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Siglo XVII > 1600-1609 > 1607

Relación del Virrey de Nueva España, Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros.
2 de agosto de 1607

Señor: Aunque en los pocos años que ha corrido por mi cuenta el gobierno de la Nueva España he deseado hacerme advertido en lo general y particular del servicio de S. M., observando los medios convenientes de la estabilidad y aumento del reino, siempre reservaba lo más sustancia de esta materia con ánimo de tratarla personalmente en presencia de S. M. y de su Real Consejo. Pero siendo precisa la dilación de conseguir esto, por mandarme S. M. le vaya a servir a los reinos del Perú, me he resuelto de reducir a este papel los pocos puntos que sufren consulta de tanta distancia, que suplico a S. M. vea, recibiendo con ellos mi voluntad, que aunque en ningún tiempo la quiero confesar por sospechosa, en este tiene menos riesgo, pues trato de causas que corren por cuidado de otro dueño.

Los buenos efectos que las religiones han hecho en la doctrina espiritual de los indios de que S. M. ha sido informado tantas veces, me excusa de representar la importancia de su conservación por todo el tiempo que no se hallare número suficiente de clérigos para este ministerio. Pues si se alterase del estado que tienen, sería forzoso restituirlos mañana en lo que les quitamos hoy, de que hacerse más presumidos en eso mismo de que se les acusa, si conociesen que la necesidad obliga a S. M. y a sus ministros a disimularles lo que tanto pide enmienda. Pero cuando esta falta se pudiese suplir, mi parecer sería, que pues no importa menos su reformación que su conservación, se redujesen a forma monástica de comunidad y coro sin andar tan derramados en negocios seglares, con que se juzga por imposible la observancia regular a que están obligados por su profesión.

Es el color que se da a todo lo que los religiosos intentan en causas de los naturales de estos reinos, su defensa y amparo; pero la verdad, señor, es que cuantos tienen la cosa presente juzgan por tan otros los motivos de lo que ellos parecen, que se tiene por cierto ser la más pesada opresión de los indios la que sufren de los frailes, así en el trabajo personal como en los tributos e imposiciones, si bien es de la que menos quejas forman por tenerlos impuestos en que sólo juzguen por su bien o mal aquellos que el ministro pusiere nombre de tal.

Esto se verifica en que cada pueblo emplea más indios en servicio del convento que en todos los otros ministerios del reino propios y comunes, y no contribuyen veinte indios tanto a S. M. como uno sólo tributa al ministro de doctrina. Y baste por muestra en materia que se podría decir mucho proponer a S. M. que cuando un religioso va a decir misa a cualquier pueblo, además de la limosna que por ella se le da y de lo que come y bebe, que todo es sin moderación, y de las obvenciones que para multiplicarlas les basta multiplicarles los nombres, les obliga a que den doce reales para herrar su caballo, y como se han calzado con el nombre de sus protectores, en esta fe quieren que no se dé nombre de agravio a las exorbitancias que por su mano se ejecutan contra ellos.

El recurso a sus superiores es sin fruto, pues cuando los privan del oficio en que cometen el delito, los ocupan en otros mejores por no acobardarlos en este género de valentía, que entre los frailes de las Indias se tiene por título más meritorio para ser preferidos que el de letras o santidad, juzgo que el freno más fuerte para ellos sería que S. M. se sirviese mandar por su real cédula que el virrey pudiese, cuando lo juzgase por conveniente, substraer cualquiera de las doctrinas de una religión y disponer que sea administrada por otra. Con lo cual es y sin duda será S. M. más bien servido, los indios no tan oprimidos y más bien administrados, la autoridad del virrey menos ofendida y el medio será tan eficaz que me persuado a que sólo con que se publique no se verá el virrey en necesidad de platicarlo.

Las visitas generales de las audiencias de este reino, así por la experiencia que tengo de la presente como por haber manejado papeles de las pasadas con alguna curiosidad y menudencia, tengo por medicina peligrosa, porque de ordinario los daños que se pretenden remediar apenas los he visto suspendidos aun en el rapto que duran, mejorándose tan sólo la cautela y secreto en cometerlos, y sirviéndose del tiempo para estudiar esta ciencia, y ser más hábiles en ejecutarla cuando se les quita el embarazo de adelante. A esto se añade un embargo tan general de la ejecución de la justicia que el que más animoso y libre se halla, si no consiente lo que debía castigar, por lo menos suspende muchos proveimientos convenientes al buen gobierno, con la justa medida de su obligación, sin extenderse a hacer finezas peligrosas de intentar y casi imposibles de conseguir, en sazón de tanta borrasca y tan licenciosa para hombres inquietos y facinerosos, que a vueltas del torbellino no hay paja de las que andan entre los pies que no pretenda subirse a la cabeza.

Y si bien no es mi intento condenar por mayor las visitas que muchas veces tengo por preciso el enviarlas, juzgo que no es menor la obligación de S. M. y su Real Consejo de prevenir con santa y justa providencia por los grandes medios a que se extiende su poderosa mano el quitar todas las ocasiones que pueden reducir a sus ministros a estado de culpados, que la que hay de hacer averiguación de sus excesos y darles castigo cuando y a sus propias conciencias, son las voces más apretadas que lo piden.

Para esto tengo por cosa de gran importancia detener poco los oidores y alcaldes de una audiencia, porque de la duración de sus plazas resulta fuerte ocasión de contraer amistades y parentescos, y de embarazarse con inteligencias y contrataciones que se anima a hacerlas copiosas por muchas manos y en larga distancia quien con cierta probabilidad sabe que el retorno de ellas le ha de hallar en el mismo puesto y silla de donde las despachó. Lo cual también podría alentar al menesteroso pleiteante, interesado y dependiente a que alargarse la mano aun con su incomodidad y vejación propia si con ella piensa comprar una voluntad durable por discurso de años de juez, a quien en ellos tantas veces ha de haber menester. Esto habrá oído S. M. muchas veces, que es cosa en que todos topan a costa de poco discurso, pero presupuesto que todavía es verdad, todavía ha de ser S. M. servido de oírlo.

Y porque en las Indias de que trato parece que se ha querido verificar más esto que en otra parte, y todos reparan en las pocas salidas que tienen los oidores de las dos audiencias de México y Lima, para su mejora me ha parecido proponer a S. M. que introduciéndose cuatro o seis años en esta audiencia la asistencia de un oidor y otros tantos en la de Lima, pasándose de unas a otras los que dieren buena cuenta de sí al cabo del tiempo tendrá S. M. ministros de mucho provecho, inteligentes en el gobierno universal de las Indias y los oidores no vendrán por eso a ser más viejos, ni les será de vejación que el tiempo que ocupan en una audiencia lo gasten en dos o en tres, echando pocas raíces.

Como quien no ha de coger el fruto de lo que sembrare, con que parece se conseguiría el intento, dejando lo demás a la disposición, cuidado y buen gobierno del virrey, que en esta parte soy de parecer que no hay medianía, sino que el que no fuere enteramente a propósito para esta confianza, no le queda cosa sobre que cargue la disimulación en su proceder, antes es precisamente conveniente al servicio de S. M. el quitárselo todo sin que corra tan gran riesgo por su cuenta una tan sola hora.

Las visitas de oficiales reales y cajas de su cargo, a todo mi entender no conviene anden al paso de las audiencias y oidores, porque las injusticias de jueces civiles y criminales como siempre dejan parte agraviada, el desquite de su ofensa pocas veces se olvida de manera que cesen sus voces hasta los oídos de S. M., como a reparo y defensa de sus daños. Y de ordinario presumo yo que se debe medir y regular la necesidad de estas pesquisas y castigo de ofensores con la fuerza de quejas de los ofendidos, que a menos obligación que satisfacción de agravios no se usaría de remedio tan aventurado.

Esto podría cesar en los jueces administradores de hacienda de S. M. si quisiesen ganar amigos y acallar maldicientes, repartiendo y administrando su real hacienda como cosa común de su aprovechamiento. Y cuando ese caso llegase, S. M. se persuada que no hay parte que inste, porque la de S. M. pocas veces es defendida como conviene. Y es voz asentada en los vecinos de las Indias, que se han de sustentar con esta hacienda y hacer carne y sangre de ella, con la misma propiedad que si la heredaran de sus padres y con el desamor que le fuera de un extraño. Y así de mi parecer estas visitas se harían muy a menudo, teniendo siempre a los administradores en continuo sobresalto.

Y aunque en todo género de comisiones de esta calidad, la mayor dificultad es la elección de persona a quien se comete y pesquisa, en todas las que tocaren a hacienda de S. M. tiene más riesgo el acertamiento o yerro, y hallo por imposible que quien no ha tratado en las mismas materias y manejado las de Indias, que en esta parte en nada se parecen a otras, pueda cumplir a satisfacción con este cuidado, porque es cosa cierta que los visitadores que vienen de Castilla entran tan a ciegas en esta inteligencia que el que medra más se hace advertido por los descargos de los visitados, cuando ya ha acabado su comisión.

De manera, señor, que las visitas de hacienda son precisas y muy conveniente el despacho continuo de ellas. Los que vienen de España poco a propósito para ello, y cuando lo fuesen, costosísimo el enviarlos. Las veces que es menester nombrar visitadores de este reino, tiene inconvenientes considerables, pues si la inteligencia la ha de dar el uso, está claro que no se hallará hombre inteligente que no sea interesado, ni que se escape de ser reo en la misma visita. Y así por conveniencia y necesidad es fuerza echar al virrey esta carga que no es pequeña, obligándole ya por cosa asentada que el tercer año de su gobierno, y no antes, hiciese visita general de todos los ministros de hacienda y cajas de su distrito.

Y hechas las adiciones y cargos con su respuesta de los visitados, sin sentenciarlo lo enviase a S. M. con su parecer, de que se conseguiría hacer la visita hombre de la calidad de un virrey, con la inteligencia que le habrá dado dos años de gobierno, valiéndose de los avisos de todos los que son interesados en agradarle, sin costa de S. M., y viniendo a parar todo a sus reales manos y a disposición del Consejo, sin que parezca posible yerro considerable.

La gratificación de los conquistadores y pobladores antiguos de las Indias tiene S. M. cometida a sus virreyes, mandándoles verificar en los sucesores los servicios de padre y abuelos, prefiriéndolos a los demás que no tienen esa calidad.

Cosa apretadamente encargada, así por capítulo particular de las Nuevas Leyes como por otros muchos de cartas y cédulas despachadas en su favor, y aunque en todas por insinuación manifiesta, y en algunas por palabras declaradas, presupone S. M. sean hábiles los que han de entrar en esta concurrencia. Está tan mal entendido por ellos, que cada día en desacato y desautoridad de los virreyes, hacen oposiciones a cualquier elección de oficios de justicia que sale, querellándose en forma de ellos como materia de agravio, siendo la orden tan antigua y asentada, que en tiempo del Virrey Don Martín Enríquez fueron innumerables las peticiones que contra él se dieron. Por esta razón en acuerdo de oidores, como el mismo virrey lo testifica en el papel que dejó a su sucesor el año 1580, y en esta continuación lo mismo al Marqués de Villamanrique y al Virrey Don Luis de Velasco, que hoy vive, hasta venir a sujetarse Don Luis, a que se hiciese información por un oidor de los méritos que tenían los proveídos de que se querellaban. Y gobernando el Conde de Monterrey llegó el caso a que un conquistador viejo llamado Argüelles, públicamente en una audiencia le citó a voces diciendo que le había hecho agravio en no proveerle, y que ante Dios se lo había de pedir.

Y porque haya tantos ejemplos como virreyes, después que yo dejé el gobierno se dio petición en la Audiencia de México firmada de algunos descendientes de conquistadores, querellándose de mí por las mismas razones. Y certifico a Dios y a S. M., y de esta verdad prendo mi palabra, hasta que testimonios auténticos la desempeñen, que no ha habido virrey que en discurso de largo gobierno haya proveído tanto número de conquistadores en oficios de justicia como yo en poco más de tres años y medio que he gobernado.

La paga de este género de gente se reduce en las Indias a los repartimientos que se les encomiendan de tributarios y a oficios de justicia en que se proveen. Y aunque lo primero por el mismo caso que se da nombre de paga viene a tener tanta parte de la justicia distributiva que en competencia de beneméritos podría pretender buen lugar el que más y mejor hubiese servido.

Como el medir esto estriba tanto en la voluntad de S. M., agradándose de unos u otros servicios, a mi ver no tendrá mal derecho el que por cédula de S. M. y voluntad declarada suya tuviese anterioridad, sin embargo que cuando el juicio de los méritos quedase sólo al virrey, tengo entendido no podrá disponer sino atenerse a los quilates de cada uno. Pero esto sólo viene a verificarse en el Perú, donde los virreyes encomiendan, de que en este papel no me ha parecido tratar.

Y hablando de lo que pertenece al gobierno de este reino, que es la gratificación en provisiones de oficios de justicia, suplico a S. M. entienda que los conquistadores de esta Nueva España y la conquista de ella, se pareció mucho a las conquistas de otros reinos, así en los trabajos y penalidades como en la mezcla de calidades y sujetos de personas.

Pero habiendo de tratar de todos como nacidos en la misma conquista, aunque se haga agravio a mucha gente principal que a ella vino, dejando más raíces de nobleza en España, es menester entender que con la falta que al principio hubo de mujeres con quien casarse, son innumerables los mestizos y mulatos que hoy son nietos de conquistadores, y otros que cuando no por este defecto, por necesidad o mala inclinación se han hecho de peores partes, y más incapaces de bien y honra que los que lo son por naturaleza, pues cuando los favores sean más cumplidos a los que tuvieron parte en el descubrimiento, ganancia y población de este reino, de manera que habiéndose contentado S. M. con premiar servicios de grandes conquistas con hacer pago a los generales y cabezas de los ejércitos y armadas, y a personas de muy particulares y extraordinarias calidades, aquí sea todo común. Y que de la misma manera sea benemérito, y espere paga el carpintero que fabricó los bergantines, y el herrero que hizo los clavos, y el que empedró las calles de México, todos por sus jornales, como el Marqués del Valle que lo conquistó.

Por lo menos, señor, tenga cada cosa su lugar y pare en cierta raya sin que se trate de ello tan por mayor como hasta aquí. Y corra voz común que forzoso han de ser corregidores y administradores de justicia sólo los descendientes de conquistadores, particularmente que yo no hallo por donde sea menor la obligación que S. M. tiene a dar a los conquistados persona a propósito que los mantenga en justicia, que a los conquistadores premio de sus obras, por medio que podría aventurarse lo primero, pues lo uno es preciso de conciencia y lo otro no tiene más extensión de la que por voluntad de S. M. se le diere. Y certifico a S. M. que ha sido la materia más perjudicial que se podía introducir para el bien de los mismos conquistadores.

Porque los oficios de justicia sin duda no alcanzan a la décima parte de los pretensores, y con atención de este derecho no ha habido hombre que crie su hijo dándole modo de vivir y ganar de comer, ni que case su hija con más dote ni hacienda que con un proceso de méritos de conquista. Y así no tiene el mundo gente más necesitada; y porque todo lo dicho carga sobre incapacidad de personas, vea S. M., se lo suplico, la imposibilidad que hay también en los mismos oficios.

Todas las alcaldías mayores de minas, tributos y cobranzas de hacienda de S. M. han menester hombres que tengan bienes propios, inteligencia y particular confianza, cargos de guerra y puertos de mar, piden inclinación, habilidad y ejercicio. Y aunque para lo uno y lo otro podría haber conquistadores si el virrey que en fiarles esto les fía su autoridad y honra, dijese que no halla personas a propósito, vea S. M. que se le podrá responder, pues para que esté disculpado no es menester que las personas de quienes habla tengan defectos, sino que él los juzgase por defectuosos.

Y si los virreyes tienen tan fácil respuesta y está a su cuidado buscar para los oficios de justicia los hombres y partes que pide el descargo de su conciencia, que es lo que S. M. quiere cuando más en favor de los conquistadores, habla justo ser aquéllos lo entiendan así, y que con ocasión de estas peticiones y oposiciones que en descato de los virreyes se introducen, mande S. M. por cédula suya que ante todas cosas en el preferir de las personas se atienda a la virtud de cada uno, sin que sean correlativos conquistadores y corregidores, que con esto se animarán ellos a merecer por sus partes personales lo que ahora les parece suyo por nacimiento. Y el virrey estará siempre reverenciado y acatado como conviene, a quien podrá S. M., siendo servido mandar que en todo lo posible haga bien y favor comúnmente a todos.

La gobernación de los indios en tanto es dificultosa cuanto más se desvía de las leyes comunes a cualquier otro género de gente, porque como el fin de ellos es disponer y facilitar medios de suyo dificultosos, en la introducción de la virtud, corriendo esta misma obligación en los indios y siendo su capacidad tan corta que no se mide con preceptos de razón, tiene necesidad precisa el que gobierna de ajustarse con el caudal y entendimiento de los súbditos, vistiendo el precio de su buena doctrina con la humildad y pobreza de sus almas, sin que tampoco en esto haya punto fijo, porque la ligereza de su condición obliga a trocar muy a menudo el modo de guiarlos a un mismo fin, creciendo más a su desventura el ser tales, que para que sean suyos es menester darles dueño. Y que la piedad y buen tratamiento estribe en el favor de los superiores y en el castigo de lo contrario porque su inclinación y despego de todos buenos respectos no obliga a quien los trata y conoce excuse sus daños y trabajos si a ellos solos mira.

Comúnmente se ha entendido que la conservación de estas dos repúblicas de indios y españoles está encontrada, y que por los medios que una crece viene a menos la otra. Y yo estoy persuadido que son fáciles de concertar las conveniencias de ambas, con sólo que los favores y prerrogativas de cada una no pasen la raya de la necesidad que tiene de ser socorrida y amparada.

Porque si la labranza de los campos y crianza de los ganados son los puntales de esta máquina en cuya duración los mismos indios son interesados, juzgo por bien particular suyo que tengan españoles a quienes servir, con paga tan suficiente que pocas semanas de trabajo pudieran sustentarlos por todo el año, si conviniera que el resto de él holgaran y ellos fueran de humor que guardaran su dinero al día siguiente, Y por lo menos no se puede negar sino que no tendrían de qué comer ni pagar sus tributos si los que los ocupan no se los diesen.

Y así tengo por error conocidamente perjudicial a ambas partes la persuasión que de lo contrario hacen en particular los religiosos, tomando por evidente muestra la experiencia de ver ocupados a estos mismos indios que desean reservar en sus edificios y monasterios, y aun en sus sementeras y granjerías en muchas partes, sin que de su trabajo reciban premio ni el corto que ha de menester el sustento de aquel día si no le traen los indios de su casa. Así que obligando al indio que trabaje lo necesario y al español que pague lo conveniente, muy compatible es el acudir a ambos.

Y porque aunque es cosa que tengo advertida de antes, últimamente se me ha venido más a los ojos en este camino de ese México al puerto de Acapulco, por donde en espacio de ochenta leguas he visto las mejores campañas y tierra más doblada y fértil que el pensamiento pudiera trazar, sin que en todas ellas haya descubierto tan solamente una cabeza de ganado, vea S. M. (se lo suplico) de qué importancia les es a los indios tener toda esta tierra baldía y sin fruto ninguno para ellos ni para otra persona. Y se ha de entender que lo que se dice de estas ochenta leguas se verifica en todo el reino.

Y que si en la Florida hiciese el virrey merced en nombre de S. M. de caballerías, de tierra o estancia de ganado, lo contradirán los indios de México, como si estuviera pegado con las tapias de su casa y hallarán frailes que les ayuden y soliciten testigos de los mismos indios, y aún les ordenen los dichos, sin que en ello puedan tener otra intención que quitárselo a los españoles, pues uniendo esto en razón, de manera que los indios tuviesen las tierras que han menester largamente, y a los españoles se les diese y repartiese lo demás, no hallo en que pueda estar el daño de ninguno de dichos géneros; antes pienso que con esto crecería, y que viniendo a ser las labores y el ganado en tanto aumento como podría, será posible introducirse el trabajar los españoles y gente ociosa que no teniendo otro oficio en España, pasando a las Indias, se corren de poner la mano en este ministerio, ni tampoco encarezcan a S. M. la labor de las minas de esta Nueva España, que el repartimiento que les dan no pasa de 4 por 100, y esto cumplen mal. Precisamente hay orden de que no entren en las minas, y se vive siempre con cuidado de castigar rigurosamente al minero que hace lo contrario.

Estoy, señor, persuadido que estas y otras muchas introducciones que aquí piden consideración y enmienda, no cargan sobre falta de advertencia a los que cuidan de ello, o poca voluntad de mejorarles, sino que como en los principios del reino, prudentemente se acomodaran las leyes a su pequeñez, y aún se dissimularon sus principales ejecuciones por tiempo, atendiendo a la multiplicación y ensanche de la doctrina, todavía se corre a este paso y los gobernadores con voz de no hacer novedad, y los súbditos por no probarla, quieren que provicias extendidas se rijan con lo que se ordenó para limitadas poblaciones. Sírvase pues S. M. de entender que si algo de lo dicho pareciere a propósito para la Nueva España, no será estorbo razonable de su ejecución la novedad, pues es precisa razón de estado que en la disposición del gobierno de una república haya de hacer mudanza y diferencia cuando la hacen sus edades y crecimiento de monarquía.

Acapulco, 2 de agosto del año 1607.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 2, 1977, pp. 276-284.