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Siglo XVII > 1600-1609 > 1604

Carta de Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey, sobre cosas tocantes a la guerra.
Abril 1604

Ya avisé a S. M. en el segundo capítulo de la carta de materias de guerra fechada en Otumba el 19 de noviembre del año 1603, cómo había aceptado Francisco de Orinola el título que le envié de gobernador de la Vizcaya, y cuán bien había comenzado a ejercer y las esperanzas que yo tenía y tuve siempre de la importancia de su persona para aquel gobierno.

Y propuse a S. M. que se sirviese de continuarle en él o siquiera por otros dos años sobreseyendo la provisión de este oficio, y referí allí sus partes y calidades. Ahora dice cómo llegaron avisos suyos después. y ciertos testimonios de que prosiguiendo en asentar y afirmar la paz de aquellas provincias, visitó algunos pueblos. Y junto con dejar congregados y quietos a los indios, hizo particular pesquisa de los que habían sido principales delincuentes y causantes de la rebelión pasada y los que fue entresacando, prendiendo, y castigando en forma de juicio, de manera que por este medio fue dejando más confirmadas segura la paz y sin sospecha de ninguna alteración. Porque según los motivos y pareceres del mismo gobernador y de todas las personas de aquella provincia sólo faltaba esta visita y castigo.

Y yo siento como antes que todavía importará mucho a la quietud y conservación de la paz de aquella provincia y aún para otros buenos efectos del gobierno la asistencia de este gobernador, siquiera por un par de años como advertí al nuevo virrey, y que S. M. le mande dar gracias por lo servido para que mejor continúe y se anime.

2. En otra carta mía suelta que escribí a S. M. desde Suchinla el 30 de noviembre de 1603, dije cómo habían llegado las naos de Filipinas y que quedaban otras dos atrás, y en suma los avisos que traían.

Y envié a S. M. duplicado de la carta más fresca que tuve de Don Pedro de Acuña, remitiendo lo demás para el segundo aviso. Estas dos naos que quedaron atrás se fueron tardando en llegar al puerto algunos días y como estas mismas habían arribado el año pasado, se comenzó a temer mucho lo mismo u otra desgracia. Fue Dios servido traerlas con bien y entraron el 15 ó 16 de septiembre, y yo fuí recomendándole cada una todos los despachos que traían por venir sobre escritos para mí. Y como el gobernador y yo habíamos platicado mucho cuando pasó por aquí, en razón de las cosas de aquellas provincias, y quedamos muy de acuerdo en la correspondencia de las naos y socorros, vinieron sus cartas y relaciones de la disposición y necesidad de aquella tierra muy amplia.

Y por estar ya fuera del gobierno, viendo los pliegos, los envié al virrey marqués apuntando en cada capítulo lo que me pareció de advertir, y lo que yo hiciera si me hallara en el gobierno. Y porque el marqués no sólo habrá proveído en todo lo necesario sino dado cuenta a S. M. de lo que conviniere, sólo diré yo lo que me parece que él no querrá ahora tocar por la falta de la experiencia y lo que debo acordará S. M. en satisfacción de lo que me pide Don Pedro.

3. Por los despachos que envía a S. M. el Gobernador Don Pedro de Acuña se entendrá la venida a Manila de aquellos dos mandarines del rey de China y el cuidado y vigilancia con que él quedaba, previniéndose para cualquier suceso impensado. Para lo cual enviaba pedir buen socorro y anticipado, presuponiendo que cuando no viniese a ser necesario para aquel fin, lo sería para acabar de castigar de una vez a los Mindanaos que tantos daños y robos hacían cada día, y se excusaría con esto un gasto tan grande y ordinario como en ellos se tenía sin ser de provecho.

Y señaladamente pedís artillería y que de acá se le fuese proveyendo de este género, y que para ello sería muy a cuento el fundirse en Acapulco. Sobre esto último informé largamente al marqués por tenerlo por negocio de importancia y en lo del socorro presente lo solicité para que se hiciera muy temprano, entendiendo que así convenía aunque no fuese tanta gente en especial, que aunque por las primeras cartas de Don Pedro el virrey se inclinaba a enviar 400 hombres, después en otra que le envié y recibí se declaraba en contentarse con 150. Y así fue este número más a mi parecer un poco tarde porque si bien dificultó mucho en creer que el chino venga sobre Manila, entiendo qué habiendo de ser vendría temprano.

4. Por dichos pliegos que ahora van de Don Pedro de Acuña, verá S. M. como asimismo aportó a los Malucos aquella armada que salió por la India a cargo de Andrés Hurtado de Mendoza con designio de tomar aquella fuerza de Terrenate y el socorro de gente y armas que pidió a Don Pedro y le envió. Y que habiéndola cercado y situado le fue fuerza levantar el cerco por las causas que se refieren.

A mí me escribe Don Pedro la imposibilidad que tendrá aquel intento por la India y aun la conservación de la cosa y las muchas dificultades que en ello se ofrecen, y que lo que ahora se ha hecho no había servido además de hacer daño a aquellas islas, y que así convendrá que S. M. las mande socorrer con mucha brevedad. Yo no he querido dejar de tocar esta plática aquí para sólo suplicar a S. M. mande que si no se ha proveido en el consejo sobre lo que ahora dos años escribió Don Pedro y yo también acerca de esta jornada del Maluco, deseando el que vuestra merced le cometiera la empresa, se revea y provea lo que convenga, advirtiendo que cada día oigo mejor sentimiento en los hombres pláticos de aquellas partes.

En cuanto a la importancia de ella y buenas esperanzas si hay secreto y en el de rey de Terrenate poca prevención de avisos, y también me escribe el gobernador que había llegado voz de que S. M. mandaba hacer jornada a su costa para la conquista del Reino de Camboxa. Y maravíllase mucho pareciéndole que no es cosa de sustancia ni importancia lo de aquel reino, ni que llegue a tener comparación con esto de Terrenate.

Su Majestad mandará ver sus despachos y determinará en todo lo que más convenga, que como la materia no cae tan de lejos no puedo tener en ella ningún parecer ni servirán a estos renglones, además que de solicitar la memoria y de avisar el concepto que dice tenerse por acá de la conquista de Terrenate y que es poco el que veo tener de lo de Camboxa a algunas personas que oigo hablar en ello, inteligentes del mar y de las cosas de aquellas islas.

5. Cuando el Gobernador Don Pedro de Acuña estuvo en México me comunicó que según las relaciones que tenía de Filipinas colegía que la más importante defensa que podría haber para su conservación y particularmente para el castigo y temor de aquellos reyecillos comarcanos que le hacían guerra e inquietaban con robos y otros daños, sería la de un par de galeras o de galeotes por ser todo aquello islas. Y le parecía que ayudándole yo de este reino con los galeotes que se condenan en él y solían enviarse a España, podría él valerse allá de algunos esclavos joloes o de aquellos morillos naturales, alquilados, y comenzar desde luego a armar una o dos.

Parecióme bien lo de las galeotas por lo que colegí de las conferencias de algunos hombres prácticos de allá que con él lo comunicaron en mi presencia, y no lo de las galeras, llevó entonces consigo un razonable golpe de dichos galeotes. Y el siguiente año le envié también todos los que se condenaron, y sentí que no sólo en esto se acudía al bien de aquellas islas como se representaba, sino al de este reino porque no dejaba de causar temor y escarmiento en la gente perdida y delincuente el ver que hubiese en aquellas islas necesidad de este servicio de remo, y que de aquí se hubiese de proveer. Aunque también tenía yo cuidado de advertir a los alcaldes reparasen mucho en la justificación de las sentencias porque vine a entender que procedían algo animosamente en algunas causas, o por ser poco el cuerpo de las culpas o por pedir más audiencia y esperar las defensas.

Escriba dicho gobernador que a todos estos forzados habían llegado a muy buen tiempo y que con ellos y otros que por aquellas islas había él recogido, y algunos prisioneros, se podían armar dos galeotas de que estaba muy contento, y me pedía continuase con el cuidado de esta provisión. Y así yo le avisé al marqués y que sería mucho al servicio de S M. la favoreciese, pero con el grano de sal que he dicho, y he tenido por acertado informar de ello a S. M. para que mande encargarles lo uno y lo otro, y en especial la justificación, porque de lo otro creo que no les faltará cuidado al virrey y a los alcaldes que allí quedan.

6. Como tengo avisado desde ahora a S. M. yo no pensaba el dar licencias a personas que querían pasarse a avecindar a aquellas islas para llevar alguna moderada cantidad de dinero que manifestaban por su hacienda con hacerles obligar de residir y avecindarse en ellas algunos años, según la cantidad de dinero, y esto fuera de la autorización de los quinientos mil pesos que S. M. tenía permitido se pudiesen pasar cada año procedidos de mercaderías de los vecinos de Manila.

Pareciéndome que esta partida no debía entrar en aquella cuenta, y tuve siempre este arbitrio por importante y conveniente a bien de aquellas islas por supuesto que S. M. no sólo no manda estorbar el pasaje a ellas a los que quisieren sino que antes se procure, y a los que pasaren casados se socorren porque siendo esto así y no hallo razón para que el que tuviese alguna hacienda la dejase en la Nueva España.

Envié a manos de Don Pedro duplicados autorizados de las obligaciones que hicieron de asistir personalmente por diferentes temporadas, unos de diez años y otros de menos sin bajar de cuatro, y le escribí pusiese cuidado en el cumplimiento de ellas, como quedamos de acuerdo. Y respóndeme ahora lo mucho que ha tenido y tendrá y que con las demás personas no obligadas por este camino que allá hay piensan usar de mucha liberalidad en la vuelta acá para que sin este temor puedan mejor otras aventurarse a ir allá. Y yo tengo estos dos medios por muy importantes para la población y conservación de dichas islas, como el gobernador también parece que las juzga por tales.

S. M. mandará ver si acerca de ello hay que enmendar y lo mismo en las licencias para enviarse dinero de dotes legítimas, mejoras, causas ejecutorias y otros semejantes títulos de los hospitales, conventos y personas particulares que yo di alguna cantidad de ellas, como lo avisé a S. M., y no sé por qué derecho se puede excluir esto ni si el nuevo virrey en esto último ha tenido demasiado la rienda, no siendo ello lo que descompone la orden de S. M., sino el dinero contrabando en que no sé si han vencido este año los mercaderes con cautelas mayores a la que el marqués puso, que fue conforme a la que yo introduje el año pasado, ni si han de venir ahora de Manila las nuevas que de aquello resultaron, que fue de haber ido poquísimo dinero en las naos, fuera de lo permitido.

En lo que entiendo que trabajó el marqués mucho en procurar que se averiguase qué cantidad de haciendas de Manila tiene cada mercader de los que piden licencias, y si parte de las cantidades les pertenecen a ellos mismos. Muy cortas esperanzas tengo de que esto se pueda deslindar, presupuesta las compañías secretas y perjuicios y siempre por el más razonable medio, aunque en todo hay oscuridad, el que les ofrecí al gobernador y audiencia de Manila, que cada año informé al virrey, por lista de los vecinos, el caudal que se presume tener cada uno por suyo propio y la parte que verosímilmente podrá tener acá, y que el virrey se gobierne por allí en las licencias y se excusen los juramentos en que corre gran peligro. Y esto me parece que debería S. M. ordenar.

7. En los despachos del año pasado escribí a S. M. a pedimento de dicho gobernador, le mandase S. M. enviar dos maestros vizcaínos de hacer navíos, de que tenía mucha necesidad. Lo mismo me torna ahora a pedir, y así lo vuelvo a acordar a S. M.

8. Sobre el estado de las obras de San Juan de Ulúa tengo escrito a S. M. bien largamente en diferentes despachos, avisando lo que se quedaba haciendo y ejecutando de ellas, entretanto que S. M. se servía de mandarme responder a lo que allí consultaba para las demás, pues sin respuesta de S. M. no podría ya hacerse otra cosa, ni tampoco habría acá orden para los gastos. Y particularmente escribía S. M. toda la razón de estas obras en carta de materias de guerra del 18 de abril del año 1600, en el capítulo 50 de ella, y en otra de las mismas materias del 24 de mayo, en el 50 capítulo, y después en otra carta también de materias de guerra del 12 de diciembre de 1600, en el 10. capítulo de ella volví a referir lo mismo y a suplicar a S. M. se sirviera mandar tomar resolución y responderme por qué todas las cosas quedaban suspensas sin haber cosa en qué poder poner mano sin dicha orden.

Porque lo que era el terraplén de la torre vieja que por obra más forzosa y necesaria se había comenzado, quedaba ya acabada. Y he querido volver a hacer aquí este recuerdo a S. M. para que se sirva de mandar se vean mis cartas y capítulos dichos, por si conviniere enviarse resolución a mi sucesor de lo que sobre todo tengo consultado, respecto de ser tan importantes todas estas materias y no habérseme respondido más que el recurso del aviso tocante a la torre vieja.

9. La fundición de algunas piezas de artillería que se estaba haciendo cuando partió la flota, se acabó. Fueron doce las piezas, dos de ellas culebrinas de a 80 quintales cada una y otro de a 60 y de dos medias culebrinas, y las restantes fueron de menor cuenta para que se enviasen a San Juan de Ulúa, de donde yo hice sacar ocho para que por el mar y el río de Guacaqualco y por Tehuantepec se llevasen a la nao en que yo hubiese de embarcarme para el Perú, para alguna seguridad y decoro de mi persona y pasaje.

10. También me escribe, entre las demás cosas, Don Pedro de Acuña la partida de las dos naos que el año pasado salieron de aquellas islas para este reino, las cuales habiéndose apartado e ido una, que fue Jesús María, a arribar en un puerto del Japón, acertaron después ambas en un mismo día a arribar a aquel puerto de Cavite. Y me dice que si él tuviera allá los avisos que después le envié del descubrimiento que había hecho Sebastián Vizcaíno de los puertos de este Mar del Sur, y particularmente de aquel que puso por nombre Monterrey, que está en 37 grados escasos, que es el más conveniente según lo que trae averiguado de él dicho Sebastián Vizcaíno, de lo que se podía desear al intento que se llevaba de que las naos tuviesen donde repararse y abastecerse de agua y leña y árboles sin serles necesario arribar a ninguna parte, respecto de que aquel paraje les viene más a propósito que otro ninguno, y les es forzoso el reconocerle que sin duda no arribaría porque trajeran los pilotos noticias de él y allí se hubieran reparado.

Yo ya tengo escrito bien largamente a S. M. de este descubrimiento y enviado las demarcaciones y relaciones que de él trajo dicho Sebastián Vizcaíno, pero he querido tocar a propósito esta materia aquí respecto de que como consulté también a S. M. yo había proveido por general de las naos del viaje este año a dicho Sebastián Vizcaíno, y nombrado en algunos oficios de mar y guerra a otras personas que con él fueron a este descubrimiento. Todas eran bien capaces de los nombramientos que le dí, llevando en esto no sólo intento de gratificarlos en nombre de S. M. de los muchos trabajos y riesgos que habían padecido, como era justo y yo se lo debía por habérselo ofrecido antes de su partida, que no fue pequeña parte para la resistencia y perseverancia y trabajos con que continuaron, pero también lleve de que de vuelta de viaje diesen principio a entrar con las naos en aquel puerto o puertos que descubrieron, y que quedase ejecutado y puesto en uso lo que tanto se había deseado hallar y descubrir.

El nombramiento de general y de un capitán le había yo hecho pocos días antes que llegase acá la nueva de la provisión de mi sucesor, y el de algunos pilotos y otros oficiales después. Pero luego como el virrey desembarcó, se declaró en que traía consigo a Don Diego de Mendoza, tío de la marquesa y asegurado con palabra que lo había dado en España de nombrarle en plaza de general de este viaje, y que así no podía excusarse de cumplírsela porque entonces tuvo por muy seguro le tocaba este nombramiento sin poder prevenir el accidente que en él hallaba. Lo mismo hizo después en las demás plazas.

Y a mí no me pareció hacerle en esto más réplica que informarle de la importancia que tenía la ejecución de este descubrimiento y cuan a propósito venían a ser la persona de dicho Sebastián Vizcaíno y las demás para el efecto, por tener todos ellos experiencia y dureza, particularmente Sebastián Vizcaíno. Posible será que hasta el mismo Don Diego de Mendoza y los otros nombrados pero que recelase algo de la salud de Don Diego para detenerse en aquel paraje por ser frío, sino es a necesidad forzosa.

En este descubrimiento se puso el cuidado que S. M. habrá visto, además de haber costado un buen golpe de hacienda y de vidas. Juntándose a esto la mucha importancia que tiene del servicio de S. M. y bien público y común de estos reinos, y que con tantas veras se ha procurado, me hallo muy obligado a desear salga a luz. Y por otra parte, no puedo dejar de tener y sentir que la cosa se errase o dilatase, ya por lo menos que está apuntado, o por falta de experiencia y noticias, y que viniese a desacreditarse o por ventura a dejarse. Y por esto he querido suplicar a S. M. mande que el consejo esté advertido para que en cualquiera que de estos casos se ordene y mande que no se quede esto en banda sino que se reconozca y tomen aquellos puertos, y que con efecto se haga la experiencia de ellos.

Guarde Dios la católica persona de S. M. hecha navegando para el Perú, a postrero de abril de 1604.

El Conde de Monterrey

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 2, 1977, pp. 231-236.