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Siglo XVI > 1580-1589 > 1589

La Conjuración de Martín Cortés, por Juan Suárez de Peralta.
1589

Que trata de lo que sucedió al marqués del Valle después de la muerte del virrey, y la respuesta que dio a los que le fueron a ofrecer el reino de la Nueva España, y de otras cosas que pasaron

Palacio de Cortés, Cuernavaca, Morelos

Estaban todos muy tristes con la muerte del virrey don Luis de Velasco. Sucedió en la gobernación la Audiencia real, la cual tenía muy pocos oidores, a causa de que habían suspendido a algunos de ellos en la visita que les hizo un oidor del Consejo de Indias que se llamaba el licenciado Valderrama, y estaba en México a esta sazón. Los oidores que quedaron eran tres: el uno el doctor Ceynos, que presidia, y él doctor Villalobos, y el doctor Ilorozco; en estos tres estaba el gobierno y mando de todo aquel Nuevo Mundo, y le tuvieron hasta que vino por virrey el marqués de Falces, don Gastón de Peralta.


Respuesta del marqués cuando le ofrecieron el reino

En estos medios tornaron a tratar del alzamiento, y fueron al marqués, el cual los respondió, que él de muy buena gana les acudiría, mas que temía no fuese cosa que después no se hiciese nada, y que todos perdiesen las vidas y las haciendas; y que ¿quién tenían que les acudiese? Ellos respondieron: "Muchos"; y los nombraron; y el marqués les dijo que se mirasen bien en ello, y de todo le diesen aviso. Así quedaron de lo hacer, y se salieron fuera, y empezaron a dar cuen­ta a los que creían habían de acudir, con el mayor secreto que pudieron. El marqués, realmente, él no tuvo voluntad de alzarse con la tierra, ni por la imaginación, sino escucharles y ver en lo que se ponía el negocio, y cuando le viera ya muy determinado y puesto en ejecución, salir él por el rey y hacerle un gran servicio, y enviarle a decir que su padre le había dado una vez la tierra y que él se la daba otra. Mas no sucedió así: estuvo este trato muchos (lías secreto, y aún lo estuviera si el marqués no empezara a enemistarse con lo más prin­cipal de la ciudad de México, y ser parte a que hubieran bandos, corno los empezaban a haber, declarándose él por más amigo de unos que de otros, y en ocasiones de enemistades, que se habían ofrecido en aquella coyuntura.

Lo que el marqués dijo contra los que le siguieron

Lo que al marqués le destruyó, fue que se decía traía requiebro con una señora, por la cual favorecía a sus deudos, los cuales eran contrarios de otros caballeros a quien él tenía mucha obligación, por ser hijos de quien sustentaron a su padre, y por él se pusieron muchas veces a peligros de muerte por defenderle su opinión, la cual tuvo de que se quería alzar con el reino, y que tenía escondido el tesoro de Moctezuma. Los que le imputaban esto fueron los padres de los a quien él favorecía; y todo esto, y ahorcarle un primo hermano de su padre cuando fue a la California, y otras cosas muchas que contra él hicieron; y en estas ocasiones tomaban las armas esta otra parte en favor del marqués su padre, y ninguna de éstas valió para que él no se declarara tan de veras contra ellos; hasta decir que los había de destruir hasta la cuarta generación. Con estas y otras ocasiones le vinieron a tener en tan poco, que se juntaron un día para embestir con él y con sus amigos, y matarse; y se armaron los unos y los otros, y se pasaron por él sin quitarle la gorra, yendo él acompañado de más de veinte de a caballo, y todos muy bien aderezados: hasta los pajes les hizo poner espadas, y estos otros no se descuidaron, y como digo, salieron con determinación de matarse, y al marqués el primero.

Andaba todo tan revuelto que la justicia no se daba manos, ni podia con ellos, ni aun estaba la ciudad segura. Echábanle cada día papeles infames, y tanto, que yendo él a sacar un lienzo de narices, de las calzas halló un papel entre ellas, que decía en él esta letra:

Por Marina, soy testigo, goza esta tierra su buen nombre, y por otra de este nombre la perderá quien yo digo.

Llamábase Marina la señora con quien él, decían, traía requiebro y servía: y del mismo nombre fue la india que su padre trata por intérprete de los indios cuando la conquista, la cual fue grandísima parte para el buen suceso que tuvo en ella. No dejaban blanco en toda su vida, que no le tiraban a él con muy perjudiciales saetas. Cierto que era lástima, y se debía tener de un caballero que tan por su pie se iba perdiendo con estas enemistades, que no se descuidaban en procurarle destruir.

Denunció Baltasar de Aguilar

Vinieron a entender los contrarios, de uno, que era el todo y con quien más se había tratado la rebelión, al cual tenían nombrado por maese de campo, y era deudo, y muy cercano de los contrarios del marqués y hombre muy principal y rico, que se llamaba Baltasar de Aguilar Cervantes, el cual descubrió todo lo que había del alzamien­to, y cómo el marqués había de ser rey, y que se había puesto en pláti­ca con teólogos, y que todos decían que muy justamente podía serlo, y que estaba mucha gente conjurada, y que él había de ser maese de campo. No lo dijo a sordo, sino a un cuñado suyo y primo hermano, muy principal caballero y muy honrado; y éste le dijo:

—Pues hermano, asegurad vuestra honra y hacienda, y luego id a denunciar de vos y de los que más sabéis están en esa conjuración.

Y es verdad, por lo que vi, que fue llevarle como por los cabellos, y así fue, e hizo su denunciación; y luego fueron con él, Alonso de Villanueva Cervantes, hermano del caballero que había sido primero avisado, que se llamaba Agustín de Villanueva Cervantes, y éste dio parte a unos amigos suyos, entre los cuales fue uno don Luis de Velasco, hijo del buen virrey don Luis, y él y los demás que lo sabían acudieron a la justicia a darle parte. Entonces no había más de los tres oidores que hemos dicho, los cuales hicieron su información muy se-creta y empezaron a hacer diligencias, tomando testigos los que iban a denunciar, que fueron otros después. Andaba la tierra, bien se entenderá cómo, y el marqués no sabía de estas diligencias cosa, sino antes se empezaba a tratar nuevamente del negocio; y palabra no se hablaba que luego no lo sabían los oidores, los cuales vivían con grandísimo secreto y cuidado.

Después de haber denunciado Baltasar Aguilar de sí y del marqués y los demás, y los que arriba hemos dicho, vinieron a denunciar el licenciado Espinosa, un clérigo, y Pedro de Aguilar, sacristán de la Vera Cruz, al cual llamaban por mal nombre Aguilarejo: que aunque no hubieran cometido más delito, los que a éste dieron parte, de haberle admitido para hablarle, no digo en cosa de tanta importancia, sino de cosas en que sirviera de su oficio, merecían mucha pena. Ninguno puede decir más de él que yo, porque le conocí, antes de ser sacristán harto desventurado. Y siéndolo, porque se dijo que había dicho una cosa de un mozo harto pobre, le dio una cuchillada por la cara, muy bien señalada, y aun no tuvo él a poca ventura quedarse con sola la cuchillada. Pues digamos, itenía algunas partes que por ellas se le podía hacer amistad? necio declaradísimo, y cobarde y sin persona, ni haber sido soldado, sino que como era sacristán, le debió dar parte el clérigo Espinosa, que acostumbraba a ir a decir misa a aquella iglesia donde él era sacristán. Séase lo que se fuere, él fue a decir su dicho, y tomádole con el del licenciado Espinosa, que deponían de vista, ya tenían los oidores razonable información; y luego acudieron otros dos caballeros a denunciar, los cuales eran her-manos, y se llamaban el uno don Pedro y el otro don Baltasar de Quesada. Eran muy principales caballeros, y éstos fueron los terceros, y depusieron muy largo, contestando con el Aguilarejo y con el licen­ciado y los demás. Visto los oidores que la información era bastante para prenderlos, trataron de lo hacer.

Los oidores envían a llamar al marqués

Ya que ellos tenían hecha su información, entraron en acuerdo para determinar la prisión del marqués, y de sus hermanos don Luis Cortés, de la orden de Calatrava, y don Martín Cortés, de la del señor Santiago, y Alonso de Avila Alvarado, y Gil González Alvarado su hermano. Y parece que Dios quiso quitar escándalo, y aun la ocasión que se ofreciera de mucho mal, si al marqués enviaran a prender a su casa, con publicidad; y permitió Nuestro Señor que estando los oidores en el acuerdo, en las casas reales, llegó un correo con la nueva y cartas que había venido un navío de aviso de España y el pliego de Su Majestad; que deseaban la venida de este navío como la salvación. Es costumbre, cuando llega pliego del rey, juntarse el virrey y la audien­cia a abrirlo, y como llegó éste en esta ocasión, enviaron a llamar al marqués con un portero, que viniese a hallarse al abrir el pliego; y él vino luego a caballo acompañado de sus criados. Estaban las casas reales llenas de gente, que no cabían (las cuales son grandísimas); la plaza llena era un juicio, y todos a saber nuevas y cobrar cartas, y muy descuidados de lo que después sucedió. Tenían los oidores puesta gente de los que más se fiaban, en las salas y puertas, muy de secreto, y a don Francisco de Velasco, hermano del virrey don Luis de Velasco, que visitase la gente, y así lo hacía.

Prisión del marqués

Llegado que llegó el marqués y entró por las salas, iba diciendo: "Ea, que buenas nuevas hemos de tener". Acuérdome que llevaba vestida una ropa ele damasco larga, de verano, que era esto por julio, y encima un herreruelo negro, y su espada ceñida, y en entrando en el acuerdo, donde los oidores estaban, lo recibieron y dieron su asien­to, y en sentándose, se levantó un oidor y se llegó a él y le dijo: "Déme vuesa señoría esa espada". Y dibsela, y luego le dijo: "Sea preso por Su Majestad". Juzgue aquí cada uno cuál quedaría el marqués, y qué sentirla; y dicen que respondió: "¿Por qué?" "Luego se dirá". No entendió que aquella prisión era por lo que fue, sino que debía haber venido en aquel pliego provisión del rey para prenderle.

Prisión de Martín Cortés

Luego como el marqués fue preso, sin que afuera se entendiese enviaron a llamar los oidores a Juan de Sámano, alguacil mayor, y le dieron mandamiento para prender los hermanos del marqués; el cual fue luego y halló a don Martín Cortés, que estaba muy descuidado, y llegó a él y le dijo: "Aquellos señores llaman a vuesa merced". Y él luego pidió la capa y la espada, y se la trajeron, y al ponerse la espa­da, se la pidió el alguacil mayor y le dijo: "Esta no puede vuesa merced llevar, porque va preso". Y él le dijo: "Pues ¿por qué?" (que creyó lo mismo que su hermano el marqués). Y respondióle Juan de Sámano: "No lo sé, más de que me mandaron llevase a vuestra merced preso, y como a tal le llevaré". Y así bajaron. Fue con el alguacil mayor mucha gente, el cual, bajando abajo le mandó subir en un caballo morcillo, de hermosísima persona, en que el marqués había ido aquel día al llamado de los oidores, y subido, le hizo bajar las riendas y diólas a un lacayo, e hizo poner otros dos a los dos lados que llevasen al caballo por las cabezadas, y otros dos a los estribos y los llevasen asidos; y el alguacil mayor detrás a caballo. De esta suerte le metió por las casas reales, que estaban ya tomadas las puertas con gente de a caballo y de a pie, y la artillería puesta en orden, tomadas las calles; y era capitán general don Francisco de Velasco. Entró don Martin preso, de esta suerte, y quedó la gente admirada, y espantada, y luego se supo la prisión del marqués.

Prisión de Alonso de Avila y de su hermano

Diósele otro mandamiento a un caballero, que se llamaba Manuel de Villegas, el cual era alcalde ordinario, para que fuera a prender a Alonso de Avila Alvarado, y a su hermano Gil González; y fue a las casas de Alonso de Avila, donde le halló, y a su hermano que acaba-ha de venir de su pueblo, y aún no tenía quitadas las espuelas, que calzadas las llevó a la cárcel. A todos llevaban delante ele los oidores, y de allí los mandaban llevar a la prisión que habían de tener. Al mar­qués le metieron en unos aposentos muy fuertes de la casa real y con muchas guardas, y a Alonso de Avila y a su hermano en la cárcel de corte; a los hermanos en otra parte de las casas reales muy guardados, y en prisiones; sólo al marqués no se le echaron, mas tuvo muchas guardas, y eran cuatro caballeros los que guardaban las puer­tas donde él estaba, que ni aun paje no entraba donde le tenían. Vióse el pobre caballero muy afligido, y la tierra muy alborotada.

Prisión de fray Luis Cal

Prendieron los frailes de San Francisco, y le tuvieron recluso, a uno de los graves frailes que tenían en toda su provincia, que fue a fray Luis Cal, guardián del monasterio de Santiago Tlatelulco, porque dicen fue él uno de los que dieron parecer, con el deán de ,México, sobre que lícitamente podía el marqués ser rey de la Nueva España; y el deán decíase que se había ofrecido para ir por la investidura a el Papa. Estaba preso otro clérigo que se llamaba Maldonado, caballero, natu­ral de Granada, y otros muchos, de que ya se irá tratando el suceso de ellos. Hiciéronle cargo al marqués, que un día de la Semana Santa, él miércoles de Tinieblas, habiéndose ido él a recoger aquellos días al monasterio de Santiago, donde era guardián fray Luis Cal, se habían tratado de la rebelión muchas cosas, y que aquella tarde, después de haber dicho tinieblas, de secreto salieron él y Bernardino Pacheco de Bocanegra (un caballero cuitado de la señora que hemos dicho, a quien decían servía el marqués), y salidos, pasó lo que está en el pro-ceso, a que me remito, que no quiero de ello tratar, y el descargo que él dio de ello: el cual fue uno de los que más daño le hicieron, y aun la confesión que el marqués hizo fue muy diferente de lo que prometía su entendimiento y viveza.

En el negocio pasaron muchas cosas, que las más dejo de tratar por ser de la calidad que es; sólo diré algunas que me parece hacen a mi propósito. Después de haber tornado al marqués su confesión, y a sus hermanos y a Alonso de Avila y su hermano, los oidores dejaron todos los negocios ordinarios y pleitos, y dieron en solo éste; proce­diendo contra los dos hermanos Alvarados, dándoles por horas los tér­minos, y a mañana y a tarde asistían en la audiencia a puerta cerrada, tomando testigos; pues, esto no fue de ver y de notar, como los pobres caballeros no hallaban quien les ayudase, letrado, ni procurador, pen­sando deservían al rey, hasta que, con pena mandaron les ayudasen; pues para presentar testigos, y que dijesen en su favor,•y en las tachas de los que habían jurado contra ellos, no habían quien osase.

Sentencia contra los hermanos Alonso de Ávila y Gil González.

Notifican las sentencias

AI fin se hallaron, y hecha la información y concluso el pleito y para sentenciarle, los sentenciaron a cortar las cabezas, y puestas en la pico-ta, y perdimiento de todos sus bienes, y las casas sembradas de sal y derribadas por el suelo, y en medio un padrón en él escrito con letras grandes su delito, y que aquel se estuviese para siempre jamás, que nadie fuese osado a quitarle ni borrarle letra so pena de muerte; y que el pregón dijese: "Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad y la real audiencia de México, en su nombre, a estos hombres, por traidores contra la corona real, etcétera." Y así proseguía el pregón. Fuéronles a notificar la sentencia; ya se entenderá cómo se debió recibir. Dicen, el Alonso de Avila, en acabándosela de leer, se dio una palmada en la frente, y dijo: "iEs posible esto?" Dijéronle: "Sí, señor; y lo que conviene es que os pongáis bien con Dios y le supliquéis per-done vuestros pecados". Y él respondió: ''No hay otro remedio?" "No". Y entonces empezáronle a destilar las lágrimas de los ojos por el rostro abajo, que le tenía muy Undo, y él, que le curaba con mucho cuidado, era muy blanco y muy gentil hombre, y muy galán, tanto que le llama-ban dama, porque ninguna por mucho que lo fuese tenía tanta cuenta de pulirse y andar en orden: el que más bien se traía era él y con más criados, y podía, porque era muy rico; cierto que era de los más luci­dos caballeros que había en México.

Que trata de cómo se hizo justicia de Alonso de Avila, y su hermano, y de lo que más sucedió

No se vio jamás día de tanta confusión y que mayor tristeza en general hubiese de todos, hombres y mujeres, como el que vieron cuando aquellos dos caballeros sacaron a ajusticiar: porque eran muy queridos y de los más principales y ricos, y que no hacían mal a nadie, sino antes daban y honraban su patria; especialmente Alonso de Avila, que de ordinario tenía casa cíe señor, y el trato de ella, y había con muchas veras procurado título de sus pueblos, y si algo fue causa de su perdición o a lo menos ayudó, fue que era tocado de la vanidad, mas sin perjuicio de nadie, sino estimación que tenía en sí, por ser, corno era, tan rico y tan gentil hombre, y emparentado con todo lo bueno del lugar. ¡Y todo sujeto a una de las mayores desventuras que ha tenido otro en el mundo! Pues en un momento perdió lo que en éste se puede estimar, que es vida y honra y hacienda; y en la muerte igual a los muy bajos salteadores, que se pusiese su cabeza en la picota, donde las tales se suelen poner, y allí se estuviese al aire y sereno a vista (le todos los que le querían ver. No se nieguen que fue uno de los mayores espectáculos que los hombres han visto, que le vi yo en el trono referido, y después la cabeza en la picota, atravesado un largo clavo desde la coronilla de ella e hincado, metido por aquel regalado casco, atravesando los sesos y carne delicada.

Aquel cabello que con tanto cuidado se enrizaba y hacía copete para hermosearse; en aquel público lugar donde le daba la lluvia sin reparo de sombrero emplumado, ni gorra aderezada con piezas de oro, como era costumbre suya traerla, y llevaba cuando le prendieron; aquellos bigotes que con tanta curiosidad se los retorcía y componía, ¡todo ya caído!: que me acaeció detener el caballo, pasando por la plaza donde estaba la horca y en ellas las cabezas de estos caballeros, y ponérmelas a ver con tantas lágrimas de mis ojos, que no sé yo en vida haber llorado tanto, por sólo considerar lo que el mundo había mostrado en aquello que veta presente, que no me parecía ser cosa cierta ni haber pasado, sino sueno y muy profundo, como cuando un hombre está fuera de todo su sentido. Y lo estaba sin duda, porque no había diez días que le hablé y le vi, con sus lacayos y tantos pajes, en un hermoso caballo blanco, con una gualdrapa de terciopelo bordada, y él tan galán, que aunque lo era de ordinario, lo andaba aquellos días mucho, con la ocasión del hijo que le había nacido al marqués; y hablé con él y traté de unos partidos del juego de pelota que se jugaba en su casa, sobre cuerda, y ¡verle de aquella manera hoy! Cierto, en este punto, me estoy enterneciendo con lo que la memoria me representa.

Lo que hicieran los dos hermanos cuando les notificaron las sentencias

Después de haberles notificado a Alonso de Avila Alvarado y a su hermano Gil González las sentencias en revista, y mandado ejecutar, vieran andar los hombres y las mujeres por las calles, todos espantados y escandalizados que no lo podían creer; que fue necesario mandar la audiencia saliese mucha gente a caballo y de a pie, todos armados en uso de pelear, y la artillería puesta a punto; y así se hizo, que no quedó caballero, ni el que no lo era, que todos salieron armados y se recogieron en la plaza grande, frontero de las casas reales y de la cárcel, y tomaron todas la bocas de las calles, y de esta manera aseguraron el temor, que le tenían grande. Los pobres caballeros, confesados y rectificados en sus dichos, y siendo ya como a las seis y más de la tarde, habiendo hecho un muy alto tablado en medio de la plaza grande (enfrente de la cárcel como una carrera de caballo), la cual estaba llena de gente toda, y era tanta que creo debía de haber más de cien mil ánimas (y es poco), y todos llo­rando, los que podían, con lienzos en los ojos enjugando las lágrimas. Pusieron gente de a caballo desde el tablado hasta la puerta de la cárcel, de una parte y de otra, y luego gente de a pie, todos armados, delante de los caballos, y hecha una calzada ancha que podían caber más de seis hombres de a caballo; y sin atravesar ánima nacida. Y andaba por medio el capitán general don Francisco de Velasco, hermano del buen virrey don Luis, con sus deudos, a caballo todos, y yo iba con él, y nos pusi­mos a la puerta de la cárcel para ir con aquellos caballeros en guarda, los cuales bajaron con sus cadenas en los pies.

Cómo salieron los hermanos a ajusticiarles

Llevaba Alonso de Avila unas calzas muy ricas al uso, y un jubón de raso, y una ropa de damasco aforrada en pieles de tiguerillos (que es un aforro muy lindo y muy hidalgo), una gorra aderezada con piezas de oro y plumas, y una cadena de oro al cuello revuelta, una toquilla leonada con un relicario, y encima un rosario de Nuestra Señora, de unas cuentecitas blancas de palo de naranjo, que se lo había enviado una monja en que rezase aquellos días que estaba afligido. Con este vestido le prendieron, que acababa de comer, y esta­ba en una recámara donde tenía sus armas y jaeces, como tienen todos los caballeros en México, y allí le prendieron, y sin ponerse saya ni capa le llevaron; y le prendió el mayor amigo que tenía, y su com­padre, que era Manuel de Villegas, que en aquella sazón era alcalde ordinario. Salió caballero en una mula, y a los lados frailes de la orden del Señor Santo Domingo que le iban ayudando a morir, y él no parecía sino que iba ruando por las calles. Iba su hermano con un vestido de camino, de color verdoso el paño, y sus botas, y como acababa de llegar de su pueblo. Sacaron primero a Gil González y luego a su hermano, y de esta suerte los llevaron derechos al tablado, sin traerlos por las calles acostumbradas: fue la grita de llanto la que se dio, de la gente que los miraba, que era grima oirlos, cuando los vieron salir de la cárcel. Llegaron al tablado y se apearon y subieron en él, donde se reconciliaron y rectificaron en los dichos que habían dicho: y ya que estaban puestos con Dios, hicieron a Gil González que se tendiese en el tablado, habiendo el verdugo apercibidose, y se tendió como un cordero, y luego le cortó la cabeza el verdugo, el cual no estaba bien industriado y fue haciéndole padecer un rato, que fue otra lástima, y no poca.

Fuente:

http://www.inep.org/content/view/1692/91/