Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

      1590-1599

          1599

          1598

          1597

          1596

          1595

          1593

          1592

          1591

          1590

      1580-1589

      1570-1579

      1560-1569

      1550-1559

      1540-1549

      1530-1539

      1520-1529

      1510-1519

      1500-1509

  Siglo XV

Siglo XVI > 1590-1599 > 1590

Advertimientos generales que el Virrey de Nueva España, Alvaro Manrique de Zúñiga, Marqués de Villamanrique, dio a Luis de Velasco
14 de febrero de 1590

Memoria de las cosas que me ha parecido advertir al Sr. Virrey Don Luis de Velasco, conforme a lo que S. M. me manda por una real cédula suya cerca del estado en que están las de la tierra.

1. Una de las cosas más principales y a que más deben acudir los virreyes en la Nueva España es en mirar por la real hacienda de S. M., buen cobro y administración de ella, por estar tan derramada en toda la tierra y no haber en ella renta que sea cierta y estar todo lo demás remitido a la administración y fieldad de los que la tratan. De cuya causa, cuando aquí llegué esto tan estragado que pocas personas había en la tierra que no se aprovechasen de la real hacienda. Para cuyo remedio ordené que el martes de cada semana hubiese en mi cámara desde las tres de la tarde hasta las cinco, junta y consejo de hacienda, en el cual me hallaba yo presente siempre y el fiscal de S. M. y los tres jueces oficiales de la real hacienda. Y allí se traía en memoria todo lo que a S. M. se debía y las deudas rezagadas y mal saneadas, y se daba orden en sus cobranzas y seguridad, y se proveían otras cosas importantes de buenos arbitrios y administración. Y de esta diligencia ha resultado haber cobrado muchas deudas de muchos años a esta parte que estaban perdidas y sin poderse cobrar, como parecerá por los libros de la contaduría y dicho acuerdo de hacienda.

2. Y la orden que para esto se tenía es que por las ocupaciones de los secretarios de gobernación y atento que lo más que allí se despachaba era de oficio a que ellos no podían acudir, pasaba todo ante mi secretario por tener yo más a la mano el despacho de los negocios y de todo lo que allí se decretaba y ordenaba enviaba los despachos a las personas que les tocaba para que los ejecutasen. Y cuando había que hacer algunas provisiones y mandamientos, siendo de oficio donde no se habían de llevar derechos, las ordenaba, refrendaba, despachaba y asentaba en su libro, y los que eran de pedimento de parte se remitían los decretos a los secretarios de gobierno para que los despachasen y cobrasen sus derechos.

3. En estos acuerdos de hacienda se han proveído y ordenado muchas cosas muy importantes al servicio del rey nuestro señor y buena administración de su real hacienda, entre las cuales son de gran importancia que no se ha proveído ninguna persona de ningún cargo de ninguna calidad que sea sin que primero y ante todas cosas, no trajere certificación de no deber nada a S. M. ni a su real caja de ningún género de hacienda ni a los bienes de los difuntos, y de haber dado residencia de los cargos que hubiere tenido y constatar no tener impedimento para poder tener otro. Lo cual se ha guardado inviolablemento y ha sido de mucho efecto porque había alcaldes mayores que lo habían sido de minas y otras partes, que debían a S. M. mucha suma de pesos de oro y por gozar del beneficio de ser proveídos, los pagaban y los que no podían pagar luego (que de éstos han sido pocos), se toma asiento con ellos, asegurando la deuda de manera que ha venido a cobrarse. Y esto es cosa importantísima y muy conveniente se lleve adelante.

4. También ordené que los oficiales reales tuviesen libros donde asentasen ad longum todas las escrituras y cédulas que en cualquier manera se debiesen a S. M. con el día, mes y año en que se cumplían, y que el contador de cuentas, cuando se las tomase, les hiciese cargo de ellas si no las hubiesen cobrado. Y aunque lo sintieron ásperamente, es cosa importantísima y que se guarde y ejecute. V. S. hará lo que fuere servido.

5. También ordené a los oficiales por un mandamiento que fuesen obligados a servir sus oficios por el salario que S. M. les da y no más. Y por ser obligados a dar cuenta con pago de todo lo que entrase en su poder en plata, reales y en especie, sin poder alegar ahora ni en ningún tiempo merma por ningún respeto, atento a que en la plata que reciben no la tienen ni pueden tener y que es cosa clara que al recibir los pesos los reciben largos del recibo, sirven de algunas mermas si las hubiese. Lo cual ordené con mucha consideración por causa de Antonio de Villanueva, contador de la hacienda de Veracruz que habiéndole hecho alcance de mucha cantidad de pesos de oro, pretendió dar en data cinco mil y tantos pesos de merma de plata, sin tener ninguna merma. porque allí no tienen más administración que cobrar los derechos del almojarifazgo de lo que toca a aquella caja y pagar las libranzas o embarcarlo en las flotas, sin que la plata se mueva de una parte a otra. Con este auto que así proveí que se notificó a los oficiales de México, Zacatecas y Veracruz, se han excusado grandes inconvenientes, porque si se hubiera de dar lugar a que se admitieran demandas de mermas, los de México las pidieran cada año, y los de Veracruz y Zacatecas lo propio, y los alcaldes mayores que administran los azogues, que son muchos, las pidieran también y tuviera S. M. necesidad del tercio de su hacienda para pagar estas mermas, sin ser posible averiguarlas con certidumbre sino con testigos de conjeturas; que como V. S. mejor sabe, en esta tierra se hallarán por cuatro reales testigos de afirmación y vista de lo que no vieron. Y si los oficiales reales, alcaldes mayores de minas, no quisieren servir los oficios con esta calidad, queda el negocio llano con nombrar otros que los sirvan con ella. pues hay tantos que los apetezcan y tengan gana de ellos.

Con lo cual S. M. tiene los derechos a salvo para pedirles enteramente lo que se les entregase, y ellos no pueden pretender ignorancia ni alegar ni pedir nada en ningún tiempo, pues así se encargarán de los oficios.

6. También ordené que tuviesen libro donde asentasen todas las cosas en especie que S. M. tuviese en este reino y para esto envié mandamiento a los oficiales de Veracruz, Acapulco y castellano de San Juan de Ulúa, en que los ordené que cada año enviasen memoria y testimonio autorizado a los de México de todas las cosas en especie que tuviesen en su poder, así de esclavos, navíos, jarcias y municiones y artillería, como de los demás, añadiendo y quitando cada año lo que se hubiese comprado, consumido o gastado para que los oficiales lo asentasen en su libro y siempre tuviese el virrey razón de las cosas en especie que hay en los puertos y otras partes para lo que fuere necesario proveer.

7. Como V. S. sabe, en esta tierra tienen diferente valor y estimación los reales de la plata, y atento esto, visto que por ordenanzas de S. M. está mandado que lo que procediere de sus reales almonedas se cobre en reales y no en plata, y que también se cobren en reales los tributos de indios y otras cosas, ordené a los oficiales reales que fuesen obligados a hacerce cargo de lo que recibiesen en reales y de lo que recibiesen en plata, y que de la misma forma fuese la data. Va a decir esto mucho a la real hacienda.

8. Las quitas y vacaciones, como no alcanzan a las consignaciones que en ellas están hechas y a las en que los virreyes libran para la buena administración de su cargo y para hacer algunas gracias a los que sirven personalmente, ordené tuviesen un libro de caja de todo lo que dichas quitas y vacaciones montasen cada año, armando la cuenta con las personas que tuviesen consignaciones con su debe y ha de haber, y cada tercio se traía ante mí al consejo de hacienda. Y allí, conforme a la cantidad que había caído, se repartía entre las personas más necesitadas y que actualmente servían, teniendo consideración a repartirlo entre las viudas y personas pobres, y en su cuenta se les cargaba lo que recibían, con que la distribución se hacía más igualmente y las partes habían su dinero sin negociaciones ni trazas, y esto es cosa muy importante se continúe así y que la distribución se haga por el virrey en el consejo de hacienda.

9. Y aunque esto y otras muchas cosas que aquí no refiero por no hacer largo compendio y son importantísimas al semicio de S. M. y buena administración de su real hacienda, lo ha sido mucho la traza y orden que di en la cobranza de los depósitos y rezagos de azogue que a S. M. se debían, que eran más de millón y medio en toda la tierra. Y en la administración de los azogues, lo que adelante se hubiese de dar y para que V. S. esté más enterado de lo en esto pasa es de esta manera:

10. Cuando se comenzaron a administrar los azogues por orden del Virrey Don Martín Enríquez, la dio de que los oficiales reales entregasen a los alcaldes mayores de minas la cantidad de azogues que en ellas se hubiesen de consumir, los cuales diesen fianzas de administralos y venderlos, fiándolos por un año, cobrando de los propios mineros fianzas y obligaciones hechas a S. M. y a los propios alcaldes mayores de pagarlo en cincuenta y dos semanas a prorrata por cantidad cada semana. Y como estos alcaldes mayores por sus tratos y granjerías se descuidaban de cobrar esto que así fiaban, y otros antes de cumplir las cincuenta y dos semanas eran removidos de los cargos por delitos o por otras cosas, quedábanse muchas deudas por cobrar. Y esto fue mucha cantidad. a lo cual pusieron por nombre rezagos de azogue. Y queriendo dar medio a esto, el Virrey Conde de Coruña ordenó que esto no fuese por esta forma sino que habiéndose visto el beneficio de minas que tenía cada minero, conforme a él se le entregase la cantidad de azogue que hubiese menester en depósito, dando fianza de que la volverían cada y cuando que S. M. se lo pidiese con que al tiempo y cuando fuesen a marcar la plata, los alcaldes mayores cobrasen de ellos tanta cantidad de plata como azogue hubiesen consumido para que siempre el depósito estuviese en pie. Después, gobernando el arzobispo, visto que en el cobrar y dar del azogue consumido no había regla cierta, ordenó que por cada marco de plata que fuesen a marcar se les quitase el valor de una libra de azogue y se les diese otro tanto en especie, que es lo que poco más o menos se consume en el beneficio y que por cuenta de lo que debían rezagado del tiempo de atrás se cobrasen el cuarto de lo que fuesen a marcar. Esta orden al principio pareció muy buena, y habiéndose dado cuenta de ella a S. M., me la remitió a mí para que informase de lo que en ello me parecía y aunque luego que aquí llegué la tuve por buena, después que el tiempo me fue descubriendo las cosas de la tierra, me pareció que convenía alterarla. Porque como al tiempo y cuando estos depósitos se mandaron hacer fue por mano de los alcaldes mayores que estaban en las minas y estos habían fiado mucha cantidad de azogue de lo que antes llamaban deudas de rezagos, por no quedar sujetos a la cobranza viendo que estaban las deudas de mala condición, lo hicieron todo depósitos, cargando a S. M. esta cantidad y quedando ellos libre de ella. Y como los más mineros ordinariamente están necesitados y adeudados, vístose con tanta cantidad de azogue como los depositarios, comenzaron a pagar sus deudas con él y hacer mohartas y baratas de manera que dejando de acudir al beneficio de sus minas, para cuyo efecto se les dio y repartió el azogue, y debiéndole tener siempre en depósito y en pie, pagaron sus deudas con él. Y luego, con una información de que tenían más beneficio que al principio, se les hacía luego nuevo depósito, por manera que esta deuda iba siempre creciendo, y lo que S. M. entendía que tenía entero y depositado estaba ya cambiado y enajenado sin poder servirle de beneficio para los mineros a quienes se había dado. Y así, habiendo mandado hacer informaciones y vista de estos depósitos que así estaban obligados a tener siempre de manifiesto los mineros, hallé que no había entre todos ellos la tercia parte del azogue que se les había depositado y que cada da iba esta deuda de peor condición. Y así ordené que esto cesase y de aquí adelante no se diesen más azogues en depósito, sino que los alcaldes mayores de minas hiciesen un cuerpo de toda la deuda de depósitos y rezagos, y que cuando los mineros fuesen a señalar su plata por cuenta de todo ello les quitasen en la Nueva España el cuarto, y en la Nueva Vizcaya y en la Nueva Galicía el sexto. Y que los azogues se entregasen a los alcaldes mayores a muy buenas fianzas para que ellos los repartiesen entre los mineros a ciento diez pesos de minas, no más al fiado o contado como ellos quisiesen, con que todo fuese por su cuenta y riesgo de los mineros y alcaldes mayores y obligados a dar cuenta con pago del azogue que se les hubiese entregado por los oficiales cada fin de febrero, y asimismo tener su libro de marcas adonde se asentare la cuarta parte que cobrasen de todo lo que fuesen a marcar y entregarlo con lo demás, con cargo que no cobrando el cuarto de lo que marcasen por cuenta del rezago y depósito, sería por su cuenta y riesgo y de sus fiadores. Con lo cual se ha cobrado grandísima suma de lo que se debía de este negocio. Y con esta orden la deuda que antes se causaba e iba creciendo cada día cesó; de todo lo cual hallará V. S. las instrucciones y ordenamientos a los oficios de los secretarios.

Bien es verdad que a los mineros y mercaderes que vivían con ellos ha parecido esta orden rigurosa, porque a unos se les ha quitado el depósito que pensaban no pagar para siempre, y a los otros la ocasión de cobrar con él lo que a los mineros les fiaban, y de aquí han nacido mil quejas, demandas y respuestas, y para contravenir de esto dicen que después de esta orden hay muchas minas cerradas que no se benefician. Y dicen verdad porque lo que en esto pasa es que los mineros pobres, que con fiado tenían el trato de sus minas y asimismo tomaban el azogue y hacían de ello barata con los mineros ricos, no tenían caudal para tomar el azogue por la orden que se les manda dar. Han dejado de todo punto el beneficio de sus minas, pero no es esto se saca menos plata ni se consume menos azogue, porque el beneficio de las minas consiste en que la gente que se reparte para ley toda la que hasta aquí se daba a los mineros pobres se ha crecido en los mineros ricos. Los cuales tienen ocupada toda la gente, y si más se les repartiese, la ocuparían. Y como por la mayor parte éstos poseen las minas de mayor ley, con un mismo beneficio sacan ellos más plata que los otros que tienen metales de más baja ley.

Y por esta razón se saca hoy más plata que se sacaba antes, como se verá por las marcas de las minas y quintos. Y esto es más útil y buena gobernación que lo pasado, porque como V. S. sabe, las minas no son para hombres pobres, y si S. M. saca más provecho de que las tengan los ricos, es cosa notoria que ellos sacan más quintos que los pobres, y los ricos y S. M. no aventuran sus azogues como hasta aquí lo han hecho. Esto es lo que a mí me parece que ha convenido siempre. V. S. hará lo que fuere servido.

11. En estos acuerdos de hacienda siempre se ordenaba, como está dicho, lo que convenía de buena administración; cobrar las deudas, recogerlas o hacer esperas conforme a lo que era más útil en cualquier manera. Y de lo que en estos acueros se ordenaba, se pedía cuenta al secretario y a los oficiales de lo que se había ejecutado en el otro. Y con esto no quedaba cosa rezagada. Sobre todo servían estos acuerdos de hacienda de tener el virrey la superintendencia sobre los oficiales reales; que es cosa importantísima para que entiendan que no tienen libertad de usar de la hacienda real como de cosa suya, sino que entiendan que lo tiene el virrey todo presente y que han de hacer sus oficiales como deben. Pues la experiencia ha mostrado que de no haberse hecho esto así han resultado los daños y deudas pasadas que parecieron por la visita.

12. De todas estas cosas del consejo de hacienda he dado cuenta a S. M. y se ha tenido por muy servido de ello, mandándome por una real cédula suya que con ésta será entregada a V. S., que se continue y lleve adelante todo, con que asista a estos acuerdos de hacienda el oidor más antiguo. Y pareciéndome que traía inconveniente que de allá se hiciese esta elección de la persona, escribí a S. M. que era bien asistiese el oidor, mas que no había de ser el más antiguo ni el más moderno sino que la elección del oidor la hiciese el virrey.

13. Hallé un daño contra la hacienda de S. M. digno de remedio y era que rematándose en sus reales almonedas los maíces de sus rentas pasado el tiempo de las cosechas, alegaban los indios esterilidad, y como aquí se aprueba con tanta facilidad lo que quieren, fácílmente lo probaban, y, los oidores les daban por libres de no pagarlo o les moderaban o conmutaban. Y como esta introducción iba creciendo, la atajé mandando pronunciar un auto que de aquí adelante ningún pueblo de indios ni otras personas pudiese alegar esterilidad ni poner demanda sobre ella si no fuese el fruto pendiente, conforme a la ley del rey y que el fruto cogido, no pudiesen ser oídos conforme a dicha ley, que conviene que se guarde y lleve adelante.

14. S. M. me mandó en la flota General Francisco de Novoa, y después en las fragatas, Almirante Gonzalo Monte Bernardo, que procurase e hiciese toda la diligencia posible para enviar toda la más suma de hacienda que pudiese; y que para esto me valiese de sus vasallos. Y lo hice con el amor y cuidado que he acudido y acudo a las demás cosas de su servicio; y así le envié en entre ambas dos flotas muy grande cantidad de hacienda. Y aunque es verdad que alguna parte de ella se pidió prestada, como S. M. lo mandó, después acá se fue pagando todo. Y se pagó de manera que con enviar después en la flota, General Martín Pérez de Olazábal, más de 800.000 pesos y haber ido la más rica de mercaderes de cuantas han salido de esta tierra, no se quedó a deber en la caja de S. M. arriba de 70.000 pesos.

Y para esto cuando yo salí de esa ciudad quedaban en poder del tesoro de la casa de la moneda 40.000 pesos para pagar, por manera que hoy estará todo pagado. Y por la traza y orden que yo tenía dada se podrá enviar a S. M. en estos navíos en la flota que saliere por abril, muy buena suma de hacienda sin que se quedara a deber nada a nadie. Pues por fin de este mes de febrero se ha de recoger todo lo procedido de los azogues que se han dado a los alcaldes mayores de minas y los cuartos de la cobranza de los rezagos y depósitos, que es una buena suma, y lo que montan los quintos, alcabalas y deudas que por ahora se cumplen, y los tributos de los indios. Que aunque ha parecido rigor el haberse cobrado adelantado de ellos, ha sido muy buen gobierno y útil para ellos porque no les es pesadumbre el pagarlo de una vez, y se les releva de dos derramas que los labradores y tequitatos echaban en cobrarlos por los tercios. Pues no había ninguno que no pagase los indios medio real y más para esta derrama, y pagándole de una vez se excusa, y ellos viven con más contento. Y cuando antes de cumplir el año muere alguno, constando de su muerte, se les vuelve a sus herederos a prorrata por cantidad.

15. Y como arriba tengo dicho, S. M. no tiene en esta tierra renta cierta ninguna, porque toda ella se compone de quintos, tributos, almojarifazgos, alcabalas y ninguna cosa de éstas es cierta, porque crece y mengua; sólo lo es el arrendamiento de los naipes. Y así luego cuando vine a esta tierra me pareció que estas alcabalas se debían encabezar y después acá, considerado el estado de las cosas, me ha parecido lo contrario, así como porque cobrándomela renta en fieldad como ahora se hace, habiendo buenos administradores va creciendo cada día y si se hubiese de encabezar, no hay cosas ciertas en la tierra con que se afiance y asegure el encabezamiento, y son de parecer que lo que es México y la ciudad de los Angeles, Oaxaca, Valladolid, Acapulco, Veracruz y Zacatecas, no se encabezase ni arrendase, sino que se cobrase en fieldad como ahora se hace. Y que los demás pueblos de indios de estas comarcas se arrendasen, porque como en todos ellos de necesidad se administra por mano de los alcaldes mayores, y no pueden ser todos de la suficiencia necesaria para este ministerio, se viene a perder mucha cantidad de ella que cesaría con arrendarse.

16. La sisa que se impuso en esa ciudad para traer el agua se había alzado porque estaba ya el agua en ella por atarjea. S. M. permitió que para los reparos y para traerla por arquería y con peso a esa ciudad, yo la tornase a imponer, y que averiguase como se habían impuesto ciertos censos que se impusieron gobernando la audiencia, de lo procedido de ella. Y que tomadas las cuentas y averiguado que no estaban bien impuestos ni con la seguridad necesaria, los hiciese redimir y volver el dinero a la caja de la sisa. Yo cometí el tomar estas cuentas a Gil Verdugo, que tiene los papeles de todas, V. S. mandará que esto se fenezca y acabe y que la sea sea restituida en el fraude que en ella ha habido como cosa tan importante al bien de esa república.

17. La experiencia va mostrando la prisa con que se van acabando los indios de esta tierra, y conociendo ser la causa su flaca complexión y malos tratamientos que los españoles les hacen, después que vine a ella he procurado por todas vías, medios y maneras posibles de ampararlos y sobrellevarlos de los trabajos que padecen. Y viendo que el mayor es el del servicio personal de minas y palas, procuré dar algún remedio en ella que fuese conveniente. Y como este caso tiene de suyo tanta contradicción, no se pudo dar en todo como yo lo deseaba porque si quitaba los repartimientos de todo punto, veía evidentemente que cesaba el beneficio de las minas, que es el nervio principal de donde se compone toda la riqueza de esta tierra; y también quitando el de los panes, cesaba la agricultura.

Y pues, como V. S. sabe, los labradores son indios, no pueden beneficiar sus tierras. Tomé por buen medio no hacer novedad en lo que toca a los indios que iban a las minas más que tan solamente hacerles nuevas ordenanzas, proveyendo so graves penas no los metiesen en ellas ni les hiciesen trabajar más que de sol a sol, ni les cargasen los metales en sus mantas, y a los que he hallado que han contravenido, se han castigado. Lo que toca, a los panes, aunque el fiscal diversas veces me dio peticiones y aún en la audiencia, pidiendo que estos repartimientos y aún los de las minas, se debían quitar, no los quité por las causas que arriba tengo dichas. Mas previniendo el daño que recibían de acudir al repartimiento en la forma que antes se había, atento a que los labradores no tenían necesidad de ellos más que dos temporadas, de desyerba y cosecha, y que lo más del año los ocupaban en trabajos más excesivos de sus granjerías y aprovechamientos, ordené que no acudiesen los indios al repartimiento ordinario, y como antes se repartían, dando a 4 por ciento cada semana de los que había en el pueblo por los impedidos, se repartiese entre los demás y que los indios que quedaban en cincuenta semanas los diesen al respecto en diez para el desyerbo y cosecha, y el resto del año holgasen todos, con que viven más contentos y descansados. Y porque esta suma repartida en diez semanas venía a ser mucha cada semana, ordené que los repartidores, vista la necesidad que hubiese entre los labradores, ordenasen que de uno, dos, o tres pueblos, conforme fuese la necesidad, viniesen los indios que les cabían por las diez semanas. Y como fuese creciendo, mandasen a otros pueblos por otras diez, por manera que aunque el repartimiento durase veinte semanas, cada pueblo no viniese a dar más que las diez que le estaban repartidas en todo el año. En lo cual los indios viven más descansados y relevados del cotidiano trabajo de este repartimiento y los labradores tienen todos los necesarios para sus temporadas de escarda y cosecha, que es el tiempo en que los han menester, y se excusa que en lo demás del año no los ocupen en otras granjerías fuera de lo que es el beneficio del trigo, que es bien común.

Y porque si se ofreciesen necesidades precisas de dar algunos indios para las obras públicas y monasterios y otras necesidades, órdené que cuando se hubiesen de dar fuese por tiempo limitado y con cargo de que les diesen un real de jornal cada día y de comer a cada uno. Y para venir a relevar el trabajo de los que van a las minas, escribí a S. M. fuese servido de mandar enviar aquí tres mil negros de Guinea para que se repartiesen entre los mineros por la forma que el azogue, y se fuese cobrando de ellos por el cuarto de lo que marcasen, y se fuese cobrando de ellos por el cuarto de lo que marcasen. Me escribió S. M. se quedaba viendo y considerando este arbitrio. Le tengo por muy bueno e importante, pues con esto se quita de todo punto el trabajo a los indios.

18. También he amparado los indios en el servicio cotidiano que tenían de dar de comer a los clérigos y frailes que les administraban y a los alcaldes mayores y corregidores, ordenando que esto no se hiciese así, sino que todos lo pagasen, pues S. M. daba salario y limosna con que se sustentasen. Y todas las demandas que acerca de esto han venido ante mí han proveído personas que lo averiguasen y que le.mandasen restituir en lo que les han dado. Es negocio este de mucha consideración y a que V. S debe atender con cuidado por el daño general contra los indios.

18. Hay en México muchas personas que no viven de otra cosa sino de tratar pleitos de indios e incitarlos y levantarlos a ellos, con lo cual les roban lo que tienen y son causa de que echen en sus pueblos muchas derramas para sustentarlos. Y no para aquí el daño, sino que entendiendo algún amigo inteligente en cosas de cuenta de indios, dan una petición diciendo que aquel pueblo pide cuentas para que se les comenta a ellos, sin pasarles por el pensamiento a los indios de tal pueblo el pedirla. Y previniendo de este daño, ordené que sobre ningún caso se recibiese petición por los secretarios de la gobernación si no fuese asentando en ella la persona que la presentaba, y por aquí se venía a descubrir el daño. Y cuando se daba petición dando cuenta, mandé que se hiciese un mandamiento acordado para el corregidor y ministro de doctrina de tal pueblo para que congregasen los indios un día de fiesta, y que después de misa les diesen a entender como ante el virrey se había pedido cuenta de aquel pueblo, que declarasen si era verdad que ellos la pedían y por qué causa. Y con sus pareceres y declaraciones y con la del alcalde mayor y ministro se proveía lo que convenía en mandar contra el pueblo o no. También este negocio es de mucha consideración para que se lleve adelante. V. S. proveerá lo que más convenga.

20. La cosa que más cuidado daba en esta tierra era la guerra contra Chichimecas, y aunque desde que vine a ella entendía la causaban los españoles que andaban en ella por las fuerzas, violencias y malos tratamientos que hacían a los indios domésticos y mansos, so color que era de guerra, tuve tantos pareceres en contrario que me obligaron a no guardar el mío. Y así se fue siguiendo esta guerra por la orden que mis predecesores, aunque con más corta mano en el gasto de dicha hacienda de S. M., hasta que la experiencia propia me fue mostrando que hacían la guerra los propios soldados, que estaban sin sueldo, que eran los que irritaban y levantaban estos indios. Y comencé a tomar otro camino, de ir quitando la gente de guerra y atraer a los indios por buenos medios de paz, regalándolos y haciéndoles buenos tratamientos y dándoles de comer y vestir a costa de la hacienda de S. M. Con lo cual se han ido amansando y apaciguando de manera que cuando V. S. llegó no habia ni hay indio de guerra ni levantado en todas las Chichimecas desde San Juan del Río hasta Santa Bárbara y sus comarcas, que es el contorno de tierra que éstos han ocupado siempre, y donde tantos daños se han hecho, porque todos se han bajado de paz y están ya pacíficos y quietos.

Y de un año a esta parte que comenzaron a bajarse de paz, no ha habido una muerte ni daño ni robo en toda la tierra, porque como iban viniendo de paz, yo les mandaba agasajar y vestir y dar lo necesario, y en las partes donde querían poblar les hacía dar un español que estuviese con ellos. Y ahora dejo ordenado que en siete poblaciones que se van haciendo en la Galicia, en el valle de San Luis y en el de Mezquitique y San Francisco, las Charcas, Tequaltiche, Tlaltenango, San Andrés y otras partes se les diesen algunos indios amigos y maíz y diez yuntas de bueyes y un español con sueldo de soldado, para que les mostrase a cultivar y arar la tierra y fuesen cogiendo su fruto y aficionándose a la cultura y vida política. Y entretanto se les proveyese del maíz necesario para su sustento de la hacienda. de S. M. y un religioso, que administrándoles los sacramentos a los indios cristianos y de paz que estuviesen en ellos, fuesen aficionándose a los otros a que aprendiesen la ley evangélica y doctrina cristiana, con lo cual está la tierra tan quieta, pacífica y segura que se camina desde México a Santa Bárbara con la seguridad que a Tacuba. Y de la provincia de Michoacan van a las minas de las Zacatecas y a su comarca indios cargados con sus frutos y bastimentos sin que haya en el camino quien los ofenda ni enoje como antes. Y así yo mandé despedir toda la gente de guerra y que no hubiese en este reino ni aquel un solo soldado. Con lo cual va la tierra engrosándose y creciendo el comercio y descubriéndose muchas minas y poblándose otras que estaban despobladas por temor de los indios, como son las de las Charcas, las del Casco y Tequaltiche, y cada día se irán poblando más.

Generalmente ha resultado de todo esto bien universal a toda la tierra y género de gentes, además de que viene S. M. a ahorrar en cada año en este reino y en el de Galicia más de 320.000 pesos que se gastaban en esta gente de guerra, causadoras de ella. Porque lo que hasta aquí se ha gastado en dar de vestir a estos indios y reducirlos, no ha costado 20.000 pesos y este gasto no ha de ser ordinario, sino cada año menos, porque como estos indios se vayan aumentando y cultivando sus tierras, ha de cesar el darles el estipendio necesario. Y cuando se les venga a dar siempre, ahorra S. M. más de 120.000 pesos, y el bien universal de la tierra es muy grande. Yo dejo en este estado las cosas de la guerra de estos indios, en que me parece he hecho a Dios y a S. M. un muy señalado servicio. V. S. proveerá lo que más conviniese, advirtiendo a que no se debe dar lugar que los soldados que se han despedido, como gente suelta y ociosa, que tenían por principal manera de vivir andar en esta guerra, no la levanten con inquietar y alborotar a estos indios mansos, haciéndoles algunas pesadumbres y daños para que vuelvan al pasado.

21. En el Nuevo Reino de León asistía gobernador un Luis de Carvajal de la Cueva, el cual tenía por costumbre, trayendo en su compañía gente, forajida y de mala conciencia, entrar la tierra adentro debajo del norte al Río Bravo y al de Palmas, adonde jamás los indios habían visto españoles ni cometido delito. Y como quien iba a caza de liebres o venados, sacaban cada vez ochocientos o mil de ellos y los traían a vender a México. De cuya causa los indios se vinieron a indignar y hacer resistencia y aun a dar favor a los de por acá para hacer la guerra. El fiscal avisó de este delito a la audiencia antes que yo viniese, y despues, siguiéndose esta causa y otras muchas que ante mí se pidieron, yo declaré todos los indios que sacase por libres y no sujetos a servidumbres y generalmente que de aquí adelante no se pudiesen vender indios Chichimecas por esclavos, y di la orden que para esto se había de tener. La cual hallará V. S. en los libros de la gobernación del secretario Juan de Cueva. Y habiendo dado cuenta de ello a S. M., lo aprobó y mandó lo continuase por una carta suya, que con ésta será entregada a V. S., hecha en Madrid a 18 de febrero de 1588, en el capítulo cuarenta y uno de ella. Dicha orden fue la principal causa de venir los indios a la paz que hoy tienen; y por haber contravenido dicho Luis de Carvajal a esto, le mandé aparecer ante mí. Y habiendo venido a mi presencia le mandé que hasta que se viesen sus causas no saliese de esa audiencia sin licencia mía. El cual, sin tener consideración a esto, huyó y volvió a aquella tierra y comenzó a continuar en sus delitos de sacar indios. Y no contento con esto, envió un capitán suyo, llamado Cristóbal de Heredia, con gran número de indios que había sacado la tierra adentro, y le dio orden para que en la villa de los Valles quitase la vara a un alcalde mayor que a la sazón era Pedro de Salazar Martel, y dijese que tomaba la posesión por dicho Carvajal porque le pertenecía a su gobierno.

Heredia lo hizo así y puso justicias de su mano, quitando las que estaban puestas por mí en nombre de S. M. Y teniendo yo noticia de esto, ordené que el Capitán Alfonso López, con veinte soldados, lo fuesen a prender y corriesen toda aquella tierra e hiciesen información de las poblaciones que tenían hechas conforme a las capitulaciones que hizo con S M. El cual, habiendo corrido toda la tierra y vístola por vista de ojos desde Tamaulipa hasta el Macapil, que es donde se comprende su gobernación, averiguó no haber en ella población ninguna más de que Carvajal, en llegado a algún sitio que le parecía cómodo para engañar a S. M. diciendo que había cumplido con lo capitulado, fundaba cuatro a cinco casas de bajareque y palos, y poníale nombre de villa y nombraba justicia y regidores. Y estando quince o veinte días en aquel sitio, lo desamparaba e iba a otro y hacía lo propio. Y con esto Alonso López le siguió y le vino a prender cincuenta leguas de Macapil, en una provincia que llaman Caula, donde él tenía fundadas cuatro casas de palos y puéstola por nombre la villa de Almadén. Teniéndole preso en México para concluir su causa, que hallará V. S. en poder del secretario Barahona, la Inquisición me lo pidió, diciendo había cometido delito en el crimen de la herejía y se lo entregué conforme a la cédula de la concordia. Y ahora es entendido que con estar preso allí ha dado poder a un Gaspar Castaño para que sea su teniente de gobernador y ha nombrado a otros ministros. Que todos van siguiendo sus pasos y están en aquel sitio de Caula y Almadén con más de sesenta soldados forajidos, delincuentes y homicidas, que ni tienen justicia ni doctrina y están alzados sin conocer a Dios ni al rey, y entran la tierra adentro y sacan indios mansos y los venden en Macapil, Saltillo, Sombrerete y toda aquella tierra. Esto último vino ahora a mi noticia. V. S. proveerá en el castigo de unos y otros y remedio de estos grandes excesos lo que más conviniere.

22. El trato de las Filipinas con esta tierra, aunque en alguna manera es útil, trae muy grandes inconvenientes para el bien de ella, porque la disfrutan cada año de más de 400.000 pesos de plata, y vuelvan a ella drogas y juguetes que no importan nada. Y como la ganancia es tan crecida, todos se dan a este trato. Yo ordené que todos los que llevasen dineros a las Filipinas fuesen obligados a traer de allá empleado el tercio de ello en oro, por lo menos para compensar el daño de la tierra en disfrutarla de la plata, so pena que se tomase por perdido lo que de otra manera viniese. Mucho importa a la tierra que V. S. mande ejecutar esto con gran rigor.

23. También procuré, en conformidad de lo que S. M. me tiene mandado por sus cédulas, que esta contratación de las Filipinas continuase por mano de mercaderes, como se hace la de Castilla con este reino y así vendí la nao San Martín y últimamente la nao Santiago, con condición que anduviesen los soldados y cosas para el campo de S. M. de balde. Y si esto se continúa en las Filininas fabrican navíos por cuenta de S. M.. que cuesta tan poco y se vende a los mercaderes de México para que ellos los traigan por su cuenta en la carrera, será una cosa muy importante y en que S. M. ahorrará el excesivo gasto que tiene en Acapulco y en breves años se entrablará esta navegación como la de Castilla. Las condiciones con que se han rematado estos navíos que vendí, hallará V. S. en el oficio de Juan de Cueva.

24. Como V. S., sabe en este reino hay muchos obrajes de paños, jerga y sayales, en los cuales hay tanto número de indios que, o presos unos por delitos y sentencias de jueces, y otros que son los más, que habiendo entrado de su voluntad a servir por un mes, les van cebando los dueños de los obrajes con zapatos, sombreros y medias y otras cosas, cargándoselas a excesivos precios, de suerte que jamás se acaba la deuda y vienen a morir con ella, preos en los obrajes, al cabo de veinte años o más. Y teniéndolos en esta cárcel perpetua, se hacen otros mil malos tratamientos, haciéndolos trabajar de noche y de día. Con las comunicaciones que allí tienen tanto número de ellos cometen mil delitos en ofensa de Dios Nuestro Señor. Y aunque yo he tenido cuidarlo de enviar a visitar estos obrajes a menudo, y se han castigado algunos delitos y excesos de ellos, como la causa que quedaba siempre viva no era remedio bastante.

Proveí para que lo fuese dentro de un breve término cerrasen sus obrajes y feneciesen las cuentas con los indios, y que no los abriesen sin licencia mía. Y luego ordené y mandé pregonar que los que quisiesen tenerlos acudiesen a pedir licencia con declaración de la parte donde los querían tener. Y para que se proveyese lo que más conviniese, y dándoseles licencia para tenerlos, se les diese ordenanza de lo que había de guardar. El fundamento que llevaba en esto era permitir que solamente hubiera obrajes en México y en la ciudad de los Angeles, Valladolid y Oaxaca, por el gran daño que se sigue de que haya obrajes en pueblos de indios. Y el que viniese a pedir licencia, se averiguase si era persona honrada y de calidad, y qué cantidad tenía y en qué parte del lugar lo quería poner, y se le diese ordenanza de lo que debía guardar, mandándoles ante todas cosas que en tal obraje no hubiese puerta cerrada ni cárcel, ni estuviese indio con prisiones sino fuese aquellos que fuesen condenados por la real audiencia, y que hubiese aposentos distintos para los hombres y para las mujeres; y que todos los indios que hubiesen de entrar a servir en los obrajes de su voluntad hiciesen asiento ante el corregidor de tal lugar por meses, el cual tuviese un libro correspondiente con el de los obrajeros; y las pagas se hiciesen verdaderamente en presencia del juez y escribano, y otras cosas enderezadas a este fin de la libertad de los indios. V. S. proveerá en esto lo que más convenga, que también es negocio de consideración.

25. En esta tierra hay gran cantidad de negros y mulatos libres, los cuales son tan dañosos y perniciosos como V. S. sabe, porque no entienden sino en jugar y andar vagabundos y hacer robos y daños, y aunque tributan a S. M. la mayor parte deja de hacerlo porque no se registran como está mandado. Para lo cual yo mandé que pena de la vida a todos se registrasen, enviando orden a los alcaldes mayores y corregidores para que en sus distritos se hiciesen los registros de estos negros y mulatos horros que hubiese y les notificasen que so la misma pena, no se ausentasen de la jurisdicción donde se hubiesen registrado. Lo cual servía de dos intentos, una de que S. M. cobrase los tributos que estos les deben pagar, y el otro y más principal para la seguridad y bien de la tierra, mandarlos juntar por los registros y repartirlos a prorrata por cantidad en todas las minas para que sirviesen allí a los mineros, que se lo pagasen, y por cuadrillas, estando sujetos al alcalde mayor sin poder salir de aquel lugar y asiento sin licencia suya inscriptis. Con lo cual la tierra se aseguraba de los daños y robos que esta gente suelta y vagabunda hace en ella, y los mineros reciban notable beneficio en tener gente de servicio con que se relevaba el trabajo de la mayor parte de los indios. Y los propios negros y mulatos eran también beneficiados porque allí ganarían sus jornales ciertos, y estarían quietos y los hilos que a éstos sucediesen, criándole en aquella vida, se aficionarían a ella y la continuación. El tiempo no dio lugar a que esto se ejecutase. En los libros de la gobernación hallará V. S. lo ordenado, sobre lo que proveerá lo que más convenga.

26. Los receptores de esa real audiencia trataron pleito acerca de que todos los negocios que de la audiencia saliesen y el virrey proveyese, se les había de repartir con ellos por turno, y como cuando se vendieron estos oficios S. M. mandó por su real cédula que se usasen con ellos según y cómo se usan en la Audiencia de Valladolid y Granada. Y yo proveí en esto se guardase y practicase así que solamente se repartiese entre ellos por turno de los negocios que en la audiencia se despachasen como cancillería y no en los demás. Porque el nombramiento de los escribanos de ir a cuentas de indios, tomar residencias con pesquisidores y otros casos que no despachan por las cancillerías de Valladolid y Granada, los hubiese de nombrar el virrey y presidente. Y habiendo consultado a S. M. se entregará con ésta, hecha en Madrid a 18 de febrero de 1588, en el capítulo once manda se guarde y cumpla así. V. S. mande se guarde lo que S. M. tiene mandado si se tornare de tratar de este particular.

27. También consulté a S. M. declarase si los que renunciaban los oficios sirviendo por ellos con el tercio del verdadero valor, habían de vivir después de la renunciación de ellos los veinte días de la ley. Y porque esto,no se practicaba así acá, sino que en renunciando el oficio y metiendo el tercio en la caja, sin vivir ningún día, se le daba la colación de él. S. M. fue servido de responderme por su carta en el capítulo antes de este citado, capítulo treinta y cuatro, que hubiesen de vivir treinta días los que renunciasen oficios. Como cosa que ha de pasar cada día por mano de V. S. me pareció poner aquí esto para que tuviese noticias de lo que S. M. manda.

28. S. M. cometió a V. S. viese el fuerte de San Juan de Ulúa, traza del muelle que yo di y camino nuevo que por mi orden iba abriendo el Dr. Palacios. V. S. habrá visto lo que más conviene y dará cuenta de ello. Sólo quiero advertir a V. S. que habiéndose de llevar adelante, es cosa muy importante no se echen imposiciones, no sisas ni repartimientos, sino que se haga en la forma que yo lo había ordenado que es que de los dos reales que cada indio da de sobras de tributos a su comunidad, supuesto que ellos no lo gastan sino en borracheras y vanidades y todos son tan interesados en esto, se les tome un real de ellos cada año, con que cesa echar nuevas imposiciones y es cosa que ellos no la sienten ni el reino, pues así como así lo pagan.

29. S. M. tiene proveído con mucha consideración que los oidores, alcaldes de corte, ni fiscal ni sus hijos e hijas, no se casen sin licencia suya so pena de privación de sus oficios, y tiene dada provisión al virrey por el capítulo treinta y nueve de su instrucción para que, si se casasen, ejecute la pena en ellos y dé aviso para que se provean sus plazas. El Dr. Saldierna de Maríaea, contraviniendo a esto, se concertó de casar con hija de Francisco de Solís, vecino de esa ciudad, y efectivo el casamiento real y verdaderamente y fingiendo que no había más que trato y concierto, envié a pedir licencia a S. M. para efectuarlo. Y en el entretanto frecuentaba de día, de noche, la casa de Solís con pública nota, de manera que en dos causas le dieron por recusado en la audiencia por este casamiento. Y Doña Leonor, su mujer, amaneció parida día de San Juan del año 1588 de una hija, de lo cual el propio Dr. Saldierna me vino a dar cuenta. Y comenzándome a decir yo tenía una servidora más, le repliqué que no me dijese tal cosa, que yo no la quería oír. Y visto esto y que había dicho al Lic. Valderrama y al Lic. Eugenio de Salazar, sus compañeros, que, estaba casado y no arrepentido y el daño que de esto se seguía a la libre administración de la justicia por ser Francisco de Solís tan emparentado que apenas hay hombre en esa ciudad que no le toque. Mandé recibir información de lo que en esto pasaba y habendo declarado la comadre que ayudó a parir a Doña Leonor y otros testigos, le privé de oficio. La información original envío a V. S., como S. M. lo manda. El niega no está casado; V. S. verá la información y la pública voz y fama del pueblo. Y asimismo el capítulo once de una carta de S. M. hecha en San Lorenzo el Real a 29 de junio de 1588. que trata acerca de esto, por donde se entenderá cuan por deservido se tiene, no solamente de que se casen, sino que traten de casarse y proveer lo que convenga, porque aunque por la información no consta haberse casado por mano de clérigo, por haberlo él hecho tan secretamente, consta del trato y comunicación de haber parido la moza de dicho Dr. Saldierna, además de lo cual me confesó a mí y a sus compañeros, y las declaraciones de las recusaciones que se le hicieron, por donde consta por evidencia estar casado.

30. Estando privado de oficio trataba de tener en su casa un tablaje publico de trucos, adonde todo el día no se entendía en otra cosa sino en jugar y hacer junta y conventículos de gente moza y suelta. Y aunque muchas veces le envié a decir con personas religiosas y ministros de la audiencia que dejase aquel modo de vivir, no lo hizo, y sucedió que porque un hombre pobre, sastre, dijo a un vecino suyo que Saldierna estaba casado y tenía hijos y mujer, el vecino se lo fue a decir a Saldierna. Y él mandó a un criado suyo, llamado Agustin de Quincoces, le diese de palos, el cual se los dio casi en presencia de Santiago del Riego. Y habiéndose querellado de Saldierna y de Quincoces, no se proveyó contra Saldierna en nada. Visto esto, yo tomé el proceso original y lo envié a S. M., dándole cuenta de lo que en esto pasaba, y a él le desterré de México por esto y por el trato que tenía en su vida y su casa. S. M. proveerá lo que fuere servido y V. S. lo que le pareciere que conviene, que ésta es la causa porque le desterré.

31. El Lic. Miguel de Pinedo, fiscal de la Audiencia de Guadalajara, también casó una hija suya sin licencia de S. M., y. habiéndolo enviado a privar de oficio por ello, no quiso obedecer y la audiencia lo defendió y mandó que lo usase a pesar de mi privación. Y yo mandé enviar segunda carta y que se le notificase y a la audiencia. Y todavía se está en el uso de su oficio, gozando de los gajes que S. M. le daba. Yo he dado cuenta de ello a S. M. enviado los papeles, cuyos originales están en poder del secretario Juan de Cueva.

32. También se casó el Lic. Don Nuño de Villavicencio, oidor de Guadalajara, con Doña María de Colmenares, hija de Juan Bautista de Lomas, vecino de Las Nieves, cuyo casamiento se hizo por mano de clérigo o con su poder. Y recibió para en cuenta de la dote luego 12.000 pesos, como consta de la información original y testimonio del desposorio y escrituras del recibo del dinero, que están en poder del secretario Cueva. Y enviándole a privar de oficio por esto y a que pareciese ante mí, no quiso darse por privado ni parecer, por cuya causa yo le envié a prender, y él no tan solamente se resistió, mas antes, echando fama pública que yo enviaba a prender toda la audiencia, se puso en arma y en defensa, juntando toda la gente forajida y de mal vivir del reino, haciendo un levantamiento y asonada terrible. Por lo cual, vista su libertad y locura, y por excusar mayores daños, mandé a mis ministros que se volviesen; y di cuenta a S. M. muy larga de ello con los testimonios y papeles que sobre todo pasaron. Porque no sólo paró en esto la libertad de estos oidores, sino que teniéndome por obedecido por gobernador de aquel reino, como S. M. me lo mandaba por dos cédulas reales suyas, que una se entregará originalmente a V. S., en que manda que yo provea los cargos de aquel reino, y de la otra se entregaré el traslado, porque el original lo tiene la audiencia, en que les manda cumplir mis provisiones en todo lo que tocare al gobierno, guerra y hacienda de aquel reino, habiendo yo comenzado a proveer los cargos de él. Me alzaron la obediencia que me había dado de su gobernador y quitaron las provisiones a los por mí proveídos. S. M. proveerá a esto el castigo que semejante atrevimiento ha menester y V. S. estará advertido de lo que ha pasado.

33. Una de las cosas que hallé perdidas y relajadas cuando llegué a esta tierra fue el patronazgo de S. M., porque se lo tenían usurpado los prelados. Y así no pedían presentación para los más de los oficios y dejaban de guardar la forma del patronazgo en muchas cosas. Yo fui reduciendo esto lo mejor que pude para ponerlo en el estado que convenía, y di a los prelados una minuta de la forma que de las presentaciones, confesando el patronazgo de S. M. Y por haberlo sentido ásperamente, la envié al Consejo y S. M. me respondió por su carta, hecha en Madrid a 18 de febrero de 1588, por el capítulo nueve, aprobando la minuta que yo dí, y mande que de allí adelante se hiciese en aquella forma. También proveí que a los que no fuesen presentados por el virrey no se les pagase sus sueldos a cuenta de S. M. mas que tan solamente dos meses, que es el tiempo que parece competente para los prelados tengan noticia de las vacantes y pongan los edictos y hagan la nominación. Porque tenían por costumbre poner vicarios en los partidos, y sin tener presentación cobraran los salarios; y además de esto mandé a los corregidores que no los admitiesen al uso de sus oficios pasados los dos meses, con que se ha remediado alguna parte. aunque he despachado mil provisiones para que me envíen razón de las prebendas, beneficios y capellanías de sus iglesias, no ha habido remedio. El Obispo de Antequera es gran prelado y obediente a todo lo que en nombre de S. M. se le manda.

34. En las ciudades y en los demás pueblos de indios, particularmente en la provincia de Michoacan, hay muchos hospitales, así de españoles como de indios, cuya administración, siendo derechamente de S. M. como patrón universal de las Indias, la han tenido hasta ahora usurpado los prelados, clérigos y frailes, hasta que S. M. me mandó por una real cédula suya que se administrasen en su real nombre; y así encomendé las administraciones a los alcaldes mayores. Y para lo que toca a las ciudades de Michoacan y de los Angeles, han hecho grandes contradicciones el obispo y el cabildo, como V. S. verá por los papeles que están pendientes en la audiencia. Cosa es ésta de mucha consideración y a que V. S. debe acudir con gran cuidado, porque como hasta aquí ha estado esta administración en poder de clérigos y frailes, no se guardaba hospitalidad, y todas estas rentas se consumían sin que los pobres las gozasen, habiéndose instituido y fundado para ellos.

Hecho en Tezcuco, a 14 de febrero de 1590.

Fuente: Los Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria: México, edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodriguez, Biblioteca de autores españoles, Atlas, Madrid, 1976-1978, 5 volúmenes, volumen 1, 1976, pp. 266-283.