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Carta de la Audiencia de México -Lic. Diego Gómez de Mena, Dr. Galdós de Valencia, Lic. De Vergara Gaviria- a Su Majestad.
10 de enero de 1620

Muy en contra la voluntad propia los oidores que ésta escriben, que es la mayor parte de los que asisten en la Audiencia de México de ocho meses a ésta, se disponen a hacerlo, y si lo que referirán en ella tocara en sus particulares, como hasta aquí se han valido del sufrimiento y paciencia, lo hicieren adelante. Pero como toca en la autoridad real y en la libertad que los jueces y ministros superiores deben tener para la buena administración de justicia y real hacienda, la obligación de criados de S. M. fuerza la pluma y los obliga a ponerse a los pies de S. M. en la forma que pueden, estando tan bajos de su real presencia, diciendo el desconsuelo y aflición en que quedan, causada de la diferente correspondencia que el Marqués de Guadalcázar, virrey de esta Nueva España, tiene con esta audiencia de la que han tenido los demás virreyes, y de la que tuvo él mismo antes de su prorrogación. Pues sólo trata de desestimarla y menospreciarla en general y en particular, dando a entender que no hay ni ha de haber más voluntad que la suya en todo género y materia de cosas, así de gobierno como de justicia, supeditando y amenazando a los jueces con que puede embarcarlos y hacer causa y procesar contra ellos, tratándolos mal de palabra, persuadiéndolos en el acuerdo a su gusto y parecer, hallándose presente al votar los pleitos de gobierno que vienen en grado de apelación del mismo virrey y a los de sus deudos y criados, informando y manifestando su volutad y deseo antes que se comience a votar, y atravesándose mientras se votan, usando de particulares y exquisitos medios para tener a los jueces siempre sujetos y a su devoción, y cuando más no puede procurando división y parcialidad entre ellos.

Todo lo cual dan cuenta a S. M. dichos tres oidores sin comunicarlo con otros dos que de presente hay en esta audiencia, ni con el Lic. Don Juan Suárez de Ovalle, fiscal de lo civil, porque así los oidores, que son el Lic. Diego Gómez Cornejo y Juan de Paz Vallecillo, como fiscal son íntimos y parciales del virrey. Y de los otros oidores que hay, uno, que es Don Francisco de Leoz, ha cerca de un año está muy enfermo y, con achaques muy largos y prolijos; y el Lic. Pedro Suárez de Longoria ha ocho meses está ausente de esta ciudad, que ya se espera con brevedad, por haber ido a la división y partición de las haciendas que dejó su suegro en la Nueva Galicia. Suplicando a S. M. humildemente se sirva de conocer el buen celo del servicio de Dios y de S. M. con que lo hacen, y no de escribir notas ni defectos contra nadie, que esto lo dejan para los cronistas de este reino, y mande proveer del remedio necesario para que se obvien y cesen dichos inconvenientes, y los ministros que sirven y están tan lejos de la presencia real estén defendidos y amparados con los mandatos de S. M. y el virrey no los extienda ni exceda de ellos.

Y para que se pueda hacer con mayor claridad y distinción, reducirán esta carta a tres materias y títulos, y en cada una pondrán los capítulos y puntos que se le ofrecen, con la mayor brevedad posible. Y lo que pertenece al primer título, que es la desestimación de la audiencia en general y particular, es lo siguiente:

1. Lo primero que propone a S. M. es que dicho virrey trata a los oidores de palabras y por escrito con diferente estilo y cortesía que el del Perú y del que pide la cédula de S. M. que le manda los tenga y trate como a sus colegas. De que resulta que en su casa y fuera, los traten también con menos cortesía y respeto del que se les debe y conviene a la autoridad de sus oficios, lo cual ya han hecho otros virreyes y el presente en esta Nueva España por tomársela toda para sí, y que no se haga caso de la audiencia no se hace. Y suplican a S. M. se sirva de mandarle que de palabra y por escrito trate a los oidores alcaldes y fiscales como el virrey del Perú, cuyo estilo dirán los consejeros que están en el Real Consejo de Indias y han servido a S. M. en la Audiencia de Lima y las demás del Perú.

2. Lo segundo, hacen saber a S. M. que el virrey aniquila y disminuye a los oidores y demás ministros, de tal suerte que ha habido ocasión en que ha dicho que son como figuras pintadas, señalando las del aposento donde se lo dijo a un teniente de aguacil mayor de esta corte. De que él y mucha gente de esta ciudad que lo supo y entendió de él quedó escandalizada por ver la desestimación y menosprecio de esta audiencia y ministros de ella, que siempre han estado diferentemente estimados y honrados. Suplican a S. M. con toda humildad sea servido de volver por su causa, mandándole al virrey lo que pareciere convenir para que trate a los oidores de esta audiencia como personas que ocupan tales oficios y que tienen la suprema jurisdicción de justicia de este reino en nombre de S. M., y que representan la real persona tan inmediatamente.

3. Lo tercero, hacen asimismo saber a S. M. que, estando mandado por cédula del año 1594, que está en el libro segundo de las leyes y cédulas impresas de las Indias en el título conocimiento de causas eclesiásticas a fojas 29, que cuatro o seis prebendados del cabildo salgan a recibir al virrey y audiencia cuando fueren a oír los divinos oficios a la catedral de esta ciudad o a otra iglesia donde el cabildo los oficiare, siente el virrey que esto se ha de hacer cuando fuere él en el cuerpo de la audiencia, y no cuando se queda en su casa por enfermedad u otro impedimento. Y diciendo la cédula que salgan cuando fuere virrey y audiencia, la interpreta y entiende que yendo él solo han de salir y no cuando la audiencia fuere sin él, no habiendo más razón que procurar por todos caminos y acciones el menosprecio y desestimación de la audiencia. Suplica a S. M. se sirva de mandar declarar tener la misma obligación los prebendados de salir a recibir a la audiencia cuando va en forma que cuando va el virrey, pues por ir él o no, no deja de representar a S. M., y que el virrey no impida lo hagan como hasta aquí lo han hecho los prebendados, y hacen.

4. Lo cuarto, se advierte a S. M. que, estando asimismo mandado por cédula que está en el libro primero en el título gobierno a fojas 258, que se de la paz al presidente, oidores, fiscal y agucil mayor, no permite el virrey, como no lo han permitido tampoco otros, se les de la paz; dándose como se da en la ciudad de Lima a los susodichos, como consta de lo contenido en dicha cédula y constará a S. M. de los consejeros que han estado en aquella audiencia, y en todas las partes de las Indias, y dándose asimismo en ésta a los inquisidores.

Suplican a S. M. se sirva mandar que dicha cédula se guarde sin que lo pueda impedir ningún virrey y que, ora vaya él o no, se dé paz a los oidores, alcaldes, fiscales y aguaciles mayores en la misma forma que se hace y da en Lima y en todas las Indias, y en esta ciudad en algunos conventos, y con los inquisidores en todos los conventos e iglesias; pues siempre ha de preferir la audiencia a la Inquisición, ordenando al arzobispo y demás prelados lo hagan.

5. Lo quinto, propone a S. M. que el virrey trae afligidos a los oidores, alcaldes y fiscales, porque en convidándole en cualquier convento o iglesia, para fiesta u otro cualquier acto, quiere llevarlos consigo, y hace avisarles con el portero de la audiencia, y que le aguarden en una sala hasta que se le antoja salir con mucha nota de los que los ven, de que se sigue muy gran oprobio a la audiencia y ocupación a los jueces, y que el virrey traiga entre ojos al que falta y se queda por ventura estudiando sus pleitos.

Suplican a S. M. le mande que no obligue a los oidores, alcaldes y fiscales a que le acompañen más días que los de tabla que S. M. tiene declarado y mandado. Y porque algunos que quieren adular al virrey no hagan mal oficio ni daño a los demás, no pueda ir ninguno ni vaya acompañar al virrey, que no los tenga esperando hasta que se le antoje salir en dicha sala. Y los días que no fueren de tabla, vayan a la iglesia desde sus casas sin ir a la del virrey ni volver con él.

6. Lo sexto que se propone a S. M., es que cuando ha de partir la flota y avisos, parece justo que esa audiencia lo sepa un mes antes, para prevenir los despachos que tuviere que hacer para S. M. y su Real Consejo de las Indias; lo cual no quiere el virrey, sino que lo avisa el mismo día que se pregona por la mañana, mandándole a un criado suyo escriba un papel al oidor más antiguo en que se lo diga. Y asimismo debe el virrey que por audiencia no se puede escribir sin que sepa él lo que se escribe, aunque sea para escribir a S. M. acerca de su gobierno y modo de proceder. Siendo así, que pues S. M. no quiere se halle presente el virrey a la vista y determinación de los pleitos que vinieren a la audiencia en grado de apelación de él ni a las de sus deudos, criados ni allegados, tiene esta audiencia por cierto, querrá mucho menos esto.

Suplican a S. M. se sirva de mandar que el virey haga saber a la audiencia un mes antes el despacho de la flota y aviso, y del correo último que ha de llevar los pliegos. Y que de no hacerlo así, ella pueda detener el correo, pues el no cumplirlo el virrey es conocida malicia porque no se escriban muchas cosas, y por atropellar el despacho de los oidores y demás ministros, que como personas tan ocupadas se les hace muy mala obra. Y asimismo, que si la mayor parte de esta audiencia acordare escribir a S. M. alguna carta en razón del gobierno del virrey, pueda hacerlo sin que él lo sepa, pues claro que sabiéndolo ha de impedirlo, y que no se escribirá con la libertad que conviene al servicio de S. M.

7. Lo séptimo, hacen saber a S. M. que el virrey llama a su aposento a un oidor, alcalde o fiscal, y sin causa ni ocasión que para ello le dé más de su pasión o poca voluntad, o porque en algún negocio que le toca le ha visto entero; y por vía de reprehesión y advertencia, lo trata muy mal con palabras y razones muy indignas de decirse a las personas que sirven a S. M. en oficios tan autorizados y superiores, poniéndolos en gran afrenta y ocasión de perderse, o de que le respondan para decir que le perdieron el respeto. Y como es en su aposento y entre sus criados, probará el virrey con ellos todo lo que quisiere, y el oidor está expuesto a que le suceda una muy gran desgracia sin defensa alguna; con lo cual están tan amilanados y acobardados los jueces de esta audiencia, como desestimados de dicho virrey.

Suplican a S. M. se sirva mandar al virrey no lo haga. Y que si tuviere que advertir alguna cosa a algún oidor, alcalde o fiscal, se la advierta y diga en el acuerdo, sin decirle razones ni palabras ignominiosas ni ofensivas, que sea sobre cosa grave, y no de otra manera, para que el virrey se modere en las palabras y el ministro tenga testigos del exceso que hubiere. Que harto castigo será para un hombre, de los que ocupan semejante puesto y lugar, ser advertido y reprendido en presencia de sus compañeros, sin que a título de esto le agravien y afrente el virrey superiormente por lo que S. M. le premiara e hiciera merced.

8. Lo octavo, avisará a S. M. que el virrey despacha provisiones por Don Felipe y con el sello real, no sabiendo esta audiencia con qué autoridad, y estando mandado que avise la orden que tiene para hacerlo, como parece de la cédula que está en el libro primero debajo del título gobierno a fojas 240; y que cuando sea necesario darlas para el gobierno eclesiástico, las de juntamente con la audiencia, como consta de un capítulo de carta escrita al virrey del Perú, que está en el libro segundo, título conocimiento de causas eclesiásticas, folio 36.

Suplica a S. M. mande que el virrey solo no pueda despachar provisiones, sino juntándose con las audiencias, porque lo hace a cada paso, así en cosas seglares como eclesiásticas, entendiendo esta audiencia que no lo puede hacer, pues no le está concedido como a las cancillerías.

9. Lo noveno, se da cuenta a S. M. que el virrey es tan amigo de atribuirse y tomar para sí cuanta jurisdicción hay, que habiendo ocurrido a la audiencia el alférez real de la villa de Carrión, y pedido que se le diese provisión para que se le guardase sus títulos y condiciones de él, entre las cuales es una que sea regidor más antiguo y tenga asiento y voto como tal, conforme se usa en España, y cédula de S. M., que está en el título gobierno, libro primero de dichas cédulas, folio 279, que manda se vendan estos oficios con las condiciones en ellas insertas; y habiéndosele dado y vacado el oficio de alcalde ordinario, pidió se le diese la vara hasta que se hiciese nueva elección, conforme a la ordenanza que dispone la traiga el regidor más antiguo, pues él lo era por razón de su oficio y por haberlo comprado con las mismas calidades que el de la ciudad de Los Angeles, el cual tenía ya ejecutoriada esta duda por esta audiencia; y habiéndolo contradicho el regidor más antiguo, y que no era alférez real, el virrey, estando prevenida esta causa por la audiencia, despachó mandamiento para que el regidor más antiguo, y no dicho alférez real, trajese la vara de alcalde ordinario. Y porque la audiencia, ignorándolo por haber sido en el gobierno, proveyó que en el ínterin que se determinaba la causa, tomase la vara el alférez real en conformidad de lo referido, dijo el virrey que el proveer quien había de traerla en el ínterin le competía a él porque era gobierno. Y habiéndole replicado los jueces que tenían vistos los autos para determinar, que aunque era verdad que aquél era ínterin, que no era de gobierno sino de justicia, por que contendía el regidor más antiguo y el alférez real, y que a la audiencia tocaba conforme a derecho proveer sobre quién había de poseer, considerados los derechos y títulos de las partes, pues estaba ya determinado por ordenanza quien había de traer la vara en semejantes casos, por lo cual venía a ser mera justicia y no gobierno; con todo esto, insistió en que le tocaba y ya no pudo vencer a los jueces que lo tenían visto para determinar, detuvo la determinación hasta que las partes instaron y se determinó en justicia en favor del alférez real, el cual a mayor abundamiento apeló del mandamiento que despachó el virrey en su perjuicio, y se revocó por la audiencia y cayó la determinación sobre todo.

Suplica a S. M. mande al virey no se entremeta en semejantes casos a perturbar la jurisdicción de la audiencia, y deje a los jueces hacer justicia sin argüir con ellos en el acuerdo sobre las cosas de gobierno que vienen en apelación. Y para que todo cese, cumpla la cédula que expresamente manda no se halle presente, que está en dicho título gobierno, libro 1 a fojas 572.

10. Lo décimo, se da cuenta asimismo a S. M. que habiendo procedido un juez de matanzas contra un particular en razón de haber muerto cabras contra ordenanza, y condenándole en 500 pesos, y pagado su condenación, pidió licencia ante el virrey para beneficiar las pieles de dichas cabras. Y de habérsela denegado, apeló para la audiencia, y se le concedió y permitió beneficiarlas, con que las registrase y cumpliese con las ordenanzas que hay en esta razón. De que el virrey ha hecho gran demostración y mandado al servicio de cámara, ante quien pagó el pleito, le de testimonio para enviarlo a S. M., pretendiendo con él dar a entender que la audiencia se le mete en su gobierno; habiendo venido con su grado derechamente esta causa a ella, y proveído lo que le pareció era justicia, atento a no haberse condenado las pieles a quemar y estar la sentencia pasada en autoridad de cosa juzgada, y por esta razón no poderse aumentar ni alterar. De que ha parecido dar cuenta a S. M. para que no quiera el virrey, con ponderaciones que las sabe decir muy a propósito, hacer en creer a S. M. que esta audiencia le quita cosa de lo que le toca, porque la verdad es que ni para defenderse y conservar la jurisdicción y autoridad que S. M. le tiene dada no tiene fuerzas ni potestad, cuanto más para meter mano en cosa ajena, y menos que oque al virrey por la imperiosa voluntad y terrible condición que tiene en esta materia, como constará a S. M. de lo referido y que adelante se dirá. Y por lo menos no podrá escribir a S. M. que los jueces tuvieron en esto más interés que entender que hacían justicia. Y si ellos pudieran enviar testimonios de las licencias que el virrey da para matar vacas, viera S. M. como cuanto exceso han sido, y los fines y causas por qué se han concedido en su tiempo, a lo que se dice públicamente, más que en el de tres ni cuatro virreyes sus antecesores.

Sobre que suplican a S. M. se provea de remedio; y asi mismo sobre los jueces de matanzas y meta que provee dicho virrey, los cuales, en lugar de ir a remediar los excesos, son los que los hacen y permiten hacer matanzas. Y como son personas de su casa, se salen con ello, y destruyen la provincia a donde va. Suplican a S. M. se sirva de mandar no haya estos jueces, y que los ordinarios tengan cuidado de no permitir matanzas, o que salga un oidor a ellas y la meta cada año por su turno, como en España; que con eso se evitarán los excesos que hoy hay,

11. Lo undécimo, que hacen saber a S. M., y en que el virrey ha echado el resto en desautorizar esta audiencia, es que ha prohibido a los oidores, alcaldes y fiscales, llevar cada uno de su casa un cojín de terciopelo negro a las iglesias, estando en costumbre de llevarlos cuando el virrey no se halla presente, y llevándolos criados suyos y otras personas particulares de esta ciudad y siendo asimismo costumbre de todas las Indias ponerlos todos los oidores, fiscal y aguacil mayor, en presencia del presidente, excepto en la de Lima y ésta; que cuando se va con el virrey, está introducido no se lleven, pero en Lima los tienen en la capilla de las casas reales donde oyen misa todos los días antes de entrar en la audiencia,

12. Esto supuesto, por el mes de agosto del año 1619, dio orden el virrey que en la fiesta del pendón que se celebra en esta ciudad el día de San Hipólito, no llevase la audiencia dichos cojines sin ir el virrey a ella, porque desde que enviudó no sale a las iglesias ni lo hizo a la procesión del Corpus, ni al recibimiento de la bula, aunque sale al campo a entretenerse y holgarse. Luego que la audiencia supo dicha orden fue con humildad a suplicarle que pues cuando estaba él presente le guardaba el respeto de no llevar cojines, no mandase se hiciese novedad hasta que se diese cuenta a S. M. y ordenase lo que fuere servido, o que fuese el virrey aquel día a la fiesta, como iban siempre los virreyes, e iría la audiencia en la forma acostumbrada y sin cojines, con que no se notaría nada; y no lo pudo acabar con él. Y así, la audiencia, por no causar algún escándalo en día de fiesta de pendón real, pasó por ello y fue sin cojines hasta dar cuenta a S. M. Y el mismo virrey dijo que no yendo en forma de audiencia, ni con el estrado de ella, sino como particulares aunque concurriesen algunos oidores, alcaldes o fiscales, no se metía en eso, ni él quería estorbar la costumbre que había habido. Y en esta conformidad, los dias que se ofreció ir por audiencia y llevar el estrado de ella, se dejaron de llevar dichos cojines, y cuando no se fue en forma ni representación de ella, se llevaron.

13. Parece pues que el día de San Francisco de dicho año, los religiosos de su orden convidaron algunos oidores, alcaldes y fiscales, para la fiesta de este día. Y así fueron tres oidores, un alcalde, los dos fiscales, y el aguacil mayor, sin llevar el estrado de la audiencia ni ir en forma de ella, ni ser avisados de orden del virrey por el portero como es costumbre cuando se va en forma de audiencia. Y fueron tan desapercibidos que el guardián del convento envió a casa de un vecino por unas sillas de cuero negras en que se sentaron, yendo como fue cada uno de por sí y sin saber los que habían de concurrir; y llevó cada uno el cojín que acostumbra llevar a la iglesia. El virrey, con el deseo que tiene de desautorizar esta audiencia, sin embargo de haber dicho que no impedía llevasen los cojines cuando fuesen como particulares y sin el estrado de ella, llamó, según entendimos, algunos caballeros pretendientes de oficios a quienes se han dado y ahora los pretenden, e hizo cierta información que habrá enviado a S. M. con las exageraciones que le dicta la alteración de su ánimo, de que se causó escándalo en llevar dichos cojines este día; habiéndole él causado a toda esta ciudad y a las religiones de ella, por ver que quiere quitar a los de la audiencia lo que no prohibe ni quita a los particulares de ella que los llevan. Y en virtud de dicha información, sin guardar más forma de derecho, condenó al Lic. de Paz Vallecillo, que fue el oidor más antiguo de los que se hallaron en dicha fiesta, en cincuenta pesos porque había llevado cojín y consentido que los demás lo pusieren, de manera que le condenó en nombre de audiencia y sin haber ido en forma de ella. Y despachó mandamiento para que los oficiales reales los pagasen del salario de dicho oidor, y lo aplicó a cierta obra pía.

14. Y escribió un papel a dicho oidor Juan de Paz Vallecillo, haciéndole saber dicha condenación, y enviándole a decir con Cristóbal Osorio, escribano de cámara de esta audiencia, que no le diese cuidado, que él se la satisfaría muy en breve y con muchas ventajas, como lo cumplió. Pues de allí a pocos días, dio a Don Marcos de Paz Vallecillo, hijo de dicho oidor, el oficio de juez repartidor de las minas de Zacualpa, con lo cual y las diligencias que hizo el Padre Santisteban de la Compañía de Jesús, confesor del virrey y que por este respecto manda y gobierna su religión, con otro hijo de dicho oidor que es religioso de la misma Compañía; aunque sintió la condenación y vino muy afligido un día a la sala con petición hecha, y apelando de la condenación para S. M, lo acallaron como a hombre viejo e impidieron el hacerlo; de manera que volvió otro día y dijo que él era viejo y se había de morir mañana, que no quería presentar la petición aunque el virrey hiciese lo que se le antojase.

15. Viendo pues la audiencia que le cerraba el virrey el paso de dar cuenta a S. M. de este caso, estando en los estrados los tres oidores que ésta suscriben, y el Lic. Vallecillo y Lic. Diego Gómez Cornejo, y conociendo que el virrey no había de desistir en ninguna manera de lo que había hecho, excusó de hacerle las amonestaciones y requerimientos que S. M. tiene mandado le haga la audiencia cuando se ofreciere caso de diferencia con el virrey, por no darle ocasión a que tratase a los oidores como suele. Y proveyó dos autos, uno para que el escribano de los oficiales reales diese un testimonio del auto y mandamiento que el virrey había despachado para dicha condenación, y otro para que se recibiese información como el día de San Francisco no se había llevado el estrado de la audiencia ni ido en forma de ella, y de la costumbre que había de llevar dichos cojines. Y ambos autos, dice son sólo para efecto de dar cuenta a S. M., como constará de los traslados autorizados que van con ésta. Al punto y momento que se acabaron de proveer, como el virrey tiene tan de su mano los oficiales de la audiencia, tuvo aviso de ellos.

16. Y habiendo llamado a Cristóbal Osorio, escribano de cámara más antiguo de ella, le dio un recaudo, que no habiéndose atrevido a traerlo de palabra por estar todos cinco oidores en los estrados y no ser para eso, mandó el virrey a Francisco de Párraga, criado suyo, que lo escribiese en medio pliego de papel y sirviese sólo de memoria y lo rubricó el virrey. El cual se dio estando la audiencia en los estrados, y su traslado y respuesta va con ésta.

17. Y luego, acabadas las tres horas, llamó el virrey al Lic. Vallecillo y al fiscal de lo civil, Don Juan Suárez de Ovalle, su parcial y amigo, y al Lic. Diego Gómez de Mena. Y se cerró con ellos por espacio de una hora, y trató muy mal el virrey al Lic. Diego Gómez de Mena por sólo imaginar que él había sido causa de que se proveyesen dichos autos, habiéndolo hecho todos cinco conformes. Y entre las afrentas que le dijo de sí y de la audiencia, fue una que el haberlos proveído eran los principios de Carvajal y Pizarro, palabras indignas de decirse de ministros de S. M. de ropa que tan leales y fieles han sido a su rey y señor. Y asimismo, le dijo otras injurias que no se refieren, porque como el virrey buscó testigos a su modo, pues no se pueden probar se callan. Y el Lic. Diego Gómez de Mena lo gasta en su salud, que desde aquel día la trae bien achacosa y quebrada.

18. Luego, otro día por la mañana, al salir de las salas, llamó el virrey a la audiencia a su aposento, siendo día de acuerdo y estando remitido para el tratar de esta materia, como se verá por la respuesta que la audiencia dio al recaudo del virrey. Y fue a su aposento, teniendo como tuvo prevenido al aguacil mayor entró antes para amedrentar y amenazar a los jueces, y asimismo a toda la gente de su casa, con gran nota y vilipendio de esta audiencia. Y la recibió con valona y montera, tratando a los oidores de ellos muchas veces, y diciéndoles que sus oficios no eran más que para despachar pleitos y que mandaba a la audiencia que no tratase más de aquel negocio, y que le diese los autos que había proveído, y que de no hacerlo, no había de ser condenación de dineros ni parar en multa. Y para este efecto, hizo que dicho Francisco de Párraga, su criado, leyese una cédula que dice el virrey es la omnímoda por la cual manda S. M. que cuando se ofreciese alguna competencia o diferencia en que el virrey esté de un parecer y la audiencia dé otro, se le hagan los requerimientos necesarios, y que si no bastaren, se ejecute lo que él dijere, como no se haya de seguir la ejecución algún alboroto o sedición, y que se de cuenta a S. M.

19. En virtud de lo cual, nos quitó dichos autos originales, y despidió a la audiencia. Y dijo que diese petición ante él, pidiendo testimonio. Y después acá ha dicho un criado de los privados de su casa que al oidor que lo pidiere lo ha de enviar el virrey a la China, y porque el escribano de cámara que trajo su recaudo le hizo la audiencia le diese luego un traslado de él, lo trató muy mal el virrey, y le reprendió por haberlo dado, diciéndole que qué le podían hacer los oidores si no prenderlo, que él lo soltaría y le enviaría una carroza en que saliese de la cárcel.

20. Mire S. M. qué buen sufrimiento tendría el virrey para oír requerimientos de la audiencia, como manda S. M. se le hagan en semejantes ocasiones, pues de solo querer dar cuenta a S. M. y tomar el último remedio, se azora de esta manera y trata a los oidores como si fueran sus criados y no de S. M. Con lo cual está la audiencia tan opresa y amedrentada como se deja entender, pues no quiere un virrey tenga a mano para mandar a un escribano le de un testimonio para efecto de dar cuenta a S. M., y hasta en esto quiere formar competencia, y que el reino conozca su sumo imperio, pues deshace y aniquila los proveimientos de la audiencia, teniéndola S. M. para que en ella se pidan los agravios que él hiciese en los suyos y se conozca de ellos en grado de apelación.

21. Suplican a S. M., que humildemente pueden, se sirva de sacar eso audiencia de la opresión y violencia en que el virrey la tiene, mandándole que la deje hacer libremente lo que juzgare conviene a la buena administración de justicia y servicio de S. M., y que de cuenta de ello. Que bien se puede presumir en favor de una audiencia de hombres letrados y aprobados por S. M. no harán cosa indebida en nombre y voz de audiencia, sabiendo que todo ha de ir a los ojos de S. M. Y en particular, se sirva declarar si el virrey puede condenar a la audiencia en general, y a los oidores en particular, porque tienen entendido que no, por no haberse hecho jamás ni tener jurisdicción contra ellos sino en causas criminales, y contra la audiencia ninguna.

22. Y asimismo, suplican a S. M. se mande informar de los consejeros de Indias, que han servido en las audiencias del Perú, de la costumbre y posesión en que están de llevar cojines; mandando se guarde, pues es tan antigua y conveniente a la autoridad de ellas, y que de llevarse no sólo no se sigue inconveniente, mas antes tenerles el respeto y reverencia que pide la inmediata representación que hacen de la persona de S. M., despachando provisiones con su real nombre y sello; y siendo como es común de todas las audiencias de estas partes poner dichos cojines en presencia de los presidentes, y en Lima y ésta cuando no está presente el virrey. Y habiéndolo concedido a los inquisidores de esta ciudad, los cuales dicen tienen cédula para ello en cuya virtud los llevan así, yendo en forma de cargazón, como yendo solos y como particulares. Muy cierto se puede prometer esta audiencia le hará S. M. merced de permitirla continúe su posesión, cuando no fuere con el virrey, y que use de la honra y ceremonia que las demás de las Indias, regulándola en todo con la Audiencia de Lima, pues milita la misma razón en la una que en la otra, y ésta honra a los oficios que son de S. M. y se hace que no a las personas, las cuales han de acabarse mañana, los cuales tratan siempre de disminuir y aniquilar los virreyes por hacerse señores absolutos de gobierno y justicia.

23. Y esto es de suerte que, después de lo sucedido, una mañana pusieron en la capilla de las casas reales, sobre la alfombra, donde se hincan los oidores de rodillas para oír misa, un cojín por mofa y escarnio de lo que el virrey había hecho con la audiencia, que mandaron los que llegaron primero; y no pudo ser sino persona de casa de dicho virrey y de su orden. Y pues S. M. tiene cerca de sí personas de quien informarse de la verdad, no hará falta la información que esta audiencia quería hacer para este efecto. Y de lo que hiciere S. M. con dichos consejeros que han servido en el Perú, constará la pasión con que el virrey habrá hecho la que hiciere.

24. Conforme a lo cual, suplican a S. M. se le de el crédito, así en esto como en las relaciones que hiciere del proceder de los que ésta escriben, que se holgarán lo sepa S. M. de todo este reino, y no del virrey que sólo se mueve para hacerlas por los que en todo y por todo se le subordinan y son parciales y amigos, y no por los que tienen entereza y más buen celo del servicio de Dios y de S. M. como debiera.

25. El fundamento en que estriba el virrey para haber prohibido llevar dichos cojines es en una cédula muy justa en que manda S. M. que cuando él esté en alguna iglesia con parte de los oidores y alcaldes de esta audiencia, no vayan otros a otra con el estrado de ella, sino que se lleve adonde fuere el virrey con parte de dichos oidores. Y que si los demás quisieren ir a otra parte, vayan como particulares y sin representación de audiencia, a cuyo cumplimiento estamos muy llanos. Pero como S. M. podrá ver por dicha cédula, que no dejará de enviarla el virrey, no trata de cojines sino que el virrey la quiere extender e interpretar como más dañe a la audiencia. Con lo cual parece queda bastantemente probado cuan desestimada, postrada y desautorizada está esta audiencia.

26. Y así referirán a S. M. otros casos por donde se conozca la imperiosa voluntad que tiene el virrey, y la poca libertad que deja a los jueces para administrar justicia, y a los justos miedos y recelos que tienen de él, y los grandes inconvenientes que seguirán si el virrey los pudiese condenar o multar, especialmente por cosa que se hiciese en forma de audiencia y cuán contra el servicio de S. M. es.

27. Habiendo muerto la Marquesa de Guadalcázar, trató esta audiencia de los lutos que se habían de poner los oidores, alcaldes y fiscales, deseando hacer la demostración de sentimiento que era justo, y pareciendo a la mayor parte de ella que a todo lo que se podía extender era a ponerse medias sotanillas y ropas de bayeta por frisar, y monterillas de lo mismo. Y enviándoselo a decir al virrey con el Lic. Pedro Juárez de Longoria, íntimo amigo suyo y oidor más antiguo de esta audiencia, volvió con la respuesta, diciendo que decía el virrey no bastaba dicho luto, y que se habían de poner los oidores, alcaldes y fiscales, capuces de bayeta, cerrados por delante con faldas muy largas de tres o cuatro varas, chías y caperuzas de lo mismo. Y aunque se le replicó que no se podía hacer, y que había de causar muy gran nota en esta ciudad y parecer muy mal a S. M., sin embargo de todo, por evitar encuentros y haber algunos, aunque la menor parte, que por adular al virrey dijeron que sí, hubimos de hacerlo e ir al entierro rodeando muchas calles de esta suerte.

28. En el cual sucedió que saliendo de la capilla de las casas reales con el ataúd sobre los hombros de tres señores de título que hay en esta ciudad y de cinco oidores, por ser los dos títulos hombres de pequeña estatura y el ataúd muy pesado y haberse ido dicho Pedro Suárez de Longoria a componer cierta diferencia que se ofreció y ser otro oidor enfermo y de sesenta y seis años, cargó todo el peso en los tres oidores restantes y en el Conde de Santiago. Y así, por el peso como por el hábito tan embarazoso que llevaban con dichos capuces, y llevar los brazos dentro de ellos, iban sudando y con mucho trabajo. Pero ninguno habló palabra ni pidió ayuda, sólo un aguacil que se halló por el lado donde iba el Lic. Pedro de Vergara Gaviria, viendo que con la muchedumbre de gente habían dado un empellón a los que llevaban dicho ataúd, que le pareció se torcía, sin decírselo nadie, alargó el brazo como que quería sustentar y detener dicho ataúd. Y así, dicho Lic. Pedro de Vergara, como otros oidores, le dijeron dejadlo, apartaos. Y Don Pedro Serrano, criado muy querido del virrey y su privado y capitán de la guarda, dijo a dicho alguacil, quitaos de ahí, con lo que se quitó, y ningún oidor habló palabra. Y dicho Don Pedro Serrano fue diciendo a los oidores, yendo como iban en forma de audiencia, llévenla ellos, y repitiéndolo otra vez, que muy ancho les viene para quienes ellos son. Y ningún oidor le respondió palabra, si den les pareció gran atrevimiento y desacato, especialmente yendo como iban.

29. Y habiendo bajado las escaleras en el patio de las casas reales, dicho Don Pedro Serrano, en alta voz y presente la audiencia, llamaba de voz a Cristóbal Osorio, escribano de cámara más antiguo y del acuerdo, y le dijo anda, quitaos de ahí y otras razones y palabras muy graves en deshonor de la audiencia.

30. Y habiendo llegado a la iglesia con el cuerpo de la difunta, dicho Lic. Pedro Juárez de Longoria, por complacer y adular al virrey, propuso que se le diese lugar a dicho Don Pedro Serrano entre los de la audiencia. Y habiéndosele respondido que los lugares de ella no se podían dar a nadie sin licencia de S. M., y menos a dicho Don Pedro Serrano, por haber cédula y sobrecédula para que no vaya en cuerpo de audiencia, como lo ha llevado el virrey por capitán de la guarda. A lo cual volvió dicho oidor a replicar, e inició segundo recaudo con Cristóbal Osorio, escribano de cámara, pidiendo que se hiciese, que él lo pedía y no habiéndolo hecho los demás oidores antes enviado a decir no tratase de aquello, se quedó así por entonces.

31. Dándose por sentido dicho oidor de que no se hubiese hecho lo que pedía, y tomándose licencia, como se la tomó, para decir que la audiencia ordenaba que fuesen los criados del virrey inmediatamente a ella y prefiriendo a la ciudad, no habiendo dicho tal la audiencia, ni habiéndole comunicado con ella, porque si lo hiciera se determinara lo contrario, atentas las cédulas, de S. M. que lo disponen y mandan así; atreviéndose dicho oidor a esto a título de la amistad que profesa con el virrey, que está tan sujeto y rendido a su volutad que no se aparta de ella en cosa alguna.

32. Habiendo vuelto a las casas reales a las diez y más de la noche acompañando a los criados del virrey, porque él no fue al entierro novenario ni honras, envió dicho Lic. Longoria recaudo a todos los de la audiencia a sus casas para que a la mañana fuesen a los estrados con los capuces y el mismo hábito que se llevó en el entierro. Y pareciendo a algunos oidores y alcaldes que no era justo irse a sentar en los estrados reales de aquella manera, fueron diversamente. Y dicho Lic. Longoria tomó la mano y dijo a los que no llevaban capuces, chías y monterillas que cómo venían de aquella suerte. Los cuales respondieron que a los estrados reales, debajo del dosel y armas de S. M. y adonde se juzgaba, representando tan inmediatamente la real persona y estando viva, como esta audiencia desea lo esté por largos y felices años para bien y aumento de la cristiandad, no se podía asistir ni estar con el hábito que dicho oidor quería; y que bastaba el exceso que se había hecho en ir a la iglesia como se fue, en forma de audiencia; y sobre todo que dicho oidor entrase a hablar al virrey y le dijese lo que la mayor parte de la audiencia sentía, y las razones y fundamentos referidos. Y habiendo entrado y estado cerca de media hora con él, salió dicho oidor y dijo que el virrey mandaba que se estuviese en los estrados de la misma forma que se había ido al entierro, y que ése era su gusto, y que estaba muy enojado por la réplica que se había hecho. Por lo cual, hubimos de sentarnos todos nueve días en los estrados reales con dichos capuces, chías y caperuzas de bayeta, y dejar de asistir en la audiencia hora y media cada día, y algunos todas tres horas, por ir a la iglesia acompañando a los criados del virrey y trayéndolos a su casa en forma de audiencia todo el novenario, sin que a la vuelta se entrase a ver al virrey. Sólo Don Pedro Serrano salía cuatro pasos de la capilla con la audiencia y la despedía.

33. Acabados los nueve días y llegado el en que se habían de hacer las honras, envió recaudos dicho oidor Pedro Juárez de Longoria a todas las religiones de la audiencia, sin haberlo comunicado a ella, para que viniesen a las casas reales a acompañar a los criados del virrey. Las cuales vinieron todas y la Compañía de Jesús, que se extrañó harto en esta ciudad, por ver que no acuden a ningunas procesiones generales ni a la del día del Corpus; y habiendo dado asimismo orden dicho oidor para que los criados del virrey prefiriesen a la ciudad en nombre de la audiencia, y sin que de ninguna manera se hubiese tratado ni comunicado con ella.

34. Y habiendo publicado que se había de ir a la iglesia camino derecho, hicieron el mismo rodeo que al entierro. Y se puso en la iglesia un túmulo grandísimo, añadiendo al que se hizo y puso en las honras de la reina nuestra señora, que está en el cielo, que causó muy gran nota y escándalo a toda esta ciudad, y a esta audiencia muy particular sentimiento, considerando que nadie se debe igual respeto y reverencia, cuanto más aventajado como aquí le hubo.

35. Por todo lo cual, suplican a S. M. sea servido de ordenar y mandar lo que se ha de hacer por esta audiencia en caso que suceda muerte de virrey o virreina o de sus hijos, o padres, teniendo entera satisfacción que del exceso que en el presente ha habido no ha ofendido la audiencia con la voluntad de S. M., sino que no ha tenido libertad, como no la tiene para resistir al virrey aun en caso tan justo como éste, por la imperiosa voluntad con que procede, mucho más que si tuviera en propiedad el gobierno de este reino, como lo conocerá S. M. por lo referido.

36. Y llega términos que habiendo dicho el Lic. Diego Gómez de Mena, estando en la sala, que le dijesen al virrey prendiese a Don Pedro Serrano por el desacato que tuvo con la audiencia y oidores de ella, como queda dicho, y que le castigase, respondió el virrey que a dicho Diego Gómez de Mena y demás oidores que tratasen de aquello los pondría en un calabozo con los galeotes. Mire S. M. si el sufrimiento y paciencia que los oidores tuvieron, yendo en forma de audiencia y siendo tan mal tratados de persona tan desigual, merece y pide semejante respuesta y baldón. Y suplican a S. M. cuán humildemente pueden, que pues ve que no tienen fuerzas para castigar este delito, lo haga S. M. con la demostración que el caso pide, como esta audiencia lo espera. Y también advierten a S. M. que conviene al servicio de Dios y de S. M. quitarle del lado del virrey a dicho Don Pedro Serrano, porque se rige y gobierna por él en todo género de cosas, como está conocido en todo este reino, y con harto perjuicio de él.

37. Item. Hacen saber a S. M. que el virrey, sin embargo de lo que está mandado por tantas cédulas e instrucciones de virreyes, en razón de que no provean en ningunos oficios ni aprovechamientos a sus deudos, criados ni allegados, en lugar de hacerlo y cumplirlo, pues es tan justo y está la voluntad real tan conocida, lo hacen al revés, como si dichas cédulas y órdenes no les comprendiesen ni obligasen, y dispusiesen lo contrario de lo que contienen. Y dicho Marqués de Guadalcázar ha contravenido con tanta rotura y desorden a dichas cédulas y órdenes de S. M., que tiene repartido entre los deudos, criados y allegados suyos, los mejores oficios de este reino, y demás jugo y substancia. Y no se contenta con esto, sino que a muchos otros criados de los de dentro de su casa, y que le sirven en ella, les tiene dado oficios en esta ciudad y alrededor de ella, con facultad de que los que caen fuera los puedan servir por sustitutos y teniente. Con lo cual, dichos criados arriendan dichos oficios con tanto perjuicio de los naturales que es la mayor lástima y compasión del mundo, obligándose por los excesivos precios que les dan a defender a dichos tenientes de cuantos desafueros hicieren para poder cumplir y pagar a los propietarios los conciertos. De que resulta venderse los indios en esta Nueva España y recibir en los obrajes suma injuria y agravio por tener los criados del virrey los oficios de jueces repartidores y de obrajes, y grana. Y lo que peor es, que no tienen residencia, porque se la toman unos a otro y se justifican como si hubieran vivido como debieran. Y cuando les tome la residencia cualquier persona, será lo mismo, porque mientras gobierna un virrey no hay quien se atreva a jurar contra criado suyo ni a pedir sus propios agravios, y más contra los privados y poderosos con él, como son el capitán de la guarda y secretarios que ocupan los mejores oficios. Y el fiscal que había de procurar el remedio de todo esto y pedirlo en la audiencia, apelando de las cosas que el virrey hace contra lo que S. M. le tiene mandado, no sólo no lo hace, sino lo apoya y fomenta por ser, como es, íntimo amigo y parcial del virrey, y haberle proveído a su hermano Don Francisco Suárez de Ovalle en uno de los buenos oficios de este reino de la provincia de la Colima.

39. Suplican a S. M. se sirva de mandar dar la orden que fuere servido y viere que conviene para que los virreyes cumplan y guarden las cédulas y órdenes de S. M., en que se les ha mandado no provean a sus deudos, criados ni allegados, en ningún oficio. así de administración de justicia como de hacienda, guerra, repartimientos, obrajes, grana, ni les de ningún aprovechamiento, que es muy malo el ejemplo que dan, viendo que con estarles tan prohibido lo hacen. Y en conclusión, nadie alcanza justicia contra ellos, porque cuando ven el pleito mal parado, tienen trazas y medios para hacer a las partes que se desistan y aparten de pedirla en la audiencia. Y que lo mismo haga con los deudos y criados de los oidores, alcaldes y fiscales, que casi hay los mismos inconvenientes con los unos y los otros. Y el no guardarlo y cumplirlo causa acá muchos en la buena administración de justicia, y muy gran discordia entre los compañeros. Y se da lugar a que haya parcialidades y bandos. Y si S. M. fuere servido de mandarlo, advierten que los criados que han tenido y tienen actualmente oficios han dado residencia muy de risa, y que de la misma suerte le darán si S. M. no manda que se le tomen mientras gobernare el virrey, porque no hay remedio para lo contrario, aunque se provea cuan apretadamente se quisiere, respecto la gran maña y soberanía que quiere tener un virrey acá, y el poco caso que hace de las cédulas cuando son contra sí o contra persona de su casa.

40. Y para que S.M, conozca cuanta verdad es ésta, le referirán lo que sucedió a esta audiencia con Don Bernabé de la Cerda, criollo de esta ciudad y casado con una hija de Doña Inés de Soto, criada muy querida del virrey. Y es el caso que habiéndole tomado residencia del oficio de la villa de los Valles, y habiendo dejado el juez de ella de examinar y preguntar a los testigos por dos preguntas muy sustanciales del interrogatorio, y no examinados más de once testigos y ningún indio, siendo el oficio de ellos, la audiencia mandó se le volviese a tomar dicha residencia, de lo que el virrey y todos los de su casa formaron muy gran queja y sentimiento. Y dicho Don Bernabé de la Cerda suplicó del auto en que se le mandó volver a tomar. Y habiéndose confirmado sin embargo de las grandes diligencias que hicieron, acabado de pronunciar el auto de revista, fue dicho Don Bernabé al oficio de Cristóbal Osorio, escribano de cámara, donde pasaba, y lo pidió para leerlo. Y habiendo visto que se había confirmado, lo rompió e hizo pedazos, y dicho Cristóbal Osorio vino a decir a los estrados que se había perdido dicho auto y que mandasen hacer otro. Y respondiéndole que bien sabían no se había perdido, sino que lo había roto dicho Don Bernabé, porque se publicó luego y que diese el testimonio de que no lo había hecho; a lo cual respondió dicho Cristóbal Osorio, tate, eso no daré yo tal, quién se lo ha dicho a V. S., que entendí que no lo sabían. Y siendo un desacato que si lo hiciera un grande de España en cualquiera audiencia por él sin atreverse a castigar a dicho Don Bernabé, por no tener libertad para ello. Y se proveyó auto en que se mandó rehacer el roto, y se remitió a su tiempo proveerse sobre lo demás. Y así suplican a S. M. sea servido de mandar se averigüe y castigue tan gran desacato, mandando a la audiencia muy apretadamente lo haga muy ejemplarmente y sin que el virrey intervenga en ello, y que de cuenta a S. M. de lo que hiciere.

42. Cuando S. M. proveyó al Lic. Don Gerónimo Gutiérrez de Montealegre por corregidor de esa ciudad, cometió la residencia de Don Alonso Tello al Lic. Diego Gomez de Mena, oidor de esta audiencia. Y en la comisión, dice S. M. ha enviado cédula al virrey para que no se cometan a los sucesores por los manifiestos daños que de hacerlo se siguen, pues en lugar de averiguar la verdad lo ocultan, respecto de haber ellos de caer y faltar en las mismas cosas. En virtud de lo cual y de querer algunos oidores de esta audiencia que se hiciese lo mismo acá, en la primera ocasión que se ofreció de proveer residencia a un alcalde mayor, que según era público había vivido bien mal, votó un oidor que no se cometiese la residencia al sucesor, valiéndose de dicha cédula y del ejemplar del Real Consejo de las Indias, y juzgando convenía así al servicio de Dios y de S. M. Y sin dejar de votar a los demás, lo barajó el virrey y lo trató muy mal al oidor que votó primero, amedrentando con esto a los demás. Y sin ser criado suyo ni residenciado, le favoreció de esta suerte porque no se tomase consecuencia para cuando se llegase el tiempo de tomar residencia a sus deudos, criados y allegados. Y con esto se cometió al sucesor, y se han cometido las demás que se han ofrecido a los sucesores, con que es lo mismo que si no se tomara residencia, como S. M. lo tiene muy bien entendido y dice en dicha cédula.

43. Suplican a S. M. se sirvan declarar su real volutad de manera que el virrey no tenga escapatoria con cédulas antiguas que hay; teniendo por bien que a los jueces repartidores de obrajes y grana, les tome precisamente la residencia un oidor, que los más de estos oficios están en México y en Puebla y Tlaxcala, que vienen a ser veinte leguas o veinte y dos de esta ciudad, y son oficios en que reciben los indios mayores agravios y vejaciones y que han menester persona superior que los desagravie; y que el oidor sea el que nombrare la audiencia y no el virrey.

44. Y también advierten a S. M. que hasta la venida del Marqués de Villamanrique que esta audiencia proveía los jueces de residencia, cosa bien importante para que tuviesen algún freno los alcaldes mayores. En esto ordenará S. M. lo que fuere servido y que conviene, pues ve la poca mano que la audiencia tiene para castigar los excesos que hacen y de la manera que el virrey quiere ser dueño de la justicia como del gobierno, pues no deja a los jueces votar libremente lo que sienten. Y en todo acontecimiento, a los deudos y criados y allegados de dicho virrey no les pueda tomar residencia de los oficios que han tenido y tuviren sino un oidor. Para que adelante sin duda se promete esta audiencia, mandará a S. M. apuntadísimamente que los virreyes no les puedan dar oficios. comisiones, cuentas, ni aprovechamientos, y que si lo hicieren, la audiencia se los quite como lo mandó S. M. gobernando el Conde de Nieva en el Perú, por tres cédulas, sus fechas 24 de diciembre del año 1561, que están en el libro de las cédulas impresas de las Indias en el tomo 3, folio 25 y a la vuelta.

45. En lo que toca a la real hacienda, por cédula del 13 de diciembre del año 1617, mandó S. M. a esta audiencia viviese con cuidado de que no se gastase cosa superflua. Y el mismo aviso S. M. mandaba al virrey por cédula del mismo día. Y en caso que fuese necesario irle a la mano, mandó S. M. lo hiciese esta audiencia con el respeto y decoro que se le debía. Cédula bien justa y menesterosa, pero muy imposible de ejecutar y cumplir por esta audiencia, porque no sabe ni entiende cómo ni en qué gasta la hacienda de S. M., respecto de que esto pasa en el acuerdo de hacienda. Y como S. M. no mandó que se le llamase a la audiencia cuando se hubiese de tratar de gastar cualquier cantidad, y el fiscal, que es quien había de traer estas materias en apelación, es tan amigo y parcial del virrey, no tiene la audiencia entrada en esto. Y aunque en virtud de dicha cédula pudiera esta audiencia advertir al virrey no se gastase cosa ninguna de la hacienda real sin que se le hiciese saber para cumplir con lo que S. M. manda, y ha habido oidor que se lo diga al Lic. Longoria, para que como más antiguo lo proponga al virrey en el acuerdo, no lo ha hecho por ser muy gran amigo y parcial del virrey. Ni los demás se atreven a hablar palabra hasta que S. M. nos ampare y de a entender al virrey que somos ministros de S. M., y que cualquiera ha de tener facultad para advertir todo lo que viere se puede excusar de gastar de la real hacienda.

Suplican a S. M. mande la orden que ha de haber para que la audiencia sepa los gastos que se ofrecieren hacer de la real hacienda antes que se hagan, para que pueda cumplir con dicha cédula y mandato de S. M.

46. Y lo que ahora advierten a S. M. los que escriben ésta, es que el virrey da cada año 800 pesos de salario a un criado suyo porque tenga el libro de penas de cámara, que la ley manda esté en poder del presidente. Y pues S. M. da buen salario al virrey que lo es de esta audiencia, parece gasto superfluo, mayormente que se ha entendido de los escribanos de cámara que este criado no asienta en dicho libro las condenaciones que debe, sino que a tiempos hace que un escribiente traslade los libros de los escribanos de cámara de esta audiencia.

47. También se nombra un contador cada año que tome cuentas al relator general de las penas de cámara. Y estando mandado por ley del reino que las tome un contador mayor y que no lleve salario por ello, le manda dar el virrey al contador mayor de este tribunal, y a cualquier otra persona que nombra, 1.000 y 1.500 pesos por tomar dichas cuentas, debiéndolo hacer por su oficio y salario que goza de S. M.

48. Item. Se hace saber a S. M. nombra a un criado suyo con 1.500 pesos de salario para que haga las cuentas de las mercaderías, fletes y averías de Filipinas. Y pues éste es oficio que toca a los contadores mayores y a los oficiales reales del puerto de Acapulco y de esta ciudad, parece se puede excusar este gasto, haciendo esas cuentas ellos que son criados asalariados y pagados por Su Majestad.

49. Asimismo, se hace saber a S. M. que, siendo las casas reales en que vive el virrey tan capaces que si S. M. viniera a esta ciudad tenía suficiente vivienda, el virrey, por su gusto, so color de que no quiere habitar en los cuartos donde murió la marquesa, ha gastado más de 4.000 ó 6.000 pesos en obra que ha hecho, atajando los corredores de dichas casas; y no sólo no siendo útil a ellas ni necesario, pero antes habiéndolas afeado, impidiendo el paso de los corredores, de suerte que no se pueden andar a la redonda, como se han andado desde que se hicieron y fabricaron; y que en viniendo otro virrey lo ha de derribar y volver al ser que tenía antes. Y dichos pesos los libró en la caja real. Y porque los oficiales de ella le replicaron que no podía pagarse de la hacienda de S. M. aquel gasto, mayormente atenta la cédula en que manda se excuse lo superfluo, les quiso quitar las ayudas de costa que tienen en quitas y vacaciones; con lo cual pagaron dicha cantidad. Y de donde inferirá S. M. que nunca los virreyes ajustan a los ministros para cosas del real servicio, sino para el suyo y su menester, usando de la soberanía que dicen tener en cuanto es necesario para disponer mejor lo que quieren y gastan, y no lo que conviene al servicio de S. M.

50. Las dichas casas reales renta situada para los aderezos y reparos de ellas, y doce indios del repartimiento de Chalco para que se ocupen en cortar la madera necesaria, y aplicándose muchas condenaciones para este efecto a pedimiento del virrey, se gasta y consume todo por un criado del virrey, sin que se vea mejora en dichas casas ni aderezo que sea de consideración. Y lo peor es que es público que los doce indios se venden en 1.200 pesos cada año. Parece cosa justa que este criado de cuenta de lo que ha entrado en su poder y en qué lo ha gastado, y que un oidor se la tome; y para adelante los oficiales reales cobren y administren la renta que tienen las casas reales, pues es hacienda de S. M., como la demás de su cargo. S. M. proveerá en todo lo que fuere servido y viere conviene para el mejor cobro de la real hacienda.

51. Además de esto, hacen saber a S. M. que habiendo muerto Pedro de la Torre, escribano mayor de gobernación de esta Nueva España, sin dejar hijos y a una sobrina suya por heredera, a tercer día amaneció casada con Don Juan del del Castillo, maestresala del virrey. Y habiéndose seguido pleito en vida de dicho Pedro de la Torre sobre que se sacase su oficio a la almoneda, para lo que lo que diesen por él más de 86.205 pesos fuese para S. M. en virtud de condición con que tenía dicho oficio; y habiéndose sacado después de su muerte y vendido en 126.000 pesos, parte de contado y parte fiado, y perteneciendo ya a S. M. la demasía que va, a decir de los 86.205 pesos a los 126.000 en que se vendió en virtud de sentencia de revista, que monta 39.795 pesos; y estando por otra parte pleito pendiente en esta real audiencia sobre el tercio de dicho oficio que si ha de regular conforme a lo en que se vendió, importa 42.000 pesos; y no estando enterada la real caja, pidieron la viuda de dicho Pedro de la Torre y la sobrina heredera y mujer de dicho maestresala del virrey, que les volviesen los 86.205 pesos del valor de oficio, dando petición ante el virrey. El cual mandó dar traslado al fiscal, y con lo que dijese lo remitió a Lic. Pedro Juárez de Longoria. Y el fiscal dijo que no contradecía el volvérseles las dos partes, a dichas viuda y sobrina, no habiendo aún entrado en la caja. Con lo cual, se proveyó luego así y se les entregaron dichas dos partes, sacándolo de la caja real sin advertir que la demasía era en primer lugar de S. M., que como queda dicho monta 39.705 pesos, y que no estaba enterada; y que cuando se quisiera llevar por todo rigor, habían de llevar la viuda y sobrina lo que les cabía en el contado y en el fiado, con lo cual no sólo no quedó un maravedí en la caja real, sino que fue necesario que S. M. supliese 1.470 pesos, perteneciéndole dicha demasía y luego el derecho del tercio que está pendiente y sobre todo no habiendo entrado en la caja la cantidad que se les dio, por haberse vendido dicho oficio parte de contado y parte fiado, y haberse de sacar del contado en primer lugar la demasía y luego lo que cupiere al tercio, y para poderlo hacer a su salvo, lo dispusieron de esta suerte, sacando este artículo de la audiencia donde estaba pendiente y está hoy lo principal, y cometiéndoselo al Lic. Longoria, a quien tiene el virrey para estas cosas; y ni el fiscal apeló ni alegó lo que queda dicho y pudiera en defensa de la real hacienda, de donde inferirá S. M. el buen cobro que trae y la buena diligencia y cuidado que dicho Fiscal Don Juan Suárez de Ovalle pone en defenderla, y asimismo lo que obra el oficio de Colima que el virrey dio a su hermano, y cuán imposibilitada está la audiencia para acudir al remedio, pues cuando lo sabe está ya hecho el daño, y que el fiscal que había de decirlo calla, y aun conforma con los pedimentos de las partes.

Suplican a S. M. se sirva de amparar esta audiencia de suerte que el virrey conozca ha de tener libertad y fuerzas para volver por la real hacienda, mandando lo que fuere servido en el caso referido. Que respecto de haber sido a tiempo del despacho de la flota, que fue el año pasado de 1619, se quedarían acá por esta causa más de 50.000 pesos, y pagando, como S. M. paga, tantos intereses, todavía importan razonable cantidad.

52. En la numeración y cuenta de los indios hay muy gran desorden, porque debiéndose hacer por personas muy inteligentes y de toda satisfacción (como consta de las cédulas que están en el libro 2, título tasa de repartimientos, una a fojas 161 hecha el 23 de agosto de 1585, la otra a fojas 164 del 1.o de junio de 1567, por las cuales lo tiene S. M. mandado y que las hagan los oidores visitadores), se hacen y cometen a personas recién venidas de Castilla, sin experiencia de estas materias y muy pobres. Y que ni a ellos ni a los ministros que llevan se les dejan los salarios por entero, según es público en esta ciudad, sino que el escribano se da a un criado o criada del virrey, y el alguacil e intérprete a otros, y se les paga en esto y otras cosas de esta calidad sus servicios. Con lo cual, es fuerza que el juez y ministros de la cuenta hagan mal sus oficios, porque llevan librado en eso su aprovechamiento, y que graven a los indios, como lo hacen, en que les den de comer. Los cuales están ya tan ladinos que saben gozar de la ocasión, y así, en cada cuenta, hay gran baja y disminución.

53. Y asimismo, en la paga de los salarios de juez y ministros, entendemos está muy damnificada de S. M., pues debiéndolos pagar el que pide la cuenta, conforme a la cédula referida de 1585, al fin de ella, se pagan en esta manera: que pidiéndola el fiscal la paga S. M. toda, y pidiendo los indios se paga por mitad de la real hacienda y de los indios, por argumento de otra cédula que está en el mismo libro y título del 29 de julio de 1578 a fojas 162, donde lo mandó S. M. así atenta la calamidad y pestilencia que había habido en los pueblos de indios; que hablando en aquel caso y por aquella vez, como de ella se colige, se ha entendido por los virreyes a sanearles los salarios por este camino a los que van a tomar y hacer estas cuentas, haciendo a S. M. de peor condición que a los demás, pues cuando ellos la piden les paga S. M. la mitad, y cuando el fiscal la pide, lo paga S. M. todo.

Suplican a S. M. se sirva mandar muy apretadamente lo que fuere servido acerca de las personas que han de hacer estas cuentas y numeraciones, y declarar su voluntad en lo de los salarios, con vista de ambas cédulas, que va a decir mucha cantidad y suma a S. M. en la renta que se disminuye cada año. Y asimismo en los salarios, porque se hacen cada año muchas cuentas y casi nunca a pedimento del fiscal sino de los indios, los cuales pueden pedirla pasados tres años y antes si hubiere mortandad u otra justa causa conforme a dicha cédula de 1567 al fin de ella.

54. En los puertos de Acapulco y Veracruz, se defrauda a S. M. con mucha suma de pesos. En el de Veracruz, haciendo acogida a cuantos navíos vienen sin registro y, lo que peor es, de extranjeros enemigos de los reinos de S. M. y a los que vienen con él, no haciendo las diligencias que deben para tomar por perdido lo que viene por registrar, antes concertándose con los interesados y encomenderos, y echando un repartimiento de 12.000, 16.000 y 20.000 pesos entre ellos, para repartirlos entre oficiales reales y demás personas que tienen mano en esto en dicho puerto, según en esta ciudad. Y que a los de Castilla, les carga una partida en las cuentas que le envían los encomenderos de lo que les ha tocado con título y nombre del buen pasaje.

Y en el de Acapulco, haciendo los oficiales reales y el despachador que el virrey envía cada año para las naos de China, que todos cuantos quisieren enviar dineros los envíen, pagándoles a ocho y a diez por ciento por ello, más y menos, conforme el año es. Y es lo bueno que yendo a costa de S. M. a lo contrario, y que no se exceda de los 500.000 pesos de permisión, hacen lo referido con tanta publicidad que es lástima y muy digno de remediar todo. Y en que esta audiencia no puede ponerlo por ser siempre favorecidas semejantes personas del virrey; cuyo llamado Don Luis de Córdoba, fue a la China con gran suma de dinero, según se dice en esta ciudad, y se está esperando que viene por general con el procedido empleado y lo principal, porque el fiscal no pide nada en estas materias, aunque lo sabe y murmura de ello, diciendo que dicho Don Luis de Córdoba se llevó de los tributos que cobró siendo gobernador de Tlaxcala, porque se fue sin dar cuenta de ellos.

S. M. proveerá lo que fuere servido y viere que conviene para que tan grandes excesos se remedien y cesen. Y se advierte a S. M. que en el puerto de Acapulco tiene el virrey puesto un criado por factor y otro por alcalde mayor, y en el de Veracruz otro; que lo tiene esta audiencia por gran inconveniente así para la buena administración de la hacienda, como porque nadie se atreve a escribir a S. M. nada, porque como los despachos pasan por sus manos se recelan y temen justamente de que se abren los pliegos y lean.

55. En algunas residencias que se han visto, se ha dejado de sentenciar un cargo que se ha hecho a los alcaldes mayores de minas, de haber tratado y contratado con los mineros, so color de aviso. Y se ha remitido la determinación a una consulta que se dice haber hecho la audiencia a S. M. en tiempo de los oidores pasados, a cuya respuesta se han remitido los cargos de esta calidad. Y aunque ha venido la cédula de S. M. tan clara como justificada en esta razón, y algunos oidores le han acordado y advertido al fiscal pida que se determinen dichos cargos remitidos, no lo ha querido ni quiere haber por tocar a muchos criados del virrey.

Suplican a S. M. mande se determinen y declare si han de ser juzgados por esta nueva cédula, pues parece despachada en respuesta de la consulta, o por otra que hay antigua del año 1582 en el libro 1 título prohibición a fojas 365, confirmando un auto del virrey y audiencia que prohibió esta misma conjuración a dichos alcaldes mayores de minas, sin embargo de la disimulación que ha habido por los virreyes y esta audiencia, y de haber dado los virreyes mandamiento para que se pudiese hacer en algunas minas, de donde han tomado ocasión en las demás, para que esta audiencia haga en todo lo que fuere del servicio de S. M. y conforme a su real intención.

56. Toda la soberanía, violencia y opresión del virrey, además de su natural condición y altivez, la funda en dos cédulas: una en que S. M. le tiene dada comisión para conocer de las causas criminales de los oidores, alcaldes y fiscales; y la otra en que S. M. manda que cuando se ofreciere alguna diferencia entre la audiencia y el virrey sobre alguna competencia, se le hagan las amonestaciones y requerimientos que pareciere convenir conforme a la calidad del negocio, y que si todavía quisiere ejecutar y no desistiere de su intento, le deje la audiencia hacerlo, como de la ejecución no se haya de seguir movimiento o desasosiego en la tierra. Y en la cédula que nos hizo leer el virrey, se contiene, aunque sea en perjuicio de tercero, que esto está añadido a la que anda en las impresas en el título del gobierno libro 1 folio 244.

57. La primera, que habla en las causas criminales de los de la audiencia, no suplican a S. M. la revoque, porque no parezca quieren los oidores, alcaldes y fiscales vivir con libertad y sin quien les vaya a la mano; aunque pudieran hacerlo, movidos de los inconvenientes que de lo contrario se siguen, que son estar sujetos al virrey, de cuyas causas son jueces en grado de apelación, y asimismo de las residencias, causas civiles y criminales de los deudos y criados del virrey, que tan licenciosamente proceden y viven. En todo lo cual, no podrán tener la entereza que pide la buena administración de justicia, ni condenar a dichos sus deudos, criados y allegados, sin justo temor de que el virrey los inquiete y moleste, como lo hace procesando y escribiendo contra ellos por causas muy livianas. Y como un hombre no puede vivir tan ajustado que no tenga algunos descuidos y miserias de la fragilidad humana, recelase justísimamente de que, enojado, el virrey proceda contra él y le quite el oficio de hecho (como lo dice, trayendo por ejemplo, que un virrey del Perú se lo quitó a un oidor de Lima, llamado Lic. Monzón; y que a buen negociar le restituyó S. M. a él, pero que por lo menos lo tuvo dos años fuera de su oficio y causándole los gastos e inquietud que se le recrecieron de obligarle a ir a España; y que al virrey no le hicieron mal ni daño por ello), con que tiene amedrentados y amilanados a los jueces de esta audiencia.

Por lo cual, ponen esta causa a los pies de S. M., suplicándole se sirva de mirarla con la gran cristiandad y celo que S. M. tiene de la buena administración de justicia, que es la que conserva los reinos y estados. Porque parece que aunque los catorce oidores, alcaldes y fiscales, que residen en esta audiencia fueran personas muy descuidadas y olvidadas de sus obligaciones y oficios de tanta confianza, era de menos inconveniente que no hubiera jurisdicción contra ellos, o que fuera muy limitada, que no que ellos que han de castigar a todas las personas de este reino y administrarles justicia estén con la sujeción que S. M. ve, y sin la libertad que pide el buen uso y ejercicio de sus oficios, por el sumo imperio que quiere tener un virrey que le parece en viéndose acá que no tiene superior para nada. Y caso que parezca conviene que el virrey tenga esta jurisdicción, suplican a S. M. declare no poder ni deber usar de ella ni proceder de oficio si no es a pedimiento de parte legítima, y que no se tenga por tal la que no pidiere su propio agravio e injuria; y que ni esto haga el virrey si no fuere en delitos graves. Y que no pueda suspender de su oficio ni quitarlo a ningún oidor, alcalde o fiscal, ni procederle, ni secuestrarle bienes si no fuera por delito lesa maiestatis, pecado nefando y fraude en hacienda real, y por casarse cualquiera de ellos sin licencia. Y que en los demás, sustancie y remita la causa al Real Concejo de las Indias conclusa; y en los cuatro, otorgue las apelaciones. Y que si excediere el virrey de la orden que S. M. diere, pueda la audiencia conocer por vía de exceso, y en lo que excediere impedirle, con lo cual no tendrán los jueces el justo miedo que hoy tienen de la violencia de un virrey. Y queda proveído todo, mayormente no teniéndose noticia que ningún oidor, alcalde o fiscal, haya hecho ni cometido delitos que hayan puesto en cuidado de castigarle al virrey ni a S. M. Y viéndose los manifiestos inconvenientes que se siguen de lo contrario, y que el virrey no usa de esta jurisdicción por no haber en qué, mas de en cuanto es necesaria para hacer locos con ella a los jueces, avasallarlos y hundirlos, y que no puedan tener el valor y entereza que conviene para hacer justicia y oponérsele en los casos que convenga al servicio de Dios y de S. M. y escribirle lo que pasa; como sucedió en la condenación de los cincuenta pesos del Lic. Vallecillo, que la hizo el mismo día en la tarde que en el acuerdo se había quitado a un criado del virrey un salario que le había señalado por juez de ingenios, imponiéndolo sobre los de un particular que se agravió de ello y apeló para la audiencia, donde se revocó el auto del virrey, habiéndose hallado presente e informado largamente acerca de la justificación de dicho salario antes que se votase y atravesando en el ínterin como lo tiene de costumbre. S. M., consideradas y vistas las razones e inconvenientes dichos, proveerá lo que fuere servido y viere conviene.

58. La segunda cédula que dispone y manda lo que se ha de hacer en caso de diferencia entre el virrey y audiencia, suplican a S. M. humildemente se sirva de mandarla revocar, como ha dicho el Lic. Juan de Ibarra, alcalde del crimen de esta audiencia, lo hizo S. M. con el virrey del Perú que al presente es, según fue público en Madrid. Porque es muy perjudicial, y los virreyes usan mal de ella, y la extienden a todo cuanto quieren, llamándola la omnimoda, hablando solamente en competencia de jurisdicción entre ellos y la audiencia. Y pues por ella misma consta que tiene S. M. más satisfacción de toda una audiencia que del virey, que es una persona sola, pues en los casos mayores manda se esté a lo que ella dijere y le pareciere, y en la hacienda real está ya revocada por la cédula que queda referida. También parece justo la revoque S. M. en cuanto a lo más, mayormente habiéndolo hecho con el virrey del Perú. Y atento a que S. M. tiene declarado y mandado que cuando diere alguna cédula en perjuicio de tercero, se obedezca y no se cumpla, antes se sobresea en su ejecución y se de cuenta a S. M. y que esto se haga aunque se despache sobrecédula y tercera carta; y siendo así que S. M. no tiene intención ni voluntad de proveer nada en perjuicio de tercero, menos se ha de entender quiere lo provea un virrey en su real nombre, y que en virtud de esta cédula haga lo que le pareciere en todo género y materia de cosas sin que haya quien le vaya a la mano, estando tan lejos S. M. para deshacer el agravio y tan cerca una audiencia que lo vea y no lo pueda remediar. Y así, sin embargo de que dicha cédula se puede tener por desaforada todas las veces que el virrey quisiere usar de ella, con todo eso para quitar toda duda, suplican a S. M. se sirva de revocarla, o declararla en qué casos y cosas se debe entender, porque habiendo de ser generalmente parece tiene los inconvenientes referidos, dignos de reparar. S. M. proveerá lo que fuere servido.

Ante quienes afirman con toda verdad, como leales y fieles vasallos y criados de S. M., aunque para escribir esta carta sólo les ha movido el celo del real servicio y el ver esta Nueva España tan mal gobernada por el Marqués de Guadalcázar, tratando solamente de sus comodidades y no estimando a los ministros de S. M. por rectos limpios y letrados, ni honescriben, tenga muy entendido que el virrey no les es afecto porque rándolos más de en cuanto le ayudan a sus particulares. Y así vuelven a suplicar a S. M. los que ésta los ve con más entereza de la que él quisiera y sin que se sujeten a más de la razón y lo que entienden que es justicia, para que conforme a ello se le de crédito en las relaciones que hiciere de sus personas y proceder porque lo tienen por sospechoso por muchas y muy urgentes causas, que siendo necesario dirán además de las referidas. Y lo juran así a Dios y a esta cruz + , y lo recusan en forma para en cuanto a esto. Y se holgará mucho se informe S. M. de su modo de proceder en su oficios de todo este reino; y asimismo del del virrey y gente de su casa; que con eso espera les hará S. M. muy gran merced y conocerá quién sirve bien, y cómo puede un criado de un virrey tener 300.000 pesos y otros 200.000 y otros a este respecto, y al paso cuántos terná el amo. Y esto, sin que gobierne dicho virrey ni venga otro a tomarle residencia: que lo mismo corre entre los virreyes que entre los corregidores y alcaldes mayores, y harto más digno es de remediar que en ellos, porque los excesos de un corregidor no son de tanta calidad ni salen fuera de su provincia, y los de un virrey destruyen siempre todo un reino, porque son al peso del oficio y enderezados todos a interés propio y no al bien común, conservación y perpetuidad del reino que gobierna, como debiera. Y puede S. M. entender de las millaradas que llevan a España.

60. Y así, siendo S. M. servido, importaría que sus residencias no se cometiesen a los sucesores sino que se la tome un oidor de esta audiencia o un presidente de otra, letrado, a quienes S. M. proveyese al Real Consejo de las Indias, para que se tome con la superioridad y entereza que la materia pide y la lleve consigo. Y advierten a S. M. que el virrey, temeroso de que la suya no se ha de cometer al sucesor y que, a ejemplo de lo que hizo en Lima con el Marqués de Salinas, se ha de cometer al inquisidor más antiguo, que es el Dr. Juan Gutiérrez Flores, trata de obligarlo y agasajarlo y le ha dado a su hermano muy buenos oficios, y entre ellos se trata ya de esto como cosa hecha; y que el otro inquisidor, aunque es muy buena persona, no es tampoco la que pide la materia para que, sabiéndolo S. M. se sirviere de iniciar han de ser muy apretadas y con órdenes muy precisas y venir dirigidas a la audiencia y no al virrey, porque tienen de costumbre no exhibir más de las que son a su propósito, sin embargo de estar mandado por S. M. que todas se asienten y escriban en un libro que haya para este efecto y para que se sepan, y de que es de muy gran daño y perjuicio a la buena administración de justicia y observancia de los mandatos de S. M., porque sabiéndose lo que no se hizo en el gobierno se revoca y enmienda en la audiencia, y se provee en conformidad de ellas, y de lo contrario se sigue ignorar justamente los jueces las leyes por donde han de juzgar, y no poder cumplir con lo que S. M. ordena y manda. Por lo cual convendrá que S. M. se sirva de mandar que se recojan todas las cédulas que hubieren venido, así al virrey como a la audiencia, y que se escriban todas y asimismo las que fueren viniendo cada año, para que sepan y cumplan.

Guarde Dios la católica real persona de S. M. con aumento de mayores reinos y señoríos, como la cristiandad ha menester. En México, a 10 de enero de 1620.

Lic. Diego Gómez de Mena, el Dr. Galdós de Valencia y Lic. de Vergara Gaviria.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 3, 1977, pp. 71-96