Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

      1590-1599

      1580-1589

      1570-1579

      1560-1569

      1550-1559

      1540-1549

      1530-1539

      1520-1529

          1529

          1528

          1527

          1526

          1525

          1524

          1523

          1522

          1521

          1520

      1510-1519

      1500-1509

  Siglo XV

Siglo XVI > 1520-1529 > 1521

Desde la Noche Triste al sitio de Tenochtitlan, por Francisco Cervantes de Salazar.
1521

Capítulo XXVII

El día siguiente, a la hora que Cortés solía ir a ver al gran señor Moctezuma, se acompañó de treinta de los suyos, Capitanes y personas principales dejando a los demás puestos en armas, de secretos, para si hubiese algún bullicio, divididos de cuatro en cuatro por las encrucijadas; y a los que con él iban, mandó que de dos en dos o de tres en tres, disimuladamente, como que se iban a pasear, se fuesen a palacio. Entró do el gran Moctezuma estaba, el cual lo salió a recibir; metióle en una sala do tenía su estrado; entraron con él los treinta españoles que allí se habían juntado, quedando otros muchos en la puerta y en el patio como Cortés había ordenado. Saludo a Moctezuma con la gracia que solía; comenzó a tener palacio con él; holgóse el señor, bien descuidado de lo que fortuna de ahí a poco había de hacer con él, y estaba contento y muy alegre con la conversación.

Dio a Cortés muchas joyas de oro y una hija suya con otras hijas de señores; la hija para que con ella se casase, y las demás para que le sirviesen o las repartiese entre sus caballeros. Él las recibió por no enojarle, diciendo que siempre, como gran señor, le hacía mercedes de todas maneras, y que supiese que con aquella señora, su hija, no se podía casar porque su ley cristiana lo prohibía, así por no ser bautizada, como por él por ser casado y por no tener más de una mujer. Con todo esto Moctezuma se la dio, diciendo que quería tener nietos de hombre tan valeroso. [...]

Cortés, con buenas palabras, le dijo: "Señor mío: Conviene que vuestra Alteza se vaya conmigo a mi aposento y esté en él hasta que los mensajeros traigan a Qualpopoca [rebelado contra Cortés], que conmigo será vuestra Alteza muy bien tratado, servido, acatado y reverenciado, y mandará como hasta aquí, no sólo a sus vasallos, pero a mí y a mis compañeros, que yo con más cuidado miraré por la persona de vuestra Alteza como por la de mi Rey, y perdonadme que lo haga así, porque no me conviene hacer otra cosa, de otra manera vuestros reinos se rebelarán y resolverán, y vuestra persona y las nuestras correrán mucho riesgo, y estos mis compañeros que conmigo vienen y los demás se enojarían conmigo si no los amparase y defendiese, sabiendo, como saben, que los vuestros se quieren levantar contra ellos.

Por tanto, mandad a los vuestros que no se alteren ni revuelvan, porque cualquiera alteración que sucediere la pagará vuestra persona con pérdida de vida; y pues está en vuestra mano ir callando sin que los vuestros se alboroten, hacedlo, que así os conviene para lo presente y para lo de adelante, y en esto no pongáis excusa, porque se ha de hacer lo que digo."

Moctezuma, aunque era muy señor, muy grave y muy reportado, alteróse con esto demasiadamente, aunque no respondió hasta que se sosegó un poco, y entonces, con buen semblante dijo: "Señor Capitán: Maravíllome de vuestro atrevimiento, que en mi casa, en mi ciudad y en mi reino, y con tanto peligro vuestro os pongáis en prenderme, no es persona la mía que debe ni puede ser presa, ya que lo consintiese, no lo consentirán los míos, que son tantos y tan poderosos, como sabéis."

De esta manera, en demandas y respuestas estuvieron los dos más de tres horas, hasta que viendo ya Moctezuma que el negocio estaba en lo último del riesgo que podía tener, temiendo perder allí el imperio con la vida, le dijo: "¡Ea, pues, vamos; que se ha de hacer lo que tú mandas; que en fin, yo veo que lo has de venir a señorear y mandar todo!" Volvióse a los que con él estaban, que eran señores, porque nunca estaba solo, y con rostro grave les dijo: "No os alteréis, que yo voy de mi voluntad con el Capitán Hernando Cortés a su aposento, para asegurarle de la maldad que Qualpopoca me ha levantado." Cortés mandó aderezar el aposento donde había de estar.

Hecho esto, los señores, quitándose las mantas y poniéndolas debajo de los brazos, descalzos y llorando, le llevaron en los hombros en unas andas al aposento, que a su modo, estaba ricamente aderezado. No se pudo esto hacer tan secreto que luego no se dijese por toda la ciudad cómo el gran señor iba preso en poder de los españoles. Acudieron luego muchos señores mal espantados y muy alterados; comenzó, como era forzoso en negocio tan arduo y tan nuevo, a haber gran bullicio por toda la ciudad, y como los más de los señores estaban con Moctezuma, para saber la causa de su prisión y ver lo que mandaba, no hubo quien osase tomar armas. [...]

Capítulo XXVIII

Fue tal y tan bueno el tratamiento que Cortés hacía a Moctezuma, que mandó que ninguno de sus caballeros le hablase si no quitaba la gorra y haciéndole una reverencia tal cual convenía a tan gran Príncipe, y así él todas las veces que entraba a vere le respetaba mucho, entendiendo que, con solamente en ello hacía el deber, pero que ayudaba a su negocio. Rogóle muchas veces con la libertad, diciendo que si era servido, que se podía volver a su palacio, porque él no le tenía en prisión.

Respondióle Moctezuma que se lo agradecía mucho y que el estaba bien allí pues no echaba menos cosa que al real servicio de su persona perteneciese y que holgaba de estar allí por tener ocasión de tratar más particularmente a los españoles, a quien cada día se iba más aficionando, por lo bien que le parecían, que era gente muy sabia y valiente, y también podría ser que, volviéndose a su aposento, los suyos, teniendo más libertad para hablarle, le importunasen e indujesen a que hiciese alguna cosa contra su voluntad, que fuese en daño de los españoles, de que estando allí en son de preso podía excusarse con ellos, diciendo no estar en su libertad.

Muy bien pareció a Cortés esta respuesta, aunque se recataba no fuese dada para asegurarle más. Salía Moctezuma con licencia de Cortés y acompañado de las guardas españoles a visitar los templos y hacer oración a los dioses, a quien los más nobles y más señores veneraban y acataban más. Asimismo pedía licencia para irse a holgar y a pasar tiempo a ciertas casas de placer que tenía alrededor de la ciudad una o dos leguas, volviéndose siempre a dormir al aposento.

Iba en piraguas y en canoas grandes, que en cada una cabían sesenta hombres. Delante de la suya iba una pequeña, en la cual con uno o dos remeros iba un indio ricamente vestido, en pie, con tres barras de oro atadas, levantadas en la mano, a manera de guión real, y así le llamaban Alteza y Emperador y al señor de Tezcuco Infante. Iban en su guarda cuatro bergantines, que fueron los primeros que Martín López hizo, los cuales quemaron después los indios cuando Cortés fue contra Narváez. Iban en éstos los españoles, muy bien aderezados, porque entonces era el tiempo cuando más podían ser ofendidos.

La caza, a que Moctezuma iba por agua, era a tirar a pájaros y a conejos con cerbatana, de la cual era gran tirador. Otras veces salía a los montes a caza de fieras con redes, arcos y flechas y a caza de altanería, aunque no la usaba mucho, aunque por grandeza, como dije, tenía muchas águilas reales y muchas otras aves muy hermosas, de rapiña. Cuando iba a la caza de indios tlaxcaltecas; acompañabanle los señores, sus vasallos, por hacerle solaz; banqueteaba a éstos y a los españoles con mucha gracia, dando a los unos y a los otros muchos dones y haciéndoles muchas mercedes.

Tuvo también gran cuenta Moctezuma con el servicio de los españoles, y tanta, que aun hasta el proveerse de las necesidades naturales, les señaló unas casas, que por esto se llamaron maxixato, que quiere decir del proveimiento natural, con las cuales ciertos indios tenían gran cuenta para que siempre estuviesen limpias y aun con buen olor, y como esta casa era muy grande, entrado Ojeda por ciertos aposentos, halló en uno muchos costalejos de a codo, llenos y bien atados. Tomó uno y sacólo fuera y abriéndole delante de algunos de sus compañeros, halló que estaba lleno de piojos; tornáronle a atar de presto, espantados de aquella extrañeza. Contáronlo a Cortés, el cual preguntó a Marina y a Aguilar qué quería decir cosa tan nueva.

Respondiéronle que era tan grande el reconocimiento que a Moctezuma hacían todos sus vasallos, que el que de muy pobre o enfermo no podía tributar, estaba obligado a espulgarse cada chía y guardar los piojos que tomase, sin osarlos matar, para tributarlos a su tiempo en señal de vasallaje, y que como de los pobres hubiese gran número así había muchos costalejos de piojos, cosa cierto la más peregrina que se ha oído de que más muestra la tiranía y sujeción que sobre los suyos Moctezuma tenía, aunque con los nuestros eran tan afable y amoroso, como el que conocía el valor de la gente nueva, que jamás pasó día que no hiciese mercedes a alguno o algunos de los nuestros que estaban en su guarda, y especialmente quería mucho a un Fulano de Peña, con el cual, burlándose muchas veces, le tomaba el bonete de la cabeza, y echándoselo de la azotea abajo, gustaba mucho de verlo bajar por él y luego le daba una joya. Amó muy de veras a éste, como delante diré, y si la desgracia de la muerte de este gran príncipe no sucediera, le hiciera muy rico, porque era muy a su contento, tanto que todas las veces que le veía, aunque fuese delante de Cortés, se sonreía y alegraba. Nunca comía ni se iba a holgar que le llevase consigo, y cierto tenía razón, porque el Peña era gracioso, de buen aire y de buen parecer v avisado en lo que decía y hacía.

Buscaba siempre Moctezuma, según era su condición afable y dadivoso, ocasión como mercedes, y así, viendo un día a Alonso de Ojeda una bolsa grande, nueva, de las plegadas y de bolsicos, labrada con seda, que se decía burjaca, se la pidió; miróla toda, holgóse mucho de verla espantado de que tuviese tantas partes y tan bien hechas, donde guardar muchas cosas. Alegre con ella, dio un silbo bajo, que es manera de llamar de los señores; vinieron luego ciertos principales; clíjoles muy quedo que luego trajesen ciertas cosas. Apenas había acabado de mandarlo, cuando luego dieron a Ojeda dos indias muy hermosas, muchas mantas ricas, una fanega de cacao y algunas joyas, pagándole la burjaca harto más de lo que ella valía, aunque fuera de oro.

Rindióle Ojeda las gracias con mucha humildad, y como ninguna cosa concilia tanto amigos como la afabilidad y la liberalidad, allende de que era tan gran Príncipe, le amaban los nuestros corno si de cada uno fuera padre y hermano. Jugaba muchas veces el bodoque con Pedro de Alvarado, aunque los precios eran bien diferentes, porque cuando Pedro de Alvarado perdía le daba un chalchuite, que es una piedra baja y de poco precio, y cuando Moctezuma perdía le daba un tejuelo de oro, que por lo menos valía cincuenta ducados y acontecióle perder en una tarde cuarenta o cincuenta tejuelos de aquellos. Holgábase las más veces de perder, por tener ocasión de dar, condición no de otro que de Rey.

Capítulo XXXIV

Veinte días después aunque otros dicen más, de la prisión de Moctezuma, tornaron aquellos criados que con su sello real habían ido a prender a Qualpopoca, los cuales, porque era gran señor, aunque preso, le trajeron como a tal, con un hijo suyo y otros quince caballeros, personas muy principales y de su consejo, que por la pesquisa secreta que los criados de Moctezuma hicieron, pareció haber sido culpados en la muerte de los españoles con su señor. Entró Qualpopoca en México acompañado, así de los que con él venían, como de los que le salieron a recibir, como a gran señor que era, el cual venía sentado en unas andas que traían a hombros criados y vasallos suyos.

Llegando así a palacio, bajó de las andas; púsose otras ropas no tan ricas con mucho, como las que traía; descalzóse los zapatos, porque delante del gran señor ninguno podía entrar de otra manera; esperó un rato hasta que Moctezuma le mandó que entrase; llegó solo, quedando muy atrás los unos y los otros que con él habían venido, y hechas muchas reverencias y ceremonias de grandísimo acatamiento, cuanto a los dioses podía hacer, baja la cabeza, sin osar levantar los ojos, dijo: "Muy grande y muy poderoso Emperador y señor mío: Aquí está tu esclavo Qualpopoca que mandaste prender; mira lo que mandas, tu esclavo soy y no podré hacer otra cosa sino obedecerte." Moctezuma respondió con gran severidad (dicen algunos) diciendo fuese mal venido, pues tan mal lo había hecho sobre seguro matar los españoles y decir que él se lo había mandado, y que así sería castigado como traidor a los hombres extraños y a su Rey.

Queriendo disculparse Qualpopoca, Moctezuma no le quiso oír, mandando que luego fuese entregado con el hijo y con los demás a Cortés y así se hizo, el cual, después de haberles echado prisiones, apartándolos, que no pudiesen estar los unos con los otros, les tomó sus confesiones y confesaron de plano, haberlos muerto, pero que en batalla. Y preguntando Qualpopoca si era vasallo de Moctezuma, respondió: "¿Pues hay otro señor en el mundo de quien poderlo ser?", dando a entender no saberlo.

Cortés le replicó: "Muy mayor y muy más fuerte y muy más poderoso es el Rey de los españoles que vos mataste sobre seguro y a traición, y así habéis venido a pagadero como malhechor, y ningún poder de los vuestros os escapará de la muerte." Examinólos otra vez con más rigor y amenazas de tormento, y entonces sin discrepar, todos a una voz, confesaron como habían muerto los dos españoles, tanto por aviso e inducimiento del gran señor Moctezuma. Como por su motivo; y a los otros en la guerra que les fueron a dar en su casa y tierra, donde, según el fuero de la guerra, los pudieron matar.

Hecha esta confesión y rectificados en ella, sentenció Cortés a Qualpopoca y a los demás a que fuesen quemados. Notificóseles la sentencia. Respondió Qualpopoca que aunque él padecía la muerte, por haber muerto aquellos dos españoles sobre seguro, que Moctezuma, su gran señor, se lo había mandado, que no se atrevería a hacerlo si no pensara servirle en ello.

Respondido esto, fue llevado con el hijo y con los demás a una plaza muy grande, con mucha guarda de españoles y de muchos criados de Moctezuma, y puesto él y los demás sobre una gran hoguera de flechas y arcos quebrados que estaban muy secos, atadas las manos y los pies, se puso fuego, y allí tornó a confesar lo que poco antes dijo. Hizo oración a sus dioses y lo mismo los otros. Prendióse el fuego, y en poco tiempo fueron abrasados y hechos cenizas sin haber escándalo alguno, maravillados todos los mexicanos de la nueva justicia que veían ejecutar en señor tan grande y en reinos y ciudad de Moctezuma, y que para esto fuesen parte hombres extranjeros y tan pocos.

Capitulo XXXVI

Luego que Qualpopoca y los demás confesaron, en el entretanto que los echaban a quemar, Cortés, acompañado de los principales de su ejército, indignado, fue adonde Moctezuma estaba, al cual, hablándole con enojo, dijo así: "Negado me habías que tú no mandaste a Qualpopoca que con tan gran traición matase a tus compañeros, creyendo que la verdad no era más poderosa que tú y que todos los príncipes del mundo. No lo has hecho como tan gran señor como dices que eres, sino como vil esclavo, enemigo de tu república de tu palabra. Has sido causa que muriesen los nuestros, que cada uno de ellos vale más que todos los tuyos.

Has sido causa que Qualpopoca, siento tan gran señor, con su hijo y con sus amigos muriera y que pague lo que tú merecías. Cierto, si no fuera porque en otras cosas me has demostrado amor, y el Emperador, mi señor, me envió a que de su parte te visitase, merecías no quedar con la vida , porque en ley divina y humana es justo que el que mata como tú lo has hecho, que muera; pero por que no quedes sin algún castigo y tú y los tuyos sepáis cuánto vale el tratar verdad y lo mucho que cada uno de los míos merece, te mandaré echar prisiones." Moctezuma se alteró mucho con esta reprensión , y como temía y tenía en tanto a Cortés, demudóse, que sangre no le quedó en el rostro; no acertaba a responderle, de turbado, porque su pecho le acusaba, y cada vez que alzaba los ojos a Cortés le ponía miedo.

Díjole, como pudo, que él no era en culpa y que tal no había mandado; que no estuviese enojado y que hiciese de él lo que quisiese. Cortés no le replicó, saliéndose muy airado; echáronle luego unos grillos, diciéndole: "Que. hace que tal pague." Mandó esto Cortés más, según era sagaz, por ocuparle el pensamiento en aquel trabajo suyo, para que no se divirtiese a pensar en lo que en su casa se hacía contra Qualpopoca, que por castigarle, el cual, como se vio con grillos, lloró; espantóse grandemente de una cosa tan nueva, especialmente para él que era Rey de Reyes y Príncipe tan venerado que ninguno tanto en este Nuevo Mundo lo había sido; porfiaba en decir que no tenía culpa y que no sabía nada. Espantáronse todos los señores y deudos suyos cíe tan gran novedad, que viniendo todos, como atónitos, donde él estaba, comenzaron a llorar con él; hincáronsele de rodillas, sosteniéndole con sus manos los grillos y metiendo por los anillos mantas delgadas para que no le tocasen a la carne. No sabían qué se hacer, porque si se ponían en armas, temían sería cierta la muerte de su señor, y así como alebrestados estuvieron que dos sin osarse menear.[...]

Capítulo CXIX

Venida que fue la noche, considerando Cortés el peligro tan manifiesto en que los suyos estaban, el hambre que de cada día más los afligía, las enfermedades de algunos, las muertes y heridas de otros, el cansancio y extrema necesidad de todos, la multitud de los enemigos, su rabia y porfía, y que por ninguna vía, así de halagos como de amenazas, los podía atraer a su voluntad y que de cada día estaban más emperrados, que ya no tenía pólvora ni aun pelotas, tanto que a falta de ellas echaban en las escopetas chalchuites, que son piedras finas a manera de esmeraldas, muy preciadas entre los indios y aun entre los españoles, llamando a los principales Capitanes y a un soldado que se llamaba Botello, que decían tener familiar y que había dicho a Cortés muchas cosas de las que después sucedieron, les dijo: "Señores: Ya veis que no podernos ir atrás ni adelante; en todo hay riesgo y peligro, pero paréceme que el mayor es quedar y el menos aventurarnos a salir. Los indios pelean mal de noche; salgamos con el menor bullicio que pudiéremos, Botello nos diga sobre esto lo que le parece."

Los Capitanes respondieron diferentemente, porque a los unos les pareció bien a lo que Cortés decía, a causa de que todos ellos estaban cansados y los indios no acostumbraban a pelear de noche. A los otros les pareció mejor lo contrario, y aun después acá pareció así a muchos de los conquistadores, a causa de que las puentes estaban abiertas, los maderos quitados. la noche obscura y que lloviznaba, y que de noche, despertando y acometiendo a los indios, ni los de a pie ni los de a caballo podían ver lo que hacían.

[...] se determinaron todos que aquella noche saliesen y se excusase el mayor peligro que podía haber en el día. Comenzáronse luego todos a aderezar, armáronse como mejor pudieron. Cortés (que no debiera), no pudiendo llevar el tesoro que en una cámara había dijo y aun hizo pregonar dentro de los aposentos, para que todos lo supiesen, que los que quisiesen llevar consigo oro, plata y joyas lo hiciese, y que cada uno tomase lo que quisiese. que él les daba licencia, lo cual fue causa (según los españoles son codiciosos) que aquella noche muriesen más por guardar el oro que por defender sus personas, es cierto que muchos si no fueran cargados pudieran correr y saltar y escapar las vidas, aunque perdiesen el oro, y fuera mejor eso, y no que por guardar lo menos perdiesen lo uno y lo otro, y así, el que menos tomó salió más rico, porque iba menos embarazado.

Capítulo CXX

Estando ya todos aprestados y cada uno con el oro y plata que había podido tomar, lo más secreto que pudo, mandó Cortés dar aviso a todos los españoles para que ninguno quedase [...]

A Alonso de Ojeda se le acordó que un español que se decía Francisco quedaba en su aposento, encima de la azotea, en un arrimadizo, que le había dado frío y calentura. Volvió corriendo, hallólo en la azotea echado, tiróle de los pies, trájole hacia diciéndole: "¿Qué hacéis aquí, hombre, que ya todos están fuera del patio?" Tornólo por el cuerpo, púsole en el suelo, y así aquel hombre con el miedo de la muerte alcanzó a la gente, y aun se creyó que, aunque muchos sanos murieron, se salvó aquél.

Cortés, como hombre apercibido y a quien Dios en las armas dio tanto saber y ventura, como entendió que el concierto y orden de la gente es el que la fortifica, y que no se podía salir a tierra firme sin llevar una puente de madera, para que puesta sobre el primer ojo pasase la gente, en esta manera, la vanguardia dio a los Capitanes Gonzalo de Sandoval y Antonio de Quiñónez con hasta doscientos hombres y veinte de caballo, y la retroguarda a Pedro de Alvarado y otros capitanes que con él iban, y él tomó a cargo el demás cuerpo del ejército, proveyendo lo que era menester en la vanguardia y retroguarda.

Dio el cargo de llevar la puente al Capitán Magarino con cuarenta hombres muy escogidos y juramentados que ninguno dejaría al otro, y que uno muriese por todos y todos por uno; y si como se hizo una puente se hicieran tres, pues había gente que las llevase, escaparan todos o, a lo menos, murieran pocos, que como después, en el primer ojo, con la pesadumbre de la gente y con la tierra, que estaba mojada, afijo y encalló la puente cíe tal manera que, acudiendo después la furia de los enemigos, no pudieron levantarla, y así, como adelante diremos, miserablemente acabaron muchos.

Dio cargo Cortés a ciertos señores principales de confianza, que llevasen a buen recaudo a un hijo y dos hijas de Moctezuma y a otro su hermano y a otros muchos españoles principales que tenía presos, con intento de que si los salvara, que después habría algún medio de amistad para cobrar la ciudad, o que habiendo disensión, como era forzosa, viviendo los sucesores y deudos de Moctezuma, favoreciendo su parte, podía tener mucha mano en los negocios.

Cortés tomó para sí cien hombres de los que le pareció que más animosos y fuertes eran, para acudir, como después lo hizo, a las necesidades que se ofreciesen. Los de a caballo tomaron a las ancas a los que iban cansados y heridos. De esta manera y por esta orden y concierto salió el campo con gran silencio a la media noche.

Capítulo CXXI

No fue sentido el ejército español, según iba callando y sin rumor, hasta que Magarino, que iba adelante con la puente, la puso sobre el primer ojo. Las velas que los indios tenían allí, y tenían hecho fuego, les tiraron muchos tizonazos, dando grandes gritos, tocando sus caracoles; decían: ''¡Arma, arma, mexicanos, que los cristianos se van!" En un momento acudieron más de diez mil indios con flechas, arcos y macanas, como los que no tenían que vestir arneses ni ensillar ni enfrentar caballos.

Peleó, primero que el resto de los españoles llegase, valerosamente Magarino y sus compañeros; mataron muchos indios. Puso muy bien la puente; pasaron sin ofensa alguna todos los españoles y con ellos los indios amigos. En el entretanto, a los ojos de adelante habían acudido los enemigos más espesos que langostas.

Procuró Magarino con su gente levantar el pontón, pero como lloviznaba, afijó mucho y la resistencia impidió que en ninguna manera le pudiese sacar, y aunque heridos del procurarlo algunos de los compañeros, pasaron todos adelante. Por el un lado y por el otro acudieron infinitos indios en canoas, gritando: " ¡Mueran, mueran los perros cristiano!" Metianse tanto en ellos, que los tomaban a manos y echaban en el agua, aunque muchos se defendían valientemente, hiriendo y matando gran cantidad de los enemigos.

De esta manera, acudiendo Cortés a una parte y a otra, llegaron al segundo ojo (que estos codos eran en la calle de Tacuba), en la calle de Iztapalapa había siete. Aquí hallaron sólo una viga y no ancha; como estaba mojada, los de a caballo no podían pasar, y los de a pie con muy gran dificultad; y como aquí acudió la fuerza de los enemigos, fue miserable y espantoso el estrago que en los cristianos hicieron, tanto que cíe los cuerpos muertos estaba ya ciego el ojo de la puente.

Aquí animó Cortés grandemente a los suyos; peleó tan valerosamente, que sola su persona, después del favor divino, fue causa que todos no pereciesen. Halló por un lado de esta acequia, tentando, vado; entró por él; llegábale el agua a los bastos del caballo. Siguiéronle los de a caballo que quedaban y aun de a pie. Púsose sobre la calzada, y dejando allí algunos, volvió a entrar en el agua, en la cual, peleando con algunos que le siguieron, dio lugar a que muchos peones pasasen por la viga.

De esta manera, muriendo y ahogándose muchos de los nuestros, llegaron al tercer ojo, que era el postrero; pero del segundo se volvieron a la ciudad más de cien españoles; subiéronse, pensando de hacerse allí fuertes y defenderse, no considerando que habían de perecer de hambre, tanto ciega el temor de la muerte, y así se supo que otro día, miserablemente los sacrificaron. […]

Capítulo CXXII

Fue tan brava y tan porfiada de parte de los indios la batalla, como aquellos que peleaban en sus casas contra los extranjeros, que ponía grima y espanto con la oscuridad de la noche y alarido de los indios oír los varios y diversos clamores de los españoles. Unos decían: "¡Aquí, aquí!" Otros: "¡Ayuda, ayuda!" Otros: "¡Socorro, socorro, que me ahogo!" Otros: "¡Ayudadme, compañeros, que me llevan a sacrificar los indios!". Los heridos de muerte y los que se iban ahogando y aquellos sobre los cuales pasaban los demás gemían dolorosamente, diciendo: "¡Dios sea conmigo! ¡Misericordia, Señor! ¡Nuestra Señora sea conmigo! ¡Válgame Dios!" y otras palabras que en las últimas aflicciones, peligros y riesgos suelen decir los cristianos.

Los vencidos se lamentaban de una manera; los vencedores daban voces de otra; los unos pedían socorro; los otros apellidaban: "¡Mueran, mueran!"; y como no solamente eran contrarias las voces de los vencedores y vencidos, pero como en lengua eran tan diferentes, por ser los unos indios y los otros españoles, y no se entender los unos a los otros, cargando siempre más la oscuridad de la noche y la matanza en los cristianos, acudió Cortés otra vez con cinco de a caballo a la puente última, donde era la furia de la batalla, donde halló muchos muertos, el oro y fardaje perdido, los tiros tomados, muchos ahogados o presos; oyó lamentables voces de los que morían. Finalmente, aunque peleaban algunos, no halló hombre con hombre, ni cosa con cosa, como lo había dejado. Animó y esforzó a los desmayados, alentó a los que peleaban, recogiólos, llevólos delante, siguió tras de ellos, peleando con gran esfuerzo y coraje. Dijo a Alvarado, que quedaba atrás con otros españoles, que los esforzase y recogiese en el entretanto que él peleaba con aquellos que llevaban la puente.

Hizo Alvarado lo que pudo, peleó valientemente, pero cargaron tantos enemigos que, no pudiéndolos resistir y viendo que si más se detenía no podía dejar de morir, llamando a los que le pudieron seguir a toda prisa, pasando por encima de cuerpos muertos y oyendo lástimas de otros que morían, saltando sobre la lanza que llevaba, se puso de la otra parte de la puente, de que los indios y españoles quedaron espantados, porque el salto fue grandísimo y todos los demás que probaron a saltarle no pudieron y cayeron en el agua, quedando algunos ahogados, saliendo otros con harta dificultad. Por haber sido este salto tan notable y espantoso, quedó, como en memoria, el Salto de Alvarado, para en los siglos venideros. Está hoy ciego, porque la calzada corre por él; otros dicen que es una alcantarilla en la misma calzada que pasa a Chapultepec.

Capítulo CXXIII

[...] Ya, pues los demás que quedaron vivos y pudieron saltar en tierra firme estuvieron juntos de la otra parte, unos heridos, otros muy cansados, Cortés, aunque los indios no le dieron mucho espacio, puso en orden su gente; halló que le faltaban seiscientos españoles, cuatro mil indios amigos, cuarenta y seis caballos y todos los prisioneros, aunque cerca del número de todos, unos dicen uno, y otros otro, más o menos, como les parece, pero esto es lo más verdadero. Aquí no pudo Cortés detener las lágrimas, acordándose cómo Dios le había castigado como a David, por haberse ensoberbecido con el número grande de su gente, y así es verdad que después decía él que el confiar tanto en su gente fue ocasión de aquella pérdida.

Acordóse Cortés en este paso de lo mal que lo había hecho en no haber visitado a Moctezuma luego como vino de la victoria de Narváez; pesábale de aquella vez que pudo, no haberse salido de la ciudad y puesto en salvo; pesábale de haber repartido el oro, pues había sido causa de la muerte de los más que habían fenecido, porque por defender y salvar cada uno su parte, ni se habían defendido a sí ni a otros. Consideraba la mudanza y trueco de fortuna; dolíale mucho ver muertos a manos de tan vil gente tantos españoles hijosdalgo; llegábale a las entrañas el verse huir, el verse cansado y con tan poca gente y con tan pocos caballos, sin comida alguna, en tierra extraña, donde en ninguna parte tenían seguridad ni sabían por dónde ir [...]

En esto, los indios habían saltado en tierra y comenzaron a dar sobre los cristiano, los cuales en buen orden, acaudillándose Cortés y diciéndoles: "¡Ea, señores y amigos, que ya no hay agua que nos estorbe!" se fueron peleando, retirando hacia Tacuba. [...]

Capítulo CXXIX

Con esta hambre, cansancio, guerra y heridas, otro día en la mañana, que era sábado, partió el campo de los españoles, no sin enemigos que le iban clando caza. Llegando a un llano, salió un indio de través, alto de cuerpo, con ricos plumajes en la cabeza, con una rodela y macana, muy valiente al parecer. Desafió uno por uno a cuantos iban en el campo. Salió a él Alonso de Ojeda, siguióle Joan Cortés, un esclavo del capitán. El indio no quiso esperar, o porque venían dos, o porque deseaba meter a los españoles en alguna emboscada.

En el entretanto que el ejército español llegaba a este paso, los mexicanos habían ya cruelmente sacrificado a los españoles que al salir de México se habían vuelto, y más de doscientos mil se vinieron a juntar con los de Otumba en unos campos muy llanos que allí hay para acabar de matar a los españoles, sin que de ellos quedase rastro. Vinieron lo más bien armados que pudieron, con muchos mantenimientos, ricamente aderezados.

Tomaban de la una parte y de la otra las faldas de las sierras; tendiéronse por aquellos campos, que, como andan vestidos de blanco, parecía que había nevado por aquella tierra. Llevaban un general, a cuyo estandarte tenía ojos todo el campo. Venían en orden, repartidos por sus capitanías, cada una con su bandera, caracoles, y otros instrumentos bélicos que servían de pífanos y tambores. Venían de su espacio, sin dar grito, hasta ponerse en lo llano.

Entonces Cortés, como vio que sobre él venía tan gran poder y que los suyos se contaban ya por muertos y aun los muy valientes desconfiaron de poder escapar, cuanto más vencer, haciendo alto, percibiéndose para la batalla, ataló los maizales por más de media legua, que cerca estaban, porque desde ellos como de espesa arboleda los enemigos entraban y salían, haciendo gran daño. Puso los heridos y enfermos en medio del escuadrón, con guarnición de caballos de un lado y del otros; advirtió a los que estaban buenos y tenían buenas fuerzas, que cuando fuese menester retirarse, cada uno llevase a cuestas un enfermo, y a los heridos que subiesen a las ancas de los caballos para que pudiesen jugar las escopetas. I...]

Capítulo CXXX

Ordenado todo de la manera que está dicho, los indios por todas partes, que cubrían aquellos grandes campos, con grande alarido y ruido de caracoles y otros instrumentos, corno leones desatados, acometieron a los nuestros que, aunque jugaba la escopetería y ballestería y les hacía muy gran daño, venían a brazos y a sacarlos del escuadrón; pero Cortés, que veía que toda la fuerza estaba en que los suyos estuviesen juntos y en orden, con su cabeza entrapajada y la mano de la rienda (como he dicho), herida, alanceó muchos por su persona con un ánimo y un esfuerzo como si estuviera muy sano y peleara con pocos. Defendió tan bien su escuadrón, que ningún soldado le llevaron, aunque Motolinía y Gómara dicen que sí.

Acompañaban a Cortés donde quiera que se revolvía siete soldados peones, muy sueltos y muy valientes, que fueron muchas veces causa de que abrazándose los indios con su caballo no lo matasen.

Era tan brioso y tan diestro este caballo, que hiriéndole de un flechazo por la boca, la dio Cortés para que le llevasen de cabestro donde estaba el fardaje y en el entretanto tomó él otro; pero como el caballo herido tornó a oír el ruido y alarido de los indios, soltóse y con gran furia entró por ellos tirando cosas y dando bocados a todos los que topaba, tanto que él solo hacía tanto daño como un buen hombre de caballo. Tomáronle dos españoles porque los indios no le flechasen por parte donde muriese, aunque en las ancas y pescuezo sacó muchos flechazos.

Andando, pues, la batalla en toda su furia y calor, señalándose notablemente algunos de los capitanes y haciendo maravillas Cortés, que siempre apellidaba a su abogado San Pedro, vinieron los enemigos a apretar tanto a los nuestros, que los de a caballo, para guarecer, se venían a meter en el escuadrón de los peones, y todos estaban ya remolinados y en punto de perderse, suplicando a Dios los librase de peligro tan grande, cuando Cortés, mirando hacia la parte de oriente, buen trecho de donde él peleaba, vio que sobre los hombros de personas principales, levantando sobre unas andas muy ricas, estaba, según pareció, el General de los indios con una bandera en la mano, con la cual extendida y desplegada al aire, animaba a los suyos, diciendo donde habían de acudir.

Estaba este General, cuanto podía ser, ricamente aderezado; era muy bien dispuesto y de gran consejo y esfuerzo. Tenía muy ricos penachos en la cabeza; la rodela que traía era de oro y plata; la bandera y señal real, que le salía de las espaldas, era una red de oro que subía de la cabeza diez palmos. Estaban junto a las andas de este General más de trescientos principales muy bien armados. Relumbraba aquel cuartel con el sol tanto, que quitaba la vista.

Había de donde Cortés estaba hasta el General más de cien mil hombres de guerra, y viendo que la victoria consistía en matar al general, diciendo: `"Poderoso eres, Dios; para hacernos en éste día merced, San Pedro, mi abogado, sé mi intercesor y en mi ayuda", rompió con gran furia, como si entonces comenzara a pelear por entre los enemigos. Siguióle solamente Joan de Salamanca, que iba en una yegua overa. Fue matando e hiriendo con la lanza y derrocando con los estribos a cuantos topaba hasta que llegó donde el General estaba, al cual de una lanzada derrocó de las andas; apeóse Salamanca, cortóle la cabeza, quitóle la bandera y penachos.

Otros dicen que lo oyeron después de decir a Cortés, que viéndole el General venir con tanta furia sobre é1, entendiendo que le había de matar, se bajó de las andas, poniendo a otro en ellas con el estandarte real, y que con todo esto tuvo tanta cuenta Cortés con él, que le alanceó estando a pie; derrocando así mismo al que estaba en las andas.

Fue de tanto provecho esta tan hazañosa hazaña, que como las haces mexicanas tenían toda su cuenta con el estandarte real y te vieron caído, comenzaron grandemente a desmayar, derramándose unos a una parte y otros a otra. Aquellos trescientos señores, tomando a su general en los brazos, se retrajeron en una cuesta, donde con el cuerpo hicieron extraño llanto, endechándole a su rito y costumbre. Entre tanto los nuestros, muy alegres, cantando: "¡Victoria, victoria!", siguiendo mucho trecho a los enemigos, haciendo tal estrago y matanza en ellos, que, según se cree, murieron más de veinte mil.

Tomaron los nuestros de los indios principales que mataron ricos penachos y rodelas y el estandarte real, armas y plumajes del General. Dio después Cortés, y con muy gran razón, a Magiscacin, su aficionado, uno de los cuatro señores de Tlaxcala, aquel aderezo, y lo mismo hicieron otros españoles de los demás despojos que llevaban, distribuyéndolos entre los señores y principales tlaxcaltecas.

Fue esta batalla la más memorable que en Indias se ha dado y donde más valió y pudo la persona de Cortés; y así, todos los que en ella se hallaron (a algunos de los cuales comuniqué), dicen y afirman que por sola su persona y valor salvó y libró el ejército español a Tlaxcala.

Fuente:

http://www.inep.org/content/view/1767/91/