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Siglo XVI > 1530-1539 > 1537

Carta de fray Julián Garcés al Papa Paulo III sobre la evangelización de los niños indígenas y sus aptitudes.
1537

A Nuestro Santísimo Padre Paulo III, sumo Pontífice de la Iglesia, desea salud eterna fray Julián Garcés, de la Orden de Predicadores, primer Obispo de Tlaxcala en las Indias de la Nueva España.

Saludo y preámbulo.

No habrá pereza, Santísimo Padre, para declarar a V.S. lo que tengo entendido acerca del tierno rebaño que de pocos días a esta parte se incorporó en el de la Iglesia, para que el espíritu de V. S. se pueda regocijar en Dios nuestra salud. Y por no causar fastidio con largos preámbulos, mayormente a V.S., a cuyo cargo está acudir a tantos y tan graves despachos de todo el mundo, quiero desde luego entrar contando el caso.

La evangelización de los niños indígenas y sus aptitudes.

Los niños de los indios no son molestos con obstinación ni porfía a la fe católica, como lo son los moros e indios, antes aprenden de tal manera las verdades de los cristianos, que no solamente salen con ellas, sino que las agotan. Y es tanta su facilidad, que parece que se las beben.

Aprenden más presto que los niños españoles y con más contento los artículos de la fe por su orden y las demás oraciones de la doctrina cristiana, reteniendo en la memoria fielmente los que se les enseña. Críanse dentro de la cerca de los monasterios, en sus aposentos y compañías, escuelas y pupilajes; en las ciudades más ricas y de más población y comarca son trescientos los niños, y cuatrocientos y quinientos.

No son vocingleros, ni pendencieros; no porfiados, ni inquietos; no díscolos ni soberbios; no injuriosos, ni rencillosos, sino agradables, bien enseñados y obedientísimos a sus maestros. Son afables y comedidos con sus compañeros, sin las quejas, murmuraciones, afrentas y los demás vicios que suelen tener los muchachos españoles.

Según lo que aquella edad permite, son inclinadísimos a ser liberales. Tanto monta que lo que se les da, se dé a uno como a muchos; porque lo que uno recibe, se reparte luego entre todos. Son maravillosamente templados, no comedores ni bebedores, sino que parece que les es natural la modestia y compostura.

Es contento verlos cuando andan, que van por su orden y concierto, y se les mandan sentar, se sientan y si estar en pie, se están, y si arrodillar, se arrodillan. Fuera de su Tlacuali [que así llaman ellos a su comida ordinaria], que es solamente un poco de pan, no son importunos pidiendo otra cosa, aunque hay abundancia de todas frutas, así de las de la tierra como de las que los españoles han traído de España, que se dan maravillosamente en las Indias, por la fertilidad y fecundidad de la tierra.

Tienen los ingenios sobremanera fáciles para que se les enseñe cualquiera cosa. Si les mandan contar, o leer o escribir, pintar, obrar en cualquiera arte mecánica o liberal, muestran luego grande claridad, presteza y facilidad de ingenios en aprender todos los principios, lo cual nace así del buen temple de la tierra y piadosas influencias del Cielo, como de su templada y simple comida, como muchas veces se me ha ofrecido considerando estas cosas.

Cuando los recogen al monasterio para enseñarlos, no se quejan los que son ya grandecillos, ni ponen en disputa que sean tratados bien o mal, o castigados con demasiado rigor, o que los maestros los envíen tarde a sus casas, o que a los iguales se los (sic) encomienden desiguales oficios, o que a los desiguales, iguales. nadie contradice, ni chista, ni se queja, porque todo el cuidado y diligencia de los padres es procurar que sus hijos salgan bien aprovechados en la enseñanza del cristianismo.

Aprenden cumplidísimamente el canto eclesiástico, así el canto de órgano como el canto llano y contrapunto, de tal suerte que no hacen mucha falta músicos extranjeros. Son gente vergonzosa, y ninguno sale en público [a lo menos la gente mexicana] sin que haya particular cuidado y recato en cubrirse honestamente con los paños que llaman tomaxtli, como los luchadores antiguamente cuando salían a ejercitarse al campo, que aunque iban desnudos, no deshonestos.

Llamábanse, como nota San Agustín campestrati, que quiere decir gente que quedaba en calzones justos y eran tan cortos como bastaba para redimir su honestidad. Este género de abrigo llaman las divinas letras perizoma y los indios llaman maxtli, sin el cual nunca aparecían en público.

Las denuncias sobre su incapacidad para la fe.

Ya es tiempo de hablar contra los que han sentido mal de aquestos pobrecitos y es bien confundir la vanísima opinión de los que los fingen incapaces y afirman que su incapacidad es ocasión bastante para excluirlos del gremio de la Iglesia. «Predicad el evangelio a toda criatura [dijo el Señor en el Evangelio]; el que creyere y fuere bautizado será salvo». Llanamente hablaba de los hombres y no de los brutos.

No hizo excepción de gentes, ni excluyó naciones, porque los apóstoles a quienes había dicho que había de hacer pescadores de hombres, habían de recoger en la red evangélica todo género de peces. Y lo que dice el Evangelio, que escogieron los buenos y echaron fuera los malos, no se entiende de la pesca que se hace en la Iglesia militante, sino de aquella de la triunfante, cuando se apartaron las ovejas de los carneros.

Respuesta eclesiológica a la denuncia.

Este es el misterio de que cuando pescaba San Pedro, antes de la Pasión, era tanta la cantidad de peces, que se rasgaban las redes y casi se anegaban los barcos; pero después de la Resurrección dice San Juan que con ser tantos los peces, no se rompió la red; y es que hablaba ya de la pesca de la Iglesia triunfante. Ahora en la Iglesia militante entran muchos peces en las redes y las hinchen (sic) y rasgan y salen o herejías o por malas costumbres, y éstos no entran en la red de la triunfante.

De aquí es que hablando el Evangelista de la pesca que fue después de la Resurrección, puso número determinado de peces, porque sabe Dios los que son suyos, como dijo el Apóstol: «En estas redes de la vida presente, entran muchos que han de salir dellas y en las de la venidera, ninguno entrará que haya de salir.» dijo el Psalmista: «Alaba Hierusalem al Señor, porque arreció las cerraduras de tus puertas y bendijo a tus hijos en Ti.»

Y porque no entendiésemos que solamente ciento y cincuenta y tres habían de ser las ánimas bienaventuradas en el Cielo, es el misterio místico que, contando desde uno hasta diez y siete van componiendo estos números el de ciento y cincuenta y tres, multiplicados nueve veces, para significarnos que por diez y por siete, que son los diez mandamientos bien guardados y por los siete dones del Espíritu Santo, entran los hombres en el cielo, como por contadero: pues que son muchos los llamados y pocos los escogidos.

Resta, pues, que para ninguno cerramos la puerta que San Juan vio abierta en su apocalipsis, porque el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cierra, sólo Él sabe el número de los escogidos para la felicidad soberana; y así a ningún hombre que con fe voluntaria pida el bautismo de la Iglesia, se le ha de cerrar la puerta, como lo enseña San Agustín en el sermón 15 de las palabras del Apóstol, citando a San Cipriano en esta materia.

Contra los que sostienen la opinión de la incapacidad para la fe.

A nadie pues, por amor de Dios aparta desta obra la falsa doctrina de los que instigados por sugestiones del demonio, afirman que estos indios son incapaces de nuestra religión. Esta voz realmente, que es de Satanás, afligido de que su culto y honra se destruye y es voz que sale de la avarientas gargantas de los cristianos, cuya codicia es tanta, que por poder hartar su sed quieren porfiar que las criaturas racionales hechas a imagen de Dios, son bestias y jumentos, no a otro fin de que los que las tienen a cargo, no tengan cuidado de librarlas de las rabiosas manos de su codicia, sino que se las dejen usar en su servicio, conforme a su antojo.

¿Quién es el de tan atrevido corazón y respectos tan ajenos de vergüenza, que ose afirmar que son incapaces de la fe los que vemos ser capacísimos de las artes mecánicas y los que, reducidos a nuestro ministerio, experimentamos ser de buen natural, fieles y diligentes?

Si alguna vez [Santísimo Padre], oyere V.S. que alguna persona religiosa es deste parecer, aunque resplandezca con rara entereza de vida y dignidad, no por eso ha de valer su dicho en esto, persuadiéndose V.S. y creyendo por más cierto que los cierto que quien lo dice ha sudado poco o nada en la conversión de los indios y ha estudiado poco en aprender su lengua y conocer sus ingenios, porque los que en estas cosas trabajan con caridad cristiana, afirman que no es lance vano el de las redes del evangelio y amor de Dios y del prójimo, cuando para pescarlos se tienden.

Los que se están ociosos o por ser amigos de soledad, o por tenerlos aprisionados la pereza y los que nunca convirtieron indio a la fe de Cristo por su industria; porque no los puedan culpar de que han sido inútiles, atribuyen la culpa de su descuido a la imbecilidad y flaqueza de los indios y defienden su verdadera pereza con la falsa incapacidad que les imponen; cometiendo en su excusa no menor culpa que la principal de que procuraban librarse. Daña grandísimamente este género de hombres porfiados a la mísera multitud de indios, porque estorban el proseguir algunos religiosos en la instrucción y enseñanza que les hacen de las cosas de la fe.

Y de aquí nace que algunos españoles que van a destruirlos con sus guerras, confiados en el parecer de tales consejeros, suelen tener por opinión que no es pecado despreciarlos, destruirlos, ni matarlos. Donde parece que Satanás, enemigo del linaje humano, halló esta traza, transfigurado en ángel de luz, para que diferiéndose la fe de aquellas gentes, conservase él la honra que entre los indios se le daba.

El testimonio personal de fray Julian sobre los indios.

Y por hablar más en particular del ingenio y natural destos hombres, los cuales ha diez años que veo y trato en su propia tierra, quiero decir lo que vi y oí y lo que mis manos tocaron acerca destos hijos de la Iglesia por algún ministerio mío en la palabra de la vida, atestiguando delante de V.S. que como Beatísimo Padre es Vicario de Cristo en la tierra, de referir cada cosa por lo que es, para que queden conocidas sus costumbres y escudriñados sus ingenios.

Son con justo título racionales, tienen enteros sentidos y cabeza. Sus niños hacen ventaja a los nuestros en el vigor de espíritu y en más dichosa viveza de entendimiento y de sentidos y en todas las obras de manos. De sus antepasados he oído que fueron sobremanera crueles con una bárbara fiereza que salía de término de hombres pues eran tan sanguinolentos y crudos, que comían carnes humanas.

Pero cuanto fueron más desaforados y crueles, tanto más acepto sacrificio se ofrece a Dios si se convierten bien y con veras. Nosotros somos la mayor parte para esto, si fuéramos para con ellos tales en la enseñanza, ejemplo, manos y lengua, cuales quisiéramos que fueran ellos tales en la enseñanza, ejemplo, manos y lengua, cuales quisiéramos que fueran ellos para con nosotros, si nos hubiera sucedido lo que a ellos.

Trabajemos por ganar sus ánimas, por las cuales Cristo Nuestro Redentor derramó su sangre. Oponémosles por objeción su babariedad e idolatría, como si hubieran sido mejores nuestros padres de quien traemos origen, hasta que el Apóstol Santiago les predicó y los atrajo al culto de la fe, haciéndolos de malísimos, buenísimos; y dellos han salido resplandecientes lumbreras de mártires, doctores y vírgenes, que sería largo y no necesario contarse.

Los españoles, también fuimos paganos y pecadores antes del cristianismo.

¿Quién duda sino que, andando años, han de ser muchos destos indios muy santos y resplandecientes en toda virtud? Por ventura cuando Sertorio estaba en España, no amansó y enseñó a aquella cierva que tenían por decidora del hado?

Una cierva que es animal bruto, tenían los españoles por profetiza y decidora de los hados y la reverenciaban como a diosa. La fiereza de los españoles antiguamente fue tanta que Silio Itálico, que trae su origen de Sevilla, la vieja ciudad de Andalucía que se llamaba Itálica, dice de sus mayores por ilustre blasón:

«Gente pródiga en dar la propia vida,
Fácil en darse prisa por la muerte,
Que en viendo que pasó su fuerza de años,
Sin esperar el siglo se apresura,
Quitándose la vida por su mano.»

Aquel Viriato, que según Justino fue ilustre capitán de España, muy celebrado por sus hazañas, primero fue vaquero. Esta es la nobleza que nuestra España tenía en su gentilidad.

Después de recibido el cristianismo, poseemos, con la fe por herencia, la verdadera nobleza y han salido de España tantos capitanes y tan valerosos, que de ellos hizo Roma para sí emperadores y por ellos creció maravillosamente subiendo al punto que tuvo.

Si España, tan llena de espinas y abrojos y de errores, antes de la predicación de los Apóstoles, dio después en lo temporal y espiritual tales frutos, cuales ninguno antes pudiera entender que estaban por venir, porque esta mudanza es de la diestra del Muy Alto, también se ha de conceder que siendo la mesma omnipotencia la de Dios, y el mesmo auxilio, favor y gracia, la que concede a todos como Redentor, podrá ser que el pueblo de los indios venga a ser maravilloso en este Nuevo Mundo.

¿Por ventura dice Isaías está abreviada la mano del Señor para que no pueda salvar? En el tiempo que Sertorio, Capitán de los romanos, estaba en España con aquellos hombres medio fieras, ya los españoles habían aprendido las letras griegas y latinas, enseñados de aquellas naciones que los habían sujetado.

Bien es verdad que si España hubiera conocido sus fuerzas como dice Trogo nunca hubiera rendido la cabeza sujetándose a los romanos. Los españoles habían aprendido ya letras romanas y sabían su lengua; y con todo eso se estaban todavía medio bárbaros.

Los indios antes de la llegada de los españoles: eran también bárbaros, pero tenían su cultura.

Pues ¿qué maravilla es si estos pobrecitos indios, puestos en este postrer bordo del mundo, sin haber jamás tratado gente política ni aprendido hasta hoy letras algunas, se estuviesen como bestias sin tener animal de quien usar para carga, sino que ellos mesmos eran como asnillos de dos pies y llevaban cargado al campo y a su casa todo lo que habían menester?

No tenían noticia de otros hombres extranjeros, ni estaban adornados de policía, ni de comida, ni de vestido, ni de las demás cosas que adornan la vida humana; ni tenían trato de letras, ni sabían de navío, coches, ni literas ni carros; estaban por desbastar y eran casi bárbaros.

Pues si con todas estas cosas fueron tales los españoles en aquel tiempo antiguo, ¿qué hay que desconfiar de los indios, pues que de nosotros de desconfiaron los nuestros, sino que salieron de aquella tierra tan ilustres varones en fuerza de cuerpo y alma? Advertid, dice el Psalmista, que desta manera será bendito el hombre que teme al Señor.

Y dice luego el cómo. «Viendo a los hijos de tus hijos que son los hombres pobres del Nuevo Mundo que con su fe y virtudes por ventura han de sobrepujar a aquellos por cuyo ministerio fueron convertidos a la fe.»

Y porque dije que totalmente no habían aprendido letras, ya me declaro. Pintaban, no escribían; no usaban de letras sino de pinturas. Si querían significar alguna cosa memorable, para que la supiesen los ausentes en tiempo o en lugar, usaban de pinturas, según aquellos que insinuó Lucano cuando dijo:

«Si habemos de dar crédito a Fama,
Los de Fenicia fueron los primeros
Que en toscos caracteres se atrevieron
A señalar las voces duraderas.
No había sabido Memphis el secreto
De escribir en cortezas de los Biblos
Solas las fieras, aves y animales
Guardaban el lenguaje misterioso
Que estaba en solas piedras esculpido.»

Ahora es tanta la felicidad de sus ingenios hablo de los niños que escriben en latín y en romance mejor que nuestros españoles y los que se dan entre ellos al estudio de la lengua latina y castellana, no salen menos aprovechados que nosotros.

Capacidad de los indios para la confesión.

Confiesan todos sus pecados que suele ser cosa dificultosa y ardua, mayormente para los que son nuevos en la Iglesia, por ser cosa donde grandemente se muestra lo que puede la fe, pues descubre un hombre a otro los secretos del corazón y manifiesta exteriormente sus flaquezas humanas.

Dicen sus pecados, no con menos claridad y verdad que los que nacieron de padres cristianos y estoy por decir que con más ganas, por que se huelgan de frecuentar la confesión. Y si alguna vez dijeron algo o menos bien examinado, o no tan bien entendido de los confesores, lo tornan a repetir de su voluntad, mejor dicho, sin recibir en ello pena.

Tienen simplicidad de palomas, y para sus confesiones, todo el año es cuaresma y en él hacen lo que usan en ella los cristianos. Toman disciplinas ordinarias con se cosa que los muchachos rehúsan y las reciben de su voluntad, aprovechándose del secreto del tiempo y lugar, fuera de las disciplinas comunes que se toman el viernes santo y todos los viernes del año.

Y lo que nuestros españoles tiene por más dificultoso, pues aun no quieren obedecer a los prelados que les mandan dejar las mancebas, esto hacen los indios con tanta facilidad que parece milagro, dejando las muchas mujeres que tuvieron en su paganismo, y contentándose con una en el matrimonio.

Clarísimamente se acusan en la confesión los niños digo de los hurtos que hacen. Con estar muy hechos a hurtar por particular inclinación que a ello tienen, no rehúsan la restitución ni la dilatan.

Otras muestras de la superioridad del cristianismo entre los indios.

Edifican grandes iglesias y adórnanlas con las armas reales; labran también los conventos de los frailes que los tienen a cargo y las casas de las mujeres devotas que envió la Reina doña Isabel, dándoles a ellas con tanta buena voluntad sus hijas, como a los frailes sus hijos, para que con toda presteza se aumente la santa iglesia con ellos.

Cuando tienen necesidad de agua para sus sembrados, vienen a los frailes con sus ofrendas y piden procesiones y con la misma devoción piden que les digan un evangelio sobre sus niños enfermos y que el sacerdote ponga las manos sobre ellos.

Cuando el niño nace, le lleva su padre o madre a recibir el sacramento del bautismo y cuando muere van luego a los frailes para que lo entierren. Si el marido sabe que su mujer no e cristiana, luego la lleva al bautismo y la mujer al marido, para desposarse al modo de los cristianos; y también lleva el padre al hijo, y la madre a la hija, el hermano al hermano y el vecino al vecino.

Testimonios ejemplares de la fe entre los indígenas.

Quiero decir brevemente lo que acerca desto he sabido, así por mi persona, como por la relación de religiosos fidedignos acerca de las buenas costumbres y fe destos indios.

Preguntáronle a uno porqué se quería confesar fuera de la cuaresma y respondió que, habiendo estado muy malo prometió a dios de confesarse, si le diera salud y que estaba obligado a confesarse so pena de ser transgresor del voto.

Otro indio habiendo poco antes confesádose con un sacerdote, fue a confesarse con otro; y preguntado por qué secundaba tan presto aquel sacramento, respondió: tengo sospecha de que el confesor no me entendió bien, demás de que después acá, se me ha acordado otros pecados y por eso me torno a confesar.

Dos indios recién convertidos, el uno llamado Pedro y el otro Diego, que fueron de los primeros que recibieron la fe, vieron en espíritu un día, después de haberse confesado, que les parecía descubrir dos caminos, el uno muy asqueroso de malos olores y el otro lleno de muchas rosas y fragancia de buenos olores.

Miraron bien y reconocieron a Santa María Magdalena y a Santa Catarina, entendiendo que lo eran por las señas con que habían visto pintadas las imágenes destas Santas, las cuales les dijeron: el camino que antes llevábades en vuestra idolatría es el asqueroso y de malos olores; y el que ahora seguís, después del bautismo, es el que tiene suave olor y fragancia de flores. Contaron esto los dos animosamente y con gran fervor delante de diez mil indios y muchos dellos pidieron luego el bautismo.

La noche de Navidad que Nuestra Madre la Iglesia representa el nacimiento de Cristo Nuestro Redentor, oyeron muchos dellos cantar en su lengua por los aires aquel otete de los ángeles: Gloria a Dios en las alturas, y hasta entonces nunca se había vuelto aquel cantar en su lengua, como después acá; y así se entiendo que sucedió aquel milagro por virtud divina pues no intervino industria humana.

Andaba un indio anhelando por haber con violencia una muchacha y díjole ella: ¿Tú no eres cristiano? Respondió él: si soy. Pues eso que tu haces, la religión cristiana lo prohibe. En oyendo el indio esto desistió al momento de lo comenzado.

Estaba un indio enfermo en cuaresma y como le habían enseñado que era tiempo de ayunos, no hubo remedio para persuadirle que comiese carne aunque le decían los españoles que podía.

Un indio se confesó, de que estando con su mujer, se le acordó de otra a quien quería y le fue aquella memoria deleitosa.

Un indio preguntó a un religioso si cuando estaba oyendo misa le sería mejor rezar o suspender por entonces la oración y estar atento a las palabras divinas que en la misa se dicen.

Oyó una vez un indio que Judas había sido impenitente, no queriendo confesar su culpa y que se ahorcó, y fuese el indio al confesor diciéndole: padre, yo soy Judas que aunque me confesé, no dije todos mis pecados y por eso me quiero tornar a confesar.

Dos indios estaban enfermos y habían callado por vergüenza una grave culpa que con la gravedad de la enfermedad les pareció confesar con muchas lágrimas y sentimiento de haberla cometido y callado; y fue Dios servido que entrambos quedaron luego sanos de ambas enfermedades.

Una india bautizada tenía un marido gentil y preguntóle si estaba bautizado; díjole que no y ella le negó la deuda o por mejor decir, la no deuda conyugal, hasta que se bautizó.

Cuando algunos dellos se vienen a confesar y no van absueltos, o porque estaban amancebados o porque deben alguna restitución, luego al momento cumplen lo que el confesor les manda y vuelven a él con presteza pidiéndole la absolución.

Este argumento, a mi parecer no es pequeño para entender la fe que hay en los indios. Si se les dilata la confesión por ocupación del confesor o por otra causa, lo sienten, lloran y gimen, mostrando hambre del sacramento y sed de la justicia.

Muchos dellos, después de recibido el bautismo piden que los bauticen y en diciéndoles que no es esto lícito, responden: bien sabemos eso, pero por entonces no creímos o no entendimos las palabras del que nos bautizaba, y por eso pedimos segunda vez el bautismo.

Estaba a la muerte un indio que se llamaba Martín y poco antes que muriese dijo a su madre que estaba en pie delante de el: madre mía, haceos a un lado; ¿no veis los frailes que vienen con la cruz y aquella gran señora que me viene ofreciendo el santo rosario?

Estaban en Teocán (sic) unos españoles hospedados y en pasando adelante, dijo un pobre indio de aquel pueblo a los demás: ahora, hermanos míos, habemos de vivir m cuidadosamente como cristianos, pues que estamos solos sin los testigos que teníamos de nuestra fe.

Esta nueva Iglesia indiana a imagen de la primitiva Iglesia...

Podríaseme decir que para probar esto no traigo testigos, como si los testigos no pudieran mentir. Y pasando más adelante, dirán que en los juzgados de los hombres, no tiene fuerza ni valor una simple relación.

Aquí no buscamos juicio humano, sino que nos maravillamos del divino. pues quiere Dios despertar en los principios de aquesta gente nueva, los milagros antiguos y prometer el fruto con que florecieron los santos que ha muchos años que nuestra Iglesia reverencia.

Ayúdales a los indios su poca comida, y el pobre poco vestido y la humildad y obediencia que les es natural, con no haber en el mundo nación que tenga con tanta abundancia todas las cosas necesarias como ésta.

El pedido concreto al Papa...

Y me parece, Santísimo padre, que he declarado lo que a mí me importaba decir y a Vuestra Santidad oír acerca desta mercaduría de Indias, digo acerca del trato de aquellas cosas que el Criador y Redentor de todos dispuso con su providencia para el término de esta nuestra edad, que según va corriendo aprisa, es ya el fin de los siglos.

Resta ahora suplicar a V.S., como a Pablo Santísimo, doctor de las gentes, que habiendo tan buena ocasión, no se dé lugar a la flojedad y pereza, sin que V.S. nos amoneste a todos y nos exhorte, despierte y lleve adelante, para que en esta obra del Artífice Soberano no durmamos, sino que velemos y procuremos ejercitarnos en ella sin tibieza.

Una cosa quisiera yo, Santísimo Padre, que tuviera V.S. por persuadida, y es que desde que comenzó a resplandecer por el mundo la verdad evangélica, desde que se declaró nuestra felicidad, desde que fuimos adoptados por hijos de Dios en virtud de la gracia de Nuestro Redentor y desde que el camino de la salud fue promulgado por los Apóstoles, nuestras capitanes y maestros, nunca jamás a lo que yo entiendo ha habido en la Iglesia católica más trabajoso hilado, ni cosa de más advertencia que el repartir los talentos entre estos indios; porque si trabajamos tanto por las cosas caducas y perecederas de aquesta miserable vida, ¿cuánto más habemos de procurar todos mayormente siendo V.S. nuestro capitán, como Padre y Pablo Santísimo no perder por nuestro descuido y negligencia la ocasión que tenemos entre manos, muy acomodada para hacer bien?

Vean todos en ese pecho apostólico que ninguna cosa se asienta más agradable que querer V.S. que todos sus fieles acudan y asistan y velen en este negocio tan grave, con toda su fuerza y conato, deseo, voz y voto, para que por la parte que tenemos abierta la puerta de la palabra como dijo el apóstol conozcan todos que quiere V.S. encaminar muchos obreros para que en el fértil suelo de las Indias acuda la espiga a ciento por uno y se sustente la rica esperanza, aumente la caridad y persevere la fe.

El oro que hay que extraer de las Indias es la conversión de los indios.

Con tanto más conato y con tanto más alegre ánimo habemos de procurar recoger a los idólatras en Asia (sic), debajo de las banderas de nuestra profesión, cuanto vemos en Europa que se ejercita más la crueldad de los turcos contra los nuestros. De aquí saquemos oro de las entrañas de la fe de los indios.

Esta riqueza es la que habemos de enviar para socorro de nuestros soldados. Ganémosle más tierras en las Indias al demonio que la que él nos hurta con sus turcos en Europa. Batamos los muros de los demonios con doblados instrumentos de la guerra, y acometan los carneros de remuda, para que libremos del cautiverio antiguo a estos pobres y enviemos de aquí este oro. Desterremos los demonios de todos los confines de Europa.

Dilátense los términos de vuestros fieles, buen Jesús, Rey Nuestro. Cúmplanse ya la profecía de Isaías que dice: Mirad estos que vendrán de lejos; mirad aquellos de aquilón y del mar y éstos de la tierra austral. Alabad cielos; alégrate tierra; cantad alabanzas, los montes, porque el Señor consoló a su pueblo y tendrá misericordia de sus pobres y dijo Sión: El Señor me dejó y el Señor se olvidó de mí.

Y poco después: levanta tus ojos en contorno y mira que estos están juntos y vinieron para tú. Vivo yo dice el Señor que de todos estos has de quedar vestida como ornamento y los pondrás alrededor de tú como esposa, porque tus desiertos y soledades y la tierra de tus antiguas ruinas, ha de ser ahora todo poco y estrecho, según tus muchos moradores, y han de quedar muy ahuyentados los que te aniquilaban y aterraban.

Si Jesucristo nuestro Señor Dios y Redentor Nuestro, con tanta instancia persuade a Santo Tomás Apóstol que vaya a predicar a los indios, aunque él rehusaba y decía: enviadme a donde quiera, como no sea a los indios; y a San Bartolomé, que atormentó con grandes maravillas a los demonios y convirtió a los indios a la fe, despreciando sus riquezas y descubriendo mejores minas de oro en la fe del Evangelio para que la siguiesen; también conviene Santísimo Padre que V.S. imite, siga y acompañe a su Emperador y Dios, a quien ve que envía a sus soldados y apóstoles para que vayan a los indios y casi los apremia a ello.

Y si me dice V.S. que los idólatras no creerán en Cristo, ni obedecerán el Evangelio, San Lucas dice en los Actos de los Apóstoles, que predicando San Pablo, creyeron todos los que estaban predestinados de Dios para la vida eterna. Ello es cierto que ninguno de los predestinados dejó de creer. Todos nosotros, los que vivimos entre indios, somos testigos de cuan buena gana reciben la fe, reverencian y oyen a los predicadores, edifican iglesias y están sujetos a los religiosos, los indios desta Nueva España.

Y en lo que toca a los que están muy apartados de los términos desta Provincia, tenemos verdadero testimonio del Venerable Padre fray Bernardino de Minaya, que al presente es Prior de Santo Domingo, de la ciudad de México Tenuchtitlán, el cual con dos compañeros religiosos caminó hasta la Provincia de Nicaragua, que es camino de más de trescientas leguas, predicando a los idólatras, quebrantando, despedazando y quemando los ídolos y enarbolando y levantando el estandarte de Jesucristo, Rey, Hijo de Dios, y fundando iglesias.

Para todas estas cosas, halló a los indios muy ganosos y muy prontos, con no haber ellos antes visto religiosos que les predicasen. Pedíanle de su voluntad el bautismo, saliéndole a recibir con guirnaldas de rosas y con comida y bebida que le ofrecían. Extendían y abrían los caminos y aderezábanlos, acompañándole con hacimiento de gracias y diciendo a su modo: bendito el que viene en el nombre del Señor.

El obispo le recuerda al Papa sus deberes...

A V.S. puso el Soberano rey de los Cielos por su condestable en la tierra que así los llaman los reyes del mundo para que siempre persevere velando en su puesto y oficio, que es mirar por una y otra parte a donde hay mayor necesidad de enviar soldados y compañeros y ropas y bastimentos que se hayan de repartir entre la gente del ejército, porque si por falta de la paga o por faltar gente de caballos o peones, hay descuido en las cosas de la guerra y van a menos toda la culpa ha de ser del proveedor. Pero acudiendo V.S. a todo como los esperamos le está guardada, como es justo, la corona gloriosa de la bienaventuranza.

Fray Julián Garcés
Obispo de Tlaxcala

Fuente:

http://usuarios.lycos.es/Onuba/MA130.htm

Notas del mismo sitio de internet:

1º.- Fray Julián Garcés es nombrado obispo de Tlaxcala a fines de 1526 y erige su catedral estando todavía en Granada con el título de la Inmaculada Concepción de María. A la espera de su barco en Sevilla, conoció al futuro San Juan de Avila --en ese entonces de unos 28 años-- recién ordenado sacerdote.

Lo había convencido para que pasara a las Indias con él, pero fue detenido por el arzobispo de Sevilla don Alonso Manrique. En su camino a México se detuvo en la Isla de Santo Domingo, donde también conoció a sus hermanos de hábito y de lucha por la justicia fray Antonio de Montesino, fray Tomás Berlanga y fray Bartolomé de Las Casas.

Fray Julián Garcés llega a la Nueva España a principios de 1528 e inmediatamente toma posesión de su obispado el más antiguo en territorio mexicano. Falleció en su sede en 1546.

La carta que trascribimos no trae fecha, pero debió ser escrita hacia fines de 1536 o principios de 1537. Efectivamente dice en la carta el obispo que hace «diez años que veo y trato en su propia tierra [a los indios]». La carta está escrita en un latín culto y es sin duda una de las fuentes principales --junto con los informes de Bernardino de Minaya y tal vez de algunos escritos de Bartolomé de Las Casas-- de la Bula Sublimis Deus del Papa Paulo III.

2º.- Los indios Tlaxcaltecas, aliados de Hernán Cortés en la conquista de México, recibieron diversas prerrogativas por parte de la Corona por este hecho. El obispado fue erigido en primer lugar con el nombre de Carolense --por Carlos V-- sin tener ni el emperador ni la Santa Sede idea de su territorio.

Luego recibió el nombre de Tlaxcala (1525) y trasladada la sede a esa ciudad. La sede del obispado fue trasladada en 1543 a Puebla de los Angeles, constituyendo hasta hoy en día la diócesis con ese nombre. Cf. Borges, Pedro, [Dir.], Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas (siglos XV-XIX). Vol. II: aspectos regionales, BAC, Estudio Teológico San Ildefonso de Toledo, Comisión Nacional para el Quinto Centenario (Madrid 1992) 93.

3. Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias (III c. 118) dice haber sido «muy latino, tanto, que se dijo aver dicho el maestro Antonio de Lebrija, viendo su habilidad y pericia en la lengua latina, me oportet minui hunc aut crescere.»

4. Tomamos el texto de la edición que trae Genaro García, El clero de México durante la dominación Española, según el archivo inédito Archiepiscopal Metropolitano, en: id. Documentos inéditos y muy raros para la historia de México, Porrúa (México² 1974) Apéndice 112, pg. 507-518

Bibliografía:

- Lobato Casado, A., El obispo Garcés, OP, y la bula «Sublimis Deus», en: Los Dominicos y el Nuevo Mundo. Actas del I Congreso Internacional (Madrid 1988) 739-795.

- Hanke, Lewis, El Papa Paulo III y los indios de América, en: Estudios sobre fray Bartolome de las Casas y sobre la lucha por la justicia en la conquista Española de América, Universidad Central de Venezuela, Ediciones de la Biblioteca (Caracas 1968) 57-88; orig. ingles en: el «Harvard Theological Review» (1937) 65-97.

- Acuña, René, Fray Julián Garcés: su alegato en pro de los naturales de Nueva España, asesoró la transcripción de textos latinos y su versión española, Roberto Heredia Correa, UNAM, Instituto de Invest. Filológicas, Centro de Estudios Clásicos (México 1995).

- Lopétegui, León - Zubillaga, Félix, Historia de la Iglesia en la América Española. Desde el descubrimiento hasta comienzos del S. XIX. México, América Central, Antillas, BAC (Madrid 1965) 363; Cf. también sobre su oficio de protector de indios pp. 344-345.