Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

      1690-1699

      1680-1689

      1670-1679

      1660-1669

      1650-1659

      1640-1649

      1630-1639

      1620-1629

      1610-1619

      1600-1609

          1609

          1607

          1606

          1604

          1603

          1601

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XVII > 1600-1609 > 1603

Informe de Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros, sobre los problemas que encontró a su llegada a México.
20 de noviembre de 1603

El 26 de octubre entré en esa ciudad, y el 27 tomé la posesión del cargo. Y aunque en este tiempo y en el que ha que entré en el reino, he procurado tomar noticia del estado de su gobierno, con todo eso, como toda la ciencia que puedo tener es por relaciones ajenas que por estar hasta ahora poco averiguadas las juzgo por sospechosas, no me han parecido dignas de hacer capítulo de ellas a S. M. Y así, he tenido por más acertado representar en ésta tan solamente mi buen deseo de acertar a servir a S. M., y reservar el darle cuenta más larga para cuando haya mayor noticia de todo.

Quince o veinte días antes que el Conde de Monterrey, mi anterior, dejase el cargo, le pareció conveniente alzar la mayor parte de los repartimientos de indios que en ese reino se daban para servicios personales. Y aunque esto se ejecutó en cumplimiento de orden que tuvo para ello de S. M., con todo eso holgara que hubiere sido en otro tiempo, por ser este el de la cosecha de todo el reino y parecer que, aunque convenga intentar o comenzado, fuera bien estuviera asentado y corriente en sazón que el uso de los indios es tan necesario y forzoso. Muchos inconvenientes van asomando en este nuevo modo, y no sé si tantos provechos como se juzgó había de tener aún para los mismos naturales, cuyo descanso y libertad fue el motivo de la resolución. Pero, en tan poco tiempo como ha que trato de estas materias, no me sirve el haber topado con las dificultades, además de darme ocasión a que con particular cuidado mire la sustancia de ellas. Y así, no podré en esta decir a S. M. que han sido bastantes a moverme de contrario parecer del conde, y vivo tan recatado de no desacreditar el mío, dándole nombre de presto y antojado, que aunque tuviera alcanzadas todas las tretas de este secreto, aguardara a que se pudiera presumir que el tiempo y curso de estas materias me habían reducido, y no los fantasmas que oponen los interesados. Con todo eso, sería posible pudiesen conmigo el mandar suspender la mudanza, siquiera por estos dos meses de la cosecha, pero cuando esto fuese de que no quedo prendado, reservándolo para más consideración, será habiéndolo consultado con este acuerdo, y tomado parecer sobre ello.

La plática de las reducciones de los indios es tan general, y la importancia de ella tan vista y patente, que no se defiende la inteligencia aun a los que ha tan poco que la traen entre manos como yo. Y así, cuando S. M. no hubiera sido servido de mandar que en mi instrucción se me diera tan claro motivo de su voluntad en esta parte, la necesidad que hallo en el reino de que se consiga el fin tan santo que S. M. tuvo para mandar se comenzasen a poner en efecto, justa de manera que lo reputara a S. M. como medio necesario para el descargo de su real conciencia, y presupuesto que estoy con este designio de proseguir con fuerza lo comenzado hasta darle entero cumplimiento. No disto en nada del deseo del conde, mi antecesor, que con tantas veras fue dueño de este principio, si bien me ha parecido conveniente significarlo a S. M., porque habiendo de mudar algunas cosas que no me parecen necesarias para conseguir el fin que se pretende, será muy posible llegue la voz a S. M. de que yo no doy tanto calor a esta materia. El estado que ahora tiene no podré decir a S. M., porque aguardo aviso de todos los partidos para poder darle a S. M. con más certeza en el segundo navío para donde remito el que S. M. sepa lo que correrá por mi cuenta acerca de esta disposición. Veo, señor, mucha cantidad gastada de la real hacienda de S. M. en estos años, distribuida en salarios de ministros de esta reducción. Presumo del cuidado y prudencia del conde no llegará a usar de esto si no fuese con ciencia cierta de que no se podía excusar, pero mientras yo no tuviese ésta me hallo obligado de intentar todos los medios necesarios para que S. M. consiga esta obra tan pía a menos costa de su hacienda, y el reino la goce con menos vejaciones en cuanto fuere posible. Fío de mi deseo de servir a S. M. y de cumplir con esto, y así no me ha parecido temprano para ofrecerlo.

Cuando estuve en esa corte, no se me dio intento de que había de ocuparme en tomar residencia al Conde de Monterrey, mi antecesor. Juzgo sería por ser ya uso asentado el cometerse generalmente a los sucesores de este cargo, aunque holgara de haberlo sabido para reputar a S. M. lo que ahora parece llega tarde: con el conde tenemos mucha deuda la marquesa y yo, y profesión de amistad de algunos años. En conformidad de ésta y del estilo ordinario que los virreyes han tenido en este reino con los que les vienen a suceder, hallé en el puerto de Veracruz criados del conde, sus coches y literas, en que hice mi jornada sin ningún recato. Llegué a Otumba, nueve leguas de esta ciudad, donde fui huésped del conde seis días y en ellos tuve la conferencia ordinaria del estado de los negocios de este reino. Salido de allí me dieron el pliego del primer aviso, donde venía la comisión para tomarle residencia, y aunque nada de lo pasado me parece que me atará las manos por proceder con libertad en esta causa siendo menester, con todo eso, como ha tan poco que salí de juez ordinario, aún no he perdido el escrúpulo, y así he querido decirlo a S. M. tan menudamente. Asimismo me he determinado de pedir al conde que los meses que ha de estar en este reino los pase cerca de esta ciudad, con intento de partir el camino y tener ordinarias conferencias con él tan graves negocios como me deja pendientes, pareciéndome que todo lo demás es accesorio. Llegado a comparar con lo que conviene el acertamiento de lo que se fuere haciendo, que quería no me costase a tanto precio como lo compra quien lo aprende errando primero. Juntándose a esto el poder afirmar con certeza a S. M., desde luego, que el conde ha procedido como cristiano y cuerdo caballero y de manera que, si pudiera culparse por demasía el sobrado tiento en la ejecución de sus acciones, sóla ésta se conociera en el conde.

La residencia de los criados del conde, en virtud de la comisión que S. M. me da para ello, la he cometido al Dr. Francisco Alonso de Villagra, oidor de esta real audiencia, que es la persona que hasta ahora he conocido por de mayor entereza y sustancia.

Cuando partí de esa corte, Presidente Conde de Lemos me dio orden a boca que tratase a los caballeros de este reino con igual cortesía, y así traje resolución de hacerlo por parecerme el medio más conveniente para quitar las quejas de los más, no hacer diferencia con los menos. Hallé que el Conde de Monterrey llamaba merced a Don Juan Altamirano, caballero del hábito de Santiago, yerno de Virrey Don Luis de Velasco; y a Don Carlos de Luna y Arellano, mariscal de Borobia y de los caballeros más principales de este reino, ayudado esto con canas; y Adelantado Melchor de Legazpi hombre honrado y viejo; a Rodrigo del Río, caballero del hábito de Santiago; y a Don Rodrigo Vivero, que la pretendió por gobernador de la Nueva Vizcaya. Es de gran inconveniente que en esto no haya orden precisa de S. M., quitando la licencia a los que tuvieren este cargo de dispensar de hacienda que no es suya, pues la autoridad y ser que aquí reputamos es propia de S. M. Y es bien para la resolución de este caso, se considere que habiendo de haber excepción y mejora de cortesía en algunos de estos caballeros no se haga por sangre, ni nobleza, porque como es tan dificultoso el propio conocimiento, no habrá ninguno que no se juzgue igual a los que gozasen de esta gracia, y será causa de traerlos inquietos, y descontentos, como ya lo empiezan a estar algunos. Y así se podría buscar medio, tomando ocasión de aventajar a los que S. M. fue servido de hacer esa merced, dando por causa calidades personales, como sería a Don Juan Altamirano por yerno del virrey, y a Don Carlos de Luna y Arellano por mariscal en Castilla, con que cesará la pretensión de él que lo es en la China, que entiendo tiene diferente calidad, y los demás echarán de ver que los que gozan de esta ventaja es por adjuntos que se acaban con las personas. Y aseguro a S. M. que si en esto no hay orden particular, a pocos años vendrá a ser este cargo un conseguimiento, porque el virrey que viene entra siempre llamando merced a los que su antecesor se la llamaba, y él aumenta otros algunos por obligación de deudo o amistad, y así se vendrá a perder mucha parte de la veneración y desigualdad con que los virreyes se han de hacer tratar en estos reinos tan distantes de S. M. para asegurar más en ellos la lealtad y obediencia que se le debe; y si la pretensión de los que tienen gobiernos proveidos por S. M. tuviese lugar, o se les habría de quitar esta honra en acabando el oficio, que era hacerles mayor tiro, o a poco tiempo serían todos merced, pues tales provisiones forzosamente se han de repartir en los naturales de este reino. En él se empezó a sentir apretadamente por los interesados que yo trajese resolución de tratarlos con igualdad, y así acudieron al Virrey Conde de Monterrey y arzobispo de esta ciudad, los cuales hicieron apretadas diligencias conmigo en esta materia, dándome motivo de alguna inquietud y desamor que causaría, en los principios de mi gobierno, la mudanza. Acercándome más a esta ciudad, y creciendo estos avisos, me pareció conveniente consultarlo a la audiencia, y así le escribí sobre ello; y fue de parecer que mientras no hubiese orden nueva de S. M. en respuesta de esta réplica, era bien conservar las mercedes en su posesión. Así lo hice, y me parece que ya que no convenga degradar a los que han recibido este beneficio, será justo S. M., se sirva de dar orden para lo de adelante, con que quedarán las cosas como deben, reservando la gracia para S. M., que es quien la puede hacer.

Con los dos navíos de aviso primero y segundo, recibí tres cédulas de S. M., sus fechas 29 de abril de este año, dirigidas al Conde de Monterrey, en que S. M. manda se le informe qué obrajes de paños hay en esta tierra, y con qué licencia se fundaron, y qué derechos se pagan de la fábrica de los paños. En otra, manda S. M. se le informe si se podrá excusar el juez de obrajes que se nombra en esta ciudad y la audiencia, para que se de parecer si podrá vender una escribanía en cada corregimiento. Asimismo, recibí otras tres cédulas, que una del 29 de septiembre de 1602 contiene la orden que S. M. manda se tenga en la venta de los oficios reales por cuenta de la real hacienda; otra del 13 de mayo de este año para que se venda el oficio de alguacil mayor de la ciudad y puerto de la Nueva Veracruz; y la última de 1.o de junio de este año para que yo informe y de mi parecer sobre si convendrá o no quitar el juzgado de los indios donde conoce el virrey de primera instancia. Todas quieren tiempo y consideración, y así remito su respuesta para el segundo de aviso. Dios guarde a S. M. como la cristiandad ha menester. México, 20 de noviembre de 1603.

El Marqués de Montesclaros.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 2, 1977, pp. 273-276.