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Siglo XVI > 1530-1539 > 1532

Carta de Hernán Cortés al Emperador Carlos V, del 20 de abril de 1532.
México, 20 de abril de 1532.

Sacra católica cesárea majestad.

Vuestra majestad me mandó que en estas partes le sirviese de su capitán general, así para la conservación y seguridad de lo descubierto, como para acrecentar por estas partes su real patrimonio y ensanchar por ellas sus reinos y señoríos; y para efectuar esto tuve el cuidado y diligencia que siempre he tenido en todas las cosas de su real servicio, de lo cual han dado testimonio las obras que de ello han resultado.

Y luego que partí de España traje conmigo cerca de cuatrocientos hombres para hacer mi oficio, con los cuales gasté mucha suma de dineros, como lo tengo probado ante los oidores de la Audiencia que en esta ciudad reside. Y cuando llegué a esta Nueva España, no era llegada la nueva Audiencia, y a esta causa, y porque la Emperatriz, mi Señora, me envió a mandar los esperase, y hasta tanto no entrase en esta ciudad, yo lo hice, y me estuve cinco meses fuera de ella, donde se me murió mucha gente de la que traje, y gasté en sostener los que quedaron lo que no tenía ni hallé de mi hacienda.

Venida la nueva Audiencia presenté la provisión real de vuestra majestad que traía de su capitán general, y fue obedecida, y cuanto al cumplimiento, me mostraron otra en que se me mandó que ninguna cosa hiciese sin parecer y acuerdo del presidente y oidores, y fue para mí muy gran merced, porque siempre querría tales testigos de mis servicios.

Y comencé a querer poner en orden la gente de esta ciudad y de todas las otras villas de esta Nueva España, y para saber la gente que había y ponerla en concierto, con acuerdo de los dichos oidores hice pregonar reseña o alarde, mandando so ciertas penas que todos saliesen con sus armas y caballos.

Llegado el término en que se había de hacer la reseña, salimos a la plaza los oidores y yo, y mucha de la gente de la ciudad no quiso salir ni parecer, y los que salieron, no como debieran. Yo quise remediarlo, y castigarlos ejecutando las penas; a los oidores les pareció que hacerla yo derogaba su autoridad y preeminencia, y fuéronme a la mano, y así se ha quedado hasta hoy, que ninguna orden ni concierto hay.

También se ha ofrecido que dos o tres provincias se han sublevado y muerto cristianos, y para el remedio de esto nos hemos juntado y tenemos los pareceres muy diferentes, y como yo estoy tan atemorizado de testimonios falsos, aunque conozco la culpa que se me ha de cargar de cualquier yerro que se ofrezca, téngolo por mejor, que no que se me impute de inobediencia o desacato, y así se ha hecho y hace todo por su parecer. Yo creo que se acertará mejor que por el mío; pero a lo menos sepa vuestra majestad cuán poca parte soy en todo, porque ni se me atribuya culpa por lo que se errare, ni gloria por lo que se acertare.

Viendo que la gente que yo traje de España y otra mucha que por acá había ociosa no se ocupaban en servir a vuestra majestad, y que yo gastaba el tiempo mal gastado, comuniqué con los oidores que sería bien emplearlos en algo, porque demás de esto se evitarían algunas cosas que con la ociosidad hacían estas gentes; y así fue acordado que se debía de enviar a poblar unas provincias que había muchos días que yo las tenía descubiertas y pacíficas, y que llevasen instrucción suya de lo que se había de hacer, y así fueron, y yo envié por capitán con ellos a don Luis de Castilla, hijo de don Pedro de Castilla, que conmigo traje de España, y cuando llegaron a las dichas provincias hallaron que Nuño de Guzmán, que había ido huyendo de esta ciudad, por no dar cuenta del tiempo que tuvo cargo de presidente, no había podido hallar paso para pasar adelante, y volvióse a aquellas provincias que estaban pacíficas, y llegaron juntos en un día, y como don Luis iba descuidado y con poca gente delante, fue preso por el dicho Nuño de Guzmán, y le tuvo algunos días hasta que se le desbarató la gente, y después lo tornó a soltar, y se quedó y pobló en las dichas provincias. Pidióse remedio en esta Audiencia; a los oidores hales parecido por algunas causas que le deben dejar. El dicho don Luis va a dar cuenta a vuestra majestad de lo que pasa; vuestra majestad proveerá lo que sea servido. Lo que yo de mi parte suplico es que vuestra majestad sea servido, pues tan poco concepto se tiene que sabré servir en este oficio, me haga merced de encomendarlo a quien mejor lo sepa, porque pues hasta aquí no he errado, no querría errar de aquí adelante; yo como un vecino seguiré lo que me mandaren.

También fue vuestra majestad servido que yo entendiese en el descubrimiento de esta mar del Sur, y así por la voluntad que yo de vuestra majestad conocí de saber los secretos de ella, y por ejecutar la que yo siempre he tenido de servir, como por socorrer a las gentes que vuestra majestad mandó enviar a las islas de Maluco, que soy informado que llegaron y lucieron muy cumplidamente lo que por vuestra majestad y por mí en su real nombre les fue mandado, y pareciéndome inhumanidad no socorrerlos, habiendo tan bien servido, y estando como están en tanto peligro, así de los naturales como de las armadas del rey de Portugal, a quien según se dice han ofendido, que no dejará de tomar la enmienda, como ha hecho de otros que vuestra majestad ha enviado a aquellas partes, aunque hallé cinco navíos que había dejado en la mar del Sur para este fin, todos podridos y destruidos, y todos los aparejos de ellos y muchas armas y artillería, que lo destruyeron los oidores pasados, como todas las otras cosas de mi hacienda. Viendo cuánto esto importaba al servicio de vuestra majestad y aun al acrecentamiento de su real patrimonio, yo puse luego en obra de hacer otros cuatro navíos, los dos en el puerto de Tehuantepeque donde dejé los primeros, y los otro dos en otro puerto que se dice Acapulco, y les di tanta prisa que los puse a punto de navegar; y porque en el un puerto, que es el de Acapulco, no se podían proveer las cosas necesarias con carretas ni bestias, yo cargué algunos indios de mis vasallos, de que vuestra majestad me hizo merced, para llevar algunas cosas que faltaban, que era imposible proveerse de otra manera, pagándoles, como les pagué, su trabajo muy a su voluntad, y llevándolas me fueron tomadas por ciertos alguaciles, y me fue mandado que no lo proveyese; y aunque yo he visto una provisión en que se manda presidente y oidores que no se entremetan en cosa de este descubrimiento, sino que libremente me dejen hacer, yo obedecí su mandato y cesó la obra, por manera que ni por la mar ni por la tierra yo puedo hacer ningún servicio, y si me lo dijeran antes que tuviese gastada mi hacienda, no sería tanto daño; mas después de gastado ponerme impedimentos, no yo, más aún vuestra majestad sería dificultoso salir con ninguno.

A vuestra majestad suplico lo mande remediar como sea servido, y como yo quede libre de la obligación que tengo, porque no se me cargue culpa de remisión, y pues en aquello de que vuestra majestad más se sirva recibo yo mayor merced, el conocer yo tanta voluntad en vuestra majestad de saber los secretos de esta mar del Sur, y aun tener yo por cierto cuánto de ello se podría servir, me ha hecho sacar fuerzas y empeñarme para dar prisa en esta armada, mas el ver los impedimentos y estorbos que en todo se me ponen, me hace entibiar y creer que yo me engañé, y que vuestra majestad no ha tenido tanta voluntad de esto cuanta yo pensé. Suplico a vuestra majestad me envíe a mandar aquello de que más sea servido, porque no yerre contra su servicio, pues nunca fue ni es esta mi voluntad.

Nuestro Señor la sacra católica cesárea majestad de vuestra real persona, y su muy esclarecido estado prospere por muy largos tiempos.

De esta gran ciudad de México a 20 de abril de 1532 años.

De vuestra sacra cesárea majestad muy humilde siervo y vasallo que sus muy reales pies y manos besa.

El marqués del Valle.

Fuente:

Biblioteca Virtual Antorcha
http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/historia/relacion/8.html