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Siglo XVI > 1520-1529 > 1528

Anales históricos de Tlatelolco. Relatos aztecas.
1528

Relatos aztecas

Año Trece-Conejo. Se vieron españoles sobre el agua. Fue también cuando algunos mexicanos perecieron en el agua divina, en el mar.

Año Uno-Caña. Fue cuando los españoles surgieron en Tecpantlayácac. Enseguida, entonces, vino el capitán. Cuando vino a surgir en Tecpantlayácac, enseguida, entonces, el Cuetlaxteca fue a su encuentro. Por esta razón, allá le ofrecieron soles de oro, uno amarillo, otro blanco, y un espejo dorsal, y un cuenco de oro, una toca de oro en forma de cántaro y una armadura ritual de plumas de quetzal, escudos de concha.

Ante el capitán se ofreció un sacrificio. Entonces, montó en cólera. Cuando se ofreció al capitán la sangre en una Calabaza-del-Aguila, entonces, por eso, mató a quien le ofrecía la sangre, lo golpeó con la espada. Entonces, por esa razón, se dispersaron todos los que habían ido así a su encuentro.

Habían ido a ofrecer eso al capitán por órdenes de Motecuhzoma, sólo para que él, el capitán, se regresara. Ese fue su encargo, lo que hizo, el Cuetlaxteca.

Enseguida, después, el capitán vino a hacer su entrada a Tenochtitlan. Llegó en Quecholli, un día cuyo signo de destino era Ocho-Viento. Y cuando llegó a Tenochtitlan, pronto, entonces, le ofrecimos guajolotes, huevos de guajolote, maíz blanco, tortas blancas de maíz; enseguida, entonces, le hemos llevado agua; enseguida, entonces, le entregamos alimentos para los venados y madera. Aparte el tenochca le presentó sus ofrendas; aparte el tlatelolca le presentó sus ofrendas.

Entonces, el capitán partió enseguida hacia las orillas del agua; dejó a don Pedro Alvarado "Sol".

Y entonces, más tarde, los mexicanos fueron a preguntar a Motecuhzoma cómo iban a celebrar la fiesta de su dios. Enseguida, él les dijo de qué manera:

"¡Dispongan todas sus vestimentas rituales! ¡Háganlo!"

Entonces, "Sol" dio órdenes, entonces se ató con cadenas a Motecuhzoma e Itzcuauhtzin, el tlacochcálcatl de Tlatelolco. Fue entonces cuando colgaron a un señor de Acolhuacan, Nezaualquentzin, cerca de la muralla a orillas del agua. El segundo que murió fue el soberano de Nauhtla, llamado Coualpopocatzin. Lo cosieron a flechazos, y cuando lo hubieron cosido a flechazos, entonces lo quemaron vivo. Desde entonces los tenochcas vigilaban la Puerta-del-Aguila. Por un lado se encontraba la cabaña de los tenochcas, por el otro se encontraba la cabaña de los tlatelolcas.

Vinieron a decirles a ellos que engalanaran a Uitzilopochtli. Pronto, entonces, dispusieron sobre Uitzilopochtli todo aquello con lo que se le atavía, sus vestimentas de papel y todos sus atavíos. Lo decoraron con todo.

Enseguida, después, los mexicanos cantaron sus himnos, y eso hicieron el primer día. Volvieron a hacer eso, sencillamente el segundo día, cantaron sus himnos. Fue entonces cuando murieron los tenochcas y los tlatelolcas.

Los que cantaban los himnos se habían despojado de todas sus vestiduras. Unicamente, todo lo que llevaban eran sus conchas, sus turquesas, sus ornamentos para los labios, sus collares, sus penachos de plumas de garza, sus patas de venado. Los que tocaban el tamboril, los queridos ancianitos, que tenían sus sonajas de calabaza, sus calabazas de tabaco, a ellos atacaron primero los españoles allá. Les golpearon las manos, les golpearon la cabeza. Enseguida, después, murieron. Todos los que cantaban los himnos, todos, los que miraban, murieron ahí.

Nos atacaron, nos masacraron durante tres horas, masacraron a las gentes en el patio del templo. Enseguida, entonces, penetraron en el edificio para matar a todo el mundo, a los que llevaban el agua, a los que habían llevado la comida para los caballos, a los que molían el maíz, a los que barrían la tierra, a los que montaban guardia.

Pero el soberano Motecuhzoma de Tlatelolco y de Tenochtitlan que estaba en compañía de Itzcuauhtzin, el tlacochcálcatl de Tlatelolco, regañó a los españoles, les dijo.

"¡Oh señores nuestros! ¡Basta! ¿Qué hacen? ¡Las gentes del pueblo son muy desgraciadas! ¿Acaso tienen escudos? ¿Acaso tienen espadas con filo de obsidiana? ¡Estamos totalmente desnudos!"

Cuando llegó, el capitán, "Sol" ya nos, había masacrado. Hacía veinte días que había partido hacia la orilla del agua, el capitán, cuando "Sol" nos destruyó.

Cuando llegó, no fuimos a su encuentro con las armas en la mano; suavemente hizo su entrada. Luego, al día siguiente, los perseguimos con vigor; entonces, así la guerra comenzó.

Enseguida, entonces, salieron de noche, cuando la fiesta de Tccuílhuitl salieron. Fue entonces cuando fueron muertos en el canal de los toltecas, ahí donde los dispersamos.

Entonces, después de salir de noche, primero fueron a recuperarse a Mazatzintamalco; ahí velaron cuando salieron de noche.

Año Dos-Pedernal.-En esa época, entonces, murió Motecuhzoma; entonces murió también Itzcuauhtzin, el tlacochcálcatl de Tlatelolco

Cuando los españoles partieron, fueron a instalarse a Acueco. Los echaron. Fueron a instalarse a Teocalhueyacan. Partieron hacia Zoltépec. Partieron de ahí, fueron a instalarse a Tepotzotlan. Partieron de ahí, fueron a instalarse a Citialtépec. Salieron de ahí, fueron a instalarse a Temazcalapa. Ahí fueron a su encuentro, les dieron guajolotes, huevos de guajolote, maíz desgranado; ahí recuperaron fuerzas.

Entonces entraron, se instalaron en Tlaxcala. Enseguida, después, se extendió la enfermedad: la tos, la fiebre ardiente, la pequeña lepra. Luego la enfermedad salió un poco.

Enseguida, entonces, partieron de ahí, llegaron a Tepeyácac, donde por primera vez conquistaron una región. Enseguida, después, partieron durante la fiesta de "Embriaguez-de-niños"; llegaron a Tlapechuacan durante el mes Izcalli. Diez veintenas de días después, fueron a surgir, fueron a instalarse a Texcoco, donde se quedaron dos veintenas de días. Enseguida, entonces, partieron; otra vez aún fueron a visitar Citlaltépec, Tlacopan; fueron a reunirse al palacio. Y entonces, todo el mundo, las gentes de Chiuhnauhtlan, de Xaltocan, de Cuauhtitlan, de Tenayucan, de Azcapotzalco, de Tlacopan, de Coyoacan, todos vinieron aquí. Nos combatieron durante siete días, pero sólo ahí, en Tlacopan. Entonces, otra vez, se retiraron, y él también, el capitán, simplemente; y lo siguieron allá. Entonces, después, también ellos partieron, y fueron a establecerse a Texcoco. Cuatro veintenas de días después, entonces, una vez más, salieron hacia Uaxtépec, y a Cuauhnáhuac. De ahí bajaron a Xochimilco en donde murieron tlatelolcas. Después, otra vez, salieron de ahí, y partieron hacia allá, a Tlalliztacapan. Entonces, allá también, murieron tlatelolcas.

Entonces cuando fueron a instalarse a Texcoco, fue cuando los tenochcas, empezaron a matarse entre ellos. En el año Tres-Casa mataron a sus señores, al ciuacóatl Tziuacpopccatzin, y a Zipactzin, Tencuecuenotzin; y a los hijos de Motecuhzoma, Axayácatl y Xoxopeuálloc, también los mataron. Cuando los tenochcas se sintieron perdidos, sencillamente se querellaron entre ellos, se mataron entre ellos, y por esa razón, ellos, esos señores, fueron asesinados. Habían tratado de socorrer a los españoles, cuando hablaban con las gentes del pueblo para que recogieran maíz blanco desgranado, guajolotes, huevos de guajolote, para que las gentes del pueblo les pagaran tributo, a estas gentes. Fueron los sacerdotes, los grandes sacerdotes, nuestros hermanos mayores, quienes hicieron matar a esas gentes. Pero otros grandes, dignatatarios montaron en cólera porque habían hecho matar a esos señores. Los que los habían mandado matar dijeron entonces:

¿Acaso nosotros vinimos a colgar gentes, nosotros, hace una veintena de días? Finalmente, cayeron sobre nosotros, nos pisotearon, cuando el Tóxcatl."

Entonces, los españoles vinieron a reunirse de nuevo, entonces combatieron contra nosotros y así durante diez días nos combatieron. Entonces surgieron sus naves. Al cabo de veinte días, sólo entonces, hicieron salir sus naves en Nonoalco, allá en Mazatzintamalco. Cuando salieron sus naves, surgieron en Iztacalco. Entonces los habitantes de Utacalco se sometieron a ellos y allá también marcharon con ellos. Enseguida, las naves fueron a establecerse allá a Acachinanco. Enseguida, entonces, allá, por un lado y por otro del camino, las gentes de Huexotzinco y de Tlaxcala colocaron cabañas. Enseguida, entonces, las barcas de los tlatelolcas rompieron las líneas del enemigo, y las gentes de Nonoalco guerrearon en el camino, después guerrearon allá, en Mazatzintamalco. Pero en Xoxouiltitlan y en Tepeyácac nadie guerreó.

Sólo nosotros, los tlatelolcas, montábamos guardia en el camino cuando sus naves llegaron. Fue sólo al día siguiente cuando dejaron Xoloco. Hacía ya dos días que se combatía en Uitzallan. Fue entonces cuando los tenochcas se mataron entre ellos. Se dijeron:

"¿En dónde están pues nuestros señores? ¡Quizá una vez se habrán lanzado sobre los españoles! ¿Cuál es un hombre viril? He aquí que cuatro de ellos fueron golpeados y apresados, más tarde masacrados. ¡Sucedió que mataron a Cuauhnochtli, nuestro hermano mayor de Tlacatecco, después a Cuapan, nuestro hermano mayor del Uitznáuac, después a los sacerdotes que, quemaban incienso en Amatian, y al sacerdote que quemaba incienso en Tlalocan!"

¡De esta manera se destruyeron, cuando por segunda vez se mataron entre ellos, los tenochcas!

Justo en medio del camino los españoles instalaron trompetas-de-fuego; en Tecaman las apuntaron hacia el camino. Cuando hicieron disparar las trompetas-de-fuego, el tiro cayó en la Puerta-del-Aguila. Enseguida, entonces, los hombres de Tenochtitlan se pusieron en movimiento. Enseguida, entonces, tomaron en sus brazos a Uitzilopochtli, vinieron a guardarlo a Tlatelolcol, lo instalaron, vinieron a guardarlo en la "casa de los jóvenes" de Amáxac.

Y su soberano vino a instalarse a Yacacolco, él, ¡Cuauhtémoc! Y entonces, fue cuando todas las humildes gentes del pueblo dejaron, abandonaron su ciudad de Tenochtitlan, cuando vinieron a introducirse a Tlatelolco, cuando vinieron a vivir a nuestras casas. Enseguida, a continuación, se establecieron por todas partes, en nuestras casas, en nuestras terrazas. Y entonces, sus señores gritaron, y sus jefes supremos dijeron:

"¡Oh, señores nuestros! ¡Oh mexicanos! ¡Oh tlatelolcas! Quizá ya en alguna forma nuestros depósitos ya no estén en nuestras manos, ni los depósitos ni la tierra. Así que aquí están sus bienes, las armas que les había conservado su soberano: los éscudos, las armas, los brazaletes, las borlas de plumas preciosas, los aretes de oro, los jades preciosos; porque todo esto está en sus manos, todo es de su propiedad. ¡Adiós! ¡No se desanimen! ¿Adónde vamos? ¡Somos mexicanos! ¡Somos tlatelolcas!"

Los que habían hablado rompieron en sollozos. Entonces, en ese momento, los tenochcas les entregaron las armas, las joyas de oro, las plumas de quétzal.

Y he aquí, quiénes son los que así vociferaron en los caminos, entre las casas, en el mercado: Xipánoc, Tetlyaco, Tlaco, el ciuacóatl Motelchiuh que entonces era Uitznáuatl, Xóchitl, Acolnahuácatl, Anauácatl, el tlacochcálcatls Itzpotonqui, Acuazácatls, Couaíuitl, Oiximáchoch, el tezcacoácatl Uánitl, después también el mixcoatlailótlac desde ese momento teocálcatl Téntlil. Fueron ellos quienes vociferaron, quienes declararon todo eso, como dijimos, cuando entraron a Tlatelolco.

Y éstos son los que los oyeron: las gentes de Coyoacan, de Tlacopan, de Azcapotzalco, de Tenayucan, de Cuauhtitlan, de Toltitlan, de Chicuhnauhtla, de Texcoco; luego Coanacotzin, Cuitláhuac, Tepochpan, Itzyocan. Estos, son ellos, todos los señores que oyeron el discurso que así pronunciaron los tenochcas.

Y durante todo el tiempo que combatieron contra nosotros, en ninguna parte se dejó ver el hombre de Tenochtitlan, en ningún camino de aquí, de Yacacolco, de Atizcapa, de Couatlan, de Nonoalco, de Pouiltitlan, de Tepeyácac. Muy sencillamente, por todas partes, nos tocó, fue de nuestra competencia, la de nosotros los tlatelolcas. Muy sencillamente también, todos los canales le tocaron a nuestra competencia. Y las gentes de Tenochtitlan, los que eran sus guerreros valerosos que recaudaban el tributo, se pelaron la cabeza; y los oficiales achcauhtli se cortaron todos el pelo. Y los guerreros tonsurados y los oficiales otomís que tienen la costumbre de cubrirse la cabeza con tocado no se dejaron ver así durante todo el tiempo en que nos estuvieron combatiendo. Sino que, simplemente, ellos, los tlatelolcas se reunieron en torno a su jefe. Y todas sus mujeres también se avergonzaron de ellos, los despreciaron, les dijeron a los tecnochcas:

"¡Sencillamente se quedan ustedes ahí, acostados! ¡No tienen vergüenza! ¡Por lo tanto ninguna mujer los acompañará ya vestida a la antigua usanza!"

Y sus mujeres lloraron, suplicaron a los tlatelolcas.

Y cuando las gentes de esta ciudad vieron eso, entonces vinieron a buscarlos, pero los tenochcas no se veían por ninguna parte.

Y entonces tlatelolcas perecieron todos, tanto el guerrero tonsurado como el oficial otomí o el jefe-guerrero. Murieron acribillados, por las trompetas-de-fuego, por las flechas de metal.

Entonces, el soberano de Acolhuacan, Tecocoltzin, envió emisarios. Los que vinieron a entrevistarse a Tlatelolco fueron el tizociauácatl Topantemoctzim, el tezcacoácalt Quioyecatzin, el tlacatéccatl Temilotzin, el tlacochcálcatl Coyoueuetzin, el tziuatecpanécatl Matlalacatzin.

Vinieron a decir los mensajeros Tecocoltzin de Acolhuacan, propusieron:

"Es el señor, el couacateca Tecocoltzin, quien nos envía. Manda decir: ¡Que los mexicanos, los tlatelolcas se dignen escucharnos! ¡He aquí que sienten mucha tristeza, los chichimecas, sus corazones y sus cuerpos sufren! ¡Y he aquí que yo también siento tristeza, que me duele el corazón! ¿Qué cosita puedo aún comprar? ¡Nuestros enemigos vienen a robarme en mi bulto de ropa, en mis faldas, aquí por todas partes! ¡Va s suceder que los habitantes de la ciudad serán aniquilados todos! Entonces digo esto: ¡Que los tenochcas dispongan pues de su suerte por separado! ¡Que sean, pues, aniquilados por separado! Aún no haré nada. Todavía espero su palabra. ¿Qué dirán? ¿En cuántos días dijarán sus disposiciones? Eso es todo. ¡Que mi discurso sea escuchado!"

Entonces, los señores de Tlatelolco le devolvieron su discurso, le dijeron:

"¡Nuestro hermano menor nos ha hecho un gran bien! ¿Pero no es acaso evidente que él es nuestra madre, nuestro padre? ¡El, el acolhua, el chichimeca! Y bien, he aquí; que escuchen: hace veinte días que deseamos que todo esto se haga como él propone; pero hoy, bien he visto que todo ha sido enteramente aniquilado, que ya nadie se reconoce como tenochca, que ya algunos fingen ser habitantes de Cuauhtitlan, que algunos otros se esconden por el rumbo de Tenayucan, de Azcapotzalco, de Coyoacan. Sólo veo eso. ¡Pero él se reconoce como tlatelolca! ¿Cómo haré yo? Ha puesto así su corazón, nos ha hecho mucho bien, se ha puesto de nuestro lado, se ha colocado entre nosotros. He aquí pues que esperamos, ¡ay!, la palabra, ¡auy!, el discurso de nuestros señores! ¡Hace ya sesenta días que nos han atacado!".

Entonces los españoles vinieron a asustarlos; uno llamado Castañeda vino a vociferar en un lugar llamado Yauhtenco. Lo acompañaban tlaxcaltecas. Entonces vinieron a dar grandes voces a quienes montaban guardia cerca de la muralla de Tlaxoxiuhco y que se llamaban Itzpancalqui, oficial achcauhtli de Chapultépec, dos hombres de Tlapalan y Cuexacaltzin. Vinieron a decirles:

"¡Vengan pues algunos de ustedes, vengan acá!"

Y entonces ellos se dijeron:

"¿Qué quiere decirnos? ¡Vamos pues a escucharlo!"

Enseguida, entonces, se instalaron en una barca, se colocaron lejos y les dijeron:

"¿De dónde son ustedes?"

Le respondieron. Entonces:

"Está bien. Ustedes son los buscados. ¡Vengan pues! El capitán-dios los llama."

Enseguida se fueron. Ensegida, entonces, los llevaron a Nonoalco, a la Casa-de-la-Bruma, en donde se encontraban el capitán y Malintzin, y "Sol", y Sandoval; en donde se encontraban reunidos los señores de las ciudades. Sostenían un conciábulo.

Dijeron al capitán:

"Llegaron los tlatelcas, los trajimos con nosotros."

Entonces Malintzin les dijo: ¡Vengan! El capitán dice: -¿Qué piensan pues los mexicanos? ¿Acaso Cuauhtémoc es todavía un niñito? ¿No siente acaso piedad por los amados niños, por las amadas mujeres? ¿Entonces, acaso los ancianos van a perecer de esta manera? ¡Pues precisamente aquí se encuentran los señores de Tlaxcala, de Huexotzinco, de Cholollan, de Chalco, de Acolhuacan, de Cauhnáhuac, de Xochimilco, de Mízquic, de Cuitláhuac, de Colhuacan!

"Dijo: -¿Acaso los tenochcas no se están burlando del mundo? ¡Por ello el corazón de las ciudades en donde gobiernan sufre muchas penas! Así, pues, ¡dejen solos a los tenochcas, que mueran solos! Qué, ¿el corazón de los tlatelolcas va a sufrir por nada, porque así van a perecer esos tenochcas, cuando se están burlando de ellos?"

Enseguida, entonces, dijo a los señores:

¿Así es como lo dicen ustedes, los señores?

Ellos dijeron:

"¡Sí! ¡Que así tenga a bien escucharlo nuestro señor el dios! ¡Que dejen solos a los tenochcas para que perezcan solos! Ese es el mensaje que deben ustedes llevar a sus jefes."

El dios dijo, entonces:

¡Vayan a decírselo a Cuauhtémoc! ¡Que deliberen sobre eso! ¡Que dejen solos a los tenochcas! Ahora voy a desplazarme hacia allá, a Teocalhueyacan. ¿Cómo habrán ustedes deliberado? Allá nos alcanzará su palabra. Y ahora, una nave me llevará a Coyoacan."

Cuando lo hubieron escuchado se dijeron:

"¡Ahora debemos encontrar a quienes ellos buscan! Corremos gran peligro. ¡Vamos! ¡Debemos sobrellevar nuestros sufrimientos!"

Y de esta manera hablaron frente a los tenochcas cuando allá se reunieron con ellos. Pero no fue sino desde arriba de las barcas desde donde gritaron que era imposible abandonar a los tenochcas.

Y entonces, finalmente, estando así las cosas, los españoles arremetieron contra nosotros. Fue el combate. Enseguida consiguieron empujarnos hacia Cuepopán, y allá se luchó, en Cozcacuauhco. Coyoucuetzin derribó a cuatro con flechas de metal. Y sus naves llegaron a Texopan. Tres días duró la batalla y nos echaron de ahí. Enseguida llegaron allá, al patio del templo, y la batalla duró ahí cuatro días. Después, enseguida, llegaron aquí, a Yacacolco. Fue cuando los españoles llegaron allá, al camino de Tlihuacan.

Entonces, enseguida, todos los ciudadanos, dos mil, murieron allá, y pertenecían todos a los tlatelolcas. Fue cuando nosotros los tlatelolcas erigimos perchas con cráneos. En tres lugares se encontraban las perchas para los cráneos. Una se encontraba en el patio del templo de Tlillan. Ahí fueron ensartados los cráneos de nuestros señores los españoles, y allí también se instalaron las banderas tomadas por el tlacatéccatl Ecatzin y el tlapanécatl Popocatzin. En el segundo lugar, en Yacacolco, ahí también fueron ensartados los cráneos de nuestros señores los españoles, y dos cráneos de caballo. El tercer lugar se encontraba en Zacatlan, frente al templo de las mujeres. Esto sólo competía a los tlatelolcas.

Y entonces, hecho esto, nos echaron, consiguieron apretujarnos en la plaza del mercado. Fue entonces cuando el tlatelolca fue aniquilado, el gran jaguar, el valiente guerrero. Luego la batalla se generalizó. Fue entonces cuando arremetieron, cuando pelearon las mujeres de los tlatelolcas. Golpearon al enemigo, portaron armas de guerra, se arremangaron las faldas, se las levantaron todas para perseguir duro a los enemigos.

También fue cuando levantaron un palio para el capitán, en un oratorio del mercado, y también cuando levantaron una honda de madera allá, en el oratorio, allá en la plaza del mercado. Ahí la batalla duró diez días.

Y todo esto nos sucedió

Lo vimos,

lo admiramos.

Con esta lamentable, lastimosa suerte

soportamos la angustia.

En el camino yacen las flechas rotas,

los cabellos están desordenados y lacios.

Las casas han perdido sus techos,

las casas se han puesto rojas.

Los gusanos hierven por las calles y las plazas,

y los sesos han salpicado las paredes de las casas.

Las aguas están como rojas, están, como teñidas,

y cuando las hemos bebido

hemos bebido agua salitrosa.

Y entonces bebimos esa agua salitrosa.

Golpeamos entonces los muros de ladrillo,

y nuestra herencia no era más que un hoyo.

Los escudos pudieron protegernos,

pero en vano quisimos poblar la soledad

con escudos.

Hemos comido la madera coloreada del tzompantli,

hemos mascado la grama del natrón,

la arcilla de los ladrillos, lagartijas,

ratones, polvo de argamasa,

y gusanos.

Juntos hemos devorado la carne,

cuando apenas acababan de posarla sobre el fuego.

Cuando la carne estaba cocida,

la arrancaban de ahí,

en el fuego mismo la comían.

Se fijó nuestro precio.

Se fijó el precio del joven, del sacerdote,

de la joven y del niño.

¡Basta! El precio de un hombre del pueblo

apenas llegaba a dos puñados de maíz,

no alcanzaba más de diez tortas de mosca;

nuestro precio no era más que

veinte tortas de grama de natrón.

El oro, el jade, las mantas de algodón,

las plumas de quetzal,

todo lo que es precioso

no valía para nada.

Apenas levantaron la honda de madera en la plaza del mercado dispersaron a la gente.

Y él, Cuauhtémoc, hizo venir a los prisioneros, y los que los acompañaban no olvidaron a ninguno. Los grandes sacerdotes y los jefes guerreros, por una parte y por otra los estiraban y Cuauhtémoc les abría el vientre con su propia, mano.

Fue entonces cuando fue abandonado y muerto en la guerra el acolnauácatl Xóchitl que vivía en Tenochtitlan. Si bien durante veinte días había estado de su lado, lo abandonaron en el mercado de Tlatelolco. Se ocultaron. Ya no se les llamó tenochcas.

Así fue como los españoles se lo trajeron, lo tomaron por un lado y por otro. Y una flecha de metal y una trompeta-de-fuego vinieron a custodiarlo; lo habían detenido en Copalnamacoyan, allá-donde-se-vende-el-incienso. Enseguida, entonces, gritaron:

"¡Un depósito, viene un mensaje!"

Enseguida, a continuación, los tlatelolcas llegaron, lo recibieron. Es nuestro hermano mayor del Uitznáuac, un extranjero, quien los dirigió. Hicieron entrar a Xóchitl, fueron a avisarle a nuestro hermano mayor del Uitznáuac, le dijeron que Xóchitl había venido a traer un mensaje. Y Cuauhtémoc pidió consejo a Topantémoc:

"¡Tú irás a entrevistarte con el capitán!"

Cuando lo dejaron ir, enseguida, por esta razón, el escudo se puso a descansar, ya no se combatió, ya no se capturó a nadie. Pero, enseguida, después, lo llevaron, a Xóchitl, lo instalaron en el Templo de las Mujeres, en Axocotzinco. Cuando lo hubieron instalado, enseguida, entonces, fueron a decírselo a Topantemoctzin, a Coyoucuetzin, a Temilotzin; enseguida, entonces, también al soberano de los tenochcas. Les dijeron:

"¡Oh mis amados señores! Vinieron a dejar a su gobernador el acolnauácatl Xóchitl. Dice que viene a entregar su mensaje."

Enseguida, entonces, pidieron consejo, dijeron:

"¿Qué dicen ustedes de eso?"

Enseguida, después, todos gritaron:

"¡Que no lo traigan aquí! Porque sería como una deuda por pagar. Pues hemos consultado los libros, hemos consultado los augurios del incienso. ¡Que sólo el que lo trajo reciba su palabra!"

Por eso, entonces, nuestro hermano mayor del Utznáuac, el extranjero, fue a recibir la palabra. Eseguida, después, lo interrogó sobre lo que le habían confiado, pidió informes sobre su discurso, sobre lo que traía. El acolnauácatl Xóchitl dijo:

"El dios-capitán y Malintzin declaran: -¡Que escuchen, pues, Cuauhtémoc, Coyóueue, Topantémoc! ¿No tienen piedad acaso de las gentes del pueblo, de los niñitos, de los ancianos, de las ancianas? ¿Todo está aquí? ¿Mi discurso seguirá siendo en vano? Entonces, enseguida, que hagan pues traer todo tipo de cosas: bellas mujeres, buen maíz desgranado, guajalotes, huevos de guajalote, buenas tortas de maíz. Porque sigo esperando. ¿Qué dirá él? ¿Que rechace pues al tenochca, que lo deje morir solo!"

Cuando hubo recibido la palabra, el hermano mayor del Uitznáuac, el extranjero, enseguida, después, fue a devolver la palabra a los señores de Tlatelolco. Allá, cerca de otros, se sentó el soberano de los tenochcas, Cuauhtémoc. Cuando hubieron escuchado todo el discurso que traía el acolnauácatl Xóchitl, enseguida, entonces, los señores de Tlatelolco pidieron consejo. Dijeron:

"¿Qué dicen ustedes de seso? ¿Qué consejo piden?"

Enseguida, entonces, el tlacochcálcatl Coyoueuetzin vino a decir:

"¡Que venga a dar su opinión el extranjero!"

Le dijeron:

"¡Ven pues! ¿Qué observas, qué ves en lo que guardas?

Entonces, el sacerdote, el que conoce los libros, el que corta los libros, dijo:

"¡Oh mis amados señores! ¡Escuchen pues lo que diremos con toda verdad! En sólo cuatro días habremos pasado las cuatro veintenas de días. Y como lo dice el precepto de Uitzilopochtli, ya no sucederá nada. ¿Qué, verán todo eso a escondidas? Dejemos aún pasar sólo los cuatro días para contar las cuatro veintenas de días."

Y entonces, como eso no fue entendido bien, entonces, por eso, la guerra empezó de nuevo. Entonces, de nuevo, el hermano mayor del Uitznáuac, el extranjero vino a enfrentarse a los enemigos, vino a empezar de nuevo la guerra.

Por último, todas juntas las gentes se pusieron en movimiento hacia Amáxac. Los españoles consiguieron pisotearnos durante la batalla. Enseguida, entonces, nos dispersamos por las pendientes, corrimos. El agua estaba avanzando con violencia, acabó con todo. Estaba avanzando rápidamente, y de esa manera perecieron. El agua estaba avanzando con violencia, acabó con todo. Estaban avanzando rápidamente, sólo entonces, algunos de ellos pudieron escapar del peligro.

De esta manera fue como pereció el mexicano, el tlatelolca. Abandonó sus ciudades. Entonces, nos fuimos todos allá, a Amáxac. Ya no teníamos nuestros escudos, nuestras espadas de filo de obsidiana, ya no teníamos nuestros escudos, ya no teníamos comida. Así, toda una noche llovió sobre nosotros, y entonces, así sucedió todo.

Enseguida, después, vinieron Coyoueuetzin, Topantemoctzin, Temilotzin y Cuauhtémoc. Fueron a dejar a Cuauhtémoc allá donde se encontraban el capitán, don Pedro Alvarado, doña Malintzin. Cuando fueron prendidos fue cuando empezaron a escaparse las gentes del pueblo, a buscar dónde morar. Mientras escapaban, algunas mujeres-amadas se fajaron las nalgas con harapos. Por todas partes los cristianos las esculcaban, las despojaban de sus faldas, las exploraban por todas partes, en sus orejas, en sus bocas, en su vientre, en sus cabellos.

Y entonces, de esta manera fue como se escaparon las gentes del pueblo. Se repartieron por todas partes, en las ciudades, en los rincones, cerca de las casas de los otros, en escondites.

Fue en el año Tres-Casa cuando fue aniquilada la ciudad; así pues nos dispersamos en el mes de Nexochimaco, un día cuyo signo de destino era Uno-Serpiente. Cuando nos dispersamos, los señores de Tlatelolco se instalaron en Cuauhtitlan, es decir, Topantemoctzin, el tlacochcálcatl muy amado Coyoueuetzin, y Temilotzin.

El gran guerrero valiente, el guerrero viril, donde aparecía no llevaba más que harapos. También, de la misma manera, las mujeres-amadas llevaban faldas deshilachadas como cabellos, llevaban camisas de tela parchadas. Entonces, los señores se afligieron y se consultaron a este respecto. ¡Nos han destruido una vez más!

Un hombre del pueblo que salía fue muerto a escondidas en Acolhuacan, donde los otomís. Por esta razón, entonces, los tlatelolcas se consultaron, sintieron piedad por el hombre del pueblo. Dijeron, entonces: "¡Vamos! ¡Supliquemos a nuestro señor, el soberano, el capitán!"

Enseguida, después, se buscó oro, se examinó a las gentes, se interrogó a las gentes, para saber si de casualidad tenían un poco de oro, si lo habían tomado, si lo habían colocado en el escudo, en las insignias de guerra, o si por casualidad lo tenían en su ornamento labial, en el dije para el labio, si por casualidad habían guardado aún alguna cosa para ellos, quizá oro, quizá su ornamento para la nariz en forma de luna, quizá su dije. Pronto, enseguida, todo fue juntado. Y entonces, después de haber así juntado todo lo que todavía había, enseguida, a continuación, fueron a confiarlo a sus señores, el tlapalteca Cuexacaltzin, el tecpaneca Uitziltzin, el hermano mayor del Uitznáuac, el extranjero, el cuitlachcoacateca Potzontzin.

Y ellos fueron a entregar el oro, a Coyoacan.

Cuando llegaron, dijeron al capitán:

"¡Oh señor nuestro soberano! ¡Tus gobernadores, los señores tlatelolcas, vienen a suplicarte! Te dicen: -¡Que el hombre nuestro señor se digne escucharnos! ¡Sus hombres del pueblo son desgraciados, pues sufren muchas pesadumbres de ciudad en ciudad, en los rincones, cerca de las casas de los otros! Y he aquí que de cuando en cuando las gentes de Acolhuacan, los otomís, se burlan de ellos, los matan a escondidas. ¡Y, tenga, vea con qué vienen a suplicarle! Estos eran los aretes de los dioses de tus gobernadores, y esto lo llevaban nuestros sacerdotes, y esto estaba en los escudos!"

Pusieron eso frente a él, lo pusieron en canastos de palma.

Cuando el capitán y Malintzin vieron eso, enseguida, después solamente montaron en cólera. Dijeron:

"¿Es acaso eso lo que buscamos? Lo que buscamos aquí es lo que ustedes nos hicieron abandonar a la fuerza en el canal de los toltecas. ¿Dónde está? ¡Tiene que encontrarse!"

Enseguida, entonces, los tlatelolcas le dijeron:

"Nosotros no lo pedimos, pues eso se regaló a Cuauhtémoc, al ciuacóatl y al uitznáuatl. Ellos saben donde está. ¡Que les pregunten, pues!"

Finalmente, cuando el capitán vio eso, los hizo atar con cadenas de metal. A ellos los despojó. Malintzin vino a decirles:

"El capitán dice: -¡Que se vayan! ¡Que pidan consejo a sus señores! ¡Me hicieron con ello un gran bien! Quizá sea cierto que las gentes del pueblo sufren, pues a veces se burlan de ellos. ¡Que vuelvan, pues! ¡Que vuelvan a sus hogares de Tlatelolco, a todas sus tierras! ¡Que vuelvan, pues, aquí los tlatelolcas! ¡Y vayan a decir a los señores tlatelolcas que ya nadie debe volver a Tenochtitlan, pues en verdad ya fue conquistada por los dioses, allá está su morada! ¿Vayan pues!"

Entonces, así las cosas, cuando los mensajeros de los señores tlatelolcas partieron, enseguida, después, hicieron comparecer delante de ellos a los señores de Tenochtitlan. Los hicieron hablar. Fue entonces cuando le quemaron los pies a Cuauhtémoc. Cuando amaneció, vinieron a traerlo, vinieron a atarlo a un árbol, lo ataron a un árbol en la morada de Auitzotzin, en Acatlyacapa, en la Punta-de-la-Caña. Allí acabaron, por la espada, por la trompeta-de-fuego, las riquezas de nuestros señores. Nosotros se las procuramos.

Y fueron a recoger el oro a Cuitlauactonco, en la morada de Itzpotonqui. Y cuando vinieron a recogerlo, se llevaron a nuestros señores otra vez a Coyoacan; partieron hacia allá encadenados.

Fue ahí donde murió el sacerdote que custodiaba a Uitzilopochtli. Buscaron en dónde se encontraban los bienes del hombre-tecolote, y los del gran sacerdote "Nuestro Cortado", del sacerdote que quemaba el incienso. Fue entonces cuando se les hizo saber que los gobernadores de Xaltocan guardaban sus bienes en Cuachilco, que los habían llevado para allá. Cuando aparecieron, los colgaron a los dos justo en medio del camino de Mazatlan.

Y así las cosas, fue cuando comenzaron a regresar las gentes del pueblo para volver a instalarse a Tlatelolco, en el año Cuatro-Conejo. Enseguida, entonces, llegó Temilotzin, que se instaló en Capoltitlan.

Y don Juan Ueuetzin se instaló en Atícpac. Y Coyoueuetzin y Topantemoctzin murieron en Cuauhtitlan. Cuando nosotros volvimos a establecernos aquí, a Tlatelolco, estábamos solos ahí; nuestros señores los cristianos todavía no habían venido a instalarse aquí. Entonces, nos hemos alegrado por eso. Todos habían guardado a Coyoacan para ellos.

Allá colgaron al soberano de Uitzilopochco, Macuilxochitzin. Enseguida, después, al soberano de Colhuacan, Pitzotzin. Los dos fueron colgados allá. Y hicieron devorar por los perros al tlacatéccatl de Cuauhtitlan y al tlillancalqui. Después, enseguida, algunas gentes de Xochimilco también fueron entregadas a los perros para que las devoraran, y a Ecamextlatzin de Texcoco lo entregaron a los perros para que lo devoraran. Sencillamente vinieron a detenerse aquí, nadie los había acompañado; únicamente trajeron sus libros de pinturas. Los cuatro habitantes de Coyoacan huyeron juntos, sólo tres de ellos llegaron.

Y cuando los españoles llegaron a Coyoacan, entonces, de ahí se esparcieron por todas partes, por todas las ciudades. Enseguida, entonces, se entregaron a gentes del pueblo, por todas partes, en todas las ciudades. Fue entonces cuando se regalaron gentes, fue entonces cuando se entregaron gentes del pueblo.

Enseguida, después, los señores de Tecnochtitlan fueron liberados. Cuando fueron liberados se fueron a Azcapotzalco. Entonces, en ese momento, los españoles se consultaron entre sí para saber cómo llevar la guerra a Meztitlan. Después, volvieron a Tollan. Enseguida, entonces, el capitán llamó a levantarse en armas contra Uaxyácac. Ellos, los españoles, se fueron a Acolhuacan. Después, entonces, en Meztitlan; después en Michoacan; más tarde en Ueymollan y en Cuauhtemallan y en Tecuantépec.

Y aquí, muy sencillamente, se termina este libro, del que ya narramos cómo fue hecho.

Fuente: George Baudot y Tzvetan Todorov. Relatos aztecas de la conquista. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Grijalbo, México, 1990, pp. 187-206