Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

      1590-1599

      1580-1589

      1570-1579

      1560-1569

      1550-1559

      1540-1549

      1530-1539

      1520-1529

          1529

          1528

          1527

          1526

          1525

          1524

          1523

          1522

          1521

          1520

      1510-1519

      1500-1509

  Siglo XV

Siglo XVI > 1520-1529 > 1521

Las condiciones de los sitiados en México Tenochtitlan, por Fray Bernardino de Sahagún, de acuerdo con informantes indígenas.
1521

La peste azota a los mexicas

Cuando se fueron los españoles de México y aún no se preparaban los españoles contra nosotros, primero se difundió entre nosotros una gran peste, una enfermedad general. Comenzó en Tepeílhuitl. Sobre nosotros se extendió: gran destruidora de gente. Algunos bien los cubrió, por todas partes [de su cuerpo] se extendió. En la cara, en la cabeza, en el pecho, etcétera.

Era muy destructora enfermedad. Muchas gentes murieron de ella. Ya nadie podía andar, no más estaban acostados, tendidos en su cama. No podía nadie moverse, no podía volver el cuello, no po­día hacer movimientos de cuerpo; no podía acos­tarse cara abajo, ni acostarse sobre la espalda, ni moverse de un lado a otro. Y cuando se movían algo, daban de gritos. A muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos.

Muchos murieron de ella, pero muchos solamente de hambre murieron: hubo muertos por el hambre: ya nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otros se preocupaba.

A algunos les prendieron los granos de lejos: esos no mucho sufrieron, no murieron muchos de eso.

Pero a muchos con esto se les echó a perder la cara, quedaron cacarañados, quedaron cacarizos. Unos quedaron ciegos, perdieron la vista […]

Los españoles atacan con bergantines

Y entonces vienen los barcos desde Tetzcoco. Son por todos doce. Todos ellos se juntaron allí en Aca­chinanco. Luego se muda Cortés hasta Acachinanco.

Después anda revisando dónde se entra, dón­de se sale en los barcos. Dónde es buena la entra-da en las acequias, si están lejos; si no están lejos; no vaya a ser que encallen en algún lugar.

Y por las acequias, retorcidas, no derechas, no pudieron meter por allí a los barcos. Dos barcos metieron solamente, los hicieron pasar por el cami­no de Xoloco: van a ir derechamente.

Y hasta entonces resolvieron unos con otros, se dieron la palabra de que iban a destruir a los mexicanos y acabar con ellos.

Se pusieron en fila, entonces, llevando los ca­ñones. Los precede el gran estandarte de lienzo. No van de prisa, no se alteran. Van tañendo sus tambores, van tocando sus trompetas. Tocan sus flautas, sus chirimías y sus silbatos [...]

Cuando vieron los tenochcas, los habitantes de Zoquiapan, emprendieron la fuga, echaron a co­rrer llenos de miedo. Son llevados los niñitos al lado de otras personas. Van por el agua, sin rumbo ni tino, los de la clase baja. Hay llanto general.

Y los dueños de barcas en éstas colocaron a sus niñitos, los llevan remando, los conducían re-mando afanados. Nada tomaron consigo: por el miedo dejaron abandonado todo lo suyo; su pe­queña hacienda la dejaron perder.

Pero nuestros enemigos se apoderaron de las cosas, haciendo fardo con ellas, van tomando cuanto hallan por donde van pasando, todo lo que sale a su paso. Toman y arrebatan las mantas, las capas, las frazadas, o las insignias de guerra, los tambores, los tamboriles.

Y los tlatelolcas les hicieron resistencia allí en Zoquiapan desde sus barcas.

Cuando llegaron los españoles a Xoloco, en donde hay un muro, que por medio del camino cierra el paso, con el cañón grande lo atacaron.

Aún no se derrumbo al caer el primer tiro, pero al segundo, se partió y al tercero, por fin, se abatió en tierra. Ya al cuarto tiro totalmente quedó derruido.

Dos barcos vinieron a encontrar a los que tie­nen barcas defendidas por escudos. Se da batalla sobre el agua. Los cañones estaban colocados en la proa y hacia donde estaban aglomeradas las barcas, en donde se cerraban unas con otras, allá lanzaban sus tiros. Mucha gente murió, y se hundieron en el agua, se sumergieron y quedaron en lo profundo violentamente. De modo igual, las flechas de hierro aquel a quien daban en el blanco, ya no escapaba: moría al momento, exhalaba su aliento final.

La reacción defensiva de los mexicas

Pero los mexicanos cuando vieron, cuando se dieron cuenta de que los tiros de cañón o de arcabuz iban derechos, ya no caminaban en línea recta, sino que iban de un rumbo a otro haciendo zigzag; se hacían a un lado y a otro, huían del frente.

Y cuando veían que iba a dispararse un cañón, se echaban por tierra, se tendían, se apretaban a la tierra.

Pero los guerreros se meten rápidamente entre las casas, por los trechos que están entre ellas: lim­pio queda el camino, despejado, como si fuera re­gión despoblada.

Pero luego llegaron hasta Huitzilan. Allí estaba enhiesta otra muralla. Y muchos junto a ella estaban replegados, se refugiaban y protegían con aquel muro.

Desembarco de los españoles

Un poco cerca de ella anclan, se detienen sus ber­gantines; un poquito allí se detienen, en tanto que disponen los cañones.

Vinieron siguiendo a los que andaban en bar­cas. Cuando llegaron cerca de ellos, luego se deja-ron ir en su contra, se acercaron a todas las casas.

Cuando hubieron preparado los cañones, lanza-ron tiros a la muralla. Al golpe la muralla quedó llena de grietas. Luego se desgarró, por detrás se abrió. Y al segundo tiro, luego cayó por tierra: se abrió a un lado y otro, se partió, quedó agujerada.

Quedó el camino entonces totalmente limpio. Y los guerreros que estaban colocados junto a la muralla al punto se desbandaron. Hubo dispersión de todos, de miedo huyeron.

Pero la gente toda llenó el canal; luego de prisa lo cegó y aplanó, con piedras, con adobes, y aun con algunos palos, para impedir el paso del agua.

Cuando estuvo cegado el canal, luego pasaron por allí los de a caballo. Eran tal vez diez. Dieron vueltas, hicieron giros, se volvieron a un lado y a otro. Y enseguida otra partida de gente de a caba­llo vino por el mismo camino. Iban en pos de los que pasaron primero.

Y algunos de los tlatelolcas que habían entrado de prisa al palacio, la casa que fue de Motecuhzuma, salieron con gran espanto: dieron de improviso con los de a caballo. Uno de éstos dio de estocadas a los de Tlatelolco.

Pero el que había sido herido, aún pudo aga­rrar la lanza. Luego vinieron sus amigos a quitar la lanza al soldado español. Lo hicieron caer de es­paldas, lo echaron sobre su dorso, y cuando hubo caído en tierra, al momento le dieron de golpes, le cortaron la cabeza, allí muerto quedó [...]

Avanzan los españoles al interior de la ciudad

Luego llevaron los españoles el cañón y lo colocaron sobre la piedra del sacrificio gladiatorio.

Los mexicanos, entre tanto, sobre el templo de Huitzilopochtli aún en vano se estaban atalayando. Percutían sus atabales, con todo ímpetu tocaban los atabales.

Y al momento subieron allá dos españoles, les dieron de golpes, y después de haberlos golpeado, los echaron para abajo, los precipitaron.

Y los grandes capitanes y los guerreros todos que combatían en barcas al momento se vinieron, vinieron a desembarcar a tierra seca. Y los que re­maban eran los muchachos: eran ellos los que con­ducían las barcas.

Hecho esto, se pusieron a inspeccionar las ca­lles: iban recorriendo por ellas, gritaban y decían: ¡Guerreros, venid a seguir la cosa!...

Y cuando los españoles vieron que ya iban contra de ellos, que ya los vienen persiguiendo, luego se replegaron y empuñaron las espadas.

Hubo gran tropel, carrera general. De un lado y otro caían flechas sobre ellos. De un lado y otro venían a estrecharlos. Hasta Xoloco fueron a reme­diarse, fueron a tomar aliento. Desde allí fue el re­greso [de los mexicanos].

También por parte de los españoles hubo re­greso. Fueron a colocarse en Acachinanco. Pero el cañón que habían colocado sobre la piedra del sa­crificio gladiatorio, lo dejaron abandonado.

Lo cogieron luego los guerreros mexicanos, lo arrastraron furiosos, lo echaron en el agua. En el Sapo de Piedra [Tetamazolco] fue donde lo echaron.

La gente mexicatl se refugia en Tlatelolco

En este tiempo los mexicas-tenochcas vinieron a refugiarse a Tlatelolco.

Era general el llanto, lloraban con grandes gri­tos. Lágrimas y llanto escurren de los ojos mujeriles.

Muchos maridos buscaban a sus mujeres. Unos llevan en los hombros a sus hijos pequeñitos.

El tiempo que abandonaron la ciudad fue un solo día. Pero los de Tlatelolco se encaminaron a Tenochtitlan para seguir la batalla.

Fue cuando Pedro de Alvarado se lanzó contra Iliacac [Punta de Alisos] que es el rumbo de Nonohuayco pero nada pudo hacer.

Era como si arrojaran una roca: porque los de Tlatelolco eran hombres muy valientes.

Hubo batalla en ambos lados: en el campo seco de las calles y en el agua con lanchas que tenían sus escudos de defensa.

Alvarado quedó rendido y se volvió. Fue a acampar en Tlacopan.

Pero al siguiente día, cuando llegaron allá los dos bergantines que primero habían arribado, se juntaron todos en la orilla de las casas de Nonohualco allí se fueron a situar.

Luego saltaron a tierra y siguieron por los cami­nos secos, los caminos entre el agua. Luego fueron a dar al centro de los poblados, a donde estaban las casas, llegaron hasta el centro.

Donde llegaban los españoles, todo quedaba desolado. Ni un solo indio salía afuera.

El capitán mexicatl Tzilacatzin

Tzilacatzin gran capitán, muy macho, llega luego. Trae consigo bien sostenidas tres piedras: tres gran-des piedras, redondas, piedras con que se hacen muros o sea piedras de blanca roca.

Una en la mano la lleva, las otras dos en sus escudos. Luego con ellas ataca, las lanza a los es-pañoles: ellos iban en el agua, estaban dentro del agua y luego se repliegan.

Y este Tzilacatzin era de grado otomí. Era de este grado y por eso se trasquilaba el pelo a manera de otomíes. Por eso no tenía en cuenta al enemigo, quien bien fuera, aunque fueran españoles: en nada los estimaba sino que a todos llenaba de pavor.

Cuando veían a Tzilacatzin nuestros enemigos luego se amedrentaban y procuraban con esfuerzo ver en qué forma lo mataban, ya fuera con una espada, o ya fuera con tiro de arcabuz.

Pero Tzilacatzin solamente se disfrazaba para que no lo reconocieran.

Tomaba a veces sus insignias: su bezote que se ponía y sus orejeras de oro; también se ponía un collar de cuentas de caracol. Solamente estaba descubierta su cabeza, mostrando ser otomí.

Pero otras veces solamente llevaba puesta su armadura de algodón; con un paño delgadito envolvía su cabeza.

Otras veces se disfrazaba en esta forma: se ponía un casco de plumas, con un rapacejo abajo, con su colgajo del Águila que le colgaba al cogote. Era el atavío con que se aderezaba el que iba a echar víctimas al fuego.

Salía, pues, como un echador de víctimas al fuego, como el que va a arrojar al fuego los hom­bres vivos: tenía sus ajorcas de oro en el brazo; de un lado y de otro las llevaba atadas en sus brazos, y estas ajorcas eran sumamente relucientes.

También llevaba en las piernas sus bandas de oro ceñidas, que no dejaban de brillar.

Y al día siguiente una vez más vinieron. Fueron llevando sus barcas al rumbo de Nonohualco, hasta junto a la Casa de la Niebla [Ayauhcalco]. Tam­bién vinieron los que andan a pie, y todos los de Tlaxcala y los otomíes. Con grande ardor se arroja-ron contra los mexicanos los españoles [...]

Quince españoles son apresados y sacrificados

Comienza luego el estruendo, empiezan a tañerse flautas. Golpean y blanden los escudos, los que están para afrontar la guerra. Persiguen a los espa­ñoles, los acosan, los atemorizan: luego atraparon a quince españoles. Los llevaron y sus barcas re­trocedieron y fueron a colocarlas en medio de la laguna.

Y cuando completaron dieciocho cautivos, te­nían que ser sacrificados allá en Tlacochcalco [Casa del Arsenal]. Al momento los despojan, les quitan sus armaduras, sus cotas de algodón y todo cuanto tenían puesto. Del todo los dejaron desnudos. Lue­go así ya convertidos en víctimas, los sacrifican. Y sus congéneres estaban mirando, desde las aguas, en qué forma les daban muerte [...]

Por la noche se los llevaron. Y hasta pasados algunos días otra vez contra nosotros vinieron.

Vinieron a resultar por el rumbo de Cuahuecati­tlan, en el camino se colaron. Y los de Tlaxcala, Acolhuacan, Chalco luego llenaron el canal, y de esta manera prepararon camino. Echaron allí adobes, maderamento de las casas: los dinteles, las jambas, los pilares, las columnas de madera. Y las cañas que cercaban, también al agua las arrojaron.

Nuevo ataque español

Cuando así se hubo cegado el canal, ya marchan los españoles, cautelosamente van caminando: por delante va el pendón; van tañendo sus chirimías, van tocando sus tambores.

A su espalda van en fila los tlaxcaltecas todos, y todos los de los pueblos [aliados de los españoles]. Los tlaxcaltecas se hacen muy valientes, mueven altivos sus cabezas, se dan palmadas sobre el pecho.

Van cantando ellos, pero también cantando están los mexicanos. De un lado y de otro se oyen cantos. Entonan los cantares que acaso recuerdan, y con sus cantos se envalentonan.

Cuando llegan a tierra seca, los guerreros mexi­canos se agazapan, se pliegan a la tierra, se escon­den y se hacen pequeños. Están en acecho esperando a qué horas alzarse deben, a qué horas han de oír el grito, el pregón de ponerse en pie [...]

Y los españoles, cuando los vieron, estaban meramente como si se hubieran embriagado.

Al momento comenzó la contienda para atrapar hombres. Fueron hechos prisioneros muchos de Tlax­cala, Acolhuacan, Chalco, Xochimilco. Hubo gran cosecha de cautivos, hubo gran cosecha de muertos.

Fueron persiguiendo por el agua a los españo­les y a toda la gente [aliada suya].

Pues el camino se puso resbaloso, ya no se podía caminar por 61; solamente se resbalaba uno, se desli­zaba sobre el lodo. Los cautivos eran llevados a rastras.

Allí precisamente fue donde el pendón fue cap­turado, allí fue arrebatado. Los que lo ganaron fueron los de Tlatelolco. El sitio preciso en que lo capturaron fue en donde hoy se nombra San Martín. Pero no lo tuvieron en estima, ningún caso hicieron de él [...]

La situación de los sitiados

Y todo el pueblo estaba plenamente angustiado, padecía hambre, desfallecía de hambre. No bebían agua potable, agua limpia, sino que bebían agua de salitre. Muchos hombres murieron, murieron de resultas de la disentería.

Todo lo que se comía eran lagartijas, golondri­nas, la envoltura de las mazorcas, la grama salitro­sa. Andaban masticando semillas de colorín y andaban masticando lirios acuáticos, y relleno de construcción, y cuero y piel de venado. Lo asaban, lo requemaban, lo tostaban, lo chamuscaban y lo comían. Algunas yerbas ásperas y aun barro.

Nada hay como este tormento: tremendo es estar sitiado. Dominó totalmente el hambre.

Poco a poco nos fueron repegando a las paredes, poco a poco nos fueron haciendo retrocer.

Colocación de la catapulta en el mercado de Tlatelolco

En este tiempo colocaron los españoles en el tem­plete una catapulta hecha de madera, para arrojar piedras a los indios.

Cuando ya la habían acabado, cuando estaba para tirar, la rodearon muchos a ella, la señalaban con el dedo, la admiraban unos con otros los indios que estaban reunidos en Amáxac.

Todos los del pueblo bajo estaban allí mirando. Los españoles manejan para tirar en contra de ellos. Van a lanzarles un tiro como si fuera una honda.

Enseguida le dan vueltas, dan vueltas en espi­ral, y dejan enhiesto luego el maderamento de aque­lla máquina de palo que tiene forma de honda.

Pero no cayó la piedra sobre los naturales, sino que pasó a caer tras ellos en un rincón del mercado. Por esto se pelearon unos con otros, según pa­reció, los españoles. Señalaban con las manos hacia los indios y hacían gran alboroto.

Pero el artificio aquél de madera iba dando vuelta y vuelta, sin tener dirección fija, sólo con gran lentitud iba enderezando su tiro. Luego se dejó ver qué era: en su punta había una honda; la cuer­da era muy gruesa. Y por tener esa cuerda se le dio el nombre de "honda de palo".

Una vez más se replegaron a una los españo­les y todos los de Tlaxcala. Otra vez se ponen en hileras en Yacacolco, en Tecpancaltitlan y en don-de se vende el incienso. Y allá en Acocolecan dirigía [su jefe] a los que nos acosaban, lentamente iba pasando por la tierra.

Contraataque de los mexicas

Por su parte, los guerreros mexicanos vienen a ponerse en pie de defensa, en hileras. Muy fuertes se sienten, muy viriles se muestran. Ninguno se siente tímido, nadie muestra ser femenil. Dicen:

—Caminad hacia acá, guerreros, ¿quiénes son esos salvajillos? ¡Son gentuza del sur de Anáhuac!

Los guerreros mexicanos no van en una direc­ción, van y vienen por doquiera. Nadie se para en directo, nadie va por línea recta.

Ahora bien, los españoles muchas veces se dis­frazaban: no se mostraban lo que eran. Como se aderezan los de acá, así se aderezaban ellos. Se ponían insignias de guerra, se cubrían arriba con una tilma, para engañar a la gente, iban del todo encubiertos, de este modo hacían caer en error.

Cuando a alguno habían flechado los españo­les, la gente se replegaba contra la tierra, había desbandada. Estaban muy atentos. Fijaban la mirada para ver por cual rumbo venía a salir el tiro. Estaban muy en guardia, se recataban muy bien los guerreros de Tlatelolco.

Pero los españoles paso a paso iban entrando a su terreno, contra las casas se estrechaban. Y en donde se vende el incienso, en el camino hacia Amáxac, estaban muy pegados a nosotros sus es­cudos y venían a dar contra sus lanzas [...]

El último presagio de la derrota

Y se vino a aparecer una como grande llama. Cuando anocheció, llovía, era cual rocío la lluvia. En este tiempo se mostró aquel fuego. Se dejó ver, apareció cual si viniera del cielo. Era como un remolino; se movía haciendo giros, andaba haciendo espirales.

Iba como echando chispas, cual si restallaran brasas. Unas grandes, otras chicas, otras como leve chispa. Como si un tubo de metal estuviera al fuego, muchos ruidos hacía, retumbaba, chisporreteaba. Rodeó la muralla cercana al agua y en Coyonacazco fue a parar. Desde allí fue luego a medio lago, allá fue a terminar. Nadie hizo alarde de miedo, nadie chistó una palabra.

Pues al siguiente día nada tampoco sucedió. No hacían más que estar tendidos, tendidos estaban en sus posiciones nuestros enemigos. Y el capitán [Cor­tés], estaba viendo constantemente hacia acá parado en la azotea. Era en la azotea de casa de Aztautzin, que está cercana a Amáxac. Estaba bajo un doselete. Era un doselete de varios colores.

Los españoles lo rodeaban y hablaban unos con otros.

La decisión final de Cuauhtémoc y los mexicas

Por su parte [los mexicas] se reunieron en Tolma­yecan y deliberaron cómo se haría, qué tendríamos que dar como tributo, y en qué forma nos somete­ríamos a ellos. Los que tal hicieron eran:

Cuauhtémoc, y los demás príncipes mexicanos...

Luego traen a Cuauhtémoc en una harca. Dos, solamente dos lo acompañan, van con él. El capi­tán Teputztitóloc y su criado, Iaztachímal. Y uno que iba remando tenía por nombre Cenyáutl.

Y cuando llevan a Cuauhtémoc, luego el pue­blo todo le llora. Decían:

—¡Ya va el príncipe más joven, Cuauhtémoc, ya va entregarse a los españoles!

—¡Ya va a entregar-se a los "dioses"!

La prisión de Cuauhtémoc

Y cuando lo hubieron llevado hasta allá, cuando lo hubieron desembarcado, luego vinieron a verlo los españoles. Lo tomaron, lo tomaron de la mano los españoles. Luego lo subieron arriba de la azotea, lo colocaron frente al capitán, su jefe de guerra.

Y cuando lo hubieron colocado frente al capi­tán, éste se pone a verlo, lo ve detenidamente, le acaricia el cabello a Cuauhtémoc. Luego lo senta­ron frente al capitán.

Dispararon los cañones pero a nadie tocaron ya. Únicamente, dispararon, los tiros pasaban so­bre las cabezas de los indios.

Luego tomaron un cañón, lo pusieron en una barca, lo llevaron a la casa de Coyohuehuetzin, y cuan-do allá hubieron llegado, lo subieron a la azotea.

La buida general

Luego otra vez matan gente; muchos en esta oca­sión murieron. Pero se empieza la huida, con esto va a acabar la guerra. Entonces gritaban y decían:

—¡Es bastante!... ¡Salgamos!...¡Vamos a comer hierbas!...

Y cuando tal cosa oyeron, luego empezó la huida general.

Unos van por agua, otros van por el camino grande. Aún allí matan a algunos; están irritados los españoles porque aún llevan algunos su macana y su escudo.

Los que habitaban en las casas de la ciudad van derecho hacia Amáxac, rectamente hacia el bifurcamiento del camino. Allí se desbandan los po­bres. Todos van al rumbo del Tepeyácac, todos van al rumbo de Xoxohuiltitlan, todos van al rumbo de Nonohualco. Pero al rumbo de Xóloc o al de Mazatzintamalco, nadie va.

Pero todos los que habitan en barcas y los que habitan sobre las armazones de madera enclavadas en el lago, y los habitantes de Tolmayecan, se fueron puramente por el agua. A unos les daba hasta el pecho, a otros les daba el agua hasta el cuello. Y aun algunos se ahogaron en el agua más profunda.

Los pequeñitos son llevados a cuestas. El llan­to es general. Pero algunos van alegres, van divir­tiéndose, al ir entrelazados en el camino.

Los dueños de harca, todos los que tenían bar­cas, de noche salieron, y aun en el día salieron algunos. Al irse, casi se atropellan unos con otros.

Los españoles se adueñan de todo

Por su parte, los españoles, al borde de los caminos, están requisionando a las gentes. Buscan oro. Nada les importan los jades, las plumas de quetzal y las turquesas.

La mujercitas lo llevan en su seno, en su falde­llín, y los hombres lo llevamos en la boca, o en el maxtle.

Y también se apoderan, escogen entre las mu­jeres, las blancas, las de piel trigueña, las de trigue­ño cuerpo. Y algunas mujeres a la hora del saqueo, se untaron de lodo la cara y se pusieron como ropa andrajos. Hilachas por faldellín, hilachas como camisa. Todo era harapos lo que se vistieron.

También fueron separados algunos varones. Los valientes y los fuertes, los de corazón viril. Y tam­bién jovenzuelos, que fueran sus servidores, los que tenían que llamar sus mandaderos.

A algunos desde luego les marcaron con fuego junto a la boca. A unos en la mejilla, a otros en los labios.

Cuando se bajó el escudo, con lo cual queda­mos derrotados, fue:

Signo del año: 3-Casa. Día del calendario mági­co: 1-Serpiente.

Después de que Cuauhtémoc fue entregado lo llevaron a Acachinanco ya de noche. Pero al si­guiente día, cuando había ya un poco de sol, nue­vamente vinieron muchos españoles. También era su final. Iban armados de guerra, con cotas y con cascos de metal; pero ninguno con espada, ningu­no con su escudo.

Todos van tapando su nariz con pañuelos blan­cos: sienten náuseas de los muertos, ya hieden, ya apestan sus cuerpos. Y todos vienen a pie.

Vienen cogiendo del manto a Cuauhtémoc, a Coanacotzin, a Tetlepanquetzaltzin. Los tres vienen en fila.

Fuente:

http://www.inep.org/content/view/1766/91/