis vecinos que se llama Santa Isabel, donde por ser ya noche repararon. La que el arzobispo pasó mal porque la casa estaba toda desbaratada y con la turbación de los criados y repentino suceso, no tuvieron tiempo ni ánimo para apercibir la cena y cama conveniente así en ambas cosas estuvo aquella noche desacomodado.

Esta noche el clérigo juez ejecutor de Puebla y Don Pedro Medinilla, alcalde ordinario, fueron a las casas arzobispales y estando resueltos a romper las puertas del cuarto del arzobispo y otras, hicieron ejecución en la caballeriza y carroza por la condenación y salarios de dicho juez, y el virrey envió mandamiento a Juan Illau, mayordomo del arzobispo y cabildo, para que in continenti, sin réplica alguna diera 3.000 ducados de Castilla para la paga de los salarios y gastos de los que llevaban preso al arzobispo y aunque no tenía hacienda suya, hubo de desembolsarlos luego.

El viernes, 12 de dicho mes, llevaron al arzobispo al pueblo de San Cristóbal, donde le tuvieron aquel día, porque por la falta de la comida del día anterior y la mala noche le sobrevinieron unos grandes vómitos, y de ellos calentura, avisó de esto el alcalde al virrey, que le respondió que donde él iba no había falta para que fuese regalado el arzobispo, que caminase con él. Aquella noche a deshora muy tarde llegó al alcalde una carta del Lic. Ibarra, oidor, que le decía procurase ir muy despacio en la jornada y no alejar al arzobispo, que la real audiencia trataba con mucho cuidado con remediar lo hecho y que sin duda se tomaría para ello algún medio de importancia. Pero como menudeaban los correos que el virrey enviaba, apretando a que a toda prisa sacasen del arzobispado al arzobispo para que no pudiese hacer autos en la causa, como si conforme a derecho no los pudiese hacer en cualquier parte por donde fuese llevado, el alcalde no se atrevió a reparar más en San Cristóbal, aunque la falta de la salud del arzobispo lo pedía.

Los oidores vinieron con el virrey en el auto que dieron del destierro del arzobispo, por contemporalizar con él y contemplarlo, pareciéndoles que de ninguna suerte se había de llegar a poner en ejecución, y que con haber hecho su gusto en aquello podrían tener entrada para templarlo y acomodar las causas en justicia. Pero como vieron frustrado su pensamiento, dióles mucho cuidado. Aquella noche se desvelaron en buscar traza como deshacer el aviso, y así el viernes, juntos y en la sala encerrados, sin despachar negocio alguno, confirieron sobre lo susodicho y resolvieron que se revocase el auto anterior, atento a las muchas nulidades que había habido, en especial de que no se habían hallado presentes el fiscal ni el Lic. Vázquez de Cisneros, oidor, que estuvo haciendo oficios de alcalde en la sala del crimen. Y sobre todo porque dicho auto había salido en discordia, porque Don Diego de Avendaño lo había contradicho y los autos que salen en discordia no se pueden ejecutar, y así decretaron el auto siguiente:

En la ciudad de México, a 12 de enero de 1624, los señores presidente y oidores de la Audiencia de la Nueva España, conviene a saber: El Lic. Juan Páez de Vallecillo, Dr. Don Diego de Avendaño, Lic. Juan de Ibarra, oidores de esta real audiencia, dijeron: Que atento que ayer jueves por la mañana, que se contaron 11 de este mes y año, en la junta que se hizo en la sala por orden del virrey de esta Nueva España, en que se proveyeron cuatro autos en razón de que el arzobispo de esta ciudad se fuese a su casa de la sala de esta audiencia, y desde allí pidiese su justicia, que en el caso sobre que había venido fuese extraordinaria, y sin hallarse en la junta todos los oidores y fiscal de S. M. de esta real audiencia como S. M. lo tiene proveído por sus redes cédulas y otras causas, y que no hubo tres votos conformes de los tres oidores en dichos autos, con que quedaron en discordia; y para verse en remisión declaraban y declararon haber habido dicha discordia y haberse de ver y determinar en remisión aquella causa, y que no debieron ejecutar. Y para que se cobrase al efecto ellos en el ínterin que se determina dicha discordia, no se procede adelante la ejecución de dichos autos hasta que la causa se determine sobre dicha discordia.

Mandaban y mandaron se despache el recaudo necesario para que las personas a quienes se cometió el sacar de esa ciudad y llevar dicho arzobispo a la nueva ciudad de Veracruz, que son Dr. Lorenzo de Terrones, alcalde del crimen de esta real audiencia y Martín Ruiz de Zabala, alguacil mayor de ella, para que de la parte donde le alcanzaren vuelvan al arzobispo a su casa en tanto que se determina dicha discordia. Y así lo proveyeron y mandaron, rubricado con tres rúbricas.

Porque previnieron que el virrey habría de rasgar dicho auto, hicieron tres o cuatro traslados del mismo tenor, repartiéndolos entre sí los mismos oidores, para que dicho auto no se pudiese ocultar dieron uno de ellos a Gerónimo de Aguilar, notario propietario de la causa, para que lo remitiese al arzobispo y otro al Dr. Cano para que lo pronunciase y publicase. Pusieron por testigos al relator Mena y Cosme de Medina, que había hecho oficio de secretario, por Diego de Rivera, al cual el virrey ya había mucho tiempo que tenía privado de oficio y desterrado de palacio y de la audiencia sólo porque había refrendado una petición de los frailes Mercedarios contra las órdenes que el virrey tenía dadas.

El secretario Osorio, que es uno de los consultores que al virrey ayudaron a desempeñarse fue luego a darle aviso del auto que los oidores habían dado a los cuales al punto envió a llamar. Y cuando metió en un calabozo a los relatores y a Cosme de Molina, llegados los oidores a la antecámara del virrey, mandó que fuesen entrando uno a uno y como iban los hizo repartir en diferentes aposentos de criados suyos poniendo guarda a cada uno con orden de que no tuviesen recado para escribir ni les dejasen que persona alguna les hablase, ni los dejaran ver a sus criados ni dejasen meter cosa alguna de afuera. Luego que llevaron al calabozo a los relatores y a Medina, llevaron tres caballos con los pregoneros y transportándoles a la cárcel, con prevención que se hace cuando han de sacar a ahorcar o azotar, así se dijo por cierto que era para afrentar a los referidos relatores y oficial mayor. Y lo cierto es que otros no hubo en la cárcel para quien fuese necesaria ésta presencia. Corrió la voz de esto por la ciudad, con que se llenó la plaza de todo género de gente. Y el virrey hizo pregonar con bando que bajo pena de azotes, no pudiesen andar de tres entre juntos y después se pregonó otro de que no pudiesen andar de dos en dos, cuyo bando se ejecutó en un chino y un mestizo, habiéndoles hallado juntos, y luego los sacaron a azotar por las calles con general dolor y sentimiento de toda la ciudad, el cual se acrecentaba con oir decir a los pobres que por qué los azotaban, que qué mando era aquel, que ellos no sabían, tan lejos como estaban de saber qué era bando y el delito que cometieron en quebrantarlo.

Este día mandó el virrey llamar a Gerónimo de Aguilar, notario y mayordomo de dicho arzobispo y que se le notificase un auto que fuese desterrado a las islas Filipinas por cuatro años, y que en el ínterin que había embarcación tuviese la ciudad por cárcel, y de ella no saliese bajo pena de la vida.

El sábado por la mañana llegaron a San Cristóbal el Dr. Nicolás de la Torre, canónigo magistral, Dr. de Luis de Aliri, canónigo Dr. Gil de la Barrera, racionero entero y el maestro Antonio de la Mora, medio racionero, a los cuales el cabildo envió para que acompañasen a su arzobispo en dicha jornada y destierro con crédito abierto para que le asistiesen y socorriesen en todo lo necesario. Dicho arzobispo estuvo resuelto de no salir de allí sin que se le mostrase provisión real despachada en forma de presidente y oidores y sellada con el sello real, porque para cosa tan grande como es la prisión y destierro no era bastante un proceso y auto que todo no contenía una plana de papel, todo esto contra estilo y derecho. Pero el alcalde se acongojó y dejó llevar a San Juan Teotihuacán, previniendo al alcalde desde luego, que de ahí no había de salir sin dicho recaudo. Lo puso en la casa de un indio principal que le dio por cárcel con las guardas donde estuvo aquella noche y día siguiente. Y el alcalde avisó al virrey de cómo el arzobispo estaba con determinación de no pasar adelante, sin provisión despachada en forma, y cómo iban acompañando al arzobispo cuatro prebendados.

El domingo 14, antes del mediodía, llegó correo del alcalde con un auto y mandamientos del virrey para los capitulares, para que no fueran acompañando al arzobispo, so pena de 2.000 ducados a cada uno, y las temporalidades, sino que se volviesen o fuesen dos jornadas más adelante. Y asimismo fue orden a Don Diego de Armenteros para que si el arzobispo no quisiera pasar adelante sin que se le mostrase la provisión que pedía que por la fuerza o como pudiesen lo envolvieran o liasen en un colchón o estera, y de esta manera, sin que pudiese ser dueño de sus acciones ni moverse, lo llevasen.

Súpose esta orden secreta porque un criado del arzobispo halló a Don Diego de Armenteros en la caballeriza de la casa, llorando amargamente y lastimándose con demostraciones extraordinarias de sentimiento y preguntándole al criado la causa de aquella novedad le dijo la orden que tenía y que cómo no había de morirse de pesar, viéndose obligado a ejecutar un atrevimiento tan afrentoso. Al punto el criado le dijo al arzobispo, que estaba reposando después de comer, el que con todo disimulo salió hacia la calle y halló al alcalde, y al alguacil mayor, ocupados haciendo la paga a los grandes y demás gente y ministros, y con esta ocasión se fue sólo pensando al convento donde halló a sus capitulares que ya les habían notificado su auto. Persuadidos a que lo obedeciesen y se fuesen adelante y que sin detención se saliesen luego del pueblo porque así convenía; hiciéronlo con toda diligencia.

Luego que el arzobis supo que los capitulares se habían ido, dijo al guardián del convento que ya que estaba allí para ahorrar gasto y tiempo, quería visitar la parroquia, que llevase las llaves del sagrario del Santísimo Sacramento. Lo hizo así y el arzobispo se vistió de pontifical, en la forma ordinaria hizo la visita y habiendo contado la oración, volviéndose al pueblo a dar la bendición vio que entraban el alcalde y alguacil mayor y demás ministros, y el alcalde le dijo que se diese prisa que tenia aquel día que caminar mucho y era ya tarde. El arzobispo le replicó que ya le había dicho que no había de salir de allí sin que le mostrase provisión despachada en forma y que así no lo había de hacer, y dejándose la caja del Santísimo Sacramento sobre los corporales, como a aquella sazón se estaba, se asentó en una silla diciendo que saliese de allí porque estaban excomulgados y no podía acabar el acto eclesiástico que estaba haciendo. El alcalde replicó que en todo acontecimiento a su señoría habían de llevar y dijo a Don Diego de Armenteros que era tarde, que hiciese su oficio y ejecutase la orden del virrey que tenía. Oyendo esto Armenteros comenzó a temblar y desalentar, de manera que se le cayó el sombrero de las manos y estuvo un gran rato pasmado y como fuera de sí. Pero asegundó el alcalde diciendo que acabara de hacer lo que tenía ordenado y con esto comenzó a subir las gradas del altar dando traspies en cada escalón y estando ya en la mitad, viendo el arzobispo que ya se acababa la última descompostura de que se habrían de escandalizar todos los que lo vieran y oyeran, y en particular los indios, gente nuevamente convertida cuyos pueblos eran aquellos por donde habían de pasar, en la forma y desprecio sobredicho, el arzobispo se fue al altar mayor y tomó en las manos la caja del Santísimo Sacramento y se volvió a los ministros diciendo que si lo habían de llevar debía de ser de aquella suerte, pero que de otra no habría de ir. Oyendo esto el alcalde y todos sus ministros, que estaban solos en la capilla, porque con cuidado el arzobispo había mandado despejarla de toda gente, indios y españoles porque no fuesen testigos de semejante desacato, se enternecieron con mucha abundancia de lágrimas y el alcalde dijo: pluguiera a Dios me hubiera dado una enfermedad moral primero que haber venido a ver semejante trance, y luego el alcalde se retiró a los asientos de la capilla con la demás gente, y mandó que cerrasen todas las puertas del convento y la que hay para entrar en la capilla mayor, echando afuera todos los criados del arzobispo excepto Don Alonso de la Serna, su caballerizo, y Don Diego de Miranda, su paje de cámara, y Fray Juan de Dios que se quedaron arriba en la peaña del altar mayor del colateral de la Epístola. Con esto el arzobispo tornó a poner la caja del Santísimo Sacramento sobre los corporales y mandó encender muchas luces, como si estuviese descubierto.

No dio lugar el alcalde a que se abriesen las puertas para que se metiese al arzobispo cama y cena y así aquella noche se quedó sin cenar, y se recostó sobre una talla que acaso estaba allí sobre la que se había hecho el altar del nacimiento, por lo cual y por el gran frío que entraba por las ventanas de la capilla que estaban abiertas, le dio al arzobispo un terrible dolor de hígado que le duró con gran rigor aquella noche y día siguiente, y los mencionados caballerizo y paje se quedaron en cuerpo pasando toda la noche por abrigar con los capotes a su amo, el que fingiendo que reposaba ante el religioso del beato Juan de Dios, hizo información de cómo le tenían cercado con las guardas dentro de la capilla mayor, e hizo nuevo auto declarando excomulgados a todos los ministros, los que metieron sus camas y su cena en la capilla mayor y con ellas consideran al arzobispo, que agradeció el cumplimiento pero no lo quiso admitir.

A las doce de la noche, estando dichas guardas y todos durmiendo el primer sueño Don Alonso de la Serna, caballerizo del arzobispo, vio cómo por la puerta que está por la sacristía a la capilla, le habían dado aviso cómo en la portería llamaba un correo embozado que decía traía un papel de gran importancia de México al arzobispo, el cual le metieron por debajo de la puerta, que eran dos pliegos de papel escritos, todos sin firma, en que se daba razón de todo lo sucedido desde su prisión. Y cómo aquella persona que escribía sabía de cierto original que estaban señaladas personas para ir a San Juan Teotihuacán a ejecutar un auto riguroso en la persona del arzobispo, y que habiendo sabido esto por personas muy graves, habían sido de acuerdo de avisarle, como se lo avisaban, para que por algún camino procurase hurtar el cuerpo al rigor tan excesivo de aquel caballero, y que les parecía que se podía hacer saliéndose de la presencia de los guardas con algún achaque y corriendo la posta a México por algún camino desusado. Que los padres Carmelitas y los del colegio de la Compañía estaban prevenidos y tendrían personas arrimadas a las puertas de los portines para que dando un golpe en ellas abriesen, y que lo esconderían valerosamente con que se evitaría el rigor y detenimiento de aquel caballero. El arzobispo tuvo poco que deliberar en esto porque se halló tan cercado de las guardias pegadas a su persona que apenas podía hacer algún acto de los naturales sin que lo registrasen, y así con la brevedad que pudo respondió al papel que era imposible ejecutar lo que le ordenaban, además de que cuando pudiera, acordándose de lo que hizo Santo Tomás Canturiense con los frailes, por no encontrarlos con el rey Enrique de Inglaterra, por su hospedaje, no había de dar ocasión para que por el que le querían hacer aquellos padres, irritasen al virrey más de lo que estaba irritado por haberse declarado valerosamente en defensa de la libertad eclesiástica, y que así no había más de encomendarlo a Dios en cuyas manos se había resignado para con el esfuerzo bastante padecer el martirio que en el papel se le insinuaba.

Habiendo despachado esta respuesta viendo que la cosa había llegado a los últimos trances y que no había ya más que esperar, hizo auto declarando al virrey por excomulgado y otro declarando el cesatio a divinis, ante el antedicho juez Juan de Arce, aprovechándose para esto del buen sueño de los ministros y guardas, y dándose estos autos por debajo de la puerta a los criados que estaban afuera, se entregaron al Lic. Cristóbal Martínez de Recalde, cura de la catedral, que para lo que pudiese suceder se había quedado en el pueblo con prevención de buena cabalgadura, el cual con los despachos antedichos llegó el amanecer a México. Luego que el provisor los recibió, los puso en ejecución, y ese día por la mañana acudieron muchos indios de los pueblos circunvecinos con muchas tropas, llorando, haciendo muchas muestras de sentimiento, y preguntaron al arzobispo qué quería de ellos, que si iba con gusto a España que repartirían entre ellos todo lo que pudiesen para ayuda de los gastos del camino, y que si lo llevaban contra su voluntad, ellos aventurarían sus vidas y lo quitarían del que lo llevaba, y lo defenderían y guardarían, que ellos eran buenos cristianos y veían que se acababa la que Hernando Cortés les había llevado pues desterraban al mayor sacerdote y lo llevaban con tanta indecencia y mal tratamiento, pues lo que les habían enseñado siempre los ministros de las doctrinas era que a los obispos y ministros de Dios les habían de respetar como a él mismo, y que ahora veían lo contrario. Y a este propósito en aquella ocasión en diferentes partes dijeron los indios diferentes cosas bien sentidas para confusión de los cristianos, del respeto que a la iglesia y a sus ministros deben hacer y la estimación que les deben tener, aunque sea a costa de la propia.

El arzobispo trabajó mucho en sosebarlos y a mediodía volvieron con el regalo ordinario, bien animados, con ramilletes, tamales, tortillas y frutas. El lunes por la mañana, luego que amaneció trató el arzobispo de poner bien su conciencia y decir misa, para que cuando llegasen los ejecutores con los nuevos decretos del virrey le hallasen ya prevenido para todo el trabajo que le pudiera suceder, y pidió al alcalde y demás guardas se saliesen de la capilla mayor para que pudiese decir misa porque ante ellos no podía por estar declarados excomulgados. Pero estuvieron tan porfiados que no podía acabar que ellos lo hiciesen. Estuvo vestido con sus ornamentos, sentado en una silla para ver si podía con su paciencia y espera vencer la terquedad de los excomulgados, pero cuando vio que eran las doce y el mal de la hijada le apretaba, se desnudó para ayudarse con unos paños calientes, para lo cual por gran favor le dejaron meter un brasero de lumbre.

Fue cosa maravillosa y de gran consuelo ver que desde el día de la prisión del arzobispo fue la frecuentación de los sacramentos tan grande como si fuese el tiempo del jubileo de la Semana Santa, y en particular el lunes 15 de dicho mes fue muchísima la gente que comulgó, estando todas las iglesias llenas para este efecto todos esos días, y para asistir a las plegarias y rogativas que se hacían en los conventos de monjes y no sin gran derramamiento de sangre. Donde mayor y más continuo fue el concurso era en la catedral, donde el viernes 12 comenzaron las plegarias con una letanía en que una gran muchedumbre del pueblo asistió llorando tiernamente y desde que se comenzó hasta el lunes inclusive, estuvieron dos prebendos mandándose por sus horas, hincados de rodillas en la peana del altar mayor, rezando, a cuyo ejemplo asistió también acompañándolos gran muchedumbre de gente.

Había enviado el virrey a notificar el sábado 13 de enero a todos los capitulares, a cada uno en particular, que bajo pena de las temporalidades, destierro del reino y 3.000 ducados a cada uno, no consintiría poner ni pusiesen cesatio a divinis y en 11 y 12 del día fueron el secretario Tobar y Don Pedro de Medinilla, alcalde, a la catedral, que estaba llena de gente como los demás días, anduvieron en busca del provisor y habiéndolo hallado lo llevaron a la capilla mayor junto a las gradas del altar mayor, y allí a vista de todo el pueblo en voz muy alta, a modo de bando leyó el secretario Tobar al provisor el mismo auto que se había notificado a los capitulares. Y el provisor respondió que lo obedecía y luego in continenti mandaron llamar a los curas y clérigos que se hallaran presentes y se les leyó luego el mismo auto con la misma forma a que respondieron los curas que si el arzobispo que era su prelado, ponía la cesación a divinis, ni ellos se la podían estorbar ni dejar de obedecerla.

Con esto los circunstantes quedaron no sólo escandalizados y ofendidos pero irritados de ver que en tierra del rey nuestro señor se hiciese tan poca cuenta y estimación de la presencia del Santísimo Sacramento que en su presencia se fuesen a publicar semejantes bandos y autos.

Dicho lunes 15 a las siete de la mañana se fijó el edicto y auto de la cesación a divinis en el ordinario lugar donde se ponen los excomulgados, sobre la pila de agua bendita, con lo cual se cerraron las iglesias y cesaron de tocarse las campanas en todas partes, excepto en el convento de Nuestra Señora de la Merced, dándole por hacer lisonja del vicario general al virrey, que lo había defendido en todos sus aprietos y aumentos, mandó que estuviese abierta la puerta, se tañiesen las campanas y dijesen misa públicamente. Y algunos días antes había dicho que eran cosa de burlar las censuras del arzobispo y que no había que espantarse de la cesación a divinis, si la pusiere, que él haría un altar en medio de la Plaza Mayor y diría misa a todo el pueblo.

Acabada de poner la cesación a divinis entró por la calle de San Francisco a la plaza, el Secretario Osorio, que era de los mayores confidentes del virrey y uno de los excomulgados. Iba en su carroza descubierta y como lo reconocieron dos o tres muchachos que iban con sus cestas en las manos llenas de verduras de la plaza, comenzaron a decir a voces: éste es el excomulgado por quien ha sucedido esto, y oyendo esto el secretario mandó a sus esclavos que los aporreasen y maltratasen y ellos se defendieron, tomaron piedras y comenzaron a apedrear la carroza. Y a ellos se juntó otra gran tropa de muchachos y gente menuda que o haciendo lo que vieron hacer a los primeros fueron dando una gran carga de piedras al secretario, que a toda prisa caminó a palacio oyendo las malas palabras que los muchahos le decían. Subió dicho secretario muy alborotado y contó al virrey lo que le había pasado, el cual mandó que saliesen los soldados de la guardia a castigarlos con el sargento mayor y alcalde Miguel Ruiz en compañía de Don Gaspar Vello, pero los muchachos con las piedras los apretaban tanto que les obligaron a retirar y el alcalde Miguel Ruiz se halló allí en gran peligro. A este tiempo tocó el clarín a rebato en las azoteas del virrey, diligencia que se pudiera haber excusado, pues sólo sirvió para convocar toda la gente y de llamar a la plaza y palacio a los que estaban descuidados en sus casas y oficios. Y con esto creció el tropel de la gente y lluvia de piedras, que a las azoteas de palacio tiraban.

Quiso el virrey salir con espada y rodela a sosegar la plaza pero estorbólo con gran brío y determinación el Almirante Zaballos que le dijo que si porfiaba en salir lo prendería, porque era sin duda que le quitarían la vida si saliese. Con lo cual se volvió a la azotea desde la cual vio lo que pasaba. Los muchachos que ya estaban encarnizados comenzaron a decir a voces: "Viva la fe de Cristo y el rey nuestro señor y muera el mal gobierno". Y entre esta muchedumbre de muchachos se notó que un negrito iba capitaneando esta gente con una imagen de Cristo Crucificado, y se vio que por una y otra puerta de la plaza esta tropa de muchachos llevaba una imagen de Nuestra Señora de la Concepción.

Como la turbación y alboroto crecía tanto fue de fuerza cerrar las puertas de palacio, quedando adentro cerca de la persona del virrey el Conde de Santiago, los oficiales reales, el consulado y regidores, y otros ministros de la real audiencia y muchos escribanos que el virrey había mandado parecer antes para notificarles que a ninguna persona diese testimonio alguno, sin darle de ello primero parte. Los cuales se armaron lo mejor que pudieron con pica y albardas de la armería de palacio. Serían ya las nueve de la mañana cuando un indio ayudado de los muchachos tomó un tizón de las mujeres que estaban friendo en la plaza, y ellos cargaron de las esteras con que se hacen sombra y los cascatles que hallaron en que se lleva fruta, y algunas de las arcas que estaban para venderse en la plaza, y arrimáronlas a las puertas reales, y llevando manteca de las freideras les pegaron fuego. Estado ardiendo llegó el Marqués del Valle y aunque estaba bien impedido de la gota, en semejante ocasión se animó por no faltar de su obligación. Acudió con mucho aliento y mayor del que podía su falta de salud. El cual procurando aquietar la gente con sus buenas razones hizo apagar el fuego de las puertas y subió adonde el virrey estaba. Pero los mismos que la primera vez tornaron a encender el fuego, creciendo a toda fuerza las llamaradas. A esta sazón llegaron los inquisidores con sus ministros, que también hicieron la misma diligencia que el Marqués del Valle que aprovechó para que las puertas no se quemaran del todo, pero no para que la gente se aquietase, porque con gran gritería decían que les volviesen a su prelado, que de otra manera el pueblo no se aquietaría. A cada razón de estas repetían: viva la fe de Cristo, etc., y persuadiendo al virrey todos los circunstantes que para sosegar aquel alboroto era necesario que viesen al arzobispo. Vino en ello y mandó que el secretario Tobar escribiese muchos papeles, que firmando dicho virrey y secretario, los arrojaban por las ventanas y azoteas y andaba la cosa tan turbada que se escribieron en las vueltas de las cartas que acaso tenían los circunstantes en las faltriqueras, y los papeles a la letra decían: Por cuanto conviene al servicio de Dios y de S. M. que el Sr. Don Juan de la Serna, arzobispo de México venga luego al punto a su casa para que se compongan las cosas que convienen al servicio de S. M. y las guardas lo dejen venir libremente, sin poner en ello impedimento. Hecha en México, el 15 de enero de 1624. El Marqués de Gelves. Por mandado del virrey: Luis de Tobar Godínez.

El Lic. Alonso Vázquez de Cisneros era solo el que de los oidores estaba libre, y a este tiempo estaba en la sala viendo desde la ventana de ellas cómo crecían las voces y concurso de gente, y de piedras que tiraban, fue donde estaba el virrey y le ofreció servirle con su persona en todo cuanto le ordenase. A este tiempo crecieron más las voces pidiendo al arzobispo y que soltasen a los oidores y relatores y dicho Lic. Cisneros, aprovechándose de lo que el vulgo decía, con grandísima sumisión, le pidió hiciese aquello porque era aquello el último remedio para que la república se sosegase. Y porque así pareció a todos los que estaban asistiendo al virrey, se tomó por acuerdo que el Dr. Juan Gutiérrez Flores, inquisidor más antiguo, fuese a toda diligencia a San Juan Teotihuacán a traer al arzobispo. Y que del camino saliese a la plaza, que por todas las partes de ella fuese diciendo cómo iba por el arzobispo, y así lo hizo. Y asimismo quisieron que el virrey mandase que soltasen a los oídores que estaban presos, los cuales subieron luego y se le ofrecieron para servirle y ayudarle sin acordarse del agravio que les había hecho.

Y como a todas horas el pueblo replicaba que les volviese al arzobispo y soltasen a los oidores, luego que hicieron su cortesía y ofrecimiento al virrey, los pusieron en las azoteas que salen a la plazuela del colador para que el pueblo los viese, el cual replicó que no se contentaba con aquello que estaban allí forzados y oprimidos, que les diesen a su rey, representado en su audiencia. Y juntamente añadieron que les diesen libre y fuera de la prisión al Lic Gaviria, y para hacer esto lleva orden del virrey, Don Juan de Casaus, caballero del hábito de Santiago, y mando llegó a la casa del oidor halló en su calle y puerta infinidad de muchachos que habían ido a sacarle forciblemente de su casa, cuyas puertas hizo cerrar para que no entrase en ella la gente. Y saliendo a un balcón, pidiendo con grandísima sumisión, que no le hiciesen aquel agravio de quererle sacar de la prisión en que estaba porque le sería mal contado salir de ella sin orden del virrey que lo tenía preso. Pero ellos porfiaban que lo habían de sacar, que quisiese que no quisiese. Al tiempo de esta porfía llegó Don Juan de Casaus con la sobredicha orden del virrey, con la cual el Lic. Gaviria caminó para las casas del cabildo. En este ínterin, porque el pueblo porfiaba pusiesen en libertad a los oidores, los sacaron a la plaza en la cual se vieron con evidente peligro de las vidas y de morir ahogados por el gran tropel de gente que los iba acompañando hasta las casas de la ciudad y salía del regimiento donde los dejaron llevándolos a caballo, desmayados y desalentados.

Cuando el inquisidor Flores salió de palacio para ir por el arzobispo, seguido con el virrey, el inquisidor Don Francisco Bazán, con el cual él y los demás que allí se hallaron a su lado le persuadieron que hiciese publicar perdón general al pueblo, porque no quitado el miedo que justamente podían tener de su rigor, perseveraban en su alboroto y para que viniese en este aprieto mucho el Lic. Gaviria oidor que a la sazón había llegado con un recado de la audiencia, que estaba en las casas del cabildo, en que le pedían les avisase del mejor medio que podía haber para aquietar aquella república y librar a S. E. del peligro de la vida que le amenazaba. Y él en particular le aseguró de que olvidado del agravio de su larga prisión, le serviría con ahínco, y veréis en aquel trabajo como lo veía, y que en fe del deseo que tenía de acertar en aquella ocasión, le parecía que el mejor medio que había en que la real audiencia prometiese perdón general y el virrey le respondió que dar dicho perdón no tocaba a la audiencia sino a él. Y el oidor y los que estaban presentes, todos con gran conformidad le respondieron que no era aquel tiempo para andar en competencias, Y habiendo el Lic. Gaviria ordenado el perdón y le había escrito el secretario Tobar, el papel en que suscribió, tomó el inquisidor Don Francisco Bazán y por las ventanas lo mostró al pueblo diciendo que aquel era el perdón que S. E. había generalmente dado a todos. Y el pueblo con gran vocería respondió que no querían perdón del virrey porque no sabía cumplir palabra, ni la cumpliría, que el perdón quería que lo diese la real audiencia en nombre de S. M.

En el ínterin que estas cosas pasaban en la plaza y casa de palacio, la tropa de los muchachos fue al convento de Santo Domingo y habiendo quebrado muchas puertas, subieron a los dormitorios preguntando por la celda de Fray Luis Barroso, que era un fraile que porque era opositor a la cátedra de Escritura y para lisonjear al virrey para que se la hiciera dar, el día de año nuevo de ese año predicó en su convento un sermón muy escandaloso hablando con el arzobispo como si estuviera presente, y dando a entender como las excomuniones que había puesto no eran válidas, ni se habían de temer ni guardar, haciendo superior la jurisdicción temporal que la espiritual y diciendo que primero había habido reyes que sacerdotes y otras cosas de tal mal olor y escándalo de gran parte del auditorio se salió irritado. Y fue al patio de la Inquisición diciendo y dando voces, que qué hacían los señores inquisidores, que si dormían o cómo no oían las herejías y falsa doctrina y un fraile estaba predicando parado en medio de su casa.

Quisieron en esta ocasión los muchachos pagarle el trabajo del sermón, pero él o no estaba en casa o se escondió, de manera que no le pudieron hallar en casa. Y así pasaron en busca de Don Melchor a la celda en que lo tenían preso con los guardas, los cuales pensando que les habían de hacer algún daño huyeron y algunos saltaron por los balcones del convento y los muchachos cogieron en volandas a Don Melchor y le obligaron que subiese a caballo en uno que abajo había junto al convento. Pero él les pidió con grandísimo encarecimiento le dejasen ir a pie y después de grandes importunaciones hicieron ello. Con gran gritería y algazara le llevaron y dejaron en la catedral, a las 12 del día. Habiendo ido el inquisidor Flores por el arzobispo, la real audiencia, viendo que todavía el pueblo clamaba por él, pidió al Marqués del Valle fuese a toda diligencia a dar prisa a la venida de la persona del arzobispo, para lo cual él se adelantó, acompañado del Marqués de Villamayor. Se quedó con la real audiencia aguardando la provisión que para esto despachaba Don Matías Flores, oidor de Manila, a quien la audiencia había hecho llamar juntamente con el Dr. Galdós para ayudarse en aquella ocasión de su buen juicio y consejo. Que lo mostró muy bien en todo el discurso de las consultas, que en caso tan apretado se hicieron. Y despachada la provisión caminó con ella en seguimiento de los dos marqueses, y por haber sabido esto el pueblo y visto que la real audiencia estaba fuera de la prisión, se sosegó algún tanto el alboroto y muchos se fueron a sus casas a comer.

En este ínterin hizo el virrey meter muchos quintales de pólvora que trajeron de afuera de la ciudad, y un fraile le llevó mucha cuerda y balas, con que el virrey mandó que subiesen todos los que estaban con él en las azoteas y cañoneasen la gente. Este mandato fue la total causa de la perdición de dicho virrey. Y porque actualmente los oidores estaban tratando de sosegar el pueblo y para los medios que se habían de poner para ello, habían enviado muchos recaudos con Don Juan Casaus y Don Antonio de la Mota y el inquisidor Bazán, y se tiene por cierto que con las diligencias que la real audiencia hacía y con la llegada del arzobispo, sin que hubiera novedad considerable, se aquietara el pueblo. Pero comenzaron de las azoteas de palacio a cañonear a la gente, que como estaba muy apiñada ningún tiro se hizo en vano, matando mucha suerte de gentes a las cuales luego que caían las llevaban a las casas de la ciudad, y ponían a vista de la audiencia diciendo que como querían se sosegase aquel tumulto, si estaba el virrey con su gente haciendo tan gran matanza en sus hermanos y vecinos.

Viendo los oidores que con estas muertes se había irritado la gente notablemente y que volvía de nuevo a crecer la furia popular, y presumiendo prudentemente que habían de tomar venganza con algún sangriento rompimiento, resolvieron ir a asistir en cuerpo de audiencia al virrey y comenzando a ejecutar esta orden, se les puso toda la gente con las espadas desenvainadas, amenazándoles que les habían de quitar la vida si se juntaban con un hombre que tan afligida tenía aquella república.

Cuando la cosa andaba tan turbada con tantas muertes, como se hacían de las azoteas de palacio en la gente de la plaza, los presos de la cárcel pegaron fuego en ella y acudiendo allá el virrey los hizo sacar por las azoteas, y habiendo subido y dio a todos armas prometiéndoles de parte de S. M. perdón. Pero los presos con el odio general que tienen a este caballero se volvieron contra él, llamando gente y saliendo a la plaza para que fuesen a matarle. Eran ya más de las cuatro de la tarde y la vecindad de la noche ponía cuidado a toda la gente cuerda y celosa, para que con la obscuridad de ella y con no haber cabeza a quien el pueblo reconociese, temían el forzoso suceso de grandes desgracias. Y para prevenirlas, muchas personas graves y religiosas acudieron a los oidores y con grandes razones y sentimientos les propusieron y protestaron que tomaran el gobierno y que se publicase que la audiencia gobernaba, para que antes de llegar la noche la gente se hallase ya quieta. Y fue sin duda este el remedio único de los grandes daños y muerte que aquella noche sucedieron. Con esta apretada instancia y requerimientos que les hicieron advocaron en sí el gobierno a las cinco de la tarde poco más o menos, y sacó el estandarte real a las ventanas del cabildo. Con lo cual y con pregón de nuevo gobierno, la ciudad volvió en sí con notables muestras de alegría y la audiencia nombró por capitán general al Lic. Gaviria, que por su antigüedad y por ser los demás compañeros viejos e impedidos para los trabajos y carga de aquel oficio. Hubo de aceptarlo y mandó que todos siguiesen el estandarte real por la platería, y se llevó a San Francisco dando causa para esta idea la junta que se había de hacer de gente armada, pero a la verdad la intención de la audiencia fue para que se despejase la plaza de gente y diese tiempo y lugar al virrey para poderse escapar de palacio. Y así con muchas diligencias afectadas, el Lic. Gaviria detuvo a la gente que fue en seguimiento del estandarte real a San Francisco, y en aquellas calles cercanas, hasta que ya quería anochecer, que a esta hora cayendo en la cuenta que el oidor los entretenía, se volvían a toda prisa a la plaza desamparando el estandarte.

Y los presos de la cárcel le daban a la gente de la plaza para que entrasen a prender al virrey o matarle, por las casas circunvecinas que estaban pegadas a los portales de provincia, subieron con grande gritería de armas y piedras, por lo que el virrey se recogió a un camarín y allí se quitó los anteojos y el hábito, y se puso una capa de color desconocido y un lienzo en el sombrero. Y viendo que ya la cosa andaba muy rota y crecía la vocería de la tropa y que le buscaban, por una puerta de su salario que caía a unos aposentos de unos criados, salió acompañado de dos de ellos, y embozado, diciendo como la demás gente por entre la que pasaba en la misma forma que la damos: Viva la fe de Cristo y el Rey Nuestro Señor y muera el mal gobierno. Queriendo Dios por sus secretos juicios que el mismo virrey con su misma boca aprobase la voz que el pueblo todo el día había sustentado, y con este modo se disimulase para que ayudado de la oscuridad de la noche escapase con la vida y pudiese ponerse en salvo en el convento de San Francisco, donde se fue, y él por su elección escogió una pieza que está más adentro del refectorio que sirve de cárcel y allí estuvo diez o doce días oculto hasta que asegurado con las diligencias que la audiencia hacía para donde quiera que estuviese, fuese defendido, le subieron a una celda del dormitorio donde quedaba a la sazón que se hizo esta relación.

A la una de la tarde poco más o menos, llegó por la puerta un criado del inquisidor Flores a San Juan de Teotihuacan con un recado de su amo para el arzobispo en que le decía como le enviaba una de las cédulas que el virrey había ordenado y que le avisaba del trabajoso estado. Y para que se atajase el daño que amenazaba y se sosegase la gente convenía que a toda prisa su señoría volviese a México, y que así se lo protestaba de parte de S. M. y que él venía corriendo la posta a encontrarse con su señoría en el camino. Y que si se partía luego, dentro de dos leguas se encontrarían. Vio el Alcalde Terrones la cédula y oyó el recaudo que de parte del inquisidor le dio, y el arzobispo respondió que a él le llevaban preso, y que no era suyo, ni tenía libertad. Que hiciese de él el alcalde lo que quisiese, que él iría adonde le llevase.

El alcalde, atemorizado de la rigurosa condición del virrey, no se aseguró con aquel papel, ni dio lugar a que el arzobispo se partiese con la prisa que el inquisidor pedía. A las dos de la tarde poco más o menos, llegó a la presencia del arzobispo el capitán Don Francisco Cortés, criado del Marqués del Valle, con un papel suyo en que decía al arzobispo que la ciudad estaba revuelta y alterada. Y porque se aquietase había determinado la real audiencia que a toda prisa se volviese su señoría a México, que no pedía el peligro de las cosas dilación alguna, que así con todo encarecimiento le pedía que al punto se pusiese en camino y que fuese a más andar. Que para obligarle que caminase a prisa la audiencia le había ordenado que a pesar de sus achaques y gota fuese por él. Con este papel se resolvió el alcalde a dar lugar al arzobispo a que volviese a México. Y así le pusieron en camino.

Luego que se esparcieron dichas cédulas con que el virrey decía convenía que el arzobispo volviese para que se apaciguase el pueblo, fue increíble la muchedumbre de gente, así hombres como mujeres, españoles, mestizos y mulatos que salieron de la ciudad hacia San Juan Teotihuacan en busca del arzobispo. Y pareció cosa milagrosa que desde las once del día que se sembraron estas cédulas hasta las dos de la tarde llegaron a San Juan Teotihuacan y la mayoría de ellos a pie, habiendo ocho leguas desde la ciudad hasta el pueblo. Tan grande como esta era el ansía que llevaban por ver todos a su prelado y acompañarle en la vuelta, y no podía hacer el arzobispo su jornada con tanta prisa como la ocasión pedía. Porque la muchedumbre de gente que en el camino hubo desde San Juan Teotihuacan era de mucho estorbo para que caminasen las carrozas a toda diligencia. Salieron al encuentro tropas de indios de a 300, 400 y más a cada una guiada uno de los principales con un Cristo Crucificado cubierto de luto en las manos y a los que les preguntaban que a dónde iban, respondían que a buscar el Cristo vivo, que este nombre daban al arzobispo para confusión de los españoles que teniendo ya la fe puesta hacían poca estimación de la iglesia y sus ministros, y diciéndoles que aguardasen que presto llegaría el arzobispo, respondían con gran coraje que no había que tratar, que no habían de parar hasta verlo y llevaban todos en las manos unas mecates que son cordeles o sogas y preguntándoles que para qué los llevaban, decían que para ahorcar a Don Diego de Armenteros, que era el confidente del virrey y que iba por guarda mayor del arzobispo. Y es mucho de ponderar el afecto y ansia de la gente que salió de México en busca del arzobispo, pues yendo los unos de ellos a pie, que forzosamente habían de llegar muy cansados a San Juan Teotihuacan, sin aguardar a comer ni repararse del cansancio volvieron a andar el mismo trecho sin mostrar flaqueza.

A poco más de una legua de San Juan encontró el arzobispo al inquisidor Flores, que con el mucho polvo del camino y con el hábito que para caminar cogió a los primeros que encontró, iba casi desfigurado, juntáronse en la carroza y como quien era testigo de vista del aprieto en que la ciudad quedaba, apurábase mucho en ver que la gente no dejaba caminar tan aprisa como él quisiera. Y aunque ayudaba con mucho afecto, no era de provecho su diligencia. Anochecióles en medio de la calzada de San Cristóbal y a una legua encontraron los marqueses del Valle y Villamayor y a Don Matías Flores, oidor de Filipinas. Y todos hicieron instancia a que se caminase aprisa aunque el estorbo sobredicho y oscuridad de la noche andaba discurriendo por palacio en busca del virrey, quebrando puertas y ventanas y los que más destrozo hicieron y pillaje fueron los presos a que el virrey dio libertad. Que la demás gente sólo trataba de satisfacer su encono y odio que al virrey tenían con desbaratar y hacer pedazos menudos las cosas de precio y estima que hallaron en su cuarto, cámara o camarín, como eran escritorios y bufetes de él, del Japón y de la India, y otras cosas a este propósito. Y con los pomos de las espadas, los desmenuzaban y a los que le reprendían por aquel hecho y aconsejaban que cosas tan ricas las procurasen aprovechar, respondían que no querían se entendiese los movía la codicia, ni querían aprovecharse de la hacienda que había sido de un hombre tan cruel.

Discurriendo en busca del virrey hallaron en la huerta, metido en la noria a Don Juan de Alvarado, fiscal de Panamá, a quien pagaron los consejos que al virrey había dado con muchos pomazos de espada y golpes. Y viendo que apretaban a matarlo, puestas las manos con gran sentimiento, dijo que estaba excomulgado, que por Dios no le matasen en tal mal estado, que se condenaba. Con esto movió la gente a compasión y se contentó con llevarlo preso ante la real audiencia y lo mismo hicieron a Don Sancho de Baraona, Gaspar Vello de Acuña, Alonso López Romero, secretario del virrey, el cual temiendo que la gente se apoderase de 40.000 pesos que tenía, dijo advirtiesen que era del desagüe. Lo cual todo se escapó sin tocar a cosa alguna, cuando les dijeron donde era la caja real, dijeron que al rey nuestro señor deseaban servirle, obedecerle y guardarle su hacienda y pensando que la recámara del virrey era parte de la caja real, pasaron de largo, con que se escapó mucha hacienda del virrey. Encontraron también al padre Burguillos, armado con un peto fuerte, y lo llevaron a la cárcel arzobispal y, cometieron en el cepo en que estuvo aquella noche y día siguiente, hasta nueve después de la noche, con mucho secreto y guarda de gente lo enviaron a su convento de San Diego porque sin duda el pueblo lo maltrataría si le conociera. No anduvieron en este tiempo los muchachos ociosos, que con gran ahínco acudieron a las casas de la moneda del Dr. Herrera y quebrando las puertas y ventanas hicieron en ellas gran estrago de bufetes y sillas, camas, y fue mucho de ponderar que habiendo hallado mucha suma en cajas y ollas de conservas no les probaron, diciendo que no habían de comer conservas de excomulgado, y sólo servía de apedrearse con ellas unos a otros.

Y estando tratando de poner fuego a la casa hubo quien dijo que estaba fundada una capellanía, que si la quemaban se perdería la capellanía, y ellos respondieron que no querían hacer mal a las ánimas del Purgatorio, con que desistieron de su intento.

Fueron también a la posada del Fiscal de Panamá e hicieron el mismo destrozo en los bienes muebles. Tomás de Aguirre Suasvalea, aguacil mayor de la Inquisición, que le había prestado todo lo necesario para el adorno de su casa, con que dejaron de hacer daño alguno en la casa y otras cosas de importancia. La casa del secretario Osorio hubiera perecido y padecido muy grandes destrozos y lo mismo la de Don Sancho de Baraona, si los ministros de la audiencia no hubieran puesto mucho cuidado en defenderlas. A quien sin culpa hicieron daño fue al Lic. Ibarra, que con la prisa que llevaba no cuidó de poner en cobro la plata que de nuestra casa le llevaron y se quedó en el aposento donde había estado preso, y como no hubo quien le dijese cuya era se computó por hacienda del virrey y así la desaparecieron.

No se olvidaron de la casa de Don Diego de Armenteros, único ejecutor de las maldades del virrey, que todo cuanto tenía en casa le sacaron, y si su mujer no se hubiera curado en salud, por la carta que le escribió su marido de San Juan ordenándole que pusiese en cobro las cosas de importancia, temiendo que porque no había dado en la estera al arzobispo, como el virrey le había ordenado, le había de castigar en la persona y bienes. Y hubiera sido el saqueo de mucha importancia porque aunque entró paupérrimo en la gracia del virrey, abusó de ella con tanta libertad que arañó con toda prisa mucha hacienda. A las once de la noche llegó el arzobispo con los marqueses a Nuestra Señora de Guadalupe, donde le estaba esperando un muy gran concurso de gente y particularmente de indios, que con increible ternura y alegría puestos en orden a modo de procesión, cogieron los lados de la corroza sin que el tropel de la gente de a pie y de a caballo que era infinita, los pudiese apartar de aquel puesto que conservaron llevando todos en las manos velas encendidas con cuya luz se pudo pasar. El que pasó de la calzada con alguna comodidad, llegaban a las doce de la noche, poco más o menos, a la ciudad en que por todas las calles y ventanas había muchas luminarias en las ventanas y azoteas, y con la gente íbase juntando otra gran tropa que estaba con hachas encendidas, tantas que pareciere increible el señalarlo. Corrió luego la voz de la venida del arzobispo a todas partes y las campanas de la catedral comenzaron a repicarle, respondiéndoles todos los de las otras iglesias, y en las torres de ellas pusieron luminarias, con que la noche que se terminó había de ser de gran turbación, se convirtió en gran regocijo y alegría y llevaron al arzobispo a la catedral con intento de que entrase en ella a bendecir al pueblo y gritar el entredicho y cesatio a divinis. Pero estaba tan cuajada de gente y la plaza del marqués que fue imposible llegar ni aun a la puerta. Con mucha solicitud estaba aguardando la real audiencia la venida del arzobispo en las casa de la ciudad, y aunque se trabajó mucho en hacer lugar para subirlo arriba, no fue posible y así lo llevaron a las casas arzobispales, donde a trechos de la noche fue fuerza ponerse en los balcones con hachas escondidas para que la mucha gente que en tropel iba a todas horas para asegurarse de su venida, lo viesen y se aquietasen.

Y con ser la hora tan desacomodada, muchos religiosos de las órdenes más observantes, acudieron a consolarse con la presencia del prelado, el cual al día siguiente martes 16 del mes, a las nueve de la mañana, con su carroza descubierta fue a la catedral acompañado de sus capitulares. Y estaban ya la plaza e iglesia tan llenas de gente que se pasó gran rato en llegar al altar mayor, y habiéndole recibido procesionalmente con Te Deum Laudamus y echado la bendición solemne, fue a la real audiencia con orden que para ello tuvo, y habiendo estado en acuerdo algún rato volvió a su casa acompañado de todos y a la tarde a petición de la gente celosa, salió en carroza por las calles más públicas de la ciudad, con que el pueblo se consoló mucho. La real audiencia para asegurar la persona del virrey, cuya vida le daba mucho cuidado, hizo gente de guerra repartiendo los oficios de la milicia entre la gente más noble de la ciudad y fueron tantos los que voluntariamente se alistaron y tanta bizarría con que salieron debajo de sus banderas que con sólo verlo, se echaba de ver el aliento con que estaban los corazones, que hasta allí estaban como metidos en prensa. La real audiencia, para asegurar más el buen acierto y justificación con que en todo el discurso del suceso procedió, hizo junta de las personas más graves de todas las vecindades de la república, con quienes comunicó si convendría para servicio de Dios y del rey nuestro señor volver al Marqués de Gelves el gobierno o continuarlo la real audiencia como lo había hecho aquellos pocos días. Y todos nemine discrepante, concordaron con fortísimas razones que si se volvía el gobierno al marqués, se había de perder y asolar todo el reino, y es así que en oir hablar en esta razón se alteraba y embravecía el pueblo, con la cual diligencia se publicó el gobierno por la real audiencia. Con lo cual seguros todos parece que volvieron en sí y salieron de una confusión y azoramiento en que vivían. Determinó la real audiencia enviar persona con los papeles que en esa razón se habían sustanciado al rey nuestro señor y Real Consejo de indias, y pusieron los ojos en la del Dr. Hernán Carrillo Altamirano, abogado de la real audiencia y estimado por sus letras y conocida nobleza y conocido caudal de persona. Y el cabildo de la ciudad nombró para el mismo efecto a Cristóbal de Molina, regidor y de voto y parecer de todas las comunidades y gente más grave de la república, haciéndole todos gran insistencia para ello, y en especial las personas de espíritu y conocida santidad.

El arzobispo, aunque se hallaba cansado de los trabajos pasados y casi imposibilitado con el destrozo que en su hacienda por orden del virrey se había hecho, determinó hacer la misma jornada, viendo el estado de la iglesia abatido y las censuras eclesiásticas menospreciadas y la limpieza y doctrina católica enturbiada y descubierta desvergonzadamente la casa de la herejía en la plaza de México; la lisonja de los que querían no perder los intereses que sacan de la publicación y enseñanzas del evangelio. Y aunque el amor y afición que generalmente todos le tienen le retardaba en ejecutar lo que los prudentes y temerosos de Dios le aconsejaban, se resolvió a la jornada con las incomodidades forzosas que a tan repentina determinación se siguieron. Acompañado de los doctores Don Francisco de Sotomayor, Canónigo Gil de la Barrera, racionero y juez de obras pías y testamentos del arzobispado, a los cuales el cabildo nombró para acudir a la importancia de los negocios que se ofrecieron de la ocasión pasada.

Y por parte del clero, el Lic. Juan Aguado, cura propietario de la catedral, provisor de los indios y visitador general del arzobispado, para que en nombre del cabildo aseguren a S. M. la verdad del suceso, acompañasen en nombre de su prebendado y cuidasen de su comodidad e hiciesen instancia a su vuelta a aquel reino y ciudad con buen suceso en las cosas. Que desinteresadamente con sola la atención del servicio de Dios y del rey nuestro señor desean que se asienten de una vez para que con cristiana conformidad ambos, eclesiásticos y seglares, junten el hombro en servicio de ambas majestades y se trate del rey nuestro señor para que el caudal grande que de las Indias se pasa, sea de bendición y se logre con acrecentamiento y la columna de la fe y corona de España, que Dios prospere y conserve como para el cumplimiento de su palabra es menester.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 3, 1977, pp. 160-232.