Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

      1690-1699

      1680-1689

      1670-1679

      1660-1669

      1650-1659

      1640-1649

      1630-1639

      1620-1629

      1610-1619

      1600-1609

          1609

          1607

          1606

          1604

          1603

          1601

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XVII > 1600-1609 > 1604

Advertimientos generales que Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey, dejó al Marqués de Montesclaros.
28 de marzo de 1604

1. Las materias de los repartimientos de indios y la reducción general de los indios a congregaciones que en ambas toca el virrey Don Luis de Velasco en sus advertimientos, y en la primera de ellas, habla el Virrey Don Martín en los suyos, han pedido en mi tiempo sendos discursos aparte muy largos por haberse venido a resolver en tiempo de mi gobierno. Este preñado tan largo de la una y otra plática, con la determinación que S. M. tomó y arbitrios y diligencias de que yo he usado para su ejecución, que en las congregaciones va desvencida y está tan adelante como V. S. sabe.

Y en lo tocante al servicio personal se comenzó el año 1602 y fue proseguido en el pasado, tocando casi en todo lo que no era servicio de minas, no por mayor necesidad, sino por ser imposibles los alquileres donde están casi despobladas las comarcas. Y aunque de lo proveído le constará a V. S. por los autos hechos en el oficio de gobernación del secretario Gaona, me pareció en el discurso que tocaba a este negocio, extenderme yo a informar a V. S. de los medios y razas que se aplicaron en mi tiempo por hombres de vivo ingenio y de experiencia, que parte de ellos eran sobre cosas que no dejé resueltas y otros en algunas que lo quedaron, pero no ejecutadas. Y movime a hacer relación de todo a V. S. porque S. M. me lo manda encarecidamente y para mayor luz en la determinación que V. S. tomase dio a V. S. de mi parte estos discursos (sobre el servicio personal y sobre las congregaciones) Cristóbal de Molina, escribano mío, en el mes pasado. Porque aunque uno estaba hecho desde mediado enero, aguardando a ir con los demás, todo lo atajó la gota que me dio tanto dolor e impedimento en pies y manos.

Y en comenzando a mejorar acabé el segundo discurso y me pareció enviarlos sin esperar estos advertimientos generales que de ordinario deja el antecesor, por verme de arte que hasta hallarme bien convalenciente no se habían de poder ordenar, como en efecto ha sido, pues lo vengo a hacer caminando por esta tierra caliente y todavía mal dispuesto. También entregó el secretario Molina de mi parte algunas cédulas de S. M. venidas en mi tiempo y las demás Antonio de Villasante, mi camarero. Y entre ellas la cédula de segunda ilusión para que los jueces a quienes se encargare esto del servicio personal que han de hacer los indios (y se solía llamar repartimiento), no sean criados del virrey. Porque dado caso que yo replique a lo que S. M. me manda acerca de esta nueva orden y con motivos, a mi parecer, fuertes, no bastó y porque dando cuenta de esto a V. S., como de lo demás, en Otumba me mandó que le diese una copia de esta réplica. La envío aquí.

El capítulo 2.º era sobre el modo de gobierno que piden en lo general los estados de las Indias, y particularmente la Nueva España. Y junto con remitir esto, muy principalmente al advertimiento 1.º, 2.º, y 3.º de los que escribió Don Martín Enríquez para el Conde de Coruña, descendía en particular el mío algunos avisos más que según los tiempos me parecieron esenciales, así en razón de la traza y medios con que yo he conservado a Dios gracias una gran concordia entre el virrey y la audiencia; teniendo gratos y dóciles para lo que conviniese a los ministros de ella, sin detrimento de respectos y veneración que deben al gobierno superior y en que importa tenerlos siempre muy puntuales. Con lo cual, los regía muchas veces con los semblantes sólo, sin rigor ni palabras de ofensión. Como también acerca de la vigilancia continua con que he ido siempre y conviene que vayan los virreyes sobre el estado de las órdenes y diferencias que dentro de sí mismas o fuera suelen tener, y con el clero haciendo muy anticipados oficios para enderezarlo mejor y procurar la paz de esto, más con oficio y diligencias de embajador que no de virrey. Y aunque valiéndome para añadirles calor de la autoridad real que representaba y no llegando a usar de la fuerza del gobierno por escrito ni de palabra, sino en caso muy arduo y de urgente necesidad y sobre mucha consulta; y llevando siempre gran miramiento a la inmunidad y exención eclesiástica. Y se le advertía allí al marqués lo que esto importa, no sólo para la mejor administración de la doctrina de los indios que las órdenes tienen a su cargo, sino para el reposo público, tanto del mismo estado eclesiástico como del seglar y de la gente lega que por devoción o deudo o amistad depende poderosamente de esto otro; y no sólo se escandaliza con sus disensiones pero se inquieta y divide con ocasión de alterarse.

El tercer capítulo tocaba a la audiencia juzgado general de los indios, y no contenía más que remitir en breve cuanto a esta materia a una copia de la relación y parecer que en razón de ella se envía ahora al Consejo en virtud de lo que S. M. mandó por cédula particular.

4. En esta ciudad se había comenzado (antes de mi venida) el uso de las comedias, y después creció y se multiplicaron compañías que no prohibí por las causas que en Castilla no se prohiben y parecerme más fuertes aquí algunas de ellas. Proveía algunas cosas acerca de la honestidad en los trajes y de prohibir las representaciones fuera del teatro público, sin particular licencia por tener mano en que no se hiciesen en iglesias sino era con mucho examen del ordinario, ni se frecuentasen demasiado allí y en casa de ministros por ser cosa impropia y que embaraza mucho tiempo para quien tiene otras acupaciones mejores. Y de obligación les impuse cierta contribución para obras pías y otra a los dueños de los teatros para lo mismo. Y no lo apliqué de propósito por valerme de ello para muchos y muy buenos efectos del gobierno que tocaban a conservar en virtud y buena fama a mujeres necesitadas con recogerlas; y con recluir en Santa Mónica a otras que tenían escandalizado el pueblo o arrastrada alguna casa honrada, facilitando lo que suele estorbar este intento con alimentarlas de aquel procedido.

Después trató el Hospital del Amor de Dios, que es de la administración arzobispal, que se fuesen los farsantes a un teatro suyo. Parecióme meter aquello en casa con hacer merced de aquel derecho del teatro al hospital de los indios, que este nombre bastaba para dárselo, siendo tan pobre que no tiene de renta para la mitad de los gastos, cuanto más siendo del Patronazgo Real. Y habiéndole S. M. dotado en parte y deseando como desea su aumento, de que me consta porque aún en mi tiempo le ha dado millares de pesos de socorro, V. S. se sirva de ampararle en este derecho, que se entiende que le importa otros 2.500 pesos por año, que es otra tanta renta como la suya, con lo cual queda dotado competentemente. Y yo presumo que le valdrá lo que dicen porque la concesión prohibe que no se pueda representar sino en este hospital o donde eligiere y tuviere por bien, ni vender dentro de las casas de las farsas en los días de ellas, cosas de comer y beber sino por cuenta del mismo hospital. Y el estanco que de esto se sigue es muy justificado por ser para bien común y en géneros de cosas en que no le va nada a la república ni recibe nadie perjuicio. V. S. se servirá de amparar el cumplimiento de la orden que en ello di y de favorecer en cuanto se pueda los demás hospitales. Y señaladamente a otros de españoles que también es del Patronazgo de S. M. y ha poco que se comenzó y se nombra de los Desamparados. En que se curan los que son y sin distinción de naciones, blancos, negros, mestizos y mulatos.

5. Y lo tocante a obrajes verá V. S. muy de fundamento en el capítulo 8 de los advertimientos de mi antecesor. Y para algunos capítulos del discurso dicho, que hice para V. S. sobre lo tocante a servicios personales, se entenderá como yo me conformé con el intento del Sr. Virrey Don Luis en cuanto a poner en cada ciudad persona particular que cuidase de la ejecución de las ordenanzas con una visita muy continua y que consistiese más en prevenir agravios que en castigarlos, haciendo sangre y usando de rigor. Y se verá asimismo, todo lo demás que durante mi gobierno se ha proveido y quedó encaminado. Tengo por tal esta materia que si no se fía siempre la ejecución de lo que manda y la observancia de ello a persona de muy ajustada conciencia y de ánimo bien libre, no se hará nada en ello porque tiene suma contradicción y está muy sujeto a fraudes. Así, cuando yo (para la claridad de las cuentas entre los obrajes y los indios y para el amparo de su libertad mientras sirven) crié dichos jueces a particulares que fuesen veedores y contadores, procuré en coger sin respeto humano los hombres más a propósito que yo supe de los que podían aceptarlo, según la calidad del oficio y el aprovechamiento de él. Y para en México, adonde me pareció que sería de más momento, eché mano de Pedro de Armenta, que había sido contador de las alcabalas y servido de oficial real. Y le tuve algunos años en este ejercicio, casi forzado por la mucha y general satisfacción que se tiene de su rectitud y limpieza.

6. Aunque oí grandes quejas desde que entré en la Nueva España de lo mal que iban saliendo en práctica y uso, así para el alivio de los indios como para el abastecimiento de las ciudades de españoles, la nueva forma de paga que los indios hacían de un real de los ocho de su tributo, siendo compelidos a que diesen en lugar de una gallina, como lo dice el virrey mi antecesor en el capítulo 11, tuve por acertado quietarme por algún largo tiempo conformándome con la conciencia y autoridad de quien lo ordenó. Y después, aunque vi lo que muchos hombres de crédito y bien intencionados sentían del abuso a que había pasado el buen intento que en ello se tuvo, y reformarlo, reparé en la dificultad grande que tendría (al menos en México) el moderar los libramientos de gallinas que se daban a personas de oficios ni la cantidad de las que se daban a cada uno y mucho más el hallar medio seguro para que se guardase fidelidad en traer las que sobraban a las plazas y en distribuirse en ellas debidamente por venta. Y lo mismo en la buena fe y equidad que se requería en los sacadores o rescatadores de las gallinas de algunos partidos, contra los cuales había ya muy malas relaciones. Así del modo y molestia con que los cobraban, como en otro mayor daño que era no acudir a tiempo; y por esto, o por codicia, cobrarlos no en especie sino en dinero, y no real por cada uno sino a dos o más como acaecía. Todo esto me inclinó a revocar aquella orden y reducirlo a su primer estado. S. M. lo aprobó por cédula particular, mandando que nunca se vuelva a tributar gallina sino un real como antes.

7. Al Sr. Virrey Don Martín pareció muy justamente (como lo advierte el Sr. Conde de Coruña), que se echasen de entre los indios los mestizos, y aún se ha platicado lo mismo diversas veces con los españoles ociosos por las causas que allí verá V. S. Después escribió S. M. a mi antecesor el año 1593, que de allí adelante no se consintese poblar español ninguno en pueblos de indios. Y así cuando los indios piden que se echen de sus pueblos a alguno, he acostumbrado a mandar que la justicia lo haga así, habiéndose poblado desde dicho año a esta parte. Y siendo de antes la vecindad le eché siendo perjudicial, y justificándose esto por autos y no de otra manera. Porque como no hay regla que no tenga excepción, acontece haber españoles y aún algún mestizo de muy buen ejemplo y muy poca o ninguna vejación a los indios, contra quienes vienen a México, algunos de ellos por inducimiento y pasiones ajenas. El estado que ahora tiene este negocio es haberme mandado S. M. por cédula particular lo que V.S. verá entre las demás que envié desde Cuernavaca a V. S., y es que se funden algunas villas en partes convenientes para poblar en ellas los españoles que al presente viven entre los indios, dividiéndolos ahora en la ocasión de las nuevas congregaciones. No tuve tiempo para ejecutarlo porque esto había de ser después de vistos en México los procesos de la ejecución de las reducciones de indios. Y así, sólo está hecho el haber ordenado a los jueces comisarios que hiciesen lista de los españoles de cada pueblo y jurisdicción, de su calidad, entretenimiento y manera de vivir, y que la enviase, lo cual han cumplido todos o muchos de ellos, y se hallarán entre los papeles de este género. Yo acordé que precediese esta diligencia y el reservar el asiento de este punto para cuando se hubiese de tomar asimismo en el establecimiento de las congregaciones ya formadas. Y esto habrá de ser en el dichoso tiempo de V.S. con visita suya o de sus comisarios visitadores, si no pareciese anticiparlo.

El motivo fue hallarse muchos pueblos de indios con demasiado número de españoles para echar sobre ellos red barrera, y tratar de sacarlos a todos sin distinción, que aunque se viene muy hecho en las congregaciones que se fundan en despoblado o en pueblezuelos donde vivían pocos o ningún español, con sólo no consentir que los que viven con los indios reducidos se vayan tras ellos. Pero tiene buena dificultad en las congregaciones que se hacen en pueblos donde estaban ya avecindados muchos españoles, pues como quiera que lo abraza todo la intención de la cédula real, es muy de presumir que tendrá por bien S. M. que en las ciudades de indios o algunos otros pueblos suyos donde hay avecindados y arraigados mucho número de españoles, se disimule con esto. Y que en otros donde hay algún mediano número y con pocas raíces, proceda el gobierno con algún conocimiento de causa y distinción y con el espacio que baste para encaminarlo con tiento y moderación y acomodo primero, si posible fuese, en las nuevas villas o en otras ya fundadas, a los que tienen manera de vivir y no mal proceder antes que se desacomoden de sus casas. Que con esto importantísimo será que se deshaga esta compañía que a los indios al principio de su conversión pudo y debió de serles muy útil para edificarlos y confirmarlos en la fe. Pero siendo ya menor aquella necesidad, tengo por cierto que aprenden mucho malo en las costumbres de algunos españoles, gente perdida que está derramada entre ellos y en lo temporal de ordinario van a mucha pérdida y no a ganancia.

8. En lo de las matanzas de cabras y las que estos años han introducido de ovejas piden todo el cuidado que a punto el Sr. Virrey Don Luis, cuya relación y advertencia en esto lo dicen todo. Yo he trabajado un pedazo en el remedio, especialmente donde y cuando me ha parecido menor daño el peligro de los cohechos y estafas y rigores de juez que el principal y en dar licencias tuve la mano todo lo que pude mucho hasta ahora. A la postre V. S. entiendo que lo hará así y mucho mejor.

9. En lo que toca a la mudanza de la descarga de las flotas de Castilla haciéndose en la banda de Tierra Firme del puerto de San Juan de Ulúa y no en la vieja donde solía enviarse la hacienda por la costa en barcas con pérdidas de algunas y daños de muertes y robos, habla el capítulo 16 del papel que me dejó el Sr. Virrey Don Luis de Velasco. Toca las dificultades que tenía esto y el designio del Virrey Marqués de Villamanrique, de abrir camino nuevo desde aquel puerto a México, sin pasar por Veracruz. Allí podrá V. S. verlo, además de ser muy notorio todo. La mudanza de la descarga, pensamiento es muy de atrás, y entre ambas cosas deseó con gran fuerza el Consejo, y yo me acuerdo haber visto un capítulo de carta de S. M. que se despachó para mi antecesor, en que haciendo mención de lo que había resultado allá por la relación que Don Francisco de Valverde y el Ingeniero Juan Bautista Antoneli hicieron y su visita y vista de ojos, en que a uno pareció imposible abrirse camino carretero y al otro muy dificultoso y de grandes gastos. Mandó S. M. creo que en el año 1593, que mirase el virrey en cierto arbitrio que allí dice para sacar dinero con que costear aquella obra, que por lo que se colige claramente de la carta, presuponía el Consejo que importaría 300.000 pesos o más el procedido. Me tocó la ejecución de esta mudanza de la descarga y por un aviso de Martín de Bermeo tuve noticia de cierta vereda que unos dueños de carros habían considerado para que pudiese abrir fácilmente el camino nuevo que deseaba el marqués y que tanto se dificultó a S. M. Y pareciéndome de importancia, porque no hallé buena salida al medio de las chatas en el río de Veracruz que dejó en fábrica el Sr. Virrey Don Luis, y a que se inclinaba más que a otro medio, hice llamar aquellos hombres y afirmáronse en lo que habían dicho, de que todos se reían sin haber hombre que les diese crédito sino eran algunos por sólo el que les hacía a ellos Bermeo. Tomé asiento con ellos por 14.000 pesos y mandé que procediesen a la obra, y aunque los millares del gasto han sido pocos más, después de pagada esta suma ellos salieron con su intento y yo conseguí en esto el de S. M. Hubo muchas contradicciones de los arrieros y carreteros, siendo el beneficio suyo como me aconteció con el comercio en lo tocante a la descarga que ellos mismos habían despertado y solicitado con los virreyes. Y ya lo contradecían por instancia y relaciones de sus encomenderos, que eran vecinos de Veracruz vieja. Al fin se ejecutó la mudanza y se fundó la nueva ciudad, con dar a la ejecución el espacio conveniente para que no resultase alguna intolerable descomodidad. Y con estar yo constante para no volver pie atrás por algunas ligeras que se ofrecían en ello, ni por la compasión grande que me hacían la ciudad antigua y muchas personas honradas y pobres que con esto quedaban perdidos. Y esto se hizo en cuanto a lo del camino sin que yo jamás prohibiese a nadie que fuese o viniese por el camino viejo ni quitado de él al juez de caminos que tiene cargo de su conservación y aderezo, sino puesto otro tal en el camino nuevo, dejando elección a los caminantes, recuas y carros con que tapé la boca a sus dueños, convenciéndolos de que esto era aumento de comodidad para los de su oficio y de que yo no quería admitir otra aprobación de este camino sino la que se concluyese del uso común de la gente misma.

Parece que ha salido bueno y que tiene necesidad, como nuevo, de favorecerse por el gobierno y de procurar que se pueblen ventas. Hallará V. S. muchos papeles en la gobernación de este negocio y a mí me ha parecido advertir que Antón de la Parada, que fue uno de los dueños de carros que comunicaron la noticia a Bermeo y le abrieron, falleció este año pasado. Y poco antes entendí que traía un pensamiento de importancia para mejorarle con una vereda que tenía advertida, por la cual se excusaba el pasaje de los ríos de Cotastla y Xampa, en que a mí me ponían grandes dificultades y averigué ser pequeñas. Mas al fin se aliviaría molestia a los interesados en él en desechar estos ríos, como se les ha aliviado en traer agua por canoas de madera y guardarla en jagüeyes y pilas en algunos parajes del camino que tenían falta de ella, al menos para las boyadas. Convendrá que V. S. se sirva de atender a la conservación de esto, mandando que se mire por ellas, dando orden en que se supla allí o en otros parajes lo que yo hubiere faltado de proveer.

10. También verá V. S. por el papel del Sr. Virrey Don Luis en el advertimiento 17 el estado en que dejó la pretensión del Virrey Don Martín en razón de abrir camino carretero entre Tehuantepec (costa del Mar del Sur) y el río de Coatzacoalcos, que discurriendo muchas leguas por esta Nueva España, desagüa en el Mar del Norte. Era este designio enderezado a que se pudiese pasar al Mar del Sur con esta traza lo que por agua se quisiese llevar desde San Juan de Ulúa, navegándolo en barcas por el mar hasta Coatzacoalcos y subiéndose desde allí en canoas por el río. Mande V. S. leer lo que allí dice el Virrey Don Luis, mi antecesor, que yo no tengo que añadir sino que proseguí algunos años en esta demanda y que se ha salido con ella, a Dios gracias. Pues con pocas leguas de camino por tierra y esos carros, se ha llevado cantidad de artillería y de buen peso ahora dos años, y otro tanto se ha hecho este y pasado, juntamente unas anclas. Y además de lo que esto ofrece de comodidad para el pasaje de estos géneros tan necesarios en las naos de Filipinas y en la misma Manila, pues está falta de artillería, parece que podría importar algún día para más breve viaje de algún socorro de gente que por el Mar del Norte proveyese S. M. para este otro mar, y también para lo que el virrey apuntó de ahorrar fletes costosísimos de recuas y grandes averías del malo y largo camino en lo que de Castilla les viene para enviar a diferentes provincias del Mar del Sur.

Pero en esto V. S. mandará entender del comercio lo que de ello siente y se servirá de procurar que este camino se use siempre, poco o mucho, para que no se cierre y haga bosque.

11. El negocio de quitas y vacaciones verá V. S. el discurso que ha tenido por lo que el Virrey Don Luis en el capítulo 15 y el marqués, su antecesor, en el 8 tocan de este negocio y del estado que tenía cuando yo vine. Lo fui gobernando con la justificación que supe y pude hasta que los interesados por consignaciones antiguas y remuneratorias intentaron que yo los desagraviase en lo que decían estarlo del gobierno en favor de la real hacienda, por cuyo alivio los virreyes suplían de allí salarios y cargas que no tenían proporción con aquel género ni causa igual en derecho a la suya. Se dio vista al fiscal y oídas las partes muy cumplidamente, di auto con parecer de asesor, que fue el Dr. Luis de Villanueva Zapata, en favor de los interesados. El fiscal suplicó y yo sobreseí sin ejecutar hasta que la real audiencia, habiéndose allí seguido, dio sentencias confirmatorias y carta ejecutoria, como todo se verá por el proceso en los oficios. Y por haber sido cuestión cuantiosa y el suceso de nueva costa para la hacienda de S. M. y de no pocos millares de pesos, me ha parecido hacer mención de ello y de que el mismo proceso tiene relación de lo que el virrey, mi antecesor, escribió a S. M. sobre este intento. Y yo después asimismo, previniendo al Consejo de que se me respondiese, porque no haciéndose, yo lo remediaría. Esta carta sé que se recibió, pero no he visto respuesta.

12. El asiento de la jornada de Nuevo México, que primero se trató de hacer con Juan Bautista de Lomas y después estuvo capitulado con Francisco de Urdinola, sin efectuarse por impedimentos que se ofrecieron, vino a concluirse últimamente entre el virrey, mi antecesor, y Don Juan de Oñate. Y como V. S. podrá ver por el papel del Sr. Virrey Don Luis, lo dejó capitulado al tiempo de mi llegada sin tener tiempo de ejecutarlo. Y deseando yo que se hiciese sin que me fuese necesario rever los papeles, no quiso V. S. entregar los despachos para este efecto a Don Juan sin que yo pasase por los ojos la capitulación y corriese por cuenta de ambos el aprobarla. Ya que la elección de la persona de Don Juan fuese por sola la suya, di vista a los papeles y sintiendo dificultad en algunas cosas, me determiné en tomar maduro acuerdo para reformar en ellos lo que conviniese, y esto hecho, despachar la aprobación y los recaudos para que Don Juan ejecutase su entrada sin otra dilación.

Escribí a S. M. este intento para que no hiciese confirmación del asiento hasta que yo le pudiese avisar de lo reformado y de mis motivos. Y junto con escribir puse por obra acá lo que tengo referido. Los puntos que moderé y las limitaciones entendrá V. S. por los papeles que están en el oficio del secretario Gaona y por otros que se hallarán con los de mis secretarios y se entregan al de V. S. con los demás de diferentes negocios. Y lo mismo las diligencias que con parecer del acuerdo de real hacienda se hicieron para la satisfacción del fisco en razón de tomar visita al Gobernador Don Juan de Oñate, para saber si cumplía con su obligación en tal manera que pues S. M. enajenaba de sí los derechos que transfería y pasaba en Don Juan, se consiguiese el fin por qué esto se hacía, de la pacificación de aquella tierra, y quedase asegurada la real conciencia en el modo y justificación de la entrada, haciéndose con la gente y bagajes y géneros de bastimentos y otras cosas que se requerían para que no se encargase la conciencia, quedando defraudado el real fisco en el contrato hecho y la república acá con las molestias de los súbditos en el tránsito de esta gente y allá con el escándalo de los indios infieles, mediante los desórdenes que ella hiciera yendo hambrienta. Y por la importancia del negocio pareció asimismo que se hiciese con autoridad y por personas de muchas prendas y pundonor y de entera libertad en los respetos de esta tierra, deseando prevenir a tan graves inconvenientes como los referidos. Y esos sin fruto más de haberse desacreditado la religión cristiana entre aquellos bárbaros, y por otra, perdido ellos el miedo a nuestra nación y despertádose a tratar de las armas, cosa de que tienen poco o ningún uso. Que todo dificultaba el caso para acometerle otra vez y se estragaba el nombre y reputación de esta entrada y pacificación. Envié a Don Lope de Ulloa, y habiéndose hecho, se dilató después la entrada de Don Juan mucho tiempo por haber mandado el Consejo que se sobreseyese en el punto que la tenía para enviar aquí a ello a Don Pedro Ponce de León. A que yo repliqué con tanta brevedad y fuerza de razones que la mandó proseguir. Fue necesario hacer la misma visita segunda vez, como de todo constará por los autos que se hicieron.

De los sucesos que ha tenido este descubrimiento después de la entrada de Don Juan, tendrá V. S. muy contrarias relaciones, porque el gobernador y sus deudos y algunos soldados, parte que han salido de allá de palabra y parte por cartas, hacen la tierra muy vividera y a veces próspera, y el gobierno de Don Juan justificado, y muchos otros, desde que han hallado camino libre para las cartas y para las personas, que es desde que el gobernador hizo ausencia de su real para intentar otro descubrimiento al norte, han hablado mal de lo uno y lo otro, a que yo no he dado entero crédito, con entrar en esto algunos religiosos y parte de ellos de mucha aprobación por haberme sonado como de ánimos apasionados los encarecimientos de algunos de ellos. Y porque Don Juan de Oñate los tiene excepcionados por sospechosos a todos los que de allá se vinieron estando él ausente en el descubrimiento dicho, y al parecer con justas causas de emulación.

Así no quise dar cuenta de ello al Consejo para no entibiarle en el favor de esta empresa, que es tan santa como V. S. ve y muy piadosa por lo que toca aquellas almas, y de gran compasión por lo que toca a Don Juan si bien se miran los grandes gastos que ha hecho de la hacienda de sus parientes y el ánimo constante que tuvo para conservarse alto por tan largo intervalo de tiempo cuando S. M. le mandó sobreseer su jornada, y los sobresaltos, incomodidades y falta de regalo con que ha pasado en aquellas partes tan largo tiempo. Siempre me sentí obligado por estas causas a favorecer su intento en lo razonable y justo, así en mi gobierno, usando para ello de liberalidad en algunas provisiones o empréstitos de la hacienda de S. M., como en las relaciones y consultas a S. M. en su Consejo, no callando nada de lo que era en pro de la jornada y disimulando lo que era en contra cuanto la verdad y mi obligación lo permitiesen, por no desanimar al Consejo con noticias que careciesen de entero fundamento y claridad. Pero mandé inquirir diestramente lo cierto de las calidades que tiene aquella tierra por información que hice recibir de ello a personas de tanta inteligencia y confianza como es Don Francisco de Valverde, encargándole que no se escribiese palabra en cuanto a las acciones del Gobernador Don Juan de Oñate y que se procurasen examinar para lo demás algunos testigos siquiera entre los demás que no fuesen gente ofendida de Don Juan, ni que por esta vía u otra estuviesen mal con sus cosas.

Y hubo en lo escrito bien cortas y trabajosas noticias en lo tocante a la sustancia de la tierra, pero con haber algún testigo o testigos que decían mejor, sentí que no convenía por entonces dar razón de esto al Consejo. Ni tampoco, aunque di juez pesquisidor a la parte de Don Juan de Oñate contra los pobladores y soldados que se vinieron, como atrás dije, en ausencia del gobernador y con efecto fue a ello el veedor Diego Infante del Aguila, persona propuesta por la parte de Don Juan y de quien yo tenía muy particular aprobación en carta que me escribió el Consejo y se verá por el proceso la sentencia que dio sobre esto. Mas juez contra el gobernador Don Juan, ni visita ni otra forma de comisión parecióme que no se tratase de proveer, aunque la pidieron muchos quejosos y que pretendían estar agraviados. Ambas estas resoluciones fueron con comunicación de los oidores de la real audiencia y en esta postrera se atendió que en la residencia de Don Juan se trataría en otro tiempo de cualquier capítulo que ahora hubiese contra él, y a trueque de alguna dilación se haría entonces con menores inconvenientes por el peligro notorio que corría ahora el deshacerse aquello del todo con cualquier acusación de que se tratara contra el gobernador y averiguación que se mandara hacer en el Nuevo México, como era forzosa para hallar alguna probanza al menos de testigos libres.

Este es el discurso de este negocio hasta que el Maese de Campo Vicente de Zaldívar vino de Nuevo México a darme razón del viaje del norte y de ciertos principios de nuevo descubrimiento, con intento de pedir, como lo hizo, que se recibiesen informaciones, y la audiencia diese su parecer para S. M. y yo enviase el mío. Y ocurrir a su real persona y a su Consejo a dar cuenta de todo y a suplicar que se socorriese al gobernador, su tío, para tornar a este nuevo; proveyendo que de la real hacienda se gastase en ello lo que fuese menester, presupuesto que ya el gobernador no tenía con que costearlo. Y que sobre todo mandase S. M. lo que más se sirviese. Pareció que era llegado el día en que forzosamente se hubiese de examinar, conferir y resolver esta materia y el concepto que de ella se podía hacer. Yo mandé juntar todos los papeles y las noticias y relaciones impresas y de mano que pudieron hallarse del viaje de Cabeza de Vaca y del que hizo a Cíbola el provincial Fray Marcos de Niza y jornada que allí y a Tiguez y Quivira mandó hacer el Virrey Don Antonio de Mendoza, de que fue general Francisco Vázquez Coronado y de las entradas que en las poblaciones del río del Norte que llaman el Nuevo México, y en que Don Juan asiste, hicieron Chamuscado, Antón de Espejo y Castaño, de treinta años o menos a esta parte. Mandé que concurriesen algunas personas pláticas y bien inteligentes, y entre ellas Enrico Martínez, intérprete de la Inquisición, que sabe matemáticas y con el fundamento y estudio de este género de letras entiende bien de cosmografía. Se hizo la deliberación conveniente sobre el juicio que podía y debía formarse de este caso, y por mi orden informaron de ella a la audiencia. La cual dio parecer de lo que sentía y yo escribí el mío por carta.

Y por ser éste como de Virrey gobernador y cosa distinta del acuerdo y de los pliegos secretos, de él pude complacer al Maese de Campo Vicente de Zaldívar, apadrinado de sus deudos, en un deseo que me representaron y éste fue de que yo les diese luz de lo que yo pensaba escribir a S. M., para conforme a ello asentar en la idea del maese de campo a España con efecto, o en su vuelta, porque les pareció que su despacho en Castilla sería conforme a mi información y carta. Yo les di a entender lo que contenía y que después de un discurso largo de esta materia en que consultaba a S. M. sobre la conservación de lo poblado por Don Juan de Oñate, apuntando las dificultades y proponiendo medios para vencerlas, y representando a S. M. lo que me pareció en razón de los motivos que había para no despoblarlo, aunque para esto fuese necesario gastar S. M. alguna suma cada año en el sustento y vestuario de algunos pocos españoles que bastasen a la conservación, tocaba en el viaje y descubrimiento del norte. Y no queriendo tomar mano para dar parecer a S. M. sin ser preguntado, le suplicaba que se mandase considerar atentamente si a trueque de salir de una vez de duda y cuidado acerca de la calidad y sustancia de la tierra que corre desde la costa de las Californias en el Mar del Sur hasta Terranova en el del Norte, sería bien gastar de una vez 60.000 ó 70.000 pesos, con los cuales me parecía a mí que se podrían conducir armas y encabalgar alguna buena tropa de soldados y sustentarlos por un año, para que con 30 ó 40 más que yo había entendido que se esforzaría a dar Don Juan, se hiciese un gran descubrimiento. Pero que convendría al servicio de S. M. que si se le hubiese de conceder y cometer al gobernador, fuese con condición de que esto corriese debajo de la orden del virrey de la Nueva España y por instrucciones suyas. Y de que fuese al viaje un cosmógrafo que supiese bien de altura y de demarcaciones. Y asimismo tres o cuatro soldados, personas particulares y de confianza y libertad para dar consejo.

Y que pues S. M. gastaba su hacienda, pudiesen decir y dijesen al gobernador con el respeto debido sus pareceres para el buen acertamiento de la jornada. Y creo que fue con advertencia de que a él le quedase la autoridad de hacer lo que le pareciese, y a ellos licencia para escribir sus votos y los motivos de ellos en algún cuaderno que para esto tuviesen; y sobre todo con mandato de que esta vez atravesasen y penetrasen la tierra no descubierta, sin que fuese necesario hacer el gasto segunda vez.

Pasó a Castilla el maese de campo y yo tuve un despacho de S. M. hecho por octubre o noviembre de 1602, con que se mandó despachar barco. En él dice S. M. que ha tenido malas relaciones y muchas contra Don Juan, y que tiene gran sentimiento de ellas y alguna admiración de que yo no lo hubiese remediado o lo hubiese avisado a S. M. Y me ordena que mande hacer ciertas averiguaciones y provea lo que juzgare convenir contra Don Juan en su persona y en su gobierno y con la fuerza que sea menester. No me moví por esto a hacer novedad por el mismo peligro que me había detenido antes de ahora, y así lo escribí a S. M. dándole cuenta de lo que había precedido acá en razón de esta plática. Y enviándole algunas informaciones que hasta entonces no había querido enviar, y entre ellos lo que para su descargo articularon y pretendieron probar contra Don Juan los soldados que se imputaban de desertores, de quienes fue juez Diego Infante del Aguila, aunque dije, como es verdad, que tengo su probanza por apasionada y de que se puede hacer poco caudal. Antes que pudiese llegar este despacho mío, entiendo que salió de Castilla el maese de campo de vuelta y que trae muy plena remisión de estos negocios a V. S. y en particular sobre lo que conviniere hacerse en las pretensiones dichas con que él fue de acá.

V. S. podrá servirse de leer atentamente esta mi relación, que aunque sea prolija la he tenido toda por necesaria en este caso por algunas causas e informarse de los oidores y fiscal de la real audiencia que asistía en ella cuando V. S. llegó al puerto. Porque todos tienen mucha noticia, si no es el Dr. Riego que siempre se ha abstenido de este negocio en consultas y juntas y en todo por el parentesco. Y también la podrá dar el factor Don Francisco de Valverde, de quien hice mención arriba y oír, si no tuviere inconveniente, a Enrico Martínez, que cotejado lo uno y lo otro, será bien fácil enterarse V. S. de la verdad de estos hechos y también lo será en la mucha discreción de V. S. el juzgar y proveer lo más acertado.

13. El Virrey Don Luis de Velasco, mi antecesor, dio principio a la fundición de la artillería, edificando un jacal con un horno para la fundición en el cercado de Chapultepec, donde dejó fundidas cuatro o cinco piezas. Y pasó allí desde México, la fábrica de la pólvora, haciendo para su molienda un ingenio de mulas. Lo asentó todo en un corral como patio con agua y almacenes a la redonda, que todo ello fue obra importante y como de su gran prevención. El ingenio podrá moler por año como 200 quintales. Yo advertí en que se podrán hacer 400 o más con el salitre que se recoge para S. M. Y consideré que además de que a las Filipinas y a la Florida proveemos de pólvora desde aquí, ese ha introducido de poco acá que, o por corta provisión en Castilla o por mala administración de los tenedores de municiones en las flotas, piden casi siempre los generales de ellas cantidad de pólvora.

Y que asimismo ha sido necesario socorrer de este género algunas veces a La Habana en ocasión apretada y aún enviar algo, aunque poco, a Puerto Rico, y me determiné a fundar un ingenio de agua en el mismo cercado, como lo hice. Salió muy excelente la obra para el propósito y S. M. aprobó esto por un capítulo de carta el año 1599. Puede moler este ingenio a necesidad casi cien quintales de pólvora por año, y dado caso que no hay salitre para tanto, sirve al menos eso de que en alguna necesidad extraordinaria, hallándose alcanzados de pólvora los almacenes, se pueda moler y labrar con prisa todo lo que alcanzare el salitre de S. M. y el que se pudiere tomar de los apartadores de oro y plata.

Estos hombres sólo tienen permisión de usarle por la necesidad de su ministerio, aunque ésta cesaría si descubriésemos para apartar con otro material y sin salitre.

Un flamenco que se llama Cristóbal Miguel, el que andaba tratando de esto conmigo y con el acuerdo de hacienda a tiempo que fue preso por el Santo Oficio de la Inquisición, de donde ya ha salido, yo apreté mucho en el esestanco de este género, reservando para S. M. el beneficio de la tierra salitra en el contorno de México y ocho leguas a la redonda. Y le di por asiento a algunos salitreros, señalándoles ciertos puestos en que puedan beneficiar para S. M. con cargo de entregar cierta cantidad cada año en el almacén real, dándoles un precio acomodado por las costas y trabajo e industria que ponen en cada quintal. Y yendo con consideración en el repartimiento de los puestos dichos, a que no se beneficie muchos años arreo en una misma parte, porque no se desustancie la tierra de lo salitral que tiene; antes, pues la necesidad es durable, lo sea también el beneficio.

Y mandé que una vez entrado la salitre en el almacén no saliese sin especial decreto del gobierno si no fuese necesario, salvo para apartar el oro de la plata, como está dicho, y que para éstos diese lo forzoso con limitación a juicio de los oficiales reales, a quienes consta de la más o menos cantidad de plata que suele apartar cada persona de los que tienen este trato.

He ido también con intento de que fuera de las ocho leguas y hasta otras doce cumplimiento a veinte, se buscasen otros pueblos que tengan tierras salitrales para crecer esa provisión, aunque saliese más cara en esa parte por tener más costa los fletes. No fue tiempo de ejecutarse esta diligencia por haber consultado al Consejo el fin que yo llevaba en esto y no haber tenido respuesta. Este era que de México se proveyese a las islas de Barlovento de pólvora, como ahora se hace desde España, porque se haría con menos peligro de que la multitud de otros cuidados o la falta de dineros dilatasen los envíos, y la pólvora sería mejor y tan barata o más que la de allá.

Y entiendo yo que a Cartagena y los demás puestos importantes de Tierra Firme se podría proveer de la misma manera si conviniese, pero no habiendo determinación en esto, me pareció que no era menester carecer de pólvora ni de salitres para ella, y así fui sobreseyendo. Mas visto que no hubo respuesta de aquella carta, me parecía bien que V. S. no perdiese tiempo en la busca de más salitres sino acudir a esto por una mano, pues se va a ganar y no a perder, y por otra escribí a S. M. segunda vez.

También he trabajado un pedazo en que lo de la artillería pasase adelante y creciese, de que hallará V. S. haber resultado razonables efectos en el número y portes de las piezas fundidas, que en Chapultepec se han fundido estos años de mi gobierno diez y nueve piezas, que muchas de ellas, o las más, son medias culebrinas y culebrinas enteras y algunas de a sesenta y de ochenta quintales.

Y también me moví a mandar que se hiciesen en Acapulco una o dos fundiciones por la desnudez con que andaban las naos de la carrera de Filipinas en lo tocante a este género y no podérseles llevar la artillería de México por ser imposible ir a lomo de mulas y no ser carretero el camino que hay de México a Acapulco ni estar entonces acabado de descubrir el que va desde el río de Coatzacoalcos a Tehuantepec para poderse encaminar allí por San Juan de Ulúa y desde aquel puerto por el mar y por dicho río. Y por no sobrarnos entonces cobre de Michoacán en el almacén y haberle de China en Acapulco a la sazón, fundiéronse allí otras diez y siete piezas y se pusieron a punto los moldes para otras catorce. Y por haber cesado de traer cobres las naos y por falta de él, se quedaron en aquel estado. Salió costosísima aquella fundición al principio porque se cargaron por costas el primero de la casa y jacal para fundir, y los gastos del hierro y madera que se labró para aquel menester, de que se admiraron los oficiales reales de allí e informaron inconsideradamente al Consejo. La costa ordinaria se verificó en las postreras piezas y como consta por tanteo que de ello se hizo, quedó en tan buena comodidad que será el costo y costas como de veinte y ocho pesos, o poco más, en cada quintal fundido.

Y de esto se podría ahorrar parte en el primero del cobre, siendo el que se fundiese de la tierra, como de fuerza ha de ser porque ya no se trae de la China ni lo consiente salir aquel rey. Y el de acá es más barato y bueno y le habrá siempre en los almacenes de México para esto de sobra. Pues yo dejé dos docenas de piezas en el castillo de San Juan de Ulúa sin las que poco ha se sacaron de él y con otra docena de piezas que para allí dejé fundidas en Chapultepec, no sólo estará artillado sino embarazado, y con esto no será menester el cobre sino para artillar las naos. Y se podía llevar al puerto de Acapulco en mulas con pequeños fletes cuando las recuas bajan de vacío a esperar las naos de Filipinas y del Perú.

Y conviniendo todavía que en Acapulco no haya fundición, se podría fundir en Chapultepec la artillería para las naos y carreteras a San Juan de Ulúa para llevarse, como atrás dije, por el mar y río de Coatzacoalcos hasta cerca de Tehuantepec, pues ya está abierto camino carretero para aquel pueblo. Y los fletes serán baratos aunque el viaje sea largo, por ser de agua lo más y de carros lo que se anda por tierra, y con esta poca se asegura el mejor recaudo que la fundición tiene a ojos del virrey en la misma obra y en el gasto.

El cobre que S. M. gasta de la tierra es de Michoacán, donde ahora se saca y beneficia y se va trayendo a los almacenes. Las cantidades podrá V. S. ver por la cuenta del capitán de la artillería y se puede crecer, esforzando la cava de muchas minas poco hondas que se descubren a manchas en algunos cerros de la comarca, a modo de bolsas según la relación de Don García de Baedes, que fue a la vista y averiguación de esto. Asimismo podría ir a más la provisión de este género con aumento de gente que le podrá resultar de las congregaciones que allí se mandaron hacer, las cuales no se resolvieron del todo por cierta duda.

Y ha habido en averiguarla más dilación de lo que yo deseaba. Parte de ocasión podría haber sido el olvido que los muchos negocios traen consigo, pero temo que haya topado en respectos particulares de alguno o algunos ministros, y será bien que V. S. lo mande desatollar y que camine esta plática a la ejecución de lo que conviniere. Reviendo para ello en relaciones los procesos de aquella demarcación y los papeles que hubiere tocantes a esto de los cobres en el cajón que dejo.

También advierto a V. S. que yo he propuesto a S. M. que se mirase en pasar aquí la fundición de la artillería que se envió a La Habana, en donde la tiene S. M. algunos años ha, y hasta ahora con mucha costa y poco fruto por la falta de indios y mal barro que allí hay, y los riesgos que trae casi siempre el cobre navegándose de Santiago de Cuba por todos aquellos cayos donde comúnmente hormiguean corsarios. Esta mudanza, a mi juicio, podría ser muy conveniente y aún extenderse el intento a abastecer de artillería no sólo a La Habana, que tanto importa, sino todas las fuerzas de las indias que caen en el Mar del Norte, en que hubiese falta de ella, como son la Florida e islas de Barlovento, Cartagena y Portobelo, y otras de menos consideración, y que para esto debería buscar forma para crecer metales, como se dijo en lo de la pólvora.

Respecto del salitre, tengo por de importancia para este propósito unas noticias que a mí y a S. M. se nos dieron de poco tiempo acá de algunas minas de cobre que hay en esta tierra sin las de Michoacán, porque dado que parte de él no sea útil para artillería, como acaece con el que se saca en Taxco y Zacualpa o sus comarcas, pero entiendo que es de provecho el que se beneficia por mineros de las Charcas de la Nueva Galicia en unas minas de ella que llaman de Matehuala y son más adelante del Agua del Venado, y que es paraje de donde vienen carretas hasta México, con que no puede ser muy costoso de traer a los almacenes de S. M. el cobre que de allí viniere, aunque la distancia sea larga. A mí me informaron de esto y mandé que verificase la relación Francisco de Quintanadueñas, que estaba en Zacatecas a otros negocios graves, y según lo que me ha dicho, y más de propósito informará a V. S., yo la tengo por cierta, porque afirma que lo trae averiguado así y que se podrá sacar buena cantidad y que es muy buena y que será de la costa que lo que se trae de Michoacán, poco más o menos, y que eso ha de ser ayudando S. M. a los dueños de las minas y tomándolas por su cuenta, porque hay falta de gente y poco posible en los que hoy lo benefician, y que esto tendría fácil remedio con ir continuando en que los indios Chichimecas nuevamente poblados en el Agua del Venado les ayuden a este beneficio, como lo han comenzado.

Paréceme ya que V. S. mandase ver en el aparejo y justificación que habrá para estos medios que propone y en el tiento particular que requiere lo del servicio de estos indios recién venidos de paz, y haciendo que ante todas cosas se vea y examine atentamente si este cobre es cual conviene para artillería, y cuando sea bueno y el beneficio se pueda buenamente esforzarse, yo tenía por lo más acertado que V. S. lo mandase hacer desde luego, porque no obstante que se iba despacio en ello por temer gran costa en los fletes del cobre y por no ser necesario fundir más que este gasto las piezas para las naos de cuando en cuando. Estoy de diferente opinión ahora porque S. M. se inclina a mudar aquí la fundición de La Habana.

No hay bastantes cobres y cuando no me pareciere que serán necesarios para fundir y enviar artillería a las Filipinas, pues el gobernador escribe que no la tiene ni quien la sepa hacer ni de qué por no venir ya de la China y del Perú, con que debe haber harto cobre de ordinario; sucedió ahora dos años enviarme a pedir el virrey con gran instancia que le proveyese de alguna cantidad si le hubiese de buen precio. Yo tengo por muy conveniente que en cualquier reino, y especialmente de un tan gran príncipe y en partes tan remotas, no se repare en alguna costa en prevenciones que tanto miran a la conservación del estado y que si en una necesidad faltan y él padece, no tienen disculpa los gobernadores ni comparación este daño con algunos gastos.

14. Lo tocante a la guerra de Chichimecas tocó el virrey Don Martín Enríquez en el capítulo 9 con muy viva significación de sus daños y de sus dificultades, que a mi parecer eran invencibles por las armas ni había sujeto en aquella gente para que con ellas se pudiese molestar y traer a sujeción, ni aún asolarla a fuego y a sangre, como dicho virrey apuntaba de la paz que al cabo se introdujo.

Habla el marqués maravillosamente en la advertencia 20 como quien fue inventor de este medio tan dificultado de todos y que tan felices sucesos tuvo. Y en el primer capítulo de los advertimientos que a mí me dejó el Virrey Don Luis verá V. S. muy bien apuntado lo que toca al tiento con que él fue y se debe ir conservando esta paz. No me parece que se declara en que todavía puso algunos presidios de poquitos soldados en partes sospechosas. Yo no lo tuve por errado, sino por muy prudente consejo, ni hoy día entiendo que se podrían quitar, al menos del todo, como dicen muchos. Y lo mismo siento de lo que se suele hablar en razón de los socorros de ropa y también en algunos puestos de carne y maíz que se dan a estos indios, en que tira el deseo de ahorrar a S. M. alguna costa y olvidando los gastos intolerables de la guerra, les parece mucho éste y que es ya tiempo de atajarle.

Lo que siento es que conviene que se atienda siempre a saber lo que puede cercenarse de estos gastos o excusarse del todo con entera seguridad Como yo, por la mucha ceguedad con que en esto se vive en México, lo mandé ahora averiguar muy de fundamento por una visita general que mandé hacer de las fronteras al veedor Diego Infante del Aguila, de cuya inteligencia y confianza para semejantes papeles se muestra satisfecho S. M. por larga experiencia en carta que él me trajo. Y fue por acompañado suyo el Capitán Juan de Vergara Osorio, soldado plático de la tierra y de buen crédito, y que cuando por las resultas de esta visita, que conviene ver luego, o por otras diligencias, V. S. entendiere que se puede ahorrar algo sin inconveniente, será muy bien hacerlo sin perder tiempo, pero sin muy entera luz no se debe innovar.

Tengo yo por muy acertado que los soldados de estos presidios sean no sólo pocos sino sosegados, y que como en cosa tan vidriosa se remire en darles siempre cabeza conveniente y en que los españoles que en las partes restantes se ponen para asistir con los indios, uno en cada paraje conforme a lo que dice el Marqués de Villamanrique, sean hombres buenos y quietos, pero que nada de esto se retire sin gran tiento. Que cuando el continuarse no fuera necesario para amparo de los ministros de doctrina e indios, conviene por ahora, a mi parecer, para la seguridad de la misma paz entablada, que no se le quiten del todo las bizmas tan presto, pues se puede tener por reciente si se considera la barbaridad y facilidad inconstante de los Chichimecas y los accidentes experimentados en mi tiempo, que han amenzado mayores males.

El alzamiento de la nación Acaxes en Nueva Vizcaya fue el mayor de éstos y si velocísimamente no acudiera allá el Gobernador Don Rodrigo de Vivero, que lo trabajó valientemente con muchos riesgos de la vida y grandes gastos suyos, y yo no proveyera con tanta celeridad de armas, municiones y géneros necesarios y de leva de grueso socorro de gente, con cuya voz y si necesario fuese con su fuerza aquello se allanase, creciera la rebelión por todas las cordilleras y se encendiera la guerra.

Importará mucho que V. S. ponga solicitud en la presta y buena correspondencia de cartas de las fronteras y puntual envío de la ropa y géneros con que se acude a dichos Chichimecas y que se apoye el crédito de las relaciones y también la vigilancia de los ministros ordinarios y la diligente ejecución de lo que se les ordena, conservando los tenientes de capitán general de la Nueva España y de la Nueva Galicia, que estos oficios hallo yo por de mucho descanso para el virrey. Y yo me hallé bien para ellos con Zaldívar y Juan de Frías Salazar. Con esto presumo yo que se conservará muy bien la paz y que V. S. podrá vivir sin sobresalto, aunque a veces los avisos de religiosos y de capitanes inferiores u otros españoles le pongan en cuidado para sólo acudir al remedio sin dilación, siendo lo primero la buena averiguación de los casos, si ellos dieren lugar.

El fundarse nuevos pueblos de indios y que vayan bajando de paz y congregándose de buena voluntad y no de otra manera, y el evitar toda compulsión y aún ruegos violentos que los ministros de doctrina o los capitanes y caudillos les hagan con demasiada inoportunidad, así para esto como para que vayan a servir a las haciendas de los españoles, tengo ahora por muy importante y que se viva con gran recato de que en ellas no les hagan agravios.

Y que si los recibieren, se cantiguen y sobre todo, procurar que se funden pueblos de españoles donde hubiere alguna comodidad. Y la que siento por importantísima es la del río Verde y Puxinguia, porque estoy de ello muy informado, como quien ha tenido la entrada y población, acerca de capitular sobre ella con unos ganaderos de Querétaro. Y habiendo cesado por entonces dispuse por dos o tres veces enviar algunos ministros de doctrina con algún capitán confidente para corresponder a los vestigios y rastros de ella que quedaron en algunas partes de aquella tierra, donde algún tiempo hubo iglesias y en que hay cantidad de gente bautizada y a su modo clama por esto. Se dilató una vez con la muerte del Capitán Diego Peguero, y otra estando para entrar Juan de Frías Salazar, cesó con mi salida del gobierno. Habiéndose apercibido para ello padres de la Compañía de Jesús; de mucho esto hallará V. S. luz y papeles en el cajón que dejo.

Importará que luego se trate de que esto se ejecute, entrando a ver la tierra y reconocer la gente y trazar la población de los indios y para después de acomodada ésta y la de los españoles, que han de ser distintas, porque el ponerse por obra entre ambas no se podrá hacer hasta que primero se remedie por el gobierno el impedimento que resulta de las concesiones y mercedes de tierra y agua que se han hecho a particulares. Entendiendo yo que era remedio favorable para hacerse tratable aquella tierra y que no embarazaban a las poblaciones por ser largo el distrito útil de aquel valle, y de poco acá he sabido lo contrario y que es menester desembarazarse mucho de lo ocupado. De lo cual mandaría V. S., de mi parecer, que se tratase desde luego por la traza y con la justificación que convenga, vistos los títulos de las concesiones y la naturaleza del caso, que es de bien común.

15. La conversión de los indios de Sinaloa y presidio de allí, de que hizo mención el Virrey don Luis de Velasco, ha tenido después varios accidentes con uno o dos alzamientos y su pacificación, en que se ha usado de maña. Y cuando ha sido menester de fuerza con aventajada industria y diligencia del capitán que se llama Diego Martinez de Urdaide, soldado de muy honrado coraje y de felices sucesos. El gasto ha venido a ser grueso con el crecimiento de plazas que se hizo en mi tiempo mediante cierto socorro necesario.

Y queriendo yo extinguir éstas habrá dos años, y habiéndome puesto en conciencia que no lo hiciese, los padres de la Compañía de Jesús, a quienes ha costado sangre y mucho trabajo la administración de aquellas almas, mandé hacer una junta de teólogos y juristas y personas pláticas de la guerra y paz de las fronteras y que en ella se consultase de esto y aún confiriese sobre retirar a todos los españoles y dejar aquello despoblado. Pareció que S. M. no podía lícitamente por ahora retirar el presidio ni tampoco reformar el socorro todo, sino alguna parte de él. Esto se hizo y se dio cuenta a S. M., que aprueba en estos últimos despachos el acuerdo y el hecho.

16. Porque no haga duda a V. S. el suceso que tuvo el asiento de la pesquería de perlas de las Californias y comisión para descubrir aquella tierra, de que me hizo advertencia el Sr. Virrey Don Luis en el capítulo 5 como de negocio que se dejaba pendiente, es bien que V. S. entienda de mí lo que por ventura ha sabido de otros. Sebastián Vizcaíno fue su viaje con afecto y descubrió parte de la costa de aquella ensenada.

Tuvo tiempos contrarios que le impidieron, y aún le deshicieron mucha parte de la masa que llevaba, que en gente y algunos géneros fue muy buena. En la gobernación y en los papeles de mis secretarios habrá autos y testimonios que toquen a esto y a la justificación de su retirada sin haber conseguido el fin, además de que él hará relación copiosa. Siempre me parece que he oído tratar de este descubrimiento como negocio de buenas esperanzas en cuanto a las pesquerías y cortas en lo demás. Pues aún el apurar la salida de la ensenada en más que lo descubierto y cuando mucho, algunos pocos grados más, ha parecido que no conviene por no topar con alguna correspondencia perjudicial, despertando a quien duerme.

17. Mucho tiempo ha que trataron en esta tierra diversos virreyes que se descubriesen los puertos y ensenadas del Mar del Sur en la costa que corre desde el cabo Mendocino al cabo de San Lucas en la boca de las Californias, y el virrey, mi antecesor, dio traza en que se hiciese por un navichuelo de tornaviaje de las Filipinas, y se intentó con uno que llamaban San Agustín y le despachó Don Luis de las marinas, gobernando. Se perdió en la misma costa sin acabar el intento, y yo di cuenta a S. M. que me mandó el año 1599 por un capítulo de carta que diese orden en que se volviese a entender en esto.

Y yo lo dispuse así, y se hizo con efecto y con buenos sucesos cuanto a la navegación y acuerdos. Porque para todo ello, y lo que se podía ofrecer en un viaje largo y no sabido y para que de una vez se le diese cobro a este negocio, luciendo el gasto y consiguiéndose el fin, se proveyó muy cumplidamente de gente que fuesen marineros y soldados y de bastimentos y provisiones necesarias, y de cabezas y personas particulares que la aconsejasen y ayudasen. Y así ha resultado entera luz en lo que se deseaba y claridad de que hay dos o tres puertos buenos, y uno en 37 grados, casi en la misma parte donde vienen a reconocer las naos de Filipinas. Y toda la demarcación queda por menudo, así por letra como por descripción en un libro que de ello se hizo y queda entre los papeles entregados a V. S. y el duplicado se envió al Consejo.

18. Vendiose aquí en mi tiempo el oficio de receptor de penas de cámara, como S. M. tenía mandado, y se pensó que se hallara poco por él y hallose mucho. Y si se vendiera hoy que el oficio está ya bien conocido, entiendo que se hallará más. Reparó el Consejo primera y segunda vez en dos inconvenientes para la confirmación, mas ya se le satisfizo y la despachó. Este género estará siempre que quiera en este reino, porque de dos repúblicas de que consiste, la de los indios no produce utilidad ninguna para esta caja por no condenarse en pena pecuniaria; y hace costa como la de los españoles en jueces y diligencieros y receptores que necesariamente se despachan en sus delitos y en otros casos extravagantes que les toquen y en que no haya de donde costear, como lo escribí a S. M.

Lo hallé en muy mal estado, por otros accidentes, de dinero que se había sacado de este género para costear los gastos de la visita que tomó el Obispo de Tlaxcala al Virrey Marqués de Villamanrique, y empeños en que estaba de deudas a la caja real de empréstitos hechos de ella a las penas de cámara para los gastos de lutos y honras de la que después se ofreció otro en la reina Doña Ana, nuestra señora, de S. M. Y lo que hacía mucha compasión, que se debían 30.000 o más pesos de rezagos de salarios a jueces y oficiales de residencias y a los oficiales de la audiencia, los cuales servían sin paga segura de sus tercios corrientes. Antes, lo muy ordinario era que el más diligente o que tenía más favor en el acuerdo para las libranzas o con el receptor para el cumplimiento cobrara. Y los otros pobrecillos se quedaban dos tercios a veces, y tres o cuatro, sin alcanzar a un real.

Y permanecían después con gran golpe de dinero perdido para su pobre caudal, porque en anexándose el rezago, tenía poco o ningún remedio. Y la sala del crimen, como tenía mano en la gruesa de las condenaciones, hacía pagar a sus oficiales puntualmente, que de todo junto resultaba una gran desigualdad y confusión. Pareció al acuerdo que se mandase que no cumpliese libranza ninguna el receptor sin que llevase decreto mío a las espaldas y que éstos se diesen presentando primero a fin de cada tercio el receptor memorial jurado del procedido de gastos de justicia y penas de cámara y de los gastos menudos hechos con diligencieros, cuya paga no sufre dilación.

Y sacada allí la razón de lo que monta su décima y que visto el resto, yo le ordenase que ante todas cosas cumpliese los tercios de sus salarios a los oficiales que sirven dentro de la audiencia, como se hacía con efecto por una lista de todos ellos y lo que habían de haber. Y que para la obra, si la hubiere como alguna vez la hubo, diese yo mis decretos a las deudas que me pareciese más necesario cumplirse sin consideración de anterioridad por ser todos acreedores personales y que concurriendo por prorrata les cupiera casi nada.

Esta orden se guardó también a la sala del crimen, porque yo les ordenaba que no vejasen al receptor sobre compelerle a cumplir sus libranzas. Y también les encargaba que no aplicasen por ahora para obras pías por serlo harto que todo se convirtiese en pagar lo más que fuese posible de estos servicios personales como lo sería que S. M. mandase tomar resolución en lo que le escribí el año 1597 acerca del notorio defecto de paga de los jueces de residencia y en razón de los inconvenientes que de ello se siguen y razones apretadas que se representaban para que S. M. proveyese de remedio.

19. Del acuerdo de hacienda habló el Virrey Don Luis de Velasco en la advertencia 14 y el marqués en la primera y él fundó este acuerdo, que fue muy útil para lo que antes se trataba en juntas extraordinarias si se usa de él para negocios de administración de real hacienda, especialmente que tengan razón de dudar para el virrey o sean tan universales o tan importantes por esta razón o por otras que requiera consejo, y para acordar al virrey lo que es necesario proveer de azogues u otras cosas. Y al fiscal los pleitos que conviene seguir y acabar y pedirle cuenta el rey de ello.

Y a los oficiales de las ventas de éste, monedas y otras cosas, porque si se ocupa en peticiones de salarios y pagas debidas y otras cosas que el virrey puede proveer sin que haya por qué dudar, el tiempo se consume, y es muy poco el de tres horas cada semana para semejantes materias.

Fue muy acertado el mandar el Consejo que asistiese un oidor, pero el ser necesariamente el más antiguo, muchas veces vendrá bien y otras no. Así escribí algunas veces a S. M. que convendría que si no se redujese esto a la elección del virrey, sería bien que él propusiese al Consejo algunos sujetos, los que le pareciese más aptos en la audiencia para tratar de estos negocios con la libertad que la cosa pide.

Y también que sería justo darle alguna ayuda de costa cada año con que se animase a este trabajo extraordinario, como entiendo que se hace en la corte con los consejeros en algunas ocasiones, que con 500 pesos cada año me parece que bastaría.

Escribí asimismo que S. M. en un capítulo de carta, respondiendo a mi antecesor sobre que se dudó si el voto de los oficiales reales era consultivo o decisivo, se sirvió de declarar que era y se debía entender por decisivo. Y que no obstante yo procuraba gobernarme en estos acuerdos de arte que no llegase a caso, me había parecido avisar anticipadamente a S. M. que si hubiesen de computarse por votos diferentes y de por sí el de cada uno de los oficiales reales, podría acontecer que haciendo mayor parte entre cinco arrastrasen a su opinión o a su voluntad, si alguna vez la pasión los cegase, a los votos del virrey, que comúnmente es libre y del oidor, que por la mayor parte lo estará y es letrado.

Y que esto sería de mucha fealdad y contra el decoro debido a la grandeza que representa el virrey, y que esto se podría reparar con que todos los votos fuesen consultivos en este acuerdo, o al menos aquellos de los jueces oficiales. O habiéndose de tener por decisivos, se reputasen en un voto todos tres, y cuando no estuviesen conformes se tuviese por voto al parecer de los dos de ellos, pues es la mayor parte de los tres. Que para esto si alguno estuviese enfermo u ocupado y hubiese discordia entre los dos compañeros, sería fácil enviar por el voto en papel.

Y si ausente, se podría hacer lo mismo, siendo el negocio arduo y que sufriese espera, y no siéndolo, podrían quedar los pareceres de los dos presentes sin fuerza de voto, no queriendo conformarse. Otro medio podía ser para excusar en parte los inconvenientes dichos o parte de ellos, y es que fuesen de este acuerdo otros dos contadores, el de cuentas y el de tributos, que lo es también de azogues y alcabala. Sería más numerosa la junta con estos dos votos, habría más ojos y mayor noticia de todas las materias porque entre muchos siempre habría algunos antiguos.

Y porque cada uno suele saber más en lo que es de su cargo que no del ajeno, además de que en tocándose en punto que pudiese serle odioso a algunos de los asistentes, habiéndose conferido algo o advertido él de su razón, podría salirse sin hacer falta que hoy entre tan pocos cualquiera hace alguna. Y si los oficiales reales por respeto común tuviesen interés en la plática, como puede ofrecerse, o no se han de salir o apenas queda forma de despacho.

20. La real hacienda ha crecido en géneros y es parte muy principal y que S. M. encarga mucho a los virreyes cuando los envía. Y no se si es más lo que he trabajado en ella sola que en todo el resto del gobierno, fuera de las congregaciones y servicios personales por mi obligación y por suplir con buena administración y solicitud lo que me faltara para poderse enviar a S. M. la cantidad acostumbrada si me descuidara de ésto.

Y por otra parte hubiera tratado a los vasallos y deudores de S. M. con la moderación y suavidad que lo he hecho y como conviene en estatura aún para asegurar las mismas deudas y hallarse quien fie y gastare con tanto ánimo como he gastado en amparar las provincias de mi cargo y socorrer otras y aún alguna vez la flota, conservando y aumentando para con los enemigos la reputación de este reino y gobierno y animado con esto el comercio.

Ha sido nuestro señor servido de que si no es el año 1602, en que le fueron a S. M. de menos 300.000 pesos que por extraordinario gasto se consumieron en los socorros que llevó a las Filipinas el Gobernador Don Pedro de Acuña y en la guerra y pacificación de los indios Acaxes de Topia y San Andrés en la Nueva Vizcaya, todos los años restantes se ha llevado a S. M. lo que se solía y más. Y traído a buena parte menos la deuda de los mineros y sus rezagos y dejando socorridas y sobrellevadas las minas y mineros con ventajas, como se verá cotejando lo que mis antecesores enviaron y yo he enviado y lo demás por otros papeles.

Este género de negocios, pidiendo sólo él una relación copiosa, por capítulo lo han cifrado los virreyes cuando salen en uno o en dos de los advertimientos generales. Y presumo que es por tener dueños en los oficiales reales y contadores de quien el sucesor pueda informarse en particular V. S. podrá hacerlo así y yo excusar de alargarme en este capítulo.

Mucho procuraré enterarme de las cosas de la real hacienda, como V. S. verá por tres papeles que envié a S. M. el año 1598, el tanteo de lo que vale la hacienda real y costas que tiene, y el estado de las congregaciones de minas y un discurso en ellos, géneros de que consta la hacienda de S. M., y disposición en que se hallaban y lo que conviene proveer en cada uno, avisando de lo que yo haría de oficio y de lo que no podría por mi autoridad sola y sería necesario que lo mandase el Consejo.

Hice una visita general de las minas en Pachuca por mi persona y en las demás pares por comisarios y vistas las visitas mandé suplir a las haciendas el azogue que les faltaba y tuve la mano en que no se diesen otros de nuevo por ser orden de muchos preceptos y ordenanzas y muy sujeta a fraudes y tener por acertado irla olvidando y reduciendo esta distribución a venta que los alcaldes mayores hagan de ello a su riesgo de contado o a plazos, dándoles a ellos un año de término o más o menos, conforme a las fuerzas de las haciendas a que se debe atender para esto y para no apurar por ejecución los alcances del alcalde mayor cuando sale. Pues como él fuere apretado, así los apretará a ellos y desviará su beneficio, de que S. M. goza el principal fruto.

Di a las minas de nuevo algún más servicio de indios donde pude, y les mandé hacer socorro de sal y maíz, tratando también de darles reales y como después cesó lo del maíz y sal en las partes donde se me pidió por los mineros, respecto de que la orden era utilísima, pero pasada por manos de hombres y peligros de codicia mostraba inconveniente.

Encabecé las alcabalas en casi todas las partes que tienen sujeto para esto. Y por medio de Francisco de Quintanadueñas, persona suficientísima que envié a ello, hice reformar y ajustar la caja de Zacatecas y sus cobranzas y administración de azogues y recogí con efecto 200.000 pesos de plata, que los ciento y cincuenta no hubieran venido si él no fuera.

Y porque de él me he ayudado en muchas cosas de hacienda de S. M., le llamé a Cuernavaca, estando malo, e hice una relación del estado de la real hacienda por miembros con cuya ayuda y le encargué que con ella informase de mi parte a V. S. para mayor seguridad en la inteligencia de esta materia, a que V. S. ha mostrado particular inclinación. Y para satisfacer a lo que V. S. ha querido confiar de mí, de que le serviré cuidadosamente para la anticipada noticia que ha deseado tomar y tener, aun en cosas de que no se suele hacer papel, y cuales las pudiera yo advertir a mi hermano si él me sucediere en el cargo.

21. Solamente me ha parecido decir a V. S. en particular de lo que toca a hacienda lo que ha pasado en el negocio del ensayo general y el estado en que queda, porque de mi mal parecer no tiene menos interés en esto el real haber que la misma república. Una de las cosas que entendí generalmente conviene remediar en este reino era el daño y maleza que había en la plata que en él corría por haber mucha falta de ley en ella y resultar de esto mucho engaño en el trato y comercio general y no menor a la real hacienda por llevar todos a la caja la peor plata que hallaban, y S. M. cuando la hacía recibir en Castilla, perdía mucho dinero, de que yo tuvo aviso. Y para remediar esto proveí a los oficiales reales de México y a los de las demás cajas reales y a todos los alcaldes mayores de minas que con mucha vigilancia advirtiesen no señalar la plata que no fuese muy buena, con penas de que a su costa se fundiría la que enviasen mala.

Y aunque con esta diligencia se remedió parte de esto, todavía convino asegurarlo más, procurando saber de los alcaldes mayores y diputados de las congregaciones de minas las causas de haber crecido tanto el daño y los medios que podría tener el reparo. Respondiose de muchas partes que el remedio era que hubiese ensayadores como en el Perú; de esto resultaría gozar de la ley entera los que hacen la buena plata y de la que aventajaban de lo que corre en el reino de ocho pesos y un tomín en las pagas que hacían.

Yo mandé comunicar este negocio en el acuerdo de haciendas y fuera de él, y habiendo tratado de ello con cuidado y hecho algunas juntas en que determiné que se asentase generalmente el ensaye, tuve aviso de S. M. en que sin saber de esto otro, me avisaba que en el Consejo se había acordado lo propio y que para ello se me enviaría despacho en forma. Y yo, viendo su importancia y la que tenía la brevedad, sin aventurar alguna dilación grande con esperar aquel pliego, que se podía perder, lo llevé adelante hasta ponerlo en efecto, habiéndose primero ventilado y comunicando con personas expertas, y se dio asiento quedando a mi cuidado enmendarlo después en lo que viniese diferentemente ordenado del Consejo.

Nombráronse ensayadores para las minas y partes donde hay cajas reales y hubo hartas dificultades hasta ponerlo en este estado, y habiendo poco que le tenía, me llegó otra cédula de S. M. en que aprueba mi resolución y me manda asentar esto y que se vendan los oficios de ensayadores en las partes que pusieren. Y por no ser cosa entendida la importancia de ellos y la utilidad que tendrán los que los usaren y que para que sea conocida es necesario que pase algún tiempo y que con él se venzan las dificultades y novedad que causa el ensayo y se conozca su mucha utilidad.

Me pareció que era fuerza el sobreseer la venta de dichos oficios, con lo cual entiendo que S. M. tendrá un gran interés del valor que por ellos dieren, y este se disminuyera mucho si ahora luego se tratara de venderlos para antes de partida de flota; y la corriente de la ejecución a que estábamos atendiendo mediante las personas que habían partido a entender en este ejercicio se turbara y detuviera. Por lo cual me pareció no enviar a V. S. esta carta o cédula anticipadamente de las demás, sino con ellas.

Y bien sé que hay ya contradicciones grandes para el ensaye, pero esta es la voluntad de S. M. y lo que conviene al bien público en razón de conciencia y de justicia; y a la real hacienda por la breve y segura cobranza de lo que los mineros le deben y debieren adelante de los socorros de azogue y otras cosas de que los fuere proveyendo, lo cual se podrá hacer con larga mano habiendo casa señalada adonde se sabe que ha de venir toda la plata sin derrotamiento alguno.

Inconvenientes podrá ser que tenga, mas pocos y ligeros en comparación de la utilidad, aunque los encarezcan mucho conforme al dolor los que tratan en plata, que aunque suenan ser pocos, se debe extender esta contratación a mucho número y género de gente de estado, mercaderes y no mercaderes, y entre ellas por ventura personas calificadas. He entendido que de algunas congregaciones de minas viene ya la plata ensayada, y así es de presumir que lo mandará V. S. ejecutar en todas. Hecho en Acapulco, 28 de marzo de 1604.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 2, 1977, pp. 192-216.