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Siglo XVI > 1540-1549 > 1544

Carta del presbítero Gómez Maraver a S.M. ponderando los males de la Nueva España, y abogando porque se reduzcan a esclavitud los indios en ciertos casos.
1 de julio de 1544

S.C.C.M.

Considerando en mí muy profundamente que en el cuerpo místico de esta Nueva España y república jamás ha habido llaga más dolorosa ni herida más mortal, bañada en sí de más ponzoña secreta, y acatando, serenísimo señor, que cada uno de nosotros sus vasallos es tenido, segun derecho divino y humano, de dar noticia á V. M. de las cosas en que mucho le vá, y vista la ansiedad y fatiga deste reino, los llantos dolorosos de niños y viejos, las lágrimas y clamores de matronas y vírgenes, el ahullido y llanto de chicos y grandes, el intensísimo dolor y desesperación de ricos y pobres, el desasosiego y temor de sacerdotes y religiosos, la despoblacion de la tierra, los grandes errores que se esperan en la fée, el abatimiento y caida desta nueva iglesia, y finalmente, la destruicion universal en todo; y como en tan gran afliccion y miseria más es tiempo de buscar remedio que de llorar, sacando fuerzas de flaqueza, yo, el menor de los menores, levanto mi pluma á mi Rey y Señor, con aquella humildad y sincera simplicidad que una tan pequeña hormiga debe á tan alta magestad, á quien sólo, como á ministro de Dios y escogido por divina suerte, se le debe todo dominio, amor y temor, de donde la debida lealtad de súbdito y humillísimo criado no me consiente callar en caso tan importante, y se echa el resto de la perpetuidad desta iglesia y Nueva España; y ansí con el santo Job no perdonaré á mi boca, más hablaré en tribulacion de mi espíritu, pues veo que muchas veces por inadvertencia y siniestra provision de los Príncipes, se pierde lo que se ganó con mucha justicia y trabajo. Porque ¿quién mudó el imperio de los asirios, la fuerza de los macedones, el dominio de los medas, la grandeza de los persas, la fama de Babilionia, el señorío de los romanos, la superba Cartago, la fuerte Numancia, la grande é insigne Constantinopla; sino el tiempo, fuerza y maña de los hombres? Y aunque algunos de los reyes y príncipes pasados tuvieron poca misericordia y dolor de las calamidades y miserias de sus vasallos, empero á todos habia de espantar y zumbar las orejas, poderoso Señor, la ruina y destruicion de tantos reinos; pues hasta hoy no quedó alguno que muchas veces no se perdiese y destruyese. Por cuya causa, Sacra Magestad, estos sus muy leales vasallos, vista la novedad presente destos capítulos y ordenanzas, suplican que de nuevo sean provehidos; algunos de los cuales por ir de directo contra el señor de Dios nuestro Señor y de V. M. y en total ruina y destruicion de lo espiritual y temporal, convirtieron la medicina en ponzoña en toda esta Nueva España en total destruicion, y nuestra seguridad en muy inminentes peligros, así como la seguridad y contento, si alguno pueden tener los hombres en estas partes, en mil desasosiegos, donde todos estamos desterrados, donde todos estamos vendidos y puestos al cuchillo, donde todos estamos ausentes de toda verdad y seguridad, pues tenemos los enemigos doblados, que de fuera está el cuchillo y en casa la dura muerte; y finalmente, donde todos carescemos de toda la alegria y quietud. Porque en las tierras estrañas y de tan poco asiento como esta, aunque en alguna manera se ceben y deleiten los ojos, en ninguna se satisface ni cabe el corazon; de lo cual cubiertos de inmortal tristeza y dolor los hombres, como locos desatinados, vista tan siniestra provision de padre tan piadoso, creen ser cercano algun mísero fin en aquesto que la dichosa fortuna de V. M. ganó, siendo ministros aquellos bienaventurados varones que Dios escogió por caudillos.

¡Oh, Sacra Magestad, cuánto es de llorar y gemir ver tan cercana la destruicion y tan lejos y apartado el remedio! Porque son sin número los que destruyen y uno solo el que lo puede remediar; y así la certidumbre de lo pasado de otros reinos pone gran temor en lo porvenir á este; porque ninguna seguridad es la nuestra en un imperio tan nuevo como este, tan sin fortalezas y municiones, tan vacío de gente española, tan lleno y sembrado de contrarios; y lo que es más de lamentar, como dice Jeremías, desde el profeta hasta el sacerdote todos hacen engaño; que por haber tantos amadores de su propio interés, se ha puesto esta tierra en tanta miseria, y en términos, que se ha de perder sino se remedia. Porque unos pretenden capelos y prelacías, y otros tienen en tanto su reputacion y crédito cerca de V. M., que de lo que una vez han dicho, escripto ó informado no se apartan, aunque se hunda el cielo, se pierda la tierra, la iglesia se destruia, el culto divino se aniquile y abata, y finalmente, en todo se espere el infierno y destruicion. Lo cual es muy gran error, pues en las tierras nuevas tan sin fundamento como esta, lo que en un tiempo conviene y es provechoso, en otro es la misma destruicion. ¡Oh César invictísimo, defensor de la fée, caudillo de los cristianos, alférez de Christo, refugio de los opresos, tutor de los huérfanos, remedio de los pobres, favor de los buenos, venganza de los malos, Rey de los Reyes, Monarca del orbe, gran Emperador de los Príncipes, y finalmente, padre universal de todos, de cuya dichosa vida canta el texto divino! "En tu mano, señor, es la virtud y la potencia; en tu mano la grandeza y el imperio; tuyas son las riquezas, tuya es la gloria; tú enseñoreas á todos;" y como persona tan preeminente y segunda causa despues de Dios, de quien V. M. tiene la dependencia y el poder de la tierra, razon es se muevan esas clementísimas entrañas á compasion y misericordia de los males que se esperan, incendios, robos, rebeliones, fuerzas, muertes y destruicion universal en todo.

Y si de nosotros, por ser siervos inútiles, V. M. no se compadece, haya á lo menos compasion de sí mesmo, que es nuestra cabeza; pues de ley de natura el un miembro se conduele y entristece de la enfermedad del otro. Por lo cual, aunque en perdernos todos, Sacra Magestad, perdamos mucho, pero la pérdida entera es de V. M.; pues perdiéndonos á nosotros, se pierde esta iglesia y juntamente un reino de tan gran valor y escelencia. Y mucho debe acatar V. M. qué carga es esta, pues de todo ha de ser juzgado en aquel juicio de Dios. Y verdaderamente el prevaricador del linage humano en estas aflicciones y miserias, en alguna manera executado habria su malicia, si la Divina Providencia en tiempo de tanta necesidad no previniera de la cosa más necesaria, que fue tan buen gobernador como D. Antonio de Mendoza. Pero ¿qué aprovechará su providencia, si el que traer el gobernalle, por no tener la cosa presente ó por siniestra informacion de hecho, zozobra el navío? ¡Oh, Príncipe serenísimo! No plega á Dios que las manos clementísimas de V. M. sean llenas de tanta sangre, sino que pues fue elexido de Dios para que como segunda causa, teniendo sus veces, rija y gobierne por él el mundo, en tal manera seamos rexidos, que remedie los temores presentes y prevenga los males por venir; porque el mesmo error que en casos tan árduos se comete, no rescibe enmienda; y ansí vemos que las cosas grandes, aunque con mucho trabajo y tiempo se suelen adquirir y ganar, en un solo punto se suelen perder y destruir; de donde, bienaventurado es el Príncipe al cual los agenos peligros hacen esperimentado y sábio.

Porque la celsitud y grandeza del supremo y sacro estado de V. M. no sólo ha de resplandecer con autoridad de justas y santas leyes para buena gobernacion de sus reinos, pero aun ha de ser muy poderosa y abundante en armas para en tiempo de guerra ó acaecimientos contra la variable fortuna, y sobre todo, muy cuidoso de piadosa providencia para engrandescer el culto divino y cristiana religion. Y porque en una ordenanza se manda que por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so título de rebelion y levantamiento, los naturales destas partes no puedan ser esclavos; se responde que claro consta, que por ser la humana natura tan inclinada á mal obrar, se establecieron y se ordenaron las leyes civiles y criminales, para que mediante el rigor dellas, hayan quietud en las repúblicas, vivan los hombres en paz y seguridad de las muertes, latrocinios, incendios y maldades, y finalmente, vivan en temor y justicia; porque así como el intento humano se incita y mueve á bien obrar por amor, así se aparta de mal hacer por temor; lo cual siendo previsto por el dador de leyes en el mismo instante que crió el hombre, luego estableció ley en que viviese, por la cual le obligó á muerte. Y cierto, asi como Adan pecó, pedesciera la pena, sino por tener Dios los ojos puestos en su Madre.

Por lo cual, Sacra Cesárea Católica Magestad, aunque con estos naturales, por ser próximo, se requiera toda benignidad y clemencia, esceptándolos de hoy más que no se hagan esclavos en ninguna de las maneras de impusicion, servidumbre y cautiverio, que están notadas en ley de escriptuta y aprobadas en ley evangélica, pero en solo este caso, conviene que sean esclavos los que levantaren ó por delitos merescieren muerte criminal cometidos contra españoles. Porque de otra manera, seria acrescentar ponzoña en el cuchillo para que la herida fuese mortal y con más facilidad se levantasen, por ser gente bestial, ingrata, de mala inclinacion, mentirosa, amiga de novedades, y al presente muy desvergonzada y atrevida; y tanta y en tan escesivo modo, que si el temor de las leyes y justicias no los opresase y la poderosa mano de Dios no los detuviese, no habria un solo soplo en todos nosotros.

Y por tanto V. M. que es Príncipe, como dice el texto sagrado, no ha de perdonar sin pena las ofensas de Dios; porque el que tal hace, peca gravemente por perdonar la injuria de Dios por sola su presuncion. Y como estos naturales, perdido el sindéresis de la razon en los levantamientos que cometen, no solo se apartan del dominio de V. M., pero con gran menosprecio de la ley evangélica, renegan el santo bautismo rescibido, blasfeman el nombre de Dios Nuestro Señor, queman y asuelan sus iglesias, profanan las imágenes y cosas sagradas, escarnecen del Santísimo Sacramento, martirizan los ministros y religiosos, matan los españoles con diversos géneros de tormentos, levántanse con la tierra, y finalmente, en todo procuran destruicion y acabamiento en lo espiritual y temporal. Y pues V. M. en forma de justicia, dador y reformador de leyes, ansí esta ordenanza como las demás debe mandar reformar, pues tenemos por esperiencia que nunca el siervo hace buen jornal ni labor, sino le fuere puesto el pié sobre el pescuezo; ni estos naturales serán cristianos ni estarán subjetos al dominio de V. M., si unas veces no fuesen opresos con la lanza y otras favorescidos con el amor y justicia.

Á la ordenanza do en alguna manera se prohiben y vendan las armadas y descubrimientos, responde que el sacrificio más acepto á Dios de la mano del Príncipe, es el deseo de salvar las ánimas; y porque con los descubrimientos que con santo celo se hacen, suena y se publica la ley evangélica en todas las partes del mundo, para atraer al divino conocimiento de un solo Dios en trinidad á tantos reinos y señoríos; y pues la obra es de tanta estima, no plega á Dios que V. M. la prohiba, siendo tan cristianísimo Príncipe; porque injustamente usaria del cetro que Dios le dió, si con todas fuerzas no trabajase de reducir las ovejas estrañas de la fée á la union universal de la Santa Iglesia católica, que en especial en lo humano, es cosa muy conveniente y necesaria para la conservacion desta Nueva España; porque al sonido de las armadas y descubrimientos concurren á ella gentes de todo el mundo, con lo cual está más fuerte y favorescida, y será más poderosa y rica á causa de las nuevas contrataciones.

Lo segundo, que en la Real Magestad ha de resplandecer, es un arreo de leales vasallos y lucientes armas para en tiempo de guerra. Y porque la seguridad desta Nueva España consiste en que en ella haya abundancia de españoles, tan ricos y poderosos, que basten á resistir el poder y fuerza destos naturales; por donde se vé, Sacra Magestad, niegan todo principio los que dicen que en un Nuevo Mundo como este, donde las fuerzas destos naturales son tan grandes, que no es necesario que haya en él caballeros españoles tan ricos y poderosos que basten á resistillo y defendello, pues la esperiencia de todos los otros reinos nos muestra lo contrario. Porque clara cosa es, poderoso Señor, que en el cuerpo humano la flaqueza y debilidad en los miembros causa enfermedad y muerte; y ansí en el cuerpo místico deste república, si los hijosdalgo y gente noble, que son miembros los cuales han ganado y sustentado á este reino á su propia costa, fuesen débiles y flacos, constreñidos, de miserable pobreza, fácilmente se perderia, por pervertir la órden que Dios puso en todas las cosas, pues vemos que los inferiores son rexidos de sus inferiores, y las operaciones de sus motores por escelencia de la virtud natural; y entre las aves y animales, hay superioridad en la especie, y en todas las ciudades hay cabeza y miembros fuertes que las gobiernan, y en los reinos hay caballeros de estado que los sustentan; y tanto cuanto más fuertes son estos miembros, tanto es más poderosa su cabeza. ¿Pues por qué en un imperio tan grande como este, tan rico y poderoso, tan abundante y fértil, tan engrandecido de gentes y pueblos, contra toda órden divina, humana y natural, quieren criar un mónstruo, el cual todo sea pies, haciendo que los caballeros y gente noble destas partes, sin hacer escepcion de personas ni gratitud de servicios, sean aflixidos todos con miserable pobreza y que todos sean iguales? Por lo cual se responde á la ordenanza, en que se manda que los indios, que están depositados en conquistadores y pobladores, se los quiten y moderen; que sería cosa muy dañosa, perniciosa y en gran deservicio de Dios Nuestro Señor y de V. M., y en total destruicion deste reino; porque como dice la Escritura, no empedirás la boca al buey que trilla; y pues los bueyes desta heredad de Dios son estos caballeros de Jesucristo, que con tantas muertes, sudor y sangre han arado y cultivado la tierra desta Nueva España, poniéndola so el real dominio y sacro poder de V. M. y cristiana religion, llevándola á cuestas en pesado yugo de contínuos peligros; levantamientos y muertes, y no teniendo otra renta, hacienda, ni grangería para sustentamiento de sus mugeres é hijos y los grandes gastos desta tierra, por ser los precios escesivos, sino tener indios encomendados, porque sin ellos no se puede hacer heredad, labranza ni grangería, mas antes lo comenzado se perderá por falta de quien lo sustente, y porque las labores y tiempos son muy al revés de nuestra España, y las cosas en precio intolerable.

Por tanto, clementísimo señor, guardando justicia y descargando V. M. su conciencia, debe mandar que dejadas las ciudades de españoles y algunas cabeceras, todo lo demás se reparta perpétuamente entre los conquistadores y pobladores, conforme á la calidad y servicios de cada uno, con lo cual se dará asiento y perpetuidad á la tierra, porque todos cultivarán y labrarán como en cosa propia y perpétua, y habrán abundancia y seguridad, por ser tantos los que la defiendan; y encomendando V. M. estas ovejas á sus pastores perpétuos, como cosa propia serán amadas, y más bien tratadas, curadas, doctrinadas y enseñadas en las cosas de nuestra santa fée católica, y V. M. rehusará de sí una muy temerosa é infernal carga de sacrificios, muertes, adoraciones, borracheras, supersticiones, idolatrías, embaucamientos, sodomías, nefandidad de comer carne humana y otras sin número de ofensas, que la mala cristiandad y fingida fée de los más destos naturales cada dia cometen. Y hecho el repartimiento, cada uno de los españoles procurará el bien y utilidad de sus pueblos, y los maceguales serán favorecidos de las fuerzas, robos, tiranías de los caciques; abrirse han los caminos de toda la tierra, domesticarse han los naturales, y en todo habrá órden, policía y cristiandad, seguridad, asiento y perpetuidad, y en muy gran valor y suma subirán y se acrecentarán las rentas reales; y caresciendo de este principio y fundamento, no hay hombre por próspero y rico que sea en dineros y hacienda, que en muy breve tiempo no se pierda y gaste sin resuello de indios.

Las armas necesarias en estas partes, son que V. M. mande hacer luego en las ciudades desta Nueva España sus fortalezas muy grandes, fosadas, munidas y pertrechas, las cuales tengan sus guardas y alcaides para que, movido algun levantamiento ó alboroto, lo cual Dios no permita, en ellas se resista y ampare el ímpetu y fuerza de estos naturales. Y al presente no conviene que estas ciudades se cerquen, por ser la gente española tan poca, porque seria hacer fuerza y cerca para los enemigos; que claro es que las ciudades que están en frontera, cuando son más grandes que la posibilidad de los que las defienden, las recojen y abrevian para estar más fuertes y seguros los que en ellas resisten; pues hasta que la suma bondad sea servido que la fuerza española cresca, no conviene cercas, sino fortalezas, las cuales se hagan luego, mandando V. M. cesar todas las otras obras públicas y particulares, porque sin fortalezas, no hay seguridad en este reino, pues él y nosotros estamos en poder de los enemigos, los cuales todos los dias están con la espada en la mano. Y como la ponzoña secreta manda más gravemente, es muy de temer que una noche den en nosotros y en todo el reino juntamente, pegando fuego á las casas, matando los caballos, acometiéndonos con nuestras mismas armas, porque todo lo tienen en su poder, teniéndolos nosotros en nuestras casas por servidores para servicio y guarda de nuestra muerte. ¡Oh, Príncipe serenísimo! En verdad que viendo este descuido, las lágrimas de todo corazon y dolor me saltan de los ojos; porque no habiendo una sola cena en todos nosotros, no hay quien advierta ni mire nuestra perdicion sino el mismo Dios, el cual oprime y fuerza á estos naturales para que alcen el cuello de su maldad; por donde conviene luego el remedio para no tentar á Dios.

Lo tercero que en la Real Magestad ha de resplanceder, es una piadosa solicitud de engrandecer el culto divino y cristiana religion; porque tanto es una cosa más estimada, cuanto es más alto el fruto que della sucede, y ansí no es de comparar el oro y riquezas temporales con aquel inefable tesoro y ganancia de la vida eterna. Y si todos los Príncipes cristianos á este divino servicio son obligados, mucho más V. M., pues desciende de tan alta sangre y grandeza, nieto de aquellos embravecidos leones, propugnadores de la fée, máxime habiendo la divina mano en tan sumo grado engrandecido la celsitud, poder y grandeza del sacro estado de V. M. con tantos nuevos reinos y señoríos. Y como las cosas naturales sin dificultad producen sus efectos, los rios y fuentes siguen su curso natural sin degenerar de su principio, así V. M. mucho debe imitar á su poderoso padre, que es Dios, pues tiene dependencia dél, compadeciéndose de esta su esposa la Iglesia, que está triste y llorosa, desarropada y en suma necesidad; que por vivir los prelados en tanta miseria y pobreza, son canes mudos. No hay beneficios, pilas, padrones, órden ni cuenta en las ovejas. La barca de San Pedro está dada al través; hanle quitado el poder y mando que Dios le dió sobre la tierra, y todo está hecho un laberinto de error y ceguedad, porque nosotros, sus hijos, somos hechos pupilos sin padre, y nuestra madre, la catedral, es como viuda. Y verdaderamente los ojos de los que algo desto sienten, habian de estar hechos fuentes y manantiales de contínuas lágrimas, pues es una de las señales del juicio: cum venerit disetio primum.

Y lo que es más de lamentar por nuestros pecados, es que los hijos de Israel suspiran por las ollas de Egipto. Porque algunos de los religiosos que han ido á esas partes, teniendo fastidio y enojo del maná y dulzura de la clausura de la religion, perdido el apetito de su perfeccion y pobreza, suspiran por su propio interés, yendo cargados de alforja y comida de sus propias pasiones, y ansí por gobernarnos por ellos, han puesto esta tierra en los términos que la vemos, por llevar en todo la voz de Jacob y las manos de Esáu.

Invictísimo César: ¡cuán necesario es á tan alta Magestad como la vuestra, estar engrandecido de la caridad y misericordia para engrandecer el culto divino! Pues como dice San Pablo, no es otro su poderío sino el que de Dios le viene. Y aunque del estado adquirido en estas partes V. M. no deba diezmo, pero de buena conciencia, debajo de condenacion eterna, debe V. M. al omnipotente Dios alguna parte, como á señor, en reconocimiento que todo es suyo; pues no fuerzas humanas ni las espensas y gastos, que V. M. hizo, ganaron este reino, sino poder infinito, matizado del sudor y sangre de los que él escogió por sus ministros. Y la parte que á Dios se debe, conforme á derecho, son todas las tierras, heredades y rentas, que á los cues y casas del demonio estaban dotadas y dadas en sacrificio, lo cual es de la Iglesia.

Y porque los gobernadores destas partes han anhelado en lo temporal y transitorio, allegando con todas manos las rentas y aprovechamientos de V. M., olvidados del divino servicio, por el mismo Dios han sido castigados.

Por tanto, pues, mi intento y fin, poderoso Señor, sólo se funda en un enardecido y deseoso deseo del servicio de Dios Nuestro Señor y de V. M., postrado ante sus sacros piés, le suplico en todo resciba la simplicidad y buena intencion de este su minimo capellan y leal vasallo, remediando con brevedad y magnificencia lo que tanto conviene; porque si una vez se pierde, lo cual Dios no permita, con muy gran dificultad se podria ganar.

Nuestro Señor la Sacra Católica Cesárea persona de V. M. guarde y engrandezca en su santo servicio, con mayor celsitud y grandeza de nuevas victorias, reinos y señoríos, amén.

Desta ciudad de México, 1.o de Junio de 1544.- De V.S.C.C.M.-Mínimo capellan y leal siervo, que los sacros piés de V. M. besa.-Gomez Maraver.

Fuente:

Colección de documentos inéditos: relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas en América y Oceanía, sacados de los Archivos del Reino y muy especialmente del de Indias, por Torres de Mendoza, Luis de, abogado de los Tribunales, ex-Diputado a Cortes, con la cooperación competente. Autorizada por el Ministerio de Ultramar, según Real Orden de 10 de julio de 1862, Imprenta de Frías y compañía, Madrid, 1864-84, 24 tomos. Primera Serie, tomo VIII, 1867, pp. 199-212