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Siglo XVII > 1600-1609 > 1604

Carta de Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey sobre gobierno eclesiástico.
Abril de 1604

Aunque supe del Marqués de Montesclaros la orden que tuvo de S. M. para recoger los libros del nuevo ceremonial que trajo el arzobispo de México, todavía creo que ha de tener S. M. necesidad de proveer con algún cuidado en algunas ocasiones al reposo de aquella iglesia y a evitar escándalo. Y para mayor luz en ello, conviene a su real servicio que el Consejo la tenga de lo que últimamente había procedido en mi tiempo, desde la flota [del] General Alonso Chaves Galindo, con todo lo que pueda manifestar la natural condición del arzobispo y sus intentos y proceder. Y que yo, que le he tratado en México más tiempo que el que más, haga relación de ello en el despacho de este año.

Y lo primero, diré que de mi oficio viniera recogido el ceremonial, para que viera en el acuerdo, como lo pidió el fiscal, sin que fuera menester que S. M. lo mandara y viniera apretada más la mano en atajar estos desasosiegos, como entiendo que hubiera parecido bien al Consejo, si no mirara como hombre reportado a la salida de los negocios antes de entrar en ellos. Y por tener presentes las cosas, reconociera el natural de aquel prelado y la protervia que de él se tenía por la gente grave y cuerda para en caso de quererle apurar el virrey, cuya autoridad y poder, conforme a las leyes y a la naturaleza que tienen los casos de gobierno, bien sé que no tiene resistencia y que se puede extender hasta embarcar un prelado que no quisiese estar por las declaraciones de fuerza de las audiencias reales y proceder con el acatamiento debido a la autoridad real y sin escándalo del pueblo. Mas también sé que el Consejo me limitó este remedio, que para con semejantes personas es él el poderoso y el fuerte en estas partes, dando claro a entender por un capítulo de instrucción, que no se ha de hacer esto por el virrey sin dar primero cuenta de las causas al Consejo.

Reparé yo en la cortedad en que podía hallarme por esta razón en algún caso, y quise asegurarme más en ello con escribir a S. M. de la manera que yo entendía aquel capítulo, y que me sentía con las manos atadas para esto aunque la ocasión se ofreciese con un provincial de religiosos. Y esto creo que fue en cartas de julio o agosto de 1597. Se me respondió por octubre, si bien me acuerdo, de 1598, que así era como yo lo tenía entendido. Y no lo repliqué por parecerme que aunque en el Perú podría ser de graves inconvenientes esta limitación del superior gobierno, podía tolerarse en la Nueva España, donde a necesidad puede contentarse la persona que gobierna y vivir sin sobresalto, con sólo tener la mano con vigilancia, industria, y buenos medios para que el desasosiego y diferencias no pasen a escándalo de mal ejemplo, como a mí me ha sucedido con este negocio.

Y gracias a Nuestro Señor, se salió con esto sin aventurar a que hubiésemos de llegar sobre lo principal y sobre alzar el entredicho o cesación con que tanto amenazó a ruido de las temporalidades; y lo que peor fuera, a que dejéndose padecer en ellas, y no habiendo adonde pasar, se quedara la ciudad en censuras y el negocio sin remedio. El arzobispo concurrió conmigo en la casa profesa de la Compañía de Jesús en un día solemne, habiendo estado algunos meses sin que el pueblo nos viese juntos en una iglesia. Hizo solicitud para ello entre nosotros un religioso. Y estando ya muy adelante el trato, comenzó el arzobispo a retirarse y entibiarse con miedos no razonables que se le ponían delante, de que yo o los oidores habíamos de hacer lance en él con alguna descortesía, puesto caso que yendo a asistir a la misa en su traje de fraile y lugar y estrado común que los prelados acostumbran, no había sobre que cayese esto. Y escarbando mucho en lo que podía ocurrir aquel día dentro de la iglesia, y al salir juntos él y yo, y al tomar los coches, movió algunas dificultades. Y a todas se les dio salida, y finalmente se puso por obra, con mucho gusto y satisfacción suya, y aun mía, por el consuelo general de la república, que se gozó mucho de ello y aún recibió buen ejemplo en lugar de la nota que comenzaba a causar el desvío entre las cabezas.

Tuve yo todavía que disimular, porque se evitase el escándalo, que lo contrario hubiera de causar, estando ya en la iglesia. Y esto fue, que los clérigos seculares a quienes aquel día dejaron el altar los religiosos de la misma casa no eran probendados de la iglesia, sino sacerdotes de la clerecía, e hicieron las ceremonias conforme al nuevo ceremonial, no obstante el auto de la audiencia en que se había declarado que por entonces hacía fuerza en quererlo ejecutar en la catedral, que se agravió de ello.

Perdió el arzobispo el miedo, desengañándose con las cortesías debidas que yo y la audiencia le hicimos, de que no se le pretendía ofender, y quebró él y la indeterminación que tenía en cuanto a concurrir con el virrey sin falda. Porque hasta entonces, sin embargo de que él anda de ordinario sin ella, por ser el hábito de fraile, todavía reparaba en que, yendo conmigo en actos públicos, se pudiese decir que dejaba de llevarla. Por este respecto había mostrado inclinación de tomar en cualesquiera iglesia la capa de coro que acostumbra en la catedral, de tafetanes de color con falda larga, la cual no se ha persuadido jamás, ni hasta hoy, a que sea decente el dejarla suelta aunque vaya al lado del virrey.

Desde el día que he referido fue menudeando en visitarme y mostró inclinación a que metiese la mano entre él y sus capitulares. Pero mostrándose el cabildo muy opuesto a su pretensión en muchos puntos, comenzó a perder el sufrimiento y a entenderse que había sido su intento el tratar de aquello en ocasión que debía estar tan conforme con el virrey. Y favorecido asimismo de la audiencia en ciertos autos que habían salido aquellos días en su favor, esperando que con lo uno y otro el cabildo se hallaría quebrantado y rendido para contentarse de recurrir el ceremonial con sólo protesta de recurrir a su santidad, agraviándose de los puntos en que se sintiese agraviado, fuese el arzobispo desasiendo de la plática, viendo al cabildo con la dureza que he dicho. Y por haberse tardado días en responderme. Pero le tuve persuadido a que me facilitase el enderezar o necesitar yo al cabildo a la paz con la fuerza y peso de la autoridad real en esta manera:

Que hiciese consulta de estas diferencias y contradicciones de las partes y sus fundamentos con algunos letrados, juristas y teólogos eminentes y neutrales, y tomase su parecer en razón de si estaba obligado o no, en conciencia, a ejecutar luego el ceremonial, o en defecto de ello a sostenerse como él decía y como se iba absteniendo de hacer en su iglesia actos pontificales y asistir a las misas y oficios divinos; para que si no lo estaba, respecto de no quedar ya por él la ejecución, habiendo declarado la real audiencia que por ahora hacía fuerza, y podía lícitamente quietarse para acudir a los pontificales en la forma y con las ceremonias que sus predecesores, él depusiese su escrúpulo y no tuviese defraudada a la iglesia y pueblo de la presencia de pastor propio, que tanto se había deseado. Y si pareciese estar obligado a ejecutar, o en defecto abstenerse, los teólogos y juristas consultados me hablasen a mí y me certificasen de este su parecer, para que yo le disculpase el arzobispo con el acuerdo, testificándole la obligación en que le constituían en conciencia para llevar constantemente adelante su propósito, y juntamente hablase al cabildo en la misma razón y le reprendiese en nombre de V. M. la dureza de tantas contradicciones; y le apretase en que se acomodasen a lo justo con alguna protesta para en guarda de su derecho, o tuviesen tragado que yo había de escribir a S. M., culpándolos de la sinrazón que en ellos sintiese.

Fue consultando el arzobispo a algunos teólogos y enviándomelos a mí, pero entendí de algunos de ellos que la relación no había incluido circunstancias ningunas del estado del negocio en la real audiencia, adonde se había llevado por vía de fuerza. Y así tomé la mano en ordenar un caso por escrito, y le envié para que el arzobispo le viese y mirarse si tenía algo en que topar o que advertir. Topó de manera que nunca pude sacarle la aprobación ni el papel mismo. Antes me significó por medio de algunas personas que no quería tratar de consultar su conciencia por aquella vía y por mi mano. A este tiempo llegó la nueva de mi mudanza del gobierno y nombramiento del Marqués de Montesclaros, de cuyo deudo y coterréano se ha preciado siempre, y se fue saliendo y despagando de toda plática de conciertos.

Me pareció que lo tratado era buen camino para obligarlos a la paz a él y al cabildo, o al que de ellos no tuviese razón y justa excusa, a que por ahora se allanase, haciendo papeles para ante su santidad su nuncio. Y que convendría al servicio de S. M. proseguir de mi oficio en aquellas diligencias, y siendo posible las dejase yo hechas en mi tiempo, para quitar al Marqués de Montesclaros descongojarse recién llegado con este negocio, y al cabildo de la sospecha con que había de ir de su persona por las confianzas que el arzobispo publicaba.

Consulté a algunos teólogos calificados, aunque él me envió a pedir que no me embarazara en estos negocios de la concordia. Y me dijeron que apuntaba a que el marqués era ya desembarcado y venía caminando, y yo estaba despidiéndome de la ciudad y del gobierno; añadiendo que cuando yo tuviese algún ejército que disponer o gobernar, él no había de meter la mano en ello, y que tampoco era razón que yo la metiese en sus cosas, pues no me tocaban. Yo respondí que al virrey tocaba el saber en nombre de S. M., y para darle cuenta de ello como procedían los prelados y todo el estado eclesiástico, y el fundamento o sinrazón con que se movían en sus designios, y el tratar de componerlos en sus diferentes con la autoridad de S. M., y obligándolos con ella y con la fuerza de la razón a la paz y a la concordia, o a que se supiese quien la rehusaba. Y que yo no tendría descuento en el Consejo de haber faltado a aquello, pues lo tenía entendido aunque fuese en los pocos días de mi gobierno, si ya él no se atreviese a pedirme por escrito y firmada de su nombre semejante demanda como era aquella.

Acabé las consultas, y en sustancia no se determinaron los teólogos sin ver más papeles y más estudio en lo que tocaba a la obligación o excusa del cabildo, en conciencia, acerca del cumplimiento del ceremonial desde luego y sin perjuicio de suplicación. Mas casi todos sintieron que el arzobispo, estando excusado en conciencia con las diligencias hechas para exhibir el ceremonial en el acuerdo y cuando no se le permitiese usar de él quitarse con sólo enviar testimonios, y que podría justamente asistir en su iglesia y hacer actos pontificales en la forma que los arzobispos pasados.

Me incliné con esto a hablar a las partes, y a apretar al arzobispo en los días que verosímilmente podía tardar el marqués. Y no hubo lugar por haber sabido que no había hecho alto y parada de alguna semana donde suelen los virreyes hacerlo. Y faltarme con esto el tiempo para detenerme en México, acordé de escribir al arzobispo y al cabildo las cartas, cuyas copias comuniqué al acuerdo y ahora envío a S. M. Ambas se recibieron, y el arzobispo no respondió a la suya, aunque de palabra dijo al mensajero que lo haría. Yo presumo que el virrey marqués ha de vivir con celos del cabildo y cuidado del clero y religiones de que tiene alguna parcialidad con el arzobispo, o que desviándose y secándose con el arzobispo ha de tener recios encuentros con él.

La orden de San Agustín tiene el estado que el Consejo habrá colegido de mis relaciones pasadas. Y aunque algunos frailes ha parecido que el provincial Fray Miguel de Sosa no ha apretado la mano tanto como de él se esperaba en la reformación, presumo que trae bien gobernada su provincia y más ajustada en cosas que solía. Y he entendido que sin afectar la ostentación, y antes huyendo de propósito lo que es ruido o nota (que lo uno y lo otro es muy conveniente), ha quitado el hábito a algún número de frailes incorregibles o de perniciosa inquietud. Y que ahora, habiendo en el primer año establecido su gobierno con autoridad y buena gracia y bien querencia entre sus súbditos, como todo hombre cuerdo lo debe procurar, cargará más la mano donde y cuando sea menester, con muy buenos filos de justicia y con el modo que convenga llevar. Porque yo lo tengo por tan entero y de tan buena cabeza, fuera de ser tan docto, para entender la justificación de lo que puede o deber proveer, que no sólo tiene suficiencia para aquello, sino para cualquier obispado principal que estuviese a su cargo, sin que yo sienta en la Nueva España quien tenga más.

Algún rumor llegó a México de que al Consejo le había querido informar de que su elección había sido violentada por mi autoridad, de que yo me riera mucho si la materia no fuera de tantas veras. S. M. ha ido entendiendo a menudo la disposición de aquella orden por mis cartas y los contrapesos que se sentían en proveerse visitadores por lo general, y en especial si habían de ser ambos de España; y las esperanzas que yo tenía de que con menos daño de la provincia y con más noticia de las cosas de ella, podría hacer bien aquel oficio algún fraile de acá, en compañía de otro que allá viniese. Y propuse para ello tres sujetos, de que era uno Fray Miguel. Y también dije que mucha parte de los buenos efectos, y con menos ruido que el de visita, se podrían hacer si salía provincial, porque como prelado ordinario reformaría y compondría los conventos, que es lo que se puede desear. Juntamente, avisé a S. M., después del suceso del capítulo y de su elección, para que ya otras dos veces había tenido muchos votos; y la una de ellas el año 1596, luego que vine al gobierno, dejó de salir electo por sólo un voto que le faltó de los necesarios. Esté S. M. seguro de que jamás en la plática ni en otras elecciones de las órdenes metí prenda, sino sólo haber hablado bien de su persona y talento con sencillez, como de otros; y después que reconocí la necesidad de la provincia, también de intento disimulado, para crear su crédito con mi autoridad y aprobación, de lo cual es bien posible que lo resultase más acepción entre los frailes, porque había voz que le tenían mucho para prelado y no le eligirían jamás, ni volvería a tener en ello la parte que había tenido en los otros capítulos. Y este medio y lenguaje me pareció muy lícito y conveniente para fin tan debido en un virrey cristiano y celoso; y así le continué en la ocasión del capítulo, aunque sin ofensión del competidor, que era amigo mío e hijo de un caballero de Salamanca, a quien, y a sus padres, yo y los míos debíamos y teníamos particular afición.

En la orden de Santo Domingo, se celebró capítulo antes que yo dejase el gobierno. Y habiéndose tenido por plática muy conveniente que se había de elegir por provincial el presentado Fray Luis de Solórzano, prior que era de México, pocos días había sucedido ello así. Y yo entendí que se murmuraba y decía que no era legítima su elección por no ser fraile de España como debía serlo para suceder al Maestro Bohorques, porque dicho maestro era nacido en las Indias; y estaba ordenado por una carta del último capítulo de Venecia que, en cuanto a esto, la provincia de Santiago de México nombrase con alternativa, y no de otra manera, los provinciales, de manera que un trienio fuese criollo y en el siguiente no lo pudiese ser sino fraile de España. Y que también era nula esta elección porque los capitulares que la hicieron no eran votos legítimos, por no ser verdaderos priores y vicarios de sus conventos, respecto de haber sido nombrados para ello por el Maestro Bohorques, provincial pasado, en tiempo que ya no lo era por haberse dado por inválida su elección por el general de su orden, y mandado que hasta el futuro capítulo presidiese en la provincia como vicario general, cuyo oficio y autoridad no se extiende a poner priores de nuevo en los monasterios, ni poderles dar legítimo nombramiento ni autoridad. Escribí un papel en razón de esto al definitorio, juntamente con encomendarle el escoger de lo mejor para priores y vicarios en los conventos de doctrinas, por lo que importa que sean lenguas y hombres ejemplares, y en cuanto se puede de alguna razonable edad. En la respuesta me dieron satisfacción a los puntos sobre los que les escribía yo acerca de las nulidades de este capítulo y elección de provincial. Dijeron que entendían, y se había juzgado por los frailes más doctos de la provincia, que la alternativa del capítulo de Venecia no obliga hasta entonces por defecto de promulgación solemne; y asimismo que los capitulares eran legítimos votos, dando la causa porque habían sido válidos sus nombramientos de priores y vicarios; y sobre todo que ni uno solo de los vocales había discrepado de la persona que se eligió.

Comenzó su gobierno el provincial, y llegó en esta sazón el obispo de la Nueva Segovia, en una comisión del general, en cuya virtud los visitó. Y no obstante que alguna vez le vi inclinado en no tocar por ahora en procesar de estas nulidades, sino escribir al general para que enviase de España un provincial, casando la elección de éste; y yo se lo alabé. Y para un presupuesto que yo no sabía defectos en el talento y costumbres de Solórzano, antes le tenía por fraile honrado, cuerdo y de apacible proceder, me holgará de ver inclinado al visitador a que la venida del nuevo provincial no fuera hasta que cumpliera su tiempo éste, a que el general entretanto podía enviar otro nombramiento de vicario general, como a Bohorques. Porque me parecía de conocido inconveniente mudar prelado por ahora, respecto de que habían precedido poco antes la anulación que hizo el general de la elección de Bohorques, y la que hizo el visitador Fray Lucas Gallego de la elección del Maestro Bazán, sacando por provincial a Fray Pascual de la Anunciación, hombre muy santo y ejemplar, a quien también el mismo visitador, algún tiempo después, absolvió del oficio por sentirle poco capaz de gobernar y por otras causas y motivos. Y juzgaba yo (como lo dije al obispo por gran lustre y mucha ocasión) de que la orden recibiese alguna infamia en estas partes una voz tan repetida de los defectos de sus elecciones, y de anularse cada día por ellos. Y se me representaba que con hacerse lo mismo en esta de Solórzano, se renovaría todo lo pasado.

Le parecieron bien estos motivos cuando se los comuniqué; y de allí ha algunos días mudó de acuerdo. Y no obstante la consideración de estos inconvenientes, acometió al provincial, y obligado, según me dijo, de la conciencia, por noticia que tuvo de ciertas cosas que había escrito al Consejo; las cuales me comunicó porque, dado caso que ya no gobernaba, ambas partes me daban alguna cuenta de estos negocios, como a virrey que había sido y tenía mucha noticia de sus cosas. Necesitaron las diligencias del visitador al provincial, o al menos le inclinaron, a que renunciase. Y se juntó capítulo, y eligió por prelado a un fraile de España, de quien se tiene buenas esperanzas.

Yo veo, como diversas veces he dicho a S. M., muy cascada esta provincia; y que, a mi juicio, es por el acatamiento de los sujetos esenciales que vinieron de Castilla, y haber pocos hombres o ninguno que tengan mucho caudal, a lo menos con salud y fuerzas, entre los castellanos que tomaron acá el hábito, y menos entre los criollos; y ser la mitad, o algo más, de este género postrero, y la otra mitad de aquél, sin que haya sino muy poquitos frailes que lo hayan sido en Castilla y criádose novicios y mancebos profesos en los conventos de esos reinos, que es lo que hace el caso. Y que esto no se remedia con visitas, ni los daños que resultan en la observancia regular y estudios tampoco se reparan ellas con firmeza, porque los castigos no obran buen escarmiento cuando no quedan prelados vigilantes y celosos para mirar sobre la enmienda, y para ejecutar bien las nuevas ordenaciones, que sin esto son como leyes muertas. Todo esto se debería reformar, con lo que muchas veces he escrito a S. M. que es grueso número de frailes de España. Y que trayendo fijada la ejecución de la alternativa en el provincialato y por la primera vez un provincial de España, hombre de mucho crédito, que asentase y dejase corrientes estas cosas, trajesen juntamente orden de su general para que, por ahora, se guardara la misma alternativa en ocho o diez prioratos y vicarías de los conventos principales y en las lecturas y púlpitos de los monasterios y colegios de la ciudad de México y Los Angeles, o que por algún otro medio se dispusiera precisamente el efecto referido. Previniéndose con cuidado que los frailes de Castilla fuesen sujetos muy hechos y muy merecedores de tales puestos, o no enviarlos acá, porque viniendo solas las personas que acudan a ponerse en lista y memoria y convidarse, que comúnmente son los más contentos de sus prelados o el deshecho de sus provincias, es multiplicar inconvenientes, con sentimiento de los criollos y gastos de S. M.

Hice mención en este capítulo de los colegios que tiene esta religión en México y ciudad de Los Angeles, no habiéndolo en México hasta ahora poco antes que yo saliese del gobierno. Se fundó entonces uno con nombre de Portaceli en unas casas que por costado responden a la plaza del bolador, adonde también tienen otro costado las casas reales, en frente del cual queda dicho colegio; tomando el tercer lienzo de esta plaza, que corre entre el uno y el otro, la fábrica y edificio de las escuelas reales, adonde se capituló que hubiesen de ir y cursar los frailes colegiales además de las lecciones de su colegio. Dimos licencia para la fundación, yo en nombre de S. M. y el ordinario, justificándose por autos la necesidad que la orden tenía en aquella provincia de hacer colegio en México, sin que le bastase el de San Luis de la ciudad de Los Angeles, por causas que dieron con esto; asimismo de competente dotación que a este nuevo se le hizo por el convento de Santo Domingo de México, partiendo con él un pedazo de sus rentas, además de cierto legado y manda que había dejado una difunta rica, para esta obra pía y fundación señaladamente. Y yo no tuve por prohibido el dar esta licencia el gobierno, por cédula real que lo excluye en cuanto a los conventos de los religiosos, por no ser de monasterio esta fundación, ni con iglesia, ni capilla a la calle, ni tener ocasión de mendigar, y más en particular por ser preveimiento necesario y favorable al ejercicio de letras en una orden que profesa esto tan principalmente; y por haberse confirmado y exteriorizado en el Consejo un auto de declaración y licencia que yo proveí en semejante caso y en contradicción de partes, sobre la fundación de un colegio de los carmelitas descalzos.

En lo tocante a la orden de San Francisco, que tiene en la Nueva España la provincia del Santo Evangelio en México y la de los Apóstoles en Michoacán y Jalisco, parece que ambas provincias se han ido extendiendo y mostrando las parcialidades de criollos y nacidos en Castilla. Y como yo he escrito al Consejo, nunca antes de ahora han sido gobernadas de provinciales criollos, aunque lo es ahora en la de Michoacán Fray Diego Muñoz, hombre muy religioso y de muy buena cabeza y gobierno, y a mi parecer desasido de negociaciones y de intentos particulares. Y en la provincia del Santo Evangelio aun para definidores y guardianes de los conventos más principales no se solía echar mano de los criollos, o muy raras veces.

De poco tiempo a esta parte se fue esto mitigando en cuanto a estos oficios postreros, porque entraron en ellos algunos nacidos en la tierra, y parte de ellos frailes de aventajada virtud y sujeto, y se fue alargando la mano en recibir novicios de México. Con lo cual, y haberse comenzado a esforzar mucho en la orden de Santo Domingo la parte de los criollos, y apoderarse en la de San Agustín del gobierno, prioratos y lectorías, sin quedarle contradicción ni casi religiosos de España, al menos en caso considerable, por la muchedumbre que se fue recibiendo de criollos, parece que se pusieron en cuidado los prelados de la orden de San Francisco para recatarse del mismo suceso. Y queriendo prevenir de raíz en el remedio, se pidió y trajo un acta del capítulo general u orden de su general para que no se pudiese recibir novicio de menos de veinte y dos años, con que entendieron por buen discurso que se atajaba la multiplicación de los hábitos que se daban a muchachos hijos de vecinos de México, por el mayor calor que mostraban de devoción algunos de ellos en aquella edad que en la de más adelante. Y de sus padres este acta se contradijo poderosamente por la parcialidad contraria, y por la ciudad de México, y se alcanzó del General Fray Francisco de Sosa la revocación de ella.

Y después los prelados trataron de que se escribiese a S. M. en el Consejo que había necesidad de frailes de España para la provincia del Santo Evangelio hasta en número de ciento. Y de hecho hicieron el despacho, habrá un año o año y medio, sin que el provincial y definidores le diesen, afirmaba un definidor que era nacido en la tierra, o al menos sin que le hubiesen comunicado las conferencias y acuerdos de este negocio y la sustancia de la carta, en que por ventura usaron de mafia, aguardando tiempo de ausencia o impedimento suyo. Y para mover a S. M. y a mí, que era virrey, para que escribiese a S. M. en favor suyo, se valieron de representar que, con las nuevas congregaciones de indios donde se habían de poner ministros residentes, les resultaba en el distrito de sus doctrinas nueva necesidad de sujetos y que no tenía la provincia número bastante de gente para proveerlos. Con todo, no me acuerdo de haber escrito yo al Consejo, porque les pedí ciertas memorias de los frailes de su provincia, con declaración de los que eran sacerdotes y de los monasterios que tienen a su cargo, y por no poder saberse por entonces sino los conventos antiguos y no las casas de residencia, filiación de estos que se habían de fundar en las nuevas congregaciones, me fui deteniendo.

De estas cartas se fue derivando algún rumor y muchas quejas entre los frailes criollos, por ser odioso en provincias tan calificadas el enviar a Castilla por frailes, cosa que sienten mucho aún los religiosos nacidos en Castilla; y poderse por esta razón formar sospechas en este caso por los criollos, de que el acomodarse a esto los demás no era por inclinación que tuviesen a ello, sino por recelo que tenían de los nacidos en la tierra y por hacer mayor esfuerzo para excluirlos del todo.

Sobre esta disposición de los ánimos se celebró capítulo intermedio cuando el Virrey Marqués de Montesclaros estaba conmigo en Otumba. Y habiendo pasado algunas leguas adelante, pero no entrado aún en México, vino por duplicado la tabla de aquel capítulo que acostumbran a enviar al virrey, y se dio un tanto de ella en el camino al marqués, y otro a mí en Otumba donde yo había quedado. Y entre los guardianes nombrados para guardianías vacas venían muchas personas poco conocidas, que me hizo alguna duda en si serían de los mejores y más beneméritos, pues es cierto que si no es algunos frailes muy raros que por ser hombres santos dejan hundir, hay pocos que tengan partes y los dejen estar al rincón y sin tener noticia de ellos.

Como luego, la voz que los criollos habían quedado muy ofendidos del provincial y definidores y del comisario general, Fray Diego Caro, que presidió a aquella congregación, de que habían dado muy pocas guardianías a religiosos nacidos en aquella tierra, y dejado sin ellas a algunos sujetos de grandes partes y aprobación, con que se daba claro a entender el huir de ellos. Esta sospecha se hacía verosímil con haber nombrado a muchos, como apunté, que nunca habían tenido guardianías, y se podía temer que viniesen echando mano de ellos por excusarse de elegir criollos. Se vertió esta queja, y llegó al virrey marqués, y a mí que ya había cesado en el gobierno.

Y los prelados dieron sus excusas, que la principal era haberse dado a criollos muchas de las guardianías, que no sé si eran como la tercera parte, y que no había tanto número de sujetos nacidos en la Nueva España a quien se debiese el gobierno de conventos que se pudiese extender a más con ellos; y que de algunos pocos que se reparase en quedar sin puestos, no se había de tomar tan estrecha residencia a los prelados que hubiesen de dar cuenta de las causas que los movían. Se habló mucho en esto por los frailes de ambas parcialidades, y por ventura con alguna libertad.

Mas lo que principalmente dañó fue que teniendo enredada toda la ciudad de amigos, y los criollos en particular no sólo de amigos sino también de padres y hermanos y deudos, se extendió la plática a la gente seglar. Y entre ella se derramó voz de que los prelados hacían informaciones secretas en razón de que los criollos eran de natural insuficientes e incapaces para gobernar. Escandalizó mucho esto en México por estar poblada en común de gente criolla, y lo mismo en gran parte los cabildos eclesiásticos y seglar, y el claustro de la universidad, y aun casi todos los monasterios y colegios religiosos. Con el dolor y con la desconfianza, cargaron el juicio más de lo justo en dar crédito a estas relaciones y en tratar del remedio. Y a lo que decían, se encendieron las lenguas de ambas parcialidades con más libertad y desconcierto de lo que conviniera. Y acudieron los nacidos en la tierra a las comunidades dichas, o a algunas de ellas, y particularmente al cabildo de la ciudad y al virrey marqués, y a mí. Y lo mismo la parte de los prelados y definitorio, negando ésta siempre en lo que a mí me dijeron las informaciones, ni pasarles por pensamiento tal cosa, y justificando su modo de proveer en lo demás con diversas razones.

Y si el recurso de la ciudad fuera sólo en razón de queja, no me hiciera novedad, mas me dieron cuenta de que querían hacer informaciones de abono en favor de natural y suficiencia de los criollos, para calificar sus talentos con S. M. y el Consejo para todo género de dignidades y oficios, en reparo de la oposición que decía hacerles por escrito e información los prelados de dicha orden. Y enviaban a tentarme por un regidor con un recado muy cumplido para ver si yo quería disponerme a declarar como testigo en las informaciones. Yo me descarté luego de esto, con darles a entender que acababa de ser su virrey, y que yo y los que lo hubiésemos sido era verosímil haber escrito al Consejo lo que sentíamos del talento de los nacidos en la tierra, y a más propósito el escribirlo también ahora que no deponer judicialmente. Y cuanto a lo principal, procuré sosegarle, y por su medio al cabildo, persuadiéndolos a que sería mentira lo que les habían dicho; y cuando fuera cierto, era un desvarío muy desconcertado y no digno de hacer de ello caudal, mayormente por cabildo y ciudad, la cual se ofendía, a mi parecer, en tratar de informaciones de abono ni mostrar que les pasase por la imaginación ser necesaria tal diligencia. Además, que si miraba en la poca fuerza de ella, vería que su principal estribo habría sido y sería el crédito que les viniesen dado o diesen las cartas de los virreyes y visitadores. No le sentí al regidor divertido del intento de su cabildo. Y yo siento que si me hallara en el gobierno, hubiera de haber procurado con mucha instancia quietarlos; y lo mismo que los prelados y definitorios de San Francisco dieran su satisfacción a la ciudad en esto, y algunas excusaciones a los frailes principales de los nacidos en la tierra, y aun acompañadas de algunas guardianías de las provincias, y buenas palabras con ello; y que todos por ahora se pacificaran e hicieran amigos, y según lo que tenía conocido la gente, me parece que acudiendo a ello a buen tiempo lo consiguiera, con el favor de Nuestro Señor.

Cuando partí, no estaba apagado este fuego, sino que iban, según entiendo, adelante las informaciones de abono del cabildo. Y por parte del definitorio de San Francisco se me enviaron dos religiosos graves a Cuernavaca, villa del Marqués del Valle, a darme razón en sí en esta materia, y pedirme que yo escribiese a S. M. lo que sintiese ser verdad en sus defensas. Colegí que había llegado el negocio a imputarles que han querido poner dolencia e inconveniente para el servicio de S. M. y seguridad de la tierra, en que las guardianías y el gobierno y provincialato de su orden y de las otras caigan y estén en criollos, siendo tanta parte en esta tierra con los indios los ministros de doctrina que pueden con ellos todo lo que quieren. Y los comisarios o diputados, aunque negaban haber cargado en mal sentido cuanto a esto a los criollos, apuntaban algunas razones y consideraciones para apoyar aquel dicho cuando fuera cierto.

Finalmente, era una gran llama la que yo dejé encendida, y que por algunas circunstancias de estas, y haberse derramado a todos estados de gente, es de las peores y más peligrosas que hubo allá en mi tiempo. Y que por lo que me ha mostrado la experiencia que tengo de las Indias, conviene mucho atajarlas, y que S. M. mande que el Consejo baraje esta plática y los papeles e informaciones de ella que a él se enviaren, mostrándose confiado de la gente criolla y satisfecho de sus talentos en general, ya que no se hiciesen de intento algunas provisiones en ellos con este fin ahora, lo cual tuviera yo ahora por muy acertado; y que se responda a la ciudad que dejen en paz a los prelados de las órdenes hacer sus oficios; y que a los de éstas se ordene templen y comparta bien el repartimiento de los oficios, honrados y estimando mucho a los criollos que se aventajaren, y que traten esta materia con atención al sosiego de la orden y de la ciudad, como verdaderos capellanes de S. M. y de quienes siempre ha recibido servicios y hecho mucha confianza.

Es bien que entienda el Consejo que ha ido la población de México en gran aumento, y se cree que debe de haber crecido una cuarta parte el número de las casas de españoles. Y en cuanto a las pías y de religión ha habido lo que en este capítulo me ha parecido informar.

En los años que goberné en la Nueva España, se fundaron de nuevo los colegios de Portaceli de la orden de Santo Domingo, y de Santo Angel de Carmelitas Descalzos, que quedan con dotación competente y en casos de mediano edificio de prestado. Se fundó el monasterio de monjas de Santa Inés, de razonable edificio, que dotó ricamente Diego Caballero, que es un mercader muy grueso y que ahora vive retirado de negocios de comercio, y les deja un ingenio de azúcar y otras cosas, con que se presupone que podrá sustentar cuarenta o cincuenta monjas, las cuales manda que sean pobres huérfanas e hijas de buenos padres, todas recibidas sin dote. Otro monasterio de descalzas franciscas fundó Doña Catalina de Peralta, mujer principal y viuda, con una competente dotación y de edificio aventajado entre los conventos de monjas de aquella ciudad. Asimismo, fundaron el Oidor Dr. Santiago de Aiego y unas hermanas de su mujer otro monasterio de monjas de la advocación de San Lorenzo Mártir, de que no había hasta ahora iglesia alguna en aquella ciudad. Fue suficiente para estos principios, así la dotación como el edificio, al respecto de otros de México y a una mano, gente calificada las religiosas que entraron para fundar, y entre ellas las propias que lo dotaron. También se fundó estos años, con edificio de muy gentil fábrica, un hospital por un mercader grueso que se llama Alonso Rodríguez del Vado, y no tiene hijos. Tiene hecha donación irrevocable para después de sus días, por vía de dotación, a este hospital de toda su hacienda, y le nombró del Espíritu Santo.

En la fábrica que se iba prosiguiendo cuando vine, en la iglesia nueva de la catedral y metropolitana de México, se debieron levantar los pilares de tres partes que habían de tener la vía, y porque fue la postrera estaban muchos días antes que yo saliese del gobierno en ... [en blanco] y ... [en blanco] como tres o cuatro de las capillas y hornacinas que lleva por los lados.

Las escuelas de la universidad real tenían edificado un lienzo de generales con corredor, y comenzaba el segundo para hacer patio. Se acabó éste y los dos restantes, ciñendo el patio que quedó muy hermoso de grande y desahogado, y de muy buen edificio y con buenos enlosados y muy lindas azoteas enladrilladas. Y sobre un general mandé fabricar capilla de bóveda que queda ya al cabo, y muy ennoblecida aquella universidad con esto, y con haberse consultado en mi tiempo al Consejo, y respondiendo favorablemente la duda de la situación de los 3.000 ducados de renta que S. M. le hizo merced para dotación de las cátedras, cuyos salarios eran sólo de nombre y no se pagaban, como se pagan desde entonces.

Me hallé a poner la primera piedra en la iglesia que S. M. mandó edificar a sus expensas en el monasterio de Jesús María de su real patronazgo, y se levantó de muy buena traza y linda fábrica hasta estado de poderse cubrir, como se hubiera hecho, si no parara la obra, por falta de alguna cantidad de dinero y no de maderas, porque esas ya están cortadas y almacenadas casi todas y cedro. Falta el cubrirse y enrejarse el retablo de que se avisó a S. M. habrá dos años.

Acabó el convento de San Francisco, gran parte que le faltaba de la iglesia nueva, con muy hermoso retablo y una gran torre, cubierto todo encima de plomo por afuera; y salió de los mejores templos de la ciudad, y se pasó el Santísimo Sacramento a él el año antes que yo saliese de allí.

En el mismo estado de buenos principios hallé la iglesia nueva de un principal colegio y de gran importancia que tiene la Compañía de Jesús. Y quedó ya en ella el Santísimo Sacramento con solemnísimas fiestas que hicieron aquellos padres, en que pareció el edificio maravillosamente, por ser muy fuerte y de gran frescura por dentro, y de bóveda, que es cosa nueva en aquella ciudad, y por llevar dorados y matices de colores.

Hallé comenzada y muy bien la obra del colegio de San Pablo de frailes agustinos, y queda casi acabado, lo que es la casa, que es grande y de muy excelente edificio.

Encaminé con mucha instancia, que para ello fue menester, que la ciudad de México diese orden en reedificar la iglesia de San Hipólito, su patrón, que está fundada en el hospital de los convalescientes y estaba por el suelo, sirviendo en su lugar con gran indecencia una sala de la enfermería para los oficios de aquel día, que es solemnísimo y de gran concurso. En fin, apretándolos, acudieron a comenzarlo con limosnas que procure que se juntase en México y fuera, siendo la primera la que la propia ciudad con sus muchas cargas y deudas, y yo con las mías, pudiendo socorrer. Y quedan bien emplazados sobre la tierra los fundamentos de aquel edificio, que va muy bueno y trazado de buena obra y maña, y de moderado y competente tamaño; y enviada a S. M. particular relación de lo que en todo se hizo, y de la necesidad y justificación que tiene el favorecerse aquello con la real mano mediante algún socorro crecido, y de dónde y cómo se podrá hacer.

Queda como en la mitad de su edificio, que es muy excelente, la iglesia nueva de la casa profesa de la Compañía de Jesús, que se levantó cuando yo comencé a gobernar. Y el convento principal de los descalzos carmelitas, en que todo era viejo y de prestado, hizo en mi tiempo en lo que es la habitación de dormitorios y celdas muy gran parte de la casa, o lo más de ella. Y asimismo, los descalzos franciscanos, e iglesia a su modo y mayor de lo que suelen usarlas, en que queda acabada la cantería y cortadas las maderas o mucho de ellas. El convento de los frailes mercedarios que se fundó para colegio antes que yo viniese, y estaba en una casilla pobre y estrecha, se ha ensanchado de sitio y se ha trazado y comenzado a labrar la iglesia, en cuya primera dedicación me hallé.

En San Juan de Letrán, que es un gran colegio de niños huérfanos del Patronazgo Real, hallé unos paredones viejos sustentados con puntales, a gran peligro de matar los muchachos, cayéndose. Vino a caerse a tiempo que de lástima yo había puesto la mano en reformar la cuenta y razón y gobierno de la casa, y comenzado a edificar. Se les labraron dos cuartos nuevos de buen edificio y muy alegre y a propósito para la vivienda.

El hospital real de los indios estaba acabado y corto de dotación en la mitad de lo que el gasto monta un año con otro. Se suplica de limosnas alguna parte, pero andaba siempre alcanzado, y lo mismo ha sido en mi tiempo, aunque con algún alivio, por la limosna que S. M. le hizo, de aplicarle 6.000 ó 7.000 pesos que monta la restitución de los tributos demasiados que correspondieron a los diez días del cómputo. Le hice merced, poco ha, en nombre de S. M., por juro de heredad para aumento de dotación, del teatro de las comedias y venta que se hiciese dentro del patio de ellas, de cualesquiera cosa de comer y de beber, y todo con estanco y prohibición para otros de que le metí en posesión. Y se entiende que le metí en posesión. Y se entiende que le valdrá cada año otra tanta renta como la que tenía.

Estas fundaciones, edificios, y mejoras de los templos y casas pías y de religión son las que me ocurren ahora a la memoria haberse hecho desde que entré hasta que salí de aquella ciudad, no haciendo caudal de las más menudas que se hicieron en Santa Mónica, el hospital de los desamparados, y otras partes.

Se ayudó todo ello importantísimamente con el servicio de gente que les di con la autoridad del gobierno, para facilitar el intento y para evitar que por otros medios no interviniesen violencias y vejaciones de indios, como suele haber a veces en obras semejantes, al menos en ausencia del virrey. Y no teniendo socorros por vía permitida para esto, reduje a un cuerpo los indios de servicio, que les solían dar los virreyes a cuatro, ocho, diez o doce, que una vez dados se iban prorrogando muchos años y los tenían como por indios suyos. Y se formaron cuadrillas de a diez, veinte y treinta de un mismo pueblo, como pareció, y ésta se les daban unas temporadas unos y otras a otros; y según la mayor vigencia de la necesidad e importancia de la obra eran preferidos en anteponerlos, aunque con cuidado de que todos gozasen a veces; y conforme a la calidad de lo que de próximo se había de edificar se arbitraba el darles cuadrilla más o menos numerosa y por más o menos meses. Y cumplidos, era muy raro el prorrogarlo, porque hice fuerza en esto, y en que no se diese gente a quien no satisficiese de que no tenía juntos los materiales, salvo si la pedía para cortar madera o sacar piedra y navegarla por las acequias de la laguna, y entonces se le daba para esto sólo hasta que estuviese el material en México. Y también se les apercibía que se valiesen a prisa de su libranza o mandamiento de indios, porque desde luego se consignarían otra obra para en cumpliendo el tiempo en aquella, como se hacía con efecto. Y les visitaban las obras para ver cómo eran tratados los indios y cómo aprovechaba la casa la gente y el tiempo y si lucía la obra, para no darlos adonde no se hallase buen cobro en lo uno y en lo otro. Resultó de aquí el hacerse mucho en cada parte y sin continuarse la servidumbre de unos propios indios en un mismo año; que ambas cosas corrían muy diferentes antes, dándose poquitos y por muchos años.

Cesó esta orden con alzar el repartimiento, pero en los alquileres públicos les mandé dar prelación de los vecinos. Y por la misma forma se distribuían entre los edificios de obras pías las permisiones de alquilar, como primero se solía en las libranzas o mandamientos, de manera que no siempre se pudiese alquilar para una misma obra de ésas. Ni, cuando les fuese permitido, se pudiese llevar a ella más número de indios que el señalado.

Guarde Dios la católica persona de S. M. Hecho navegando para el Perú, a postrero de abril, 1604.

El Conde de Monterrey.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 2, 1977, pp. 216-230.